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martes, 23 de julio de 2013

SÓLO LO FUGITIVO PERMANECE

J. M. William Turner. Dido contruyendo Cartago. 1815. Óleo sobre lienzo.
Estoy en El Pardo, mirando hacia el norte. De repente se abre ante mí un paisaje mágico, de luz de atardecer, como los de las acuarelas de Turner. Precisamente es eso lo que pienso durante el sueño, y lo recuerdo ahora con toda nitidez: “es un paisaje como los que pintaba Turner”. Una luz dorada y dulce baña todo el escenario, que, como suele ocurrir en los sueños, es El Pardo pero no es El Pardo. Es El Pardo porque sé que estoy en El Pardo, pero los elementos poco tienen que ver con El Pardo. Hay siluetas azules de barcas sobre un lago que yo veo desde una carretera. En el cielo, unas nubes pequeñas también azules se recortan sobre el fondo amarillo de la luz atardecida. Trato de captar ese momento haciendo una foto con el móvil porque sé que es un instante perecedero que se irá pronto y que jamás volverá, pero mis nervios ante lo mágico e irrepetible me hacen torpe. Por más que lo intento, no logro sacar la foto: el botón no funciona, el móvil se me resbala de las manos como si tuviera vida propia… Mientras, el atardecer se va cayendo, hasta que llega la noche. Me desespero. La estampa se me va de las manos. Al cabo de varios intentos todo se oscurece y el polvo de hadas se evapora. Ya no hay opción, ni nunca más la habrá. Fue imposible atrapar el instante mágico, y una fuerte tristeza me invade. Es como si aquello contemplado nunca hubiera sido real por no haberse podido fijar, como si nunca hubiera ocurrido. Pero, ¿acaso no ha sido siempre así, que los instantes y las palabras vienen y pasan, que son irrepetibles y que es vano tratar de eternizarlos, por más cámaras fotográficas, ordenadores, móviles, procesadores de textos y redes sociales que tengamos? En el sueño, mi decepción vino, fundamentalmente, de no haber podido compartir ese paisaje que creía extraordinario. ¿Dónde está, dónde quedó? Y se me hace difícil convencerme de que queda en mi memoria, de donde acaso no debe salir.
Hoy, una de las primeras cosas que he hecho ha sido fotografiar una ilustración de un libro de un cuadro de Turner, bastante parecido al paisaje de mi sueño. Se trata de Dido construyendo Cartago. Lo tengo ya como fondo de pantalla en el móvil e imagen de portada en Facebook. Y ahora mismo, en esta mañana vacacional de verano, a falta de estímulos exteriores, de cosas importantes que hacer, este sueño es mi más rabiosa actualidad, la razón más poderosa que tengo para estar despierto.

martes, 19 de enero de 2010

Diario de sueños (IV). LA VECINA



Como casi todo en mi vida ha ido y va a impulsos, y muy pocas cosas son las que cultivo con perseverancia y largura en el tiempo, retomo más de un mes después mi diario de sueños, que tuvo su momento de apogeo durante varios días consecutivos pero que, tan rápido como vino, se fue.

Entre las causas de tan dilatada ausencia habría que mencionar, y si no lo hiciese me engañaría a mí mismo y engañaría al lector, la pereza, la incorrompible, la latente, la constante pereza que, unos días más y otros menos, en unas épocas con mayor intensidad y frecuencia, en otras con menos, salpica todas las actividades de mi vida, de toda vida humana. Creo que son pocas las personas afortunadas que se libran de tan fastidiosa compañera de viaje, que cuanto toca afea con su sucia, huesuda, atrayente mano.

Pero no sólo la pereza (para escribir, en este caso) ha hecho que no escribiera ni un sueño más en todo este tiempo. Hay otra razón, poderosa razón, de la cual no me considero culpable y que también habría que explicar, en descargo de mi persona. La razón es que durante las vacaciones de Navidad apenas he soñado o, mejor dicho, apenas he soñado sueños de los que después me acordara. Acabadas las fiestas y de vuelta a la rutina, he vuelto a soñar.

¿Y por qué antes y después de las vacaciones de Navidad tenía sueños y durante ellas parece que ellos también se tomaron vacaciones?, se preguntará más de uno. La respuesta es bien sencilla y se comprenderá con facilidad: la alarma.

