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martes, 15 de noviembre de 2011

UN MADRID BAROJIANO


Hace poco visité por primera vez desde que lo inauguraron el parque de la Arganzuela, en los alrededores del puente de Toledo, pero que se extiende en un inmenso pasillo verde a lo largo del Manzanares desde Príncipe Pío hasta Legazpi. La última vez que pasé por allí, un año y medio atrás, todo aquello era un desmonte amarillo y polvoriento, con el pobre riachuelo corriendo sucio y aturdido por entre un bosque de máquinas gigantescas y ruidosas, que más que excavadoras y grúas parecían aquellos extraterrestres que salían de las entrañas de la tierra en La guerra de los mundos. Entonces, nada podía hacer pensar que poco más de un año después allí nacería un parque pastoril y bucólico, una nueva Arcadia en una zona tan madrileña y madrileñista, muy cerca de la puerta de Toledo y el Vicente Calderón, a quince minutos del Palacio Real y la catedral de la Almudena -vía paseo de los Melancólicos o paseo Imperial-, las ermitas de San Antonio de la Florida, Virgen del Puerto y Santa María de la Cabeza lamiendo las orillas del río y con las sacramentales de San Justo y San Isidro y sus cipreses recortados como dientes de sierra sobre el fondo del cielo velazqueño, o mejor goyesco, pues qué duda cabe que toda esta zona, con la pradera de San Isidro tan cercana, es muy de Goya, muy del 1800 -esa época tan madrileña-, muy castiza, muy popular pero también muy aristocrática, muy de la manolería pero también muy de la Pepita Tudó, por poner un ejemplo cercano, muy goyesco, muy madrileño.

Sí, es una zona muy madrileña, quizá la más madrileña de todas, no sólo porque al escaso amparo de este río naciera el Madrid primitivo -el musulmán Magerit-, sino porque aquí se han celebrado durante siglos las fiestas más madrileñas, y, gracias a Goya de nuevo, ha quedado retratada para siempre, creando para el madrileño una imagen prototípica de lo madrileño, con su luz, su azul, su verde, su romería, su revoltoso carácter. No muy lejos están también la Montaña de Príncipe Pío, la puente segoviana, el viaducto de la calle Bailén, el Madrid de los Austrias -al que se accede por la empinada calle Segovia-, San Francisco el Grande y la puerta de la Vega. Todo ello suena mucho a Madrid, incluso para los que menos conocen su ciudad, y todo ello se acumula en este sector que mira desde su balcón sobre el Manzanares los atardeceres madrileños, con el tapiz aterciopelado de la Casa de Campo en primer término, más allá el abigarrado Carabanchel y, al fondo, como una mujer dormida en llamas, la sierra de Guadarrama.

Ahora, este parque longitudinal, cuyas faraónicas obras los madrileños hemos sufrido durante años, completa y mejora la estampa más madrileña de Madrid. Las márgenes del Manzanares han tenido durante la historia muchas caras, muchos usos, siempre con la sensación de provisionalidad que Madrid ha tenido para con su río, con el que nunca ha sabido muy bien qué hacer, quizá porque nunca le ha servido para mucho, solamente para eso, para, como cualquier gran ciudad europea y mundial, tener un río, aunque sea tan pequeño y humilde como el Manzanares. Al lado del Sena, del Támesis, del Rin, del Moscova, del Tíber incluso, el Manzanares queda como un subafluente de todos ellos, como subafluente que es del Tajo, mediando el Jarama. Nunca sacó Madrid gran provecho de su río, esa es la verdad -el agua siempre vino de la sierra-, de no ser por la desaparecida playa y las esforzadas amas de casa madrileñas, que durante siglos lavaron en él sus camisas, en el lavadero con mejores vistas del mundo, con el Palacio Real enfrente, o de espaldas, según se colocaran.

Esta pequeñez, ridiculez casi, del Manzanares ha sido cantada por los grandes poetas y literatos de Madrid. Quevedo le dedicó aquellos versos

Manzanares, Manzanares,
arroyo aprendiz de río,
tú que gozas, tú que ves,
en verano y en estío,
las viejas en cueros muertos,
las mozas en cueros vivos

y Tirso, esos otros

Título de venerable
merecéis, aunque pequeño,
pues no es bien viéndoos tan calvo
que os perdamos el respeto.

Como Alcalá y Salamanca,
tenéis (y no sois Colegio)
vacaciones en verano
y curso sólo en invierno

dejando bien claro que el complejo de Madrid con su río viene de antiguo y es, digamos, una característica más de lo madrileño. Las márgenes del Manzanares han servido de lavadero y autopista, dos usos bien poco apropiados para un río de una gran ciudad y, como decíamos, con algo de provisionalidad. Es indiscutible que, en el Manzanares, sus márgenes siempre han sido más importantes que el propio río, cosa que no cambia en los albores del siglo XXI con este parque que es de esperar que sea el uso definitivo que se les dé. Al fin, el Manzanares podrá discurrir tranquilo.

Goya, Velázquez, Quevedo, Carlos III, del que no querríamos olvidarnos, y más recientemente Umbral, que ubicó aquí muchas escenas de sus novelas y libros memorialísticos. Todos nos remiten a este Madrid. Muy cerca, en la mencionada Sacramental de San Justo, están enterrados Larra y Gómez de la Serna, dos escritores muy madrileños también. Galdós no se acercó a esta zona, siempre deprimida, más que en su novela Misericordia. Pero ninguno de estos buques insignia de lo madrileño -quizá sólo Goya se le acerque- penetraron en las márgenes del Manzanares más que Pío Baroja, que en su trilogía La lucha por la vida nos ha dejado estampas inolvidables de un Madrid miserable, canalla, sucio y polvoriento, como lo era durante la construcción del parque lineal. Por fortuna, aquel Madrid barojiano de randas y mendigos ha concluido, pero conviene no olvidar lo que fue para valorar aún más lo que ha llegado a ser, un espacio privilegiado al que todos podemos acercarnos, y que no por haber alcanzado una estética favorable es menos madrileño, pues que lo madrileño se basa precisamente en lo mudable de casi todo su ser, aun siendo una ciudad históricamente provinciana, anclada en el pasado.

Sería divertido saber qué pensaría Baroja de ver este Madrid de La busca, entonces tan feo, de “aduar africano”, como él mismo escribió, ahora convertido en un jardín por donde los domingos pasean las familias, la gente va en bicicleta y hace footing e incluso han construido un posmoderno puente de metal, que parece un gusano gigante, para los transeúntes. Pensándolo un poco, lo más seguro es que le diera igual, porque a Baroja todo le daba igual, y en cualquier caso poco importa, porque hace más de cincuenta años que murió, y tenemos que conformarnos con sus maravillosas descripciones, las mejores de toda la literatura española.

Es un ejercicio saludable el confrontar aquel Madrid de Mala hierba con el actual a partir de los textos del escritor vasco y fotografías del hoy. Eso es lo que uno querría hacer en este blog, si Dios nos da tiempo y fuerzas para ello. Un homenaje a Baroja, un homenaje a las figuras ilustres que dibujaron para nosotros, para la posteridad, una zona de Madrid tan madrileña; un homenaje a la literatura y la pintura y, sobre todo, un homenaje a Madrid mismo, pues los que vivimos en esta ciudad muchas veces nos olvidamos de ella, y parece que no fuera suyo lo que es tan suyo, su literatura, su arte, su gente, su carácter, su habla incluso, pues los madrileños también tenemos nuestro acento. ¿O no, tron?

jueves, 30 de diciembre de 2010

EL PARQUE DE LAS SIETE TETAS (Vallecas)


