Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de junio de 2025

COLIBRÍ

 -Parece mentira que a tu edad sigas poniéndote así con esa tontería.

Gastón, con la mirada fija en la pantalla, no hacía caso a Romi. Parecía perdido en pensamientos que iban mucho más allá del partido más importante que habia visto el mundo en décadas. La mujer pasaba una y otra vez delante de la televisión. Cargaba cestas de calcetines y montañas de ropa.

-¿Esto para lavar?- dijo, mostrando una chaqueta arrugada.

Gastón asintió con la cabeza. Y después rectificó:

-No, no. Echas a lavar lo que no es necesario y en cambio hay prendas que pueden estar meses oliendo a tabaco. Por no hablar de las que desaparecen.

-Pero esta huele a tabaco.

-Pero no quiero lavarla. La necesito. Aparta un poco, por favor.

En realidad Gastón no la necesitaba, pero sentía la obligación de llevar la contraria a Romi. Ella miró a la tele, suspiró y regresó al dormitorio, rezongando. Regresó sin la prenda y dulcificó el semblante.

-¿Cómo van?- dijo, mirando la televisión.

-Cero cero.

-¿Y cuánto queda?

-Media hora.

-¿Y si terminan así?

-Pues si terminan así van a la prórroga.

-¿Y si terminan así la prórroga?

Gastón no respondió. Sabía que Romi hacía estas preguntas, cuyas respuestas conocía de sobra, para entablar una conversación, para hacer esa casa algo más acogedora. Algo que pudiera calificarse de hogar. A Gastón este prurito integrador, practicado en aquel momento, le molestaba.

Romi, ante la falta de respuesta, se retiró. Desde la cocina, escuchaba a su esposo dirigiendo el juego de su equipo, quejándose ante cada error de uno de sus jugadores, alentando una jugada prometedora. Había expresiones que le parecían especialmente irritantes. De vez en cuando un insulto explotaba, y entonces a la mujer le subía un sofoco a la cara.

-Maldito hijo de la gran puta. Ojalá un día te mueras- se decía.

Para relajarse se puso a cortar verduras para la cena. Al lado tenía papel de cocina para secarse las lágrimas provocadas por los componentes azufrados de la cebolla. Cortaba maquinalmente y con gran precisión. El cuchillo, recién afilado aquella misma tarde, hundía sin esfuerzo su filo en la pulpa olorosa y blanca, formando media lunas perfectas que se desmoronaban al instante sobre la tabla.

Ojalá un día te mueras -se repetía, mientras se absorbía las lágrimas. Le gustaba cortar verdura, le gustaba cocinar, aunque fuera para Gastón.

De repente un ¡uy! atronador resonó en toda la casa. El jugador que había fallado la ocasión, al parecer muy clara, fue objeto de insultos intraducibles. El sobresalto había hecho a Romi fallar el corte y en pocos segundos la sangre había encharcado la encimera. Intentó chuparse la herida, pero aquello era como beberse un zumo de su propia sustancia. Le dio tanto asco que escupió en el fregadero. El suelo se llenó de gotas casi coaguladas que describían la trayectoria del brazo por el espacio. Al fin cogió un trozo de papel y presionó la herida.

-¡Romi! Una cerveza- la voz de Gastón, detrás de la puerta, le parecía a Romi más odiosa aún.

-No puedo, tendrás que venir tú a por ella. Además, creo que no hay.

Gastón no dijo nada. Si algo sabía Romi era que el silencio solía ser en aquella casa aún más inquietante que las discusiones.

-¡Romi! ¡Una cerveza! ¡Joder!

Romi entreabrió la puerta del salón y sacó la cabeza y la mano ensangrentada. Quería que Gastón la viera. «¿Por qué no la coges tú? ¿Es que no tienes dos patitas para moverte?», dijo. «Además, ya te he dicho que creo no hay. Tendrás que bajar tú a por ella». Él dirigió una mirada breve al dedo puesto sobre la herida. Se le pasó por la cabeza preguntarle qué le había ocurrido, si quería que la ayudara, pero deshechó la idea al instante. En su lugar negó con la cabeza y volvió a mirar la televisión.

-Tendrás que echarte agua oxigenada- dijo.

Romi dio un portazo y regresó a la cocina. Dejó de presionar la herida para comprobar si la hemorragia se detenía, pero un borbotón de sangre burbujeante casi le alcanza la cara. Se fijó en su propia sangre y le pareció que era demasiado espesa y oscura. ¿Sería así la sangre del resto de la gente?

-¡¡¡Gooooooooool!!! ¡¡¡Gooooooooooool!!! ¡Te quiero Colibrí! ¡¡Te amoooooo!!

Le apodaban Colibrí porque, cuando saltaba, se quedaba colgado en el aire. El remate de cabeza había sido magífico. Romi se alegró un momento. Sabía que las buenas noticias para el equipo de Gastón eran buenas noticias para ella. Gastón estaba entonces de mejor humor, hasta el punto de que el hecho de que el equipo ganara el título o no podía suponer unas vacaciones de ensueño o de pesadilla. Con este partido las consecuencias sin duda se verían exageradas; era la final del título más importante entre los dos clubes de rivalidad más enconada. De la misma ciudad, para más inri. Era un partido inédito cuyas consecuencias trascenderían los años, las décadas, los milenios.

Romi fue al salón y encontró a Gastón saltando y dando vueltas sobre sí mismo.

-¿Quién marcó?- dijo ella.

-¡Colibrí! ¡¡Colibríiiii!!

Gastón agarró la cabeza de Romi por la nuca y la besó en la boca. Pero la alegría se enfrió de súbito cuando el comentarista anunció que el gol había sido anulado por fuera de juego. Romi se apresuró a regresar a la cocina, todavía con la herida derramando sangre. Pocos segundos después se escuchó un racimo de golpes. Seguramente una silla había volado por los aires.

Faltaban quince minutos para que terminara el partido. La tensión en todo el país era insoportable. Las calles estaban vacías. Por mucho que Romi no lo entendiera, aquel evento era importante de verdad. No importaba que el fútbol fuese un juego estúpido. Cuántas estupideces son importantes en la sociedad de hoy en día, se decía. Nada es estúpido si la comunidad en su conjunto lo valora. Nada es estúpido si la mayoría se ponen de acuerdo en que no lo es. Pensó en el dinero. ¿No es acaso el dinero una ficción? Si de un día para otro todos concordaran que el dinero no vale nada, todos los ahorros de Romi podrían ir a la basura tranquilamente. Pensó en los billetes que tenía escondido en un lugar secreto, y que a menudo consideraba como su única tabla de salvación, la única manera de iniciar una nueva vida lejos de aquella casa, lejos de aquel hombre.

-¡Me cago en tu puta madre, bastardo cabrón!

Oyó el tintineo del fajo de llaves. Ese sonido solía suponer para Romi un alivio. Significaba que Gastón salía. «¿Adónde irá ahora este hombre?», se preguntó.

-Me voy, ¡no aguanto más!

-¿Adónde vas ahora? ¿Te vas a perder lo que queda del partido?

-Sí, me lo voy a perder, no lo soporto. No aguanto la tensión. ¿Bajarás a por cerveza?

Romi asintió tímidamente. Gastón cerró de un portazo y fue a tomar el ascensor.

Lo hacía habitualmente de chico, cuando la tensión por el resultado le desbordaba. Calculaba lo que quedaba de partido, tomaba el montacargas y subía y bajaba una y otra vez hasta que el tiempo calculado hubiera pasado. Allí dentro no se escuchaba nada, no tenía manera de enterarse. Entonces volvía a casa y se enteraba del resultado. Pensaba que así sufría menos, pero la realidad era la contraria. Aquel rato allí metido se hacía eterno. Procuraba pensar en otras cosas, convencerse incluso de que el partido no le importaba un ardite. Pero jamás lograba engañarse. Y cuanto más intentaba pensar en otros asuntos, cuanto más intentaba convencerse de que no le importaba, más se le venía a la mente una celebración o una catástrofe, y más la disfrutaba o sufría con la imaginación.

El ascensor tardó en llegar. Vivía en un último piso. Por un momento pensó en ir al colmado y comprar cerveza, para hacer tiempo. Pero enseguida desechó la idea. Por el camino se encontraría con la televisión de algún bar, escucharía algún grito, algún ¡uy!, o lo que era peor, algún ¡goooool!

Bajó hasta el piso bajo. Sin abrir la puerta -¿para qué?-, pulsó el botón del 15º y empezó a subir. Cerró los ojos. Se tranquilizó unos instantes, allí dentro no se escuchaba nada, estaba a salvo. Solamente el agradable arrullo de la maquinaria. Era como un búnker, el refugio de los cobardes, los paranoicos, los egoístas y los locos.

Pero no era un búnker. En realidad, cualquiera podría tomar el ascensor en cualquier momento. Era un ascensor con memoria que recogía, como un autobús, los pasajeros que bajaban, pero no los que subían. No habría problema, pensó. Saludaría, hablaría del tiempo con su compañero de viaje, cuando llegaran abajo se excusaría con que se había dejado algo en casa, y a seguir subiendo y bajando. Con los nervios, se había olvidado de dejar la bufanda de su equipo.

Pasaron cinco minutos. En el séptimo, recogió a una vecina. Una vecina con la que jamás había cruzado más que las palabras protocolarias, qué tal todo, ay qué ver cómo está el clima, ¿la familia todo bien? Llegaron al bajo y la mujer salió. Le sujetó la puerta a Gastón.

-Me quedo, olvidé la cartera- dijo Gastón, enarcando las cejas y sonriendo de esa manera estúpida cuando quería ser agradable.

Y se despidieron.

Subió y bajó un par de veces más y en el noveno recogió a otro vecino. «Vaya, parece que está concurrido hoy esto», pensó, irritado. Era Obdulia, la reciente viuda de Teodoro, una mujer excelente que jamás había dicho una palabra más alta que la otra. Y sin embargo Gastón la odiaba.

Repitió la misma conversación y la misma excusa con Obdulia, y se despidieron.

-Esto empieza a ser ridículo- se dijo Gastón en voz alta.

Pasaron cinco minutos más. El partido estaría a punto de terminar, pero era mejor pecar por exceso que por defecto. Además, había que contar con el tiempo añadido, por no hablar de la posibilidad de una prórroga y, Dios no lo quisera, una tanda de penaltis.

En el siguiente viaje recogió a otro viajero. Gastón empezaba a irritarse de veras. Sudaba, y se desabotonó los dos primeros botones de la camisa. Se subió un tipo que jamás había visto. No vivía en el edificio. Llevaba la bufanda del equipo rival. Ambos miraron la bufanda del otro y ambos pensaron en lo que el otro estaría pensando.

