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jueves, 29 de septiembre de 2011

LA ISLA (XII)



Lunes, 1º de noviembre
Día de Todos los Santos. Por momentos, llegué a pensar que el destino me reservaría esta fecha. Pero pasará sin que yo todavía haya dejado el mundo. Sigo teniendo fiebre y me encuentro más débil, pero hice el esfuerzo de bajar al cementerio, rezar delante de las tumbas y depositar unos ramos de plantas que pude recoger. Además de un homenaje fue, más que una despedida, un saludo, una ceremonia de aceptación, un “hasta mañana”... Tardé dos o tres horas en llegar desde la cueva hasta la playa, y otras tantas -o más-, en regresar, cuando ese trayecto de ida y vuelta, estando sano, lo completaba en poco más de media hora, o lo que aquí en la isla entiendo yo que puede ser media hora. Pero era mi deber, y ahora descanso tranquilo.

Martes, 2 de noviembre
En este mi último momento sólo tengo fuerzas para hacerme estas preguntas: ¿encontrará usted este cuaderno? ¿Cómo puedo hacer para que lo encuentre? ¿Hago un último y puede que inútil esfuerzo y llego a la playa para descansar, teniendo así más probabilidades de que me encuentre pero arriesgándome a que el mar aje más aún el cuaderno hasta que sea ilegible o simplemente se lo lleve para siempre, o me quedo aquí, a la entrada de la cueva, más seguro, pero a la vez más escondido y con muy pocas posibilidades de que alguien vea mi cuerpo jamás? ¡¿Qué hago, por Dios, qué hago?!...

***

CARTAS

Sólo me quedan tres caras en blanco, y, como ya nada me queda por contar que no haya dicho, y nada tampoco que usted no se imagine, creo que lo mejor será que aproveche el espacio y la vida que me queda -tres caras, un hilo- para redactar cinco breves cartas a las personas que más estimo en esta vida, y que, como usted supondrá, son mi padre, mi madre, mi hermana e Inma. Pero también a usted quería dirigir unas palabras, y por usted empezaré, pues sin su ayuda no será posible que nada de lo escrito durante estos más de cuatro meses pueda ser leído por alguien, y en tal caso mi soledad en la isla Inmaculada no habría servido más que para dar de comer a las alimañas que se alimenten con mi cuerpo, para, eso sí, haber dado sepultura a veintiocho infelices que murieron de camino a sus vacaciones y para... para nada más. Porque lo que vieron mis ojos no se lo he contado a nadie más que a este cuaderno, y este cuaderno por sí mismo, sin otros ojos que lo vean, no es nada.

A usted

Ignoro su identidad, su sexo, su nacionalidad, su aspecto. Ignoro siquiera si existe, pero usted es para mí importantísimo. Sin usted se me habrán arrancado cuatro meses de vida que son míos y bien míos. Es, seguramente, el pedazo de vida más mío desde que nací, y por nada del mundo quisiera que me lo robaran. Pero basta de escribir para nadie; esta carta la escribo para ser leída, pues no otro es su cometido, y para agradecerle en lo más hondo de mi alma que haya encontrado este cuaderno y que lo haya leído, y que, si lo tiene a bien, lo difunda entre mis familiares y amigos. No ha sido mi propósito, ni mucho menos, que usted se sintiera angustiado y triste leyendo, aunque momentos de tristeza y angustia haya habido. Cuatro meses de soledad en la isla Inmaculada dan para mucho. Y creo que lo he conseguido. Antes de morir, he releído de cabo a rabo el diario, y he quedado más o menos contento. Contento porque he conseguido trasladar al papel con relativa fidelidad lo que me iba a viniendo a la cabeza, contento porque he conseguido llevar la cuenta de los días sin un error y contento porque lo que he comunicado no ha sido la angustia de un náufrago, sino la ventura de un hombre que no llegaba a la treintena y que, simplemente, tuvo la fortuna de haber vivido. A usted gracias, sea quien sea, y espero que lo haya pasado bien. Y, si en algún momento lloró, que fueran lágrimas de esperanza.

A mamá

De nada vale arrepentirse ahora de no haberte dado siquiera una pizca del amor y cariño que me has regalado desde que nací. Si tuviera ahora mismo un teléfono y una única llamada que poder hacer, no tendría ninguna duda de que sería a ti. La ingratitud de los hijos para con las madres sólo es comparable a lo que nos queréis, y ambas cosas son infinitas. Lamentablemente, estaba siendo ahora cuando empezaba a decidirme a devolverte parte de lo que me diste -pues todo sé que es imposible-, pero este accidente trunca mi propósito. Al menos me queda la esperanza de que algún día puedas leer esta carta, algo de lo que estoy tan poco seguro que muy poco me falta para llorar de desesperación. Me pongo a reflexionar un poco sobre el caso y llego a la conclusión de que estaba siendo en esta etapa de mi vida cuando mis relaciones contigo iban a empezar a ser auténticas, adobadas con un afecto sincero y tranquilo y alejadas del practicismo que imperó durante mi niñez, mi adolescencia y mi primera juventud. En la niñez, los hijos permanecemos con las madres porque las necesitamos para sobrevivir: no es otra cosa que interés por nuestra parte; en la adolescencia, el alejamiento de vosotras, tan abrupto y desconsiderado, obedece a razones de una confusa ansia de libertad, una libertad que aún no puede ser otorgada; y en la primera juventud todavía se viene de ese impulso, aunque atemperado. Pero aún los hijos no os damos nada más que disgustos y respuestas destempladas. Es a partir de los treinta cuando comenzamos a darnos cuenta de vosotras, de lo que sois y significáis para nosotros, y empezamos a devolveros algo de lo que, con un completo desinterés, nos disteis, nada más que por amor en su estado más puro. Me gustaría extenderme más contigo, mamá, pero el papel -y el tiempo, y la vida- se me acaba. Que sepas que te quiero y siempre te quise, aunque a veces no lo demostrara.

A papá

Sin ti nunca podría haber llegado a ser lo que soy. Y lo que soy será mucha o poca cosa, pero, si soy sincero, no le pido nada más a la vida de lo que fui e hice. Y buena parte gracias a ti. No te preocupes si alguna vez fuiste duro, pues si de algo pecaste fue de falta de rigidez para conmigo, seguramente por el amor que me profesabas. E hiciste bien, porque a mí, pese a esta desgracia, pese a este final tan inesperado, no me ha ido mal. Tú lo sabes bien, y sé que te sientes orgulloso de mí. No es el tuyo de esos orgullos fatuos que tienen algunos padres de sus hijos, a los que procuran ensalzar de cara a los demás, quizá precisamente por haberles decepcionado en sus altísimas y estúpidas aspiraciones. El tuyo es un orgullo callado y auténtico, y en su silencio tranquilo y apacible está su autenticidad. Desde aquí sé que eres el que menos ha llorado mi pérdida, lo que vosotros creíais mi muerte, y que aún no es efectiva. Pero sé también que la sientes más que nadie, y que tu entereza no tiene que ver más que con ayudar a que mamá y Nuria no se hundan. Sé su sostén, y piensa que mamá solamente te tiene a ti, porque algún día no muy lejano Nuria también volará. Y estoy seguro de que no fallarás.

A Nuria

¡Hermana! ¿Qué le dice uno a alguien que lleva su misma sangre? Sólo que siempre te admiré. Admiré lo que a mí me falta: tu aplicación, tu capacidad de esfuerzo, tu sentido del humor, tu inteligencia muy superior a la mía, pero sobre todo admiré tu sensibilidad. Y admiré también lo que nos une, lo que reconozco también en mí porque, al fin y al cabo, venimos de la misma simiente, y en algo se tiene que notar. ¿Qué es eso que nos es común? No sabría decirlo. Quizá una pequeña inflexión en la voz cuando llamamos a mamá, o la manera de coger el tenedor, o los andares, o el modo de fruncir el ceño cuando fingimos estar enfadados, o la forma de la espalda, a la vista tan distinta pero, fijándose uno un poco, tan parecida. No sé. En todo nos diferenciamos y en todo también nos parecemos, sin que ello sea una contradicción, ¿verdad que sí? Estoy seguro de que serás en la vida lo que quieres ser, porque talento e ilusión no te faltan. Que mi pérdida no te suponga un quebranto, tú sabes muy bien volar sola. ¡Lástima que no esté yo allí para verlo!...

A Inma

A punto estoy de desfallecer, y casi por milagro soy capaz de sujetar este bolígrafo al que tan poca sangre como a mí le queda. Pero tu recuerdo es lo que me hace continuar y terminar esta carta y, con ella, este cuaderno. El espacio es muy justo, así que allá voy. Lamento profundamente no habértelo dicho nunca, aunque me parece raro que tú no te dieses cuenta. Es curioso: siento más nostalgia y tristeza por aquello que pudo haber sido y no fue -mi vida contigo- que por aquello que fue y dejo atrás. Por mucho que el hombre tenga la facultad, el tesoro, de recordar, sin una perspectiva hacia el futuro, sin una ilusión, no es nada. Y mi ilusión eras tú. Querría que bautizasen a esta isla como isla Inmaculada, si es que no tiene nombre, y si ya lo tiene, si fuera posible, cambiarlo. Es lo único que pido a los hombres; a Dios, o a quien tenga la competencia, que alguien encuentre este cuaderno...

martes, 27 de septiembre de 2011

LA ISLA (XI)

Sábado, 25 de septiembre
Creo que es hora de ir economizando palabras y papel. Al ritmo de escritura que llevaba, no duraría mucho. No sé cuánto, no quiero saberlo. Pienso en Dostoievski, a quien salvaron sobre la bocina cuando lo iban a ejecutar. Me enorgullece sentir lo mismo que una vez sintió aquel gran hombre. Todos, los grandes y los pequeños, estamos hechos de lo mismo y por lo mismo luchamos. Es inútil negar esta realidad que tan clara se ve en la playa de la isla Inmaculada.

Martes, 28 de septiembre
El día ha sido excelente, sin una nube. Creo que he tenido suerte con el tiempo. En tres meses, apenas un par de tormentas, una de ellas muy fuerte, eso sí. De estos últimos días sin escribir sólo podría -y debería- decir una cosa: el viento susurraba por mi alma. Estoy seguro.

Jueves, 30 de septiembre
Sol. Calor húmedo. El cuerpo en carne viva por los mosquitos. Un recuerdo me asalta: los inviernos de Madrid, su azul y su gris y la hilera de árboles esqueléticos de la Castellana, y los veranos de Pastrana, con el sol cayendo por detrás del Monte del Calvario coronado por la cruz de hierro. Y sus fiestas en la plaza de la Hora, y los calimochos que después de cenar nos tomábamos junto al Arlés, y los hombros morenos al aire de las chicas... Me queda muy poco para llorar, pero creo que en fondo soy feliz.

Viernes, 1º de octubre
Si un día escribí sobre la conciencia de la lluvia, hoy tendría que hacerlo sobre la conciencia del sol, que, más que nada, nos nubla la conciencia. O, más que nublárnosla, nos la impone.

Sábado, 2 de octubre
Una de las cosas de las que más orgulloso estoy es de haber llevado, sin posibilidad de error, la cuenta de los días. Es lo que me ha otorgado fuerzas y ánimo para seguir escribiendo aquí, para seguir viviendo mientras, paradójicamente, me iba dejando la vida, las fuerzas y los ánimos. Sé que desde su posición es difícil de comprender, pero tampoco le pido que lo haga, sólo que crea mi palabra y que no piense que nada de lo que escribo aquí pueda ser falso o exagerado, o que haya yo hecho un esfuerzo por novelar mis vivencias -que, como usted podrá haber visto si ha tenido la paciencia de llegar hasta este punto, han sido más bien pocas-, o que mi única pretensión sea la de pasar a la posteridad por este fajo de ajadas cuartillas encuadernadas que, bien lo sé, poco valen. De cualquier modo, soy consciente de que la posteridad vale de muy poco allá donde yo me encontraré dentro de escasos días, y que vale más, sin duda mucho más, la finísima textura de la playa de la isla Inmaculada o el sabor salino de mi piel que todas las posteridades del mundo. Y no digamos ya unos labios en flor, o un trayecto en tren con el sol escondiéndose como una comadreja por detrás del horizonte. El saber que hoy es sábado 2 de octubre me coloca en un contexto vital, del que jamás he llegado a salir durante todo este tiempo como náufrago. Y, si aguanto un poco más, y ya llegado hasta aquí estoy casi obligado a ello, me marcharé sin haberme despegado del mundo, del mundo en que usted y papá y mamá y Nuria e Inma viven y seguirán viviendo. Sí, hoy es sábado 2 de octubre, ayer fue viernes 1 -un día que ya por derecho propio me pertenece y que nadie, excepto la mala sombra de que nadie lea esto que escribo, podrá arrebatarme- y mañana será domingo 3, y no sabe cómo me alegra ser consciente de ello, y pensar que, por allá, quizá haya llegado ya la primera borrasca otoñal. En fin, tampoco es cuestión de insistir más sobre ello.