Muchas veces me lo habían dicho mis amigos, sabedores de mi afición a surcar las calles y los lugares de Madrid: “tienes que ir al parque de las Siete Tetas, la vista es impresionante. Se ve todo Madrid”. Recalcaban la palabra todo haciendo un amplio círculo con los brazos, ademán que me hacía pensar que, en verdad, la vista de Madrid desde aquel lugar debía de ser completa. El parque de las Siete Tetas adquirió en mi imaginación, pues no en otro lugar podía encontrarlo, una pátina casi mítica. Lo de siete tetas, además, me evocaba el nacimiento heroico de la más heroica y mítica de las ciudades del mundo. Una Roma desnuda y verde en Madrid, casi nada. Durante mucho tiempo emplacé en mi agenda un hueco para visitar tan sugerente lugar, buscando el momento propicio. Momentos propicios ha habido muchos, pero, por las causas que fueren —si es que el olvido puede llegar a tener una causa, que yo más bien creo que no—, en esos momentos propicios hacía cualquier cosa excepto visitar tan celebérrimo parque; celebérrimo para todos menos para mí.
Hasta el domingo pasado. El día, aunque frío, estaba hermoso, soleado como es ley que ocurra en Madrid por estas fechas. Nada más interesante se abría a mi tiempo ocioso como coger un libro y la cámara de fotos, tomar el metro —línea 1— y recorrer las galerías de la ciudad casi de cabo a rabo, hasta llegar a Portazgo, estación más cercana al Cerro del Tío Pío, que así se llama oficialmente el parque. Un nombre barojiano para un emplazamiento barojiano. Lo que allí me encontré fue también una vista eminentemente barojiana de Madrid, la más barojiana que uno puede encontrarse. Un personaje de Baroja estaría aquí como un tullido en un cuadro del último Goya: en su paisaje.
Un personaje de Baroja pero, también, los pinos, los chopos, los álamos, los mirlos, las alondras, los niños correteadores, el chico legañoso y resacoso que saca al perro, el jubilado que, chandal en ristre, sube trabajosamente las cuestas, la pareja enamorada que contempla el ocaso en la cumbre de una de las lomas. Todo eso se encuentra en el parque de las Siete Tetas en su paisaje. Mejor dicho, todo eso forma parte de él, como debe ocurrir en los parques urbanos, que estarían huérfanos, tristes y sombríos sin ese ingrediente humano que es su razón de ser.
Dicen que el Cerro del Tío Pío era antes un vertedero. El que ahora sea un luminoso parque le hace a uno recobrar la fe en la humanidad y, por tanto, en sí mismo. Porque un hombre es siempre el hombre en general, y viceversa. Ahí está el Parque de las Siete Tetas para que vayamos, para que lo disfrutemos, para que, en una tarde invernal antes de salir de juerga por la noche, miremos con amor y desafiadoramente a Madrid, como Rastignac se encaró a París desde el cementerio del Pere Lachaise en la escena final de El tío Goriot. Por una vez, tendremos a Madrid rendido a nuestros pies. ¿Quién quiere perdérselo?
***
El parque de las Siete Tetas no está muy lejos del estadio Teresa Rivero. Una vez que se sale del metro de Portazgo, la manera más rápida de llegar es a través de la calle Josefa Díaz, desde donde, una vez enfilada, pronto vemos allá al fondo una loma verde y pelada, sin un sólo árbol, redonda y suave como un bizcocho. El barrio, humilde, obrero, acogedor en una mañana soleada de domingo, envuelve a la loma, no sabemos si abrazándola o estrangulándola.
Se accede al parque a través de un caminito de ladrillo que corre al lado de la tapia del Centro de Recuperación de Minusválidos Físicos del Imserso. El caminito es en franca subida, hasta que llegamos a un rellano que a la vez es cruce de caminos, y desde donde ya se ven dos o tres lomas más de las siete que tiene el parque. Le invade a uno un entusiasmo repentino e infantil; tiene ganas de corretear como un gamo, subirse a todas las lomas de una vez, hacer ya mismo todas las fotos posibles desde todos los ángulos. La inercia le lleva a subirse, no sin trabajo, a la primera loma que encuentra, a la primera que vio. Conforme va subiendo, la vista va tomando cuerpo, y la primera panorámica de Madrid se abre ante nuestros alucinados ojos. Uno toma aire, ensancha el pecho, oxigena el cerebro y mira en torno.
A la izquierda, según miramos, está el sur, y a la derecha, lógicamente, el norte. Una fina neblina, la típica vagarosa gasa invernal, vela ligeramente el perfil de los edificios más lejanos. Sin embargo, el día es claro, y se ven nítidamente, si es que uno quiere fijarse, muchos detalles: el Museo Reina Sofía de Atocha, con sus ventanitas pequeñas y cuadradas; la cúpula de la Catedral de la Almudena, allá al fondo, como Finisterre de Madrid; los inconfundibles edificios de la plaza de España, blancos y macizos; los árboles del Retiro, que asoman tímidamente sus copas. El caserío de Madrid es plano, alargado y apiñado, y tiene un color como de hoja de árbol muerta. El abigarramiento le hace a uno considerar las millones de vidas que se retuercen, como larvas en formación, en su seno. A uno, siempre que ve una panorámica así, le entra una pena “de no saber por qué”. Quizá sea el desasosiego que produce el querer aprehender todos esos edificios que casi no se distinguen unos de otros, todas esas vidas desconocidas, y no poder ni siquiera acercarse.
Una vez tranquilizado y acostumbrado a tan colosal visión, uno se fija un poco más en el parque en donde está y al que no ha dedicado mucha atención. Uno está absorto, meditabundo, empapándose del ambiente.
—¿En qué piensas? —dice la acompañante.
—En nada. ¿Tú nunca piensas en nada?
—¡Pues no!
Allá abajo, por uno de los caminitos que corren a través de las vaguadas entre las lomas, un adolescente pasea al perro. Se cruza con una anciana que lleva de la mano a su nieta. Disfrutan de la mañana de domingo, cada uno a su manera. La niña tira de la anciana, que no puede seguir el ritmo. Un grupo de gorriones vuela a posarse sobre una de las peladas ramas de un chopo, y una nubecilla alargada y brillante, algo así como congelada, pasa rozando el blanco y tibio sol del invierno.
—Mira, aquellas tetas de allí son más altas, seguro que se ve todo mejor —dice ella, señalando hacia la derecha. En efecto, el parque, que es grande, tiene dos o tres lomas más altas que en la que, llevado de su ímpetu, uno se ha subido por primera vez. Allá vamos. Bajamos hasta una mesetilla —que es como el ágora del parque— en donde hay un monumento, varios bancos y un mirador a donde se asoma una pareja que ha salido a dar una vuelta con sus bicicletas. Ambos miran la panorámica de Madrid, sin poder quitar la vista de la anchurosa ciudad. De vez en cuando se miran y se sonríen, y luego vuelven a mirar hacia el infinito. La estampa, seamos sinceros, nos da envidia, y uno, para desquitarse, empieza a maquinar algo. Mira de soslayo a su acompañante, con quien tenía ganas de quedar desde hacía un tiempo, y se sonríe. “Me parece que es ahora o nunca”, se dice.
Unos ancianos, abrigados hasta por encima de la nariz, ataviados con guantes, gorro y abrigo de montaña, toman el sol de domingo sentados en un banco. Llevan gafas de sol, y uno no sabe si le miran a él, si miran a Madrid o, más probablemente, miran a su acompañante. Parece que llevan ahí desde primera hora de la mañana. Un matrimonio joven, entre tibias y desgastadas carantoñas, vigila a los hijos, que juegan al fútbol con el balón que, seguramente, les regaló Papá Noel. El mayor de los niños, con evidente mala uva, chuta fuerte contra su padre, que en ese momento está desprevenido. El disparo, que es una bala, va directo a la nuca del jefe de familia. El impacto es brutal, y el niño, que al principio ríe de su fechoría, va trocando su semblante en otro de susto y, al final, de tristeza y arrepentimiento. El padre se ha enfadado y ha suspendido la salida matinal. La familia se va a casa y uno se pone a considerar en lo desafortunado de algunas acciones, que arruinan un día que iba a ser feliz y que, por un sólo segundo en que no medimos las consecuencias, convierten la jornada memorable y soleada en horas de aburrimiento y reflexión.
Continuamos hacia nuestro requerido destino, que es la loma más alta del parque, y a la que subimos no sin cierto trabajo. Uno, que al principio quería mantener la compostura, no puede evitar jadear más de la cuenta cuando abraza, al fin, el Everest del parque de las Siete Tetas. La acompañante, seguramente más inteligente que el esforzado y deportista —también, a veces, vanidoso— varón que esto escribe, se ha tomado la cosa a su ritmo y, más lentamente pero sin agonías, va subiendo hacia la cumbre. Uno, ya desde arriba, la mira subir; va a su aire, con la color de la cara encendida y una leve sonrisa pintada en el rostro de modelo; va con cuidado de no resbalar en la fresca hierba, que está blanda y algo húmeda, aunque en algunas zonas presenta calvas de color ocre que afean, siquiera un poco, la inmaculada y verdísima redondez de la teta.
—Venga, vamos, vas a alucinar cuando llegues arriba.
—¡Estas botas no son para esto!
—¡No te quejes!
Uno espera a su acompañante regodeándose en el momento. No sabe si mirar de una vez la panorámica, que por aquello de que lo que se espera se disfruta con más deleite ha demorado la visión detallada, o a la acompañante, que se dirige hacia uno, con el sol a la espalda y una sonrisa inocente, mirando la ciudad. En primer plano está la Colonia de los taxistas, barrio obrero y populoso, y más allá el abigarrado caserío, que se extiende, de norte a sur y de este a oeste, hasta donde abarca la vista. Lo mejor de la panorámica está mirando hacia la derecha, esto es, hacia el norte. El perfil de la sierra de Guadarrama, con nieve en las cumbres, se dibuja sobre el cielo velazqueño. Se puede seguir con facilidad, por los rascacielos, el recorrido de la Castellana: Torre Europa, el edificio del BBVA, el antiguo Windsor —ahora en obras, será parte de El Corte Inglés—, la Torre Piccaso, blanca y alta como un tótem de marfil, las torres KIO y, ya al final, la silueta de las Cuatro Torres, que da empaque al skyline de la ciudad de Madrid. A uno le parece que la capital de España merecía tener un perfil como Dios manda, al estilo de otras grandes capitales mundiales, y la verdad es que las Cuatro Torres han contribuido a ello. Entre medias de las Cuatro Torres se cuela, desde nuestra posición, el Pirulí, que parece un OVNI posado sobre una picota.
El cielo está límpido, con una luminosidad que casi daña la vista y que hace fruncir el ceño. Uno se fija en un tren de Cercanías que está pasando por Méndez Álvaro, cuyo complejo comercial y de oficinas, con edificios modernos y acristalados, se destaca del entorno, más bien humilde. El sol espejea en uno de los edificios, y más allá, hacia el sur, el horizonte se difumina en una extraña neblina. Lo último que se ve con cierta nitidez, allende Orcasitas y Villaverde Bajo, es el Cerro de los Ángeles.
—Yo no sé tú Sebastian, pero yo me voy a sentar.
Uno llevaba esperando este momento mucho tiempo. Uno, claro es, se sienta también, pero no al instante, sino que deja pasar unos segundos que son el preludio del gran momento. A uno le parece que estas cosas se disfrutan más y salen mejor si dejamos que el tiempo siga con su compás sin interferir en él con nuestras ansias, que todo lo estropean. Uno, en suma, cree que lo mejor del amor está en los prolegómenos y no en su mero discurso, y que lo que no se tiene posee la impronta de lo imperecedero. La acompañante se sienta cruzando las piernas. Parece una mariposa blanca y juguetona.
—¡Hasta hace calor y todo! ¿No te sientas?
Con el ejercicio, la panorámica y la presencia de su acompañante, que todo lo eclipsa, uno no se había dado cuenta de que estaba sudando. En efecto, el sol, aunque invernal, pega de plano y puede decirse que hace calor. Un mirlo negro avanza dando saltitos, con cierta precaución ante nuestra presencia, hacia un cuscurro de pan que alguien dejó tirado en la hierba. Lo coge con el pico, nos mira como orgulloso de habernos quitado lo que quizá también nosotros buscábamos, y sale volando haciendo arabescos hacia una rama de un árbol cercano.
A nuestra espalda, nada más bajar la loma, está la calle Ramón Pérez de Ayala, famoso escritor. A la derecha hay otra teta más, la última, pero es más baja que en la que estamos. No merece la pena moverse. Un poco más allá, detrás de unos pinos, termina el parque y comienzan de nuevo los edificios. Uno se pone a imaginar cómo sería Madrid antes de que fuera ciudad. Según ha leído, Madrid era una campiña de abundantes y saludables aguas, con sus encinas, sus arbustos, su ganado, sus suaves colinas y sus vaguadas, por donde corrían, entre otros, el Abroñigal, ahora la M-30, el viaje de agua de la Castellana o el arroyo de San Pedro, hoy calle de Segovia. En estas ensoñaciones históricas está uno cuando se da cuenta de que su acompañante se ha tumbado en el verde. La estampa, como salida de un cuadro de Durand, es tremendamente tentadora.
—Lo que se come en estos días no tiene que ser bueno. Tengo la tripa que parece una caja de truenos —dice ella, mientra se palpa el bandujo. No sabemos si lo hace a propósito o no, pero se sube la camiseta, dejando ver el ombligo. Uno empieza a ponerse nervioso.
—Pues yo tengo hambre. ¿Y si comemos?
Abajo, un perro grande y juguetón da saltos alrededor de una niña, que va acompañada del abuelo, y la olisquea. El perro, que mueve el rabo y está muy contento, quiere jugar, pero eso la niña no lo sabe y rompe a llorar. El perro es más grande que ella y le da miedo. El abuelo intenta calmarla.
—¡Pero, hija! No llores, si sólo quiere jugar...
La niña no atiende a razones y se esconde detrás del anciano, llorando a moco tendido. Mientras, uno se decide y se tumba también, posando el oído en la tripa de su acompañante. Se escucha el funcionamiento de la maquinaria intestinal, que estos días navideños ha trabajado más de lo habitual.
—¡Cómo suena!
—Ya. Si es que me duele.
Uno cree, sinceramente, que ha llegado el momento, que la cosa no debe alargarse mucho más, bajo peligro de que se enfríe, gangrene y haya que extirpar, echándolo todo a perder. Acaricia amorosamente el liso y suave estómago de la acompañante y, como quien va a tirarse desde las alturas haciendo puenting, cierra lo ojos, se decide, y que sea lo que Dios quiera. El forcejeo es breve, la verdad es que casi ni le di tiempo a reaccionar...
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Comiendo en una cercana taberna de albañiles, donde nos sirven con extrema amabilidad una abundante, sustanciosa y económica vianda compuesta de judías con jamón y chorizo, salmón a la plancha con patatas fritas y ensalada y pudding con una pella de nata y caramelo por encima, le pregunto a mi acompañante:
—Qué, ¿ya no te duele la tripa?
—No, ya no. Ja, ja, ja...

