jueves, 1 de septiembre de 2011

LA ISLA (VI)

Viernes, 6 de agosto
Es curioso. En todo el tiempo que llevo aquí me ha dado tiempo a pensar muchas cosas. Y, en esta isla, pensar quiere decir recordar. A todas horas pienso en mi vida pasada, en los sucesos mínimos cotidianos que apenas valoro pero que, vistos desde la distancia, se magnifican hasta alcanzar el grado de obsesión. Durante este mes y una semana como náufrago, se ha ido produciendo en mí una decantación de los recuerdos, una selección que ha ido eliminando, sin razón alguna, ciertos elementos de mi vida y sedimentando otros, también sin ninguna causa aparente. Pongamos unos ejemplos. Apenas me acuerdo de los asuntos laborales, que tan preocupado me tenían en Madrid, ni de Jacinto, ni de que a fin de mes iba a venir el casero para reclamarme el pago de los dos últimos meses del alquiler, ni de ese ruido tan extraño que hacía el coche y que en breve me iba a obligar a llevarlo al taller, con el importante desembolso consiguiente; no me acuerdo de casi nada de lo que tanto me atribulaba mientras lo estaba viviendo, aquello que conformaba el núcleo de mis esfuerzos. Los primeros días en la isla Inmaculada sí, sí que esos asuntos ocupaban un nada despreciable espacio mental, quizá por la inercia de “preocupación” que traía por todo ello. Pasado el tiempo, lo importante ha dejado de interesarme, ha ido liberando espacio en la memoria para dejar lugar a aquello en lo que apenas reparaba y que, ahora, ocupa casi todo ese espacio. Me refiero, por ejemplo, a mi trayecto matutino en metro de casa al trabajo. Pienso muchísimo en esa media hora corta, que era para mí sumamente placentera, a pesar de las aglomeraciones, a pesar de la competitividad que reina incluso para sentarse en un sitio libre, a pesar del calor del interior de los vagones, a pesar de los empujones y los malos olores. A pesar de todo ello, me gustaba. Sobre todo porque, ya se lo dije en otra ocasión, veo siempre las mismas caras. Y ellos me ven a mí, claro, y me reconocen, como yo les reconozco a ellos. Y entonces siento tal hermandad de sentimientos que, aunque sólo sea por unos segundos, los quiero. Sí, sí, como lee, los llego a querer. A pesar de que nunca nos saludamos, esto también lo dije, e incluso es posible que, de saludarnos, se rompiera el encanto. Es verdad: los llego a sentir como algo mío, tan mío como mi familia, mi trabajo, mi casa, mi coche, mis libros favoritos o mi balón de fútbol. Puede parecer absurdo, pero estoy por asegurar que el trayecto en metro al trabajo era lo mejor del día. ¡Qué cosas!, ¿verdad usted?

Domingo, 8 de agosto
Tormenta terrible, esta vez por la tarde. El refugio ha quedado muy dañado y tocará reconstruirlo como se pueda. No sé si seré capaz, me parece increíble siquiera haberlo podido construir y que haya aguantado tanto. ¿Cómo demonios lo hice? Lo peor es que la tormenta se repita hoy, entonces sí que no sé lo que haré.

Lunes, 9 de agosto
Es imposible. Ha vuelto a llover, y a tronar, y el viento ha soplado con mucha más fuerza que ayer. El refugio ha quedado completamente inhabitable y sin posibilidad ninguna de ser reconstruido. Tendré que cambiar de ubicación. Será la tercera vez en mi vida que cambie de casa. La primera fue al irme de alquilado y la segunda cuando llegué aquí. Pero no pienso construir nada, es una labor que supera mis fuerzas. Mañana a primera hora me pondré a buscar una cueva. Es imposible que no haya. Una cueva, una cueva es lo que necesito. Logré salvar el cuaderno -como usted habrá deducido- y mi lata de foie-gras. Dentro de todo, la Fortuna se está portando bastante bien conmigo. Y eso es precisamente lo que me escama, porque tarde o temprano esa balanza, que está a mi favor, tendrá que igualarse, y no quiero ni pensar de qué manera lo hará. Espero que la desgracia que me toque no sea irremediable, y se me sigan otorgando oportunidades. Siento que mis ánimos desfallecen, por primera vez me veo despeñado por el barranco del pesimismo y la tristeza. Me va a perdonar usted que por hoy deje de escribir. No puedo seguir.