Domingo, 3 de octubre
EL PRIMER JERSEY
Estamos ya en octubre, y probablemente Inma se haya puesto ya el primer jersey tras los largos meses de verano. ¡El primer jersey! ¿Se da usted cuenta? ¿Se ha puesto usted a pensar alguna vez sobre el inmenso encanto que tiene el primer jersey de la temporada? Mis amigos suelen decir que cuando más guapas están las mujeres es en verano, y es comprensible que lo piensen -yo a veces también caigo en la tentación de pensarlo-, pero yo creo que no es así. Cuando más guapas están es cuando se ponen el primer jersey y el pelo suelto les cae por la espalda y cruzan los brazos cuando tienen un poco de frío y tienen la mirada vagamente triste porque el verano se fue y, si uno tiene suerte, acuden a él como un gato que ronronea para que les dé un calor y un cariño que en realidad los necesita uno mucho más que ellas. Y sentir el roce del primer jersey, que huele a ella más que su propia piel y nos otorga su sabor casi con la misma fidelidad con que lo hacen sus labios, es quizá el mejor momento del año, por encima de un aumento de sueldo o haber aprobado un examen importante o comprarse un Audi TT (por ejemplo) o ser elegido director de sucursal o cualquiera de esas memeces. El primer jersey, tejido adensado de las nuevas nubes, es lo único que vale y de lo único que me acuerdo aquí en la isla.

Jueves, 7 de octubre
Diez kilómetros cuadrados de tierra -no más tendrá la isla Inmaculada- le son suficientes al hombre para tener todo lo que necesita, y aún más. Y -¿me atreveré a decirlo?- casi para ser feliz.

Sábado, 9 de octubre
Ahora sí que me voy deshaciendo. Esto se acaba, ¡blanco! -¿se acuerda de aquel primer día?-, el blanco expira, y yo con él.

Jueves, 14 de octubre
Sin escribir, como usted podrá ver. Han sido los cinco días más insoportables desde que estoy en la isla. Por momentos creí morir sin terminar este cuaderno, y el simple hecho de anotar la fecha de hoy me infunde fuerzas renovadas para continuar, si pudiera, dos, tres, cuatro meses más, un año, dos años, tres... ¡Desperdicié demasiado papel! Y ya no hay vuelta de hoja, y nunca mejor dicho.

Lunes, 18 de octubre
Llovió todo el día. Pensé mucho en todos. Empiezo a sentir nostalgia de esta isla.

Viernes, 22 de octubre
Llevo dos días sin comer. No tengo ni fuerzas, ni ganas, ni hambre siquiera.

Lunes, 25 de octubre
Encontré al fondo de la cueva, en un rincón, la lata de foie-gras que logré rescatar junto a este cuaderno, ¿se acuerda? El latón estaba medio oxidado, pero al abrirla me di cuenta de que el paté estaba en perfectas condiciones. Y me lo comí con el dedo, con lentitud y delectación, como si de un ritual por mi propia carne se tratara, saboreando esa grasa que en seguida empezó a formar parte de mí, y me noté engordar apenas un segundo después de haberlo tragado. ¡Lástima que todo acabe ahora, lástima!

Martes, 26 de octubre
Vi un avión, pero ni siquiera grité ni me levanté para que me vieran.

Miércoles, 27 de octubre
Tal día como hoy de hace dos años oficialicé mi enamoramiento. Fue observándola de espaldas, mientras se preparaba un café en la oficina. Llevaba unos vaqueros azul marino muy ceñidos y una rebeca marrón que le quedaba grande, muy grande, tanto que las mangas le cubrían las manos. Y, a pesar de que evidentemente la rebeca no era de su talla, juraría que era exactamente de su talla. La cabellera rubia le caía indolente por la espalda, casi hasta las lumbares, y demoró tanto la preparación de la bebida, lo hizo con tanto cuidado, cariño y comprensión de todo, que de repente fui consciente de que estaba totalmente loco por ella. Luego dio el primer trago, se dio la vuelta hacia donde estaba yo, me miró sonriendo y me dijo: “¿qué miras?”. Yo, claro, no pude responder nada. Absolutamente nada.

Jueves, 28 de octubre
“¿Qué miras?” dijo el mar, con su paisaje de franjas verdes en la costa y azules rayando el horizonte. “Pues miro -le respondí yo- nada más que a ti, miro un sol rojo y cobarde escondiéndose en tu regazo, miro la tranquilidad del aire húmedo y violeta, miro los restos del avión, junto a las rocas, miro las tumbas de mis compañeros caídos, con sus cruces de palo, miro los pájaros recortando sus sombras en el tapiz muriente del cielo, miro la arena, miro la espuma tibia y susurrante que tú depositas en la playa para que me acaricie los pies”.

Viernes, 29 de octubre
Apenas comí una lagartija y bebí un cuenco de agua. Me siento paralizado, como si de repente las fuerzas me hubieran abandonado. Avance hasta el final de este cuaderno -no tardará mucho-, y comprenderá por qué.

Sábado, 30 de octubre
La vena de la tinta del bolígrafo está casi vacía de su sangre azul. Las muertes corren paralelas, siempre.

Viernes, 30 de octubre
Ayer el atardecer fue sospechosamente gris. Si todo va como presiento, hoy será más claro, y mañana más, y pasado más aún, y… Me siento desfallecer. Llevo cuatro días sin moverme de la entrada de la cueva, cuatro días sin ver más paisaje que el de la explanada de la cima de la isla, en cuyo centro yacen los restos agonizantes de la última pira de humo blanco. Tengo que apretar condenadamente el bolígrafo para poder decir lo que estoy diciendo y lo que de ningún modo puedo dejar de decir.

Domingo, 31 de octubre
Tengo fiebre. Escribir me cuesta un esfuerzo sobrehumano. El bolígrafo se me escapa de las manos como una culebrilla. Calambres en los músculos de los antebrazos. Hace frío -el frío está en mi cuerpo- y tengo ganas de vomitar, aun sin haber comido nada en días. Como presentía, ayer el atardecer fue tenebrosamente blanco…

jueves, 15 de septiembre de 2011

LA ISLA (X)



Lunes, 13 de septiembre
Esto es un poco como el moribundo que espera a la muerte postrado en la cama, que sabe que ahí y no en otro lugar dejará de existir. Pero también es lo mismo que lo que le ocurre a cualquier ser humano que viva libre y con salud, porque también él sabe que este planeta -que en el fondo no es demasiado grande- es su lecho de muerte, no ha hecho otra cosa que vivir siempre en el mismo lugar donde morirá. Mi situación no es más que un punto intermedio entre ambos extremos, el del moribundo enfermo del estrecho recinto de su alcoba infecta y el de la Humanidad que se va muriendo en el no menos estrecho planeta Tierra. ¿Qué si no una representación minúscula del mundo es la isla Inmaculada, y yo una metáfora perfecta de la especie humana entera? Quizá esto que estoy diciendo sean delirios de grandeza... o de pequeñez, porque nada envanece tanto como sentirse pequeño y desvalido.

Martes, 14 de septiembre
Sí, es una verdad descorazonadora. Haciendo un cálculo bastante grosero pero creo que ajustado a la realidad, se podría asegurar que el ochenta por ciento de los seres humanos que han existido a lo largo de los milenios nacieron, vivieron y murieron sin haber visto más paisajes, más horizontes, que el que he visto yo en estos más de dos meses como náufrago. Por tanto, mi consideración como hombre extraordinario por el hecho de vivir una aventura se esfuma al instante, porque en realidad soy uno más de entre ese colosal ochenta por ciento cuyos ojos no vieron más allá de diez kilómetros a la redonda. Lo otro, los viajeros o, mejor dicho, los turistas, son un invento tan reciente que, de ese veinte por ciento restante -siendo muy generosos- de toda la humanidad, un quince pertenece a los últimos cien o doscientos años. Generalmente el hombre no se ha movido porque no ha podido, exactamente igual que yo ahora. Y, así, mi insignificancia se exacerba hasta hacerse insoportable, hasta hacerme prácticamente inexistente. Sólo este menguado cuaderno podrá salvarme de no haber existido, y sólo usted tendrá la potestad para devolverme algún día al lugar de donde, podrá creerme, no quiero marcharme, a pesar de todos los pesares.

Jueves, 16 de septiembre
Hoy he visitado el cementerio. ¿Qué otra cosa mejor puedo hacer aquí que honrar la memoria de los que sólo me tienen a mí para visitarlos, para estar con ellos? Porque, en eso estará usted de acuerdo, es mucho más patético y doloroso un muerto solitario y sin sepultura y sin nadie que se acuerde de él -aunque este no sea el caso, pues seguro que sus familias piensan en ellos a cada instante- que un hombre vivo y coleando que no tenga nada más que su soledad -que ya es mucho. Los muertos necesitan mucha más compañía que nosotros, los vivos, aunque en el momento en que escribo estas líneas yo sea para usted y para todos los que me conocen un muerto tan muerto como los habitantes del cementerio. ¿Cómo podré salvar este cuaderno, cómo? Lo importante es que ellos ya descansan en paz, pero no puedo dejar de pensar que si es verdad que tuve la suerte que ellos no tuvieron de sobrevivir al accidente, es muy probable que no tenga la suerte que ellos han tenido de recibir digna sepultura.

Viernes, 17 de septiembre
El avión rasgó la espesura del cielo azulísimo, y a pesar de que volaba tan lejano que no era más que una estrella diurna y móvil, en aquel momento juraría haberlo podido alcanzar con la mano. Grité desaforadamente, creyendo de verdad que podrían escucharme, creyéndome por unos minutos salvado. Y lo celebré como cuando mi Real Madrid gana Ligas o Champions Leagues, corriendo, los brazos en alto, lanzándome en plancha en la arena. ¡Qué estúpido!, pienso ahora. El avión pasó de largo, sin la más ligera idea ni de que yo pudiera estar aquí ni de que hubiera una isla que es sepulcro de veintiocho personas y, dentro de nada, veintinueve.

Sábado, 18 de septiembre
Reflexión al hilo de lo de ayer: se celebra con el mismo ímpetu la propia salvación (aunque después se compruebe que no hay tal salvación) que las victorias de nuestro equipo favorito. Dando por sentado que no son cosas comparables, cabe hacerse la pregunta: ¿quién de los dos está equivocado al celebrar? Pero también podríamos preguntarnos: ¿y si en realidad y en contra de lo que nuestro buen sentido común nos dicta el salvar la propia vida y el que nuestro equipo favorito gane la Champions no sólo son cosas comparables, sino que lo segundo va aún más allá que lo primero? Parecen cuestiones fáciles de responder, pero no lo son, ¿qué piensa usted?

Martes, 21 de septiembre
Tres días sin escribir. Asisto con pavor e impotencia al olvido progresivo de ellos, al emborronamiento de sus rostros, a la distorsión de sus voces, que hasta hace pocos días me sonaban frescas y realísimas en los oídos -como si me susurrasen- y que ahora, no sé por qué, me llegan como las de un aparecido, como si los esqueletos del cementerio se hubieran levantado y vinieran a por mí recriminándome mi buena suerte y su mal enterramiento a cargo de unas manos paganas e inexpertas. Y entonces, en la noche paralizada y funesta de la isla Inmaculada, la piel se me eriza y se me estremece el pecho. Escribo en el interior de la cueva a la luz de la hoguera, y es la madrugada. Apenas puedo respirar, me palpitan las sienes, siento caricias y alientos malolientes en mi nuca, mis miembros están paralizados, y creo que es el miedo. Miedo precisamente a la compañía de esa amiga fiel que nos sigue a todas partes y que no da la cara nada más que en nuestro último momento. Sintiéndola tan cerca, sí, uno a veces tiene la lucidez necesaria para sentir miedo. Y, por favor, créame, esto no son palabras huecas. Parece que en cualquier momento un ejército de figuras flacas va a cruzar el umbral de la cueva y me van a despedazar aquí, vivo, y van a coger este cuaderno que es mi vida y lo van a quemar en una ceremonia donde la muerte sería la única protagonista. Ya nadie lo leería, ya nadie me haría revivir en el pasado que viví -este- y que todos creen que no son ya días que pertenezcan a mi trayectoria vital. No, eso es horrible, horrible. Quiero vivir, quiero haber vivido, pero sus caras, las caras de papá, mamá, Nuria, Inma, se me están olvidando, y sus voces ya no son las que eran, sino un eco lejano como venido de un mundo que ya no es el mío...

