miércoles, 31 de agosto de 2011

EL CUENTO DE LAS PALMERAS



"En el huerto del monasterio de Herbón había —que ya no hay— un casar de palmeras: el macho, como un gallo, fantasmal y soberbio; la hembra, como una pava clueca, esponjada y mimosa. Pero la dama palmera se murió, dicen que de un mal invierno, y el caballero palmera, que no pudo aguantar la soledad, se murió también, de tristeza, que es poética muerte. En el huerto del monasterio de Herbón, el ruiseñor, despierto en la alta noche, guardó silencio durante nueve noches con sus días. Fueron noches muy tristes, noches en las que sólo se escuchó el amargo silbar de la lechuza escurriéndose por encima de las verdinegras y durísimas hojas de los robles".

(Fragmento de La rosa, primer libro de memorias de Camilo José Cela)

martes, 30 de agosto de 2011

LA ISLA (V)

Sábado, 24 de julio
¡El mar, el mar! ¡La respuesta está en el mar! Esta mañana, tras una mala noche y no pudiendo aguantar más, he salido en busca de agua y comida. Los primeros pasos, apoyado casi exclusivamente en la pierna derecha, han sido terribles, y el recorrido hasta la playa, un suplicio mayor que cuando caminaba hacia el colegio. Pero cuando he llegado al mar y he flotado y he nadado un poco, ha sido como renacer. Nadando el tobillo no me duele, y en el mar hay comida de sobra. En una mañana, y con la ayuda de una camisa a modo de red, he pescado dos kilos de esos peces pequeños, que no es que sean un salmón a la plancha con su guarnición de patatas, o una merluza en salsa, pero que se pueden comer. Después he accedido al arroyo a través del mar y he bebido hasta no poder más. Además, la sal del agua me está desinfectando la herida y el ejercicio me ha expandido los pulmones. Me encuentro más fuerte que nunca. En este momento estoy sentado en la playa contemplando el sol que se esconde detrás del horizonte, con la panza llena, repleto de amor por todo, sin malos pensamientos, algo así como lejos de cualquier miedo y -¿me atreveré a decirlo?- casi feliz de estar aquí. Es increíble lo que hace comerse unos cuantos peces y embriagarse por la tibia brisa de un día hermoso como este; tantas comodidades le hacen parecer a uno un poco tonto.

Lunes, 26 de julio
La cosa marcha. Mi salud ha regresado al momento anterior al accidente en las rocas. Ya casi puedo andar con normalidad y la herida se va cerrando por momentos. Si me concentro, casi puedo verla cerrarse “en directo”. ¿Había usted pensado en ello alguna vez? Ver salir una flor mientas sale, ver nacer una rama podada mientras nace, ver desarrollarse una tormenta mientras se desarrolla, ver agigantarse una estrella mientras se agiganta, ver crecer una planta mientras crece, ver crecer a un hijo, sentir, percibir su crecimiento, debe de ser algo increíble, ¿no cree? Aunque quizá la magia del crecimiento y de la naturaleza, su verdadero misterio, sea que no pueda ser percibida en su totalidad, que no podamos verla actuar en el mismo momento en que lo hace. Parece como que la naturaleza conspira contra nosotros y se complace en engañarnos, en hacernos creer que no hace nada, que está quieta e inmutable, y en cuanto volvemos la cabeza un momento, ¡zas!, milagro, ya no es lo que era, todo ha cambiado. Ni siquiera las estaciones podemos percibir con claridad cuándo se va una y llega otra. Hay veces que sí, pero son las menos, ¿no le parece? ¿Y el tiempo? ¿Qué me dice del tiempo? Póngase delante de un reloj de agujas e intente presenciar el paso del tiempo. Concéntrese en él, en el movimiento de las agujas, en el paso de cada minuto, de cada segundo; concéntrese sobre todo en la aguja del minutero, y comprobará que no se mueve ni un milímetro mientras usted la está mirando. Ahora bien, vaya al frigorífico, beba un poco de leche y regrese delante del reloj; verá entonces que el minutero se ha movido todo lo que no se había movido mientras usted estaba delante. Aquí, en esta isla, veo claramente que es ahí donde está el misterio, un misterio que no podremos descifrar nunca. Pero mi herida se cierra, sí, y la veo cerrarse mientras se cierra. ¿Será otro engaño más de la naturaleza para hacerme creer que estoy loco?

Martes, 27 de julio
Este momento tenía que llegar. He pasado aquí casi más de un mes de tiempo resplandeciente, sin una nube, sin una brizna de viento, y de repente todas las fuerzas se han desatado. La que cayó anoche ha sido antológica. Supongo que por aquí será normal, pero para mí ha sido antológica. Ni siquiera la tormenta primaveral más potente que recuerdo de Madrid puede compararse ni remotamente con esto. Ni en intensidad ni el duración. No sé las horas que estuvo lloviendo sin parar porque no tengo reloj, pero se puso a jarrear poco después de caer el sol y no ha parado hasta poco después de amanecer, hará una media hora. Eso sí, el refugio ha aguantado de forma notable, y he logrado salvar del pasto de las aguas mi cuadernillo y mi lata de foie-gras. Claro que he pasado mucho frío, muchísimo, igual o peor que en los inviernos de Pastrana. Aquí ve uno con claridad las bondades del clima seco y las interminables incomodidades de los húmedos. La humedad es como una maldición de los cielos, como una limadora de vida, como echar grasa o aceite a un trapo para que arda antes. Ni los mosquitos, ni las tarántulas, ni el sol, ni buscar agua y comida, me devoran tantas energías como esta atmósfera asfixiante que atenaza los bronquios, que ahoga los pulmones, que le sume a uno en una constante desazón espiritual que, no obstante, tiene una raíz exclusivamente fisiológica, física. Es como si al alma no le llegara aire. Por lo demás, ahora mismo el día está como si nada hubiera pasado, con un sol blanco brillando allá arriba como un gigante encendido. Otro engaño más de la naturaleza. La naturaleza, lo veo claro, es una impostora, una traidora; la naturaleza es terriblemente cínica. Me ha estado toda la noche importunando con sus aguas y sus truenos y sus huracanes, me ha hecho sufrir como pocas veces he sufrido, y ahora me sale con este sol sonriente que me mira a los ojos como si nunca hubiera roto un plato. Ni siquiera se atisban ya las nubes que han provocado la tormenta. El cielo está raso, azul, azul no como el de Madrid, con ese azul intenso y puro, sino azul blanquecino, velado por una luz insoportable. Es como si la luz eclipsara el cielo. Puede sonar extraño, pero créame que es así: aquí la luz eclipsa al cielo.

Viernes, 30 de julio
Es extraño eso de despertar. Piénselo un poco. Suena el despertador, uno se despierta, pero aún no es él. ¿Quién es él mismo nada más abrir los ojos por primera vez en el día? Es imposible, es necesario un tiempo, que varía según cada cual, para volver a ser nosotros. Recordar lo que somos no es un acto instantáneo, sino que requiere de un esfuerzo matutino. No sé quién dijo (creo que fue Kafka) algo así como que mientras dormimos dejamos de ser nosotros y volvemos a serlo, a recordarnos, al despertar. Pero no es automático. El cerebro requiere una adaptación. Como vivo solo, me es aún más difícil recordarme, pues no hay nadie en mi casa que me salude, que me llame por mi nombre, que me ayude a meterme en la vereda de mí mismo. Pero no pasa nada, tarde o temprano uno vuelve a ser -más o menos- el que era el día anterior. Normalmente suele ocurrir cuando me ducho. A lo mejor es que creo volver al vientre materno, ¡quién sabe!

Sábado, 31 de julio
Aquí, en la isla Inmaculada, el procedimiento es el mismo, sólo que no suena un despertador. Es la luz del sol la que me despierta. Pero la duda, el inicial desconcierto, es idéntico aquí que en Madrid. Algunos días me ocurre que creo seguir en Madrid y que tengo que ir a trabajar. Comprobar que no es así me alegra al principio, como cuando de niños pensamos que es día entre semana y en realidad es sábado o domingo. Pero después caigo en la cuenta de que me hallo sumido en un largo fin de semana, que dura ya más de un mes, y que son mis vacaciones definitivas. Ahí me derrumbo. Pero no queda otra que seguir. Me levanto, no puedo ducharme, pero también aquí en la isla tarde o temprano termino por recordarme. Es decir, termino por recordarme como habitante -único habitante- de la isla Inmaculada.

Domingo, 1º de agosto
Ayer escribí “habitante” de la isla Inmaculada. Creo que quise decir “actor” del escenario de la isla Inmaculada. Dicho queda.

Martes, 3 de agosto
Releo lo escrito hasta ahora y advierto que apenas digo nada de mi lucha por la supervivencia aquí. No cuento que cada día hago una hoguera con hojas verdes para formar humo y que me vean, ni que por las mañanas, nada más haberse puesto el sol, me paso horas y horas buscando comida, ni que merodeo la selva del interior y la playa de naciente por si tengo la suerte de divisar algún atisbo de vida -un avión, un barco, otro náufrago-, ni que el tobillo y la herida están completamente restablecidos, ni que he engordado con la alimentación de las últimas jornadas. No digo nada de todas esas cosas, que componen la matriz de mi existencia aquí, las cosas en las que ocupo la mayor parte de mi tiempo. No lo digo, pero releo mi diario y no echo en falta nada. Seguramente usted sí, pero, ¿cómo puedo saberlo, aquí y ahora?