Martes, 10 de agosto
Atardece. Pasé la noche al raso, junto a la playa. Fue una noche plácida, tibia, cuajada de estrellas. Su lejano y extemporáneo brillo y la claridad lechosa de la luna me han mantenido en vela durante muchas horas. Mirando la luna, me acordaba de aquel verso de José Hierro: “pandereta de siglos para dormir al hombre”. Y, pensando en ese verso, que decía para mi coleto una y otra vez como si de una letanía se tratara, me era imposible dormir. Pero ha merecido la pena. Al alba me he despertado y, tras desayunar algún pez que me quedaba en la despensa -llamo despensa a un agujero que cavé en la arena-, me he puesto en movimiento para buscar un nuevo refugio. Decidí seguir el curso de un arroyo que desemboca en el mar. El trayecto no era accidentado, aunque sí exigente físicamente, pues picaba hacia arriba. Atravesé una zona de selva en la que preferí no internarme por creer que no hallaría lo que buscaba, así que continué ascendiendo junto al arroyo. Poco a poco el paisaje se fue haciendo menos vegetal y más rocoso. Llegué al nacimiento del arroyo, una preciosa catarata en forma de cola de caballo con un agua fresca revitalizadora. Tenía dos opciones: seguir por la izquierda o por la derecha. Como ninguna de las dos ofrecía a simple vista mayores oportunidades que la otra, opté por seguir mi instinto, así que proseguí por la de la derecha. Caminé junto a un escarpe, que quedaba a mi izquierda. Poco a poco la vegetación se fue adensando y el camino, oscureciendo. Pensé que me estaba equivocando, que debía volver sobre mis pasos, llegar a la catarata y tomar el camino de la izquierda. Pero proseguí, a pesar de que era consciente de que me estaba alejando demasiado de la playa, donde tengo comida fácil y segura. No quiero dar cuenta de los animalejos que me topé, porque me estremezco. Claro que, pensé, podían ser comida. Aquí, créame usted, hay que tenerlo todo en cuenta. Lo del agua, con la catarata, estaba solucionado. Para no perderme, decidí ir marcando mi camino colocando piedras en el suelo en forma de flecha y, por si acaso, arrancando ramas de los árboles. Siempre subiendo, doblé un recodo del camino junto al escarpe y continué por una senda apenas dibujada, pero muy evocadora, como de cuento. Cuál sería mi sorpresa cuando, terminada la senda -por llamarla de alguna manera-, llegué a un claro en la selva, que no era otra cosa que el lugar más alto de la isla. Y, sobre una enorme piedra en forma de yunque, se divisaba la playa, en forma de arco, y la densa verdura, y el mar infinito, que se iba oscureciendo por franjas hasta, desde el azul turquesa de la orilla, hacerse casi negro en la raya del horizonte. Y, casi casi, podía percibirse la curvatura de la Tierra. Pero esto son cosas mías. Increíblemente, encontré lo que buscaba: una cueva. Como hecha de encargo, además, profunda, amplia y, por lo que parece, libre de inquilinos. Se hace difícil pensar que en una isla tan pequeña pueda haber animales grandes, y menos aún depredadores. Instalado, regresé a la catarata, bebí agua y logré cazar algunas lagartijas y un par de arañas. Escribo estas líneas a la entrada de la cueva, mi nuevo hogar; el que será mi hogar hasta el fin de mis días.

Jueves, 12 de agosto
La verdad es que me encuentro más cómodo aquí que en la playa. Hace algo más de frío, sí, pero a cambio la humedad es menor. Es un clima más madrileño, digámoslo así. Eso sí, la comida, además de peor, más asquerosa -culebras, lagartos, arañas-, más difícil de tragar, es menos abundante y más difícil de conseguir. Váyase lo uno por lo otro. Si la cosa se pone fea, siempre puedo regresar a la playa y pescar algunos peces. Me parece asombroso que, en realidad, tengo absolutamente todo lo que necesito, y que ahora mismo estoy ocioso. Sería el momento de ver una película, o leer un libro, o mucho mejor, quedar con Inma para dar una vuelta por el centro, tomarnos unos vinos y unas tapas, reírnos con los vapores del alcohol, hablar sobre todo y sobre nada, hacernos cosquillas mientras caminamos por la calle del Nuncio, o por la Costanilla de San Pedro, o por la plaza de la Paja, o por la calle de Moratín, y despedirnos en la plaza de Tirso de Molina como dos adolescentes, sin atrevernos a besarnos. “¿Qué hago, Dios mío? ¿La beso o no la beso?” Sí, veo claro en la soledad de esta isla que eso y sólo eso es lo realmente difícil de saber en esta vida: cuándo demonios debe besar uno a una chica. Porque está claro que debe hacerlo, pero precisamente por eso se paraliza, le atenaza la responsabilidad, la posibilidad de fracaso a la vuelta de la esquina. Irse a casa sin besarla no entraba dentro de las posibilidades, pero está a punto de suceder. Y entonces aparece la urgencia, y se queda uno callado, mirándola mientras sonríe, con una indefinible cara de estúpido. Y estira la conversación hasta extremos intolerablemente absurdos. Y ella le mira a uno, callada, soltando monosílabos porque espera otra cosa, aquello que tú también esperas pero que te sientes incapaz de ofrecer. Y a cambio de ello no ofreces más que palabras vanas, algún silencio descorazonador y, sobre todo, la sonrisa de siempre, la sonrisa del que siempre pierde y se ha acostumbrado, la sonrisa del que se complace en su derrota. No, no, eso no puede repetirse, pero cuanto más quieres, menos puedes, y…

Sí, probablemente es lo que ocurriera de quedar con Inma. Claro que sería precioso…

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