Mi momento habitual de sueños recordados era aquel que transcurría desde que sonaba por primera vez la alarma hasta que volvía a tronar y, al fin, me levantaba, lapso de unos quince o treinta minutos en el que transcurrieron todos los sueños aquí contados un tiempo atrás. Al llegar las vacaciones y poner punto y aparte a toda actividad obligada para la que fuera necesario el concurso de tan indeseable invento, la quité, me levantaba tarde y sin su amargo sonido, y hete aquí que dejé de recordar todo lo soñado durante la noche, si es que había soñado algo, que yo creo que sí.

Retomo este diario de sueños con la participación de una chica, mi vecina, la vecina, y antepongo el artículo la porque mi vecina no es sólo mi vecina, sino la vecina soñada por todos, es la vecina de todos los hombres del mundo, la muchacha veinteañera de larga melena castaña, ojos grandes, oceánicos por su color e inmensidad, cuerpo de modelo de revista o de actriz de teleserie, andares desdeñosos y gesto, mirada, masticación del chicle más desdeñosos aun. Es la mujer, sin riesgo a equivocarse, por quien un servidor no dudaría en renunciar a todo e incluso a él mismo; la mujer, y de esto he sido testigo con mis propios ojos, por quien una calle entera retuerce su cuello al unísono, en busca de una belleza fugaz que llena el ambiente de admiración, envidia y tristeza a partes iguales.

Es insaciable el deseo humano, y nunca se dará quien esté enteramente satisfecho de lo conseguido, aunque lo conseguido haya rebasado con mucho sus miras iniciales. Uno, hace un tiempo, hubiera dado cualquier cosa por ser blanco de sóla una mirada de la vecina, y en su fuero interno se decía que no podía haber dicha mayor que esa. Y no es que anduviera desencaminado, pues con el paso del tiempo va aprendiendo que es las cosas pequeñas, insignificantes en apariencia, son las que después permanecen y por las que se recuerda una época determinada. El valor está en la anécdota, en lo trivial, y nunca en lo importante. "Las cosas pequeñas son inconcediblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante", dijo Nietzsche. No estoy seguro de que las cosas pequeñas a las que se refiere Nietzsche sean las mismas a las que me refiero yo, pero en esto del pensamiento y los filósofos creo que cada uno debe extraer de ellos una conclusión propia, que le satisfaga a él, en relación con su vida personal, más que hacer caso de interpretaciones de otras personas que, a lo mejor, muy poco o nada han entendido de lo leído, o cuyo carácter o forma de pensar se halla a años-luz del nuestro.

Hubo una época de exámenes, en junio hará ya tres años, que para mí es recordada por los ojos paralizadores de la vecina, que perturbaron mis horas de estudio en la biblioteca de La Vaguada. Ya un tiempo antes había notado yo ciertos síntomas, ciertas miradas más enfocadas de lo que sería normal cuando me la cruzaba por la calle, y que nadie piense que digo esto por darme tono o recrearme en mí mismo, sino que, si ha de creerse la palabra de un hombre honesto y honrado, pido que se me crea a pies juntillas, pues es claro como la luz de una bombilla que cada vez que nos cruzábamos se producía un leve pero suficientemente significativo cruce de miradas que, si soy sincero, y cada vez que escribo me obligo a serlo, me envanecían y paralizaban a partes iguales. Nunca me he considerado digno de atraer la atención de una mujer bonita, y por ello cada vez que me ocurre (en rigor, no suele ocurrirme habitualmente, o mejor dicho, me ocurre con menos asiduidad de la deseable) no puedo dejar de asombrarme como si de un milagro se tratara. En esto, de todas formas, siempre he sido muy desconfiado, pues es muy delgada la línea que separa una mirada burlesca de otra animada por la curiosidad, y puestos a elegir, siempre es preferible quedarse con la peor opción, fiel esa escuela del pesimismo de la que he sido siempre habitual y rendido alumno.

En aquella época de exámenes, calurosa época de exámenes, decía, la vecina tuvo a bien regalarme miradas perturbadoras y envanecedoras como nunca me había regalado con anterioridad y, menos aun, posteriormente. La biblioteca era el mudo escenario de tan intensos y sabrosos momentos, en tanto que a mí verdaderamente la muchacha, aunque cinco o seis años menor que yo, me abría las carnes con su hermosura, que a mí me parecía (y me sigue pareciendo) sin parangón en mi ámbito cercano. Si tuviera que describir a la mujer ideal, físicamente hablando, me bastaría con traer a las mientes la figura de la vecina, por lo que se comprenderá, y si no se comprende me da absolutamente igual, que aquellos días hayan quedado en mi recuerdo como extraordinarios dentro de su aparente insignificancia.