Miércoles, 4 de agosto
Susto de muerte, y nunca mejor dicho. Me he puesto a escribir, como cada tarde, y he visto con pavor que el bolígrafo no funcionaba. Quedaba tinta, pero no escribía. No hacía más que horribles surcos sobre el papel blanco. Era como en esos sueños en que uno se ve en peligro, quiere gritar lo más fuerte que puede y ve con impotencia que no le sale la voz, que su lamento o su socorro se ahoga en un hilo tenue y moribundo. Y que cuanto más quiere gritar, menos se le escucha, menos se escucha a sí mismo, y más le duele la garganta, y más se ahoga, y más soledad y terror hay en torno. Al final uno se despierta, porque es un sueño, pero no sabe que es un sueño en el momento en que sueña. Así me ha pasado hoy cuando el bolígrafo no escribía. Afortunadamente, y como por arte de magia, como si despertara, he conseguido trazar un garabato azul salvador, el que tiene usted arriba. No tiene forma de nada, ni de objeto, ni de letra, ni de rostro, pero le aseguro que para mí será de aquí en adelante el símbolo de la salvación, de la vida. Es feo, ¡qué le vamos a hacer!, pero es, y no sabe usted lo que me alegro de seguir siendo, gracias a ese garabato.

miércoles, 24 de agosto de 2011

LA ISLA (IV)

Viernes, 16 de julio
¡Cómo no se me había ocurrido antes! Quizá es que realmente no quiera marcharme. Me he puesto a reflexionar sobre ello, y he llegado a la conclusión de que las más de dos semanas de náufrago que llevo no han sido malas, ni mucho menos, sino algo así como unas vacaciones inesperadas, aventureras. Me pregunto si no seré consciente del todo de mi situación. No, creo que no. Otra pregunta que podría hacerme es la siguiente: ¿me interesa ser totalmente consciente de mi situación? Creo que tampoco, me empezaría a poner nervioso, comenzaría a sufrir, a tener pensamientos pesimistas y absurdos. Sería mi perdición. El caso es que hoy he hecho una hoguera gigantesca, con muchas hojas tiernas para provocar humo, un humo blanco y denso que se elevaba hacia el cielo como las ánimas dolientes. A lo mejor así alguien ve el humo y se acerca a la isla. Estaría salvado, volvería a ver a Inma, a jugar al fútbol, a trabajar, a salir de cervezas por mi amada Cava Baja. Y a ver a mi familia, por supuesto, que aunque no los escriba, los tengo siempre en mente. Pero eso ya se lo supone usted, ¿no?, ya se imaginará que tengo una familia y que los echo de menos. Es demasiado obvio. Para qué decirlo.

Sábado, 17 de julio
En cambio, no tiene por qué saber usted que estoy enamorado de una chica que se llama Inma, y que ella aún no lo sabe (sólo lo sabrá cuando lea esto, si es que algún día lo lee), y que pensaba decírselo cuando regresara de este viaje que desde su génesis -sepa usted que viajaba solo, no sé por qué razón- empezó siendo absurdo y que se ha vuelto todavía más absurdo, tan absurdo que es difícil pensar en el calibre de su absurdez. Casi mejor ni intentarlo. Tampoco tiene por qué saber usted que soy ingeniero de Obras Públicas, y que estoy a prueba en una empresa cuya sede está en Cuatro Caminos, y que aunque tengo carnet voy allí en metro porque el tráfico de Madrid es insoportable, y que en el metro me encuentro siempre con las mismas caras, y que nunca nos saludamos aunque nos conocemos todos de sobra. Daría mi tobillo derecho (el mismo que todavía me duele, aunque algo menos) por encontrarlos mañana, como todos los días, y esta vez sí saludarlos uno a uno con una sonrisa de oreja a oreja. Sé que se asombrarían y me tomarían por loco, pero, ¿qué más da? Lo haría encantado. Lo malo es que sé que, si mañana regresara a Madrid y volviera al trabajo, no saludaría a nadie, aunque tuviera todas las ganas del mundo. Vivimos en una sociedad en que los buenos modos, la educación y una sonrisa a destiempo (suponiendo que existan las sonrisas a destiempo) están mal vistos. Con tal panorama se le quitan a uno las ganas de ser amable, de apreciar lo que tiene, de intentar comunicar su humilde y pasajera felicidad. Porque sepa usted que la verdadera felicidad es pasajera, no dura mucho, lo justo para darnos fuerzas con que afrontar la existencia.

Puff, me estoy poniendo demasiado metafísico, será mejor que lo deje.

Domingo, 18 de julio
Hoy es el cumpleaños de mi hermana. Felicidades, Nuria. Te echo de menos, y espero que tú a mí también. Sé que me dais por muerto, pero no tengo manera de demostraros que sigo vivo. En fin, mala suerte. También -y en esto no había pensado jamás- es el aniversario de la Victoria, que se decía antes. Envarado en una isla desierta se ve con más claridad que nunca la cantidad de tonterías de que es capaz el ser humano. ¡Luchar entre hermanos por ver quién tiene razón! ¡Qué gilipollez! Creo que si cada uno de los que perpetraron tal aberración se hubieran perdido en una isla desierta antes del 18 de julio de 1936, nada hubiera cambiado. La guerra habría empezado, y habría continuado con la misma brutalidad. El ser humano no aprende, ni aunque se pierda en una isla desierta, ¡ya se lo digo yo! Lo peor es que con el paso de las décadas se ha visto que ninguno tenía razón o, mejor dicho, la perdieron -cada bando tendría sus razones y sus verdades- en el mismo momento en que se pusieron a pelear. Lo mismo pasa en nuestra política actual, hija de una Victoria que nos sumió a todos en la más espantosa de las derrotas.

Pero ¿qué hago? ¿Se ha dado usted cuenta? ¡Estoy escribiendo sobre la Guerra Civil! ¡Parezco un escritor de best-sellers! Ja, ja, ja…

Martes, 20 de julio
Tumbado, dentro del refugio. Me duele el tobillo, y la herida se ha infectado. El sol cae ahí fuera como un yunque recién salido de la fragua. Los mosquitos no me dejan en paz ni un segundo. Las horas pasan enlagunadas, asquerosas. Ya casi no me quedan provisiones y dentro de poco tendré que salir, como pueda, a buscar agua y comida.

Jueves, 22 de julio
Hoy cumplo un mes aquí. Dijo Larra que el aniversario es un error de fechas. Bueno, puede que tuviera razón, en realidad Larra tenía razón en casi todo lo que decía. “Todos tontos en el tiempo de Larra”, dijo Ramón (hoy estamos de citas). Pero me voy a permitir apostillarle. Todo aniversario es un error de fechas, sí, pero, ¿debería eso importar? ¿Acaso la vida, la vida de cada uno de nosotros, la vida planetaria, la vida social, la vida económica, la vida espiritual incluso, no ha sido y sigue siendo un inmenso error? El que los aniversarios sean un error de fechas no viene a ser otro error más -un error muy pequeño comparado con todos los otros errores- que se añade al inmenso error general y se diluye en él. Y como todo es un error, como todo es una farsa perfectamente urdida y representada, basta con pensar que nada es un error para convencerse, sin lugar a dudas, de que todo es auténtico, de que lo que es error es en realidad acierto. Lo malo será cuando encontremos lo verdadero, el llamado enigma del universo, o al menos, un principio, un átomo de verdad. Entonces comprenderemos de verdad, ya sin posibilidad de error -valga la redundancia por esta vez- ni enmienda que todo, en efecto y como sospechábamos, era un error. Conclusión: sigamos recordando las fechas, sigamos cayendo en el error y no intentemos penetrar en la verdad última, porque entonces caeremos al abismo.

Me apetece caer en el error, aunque quizá el haber llegado a esta isla haya sido la única cosa en mi vida que no ha sido un inmenso error. Me pongo a pensar un poco en mi vida cotidiana y casi me espanto de la mentira en que se halla uno sumido desde que se despierta hasta que se acuesta. Aquí, será todo más difícil, eso es seguro, y más incómodo, y desde luego mucho más extraño para la mayoría de los occidentales, pero me atrevería a decir que es más real, muchísimo más real, que todo lo que he dejado atrás, que todo aquello que creía importante y fuera de duda y que, de repente, aquí, en una tarde tranquila y apacible, se convierte en la representación de una comedia, o de un drama, o de un género inclasificable. Porque la vida no tiene género, ¡menudo descubrimiento!, ¿verdad usted? No, la vida no tiene género, ni etiqueta, ni sabe muy bien por dónde anda uno hasta que no se ve un poco alejado de ella, viéndola desde la distancia, como espectador. Es lo que soy yo ahora, un espectador de mi vida pasada, que es para mí -¡podrá usted creerme!- la vida de otro. No sé si lo habrá sentido o pensado en alguna ocasión. Yo sí, así como de pasada y nunca claramente, pero en esta isla ese pensamiento o sentimiento se exacerba hasta hacerse claro y limpio como el cielo atardecido que tengo ante mí. Me refiero a que uno madruga, se tira todo el día trabajando como un animal, sumido hasta el cuello en el agua de la vida, se enamora, se ríe, hace bromas con los amigos, se toma unas cervezas, viaja en metro, o en coche, ve una película, o una serie, y, agotado, apaga la luz del flexo de la habitación y se va a dormir. Y de repente, sin mediar razonamiento de ningún tipo, todo lo anterior se le representa como una inmensa tontería. El informe tan importante que teníamos que presentar a Jacinto (es nombre figurado) y por el que durante días y semanas nos hemos desvelado, ¿qué es en realidad? ¿Por qué esa angustia? Mejor dicho, ¿para qué? ¿Para qué tragar tanta bilis si nada cambiaría de no ser así? En el momento, claro, no nos damos cuenta, revolcados como estamos por la ola de la cotidianidad. Jacinto, claro es, y todos los que nos rodean, se complacen en mantener la farsa y participan de ella, sin ser conscientes. Tampoco lo somos nosotros, nada más que en ese instante de que hablo, después de apagar la luz de nuestra habitación. Tampoco dura mucho, lo justo para sumirnos en un desconcierto pasajero del que a la mañana siguiente nos hemos recuperado y del que ni siquiera nos acordamos. Se da uno cuenta, con un poco de distancia, de la volubilidad de todo aquello en lo que tanto se afana. Hay poca intensidad y realidad en nuestra vida. Aquí, por el contrario, no hay otra cosa que realidad e intensidad, aunque no se haga nada, como yo ahora.

