miércoles, 13 de marzo de 2013

HISTORIA PORTÁTIL DE MI LITERATURA

Anoche olvidé escribir en el diario. Por la mañana, aquí en la biblioteca, estuve ocupado con una entrada para el blog, que no es más que un refrito de una entrada de este mismo diario. Literariamente, me es muy difícil salir de él. Llevo dos meses y medio con esto y apenas he escrito nada más fuera de estas páginas –aparte de las crónicas y artículos para Zona Dos Tres. Todo lo publicado recientemente en el blog proviene de aquí. Me veo con una incapacidad notable para escribir una novela o un relato. Un artículo lo veo más factible, pero conlleva un esfuerzo que, no siendo pagado, sinceramente no merece la pena. Así, este diario se ha convertido en el depósito casi exclusivo de mi producción. Vuelco aquí todo lo que se me va ocurriendo, como si fuera un basurero literario. Todo lo que no valdría para una novela, va aquí, todo lo que jamás podría convertirse en artículo, va aquí, todo lo que de ninguna manera puede ser un cuento, va aquí. Pero, ¿dónde están las novelas, los artículos y los cuentos? ¿Estarán aquí y no me he dado cuenta?
Soy consciente de la inutilidad de este documento, de su misérrimo valor. Sin embargo, creo que he encontrado el tono, un tono con el que me encuentro cómodo y con el que puedo empezar a escribir, sobre cualquier cosa –o sobre nada-, sin grandes dificultades. No me cuesta empezar, las ideas suelen ir fluidas y, una vez terminado el texto, apenas corrijo, apenas retoco. Y, por supuesto, puedo asegurar que aquí no vienen sucesos imaginados. Todo lo que se cuenta es real. Sé de muchos diaristas –entre ellos Vila-Matas, Trapiello y Pla, a quien estoy leyendo estos días- que ficcionan sus diarios y se pintan a sí mismos haciendo cosas que en la vida real no hicieron y encontrándose con gente que no existe o que no se toparon. Esto, lejos de indignarme, me admira. Yo podría hacer exactamente lo mismo, y quizá debería. Pero no en este diario. En otro, en ese diario de otra persona que siempre he querido escribir, a lo mejor sí, pero si lo hiciera en este me sentiría un estafador que se estafa a sí mismo.
Es evidente que me gustaría que me pasaran muchas cosas que no me pasan, y que escribir aquí esas cosas que no me pasan supondría un entretenimiento, además de un saludabilísimo ejercicio de imaginación y escritura. Además, nada asegura que eso que contara y que no ocurrió en realidad quedara menos verdadero que todos los sucesos reales que sí transcribo. También podría escribir recuerdos imaginarios, y no los reales que suelo contar. Así, estoy seguro que este diario sería más rico e interesante, y se aproximaría a lo que es una obra de arte, que un diario –al menos este diario- es muy difícil que llegue a serlo.
Siempre, desde que descubrí que existían los blogs y que cualquiera podía ponerse a escribir y publicar lo escrito sin un intermediario que se lo publicara, siempre, decía, me ha seducido la idea de escribir un diario imaginario, a modo de novela, un diario de una persona que no soy yo, un personaje seguramente gris, que lleva una vida gris y al que le cuesta cada vez más soportar el peso de la vida sobre los hombros. Me lo imagino como un personaje de Kafka, sin rostro, sin identidad –sólo con una inicial, o sólo con apellido, o sólo con nombre-, siempre ataviado con una gabardina color de ala de mosca. Supongo que es el ideal de personaje literario que tengo en la cabeza desde la infancia. De pequeño, cuando nos mandaban escribir una redacción, mi personaje siempre era así: un trabajador gris que anda de acá para allá, siempre preso de su trabajo, con traje y gabardina. Además, siempre era moreno, pálido de color, como si estuviera crónicamente mal de salud. Hablaba poco, y más que nada lo que hacía era pensar, pensar sobre su vida gris y aburrida, sin poder ver casi nunca a la familia, a quien adoraba, pero hacia quien sentía a la vez un indefinible resentimiento.
Quizá sea hora de hacer inventario de mi producción literaria infantil, ya fuera para el colegio o por iniciativa propia, que de ambas cosas hubo. El primer recuerdo de producción literaria propia no es demasiado agradable. O sí lo es en cierto sentido, pero no en cómo terminó la cosa. En cierta forma, quién sabe si aquello prefiguró mi tendencia al fracaso. Fue en cuarto de EGB. La profesora nos mandó a toda la clase escribir un relato, de temática libre. El mío versaba sobre una nave espacial redonda que aterrizaba sobre la tierra. Unos niños la encontraban en medio del bosque, entraban y jugueteaban con ella. El transcurso no lo recuerdo bien, y el final, aunque tampoco lo recuerdo, sí sé que se me atragantó. No supe ponerle el broche adecuado. Pero era un buen relato, quizá el mejor de la clase. Mientras lo iba escribiendo, sin haberlo terminado, A. F. lo leyó. Debió de gustarle, porque copió mi idea y escribió un relato muy parecido. De todos los relatos de la clase, se elegiría a uno, por votación popular. Habría dos finalistas, que casualmente fuimos yo y… A. F., con su relato semi-plagiado. Quiso mi mala suerte que yo estuviera enfermo el día de la votación, así que no pude presenciar mi derrota, que se produjo por estrecho margen. Siempre he sentido aquello como una traición. Traición de A. F., que me copió, y traición porque la votación se hizo a mis espaldas. ¿Hubiera cambiado el resultado de haber estado yo presente? Al día siguiente, cuando me enteré, tuve la sensación de que la votación no fue limpia, de que habían aprovechado mi ausencia para descartar mi relato. Ya no se podía hacer nada, y felicité a A. F., que por aquel entonces era mi mejor amigo.