-Buenas noches.

-Buenas noches.

La temperatura subía por momentos, o eso al menos le parecía a Gastón. Notaba cómo el sudor le picaba en el bigote afeitado por la mañana. Miró de reojo la bufanda de su compañero y se dio cuenta de que éste hacía lo mismo. Gastón sonrió. Siempre sonreía cuando la compañía de alguien le desagradaba.

-Está bonito el partidito, eh- dijo.

-Sí. Demasiado bonito- respondió el otro.

-A mí no es que me importe mucho esto del fútbol, ¿sabes? -dijo Gastón, y al punto se le subió una llama de vergüenza a la cara, mientras se miraba su propia bufanda. «Pensará que soy un idiota», se dijo. «Pero a mí qué me importa lo que piense este gilipollas. A ver si llegamos al bajo y nos despedimos. ¿Cómo irán?», y miró el reloj.

El otro encogió los hombros, como diciendo, esto del fútbol es una tontería, tiene usted razón. Era corpulento, rubio y llevaba camisa de cuadros metida por dentro de unos vaqueros muy apretados. Entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Reloj de imitación, muy aparatoso. Barba de tres días y aliento a ensalada fermentada.

El ascensor estaba entre el cuarto y el tercero cuando sintieron una sacudida. Los neones del ascensor parpadearon y se apagaron. El ascensor se había detenido. Gastón apretó indiscriminadamente todos los botones y por último el de la alarma. Enseguida se encendió la luz de servicio. Era una luz tenue pero suficiente para ver la cara de su compañero.

-Pues aquí estamos- dijo Gastón, de nuevo con el enarcamiento de cejas y la sonrisa.

-Sí, eso parece- respondió el otro.

-Hay que joderse, en pleno siglo XXI, que sigan pasando estas cosas.

-Bah.

Gastón agitó la cabina.

-Qué hace, qué hace. ¿Quiere que nos matemos?- dijo el otro.

Gastón no dijo nada. Apretó de nuevo el botón de la alarma. Comprendió que lo único que podía hacer era esperar a que vinieran a rescatarlos. Pero el tipo le parecía extremadamente antipático. Estaba de peor humor aún que en casa con Romi, viendo el partido. La luz de servicio, de un blanco crudo, parpadeaba de vez en cuando, y le daba a la escena una textura de película en blanco y negro.

El tiempo reglamentario estaría a punto de terminar, si es que no lo había hecho ya. El otro miró su reloj de imitación e hizo un comentario al respecto.

-Apuesto a que habéis ganado- dijo Gastón-. Con vosotros no se puede, siempre tenéis un ángel de la guarda, no sé si me explico.

El otro emitió una carcajada sardónica.

-Habló un inocente- dijo.

-¿A qué te refieres? Sabéis perfectamente que contáis con el apoyo de todo un colectivo arbitral y, si éste falla, de todo un gobierno. Tenéis las vitrinas llenas, pero no habéis ganado nada por méritos propios.

Al otro le molestaba especialmente ese tipo de comentarios. Los escuchaba cada día. Los tomaba como un ataque personal.

-A vosotros lo que os pasa es que sois unos acomplejados -dijo-. Siempre segundones. Pero de buen rollo lo digo, eh. Se trata de un dato, no es una opinión. Al fin y al cabo es sólo fútbol, es imposible tomárselo en serio.

-Tiene usted razón- respondió Gastón. Pero volvió a la carga: lo que pasa es que ya cansa, sentirse siempre engañado, ¿no le parece? Parece usted buena persona, no entiendo cómo puede ser del equipo que es.

El otro miró la bufanda de Gastón. Después le miró a los ojos. Era la primera vez que lo hacían. La mirada duró varios segundos, en los que se coagularon todas las tensiones de más de cien años de rivalidad, de dos formas de comprender el deporte, la sociedad y, más generalmente, dos formas de comprender la vida.

-Psché, vamos a dejarlo -dijo el otro.

-No hombre, no, di lo que tengas que decir. No te cortes.

-No, no, hazme caso, es mejor que me calle.

-Fascista y encima cobarde- dijo Gastón.

El otro, que estaba mirando al techo, volvió rápidamente la cabeza hacia Gastón. Trazó una sonrisa despreciativa, negó con la cabeza y volvió a mirar al techo. Cerró los ojos y suspiró. Pareció tranquilizarse, pero de repente explotó.

-Como no me saquen de aquí hago alguna locura. ¡Alguna locura hago! -dijo, golpeando la puerta automática con los dos puños. La luz parpadeó y la cabina se agitó hasta el punto de chocar con las paredes del hueco. Gastón se sujetó a la esquina y, en menos de un segundo, tuvo la cara del tipo a medio palmo de su nariz. Tenía los globos oculares surcados por venitas color escarlata que semejaban la red hidrográfica en los mapas mudos del colegio. Sintió una opresión en la garganta y como si el esófago fuera a salírsele por la boca, o por la nariz, o por cualquier orificio de su cuerpo.

-¡Hijo de la gran puta! ¡Hijo de la gran puta! ¡Repite eso! ¡Repite eso, cabrón!- gritaba el otro. Gastón sujetó los fornidos brazos de su contrincante y trató de zafarse. Era verdadermente fuerte. Pensó en limar asperezas, en detener aquello. Pero la realidad es que no quería. Quería pelear allí dentro, hasta la muerte si era preciso, para acabar con aquel tipo. Mucha rabia acumulada, mucho asco por la sociedad, mucha frustración. Pensó en Romi, en la herida del dedo, y ello pareció dotarle de fuerzas renovadas. Empujó al otro hacia la otra esquina y le cogió del cuello. Recibió un puñetazo en el estómago y lo devolvió. Por la potencia de aquel tipo le dio la sensación de que, por cada golpe que le propinara, él debía dar diez para igualar las cosas.

Todo ocurrió en un segundo. Después de un largo forcejeo se encontraron abrazados. El sudor les resbalaba por la nuca y los alientos se confundían. Jadeaban. Estaban agotados. Se fijó en los ojos del tipo, eran del mismo color que el césped del terreno de juego. Gastón se acordó del partido, pero le dio igual. Agarró la cabeza del tipo con las dos manos y le besó en la boca. Después, con la mano derecha, le agarró el paquete. Era compacto y de importante calibre. El otro le tomó la mano y la metió por dentro del pantalón mientras seguían besándose. La cabina empezó a agitarse de nuevo, pero en esta ocasión con oscilaciones cortas y repetidas, en vez de espaciadas y amplias, como con los golpes. Gastón rompió los botones de la camisa y se la quitó. El otro se desabrochó el cinturón y sacó el pene erecto. Gastón se agachó y empezó a lamerlo. El otro eyaculó enseguida. Fue entonces cuando el ascensor empezó a moverse. Había vuelto la luz.

El ascensor bajaba muy rápido, iba ya por el segundo y no había mucho tiempo para abrocharse camisa y pantalón, para recuperar la serenidad y, sobre todo, para limpiarse aquella afrentosa mancha de la mejilla. Enjugó el semen con la lengua y se lo tragó.

Llegaron al bajo. La puerta se abrió y encontraron al portero del edificio en pijama, tres o cuatro vecinos y dos mozos que debían de ser empleados de ThyssenKrupp. Todos se quedaron mirando de arribabajo a la pareja, como extrañados.

-¿Todo bien?- dijo el portero.

-Todo bien, todo bien. Un pequeño susto, y ya está- dijo Gastón, con su sonrisa y sus cejas arqueadas. Todavía jadeaba y no le había dado tiempo a peinarse. Una de las vecinas entornó la vista y le dio con el codo a la que tenía al lado.

-Estos dos han acabado mal- le dijo al oído, y la otra asintió.

-Un apagón en la manzana, pero ya está todo arreglado -dijo el portero-. Ha llegado en el momento más oportuno, eso sí. Justo cuando Colibrí...

Gastón alargó un brazo, indicando que se callara.

-¡No diga nada! ¡No diga nada!- y se tapó los oídos. Subió corriendo hasta casa y encontró a Romi de pie, delante de la tele, con el rostro compungido, blanqueado por la luz de la pantalla. En sus pupilas brillaba el reflejo del confeti del equipo campeón. En cuanto vio a Gastón escondió las manos detrás de la espalda.

-Qué, ¿cómo van? ¿Cómo van, Dios mío, cómo van?

-Lo siento mucho, cariño- dijo Romi. Había escondido el cuchillo de la cebolla, para defenderse. Lo agarró con fuerza, esperando el ataque. Pero en lugar de ello Gastón se sentó delante de la tele, con la cabeza gacha, los codos apoyados en los muslos, la mirada entre cansada y perdida. Observaba la celebración del archienemigo. En otra ocasión habría apagado la tele y se hubiera ido a la cama. Pero ahora necesitaba mirar aquello, necesitaba recrearse en la derrota. Necesitaba castigarse.

-Malditos maricones- dijo, y ordenó a Romi que bajara a por cerveza.

viernes, 15 de julio de 2011

SOMBRA DE PALMERA

La sombra de palmera no es buena. Las palmeras no son de fiar, y quien quiera resguardarse del sol mejor que se busque otro árbol. Los álamos, por ejemplo. O los eucaliptos, los eucaliptos dan una sombra estupenda. La mejor de todas es la de las encinas, aunque bien es verdad que da un poco de miedo. La sombra de las encinas es demasiado sombría, sí. Le acongoja a uno el ánimo, no se sabe por qué, pero es así…

Hipólito pensaba en voz alta bajo la sombra de una palmera, la única que decoraba la plaza de la Piedra, la principal de la ciudad. Hacía calor, había entrado la canícula (comprendida entre el 15 de julio y el 15 de agosto) y la plaza, en su porción central expuesta al sol, sin un metro cuadrado de sombra, estaba desierta. Cuando llegaba el verano, Hipólito solía discurrir sobre los árboles y la sombra que daba cada especie, y había confeccionado una tabla con cada árbol que conocía y su sombra, clasificándolas por orden de calidad. La mejor, ya se ha dicho, era la de la encina, y una de las peores, según su tabla, la de la palmera. A su lado, dormitaba Tini, un Fox-Terrier que ya se le moría. Le había acompañado durante muchos años en su vagabundaje por las tierras de la comarca, pero ya no daba para más. A Tini le gustaba la palmera de la plaza de la Piedra e Hipólito sabía que deseaba morir bajo su escasa y traicionera sombra. Por eso estaba allí, para darle gusto a Tintín en su último momento, como homenaje al que había sido su único compañero fiel.

