lunes, 30 de julio de 2012

UNA VIDA ABSOLUTAMENTE MARAVILLOSA

"Después de una enfermedad y de una experiencia sentimental, de la cual uno emerge sintiéndose libre, pero un poco magullado aún (si no enfermo), nos vuelve un día el deseo de trabajar. Habíamos creído que ya no seríamos capaces nunca de volver a la tarea. Pero, al fin, el deseo llega, está aquí. Se despierta uno más temprano, se siente uno un poco mejor, aunque muy débil, pero hay sol en el cuarto y nos levantamos. Se comienza por poner un poco de orden en la mesa de trabajo. No es tarea de un día solamente. Otro día se cambian las viejas plumas gastadas, y, en fin, compramos hojas de papel secante, un lápiz nuevo, una goma de borrar, etcétera. Y por último llega el día en que se dispone uno de nuevo a escribir. Llega primero un gran silencio, un dulce y puro silencio, que se extiende a nuestro alrededor. Volvemos a encontrar nuestra razón de vivir."

Valery Larbaud

sábado, 7 de julio de 2012

BAROJA Y LAS CHICAS DE POLÍGONO

Los amores tardíos. Creo que hasta ahora no había leído ninguna novela de la última época de Baroja. Esta es una novela descosida, como todas las suyas, en la que los personajes hablan y hablan, no sobre sus asuntos personales, sino sobre generalidades, el carácter de los pueblos, el amor como ciencia, y cosas así. Pontifican una y otra vez, ya contemplen un paisaje, una escena de costumbres, un cuadro o a una mujer. En la novela no ocurre nada, sólo se vislumbra una historia de fondo a la que, de momento, los personajes inmersos en ella parecen ajenos. Alguna descripción –siempre deliciosas por sencillas-, párrafos minimalistas, mucho zascandileo. Baroja nos lleva de acá para allá junto a sus personajes, desde Ámsterdam a Rotterdam, como si fuéramos de Segovia a Ávila. Y, sin embargo, a pesar de algunas características que pudiéramos achacarle, ¡cuánto encanto! Ya dijo González-Ruano que Baroja le gustaba no a pesar de sus fallos, sino precisamente por sus fallos. Yo diría lo mismo, y añadiría que me gusta porque es fácil de leer, a veces un poco bruto y otras descaradamente romántico, como esas chicas de polígono.

jueves, 5 de julio de 2012

UNA TEORÍA DEL AMOR EN EL QUIJOTE (y, a la sazón, un estado del alma)