Miércoles, 22 de septiembre
Noche horrible, de verdaderos acentos funestos. Al final conseguí dormir, ni siquiera sé cómo, pero el sueño fue indeciso y turbulento. Nada más despertar sentí un impulso irreprimible de bajar a la playa y rezar, rezar mucho tiempo delante de las sepulturas para buscar el perdón de los muertos. Me levanté de un respingo y salí de la cueva. A la entrada, en ese suelo duro de la explanada, había unas pisadas muy desdibujadas que atribuí a unos lagartos. Me fijé un poco en ellas y me di cuenta de que los animales habían recorrido el mismo trayecto en ambas direcciones. No le di más importancia, aunque me llamó la atención el tamaño de los supuestos reptiles, y eché a andar hacia la playa. Según iba descendiendo me apercibí de que en realidad seguía las huellas -o, haciendo un juego literario fácil, ellas me seguían a mí-, y cuando llegué al cementerio se hicieron más profundas y nítidas, sin alterar en ningún momento el esquema de ida y vuelta, hasta que en un punto concreto se ramificaban para dirigirse cada cual a su sepulcro. Y lo que estaba claro es que no eran de lagarto. Vi con terror que las tumbas estaban como removidas, como si sus inquilinos hubieran salido y luego se hubieran enterrado ellos mismos. Había algunas cruces caídas, otras destrozadas, e incluso recogí algunos jirones de ropas raídas. Se me heló la sangre. Ateniéndome al número de pisadas, estaba bien claro que habían sido muchos -al menos diez o doce- los esqueletos que habían salido de sus tumbas y se habían dirigido en procesión hacia mi cueva. Un presentimiento fatal sobrevoló mi cabeza: estaba claro que si a mí no me habían hecho nada no era a mí directamente, a mi cuerpo, lo que buscaban, sino otra cosa. Corriendo regresé a la cueva, presa de un pánico como jamás había sentido. Busqué el cuaderno, que no apareció por ninguna parte. Registré la explanada de la cima de la isla, sin éxito. Los esqueletos habían robado mi cuaderno y a saber lo que habrían hecho con él. Pensé que lo habrían leído todos juntos, y que se habrían reído a carcajada suelta de las cosas que uno escribe acerca de la vida y, sobre todo, acerca de la muerte, esa cosa que ellos ya conocen tan bien; pensé también que alguno se lo habría llevado a la tumba, o que lo habrían roto en mil pedazos y los habrían arrojado al mar, o que, como imaginé anoche, lo habrían quemado en un ritual de purificación. Al fin y al cabo, sabían que destruyendo mi cuaderno me mataban a mí también sin necesidad de mancharse las manos de sangre, que no podría sobrevivir a su desaparición más que unos pocos días, unas pocas horas. Y los imaginé lanzando a la oscuridad de la noche su risa malévola, gozándose de enviarme a su reino, y regresar en cortejo fúnebre pero con un timbre de alegría a las tumbas que yo mismo les proporcioné, con las ropas con las que yo -con mis manos que ya no tendrían donde escribir, donde irse dejando la sangre- les vestí.

Ya sin esperanzas de nada, me senté en la que es la cima de la isla, la roca en forma de yunque que hay en uno de los bordes de la explanada. Me resigné a mirar que pasaran las nubes, a esperar que el sol completara su viaje por la bóveda celeste, a dejar que transcurriera el tiempo necesario para abrazar a la muerte. Pensé en todos ellos, en papá, en mamá, en Nuria, en Inma, y lloré; pero sobre todo pensé en usted -que ya no habría posibilidad de que existiese- y en mi difunto cuaderno, y lloré aún más. Tras un buen rato de lágrima viva y caliente, me quedé aplanado como un bebé, y cerré los ojos. Cuando, un tiempo después que no podría precisar, los abrí, nada más que oscuridad en torno mío, los rescoldos de la hoguera de la noche anterior y, en mis brazos, mi cuaderno de pastas rojas.

Tan terrible pesadilla -que le juro que creí tan real como esto que le escribo- me hizo caer en la certeza de que no era posible, de que jamás serían capaces de robarme mi cuaderno y hacerme morir, de que yo sé que ellos me aman como yo les amo a ellos, y les pido perdón por estar aquí en el lugar donde debían estar ellos. Y en el fondo de mi alma siento que me han perdonado, a pesar de no saber más que el inicio del Padrenuestro, que en esta mañana real he rezado una y otra vez delante de las tumbas intactas. Así que, después de lo de hoy, creo que ya no volveré a tener miedo, y vuelvo a acordarme de cómo sonreían papá, mamá, Nuria e Inma, y de cómo sonaba mi nombre posado en sus labios.

sábado, 10 de septiembre de 2011

LA ISLA (IX)

Jueves, 2 de septiembre
Lo que hace irrepetible a cada segundo es la presencia irrepetible de cada uno de nosotros. Si no existiéramos, los segundos serían todos iguales. Nada cambiaría, incluso cambiando todo. No sé si me estaré explicando, pero como sé que usted es inteligente, sabrá por dónde van los tiros.

Viernes, 3 de septiembre
¿Qué habría pasado con esos pobres primeros organismos vivientes que hace miles de millones de años colmaban los mares primitivos y de los cuáles procedemos nosotros si no los hubiéramos descubierto, inferido, a partir de nuestra inteligencia? Es necesario convencerse de que una vez estuvieron ahí, y que tuvieron una forma, un comportamiento y un ansia de supervivencia idéntico al que tenemos cada uno de nosotros. No conviene despreciarlos, y creo que hemos hecho bien otorgándoles un lugar y un papel en el mundo, aunque ya no existan. Si usted lee esto, -y que usted lo lea será el gran objetivo que tenga antes y después de morir-, estaré seguro de que también me otorgará un lugar y un papel en el mundo, a pesar también de no existir ya.

Domingo, 5 de septiembre
Hace un calor espantoso, terriblemente húmedo. Creo que de nuevo se avecina tormenta, y de las gordas, así que tengo que afanarme en buscar comida y guardarla. Y agua, sobre todo agua. Hay por aquí un árbol de hojas gigantes muy apropiadas para transportarla en grandes cantidades desde la catarata. Mañana me afanaré en todo ello. Presiento que se avecinan días difíciles.

Lunes, 6 de septiembre
Todo salió bien. Me levanté muy temprano, antes del alba, para acumular toda la comida y agua que pudiera. Cacé un buen número de lagartos, lagartijas y alacranes, y, con ayuda de las hojas gigantes, a las que conseguí dar forma de bolsa, traje agua desde la catarata. Creo que para un par de días tengo. Aún no ha llovido, pero está al caer. El cielo está coagulado de nubes, el viento arrecia cada vez con más fuerza y los pájaros de la isla están como alborotados, como si prepararan la huida. En realidad, es la isla entera la que parece querer huir, y yo con ella.

Martes, 7 de septiembre
Ha estado todo el día lloviendo. Desde luego, esto es mucho más que una tormenta. Probablemente sea un tifón, aunque no estoy seguro de si la isla Inmaculada está en zona de tifones. Si no lo está, no andará muy lejos. Desde el interior de la cueva, de donde no he salido desde ayer por la mañana, se oye el incesante y furioso chorreo de la lluvia. Y, sobre todo, lo que hiela la sangre es el ulular del viento, algo así como si todos los fantasmas atormentados de la historia hubieran salido en procesión. La cueva está oscura, muy oscura, y ni no fuera por el pequeño fuego que he logrado encender (no es fácil con el nivel de humedad que hay aquí) no habría podido escribir estas líneas, ni habría podido estar medianamente tranquilo, sintiendo cómo corrían las arañas por mi cuerpo, oyendo el deslizarse de las culebras y el leve gruñido de los alacranes antes de atacar. Tampoco podría haber pensado como he pensado, con alegría y una sonrisa en la boca, en mi familia, en mis amigos, en Inma y en el cielo de Madrid. Ni en las amapolas de mayo del descampado de enfrente de mi casa, ni en mi querida Cava Baja. Ni en usted, claro, porque en esta hora de mi vida es quien tengo más presente.

Miércoles, 8 de septiembre
No logré dormirme hasta muy avanzada la noche. Al despertar, con el alba, noté algo muy extraño. Al principio no sabía lo que era, me encontraba cansado y desorientado. Tras unos minutos de discernimiento, caí en la cuenta de que ese elemento tan extraño no era otra cosa que el silencio. Un silencio muy cercano al absoluto, tanto, que tuve que emitir un sonido -“a”- para cerciorarme de que no me había quedado sordo. Es lo mismo que cuando uno se despierta en medio de una oscuridad completa y por unos instantes piensa que se ha quedado ciego. Ese “a” me tranquilizó, y me dirigí a la salida de la cueva. Al fondo se veía una claridad mentolada, y, cuando salí, tuve que cerrar los ojos, deslumbrado por la claridad. El sol volvía a brillar y el cielo lucía tan limpio y luminoso como en los mejores días del invierno de Madrid. La tormenta, o tifón, o lo que fuera, había pasado, y en torno mío no había más que árboles tumbados. Parecía el escenario de una matanza vegetal. Algunos pájaros, milagrosos supervivientes, parecían afanados en reconstruir sus vidas tras la tragedia. Y, dentro de nada, la vida volverá como si nada a la isla Inmaculada. Eso es una de esas cosas que se sienten.

Jueves, 9 de septiembre
He vuelto a preparar una pira para hacer humo, a ver si tengo suerte. Luego he bajado a la playa -que está irreconocible, tapizada por un bosque de ramajes muertos-, a otear el horizonte. Nada. A veces me da la sensación de vivir en un universo paralelo, o en el interior de un cascarón, o haber viajado en el tiempo hasta una época remota, cuando el ser humano aún no existía. Pero no, eso es demasiado fantasioso, demasiado novelesco, y esta isla, como ya le he dicho alguna vez, es más real, sin duda mucho más real e inmediata que todo lo que he vivido hasta ahora. En más de dos meses no he visto ni siquiera un avión lejano, una sola señal de humanidad. El “a” que emití ayer es lo más humano -junto con la muerte- que ha acaecido en esta isla. Hasta ahora no he pensado mucho en los que murieron en el accidente y que están podridos y descarnados, unos en el fondo del mar, otros en el asiento que les tocó, otros esparcidos en las rocas. Es duro pensar que la isla Inmaculada es un inmenso depósito de cadáveres a los que dentro de no mucho se unirá uno más. Usted sabe tan bien como yo lo que me queda.

Viernes, 10 de septiembre
Creo que ha sido el día más duro de mi vida, pero también el que ha dejado un depósito mayor de paz. Anoche, desde que dejé de escribir, no cesó de torturarme la idea de que mis compañeros de vuelo yacieran desperdigados, sin sepultura, al amparo de los elementos. Así es que esta mañana, después de desayunar un par de arañas, he bajado a la playa y me he dedicado a buscar los cuerpos. No ha sido tarea fácil, y desde luego que no he podido recuperarlos todos. El avión está partido en tres grandes trozos y, visto desde la playa, semeja una sirena varada que en medio de una tormenta no pudo llegar viva a la costa. El fuselaje está ya oxidado. Logré rescatar veintiocho cuerpos, veinticuatro correspondientes al pasaje, dos azafatas y los dos pilotos, que pude sacar de la cabina no sin grandes esfuerzos, pues el morro del avión se hallaba embutido en unas rocas afiladas. De diecinueve he podido averiguar el nombre e incluso algunos datos de sus vidas, y ver a sus familias en las fotos, otorgarles una profesión, un jirón de pasado. De los nueve restantes, me ha sido imposible. He empleado todo el día en enterrarlos por separado, en la misma playa donde desperté yo aquel 22 de junio y viví hasta que la tormenta destruyó mi refugio. Por un lado están los identificados, y por otro los sin nombre, pero todos con su respectiva cruz, que he podido fabricar con ramas secas, y un manojo de las plantas más hermosas que he encontrado por aquí. Al atardecer he rezado un responso por todos ellos, y durante un buen rato me he quedado sentado junto a la playa, ya tranquilizado y en paz, junto al cementerio improvisado, con las olas lamiéndome los pies, solamente lamentando no haber podido enterrar como merecen a los que viajaron conmigo y que no tuvieron tanta suerte como yo de dejar testimonio, el testimonio que usted está leyendo.

