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miércoles, 19 de septiembre de 2012

SOBRE LA TRISTEZA, EL JÚBILO Y LA FELICIDAD



La tristeza es un invento portugués. O casi. Lo saben bien quienes hayan visitado Lisboa, quienes hayan leído a Pessoa y quienes hayan escuchado alguna vez un fado. Los portugueses sienten la tristeza a su manera, la sienten como propia, casi como derecho inalienable, y se diría que en portugués el término tristeza no quiere decir lo mismo que en el resto de lenguas del mundo, sino muchas más cosas. Es una forma de vida, una tradición, incluso para los millonarios, guapos y jugadores del Real Madrid, como Cristiano Ronaldo. Esto, en un país como España, oficialmente alegre, se entiende mal y llega a criticarse despiadadamente, como si la tristeza, real o fingida, sólo fuera patrimonio de los pobres, de los marginados y de los jugadores del Atlético de Madrid. Porque si Cristiano no tiene derecho a estar triste, aquí en el Primer Mundo no lo tenemos nadie.
Un buen pintor habría pintado un cuadro tormentoso, con apocalípticos paisajes de nubes y horizontes negros sobre una ciudad grande y dominadora, con las dos últimas semanas del Real Madrid, desde la publicitada tristeza de Cristiano -¿qué saudades tienes, Cris?-, pasando por las tristezas colectivas tras la derrota de Sevilla hasta el júbilo por la remontada de ayer ante el lujosísimo Manchester City. Todo un viaje emocional en apenas quince días, que algunos tardan en hacer toda una vida pero que en muy poco tiempo el Madrid es capaz de ofrecer a una hinchada hambrienta de drama vital, de representaciones en directo de la vida cruda que pasa y no termina, espectáculo que sólo el deporte puede ofrecer y, dentro del deporte, el Real Madrid como ninguna otra institución del mundo (quizá conjuntamente con los Lakers).
Quizá Cristiano se equivocó en una cosa: no en decir a los periodistas que estaba triste, sino en utilizar el término tristeza. Pessoa, portugués de Lisboa, en su obra maestra de la tristeza Libro del desasosiego, no lo utiliza una sola vez; la tristeza es el libro en sí, no una palabra que lo defina. Si Cristiano hubiera sido consciente de esto es seguro que su famoso discurso habría sido mucho más elegante, más estético y, por ello, mucho mejor acogido por el alegre ciudadano español y por la propia afición madridista. Le sobró decir que estaba triste, habiendo podido decirlo con otras palabras, por ejemplo: “tengo frío de la vida. Todo es cuevas húmedas y catacumbas sin luz en mi existencia. Soy la gran derrota del último ejército que defendía al último imperio…” o “príncipe de mejores ocasiones, otrora fui tu princesa, y nos amamos con una amor de otra especie, cuya memoria me duele”, etcétera.
Ayer, el portugués sí celebró su gol, y lo celebró como se deben celebrar los mejores goles: sin gestos para la galería, sin intervención de la inteligencia ni la conciencia, sepultado por compañeros sinceramente contentos, llevado nada más que por la alegría de haber hecho algo importante y, todavía más, casi inverosímil. No quiere decir esto que la tristeza se le evaporara a Cristiano, pues lo que ayer aconteció en el Bernabéu tuvo que ver con el júbilo, pero no con la felicidad, que es un estado plano y continuo, sereno y consciente, que en el Real Madrid, por definición de lo que es el club, el entorno y la exigencia, es casi imposible de alcanzar.
Que la felicidad tiene que poco que ver con lo de anoche se vio nada más terminar el partido, con esas declaraciones de Cristiano a TVE en las que no negaba su tristeza y escurrió el bulto cuando el reportero tocó el tema. Igual que una fiesta, por muy fastuosa que sea, no sirve para curar a un alma deprimida sino sólo para aliviarla momentáneamente, la victoria de ayer y cómo se produjo no tapa las dificultades futbolísticas del equipo y el hecho de que está a ocho puntos del Barcelona en Liga. Cuando la fiesta termina, esa alma debe regresar a casa y en algún momento se encontrará a solas, habiendo tirado su traje elegante encima de la cama y con toda su tristeza a cuestas que, en última instancia, ella y sólo ella tendrá que soportar. Después del júbilo, la felicidad aún está lejos, quizá más lejos que nunca.
¿Qué le falta al Real Madrid para alcanzar la felicidad? Ganar la Décima, dirá uno, olvidando que el entrenador que ganó la Séptima abandonó el club inmediatamente después de la gesta. Ganar Liga y Décima, dirá otro, obviando que al año siguiente se le exigirá la Undécima y otra liga más, sólo que jugando mejor. Ganar todos los años la Liga y la Champions desplegando un juego perfecto, dirá el de más allá, sin tener en cuenta que eso sólo ocurre en los sueños y que hay enemigos, que otros clubes también juegan. Las pretensiones siempre estarán ahí y el ser humano, y más aún el madridista, nunca se sacia. Más que preguntarse sobre qué le falta al club para ser feliz, habría que indagar sobre lo que sobra. Gestos, ciertos personajes, entorno, dinero incluso. Hoy, con la fiesta de ayer, parecen haberse olvidado ciertas tristezas, pero no olvidemos tampoco que la vida y la competición siguen y que en ellas, y no en lo pasado (aunque sea tan reciente como el 3-2 de anoche), está la lucha, y, en la lucha, quizá, la felicidad.