—Tú me harás desesperar, Sancho —dijo Don Quijote—. Ven acá, hereje: ¿no te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta? (II-IX)
Esta frase es acaso la más genial en lo que al amor se refiere que se ha dicho en toda la historia de la literatura. Estar enamorado de oídas. Se parece mucho a una burla de Cervantes del amor y a una renuncia del amor por parte de Don Quijote.
Burla porque el Quijote es en sí una burla de todo, de los libros de caballerías, de la nobleza, de la monarquía, de la pobreza, de la España de la época, del género humano, del amor mismo. Sin embargo, Cervantes, con esta burla, lo que hace es elevar el amor a cotas inimaginables, inéditas hasta entonces y nunca más tarde igualadas. Todos los grandes amoríos novelescos posteriores –Werther y Carlota, Anna Karenina y Vronski, Gabriel e Inés, Lucien y Coralie, Natasha Rostova y Pierre Bezujov, Fortunata y Santa Cruz, etc.-, con ser amores gigantescos, paradigmáticos, representativos del amor humano, tienen una carga demasiado grande de realidad. Cada personaje está bien delimitado, corporeizado, perfectamente descrito. El lector no tiene duda de que existen porque el escritor se ocupó de ponerlos delante de sus narices. Todos esos personajes interactúan entre ellos, se miran a hurtadillas, se hablan, se tocan, se besan, hacen el amor, pasean juntos, y, en ello, en ese contacto entre dos personas aparentemente indefectible para que exista amor, radica su encanto y su valor. ¿Qué ocurre con Don Quijote y Dulcinea? Simplemente que no ocurre nada de eso. Don Quijote es un supuesto loco y Dulcinea, de existir, podemos estar seguros de que es una mujer fea, grotesca y zafia, alejada de cualquier ideal de belleza y gracia. Don Quijote y Dulcinea jamás llegan a conocerse, jamás llegan a hablar entre ellos, es una pareja de enamorados que en realidad no existe o que, más exactamente, existe sólo en la cabeza de Don Quijote y, gracias a eso, en la cabeza de los millones de lectores que han leído la novela en estos cuatrocientos años.
Se diría que Don Quijote, con este enamoramiento de oídas, practica una definitiva renuncia del amor, enamorándose de alguien que no existe o que desde luego no es como él se figura en su inflamado cerebro, escaldado quizá por los amoríos de su vida, que terminaron todos en fracaso (Don Quijote es soltero). Don Quijote es un sentimental, un romántico, y, lacerado por la imposibilidad de obtener en la vida ese amor ideal que soñó –y apoyado siempre en sus lecturas de libros de caballerías-, reacciona creándose un ideal mucho más alejado, tan inalcanzable, tan inverosímil, tan fantasioso, que resulta imposible de obtener, haciéndolo infinitamente bello y, por ello, eterno.
Burla del amor, renuncia del amor, pero amor infinitamente bello y eterno. Eso es Don Quijote, esa es su enseñanza. Su capacidad amatoria es tan inmensa que tiene que renunciar al amor. ¿Y cómo renuncia? Enamorándose de una mujer ficticia que él sabe –seguimos sin creer en su locura- que jamás llegará a conocer y tratar. ¿Y cómo sabiéndolo puede estar tan enamorado? Porque cree en el amor, es en lo único que cree en el mundo, y por eso renuncia a él. Le duele tanto el amor, le fascina tanto ese sentimiento, que no lo puede soportar, y para calmar ese dolor se lanza en busca de un amor imaginario y, por tanto, imposible de culminar.
Es curioso que lo que Cervantes quiso que fuera una burla de los libros de caballerías, del mundo y la humanidad y, sobre todo, del amor, se le fuese de las manos y terminase siendo –seguramente para su sorpresa y fascinación- la más grande novela de amor de todos los tiempos, precisamente por lo que tiene de burla y porque su protagonista consiguió desgajarse de su autor, tomar vida propia y revelarse contra esa burla. “¿Tú te burlas del amor?”, parece decirle Don Quijote a Cervantes. “Pues te voy a demostrar que el amor, al ser burlado, es mucho más poderoso que cuando es glorificado, y te voy a dar las muestras de amor más fervientes que algún hombre sobre la tierra pudo ofrecer. Tu amor burlado se convertirá en amor puro y eterno”. Y así ha sido.
Amar quijotescamente. Todo el que ame demasiado –como amó Rousseau, según propia confesión-, acaso debería proponerse amar quijotescamente, esto es, renunciando al amor. La renuncia no implica negación de lo que se renuncia, sino más probablemente su exaltación.