PD: he enterrado los cadáveres con la ropa que llevaban y su documentación, a fin de que, si alguna vez dan con esta isla y si, como sería lo normal, los familiares quisieran repatriar los cuerpos, se sepa quién es cada cual. Lo siento una vez más por no haber podido identificarlos a todos, pero confío en que con las tecnologías que hay pueda conseguirse, y lo siento también si alguno de los enterrados no es cristiano, pero creo que sus familiares comprenderán que ante la muerte todos somos lo mismo y que hasta que den con ellos mejor será que descansen bajo el abrigo de una cruz que no zarandeados por los vientos y las mareas. Por mi parte, desearía ser enterrado en la playa y junto a los cadáveres que quedaran, si los hubiere, y si no, solo. Y que sepa usted y papá y mamá que sobre esto no hay duda ni vuelta de hoja. Gracias.

Sábado, 11 de septiembre
Después del inmenso funeral de ayer, en el que oficié a la vez de sacerdote, padre, madre, hermano, hijo, amigo, amante, sepulturero, plañidero y mirón, es como si la muerte se hubiera hecho carne en mí, como si hubiera tomado conciencia plena de ella, y no sólo de la mía -que poco importante es y bien presente la tengo desde hace mucho tiempo- sino de su concepto y su presencia en el mundo, que los que vivimos inmersos en la vorágine de la civilización no llegamos a asimilar. Y le aseguro a usted que me siento con una tranquilidad de ánimo como nunca había experimentado, como si no hubiera final de nada, sino principio de todo; más exactamente, como si siempre estuviésemos viviendo el final de nada o como si la nada fuera el principio de todo. El cuaderno, amarilleado y ajado ya por las inclemencias, adelgaza por momentos y prefiero ni mirar lo que le queda ya. Le juro, y bien que me enorgullezco de ello, que en todo este tiempo no he contado ni una sola vez las hojas en blanco que quedan por llenar. ¿Se imagina? ¡Qué angustia! Ir contando las hojas que le quedan a uno de vida, como una espera después de la cual es posible que no haya nada, no creo que haya tortura mayor...

jueves, 8 de septiembre de 2011

LA ISLA (VIII)

Jueves, 19 de agosto
El verano no avanza. Más bien retrocede. Tampoco se estanca, sólo retrocede. Y ni siquiera es verano.

Viernes, 20 de agosto
Decir agosto aquí es perfectamente absurdo. Pero hay que decirlo.

Martes, 24 de agosto
Y las hojas siguen pasando, pero también los días. ¿Será posible que queden rincones en el mundo inexplorados? ¿Será posible que, casi dos meses después del accidente, nadie haya encontrado los restos del avión? ¿Será posible que realmente vaya a morir en esta isla desangrado por la tinta que derramo en este cuaderno? Me pregunto con cierto placer -y cierta vanidad, por qué no decirlo- qué estarán diciendo en los medios de todo el mundo acerca de la desaparición de un vuelo del que no ha quedado ningún superviviente. “El vuelo salió de Barajas el día 22 de junio a las ocho de la mañana y debía llegar a X a las cinco de la tarde, pero sobre las tres se perdió su pista y nada se ha vuelto a saber de él. Se cree que los restos del avión pueden estar en el fondo del océano, por lo que las posibilidades de encontrar supervivientes son nulas. Todos sus ocupantes han muerto”. Me regocijo en la palabra todos. Nadie sabe que yo estoy aquí, pensando en todos aquellos que me creen muerto. A buen seguro que si ellos lo supieran sentirían un escalofrío. ¡Un muerto pensando en ellos! ¡Qué disparate!

Miércoles, 25 de agosto
El último hombre sobre la tierra. Ese día llegará. ¿Y qué sentirá ese hombre, siendo consciente de que realmente es el último? “Si estoy solo, no estoy”, dijo Blanchot, citado por Vila-Matas. Me parece una frase muy acertada que refleja a la perfección el sentimiento del último ser humano. Porque, aunque lo escribiera como yo estoy haciendo ahora, nadie quedaría para leerlo. Ese cuaderno o ese soporte informático quedarían a merced de los elementos y se desintegrarían en pocas décadas, descartando que una hipotética civilización inteligente que llegara a una Tierra deshabitada lo encontrara y lo descifrara. En cualquier caso, ya no sería un ser humano el que lo leyere. Pensándolo bien, es exactamente la misma situación que la mía. Nada me garantiza que este cuaderno sea alguna vez encontrado. Y ello es lo que realmente me angustia. Morir sin que nadie sepa que uno ha muerto ni, sobre todo, cómo ha muerto, cómo ha ido muriendo, no ser enterrado, no ser despedido en condiciones, deshacerse en el tejido del universo como se deshará esta isla, o la lagartija que tengo ante mí y que corre a esconderse debajo de una piedra, o como las moléculas de aire que respiramos. A partir de ahora se me presenta el mayor de los retos que he tenido nunca: procurar las condiciones ideales para que este cuaderno llegue a las manos de alguien, a las manos de usted. ¿Cómo hacerlo? ¿Dónde dejarlo de manera que alguien lo pueda encontrar? ¿Cómo preservarlo de la lluvia, del viento, de la humedad? Y, sobre todo, ¿cómo preservarlo del paso del tiempo tras mi muerte? ¿Tendré fuerzas suficientes antes de morir para emplearme con todo rigor en ello? Qué difícil, Dios mío, qué difícil...

Viernes, 27 de agosto
Releo lo escrito los últimos días y me doy cuenta con pavor de que el tono se ha ido haciendo más dramático. Y no hay motivo. No paso hambre, mi organismo hace mucho que se hizo al clima de la isla, el tiempo es fantástico, me he acostumbrado a la presencia de las arañas, los lagartos y las culebras y no veo que mi vida corra peligro. En realidad, creo que podría vivir en esta isla indefinidamente. Físicamente estoy perfecto, quizá más fuerte que nunca, pero es mentalmente donde empiezo a vislumbrar las primeras fallas. La rutina aquí se ha hecho tan exacta y repetitiva como lo era en Madrid, sólo que, lógicamente, con actividades distintas. Pensándolo un poco, no cambia nada. Uno lucha por procurarse una vida lo más cómoda posible de igual manera en la isla Inmaculada que en Madrid o Nueva York o Bagdad, eso es algo que nunca cambia. Los resortes de nuestras vidas son los mismos, sin importar el espacio geográfico ni la situación en que nos hallemos ni la posición que ocupemos. Lo único que cambia es el cómo, no el qué. Uno se repite aquí como se ha repetido durante toda su vida, con los mismos anhelos e incertidumbres. Uno, en verdad, adivina una existencia más fácil aquí que metido de lleno en la colmena zumbadora de nuestra civilización. Se acabó, no quiero hablar más sobre ello. Los intelectuales se partirían de risa con estas filosofías de andar por casa -o de andar por arenas, riscos y selvas, mejor dicho. Pero antes, una idea de relato por si usted quiere desarrollarla: ¿Qué pasaría si los científicos descubren que el Sol ha comenzado ya su crecimiento hacia la fase de Gigante Roja y que, sin género de duda, ese crecimiento ocurrirá y se completará en unas pocas décadas o unos pocos años?

Sábado, 28 de agosto
Lo repito una vez más: qué absurda se me representa toda mi vida anterior, pese a todo lo que hice, pese a la actividad en que me hallaba sumido, y qué llena de sentido se aparece la existencia en la contemplación pasiva y muriente en la isla Inmaculada. Aquí, contra lo que usted pueda creer, no hay nada que uno deba perderse. Desde la salida del sol hasta el acento de los pájaros, pasando por el arrullo del mar, el ulular del viento, la textura del cielo, la fragancia húmeda de las plantas, el sabor salino de mi piel, la dureza de las rocas, el silencio estremecedor del interior de mi cueva, el zascandileo de los mosquitos y las arañas y el matiz del color del mar, todo cobra un significado basado precisamente en la ausencia de significado. Todo se explica sin necesidad de ser explicado, no sé si me entiende.

Domingo, 29 de agosto
Dos meses. Ayer escribí acerca de la ausencia de significado de todo lo que me rodea. Bien, lo único que lo dota de significado es este cuaderno y escribir en él, pero al darle significado, lo pierde en ese mismo instante. Intentar dar sentido a esta situación, a esta isla, a mí mismo, no es más que quitárselo por completo.

Lunes, 30 de agosto
CONCIENCIA DE LA LLUVIA

He pasado un día delicioso, oyendo llover desde el interior de mi cueva, sentado en la oscuridad, con el mentón apoyado en una mano, reflexionando sobre esa lluvia de la que sólo me llegaba su sonido. Para mí sólo existía esa lluvia o, mejor dicho, su traqueteo interminable, monótono e intranquilizador. Y desasosegante. Pero a la vez me infundía una tranquilidad de ánimo, una conciencia fatal de los días perdidos, una certeza de la vida pasada, que me sumió en un rincón muy pequeño y muy oscuro de mí mismo y que, a pesar de su pequeñez y oscuridad, era todo mi ser. Y no solamente mi ser, sino algo más. Ese rincón inmenso era la lluvia, y todo lo que a partir de ella se expandía en el infinito como un efluvio enroscado y delirante. De la lluvia, del sonido de la lluvia, me llegaba algo así como una letanía de conciencia profunda, que no requería de pensamiento ni de esfuerzo alguno de la voluntad. Recordé con asombrosa precisión de detalles una tarde de domingo de cuando tenía doce años, quizá la más amarga de mi vida. Aquel día esperaba con ansia a que llegara la hora de jugar al fútbol con mis amigos, como hacíamos cada domingo. El día estaba hermoso, hasta que a la hora de la siesta asomaron sus hocicos unas nubes muy negras y muy densas. Habíamos quedado a las cinco, y durante dos horas no me aparté de la ventana, viendo cómo las nubes invadían lenta e inexorablemente el barrio. Como no descargaban, tenía esperanza de que esas nubes pasaran y nos dejaran jugar. Creo que nunca he estado tan nervioso como aquella vez, puede usted creerme. Pero el enemigo era demasiado poderoso. No habían golpeado cuatro gotas en el cristal de la ventana cuando sonó el teléfono. Lo cogió mi madre: “hijo, es para ti, es Jorge”. Llorando, pero sin que ella me viera, respondí: “dile que no me puedo poner”. No tenía fuerzas para escuchar lo que Jorge quería decirme. Y aquella tarde me quedé en casa, junto a la ventana, viendo llover -empapándome de la conciencia de la lluvia-, hasta que anocheció.

domingo, 4 de septiembre de 2011

LA ISLA (VII)

Sábado, 14 de agosto
LA VOZ HUMANA CUANDO NO SUENA

¿Me habré quedado sin voz? Hoy me he dado cuenta de que llevo un mes sin abrir la boca. Mis deseos de comunicación se ven colmados en este diario. Es posible que, si no completamente apagada, sí mi voz suene distorsionada, flaca, cavernosa. Hasta me da miedo comprobarlo. Sería facilísimo, sólo tengo que decir algo. Pero qué difícil es decir algo cuando nadie puede oírte. Si acaso, puede uno gritar, gritar desaforadamente como cuando uno de los primeros días gritaba la palabra foie-gras, pero no hablar con normalidad. De eso soy incapaz. Si un día hago la prueba y encuentro la forma de expresarlo -que presumo que no será fácil-, ya le contaré cómo suena la voz humana cuando no suena.