Un poco más arriba he escrito que, a pesar de cómo terminó el asunto, es un recuerdo agradable en cierto sentido. Lo es, en efecto, por el hecho de que ganó el concurso un relato basado en el que yo había escrito, y que por lo tanto mucha de esa victoria me pertenece. Que lo imiten a uno quiere decir que, si no todo, sí algo de lo que uno hace no es del todo malo. De aquel episodio me viene a la mente cuando, al día siguiente de la votación, vi en el encerado escritos los dos nombres en mayúscula y, al lado, esos palitos que se usan para contar. Me ganó por muy poco.
El segundo recuerdo es de aquella novela, escrita a mano e ilustrada con dibujos propios, sobre las andanzas de nuestra pandilla en el pueblo. Una suerte de novela de aventuras, al estilo de la saga PAKTO, que por aquel entonces devorábamos. A. P., mi hermano y yo escribimos cada uno nuestra novela. El único que llegó a terminarla y encuadernarla –era lo que más ilusión nos hacía, ver nuestro trabajo encuadernado- fue A. P. Mi hermano, el que antes la abandonó, y en cuanto a mí, por aquel entonces me interesaban más los dibujos, a los que dedicaba horas, que la prosa. Sin embargo, son algunos detalles de ésta, de la historia que inventé, lo que ha perdurado en mi memoria. De los dibujos no recuerdo absolutamente nada.
De esa novelita inacabada, escrita a lápiz en folios Din-A4 partidos por la mitad, dándole a la obra un precioso parecido con un libro, recuerdo vivamente el principio y algunos capítulos posteriores. La historia comienza en Madrigalejo, una mañana de invierno gris y paralizada. Me despierto, voy al baño, y advierto que no hay nadie en la casa. El silencio es absoluto, ese silencio que sólo puede darse en los pueblos. No están mis padres, sólo mi hermano, que en ese momento duerme. Doy vueltas por la casa y me fijo en que en la puerta de la calle hay un papel, clavado con un cuchillo –detalle levemente macabro- y firmado por mi padre, donde pone que se ha vuelto a Madrid con mi madre y que me reúna con cierto señor a cierta hora en la plaza de las cinco farolas, la del Mercado. Se lo cuento a mi hermano y a A., y en los tres se despierta el estímulo de la aventura, de lo desconocido. Entre temerosos y excitados, vamos allá. Después de unos minutos de nerviosa espera, ese señor llega. Es un hombre mayor, de cara arrugada, tocado con un sombrero gastado y vestido con ropas raídas. Trae una caja. No recuerdo nada más.
Hay un par de capítulos más de los que guardo memoria. Uno de ellos se titulaba “El estofado envenenado”. La acción transcurre en un albergue de la sierra del Guadarrama, adonde había acudido yo en la realidad, el verano anterior, con compañeros del colegio. Era uno de esos albergues veraniegos inventados para que los niños no pierdan contacto con lo académico –para que, en cierta forma, no olviden que van al colegio y que en septiembre tienen que volver- y para que los padres los pierdan unos días de vista y puedan dedicarse un poco a sí mismos. En la novela, buena parte de los niños enferman súbitamente. Algunos están muy mal, y quién sabe si alguien llega a morir. Milagrosamente, A., mi hermano y yo estamos sanos, con lo cual podemos dedicarnos a investigar qué ocurre. Se nos ocurre que la enfermedad tiene que ver con la comida y, cargados de valentía, intentamos penetrar en la cocina. A gatas, logramos tener acceso, y descubrimos que los cocineros –que son feos, sucios y malcarados- están echando veneno en el estofado, quién sabe con qué avieso fin. Ríen malévolamente a carcajadas, unas carcajadas que ahora, veinte años después, me producen escalofríos al recordarlas.
Otro capítulo se titulaba “La tía Asun”. En él, A., mi hermano y yo nos quedamos en mi casa a cargo de una tía mía imaginaria que tiene evidentes concordancias con la señorita Rottenmeier. La señora nos hace sufrir lo indecible con sus asquerosas comidas y su autoritarismo y, aún diría más, crueldad. Después de muchos padecimientos, conseguimos escaparnos por la ventana –un decimocuarto piso-, con ayuda de una cuerda. Creo que fue el último capítulo que escribí de aquella novela, novela que lamentablemente se ha perdido. Daría mucho dinero por recuperarla, como lo daría también por recuperar otros escritos –diarios, relatos- perdidos para siempre.
No puedo negar que siempre, a la hora de escribir, he tendido a abordar los temas de forma pesimista, cuando no ciertamente dramática. Recuerdo un relato que escribí para el colegio, creo que en quinto de EGB, en el que un hombre de negocios –parecido a ese personaje gris que antes he descrito- tiene que tomar urgentemente un avión para abordar un asunto de trabajo en una ciudad lejana. Lo describí alto, moreno, macilento de color y perennemente triste, vestido con traje impecable, gabardina –que no lleva puesta, sino colgada del brazo- y portando un maletín. El hombre está muy triste por haber dejado a su familia, a quien no volverá a ver nunca, porque el avión explota en pleno vuelo. Recuerdo perfectamente que, refiriéndome a este suceso, lo definí con la palabra luctuoso, y estoy por asegurar que escribí aquel relato, inventé aquel personaje y urdí aquella pequeña historia, con el único fin de incluir esa palabra, que a mí por entonces me fascinaba.
En fin, después, ya de adolescente, vinieron otros relatos, como aquel titulado El monte en la penumbra, de influencia becqueriana, que contaba una visita a Madrigalejo. En él había acción, pero por primera vez incluí la meditación y la temática amorosa convenientemente envueltos en la noche, aspectos sintetizados en esa escena en que, tras haber asaltado como criminales la fábrica de electricidad, A. y yo nos tumbamos en lo alto del cerro de la Pizarra, a contemplar el paisaje, la luna y las estrellas. Todavía hay vivos en la memoria muchos detalles de ese relato: la contemplación de cielo nocturno mientras pienso en X –una chica del instituto de quien estaba enamorado-, el paisaje anochecido, con la sierra de las Villuercas al fondo, iluminado por el resplandor de la luna llena, una de las lunas más gordas y hermosas que recuerdo.
Este es un ejemplo claro de un momento de mi vida que probablemente se hubiera perdido de no haberlo escrito.