Como ella solía colocarse en una misma silla y mesa todos los días, cada vez que yo acudía a cumplimentar mi enojosa sesión de estudio me las arreglaba de manera que pudiera mirarla y ser mirado sin demasiados obstáculos y con la máxima facilidad, y rezaba concienzudamente por que no llegara alguno que le quitara el lugar y desvaratara todos mis planes, que por otra parte, y creo que esto debe ser aclarado, de momento no iban más allá de intercambiar alguna mirada fogosa que me sirviera de recreo en mí propio. Puede que sea importante el decir que yo por entonces tenía novia, aunque, en honor a la verdad, y sé que esto no gustará a algunos púdicos oídos, no hubiera dudado en entregarme a las equívocas garras de la infidelidad si la vecina, con su magnificencia irrechazable, me hubiera puesto el caramelo en la boca.

A primeros de junio nuestros encuentros se hicieron habituales, y era extraña la sesión de estudio en que la vecina no me alegraba con su presencia, sabiendo además como sabía que en cuanto me viera me obsequiaría con sus deleitosas miradas. Miradas que no hacían otra cosa que acrecentar mi vanidad masculina y ponerme muy nervioso, tanto, que poco o nada de lo estudiado me aprovechaba. Pero, como suele decirse, "sarna con gusto no pica", y tanto que es verdad, pues lo de estudiar, el examen de dos días después o incluso del día siguiente, que podía ser incluso de gran importancia para mi devenir académico, era algo completamente secundario y prescindible, en tanto que la vecina se convirtió en el centro en torno al cual giraban todos mis pensamientos y ensoñaciones. En esto reconozco mi irresponsabilidad, mi terca irresponsabilidad, y me temo que es una característica de mi personalidad que difícilmente podré cambiar en lo que me queda de vida.

Recuerdo que fue el miércoles 6 de junio de 2007, día de San Norberto, lo sé porque por la tarde vi por televisión la corrida de la Beneficiencia en Las Ventas, en la que toreó, entre otros, El Cid, el de la fina, suave y airosa muñeca. Durante todo aquel día, durante las dos sesiones de estudio correspondientes (la matinal y la vespertina), la vecina me ametralló con ojos tan fijos y habituales que por poco no se me salió el corazón del pecho. Me fui a casa confundido, azarado, casi acobardado, no dudando que si en aquel mismo momento me la encontraba por la calle, la asaltaría con todo mi denuedo y le prometería mi amor más entregado. Afortunadamente, o quizá lamentablemente, la vecina no apareció entonces ante mis ojos. Llegué a casa transido de una emoción tan viva, recorrido de arriba a abajo por ensoñaciones tan dulces, por ilusiones tan "ilusorias", por pensamientos tan presuntuosos, por la convicción de acometer pronto tan valientes acciones, que por unas horas me creí feliz. El Cid, con su arte, me parecía yo mismo, y el capote la vecina, burlando al toro de la vida, que aunque se propusiera malherirme con todo su brío, no iba a poder conseguirlo.

De aquella tarde casi de verano tengo la imagen de mí mismo sentado frente al televisor, pensando en la vecina, viendo la corrida y con el primer tomo de los Episodios Nacionales abierto encima de mi escritorio, por la página que sigue:

"Ambas —refiriéndose a Lesbia y Amaranta— tenían gusto muy refinado para las artes: protegían a los pintores y a los cómicos; ponían bajo su patrocinio las primeras representaciones de la obra de algún poeta desvalido; coleccionaban tapices, vasos y cajas de tabaco; introducían y propagaban las más vistosas modas de la despótica París; se hacían llevar en litera a la Florida; merendaban con Goya en el Canal, y recordaban con tristeza la trágica muerte de Pepe-Hillo, acontecida en 1803".

Nada aporta a la historia de la vecina copiar este fragmento, pero como en la cabeza las asociaciones funcionan a su aire, y yo asocio ese párrafo a la imagen de la vecina, tampoco creo que esté de más el haberlo transcrito. El funcionamiento de la cabeza es divagatorio en vez de sistemático, por lo que pienso que en la literatura, como en la vida, siempre tendrá mucho más valor y autenticidad lo azaroso, lo anecdótico, lo fragmentario, que lo sometido a regla o exhaustiva cronología.