Hipólito aguantaba las ráfagas de ardiente sol que la desconsiderada sombra de la palmera dejaba estrellarse contra su cabeza. Todo lo hacía por Tini. Los días anteriores, cada vez que Hipólito tenía intención de buscar un lugar más agradable para pasar el día (a la orilla de un fresco arroyo a la sombra de los álamos, o bajo los soportales de la plaza de la Piedra, o a la puerta de la iglesia, donde lograba reunir una suma importante), Tini se ponía a sollozar hasta que le ablandaba. No quería apartarse ni un minuto de la palmera, consciente de que la muerte podía sobrevenirle en cualquier momento. E Hipólito, que, como decía él, aunque mendigo era sensible a los requerimientos de un ser vivo, se resignaba a pasar otro día de insoportable calor bajo la palmera de la plaza de la Piedra.

La decadencia de Tini era perceptible día a día. Llegó un momento en que dejó de comer, ni tenía fuerzas ni ánimo para roer los huesos de pollo que Hipólito le dejaba, tras haberlos roído él mismo a conciencia. “Venga, bonito, no te rindas, come un poco, come…”, le decía al oído, poniéndole el hueso en los hocicos. Pero Tini ya no reaccionaba, y sólo enderezaba una de las orejas cuando escuchaba el ladrido de una perra extendiéndose por la plaza.

Así pasaba Hipólito los días y las noches, esperando el desenlace fatal, sin querer moverse de allí no fuera a ser que Tini muriera durante su ausencia. Quería ante todo estar presente en ese momento, rezar un responso por su amigo y enterrarlo allí mismo, bajo la sombra de la palmera.

***

Un día calurosísimo Tini pareció recobrar algunas fuerzas. Hipólito, por el contrario, se sentía debilitado y veía borroso los soportales de la plaza, la iglesia, los bancos de piedra, las farolas y a las escasas gentes que pasaban a su lado y le dejaban una moneda. Estaba deshidratado. No había bebido en varios días, por no moverse del lado de Tini. Pero esta vez debía beber para salvar su propia vida. Miró a Tini, a quien vio recobrado, los ojos abiertos de par en par escrutando la plaza, la boca abierta y jadeante, las orejas alerta. Parecía como si, tras la agonía, quisiera captar y absorber toda la vida de la ciudad. “Tini bonito, no te apures, que ahora vuelvo. Voy a beber un poco de agua”, le dijo acariciándolo, y Tini lo miró como en los viejos tiempos, como cuando juntos recorrían los montes y las trochas, los cerros y las vaguadas, en busca de refugio y comida.

Seguro de que por unos minutos podía separarse de Tini, se levantó y echó a correr hacia la fuente, en la calle Azul, cerca de la plaza. Bebió hasta hartarse. El agua del monte estaba fresca y, bajo el chorro, veía el cielo azul brillante y los añejos edificios de la calle vueltos del revés. Aprovechó para limpiarse un poco y para refrescarse. Animado por el renacimiento de Tini y el suyo propio regresó a la plaza y a la sombra de la palmera. Allí estaba Tini, tumbado boca abajo, echando una siesta. Hipólito se sentó a su lado y, reconfortado, lo acarició. Tini no reaccionó, no respiraba. Estaba muerto. Inmediatamente rezó un responso y, cargando con Tini en las manos como si fuera un bebé dormido, recorrió algunas calles buscando una pala. Cuando la encontró (mejor dicho, la robó de una obra), regresó a la plaza y empezó a cavar bajo la sombra de la palmera. No había sacado dos paletadas de tierra cuando se le acercó un Guardia Civil: “Oiga, ¿qué hace?”, le preguntó éste, con tono autoritario. “Pues mire usted -dijo Hipólito mirándole a los ojos con toda la profundidad que el amor por su amigo le inspiraba-, quiero enterrar a este ser fiel y agradecido que hoy nos ha dejado; bueno, en realidad sólo me ha dejado a mí, su viejo amigo, su compañero del camino, pues nada más nos teníamos el uno al otro”. El Guardia Civil, ajeno por completo a la tristeza de Hipólito, le atajó secamente: “Eso no se puede hacer, váyase de aquí”. “Perdone usted, era su última voluntad…” “¿Su última voluntad? Qué lo dejó, ¿por escrito? ¡Ande, largo de aquí!”, y agarró el brazo de Hipólito que, con las lágrimas a pique de desbordársele, cayó al suelo. “¿No comprende, pero es que no comprende? Seguro que es usted un hombre caritativo y comprensivo. Es lo que él quería…”, decía, implorando al guardia desde el suelo. Al ver que no cedía, se levantó, le cogió por los hombros y lo zarandeó bruscamente. El guardia, al ver su autoridad cuestionada, se desembarazó de él con furia, lo tiró al suelo, cogió la pala y se ensañó con Hipólito, que, aunque en los primeros instantes se defendió, al final parecía feliz de reencontrarse tan pronto con su amigo…

***

Por las noticias que me han llegado, el Guardia Civil, cuya identidad no desvelaremos, fue encontrado días más tarde muerto, en medio del bosque junto a un arroyo, con las ropas destrozadas y el rostro deshecho, irreconocible. El pastor que encontró el cuerpo dijo que precisamente por los días en que el guardia debió de morir le llamó la atención la exaltación de los ánimos que percibió en los perros vagabundos de la comarca, y que, una tarde, vio una jauría corriendo endemoniada hacia ese mismo lugar, el último que vieron los ojos del asesino de Hipólito. Y los perros, dijo el pastor, parecía, por la forma en que corrían y ladraban, como querer vengar a un viejo amigo, a un compañero del camino…

miércoles, 13 de julio de 2011

LA MANCHA

Dicen que el chocolate es un sustituto del sexo. Dicen que el cacao contiene unas sustancias que estimulan al cerebro exactamente de la misma manera que cuando se hace el amor. Detenido delante del escaparate de la lencería, Fermín se inclinaba a pensar que eso era completamente falso. En todo caso, el chocolate lo que hace es reproducir con cierta fidelidad el antes y el después del acto, nunca el mientras. Pero de la misma manera que el chocolate, esa sensación la procuraba también el ver una puesta de sol desde la Atalaya del Rey o tomar un té en el Café Penumbra. Quién sabe si no era una trama de los fabricantes mundiales de chocolate para vender su producto. En realidad, todo el mundo actual se resumía en unos cuantos anuncios, perfecta metáfora de la nueva forma de sentir, de la nueva forma de actuar, de la nueva forma de ser y de estar. Fermín, resguardado bajo la marquesina de la lencería en aquel día de lluvia, miraba un sujetador de encaje negro, el más caro de todos. Y recordó que Tina tenía uno exactamente igual. Lo recordó porque, en la malva mañana del después, nada más despertar y mientras ella todavía dormía, se dedicó a oler con delicadeza su ropa interior. Y, al hacerlo, se dio cuenta de que el sujetador tenía una mancha de chocolate. Se preguntó cómo demonios había llegado hasta allí. La mancha estaba reseca, pero era chocolate, de eso no había ninguna duda. Llegó a la conclusión de que eran restos de una noche de pasión con otro hombre, pasión que, aquella vez con él (y bien lo sabía), apenas había existido. Fermín ni se inmutó ante un pensamiento que creía funesto, pero que no guardaba más que resignación y una espantosa indiferencia. Pensó en abrazar a Tina, desnuda bajo las sábanas, y besarla la nuca y el cuello y hacerlo otra vez, pero se dijo que ese forzado acto de reconciliación era inútil. No quería más farsas.

La mancha de chocolate en el sujetador le habían quitado las ganas de continuar la relación con Tina. Sentía casi repugnancia por aquel cuerpo moreno que durante los meses anteriores había deseado con ahínco. Se arrebujó de nuevo entre las sábanas y se colocó en posición fetal, mirando en dirección contraria a Tina, hacia la ventana. Intentó dormir, pero fue en vano. Desvelado, se dijo que debía salir de aquella casa antes de que ella despertara, así que se vistió con rapidez y procurando hacer el menor ruido posible. Para disminuir riesgos, terminó de vestirse en el ascensor, donde se abrochó la camisa y se la metió por dentro del pantalón, se puso los zapatos, se ajustó el cinturón y se puso el abrigo. Mientras tanto, se miraba en el espejo, un espejo oscuro, como todos los espejos de ascensor, y que remarcaba las facciones, las ojeras, las arrugas de la frente, la terrible oscuridad del rostro.

Ya en la calle, se dijo que era un héroe o, cuanto menos, un galán de cine, un malo despreciador de mujeres. Pensó en James Dean y en Un rebelde sin causa, película que había visto de adolescente y que, aparte de haberle fascinado, le había mostrado una forma de ser de la que abominaba. Y, casi inconscientemente, se alegró de que aquel actor, que en su recuerdo no había quedado como tal actor sino como el protagonista imbécil y presuntuoso de esa película, hubiera muerto joven. De haber seguido viviendo, habría protagonizado otras muchas películas iguales que aquella, y su odio hacia ese tipo de personajes y hacia sí mismo se habría acrecentado. Pero durante unos pocos minutos se vio con placer como uno de ellos, tras haberse ido de casa de Tina sin avisar y con un profundo desprecio hacia ella y hacia todas las mujeres del mundo. Aquella mancha de chocolate en el sujetador que bajo ningún concepto debía estar allí le había vuelto un James Dean cualquiera, un ser oscuro, misterioso, un crápula incurable y drogadicto de ojeras moradas y frente arrugada, exactamente igual que el que había visto reflejado en el oscuro espejo de ascensor del edificio de la casa de Tina.