jueves, 7 de junio de 2012

LOS OJOS DE SANCHO

Los jugadores del Barça celebran el triple de Huertas
La imagen la captó una cámara de Teledeporte. Es la secuencia del triple de Huertas visto por los ojos de Pablo Laso. El entrenador del Real Madrid está sudando, con la frente brillante y las ojeras de desvelo y preocupación, después de un partido durísimo, por momentos sublime de su equipo, y que va camino de evaporarse con ese balón que surca el cielo del Palau, hasta acabar dentro. Es el nanometraje de diecisiete puntos de ventaja (43-60) que se van por el sumidero. Catorce en el último cuarto (60-74), once a falta de poco más de cuatro minutos (68-79). En un soplo, en un tiempo de Planck –la unidad de tiempo más pequeña conocida-, se derrumba la ilusión que suponía un 0-1 que, para el Madrid, sabía a título, a doblete, a gloria, después de una temporada con altibajos en la que el propio Laso, a pesar del éxito de la Copa del Rey y del vistoso juego desplegado por su equipo, había tenido que encajar críticas quizá excesivas. Es lo que tiene no ser balcánico ni vehemente, que automáticamente está uno bajo sospecha, si es entrenador de baloncesto. Los ojos de Laso, pequeños e inteligentes, parecían recordar todo eso mientras contemplaban aterrorizados la franca trayectoria del balón lanzado por Huertas. Hay tiros que, por inverosímiles que parezcan, se sabe que van a entrar, porque a veces, en la vida y en el baloncesto, sólo puede ocurrir lo increíble. Y, gracias a la cámara de Teledeporte, sabemos que Laso sabía que ese balón iba dentro. En realidad, lo sabía Laso y lo sabían todos los madridistas.
Cuando el balón entró, el rostro de Laso apenas sufrió transformación. Es lo que suele ocurrir con golpes de este tipo, tan duros, tan inesperados, imaginados solo como la peor de las situaciones hipotéticas. Y, cuando ocurren, cuando uno tiene que encajarlos, no hay reacción inmediata. Los asustados ojos del vitoriano permanecieron como estaban. Unos segundos después, se limitó a decir unas palabras, sospechamos que de incredulidad e impotencia. Al fondo, los jugadores del banquillo del Real Madrid con las manos en la cabeza y, delante, como desfile frenético, la plantilla entera del Barça corriendo a abrazar a Huertas, que mascaba su felicidad tirado en el suelo, gritando y tensando los músculos después de un partido catastrófico (cero puntos hasta ese momento, 0/5 en el tiro, -5 de valoración). Así son las ilusiones, las que vienen y las que se van: se derrumban de un soplo, con un triple a tabla. Aviso a todo el mundo…
Porque lo de ayer, ese triple que desde el mismo momento en que entró pasó a formar parte de la historia y la leyenda de la ACB y el baloncesto, es un aviso a todo el mundo: al Real Madrid, por supuesto, que fue el que lo sufrió, pero también a todos aquellos que vieron el partido por Teledeporte y se encontraron con desenlace tan tremendo; es un aviso para los amantes del baloncesto, que nunca dejarán de asombrarse con su querido deporte por más que éste les ofrezca escenas como la de ayer, y también para los que anoche veían por primera vez un partido, que aprendieron que el baloncesto es una perfecta metáfora de la vida, con sus dulzores y amarguras; es un aviso también para los espectadores del Palau y para el propio Barça, tan feliz ayer, y con razón, después del milagro, y que ahora sabe mejor que nadie que algo así puede repetirse en su contra, quién sabe si en esta misma serie final. Es un aviso, en fin, de lo que es la vida, el amor y el baloncesto, donde las ilusiones de derrumban de un soplo, con un triple a tabla, igual que vienen…
Laso, con su amable perfil de Sancho Panza, dijo después del golpe que había que levantarse lo antes posible y añadió la inteligente reflexión –sobre todo teniendo en cuenta que la hizo en caliente- de que la suerte hay que buscarla y que si no se hubieran cometido tantos errores en esos cuatro últimos minutos fatales no habría habido lugar al increíble desenlace que todos vimos. Palabras justas y mesuradas –las habría dicho exactamente igual el propio Sancho- que quizá encierren la sospecha de que ni su equipo ni él podrán levantarse de esta. Porque estas cosas ocurren, hay golpes que dejan incapacitado al que los recibe y que, si no a largo plazo, sí que imposibilitan una reacción inmediata. Y el Madrid, que mañana vuelve a visitar el escenario de la tortura y los sueños que volaron, necesita pasar página a una velocidad einsteiniana. El arte de olvidar como único remedio para seguir adelante, para no claudicar.
La pregunta se la hace todo el mundo: ¿será el Madrid capaz de reponerse? En un segundo, en un nanosegundo, en un tiempo de Planck, el equipo blanco pasó de un 0-1 con aroma de doblete a un 1-0 tenebroso, con el rival armado de moral hasta los dientes y que, ahora mismo, se cree invencible tras haber superado 35 minutos de epilepsia baloncestística. El aguante del Real Madrid ante situaciones críticas está más a prueba que nunca. Ya superó unas cuantas en la mítica serie ante el Caja Laboral, pero lo de ayer supera a todas ellas juntas y a cualquiera que el equipo pueda echarse sobre los hombros. Si el plan era bueno, si estaba siendo ejecutado a la perfección, si en el Barça sólo anotaban Navarro y Lorbek y Carroll lo metía todo, Tomic descosía la pintura blaugrana, Singler encestaba con fluidez y Sergio Rodríguez se encontraba en su salsa, si el rival estaba además desquiciado y protestando a los árbitros, si todo ello confluyó en un partido y no se ganó… ¿qué esperar a partir de ahora?
Sin embargo, y ahí está la esperanza para el Madrid, a pesar de todo lo dicho y de la violencia del impacto del triple de Huertas sobre el ánimo blanco, queda la certeza de que el baloncesto, como la vida, sigue, porque tiene inercia de seguir. Así de simple, así de cierto, así de reconfortante.