Domingo, 15 de agosto
Hoy es la Paloma. Fue hace dos años. Me pongo a recordar como quien ve una película o lee un libro. No puedo hacer otra cosa. La carrera de San Francisco olía a algodón de azúcar, a garrapiñada, a vino callejero, a panceta y salchicha, a melón, a piel de verano, a puesta de sol. La plaza de Puerta de Moros crepitaba con los primeros delirios nocturnos, volaban las risas, danzaban las sonrisas y las terrazas del Humilladero y los Carros lanzaban a los aires su confuso pregón. Recuerdo el cielo, de un azul postrero e íntimo. Recuerdo las recién nacidas luces de las farolas, y el ruido de fondo de la verbena, y a los niños correteando alrededor de mí, y, en medio de un aroma de felicidad, mirar hacia la cúpula de San Francisco el Grande, que ardía en el crepúsculo recortándose como un ninot castizo y muriente. Las piedras medievales de ese rincón de Madrid participaban de la fiesta. El junio anterior habíamos terminado la carrera, y desde entonces, desde la borrachera inmediatamente posterior al magno evento, los compañeros de clase que habíamos estado juntos desde el primer curso, el núcleo duro, no nos habíamos vuelto a reunir. Aquel encuentro improvisado, en pleno agosto, sonaba a fin de una época de nuestras vidas; sonaba, olía, se veía, se sentía en los comentarios, en las voces, en las sonrisas dislocadas, en esa actitud de ponernos el brazo por el hombro y decirnos cosas graciosas al oído. “La próxima vez, la próxima vez”, no cesábamos de repetir. Pero cuanto más lo repetíamos, menos convencidos estábamos de que hubiera una próxima vez, o al menos una próxima vez como aquella y como las de los cinco años anteriores. Todos sabíamos que no había vuelta de hoja y que tocaba mirar hacia el futuro profesional, hacia el futuro verdadero. Cada cual por su cuenta, el tiempo actuando de separador y decantador de recuerdos y amistades, un novio por aquí, una novia por allá, algunos ahorros, uno a Barcelona, otro a Dublín, los más en Madrid, pero en barrios desconocidos, alejados del calor de nuestra juventud. Y se acabó, y empieza otra cosa. Todo eso lo sabíamos, y quizá por ello aquella fiesta de la Paloma, tan infantil, tan ingenua, tan castiza, nos supo mejor que nunca.

Irene había comprado un algodón de azúcar, que apenas probaba. En realidad, no sabía muy bien por qué lo había comprado, quizá nada más que por entreverarse en el entorno. Yo la miraba continuamente, sin que ella se diera cuenta. El ambiente estaba adobado con su presencia. Le dije muchas tonterías, comentarios que yo creía ingeniosos y que no pasaban de ser una despedida un poco tragicómica. Álex, por el contrario, era más incisivo en su dialéctica, parecía llegarle más. Indudablemente me había cogido ventaja, no solamente en aquel momento, sino durante todo el curso anterior. Incluso me llegaron rumores de que estaban liados, pero yo jamás los di pábulo. Estaba convencido de que sólo tonteaban, claro que ya era mucho más de lo que hacía yo. Aquel día de la Paloma se dirimía el combate final, eso lo sabíamos tanto Álex como yo. Irene, ajena a este juego, parecía disfrutar con que nos despedazáramos con cada mirada, con cada palabra, con cada gesto. No sé cómo, hubo un momento en que Irene y yo nos separamos del grupo y entablamos un germen de conversación interesante, de esas que se dan muy de vez en cuando. Álex, que se creía vencedor, no dejaba de mirarnos con los ojos encendidos. No sé cómo llegamos a hablar de los sumerios y los acadios, y tampoco sé cómo, de ahí, la conversación derivó hacia una disyuntiva entre la sensibilidad y la dureza de carácter. Ella parecía abogar por los sensibles y sentimentales y yo, nada más que por llevarla la contraria -lo creía fundamental para iniciar el juego-, defendí al ser robótico de voluntad inquebrantable. Habíamos cambiado los papeles, defendiendo cada uno todo lo contrario que en lo íntimo defendíamos. Ella defendía mi intimidad y yo la suya, ¡qué cosas!, ¿verdad usted? Y, conscientes ambos de que estábamos representando un papel que nada tenía que ver con la realidad de nosotros mismos, decidimos desgajarnos también de la realidad que nos rodeaba y, casi sin avisar, dijimos a los demás que ahora vendríamos, que Irene tenía que comprar no sé qué cosa en una tienda de chinos y que yo la acompañaba. Álex me miraba con el semblante tranquilo, pero en los ojos se notaba el fuego de su interior. Echamos a andar por la calle Tabernillas, muy lentamente, demorando el momento. Estas son las estampas que, aquí en la isla, duele recordar. Ella vestía uno de esos pantalones vaqueros ceñidos que dejan el muslo al aire y un top azul. Estaba bronceadísima y yo, en aquella situación, más tranquilo de lo que nunca llegara a pensar. Compró lo que tenía que comprar en la misma calle Tabernillas, en la confluencia con la del Águila, y salió de la tienda. Debíamos regresar a la carrera de San Francisco y buscar a los demás, pero ninguno de los dos parecíamos tener prisa. Parecía que en cuanto viéramos un lugar propicio -un banco, un poyete, un bordillo más alto de lo normal-, nos sentaríamos y allí ocurriría todo. Y en ello, en buscar ese rincón que sirviera de descanso para las piernas y de yesca para nuestro fuego aún no encendido, nos concentramos tácitamente, mirando a todas partes. Pero entre la calle Tabernillas y la carrera de San Francisco no hay lugar para el amor, y allá a lo lejos, entre el nudo de la verbena, divisamos al grupo, aunque ambos hicimos como que no lo habíamos visto. Fueron ellos los que, fatalmente, nos vieron a nosotros. Y ahí acabó todo. El resto de la noche fue un disparate por mi parte. La oportunidad había quedado atrás, en el breve trayecto desde la calle Tabernillas hasta la carrera de San Francisco. La conversación sobre los sumerios y los acadios, el hombre sentimental y el hombre fuerte, quedó varada como uno de esos barcos oxidados del mar Caspio que una vez vi en un reportaje de El País Semanal. La última visión que recuerdo es la de Álex e Irene caminando juntos hacia San Francisco el Grande, en cuyos alrededores él tenía aparcado su coche, rodeados de los retales de una noche de verbena.

Lunes, 16 de agosto
Casi cuatro hojas gasté antes de ayer en contarle a usted un suceso diminuto de mi vida, que poco ha tenido de importante para mi devenir en el sentido de que nada de aquello repercutió posteriormente y que, pensándolo bien, ni siquiera es suceso, porque nada sucedió. Pero tenía que contarlo. Aquí en la isla, uno mira hacia atrás y ve la película de su propia vida y se da cuenta de cosas de las que jamás se percató mientras las estaba viviendo. Por ejemplo, hasta que se lo conté a usted ayer no me había dado cuenta de que un detalle tan nimio como que desde la calle Tabernillas hasta la carrera de San Francisco no hubiera un solo lugar apto para sentarse fue lo que desbarató mis opciones, que eran reales -¡crea la palabra de un hombre honrado!-, con Irene. Tampoco sé si Álex y ella hicieron algo, porque a ellos dos no los he vuelto a ver. A algunos de los demás, sí, pero a ellos no. ¿Será casualidad o que, en efecto y como usted muy bien estará pensando, han juntado sus destinos como dos ríos que se encuentran, completamente alejados del mío? ¡Vaya usted a saber! El caso es que, viendo la fecha, me vi obligado a recordarlo y, sin nada mejor que hacer, a contárselo a usted. Espero sabrá disculpar que no le cuente cosas de más sustancia referentes a mi vida aquí, pero es que tampoco hay mucho que contar, aunque me complaceré si usted halla algo de entretenimiento en estos episodios personales de alguien que tiene los días contados. Grave pecado es la nostalgia y, por lo que se ve, sepulcro de hombres de acción.

Martes, 17 de agosto
El cuaderno adelgaza por días, igual que yo. Habrá que apretar la letra, pero eso sería hacer trampas. Creo que he dicho demasiadas cosas, y sin embargo no he dicho nada. Me parece que estará usted de acuerdo.

Miércoles, 18 de agosto

Escapando del casero y de algo más -quizá de todo, quizá de nada-, he llegado aquí. Gastando un dinero que no tenía, cogí un avión que se estrelló y del que soy el único superviviente. Iba a un lugar que era de paso, bisagra para una nueva vida, y me encuentro con un paisaje completamente desconocido y que será mi última patria. En fin, las cosas han sucedido así y no hay más que hablar. Pero a veces pienso en la teoría de las múltiples historias de Friedmann. Si, efectivamente, cada uno de nosotros está viviendo a la vez un número infinito de vidas, no puede uno menos que preguntarse qué es lo que hace que estemos viviendo precisamente esta vida, esta historia, y no otra. Claro que lo mismo se preguntarán muchos otros yos que estén viviendo en este mismo momento el resto de historias. Uno de ellos, por ejemplo, se habrá casado con Inma y tendrá un buen puesto en una gran empresa de construcción. Pero se trata de una de las más plausibles, una de las más cercanas al yo que estoy viviendo y sintiendo, que me ha tocado vivir y sentir, porque al fin y al cabo yo conozco a Inma y soy ingeniero de Obras Públicas. Quizá otro yo sea Presidente del Gobierno, o jugador del Real Madrid, o escritor famoso, o ferretero, o mendigo. Otro habrá cogido otro avión y habrá llegado a su destino, y allí se habrá suicidado, quién sabe. En realidad muchos de mis yos alternativos (alternativos sólo para este yo que está escribiendo) han dejado de existir. O quizá haya un yo tan alejado de este yo que conozco que haya dejado de ser yo para ser una persona completamente distinta. Y todos a la vez, todos revueltos en este magma inextricable que es la existencia. No sé, a lo mejor son maneras que tienen los científicos de complicar las cosas.

Imagen de cabecera: LA VERBENA DE LA PALOMA.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LA ISLA (VI)

Viernes, 6 de agosto
Es curioso. En todo el tiempo que llevo aquí me ha dado tiempo a pensar muchas cosas. Y, en esta isla, pensar quiere decir recordar. A todas horas pienso en mi vida pasada, en los sucesos mínimos cotidianos que apenas valoro pero que, vistos desde la distancia, se magnifican hasta alcanzar el grado de obsesión. Durante este mes y una semana como náufrago, se ha ido produciendo en mí una decantación de los recuerdos, una selección que ha ido eliminando, sin razón alguna, ciertos elementos de mi vida y sedimentando otros, también sin ninguna causa aparente. Pongamos unos ejemplos. Apenas me acuerdo de los asuntos laborales, que tan preocupado me tenían en Madrid, ni de Jacinto, ni de que a fin de mes iba a venir el casero para reclamarme el pago de los dos últimos meses del alquiler, ni de ese ruido tan extraño que hacía el coche y que en breve me iba a obligar a llevarlo al taller, con el importante desembolso consiguiente; no me acuerdo de casi nada de lo que tanto me atribulaba mientras lo estaba viviendo, aquello que conformaba el núcleo de mis esfuerzos. Los primeros días en la isla Inmaculada sí, sí que esos asuntos ocupaban un nada despreciable espacio mental, quizá por la inercia de “preocupación” que traía por todo ello. Pasado el tiempo, lo importante ha dejado de interesarme, ha ido liberando espacio en la memoria para dejar lugar a aquello en lo que apenas reparaba y que, ahora, ocupa casi todo ese espacio. Me refiero, por ejemplo, a mi trayecto matutino en metro de casa al trabajo. Pienso muchísimo en esa media hora corta, que era para mí sumamente placentera, a pesar de las aglomeraciones, a pesar de la competitividad que reina incluso para sentarse en un sitio libre, a pesar del calor del interior de los vagones, a pesar de los empujones y los malos olores. A pesar de todo ello, me gustaba. Sobre todo porque, ya se lo dije en otra ocasión, veo siempre las mismas caras. Y ellos me ven a mí, claro, y me reconocen, como yo les reconozco a ellos. Y entonces siento tal hermandad de sentimientos que, aunque sólo sea por unos segundos, los quiero. Sí, sí, como lee, los llego a querer. A pesar de que nunca nos saludamos, esto también lo dije, e incluso es posible que, de saludarnos, se rompiera el encanto. Es verdad: los llego a sentir como algo mío, tan mío como mi familia, mi trabajo, mi casa, mi coche, mis libros favoritos o mi balón de fútbol. Puede parecer absurdo, pero estoy por asegurar que el trayecto en metro al trabajo era lo mejor del día. ¡Qué cosas!, ¿verdad usted?