Imaginó con una media sonrisa la reacción de Tina cuando despertara y viera que él no estaba y que ni siquiera había dejado una nota, que se había ido así, sin más. Eran poco más de las siete y media de la mañana y la brisa de las Montañas del Norte le cortaba la cara con suavidad, como si fuera una caricia fría de una nueva y preciosa mujer que había conocido, una de las muchas que como nuevo ser oscuro y misterioso se había cruzado en su vida. Pasó por delante de un escaparate y se miró. Se vio avasallador, imparable, a tono con la oscuridad de su mirada. Y se rio. Continuó andando y, en vez de irse a casa, se dirigió hacia la Atalaya del Rey. Poco a poco la ciudad iba desperezándose, y detrás de las Montañas del Norte un nuevo sol asomaba sus crenchas doradas. La Atalaya del Rey estaba en lo alto de un cerro, coronado tras una larga y pina subida. En su nuevo estado, se congratuló de tener que hacer aquel esfuerzo físico, primera prueba del poderoso Fermín. Según ascendía el valle del río Negro se iba desplegando ante su vista, con sus huertas humedecidas por el rocío de la mañana, sus barbecheras rubias, sus olmos y sus cipreses apretujados a lo largo del hilo de agua, que se deslizaba en suaves meandros. Al otro lado del río, las Montañas del Sur, secas y montaraces, ocultaban la vasta extensión de la meseta central. Fermín llegó a lo alto del cerro y se sentó en un banco, junto a la cruz del monumento de la Atalaya. Allí arriba, la brisa tibia y acariciadora de la ciudad se había transformado en un viento acre y abofeteador, así que se abrochó el abrigo y se abrazó a sí mismo. Cerró los ojos, y no vio más que a la pobre Tina desesperada sentada en la cama, mirando el hueco que él había dejado, indagando en las causas que le habían inducido a marcharse sin avisar. Con placer, la imaginó llamándole al móvil, y ello le hizo caer en la cuenta de que no había recibido ninguna llamada. Sacó el teléfono del bolsillo y vio que, en efecto, estaba encendido. Su nuevo ser oscuro y dichoso, el Fermín ingrato, violento y rebelde que había empezado a ser nada más salir de la casa de Tina, se desmoronó de golpe. ¿Se habría despertado ya? ¿O simplemente era que ella había sentido exactamente la misma indiferencia y repugnancia que sintió él al ver la mancha de chocolate en el sujetador? El latigazo que le recorrió la médula espinal le hizo abrir los ojos. No, se dijo, seguro que aún no se había despertado, lo mejor, el sufrimiento de Tina, estaba por llegar. Y volvió a la oscuridad.

En lo alto del cerro de la Atalaya del Rey el viento ululaba y despeinaba aún más el ya revuelto cabello de Fermín que, con los ojos cerrados de nuevo, entró en una modorra casi invencible. En aquel estado entre la vigilia y el sueño se le mezclaba la imagen de Tina con la suya propia, una imagen que hasta aquella mañana le hubiera parecido irreal, hija exclusiva de la imaginación; se veía a sí mismo sonriendo, mirando a una cámara como si le estuvieran haciendo una fotografía para la posteridad. En lo alto del cerro de la Atalaya del Rey vio de nuevo a Tina llorando, tomando su café mientras, con la mirada perdida hacia la lejanía, se asomaba a la ventana, por donde se deslizaban los primeros rayos del día, de aquel nuevo día que, también allí en la Atalaya del Rey, estaba naciendo ya.

Pasó un tiempo del que Fermín no fue consciente. Cuando abrió los ojos, el sol había recorrido ya una fracción de su trayectoria, y el valle del río Negro recibía las primeras luces tras la larga penumbra de la tarde y la noche. Algunos pájaros negros sobrevolaron un olmo, y un tractor profanaba el verde brillante y denso de una huerta. Se levantó y se asomó al mirador de la peña. Se dio cuenta de que habían retorcido y arrancado algunas barras del balcón, y pensó que aquello podía ser peligroso, que las autoridades debían actuar de inmediato y restaurarlo, pues sobre todo los niños corrían peligro de despeñarse barranco abajo. Instintivamente, se apartó, y con el corazón acelerado se dedicó a la contemplación del valle, de las Montañas del Sur, del cielo bostezador, del vuelo de las cornejas y los vencejos. Sintió pasos detrás de sí, y se sobresaltó. Cuando se dio la vuelta, vio a una anciana enlutada, de cabellos grises y estropajosos, que le miraba con ojos entreabiertos. “¡Ten cuidado, muchacho, ten cuidado! Que una mañana de hace veinte años mi marido estaba asomado a ese mismo balcón y un mal viento se lo llevó ladera abajo… ¡Ten cuidado!”, dijo esgrimiendo un dedo índice hacia el cielo. La anciana se alejó, y Fermín se sintió recorrido por un escalofrío. Dio otro paso atrás, ya definitivamente nervioso, presa de una ansiedad y un vértigo repentino que jamás había experimentado. Unos minutos después se tranquilizó y, poco a poco y sin apercibirse, fue acercándose al desvencijado balcón hasta apoyar la mano en una de sus escasas y oxidadas barras. Miró hacia abajo. La caída libre era de unos cincuenta metros. No habría forma de sobrevivir, pensó. No había nada a lo que agarrarse. Con semejante golpe la muerte sería instantánea, y ello lo tranquilizó unos momentos. El fondo del barranco emitía una especie de hondo quejido del que Fermín no podía sustraerse. Aquel abismo le llamaba, tenía algo de atrayente, era como si las voces de lo desconocido lo arrullaran con deliciosas promesas.

Pero no, se dijo. Aquello era horrible. Sintió un miedo atroz, y decidió irse a casa. Antes de moverse oyó pasos tras de sí, unos pasos todavía lejanos, pero que no obstante se acercaban lenta y parsimoniosamente. El latigazo que le recorrió la espalda le impidió darse la vuelta. Estaba paralizado. Era la anciana, estaba seguro, y la imaginó con su vestido negro hasta los tobillos, con sus cabellos grises y estropajosos, con su dedo índice apuntando hacia el cielo. ¿Querría vengar de alguna forma la muerte de su marido empujándolo a él?, se preguntó y, tras unos segundos de pavor, consiguió sacar fuerzas para volver la cabeza. Apenas le dio tiempo a ver un segundo el rostro de Tina que, con los ojos encendidos por las lágrimas, intentó empujarle. Fermín logró contenerla, haciendo toda la fuerza que pudo con los brazos y clavando el pie derecho al borde del precipicio. Tuvo suerte, porque lo apoyó en una piedra porosa, no resbaladiza. En ese mismo momento fue consciente de que quedó a unos pocos centímetros de despeñarse. Pero Tina, endemoniada, enloquecida, la vena de la frente palpitante, unas gotitas de sudor corriéndole por el bozo, el aliento rápido, tibio y perfumado, siguió forcejeando. Tenía fuerza, una fuerza que él (y aún ella misma) desconocía. La lucha fue breve. Ella se abalanzó sobre él, éste la esquivó y ella se precipitó barranco abajo en un vuelo mortal. Su grito se fue debilitando paulatinamente, como si estuviera siendo tragado por la tierra.

***

Fermín no la vio caer y dejó de oírla antes de que chocara contra el suelo. Había despertado y, sobrecogido, se levantó del banco y se asomó al destrozado balcón. Al fondo del valle no había ningún cuerpo. Miró a un lado y a otro, buscando a la vieja. No había nadie. Se dijo que era un estúpido, que estaba buscando los cuerpos de un sueño, y se sonrió. Poco a poco se fue tranquilizando, y recordó con repugnancia a James Dean, y el oscuro espejo del ascensor, y su propio rostro oscuro reflejado en el escaparate, y la mancha de chocolate en el sujetador. Sacó el móvil del bolsillo, esperando encontrar una llamada o un mensaje de Tina. Nada. Su pantalla permanecía vacía de nuevos avisos, lo cual le desasosegó. Lo guardó de nuevo, miró hacia la lejanía, suspiró largamente y echó a andar cerro abajo, hacia la ciudad.

La jornada había arrancado, los transeúntes pasaban por su lado como una centella, los coches, los autobuses, los taxis, las motos danzaban frenéticamente sobre la pista de asfalto. La quietud de las siete de la mañana no era más que un vago recuerdo. Recorrió las mismas calles que unas horas antes lo habían llevado de casa de Tina a la Atalaya del Rey, pero a un ritmo mayor, acorde con el tráfago que lo rodeaba. Llegó al portal de Tina y subió a la casa. Se miró en el espejo del ascensor, y volvió a verse oscuro y arrugado, y sintió un temblor. Decidió apartar la mirada de su propio reflejo, que aquella mañana lo trastornaba. Salió del ascensor y abrió la puerta de la casa con cuidado, con el mismo cuidado de cuando se vistió para poder escaparse sin que ella lo viera. Se preparó para las explicaciones, para los lloros, para los reproches. Cuando entró en la cocina, vio a Tina tomando su café y mirando por la ventana con los ojos perdidos hacia la lejanía y con el rostro embadurnado por los rayos del sol. Pero no lloraba, sólo sonreía. “Se te olvidó subir el pan, tonto”, dijo, y él, haciéndose el olvidadizo, la besó en la boca.

Extrañamente, sus labios no sabían a café, sino a chocolate.

lunes, 11 de julio de 2011

VIENTO DE PONIENTE

Se asomaba a la ventana siempre que podía, normalmente cuando estaba solo. Sobre todo su madre era inflexible. Lo que tenía que hacer (y se lo decía con un tajante y amargo tono de voz que sumía a Abelardo en una momentánea pero profunda tristeza) era guardar cama, no hacer esfuerzos, no coger frío. No era porque ella lo dijera ni porque quisiera amargarle la vida, sino simplemente porque el médico así lo había ordenado. Y la madre de Abelardo creía legitimar su insistencia con esta razón irrefutable. Pero Abelardo, harto de aquel carísimo colchón comprado para la convalecencia que a fuerza de contactar con su cuerpo le parecía que se había vuelto de pedernal, harto de aquellas sábanas aterciopeladas que le producían dentera, iba a la ventana siempre que podía. Y, apoyado en el alféizar, se deleitaba con el hormigueo de su calle, que hacía tantos meses que no pisaba. Miraba con un extraño y sosegador placer el latir de la vida cotidiana de aquel pequeño rincón de la ciudad, y cualquier suceso mínimo le distraía como si viera una película o una serie de televisión. El simple hecho de observar a una señora cargada con las bolsas de la compra, o a Emilio el ferretero apoyado en la puerta de su negocio fumando un pitillo y mirando, como él, lo que había de mirarse, o a sus compañeros de clase Adolfo, Daniel y Pellejo caminando alegremente por la acera de enfrente después de salir de colegio, era para él la mejor de las historias del mundo, que solamente abandonaba si la tos le acometía con más violencia de lo normal, pues entonces sabía que su madre le iba a reprender.

Normalmente se libraba de las regañinas porque el crujido del parquet del pasillo delataba el paso del que se acercaba a la puerta de su habitación, dándole el tiempo suficiente para cerrar la ventana y meterse en la cama. Con esta señal de aviso a la que su oído se había adaptado a la perfección, Abelardo conseguía apurar los ratos asomado a la ventana. Por la mañana le agradaba especialmente aspirar el aroma del Jardín de las Plantas, ensanchar sus pulmones enfermos y sentir la fragancia de los rosales y los enebros, del espliego y los plátanos de sombra. Y, sobre todo, se alegraba, hasta entrar en una especie de trance provocado por las evocaciones, cuando detectaba en la limpia atmósfera matutina el tibio, puntual y pasajero olor de los cerezos.