Decía al comienzo del párrafo anterior que me apetece caer en el error, y ponerme a recordar, no más que un día cualquiera de mi vida en Madrid. Y escribirlo aquí. Claro que hacerlo con un mínimo de detalle requeriría muchas más páginas de las que le quedan a este cuaderno. Pienso en Joyce y me espanto. Claro que yo no soy Joyce. Él sí que habría tenido un problema de estar en mi lugar. Este cuaderno no le hubiera durado ni dos días. El pobre Joyce no hubiera sobrevivido ni dos días en esta isla. ¿Qué haría un hombre como él si no es escribir? Yo a Joyce no me lo imagino de ningún modo pescando mar adentro o caminando kilómetros y kilómetros en el corazón de la selva buscando agua. Yo creo que se alimentaría de lo que escribiera.

Viernes, 23 de julio

Definitivamente, tengo hambre, mucha hambre. Y sobre todo sed. Los músculos que conseguí moldear durante las primeras semanas se están yendo al garete. Y, sobre todo, se está yendo al garete mi entendimiento. Me cuesta mucho pensar, y no digamos ya escribir. Tengo que comer y beber cuanto antes. Miro la lata de foie-gras y casi sucumbo. Pero no, hay que aguantar. Lo malo es que el tobillo me sigue doliendo y la herida está peor. ¿No habrá por aquí un desinfectante natural? Es igual, aunque lo hubiera no sabría cuál es.

viernes, 19 de agosto de 2011

ESCENA MODERNA

(Estación de Chamartín. Interior del tren de cercanías con destino Aranjuez. Quedan cinco minutos para que salga. Se suben dos chavales de unos diecisiete o dieciocho años. Uno es moreno, va rapado y viste una camiseta de tirantes blanca y unas bermudas de cuadros que caen hasta dejar ver un palmo de los calzoncillos; en la mano derecha tiene un cigarrillo apagado. El otro es rubio, tiene la cara marcada por el acné y lleva una gorra de Los Ángeles Lakers. Parece respirar y andar con dificultad. Está extremadamente delgado. El moreno permanece de pie y el rubio se sienta.)

-¡Tú! -dice el rubio.
-¡Qué! -responde el moreno.
-Es el otro.
-Qué otro.
-A Parla. Es el otro.
-No. Es este tú.

(Silencio. El moreno juguetea con el cigarrillo. El rubio saca el móvil del bolsillo y pone música flamencorra.)

-¡Tú!
-¡Qué!
-Que es el otro.
-Qué otro.
-Ese. Parla.
-Que no, tú.
-Sí, mira, lo pone en el cartel ese. Parla.
-No, tú. Este también va a Parla.

(Callan. La música restalla en todo el vagón. El sonido es pésimo.)

-¡Tú!
-¡Qué!
-Vamos a cambiarnos, tú.

(No hay respuesta. El moreno mira por la ventana al tren de enfrente mientras sigue jugueteando con el cigarrillo. El rubio se concentra en el móvil. Por el andén pasa una moza bien parecida.)

-¡Joder, chaval! ¡Qué ojete!

(Callan de nuevo. Después, el moreno silba y, al compás de la música del móvil de su compañero, emprende un germen de baile, moviendo la cabeza adelante y atrás.)

-¡Tú!
-¡Qué!
-Ya verás chaval. Que vamos mal, tú.

(El moreno silba, mirando por la ventana.)

-Que tenemos que coger ese, tú.

(El moreno silba, mirando por la ventana.)

-Vamos, tú, que va a salir. Que sale a y cuarenta y siete.

(El moreno sigue silbando, mirando por la ventana. Son y cuarenta y seis.)

-¡Tú!
-¡Qué!
-Vamos, tú.

(Ambos salen del vagón, cruzan el andén y se meten en el tren de enfrente.)

***

Número de vocablos distintos utilizados en este diálogo, contando el nombre propio “Parla”: 33

jueves, 18 de agosto de 2011

DE PASEO POR SEPÚLVEDA

Mientras preparo mi Inventario de mujeres a las que he besado (será un poema de más de quinientos versos), ahí va una crónica de mi viaje JUDÍOS, MOROS Y CRISTIANOS.

¿Qué faré, mamma?
Mieo al-habib est ad yana.
(¿Qué haré, madre?
Mi amigo está en la puerta.)
Jarcha del siglo XI

Cuando uno sale de noche a pasear por una villa histórica, con sus callejas en cuesta, sus rinconadas, sus pasadizos, sus viejas casas, sus jardincillos, sus iglesias románicas, sus faroles naranjas, tiene dos opciones: mantener la cabeza ocupada con pensamientos románticos, con antiguas princesas de cuento, caballeros venidos de lejanas y guerreras tierras, nobles encerrados en sus mansiones a la lumbre de un fuego encendido por sus abnegados criados, el tamborilear de cascos de caballería sobre las piedras o el recuerdo o fugaz invención de leyendas e historias medievales de amor cortés; o bien, dejar que le atenacen ensoñaciones fantasmagóricas, misteriosos enlutados tras de una esquina, historias de terribles crímenes cuya impronta aún permanece por donde caminamos, dolientes y pálidas mujeres de triste vida que soportaron un dolor infinito hasta la misma puerta de la muerte o judíos torturados en terrible hechicería en el interior de la casa donde miramos a través de sus opacas ventanas. La línea que separa ambas actitudes, ambos estados del alma, es extremadamente delgada, y se puede pasar de uno a otro en lo que dura un momento de duda provocado por una sombra inesperada, una puerta cerrándose estrepitosamente a nuestra espalda, un callejón sin iluminar, un crujir de pasos que nos sigue allá donde vamos o una simple pero estremecedora casa abandonada.

El que sea lector más o menos asiduo de este blog sabrá que en los últimos tiempos no he sido muy aficionado a relatar sucesos de mi vida o a hablar sobre mi persona o lo que hace o deja de hacer. No me parece de gran interés lo que uno piense, sienta o haga, más que nada porque lo que uno piensa, siente y hace no difiere mucho de lo que piensan, sienten y hacen los demás. Pero en esta ocasión no puedo resistirme a dar cuenta de lo que me ocurrió durante el viaje por tierras castellanas que hice hace unas semanas, y que tuvo a la ciudad de Segovia como punto de partida. La primera noche del mencionado viaje dormí en la hermosa villa de Sepúlveda, que es donde me ocurrió lo que quiero relatar.

Todo el que conozca Sepúlveda no necesitará que pondere sus innumerables encantos, y para el que no la conozca, todo lo que con mi descolorida pluma sea capaz de referir será insuficiente para que se haga una idea de lo que se pierde si en los días que le quedan no la visita, aunque solamente sea una vez.

La noche a que hago mención salí del hostal donde estaba alojado a dar una vuelta por el pueblo. Era ya tarde, alrededor de las once de la noche, y, aunque verano, su vida estaba ya replegándose en el interior de las vetustas piedras de sus casas. Eché a andar en una dirección indeterminada, sin pensar en si me dirigía hacia el sur o el norte, hacia el centro o las afueras. Simplemente, me dirigí hacia donde el azar de mi primer paso me encaminó. Anduve por verdaderos lugares de cuento tradicional, idóneos como escenario de un viejo romance y, por qué no, para encontrar a esa muchacha de nuestros sueños, en esa vocación inextinguible que tenemos algunos de pasear de noche con la secreta intención de encontrar, al fin, esa nuestra alma gemela, ese amor eterno que, en esta misma noche, rumia nuestros mismos desasosiegos a la pálida luz de los faroles, al calor de la Historia, mientras, igual que nosotros, mira arriba, hacia una buhardilla donde acaba de apagarse el último candil del día que ya murió.

Así, en este estado de ánimo, me encontraba yo durante la primera parte de mi largo paseo nocturno. E incluso creí encontrar a esa alma gemela, en una calleja sin nombre ni tiempo. Era una jovencita preciosa, demasiado bonita y demasiado joven, que me crucé cuando, seguramente, ella se retiraba a su casa. Mi aspecto de paseante errabundo no debió de tranquilizarla mucho y, cuando nos cruzamos, percibí cómo apuraba el ritmo tras haber bajado hasta el suelo su mirar tímido y sobrecogido. Pensé, como ya sospechaba y sigo sospechando, que esto de querer encontrar nuestra media naranja en una noche de luna, en una vieja ciudad, es una ensoñación de unos pocos e incurables románticos que nos obcecamos en revestir de literatura todo cuanto tocamos.

