jueves, 27 de octubre de 2011

DE SUEÑOS POR CONTAR, ÍNFULAS DE SENECTUD, MENDIGOS ROMÁNTICOS Y OTRAS ZARANDAJAS

De Gabriel Araceli, personaje de acción, la frase que más recuerdo es “el sitio y la hora eran más propios para la meditación que para la asonada”.

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Es una buena idea apuntar los sueños que tiene uno, incluso contarlos, darlos a conocer, por qué no, en su sitio como este. Lo que ya no sé si es tan buena idea es contar los que contengan claves o episodios de su vida íntima, como uno ha hecho alguna vez aquí, no sin una cuota de arrepentimiento. Está bien, incluso puede resultar interesante, contar por ejemplo que uno ha soñado con Cela, Umbral o Galdós, que ha hablado con ellos tomando café como si fueran amigos, ha visitado sus casas, han leído los insignificantes textos de uno y los han alabado o censurado con durísimas palabras. Todo eso como que cuadraría más en un diario con afanes literarios, y en cierto modo es un sueño comunitario, nacido para darse a conocer, en tanto esos escritores son conocidos e incluso famosos. Ahora bien, el decir que uno ha soñado con Fulanita, por mucha impresión que le haya hecho el sueño, por muy bien o muy mal que lo haya pasado, por muchas cosas sobre su subconsciente que el sueño parezca revelar, no sé si vale de algo y no será una manera de escribir por escribir, por mera impotencia para escribir sobre otras cosas.

Tenía pensado escribir sobre un sueño que tuve anoche con P., y estaba decidido a ello, cuando estos pensamientos me han asaltado de repente, truncando mi tentativa. De momento. Mañana o pasado puedo pensar lo contrario, que contar que uno ha soñado con Umbral es una solemne tontería y que dice mucho más de uno relatar con todo lujo de detalles el sueño con P. Sobre todo, porque quien lo lea es posible que le pregunte a uno, ¿quién es esa P.? ¿Qué relación tenéis? ¿Dónde y cómo os conocisteis?, etcétera, dándole a uno la oportunidad de, ahora sí, contar la historia real de P.

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Se me ha venido a la cabeza otra cosa para una novela, pero no es una idea ni un argumento, sino una intuición largamente masticada y, por lo tanto, con trazas para convertirse en algo serio, por lo que no lo escribiré aquí. Basta ya de tirar papeles a la basura.

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Entrevistaban al arquitecto de ochenta y tres años en la tele. Yo no le conocía, pero al parecer es un tipo muy famoso, muy reconocido por su trabajo. Un gigante de la arquitectura, vamos. Se le nota en la cara, que es redonda y ancha, en el saludable color de la tez, a pesar de su edad, en la sonrisilla de auto complacencia, un poco cándida y estúpida, en la manera como está sentado mientras responde a las preguntas del periodista, así como desfallecido en la butaca, con las piernas cruzadas, las manos suavemente entrelazadas, que se acaricia como si fuera la piel de su amor. Lo que pasa es que por lo que se ve su amor es él mismo. A una pregunta del periodista no se recata en asegurar que si tuviera quince o veinte años por delante para trabajar, cambiaría el país. El país aludido es Estados Unidos, ni más ni menos, o sea que según él sería capaz no sólo de cambiar una nación, sino el mundo entero, pues todos sabemos lo que significa y repercute lo yanqui en el resto del planeta. Y se queda tan ancho. Lo dice como quien le cuenta a un amigo que el fin de semana pasado conoció un garito nuevo en algún lugar, o que se tiró a una muchacha que era más bien fea y que por tanto le importa un pimiento. Y piensa uno, qué gusto debe de ser llegar a los ochenta y tres años y, con la comodidad que ello conlleva, soltar por la boca que de vivir ciento diez, si no tuviera la tan mala suerte de morir tan pronto, la Humanidad empezaría su edad de oro. Dice solamente “cambiaria”, lo cual puede significar, porque no se ha tomado la molestia de aclararlo, que lo cambiaría para mal, pero como hombres de buena fe hemos de suponer que se refiere a que sería para bien. Dicho esto, quizá este señor debería compartir su secreto con nosotros para que, dentro de nuestras estrechas posibilidades, intentáramos ponerlo en práctica, a ver si somos capaces de arreglar esto, cosa poco probable porque ello sólo está al alcance de un genio como él. Un genio perezoso, por otra parte, pues sesenta años de vida laboral, si uno tiene su talento y sabe lo que hay que hacer, dan para cambiar el mundo, y sobra tiempo para tomarse unas cañas tras el ajetreo. Claro, como sabe que como mucho vivirá dos, tres, cinco años más, nadie le va a pedir cuentas. Pero imaginemos qué pasaría si su salud resulta ser inquebrantable y vive los quince o veinte años que dice que necesita para completar su magna obra. Sería la vejez más gloriosa de la historia, o la más triste. Si ya es triste envejecer de una manera, digamos, académica, cómo debe de ser hacerlo con la mirada del mundo clavada sobre uno, esperando ese milagro, ese gesto o palabra genial, que cambie el estado de la cuestión global, y no tener fuerzas ni para decir: “me estaba quedando con vosotros, ilusos”. Muchas vidas -siete mil millones y las que vendrán- están en juego.