Abelardo lo recordaba a menudo. Un año atrás, una tarde de primavera, después de haber salido del colegio y tras haber insistido con envidiable persistencia, consiguió convencer a Athenais (la chica escocesa que tenía a la clase enloquecida) para que le acompañara al Jardín de las Plantas. “¿Para qué?”, preguntó ella con su acento inglés y frunciendo el ceño. Abelardo no supo qué contestar, y se limitó a decir que le acompañara, que ya lo vería. Athenais accedió y, entre las risas y envidias de Adolfo, Daniel y Pellejo, se dirigieron en un cortante silencio hacia el jardín, a apenas trescientos metros del colegio. Cuando Abelardo entró por la vieja y monumental puerta pensó que estaba cumpliendo un sueño perseguido durante todo el curso y empezó a rememorar lo que imaginaba de ir un día con Athenais al Jardín de las Plantas. Y lo que imaginaba era tremendamente parecido a lo que estaba viviendo y, al mismo tiempo, sin nada en común. Caminando al lado de Athenais, Abelardo no sabía a qué se debía esa confusión de sentimientos, que hacía que los recuerdos de lo que imaginaba le llegaran velados y como en sueños, en ese vaporoso límite entre lo real y lo imaginario. Miraba de reojo a Athenais y se decía que sí, que estaba con ella caminando a su lado en un lugar soñado, que la tenía a apenas unos centímetros, pero no sabía por qué la seguía viendo como una diosa muy lejana, mucho más lejana que cuando la imaginaba yendo allí con él.

Pronto se dio cuenta de que aquella confusión se debía a su estado de nervios, que no le permitió enlazar dos frases acertadas. Todo lo que dijo le sonó tonto y vulgar. Athenais se reía, pero apenas hablaba, sólo reía, dejando mostrar sus dientes apenas recién entrados en la adolescencia, con los incisivos un poco separados. Abelardo la miraba reír y no sabía si que se riera era bueno o malo. En realidad, Abelardo no sabía en aquel momento nada. Y mejor que fuera así, pensó mientras miraba con nostalgia desde la ventana el Jardín de las Plantas, mejor no ser excesivamente consciente en el momento de que uno es feliz, como recordó haber leído en un libro en sus largas tardes invernales de reposo en cama.

A esa hora de la tarde, el Jardín de las Plantas crepitaba de vida, de juegos infantiles, de cálidos arrumacos, de blandos paseos familiares, de risas y sonrisas alborotadas bajo el dulce sol primaveral que se estrellaba contra los exuberantes árboles. Y ese torbellino de actividad (en un lugar en el que no obstante no pasaba nada) azaró un poco más a Abelardo. Se preguntó para qué la había llevado allí y se lamentó de que toda esa gente lo pasara en grande y disfrutara del momento y se sintiera plena y rebosante mientras él, inmerso en su sueño dorado, no sabía qué hacer ni qué decir. Athenais miraba los árboles, los setos y las plantas del jardín con curiosidad quién sabe si fingida o sincera. Tras media hora de paseo en que las palabras cayeron en un desesperante goteo, se fijó en un cerezo, se dirigió hacia él, observó con asombro su copa de nieve rosa, se dio la vuelta, miró a Abelardo y le dijo: “si me consigues una cereza te besaré”.

El cerezo despedía un olor dulce e intenso, como el que, empujado por el viento de poniente, le venía cada mañana de primavera mientras se asomaba a la ventana de su habitación, como el que estaba sintiendo precisamente en el momento en que recordaba aquella tarde con Athenais en el Jardín de las Plantas. Era sólo un momento, no más de dos segundos, lo suficiente para que le penetrara por todo el cuerpo y no le abandonara hasta el día siguiente. Con sólo esos dos segundos al día de aroma de cerezo ya era feliz. Cuando escuchó lo que le dijo Athenais, se sintió grande, se sintió vencedor. Sólo era necesario alcanzar una de los cientos de cerezas que colgaban del árbol, y los labios de Athenais, los primeros labios que iba a probar en su vida, serían suyos. Pensó que seguramente supieran a cereza. Y lo pensó por el sencillo parecido que encontró entre la textura y color de una cereza y los labios de Athenais. La miró, trazó una sonrisa de autocomplacencia, miró la copa del árbol y dijo: “esto es pan comido”. Veía las cerezas y el beso cerquísima, literalmente al alcance de la mano casi sin necesidad de alargar el brazo.

Se subió a un banco que estaba a la sombra del árbol y, desde el filo del respaldo, dio un salto. Se sorprendió al comprobar que se había quedado bastante lejos, unos cuarenta centímetros, de la cereza más cercana. No se desilusionó, y pensó que, para la primera tentativa, no estaba mal. En el segundo, se dijo, seguramente me acercaré; pero en el segundo intento se quedó más lejos, y más lejos aún en el tercero. Cada vez que saltaba, la cereza más cercana (la cereza que, ya lo había comprendido, era la única de los centenares que había que estaba a su alcance) parecía alejarse de su mano, parecía que volaba hacia el cielo como un diminuto globo aerostático. Tras una docena de intentos, y con las piernas ardiendo por los repetidos esfuerzos explosivos, la frente sudorosa y las mejillas y la frente arreboladas, desistió. Comprendió que Athenais, que miraba a Abelardo de pie bajo la rosada sombra del cerezo, se le había alejado definitivamente aquella tarde. Lo comprendió íntimamente, con una certeza fatal. Los labios de Athenais, suaves y aromáticos como la cereza que no pudo alcanzar, no serían suyos. Ni aquella tarde, ni quién sabe si nunca.

Apoyado en el alféizar recordaba ahora punto por punto todos los pormenores de aquella tarde con Athenais en el Jardín de las Plantas. La ráfaga de aroma de cerezo ya había pasado, y sabía que no volvería hasta el día siguiente. Tosió una vez, con aquella tos bronca que anunciaba un inminente ataque violento. No le importó, no quería separarse de su ventana ni dejar de ver las copas de los árboles del jardín, que se apretujaban ahí enfrente en un denso y callado verdor. La mañana era hermosa, tan hermosa que hacía daño a la vista. Pensó en el curso perdido, en sus amigos, en Adolfo, en Daniel y en Pellejo; pensó en Athenais, y en su risa mientras caminaba con él, y en sus labios, y en su propia turbación al verse, al sentirse como fuera del tiempo y del espacio junto a ella; y pensó que seguramente estuviera enamorada de otro, como lo estuvo de él un año antes. Y, con la mente sacudida por todas esas imágenes, lloró. Escuchó pasos en el pasillo, pero ni pudo ni quiso reaccionar. Alguien abrió la puerta, con cuidado, como intuyendo que violaba un momento íntimo. “Hijo, ¿qué haces ahí? Venga, cierra la ventana y túmbate, que hoy corre aire”, dijo la madre de Abelardo con un inusual sosiego. Abelardo se dio la vuelta, miró a su madre, que no dijo nada, y se metió en la cama. “Sécate esas lágrimas y ponte guapo, que tienes visita”, dijo cuando Abelardo estuvo tapado con la colcha, y salió.

Abelardo sintió como si un nido de culebras se revolviera en su doliente pecho. Pero, sobre todo, sintió una certeza, la misma de cuando comprendió que Athenais no sería suya la tarde del Jardín de las Plantas, sólo que en esta ocasión no era una certeza fatal, sino algo que crecía en su pecho y que le expandió los pulmones como si jamás hubiera estado enfermo; y, pocos segundos después, esa certeza se transformó en aroma de cerezas y de labios rojos y brillantes entrando por la puerta.

viernes, 8 de julio de 2011

LA COPA DE DON JUSTO

Don Justo era un hombre de costumbres férreamente supeditadas al ritmo de un macizo y reluciente reloj de pulsera que le había regalado su difunta esposa en su luna de miel, cuarenta y tres años atrás. Depositario de una sustanciosa herencia, sin hijos y sin familia, tenía plena libertad para hacer lo que quisiera, y esa libertad le había permitido crearse una rutina inamovible. Se acostaba y levantaba siempre a la misma hora, sin importar la estación del año en que se encontrara, hacía sus necesidades en el mismo instante, empezaba y terminaba de desayunar en el mismo minuto y el mismo segundo, leía el periódico exactamente en el mismo lapso y comía todos los días a la misma hora el mismo menú en el mismo restaurante, donde Gregorio, el amable encargado, le tenía preparada la mesa con el gazpacho y la jarra de agua servidos, allí en la esquina, en la penumbra. Por la tarde, se echaba una breve siesta, de veintitrés minutos, y después agarraba Cien años de soledad, que era el único libro que leía una y otra vez. El primero de cada mes a las seis de la tarde, sin falta, visitaba la tumba de su mujer y decía un responso. Pero la costumbre que más placer le proporcionaba a Don Justo era la de salir a pasear por el pueblo todos los días a las nueve y catorce minutos de la noche, lloviera, helara o nevara, para regresar a casa a las diez y treinta uno tras haber recorrido las mismas calles. Lo más curioso es que Don Justo no necesitaba mirar el reloj antes de realizar todas estas puntualísimas actividades. Le bastaba con seguir los dictados de su fisiología y su percepción del paso del tiempo, su reloj biológico, para no variar en un solo minuto sus costumbres. Tantos años de soledad le habían proporcionado una capacidad asombrosa de hablar consigo mismo, de sentirse, de auto contenerse, hasta el punto de que esa comprensión de sí mismo se había hecho mecánica, sin necesidad de esfuerzo alguno de la mente. Puede decirse que la vida de Don Justo fluía, y lo hacía con la precisión de los astros. Nunca naturaleza y hombre han estado tan estrechamente unidos, nunca una voluntad ha estado tan anulada por los propios designios de la Creación. Don Justo era como la Tierra que gira milimétricamente alrededor del Sol, o como el cometa Halley, que pasa cada setenta y seis años cerca de nuestro planeta, y del cual se puede predecir su trayectoria exacta.

Y así pasaban los días, así pasaba la vida de Don Justo, con la precisión de la Creación. Gregorio solía decirle entre risas que era más preciso que su reloj de pulsera, y que los organismos científicos internacionales debían calibrar sus relojes atómicos tomando su rutina como referencia. Don Justo respondía a esa broma, que se repetía día tras día a la hora de comer con la misma puntualidad de la que Gregorio se burlaba (habría que decir que, en el fondo, llegaba a admirar a Don Justo), con una risa perfectamente medida, una risa remarcada con el mismo ademán, el mismo leve gruñido, la misma inflexión del párpado, que cerraba los tristes, ausentes ojos de Don Justo, exactamente en el mismo ángulo.