Evidentemente se trata de un engaño, pero no hay nada de malo, creo yo, en seguir con él. A nadie daño hacemos y tampoco a nadie debe molestar. El caso es que la moza sepulvedana quedó atrás y yo continué con mi vagabundeo. Pasé por la plaza Mayor, con su castillo medio derruido presidiendo la escena, y me interné por una calleja estrecha y pina que bajaba hacia un lugar indeterminado. Todavía con la mente repleta de buenos propósitos, caminé un rato más. No tenía la menor noción de en qué lugar del pueblo me encontraba, así que no me sorprendió mucho el verme de repente en la misma calle de mi hostal. Me dije que, a pesar de estar muy cerca de casa en un día en que por el mucho ejercicio físico realizado el descanso me llamaba más que otras veces, todavía era pronto para regresar, y decidí dilatar mi paseo. Seguí caminando sin rumbo por el pueblo dormido. Siempre subiendo, ahora por una cuesta empinada, ahora por unas escaleras, llegué hasta el punto más alto, la iglesia románica de El Salvador, desde donde el pueblo entero, con sus luces naranjas, se abría en el horizonte oscuro. Abajo, más que verse, se intuía el valle del Duratón, negro a esa hora como un mirar sombrío. Entre toda esa oscuridad, las luces del pueblo flotaban como un enjambre de luciérnagas, y, arriba, la luna parecía, como uno mismo, lamentar los momentos perdidos en las rendijas del tiempo.

Lo que a mí me apetecía más que nada era perderme, pero perderme de verdad, es decir, llegar a un punto en que desapareciera cualquier referencia espacial y en que encontrarla costara que las referencias temporales también desaparecieran o, cuanto menos, se distorsionasen o difuminaran. Esto último era difícil, pues en los pueblos aún sobrevive el viejo clamor de las campanas, así es que concentré mis esfuerzos en vagar sin rumbo y perder la noción de dónde me encontrara. Con ese propósito descendí desde el mirador de la iglesia de El Salvador y me interné de nuevo por las calles en sombra, encontrando a cada paso un lugar propicio, un rincón encantador, una casa que aún parecía guardar misterios irresolutos. El pueblo estaba en calma absoluta, no me crucé a nadie, y nadie tampoco parecía habitarlo.

Recorrí calles que no había pisado antes, entre las cuales estaba la que alberga la casa en donde en 1887 nació el escritor Francisco de Cossío, a la sazón Casa de los González de Sepúlveda, "solar de la que fue familia principal de Sepúlveda durante siglos" y una de las más airosas de la villa. A pesar de que la calle no estaba iluminada -o quizá por ello-, me sentía feliz, caminando entre mis ensoñaciones al arrullo de las piedras antiguas, sintiéndome protagonista de un cuento tradicional. Me sentía perdido, me sentía dichoso. Sin embargo, toda mi emoción se cayó al suelo cuando volví a encontrarme en la calle de mi hostal. Otra vez lo conocido, otra vez la casa, otra vez el recogimiento entre cuatro paredes que me tentaba cuando lo que yo deseaba con todas mis fuerzas era no encontrar nada que remotamente tuviera que ver con la comodidad, con lo fácil, con lo visto. Quería de verdad sentirme perdido y llegar, mucho tiempo después, cansado, muy cansado a mi habitación, y cenar tranquilamente bajo la escueta luz de la lámpara de la mesilla los excelentes productos de la tierra que había comprado a mi llegada, para, un rato después y ya en la madrugada, quedarme dormido con un libro sobre el pecho. Pero ahora había algo nuevo que turbó mi espíritu y mi paseo. Se trataba de una chica joven, muy guapa, que estaba sentada en el escalón de una puerta claveteada, justo enfrente de la entrada a mi hostal. La muchacha, que miraba al suelo cuando me personé en la calle, alzó la cabeza lentamente y me miró. En su rostro apenas había expresión, apenas había brillo de vida, aunque sí pude distinguir un atisbo de sonrisa, que en mi delirio interpreté como una llamada lujuriosa. Los ojos negrísimos, el pelo liso y de color de caramelo, la tez bronceada, el cuerpo bien moldeado. Una maravilla. No sé por qué razón me asusté, y seguí caminando, buscando siempre perderme en las tenebrosidades del dédalo sepulvedano.

Mi paseo ya no volvió a ser el que era. Si al principio, tras dejar mi calle, me tranquilicé, luego no cesé de mirar hacia atrás, sintiendo como sentía, con total claridad, que alguien me seguía. Lo que antes era serena alegría y bienestar, lo que antes era un grato paseo nocturno, empezó a convertirse en una sinfonía de ruidos extraños entre calles mal iluminadas, placetas en las que parecía que la vida se había detenido, jardines de equívoco perfil, callejones sin salida, gatos inoportunos y sombras escurridizas a la vuelta de las esquinas. Incluso el canto de los grillos se había detenido y, fuera de esos ruidos extraños y de mis propios pasos, el silencio era absoluto.

Ahora sí que me había perdido del todo. Cualquier referencia geográfica que delatara para mí mismo mi situación había desaparecido. Inmerso en aquel laberinto, las altas casas impedían la visión de la torre de una iglesia que me indicara dónde estaba. Anduve tanto que incluso creí que había cambiado de pueblo, que ya no estaba en Sepúlveda, y ese pensamiento hizo que se me erizara el bello. No pasé por la plaza Mayor, ni por la carretera que divide en dos el pueblo, ni por la iglesia de El Salvador, ni por lugar alguno que hubiera visto antes. Todo era nuevo, todo misterioso, todo estaba tomando un sesgo sobrecogedor. Y, en aquella situación, sentí una mezcla de felicidad y algo indefinible, prólogo del miedo, algo que sólo ofrece la voluptuosidad ante lo desconocido.

Pensé que si en aquel momento volvía, de improviso, a encontrarme en la calle de mi hostal, me asustaría de veras. Me había alejado mucho de allí y, por el camino recorrido, mi sentido de la orientación -que siempre fue bastante bueno- me decía que era imposible que tal sucediera. Sin embargo, fue pensarlo y que se cumpliera. De nuevo mi calle, de nuevo el cartel que anunciaba mi hostal, de nuevo el desconcierto más absoluto y, sobre todo, de nuevo la chica sentada en el escalón. ¿Qué hacía allí, sola, durante tanto tiempo? ¿A quién esperaba, a esas horas? Y, como antes, miraba al suelo, y, cuando aparecí, alzó lentamente la mirada hacia mí. Era esa lentitud en su ademán de mirarme lo que me desconcertaba, una lentitud que no cuadraba con el lugar y la hora. Lo normal sería que la chica, al verme aparecer de improviso entre la oscuridad en aquel rincón solitario, se sobresaltara o, al menos, como los gatos cuando son sorprendidos, volviera rápidamente la cara hacia mí. Pero no: alzó la cabeza lenta, muy lentamente. Estaba más guapa que hacía un rato, más tentadora, más risueña incluso. Yo en aquel momento estaba incomprensiblemente sereno, así que pude ver sin atisbo de duda que me dijo algo. Pero sólo eso, lo vi, porque habló tan bajo que no lo escuché. Lo que estaba claro es que se dirigió a mí -¿a quién si no?-, y entonces ya sí que me vi inmerso dentro del movedizo terreno del miedo.

Me fui de allí con paso más que ligero, sin rumbo, no ya con la intención de perderme, sino de alejarme de allí lo más posible. ¿Dónde estaba la plaza Mayor? ¿Dónde la iglesia de El Salvador? ¿Dónde lo conocido? Sin saber cómo, me encontré de nuevo caminando por calles desconocidas y solitarias, entre altos cipreses, muros desconchados y la amenazante mirada de la luna, que había dejado de lamentarse por su suerte para, directamente y quizá como pasatiempo, reírse de mí. Pasé por delante de una casa abandonada, con sus ventanas rotas y su interior de absoluta oscuridad. No sé qué tienen las casas abandonadas que uno no puede dejar de mirar adentro, a pesar de que sabe que cualquier movimiento, cualquier ruido, le hará correr de pavor. Es como si la casa nos hipnotizara, convirtiéndonos en Ulises que no pueden resistir el angustioso canto de las ruinas. Miré al interior con toda la intensidad de mis sentidos, cuando lo que me pedía el cuerpo y la razón era irme de allí. Pero seguí mirando a través de una de las ventanas, deseando ser testigo de lo sobrenatural pero, a la vez, siendo consciente de que ello podía hacerme pasar una noche sin dormir. La sensación era que en cualquier momento iba a ocurrir algo, que sólo tenía que esperar. Es terrorífico ese presentimiento seguro de lo fatal, esa espera en que lo segundos se adensan hasta hacerse casi materiales. Y lo que tenía que ocurrir, ocurrió. No sé lo que era, sólo sé que, en la oscuridad más absoluta, vi cómo se encendió una luz roja muy brillante, y que eché a correr como un galgo, saltando de una vez tramos enteros de escaleras, derrapando en las curvas, cayendo, volviendo a levantarme, sin mirar jamás hacia atrás. Corrí sin rumbo durante un tiempo que no puedo discernir y, exhausto, me senté en el escalón de una puerta de una calle desconocida. Ni sabía dónde estaba ni me preocupaba ya perderme, ni encontrarme, ni otra cosa que tuviera que ver con que pasara aquella noche y saliera el sol.

