viernes, 20 de enero de 2012
AMORES DE INVIERNO
jueves, 19 de enero de 2012
martes, 17 de enero de 2012
PROFESOR DE ENERGÍA

Dijo Larra que el aniversario es un error de fechas, pero uno más modestamente cree que es el pretexto perfecto para recordar y hablar de ciertas cosas cuando ese recuerdo y esa conversación no acuden a nosotros de forma natural.
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sábado, 14 de enero de 2012
SABER SENTIR
miércoles, 11 de enero de 2012
EXPLICACIÓN
viernes, 9 de diciembre de 2011
PREGUNTAS IMAGINARIAS
Hace poco pensé una frase que decir a los amigos cuando me preguntaran por mi método de trabajo literario, cosa que, por otra parte, no han hecho nunca, ni tienen por qué. Pero a veces uno se complace en hacerse preguntas imaginarias que nadie le hará y en responderlas lo más sesuda y gravemente posible. Y no es raro que en buscar la respuesta más apropiada, más ingeniosa o más sincera, según el caso, se le vaya un rato. A esta pregunta imaginaria concreta respondería que la cosa no consiste más que en sentarse a escribir y que, no sabe uno cómo, siempre que se sienta a escribir sale algo. Recalcaría la palabra siempre. No casi siempre, no. Siempre. Siempre sale algo, mejor o peor, más brillante o más prosaico. Diría que no recuerda uno una sola vez que se haya sentado delante del ordenador o de las cuartillas y las cuartillas o la hoja del Word se hubieran quedado en blanco. Se tardaría más o menos en arrancar, habría días y días, como en todas las cosas, pero al final siempre salía algo. Me divertía oírme a mí mismo diciéndome y diciendo imaginariamente estas cosas e insistiendo en la palabra siempre, procurando engolar la voz, como la engolan los escritores en las conferencias. Siempre, siempre, siempre. Sólo es cuestión de sentarse, clavarse en la silla si es necesario, y la cosa saldría indefectiblemente.
Bien, hoy, una mañana de diciembre, estoy en la biblioteca de siempre, sentado en la silla de siempre, delante del ordenador de siempre y la hoja de Word de siempre, mismo tamaño de letra, mismos márgenes, mismo interlineado, misma hora. Siempre, siempre, siempre. Las condiciones para escribir son inmejorables: hace frío fuera, lo cual refuerza y mejora el calor de dentro y le ofrece a uno una mayor sensación de confortabilidad, ha dormido uno las horas suficientes para hilvanar sin demasiada dificultad cuatro frases y, en fin, estos días de Madrid mitad otoñales, mitad invernales, siempre inspiran. Además, ayer escribió uno una buena crónica, lo cual siempre restaura la confianza. No hay excusa, no hay dificultades, la biblioteca está en silencio -en el siempre relativo silencio de esta biblioteca pública-, no hay mozas garridas que le distraigan a uno, no hay más inquietudes en la vida de uno que las normales. Todo perfecto, todo como siempre, incluso mejor que siempre.
¿Qué ocurre? ¿Por qué no puede uno escribir cuatro cosas mínimamente interesantes? ¿Por qué se siente hoy uno tan desgajado del mundo que le resulta imposible escribir sobre él? ¿Qué se ha estropeado en la cabeza de uno? Más preguntas imaginarias que nadie le hará a uno. A veces tiene uno la sensación de que se pasa la vida haciendo y, sobre todo, haciéndose, preguntas imaginarias. En realidad son muy pocas las preguntas reales que hacemos y que nos hacemos, en relación a las que podríamos hacernos y hacer. ¿Por qué se pone a llorar ese niño? ¿Por qué su madre no le dice que se calle? Y, más aún, ¿por qué alguien entra con un niño tan pequeño, travieso e insoportable en una biblioteca y se queda en ella tanto tiempo? ¿No se da cuenta de que esto es una biblioteca y de que está molestando? Hojea uno algunos libros, mira y remira el correo y el Facebook. ¿Por qué no le apetece hoy a uno escribir sobre nada, excepto sobre el hecho de que está escribiendo o, mejor dicho, de que no está escribiendo? Más preguntas, más preguntas, las preguntas de siempre, quizá, sólo que normalmente, al estar escribiendo, uno no tiene tiempo ni de responderlas, ni de hacérselas siquiera con un mínimo de seriedad.
¿Y ahora? ¿Son todas estas preguntas verdaderamente serias? ¿Es una pregunta verdaderamente seria esta misma pregunta que estoy haciendo, que estoy haciéndome? ¿Hay preguntas verdaderamente serias más que las imaginarias? Siempre, siempre, siempre. Siempre termina saliendo algo, aunque ese algo sea esto, que no es nada, porque nada se dice, nada se concluye, a ninguna parte se llega. ¿Adónde queremos llegar cuando escribimos? ¿A nosotros mismos? ¿A los demás? ¿A algún lugar imaginario concreto, donde ni existamos nosotros ni existan los demás? ¿A la raíz misma del tiempo? Sí, va a ser eso. Por decir algo. Y ya no digo más, me voy al gimnasio. Setecientas y pico palabras -según marca el contador del Word- para no decir nada son suficientes.
jueves, 8 de diciembre de 2011
LA LEY DE HUBBLE

Yo no sé si tiene sentido escribir aquí sobre estas cosas, pero tampoco sé si lo tiene callárselo, y por otra parte uno siente la necesidad de plasmarlo en alguna parte, no para que no se olvide, sino precisamente para todo lo contrario, para purgarse uno, para ver si de la cabeza y a través de la mano derecha pasa al papel y ahí -aquí, exactamente donde uno está mirando, donde está escribiendo, donde está leyendo- se queda para siempre.