jueves, 2 de agosto de 2012

AGRADECIMIENTO


Una vida absolutamente maravillosa (Enrique Vila-Matas) 
Hay ciertos libros que pasan por nuestra vida hacia los que deberíamos estar eternamente agradecidos. Tampoco muchos, quizá podrían contarse con los dedos de una mano. Y tampoco hace falta que sean muchos, igual que los amigos, y es más, diría que no es posible tener un número elevado de libros importantes en la antología personal, pues esa importancia se diluiría en el número. Son, decía, libros que tenemos la fortuna o el instinto de toparnos en circunstancias especiales de nuestra vida y que, en medio de la zozobra y el tumulto, suponen un mágico remanso, un tierno estanque tranquilo y luminoso donde descansar. Donde descansar de nuestra vida, a pesar de que esos libros pertenecen por derecho propio a ella, y es por eso por lo que suponen tanto para nosotros. Nunca supe ni quise separar a los libros de las vicisitudes de la vida propia. Cada libro importante se halla relacionado con una época, una tarde o simplemente un momento. La lectura, si es placentera e incluso decisiva para uno, no puede separarse de la vida en cuanto somos conscientes de ese placer y ese carácter decisorio que hacen de esos libros especiales un ingrediente fundamental de nosotros.
Esta mañana he venido a la biblioteca, como siempre. La diferencia con el último mes es que hoy sí estoy consiguiendo escribir. Desconozco qué es lo que estoy escribiendo, como desconocía lo que iba a escribir viniendo aquí. Es tarde ya, son las doce y seis minutos del mediodía y en un rato me iré al gimnasio, así que no tendré tiempo para mucho. No importa, eso es lo de menos. Si soy sincero, estoy deseando irme y airearme, aunque también es verdad que aquí se está muy a gusto, hay aire acondicionado y el relativo silencio de las bibliotecas públicas. Está uno rodeado de libros, lo cual siempre es reconfortante, y el tiempo va pasando. Y lo bueno es que, de momento, va pasando mientras van pasando las letras y las líneas por este documento, que no sé si es un nuevo diario, ni siquiera sé si quiero que lo sea. Creo que no lo será. Lo veo demasiado débil todavía, demasiado esmirriado. No puede vivir solo, necesita de mi ayuda. ¿Querré yo ayudarlo? No lo sé, se verá con el tiempo.
El caso es que, como decía, he venido a la biblioteca hace un rato, rebotado de casa, donde era difícil estar. Papá y mamá están de vacaciones y estar en casa, una mañana calurosísima de verano, con tanta gente, se hace insoportable. Además, quebrar una rutina es extremadamente difícil, y yo, en el último mes, he seguido viniendo aquí, aunque después no escribiera una sola línea. Hoy he tenido suerte, esa es la verdad. Suerte de haberme levantado con unas mínimas ganas de escribir y de que internet no funcione. ¿Qué hacer, entonces? La solución de escribir se ha impuesto como la más deseable y, a lo último, la única posible. El no disponer de conexión de internet aquí es una bendición para escribir. Si lo hubiera, lo más fácil es despistarse, mirar el Facebook una y otra vez, el As y el Marca o cualquier otra página que nada tiene que ver con el noble propósito de escribir. La vida hoy me ha ayudado, y se lo agradezco. La vida, hoy, me ha ayudado a escribir, o sea, a separarme de ella, siquiera sea durante un rato. La vida, no hay que dudarlo, conspira muchas veces contra sí misma.
Estoy contento de que después de algún tiempo me haya salido una frase medianamente ingeniosa o literaria –vagamente literaria- como la última del párrafo anterior. Estoy casi seguro de que no es gran cosa y que leída dentro de algún tiempo sonará tonta y tópica, pero ahora mismo, mientras escribo, me hace mucha ilusión. ¡Tanto tiempo sin saber lo que es escribir, sin descubrir una frase, una idea, una emoción incluso, mientras se escribe! Porque de otra manera es imposible, al menos para mí. Rara vez se me ocurre algo así, en seco, sin la apoyatura de las teclas. Pero esto ya lo dije en otra ocasión, en otro texto, releído recientemente. Con lo que ya me estoy citando a mí mismo, mal asunto.
He empezado hablando de esos libros a los que deberíamos guardar eterno agradecimiento por suponer, en un momento de nuestra vida, la vía de escape más natural y placentera, por permitirnos distraernos de nosotros mismos y descubrir otros mundos y otras formas de escritura y de creación. Por, en definitiva, hacernos pasar un buen rato cuando no creíamos posible que eso sucediera. Y esa cosa tan milagrosa, pasar un buen rato en determinadas circunstancias, es capaz de lograrlo un artefacto rectangular hecho de papel y tinta, y muchas veces ajado y amarilleado y con un olor extraño.
No puedo ocultar que estoy escribiendo estas líneas fuertemente influido por Vila-Matas. Intento imitar no ya su estilo, que eso es bien sencillo y casi natural, sino su procedimiento a la hora de escribir, que es una cosa distinta. Sé que no es lo que debería hacer, que debería escribir a partir de mí y sólo de mí, pero para empezar no está tan mal, y además, si he de ser sincero, no me siento capaz de escribir a partir de mí y sólo de mí. Ni siquiera sé si quiero. Durante los últimos tiempos he sido un ser extraño para mí mismo, desconocido. Me he olvidado de buena parte de mi ser, sobre todo de esa parte que es la que me impulsaba a escribir y a decir las cosas que decía, y no es fácil acordarse así, de golpe, en una sola mañana. Así que lo mejor será amoldarse conscientemente a un escritor estimado y muy leído y releído durante los últimos tiempos, a ver si así soy capaz de acordarme de mí mismo, de ese yo que era hace un tiempo, de ese yo que escribía, aunque sólo fuera un pálido diario. Aunque, pensándolo un poco, a lo mejor no es necesario ni deseable ni posible que ese yo regrese jamás. Nuestro yo va mutando con el paso del tiempo influido precisamente por ese paso del tiempo, o, más exactamente, por nuestro paso por el tiempo y las circunstancias de la vida. El yo de ayer es un yo que nunca volverá.
Una vida absolutamente maravillosa. Ese es el título de un nuevo libro al que uno guardará eterno agradecimiento. Un ladrillo más en la pared de la biblioteca personal fundamental. Un título falso que esconde lo que es el libro –su contenido nada tiene que ver con lo que el título evoca, y estoy seguro de que el autor así lo quiso, quiso confundir al futuro lector que lo comprara, no sin su punto de ironía y retranca-, pero a la vez portentosamente lúcido y real porque, en efecto, leer esa colección de ensayos novelados, o esas trazas de novelas y cuentos pasados por un delicioso filtro ensayístico, puede hacer que la vida sea absolutamente maravillosa. Porque la vida se vuelve maravillosa mientras se lee, pero también se vuelve maravillosa después de haberlo leído y, aun diría más, antes de leer una sola línea. En cada libro que leemos no hay un libro, sino tres: el que leemos mientras lo estamos leyendo, el que queda en nuestra memoria después de haberlo leído y el que había en nuestra imaginación antes de empezar a leerlo, y que permanece después de la lectura, confrontándose así el libro imaginado y el libro, digamos, real. Y los tres son igual de importantes, porque son distintos aun pareciéndose mucho en la mayoría de los casos.
Personalmente, no es ninguna decepción el que un libro se parezca mucho al que uno pensaba que iba a ser antes de empezar a leerlo. Al revés, es algo que siempre me alegra. Uno se crea unas expectativas determinadas y es difícil salirse de ellas. Uno, en ese sentido, es un poco estrecho de mente. Claro que hay excepciones. En este caso, en el caso de Una vida absolutamente maravillosa no he encontrado muchas cosas distintas del Vila-Matas que ya conocía de Doctor Pasavento, El mal de Montano, Dietario voluble o París no se acaba nunca. Es más, algunos de esos ensayos suponen el punto de partida de libros más voluminosos como los mencionados, el germen al partir del cual crear, casi de forma mágica, una novela. Pero también, claro, he hallado nuevos perfiles del escritor barcelonés que me han entusiasmado. Nunca se conoce del todo a un escritor hasta que no se lee todo lo que ha escrito. En cada página desconocida hay un rasgo nuevo y sorprendente, y no digamos en cada libro.
No hay nada que me guste más que un escritor me cuente sus filias literarias, y que además las desgrane, me cuente cosas sobre esos escritores y me diga fundadamente por qué le gustan tanto. Y Vila-Matas, durante las 554 páginas de Una vida absolutamente maravillosa, no hace otra cosa. Se trata del resumen de la historia lectora del que es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo. Ya lo dice él mismo no sé si en este libro o en algún otro, o puede que en varios a la vez, lo mismo da: “el escritor escribe, primero, porque ha leído a otros, y después escribe porque ha empezado a escribir. Pero siempre escribimos después de otros”, saliéndose de ese carril estrecho y manido referido a motivaciones más metafísicas y trascendentes por el que transitan la mayoría de los escritores cuando se les pregunta que por qué escriben.
Por estas páginas, densas en contenido, erudición literaria e inteligencia, desfilan una y otra vez nombres como Kafka, Pessoa, Nabokov, Hemingway, Walser, Raymond Roussel, Flaubert, Joyce, Gombrowicz, Borges, Virginia Woolf, Bolaño e incluso Baroja. La obra de todos ellos es la moldura a partir de la cual el Vila-Matas lector -el Vila-Matas que importa en este libro- fue convirtiéndose en el escritor que conocemos y que ha ido creando una obra en la que lectura y escritura son difícilmente diferenciables, igual que es difícil elucidar cuándo Vila-Matas está novelando, cuándo está escribiendo un ensayo o cuándo, incluso, está escribiendo un poema camuflado de prosa. Es muy posible que Vila-Matas esté escribiendo constantemente todo a la vez y nosotros no nos demos cuenta o sólo estemos teniendo la vaga sospecha.
El libro, que no es un libro solo, sino varios libros en uno (entre ellos la segunda parte del admirable Dietario voluble), es un libro de libros, un libro escrito para escritores o futuros escritores y para quienes de verdad les interese la literatura o quieran estar interesados. Para todos ellos se ofrece por 14.95 euros un festín de comentarios, recuerdos, glosas, reflexiones y opiniones acerca de libros admirados por el autor y que marcaron su vida indeleblemente y que, incluso, le hicieron “más inteligente”, como le ocurrió con el Diario del escritor polaco Witold Gombrowicz. Si uno conoce un poco a Vila-Matas, no le extrañará que Una vida absolutamente maravillosa esté salpicada de citas en cada página, casi en cada párrafo. Él mismo, consciente de que algunos puristas execran de esa saturación de palabras de otros escritores, se justifica, de alguna manera, en las páginas del libro, y lo hace, cómo no, recurriendo a la opinión de otro escritor admirado: “Pienso con Fernando Savater que las personas que no comprenden el encanto de las citas suelen ser las mismas que no entienden lo justo, equitativo y necesario de la originalidad. Porque donde se puede y se debe ser verdaderamente original es al citar. Y también creo con Savater que los maniáticos anticitas están abocados a los destinos menos deseables para un escritor: el casticismo y la ocurrencia, es decir, las dos peores variantes del tópico. Citar es respirar literatura para no ahogarse entre los tópicos castizos y ocurrentes que se le vienen a uno a la pluma cuando nos empeñamos en esa vulgaridad suprema, «no deberle nada a nadie». En el fondo, quien no cita no hace más que repetir pero sin saberlo ni elegirlo”.
No puede uno estar más de acuerdo. En este caso, está uno del lado de Vila-Matas y Savater, lo cual, dicho sea de paso, no tiene ni mérito ni originalidad. Una vida absolutamente maravillosa  es un compendio de citas de los escritores más admirados por Vila-Matas y, también, de citas sobre esos escritores, comentarios de otros escritores también admirados acerca de esos primeros escritores admiradísimos. Porque, además de los monstruos literarios antes mencionados, uno se encuentra con nombres como Alejandro Rossi, Sergio Pitol, Bruno Schulz o Macedonio Fernández, figuras un tanto borrosas para uno, cuando no abiertamente desconocidas, y que suponen, cada una de ellas, un nuevo horizonte de sugerencias, de escrituras, de formas de entender la vida. Ya sólo por eso Una vida absolutamente maravillosa es un verdadero regalo.
No puedo negar que estoy feliz de que Una vida absolutamente maravillosa haya pasado por mi vida. Su lectura ha supuesto impagables momentos de disfrute, de olvido de uno mismo y encuentro de otros, y me ha animado –junto con la falta de internet- a hacer lo que estoy haciendo en este momento, esta mañana de verano, en una biblioteca pública: escribir. Se trata de un libro ya decisivo para mí, igual que lo fueron todos esos libros mencionados por Vila-Matas en este libro mencionado por mí en este post. Un libro mágicamente entreverado en mi vida, a pesar de haberme ayudado a olvidarme de ella, como hacen todos los buenos libros. Porque, como dice el mismo Vila-Matas, “y es que, como escribiera Calvino, lo que la literatura puede enseñarnos no son métodos prácticos, sino sólo las posiciones. El resto es una lección que no debe extraerse de la literatura: es la vida la que debe enseñarla. En definitiva, saber tomar posición –o, lo que es lo mismo, saber plantarse- ante la vida”. Aunque esa vida sea absolutamente maravillosa.