Durante un buen rato permanecí sentado en el escalón, jadeando por el esfuerzo y mirando al suelo, hasta que recobré el aliento y alcé la vista. Delante de mí, sentada en el escalón de la puerta claveteada, estaba la chica de los ojos negros y el pelo color caramelo, mirándome y sonriendo. En efecto, me encontraba de nuevo en la calle de mi hostal, en cuya puerta estaba yo apoyado. Me levanté de un respingo y, aterrorizado, saqué torpemente las llaves del bolsillo y, más torpemente aún, intenté abrir la puerta. De reojo vi cómo la chica se levantó y se dirigió hacia mí. No tuve arrestos para darme la vuelta y ver lo que quería -pues sin duda quería algo- y, casi por milagro, logré abrir la puerta, que cerré estrepitosamente cuando, al fin, estuve dentro del hostal. A toda prisa subí las escaleras del primer piso y llegué a mi habitación, cuyo balcón daba a la calle que acababa de dejar. Atraído por un instinto morboso -el mismo que me había llevado a mirar con insistencia el interior de la casa abandonada- me asomé y, allá abajo, en la negrura encajonada de la calleja, estaban, mirándome me pareció que con lágrimas, los ojos negros que no me atreví a enfrentar cuando los tuve a apenas a un palmo.

No pude aguantar mucho tiempo la mirada de la chica, y me aparté del balcón. En aquella noche tórrida de verano, cerré la ventana y coloqué la silla en la puerta, como hacen en las películas, para que nadie pudiera entrar. Debo reconocer que, entre el calor y el miedo, no pude pegar ojo, siendo esta la causa -que hasta ahora no me había atrevido a contar- de que la ruta del día siguiente y que me llevaría hasta Peñafiel, primero, y hasta Cuéllar, después, se me hiciera tan dura, y de que en los días posteriores cada pedalada fuera un dulce suplicio.

miércoles, 17 de agosto de 2011

LA ISLA (III)

Domingo, 4 de julio
Créame usted si le digo que si hay algo que no echo de menos de mi antigua vida -vida que cada vez estoy más seguro no recuperar- son los domingos. Hoy es domingo, aquí, en la isla -¿para cuándo un nombre?-, pero no lo parece. Es un día más, como podrían serlo un martes o un jueves. Y no sabe usted cómo me congratula que sea así, de no sentir en las carnes la paralización de los domingos, su vacuidad, su estupidez. En España no se sabe qué hacer con los domingos. Tantas horas libres por delante nos desconciertan, y lo que debería ser disfrute y relajación de los ánimos y escaqueo de las costumbres, termina por ser más prisa, y más ansias, y más masificación. En el Primer Mundo, con todas nuestras comodidades que nos lo dan todo -y aún más que todo- hecho somos más celosos de nuestro ocio que de nuestro trabajo. Aquí, por el contrario, tantas horas libres lo llenan a uno de cosas por hacer. Ahora, por ejemplo, debo salir a buscar comida para la cena. Usted podrá creer que, con todo lo que desbarro en este cuaderno, me aburro. Nada más lejos. En realidad gasto muy poco tiempo al día -unos diez minutos- en escribir aquí. El resto lo empleo en buscar comida y en rastrear la isla buscando un lugar mejor. No lo hay, o no lo he encontrado, por eso sigo aquí. Creo que es el domingo más hermoso que recuerdo. Y lo es porque es un domingo que no es domingo. Y con esta ausencia de domingos y referencias semanales, veo con claridad que el tiempo se me escurre entre los dedos como arena fina. No tiene sentido apuntar la fecha, pero conviene hacerlo para que usted, cuando encuentre este cuaderno, sepa el día que morí. Es triste eso de que de alguien no se sepa qué día murió. Es como si su biografía quedara incompleta, ¿verdad? ¿Lograré llevar bien la cuenta? ¡Eso espero, por Dios, eso espero!

Martes, 6 de julio
Me pongo a recordar los diarios de escritores que he leído y llego a la conclusión de que no me gustan aquellos en los que no está anotada la fecha. Empezar a leer sobre un día no fechado es como hablar con alguien y no saber su nombre. Le falta algo, aun no faltándole nada. ¿Es que no se han dado cuenta de que están escribiendo un diario? El mejor es el de Amiel, que anotaba incluso la hora y el minuto. Decía, por ejemplo: “son las 7:32 de la mañana. Por la ventana veo la primera claridad malva y unos gorriones saludando al nuevo sol. Hoy me espera un duro día de trabajo”. Me parece asombrosa esa precisión, que va mucho más allá de la mera anotación rigurosa del día a día. Amiel, con eso de que a las 7:32 miraba por la ventana y veía la primera claridad malva y unos gorriones saludando al nuevo sol, nos viene a decir que se trata de un instante irrepetible, completamente auto contenido, cerrado en sí mismo, sin necesidad de otros instantes que lo expliquen. Y, como ese momento no volverá, conviene apuntarlo, aunque sólo sea para, al releerlo al día siguiente, o años después, hacerlo revivir, hacernos revivir a nosotros mismos, y estrujarlo contra nuestro pecho. ¿Qué tiene ello de malo?

Jueves, 8 de julio
Hoy, antes de cenar, me he quedado en lo alto de la roca contemplando el atardecer, un atardecer púrpura (no como aquel blanco del primer día), y me he acordado de que en varios días no me he acordado de Inma. Y he sentido un enorme desasosiego al ser consciente de que su recuerdo, como la arena fina y el tiempo, se me escurre entre los dedos. ¿A qué se debe? En teoría, y sin posibilidad de hablar con nadie, con tantas horas conmigo mismo y mi pensamiento, sin ver la televisión ni navegar por internet, sin jugar al fútbol o salir a tomar unas cervezas por la Cava Baja, debería acordarme de ella a cada instante. Bien, pues sólo hoy, cumplida la jornada y casi por casualidad, me ha venido su imagen a la cabeza. Si tuviera un reloj o un móvil con alarma, la ajustaría a una hora, las ocho de la tarde por ejemplo, con el aviso siguiente: “pensar en Inma”. Creo que sería buena cosa sistematizar, someter a disciplina los pensamientos y sentimientos, igual que hacemos con el estudio, o con el trabajo, o con la hora a la que nos levantamos. A tal hora, todos los días o al menos una vez a la semana, pensar en tal cosa o en tal persona, o acordarse de mamá o de papá, o del abuelo muerto, o de algo que nos guste hacer, o de un lugar que nos haga soñar. Sería una bonita y eficaz manera de ser más sensibles, de aprender a sentir, de agudizar el sentimiento. Creo que así viviríamos -mejor dicho, vivirían ustedes, porque yo ya no he de volver- en un mundo mejor. Tenga usted en cuenta esta iniciativa y divúlguela, por si sirviera de algo.

Viernes, 9 de julio
Posturas de culturista en la playa, al atardecer. La luz del sol y la piel bronceada resaltaban mis pectorales, y los cuadrados de los abdominales recién descubiertos, y la montaña rocosa de los cuádriceps, y los surcos de los deltoides, y los sorprendentes bultos de los bíceps y tríceps. La espalda no lo sé, lógicamente, pero también me la noto más fuerte, quizá lo más fuerte de todo. Lo he hecho desnudo, mucho mejor que con esos bañadores minimalistas que se ponen los culturistas profesionales para comparecer ante los jueces. Ja, ja, ja, ¡lo que me he podido reír!

Sábado, 10 de julio
Está muy bien esto de ser un culturista para nadie, pero con esta alimentación rica en proteínas y tan baja en grasas he pensado en comerme la lata de foie-gras que encontré el segundo día, y que ahí sigue. Esas calorías añadidas, esa untuosidad de lo manufacturado, de lo fabricado por el hombre pensando exclusivamente en su propio disfrute, me tientan. Pero no, debo aguantar para cuando la necesite de verdad. Ahora sería capricho, y no sé por qué me da que los caprichos en una isla desierta acaban por pagarse.

Lunes, 12 de julio
Pequeño contratiempo. Esta mañana estaba buscando cangrejos entre las rocas, cuando al ir a atrapar uno he resbalado y el pie derecho se ha incrustado en una hendidura. Me he hecho una herida, pero lo que más me molesta es el esguince. El tobillo está hinchado y de color violeta. Parece un bubón de los que hablaba Boccaccio en la primera jornada del Decamerón. Y me duele mucho. Así, me será imposible salir a buscar comida en unos días. Afortunadamente, tengo algunas provisiones y, si no me muevo, las necesidades energéticas serán también menores. Confío en que sane pronto, y poder volver a corretear por ahí. Temo también que, sin tanta actividad, esté tentado de escribir en este cuaderno más de lo debido. Dentro de poco habré gastado un cuarto de las hojas, un cuarto de mi nueva vida, de mi última vida. Porque sé que detrás no hay nada. Lo dije el primer día y lo sigo sintiendo así, si cabe con más certeza: cuando acabe de llenar este cuaderno -ablandado y ajado ya por esta humedad insoportable- no podré aguantar más. ¿Y por qué no deja de escribir?, se preguntará usted. Bien, no hay respuesta. O mejor dicho, sí la hay, pero es tan simple que usted la tomará como una respuesta tonta, absurda, una respuesta casi inexistente; en definitiva, una elusión de la respuesta: en mi situación, no es posible dejar de escribir. Si usted estuviera en mi lugar, vería cómo es cierto. Absolutamente imposible.