Dos días después, viernes 8 de junio, San Merardo, tuvo lugar el culmen de la historia de la vecina. Eran las doce de la mañana, yo había acudido a mi cita puntual con la mesa de estudio y los apuntes, y por lo avanzado de la hora ya había perdido la esperanza de verla. La biblioteca estaba de bote en bote, y sólo quedaban libres dos o tres asientos, de los cuales uno, situado enfrente de mí, un poco escorado a mi derecha, una mesa más allá, hubiera servido como hecho de encargo para mi propósito. Y en ello estaba pensando cuando, de improviso, la vecina colocó sus bártulos y se sentó en tan propicio lugar. No tardó más de medio minuto en apercibirse de mi presencia, y desde ese momento, en las dos horas siguientes, siguió la retahíla de miradas más descarada y dulce de cuantas he sido testigo en mis propias carnes. Excusado es el decir que poco de lo que leí agarró en mi cerebro, tan turbado como estaba, aunque sí que hubo unas pocas frases que se me grabaron a fuego, sin duda porque todo lo relacionado con lo que nos es agradable tiende a quedarse con mayor facilidad en nuestra memoria. Es una ley inexorable de nuestro entendimiento, y considerada, no está mal que así sea, en lo que es otra muestra más de la infinita sabiduría con que la Naturaleza nos ha construido.

Fueron dos horas tan placenteras que aun hoy las recuerdo con verdadera nostalgia. Se me reprochará que otorgue tanta importancia a tan nimio y superficial acontecimiento, quizá indigno de tenerse en cuenta en otras biografías más sustanciosas que la mía, pero uno es como es y no quiere, ni debe, cambiar. Tampoco estaría bien que ello sucediera, y si uno dejara de dar importancia a estas cosas, dejaría automáticamente en ser uno mismo para convertirse en otra persona, no sé si peor o mejor, seguramente más eficiente en la vida práctica, pero otra persona al fin y al cabo, y eso sería imperdonable.

Con ansiedad e ilusión esperé al lunes siguiente, 10 de junio, San Juan Dominici, por ver si se repetían iguales o superiores acontecimientos a los del viernes, y con esa expectativa acudí a la biblioteca, con el corazón dándome tumbos, las piernas fallándome en su labor sostenedora y las sienes en frenética palpitación. No es para pintada mi decepción al comprobar que aquel mismo día comenzaba la selectividad y que, por tanto, la vecina, que en el estudio de tales pruebas se había afanado las semanas anteriores, no iba a hacer acto de presencia. No volvió en todo aquel mes de junio, pues ya no tenía motivo para poner sus pies en la biblioteca, de no ser burlarse de los esforzados que aun nos veíamos obligados a recluirnos entre sus cuatro constreñidoras paredes, y de los cuales al menos uno, o sea yo, había perdido la máxima ilusión por acudir cada día.

Fueron muy pocas las ocasiones en que la Fortuna tuvo a bien ponerme en el camino de la vecina durante los meses siguientes, y siempre que me puso lo hizo de soslayo. Hasta que llegó una fría y gris tarde de invierno. Otra vez la biblioteca de La Vaguada. Era el 10 de enero de 2008, San Gonzalo de Amarante. Yo, en mi sitio habitual, más o menos concentrado en el árido temario de estudio que tocara. De repente alzo la vista y me doy cuenta de que, una mesa más allá, justo enfrente de mí, la vecina estudia aparentemente ajena a mi presencia. "Ahora sólo queda esperar a que se dé cuenta de que estoy aquí, y que empiece el juego", me digo. Hago un poco de ruido con los papeles, estiro los brazos como desesperezándome, toso en alta voz, la miro con fruición e impaciencia y, al fin, me dirige sus ojos como lanzas. Empero, y en contra de lo que siempre había ocurrido en anteriores lances, baja rápidamente la vista y sigue a lo suyo, como si yo no estuviera, o como si el que la mirara no fuera yo, dejando en el recuerdo lejano, como si jamás hubieran acaecido, los tan regalados momentos del mes de junio anterior.

Al día siguiente ocurrió lo mismo, y al siguiente, y al siguiente.

Transcurrieron varios meses, y el 9 de junio de 2009, San Efrén, un año y un día después de "su" día, regresaba yo a casa por la noche, y me disponía a entrar en mi portal cuando un coche aparcó enfrente del portal de la vecina, que es el contiguo al mío. Del coche salió ella, y antes de despedirse del conductor, se acercó a la ventana y le besó en la boca, en lo que era una clara despedida de pareja, y quizá, a lo que me pareció, de pareja bien avenida. Me quedé mirando la escena petrificado, como un estúpido, y ella, en cuanto me vio, hizo un mohín de disgusto, o a mí me dio esa sensación; mohín de disgusto que sigue teniendo cada vez que nos vemos, que es de pascuas a ramos. Cuando nos encontramos yo la miro, buscando reverdecer antiguos laureles, ella también me mira, pero en seguida aparta la cara, desdeñosa y con la nariz en alto, como arrepentida de algo. Y entonces, vecina, a mí me gustaría decirte que un día, aunque ahora quieras negarlo, me miraste y me miraste bien, que eso se nota en seguida, y que aunque aquello ya no se repita, al menos ahí quedó, que no es poca cosa, y como aquí está escrito y contado por pluma verosímil y, a lo que creo, honrada, queda para siempre, sin que tú ni nadie pueda negarlo por mucho que lo intente.