domingo, 26 de diciembre de 2010

EL PARQUE DE LAS SIETE TETAS (O Cerro del Tío Pío)


Quisiera uno que este fuera el blog de Madrid. Pretensión excesiva y presuntuosa, pues Madrid es ciudad con magnitud y aliento suficiente para alimentar no un blog, sino cientos, miles, millones, tantos como habitantes vivimos en ella. Nos conformamos, por tanto, con que este sea un blog de Madrid, uno más entre los muchos que se ocupan, si quiera en parte o tangencialmente, de lo que podríamos llamar la "sustancia" de Madrid, esa por la que Madrid es lo que es y por lo que, en definitiva, cualquier ciudad —pues no hay, no puede haberlas, dos ciudades iguales— es lo que es. Reniega uno cada vez más de las comparaciones que se usan cuando alguien de Madrid, por ejemplo, visita Barcelona, o viceversa. En seguida, casi involuntariamente, surge la confrontación, a veces no tanto por el visitante sino por los escuchadores del relato del visitante en cuestión. Dejemos a cada ciudad con lo suyo, olvidemos si esta es peor o mejor que aquella, que las ciudades, además y aunque no lo parezca, tienen sus corazoncito y su sensibilidad, su poso de amargura cuando echamos pestes de ella y su sonrisa blanca y radiante —incluso su vanidad— cuando ponderamos sus gracias. A uno, que ama Madrid, le parece que su ciudad bella y enamorada se sonroja como una colegiala cuando hablamos a alguien de lo bonita que es de noche, de lo limpio y claro que es su cielo, de lo líricos y emocionantes que son sus atardeceres desde la Montaña de Príncipe Pío, de la sensación de expansión y sorda melancolía que siente cuando pasea la Gran Vía.
Tanto y tan bueno se ha escrito sobre Madrid que a uno casi le da vergüenza ponerse a hacer la crónica diaria, literaria, de la ciudad. Pero, ¿qué otra cosa podría hacer? ¿Qué otra cosa sino intentar compartir algo de lo que siente hacia sus calles, sus gentes, sus leyendas, sus escritores, sus amaneceres, sus incomodidades incluso? ¿Qué otra cosa sino hacer comparecer al lugar en donde vive, el escenario donde sus días, con mayor o menor fortuna, van pasando? Más bien diría uno que uno ve pasar Madrid, y no al revés. Lo que después hace intentando darle forma literaria no es más que amontonar y ordenar los materiales que la ciudad, en su infinita generosidad para con nosotros, nos ofrece día tras día. Decía Balzac que el novelista debía vivir en los pueblos porque allí podía ver más claros todos los tipos humanos (el avaro, el vanidoso, el romántico, etc.). Puede que sea cierto, pero uno ve más orden en la revuelta y zumbadora colmena de las grandes ciudades, donde todo, aunque en apariencia caótico, se ordena por sí solo, de una manera natural. Ve más orden y, por supuesto, más encanto.
La mejor frase que uno ha leído sobre Madrid proviene de la infatigable pluma de Ramón Gómez de la Serna. Dice así: "Madrid es meterse las manos en los bolsillos como nadie en el mundo". ¡Ah, que concentración de lo que es Madrid en trece palabras! ¿Cabe más Madrid, más sustancia de Madrid, que en esta confesión de lo que un madrileño de pro hace de su querida ciudad? Decir que Madrid es meterse las manos en los bolsillos como nadie en el mundo es igual que jurar amor eterno a nuestra enamorada, no con palabras explícitas de amor, que esas nadie se las cree —ni el que las dice ni el que las recibe—, sino con la manera de pedir al camarero un refresco para ella, por ejemplo. Esas cosas siempre se notan. Si usted, querido lector, nota que su pareja pide al camarero un refresco para usted como es debido, es que le quiere. No hay error posible. Porque lo piensa uno y es verdad, nada podría añadir: nadie en el mundo se mete las manos en los bolsillos como los madrileños, y quien diga lo contrario miente. Uno, después de ver a un madrileño meterse las manos en los bolsillos, duda incluso de que en otras partes del mundo tengan el atrevimiento de hacerlo.
Pero Madrid, claro, es mucho más. Ya lo contó todo Ramón, y tantos otros, de los que uno querría recoger siquiera un pequeñísimo legado y transformarlo en su visión, en su glosa, de Madrid. Ya lo ha venido haciendo últimamente y aún antes, mucho antes. Uno cree que no ha escrito de otra cosa que de Madrid. Cuando ha escrito sobre otra ciudad, lo ha echo pensando en Madrid; cuando ha escrito sobre una chica, lo ha hecho imaginándola en Madrid, con Madrid; cuando ha escrito sobre sí mismo —cosa a lo que cada vez es más remiso— lo ha hecho sintiéndose en Madrid.
Nuestra intención no es otra que ir desgranando, en la medida de nuestras posibilidades, la vida —y las consiguientes muertes— de Madrid. Hacer, o, mejor, ir haciendo, un retrato galdosiano, celiano, umbraliano, barojiano, larraniano, carreriano, de la ciudad. Incluso esporádicamente uno irá salpicando Madrid con los humildes personajes salidos de su pluma, de los que uno mismo también tomará parte, como no podría ser de otra forma.
Empezaremos —o, mejor dicho, continuaremos, porque, como hemos dicho, esto mismo ya se ha venido haciendo— con el Cerro del Tío Pío, llamado Parque de las Siete Tetas, en Vallecas, y desde donde se pueden disfrutar de las mejores vistas de la ciudad. Pero eso ya será otro día, que hoy ya es tarde y Madrid merece que se hable de ella con nuestras facultades en la mejor disposición.

lunes, 26 de julio de 2010

VIERNES NOCHE (Apunte para una novela noctívaga)