Jueves, 15 de julio
Haciendo un esfuerzo titánico, he conseguido estar dos días enteros sin escribir. Y ha sido horrible, nunca lo había pasado tan mal. Los diez, quince minutos diarios que empleo en plasmar aquí lo que me va llegando a la mente son como una purificación, una purgación de todos los malos humores, de todas las ansiedades, algo así como derramar de golpe para que no vuelvan todos los desasosiegos vitales, las tristezas, los desarraigos, todo. Al ver escrito lo que escribí, al observar con minuciosidad y asombro estas líneas escritas con tinta azul, siento como si fuera de otro, y entonces lo releo y disfruto como si me encontrara ante un relato de ficción escrito por alguien para solaz del afortunado lector. Siento que escribir es como desdoblarse, aunque se escriba sobre uno mismo, porque aunque uno escriba sobre sí mismo y sobre lo que hace, o lo que se encuentra, o lo que piensa, nunca lo que queda escrito es exactamente igual que él, que lo que hizo, lo que se encontró o lo que pensó. Nunca. Es otra cosa. Y así van pasando las horas, así van pasando los días, de la manera en que uno los narra para después recordarlo. Y para que usted lo disfrute. No me tenga compasión, por favor, eso nunca. No lo estoy pasando mal, no piense que por estar aquí perdido, lejos de todo, estoy viviendo un infierno. Usted sabe muy bien, como le dije algunos días atrás, que perderse en una isla desierta no es tan horrible como nos quieren hacer ver. Lea este cuaderno como una novela, relájese y disfrute, en la medida de las posibilidades de que yo con mi pluma sea capaz. Quizá debería encajar este fragmento al inicio del diario a modo de introducción, algo así como unas Instrucciones de lectura de este diario verídico que puede y debe ser leído como una novela, pero no, para qué. Está bien donde está, ¿no cree usted?

martes, 16 de agosto de 2011

LA ISLA (II)

TRANSCRIPCIÓN LITERAL DEL DIARIO MANUSCRITO HALLADO POR UN MÉDICO DE LA CRUZ ROJA EN UNA REMOTA ISLA DEL ÍNDICO

Miércoles, 23 de junio
Milagrosamente, logré rescatar un bolígrafo y este cuaderno. El bolígrafo es de tinta azul y el cuaderno tiene las pastas rojas y las hojas son completamente blancas. Es reconfortante enfrentarse a una hoja completamente blanca. Si fueran de cuadros o con rayas, creo que no podría escribir. ¡Blanco, blanco! Es el color de la muerte, dijo César González-Ruano. “El terror es blanco. La soledad es blanca”, escribió en su diario, el mismo día de morir. ¡Blanco, blanco! Quizá César tuviera razón. Aquí, desde la orilla de la playa, contemplo un atardecer extrañamente blanco, ni rosáceo, ni púrpura, ni chorreando miel, como dicen los poetas. Pero en la soledad de esta isla vale cualquier cosa menos la poesía, créame. El atardecer es blanco, nada más que blanco. El sol es espantosamente blanco, y el cielo que lo rodea, y la arena de esta playa. Sobre todo la arena es blanquísima. En España no existen playas así. Sí, puedo comprender lo que sintió César para decir que la soledad y el terror son blancos. Pero el blanco de las hojas de este cuaderno es todo menos muerte y soledad. Me he propuesto aguantar hasta rellenarlo entero con este diario, que hoy, un día después del accidente, comienzo. Sé que en cuanto lo rellene y no tenga espacio donde escribir no podré resistir más y moriré. Y no vale ni apretar la letra ni escribir en los márgenes. La consigna fundamental es escribir normal, sin abreviaturas, respetando las palabras, las sangrías, el espacio entre líneas. ¡Blanco! ¡Divino blanco! A partir de hoy, color blanco, serás mi única compañía.

Jueves, 24 de junio
El primer día completo como superviviente oficial no fue mal del todo. Hurgué entre los despojos del avión, aún humeantes, y encontré ropa, algo de comida y muchos recuerdos personales. Uno se vuelve insensible ante la desgracia ajena cuando está envuelto en el propio drama, en la propia supervivencia. No sentí ni frío ni calor al ver las fotos con las familias felices al completo, ni al encontrar los cadáveres de una madre y una hija abrazados, ni al toparme con unas hojas en las que una pareja seguramente de recién casados y que emprendían su luna de miel jugaban al “ahorcado”. Él (o ella), estaba a punto de descifrar la película Viven. Quizá fuera una broma de ella (o de él). Sí, hay veces en que la realidad se complace en ser cruel. Pero aquí el sentimentalismo sobra, lo único que cuenta es buscar comida y agua y un refugio decente. Esta noche hizo bueno, tuve suerte, pero, ¿qué pasará cuando llueva, o cuando arrecie el viento? Lo que más me ha alegrado encontrar ha sido una lata de foie-gras, de delicioso, grasiento y untuoso foie-gras. Qué palabra más hermosa, me deleito diciéndola en voz alta, aunque sepa que nadie puede escucharme. O precisamente por eso. Qué placer es poder gritar sin cortapisas, sin temer que nadie te chiste pidiéndote silencio ni que te miren como si estuvieras loco. Grito, grito la palabra foie-gras lo más fuerte que puedo. Y noto que cada vez mi grito llega más lejos. Bueno, creo que hoy he escrito bastante, no es cuestión de irse desangrando más de lo necesario con la escritura en este cuaderno. Voy a ver si encuentro agua y comida.

Viernes, 25 de junio
Los cangrejos de río de esta isla saben a mar, pero lo más curioso es que los extraños peces que conseguí atrapar cerca de la playa saben a trucha, o sea, a pez de río. Ambos tienen un gusto a podrido, eso sí. Extraña isla, extraño lugar. Pero, sorprendentemente, creo que ya me he habituado a él. Lo del agua está solucionado, pues en el otro extremo de la playa desemboca un arroyo limpio y, según parece, de agua saludable.

Lunes, 28 de junio
Sé que corro el riesgo de que, si no escribo todos los días, perderé la cuenta del tiempo. Hoy he tenido que concentrarme en mi memoria, en los recuerdos de los últimos días, para llegar a la conclusión de que es lunes, día 28. Dos días sin escribir son muchos, demasiados, aunque sepa que me alargan la vida, aunque sepa que si no escribiera nada más en este cuaderno podría aguantar mucho tiempo, quién sabe si hasta que me encontraran. Pero no, hay que seguir escribiendo, hay que seguir llenando este cuaderno tan hermoso, tan geométricamente perfecto, tan blanco por dentro, con tantas hojas inmaculadas por manchar. ¿Tantas? No, no son tantas. Es un cuaderno delgado, esa es la única pega. ¿Qué he hecho estos dos días? Nada más que buscar comida y construir (o, mejor dicho, intentarlo) una cabaña con ramas y hojas de palmera. Evidentemente, no es fácil. Con la comida me fue bien, si uno es un poco listo y sabe dónde buscar, no se pasa hambre. Casi estoy comiendo mejor que nunca, más saludable, sin grasas ni colesterol. Si me hicieran unos análisis, verían que estoy como un roble, sanísimo. Y me lo noto. El estar todo el día moviéndome entre la selva, nadando y construyendo el refugio me está moldeando el cuerpo. Lástima no tener un espejo para poder mirarme de cuerpo entero. Pero observo mis brazos y no los reconozco, observo mis deltoides y los veo cuajados de surcos que antes no existían, me miro las piernas y parecen de atleta o, mejor aún, de ciclista. Dentro de poco, cuando esté más fuerte, pienso hacer una exhibición de posturas, como los culturistas, en la playa, al atardecer. Será bonito, estoy seguro, aunque nadie pueda verme ni fotografiarme ¡Qué más dará!

Martes, 29 de junio
Releo lo escrito ayer y veo que escribí la palabra inmaculadas. Antes, está tachada la palabra blancas. Claro, unas palabras antes escribí blanco y no quería repetirme. ¿Seré un estilista? ¡Nunca me había puesto a pensarlo! Pero no era a eso a lo que iba. Por primera vez desde que estoy en esta isla, he sentido verdadera tristeza. Y ha sido al leer la palabra inmaculadas. Inma, discúlpame por no haber pensado en ti hasta ahora. Sabrás perdonármelo, tras el accidente estaba demasiado ocupado con mi supervivencia y no tenía hueco en la cabeza para nada más. Claro que la Providencia (otro rasgo de estilismo, sin duda) me ha hecho escribir tu nombre en plural para recordarte. Y ello me ha hecho bien, pese a que ahora estoy a punto de llorar. Me ha hecho bien, porque siento que este cuaderno y esta lata de foie-gras no son mi única compañía. Ahora, tus crenchas doradas (¡toma poeta estoy hecho!) también me acompañan. Lo único que siento es que tú no lo sepas, que no sepas que cuando regresara de este viaje que no terminaré pensaba decírtelo todo. Es por lo único que siento de verdad haber tenido este accidente y estar aquí, en esta isla que ni sé cómo se llama. Probablemente ni tenga nombre. Tengo que empezar a pensar en uno, aunque sólo sea por no escribir nada más que isla cada vez que me refiera a ella. Recuerde que soy un estilista.