Y ahora, hecha esta necesaria introducción, que quizá ha quedado más larga de lo que su propio autor había planificado, vayamos con el sueño que, en comparación con lo que se ha contado hasta ahora, parecerá pequeño e insustancial; pero, como ya dije en otra ocasión, esto de los sueños es una excelente excusa para hablar, si quiera superficialmente, sobre algunos episodios personales de mi azarosa existencia:

Es de noche, una noche parece que de verano, agradable y sosegada. Estoy delante de mi portal, conversando en corro con varias personas, entre ellos mi padre y mi hermano. De repente, se me acerca la vecina, que va con su novio, que la sigue, y aunque, como siempre que nos cruzamos, está distante conmigo, me pregunta si el jueves voy a ir a ver un partido de fútbol del Madrid al bar o al estadio, no sé exactamente. Se me llena la cara de ilusión ante acontecimiento tan inesperado, y le digo que sí, que por supuesto. Antes de despedirse, ya con un gesto más amable, me pide que la llame para verlo juntos, y se despide con un "hasta luego guapo", sonriéndome y tocándome en la cintura. Este toque en la cintura parece que todavía lo siento. La encuentro más fea de lo que en realidad es, pero yo estoy exultante. Tanto, que cuando se va, novio en mano, me abrazo a mi padre y mi hermano, como celebrando un gran éxito, como haber aprobado unas oposiciones o algo así.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Diario de sueños (III)


De momento voy cumpliendo. Es el tercer día consecutivo en que me siento delante del ordenador para escribir lo que he soñado. Veremos a ver lo que dura, pero de momento me encuentro con ganas de continuar este diario de sueños que, si bien no es una idea demasiado original, es una manera no sólo de obligarme a escribir, sino también de hacer algo que seguramente no haría de no mediar este blog. De vez en cuando apunto algún sueño en mi diario personal, pero sólo si el sueño ha sido muy agradable. De las pesadillas, no demasiado frecuentes, y los sueños mediocres o que aparentemente no tienen mucho contenido, no doy cuenta, lo cual no deja de ser un error.

Me he dado cuenta de que los sueños que recuerdo suelen darse en el lapso de tiempo que transcurre entre la primera alarma y cuando me levanto, que suele ser de una hora. De los que he tenido anteriormente, si es que he tenido alguno, que yo creo que sí, no recuerdo absolutamente nada. Quizá si después de esa primera alarma no volviera a dormir podría acordarme, pero se ve que los sueños que vienen después, los que sí han quedado en mi memoria, borran los que haya podido tener antes.

El de hoy ha sido extraño, difuso y aparentemente sin demasiada coherencia. Se compone de distintas imágenes, como fotografías, sin demasiada conexión entre sí, por lo que será difícil plasmarlo por escrito. Antes de ir con ello creo que es necesario poner al lector un poco en situación. Esto de contar los sueños, además de ser interesante para mí por el mero placer que me produce hacerlo, es una excelente excusa para dar cuenta, más o menos indirectamente, de algunos episodios personales de mi vida, que al fin y al cabo es para lo que inauguré este blog hace ya casi un año. De la evidente relación entre sueños y realidad no voy a hablar, es por todos conocida y nada novedoso ni mínimamente ingenioso podría yo añadir. Me limito a narrarlos con la mayor fidelidad que me sea posible y diariamente, cometido más arduo de lo que pueda parecer a simple vista.

