"Príncipe de mejores ocasiones, otrora fui tu princesa, y nos amamos con un amor de otra especie, cuya memoria me duele"
(Fernando Pessoa, Libro del desasosiego)
lunes, 20 de agosto de 2012
jueves, 2 de agosto de 2012
AGRADECIMIENTO
Hay
ciertos libros que pasan por nuestra vida hacia los que deberíamos estar
eternamente agradecidos. Tampoco muchos, quizá podrían contarse con los dedos
de una mano. Y tampoco hace falta que sean muchos, igual que los amigos, y es
más, diría que no es posible tener un número elevado de libros importantes en
la antología personal, pues esa importancia se diluiría en el número. Son,
decía, libros que tenemos la fortuna o el instinto de toparnos en
circunstancias especiales de nuestra vida y que, en medio de la zozobra y el
tumulto, suponen un mágico remanso, un tierno estanque tranquilo y luminoso
donde descansar. Donde descansar de nuestra vida, a pesar de que esos libros
pertenecen por derecho propio a ella, y es por eso por lo que suponen tanto
para nosotros. Nunca supe ni quise separar a los libros de las vicisitudes de
la vida propia. Cada libro importante se halla relacionado con una época, una
tarde o simplemente un momento. La lectura, si es placentera e incluso decisiva
para uno, no puede separarse de la vida en cuanto somos conscientes de ese
placer y ese carácter decisorio que hacen de esos libros especiales un
ingrediente fundamental de nosotros.
Esta mañana he
venido a la biblioteca, como siempre. La diferencia con el último mes es que
hoy sí estoy consiguiendo escribir. Desconozco qué es lo que estoy escribiendo,
como desconocía lo que iba a escribir viniendo aquí. Es tarde ya, son las doce
y seis minutos del mediodía y en un rato me iré al gimnasio, así que no tendré
tiempo para mucho. No importa, eso es lo de menos. Si soy sincero, estoy deseando
irme y airearme, aunque también es verdad que aquí se está muy a gusto, hay
aire acondicionado y el relativo silencio de las bibliotecas públicas. Está uno
rodeado de libros, lo cual siempre es reconfortante, y el tiempo va pasando. Y
lo bueno es que, de momento, va pasando mientras van pasando las letras y las
líneas por este documento, que no sé si es un nuevo diario, ni siquiera sé si
quiero que lo sea. Creo que no lo será. Lo veo demasiado débil todavía,
demasiado esmirriado. No puede vivir solo, necesita de mi ayuda. ¿Querré yo
ayudarlo? No lo sé, se verá con el tiempo.
El caso es que,
como decía, he venido a la biblioteca hace un rato, rebotado de casa, donde era
difícil estar. Papá y mamá están de vacaciones y estar en casa, una mañana
calurosísima de verano, con tanta gente, se hace insoportable. Además, quebrar
una rutina es extremadamente difícil, y yo, en el último mes, he seguido
viniendo aquí, aunque después no escribiera una sola línea. Hoy he tenido
suerte, esa es la verdad. Suerte de haberme levantado con unas mínimas ganas de escribir y de que internet no funcione. ¿Qué hacer,
entonces? La solución de escribir se ha impuesto como la más deseable y, a lo
último, la única posible. El no disponer de conexión de internet aquí es una
bendición para escribir. Si lo hubiera, lo más fácil es despistarse, mirar el
Facebook una y otra vez, el As y el Marca o cualquier otra página que nada
tiene que ver con el noble propósito de escribir. La vida hoy me ha ayudado, y
se lo agradezco. La vida, hoy, me ha ayudado a escribir, o sea, a separarme de
ella, siquiera sea durante un rato. La vida, no hay que dudarlo, conspira
muchas veces contra sí misma.
Estoy contento
de que después de algún tiempo me haya salido una frase medianamente ingeniosa o
literaria –vagamente literaria- como la última del párrafo anterior. Estoy casi
seguro de que no es gran cosa y que leída dentro de algún tiempo sonará tonta y
tópica, pero ahora mismo, mientras escribo, me hace mucha ilusión. ¡Tanto
tiempo sin saber lo que es escribir, sin descubrir una frase, una idea, una
emoción incluso, mientras se escribe! Porque de otra manera es imposible, al
menos para mí. Rara vez se me ocurre algo así, en seco, sin la apoyatura de las
teclas. Pero esto ya lo dije en otra ocasión, en otro texto, releído
recientemente. Con lo que ya me estoy citando a mí mismo, mal asunto.
He empezado
hablando de esos libros a los que deberíamos guardar eterno agradecimiento por
suponer, en un momento de nuestra vida, la vía de escape más natural y
placentera, por permitirnos distraernos de nosotros mismos y descubrir otros
mundos y otras formas de escritura y de creación. Por, en definitiva, hacernos
pasar un buen rato cuando no creíamos posible que eso sucediera. Y esa cosa tan
milagrosa, pasar un buen rato en determinadas circunstancias, es capaz de
lograrlo un artefacto rectangular hecho de papel y tinta, y muchas veces ajado
y amarilleado y con un olor extraño.