viernes, 18 de mayo de 2012

NADIE DEBERÍA MORIR EN PRIMAVERA (Dos momentos)

Martes, 15 de mayo
(...) (Ayer)
"Intenté dormir una pequeña siesta, pero no pude. Tampoco tenía el ánimo para leer, y salí a la calle con un doble objeto: ver mundo y que mi mente se distrajera con otros paisajes y comprar el libro de Sánchez-Dragó Soseki. Inmortal y tigre, que desde horas atrás, desde que nos dieron la noticia, llamaba a mi puerta: tenía que leerlo, en esta fecha, precisamente la de la muerte de mi gatita.

Una vez adquirido el libro bajé desde Gran Vía hasta la plaza de Oriente. Atardecía esplendorosamente por detrás de la sierra de Guadarrama, con el último sol derramando su jugo naranja por la quebrada línea del horizonte. Había muchísima gente, la plaza hormigueaba de vida y, de fondo, desde las Vistillas, donde se celebraba la verbena por las fiestas de San Isidro, llegaban rumores de un chotis tocado por un organillo. Es la estampa con la que sueña todo escritor: un atardecer primaveral, en una plaza histórica presidida por un monumento como el Palacio Real, con toda esa danza de minueto alrededor, ciclistas urbanos, músicos, familias, parejas heterosexuales y gays, perros de todos los pelajes, turistas, grupos de adolescentes ignorándolo todo y, a la vez, comiéndoselo todo a manos llenas. Cansado, me senté en un poyete, desde donde podía contemplar tranquilamente el atardecer, que se abría ante mis ojos como un escenario de cuento. Saqué el libro de Dragó de la bolsa y lo posé sobre mis rodillas. En ese momento se mezclaron muchas cosas -el amor, la belleza, la literatura y la ausencia-, y pude tomarle una fotografía a mi alma. Pensé con nitidez, otra vez, en lo que fue y en lo que pudo haber sido y no fue. ¿No habría sido bonito haber pasado esa misma tarde allí con Dorian y E., hablando sobre libros, sobre ese mismo atardecer, sobre las cosas de la vida y la muerte, mientras la gatita, plena de vida, se subía hasta nuestros hombros arañándonos la camisa y el cuello? ¿No habría sido bonito que la gente, admirada, se nos acercara para acariciarla y ella les saludara con su enternecedor maullido? ¿No habría sido bonito…?

Era un lugar y una hora propicios para llorar, pero no lo hice, pese a que tenía ganas. Empecé a leer el libro de Dragó sobre su querido gato muerto, mientras el sol se escondía –como un gato- en ese lúgubre 14 de mayo, primaveralmente luminoso –“nadie debería morir en primavera”, dijo alguien- y tocado por una tristeza de organillo. Detrás de la enorme silueta del Palacio Real el chotis seguía sonando, envuelto en la jocundidad de las fiestas de San Isidro, tan cercanas y a la vez tan absurdas, tan falsas, tan ajenas."

Viernes, 18 de mayo
(...)
"El miércoles, después de salir del gimnasio, pasé por el lugar donde encontré a Dorian. Como cada vez que paso por allí desde aquel día, registré debajo del seto donde entonces ella maullaba de hambre, frío y soledad, por si se repitiera el milagro o hubiera quedado grabada una imagen especular. Evidentemente no había nada de eso, pero, un poco más adelante, dentro del mismo recinto del jardincillo, me quedé helado al topar mis ojos con los de una preciosa gata pardusca, acompañada de su cachorro, exactamente igual que Dorian, pero repleto de vida y, lógicamente, un poco más grande. La criatura mamaba con delectación de las minúsculas ubres de su madre, que me miraba con sus ojos amarillos surcados por la delgada línea negra de su pupila con la fijeza con la que sólo miran los gatos y deben de mirar los tigres.