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Han encendido la calefacción de la comunidad por primera vez este otoño. Son las cuatro de la tarde. Hoy, las temperaturas en Madrid según la AEMET son de 18 grados la máxima y 8 la mínima, por lo que a esta hora, dentro de casa y con las ventanas abiertas, la temperatura debe de superar los veinte grados. Y la calefacción, a tope. ¿Es de verdad necesario? Está uno harto de pasar calor durante todo el verano -y el primer mes de un otoño tórrido-, no le ha dado tiempo siquiera a pasar un poco de frío, a que los primeros vientos frescos le oreen la cara, a ponerse una sudadera fina que le conforte, y ya está otra vez en su casa sudando, en manga corta y con la ventana abierta de par en par. Esto le hace a uno reflexionar sobre algunas cosas, aparte del dispendio de energía, la ecología y todo eso. Lo queremos todo tan a nuestro gusto y lo tenemos tan fácil, la abundancia es algo tan rutinario, que se nos han olvidado cosas tan básicas como tener verdadero apetito o un poco de frío o calor, para después darse el inigualable placer de entibiarse arropados por una manta vieja y apolillada en la dulzura del hogar o de comer con primitiva y saludable avidez y delectación. Estoy seguro de que la comunidad enciende la calefacción no por creer que sea necesario. Esto, al fin y al cabo, sería consecuencia de un error en la vara de medir -igual el encargado de encenderla es un friolero o está enfermo y, por lo tanto, destemplado-, lo cual, aunque grave y difícilmente comprensible, sería hasta disculpable. Lo peor es que la encienden por si algún vecino tiquis miquis, comodón y caprichoso se queja, con esos modos tan lamentables y presuntuosos del aspirante a señorito, lo cual le indigna y deprime a uno más, porque ahí se ve de qué pasta estamos hechos. Nos dan, como a los niños mimados, nuestra ración de confort y calidad de vida para que nadie grite y siga en su magnífico castillo, conquistado a base de mucho esfuerzo, que nadie puede quitarle y que defenderá con uñas y dientes.

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Todo esto es muy presuntuoso. Escribe uno este diario cibernético con las iniciales de los nombres y ocultando astutamente algunas identidades, como si fueran a leerlo multitudes, cuando en realidad esta entrada, por ejemplo, será leída por, no sé, dos o tres personas a lo sumo. Es absurdo, no hay necesidad, y uno podría poner con total tranquilidad los nombres y apellidos de todos los que desfilan por aquí. Pero ello sería estúpido y, paradójicamente, falso, y tampoco se siente uno en el derecho. Tampoco le gusta la idea de utilizar nombres supuestos. Y tampoco, sobra decirlo, debería estar dando esta explicación, más presuntuosa que todo lo dicho hasta ahora. Pero hay que hacerse ilusiones de algún modo.

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“Las locuras son las únicas cosas que no lamentamos jamás” (Enrique Vila-Matas).

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¡Cuesta tanto no ser original!