No sé si en este blog he dicho alguna vez que desde mi casa, un decimocuarto piso —el último— de un bloque de viviendas cercano al Barrio del Pilar, tengo una magnífica vista de la sierra del Guadarrama en toda su extensión, pues abarca desde sus confines en el oste (lindando con la provincia de Ávila) hasta el puerto de Somosierra, al este. Es viernes, y en este preciso instante escribo en mi habitación, frente a la ventana de par en par abierta, con el sol fundiéndose a ras de suelo tras de un velo entre grisáceo y púrpura. Justo encima de esta banda equívoca, un pálido destello, y, por último, extendiénsose por encima de nuestras cabezas, el cielo, de un azul gastado, intranquilizador, como de otro planeta. La sierra no ofrece detalles, tan sólo su perfil, como montañas dibujadas por un niño o por un pintor que no tiene ganas de pintar. Una nubecilla alargada, envuelta en fuego rojo y añil, acaricia amorosamente la cumbre de la Maliciosa. Uno algunas veces se pregunta qué función puede tener una de estas nubecillas tan insignificantes, que nunca traerán lluvia ni sombra, que están ahí un rato y, al cabo de un tiempo que no sabemos si ha pasado o no, desaperece sin que nos demos cuenta...
Parece que no, pero mientras uno escribe lo que precede, va oscureciendo. Es viernes noche, repito. Uno, que a esta hora en este día suele estar trabajando, está en casa. La semana pasada dijo que este fin de semana se lo tomaba libre. Pensaba salir, quizá, llamar a algún amigo, o a alguna de esas chicas que tiene olvidadas en la agenda, suponiendo que tales chicas y tal agenda existiesen. Solo en la casa penumbrosa, un débil flexo iluminando el teclado, la televisión apagada, los sonidos de la ciudad que suben a pesar de no querer ser escuchados: una ambulancia que rasga el despertar de la noche incipiente, el frenazo de un autobús, unas risas adolescentes, los ecos de una conversación, y, siempre, un perro, el mismo perro, el perro que ladra ahí abajo desde que uno tiene uso de razón.
Pero uno, de momento, no ha salido, y está en casa, escribiendo. Es posible, no lo sé, que sea normal que una persona joven, menor de treinta años, en la flor de la vida, se quede en casa escribiendo en vez de salir a comerse la noche de verano, o a ser comido por ella, que es lo que suele ocurrir. Yo no sé si es normal, digo, aunque, pensándolo bien, es algo que carece de importancia.
Oscurece. El azul del cielo se ha hecho más intenso. La noche se avalanza sobre Madrid, que, todos lo sabemos, es ahora cuando despierta.
Mi hermano llega a casa. Resopla, viene de trabajar. Tira la mochila sobre la cama.
—¿Hoy no trabajas?
—No.
—¿Y no sales?
—No lo sé.
Habla con tres o cuatro personas por el móvil. Son conversaciones cortas y estridentes, jocundas. A tal hora, en tal sitio, vamos a ir a no sé dónde. Cena, se ducha, abre y cierra armarios, se viste, se perfuma, se emperifolla, todo en tiempo récord. Veinte minutos después de haber llegado, se va, sin despedirse. Otra vez solo, otra vez el silencio, otra vez la oscuridad, otra vez el perro ladrando.
Es la noche cerrada.
Un rato después llega mi padre. No viene para quedarse, sino a coger la guitarra. Él y mi madre están abajo, en el club social, con los amigos. Al verme en casa y a oscuras parece algo sorprendido.
—¿No sales hoy, hijo?
—Seguramente.
A veces, al mentir, se siente como una pequeña liberación, como un torrente de agua espumosa que nos corre por el estómago pero que, no obstante, es ahogado pronto por una presión en la garganta.
—Estamos abajo, llegaremos tarde.
—Vale.
El perro sigue ladrando.
Suena el móvil.
***
La plaza de Santa Ana está animada, tan animada como la última vez que la vi a estas horas. Hacía tiempo que no salía por el centro. Han cerrado algunos garitos a los que solíamos ir y han abierto otros nuevos. Las terrazas están atestadas, algunos grupos beben en medio de la plaza o junto a la estatua de Federico García Lorca, que sujeta amorosamente un pajarito entre las manos en el momento en que echa a volar. Se oye hablar en inglés y en italiano. El desfile de la noche, el heridor frenesí de la noche, derrite el cerebro y excita los sentidos. En la primera impresión, tanta gente junta sonriendo, gritando y pasándolo bien es algo que llega a asustar.
Pero estoy contento, casi expansivo. La reciente amenaza de la siniestra noche de viernes en casa parece ya como una pesadilla felizmente pasada. Me apetece reír, hablar, aunque sea sobre temas que no son de mi gusto y con personas a quienes no tengo demasiado aprecio. El denso y oloroso aire de la noche madrileña de julio está cargado de sugerentes perspectivas que no hay por qué echar abajo así, de primeras.
Flotan, en ese ambiente enloquecedor, utopías al alcance de la mano y promesas que nadie prometió.
***
De vez en cuando se escucha algún crujido, se siente alguna presencia que no debería estar ahí. Con otra edad seguramente estaría asustado, cerraría la puerta de mi habitación y no saldría ni para ir al baño. Ahora no, ahora, con veintisiete años y medio, esos miedos y sugestiones casi me causan risa. Pero, en la noche del viernes, en la casa penumbrosa y oscura, es inevitable que me asalte algún recuerdo intranquilizador. Hará unos dos años hubo unos días en que, según mi madre, se sentía en la casa una presencia extraña, sobrenatural. Una noche, según nos contó, estaba ella en la cocina, haciendo la cena, cuando se puso a hablar sola, creyendo que alguno de nosotros estaba a su espalda. Cuando se dio la vuelta vio que no había nadie. La espumadera cayó al suelo, tal fue su sorpresa, porque ella juraba y perjuraba sin atisbo de duda que sintió a alguien detrás de ella, clavándole los ojos en la nuca. Pocos días después, mientras dormían, mis padres saltaron de la cama al unísono, como un resorte, al escuchar pasos, movimientos y como ecos de chuchicheos en la terraza. “¡Quién anda ahí!”, dijeron. Aquella vez no fue sólo mi madre quien notó algo extraño, sino también mi padre. Éste salió de la habitación con una linterna y, andando a tientas, llegó a la terraza. Naturalmente, no había nadie, no había nada. Recuerdo que, cuando me contaron aquellos sucesos, pasé varias noches seguidas sin poder dormir, petrificado en la cama, tumbado de costado mirando hacia la pared, sin querer darme la vuelta. Había veces en que ni siquiera la luz del día me tranquilizaba y, si estaba solo en casa, bajaba a la calle a dar un paseo.
***
Los cuerpos poco acostumbrados al alcohol prenden rápido. Tras un par de horas de calentamiento, llegamos a un garito de la calle Echegaray. No sé en cuál estábamos antes, sólo sé que estaba en la calle del Príncipe, enfrente de las Cuevas del Sésamo, y que un marica no paró de mirarme un sólo segundo. También yo miré inquisitivamente durante un buen rato a una chica alta, de pelo castaño y enormes ojos azules, pero no me hizo el menor caso. Por eso bebí más, por ver si con el alcohol, aún sabiendas de su fraudulencia, me hacía ver las cosas de otra manera.
Ahora, en el pub de la calle Echegaray, todo es lo mismo, pero cambiando el escenario. Sergio (es nombre supuesto) me dice que vayamos a tomar otra copa. Por supuesto, accedo. Mientras esperamos en la barra observo sin ningún tipo de disimulo a la camarera. Ella, que nota mi mirada y la de todos los que se agolpan en la barra como una horda sedienta, no mira a nadie a la cara. Cuando le piden, se limita a acercar el oído a la boca del cliente y a servir con la mayor rapidez posible.
Me siento feliz y con ganas de todo, con esa alegría de plástico de la que después nos acordamos con vergüenza pero que también nos deja con un punto de nostalgia. Mis amigos también lo están. Alguno parece que ha acertado ya con el dardo, o al menos va camino de ello. Estoy tan seguro de mí que incluso hago un gesto de victoria con el pulgar hacia arriba a Julián (es nombre supuesto), con quien me une una sorda enemistad desde hace mucho tiempo, cuando le veo hablando con una morena pequeña y con pinta juguetona. Un tipo alto, con la cara cuadrada y las patillas anchas, primero me pisa y después me sonríe.