Domingo, 8 de agosto
Tormenta terrible, esta vez por la tarde. El refugio ha quedado muy dañado y tocará reconstruirlo como se pueda. No sé si seré capaz, me parece increíble siquiera haberlo podido construir y que haya aguantado tanto. ¿Cómo demonios lo hice? Lo peor es que la tormenta se repita hoy, entonces sí que no sé lo que haré.

Lunes, 9 de agosto
Es imposible. Ha vuelto a llover, y a tronar, y el viento ha soplado con mucha más fuerza que ayer. El refugio ha quedado completamente inhabitable y sin posibilidad ninguna de ser reconstruido. Tendré que cambiar de ubicación. Será la tercera vez en mi vida que cambie de casa. La primera fue al irme de alquilado y la segunda cuando llegué aquí. Pero no pienso construir nada, es una labor que supera mis fuerzas. Mañana a primera hora me pondré a buscar una cueva. Es imposible que no haya. Una cueva, una cueva es lo que necesito. Logré salvar el cuaderno -como usted habrá deducido- y mi lata de foie-gras. Dentro de todo, la Fortuna se está portando bastante bien conmigo. Y eso es precisamente lo que me escama, porque tarde o temprano esa balanza, que está a mi favor, tendrá que igualarse, y no quiero ni pensar de qué manera lo hará. Espero que la desgracia que me toque no sea irremediable, y se me sigan otorgando oportunidades. Siento que mis ánimos desfallecen, por primera vez me veo despeñado por el barranco del pesimismo y la tristeza. Me va a perdonar usted que por hoy deje de escribir. No puedo seguir.

Martes, 10 de agosto
Atardece. Pasé la noche al raso, junto a la playa. Fue una noche plácida, tibia, cuajada de estrellas. Su lejano y extemporáneo brillo y la claridad lechosa de la luna me han mantenido en vela durante muchas horas. Mirando la luna, me acordaba de aquel verso de José Hierro: “pandereta de siglos para dormir al hombre”. Y, pensando en ese verso, que decía para mi coleto una y otra vez como si de una letanía se tratara, me era imposible dormir. Pero ha merecido la pena. Al alba me he despertado y, tras desayunar algún pez que me quedaba en la despensa -llamo despensa a un agujero que cavé en la arena-, me he puesto en movimiento para buscar un nuevo refugio. Decidí seguir el curso de un arroyo que desemboca en el mar. El trayecto no era accidentado, aunque sí exigente físicamente, pues picaba hacia arriba. Atravesé una zona de selva en la que preferí no internarme por creer que no hallaría lo que buscaba, así que continué ascendiendo junto al arroyo. Poco a poco el paisaje se fue haciendo menos vegetal y más rocoso. Llegué al nacimiento del arroyo, una preciosa catarata en forma de cola de caballo con un agua fresca revitalizadora. Tenía dos opciones: seguir por la izquierda o por la derecha. Como ninguna de las dos ofrecía a simple vista mayores oportunidades que la otra, opté por seguir mi instinto, así que proseguí por la de la derecha. Caminé junto a un escarpe, que quedaba a mi izquierda. Poco a poco la vegetación se fue adensando y el camino, oscureciendo. Pensé que me estaba equivocando, que debía volver sobre mis pasos, llegar a la catarata y tomar el camino de la izquierda. Pero proseguí, a pesar de que era consciente de que me estaba alejando demasiado de la playa, donde tengo comida fácil y segura. No quiero dar cuenta de los animalejos que me topé, porque me estremezco. Claro que, pensé, podían ser comida. Aquí, créame usted, hay que tenerlo todo en cuenta. Lo del agua, con la catarata, estaba solucionado. Para no perderme, decidí ir marcando mi camino colocando piedras en el suelo en forma de flecha y, por si acaso, arrancando ramas de los árboles. Siempre subiendo, doblé un recodo del camino junto al escarpe y continué por una senda apenas dibujada, pero muy evocadora, como de cuento. Cuál sería mi sorpresa cuando, terminada la senda -por llamarla de alguna manera-, llegué a un claro en la selva, que no era otra cosa que el lugar más alto de la isla. Y, sobre una enorme piedra en forma de yunque, se divisaba la playa, en forma de arco, y la densa verdura, y el mar infinito, que se iba oscureciendo por franjas hasta, desde el azul turquesa de la orilla, hacerse casi negro en la raya del horizonte. Y, casi casi, podía percibirse la curvatura de la Tierra. Pero esto son cosas mías. Increíblemente, encontré lo que buscaba: una cueva. Como hecha de encargo, además, profunda, amplia y, por lo que parece, libre de inquilinos. Se hace difícil pensar que en una isla tan pequeña pueda haber animales grandes, y menos aún depredadores. Instalado, regresé a la catarata, bebí agua y logré cazar algunas lagartijas y un par de arañas. Escribo estas líneas a la entrada de la cueva, mi nuevo hogar; el que será mi hogar hasta el fin de mis días.

Jueves, 12 de agosto
La verdad es que me encuentro más cómodo aquí que en la playa. Hace algo más de frío, sí, pero a cambio la humedad es menor. Es un clima más madrileño, digámoslo así. Eso sí, la comida, además de peor, más asquerosa -culebras, lagartos, arañas-, más difícil de tragar, es menos abundante y más difícil de conseguir. Váyase lo uno por lo otro. Si la cosa se pone fea, siempre puedo regresar a la playa y pescar algunos peces. Me parece asombroso que, en realidad, tengo absolutamente todo lo que necesito, y que ahora mismo estoy ocioso. Sería el momento de ver una película, o leer un libro, o mucho mejor, quedar con Inma para dar una vuelta por el centro, tomarnos unos vinos y unas tapas, reírnos con los vapores del alcohol, hablar sobre todo y sobre nada, hacernos cosquillas mientras caminamos por la calle del Nuncio, o por la Costanilla de San Pedro, o por la plaza de la Paja, o por la calle de Moratín, y despedirnos en la plaza de Tirso de Molina como dos adolescentes, sin atrevernos a besarnos. “¿Qué hago, Dios mío? ¿La beso o no la beso?” Sí, veo claro en la soledad de esta isla que eso y sólo eso es lo realmente difícil de saber en esta vida: cuándo demonios debe besar uno a una chica. Porque está claro que debe hacerlo, pero precisamente por eso se paraliza, le atenaza la responsabilidad, la posibilidad de fracaso a la vuelta de la esquina. Irse a casa sin besarla no entraba dentro de las posibilidades, pero está a punto de suceder. Y entonces aparece la urgencia, y se queda uno callado, mirándola mientras sonríe, con una indefinible cara de estúpido. Y estira la conversación hasta extremos intolerablemente absurdos. Y ella le mira a uno, callada, soltando monosílabos porque espera otra cosa, aquello que tú también esperas pero que te sientes incapaz de ofrecer. Y a cambio de ello no ofreces más que palabras vanas, algún silencio descorazonador y, sobre todo, la sonrisa de siempre, la sonrisa del que siempre pierde y se ha acostumbrado, la sonrisa del que se complace en su derrota. No, no, eso no puede repetirse, pero cuanto más quieres, menos puedes, y…

Sí, probablemente es lo que ocurriera de quedar con Inma. Claro que sería precioso…

martes, 30 de agosto de 2011

LA ISLA (V)

Sábado, 24 de julio
¡El mar, el mar! ¡La respuesta está en el mar! Esta mañana, tras una mala noche y no pudiendo aguantar más, he salido en busca de agua y comida. Los primeros pasos, apoyado casi exclusivamente en la pierna derecha, han sido terribles, y el recorrido hasta la playa, un suplicio mayor que cuando caminaba hacia el colegio. Pero cuando he llegado al mar y he flotado y he nadado un poco, ha sido como renacer. Nadando el tobillo no me duele, y en el mar hay comida de sobra. En una mañana, y con la ayuda de una camisa a modo de red, he pescado dos kilos de esos peces pequeños, que no es que sean un salmón a la plancha con su guarnición de patatas, o una merluza en salsa, pero que se pueden comer. Después he accedido al arroyo a través del mar y he bebido hasta no poder más. Además, la sal del agua me está desinfectando la herida y el ejercicio me ha expandido los pulmones. Me encuentro más fuerte que nunca. En este momento estoy sentado en la playa contemplando el sol que se esconde detrás del horizonte, con la panza llena, repleto de amor por todo, sin malos pensamientos, algo así como lejos de cualquier miedo y -¿me atreveré a decirlo?- casi feliz de estar aquí. Es increíble lo que hace comerse unos cuantos peces y embriagarse por la tibia brisa de un día hermoso como este; tantas comodidades le hacen parecer a uno un poco tonto.

Lunes, 26 de julio
La cosa marcha. Mi salud ha regresado al momento anterior al accidente en las rocas. Ya casi puedo andar con normalidad y la herida se va cerrando por momentos. Si me concentro, casi puedo verla cerrarse “en directo”. ¿Había usted pensado en ello alguna vez? Ver salir una flor mientas sale, ver nacer una rama podada mientras nace, ver desarrollarse una tormenta mientras se desarrolla, ver agigantarse una estrella mientras se agiganta, ver crecer una planta mientras crece, ver crecer a un hijo, sentir, percibir su crecimiento, debe de ser algo increíble, ¿no cree? Aunque quizá la magia del crecimiento y de la naturaleza, su verdadero misterio, sea que no pueda ser percibida en su totalidad, que no podamos verla actuar en el mismo momento en que lo hace. Parece como que la naturaleza conspira contra nosotros y se complace en engañarnos, en hacernos creer que no hace nada, que está quieta e inmutable, y en cuanto volvemos la cabeza un momento, ¡zas!, milagro, ya no es lo que era, todo ha cambiado. Ni siquiera las estaciones podemos percibir con claridad cuándo se va una y llega otra. Hay veces que sí, pero son las menos, ¿no le parece? ¿Y el tiempo? ¿Qué me dice del tiempo? Póngase delante de un reloj de agujas e intente presenciar el paso del tiempo. Concéntrese en él, en el movimiento de las agujas, en el paso de cada minuto, de cada segundo; concéntrese sobre todo en la aguja del minutero, y comprobará que no se mueve ni un milímetro mientras usted la está mirando. Ahora bien, vaya al frigorífico, beba un poco de leche y regrese delante del reloj; verá entonces que el minutero se ha movido todo lo que no se había movido mientras usted estaba delante. Aquí, en esta isla, veo claramente que es ahí donde está el misterio, un misterio que no podremos descifrar nunca. Pero mi herida se cierra, sí, y la veo cerrarse mientras se cierra. ¿Será otro engaño más de la naturaleza para hacerme creer que estoy loco?

Martes, 27 de julio
Este momento tenía que llegar. He pasado aquí casi más de un mes de tiempo resplandeciente, sin una nube, sin una brizna de viento, y de repente todas las fuerzas se han desatado. La que cayó anoche ha sido antológica. Supongo que por aquí será normal, pero para mí ha sido antológica. Ni siquiera la tormenta primaveral más potente que recuerdo de Madrid puede compararse ni remotamente con esto. Ni en intensidad ni el duración. No sé las horas que estuvo lloviendo sin parar porque no tengo reloj, pero se puso a jarrear poco después de caer el sol y no ha parado hasta poco después de amanecer, hará una media hora. Eso sí, el refugio ha aguantado de forma notable, y he logrado salvar del pasto de las aguas mi cuadernillo y mi lata de foie-gras. Claro que he pasado mucho frío, muchísimo, igual o peor que en los inviernos de Pastrana. Aquí ve uno con claridad las bondades del clima seco y las interminables incomodidades de los húmedos. La humedad es como una maldición de los cielos, como una limadora de vida, como echar grasa o aceite a un trapo para que arda antes. Ni los mosquitos, ni las tarántulas, ni el sol, ni buscar agua y comida, me devoran tantas energías como esta atmósfera asfixiante que atenaza los bronquios, que ahoga los pulmones, que le sume a uno en una constante desazón espiritual que, no obstante, tiene una raíz exclusivamente fisiológica, física. Es como si al alma no le llegara aire. Por lo demás, ahora mismo el día está como si nada hubiera pasado, con un sol blanco brillando allá arriba como un gigante encendido. Otro engaño más de la naturaleza. La naturaleza, lo veo claro, es una impostora, una traidora; la naturaleza es terriblemente cínica. Me ha estado toda la noche importunando con sus aguas y sus truenos y sus huracanes, me ha hecho sufrir como pocas veces he sufrido, y ahora me sale con este sol sonriente que me mira a los ojos como si nunca hubiera roto un plato. Ni siquiera se atisban ya las nubes que han provocado la tormenta. El cielo está raso, azul, azul no como el de Madrid, con ese azul intenso y puro, sino azul blanquecino, velado por una luz insoportable. Es como si la luz eclipsara el cielo. Puede sonar extraño, pero créame que es así: aquí la luz eclipsa al cielo.