No puedo ocultar
que estoy escribiendo estas líneas fuertemente influido por Vila-Matas. Intento
imitar no ya su estilo, que eso es bien sencillo y casi natural, sino su
procedimiento a la hora de escribir, que es una cosa distinta. Sé que no es lo
que debería hacer, que debería escribir a partir de mí y sólo de mí, pero para
empezar no está tan mal, y además, si he de ser sincero, no me siento capaz de
escribir a partir de mí y sólo de mí. Ni siquiera sé si quiero. Durante los
últimos tiempos he sido un ser extraño para mí mismo, desconocido. Me he
olvidado de buena parte de mi ser, sobre todo de esa parte que es la que me
impulsaba a escribir y a decir las cosas que decía, y no es fácil acordarse
así, de golpe, en una sola mañana. Así que lo mejor será amoldarse
conscientemente a un escritor estimado y muy leído y releído durante los
últimos tiempos, a ver si así soy capaz de acordarme de mí mismo, de ese yo que era hace un tiempo, de ese yo que escribía, aunque sólo fuera un pálido
diario. Aunque, pensándolo un poco, a lo mejor no es necesario ni deseable ni
posible que ese yo regrese jamás.
Nuestro yo va mutando con el paso del
tiempo influido precisamente por ese paso del tiempo, o, más exactamente, por
nuestro paso por el tiempo y las circunstancias de la vida. El yo de ayer es un yo que nunca volverá.
Una vida absolutamente maravillosa. Ese es el título
de un nuevo libro al que uno guardará eterno agradecimiento. Un ladrillo más en
la pared de la biblioteca personal fundamental. Un título falso que esconde lo
que es el libro –su contenido nada tiene que ver con lo que el título evoca, y
estoy seguro de que el autor así lo quiso, quiso confundir al futuro lector que
lo comprara, no sin su punto de ironía y retranca-, pero a la vez
portentosamente lúcido y real porque, en efecto, leer esa colección de ensayos
novelados, o esas trazas de novelas y cuentos pasados por un delicioso filtro
ensayístico, puede hacer que la vida sea absolutamente maravillosa. Porque la
vida se vuelve maravillosa mientras se lee, pero también se vuelve maravillosa
después de haberlo leído y, aun diría más, antes de leer una sola línea. En
cada libro que leemos no hay un libro, sino tres: el que leemos mientras lo estamos
leyendo, el que queda en nuestra memoria después de haberlo leído y el que
había en nuestra imaginación antes de empezar a leerlo, y que permanece después
de la lectura, confrontándose así el libro imaginado y el libro, digamos, real.
Y los tres son igual de importantes, porque son distintos aun pareciéndose
mucho en la mayoría de los casos.
Personalmente,
no es ninguna decepción el que un libro se parezca mucho al que uno pensaba que
iba a ser antes de empezar a leerlo. Al revés, es algo que siempre me alegra.
Uno se crea unas expectativas determinadas y es difícil salirse de ellas. Uno,
en ese sentido, es un poco estrecho de mente. Claro que hay excepciones. En
este caso, en el caso de Una vida
absolutamente maravillosa no he encontrado muchas cosas distintas del
Vila-Matas que ya conocía de Doctor
Pasavento, El mal de Montano, Dietario voluble o París no se acaba nunca. Es más, algunos de esos ensayos suponen el
punto de partida de libros más voluminosos como los mencionados, el germen al
partir del cual crear, casi de forma mágica, una novela. Pero también, claro,
he hallado nuevos perfiles del escritor barcelonés que me han entusiasmado.
Nunca se conoce del todo a un escritor hasta que no se lee todo lo que ha
escrito. En cada página desconocida hay un rasgo nuevo y sorprendente, y no digamos
en cada libro.
No hay nada que
me guste más que un escritor me cuente sus filias literarias, y que además las
desgrane, me cuente cosas sobre esos escritores y me diga fundadamente por qué
le gustan tanto. Y Vila-Matas, durante las 554 páginas de Una vida absolutamente maravillosa, no hace otra cosa. Se trata del
resumen de la historia lectora del que es uno de los grandes escritores de
nuestro tiempo. Ya lo dice él mismo no sé si en este libro o en algún otro, o
puede que en varios a la vez, lo mismo da: “el escritor escribe, primero,
porque ha leído a otros, y después escribe porque ha empezado a escribir. Pero
siempre escribimos después de otros”, saliéndose de ese carril estrecho y
manido referido a motivaciones más metafísicas y trascendentes por el que
transitan la mayoría de los escritores cuando se les pregunta que por qué
escriben.