El sueño de hoy tiene que ver con mi ex pareja, con la que pasé casi siete años, a quien envío mi más profundo agradecimiento y de la que no puedo tener nada más que buenas palabras. Sin riesgo a equivocarme, creo que es, y así se lo dije el día que nos despedimos hace ya casi dos años, la mejor persona que he conocido en mi vida. Ni una falta le pondría: era inteligente, sincera, trabajadora, estudiosa, simpática, bondadosa con quien lo merecía y con los suyos y hostil y de armas tomar con quien le hacía daño a ella o a los de su entorno cercano. Era cariñosa en extremo, atenta y nada posesiva. Nunca me vi constreñido en mi vida privada, nunca coartó mi libertad más de lo estrictamente necesario—ni yo la suya, que nunca pensé que por ser novios fuéramos una unidad estanca e indivisible—, que no es lo que suele ocurrir con la mayoría de parejas, que confunden el amor con la posesión malsana. Y por si todas estas virtudes que la adornaban fueran pocas, además era guapa y estaba buena. Aquello acabó, por estas cosas de la vida que a veces pasan, y con frecuencia, recordándola, me digo que seguramente jamás encuentre a una mujer que atesore ni la mitad de lo que atesoraba ella. Tampoco lo espero, porque soy consciente de que puso el listón altísimo, inalcanzable, y esperar encontrar a otra como ella no sólo es ridículo, porque cada uno es como es y Alicia —aunque no sea éste su nombre verdadero— sólo hubo, hay, una, sino que además es cargar de inmerecida presión a toda mujer que pueda conocer en un futuro.

Solía yo ir con relativa frecuencia a su casa, donde, como es natural, estaban sus padres y sus dos hermanos, un varón y una hembra, gente trabajadora y franca, de la que tampoco tengo queja de ningún tipo. Confieso que aquellas visitas eran aburridas y a veces embarazosas, y en ésto la costumbre no llegó a actuar de suavizante. Tan embarazosas fueron las primeras visitas como las últimas, sin que pueda explicar muy bien por qué. Ellos, creo, me apreciaban, y yo los apreciaba a ellos, pero en cuanto entraba por la puerta estaba deseando salir a la calle con Alicia a dar una vuelta.

La hermana, a quien llamaremos Marga, persona culta y muy leída, tres o cuatro años mayor que yo, tenía, y no la escondía, una ideología de derechas, y yo por aquel entonces estaba aborregado por este izquierdismo de tan mal gusto que hoy impera. Muchas veces discutíamos de política, sin llegar jamás la sangre al río. Hoy en día suscribiría pocas de las opiniones que vertí entonces, entre otras cosas porque ni yo mismo las sentía como mías.

Hecha esta somera introducción, vayamos con el sueño:

Estoy delante de un ordenador, leyendo un correo que me ha enviado Alicia. Soy consciente de que es mi ex, ya no estamos juntos, y desde que lo dejamos, dos años atrás, no la he vuelto a ver. Creo que estoy en mi casa, pero cuando alzo la vista me doy cuenta de que estoy en la suya, que no es como en la realidad. Veo la sombra y escucho la voz de un señor mayor, que puede ser su padre. Intento esconderme. Sin embargo, cuando vuelvo a mirar el ordenador, vuelvo a estar en mi casa, que tampoco es la real. El correo tiene un tono de reproche, que me hace entristecer, y sólo recuerdo una frase: "no traigas la bandera de Cataluña, que es inconstitucional". Recuerdo perfectamente la palabra inconstitucional. Me pongo a pensar: la bandera de Cataluña no es inconstitucional, la que es inconstitucional es la independentista, la que tiene la estrella blanca a la izquierda, dentro de un triángulo azul. Pero la bandera de Cataluña, la que sólo tiene franjas amarillas y rojas, no es inconstitucional. Pienso en que seguramente Marga le haya sugerido que me lo dijera. Me siento muy indignado, y respondo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Diario de sueños (II)


Ha sido una noche prolífica en sueños. Supongo que todas lo son, pero de los de hoy, o de la mayoría de los de hoy, me acuerdo bastante bien. No tan bien a estas horas en que escribo (pasadas las seis de la tarde) a como me acordaba nada más despertarme, pero creo que con un poco de esfuerzo podré recrearlos con bastante precisión. No obstante, esto me lleva a la conclusión de que es conveniente tomar pluma y papel en cuanto abra el ojo y me despoje de las inevitables telarañas postsueño y apuntar frenética y quizá desordenadamente lo que la cabeza me vaya dictando relativo a lo que acabe de soñar. Es la única manera de plasmar fielmente su contenido, pues con el paso del tiempo, aunque sean pocas horas, cuando me siento delante del ordenador para escribir me encuentro con lagunas y tiendo a fabular los sueños, y, por tanto, a falsearlos. Haré todos los esfuerzos posibles para que queden en negro sobre blanco lo más parecido posible a como los parió mi cabeza en su frenesí nocturno.