—Perdona —le digo.
***
Me recorre un estremecimiento al recordar la historia del aparecido de mi casa. Mi madre dice que fue una presencia benévola, una visita anunciadora de que todo iría bien de ese día en adelante. Mi madre asegura que antes de aquello se encontraba muy angustiada por diversos asuntos y que fue llegar el fantasma y sentir como una ligereza y una singular entereza de ánimo. Ello, en esta oscuridad crujidora, no me tranquiliza.
Igual tenía que haber cogido otro fin de semana libre y haber ido hoy a trabajar. Para quedarse en casa no merece la pena perder ese dinero. Además, llegar a casa de madrugada y cansado es una gran satisfacción, uno de los grandes placeres de esta vida. La felicidad, en caso de existir, está en la rutina. Esta frase no sé si es mía o la he leído en algún sitio. Lo mismo da, porque es rigurosamente cierta.
Me levanto de la silla, cojo un libro de mi biblioteca —El diablo de los ojos verdes, de Emilio Carrere, editorial Salto de Página, colección Cian—, lo hojeo, lo dejo donde estaba, vuelvo a sentarme y miro por la ventana. Allá a lo lejos, en las estribaciones de la sierra, que ya no se ve, que parece que no está, se ven las luces de Colmenar Viejo, como una galaxia plana y alargada.
¿Por qué no me llamó nadie? ¿Por qué no llamé a nadie? ¿Qué hago en casa un viernes por la noche? Enciendo la televisión, y al ver a una cacatúa hablando en malos términos sobre su ex marido, la apago al instante. Demasiado duro, demasiado sórdido.
Afuera, un perro, quizá el mismo perro, sigue ladrando.
***
Está siendo una gran noche. En realidad aún no ha pasado nada, pero quedan horas por delante y el ánimo es el mejor posible. Me río un rato con David y Miguel (son nombres supuestos) hablando de glorias pasadas. A nuestro lado se coloca un grupo de chicas todas muy monas, con los morenos hombros y escotes al aire y la frente orgullosa. David, que siempre fue muy desenvuelto, enseguida se pone a hablar con ellas. Amago que me voy a unir a la prometedora conversación, pero ese segundo de duda me condena. Como a solas con Miguel no me encuentro del todo cómodo y él conmigo tampoco, decidimos tácitamente unirnos a los demás, que, por otra parte, no sabemos dónde están.
Los buscamos por el garito, que está atestado, sin éxito. Yo voy delante. En un momento le pierdo y me quedo solo, con la copa en la mano, en medio de la marea humana. Casi mejor.
***
Es más de la una y mis padres han llegado hace poco a casa. Vienen sonriendo y tarareando una canción de los años 70.
—¿No has salido hijo?
Cierro la puerta de mi cuarto. Hace un calor espantoso, incluso diría que huele mal. Esto del olor propio es difícil de comprobar, pero a mí me parece que sí, que mi cuarto huele mal. Las teclas del ordenador están pegajosas de mis manos sudorosas. Mis padres, contentos, se van a la cama. Vuelta al silencio, sólo interrumpido por el traqueteo intermitente del teclado. Podría estar pasando, por qué no. Está pasando, de hecho. En mis dedos, en mi cabeza, pero está pasando. Es mejor que las cosas pasen así a que no pasen de ninguna manera.
Hay amigos que ya no quieren salir con uno, no se sabe muy bien por qué. ¿Se les puede reprochar eso? No, yo creo que no. Me tumbo en mi cama, mirando para el techo, y pienso. Quizá sea hora de irse a acostar, pero sé que sería inútil. Mi noche libre no puede irse durmiendo. Tenía otros planes para ella. Parezco un abuelo, salgo menos que mis padres, mucho menos que ellos, me digo. Se oye al equipo de limpieza del Ayuntamiento mojando la calle. En las noches de insomnio, el sonido del agua limpiadora es sedante, es como escuchar una catarata en medio del bosque.
***
Uno, cuando sale, sobre todo si es por el centro, busca sentirse el personaje de una novela decimonónica. Busca cosas que sabe que raramente le pasarán, sucesos nimios que, en caso de producirse, sólo después, con el paso del tiempo, adquieren su verdadero significado. “¿Te acuerdas cuando...?”, y entonces el lugar donde ocurrió ese algo, el momento, la persona con quien nos tropezamos casualmente aquella noche, se convierten en lo mismo, exactamente lo mismo que si lo hubieran narrado Galdós, Baroja o Balzac. Uno, naturalmente, busca que le pasen cosas, pero si no le pasa nada da igual, porque el simple hecho de estar, de ver, de tocarse con alguien, de decir algo, de mezclarse, es ya dar fe de su nimia existencia, casi diría que de justificarse la juventud.
Un escritor muy prestigioso decía que la literatura jamás debe hacerse sobre la literatura, y no es que esté de acuerdo o en desacuerdo con ello, pero, viniendo esas palabras de quien vienen, haré bien en seguirlas, aunque sólo sea por esta vez. Así que prosigamos. Estoy solo en el garito de la calle Echegaray, perdido entre las masas, buscando caras conocidas no para unirme a ellas, sino precisamente para lo contrario, para rehuirlas. Lo mejor es saber dónde está el enemigo para no tropezar con él. Termino la copa (creo que es la quinta o la sexta) y me apoyo en uno de los pilares. Me siento mareado y creo que tengo una estúpida sonrisa dibujada en la cara. No soy el único. Quien más quien menos carga con su cuota de ridículo en este pub morado y sin sueño.
El calor es cada vez más agobiante. Parece que ese punto de inflexión, ese momento a partir del cual todo empieza a rodar cuesta abajo como una bola de nieve hasta llegar al frío valle de la tristeza, ha pasado ya. Si hasta ese momento uno luchaba por lastrar los segundos, por que el reloj no avanzase, ahora sólo queda relajarse y dejar que pase el tiempo lo más rápidamente posible. Así que voy a la barra, pido la última copa, regreso a mi pilar, apoyo la espalda, cruzo las manos a la altura de la barriga, miro para el techo y cierro los ojos. Así estoy unos segundos, tras los cuales siento que me sacuden en un hombro.
***
¿Qué estará ocurriendo en la noche madrileña? ¿Qué hubiera ocurrido si hubiera salido? Mejor aún, ¿qué me hubiera ocurrido si hubiera salido? Vuelvo a pensar, como a veces lo hago, en la teoría de las múltiples historias del físico norteamericano Richard Feynman. Si es verdad que cada uno de nosotros está viviendo a la vez infinidad de historias diferentes, ¿por qué estoy sintiendo, viviendo precisamente esta, solo en casa, un viernes noche, y no cualquier otra, incluida la de mi muerte? El pensar en esto último parece que me alivia un poco. Pero la historia de mi muerte en este viernes noche es sólo una, y las probabilidades de haberla vivido son tan escasas que no puedo por menos que lamentarme de estar viviendo precisamente esta historia, y no otra cualquiera.
Imposible dormir, pero la verdad es que tampoco lo intento. Bajo un poco la intensidad de la luz de mi flexo hasta que la habitación queda en una penumbra anaranjada. Me levanto de la cama y miro por la ventana. Me doy cuenta de que el perro no ha dejado de ladrar en toda la noche. Ahí sigue. Lo imagino con los ojos rojos y las fauces abiertas y espumeantes. ¿Es que acaso puede ser de otra forma?
Mañana, cuando despierte y sea de día, todo habrá pasado, y me reiré de mí mismo y de mis idioteces. Quizá, sólo quizá, quede una gotita de acíbar posada en la garganta...
***
Abro los ojos y veo un rostro conocido. Es una chica. En los primeros segundos no acierto a ponerle nombre. Después me doy cuenta de que no le pongo nombre porque en realidad no sé cómo se llama. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que es la chica del pub de la calle del Príncipe, la chica alta de pelo castaño y enormes ojos azules que un rato antes miré con insistencia, sin fruto. Con ademán resuelto me coge de la mano y me lleva por entre los nudos de gente en pie. No me explico nada porque nada tiene el menor sentido, pero tampoco hace falta. Veo el cielo de sus ojos abierto.
Llegamos a un rincón, y empezamos a hablar. Ella sonríe.
—Verás —me dice, saltándose las presentaciones—, ese tío que ves ahí lleva acosándome toda la noche y he venido contigo a ver si me deja en paz. Es el que está junto a la columna, el rapado de la camiseta blanca. No le mires mucho.