Ha sido una bonita mañana rememorando mi producción literaria infantil y adolescente. Como casi siempre, he escrito sobre algo de lo que no sabía que iba a escribir antes de ponerme a ello. Mientras venía a la biblioteca, por el camino de todos los días, pensaba que iba a escribir sobre el tema del Leroy Merlin, y que ayer le envié el currículum a J., y que dentro de poco me llamarán para hacer una entrevista, y que seguramente mis días de escritura matinal hayan terminado. También sobre que ayer, 15 de marzo –ya se me había olvidado que hoy estamos a 16 y ayer fue 15-, volvió a hacer calor, y que como cada jueves fui al parque Norte a practicar baloncesto, y que pasé la tarde leyendo El cuaderno gris, y que a las diez salí a dar mi paseo por el barrio, que fue muy tranquilo, y que esa chica con quien he hablado un par de días me envió un mensaje en el que mostraba su indignación por haberla ignorado después de haber recibido sus fotos de cuerpo entero, y que no me gustaron. Pensaba que iba a contar algo de todo esto, pero… ¿qué importa ahora todo esto? Ahora, un día después y tras haber escrito acerca de mis primeros relatos, dudo incluso de que todo eso sucediera. Pienso en ello y me parece más irreal y desde luego mucho más prosaico que todas esas ficciones de un niño de nueve o diez años.

martes, 12 de febrero de 2013

GRAN ENTREVISTA APÓCRIFA. FERNANDO PESSOA: "NO EL AMOR, SINO LOS ALREDEDORES ES LO QUE VALE LA PENA"



Fernando Pessoa. Carbón sobre papel Ingres

Es una mañana de verano. Fernando António Nogueira Pessoa, más conocido por Fernando Pessoa (Lisboa, Portugal, 13 de junio de 1888 — íbidem, 30 de noviembre de 1935), nos recibe en un lugar sin lugar y en una hora sin tiempo. No, no se trata de una prestidigitación, ni una frase fácil atendiendo a la condición de fallecido del entrevistado. Es lo que parece al mirar por la ventana del café donde estamos citados y contemplar esa atmósfera enlagunada del verano, esa luz siempre igual, que será igual mañana y que fue igual ayer. En verano, es como si el tiempo no avanzase, ni retrocediese. Ni una nube en el cielo, ni una leve brisa que indique movimiento. El verano, contra todos los tópicos al uso, es una estación difícil para los melancólicos y los tristes. Esa luminosidad le duele mucho más al nostálgico que la oscuridad del otoño o el invierno. Fernando, esta mañana, parece transido por un hondo pesar. Cuando llegamos, le vemos leyendo un periódico y tomando a sorbos muy pequeños un té humeante. ¡En pleno verano! Antes de estrecharle la mano, antes de estar a un metro de él, ya ha levantado la cabeza y nos ha visto, como si dentro de sí tuviera una alarma que le avisase sobre la presencia de aquel con quien tiene la desgracia de haberse citado. Parece un hombre permanentemente a la defensiva. Se levanta de su asiento, nos estrecha la mano, nos saluda con voz más convencida de lo que indica su porte y altura. Nos sentamos, comentamos algo sobre el calor del día. Él deja el periódico que estaba leyendo encima de la mesa, como disgustado de haber sido interrumpido, y nos mira a los ojos. Son fríos, pero amigables. Y empezamos.

Sebastian Melmoth: Buenos días, Fernando. Bonita mañana de verano nos ha tocado en suerte.

Fernando Pessoa: Cuando el estío entra me entristezco. Parece que la luminosidad, aunque acre, de las horas estivales deberá acariciar a quien no sabe quién es. Pero no, a mí no me acaricia. Hay un contraste excesivo entre la vida exterior que rebosa y lo que pienso y siento, sin saber sentir ni pensar: el cadáver perennemente insepulto de mis sensaciones. Sólo cuando llega la noche, de algún modo siento, no una alegría, sino un reposo que, porque otros reposos están contentos, se siente contento por analogía con los sentidos.

P: ¿Qué es lo primero que hace usted nada más levantarse?

R: Pues le diré, lo primero que hago es entrar al baño sin tener la voluntad de mirarme al espejo.

P: ¿El espejo? ¿Qué le pasa al espejo?