Por estas
páginas, densas en contenido, erudición literaria e inteligencia, desfilan una
y otra vez nombres como Kafka, Pessoa, Nabokov, Hemingway, Walser, Raymond
Roussel, Flaubert, Joyce, Gombrowicz, Borges, Virginia Woolf, Bolaño e incluso
Baroja. La obra de todos ellos es la moldura a partir de la cual el Vila-Matas
lector -el Vila-Matas que importa en este libro- fue convirtiéndose en el escritor que conocemos y que ha ido creando una
obra en la que lectura y escritura son difícilmente diferenciables, igual que
es difícil elucidar cuándo Vila-Matas está novelando, cuándo está escribiendo
un ensayo o cuándo, incluso, está escribiendo un poema camuflado de prosa. Es
muy posible que Vila-Matas esté escribiendo constantemente todo a la vez y
nosotros no nos demos cuenta o sólo estemos teniendo la vaga sospecha.
El libro, que no
es un libro solo, sino varios libros en uno (entre ellos la segunda parte del admirable Dietario voluble), es un libro de libros, un libro
escrito para escritores o futuros escritores y para quienes de verdad les
interese la literatura o quieran estar interesados. Para todos ellos se ofrece
por 14.95 euros un festín de comentarios, recuerdos, glosas, reflexiones y opiniones acerca de
libros admirados por el autor y que marcaron su vida indeleblemente y que, incluso,
le hicieron “más inteligente”, como le ocurrió con el Diario del escritor polaco Witold Gombrowicz. Si uno conoce un poco
a Vila-Matas, no le extrañará que Una
vida absolutamente maravillosa esté salpicada de citas en cada página, casi
en cada párrafo. Él mismo, consciente de que algunos puristas execran de esa
saturación de palabras de otros escritores, se justifica, de alguna manera, en
las páginas del libro, y lo hace, cómo no, recurriendo a la opinión de otro
escritor admirado: “Pienso con Fernando Savater que las personas que no
comprenden el encanto de las citas suelen ser las mismas que no entienden lo
justo, equitativo y necesario de la originalidad. Porque donde se puede y se
debe ser verdaderamente original es al citar. Y también creo con Savater que
los maniáticos anticitas están abocados a los destinos menos deseables para un
escritor: el casticismo y la ocurrencia, es decir, las dos peores variantes del
tópico. Citar es respirar literatura
para no ahogarse entre los tópicos castizos y ocurrentes que se le vienen a uno
a la pluma cuando nos empeñamos en esa vulgaridad suprema, «no deberle nada a
nadie». En el fondo, quien no cita no hace más que repetir pero sin saberlo ni elegirlo”.
No puede uno
estar más de acuerdo. En este caso, está uno del lado de Vila-Matas y Savater,
lo cual, dicho sea de paso, no tiene ni mérito ni originalidad. Una vida absolutamente maravillosa es un compendio de citas de los escritores más
admirados por Vila-Matas y, también, de citas sobre esos escritores, comentarios de otros escritores también
admirados acerca de esos primeros escritores admiradísimos. Porque, además de
los monstruos literarios antes mencionados, uno se encuentra con nombres como
Alejandro Rossi, Sergio Pitol, Bruno Schulz o Macedonio Fernández, figuras un
tanto borrosas para uno, cuando no abiertamente desconocidas, y que suponen,
cada una de ellas, un nuevo horizonte de sugerencias, de escrituras, de formas
de entender la vida. Ya sólo por eso Una
vida absolutamente maravillosa es un verdadero regalo.
No puedo negar
que estoy feliz de que Una vida
absolutamente maravillosa haya pasado por mi vida. Su lectura ha supuesto
impagables momentos de disfrute, de olvido de uno mismo y encuentro de otros, y
me ha animado –junto con la falta de internet- a hacer lo que estoy haciendo en
este momento, esta mañana de verano, en una biblioteca pública: escribir. Se
trata de un libro ya decisivo para mí, igual que lo fueron todos esos libros
mencionados por Vila-Matas en este libro mencionado por mí en este post. Un
libro mágicamente entreverado en mi vida, a pesar de haberme ayudado a
olvidarme de ella, como hacen todos los buenos libros. Porque, como dice el
mismo Vila-Matas, “y es que, como escribiera Calvino, lo que la literatura
puede enseñarnos no son métodos prácticos, sino sólo las posiciones. El resto
es una lección que no debe extraerse de la literatura: es la vida la que debe
enseñarla. En definitiva, saber tomar posición –o, lo que es lo mismo, saber
plantarse- ante la vida”. Aunque esa vida sea absolutamente maravillosa.
lunes, 30 de julio de 2012
UNA VIDA ABSOLUTAMENTE MARAVILLOSA
"Después de una enfermedad y de una experiencia sentimental, de la cual uno emerge sintiéndose libre, pero un poco magullado aún (si no enfermo), nos vuelve un día el deseo de trabajar. Habíamos creído que ya no seríamos capaces nunca de volver a la tarea. Pero, al fin, el deseo llega, está aquí. Se despierta uno más temprano, se siente uno un poco mejor, aunque muy débil, pero hay sol en el cuarto y nos levantamos. Se comienza por poner un poco de orden en la mesa de trabajo. No es tarea de un día solamente. Otro día se cambian las viejas plumas gastadas, y, en fin, compramos hojas de papel secante, un lápiz nuevo, una goma de borrar, etcétera. Y por último llega el día en que se dispone uno de nuevo a escribir. Llega primero un gran silencio, un dulce y puro silencio, que se extiende a nuestro alrededor. Volvemos a encontrar nuestra razón de vivir."