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Lo de ser mendigo es un oficio, qué duda cabe, y sólo se llega a su verdadero dominio si uno ha perseverado en el conocimiento de sus resortes básicos, ha estado atento y vigilante a cómo son y se desarrollan las cosas y ha aprendido de la experiencia. Está claro que nadie o casi nadie quiere ser mendigo y quien llega a serlo no es precisamente por su voluntad. Pero pasa algo parecido con la mayoría de los oficios o los trabajos. Uno llega a ser tonelero o herrero muy probablemente porque su padre y su abuelo lo fueron, y no imagino que nadie pueda tener la vocación de abrir cartillas en un banco. Sin embargo, uno llega a ser tonelero o herrero o a abrir cartillas en un banco así como a la buena de Dios, sin comerlo ni beberlo. Con lo de mendigo pasa igual, y los hay de muchos tipos, simpáticos, huraños, afables, bordes, cínicos, amargados, irónicos, tontos, inteligentes, torpes, habilidosos. Y los hay que, dentro de sus estrechas posibilidades, y siempre comparándolos con otros mendigos, se han sabido arreglar. Hay algunos que los conoce todo el mundo, como ese de la Puerta del Sol que no tiene brazos y que sujeta un vaso de plástico con la boca, donde la gente echa las monedas. Se pasa ocho o diez horas al día -o más- zarandeando el vaso, que suena como un cascabel, y soltando gruñidos ininteligibles que llaman mucho la atención y que se han convertido en algo así como la música de fondo de la plaza, centro de las Españas. Este hombre es, además de un auténtico profesional que vive por y para eso, una estrella de la mendicidad. Pero de estos, como en todos los oficios, hay muy pocos.

Luego hay otros que, sin llegar a tanto, conocen su oficio y van tirando, sin poner nunca mala cara. De esa clase debe de ser uno que me encontré el otro día en Bravo Murillo. Era bajito, más bien abundante de carnes, medio calvo, tenía pinta de fontanero o de haber sido fontanero, aunque si uno se fijaba bien veía que se parecía a Marianico “el Corto”, y le imaginaba perfectamente en la barra de un bar contando chistes malos, de los que sólo se reiría él. No sé por qué razón -habría visto algo- fijó su atención en mí, y a diez o veinte metros de él ya me estaba mirando, sonriendo. Un poco más adelante, y cuando aún no había llegado a su altura, me dijo:

-¡Que Dios te bendiga con una buena mujer!

Habría visto algo, ya digo. Dio en el clavo. Es por estas cosas por las que se reconoce a un auténtico profesional. Me cameló, como esos vendedores que van de casa en casa. Lo decía con verdadero sentimiento, como si rezara, o como esas señoras andaluzas que en Semana Santa se extasían ante la imagen de la Esperanza Macarena. Ante tales buenos deseos, propalados además con una voz cálida y, a lo que me pareció, estupendamente sincera, no pude por menos que echarle un par de monedas de las gordas. Me fijé en la lata que le servía de caja de caudales, y vi que estaba casi llena. El hombre ni miró los metales que deposité, se conoce que eso en los mendigos está mal visto y quita puntos, y me sonrió con cándidos ojos.

-¡Ojalá! -le dije.

-¡Y la vas a tener! ¡La vas a tener! -siguió diciendo, o más bien gritando, mientras me alejaba.

-¡Ojalá! ¡Ojalá!... -repetí, con todo el fervor de que fui capaz, y que me salió absolutamente sincero, como esas confesiones desgarradas que hacemos de madrugada a un desconocido en la barra de un bar, con dos o tres copas en el cuerpo.

Durante un rato estuve pensando en ese hombre a quien Dios sabe qué circunstancias le habrían llevado a esa acera de la calle Bravo Murillo. Pensé que igual debí habérselo preguntado. Uno siempre piensa en hacer cosas así, preguntarle a un mendigo por su vida pasada, por su novia -todos los mendigos han tenido novia-, por su trabajo, por su familia, por cómo llegó a ser mendigo, pero luego nunca lo hace. Se conoce que uno tiene prisa o cierto reparo por si el interpelado se cree motivo de burla y le da un arranque agresivo, cosa poco probable porque los mendigos son las personas menos agresivas del mundo.