Busco disimuladamente al que me ha dicho. El tipo, una especie de boxeador malhumorado, nos mira de vez en cuando con inquietud, sobre todo a mí. No sé qué pensar. A lo mejor es verdad, pero prefiero convencerme de que quizá es una estrategia para entrarme. ¿Por qué no?
—Se ve que tiene malas pulgas. A ver si voy a tener un problema.
—No, no creo.
—¿Le conoces?
—Qué va. Nunca le había visto. Lleva dos horas dándome la tabarra. Le he dejado bien claro que no quiero nada, pero él insiste en sobarme. Se creerá que a fuerza de insistir va a conseguir algo. Pues lo lleva claro.
—Los hay muy pesados.
—Y muy sobones. Y muy sobraditos. No soporto a los que van de sobraditos. Me dan asco.
—Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Belén —no me pregunta mi nombre—. Y es que además — continúa— siguen teniendo el concepto de que son ellos los que tienen que seducir. ¡Eso se acabó, hombre!
—Sí, es una vergüenza. Qué lamentable.
—Son los “machitos”... Tú pareces majo, diferente.
—Sí, diferente.
Qué va. De diferente nada. Mi objetivo, aunque esté mal decirlo, es el mismo que el del boxeador malhumorado.
—Eso de ir detrás de una chica echando babas —prosigo— me parece ridículo. E indigno para el que lo hace y para la que lo sufre. Es como volver al mono.
—¿Tú no eres de esos?
—Claro que no. Si veo que no hay opción, lo dejo pasar, no me arrastro. Y a otra cosa.
—¿Opción? ¿A otra cosa?¿Pero tú a qué sales, a ligar o a pasarlo bien?
—A pasarlo bien, a pasarlo bien...
—Es que algunos parece que sólo van a lo que van.
—Sí, no se entiende.
Eso es lo que digo, pero me esfuerzo en mirarla más intensamente a los ojos y en acercar mi cara paulatinamente a la suya.
—Bueno, pues te permito que te quedes conmigo hasta que se vaya.
—¿No te molesta?
—Sí, pero ya ves tú, antepongo la seguridad de una dama a mi propia diversión.
De vez en cuando Belén mira para el boxeador, pero en seguida se da cuenta de que nos sigue mirando y rápidamente aparta la vista y vuelve a hablarme, sonriendo. Me fijo más en ella: tiene pelusilla encima del labio y no es tan guapa como me pareció en la primera impresión. Es alta y tiene buen cuerpo, algo desgarbado, y una actitud cansina y a la vez voluble, como si estuviera drogada. No para la vista quieta un momento. A todos lados mira, y en ninguno se queda.
—¿Y tus amigos? —me pregunta.
—Están por ahí, haciendo el gamba.
—Si quieres vamos con ellos.
—No, si cada uno va a lo suyo ya. Mejor nos quedamos aquí.
—Qué tío más pesado...
***
No lo aseguraría, pero creo que he dormido unos minutos. Me despierta el recuerdo de una escena de una novela que estoy leyendo. Hay libros que, al administrarlos a mi cerebro, excitan mis sentidos. Generalmente son los libros en los que más fácilmente puede uno meterse y salir con más dificultad. Son libros llenos de vida y de personas reales, aunque sean invento, superchería del escritor. Cuando llega la hora de dormir, me es sumamente difícil dejar de ser personaje de ese libro y regresar a nuestra prosaica realidad. ¿Puede haber algo más prosaico que dormir?
Lo lamentable es que es necesario. Vuelvo a estar despierto, a nadar en esta noche de viernes de la que sé que tarde o temprano saldré —hay que hacerse ilusiones como sea— pero que muy bien podría repetirse en un futuro no muy lejano.
La noche es la morada de los rufianes, de los asaltantes y de los sicarios, pero también lo es de los poetas, de las princesas románticas y desesperadas y de los suicidas por amor. ¿Y ahora, qué? Mejor que llegue el día.
Hace ya muchas horas que hubiera llegado de trabajar y estaría, igual que ahora, en casa. Pero a buen seguro estaría durmiendo y con la conciencia tranquila, con los pies en alto por ver si se descongestionaban, sintiendo en todo mi cuerpo el dulce peso de la fatiga.
No sé qué hora es. Prefiero no saberlo, pero agarro el móvil: son más de las cuatro. Mi hermano aún no ha llegado, tardará al menos dos horas. Mis padres duermen. Afuera se oye un grito, una palabrota que prefiero no reproducir aquí. El que la ha berreado debe de tener dieciseis o dieciocho años, no más. Entorno los ojos y me pongo a recordar. ¿Gritabas tú eso con esa edad, andando por la calle, a altas horas de la madrugada? Unas risas femeninas acompañan al grito que, visto así, ha podido hasta quedar bien.
La caterva gritadora se va alejando en dirección desconocida. Empiezo a tener sueño, pero hay que terminar lo empezado...
***
“Qué tío más pesado”, dice, suspirando, pero en realidad se gira cada dos por tres para ver dónde está el tío pesado, que sigue mirándome. Empujado por el alcohol, hago amago de bailar, y ella me sigue. Es una danza apenas insinuada, algo ridícula, pero me da igual. La toco suavemente en la cintura repetidas veces, y como no parece molesta, sigo haciéndolo, hasta que ya la agarro con decisión. Su cuerpo está caliente y algo sudoroso. Me voy animando, como si por mis venas entrara de repente sangre caliente, caribeña o cubana o dominicana o de donde sea. Nunca he sabido bailar siquiera con un mínimo de garbo, pero esta noche por momentos bailo casi sensualmente, descaradamente, sin complejos, contoneando la cadera como lo haría una mujer. Nunca he sabido por qué bailo como una mujer —o, más exactamente, intento bailar como una mujer— cuando voy borracho, pero es así, o al menos a mí me parece que es así; nunca me he mirado en un espejo mientras bailo, a Dios gracias. Nuestros cuerpos se van estrechando al ritmo de los horribles reggateon que pinchan, pero que a mí en este momento me suenan a una melodía sexual, epiléptica, enloquecida.
Así estamos un buen rato, durante el cual casi me he olvidado del boxeador. El clímax de la noche aún no ha llegado y, por tanto, tampoco esa decadencia imparable que en las noches de juerga sumerge en una extraña y profunda tristeza hasta que llega el amanecer. Aún queda un rato en que poder aprovechar la oportunidad que se me ha presentado. Apenas hablamos, sólo bailamos. Hago cosas impensables en mí, y aún creo, porque me cuesta asimilarlo, que intento bailar sevillanas, cuando jamás en mi vida he tenido la más remota idea. Es posible que nos hayamos dado algún beso fugitivo, pero no lo aseguraría.
Cuando estamos en lo mejor me dice que se va al baño, que en seguida regresa, así que me quedo solo entre los tumbos de la música, las luces de los focos, los empujones y los pisotones, sin dejar de bailar eso sí, o, mejor, de mover el cuerpo rítmicamente de un lado a otro.
***
Efectivamente, la noche puede ser un refugio, como también puede serlo una calle dormida o el rincón de un café bohemio. Puede ser un refugio, digo, y no es que sea un mal refugio precisamente. La noche tiene mala fama, y la figura del madrugador se nos aparece limpia y decente, frente a la del trasnochador que, aunque no salga de juerga ni se emborrache ni se vaya de putas, simplemente aprovecha la noche para tejer pacientemente el “yo” que durante el día no le dejan ser.
Esta noche de viernes no parece un refugio muy seguro para mí. Desconfío de él, parece que en cualquier momento se me va a caer encima. Es mejor dormir y dejar las gaitas para otro momento. Mas es en vano. Una vez echada a rodar la rueda de la imaginación y la resignación —que, bien mirado, son términos no demasiado alejados entre sí— mi cabeza es incapaz de descansar. Nunca fui una persona de dormir fácil. Envidio profundamente a aquellos que son capaces de dormir en cualquier circunstancia y nada más caer sobre la cama, pero compadezco a los que echan más horas que las imprescindibles a esta actividad tan poco ociosa, tan práctica, que es dormir. Yo mismo me enfado conmigo mismo cuando duermo más de siete horas en un día. ¿Para qué?
No es noche para dormir. Menos aún después de no haber trabajado por voluntad propia, menos aún después de no haber salido, menos aún después de haberme quedado en casa, siquiera para dar un paseo por el barrio.