Valery Larbaud
sábado, 7 de julio de 2012
BAROJA Y LAS CHICAS DE POLÍGONO
Los amores tardíos. Creo que hasta ahora no
había leído ninguna novela de la última época de Baroja. Esta es una novela
descosida, como todas las suyas, en la que los personajes hablan y hablan, no
sobre sus asuntos personales, sino sobre generalidades, el carácter de los
pueblos, el amor como ciencia, y cosas así. Pontifican una y otra vez, ya
contemplen un paisaje, una escena de costumbres, un cuadro o a una mujer. En la
novela no ocurre nada, sólo se vislumbra una historia de fondo a la que, de
momento, los personajes inmersos en ella parecen ajenos. Alguna descripción
–siempre deliciosas por sencillas-, párrafos minimalistas, mucho zascandileo.
Baroja nos lleva de acá para allá junto a sus personajes, desde Ámsterdam a
Rotterdam, como si fuéramos de Segovia a Ávila. Y, sin embargo, a pesar de algunas
características que pudiéramos achacarle, ¡cuánto encanto! Ya dijo
González-Ruano que Baroja le gustaba no a pesar de sus fallos, sino
precisamente por sus fallos. Yo diría lo mismo, y añadiría que me gusta porque
es fácil de leer, a veces un poco bruto y otras descaradamente romántico, como
esas chicas de polígono.
jueves, 5 de julio de 2012
UNA TEORÍA DEL AMOR EN EL QUIJOTE (y, a la sazón, un estado del alma)
—Tú me harás desesperar, Sancho —dijo Don Quijote—.
Ven acá, hereje: ¿no te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no
he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y
que sólo estoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y
discreta? (II-IX)
Esta frase es acaso
la más genial en lo que al amor se refiere que se ha dicho en toda la historia
de la literatura. Estar enamorado de oídas. Se parece mucho a una burla de
Cervantes del amor y a una renuncia del amor por parte de Don Quijote.
Burla porque el
Quijote es en sí una burla de todo, de los libros de caballerías, de la
nobleza, de la monarquía, de la pobreza, de la España de la época, del género
humano, del amor mismo. Sin embargo, Cervantes, con esta burla, lo que hace es
elevar el amor a cotas inimaginables, inéditas hasta entonces y nunca más tarde
igualadas. Todos los grandes amoríos novelescos posteriores –Werther y Carlota,
Anna Karenina y Vronski, Gabriel e Inés, Lucien y Coralie, Natasha Rostova y
Pierre Bezujov, Fortunata y Santa Cruz, etc.-, con ser amores gigantescos,
paradigmáticos, representativos del amor humano, tienen una carga demasiado
grande de realidad. Cada personaje está bien delimitado, corporeizado,
perfectamente descrito. El lector no tiene duda de que existen porque el
escritor se ocupó de ponerlos delante de sus narices. Todos esos personajes
interactúan entre ellos, se miran a hurtadillas, se hablan, se tocan, se besan,
hacen el amor, pasean juntos, y, en ello, en ese contacto entre dos personas
aparentemente indefectible para que exista amor, radica su encanto y su valor.
¿Qué ocurre con Don Quijote y Dulcinea? Simplemente que no ocurre nada de eso.
Don Quijote es un supuesto loco y Dulcinea, de existir, podemos estar seguros
de que es una mujer fea, grotesca y zafia, alejada de cualquier ideal de
belleza y gracia. Don Quijote y Dulcinea jamás llegan a conocerse, jamás llegan
a hablar entre ellos, es una pareja de enamorados que en realidad no existe o
que, más exactamente, existe sólo en la cabeza de Don Quijote y, gracias a eso,
en la cabeza de los millones de lectores que han leído la novela en estos
cuatrocientos años.
Se diría que Don
Quijote, con este enamoramiento de oídas, practica una definitiva renuncia del
amor, enamorándose de alguien que no existe o que desde luego no es como él se
figura en su inflamado cerebro, escaldado quizá por los amoríos de su vida, que
terminaron todos en fracaso (Don Quijote es soltero). Don Quijote es un
sentimental, un romántico, y, lacerado por la imposibilidad de obtener en la
vida ese amor ideal que soñó –y apoyado siempre en sus lecturas de libros de
caballerías-, reacciona creándose un ideal mucho más alejado, tan inalcanzable,
tan inverosímil, tan fantasioso, que resulta imposible de obtener, haciéndolo
infinitamente bello y, por ello, eterno.