La verdad es que el día de ayer, sábado, empezó luminoso, trufado de buenos propósitos y presidido por el buen humor y la energía de vivir, y acabó como el rosario de la aurora, pero así es la vida.
Me sorprendo a mí mismo escribiendo párrafos cortos y poco elaborados, todo lo contrario a lo que es mi estilo habitual, pero hay veces en que uno no está ni para escribir ni para nada -sintiendo paradojalmente una irreprimible necesidad de emborronar papel-, y prefiere deshacerse de veleidades literarias y decir las cosas un poco a uña de caballo, sin rodeos, lo más alejado posible de cualquier lirismo y pretenciosidad, precisamente para que quede puramente literario.
Ayer ocurrieron dos cosas, la primera en el trabajo, un incidente con un cliente en el que fui culpable, y, después, la probable culminación sin posible retorno de un largo desencuentro.
No quiero entrar en detalles, y procuraré darle a ambos sucesos un tono de aserto, de algo general, saltándome el proceso, los recovecos, y pasando directamente a la conclusión final, por si alguien puede adaptarlo a su vida.
Respecto a lo primero, nada más diré una cosa: los daños jamás se reparan, y tiene algo de absurdo intentar demostrar el arrepentimiento de forma muy exagerada, y cuando más exagerada sea, es probable que menos nos creerá el agraviado.
En cuanto a lo segundo: él tiene las ideas más claras y por tanto las sabe expresar mejor. Por otra parte, su tesis, más simple, más rotunda, más comúnmente aceptada, es poco proclive a las contradicciones y la confusión. La mía, como contradictoria y confusa que es, no puede ser razonada de forma convincente, y menos para alguien que no cree en ella en absoluto. No sé si estaré equivocado, pero en caso de estarlo uno quiere seguir en su equivocación, porque quizá no sabe hacer otra cosa en esta vida que equivocarse y cada cual debe dedicarse a lo suyo. ¿Qué es la literatura sino una inmensa equivocación con el objeto de que unos pocos nos encontremos?
Pero, sobre todo, jamás debí decirle aquello. Es increíble la resonancia, el horrible eco, que le producen a uno dentro de la cabeza ciertas frases que uno mismo dijo. No, los daños jamás se reparan.
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Algunas amistades se corren al rojo. Repasemos lo que nos dice la ley de Hubble, porque me parece que viene muy al caso. A saber, a grandes rasgos y sin meternos en jergas astrofísicas y cosmológicas: que el universo se está expandiendo, que las galaxias se están alejando de nosotros a una velocidad cada vez mayor y que cuanto más lejos están más rápidamente se alejan. ¿No es esto exactamente lo que ocurre con las amistades quebradas? ¿No estaría pensando Hubble en un ex amigo cuando formuló su teoría? Pero aún hay más preguntas: ¿qué habrá después? ¿Alejamiento perpetuo hasta llegar a un universo extremadamente frío y oscuro? ¿O por el contrario en algún momento se iniciará la contracción y todo volverá a su lugar, a colapsarse en un punto de densidad infinita y volumen cero? Uno, cada vez que ha leído en libros de divulgación estos dos posibles destinos del cosmos, siempre, sin saber por qué, sin atesorar cualquier conocimiento mínimo, se ha inclinado por el primero. El segundo le parece a uno una convención de los científicos para ofrecer al gran público la otra cara de la moneda, sabiendo perfectamente como saben que no será así, que todo avanza inexorablemente hacia la cuasi desaparición. No es pesimismo, no, bien lo sé. Es simplemente un acomodarse a lo que es, una intuición fatal y, a la vez, perfectamente indiferente.
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Qué cantidad de excelentes títulos para una novela nos depara la ciencia: Principio de incertidumbre, El efecto Doppler -que ya existe, es de Jesús Ferrero, y es excelente-, Horizonte de sucesos, Corrimiento al rojo, Radiación de fondo, Los años luz, La materia oscura, La energía oscura. Y muchos más que ahora mismo se me olvidan o que podrían ocurrírseme. ¿Quién, al ver en la librería la portada de alguna de esas novelas, podría resistirse a comprarla? Le entran a uno ganas de dejar estas manoseadas y vulgares cuartillas cibernéticas, abrir un documento nuevo de Word y ponerse a escribir de un tirón una novela que se adaptara a alguno de esos títulos, y no que el título se adaptara a la novela, como suele ocurrir.
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