Los primeros segundos tuve la sensación de estar violando la intimidad de aquella familia que no obstante llegaba a sentir un poco mía, y me sorprendió que no huyeran, pero después, cuando la madre se hubo tranquilizado –detalle que advertí cuando dejó de mirarme fijamente-, me sentí privilegiado de asistir por primera vez en mi vida a un momento tan íntimo. Cuando el hermano (o hermana) de Dorian dejó de mamar, la mamá, que tendría cosas que hacer, me dio un aviso en forma de fiero gruñido, acompañado de terrible mirada y erizamiento del pelo. “No toques a mi cría”, me dijo claramente y, sin embargo, la dejó ahí, a mi lado, quién sabe si para que yo la cuidara durante su ausencia, y se perdió tras una esquina. Durante cinco minutos, pude estar a solas con la cría gemela de mi gatita muerta. Nada hubiera sido tan fácil como cogerla y llevármela. Al contrario que Dorian, se movía con viveza y sus ojos, negrísimos como un pozo, tenían un brillo entre terrorífico y mágico. No pasó ni un minuto sin su mamá cuando se puso a maullar, inquieto por soledad tan repentina. Puse la mano en el suelo y la moví convulsamente, tratando de imitar a un animal; la cría, atraída por el movimiento de los dedos, se acercó a mí, con deliciosa curiosidad gatuna, y pude acariciarla.

Fue entonces cuando regresó la madre, que se nos quedó mirando como miran los maridos que sorprenden a sus esposas con su amante. Me aparté del cachorro, temiendo un posible ataque furibundo de la recién llegada, y aquel volvió al seguro regazo materno. Durante un rato me quedé contemplando aquellas escenas familiares gatunas: al pequeño curioseando por el jardincillo, acercándose a todo, olisqueándolo todo y tocándolo todo, mientras la madre vigilaba sus travesuras. Me pareció de una ternura y sabiduría infinitas el que la dejara hacer, que no se entrometiera en el husmeo de la cría, como sí hacemos los humanos con nuestros hijos. Como poco a poco fue perdiendo el recelo por mi persona, pude acercarme hasta estar muy cerca, y me senté en un escalón, simplemente a mirarlos. La madre comprendió mis intenciones pacíficas y pudo dedicarse con tranquilidad a hacer su vida: limpiar a su pequeña con lametones, acariciarla con el hocico, ayudarla a superar los mil y un obstáculos de aquella selva en miniatura.

Más de media hora pasé en esa contemplación. Casi diría que los animales se acostumbraron a mi presencia, hasta el punto de ignorarme por completo. El pequeño bostezó un par de veces. Los gatos duermen mucho, dicen que dieciséis horas al día. Era la hora de la siesta, y la madre se lo llevó a un hueco cercano, a la sombra, como hecho de encargo para el noble arte de dormir. Y allí los dejé, al hermano de Dorian acurrucado junto a su mamá y a ésta vigilando el horizonte y el sueño de los justos y quién sabe si acordándose, como me acordaba yo, de la cría que nació para morir joven."

miércoles, 9 de mayo de 2012

DESDE MI VENTANA

 "Llueve sobre la tierra del monte y sobre el agua de los regatos y de las fuentes, llueve sobre los tojos y los carballos, las hortensias, los buños del molino y la madreselva del camposanto, llueve sobre los vivos, los muertos y los que van a morir, llueve sobre los hombres y los animales mansos y fieros, sobre las mujeres y las plantas silvestres y de jardín, llueve sobre el monte Sanguiño y la fonte das Bouzas do Gago en la que bebe el lobo y a veces alguna cabra perdida y que no vuelve jamás, llueve como toda la vida y aún como toda la muerte, llueve como en la guerra y en la paz, da gusto ver llover sin que se sienta el fin, a lo mejor el fin de la lluvia es el fin de la vida, llueve a Dios dar como antes de que se inventara el sol, llueve con monotonía pero también con misericordia, llueve sin que el cielo se harte de llover y llover."
Camilo José Cela, Mazurca para dos muertos.