jueves, 7 de junio de 2012

LOS OJOS DE SANCHO

Los jugadores del Barça celebran el triple de Huertas
La imagen la captó una cámara de Teledeporte. Es la secuencia del triple de Huertas visto por los ojos de Pablo Laso. El entrenador del Real Madrid está sudando, con la frente brillante y las ojeras de desvelo y preocupación, después de un partido durísimo, por momentos sublime de su equipo, y que va camino de evaporarse con ese balón que surca el cielo del Palau, hasta acabar dentro. Es el nanometraje de diecisiete puntos de ventaja (43-60) que se van por el sumidero. Catorce en el último cuarto (60-74), once a falta de poco más de cuatro minutos (68-79). En un soplo, en un tiempo de Planck –la unidad de tiempo más pequeña conocida-, se derrumba la ilusión que suponía un 0-1 que, para el Madrid, sabía a título, a doblete, a gloria, después de una temporada con altibajos en la que el propio Laso, a pesar del éxito de la Copa del Rey y del vistoso juego desplegado por su equipo, había tenido que encajar críticas quizá excesivas. Es lo que tiene no ser balcánico ni vehemente, que automáticamente está uno bajo sospecha, si es entrenador de baloncesto. Los ojos de Laso, pequeños e inteligentes, parecían recordar todo eso mientras contemplaban aterrorizados la franca trayectoria del balón lanzado por Huertas. Hay tiros que, por inverosímiles que parezcan, se sabe que van a entrar, porque a veces, en la vida y en el baloncesto, sólo puede ocurrir lo increíble. Y, gracias a la cámara de Teledeporte, sabemos que Laso sabía que ese balón iba dentro. En realidad, lo sabía Laso y lo sabían todos los madridistas.
Cuando el balón entró, el rostro de Laso apenas sufrió transformación. Es lo que suele ocurrir con golpes de este tipo, tan duros, tan inesperados, imaginados solo como la peor de las situaciones hipotéticas. Y, cuando ocurren, cuando uno tiene que encajarlos, no hay reacción inmediata. Los asustados ojos del vitoriano permanecieron como estaban. Unos segundos después, se limitó a decir unas palabras, sospechamos que de incredulidad e impotencia. Al fondo, los jugadores del banquillo del Real Madrid con las manos en la cabeza y, delante, como desfile frenético, la plantilla entera del Barça corriendo a abrazar a Huertas, que mascaba su felicidad tirado en el suelo, gritando y tensando los músculos después de un partido catastrófico (cero puntos hasta ese momento, 0/5 en el tiro, -5 de valoración). Así son las ilusiones, las que vienen y las que se van: se derrumban de un soplo, con un triple a tabla. Aviso a todo el mundo…
Porque lo de ayer, ese triple que desde el mismo momento en que entró pasó a formar parte de la historia y la leyenda de la ACB y el baloncesto, es un aviso a todo el mundo: al Real Madrid, por supuesto, que fue el que lo sufrió, pero también a todos aquellos que vieron el partido por Teledeporte y se encontraron con desenlace tan tremendo; es un aviso para los amantes del baloncesto, que nunca dejarán de asombrarse con su querido deporte por más que éste les ofrezca escenas como la de ayer, y también para los que anoche veían por primera vez un partido, que aprendieron que el baloncesto es una perfecta metáfora de la vida, con sus dulzores y amarguras; es un aviso también para los espectadores del Palau y para el propio Barça, tan feliz ayer, y con razón, después del milagro, y que ahora sabe mejor que nadie que algo así puede repetirse en su contra, quién sabe si en esta misma serie final. Es un aviso, en fin, de lo que es la vida, el amor y el baloncesto, donde las ilusiones de derrumban de un soplo, con un triple a tabla, igual que vienen…
Laso, con su amable perfil de Sancho Panza, dijo después del golpe que había que levantarse lo antes posible y añadió la inteligente reflexión –sobre todo teniendo en cuenta que la hizo en caliente- de que la suerte hay que buscarla y que si no se hubieran cometido tantos errores en esos cuatro últimos minutos fatales no habría habido lugar al increíble desenlace que todos vimos. Palabras justas y mesuradas –las habría dicho exactamente igual el propio Sancho- que quizá encierren la sospecha de que ni su equipo ni él podrán levantarse de esta. Porque estas cosas ocurren, hay golpes que dejan incapacitado al que los recibe y que, si no a largo plazo, sí que imposibilitan una reacción inmediata. Y el Madrid, que mañana vuelve a visitar el escenario de la tortura y los sueños que volaron, necesita pasar página a una velocidad einsteiniana. El arte de olvidar como único remedio para seguir adelante, para no claudicar.
La pregunta se la hace todo el mundo: ¿será el Madrid capaz de reponerse? En un segundo, en un nanosegundo, en un tiempo de Planck, el equipo blanco pasó de un 0-1 con aroma de doblete a un 1-0 tenebroso, con el rival armado de moral hasta los dientes y que, ahora mismo, se cree invencible tras haber superado 35 minutos de epilepsia baloncestística. El aguante del Real Madrid ante situaciones críticas está más a prueba que nunca. Ya superó unas cuantas en la mítica serie ante el Caja Laboral, pero lo de ayer supera a todas ellas juntas y a cualquiera que el equipo pueda echarse sobre los hombros. Si el plan era bueno, si estaba siendo ejecutado a la perfección, si en el Barça sólo anotaban Navarro y Lorbek y Carroll lo metía todo, Tomic descosía la pintura blaugrana, Singler encestaba con fluidez y Sergio Rodríguez se encontraba en su salsa, si el rival estaba además desquiciado y protestando a los árbitros, si todo ello confluyó en un partido y no se ganó… ¿qué esperar a partir de ahora?
Sin embargo, y ahí está la esperanza para el Madrid, a pesar de todo lo dicho y de la violencia del impacto del triple de Huertas sobre el ánimo blanco, queda la certeza de que el baloncesto, como la vida, sigue, porque tiene inercia de seguir. Así de simple, así de cierto, así de reconfortante.