R: Creo que el hombre no debe poder ver su propia cara. Eso es lo más terrible que hay. La naturaleza le ha concedido el don de no poder verla, así como de no poder mirar sus propios ojos. Sólo en el agua de los lagos y de los ríos podía mirar su rostro. Y la postura, incluso, que tenía que adoptar era simbólica. Tenía que inclinarse, que rebajarse para cometer la ignominia de verse. El creador del espejo envenenó al alma humana.

P: Pero supongo que alguna vez se habrá mirado al espejo…

R: Sí, como todo el mundo de este mundo en que vivimos.

P: Y cuando se miraba al espejo, ¿qué veía?

R: Es una buena pregunta. ¿Qué soy yo para mí? Soy una sensación mía. Mi corazón se vacía sin querer como un balde roto. ¿Pensar? ¿Sentir? ¡Cuánto cansa todo, si es una cosa definida!

P: Leyendo su Libro del desasosiego, parece claro que a usted le asfixió un cansancio, un tedio de vivir.

R: Eso es verdad. Me sucede, a veces, y siempre que sucede es casi de repente, que surge en medio de mis sensaciones un cansancio tan terrible de la vida que ni siquiera se da la hipótesis de un acto con el que dominarlo. Para remediarlo, el suicidio parece inseguro; la muerte, incluso supuesta la inconsciencia, todavía poco. Es un cansancio que ambiciona, no el dejar de existir –lo que puede ser o puede no ser posible-, sino algo mucho más horroroso y profundo, el dejar de siquiera haber existido, lo que no hay manera de que pueda ser.

P: ¿Cuál es su regla de vida? ¿Qué aconsejaría a la gente que nos lee para pasar la vida lo más decorosamente posible?

R: Dar buenos consejos es insultar a la facultad de equivocarse que Dios ha concedido a los demás. Y, sobre todo, los actos ajenos tienen la ventaja de no ser también nuestros. Sólo es comprensible que se pida consejo a otros.

P: Pues yo se lo pido, Fernando.

R: Yo creo que lo que uno debe hacer es no sentir nunca sinceramente sus propios sentimientos, y elevar su pálido triunfo al punto de mirar indiferentemente a sus propias ambiciones, ansias y deseos; pasar por sus alegrías y angustias como quien pasa por lo que no le interesa.

P: No sé si se entenderá del todo en esta época en que la intensidad emocional es un negocio. Está en todas partes: la televisión, las películas, las series, las canciones, los anuncios, los escaparates de las tiendas, internet. Es difícil abstraerse de todo eso, estamos contaminados, y lo que es peor, sin saber que lo estamos. Somos marionetas. Nos están destrozando.

R: Intentaré explicarme mejor: mire, contra todo eso habría que crearse una estética de la indiferencia; cada uno debe tratar sus propios sueños e íntimos deseos altivamente, en grand seigneur, poniendo una íntima delicadeza en no reparar en ellos. Tener el pudor de sí mismo; percibir que en nuestra presencia no estamos solos, que somos testigos de nosotros mismos, y que por eso importa comportarse ante nosotros mismos como ante un extraño, con una estudiada y serena línea exterior, indiferente por hidalga, y fría por indiferente.

P: Propugna usted una aristocratización del sentir y el pensar, entonces.

R: Eso es. El aristócrata es aquel que nunca olvida que jamás está solo. Interioricemos al aristócrata. Arranquémoslo a los salones y a los jardines y pasémoslo a nuestra alma y a nuestra conciencia de que existimos. Estemos siempre ante nosotros con protocolos y usos, con gestos estudiados y para los otros.

P: Deduzco de esto, Fernando, que hay que rebajar la intensidad emocional.

R: Para que no descendamos ante nuestros ojos, basta con que nos acostumbremos a no tener ni ambiciones, ni pasiones, ni deseos, ni esperanzas, ni impulsos, ni desasosiego. Para conseguir esto, acordémonos siempre de que estamos en nuestra presencia, que nunca estamos solos, para que podamos estar a nuestras anchas.

P: Y el amor, ¿qué me dice del amor, Fernando?

R: No el amor, sino los alrededores es lo que vale la pena.

P: ¡Los alrededores!

R: Dos, tres días de semejanza de amor… Todo esto vale para el esteta por las sensaciones que le produce. Avanzar sería entrar en el dominio donde comienzan los celos, el sufrimiento, la excitación. En esta antecámara de la emoción hay toda la suavidad del amor sin su profundidad: un gozo leve, por lo tanto, aroma vago de deseos.

P: Pero con su teoría se pierde grandeza que hay en la tragedia del amor.

R: Eso es rigurosamente cierto, pero repárese en que, para el esteta, las tragedias son cosas interesantes de observar, pero incómodas de sufrir. El propio cultivo de la imaginación es perjudicado por el de la vida. Reina quien no está entre los vulgares.

P: ¿Qué significó para usted la mujer?

R: Una buena fuente de sueños. Siempre me dije: nunca la toques. La única aristocracia es nunca tocar. No acercarse: he ahí lo que es hidalgo.

P: Tomar distancia…

R: Tener ocasión de… En ese campo se colocará la estatua de la renuncia. La renuncia es la liberación. No querer es poder.

P: No sé, quizá es que yo sea un romántico, Fernando…

R: Pues le diré: todo hombre de hoy en quien la estatura moral y el relieve intelectual no sean de pigmeo o de paleto, ama, cuando ama, con amor romántico. Bien es verdad que el amor romántico es un camino de desilusión, porque es como una veste o traje que el alma o la imaginación fabricasen para vestir con él a las criaturas, que acaso parezca, y el espíritu crea, que les cae bien. Pero todo traje no es eterno y dura lo que dura, y tarde o temprano surge el cuerpo real de la persona humana. Sólo no es desilusión cuando ésta, aceptada desde el principio, decide variar de ideal, tejer constantemente, en los talleres del alma, nuevos trajes con que constantemente se renueve al aspecto de la criatura por ellos vestida.