Así es que seguí caminando, con la sonrisa en la boca, como si acabara de ser testigo de algo extraordinario y, sobre todo, con la sensación de haber sido bendecido y muy pronto, quizá a la vuelta de la esquina, me toparía de bruces con ese buen deseo del que inmerecidamente había sido depositario. Me imaginé dentro de una película, porque cosas así pasan en las películas, y, llevado por un mágico presentimiento, me metí en un fonducho que había por allí cerca, por si me atendía una camarera de buen ver y que, por qué no, podía ser esa buena mujer de la que hablaba mi amigo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

OTROS DÍAS VENDRÁN (y más vademécum)

Se tiene la idea o la vaga sensación de que a quien le gusta o prefiere el frío es algo así como un aguafiestas, un tímido, un pobrecillo, un dengue, no sé, un ser más próximo a la muerte que a la vida, mientras que los amantes del calor son tomados (y se toman ellos mismos) por alegres, vitalistas, dicharacheros, extrovertidos, cuando si lo pensamos un poco tiene más de vitalista amar el invierno, cuando todo en la naturaleza parece morir, y revelarse contra toda esa muerte pálida y azul que vemos alrededor, como si lo único que pudiera permanecer inmarcesible es nuestra propia vida, el propio hombre. El amor por el frío es el ansia de triunfo sobre la muerte, sobre todo lo que desfallece, y el gusto exclusivo por el calor podría parecer una rabieta de niño mimado que todo lo quiere a su gusto y si no, se enfada y no respira.

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“La vida se hace en borrador, y no nos es dado corregir sus páginas” (Ernesto Sábato).

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Esa frase del final habría servido por sí sola para salvar la película, si ésta hubiera sido mala. No es el caso, o al menos a uno no se lo parece. La había visto diez o doce años antes, y de ella recordaba no más que algunas escenas de la pareja en el viejo coche, zascandileando por las carreteras de Estados Unidos, huyendo de algo, o quizá simplemente intentando encontrar aquello de lo que huían. Seguramente la Lolita de Stanley Kubrick sea mejor, pero uno no tiene elementos para juzgarla, porque no la ha visto; tampoco ha leído la novela de Nabokov. En fin, uno no sabe si debería hacer estas confesiones en un sitio como este, donde se supone que uno, que escribe, debe tener alguna cultura a sus espaldas. Habría sido más fácil y cómodo decir que evidentemente la película de Kubrick, que era un genio, es muy superior a esta adaptación moderna, que Fulanito y Venganita están soberbios en su papel y que son ya unas figuras implantadas en el subconsciente colectivo, y que Jeremy Irons y Dominique Swain no les llegan a la suela de los zapatos, aunque su trabajo es sólido y honesto, y que el director acierta en muchos aspectos pero se queda corto para una historia de tal calibre, etcétera. En primer lugar, me habría ahorrado esto que acabo de escribir, y en segundo lugar habría quedado mucho mejor, eso es indudable.

No es el caso, así que habrá que centrarse en esta película moderna (de hace doce o catorce años) y obviar por desconocimiento las obras maestras de Nabokov y Kubrick. Decía que había visto esta adaptación diez o doce años antes, todavía no salido de la adolescencia, y recordaba que me había impresionado, hasta el punto de anotarlo en mi diario de entonces -uno que entonces sólo escribía sobre sí mismo y sobre sus amores platónicos más o menos fugaces. Así es que me puse a verla con esa referencia del pasado, que puede hacer que la película nos resulte ahora decepcionante o aún mejor de lo que recordábamos; no caben medias tintas, y por ello ver una película dos veces con muchos años de diferencia resulta siempre engañoso, como engañosos son siempre los recuerdos. No tenía en la cabeza ninguna escena en concreto, ni sabía exactamente qué era lo que me había impresionado tanto. Sólo recordaba eso: al señor maduro conduciendo un coche antiguo y a la preciosa adolescente a su lado, jugueteando. Y recordaba, sobre todo, que ese señor estaba enamorado hasta las trancas de ese diablo con bucles de oro. Por supuesto, no recordaba la frase de la que hablo, ni siquiera el desenlace, ni la inmensa mayoría de las escenas.