viernes, 20 de enero de 2012

AMORES DE INVIERNO

Miro la fecha del calendario y casi me espanto: el dos ya ha subido al marcador de enero y este año me ocurre lo contrario que me ha ocurrido siempre. Cuando lo normal en mí y en la mayoría de la gente es alegrarse por el avance progresivo de la luz en los días y la consiguiente cercanía de la primavera, el verano, el sol y demás mitos mediterráneos, yo hallo una extraña angustia en que los días vayan siendo más largos y en que poco a poco el invierno se vaya escapando de los dedos como arena fina. No sé a que responderá esto, pero es así: ahora mismo querría que el invierno, los días cortos y las noches largas, frías y finas se alargaran al menos dos o tres meses más, y mientras normalmente el tiempo transcurrido entre noviembre y marzo –el de frío oficial- se me hacía demasiado largo, este año lo estoy viendo pasar en un suspiro. Y no me gusta.
Es posible que con el paso de los años tienda a sentir con más intensidad las voluptuosidades del invierno que las del verano y que las incomodidades de éste preponderen sobre las de aquél, las considere más difíciles de superar y desde luego mucho más lejanas a mi sensibilidad y a la comodidad de mi fisiología. Y luego está la luz. Frente al encanto del temprano anochecer, la sola imaginación de que a las nueve de la noche sea de día me parece una solemne pérdida tiempo. Tantas horas saqueadas a la lectura, al recogimiento, a la escritura placentera.
Quiero hacer muchas cosas en lo que queda de invierno, cosas que ahora mismo sólo tienen sentido de hacerse en invierno y que fuera de él adquieren una dimensión extraña, casi desagradable. Me gustaría ir a Aranjuez a pasar el día, disfrutar de más paseos nocturnos por el centro de Madrid –que sólo en invierno está tranquilo- y, por encima de todo, no me imagino visitando París en otra estación que no sea el invierno. Con ser la primavera una época aparentemente sugestiva para todas estas actividades, con toda el renacer de la vida, con toda la luz nueva consecuencia de los días más largos, con toda esa parafernalia oficial de la primavera que sólo parece entender de alegría espontánea, a mí todo eso me echa para atrás. No quiero más parques y jardines que los invernales, más árboles que los que no tienen hojas y son sólo esqueleto, más ropa que un buen abrigo y una bufanda de lana y más bebida que un té caliente disfrutado en la calidez de un café de medianoche.
Es posible que esto no sólo se deba a un prurito estético y sentimental, sino también a la inaudita benignidad de este invierno sin lluvias, sin nieves, sin vientos y casi sin frío, por lo que de ser así estaría incurriendo en una evidente contradicción conmigo mismo: deseo que se alargue un invierno que no parece tal, que más parece una primavera temprana y tímida. Yo creo, sin embargo, que esto no es así. Añoro algo más de frío, algo más de lluvia, ese poco de nieve y una pizca de viento que barra las hojas muertas del suelo. Y a falta de todo eso, me contento con este sucedáneo de invierno que estamos teniendo, y que siempre será mejor que estar a veinticinco grados por la noche sin parar de sudar.
Lo que sí está teniendo este mes de enero –porque en ello no influye otro factor más que la oblicuidad de los rayos solares sobre la Tierra, y eso es igual todos los eneros- es ese color de cielo al anochecer y esa luz característica de la primera hora de la tarde que llega a nosotros ya cansada, con un punto de desmayo, y que lo tiñe todo de un tono algo así como púrpura-anaranjado que se mezcla con esa fina gasa difícil de percibir y que no se sabe muy bien de dónde proviene: del agua fría de los ríos, de las nubes del cielo, de la efusión de nuestros sueños. Así es más fácil hacerse la ilusión de que estamos en invierno en este invierno tan poco invernal, tan inusualmente cálido, pero que mantiene algunos de sus imponderables encantos.
Creo que el invierno es injustamente tratado y que se sobrevalora el verano, quizá por un descontento de fondo, con un hastío de nuestra propia vida, de nuestra rutina, que se suele desarrollar en los meses fríos. Frente a los amores de verano, con esa pauta más o menos conocida de brevedad, atropellada nostalgia y falsas catástrofes del alma, uno va prefiriendo cada vez más los amores de invierno, menos pasionales quizá, pero más auténticos y serenos, mejor conservados y hasta parece que más sinceros. Uno tiene la sensación de que le pueden engañar menos en invierno y que tiene menos tentación de mentir en enero que en agosto. No sé por qué ocurre esto, pero es así. El verano siempre tiene algo de pérfido, de engañador, de falso. En invierno es más difícil ser desleal y, en el amor y en todas las cosas, nos vuelve más sensatos, más equilibrados, menos propensos al engaño y la simulación.
Se va escapando el invierno, y sólo llevamos un mes. De nada me vale decirme que quedan dos meses, dos terceras partes por delante para deleitarme en todos sus detalles. En esto ocurre exactamente lo mismo que en verano, que cuando llega el primero de agosto todo adquiere un irremediable tono de final, de muerte de ilusiones, de melancolías sobre algo que ni siquiera ha tenido tiempo de empezar. ¿Nostalgia del futuro? ¿Ilusión por el pasado? ¿Prolegómenos de lo que ya pasó? ¿Resaca de lo que está por ocurrir?

martes, 17 de enero de 2012

PROFESOR DE ENERGÍA



Dijo Larra que el aniversario es un error de fechas, pero uno más modestamente cree que es el pretexto perfecto para recordar y hablar de ciertas cosas cuando ese recuerdo y esa conversación no acuden a nosotros de forma natural.
Y es así como, casi de forma mágica y como si mi cerebro hubiera guardado durante años a modo de alarma esta efeméride, me he acordado de que hoy, día de San Antón, se cumplen diez años de la muerte de Camilo José Cela, acaecida la fría mañana del 17 de enero de 2002, a los ochenta y cinco años. Y es esta una ocasión propicia y única –sólo una vez se cumple el décimo aniversario de algo- para siquiera dar en este blog una cuantas notas desordenadas y desvaídas sobre la figura de uno de los grandes prosistas españoles del siglo XX.
Debo decir que la muerte de Cela ha sido la única muerte de un escritor que me ha impresionado. Las muertes de Larra y Balzac también, y aún más -leídas a posteriori lógicamente-, pero la de Cela tuvo el calor del directo, tuvo el calor de la noticia. Cela era una celebridad, y a mis diecinueve años recién cumplidos, a pesar de no haberle leído prácticamente nada, lo sabía y le admiraba secretamente, mucho por la poderosa imagen pública que daba, próxima a ese tremendismo atribuido a su obra y que él tanto se preocupó de desmentir, con razón más que sobrada.
Aquel año cursaba yo segundo de Bachillerato. En clase de Lengua y Literatura Cela era un tema recurrente en las pequeñas tertulias que, de cuando en cuando y sin saber muy bien cómo, prendían en medio de los bostezos y los análisis sintácticos. Más o menos todo el mundo tenía una idea de Cela, que por otra parte no tenía nada que ver con su obra y que se refería más a sus sonadas apariciones televisivas, a sus cabreos en público y a sus regañinas a los periodistas que se le acercaban a preguntarle. Cela era una estrella, cosa extraña si es de un escritor de lo que hablamos. Y entre palanganas, grillos y señoras tiradas a la piscina de su mansión alcarreña, era difícil que nadie fuera consciente de la importancia de la obra de ese señor malcarado, con vientre blanco de ballena, además casado sospechosamente –para goce de la prensa del corazón y la telebasura- con una mujer mucho más joven que él.
Para los que hemos leído y releído a Cela casi hasta la extenuación, molesta un poco el que el gran público lo identifique con esa imagen un poco grotesca y circense, que por otro lado él se buscó con admirable aplicación a lo largo de décadas. Igual que Umbral es asociado al momento con aquello de “he venido a hablar de mi libro” o a Fernán Gómez con lo de “váyase usted a la mierda. ¡A la mierda!” repetidos hasta la náusea en televisión, de Cela es difícil separar, de un primer golpe de vista, su cara mediática y terrible. Ellos tres, Paco, Fernando y Camilo, son los tres grandes cabreados de la cultura española, y a ninguno de los tres, como es de ley que ocurra en un país donde se lee poco, se les reconoce lo más mínimo por su trabajo, por lo que nos legaron. Ocurre con ellos un poco lo que a esos personajes deleznables del famoseo, que se quejan amargamente por no ser reconocidos por “su trabajo”. La diferencia más que fundamental es que estos escritores jamás se quejaron públicamente de que no se viera en ellos lo que verdaderamente eran y, sobre todo, que ellos verdaderamente eran merecedores de que se les reconociese por su labor.
Los días anteriores a aquel 17 de enero habíamos tertuliado sobre Cela en la clase de Lengua y Literatura de segundo de Bachillerato, al hilo de la lectura obligatoria de La colmena. Recuerdo que mi profesora decía que le entusiasmaba el Pascual Duarte, pero abominaba de muchas de sus obras, supongo que las más experimentales y “extrañas”, como Oficio de tinieblas 5, Mazurca para dos muertos o Madera de boj, libros todos poco permeables al lector, digamos, más tradicional.
Cela murió muy de mañana, y yo me enteré por el telediario matinal. Aquel día yo tenía un examen de Geografía (ríos de España), y no había estudiado absolutamente nada, así que decidí quedarme en casa y alegar enfermedad por ver si el profesor me condecía otra fecha para el examen. Entre las clases sacrificadas aquel día había una de Literatura, y me dio una rabia tremenda no acudir, porque imaginaba que se estaría hablando sobre la noticia, sobre la figura del escritor, sobre mil cosas de las que a mí me habría encantado formar parte. Me figuraba que la profesora dedicaría la hora completa a conferenciar, en un tono lúgubre y melancólico, sobre el recién fallecido, que a quien más quien menos llamaba la atención y para el que todos tenían una opinión. Cela, sin duda, no dejaba ni deja indiferente a nadie.
Los telediarios guardaron largos minutos de su caro tiempo a la noticia. Si de escritores hablamos, sólo la muerte de Delibes hace dos años ha tenido alcance similar en cuanto a lo mediático. Por la tarde llamé a un compañero de clase para que me contara cómo había ido el día y me enterara de los deberes para el día siguiente. “¿Te has enterado?”, le pregunté. “Sí, tío, qué fuerte”. Y hablamos un rato sobre Cela. Que dos post adolescentes dedicaran unos minutos de su corta conversación a la figura de un escritor da idea del alcance de su figura, que trascendía el estrecho cauce de lo cultural para extenderse por la amplia llanada de lo popular. Cela, aunque no reconocido, sí era conocido. Y lo sigue siendo, diez años después de su muerte. Cela es un clásico.
Umbral, en su libro Cela: un cadáver exquisito, le considera su “profesor de energía”. En efecto, nadie como él supo coger el volante de la cultura durante el franquismo y hacerse un nombre gigantesco entre tantos exiliados y escritores oficiales del régimen. La publicación de La familia de Pascual Duarte, en diciembre de 1942, le sirvió de reconocimiento casi instantáneo como gran novelista, condición que refrendó espléndidamente con la inolvidable La colmena y, en menor medida –aunque son excelentes novelas- con Pabellón de reposo y Nuevas andanzas y desventuras del Lazarillo de Tormes. Pero Cela no se quedó en novelista, sino que cultivó todos los géneros –poesía, artículo, ensayo, memorias-, inventó otro –el apunte carpetovetónico- e hizo de uno de ellos –el libro de viajes- su gran caballo de batalla literario. Porque es en esos bellísimos retratos de la España que conoció recorriéndola a pie donde está la mejor prosa de Cela, la más transversal, la más cruda y a la vez la más tierna, la más clásica y al mismo tiempo la más moderna, la más jugosa sin dejar por ello de ser ligera y siempre gratísima de leer.
Uno, que se ha recorrido varias veces la Alcarria siguiendo los pasos de su obra maestra Viaje a la Alcarria, da testimonio de que Cela sigue presente en aquellas anchas tierras, de las más hermosas de la hermosa Castilla y a donde “a la gente no le da la gana ir”, como escribió en su dedicatoria a Gregorio Marañón de ese mismo libro. A lo largo del camino son abundantes las placas de cerámica entrecomillando algunos fragmentos del libro y en Guadalajara, Brihuega y Cuéllar hay una calle con su nombre. Sin embargo, no es solamente en esta oficialidad –siempre un poco mezquina- donde se aprecia todavía el sedimento de Cela, sino en el hostelero, el tendero o el kiosquero, que cuando les cuentas que estás siguiendo su ruta, asienten con la cabeza y entornan los ojos, como diciendo: “me lo dicen todos los días”.
Sí, Cela sigue vivo, y la editorial Espasa-Calpe está reditando en la colección Austral, con loable criterio, algunas de sus obras menos conocidas, tales como El gallego y su cuadrilla –colección de apuntes carpetovetónicos-, Judíos, moros y cristianos y Viaje al Pirineo de Lérida –dos obras maestras del libro de viajes, o del libro de “andar y ver”, como los definió Ortega- y La rosa, primer volumen de sus memorias, libro leve y bellísimo, de una ternura que parece difícil encajar en un personaje tan volcánico. El segundo tranco de sus memorias lo conforma su Memorias, entendimientos y voluntades, que abarcan solamente hasta la publicación del Pascual Duarte, es decir, hasta los veintiséis años de nuestro protagonista.
Libro menos tierno pero igualmente interesante, dedicado casi por entero a la guerra -que Cela vivió muy por la tangente-, nos deja con las ganas de que su autor no escribiera al menos otro más en el que nos relatara sus recuerdos de su viaje a la Alcarria, la espinosa publicación de La colmena por mor de la censura o, más generalmente, su subida hasta el más alto escalafón de la literatura española. Cela se dejó sin escribir cincuenta y cuatro años de su vida, aunque hay que decir que algo de esa vida asoma en sus libros, ya sean de viajes y apuntes carpetovetónicos o novelas.
Mas no es la vida de Cela lo más importante. Tampoco el premio Nobel, concedido en 1989, ni su ceño fruncido, ni sus palanganas ni sus choferesas ni su voz estentórea e intimidante. Con ser todo eso Cela, nos interesa más el ávido lector que, según nos cuenta en La rosa, durante su forzosa convalecencia a causa de la tuberculosis lee los setenta tomos de la biblioteca de clásicos españoles de Rivadeneyra y la obra completa de Ortega y Gasset. Conocida su herramienta, el escritor está en condiciones de emprender su obra, que como no podía ser menos está toda ella cuajada por una prosa que suena a castellano del Siglo de Oro. Cela llegará a ser un escritor clásico que ha leído a los clásicos. Durante aquellos años de formación apenas lee a escritores contemporáneos –sólo a Ortega- y entre sus influencias más poderosas están Baroja, Dostoievski, Dickens, Valle-Inclán, Balzac y Stendhal.
De todo ese caudal de la más alta literatura de siempre Cela supo crearse una prosa propia en la que disuelven todas estas influencias para lograr un sabroso y alimenticio preparado, que no es otro que el de su obra, a veces olvidada tras su cara más festiva y obscena. Diez años después de su muerte, parece obligado colocar a Cela en el escalafón de los escritores clásicos españoles y a algunos de sus libros como obras pilares de la literatura española de todos los tiempos.
“La vida se inventó para vivir y para dejar vivir, para caminar, para amar a las mujeres que cruzan por el camino, para comer el pan honesto y el jamón curado, para beber el agua de la fuente y el vino de los lagares, para ver mundo y hablar de las cosechas y las navegaciones, para bañarse en el restaño del río que cae del monte y secarse después al sol, sobre la yerba”. Sirvan estas líneas sacadas de su Viaje al Pirineo de Lérida como aprendizaje de un modo de vida extinto y de recuerdo de una sensibilidad de otro tiempo, de otra España, y que no por sencilla parece peor.
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sábado, 14 de enero de 2012