Burla del amor,
renuncia del amor, pero amor infinitamente bello y eterno. Eso es Don Quijote,
esa es su enseñanza. Su capacidad amatoria es tan inmensa que tiene que
renunciar al amor. ¿Y cómo renuncia? Enamorándose de una mujer ficticia que él
sabe –seguimos sin creer en su locura- que jamás llegará a conocer y tratar. ¿Y
cómo sabiéndolo puede estar tan enamorado? Porque cree en el amor, es en lo
único que cree en el mundo, y por eso renuncia a él. Le duele tanto el amor, le
fascina tanto ese sentimiento, que no lo puede soportar, y para calmar ese
dolor se lanza en busca de un amor imaginario y, por tanto, imposible de
culminar.
Es curioso que
lo que Cervantes quiso que fuera una burla de los libros de caballerías, del
mundo y la humanidad y, sobre todo, del amor, se le fuese de las manos y
terminase siendo –seguramente para su sorpresa y fascinación- la más grande
novela de amor de todos los tiempos, precisamente por lo que tiene de burla y porque
su protagonista consiguió desgajarse de su autor, tomar vida propia y revelarse
contra esa burla. “¿Tú te burlas del amor?”, parece decirle Don Quijote a
Cervantes. “Pues te voy a demostrar que el amor, al ser burlado, es mucho más
poderoso que cuando es glorificado, y te voy a dar las muestras de amor más
fervientes que algún hombre sobre la tierra pudo ofrecer. Tu amor burlado se
convertirá en amor puro y eterno”. Y así ha sido.
Amar
quijotescamente. Todo el que ame demasiado –como amó Rousseau, según propia
confesión-, acaso debería proponerse amar quijotescamente, esto es, renunciando
al amor. La renuncia no implica negación de lo que se renuncia, sino más
probablemente su exaltación.
jueves, 7 de junio de 2012
LOS OJOS DE SANCHO
![]() |
| Los jugadores del Barça celebran el triple de Huertas |
La imagen la
captó una cámara de Teledeporte. Es la secuencia del triple de Huertas visto
por los ojos de Pablo Laso. El entrenador del Real Madrid está sudando, con la
frente brillante y las ojeras de desvelo y preocupación, después de un partido
durísimo, por momentos sublime de su equipo, y que va camino de evaporarse con
ese balón que surca el cielo del Palau, hasta acabar dentro. Es el nanometraje
de diecisiete puntos de ventaja (43-60) que se van por el sumidero. Catorce en
el último cuarto (60-74), once a falta de poco más de cuatro minutos (68-79). En
un soplo, en un tiempo de Planck –la unidad de tiempo más pequeña conocida-, se
derrumba la ilusión que suponía un 0-1 que, para el Madrid, sabía a título, a
doblete, a gloria, después de una temporada con altibajos en la que el propio
Laso, a pesar del éxito de la Copa del Rey y del vistoso juego desplegado por
su equipo, había tenido que encajar críticas quizá excesivas. Es lo que tiene
no ser balcánico ni vehemente, que automáticamente está uno bajo sospecha, si
es entrenador de baloncesto. Los ojos de Laso, pequeños e inteligentes,
parecían recordar todo eso mientras contemplaban aterrorizados la franca
trayectoria del balón lanzado por Huertas. Hay tiros que, por inverosímiles que
parezcan, se sabe que van a entrar, porque a veces, en la vida y en el
baloncesto, sólo puede ocurrir lo increíble. Y, gracias a la cámara de
Teledeporte, sabemos que Laso sabía que ese balón iba dentro. En realidad, lo
sabía Laso y lo sabían todos los madridistas.
Cuando el balón
entró, el rostro de Laso apenas sufrió transformación. Es lo que suele ocurrir
con golpes de este tipo, tan duros, tan inesperados, imaginados solo como la
peor de las situaciones hipotéticas. Y, cuando ocurren, cuando uno tiene que
encajarlos, no hay reacción inmediata. Los asustados ojos del vitoriano
permanecieron como estaban. Unos segundos después, se limitó a decir unas
palabras, sospechamos que de incredulidad e impotencia. Al fondo, los jugadores
del banquillo del Real Madrid con las manos en la cabeza y, delante, como
desfile frenético, la plantilla entera del Barça corriendo a abrazar a Huertas,
que mascaba su felicidad tirado en el suelo, gritando y tensando los músculos
después de un partido catastrófico (cero puntos hasta ese momento, 0/5 en el
tiro, -5 de valoración). Así son las ilusiones, las que vienen y las que se
van: se derrumban de un soplo, con un triple a tabla. Aviso a todo el mundo…
Porque lo de
ayer, ese triple que desde el mismo momento en que entró pasó a formar parte de
la historia y la leyenda de la ACB y el baloncesto, es un aviso a todo el
mundo: al Real Madrid, por supuesto, que fue el que lo sufrió, pero también a
todos aquellos que vieron el partido por Teledeporte y se encontraron con
desenlace tan tremendo; es un aviso para los amantes del baloncesto, que nunca
dejarán de asombrarse con su querido deporte por más que éste les ofrezca
escenas como la de ayer, y también para los que anoche veían por primera vez un
partido, que aprendieron que el baloncesto es una perfecta metáfora de la vida,
con sus dulzores y amarguras; es un aviso también para los espectadores del
Palau y para el propio Barça, tan feliz ayer, y con razón, después del milagro,
y que ahora sabe mejor que nadie que algo así puede repetirse en su contra,
quién sabe si en esta misma serie final. Es un aviso, en fin, de lo que es la
vida, el amor y el baloncesto, donde las ilusiones de derrumban de un soplo,
con un triple a tabla, igual que vienen…
Laso, con su
amable perfil de Sancho Panza, dijo después del golpe que había que levantarse
lo antes posible y añadió la inteligente reflexión –sobre todo teniendo en
cuenta que la hizo en caliente- de que la suerte hay que buscarla y que si no
se hubieran cometido tantos errores en esos cuatro últimos minutos fatales no
habría habido lugar al increíble desenlace que todos vimos. Palabras
justas y mesuradas –las habría dicho exactamente igual el propio Sancho- que
quizá encierren la sospecha de que ni su equipo ni él podrán levantarse de
esta. Porque estas cosas ocurren, hay golpes que dejan incapacitado al que los
recibe y que, si no a largo plazo, sí que imposibilitan una reacción inmediata.