Tres años después de su romance nómada y fugitivo, y tras una agónica investigación, Jeremy Irons (Humbert en la película) encuentra a Lolita, ya casada y con un hijo en el vientre, viviendo en una casucha construida en medio de una de esas inmensas y polvorientas llanuras americanas. En ese reencuentro la muchacha (que parece una señora pero que sólo tiene diecisiete años) le confiesa que no está enamorada de su marido y que Claire Quilty, aquel ricachón gordo, vicioso y siniestro que los perseguía tres años atrás y que se la llevó con él, era “el único hombre que le había hecho vibrar de verdad”. Ahí es cuando Jeremy Irons se derrumba, y se derrumba uno con él, considerando el hecho de que la pasión del hombre maduro no había sido jamás correspondida por aquella adolescente perturbadora y voluble. Qué dolor y patetismo se ve en la cara de Irons cuando escucha eso de los labios de la mujer de la que aún está perdidamente enamorado. Y lo más duro de ello no es el que ese sentimiento no sea correspondido en el presente, sino que todo aquello que se vivió en el pasado había sido una mentira, y no debe de haber nada más duro que se nos caigan los mitos de nuestra propia existencia, y que todo aquello que en su momento creíamos haber ganado lleva tiempo en el saco de los fracasos y las derrotas, podrido y tumefacto, como un feto que naciera muerto.

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Esta mañana, en la biblioteca, he cogido el libro de poemas de Luis Alberto de Cuenca titulado Su nombre era el de todas las mujeres y entre sus páginas he encontrado un papel que parecía un poema más y que decía lo siguiente:

Es increíble la cantidad de información que puede proporcionar un café con leche. Está todo anotado con una meticulosidad pasmosa. Es como si al café con leche lo hubieran puesto al microscopio y lo hubieran analizado molécula a molécula, átomo a átomo, para después ofrecernos su composición química exacta. Se nos informa de aspectos básicos, como el precio del producto, el nombre del establecimiento -más bien extraño, como de novela, y desde luego muy decimonónico-, la calle, el número y la ciudad, pero también de detalles, esos números larguísimos y extraños que dan al documento un aire científico y escrupuloso, cómo pagó el sujeto (esta vez con un probablemente ajado billete de diez euros), la fecha exacta y la hora, el número de mesa, el teléfono (dato algo absurdo porque nadie se lleva los tickets de los bares) y, lo que más llama la atención, el nombre del camarero. Si el ticket incluyera también el nombre del cliente (para ello podrían habilitar un recuadro en blanco para escribir el nombre a mano, como cuando se firma con la tarjeta de crédito) ya sería la repanocha. ¿Cómo será ese Adrián? ¿Qué biografía llevará a sus espaldas? ¿Será consciente de que su nombre ha terminado dentro de un libro de poemas de una biblioteca pública y que cualquiera -en este caso he sido yo- puede conocerlo, como si dijéramos, recordarlo, escribirlo en algún lugar, hacerle inmortal? ¿Dónde vivirá? ¿Cerca de la calle San Andrés? ¿En la calle San Andrés misma? ¿Qué edad tendrá? ¿Tendrá novia? ¿Cómo andará del estómago? Etcétera.