SABER SENTIR

Ayer me tropecé en la televisión con un interesante reportaje que repasaba la vida de cuatro grandes físicos, seguramente los cuatro grandes físicos de la historia: Galileo, Newton, Einstein y Hawking. Cada uno tenía una biografía distina, en parte de acuerdo con la época en que les tocó vivir, y desde luego cada uno tenía su temperamento: Galileo era un tipo rebelde y malcarado que despreciaba al resto de la comunidad científica, Newton, un hombre huraño y retraído que se cree que murió virgen y que no tuvo jamás contacto alguno con los demás ni se le conocen amigos íntimos, Einstein, según propia confesión, era un “completo desastre en el ámbito emocional” y Hawking pasó su años de universidad y postgrado entre francachelas y campeonatos de remo. No fue hasta que le detectaron el ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) cuando, atosigado por la falta de tiempo que le quedaba por delante, se puso a trabajar en serio. Y, para su sorpresa, descubrió que le gustaba.
Cada uno, en efecto, era un ser distinto, con sus apetitos, gustos y demás perfiles humanos. Ahora bien, había en común en todos ellos -aparte de sus respectivas intuiciones geniales- una característica: todos consagraron su vida al estudio de la ciencia y, más concretamente, de la Física. De Newton, quizá el ejemplo paradigmático de todos los tiempos de obsesión por el trabajo, se sabe que pasaba en su dormitorio estudiando dieciocho o veinte horas al día, que se olvidaba de comer y que el único ejercicio que hacía era pasear de un lado a otro de la habitación, reflexionando sobre aquel bendito problema matemático por el que llevaba desvelado dos años. Galileo, Einstein y Hawking, en cuanto supieron enfocar sus esfuerzos y talento a una rama específica del conocimiento, se subieron al mismo tren del trabajo y la obsesión.
Este hecho asombroso de que alguien pueda sacrificar su vida al estudio y cultivo de cualquier materia responde a una característica humana que diferencia a los grandes hombres del resto: saber sentir. Estos cuatro gigantes de la ciencia sabían sentir con inusitada fuerza lo que estudiaban. Esto de saber sentir no es tan normal ni natural como parece. Saber sentir es una capacidad reservada a muy pocas personas, y desde luego todos los grandes hombres de la historia supieron sentir con indesmayable constancia, incluso los que no sentían sabían sentir muy bien que no sentían.
Hay en otras materias ejemplos portentosos de trabajadores infatigables que no sólo se hicieron grandes a sí mismos y dejaron su nombre para la posteridad, sino que engrandecieron con su dedicación, no siempre consciente, la rama a la que se aplicaron. Uno de ellos, hablando de literatura como parece obligado hacerlo aquí, fue Balzac, que a fuerza de escribir dieciséis horas al día se olvidó de llevar una vida al margen de sus fantasías que pudiera llamarse de verdad “vida”, con todas las circunstancias exteriores aparejadas que conlleva esa palabra. Y hace poco, leía uno en la Automoribundia de Ramón Gómez de la Serna que el escritor madrileño escribía por la noche durante ocho o nueve horas seguidas, y que se acostaba al alba para despertarse a las tres de la tarde, hubiera dormido poco o menos. Son ejemplos que al común de los mortales le admiran e incluso le hacen sentir una secreta angustia y congoja. Es como si al escuchar estos casos uno se sintiera obligado a dejar tirados en un rincón todos los bártulos de su existencia y consagrarse a la grandeza de algo, sin caer en la cuenta, al menos en un primer momento, que consagrar la vida a la vida también tiene mucho, quizá todo, de grandeza.
En la costumbre misma de escribir artículos también funciona aquello de “saber sentir”. Si uno sabe sentir mucho y tiene voluntad de escribir, acabará escribiendo mucho. Ahora, si uno tiene un cauce de sentimiento estrecho, el torrente se le irá secando y acabará por no escribir. No creo que nadie escriba con gusto sobre cosas que no siente, se trate de la vida de un escritor, el invierno ampurdanés o un tratado de física cuántica. Y desde luego no parece posible trabajar en serio y sin desmayo en algo que no sólo no se sienta, sino que directamente repugne.
Saber sentir, qué difícil y qué necesario para el progreso material y moral de la Humanidad. ¿No se deberá la crisis extenuante de valores –y que lleva a la descomposición estética y moral que todos observamos- consecuencia de que la gente ya no sabe sentir? ¿Dónde quedaron, en medio de tanta fascinación tecnológica y material, los seres humanos que sabían sentir las más pequeñas cosas y que desde luego no tenían que ver con lo tecnológico y lo material? ¿O es que el signo de la erudición del sentimiento ha cambiado y simplemete ahora se saben sentir otros asuntos, tales como la economía, los mercados y el márketing? ¿Por qué da la sensación de que lo que se sabe sentir ahora no se sabe sentir tanto como se sabían sentir otras cosas –desde luego parece que mucho más “sentibles”- en el pasado?
Tampoco querría uno hacer apología de los tiempos pasados, que sin duda por pasados nos parecen mejores, pero sí querría hacer constar que, posiblemente, el sentimiento universal, la capacidad de sentir general, se esté atrofiando, y ello tiene difícil remedio.