Y el Madrid, que mañana vuelve a visitar el escenario de la tortura y los
sueños que volaron, necesita pasar página a una velocidad einsteiniana. El arte
de olvidar como único remedio para seguir adelante, para no claudicar.
La pregunta se
la hace todo el mundo: ¿será el Madrid capaz de reponerse? En un segundo, en un
nanosegundo, en un tiempo de Planck, el equipo blanco pasó de un 0-1 con aroma
de doblete a un 1-0 tenebroso, con el rival armado de moral hasta los dientes y
que, ahora mismo, se cree invencible tras haber superado 35 minutos de
epilepsia baloncestística. El aguante del Real Madrid ante situaciones críticas
está más a prueba que nunca. Ya superó unas cuantas en la mítica serie ante el
Caja Laboral, pero lo de ayer supera a todas ellas juntas y a cualquiera que el
equipo pueda echarse sobre los hombros. Si el plan era bueno, si estaba siendo
ejecutado a la perfección, si en el Barça sólo anotaban Navarro y Lorbek y
Carroll lo metía todo, Tomic descosía la pintura blaugrana, Singler encestaba
con fluidez y Sergio Rodríguez se encontraba en su salsa, si el rival estaba además
desquiciado y protestando a los árbitros, si todo ello confluyó en un partido y
no se ganó… ¿qué esperar a partir de ahora?
Sin embargo, y
ahí está la esperanza para el Madrid, a pesar de todo lo dicho y de la
violencia del impacto del triple de Huertas sobre el ánimo blanco, queda la
certeza de que el baloncesto, como la vida, sigue, porque tiene inercia de
seguir. Así de simple, así de cierto, así de reconfortante.
viernes, 18 de mayo de 2012
NADIE DEBERÍA MORIR EN PRIMAVERA (Dos momentos)
Martes, 15 de mayo
(...) (Ayer)
"Intenté dormir una pequeña siesta, pero no pude. Tampoco tenía el ánimo
para leer, y salí a la calle con un doble objeto: ver mundo y que mi
mente se distrajera con otros paisajes y comprar el libro de
Sánchez-Dragó Soseki. Inmortal y tigre, que desde horas atrás, desde
que nos dieron la noticia, llamaba a mi puerta: tenía que leerlo, en
esta fecha, precisamente la de la muerte de mi gatita.
Una vez adquirido el libro bajé desde Gran Vía hasta la plaza de Oriente. Atardecía esplendorosamente por detrás de la sierra de Guadarrama, con el último sol derramando su jugo naranja por la quebrada línea del horizonte. Había muchísima gente, la plaza hormigueaba de vida y, de fondo, desde las Vistillas, donde se celebraba la verbena por las fiestas de San Isidro, llegaban rumores de un chotis tocado por un organillo. Es la estampa con la que sueña todo escritor: un atardecer primaveral, en una plaza histórica presidida por un monumento como el Palacio Real, con toda esa danza de minueto alrededor, ciclistas urbanos, músicos, familias, parejas heterosexuales y gays, perros de todos los pelajes, turistas, grupos de adolescentes ignorándolo todo y, a la vez, comiéndoselo todo a manos llenas. Cansado, me senté en un poyete, desde donde podía contemplar tranquilamente el atardecer, que se abría ante mis ojos como un escenario de cuento. Saqué el libro de Dragó de la bolsa y lo posé sobre mis rodillas. En ese momento se mezclaron muchas cosas -el amor, la belleza, la literatura y la ausencia-, y pude tomarle una fotografía a mi alma. Pensé con nitidez, otra vez, en lo que fue y en lo que pudo haber sido y no fue. ¿No habría sido bonito haber pasado esa misma tarde allí con Dorian y E., hablando sobre libros, sobre ese mismo atardecer, sobre las cosas de la vida y la muerte, mientras la gatita, plena de vida, se subía hasta nuestros hombros arañándonos la camisa y el cuello? ¿No habría sido bonito que la gente, admirada, se nos acercara para acariciarla y ella les saludara con su enternecedor maullido? ¿No habría sido bonito…?