El andar, el mismo acto de andar, sí que puede considerarse un refugio seguro y eterno, el único que tenemos quizá. Pobre del que no lo haya descubierto. O, pensándolo mejor, pobre del que lo necesite.
Pero, ¿quién no lo necesita? ¿Es sensato decir “no, yo no necesito ningún refugio porque mi refugio soy yo mismo”? Yo se lo he escuchado decir a alguno, y lo peor de todo es que se nota que no miente, se nota que se lo cree. No he podido menos que, como al dormilón, compadecerlo.
¿Me compadecerá él a mí? Seguro que sí.
¿Quién ganará en esta batalla de compadecimientos? ¿Es necesario que diga la respuesta?
Pero volvamos a la vida, a aquello que está pasando, o pasó, o quizá pase.
***
Belén tarda, pero estoy convencido de que regresará a mi lado y que esta vez va a ser la buena. Se me acerca David, me dice que se van ya a casa, que ninguno ha tenido suerte. Sonrío, regodeándome en mí mismo. Le digo, intentando poner tono de misterio, que se vayan si quieren, que yo me quedo. Espero que me pregunte, pero no lo hace. Me despido y, ya bastante inquieto, comienzo a dar vueltas por el garito. No la veo por ningún lado. Me siento estúpido, más estúpido que nunca, a pesar del alcohol que corre por mis venas. Regreso al rincón donde había estado con Belén, y allí la encuentro besándose con el boxeador entre baile y baile. Todo el alcohol me baja de repente y decido irme a casa.
Cuando salgo del garito y pongo el pie en la calle Echegaray, ya no es noche cerrada. La primera idea, el primer problema que asalta al juerguista cuando termina su noche es el de disponer del transporte para el pesado, farragoso regreso a casa. Es en ese momento cuando le vienen todos los remordimientos. El cansancio, el fracaso, el aburrimiento, se presentan de repente, como saliendo de detrás de la esquina donde estuvieron escondidos toda la noche. Antes de salir, nadie piensa en cómo volver después. Y si lo piensa, hace mal.
Mi cuerpo se hunde sobre mis maltrechas piernas y me convenzo de que no estoy en condiciones de ir a Cibeles y tomar un búho que estará atestado, que tardará más de la cuenta y que además transportará a individuos gritones que, cabe la posibilidad, incluso le vomiten a uno encima.
En ciertas condiciones es tremendamente fácil autoconvencerse de algo, así que decido buscar un taxi. Recorro la calle del Príncipe y llego a la plaza de Canalejas. En la calle Sevilla se agolpan los taxis, que recogen grupos de dos, de tres e incluso de cuatro. No veo que recojan a solistas.
Es el taxi, tantas veces tomado, de la tristeza repentina que le entra a uno cuando ninguna de las promesas que nadie le prometió no se cumplen.
El autobús nocturno, qué duda cabe, no se hizo para soportar estas tristezas, y la mera imagen de su sucio y maloliente interior, de su luz blanca y viscosa, excesiva, irrespetuosa con los ojos ojerosos que lo llenan, me desasosiega profundamente.
No es fácil, pero encuentro taxi casi a la primera. No hay nada como, en una época de asidua lectura de un escritor determinado, encontrarse con un personaje que parezca salido de su pluma. El taxista es un personaje más celiano que cualquiera de los creados por Cela. Es un hombre maduro de unos sesenta años, patilla gorda y canosa, gorra de marinero calada, palillo entre los dientes y frente grasienta y arrugada. Lleva guantes de conducir. Del retrovisor cuelga una imagen de la Virgen del Pilar.
La primera sensación nada más meterme en el taxi, con su oscuridad y su confort, es de bienestar. Le digo el destino y me arrellano en el sillón lo más amplio que puedo. Cuando me fijo en el contador, con sus amenazantes números rojos, cuyos dígitos no paran de subir, la cosa cambia, y casi sin quererlo abandono mi cómoda postura, como si por ir así fueran a cobrarme más.
No hemos llegado a Callao, bajando por Gran Vía, cuando, de buenas a primeras, me suelta:
—Qué, ¿cómo se dio la noche?
—¿Cómo dice?
—Que cómo se dio la noche, amigo.
—Pues muy bien, no me quejo.
—Uhhh, nada, nada, a mí no me engañas. No se ha dado bien.
Me da por reír.
—Le estoy diciendo que sí.
—Que a mí no hace falta que me engañes, puedes decirlo, en confianza. ¡Si no pasa nada! Además, ni que a mí me importara.
Me encojo de hombros.
—...
—Llevo cuarenta años recogiendo a juerguistas todos los viernes por la noche en el mismo sitio y sé perfectamente quién se va contento a casa y quién no.
—Ah, y a usted le parece que yo no me voy contento.
—Evidente, el tuyo es un caso claro. Más te hubiera valido quedarte en casa.
—¿Y usted qué sabe?
El taxista empieza a incomodarme más de la cuenta y, para no azuzar su lengua de fuego, procuro no hablar más. Es en vano.
—Qué, la chica se escapó viva, ¿eh?
—Yo tengo novia.
—¡Ja, ja, ja! Nada, nada, si a mí no tienes que darme explicaciones. ¡Aquí cada uno que haga lo que le parezca! Y dentro de cien años, todos calvos.
—Yo nunca le he puesto los cuernos a mi novia.
—Ya, ya... Amigo, en estos tiempos lo tenéis muy difícil. Antes era distinto. Antes... ¿cómo te diría?, antes había clase. Ahora es todo un cachondeo.
—Sí.
—Mira, yo le fui infiel a mi mujer una vez, aún era joven y me hervía la sangre. Siempre nos habíamos mirado con cierta inclinación. Estaba muy buena y era una oportunidad que no se podía desaprovechar. ¡Después, te arrepientes toda la vida! ¿Me entiendes, amigo? ¿Y qué hice? Dejé que pasara el tiempo y, pasados dos años, se lo conté a mi mujer. Le dije: “mira, mi amor, hace dos años tuve un lío con Carmen, la de la mercería. Te lo quería contar porque no me parece que entre esposos haya que ocultarse nada”. La buena mujer se quedó un momento parada y, cuando creía que me iba a montar en cólera y darme un bofetón, va y se encoge de hombros. ¡Hasta pareció comprenderlo, fíjate tú!
—Vaya, vaya...
—Como te lo digo. “¿No tienes tú nada que decirme?”, le pregunté. Y, sin más ni más, me dice: “Vicente, el de la heladería”. “¿Cómo?”, le pregunto, no comprendiendo. “Vicente, el de la heladería. ¿No querías que te contara? Pues ya te lo he contado”. Y así quedó la cosa, hasta hoy, en que vivimos felices como perdices.
No digo nada. La noche está siendo más dura de lo aconsejable. El taxista me mira por el retrovisor con el ceño fruncido.
—Bueno, y el partido del domingo, ¿cómo lo ves? ¿Seremos campeones del Mundo?
—Lo veo jodido. Los holandeses van a dar guerra.
—¡Eso, eso, así me gusta, con optimismo!
Afortunadamente, hemos llegado. Me apresuro a salir del taxi y, a través de la ventana, pago con un billete de veinte euros, sin recoger las vueltas. Después cierro la puerta. Miro hacia arriba, al último piso, a la ventana de mi cuarto, y me veo a mí mismo, apoyados los codos en el alféizar, mirándome. El taxi se marcha. Agacho la cabeza y me dirijo al portal. El cielo es de un color de hielo, y por oriente se ha teñido de un reflejo sangriento. El sábado ya está aquí.
***
Estoy mirando por la ventana. Una brisa tibia y revitalizadora me acaricia la cara. Ni un alma se ve por la calle. Sólo un taxi rompe la calma matutina. Se detiene enfrente del portal. Alguien sale de la parte trasera. Soy yo. Me veo a mí mismo pagando al taxista y cerrando la puerta. Después, ese yo alza la cabeza hacia donde estoy y nuestras miradas se cruzan unos instantes. El taxi se aleja por Fermín Caballero. Me veo también andando hacia el portal, con la cabeza gacha, hasta que me pierdo de vista. Ha amanecido y he conseguido aguantar toda la noche sin dormir. Lo siento como un triunfo, tras el cual puedo entregarme sin remordimientos a la fiesta del sueño tranquilo.
Todo parece distinto. El sábado ya está aquí. La habitación se puebla de luces y volúmenes desconocidos. Me aparto de la ventana, bajo la persiana, apago el ordenador y, antes de que mi otro yo llegue a casa, me tumbo en la cama. Mi cuerpo cae como a plomo sobre el colchón, y por mis miembros cansados parece correr la sangre de nuevo. El corazón late pausadamente.
Cuando estoy a punto de conciliar el sueño, y a la vez que oigo la cerradura de la puerta, me doy cuenta de una cosa: el perro sigue ladrando.
EPÍLOGO A MODO DE PRÓLOGO, QUE NO ACLARA NADA (SI ES QUE HUBIERA ALGO QUE ACLARAR) Y QUE INCLUSO INDUCE A CONFUSIÓN