Una de las cosas de las que más se enorgullecía Don Justo era de su abstinencia. No había probado una gota de alcohol desde la primera comunión. Y, aun así, Don Justo insistía a los parroquianos del restaurante en que ni siquiera aquella vez ingirió el líquido, pues se limitó a mojar los labios, con gesto de asco. A pesar de que el alcohol no tenía presencia física en la vida de Don Justo (ni siquiera tocaba las botellas de cerveza o licor, tal era la repugnancia que le causaba), sí operaba en cierta manera en su conducta, pues solamente el hecho de vanagloriarse de su abstinencia le hacía pensar en el alcohol y, sobre todo, imaginar con pavor qué le pasaría si, un día, probaba un sorbo. El hecho de que esos pensamientos existieran en la cabeza de Don Justo (y Don Justo también era constante y preciso con sus pensamientos) le había acostumbrado a la presencia del alcohol en el mundo y, sin él advertirlo, el alcohol, a pesar de rechazarlo y censurarlo con todas sus fuerzas (o quizá por eso mismo) había horadado una profunda huella en su espíritu.

Tampoco de ello, como de nada, era Don Justo consciente. La rutina perfectamente medida le había llevado a pensar que sólo aquello que hacía era lo posible, lo verosímil. Solamente aquello y nada más: su desayuno, su periódico, su menú, su restaurante, su libro, su visita al cementerio cada primero de mes, su paseo nocturno por las mismas calles. Y su fijación por el alcohol, a pesar de no haberlo probado jamás. Ese era el universo de Don Justo, un universo completo, cerrado, del cual no era posible salir, simplemente porque no era concebible pensar en la existencia de otros universos. Hacerlo era un perfecto absurdo, algo así como una aberración física.

Tal regularidad había conferido a Don Justo una verdadera salud de hierro. No se le conocían enfermedades, por leves que fueran. Nadie en el pueblo vio jamás a Don Justo con un catarro, ni tosiendo, ni sonándose la nariz, ni le oyó quejarse del estómago, ni de la espalda. Caminaba con agilidad y sin fatigarse. Hacía más de treinta años que no pisaba una consulta médica y no había estado en un hospital nada más que en las últimas horas de su esposa. Don Justo atribuía su robustez a la abstinencia, así como su envidiable lucidez mental. Era capaz de recitar de memoria, sin un solo error, capítulos enteros de Cien años de soledad. Claro que no lo hacía, ¿para qué?, si apenas tenía con quien hablar, fuera de Gregorio y los parroquianos del restaurante, de los cuales ninguno era tan fiel y puntual como él. Don Justo había tomado al silencio como su más cara e insobornable divisa. No abría la boca más que para dar las buenas tardes a Gregorio y sus compañeros y para comentar el Telediario del mediodía que ponían en la televisión del restaurante. Como ninguna noticia le parecía bien, apostillaba con la frase “vivimos en un mundo de borrachos. El alcohol tiene la culpa de todos los males del mundo. Si el alcohol no existiese, esto sería una Arcadia”. Y remarcaba la palabra Arcadia, leída en su libro predilecto. Cuando salía algún político hablando, dejaba de comer y, con la cucharada de gazpacho suspensa en el aire, se quedaba mirando a la pantalla, entornaba los párpados y decía: “si es que se le nota que se acaba de meter para el cuerpo un lingotazo, si es que se le nota… Así dicen los políticos todas esas tonterías”, y seguía comiendo con la delectación de siempre.

Gregorio y los parroquianos, que ya conocían de antemano lo que Don Justo iba a decir, se miraban y se reían. “¿Una copita de vino, Don Justo?”, gritaba con sorna Gregorio desde la barra, a lo que Don Justo ni siquiera contestaba, centrado en su comida. Si había algo que turbaba mínimamente el ademán de Don Justo, además del alcohol, eran las mujeres. Y, al contrario que el alcohol, sí las había “probado”, como decía él. Claro que sus conquistas, sus noches de pasión, sus veladas mágicas, habían quedado muy atrás. Pero no era capaz de resistirse a volver la cabeza cuando se cruzaba con una belleza, a la que simplemente miraba alejarse con los ojos pintados por la nostalgia de lo que se va para no volver. Tampoco tenía pretensiones de nada, y en realidad seguía adorando a su mujer.

Así, con precisión matemática, transcurría la vida de Don Justo a lo largo del tiempo envarado. Una noche, a las nueve y catorce minutos, salió de casa para el preceptivo paseo por las calles de siempre. Conocía cada grieta de la acera, cada chicle pegado, cada bache del recorrido, y disfrutaba anticipando cada uno de esos pequeños accidentes del terreno, que no habían variado en los últimos quince o veinte años. Los trataba ya casi como a viejos conocidos e incluso los saludaba y, con alguno al que había tomado especial cariño, mantenía pequeños coloquios mentales. Aquella noche, sin embargo, se vio sorprendido al ver que una de las calles por las que transitaba en su paseo diario estaba cortada. El Ayuntamiento había decidido cambiar las aceras y asfaltarla, y el piso estaba todo levantado y cercado por vallas amarillas y señales de “precaución” y “prohibido el paso”. Aquel imprevisto dejó a Don Justo pensativo y anonadado, petrificado a la entrada de la calle, sin saber qué hacer. Volver atrás y regresar a casa habría sido claudicar, así que, tras unos minutos de honda reflexión, decidió tomar otra calle con el fin de que su paseo y su rutina variasen lo menos posible. Don Justo sintió algo así como un tósigo invadiéndole el estómago y una olvidada sensación de pánico, de miedo a lo desconocido. Don Justo, que desde hacía décadas de absoluta felicidad desconocía el significado de la palabra incertidumbre, se había encontrado con ella de sopetón.

Temeroso, echó a andar por la calle paralela, una calle adyacente a la que transitaba cada noche, pero que no conocía. Para Don Justo, aquella calle suponía todo un mundo nuevo. Si él siempre caminaba mirando hacia el suelo, delectándose en sus grietas y chicles pegados y siempre con una media sonrisa de perfecta dicha, ahora no podía dejar de mirar a las casas de la calle desconocida (una calle vulgar, sin nada de particular), con los ojos abiertos, alucinados. Sentía una especie de quemazón en el vientre y una extraña palpitación en las sienes. Se fijó en una mercería, una tienda de golosinas y otra de ordenadores. Le pareció todo extraordinario. “¡Y todo esto existe aquí, en el pueblo!”, pensó con infinito asombro. Avanzó lentamente por la calle solitaria, con el corazón exaltado, el cerebro en estado de inaudita excitación y, para los que lo vieran, como si estuviera presa de la fiebre o borracho. Caminaba en zigzag, sin bracear, sin fijar la mirada en un lugar concreto. Don Justo, al entrar en la calle desconocida, había sufrido una transformación terrible. A la puerta de una taberna, un grupo de obreros de los que trabajaban en la calle paralela y que celebraban bebiendo cerveza la conclusión de la jornada laboral, al verlo en tal estado le dedicaron una serie de frases de mal gusto, al tiempo que, medio en broma medio en serio, le convidaron a unirse a ellos. Don Justo los miró con los ojos fuera de las órbitas. “Cuidado, está loco”, dijo uno al ver que Don Justo se les acercaba con paso rápido, la boca abierta, las cejas arqueadas. “¡Madre mía abuelo, cómo va usted! ¡A su edad no es bueno beber tanto! Ja, ja, ja…”, dijo otro, y todos rieron al unísono con una brutal carcajada.

Don Justo no hizo caso a estas palabras, que le parecieron absurdas, tan absurdas como la calle que acababa de descubrir. Se detuvo delante de la puerta de la taberna y miró al interior. Acodada en la barra vio a una mujer preciosa, de unos veinticinco años, con una copa de licor de color de bronce en la mano, del que bebió un sorbo. El líquido se deslizó suavemente entre los carnosos y rosáceos labios de la mujer. Los hielos flotaban en ese precioso magma con ligereza y sensualidad. Don Justo quedó absorto en la visión conjunta de la copa y la mujer, y le pareció la estampa más bella que jamás había visto. La mujer hablaba animadamente con un tipo guapo y atildado, que bebía un gin-tonic. Se veía que conectaban, que lo estaban pasando bien, que disfrutaban de la compañía, que se gustaban. Los ojos de ambos brillaban, exactamente igual que los hielos de las copas. De repente, sintió un golpe en la espalda, propinado por uno de los obreros que, borracho, le gritó: “¡mírale! ¡No te enamores abuelo, no te enamores! Ja, ja, ja…” Don Justo volvió a ignorar a los obreros y, presa de una repentina urgencia, entró en la taberna, se acercó a la barra y pidió “exactamente lo mismo que está bebiendo la moza”. Era licor de almendra. El camarero miró a la mujer, que se reía mientras contemplaba la facha de Don Justo que, más que el señor grave, solemne y respetable que era antes de entrar por primera vez en aquella calle, parecía un mendigo loco.

Don Justo sujetó la copa de licor de almendra entre las manos, la miró desafiadoramente, la agitó y bebió un sorbo. Después, la apuró de un golpe. No pudo evitar arrugar el rostro cuando sintió el ardor en la garganta y el esófago. Pidió otra, que tomó de una vez, y luego otra. Y otra, y otra más. En ningún momento apartó la mirada de la mujer, que a su vez clavaba sus profundos y negrísimos ojos en él, riéndose, al igual que el hombre guapo que la acompañaba, a carcajada limpia. Cuando ella se fue, Don Justo también salió de la taberna, miró por última vez a su fugaz enamorada, que se alejó con su acompañante de la mano y, llorando y tambaleándose, empezó a caminar por las callejas oscuras, en dirección al puente de las Ánimas (se llamaba así por la cantidad de personas que se habían suicidado allí tirándose al río), a las afueras del pueblo.

***

Al día siguiente, Don Justo no fue a comer al restaurante de Gregorio que, como siempre, le tenía preparada la mesa del rincón en la penumbra con su jarra de agua y su gazpacho de primer plato. Al ver que, un minuto después de la hora a que Don Justo entraba por la puerta, éste no había venido, se dijo: “este hombre ha muerto”. Lo comentó con los parroquianos que estaban aquel día, que no tuvieron ninguna duda de la muerte de su amigo. “Sí, es seguro que Don Justo ha muerto”, dijo uno. “Sí, sí, seguro”, zanjaron los demás. Gregorio fue a la mesa del rincón, retiró el plato de gazpacho, la jarra de agua y el vaso vacío, quitó el mantel, limpió la mesa en cueros con una bayeta y siguió trabajando.