Era un lugar y una hora propicios para llorar, pero no lo hice, pese a que tenía ganas. Empecé a leer el libro de Dragó sobre su querido gato muerto, mientras el sol se escondía –como un gato- en ese lúgubre 14 de mayo, primaveralmente luminoso –“nadie debería morir en primavera”, dijo alguien- y tocado por una tristeza de organillo. Detrás de la enorme silueta del Palacio Real el chotis seguía sonando, envuelto en la jocundidad de las fiestas de San Isidro, tan cercanas y a la vez tan absurdas, tan falsas, tan ajenas."
Una vez adquirido el libro bajé desde Gran Vía hasta la plaza de Oriente. Atardecía esplendorosamente por detrás de la sierra de Guadarrama, con el último sol derramando su jugo naranja por la quebrada línea del horizonte. Había muchísima gente, la plaza hormigueaba de vida y, de fondo, desde las Vistillas, donde se celebraba la verbena por las fiestas de San Isidro, llegaban rumores de un chotis tocado por un organillo. Es la estampa con la que sueña todo escritor: un atardecer primaveral, en una plaza histórica presidida por un monumento como el Palacio Real, con toda esa danza de minueto alrededor, ciclistas urbanos, músicos, familias, parejas heterosexuales y gays, perros de todos los pelajes, turistas, grupos de adolescentes ignorándolo todo y, a la vez, comiéndoselo todo a manos llenas. Cansado, me senté en un poyete, desde donde podía contemplar tranquilamente el atardecer, que se abría ante mis ojos como un escenario de cuento. Saqué el libro de Dragó de la bolsa y lo posé sobre mis rodillas. En ese momento se mezclaron muchas cosas -el amor, la belleza, la literatura y la ausencia-, y pude tomarle una fotografía a mi alma. Pensé con nitidez, otra vez, en lo que fue y en lo que pudo haber sido y no fue. ¿No habría sido bonito haber pasado esa misma tarde allí con Dorian y E., hablando sobre libros, sobre ese mismo atardecer, sobre las cosas de la vida y la muerte, mientras la gatita, plena de vida, se subía hasta nuestros hombros arañándonos la camisa y el cuello? ¿No habría sido bonito que la gente, admirada, se nos acercara para acariciarla y ella les saludara con su enternecedor maullido? ¿No habría sido bonito…?
Era un lugar y una hora propicios para llorar, pero no lo hice, pese a que tenía ganas. Empecé a leer el libro de Dragó sobre su querido gato muerto, mientras el sol se escondía –como un gato- en ese lúgubre 14 de mayo, primaveralmente luminoso –“nadie debería morir en primavera”, dijo alguien- y tocado por una tristeza de organillo. Detrás de la enorme silueta del Palacio Real el chotis seguía sonando, envuelto en la jocundidad de las fiestas de San Isidro, tan cercanas y a la vez tan absurdas, tan falsas, tan ajenas."
Viernes, 18 de mayo
(...)
"El miércoles, después de salir del gimnasio, pasé por el lugar donde
encontré a Dorian. Como cada vez que paso por allí desde aquel día,
registré debajo del seto donde entonces ella maullaba de hambre, frío y
soledad, por si se repitiera el milagro o hubiera quedado grabada una
imagen especular. Evidentemente no había nada de eso, pero, un poco más
adelante, dentro del mismo recinto del jardincillo, me quedé helado al
topar mis ojos con los de una preciosa gata pardusca, acompañada de su
cachorro, exactamente igual que Dorian, pero repleto de vida y,
lógicamente, un poco más grande. La criatura mamaba con delectación de
las minúsculas ubres de su madre, que me miraba con sus ojos amarillos
surcados por la delgada línea negra de su pupila con la fijeza con la
que sólo miran los gatos y deben de mirar los tigres.
Los primeros segundos tuve la sensación de estar violando la intimidad de aquella familia que no obstante llegaba a sentir un poco mía, y me sorprendió que no huyeran, pero después, cuando la madre se hubo tranquilizado –detalle que advertí cuando dejó de mirarme fijamente-, me sentí privilegiado de asistir por primera vez en mi vida a un momento tan íntimo. Cuando el hermano (o hermana) de Dorian dejó de mamar, la mamá, que tendría cosas que hacer, me dio un aviso en forma de fiero gruñido, acompañado de terrible mirada y erizamiento del pelo. “No toques a mi cría”, me dijo claramente y, sin embargo, la dejó ahí, a mi lado, quién sabe si para que yo la cuidara durante su ausencia, y se perdió tras una esquina. Durante cinco minutos, pude estar a solas con la cría gemela de mi gatita muerta. Nada hubiera sido tan fácil como cogerla y llevármela. Al contrario que Dorian, se movía con viveza y sus ojos, negrísimos como un pozo, tenían un brillo entre terrorífico y mágico. No pasó ni un minuto sin su mamá cuando se puso a maullar, inquieto por soledad tan repentina. Puse la mano en el suelo y la moví convulsamente, tratando de imitar a un animal; la cría, atraída por el movimiento de los dedos, se acercó a mí, con deliciosa curiosidad gatuna, y pude acariciarla.