Sólo una de las dos historias precedentes es la verdadera. Ambas ocurrieron a la vez pero sólo una está ocurriendo y ocurrirá siempre. Antes, sin embargo, sería bueno aclarar que ninguna de las dos es falsa o, mejor dicho, que ambas ocurrieron en la realidad, pero sólo una de ellas es esencialmente real, sólo una es la única que puede ocurrir, sólo una está en consonancia con el funcionamiento del Universo. No soy yo quien lo dice ni quiso que así fuera; tampoco es capricho ni invención del escritor, y tampoco sería exacto dar más importancia a esa historia sobre la otra. Yo creo incluso que debería ser al revés. Es solamente un acogimiento, un fatal y no deseado acogimiento, al Destino final de uno mismo, o lo que es igual, al Destino final de cada uno de nosotros. Un acogimiento a eso que venimos llamando soledad. Sólo una de las dos historias es coherente con ese Destino insoslayable. Puede que escribir Destino —nuestro destino— en letra mayúscula sea una fanfarronería, porque, al fin y al cabo, ¿somos tan importantes como nos pensamos? ¿Sabe alguien que esté esto leyendo quién es? Quien esto escribe, y lo dice con un hondo pesar, no lo sabe. Es posible que lo sospeche, pero de saberlo sigue estando bien lejos.
Es una tarde de domingo, soleada y muy calurosa, del mes de julio. El que esto escribe, mientras lo escribe, está siendo invadido por una honda tristeza que siempre parece estar ahí, latente, oculta, como el leopardo agazapado, pero que en ocasiones parece como querer llamar la atención más de lo normal, parece como querer hacernos recordar que, al fin y al cabo, no hay más cera de la que arde. Para evitar que esa tristeza —ese hondo pesar que, sin saber por qué ni por qué no, se pega a la garganta como una lapa, que intenta escapar por los ojos en forma de lágrima— le embargue más de los necesario y decoroso, el escritor va a salir en breves instantes a pedalear en dirección Colmenar Viejo, y no descansar hasta llegar allí. Luego, claro es, hay que volver. Pero, ¿importa algo eso ahora? ¿Debería importar alguna vez?