La muerte de Don Justo se tomó como algo natural que no alteró ni el ambiente ni las costumbres del restaurante. Solamente de vez en cuando salía el nombre del difunto, sin una sola inflexión o quiebra en las voces que denotara nostalgia o pena, y se comentaba la cruel ironía del destino de que alguien muriera súbitamente sin haber tenido ninguna enfermedad, ningún achaque, sin haber fumado, sin haber bebido. “¡Tanta preocupación para qué!”. “¿De qué le ha servido a ese buen hombre no probar el alcohol, de qué, a ver, de qué?”, decía uno, y los demás se encogían de hombros. Ninguno se preocupó de enterarse de cuándo era el entierro, y sólo días después uno de ellos dio la idea de, la tarde que todos pudieran, visitar el cementerio, buscar su tumba y depositar un ramo de crisantemos con el mensaje “Tus amigos los parroquianos no te olvidan”. Todos aceptaron, sin entusiasmo, sin dejar de mirar con ojos turbios y ausentes la televisión, donde daban el Telenoticias.

La vida en el restaurante y en el pueblo siguió con su angustiado y lento devenir, sin nadie que llorara la pérdida del paseante solitario y silencioso, sin nadie que echara de menos la ausencia de aquel extraordinario talento de la costumbre y la puntualidad. La gente siguió como hasta entonces, replegada sobre sí misma, viendo pasar los días, las horas paralizadas, saludando a las lluvias del otoño, maldiciendo los fríos de diciembre, despreciando las exuberancias de la primavera y arrugándose al sol del verano. El pueblo decaía indiferente a su propia decadencia, y el tiempo pasaba siempre igual, sin irregularidades, como un homenaje inconsciente al hombre muerto.

La propuesta del parroquiano de visitar un día la tumba de Don Justo cayó en el olvido, así como el propio Don Justo, en quien, apenas transcurrido un año de su muerte, nadie en el restaurante pensaba ya.

***

Pasaron dos años, dos años que cayeron como losas sobre el pueblo. Era un hermoso día de invierno, un día normal, un día más de los muchos que habían pasado desde la muerte de Don Justo. El restaurante estaba vacío, y Gregorio limpiaba unos vasos detrás de la barra, mientras miraba la televisión, donde daban el Telenoticias. “¡Buenas tardes!”, dijo alguien que acababa de entrar. “¡Buenas tardes! ¿Qué va a ser?”, dijo Gregorio sin dejar de mirar la televisión. “Una copa de licor de almendra, por favor. Con mucho hielo, si puede ser”. Gregorio preparó la copa con los hielos y se dio la vuelta para buscar la botella de licor de almendra. La encontró, la abrió con movimientos de profesional de la hostelería y comenzó a derramar el líquido, que se escurría como una catarata de bronce entre los hielos (brillantes como unos ojos amorosos), cuando alzó la vista y miró por primera vez a quien tenía delante. Dio dos pasos atrás, aterrado, hasta que chocó con la estantería donde tenía las botellas, que se tambalearon. La botella que tenía en la mano quedó tumbada en la barra, con el licor de almendra derramándose. “¡Don Justo! ¡Es usted! Yo le creía…”, balbuceó. “No te asustes, Gregorio, no te asustes. ¡Ni que hubieras visto un fantasma!”, cortó Don Justo, sonriendo, mostrando una blanquísima dentadura.

El aspecto de Don Justo era magnífico. Había rejuvenecido, se le notaba más robusto, rebosante de salud y simpatía, con la piel brillante, curtida por el sol. En cada mano llevaba una maleta, que soltó y puso en el suelo, junto a la barra. Lo que más llamó la atención de Gregorio es que sus movimientos destilaban ligereza, como si Don Justo se hubiera liberado de algo que lo maniataba, como si de robot o máquina hubiera pasado a ser animal viviente, con su animación, su espontaneidad, su esencia impredecible. Vestía juvenilmente pero sin afectación e iba acompañado de una mujer madura, de grandes ojos azules, que en otro tiempo debió de ser una belleza extraordinaria y que aún era muy guapa. Sonreía amplia y sinceramente, al igual que Don Justo.

“Bueno qué, ¿qué tal le va la vida?”, dijo Gregorio para intentar salir de la turbación que le causaba la presencia de alguien al que consideraba muerto desde hacía dos años y de aquella belleza madura que le extasiaba y que le ponía tan nervioso o más que el propio Don Justo. Cayó en la cuenta de que la botella, tumbada sobre la barra, se había vaciado, así que la apartó, limpió y secó la barra, abrió una botella nueva del mejor licor de almendra que tenía, preparó tres copas con relucientes hielos y, cuando estuvieron llenas, cada uno elevó la suya al aire. “¡Y yo que creía que usted no bebía, Don Justo!”, dijo Gregorio sonriendo, y brindaron por la vida.

jueves, 16 de abril de 2009

Cuento. CUATRO CAMINOS


El andén estaba atiborrado. Era una aglomeración mañanera y urbana, una amalgama de rostros hoscos y cansados y de oficinistas que llegaban tarde, y consultaban su reloj una y otra vez, y el tren no llegaba, y miraban inquietos y fieros a los lados, viendo con desesperación que en el andén había cada vez más gente, que iban a estar incómodos y apretados y que no iban a poder sentarse. En realidad todas las mañanas sufrían las mismas apreturas, pero cada día todos tenían la esperanza de que aquél iba a ser un viaje placentero, desahogado, tranquilo, hasta que salían de casa, llegaban al metro y veían que no, que Madrid seguía teniendo más de tres millones de habitantes, los cuales no se habían volatilizado durante la noche y también hoy debían ir a sus lugares de trabajo y estudio, y que de nuevo tocaba sudar y hacerse un pequeño hueco en esta urbe angustiosa y cruel. En la ciudad parece que siempre le quieren quitar a uno algo, la cartera, el asiento, el trabajo, el buen humor, la esperanza, la novia, algo. La ciudad, la gran ciudad, siempre tiene algo de hostil que hay que vencer, es una competición áspera y permanente, un mundo desapacible, crónicamente hipertenso, constantemente al borde del infarto.

Cosme era un miembro más de esa paciente marabunta. Permanecía de pie en el andén de la estación de Diego de León, en la línea seis, esperando al tren que circulaba en dirección a Ciudad Universitaria. Era un viernes de octubre, iba a la Facultad. Una leve sombra morada se dibujaba debajo de sus brillantes ojos azules, que miraban para el suelo, ausentes, se diría que con una fina sonrisa adornando sus facciones cuadradotas, su nariz recta y proporcionada, su mandíbula robusta, en la que despuntaba ya una incipiente barba, afeitada cuidadosamente un día antes, sus pobladas cejas y sus sedosos cabellos de oro, descuidadamente arreglados, pues dejaba caer siempre un mechón curvo sobre la frente, intentando dar la impresión de casualidad, cuando en realidad todo en su estética estaba concienzudamente estudiado. Como material escolar para las dos clases que tenía esa mañana no llevaba más que una carpeta azul adosada a su pecho y sujeta por su mano derecha, cuyo brazo formaba un ángulo recto, adoptando una posición como de llevarse la mano al corazón. Todos los pijos llevan la carpeta de igual manera.

Cosme iba pensando que el Metro, aunque un poco incómodo y proletario, era un gran invento, pues imaginaba que si toda esa gente que hormigueaba ahí abajo, en los andenes, trenes y galerías, estuviera en la superficie, conduciendo coches, cruzando pasos de cebra y tomando autobuses, una ciudad como Madrid no podría aguantarlo, explotaría literalmente. Creía sinceramente que Madrid, sin Metro, sería una ciudad aún más inhóspita, poco menos que inhabitable.

Pero Cosme pensaba más en otras cosas. La anterior había sido una gran noche, de acuerdo con lo que se esperaba de él, de acuerdo con su fama, que había desbordado los diques de su clase para desparramarse, incontenible, por las otras aulas de su curso y aún por los cursos superiores. Estaba en racha. Llevaba la cuenta. En tres meses se había tirado a dieciséis mujeres, diez durante sus enloquecidas vacaciones en Oropesa del Mar y seis desde que comenzaron las clases en la universidad. Mentalmente repasaba cada ocasión, a cada una de esas muchachas que habían caído en sus garras, pero ninguna le parecía del calibre de la de anoche. Se había superado. Y además se lo había puesto difícil, la muy golfa, pero al final no le había quedado a la pobre otra más que ceder.

El cartel luminoso marcaba un minuto en letras de sangre, y la gente se apelotonaba a la espera, dándose ya los primeros empujones, los pisotones casuales, los roces inevitables y puede que cálidos, según con quién te toques. Hacía calor. Y olía a Metro. El Metro siempre huele igual, en todos los sitios, en todas las estaciones, en todas las líneas, en todos los trenes y pasillos. Huele, quizá, a una mezcla de cloaca, humanidad y algodón de azúcar.

Era una amiga de una compañera de clase. Siempre es así en las fiestas universitarias. O al menos es la forma más fácil y directa: “oye, preséntame a tu amiga”. Desde que la vio, al principio de la noche, se propuso “ganarla”, según sus palabras. Era tal su confianza en sí mismo que se permitía el lujo de elegir. Y había elegido a la más difícil, lo cual le suponía un reto y un atractivo añadidos. Una cohorte de buitres la había merodeado insistentemente con sus repelentes graznidos de alcohol durante toda la noche, algunos con una bien ganada reputación de aves de presa nocturna, mas a todos ellos los había rechazado, a todos excepto a él. En su mente revoloteaban como dos amables mariposas los detalles de la presentación, del tedioso y laborioso acecho, del implacable ataque y, por último, de la salvaje y lujuriosa culminación, en una habitación del hotel Hesperia, en el paseo de la Castellana. Un acto cinegético impecable, digno de figurar en los tratados de caza nocturna.

Se había salido con la suya, como casi siempre. Era una muesca más en el revólver de sus trofeos. Y esta vez había sido difícil, mucho más que de costumbre. Mientras esperaba, de pie sobre el andén, cerraba los ojos y entonces aún creía sentir la arrebatadora respiración de la muchacha dándole en la cara y el calor de su marmóreo, delicado y sudoroso cuerpo, y aún creía oír el rítmico crujir del somier de la cama, y oler el cuajado y embriagador perfume femenino, y se respiraba a sí mismo, íntimo, cercano. Todavía olía un poco a ella, a su efluvio de azahar, incluso a su saliva. Eso era lo que más le gustaba de todo, el olor de la saliva de la muchacha sobre su cobriza piel masculina.