lunes, 12 de septiembre de 2011

POR QUÉ DOBLAN LAS CAMPANAS

Esta mañana me he encontrado de sopetón con una verdad que, se mire por donde se mire, tiene algo de descorazonador: ha acabado el verano y, con él, una concepción y una praxis de la vida. Ninguna estación del año influye en nosotros tanto como lo hace el verano, porque en ninguna otra estación hay Tour de Francia, en ninguna otra estación podemos andar en chanclas por la calle, en ninguna otra estación podemos bañarnos en el mar, ni sudar por las noches con la ventana abierta, ni alargar un partido de fútbol con los amigos hasta las diez de la noche, ni interesarnos desaforadamente por los fichajes de nuestro equipo, ni ver cine al aire libre, ni hacer maletas sin pensar siquiera en meter abrigos y sudaderas, ni poner el aire acondicionado en el coche. El verano tiene más exclusividades que el invierno, el otoño y la primavera, aun teniendo éstas su cuota insobornable e intransferible de encantos -los árboles pelados, las hojas secas, las flores-, tan suyos como puedan serlo los bañadores para la estación que ahora acaba. Pero el verano está claramente marcado y nos marca, qué duda cabe, más que las otras.

Esta mañana, decía, me he encontrado con la piscina de la urbanización cerrada. Acostumbrado a verla repleta de bañistas, a los gritos de los niños jugando, a la socorrista con sus gafas de sol y su torso de escándalo reglamentarios, a saludar al portero -un chico de no más de dieciocho años- que pide los carnets a la entrada, a fruncir el ceño ante la reverberación del sol en las mesas metálicas de la terraza, atestada de gente ociosa tomando el aperitivo; acostumbrado, en definitiva, a observar con un punto de envidia pero también de extraña alegría todo aquello, hoy me he sentido paralizado por la estampa crudamente solitaria de la lámina azul del agua y lo que la rodea. Ni había gente ya en la terraza, ni estaba el chaval de los carnets, ni la socorrista, ni los niños lanzándose a bomba. Y, en medio de aquel silencio absoluto, sólo se oía el tenue ulular del viento, inédito los tres meses precedentes, ahogado su pulso como estaba por el revoleo tremendo del verano. Unas pocas hojas secas, las primeras, cruzaban el césped donde, anteayer mismo, las señoras tomaban el sol y los preadolescentes jugaban al fútbol con una pelota pequeña, y los árboles que hace nada daban sombra a los prudentes ahora sólo podían, a modo de entretenimiento, zarandear las ramas con un ademán pálidamente resignado. Sigue haciendo calor, pero no importa: la piscina ha cerrado y, con ella, el verano se escapó.

Una de las discusiones típicas de esta época del año es cuándo acaba el verano. Hay opiniones para todos los gustos, pero lo que es seguro es que ninguna coincide con lo que dicta la astronomía. Para algunos, los trabajadores, el verano dura lo que duran sus vacaciones convenidas; para otros, no más que el tiempo que están fuera de Madrid o, más genéricamente, de sus lugares de residencia habitual; para los puristas, el verano se circunscribe únicamente a la playa; los colegiales gozan de una percepción del verano más larga que el resto de mortales y dura lo que el colegio está ausente en sus vidas. Pero hay elementos más sutiles y subjetivos. Los hay que piensan que el verano claudica el 1º de septiembre, esa barrera fatal más o menos comúnmente aceptada, otros que no dudan en señalar al primer anuncio de fascículos en la tele como el definitivo y brusco canto de cisne y aquellos que llegada la primera borrasca -que no tiene por qué descargar para ser considerada como señal ineludible-, no dudan en adoptar una conducta no veraniega, aunque después, y como ahora sucede, siga haciendo calor. Y para los más sentimentales fue verano solamente mientras duró su amorío estival, ese amorío que reúne una serie de características exclusivas que todos más o menos tenemos en mente -temporalidad, apasionamiento, clandestinidad, etc. Hay incluso una clase extravagante que considera que el verano no acaba, sino que ha ido acabando, esto es, su marcha fue paulatina y no existe una frontera, un acontecimiento, ya sea íntimo o universal, por el que quepa decir que el verano ha terminado.

Hay, por tanto, miles, millones, de fechas o momentos que marcan el final del verano, tantos como seres mínimamente conscientes y racionales existen. Se me concederá que, huérfano de un amorío estival, consigne el final de mi verano, muerto esta misma mañana a la luz equívoca y temblorosa del sol que alumbraba, con un punto de pesar, una piscina solitaria.

domingo, 17 de julio de 2011

DÍA DE NADA

Así fue siempre y creemos que así seguirá siendo. No nos es necesario escarbar mucho en la memoria para revivir con asombrosa fidelidad el dolor que nos producían los domingos en nuestra infancia. La cosa no ha variado ni poco ni mucho. El domingo sigue provocándonos, rozando la treintena, la misma disnea, el mismo desasosiego vital. Las razones básicas son ahora las mismas que antes, y consisten en una crónica incapacidad de disfrute de nuestras horas de libertad, tan libres que llegan a ser nada en su paralización. Es ese compás de espera, esa conciencia de que fatalmente se acaba el fin de semana sin la posibilidad de quitar el ancla y lanzarse por los mares del "aquí y ahora" sin ambages. Porque nuestro cerebro es ante todo anticipatorio y no sabe, no quiere, ceñirse a la mera actualidad quizá por parecerle insustancial.

Ahí radica nuestro odio visceral por los domingos pero también nuestro amor ilimitado por el viernes y el sábado. Lo malo es que, adquirida con los años cierta conciencia para ver las cosas, esa nuestra rabia contra los domingos, lejos de atemperarse, se ha acentuado. El domingo deja de ser ese día siniestro en que mascábamos nuestra soledad oscura y preescolar. El domingo es ahora para nosotros mucho más -o mucho menos: es el símbolo de todo lo peor de la raza, esa que no sabe muy bien qué hacer con los domingos pero que los utiliza como algo muy suyo y muy trabajosamente consquistado a lo largo y ancho de generaciones. Lo que comúnmente se ha venido llamando como "dominguero" sin existir una definición precisa de lo que es. Tampoco nosotros la tenemos, y quizá es que el "dominguerismo" o el "dominguear" sea una actividad ya tan generalizada que viene a ser una actitud propia y consustancial a nuestra sociedad, sobrando definiciones y bastando con echarse a la calle un domingo y mirar lo que hay para comprenderlo.

El domingo tiene una faz tan distinta a la del resto de días de la semana que nos produce un terror no disimulado. La luz, qué duda cabe, es distinta, por no hablar de las calles, bares, restaurantes, parques, etc. Pero, sobre todo, el domingo es el día en que el burgués (verdadero y único dominguero que existe y puede existir; o sea, todos o casi todos) entra brutalmente en posesión de todo. Y decimos de "todo" porque no hay ámbito de la vida, ni siquiera el íntimo, en que el dominguero no mete sus hocicos. ¿Quién no ha visto violada su intimidad en domingo? Basta con pensar en las cenas y comidas familiares. El dominguero, que no sabe cuándo ni dónde, perdió su reino, y cree tenerlo en el domingo y no dudará en disputárselo a quien sea preciso; esto es, a quien se le ponga por delante. Muy pocos domingos para tantos reyes.

Los domingos, lejos de haber una relajación de los ánimos, un escaqueo de las costumbres, se da más que nunca el fenómeno de la masificación. Todo se quiere al instante, y los españoles somos mucho más celosos de nuestro ocio que del trabajo. Se quieren hacer tantas cosas en tan poco tiempo -estrecho recinto es el domingo- que al final termina por ser un día de nada. El domingo, lejos de ser un día sin reloj, es el paraíso de las prisas.