Viernes, 30 de julio
Es extraño eso de despertar. Piénselo un poco. Suena el despertador, uno se despierta, pero aún no es él. ¿Quién es él mismo nada más abrir los ojos por primera vez en el día? Es imposible, es necesario un tiempo, que varía según cada cual, para volver a ser nosotros. Recordar lo que somos no es un acto instantáneo, sino que requiere de un esfuerzo matutino. No sé quién dijo (creo que fue Kafka) algo así como que mientras dormimos dejamos de ser nosotros y volvemos a serlo, a recordarnos, al despertar. Pero no es automático. El cerebro requiere una adaptación. Como vivo solo, me es aún más difícil recordarme, pues no hay nadie en mi casa que me salude, que me llame por mi nombre, que me ayude a meterme en la vereda de mí mismo. Pero no pasa nada, tarde o temprano uno vuelve a ser -más o menos- el que era el día anterior. Normalmente suele ocurrir cuando me ducho. A lo mejor es que creo volver al vientre materno, ¡quién sabe!

Sábado, 31 de julio
Aquí, en la isla Inmaculada, el procedimiento es el mismo, sólo que no suena un despertador. Es la luz del sol la que me despierta. Pero la duda, el inicial desconcierto, es idéntico aquí que en Madrid. Algunos días me ocurre que creo seguir en Madrid y que tengo que ir a trabajar. Comprobar que no es así me alegra al principio, como cuando de niños pensamos que es día entre semana y en realidad es sábado o domingo. Pero después caigo en la cuenta de que me hallo sumido en un largo fin de semana, que dura ya más de un mes, y que son mis vacaciones definitivas. Ahí me derrumbo. Pero no queda otra que seguir. Me levanto, no puedo ducharme, pero también aquí en la isla tarde o temprano termino por recordarme. Es decir, termino por recordarme como habitante -único habitante- de la isla Inmaculada.

Domingo, 1º de agosto
Ayer escribí “habitante” de la isla Inmaculada. Creo que quise decir “actor” del escenario de la isla Inmaculada. Dicho queda.

Martes, 3 de agosto
Releo lo escrito hasta ahora y advierto que apenas digo nada de mi lucha por la supervivencia aquí. No cuento que cada día hago una hoguera con hojas verdes para formar humo y que me vean, ni que por las mañanas, nada más haberse puesto el sol, me paso horas y horas buscando comida, ni que merodeo la selva del interior y la playa de naciente por si tengo la suerte de divisar algún atisbo de vida -un avión, un barco, otro náufrago-, ni que el tobillo y la herida están completamente restablecidos, ni que he engordado con la alimentación de las últimas jornadas. No digo nada de todas esas cosas, que componen la matriz de mi existencia aquí, las cosas en las que ocupo la mayor parte de mi tiempo. No lo digo, pero releo mi diario y no echo en falta nada. Seguramente usted sí, pero, ¿cómo puedo saberlo, aquí y ahora?


Miércoles, 4 de agosto
Susto de muerte, y nunca mejor dicho. Me he puesto a escribir, como cada tarde, y he visto con pavor que el bolígrafo no funcionaba. Quedaba tinta, pero no escribía. No hacía más que horribles surcos sobre el papel blanco. Era como en esos sueños en que uno se ve en peligro, quiere gritar lo más fuerte que puede y ve con impotencia que no le sale la voz, que su lamento o su socorro se ahoga en un hilo tenue y moribundo. Y que cuanto más quiere gritar, menos se le escucha, menos se escucha a sí mismo, y más le duele la garganta, y más se ahoga, y más soledad y terror hay en torno. Al final uno se despierta, porque es un sueño, pero no sabe que es un sueño en el momento en que sueña. Así me ha pasado hoy cuando el bolígrafo no escribía. Afortunadamente, y como por arte de magia, como si despertara, he conseguido trazar un garabato azul salvador, el que tiene usted arriba. No tiene forma de nada, ni de objeto, ni de letra, ni de rostro, pero le aseguro que para mí será de aquí en adelante el símbolo de la salvación, de la vida. Es feo, ¡qué le vamos a hacer!, pero es, y no sabe usted lo que me alegro de seguir siendo, gracias a ese garabato.

miércoles, 24 de agosto de 2011

LA ISLA (IV)

Viernes, 16 de julio
¡Cómo no se me había ocurrido antes! Quizá es que realmente no quiera marcharme. Me he puesto a reflexionar sobre ello, y he llegado a la conclusión de que las más de dos semanas de náufrago que llevo no han sido malas, ni mucho menos, sino algo así como unas vacaciones inesperadas, aventureras. Me pregunto si no seré consciente del todo de mi situación. No, creo que no. Otra pregunta que podría hacerme es la siguiente: ¿me interesa ser totalmente consciente de mi situación? Creo que tampoco, me empezaría a poner nervioso, comenzaría a sufrir, a tener pensamientos pesimistas y absurdos. Sería mi perdición. El caso es que hoy he hecho una hoguera gigantesca, con muchas hojas tiernas para provocar humo, un humo blanco y denso que se elevaba hacia el cielo como las ánimas dolientes. A lo mejor así alguien ve el humo y se acerca a la isla. Estaría salvado, volvería a ver a Inma, a jugar al fútbol, a trabajar, a salir de cervezas por mi amada Cava Baja. Y a ver a mi familia, por supuesto, que aunque no los escriba, los tengo siempre en mente. Pero eso ya se lo supone usted, ¿no?, ya se imaginará que tengo una familia y que los echo de menos. Es demasiado obvio. Para qué decirlo.

Sábado, 17 de julio
En cambio, no tiene por qué saber usted que estoy enamorado de una chica que se llama Inma, y que ella aún no lo sabe (sólo lo sabrá cuando lea esto, si es que algún día lo lee), y que pensaba decírselo cuando regresara de este viaje que desde su génesis -sepa usted que viajaba solo, no sé por qué razón- empezó siendo absurdo y que se ha vuelto todavía más absurdo, tan absurdo que es difícil pensar en el calibre de su absurdez. Casi mejor ni intentarlo. Tampoco tiene por qué saber usted que soy ingeniero de Obras Públicas, y que estoy a prueba en una empresa cuya sede está en Cuatro Caminos, y que aunque tengo carnet voy allí en metro porque el tráfico de Madrid es insoportable, y que en el metro me encuentro siempre con las mismas caras, y que nunca nos saludamos aunque nos conocemos todos de sobra. Daría mi tobillo derecho (el mismo que todavía me duele, aunque algo menos) por encontrarlos mañana, como todos los días, y esta vez sí saludarlos uno a uno con una sonrisa de oreja a oreja. Sé que se asombrarían y me tomarían por loco, pero, ¿qué más da? Lo haría encantado. Lo malo es que sé que, si mañana regresara a Madrid y volviera al trabajo, no saludaría a nadie, aunque tuviera todas las ganas del mundo. Vivimos en una sociedad en que los buenos modos, la educación y una sonrisa a destiempo (suponiendo que existan las sonrisas a destiempo) están mal vistos. Con tal panorama se le quitan a uno las ganas de ser amable, de apreciar lo que tiene, de intentar comunicar su humilde y pasajera felicidad. Porque sepa usted que la verdadera felicidad es pasajera, no dura mucho, lo justo para darnos fuerzas con que afrontar la existencia.

Puff, me estoy poniendo demasiado metafísico, será mejor que lo deje.

Domingo, 18 de julio
Hoy es el cumpleaños de mi hermana. Felicidades, Nuria. Te echo de menos, y espero que tú a mí también. Sé que me dais por muerto, pero no tengo manera de demostraros que sigo vivo. En fin, mala suerte. También -y en esto no había pensado jamás- es el aniversario de la Victoria, que se decía antes. Envarado en una isla desierta se ve con más claridad que nunca la cantidad de tonterías de que es capaz el ser humano. ¡Luchar entre hermanos por ver quién tiene razón! ¡Qué gilipollez! Creo que si cada uno de los que perpetraron tal aberración se hubieran perdido en una isla desierta antes del 18 de julio de 1936, nada hubiera cambiado. La guerra habría empezado, y habría continuado con la misma brutalidad. El ser humano no aprende, ni aunque se pierda en una isla desierta, ¡ya se lo digo yo! Lo peor es que con el paso de las décadas se ha visto que ninguno tenía razón o, mejor dicho, la perdieron -cada bando tendría sus razones y sus verdades- en el mismo momento en que se pusieron a pelear. Lo mismo pasa en nuestra política actual, hija de una Victoria que nos sumió a todos en la más espantosa de las derrotas.

Pero ¿qué hago? ¿Se ha dado usted cuenta? ¡Estoy escribiendo sobre la Guerra Civil! ¡Parezco un escritor de best-sellers! Ja, ja, ja…

Martes, 20 de julio
Tumbado, dentro del refugio. Me duele el tobillo, y la herida se ha infectado. El sol cae ahí fuera como un yunque recién salido de la fragua. Los mosquitos no me dejan en paz ni un segundo. Las horas pasan enlagunadas, asquerosas. Ya casi no me quedan provisiones y dentro de poco tendré que salir, como pueda, a buscar agua y comida.

Jueves, 22 de julio
Hoy cumplo un mes aquí. Dijo Larra que el aniversario es un error de fechas. Bueno, puede que tuviera razón, en realidad Larra tenía razón en casi todo lo que decía. “Todos tontos en el tiempo de Larra”, dijo Ramón (hoy estamos de citas). Pero me voy a permitir apostillarle. Todo aniversario es un error de fechas, sí, pero, ¿debería eso importar? ¿Acaso la vida, la vida de cada uno de nosotros, la vida planetaria, la vida social, la vida económica, la vida espiritual incluso, no ha sido y sigue siendo un inmenso error? El que los aniversarios sean un error de fechas no viene a ser otro error más -un error muy pequeño comparado con todos los otros errores- que se añade al inmenso error general y se diluye en él. Y como todo es un error, como todo es una farsa perfectamente urdida y representada, basta con pensar que nada es un error para convencerse, sin lugar a dudas, de que todo es auténtico, de que lo que es error es en realidad acierto. Lo malo será cuando encontremos lo verdadero, el llamado enigma del universo, o al menos, un principio, un átomo de verdad. Entonces comprenderemos de verdad, ya sin posibilidad de error -valga la redundancia por esta vez- ni enmienda que todo, en efecto y como sospechábamos, era un error. Conclusión: sigamos recordando las fechas, sigamos cayendo en el error y no intentemos penetrar en la verdad última, porque entonces caeremos al abismo.