Jueves, 1º de julio
Usted se imaginará lo que se siente si quedara como único superviviente de un accidente y llegara a una isla desierta. Todo el mundo se lo ha imaginado alguna vez. Es una pregunta muy típica: “¿qué te llevarías a una isla desierta?” Bien, pues puedo asegurarle que lo que usted ha imaginado es exactamente lo que sentiría. Es asombroso constatar cómo la mente anticipa con espantosa precisión los acontecimientos importantes. Imagina uno lo que sentirá cuando muera un ser querido, y cuando ello ocurre (que ocurrirá) es como si lo hubiéramos vivido de verdad, aunque en la realidad no haya sido así. Lo mismo pasa con los acontecimientos agradables. Y ello, claro, nos defrauda. Nunca vivimos las cosas por primera vez, están como entreveradas en nuestro subconsciente más profundo, como un legado atávico del sentimiento de nuestros antepasados. ¿Cómo se explica, si no, que alguien que jamás haya vivido ni visto el campo sienta esa expansión de ánimo, ese renacer, ese volver a los orígenes, cuando lo pisa por primera vez? ¿O cómo es posible que todos seamos capaces de identificarse con Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna? Puede decirse que con Armstrong la humanidad entera pisó la Luna. Y no de forma simbólica, sino físicamente. Sí, tenemos como una conciencia del pasado, heredamos no sólo el color del pelo o de los ojos, o una estructura ósea, o una nariz chata o aguileña, o un cierto carácter; todo eso lo heredamos de nuestros padres o abuelos. Pero lo que refiero, esa herencia de situaciones o sentimientos, lo tenemos ya desde antes de nacer, lo heredamos del conjunto de la humanidad entera. Yo mismo me había preguntado antes muchas veces lo que haría o cómo me sentiría de perderme en una isla desierta. Y aquí estoy, perdido en una isla desierta, viviendo por segunda vez todo aquello que imaginé, que anticipé, que sospeché. Claro que hay cosas nuevas e imprevistas, pero son secundarias. Lo esencial es exactamente igual. Creo que usted sabrá muy bien lo que quiero decir.

Sábado, 3 de julio
Bien, ayer trabajé todo el día en fabricar un refugio. No es tarea fácil, pero, como con todo, basta con perseverar un poco. Nunca pensé que pudiera hacer algo así hasta que no me he puesto a ello. Las facultades sólo se desarrollan si se las entrena, si se las pone a nuestro servicio. Si nosotros necesitamos de ellas, pues ellas nos satisfacen, nos ayudan a lograr lo que queríamos. Pero debemos ser nosotros los que las pongamos en movimiento y los que les vayamos administrando el combustible necesario para que funcionen y nos ayuden. Bueno, pues aquí está, la estoy mirando en el momento en que escribo estas líneas en este cuaderno que -¡ay!- va adelgazando por días. La estructura es muy simple: unos cuantos listones gruesos, de no sé qué árbol que hay por aquí, recubiertos por enormes hojas de palmera. El interior es relativamente grande, mucho más que el de cualquier tienda de campaña, incluso que el de las buenas. Hasta ahora no la he necesitado, pero quién sabe. Igual esta noche sale tormenta. Los mosquitos sé que van a seguir molestando y que pronto me encontraré con una tarántula de esas que hielan la sangre, pero de eso no me quejo. ¿Qué se creía usted, que no había mosquitos y tarántulas sólo porque no los mencionara? ¡Claro que los hay! Mosquitos, a patadas, y son crueles como las hienas, oportunistas como los buitres, implacables como una manada de leonas. Y tarántulas, menos, pero también, y son más grandes de lo que usted imagina. Pero de eso no me quejo, ¿para qué? Tampoco del sol, que aquí en estas latitudes le traspasa a uno hasta el tuétano, ni de la humedad, ni de no poder lavarse uno en condiciones. No quiero quejarme de todas esas molestias que usted imaginará perfectamente y que procuro sobrellevar de igual modo que allí en Madrid sobrellevo el ruido de las bocinas, y las colas hasta para comprar el pan, y los atascos, y el mal humor general, y la crispación que sobrevuela el ambiente, y esperar a los autobuses. Cada lugar tiene sus cosas, ¿no cree?

lunes, 15 de agosto de 2011

LA ISLA (I)

Nota

La persona que me entregó el manuscrito que luego transcribí a ordenador y que ahora ofrezco aquí es el que tiene el honor de ser el “usted” a quien se dirige el autor de estas páginas. Él fue el que encontró el cuaderno, él fue el que lo guardó y él fue el primero que lo leyó. Después, cuando regresó a Madrid, y conocedor de mis aficiones literarias, me lo entregó para que lo leyera porque, según me dijo, en él podía encontrar algunas cosas interesantes, o al menos así le pareció.

Pero presentemos al que tuvo la fortuna de ser ese “usted”, el verdadero y único, receptor y lector primero de este diario. Se llama I. S. M., trabaja como médico en la Cruz Roja Internacional y es buen amigo mío desde hace muchos años. Por aquel entonces destinado en una ciudad de la India, fue enviado a una isla remota del Índico con el objeto de socorrer a las víctimas de un accidente aéreo que acaeció el verano pasado, y del que lamentablemente no hubo supervivientes. Cuando los equipos de salvamento llegaron a la isla, encontraron en la playa, muy cerca de los restos del avión, un cementerio improvisado en el que yacían 28 cuerpos, cada uno en sus tumbas, cada tumba con una cruz hecha con ramas. Ello llevó a pensar que al menos hubo un superviviente del accidente, a quien, naturalmente, al instante empezaron a buscar por si aún estaba vivo. Exploraron la isla palmo a palmo, investigaron la playa que daba a naciente, se internaron en la selva y, cuando ya daban por cesada la búsqueda, a I. S. M. se le ocurrió seguir el curso de un arroyuelo que, subiendo, subiendo, daba a una explanada, a un claro en la selva, que era, a la sazón, el punto más alto de la isla. A la entrada de una cueva encontraron un cadáver aún caliente, y que no era otro que el del autor de las páginas que siguen. Yacía en el suelo bocarriba, con el cuaderno abierto tirado en el suelo, sin el menor cuidado, y el bolígrafo medio desprendido de su mano derecha ya yerta. Era evidente que el hombre había sido sorprendido por la muerte mientras escribía, aunque, según me contó I. S. M., sus labios inertes sonreían. Una espesa barba le cubría la cara, cuya piel lucía rojiza y ampollada por el sol y los mosquitos, y su delgadez era extrema. Por su aspecto no hacía mucho tiempo que debía de haber muerto: quizás unos días antes. I. S. M. agarró el cuaderno, lo hojeó y vio que era un diario. Por un puro prurito de curiosidad fue hasta la última página escrita -que era además la última página del cuaderno-, y se le heló la sangre cuando comprobó que la última entrada correspondía al día anterior. El infeliz no tuvo las fuerzas suficientes para prolongar unas pocas horas su heroica lucha y así haber sido encontrado con vida.

El cuaderno tiene las pastas duras, de color rojo, y está muy ajado y amarilleado. Está escrito con tinta azul y bastante buena letra, aunque a este respecto es irregular, y sobre todo en las últimas hojas la caligrafía está muy estropeada, hasta hacerse casi ininteligible en algunos fragmentos. Un rasgo importante es que, según iba nuestro protagonista avanzando en su relato, la letra se fue haciendo más pequeña y el interlineado y los márgenes, más estrechos. Podría explicar ahora las razones de que esto sea así, pero creo que es mejor que el lector lo infiera a partir del relato.

La historia de este cuaderno es casi tan interesante como la de nuestro protagonista. Mi amigo optó por ocultar su existencia a los familiares. Una vez leído por él y ya en mis manos, tengo que reconocer que dudé. ¿Qué hacer? Por un lado me sentía en la obligación moral de entregarlo a los padres de su autor, pero por otro me apetecía publicarlo en internet, como ahora hago, y que unos pocos, los escasos benditos que suelen darse una vuelta por aquí, lo leyeran. Tampoco creo que tenga el menor valor literario, aunque sí humano, y por ello he creído que ningún provecho económico podría sacar nadie de él, por lo cual, y tras una ardua deliberación conmigo mismo, he decidido darlo a conocer.

Debo decir que me he limitado a trascribir literalmente su contenido, sin añadir adornos ni afeites, que a buen seguro lo afearían y le restarían autenticidad, además de no sentirme yo en el derecho de modificar la obra de nadie, por muy humilde que aquélla y éste sean. Sí he optado por suprimir algunos pasajes en los que nuestro protagonista comentaba su sexualidad forzosamente solitaria, y que consideré que nada de valioso aportaban al relato, y en cambio sí mostraban ciertos detalles que, desde mi punto de vista, atentaban contra la armonía y belleza del conjunto. Las supresiones no están indicadas.

SEBASTIAN MELMOTH

viernes, 12 de agosto de 2011

BALADA TRISTE

CAÍDA

La tarde se le caía
en mil trozos destrozada
dijo adiós a la alegría
y su oro en llanto tronaba.

(Abajo, el río miraba.)