P: ¿Tira usted la toalla en ese sentido?

R: Es que el amor quiere la posesión, pero no sabe lo que es la posesión. Si yo no soy mío, ¿cómo seré tuyo, o tú mía? Si no poseo mi propio ser, ¿cómo poseeré un ser ajeno? Si ya soy diferente a aquel a quien soy idéntico, ¿cómo ser idéntico a aquel al que soy diferente?

P: Demasiadas expectativas. Y luego vienen las desilusiones, que parecen inevitables…

R: En efecto: el cansancio de todas las ilusiones y de todo lo que hay en las ilusiones –su pérdida, la inutilidad de tenerlas, el precansancio de tener que tenerlas para poder perderlas, la pena de haberlas tenido, la vergüenza intelectual de haberlas tenido sabiendo que tendrían un final así.

P: ¡Demasiado pesimista!

R: Pesimista, yo no lo soy. Dichosos los que consiguen traducir a lo universal su sufrimiento. Soñadores felices son los pesimistas. Forman el mundo a su imagen y así, siempre consiguen estar en casa. A mí, lo que me duele más es la diferencia entre el ruido y la alegría del mundo y mi tristeza y mi silencio aburrido. No me quejo del horror de la vida. Me quejo del horror de la mía. Yo no soy pesimista, no: yo soy triste.

P: Y solitario, también…

R: El aislamiento me ha tallado a su imagen y semejanza. Como dijo Rousseau, “mis costumbres no son las de los hombres, sino las de la soledad”. La presencia de otra persona –aunque sea la de una sola persona- me atrasa inmediatamente el pensamiento y, al paso que en el hombre normal el contacto con otro es un estímulo para la expresión y para el dicho, para mí, ese contacto es un contraestímulo, si es que esta palabra compuesta es viable ante el lenguaje.

P: ¿Diálogos imaginarios, quizá?

R: Soy capaz, a solas conmigo, de idear muchas frases ingeniosas, respuestas rápidas a lo que nadie ha dicho, fulguraciones de una sociabilidad inteligente con persona ninguna; pero todo esto se me esfuma si estoy ante otro físico, pierdo la inteligencia, dejo de poder decir, y, al fin de unos pocos cuartos de hora, sólo siento sueño.

P: ¿Sueño?

R: Sí, sueño. Me pesa, además, toda idea de ser forzado a un contacto con otro. Una simple invitación a cenar con un amigo me produce una angustia difícil de definir. La idea de una obligación social cualquiera –ir a un entierro, tratar con alguien de un asunto de la oficina, ir a esperar en la estación a una persona cualquiera, conocida o desconocida-, sólo esa idea me estorba los pensamientos de un día, y a veces me preocupo desde la víspera, y duermo mal, y el caso real, cuando sucede, es absolutamente insignificante, no justifica nada; y el caso se repite y yo no aprendo nunca a aprender. 

P: Su timidez parece insuperable.

R: Es noble ser tímido, ilustre no saber hacer, grande no tener habilidad para vivir.

P: ¿No tuvo amigos?

R: Amigos, ninguno. Sólo unos conocidos que creen que simpatizan conmigo y que tal vez sentirían pena si un tren me pasase por cima y el entierro fuese un día de lluvia. Trabo, por índole, rápidamente conocimiento. Me tardan poco las simpatías de los demás. Pero los afectos no llegan nunca. Dedicaciones, nunca las he conocido. Amar, ha sido cosa que siempre me ha parecido imposible, como el que me tutease un extraño. Los demás tienen quien se dedique a ellos. Yo nunca he tenido quien siquiera pensase en dedicarse a mí. Sirven a los otros: a mí me tratan bien.

P: ¿Cómo se siente con los demás?

R: En todos los lugares de la vida, en todas las situaciones y convivencias, he sido siempre, para todos, un intruso. Por lo menos, he sido siempre un extraño. En medio de parientes, como de conocidos, he sido siempre como alguien de fuera. He sido siempre, en todas partes y por todos, tratado con simpatía. A poquísimos, creo, habrá alzado la voz tan poca gente, o arrugado la frente, o hablado de soslayo. Pero la simpatía con que siempre me han tratado, ha estado siempre exenta de afecto. Para los más naturalmente íntimos he sido siempre un huésped que, por ser huésped, es bien tratado, pero siempre con la atención debida al extraño y la falta de afecto merecida por el intruso.

P: ¿Y por qué cree usted que esto es así?

R: No dudo de que todo esto, de la actitud de los demás, derive principalmente de alguna oscura causa intrínseca a mi propio temperamento. Soy por ventura de una frialdad comunicativa tal que involuntariamente obligo a los otros a reflejar mi modo de poco sentir.

P: Hoy en día hay una palabra muy de moda: autoestima. La utilizan los psicólogos, los malos escritores de pésimos libros de autoayuda y los filántropos.

R: ¡Habladurías! ¡Todas esas gentes despreciables! Yo sólo sé que como nunca he descubierto en mí cualidades que atrajesen a nadie, nunca he podido creer que alguien se sintiese atraído por mí. La opinión sería de una modestia estulta, si hechos sobre hechos –esos inesperados hechos que yo esperaba- no viniesen a confirmarlo siempre.