Me apetece caer en el error, aunque quizá el haber llegado a esta isla haya sido la única cosa en mi vida que no ha sido un inmenso error. Me pongo a pensar un poco en mi vida cotidiana y casi me espanto de la mentira en que se halla uno sumido desde que se despierta hasta que se acuesta. Aquí, será todo más difícil, eso es seguro, y más incómodo, y desde luego mucho más extraño para la mayoría de los occidentales, pero me atrevería a decir que es más real, muchísimo más real, que todo lo que he dejado atrás, que todo aquello que creía importante y fuera de duda y que, de repente, aquí, en una tarde tranquila y apacible, se convierte en la representación de una comedia, o de un drama, o de un género inclasificable. Porque la vida no tiene género, ¡menudo descubrimiento!, ¿verdad usted? No, la vida no tiene género, ni etiqueta, ni sabe muy bien por dónde anda uno hasta que no se ve un poco alejado de ella, viéndola desde la distancia, como espectador. Es lo que soy yo ahora, un espectador de mi vida pasada, que es para mí -¡podrá usted creerme!- la vida de otro. No sé si lo habrá sentido o pensado en alguna ocasión. Yo sí, así como de pasada y nunca claramente, pero en esta isla ese pensamiento o sentimiento se exacerba hasta hacerse claro y limpio como el cielo atardecido que tengo ante mí. Me refiero a que uno madruga, se tira todo el día trabajando como un animal, sumido hasta el cuello en el agua de la vida, se enamora, se ríe, hace bromas con los amigos, se toma unas cervezas, viaja en metro, o en coche, ve una película, o una serie, y, agotado, apaga la luz del flexo de la habitación y se va a dormir. Y de repente, sin mediar razonamiento de ningún tipo, todo lo anterior se le representa como una inmensa tontería. El informe tan importante que teníamos que presentar a Jacinto (es nombre figurado) y por el que durante días y semanas nos hemos desvelado, ¿qué es en realidad? ¿Por qué esa angustia? Mejor dicho, ¿para qué? ¿Para qué tragar tanta bilis si nada cambiaría de no ser así? En el momento, claro, no nos damos cuenta, revolcados como estamos por la ola de la cotidianidad. Jacinto, claro es, y todos los que nos rodean, se complacen en mantener la farsa y participan de ella, sin ser conscientes. Tampoco lo somos nosotros, nada más que en ese instante de que hablo, después de apagar la luz de nuestra habitación. Tampoco dura mucho, lo justo para sumirnos en un desconcierto pasajero del que a la mañana siguiente nos hemos recuperado y del que ni siquiera nos acordamos. Se da uno cuenta, con un poco de distancia, de la volubilidad de todo aquello en lo que tanto se afana. Hay poca intensidad y realidad en nuestra vida. Aquí, por el contrario, no hay otra cosa que realidad e intensidad, aunque no se haga nada, como yo ahora.

Decía al comienzo del párrafo anterior que me apetece caer en el error, y ponerme a recordar, no más que un día cualquiera de mi vida en Madrid. Y escribirlo aquí. Claro que hacerlo con un mínimo de detalle requeriría muchas más páginas de las que le quedan a este cuaderno. Pienso en Joyce y me espanto. Claro que yo no soy Joyce. Él sí que habría tenido un problema de estar en mi lugar. Este cuaderno no le hubiera durado ni dos días. El pobre Joyce no hubiera sobrevivido ni dos días en esta isla. ¿Qué haría un hombre como él si no es escribir? Yo a Joyce no me lo imagino de ningún modo pescando mar adentro o caminando kilómetros y kilómetros en el corazón de la selva buscando agua. Yo creo que se alimentaría de lo que escribiera.

Viernes, 23 de julio

Definitivamente, tengo hambre, mucha hambre. Y sobre todo sed. Los músculos que conseguí moldear durante las primeras semanas se están yendo al garete. Y, sobre todo, se está yendo al garete mi entendimiento. Me cuesta mucho pensar, y no digamos ya escribir. Tengo que comer y beber cuanto antes. Miro la lata de foie-gras y casi sucumbo. Pero no, hay que aguantar. Lo malo es que el tobillo me sigue doliendo y la herida está peor. ¿No habrá por aquí un desinfectante natural? Es igual, aunque lo hubiera no sabría cuál es.

miércoles, 17 de agosto de 2011

LA ISLA (III)

Domingo, 4 de julio
Créame usted si le digo que si hay algo que no echo de menos de mi antigua vida -vida que cada vez estoy más seguro no recuperar- son los domingos. Hoy es domingo, aquí, en la isla -¿para cuándo un nombre?-, pero no lo parece. Es un día más, como podrían serlo un martes o un jueves. Y no sabe usted cómo me congratula que sea así, de no sentir en las carnes la paralización de los domingos, su vacuidad, su estupidez. En España no se sabe qué hacer con los domingos. Tantas horas libres por delante nos desconciertan, y lo que debería ser disfrute y relajación de los ánimos y escaqueo de las costumbres, termina por ser más prisa, y más ansias, y más masificación. En el Primer Mundo, con todas nuestras comodidades que nos lo dan todo -y aún más que todo- hecho somos más celosos de nuestro ocio que de nuestro trabajo. Aquí, por el contrario, tantas horas libres lo llenan a uno de cosas por hacer. Ahora, por ejemplo, debo salir a buscar comida para la cena. Usted podrá creer que, con todo lo que desbarro en este cuaderno, me aburro. Nada más lejos. En realidad gasto muy poco tiempo al día -unos diez minutos- en escribir aquí. El resto lo empleo en buscar comida y en rastrear la isla buscando un lugar mejor. No lo hay, o no lo he encontrado, por eso sigo aquí. Creo que es el domingo más hermoso que recuerdo. Y lo es porque es un domingo que no es domingo. Y con esta ausencia de domingos y referencias semanales, veo con claridad que el tiempo se me escurre entre los dedos como arena fina. No tiene sentido apuntar la fecha, pero conviene hacerlo para que usted, cuando encuentre este cuaderno, sepa el día que morí. Es triste eso de que de alguien no se sepa qué día murió. Es como si su biografía quedara incompleta, ¿verdad? ¿Lograré llevar bien la cuenta? ¡Eso espero, por Dios, eso espero!

Martes, 6 de julio
Me pongo a recordar los diarios de escritores que he leído y llego a la conclusión de que no me gustan aquellos en los que no está anotada la fecha. Empezar a leer sobre un día no fechado es como hablar con alguien y no saber su nombre. Le falta algo, aun no faltándole nada. ¿Es que no se han dado cuenta de que están escribiendo un diario? El mejor es el de Amiel, que anotaba incluso la hora y el minuto. Decía, por ejemplo: “son las 7:32 de la mañana. Por la ventana veo la primera claridad malva y unos gorriones saludando al nuevo sol. Hoy me espera un duro día de trabajo”. Me parece asombrosa esa precisión, que va mucho más allá de la mera anotación rigurosa del día a día. Amiel, con eso de que a las 7:32 miraba por la ventana y veía la primera claridad malva y unos gorriones saludando al nuevo sol, nos viene a decir que se trata de un instante irrepetible, completamente auto contenido, cerrado en sí mismo, sin necesidad de otros instantes que lo expliquen. Y, como ese momento no volverá, conviene apuntarlo, aunque sólo sea para, al releerlo al día siguiente, o años después, hacerlo revivir, hacernos revivir a nosotros mismos, y estrujarlo contra nuestro pecho. ¿Qué tiene ello de malo?

Jueves, 8 de julio
Hoy, antes de cenar, me he quedado en lo alto de la roca contemplando el atardecer, un atardecer púrpura (no como aquel blanco del primer día), y me he acordado de que en varios días no me he acordado de Inma. Y he sentido un enorme desasosiego al ser consciente de que su recuerdo, como la arena fina y el tiempo, se me escurre entre los dedos. ¿A qué se debe? En teoría, y sin posibilidad de hablar con nadie, con tantas horas conmigo mismo y mi pensamiento, sin ver la televisión ni navegar por internet, sin jugar al fútbol o salir a tomar unas cervezas por la Cava Baja, debería acordarme de ella a cada instante. Bien, pues sólo hoy, cumplida la jornada y casi por casualidad, me ha venido su imagen a la cabeza. Si tuviera un reloj o un móvil con alarma, la ajustaría a una hora, las ocho de la tarde por ejemplo, con el aviso siguiente: “pensar en Inma”. Creo que sería buena cosa sistematizar, someter a disciplina los pensamientos y sentimientos, igual que hacemos con el estudio, o con el trabajo, o con la hora a la que nos levantamos. A tal hora, todos los días o al menos una vez a la semana, pensar en tal cosa o en tal persona, o acordarse de mamá o de papá, o del abuelo muerto, o de algo que nos guste hacer, o de un lugar que nos haga soñar. Sería una bonita y eficaz manera de ser más sensibles, de aprender a sentir, de agudizar el sentimiento. Creo que así viviríamos -mejor dicho, vivirían ustedes, porque yo ya no he de volver- en un mundo mejor. Tenga usted en cuenta esta iniciativa y divúlguela, por si sirviera de algo.

Viernes, 9 de julio
Posturas de culturista en la playa, al atardecer. La luz del sol y la piel bronceada resaltaban mis pectorales, y los cuadrados de los abdominales recién descubiertos, y la montaña rocosa de los cuádriceps, y los surcos de los deltoides, y los sorprendentes bultos de los bíceps y tríceps. La espalda no lo sé, lógicamente, pero también me la noto más fuerte, quizá lo más fuerte de todo. Lo he hecho desnudo, mucho mejor que con esos bañadores minimalistas que se ponen los culturistas profesionales para comparecer ante los jueces. Ja, ja, ja, ¡lo que me he podido reír!

Sábado, 10 de julio
Está muy bien esto de ser un culturista para nadie, pero con esta alimentación rica en proteínas y tan baja en grasas he pensado en comerme la lata de foie-gras que encontré el segundo día, y que ahí sigue. Esas calorías añadidas, esa untuosidad de lo manufacturado, de lo fabricado por el hombre pensando exclusivamente en su propio disfrute, me tientan. Pero no, debo aguantar para cuando la necesite de verdad. Ahora sería capricho, y no sé por qué me da que los caprichos en una isla desierta acaban por pagarse.

Lunes, 12 de julio
Pequeño contratiempo. Esta mañana estaba buscando cangrejos entre las rocas, cuando al ir a atrapar uno he resbalado y el pie derecho se ha incrustado en una hendidura. Me he hecho una herida, pero lo que más me molesta es el esguince. El tobillo está hinchado y de color violeta. Parece un bubón de los que hablaba Boccaccio en la primera jornada del Decamerón. Y me duele mucho. Así, me será imposible salir a buscar comida en unos días. Afortunadamente, tengo algunas provisiones y, si no me muevo, las necesidades energéticas serán también menores. Confío en que sane pronto, y poder volver a corretear por ahí. Temo también que, sin tanta actividad, esté tentado de escribir en este cuaderno más de lo debido. Dentro de poco habré gastado un cuarto de las hojas, un cuarto de mi nueva vida, de mi última vida. Porque sé que detrás no hay nada. Lo dije el primer día y lo sigo sintiendo así, si cabe con más certeza: cuando acabe de llenar este cuaderno -ablandado y ajado ya por esta humedad insoportable- no podré aguantar más. ¿Y por qué no deja de escribir?, se preguntará usted. Bien, no hay respuesta. O mejor dicho, sí la hay, pero es tan simple que usted la tomará como una respuesta tonta, absurda, una respuesta casi inexistente; en definitiva, una elusión de la respuesta: en mi situación, no es posible dejar de escribir. Si usted estuviera en mi lugar, vería cómo es cierto. Absolutamente imposible.

Jueves, 15 de julio
Haciendo un esfuerzo titánico, he conseguido estar dos días enteros sin escribir. Y ha sido horrible, nunca lo había pasado tan mal. Los diez, quince minutos diarios que empleo en plasmar aquí lo que me va llegando a la mente son como una purificación, una purgación de todos los malos humores, de todas las ansiedades, algo así como derramar de golpe para que no vuelvan todos los desasosiegos vitales, las tristezas, los desarraigos, todo. Al ver escrito lo que escribí, al observar con minuciosidad y asombro estas líneas escritas con tinta azul, siento como si fuera de otro, y entonces lo releo y disfruto como si me encontrara ante un relato de ficción escrito por alguien para solaz del afortunado lector. Siento que escribir es como desdoblarse, aunque se escriba sobre uno mismo, porque aunque uno escriba sobre sí mismo y sobre lo que hace, o lo que se encuentra, o lo que piensa, nunca lo que queda escrito es exactamente igual que él, que lo que hizo, lo que se encontró o lo que pensó. Nunca. Es otra cosa. Y así van pasando las horas, así van pasando los días, de la manera en que uno los narra para después recordarlo. Y para que usted lo disfrute. No me tenga compasión, por favor, eso nunca. No lo estoy pasando mal, no piense que por estar aquí perdido, lejos de todo, estoy viviendo un infierno. Usted sabe muy bien, como le dije algunos días atrás, que perderse en una isla desierta no es tan horrible como nos quieren hacer ver. Lea este cuaderno como una novela, relájese y disfrute, en la medida de las posibilidades de que yo con mi pluma sea capaz. Quizá debería encajar este fragmento al inicio del diario a modo de introducción, algo así como unas Instrucciones de lectura de este diario verídico que puede y debe ser leído como una novela, pero no, para qué. Está bien donde está, ¿no cree usted?