En total hay cuatro sueños, pero hay dos que no voy a contar; uno es el primero, por orden cronológico, porque atañe a ciertos asuntos de mi vida de los que me está vedado escribir en este blog, que se ha publicitado, quizá, entre demasiada gente cercana. Y del otro, cuarto en la lista de hoy, no voy a dar cuenta porque es de temática sexual.

De los sueños sexuales, que en mi repertorio onírico son frecuentes, variados y no siempre —en contra de lo que cabría suponer— agradables, no voy a escribir por dos cuestiones. La primera, porque no creo conveniente ni estético airear las posibles zafiedades que mi cerebro fabrica por la noche, y la segunda porque pienso que a nadie interesan. Quede dicho que tengo sueños húmedos con relativa frecuencia y ya está, con eso vale.

Me encuentro en mi habitación, pero es la de hace diez o quince años. Yo tengo mi edad actual. La habitación está asombrosamente bien recreada como era antaño, hasta en sus menores detalles. Abro uno de los armarios donde guardaba la ropa, y, tras rebuscar un poco entre las prendas, encuentro la camiseta de Larry Bird de los Boston Celtics, de color verde, la clásica, con el nombre y el número bordados, que en la vida real no tengo, y la de Dwayne Wade, que es roja, y que me regalaron el año pasado. Al principio me sorprendo de encontrar la camiseta de Larry Bird y siento una gran alegría, porque pensaba que no la tenía, pero luego recapacito y recuerdo que me la regalaron hace mucho y que por tanto lleva guardaba desde entonces. A continuación juego con mi hermano al baloncesto en mi habitación, exactamente igual a como lo hacíamos cuando teníamos ocho o diez años. Esto es, cortábamos el cordaje de una raqueta de plástico, de manera que quedaba un aro en forma de huevo, deslizábamos el mango de la raqueta por debajo de la ropa guardada en el armario de arriba, y, como había mucha ropa y pesaba mucho, la canasta quedaba perfectamente sólida para jugar a nuestro antojo, incluyendo la posibilidad de mates violentos y monstruosos.

Sin solución de continuidad:

Atardece. El cielo es de un tono sonrosado a ras de tierra y de un azul que se va oscureciendo gradualmente según miro hacia arriba. Estoy al aire libre, sentado en un sofá que da a una piscina, una piscina grande, de un agua azul y lisa como un espejo, rodeada de vastas extensiones de césped. Es una piscina que no conozco, una piscina creada por mi cerebro quizá a partir de algunas piscinas en las que he estado en la realidad. En el bordillo, de pie junto a la lámina de agua, hay una mujer que, al parecer, es mi madre. Pero no es mi madre verdadera, es mucho más joven, de unos cuarenta años, y está de buen ver. Pensándolo ahora, se parece a una señora que se sentó frente a mí en el autobús días atrás. Mi supuesta madre, que viste un ligero vestido de gasa color rosa, se acerca a mí y me pide que le preste el ordenador portátil, que quiere hacer no sé qué cosa. Yo, claro es, accedo, y ella se tumba cómodamente con el portátil sobre los muslos, sonriendo, en otro sofá que hay a mi espalda, contiguo al sofá en el que yo sigo sentado. De repente recuerdo que tengo que escribir, no sé el qué, seguramente mi diario como hago cada noche, y me doy cuenta de que no puedo hacerlo. Me arrepiento de haberle prestado el ordenador a mi madre, y me siento muy desdichado.

martes, 8 de diciembre de 2009

Diario de sueños


Mentiría si dijera que se me ha ocurrido contar en el blog los sueños (los que puedan contarse, claro) que vaya teniendo y de los que me acuerde. Y mentiría porque es una idea copiada de otro blog, no recuerdo cuál, que me pareció buena y que me rondaba en la cabeza desde hacía unos meses. Me parece interesante esto de contar los sueños, y es interesante sobre todo para uno mismo, pues entiendo que para el resto de los mortales lo que alguien sueñe o deje de soñar no tenga el más mínimo interés. Si acaso, puede tenerlo en tanto que los sueños suelen reflejar las inquietudes más o menos importantes del soñador en cuestión. Siempre he otorgado gran importancia a los sueños, y siempre me han gustado los sueños bellos, siempre me han levantado mucho el ánimo. Alguna vez me he llegado a enamorar de alguien por un simple sueño. Recuerdo muchos a lo largo de mi vida que me impactaron tanto o más que cualquier hecho real. Ignoro si es posible o no elegir lo que soñamos antes de acostarnos. César González-Ruano, en sus Memorias, dice que sí, que antes de quedarse dormido pensaba en lo que quería soñar y luego, en efecto, soñaba con eso que había pensado. Yo eso no me lo creo mucho. Al menos, a mí, no me sucede. Además que pienso que es mejor que los sueños nos vengan de sopetón, sin esperarlo, como un delicioso regalo que nuestro cerebro, quizá fatigado de la prosaica realidad, nos hace para compensar los sufrimientos y aburrimientos del día a día, y para hacernos encarar con mejor talante la jornada que empieza.