P: ¿Qué opinión cree que tienen los demás de usted?

R: En general, soy una criatura con quien los demás simpatizan, con quien simpatizan, incluso, con un vago y curioso respeto. Pero ninguna simpatía violenta despierto. Nadie será nunca conmovidamente mi amigo. Por eso pueden respetarme tantos.

P: Amigos, no. Pero, ¿y amores? ¿Sabe de alguien que le amara?

R: He comprendido que le era imposible a nadie amarme, a no ser que le faltase del todo el sentido estético; y, entonces, yo le despreciaría por ello.

P: Cae usted en la autocompasión. Sabemos que Ofelia Queiroz y usted llegaron a quererse. Se conservan cartas de amor de esa relación.

R: Está bien, le diré: sólo una vez he sido verdaderamente amado. Cuando lo comprobé, me quedé, primero, aturdido y confuso, como si me hubiera tocado un premio gordo en moneda inconvertible. Me quedé, después, porque nadie es humano sin serlo, ligeramente envanecido; esta emoción, sin embargo, que parecería la más natural, pasó rápidamente. Vino a continuación un sentimiento difícil de definir, pero en el que sobresalían incómodamente las sensaciones de tedio, de humillación y de fatiga.

P: Da la sensación de que a usted le pesó que lo quisiesen.

R: Es que nada pesa tanto como el afecto ajeno –ni el odio ajeno, puesto que el odio es más intermitente que el afecto; siendo una emoción desagradable, tiende, por instinto de quien la siente, a ser menos frecuente. Pero tanto el odio como el amor nos oprime; ambos nos buscan y procuran, no nos dejan solos. Pero me cortó usted en el relato del proceso que sentí al ser amado.

P: Continúe. Iba diciendo que sintió tedio…

R: Sí, tedio, como si el Destino me hubiese impuesto una tarea en trabajos nocturnos desconocidos, como si un nuevo deber –el de una horrorosa reciprocidad- me fuese impuesto por la ironía de un privilegio, que yo me tendría todavía que fastidiar agradeciéndoselo al Destino.

P: Después, humillación.

R: Aparte el breve momento de verdadero envanecimiento, en que todavía no sé si el asombro tuvo más parte que la propia vanidad, la humillación fue la sensación que recibí de mí. Sentí que me era dado una especie de premio destinado a otro –premio, sí, valioso para quien naturalmente lo mereciese.

P: Y, por último, fatiga.

R: Fatiga, sí, sobre todo fatiga: la fatiga que sobrepasa al tedio. ¡La fatiga de ser amado, de ser amado de verdad! ¡La fatiga de ser el fardo de las emociones ajenas! ¡La fatiga de convertírsenos la existencia en algo absolutamente dependiente de una relación con un sentimiento ajeno! ¡La fatiga de, en todo caso, tener forzosamente que sentir, tener forzosamente, aunque sin reciprocidad, que amar también un poco! ¡El peso de sentir! ¡El peso de tener que sentir!

P: ¿Qué queda de aquello?

R: Se fue de mí, como hasta mí vino, aquel episodio en la sombra. Hoy no queda nada de él, ni en mi inteligencia ni en mi emoción. No me trajo experiencia alguna que yo no pudiese haber deducido de las leyes de la vida humana cuyo conocimiento instintivo albergo porque soy humano. No me dio ni un placer que recuerde con tristeza, ni un pesar que recuerde también con tristeza. Tengo la impresión de que fui una cosa que leí en algún sitio, un incidente acaecido a otro, novela de la que leí la mitad, y de la que faltó la otra mitad, sin que me importara que faltase.

P: Todo se acaba, incluso los grandes amores…

R: Así parece. Me queda, empero, apenas una gratitud a quien me amó. Pero es una gratitud abstracta, asombrada, más de la inteligencia que de cualquier emoción. Siento pena de que alguien hubiese sentido pena por mi culpa; es de esto de lo que tengo pena, y no tengo pena de nada más.

P: ¿Fue la literatura su válvula de escape?

R: Mi ideal sería vivirlo todo en plan de novela, reposando en la vida –leer mis emociones, vivir mi desprecio de ellas. Para quien tenga la imaginación a flor de piel, las aventuras de un protagonista de novela son emoción propia suficiente, y más, porque son suyas y nuestras. No hay gran aventura como haber amado a Lady Macbeth con amor verdadero y directo; ¿qué hacer quien ha amado así sino, por descanso, no amar en esta vida a nadie?

P: Da la sensación de que, escribiendo, usted intentaba ignorar la vida.

R: Cuando escribo, me visito solemnemente. Tengo salas especiales, recordadas por otros en intersticios de la representación, donde me deleito analizando lo que no siento, y me examino como un cuadro a la sombra.

P: De nuevo, la gloria del fracaso. Eso es algo que es una constante en usted.

R: Es que ya que no podemos extraer belleza de la vida, busquemos al menos extraer belleza de no poder extraer belleza de la vida. Hagamos de nuestro fracaso una victoria, algo positivo y erguido, con columnas, majestad y aquiescencia espiritual.

P: Es toda una estética del desaliento.