No saben, no sabemos muy bien los españoles qué hacer con los domingos. Tantas -o tan pocas- horas de inacción por delante nos desconciertan. Porque igual que lo mejor del amor está en el antes, en la anticipación, lo peor del miedo y del cansancio está en la víspera. Con ser el domingo víspera de todo, termina por ser día de nada.

viernes, 27 de mayo de 2011

EL CUENTO CHINO

El cuento chino somos nosotros, por lo que parece. Y no ellos. No los chinos. En pleno paseo de Recoletos, muy cerca del Café Gijón, Cibeles y el Banco de España, entre otros símbolos de lo nacional, está el primer banco chino de España. Todo en él es chino, y, más que nada, el rótulo y la fachada, que es lo que conocemos. Ni una palabra en español o en inglés. Se conoce que el número de chinos en España es ya lo suficientemente elevado para abrir con garantías un banco de esa nacionalidad. Y ello, por qué no decirlo, nos produce un cierto pavor. De los más de 6.000 millones de criaturas humanas que pueblan este planeta, 1.300 millones son chinos. Y casi otros 1.000 millones, indios. Dos tercios de la población mundial pertenecen a alguno de esos dos países. Pero los chinos, no sabemos por qué, nos dan más miedo.

¿Miedo de qué?, cabría preguntarse. Lo primero de todo, de su número. Así como el concepto de 45 millones de españoles nos es familiar e incluso vagamente imaginable, pensar que haya 1.300 millones de personas de un mismo país se nos antoja algo así como esas distancias siderales entre estrellas y galaxias. Desde fuera, desde Europa, da la sensación de que China lleva décadas preparando su golpe de estado mundial, a la chita callando, como actúan ellos, como actúan casi todos los asiáticos; un golpe de estado que más que por humanos parece hecho por extraterrestres, siendo por tanto los chinos la verdadera invasión alienígena de que tanto se ha hablado y se habla en los cenáculos de la imaginería y la ciencia ficción.

Pero sobre todo nos espanta su soberana capacidad de trabajo. Nos hemos acostumbrado muy pronto a que las tiendas de alimentación regentadas por chinos cierren a las once, a las once y media, a las doce. E incluso, los fines de semana en el centro, mucho más tarde. Pero uno recuerda los tiempos en que a las ocho había que bajar corriendo a comprar el artículo que se le había olvidado a mamá, porque si no, cerraban. Ahora ya no. Ahora, en caso de apuro, siempre están las tiendas de chinos. Y las hay en cualquier parte, sin importar el barrio.

Primero fueron los restaurantes, luego las tiendas de todo a cien y después las de alimentación. Y todo ello goza de un éxito incuestionable, a pesar de todas las prudencias que nos procuran estos establecimientos en los que todo huele un poco a cosa clandestina, a mafia, a sospecha -y, a veces, certeza- de baja calidad. Lo más curioso de todo es que, a pesar de haber muchos chinos en Madrid y en España, y el banco del paseo de Recoletos es una muestra inequívoca de ello, no es usual verlos por la calle. Uno, por el centro de Madrid, se cruza con ecuatorianos, peruanos, filipinos, turistas europeos y, de vez en cuando, algún español (se sabe por el bigote). Pero casi nunca a chinos porque, evidentemente, están en sus restaurantes y tiendas, en donde creemos que muchos de ellos comen, crían a sus hijos, ven la tele, juegan con el ordenador, duermen, viven.

Resulta que, en un mundo capitalista, será uno de los últimos reductos comunistas los que lo controlen. Lo chino se ha ido entreverando en Madrid, en España, en occidente, de manera lenta, casi imperceptible, pero segura. El trabajo en términos de volumen de tiempo como base de la prosperidad. Eso a los españoles nos casa muy mal, y por ello es que vemos la invasión china no con recelo, sino con verdadero temor. En la arquitectura mental del español no está, no puede estar, el pasarse 14 o 16 horas al día metido en su tenducho. Ahora pasó de moda aquello de pedir menos horas laborables, pero seguro que tal pretensión volverá. Y mientras, los chinos, como los artesanos medievales, que tenían el hogar en la trastienda, ahí los tenemos, viviendo para trabajar como si eso fuera la cosa más natural del mundo.

Lo dicho, el cuento chino somos nosotros. Qué miedo.

Imagen de cabecera: El Industrial and Comercial Bank of China (ICBF) es el primer banco del mundo por capitalización burstátil. Hace pocas semanas, abrió su primera oficina en Madrid.

jueves, 26 de mayo de 2011

LOS CABALLEROS YA NO SE LLEVAN

Como institución, el Real Madrid ya ha elegido su camino. Lo anunció oficialmente ayer, pero es seguro que la decisión estaba tomada desde hace un tiempo o, mejor dicho, la decisión se ha ido tomando a lo largo y ancho de toda la temporada que acaba de terminar. No parece que haya habido ningún momento en que en las altas instancias del club hubiera alguna duda sobre alrededor de qué astro debía girar la entidad, en perjuicio del otro centro de gravitación, del otro mundo, del otro planeta, que era (es) Jorge Valdano, pero que desde ahora trazará su órbita vital desde otro lugar que no será la Dirección General del Real Madrid. La estrella ya no es binaria, ahora es única, y se llama José Mourinho. Y sobre él gravitará la institución a partir de ahora.

Lo anunció ayer Florentino en una rueda de prensa en la que, como es habitual entre los líderes y políticos de todo el mundo, no pudo prescindir de los siempre insulsos, aburridos y prefabricados comunicados escritos. Ya nadie habla en público, todos leen. El señor de turno se pone a leer un papel, seguramente escrito por otro, y derrama sobre la agostada sala de prensa una letanía de lugares comunes, frases grandilocuentes sobre las que apoyar unas ideas ni originales ni inteligentes y palabros desafortunados sobre los que sin embargo se quiere hacer la descansar la fortuna del mensaje. En el caso de ayer, el palabro afortunado y, por tanto, repetido hasta la saciedad, fue disfunción. No se recuerdan muchos de estos comunicados industriales, alejados de cualquier tipo de calor humano, que hayan dejado una impronta, un calado imperecedero, una sentencia para la posteridad. Los comunicados son cómodos, evitan preguntas indeseadas -ningún periodista se atrevería nunca a interrumpir tal discurso- y, sobre todo, dice muy poco del que lo lee. Ni se preparó la comparecencia ni deja cuartel para la más mínima improvisación que, como sabemos, es lo que da gracia, humanidad y sensibilidad a las apariciones públicas.

Pero todo esto es otra historia. En el comunicado, Florentino Pérez anunciaba la destitución del Director General del Real Madrid, el argentino Jorge Valdano, jugador, entrenador y Director Deportivo del club en distintas etapas. Un hombre que, de alguna u otra forma, lleva más de veinticinco años ligado a esta sacrosanta entidad; un hombre de la casa, conocedor como ninguno de los valores y resortes que la hacen funcionar; un hombre culto, sensible, lector empedernido, formidable articulista; un hombre que algunas veces se calló lo que pensaba en beneficio del club que ama y para el que se debía pero que nunca renunció a su insobornable cuota de libertad, seña de identidad de toda mente despierta, sana e inteligente; un hombre, en fin, que es de los que no se llevan en el mundo del fútbol ni, yendo más allá, en la sociedad actual. Con Jorge Valdano se va un caballero, una forma de entender el Real Madrid, el deporte y la vida. Y con su marcha, se mantiene, más poderosa que nunca, la otra; ni contraria ni peor, simplemente distinta. Había que elegir, y se ha elegido. Mourinho gana.

Lo dijo el mismo Valdano en su comparecencia de ayer, a la que asistió como solamente él sabe, esto es, con una serenidad a prueba de periodistas pintada en la cara, con un saber estar impropio de lo que se estila en el fútbol, donde se llevan y triunfan de cara al público los entrenadores mascando chicle y diciendo palabrotas; los que, en suma, “dicen las cosas claras”. Y cuanto más claros, más zafios y vulgares son también, añadiríamos. Mesurado, sonriente, iba vestido impecablemente con una chaqueta y camisa azules, sin corbata, luciendo elegancia en el vestir -de esa que se tiene o no se tiene, la única que vale- y aplomo en el estar: “Mourinho ha ganado una batalla que nunca consideré como tal”. Valdano, con esta frase, deja una verdadera perla filosófica con la que desconcertar a casi todos, porque detrás de ella hay mucho más de lo que parece. Al revés que Mourinho, intentó en todo momento mantener una concordia que se veía a años-luz imposible. Mas no por ello cejó de intentar llevarse bien con todos, de no crear tormentas innecesarias en las que sólo luchaban los egos de cada uno, de dar la cara en los momentos difíciles y, sobre todo, de actuar como voz oficial del Real Madrid, cuando se perdía y cuando se ganaba, pero sobre todo cuando se perdía. La derrota explicada y narrada por boca de Jorge Valdano parecía menos derrota. Ahora, el Real Madrid se queda sin su líder, digamos, espiritual. Lo desconcertante es que la afición aprueba este descabezamiento, cuando lo que deberían saber es que un club no es solamente sus logros deportivos, sino también y sobre todo la imagen que se da al exterior, el aura que se transmite cuando está gobernado por gente inteligente. Y qué duda cabe que, sin Valdano, el Real Madrid es mucho menos inteligente que con él.