Fue entonces cuando regresó la madre, que se nos quedó mirando como miran los maridos que sorprenden a sus esposas con su amante. Me aparté del cachorro, temiendo un posible ataque furibundo de la recién llegada, y aquel volvió al seguro regazo materno. Durante un rato me quedé contemplando aquellas escenas familiares gatunas: al pequeño curioseando por el jardincillo, acercándose a todo, olisqueándolo todo y tocándolo todo, mientras la madre vigilaba sus travesuras. Me pareció de una ternura y sabiduría infinitas el que la dejara hacer, que no se entrometiera en el husmeo de la cría, como sí hacemos los humanos con nuestros hijos. Como poco a poco fue perdiendo el recelo por mi persona, pude acercarme hasta estar muy cerca, y me senté en un escalón, simplemente a mirarlos. La madre comprendió mis intenciones pacíficas y pudo dedicarse con tranquilidad a hacer su vida: limpiar a su pequeña con lametones, acariciarla con el hocico, ayudarla a superar los mil y un obstáculos de aquella selva en miniatura.
Más de media hora pasé en esa contemplación. Casi diría que los animales se acostumbraron a mi presencia, hasta el punto de ignorarme por completo. El pequeño bostezó un par de veces. Los gatos duermen mucho, dicen que dieciséis horas al día. Era la hora de la siesta, y la madre se lo llevó a un hueco cercano, a la sombra, como hecho de encargo para el noble arte de dormir. Y allí los dejé, al hermano de Dorian acurrucado junto a su mamá y a ésta vigilando el horizonte y el sueño de los justos y quién sabe si acordándose, como me acordaba yo, de la cría que nació para morir joven."
Los primeros segundos tuve la sensación de estar violando la intimidad de aquella familia que no obstante llegaba a sentir un poco mía, y me sorprendió que no huyeran, pero después, cuando la madre se hubo tranquilizado –detalle que advertí cuando dejó de mirarme fijamente-, me sentí privilegiado de asistir por primera vez en mi vida a un momento tan íntimo. Cuando el hermano (o hermana) de Dorian dejó de mamar, la mamá, que tendría cosas que hacer, me dio un aviso en forma de fiero gruñido, acompañado de terrible mirada y erizamiento del pelo. “No toques a mi cría”, me dijo claramente y, sin embargo, la dejó ahí, a mi lado, quién sabe si para que yo la cuidara durante su ausencia, y se perdió tras una esquina. Durante cinco minutos, pude estar a solas con la cría gemela de mi gatita muerta. Nada hubiera sido tan fácil como cogerla y llevármela. Al contrario que Dorian, se movía con viveza y sus ojos, negrísimos como un pozo, tenían un brillo entre terrorífico y mágico. No pasó ni un minuto sin su mamá cuando se puso a maullar, inquieto por soledad tan repentina. Puse la mano en el suelo y la moví convulsamente, tratando de imitar a un animal; la cría, atraída por el movimiento de los dedos, se acercó a mí, con deliciosa curiosidad gatuna, y pude acariciarla.
Fue entonces cuando regresó la madre, que se nos quedó mirando como miran los maridos que sorprenden a sus esposas con su amante. Me aparté del cachorro, temiendo un posible ataque furibundo de la recién llegada, y aquel volvió al seguro regazo materno. Durante un rato me quedé contemplando aquellas escenas familiares gatunas: al pequeño curioseando por el jardincillo, acercándose a todo, olisqueándolo todo y tocándolo todo, mientras la madre vigilaba sus travesuras. Me pareció de una ternura y sabiduría infinitas el que la dejara hacer, que no se entrometiera en el husmeo de la cría, como sí hacemos los humanos con nuestros hijos. Como poco a poco fue perdiendo el recelo por mi persona, pude acercarme hasta estar muy cerca, y me senté en un escalón, simplemente a mirarlos. La madre comprendió mis intenciones pacíficas y pudo dedicarse con tranquilidad a hacer su vida: limpiar a su pequeña con lametones, acariciarla con el hocico, ayudarla a superar los mil y un obstáculos de aquella selva en miniatura.
Más de media hora pasé en esa contemplación. Casi diría que los animales se acostumbraron a mi presencia, hasta el punto de ignorarme por completo. El pequeño bostezó un par de veces. Los gatos duermen mucho, dicen que dieciséis horas al día. Era la hora de la siesta, y la madre se lo llevó a un hueco cercano, a la sombra, como hecho de encargo para el noble arte de dormir. Y allí los dejé, al hermano de Dorian acurrucado junto a su mamá y a ésta vigilando el horizonte y el sueño de los justos y quién sabe si acordándose, como me acordaba yo, de la cría que nació para morir joven."
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