R: Sí, pero no siempre es eficaz contra mi desasosiego. A veces, cuando estoy a la ventana, como humo parado, y me siento una vaga añoranza del presente, anónima, prolija e incomprendida; cuando, en una tarde de verano, queriendo ser otro, miro el paisaje y veo que todo allá fuera es suave pero que me aflige como un dolor inconcreto, como una sensación vaga de descontento, entonces una última cosa me hiere, me rasga, me destroza el alma toda. Es que yo, a esa hora, a esa ventana, ante esas cosas tristes y suaves, debía ser una figura estética, bella, como una figura de un cuadro. Y no lo soy, ni eso soy…

P: Pero su obra es maravillosa, y su Libro del desasosiego, un libro capital. Es usted el portavoz del sufrimiento del hombre contemporáneo. Ahora se le reconoce por ello, y es un escritor de culto. ¿Le hubiera gustado ser reconocido en vida?

R: Casi todos los hombres sueñan, en los secretos de su ser, un gran imperialismo propio, la sujeción de todos los hombres, la entrega de todas las mujeres, la adoración de los pueblos y, en los más nobles, de todas las eras… Pocos habituados, como yo, al sueño, son por eso lo bastante lúcidos para reírse de la posibilidad estética de soñarse así.

P: No me diga que no soñó con ser famoso por lo que escribió…

R: ¡Cuántas veces yo mismo, que me río de semejantes seducciones de la distracción, me encuentro suponiéndome que sería bueno ser célebre, que sería agradable ser halagado, que sería brillante ser triunfal! Pero no consigo visualizarme en esos papeles de cima sino con una carcajada del otro yo que tengo siempre cerca como una calle de la Baja. ¿Me veo célebre? Pero me veo célebre como contable. ¿Me siento exaltado a los tronos de ser conocido? Pero la cosa sucede en las oficinas de la calle de los Doradores y los muchachos son un obstáculo. ¿Me oigo aplaudido por multitudes variadas? El aplauso llega al cuarto en el que vivo y tropieza con el mobiliario basto de mi cuarto barato, con lo que me rodea, y me humilla desde la cocina al sueño.

P: ¿Qué proyectos literarios no pudo terminar?

R: Proyectos, los he tenido todos. La Ilíada que he compuesto en la imaginación tenía una lógica de impulso, una concatenación orgánica de epodos que Homero no podía conseguir. La perfección estudiada de mis versos por completar en palabras deja pobre la precisión de Virgilio y débil la fuerza de Milton. Las sátiras alegóricas que he hecho excedían todas a Swift en la precisión simbólica de los detalles exactamente fijados. ¡Cuántos Verlaines y cuántos Horacios he sido!

P: ¿Y por qué no intentó llevar a cabo todo eso?

R: Porque si diera un paso desde la silla donde yazgo entre sensaciones casi realizadas, hasta la mesa donde querría escribirlas, las palabras huyen, los dramas mueren, del nexo vital que unió al murmullo rítmico no queda más que una añoranza lejana, un resto de sol sobre unos montes alejados, un viento que eleva a las hojas al lado del umbral desierto, un parentesco nunca revelado, la orgía de los demás, la mujer que nuestra intuición dice que miraría para atrás, y que nunca llega a existir.

P: ¿Sueña más que vive?

R: Tengo una especie de deber de soñar siempre, pues, no siendo más, ni queriendo ser más, que un espectador de mí mismo, tengo que tener el mejor espectáculo que puedo. Así me construyo con oro y sedas, en salas supuestas, tablado falso, escenario antiguo y sueño creado entre juego de luces suaves y músicas invisibles.

P: ¿Cuál fue su gran aspiración no realizada?

R: Crear dentro de mí un estado con una política, con partidos y revoluciones, y ser yo todo esto, ser yo Dios en el panteísmo real de ese pueblo mío, esencia y acción de sus cuerpos, de sus almas, de la tierra que pisan y de los actos que hacen. Ser todo, ser ellos y no ellos. ¡Ay de mí! Éste fue uno de los sueños que no logré realizar. Si lo hubiera realizado tal vez me habría muerto, no sé por qué, pero no se debe poder vivir después de esto, tamaño el sacrilegio cometido contra Dios, tamaña usurpación del poder divino de serlo todo. ¡El placer que me proporcionaría crear un jesuitismo de las sensaciones! 

P: ¿Cree que ha fracasado en la vida?

R: Reconozco que he fracasado. Sólo me pasmo de no haber previsto que fracasaría. ¿Qué había en mí que pronosticase un triunfo? Yo no tenía la fuerza ciega de los vencedores o la visión certera de los locos…

P: ¿Qué sensación es la que prevalece ahora mismo, Fernando?

R: Lo que tengo sobre todo es cansancio, y ese desasosiego que es gemelo del cansancio cuando éste no tiene otra razón de ser sino el estar siendo. Tengo un recelo íntimo de los gestos a esbozar, una timidez intelectual de las palabras a decir. Todo me parece anticipadamente frustrado.

P: Me gustaría saber su opinión sobre la situación actual, la crisis, la explosión social.

R: Todo cuanto no es mi alma es para mí, por más que quiera que no lo sea, no más que escenario y decoración. Un hombre, aunque yo pueda reconocer con el pensamiento que es un ser vivo como yo, ha tenido siempre, para el que en mí, por serme involuntario, es verdaderamente yo, menos importancia que un árbol, si el árbol es más bello. Por eso he sentido siempre los movimientos humanos –las grandes tragedias colectivas de la historia o de lo que hacen de ella- como frisos coloreados, vacíos del alma de los que pasan por ello. Nunca me ha pesado lo que de trágico sucediese en la China. Es decoración lejana, aunque en sangre y peste.

R: Pero la gente se manifiesta, sale a la calle, muestra su descontento.