Y entonces uno, de la mano de tan insignificante papelajo, se pone a trazar el plan de una novela o un cuento que nunca escribirá. El cliente se trata de una mujer, sin duda, que al filo del mediodía se ha escapado del trabajo y ha bajado a la cafetería de la calle San Andrés a tomarse ese café con leche que le ha costado dos euros. Tiene uno además la suerte de conocer la calle San Andrés, en pleno Madrid galdosiano, muy cerca de la plaza del Dos de Mayo, por lo que no tiene que hacer excesivos esfuerzos para ubicarla en el entorno. Es una mujer joven, de no más de treinta años, y guapa, el pelo castaño, los ojos dulzones y las mejillas del color del sol de la tarde. Tiene un vago aire jipi, y trabaja en un estudio de decoración, diseño o interiorismo, de los que abundan por la zona. No tiene novio, y le gusta Adrián. Los que se llaman Adrián suelen gustar a las mujeres. En realidad la chica va a esa cafetería no solamente con la intención de desahogarse del trabajo, que también, sino sobre todo para ver a Adrián, que es alto, moreno, flaco, más bien amarillo de color, y de patilla gorda. Eso también les gusta mucho a las mujeres, sí. Lleva las patillas gordas, y andará por los treinta y cinco años, y trabaja con una camiseta negra ajustada y un mandil también negro, y lleva barba de tres días, y tiene ojeras. La chica también tiene ojeras porque duerme poco, suele acostarse tarde porque, viviendo como vive en un pisito bohemio del centro, a cinco minutos andando, cree estar obligada a no acostarse nunca antes de la una de la madrugada. Y luego pasa lo que pasa por las mañanas, que no se entera de nada y necesita, además del café bien cargado del desayuno, ese café con leche de dos euros, por lo que su diaria visita a la cafetería tiene un doble cometido, ver a Adrián y espabilarse un poco con el brebaje, que tarda en beber, pretextando que está caliente. Siempre pretexta que está caliente, para estar más rato. Pero si estamos ya casi en verano, dice Adrián. Es verdad, pero es que yo soy muy friolera, responde ella. Es verdad, es finales de mayo, y afuera el sol dora los tejados de ese Madrid galdosiano que ninguno de los dos saben que es galdosiano. El sol de mayo es el sol de Madrid, piensa ella, todo lo que pasa en Madrid pasa en mayo, y así más pensamientos por el estilo…

Ambos, Adrián y la chica, tienen una vida gris, un trabajo gris que no les agrada y un futuro no menos gris, pero en toda esa grisura siempre encuentran un momento de luz incomparable que ningún otro tipo de vida podría deparar. Se hace difícil imaginar a un rico o a un famoso disfrutando plenamente de un café con leche a las doce de la mañana en una tranquila calle de tintes literarios e históricos, mirar desde dentro del local y observar a los que pasan, detenerse en esa luz del sol, tan alto que llega a iluminar la calle encajonada entera. Tampoco es probable que un mendigo, o un niño pobre, o un habitante de Bangkok, Calcuta o La Paz pudieran disfrutar de algo así. Esos momentos están reservados para occidentales de clase media, para gentes como Ainhoa (su nombre era el de todas las mujeres) y quién sabe si Adrián, que desde su atalaya de camarero también novela la vida de Ainhoa, como está haciendo uno. Es posible incluso que le guste, y que ninguno de los dos sepa que gusta al otro, y que en ese malentendido lleven años y se les vaya pasando la vida y la juventud, hasta que venga otro amor que desbarate aquel que jamás llegó a comenzar.

Este 24 de mayo Ainhoa parece decidida, aprieta los puños, se dice un par de frases motivadoras para su coleto, coge carrerilla, mira al balón, a la portería, a su pie derecho, a todo menos al portero, y chuta… O quizá no. Quizá la mañana pase como otra cualquiera, apure el café con leche, se despida de Adrián y regrese a su trabajo, triste por un lado -hoy era el día, hoy era el día- y contenta, inmensamente contenta por otro porque sabe que otros días vendrán, y que de haber matado esa ilusión perenne nunca concretada su vida habría perdido buena parte de su sentido.

No sé, algo así. El argumento no es ni original ni bueno, ni siquiera es un argumento. En cualquier caso, ahí dejo el papel, por si alguien quisiera definir los perfiles de esas dos existencias anónimas pero publicitadas en cierta manera gracias a un libro de poemas y la mano inocente de un pretenso escritor, y dar forma definitiva a esa novela o cuento tempranamente truncado, otra vez como ese feto que naciera muerto.