Después se retrotraía unas horas en el tiempo y recordaba las primeras miradas, la presentación gracias a su compañera de clase, la conversación vana y hueca, cargada no obstante de voluptuosidad, que no era más que un mero trámite porque, seguramente desde el primer momento, ambos sabían cómo y dónde iban a terminar la noche. Al menos él sí lo sabía. Y pensando en esos primeros compases una sonrisa pueril se dibujaba en su atezado rostro, una sonrisa de autocomplacencia y vanidad. Vanidad que, por otra parte, debía quedar totalmente satisfecha esa misma mañana con los comentarios del caso de sus compañeros de clase, con las miradas envidiosas de sus “rivales” derrotados de anoche, con el fingido desdén de aquellas que se habían enterado, que le deseaban fervientemente pero que, ilusas ellas, no tenían nada que hacer. ¿De qué vale un triunfo así si luego no puede uno disfrutarlo plenamente, con todas sus amables consecuencias? ¿De qué vale si no puede uno irlo pregonando? ¿De qué vale si nadie se entera? Por eso y sólo por eso iba Cosme a clase, resacoso y amodorrado, aquella mañana de octubre.

El sonido brusco y sibilante del tren rompiendo en la estación le sacó de su dulce ensimismamiento. Era el momento de ir cogiendo la posición para, si se tiene suerte, poder sentarse durante el trayecto, aunque la verdad es que esa mañana estaba de excelente humor y le daba igual ir de pie. Mas si, por un casual, tenía cerca un asiento libre, a por él iría, eso seguro. Luego de dejar salir a los que trabajosamente se apeaban, la manada se extendió por el interior del vagón como un río contaminado mancha la mar en que desemboca. El vagón se llenó en unos instantes. Cosme miró raudo de un lado a otro buscando un asiento libre. Todos hacían lo mismo, era una lucha sorda, breve e inútil. Pero tuvo suerte, porque había uno justo al lado de la puerta por la que había entrado, y sin consideraciones ni remilgos, se sentó. Aquel día todo le sonreía, era un buen día, un día de suerte. En realidad se trataba de un hombre afortunado.

Agitó sus posaderas como restregándolas sobre el asiento que había conquistado y, una vez aposentado cómodamente, con un brillo de satisfacción en su rostro, dirigió unas miradas furtivas a los desafortunados viajeros, que veían impotentes y resignados como, un día más, iban a tener que hacer de pie su trayecto. Arrellanado en su asiento parecía recrearse en su fortuna, y pensaba en que quizá sea en estos pequeños detalles —coger un asiento en un vagón repleto, que se te ajusten lo justo los vaqueros, ni poco ni mucho, tener una nariz proporcionada y unos ojos azules y grandes— donde se aprecie el éxito, la valía, la calidad e incluso la inteligencia de una persona.

Unos instantes después Cosme miró al frente y examinó a las cuatro personas sentadas delante de él. Siempre hay que hacer eso cuando se va en Metro, decía, y se enorgullecía cuando alguien reparaba en él y admiraba su belleza, y le traía sin cuidado que fuera un hombre o una mujer, porque su narcisismo quedaba saciado. A veces le daba por imaginar la biografía de cada uno, y se imaginaba adónde iba, de dónde venía, si era virgen, si tenía pareja, cuántos hijos tenía, si trabajaba o estudiaba, qué tipo de música le gustaba o por dónde salía los fines de semana. Pero sobre todo lo que buscaba era la conquista visual, ese fuego de miradas que, de vez en vez, prende en el vagón de un metro y sólo se aplaca cuando uno de los dos se apea en una estación cualquiera, para seguramente no volver a verse nunca más. En una de esas conoció, un mes atrás, a una hermosa muchacha que pocos días después cayó atrapada, como tantas otras, en su pegajosa red sexual. Porque hay que decir que Cosme no desaprovechaba una sola oportunidad, y estaba siempre vigilante, siempre al acecho; era un oportunista nato, y había desarrollado sus artes de manera extraordinaria.

Justo frente a él estaba sentada una muchacha rubia, de piel tersa y blanquísima, cuello estilizado, busto exhuberante, mejillas encarnadas y mirada serena y limpia de ojos de cielo. En cuanto reparó en ella, Cosme ya no vio otra cosa, y enfocó sus cinco sentidos de cazador hacia un solor lugar, hacia un único anhelo. La muchacha empezó a mirarle fijamente, con una fijeza penetrante. Cosme se dio cuenta, barrió su cuerpo de arriba abajo con la mirada y distraídamente sacó unos apuntes de su carpeta. Se puso a hojearlos fingiendo atención en lo que leía, intentando demostrar que aquel descaro no le perturbaba en absoluto. De vez en cuando levantaba la vista de los papeles, y ahí estaban siempre esos ojos azules, clavados en él obstinadamente, y entonces él se la quedaba mirando con una obstinación aún mayor. La muchacha mantenía, férrea, la mirada. Aquello parecía un juego. Quien más aguantase sería el ganador. Había practicado ese juego otras muchas veces, y siempre había salido vencedor, porque normalmente la chica de turno no aguantaba y, azorada, desviaba la mirada.

Pero aquella vez no era así. Seguramente se trataba de una mujer un poco casquivana. “Mejor así —pensaba— a mí me gustan las que no se arredran, las echadas p´alante. A mí las modositas y las que van de estrechas no me van para nada. Cuanto más puta sea, mejor que mejor”. A veces contemplaba su propio rostro, reflejado en el cristal de la ventanilla que estaba a espaldas de la chica, y llegaba a conclusión de que era perfectamente normal su éxito, su espléndida racha, y naturalmente era lógico que esa rubia que tenía delante no pudiera dejar de mirarle.

“No me extraña para nada —pensaba—. Con esta carita, estos ojazos, este pelo rubio y esta nariz tan perfecta, lo raro sería que no me comiera un colín. Mira que siempre me han dicho que soy guapo, y a fe que es verdad… Es una maravilla vivir así… Es que es increíble cómo me mira. Y está buenísima. Hoy pensaba tomarme el día con tranquilidad, después de lo de anoche, pero es que está muy buena, y estas oportunidades nunca hay que dejarlas escapar. Creo que la voy a decir algo, si no estoy luego todo el día arrepintiéndome… aunque por otra parte seguro que se presentan más ocasiones… Pero ésta está buena, realmente buena…”

El tren había dejado atrás la estación de República Argentina y viajaba hacia la de Nuevos Ministerios, emitiendo un chirriante sonido de marcha, de velocidad. Hacía calor. El personal permanecía callado, unos escuchando música con sus cascos, otros leyendo un libro o un periódico gratuito, otros mirando concienzudamente los nombres de las estaciones, escritos en los paneles superiores, otros con la mirada perdida, sumida en los propios pensamientos. El único foco de humanidad, de calor espiritual, que había en ese vagón repleto de seres anónimos, desconocidos e indiferentes los unos de los otros, era el de aquellos cuatro ojos azules que indudablemente se deseaban con ardor juvenil.

El tren arribó a Nuevos Ministerios. Cosme se acordó de la chica de la noche anterior, pero de pronto le pareció muy lejana, como protagonista de algo ocurrido hace mucho tiempo. Seguramente no iba a volver a verla, no tenía pensado llamarla, y si ella le llamaba —lo cual seguramente ocurriría— no le cogería el teléfono. Ciertamente era un bombón, pero ya no le interesaba. Él estaba en una necesidad imperiosa y permanente de novedad, de nuevos olores, de nuevas caras, de nuevas bocas y sabores. Lo conocido le aburría. Tenía el convencimiento de la que poligamia es una característica consustancial al varón, poco menos que un derecho inalienable, algo perfectamente natural, que está en los genes, que la naturaleza les ha legado para perpetuar la especie, y que nosotros no somos nadie para contradecir a la naturaleza. “ En el reino animal —pensaba— la inmensa mayoría de los machos son polígamos, no veo por qué los seres humanos vamos a ser distintos, al fin y al cabo somos una especie más, algo más inteligente, sí, pero que conserva sus instintos intactos, y no sólo los de reproducción. En realidad la mayoría de nuestros actos tienen un motor instintivo, y muy pocas veces nos guiamos por la pura inteligencia”.

Y esa nueva oportunidad, ese pequeño mundo de sabores y olores por conocer, estaba delante de él. La muchacha no había apartado los ojos de él en ningún instante. Había que hacer algo, eso era seguro, y Cosme sabía que, si quería, tenía una buena presa en la buchaca. “Pero tengo que darme prisa —pensaba—, a mí sólo me quedan cuatro estaciones de trayecto y ella puede que se baje antes… Pero qué descaro, cómo me mira la muy guarra, como no aproveche esta oportunidad, es para matarme.”

El tren marchaba sin pausa cortando la densa negrura del túnel. El momento decisivo se acercaba, el instante mágico del primer contacto verbal. Los gruesos y masculinos labios de Cosme trazaron una leve sonrisa de seguridad, de aplomo, de autocomplaciencia. La muchacha seguía mirándole, imperturbablemente, descaradamente, desnudando el alma y el cuerpo de Cosme con los ojos. Éste se inclinó hacia delante, despegando la espalda del respaldo, en ademán de hablar, y justo cuando su boca se abrió para decir algo así como “bonitos ojos”, “adónde vas” o “cómo te llamas, guapa”, la chica se le adelantó y, tocando cuidadosamente el hombro del señor que tenía a su lado, dijo, sin despegar la mirada de Cosme:

—Perdone, ¿podría decirme qué parada es ésta?
—Es Cuatro Caminos, bonita —respondió el señor.
—Ah vale, es la mía, he contado bien. Muchas gracias.
—De nada.

Abrió su bolso, que descansaba sobre sus rodillas, revolvió palpando en su interior y sacó un tubo blanco, que fue poco a poco desplegando hasta convertirlo en un auténtico ojo de plástico con el que escrutar el vacío de la oscuridad eterna. Se levantó, con la mirada dirigida a ningún sitio, perdida por encima de la cabeza de Cosme, avanzó hacia la puerta del vagón, que había irrumpido ya en Cuatro Caminos, y blandiendo su bastón de ciego salió del tren cuidadosamente, ante la mirada atenta y morbosa de los circunstantes.

A Cosme le subió una llama de vergüenza.