R: Le contaré. Recuerdo, con tristeza irónica, una manifestación de obreros, hecha con no sé qué sinceridad (pues me cuesta admitir sinceridad en las cosas colectivas, visto que es el individuo, a solas consigo mismo, el único ser que siente). Era un grupo compacto y suelto de estúpidos animados que pasó gritando diferentes cosas ante mi indiferentismo ajeno. Sentí súbitamente una náusea. Ni siquiera estaban suficientemente sucios. Los que verdaderamente sufren no hacen plebe, no forman conjunto. Lo que sufre, sufre solo. ¡Qué mal conjunto! ¡Qué falta de humanidad y de dolor! Eran reales y sin embargo increíbles. Nadie haría con ellos un cuadro de novela, un escenario de descripción. Corrían como la basura por un río, por el río de la vida. Tuve sueño de verlos, asqueado y supremo.

P: ¿Y no cree que habría que cambiar algo? ¿Reformar? ¿Revolucionar?

R: Revolucionario o reformador, el error es el mismo. Impotente para dominar y reformar su propia actitud para con la vida, que es todo, o su propio ser, que es casi todo, el hombre huye hacia el querer modificar a los demás y al mundo exterior. Todo revolucionario, todo reformador es un evadido. Combatir es no ser capaz de combatirse. Reformar es no tener enmienda posible.

P: ¿Cuál es la solución, entonces?

R: El hombre de sensibilidad justa y recta razón, si se encuentra preocupado con el mal y la injusticia del mundo, busca naturalmente enmendarla, primero, en aquello en que más cerca se manifiesta; y eso lo encontrará en su propio ser. Esa obra le llevará toda la vida. Esa justicia íntima debido a la cual escribimos una página fluyente y bella, esa reforma verdadera mediante la que tornamos viva a nuestra sensibilidad –esas cosas son la verdad, nuestra verdad, la única verdad.

P: ¿Guarda algún recuerdo agradable de su vida?

R: Guardo, íntimo, como la memoria de un beso agradable, el recuerdo infantil de un teatro en que el escenario azulado y lunar figuraba la terraza de un palacio imposible. Había, pintado también, un parque vasto alrededor, y gasté el alma en vivir como real todo aquello. La música, que sonaba blanda en aquella ocasión mental de mi vida, convertía en real de una fiebre aquel escenario gratuito.

P: Se nos va haciendo tarde, Fernando, llevamos un buen rato charlando. ¿Qué siente al final de la entrevista? ¿Qué siente al final del camino?

R: Una tristeza de crepúsculo, hecha de cansancios y de renuncias falsas, un tedio si siento algo, un dolor como de un sollozo parado o de una verdad conseguida. Se despliega en el alma distraída este paisaje de abdicaciones –paseos de gestos abandonados,  macizos altos de sueños ni siquiera bien soñados, inconsecuencias, como muros de boj que separan caminos vacíos, suposiciones, como viejos estanques sin surtidor vivo, todo se enmaraña y se visualiza pobre en el desaliño triste de mis sensaciones confusas.

P: Le voy a pedir algo muy difícil. ¿Podría definirse brevemente?

R: Soy un estratega sombrío que, habiendo perdido todas las batallas, traza ya, en el papel de sus planes, disfrutando de su esquema, los pormenores de su retirada fatal, en la víspera de cada una de sus nuevas batallas.

P: ¿Le hubiera gustado ser otro?

R: Sí, sin duda. ¡Cuántas veces me aflige el no ser el accionador de aquel coche, el conductor de aquel tren! ¡Cualquier trivial Otro supuesto, cuya vida, por no ser mía, deliciosamente se me penetra de yo quererla y se me empostiza ajena! Sí, quisiera vivir distinto en países distantes. Quisiera morir otro entre banderas desconocidas. Quisiera ser aclamado emperador en otras eras, mejores hoy porque no son de hoy, vistas en vislumbre y colorido. Quisiera todo cuanto puede tornar ridículo lo que soy y porque torna ridículo lo que soy. Quisiera, quisiera… Pero hay siempre sol cuando el sol brilla y noche cuando la noche llega. Hay siempre la amargura cuando la amargura nos duele y el sueño cuando el sueño nos arrulla. Hay siempre lo que hay, y nunca lo que debería haber, no por ser mejor o por ser peor, sino por ser otro.

P: Unas últimas palabras para terminar la entrevista, Fernando.

R: Y yo, que digo esto, ¿por qué lo digo? Porque lo reconozco imperfecto. Callado, sería la perfección; dicho, se imperfecciona; por eso o digo. Y, sobre todo, porque defiendo la inutilidad, lo absurdo –yo digo todo esto para mentirme a mí mismo, para traicionar a mi propia teoría.

La mañana, el día, ha ido transcurriendo sin darnos cuenta. Cuando nos levantamos para marcharnos y despedirnos somos conscientes de que seguramente no volveremos a vernos. A mí me recorre un escalofrío; a él… es difícil decirlo. Salimos a la calle. No sabemos qué hora es, el verano sigue haciendo de las suyas. Los dos, las tres, las cuatro, las seis de la tarde. No sabemos muy bien. Apenas comentamos nada, él parece querer estar solo de una vez y yo, que lo noto, lo despido, pese a que me gustaría alargar lo indecible el encuentro. Finjo que llevo otra dirección y, al fin, nos despedimos. Echamos a andar. Vuelvo la cabeza para ver su espalda y esos andares cansados. No le veo. Ha desaparecido. ¿Dónde se habrá metido?