Se le caía el recuerdo
de sus antiguos acordes
músicas de otros amores
absorbidos por el tiempo.

(Abajo, el río contento.)

En su cuello, aún las huellas
de aquellos labios caídos
y su sangre pura, presa
de pena de malherido.

(Abajo, corría el río.)

El sol naranja, cobarde
se escondía en el regazo
del horizonte morado
dulce estampa de la tarde.

(Abajo, el río que arde.)

¿Iba solo nuestro amigo?
No, paseaba con alguien
mas ese alguien no era nadie
más que el arrullo del trigo.

(Abajo, reía el río.)

La caída de su suerte
la caída de la tarde
la venida de la muerte
se mascaba por el aire.

(Abajo, el río se place.)

Y a la última miel tomada
del panal del sol, vencido
tragado por la montaña
recluso del negro río.

(Abajo, el río asesino.)

miércoles, 10 de agosto de 2011

DEDICATORIA

ROSA DE PASTRANA
A la rosa que arranqué en la plaza de la Hora de Pastrana en el viaje por la Alcarria que hice hace año y medio, y que todavía conservo.

Ya se secó el zumo de tu espíritu
ya no te arropa el viento de la noche
desde que te arranqué del magnífico
hogar, tu árbol de la plaza por derroche.

Rosa, fueron mis ansias como un beso
que se ofrece al arrullo de la tarde
cuando el lucero decide escaparse
para volver pronto -¿quién sabe?- nuevo.

Tu remota vida se fue escapando
como horada el Arlés este gran valle
como mis manos toman por el talle
las nieves de una morena por regazo.

Y ahora, débil ya de tu gran suerte
de ser farolillo rojo encendido
de la plaza de la Hora, tu muerte
me ofrece el fósil de tu olor herido.

martes, 9 de agosto de 2011

NOCHE DE INVIERNO

PASEO INGENUO
MADRID, AGOSTO DE 2011

Del vientre de la taberna
llega un murmullo lejano
yo ando por la calleja
sin jazmines de la mano.

Jazmines que no son nadie
tampoco tú, mi quebranto,
tampoco ellas, danaides
de mi pecho enamorado.

Noche azul que se me escapa
por céfiro de humo blanco
venido de mis pulmones
[¡basta!
venido de mi oro en llanto.

Arañas de hielo blanco
de este invierno desabrido
galas de noches en nidos
de buhardillas de antaño.

No son para mí esas noches,
las de las rosas calientes
las que pacen en mi mente
las que imagino sin goce.

Y el gato de la esperanza
hecho con negro y esquivo
esta noche me amenaza
con gruñirme que estoy vivo.

sábado, 6 de agosto de 2011

ALGUNAS CONCLUSIONES

Después de cuatro días solo, pedaleando por los acres escenarios de la vieja Castilla, uno elabora ciertas ideas a modo de conclusiones que, no obstante, no son más que un punto de partida:

1) Uno llega a la conclusión de que en los viajes el ochenta por ciento de las cosas que llevamos son inútiles y superfluas. Los viajes deberían hacerse nada más que con lo puesto, o con muy poco más de lo puesto. Nos empeñamos en llevarnos nuestra casa con nosotros cuando en realidad un viaje es todo lo contrario, es dejar todas nuestras cosas atrás porque los viajes son otra cosa, como una vida aparte de la vida real. Con el ánimo dispuesto, con nuestra piel, nuestra sangre, nuestro corazón, un libro, un cepillo de dientes, dinero y un poco de ropa, podemos ir al fin del mundo.

2) Que en una mochila pequeña -del tamaño de una tortuga de tamaño medio- caben muchas más cosas de las que podemos llegar a imaginar: unas zapatillas Converse All Star, un libro de las Obras selectas de García Lorca, los cargadores del móvil y de la batería de la cámara de fotos, un par de barritas energéticas, una libreta y un bolígrafo, un pantalón corto, una muda, una camiseta y unos calcetines, una cámara para bici de carretera, un paquete de Klee-Nex, cepillo y pasta de dientes, las llaves de casa y, si apuramos un poco, algunos de los recuerdos que vayamos encontrando por el camino: una rosa cortada, una corteza de árbol, una hoja de laurel.

3) Que uno se enamora con la misma facilidad con la que se desenamora para volver a enamorarse. El camino está plagado de nuevas oportunidades que ni siquiera son oportunidades de nada y, aunque suene obvio, tras otro horizonte siempre hay otro.

4) Que hay que leer siempre aunque no se lea, esto es, hay que aprenderse de memoria nuestros fragmentos literarios y poemas favoritos porque nos van a ayudar cuando vengan los momentos malos. El simple hecho de recitar un verso que nos llene o el comienzo de nuestro novela favorita puede suponer ese gramo extra de fuerza y ánimo que impida que decaigamos. Caminar, avanzar, pedalear, es lo mismo que recitar, y recitar nos ayudará a pedalear, a avanzar, a caminar. Todo es lo mismo: es una letanía.

5) Que no es necesario pisar países exóticos para sentir de verdad que hemos viajado. El valor de un viaje no se mide en kilómetros de distancia desde nuestra casa, ni en el dinero que uno se haya dejado (aviones, hoteles, comidas, masajes, museos, exposiciones), ni en la grandiosidad de las ciudades o monumentos que uno haya visto, ni en la cantidad de nuevas culturas y usos y costumbres que uno haya conocido, sino en lo que ese viaje le haya servido a uno para conocerse un poco más a sí mismo a partir de la búsqueda y encuentro de lo nuevo, porque un viaje, y ahí está la clave -se vaya a Tailandia o a La Mancha-, siempre es algo nuevo, no visto ni vivido por el viajero. Puede tener más tintes de viaje, de verdadero viaje, una semana por la ruta de los pueblos manchegos que quince días zascandileando en autobuses turísticos y visitas guiadas por la mastodóntica China, si de verdad el viajero actúa como tal -es decir, no trata de actuar-, tiene los ojos abiertos y curiosos y es capaz de desdeñar los lujos y comodidades que tiene en su vida ordinaria para adaptarse a la esencia del viaje.

6) Que, de vuelta a casa, se percibe nuestra sociedad aún más vacía y estúpida de lo que se percibía antes del viaje, pero de ningún modo más estúpida y vacía de lo que en realidad es. En este abrir los ojos a las estulticia deberíamos incluirnos a nosostros mismos, sea cual sea nuestra ocupación, posición social, nivel cultural o educación. ¿Qué hacemos mal? ¿Qué necedades cometemos en nuestro día a día? ¿Por qué este humor tan destemplado? ¿Por qué estas ansias, estas ínfulas de reyes que nos damos? Naturalmente, no todos son capaces siquiera de abrir los ojos a esta circunstancia, pues no todos son capaces de viajar, en el más puro y amplio sentido de la palabra.

7) Que -y enlazando con lo anterior- viajar borra, aunque sea temporalmente, nuestra vanidad. Al lado del viaje y de lo que se abre ante nuestros ojos, la actitud más sensata y la que más nos ayudará a disfrutar es la humildad.

8) Que, al igual que es imposible encontrar la perfección pero, como seres humanos, estamos obligados a intentarlo, es inútil luchar contra la naturaleza, pero debemos poner todas nuestras energías y mejores propósitos en esa lucha, aun sabiendo que está perdida de antemano.

9) Que antes que proponernos desaforadamente conocer otros países deberíamos esforzarnos en conocer un poco más y mejor el nuestro. Nuestra tierra, la que nos vio nacer, crecer, aprender, amar y llorar; la tierra que nuestros pies han ido horadando con nuestra experiencia vital, enfoca mejor nuestra visión del mundo y de nosotros mismos y la posición que ocupamos en el planeta. Hay madrileños que conocen mejor San Petersburgo o Nueva York que Madrid. Desprecian lo suyo, pero a la vez lo ensalzan con atributos que nada tienen que ver con lo especial y auténtico del lugar en que viven. ¿Por qué no apreciar lo propio, lo cercano, para así poder conocer y apreciar más aún lo lejano?

10) Que siempre que regalemos una sonrisa vamos a recibir otra, que tratar bien a la gente significa que tarde o temprano lo tratarán bien a uno, y que por ello nuestra más importante misión y a la que debemos consagrar nuestra vida es estar con armonía con los demás, ser amable, preguntar si no sabemos y ayudar en cuanto esté en nuestra mano, y todo ello con el único arma con que cuentan el viajero y el perdedor: la sonrisa.

11) Que -y esta conclusión es repetida, pero conviene volver a ella- el viaje, el verdadero viaje, no es más que una tristeza verdadera tejida con los mejores hilos de nuestra personalidad, con todo nuestro cariño, nuestro amor y nuestros vagos deseos mal concretados. Uno se enamora, sí, con cierta frecuencia, no sabe si con más asiduidad de la deseable o no. La sepulvedana que uno encontró en el callejón quedó atrás, con su mirar tímido y sobrecogido; la trabajadora de ojos y pelo de miel que le indicó el camino hacia Navas de Oro, su pueblo, también quedó atrás; y el grupo de la plaza Mayor de Cuéllar, y todas las de Arévalo, el pueblo de mejores chicas que vieron estos ojos. Todas quedaron atrás, sí, pero uno con ellas.

Imagen de cabecera: rincón de Sepúlveda.

Próxima entrada: DE PASEO POR SEPÚLVEDA.