Se ha optado por un modelo que, según Florentino, “es el inglés”. Eso es lo de menos. Eso es una bravata. No creemos que el Real Madrid tenga que fijarse en ningún modelo, inglés, o no, para dirigir su nave. Tampoco sabemos muy bien en qué consiste el cacareado modelo inglés, ni nos interesa. El Real Madrid, como entidad única que es, debe dirigirse por parámetros únicos. Seguramente parecidos a los que se estilan, pero adaptados a su peculiaridad, a su grandeza.

Es posible que sin Valdano y sólo con Mourinho como emperador del área deportiva, el Real Madrid inicie una dorada época de triunfos. Parece ser que los cimientos se han colocado y que lo que le queda a este equipo no es sino crecer. Hay juventud, calidad y la conciencia de que el Barcelona no es inalcanzable. Es posible que ello ocurra, pero, en ese caso, en el caso de que se gane, ¿qué habrá detrás? Sin gente de la casa, los clubes son naves inestables, inmersas en una constante inseguridad. Sin ese pegamento que es el sentimiento de los que mamaron y maman la sabia de una institución, no puede haber ni confianza ni estabilidad. Los clubes son como las amistades: cuando vienen mal dadas, sólo los amigos de verdad te ayudarán a sacarte a flote. Los demás huirán.

Con el despido de Valdano -seguro que doloroso para Florentino, de eso no dudamos-, más que tomar parte por un modelo, por una forma de entender el fútbol, la guerra, la vida, se ha descartado otro. Por lo que parece, eso de ser un caballero, eso de hablar bien, decir cosas inteligentes y con sentido ya no se lleva, y menos en el fútbol. Los Valdanos, para el gran público, siempre serán sospechosos de algo: de engañadores, de pedantes, de charlatanes, cuando no de imbéciles o de inútiles (o de ambas cosas). Es lo que ocurre en España, donde suele preferirse lo tremendo. Tampoco es que Mourinho -ese hombre nietzscheano- represente los valores contrarios. Al revés, al portugués hay que alabarle el gusto por lo políticamente incorrecto, en un mundo dominado por los tópicos y las frases hechas que llenan páginas y páginas insustanciales. Y nos consta que es un hombre sagaz, preocupado por la cultura y el mundo en que vive. Mourinho podrá gustar más o menos, pero lo que no se le podrá tachar es de hipócrita ni de lelo. Es simplemente Mourinho, The special one como le llamaban en Inglaterra. Pero no es Valdano.

La verdadera importancia de Valdano para el Real Madrid se verá en lo sucesivo. Su ausencia otorgará auténtica medida y valor a su pretérita presencia. El hombre sólo pondera la importancia de las cosas cuando no las tiene. Sólo las pondera, en suma, confrontando dos situaciones enteramente distintas en el tiempo. Veremos a ver cómo le va al Real Madrid sin el portavoz más capaz que ha tenido nunca, sin la personalidad que siempre intentó poner una gota de sensatez en un club difícil y fagocitador acostumbrado a nadar en la tormenta; aquel que, en la hora del adiós, en la hora de la derrota, estuvo a la altura de los grandes ganadores: los que saben ganar cuando pierden, y perder cuando ganan.

Imagen de cabecera: Jorge Valdano, durante la comparecencia de ayer en la sala de prensa del estadio Santiago Bernabéu.

miércoles, 25 de mayo de 2011

CAPRICHOS

Se ha hablado mucho sobre el tema y nada más lejos de nuestra intención que abordar la espinosa cuestión de si es verdad o no lo es. Solamente hablaremos desde nuestra escasa posición de cronista de lo pequeño y de filósofo de andar por casa. Parece, por lo que hemos ido viendo a lo largo de nuestra experiencia y lo que vemos a nuestro alrededor, que sí, que en general al hombre le gustan mucho más las cosas de los otros que las suyas propias, o por mejor decir, que valora mucho más aquello que por fatal designio nunca podrá poseer que aquello que cansadamente aloja en los propios brazos. Pasa con todo, con el coche, con la ropa, con la cara, con el trabajo, con la novia (o novio, es lo mismo; aquí hablamos de ambos géneros, e incluso es posible que en la mujer este fenómeno se exacerbe). Incluso pasa con los hijos.

—Pues el hijo de Guillermina ya terminó Historia del Arte y trabaja en el Vip´s los fines de semana. ¡Ah!, y estudia también Música. ¡Música!...

Nuestra madre nos repite la palabra música tantas veces que se nos vuelve odiosa. Por momentos, nos decimos que jamás volveremos a escuchar una canción. Aunque más odioso se nos vuelve el dichoso hijo de Guillermina.

Así es. Lo mejor siempre está en manos ajenas, y sobre todo la felicidad. Los disgustos sólo tienen querencia por nuestro pobre corazón, y, en el rellano del ascensor, el vecino siempre nos saluda eufórico. Le vemos estupendamente. Por el contrario, nosotros notamos que nos mira como pensando: “¿qué le pasará a este hombre? ¡Pobre! ¡Qué mal le debe de ir!”, cuando lo más probable es que esté en idéntica situación a la nuestra de adivinada inferioridad.

Ser caprichoso es condición humana, quizá una de las primeras, de las más antiguas. Y no cabe duda de que el ser caprichoso procuró al hombre primitivo preciosas oportunidades para prosperar y llegar a dominar el planeta como lo hace hoy en día. Nos es difícil imaginar a un Homo Habilis, por poner un ejemplo, ocupar un territorio nuevo solamente porque no era suyo. Quizá, el territorio donde estaban antes era mejor, pero… ¡ah!, caprichos.

Viene todo a esto a cuento de la situación de un jugador del Real Madrid de baloncesto, el estadounidense Clay Tucker, alero de 1.96 y 30 años. Para situarnos debemos retrotraernos un año y medio en el tiempo, hasta el 19 de noviembre de 2009. Aquella noche, su equipo, el DKV Joventut, visitaba Vistalegre, entonces la cancha donde el Real Madrid jugaba sus partidos. Ganó el Real Madrid de forma ajustada, pero en la retina de los aficionados madridistas quedó la soberbia actuación de Tucker, que metió 27 puntos, con 6 de 9 en triples y canastas de todos los colores y sabores. Impactó sobre todo su estética, su elegantísimo tiro en suspensión, muy de jugador americano. Anotó saliendo de bloqueos indirectos, con el defensor punteándole el tiro o de fade away. A partir del tercer cuarto, y cuando Tucker ya había ametrallado inmisericordemente el aro madridista y convertido oficialmente su actuación en exhibición, cada canasta suya era respondida con una onomatopeya mitad resignación, mitad admiración. Aquella noche la parroquia blanca dedicó una sonora ovación a Tucker, y parecía decirle a los dirigentes: “¿Pero es que no lo veis? ¡Fichen a ese jugador!”

Unos meses después, en julio de 2010, el Real Madrid anunciaba el fichaje de Tucker. Ya para entonces, sin haber jugado un solo minuto, los aficionados cantaban su desacuerdo: al fin y al cabo, ya era suyo, ya no estaba en otro equipo. Ya no era aquel crack que deslumbró con la camiseta del DKV Joventut en una serena noche de otoño. Seguramente ya no era un jugador tan atractivo, ni tan elegante, ni mucho menos el anotador que necesita un club como el Real Madrid. Y, quizá, por el mero hecho de ser suyo, de estar en sus filas.

Hace dos semanas, en el partido frente al Cajasol en la Caja Mágica, aplazado por la Final Four, Tucker fue insistentemente pitado. Se le pitó cuando fue presentado, cuando tocaba el balón y cuando salía o entraba a la pista. Incluso cuando anotaba, los aplausos eran otorgados como a regañadientes, a excepción de unos pocos esforzados, heroicos defensores de las causas perdidas. A esto se ha llegado, y nos recuerda, con infinita tristeza, a esas historias de amor en las que el final, fatalmente presentido, prevalece sobre el dorado recuerdo de los comienzos, de los soles de los primeros días que ya se apagaron y que ya no nos calientan; los comienzos que parecen haber ocurrido hace miles de millones de años, si es que en realidad ocurrieron alguna vez; los comienzos cuyo recuerdo nos ata un nudo de sollozos a la garganta, que sin embargo no se atreven a salir, a ser purgados.

Tucker parece que fue más un capricho que otra cosa. Y cuando los caprichos son concedidos, normalmente son pagados, en el mejor de los casos, con una cordial indiferencia.

Imagen de cabecera: Clay Tucker hace una bandeja. El estadounidense, en su primera temporada en el Real Madrid, promedia 8.7 puntos en 34 partidos de liga regular en la ACB.