Me gustaría empezar por un sueño que he tenido esta misma noche, que he vivido intensamente y del que recuerdo muchos detalles. No siempre ocurre así, como todo el mundo sabe. El sueño es el siguiente:

Estoy en un pueblo de la Alcarria. No es ningún pueblo en concreto, no existe, ni siquiera sé el nombre porque no lo tiene, pero sé que está en la Alcarria, cerca de Guadalajara capital. Probablemente sea Iriépal —donde, todo sea dicho, nunca he estado—, pero no es seguro.

Atardece. Es un pueblo desierto, algo lóbrego, no muy grande, pero tampoco una aldea, de calles relativamente amplias y casa bajas, revocadas de blanco. Estoy con mi hermano y mi mejor amigo. Les he conseguido convencer de que hagamos el mismo itinerario, de cabo a rabo, que siguió Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria, por cierto uno de mis libros favoritos. La idea es hacerlo a pie, como lo hizo el escritor. "Es la única manera de enterarse de algo", dijo Cela, y yo recuerdo esa frase una y otra vez. "Está bien hacerlo en bici", me digo, "pero Camilo tiene razón. A pie se ven más cosas, te enteras mejor de todo".

Sé que va a ser duro, van a ser muchos días, pero ardo en deseos de emprender la marcha. Mi hermano y mi amigo, en cambio, no parecen tan estusiasmados y están todo el rato de broma. Yo intento darles cuenta del itinerario que vamos a seguir. Les muestro el libro Viaje a la Alcarria, de la edición Austral de pastas azules, el mismo que tengo en la realidad, pero no me hacen ni caso. Me siento triste, porque mi ilusión no es compartida por mis acompañantes. Sigue atardeciendo, es un atardecer eterno, nunca anochece. De repente nos vemos en unos cerros descarnados, siempre atardeciendo, subiendo trabajosamente una cuesta por una pista de tierra, pero a los pocos segundos estamos de nuevo en el pueblo, como si no nos hubiéramos ido. A lo mejor la visión de los cerros terrosos es una ensoñación mía dentro del propio sueño.

En una calle nos encontramos con un hombre, un campesino, al que no se le ve la cara. Todo él es una sombra, de la que sólo vislumbro su camisa a cuadros, y sobre el fondo del cielo atardecido, de un azul metálico, se recorta su sombrero de paja. Le contamos nuestro propósito. Parece muy amable, y, ante la inminente noche que en teoría va a llegar pero nunca llega, nos ofrece su casa. Mientras caminamos hacia allí voy pensando en que tengo que ir tomando notas del viaje para luego escribir el libro. Pienso en la técnica, en di debo escribirlo en primera o tercera persona, en presente o en pasado, en si debo meter a mis dos compañeros. Llego a la conclusión de que no, de que lo narraré como si hubiera ido yo solo. "Pero no lo hagas como Camilo José", me digo. "Tienes que tener un estilo propio, hacerlo a tu manera". Miro mi libro de pastas azules, que tengo en la mano, y me dan ganas de besarlo. Hubiera dado cualquier cosa por escribirlo yo. Pero ya está escrito.

Entramos en la casa, que es grande y limpia, bien amueblada, iluminada por una luz naranja y trémula. El campesino nos muestra nuestra habitación y cierra la puerta. El suelo es de baldosas de arcilla, y los muebles, de madera, algo toscos, pero bien cuidados. Intento dormir, pero me invade un miedo atroz, como un vago presentimiento de algo terrible. De repente, en el silencio, veo subir por la pata de la cama en la que duerme mi hermano una enorme araña negra, de un tamaño similar a las tarántulas de la selva, sólo que con las patas más finas y el abdomen más pequeño. La araña, pese a que no tiene ojos, parece mirarme con fiereza. Me da auténtico pavor, y tras matarla —no sé cómo —, no puedo volver a dormir, y veo arañas, ciempiés y alacranes por todas partes, y todo me pica, y por todas partes siento cosquilleos. Mi hermano y mi amigo, en cambio, parecen muy contentos ante tal compañía. "¡Era como las de la selva!", dicen jocundos, como niños pequeños, mientras juguetean con el cadáver.

No recuerdo más.