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Como consecuencia de lo de ayer, y como parece que cosas así le hacen estar a uno algo más imaginativo de lo normal, hoy se me ha venido a la cabeza otro germen de novela o cuento que tampoco escribiré. Un chico coge un libro de la biblioteca y entre sus páginas encuentra una nota, con unos versos, por ejemplo, o una sentencia, o una cita, o una idea, o lo que sea. El chico, sin pretensión ninguna, nada más que por jugar, escribe otra cosa que tiene que ver con lo que estaba escrito. Al día siguiente regresa, coge el libro y ve que la persona ha escrito de nuevo algo que tiene que ver con lo que se iba diciendo. El chico escribe otra cosa, ya con la franca intención de llegar lo más lejos posible en ese juego. Al día siguiente regresa de nuevo, nervioso por conocer qué habrá respondido, y así están un tiempo. Con el paso de los días la “conversación” va poniéndose interesante porque cada uno va conociendo detalles del otro. El chico opta por no mentir nunca acerca de sí mismo, con la esperanza basada en una ingenua telepatía de que el otro (que él confía que sea otra) tampoco mienta. Un día se entera de que se trata de una chica. La correspondencia se convierte en el centro de la vida del muchacho, y cada mañana se levanta ansioso por ir a la biblioteca, leer la nueva frase y continuarla. Entonces pueden pasar varias cosas: que el juego vaya más allá y termine por conocer a su anónimo remitente, y enamorarse o decepcionarse terriblemente; que concierten una cita y allí no se presente nadie, o que quien se presenta sea una loca obsesiva y neurótica que después le haga la vida imposible o una pandilla de gamberros que llevan riéndose de él todo ese tiempo (cosa poco verosímil porque los gamberros ni van a las bibliotecas ni leen libros); que un día vaya a coger el libro y vea que lo han tomado prestado e inicie una labor de investigación para encontrar a ese sujeto; aquí también podría ocurrir que enloquezca, pille una depresión de caballo e incluso se suicide, pero en este caso habría que extenderse en los detalles de esa peculiar correspondencia y hacer de ella el cuerpo principal de la historia; o que, desesperado por ello, no le quede otra que montar guardia todo el día en la biblioteca con la esperanza de que su enamorada platónica aparezca buscando el libro, como él…

En fin, esto se está alambicando en exceso y como me descuide terminaré escribiendo ahora la novela o el cuento, echándolo a perder. Lo que uno se pregunta es por qué en lugar de consignarlo tan superficialmente no se pone a escribirlo en profundidad y con calma. Quizá algún día, quizá mañana.

lunes, 24 de octubre de 2011

MÁS VADEMÉCUM

La tarde transcurría lenta y diría que plomiza, de no ser porque estamos en verano* y en literatura las tardes plomizas suelen reservarse para el otoño y el invierno. No, no transcurría plomiza, es que ni siquiera transcurría. La persiana estaba medio bajada, dejando la habitación en penumbra, con el fin de aguantar algo mejor el calor sofocante, que parecía derretirle a uno el cerebro. En tales circunstancias intenta uno leer, pero es en vano, porque a las tres páginas ya está sofocado y tiene que cambiar de postura, que vuelve a ser modificada a los cinco minutos, bocarriba, apoyado en el codo izquierdo, en el derecho, otra vez bocarriba, y así hasta el infinito. Hasta las suaves sábanas de algodón le queman a uno, así es que deja el libro tirado en la cama, se levanta, va a al baño, se embadurna el cuerpo de agua, regresa a la habitación (siempre con esa negligencia en los movimientos que provoca el calor), enciende el ventilador, lo pone en máxima potencia y sin precaución de ningún tipo se coloca delante del chorro de aire, que es caliente, pero que al menos se mueve. La primera sensación de frescor parece revitalizarle a uno, pero dura tan poco que no se sabe si es incluso contraproducente probar esas mieles y no será mejor quedarse uno como está y esperar a que llegue la noche, cuando se supone que las temperaturas descenderán. Pero uno va al baño dos, tres, cuatro, ocho veces, hasta que se harta del ir y venir. La tarde desde luego que no estaba siendo histórica, hasta que acaeció un acontecimiento único en los veintiocho años y medio que uno lleva viviendo en este piso.

Escuché un aleteo en la ventana. Pensé que sería una paloma de las muchas que utilizan el alféizar como lugar de descanso. Sin embargo, el aleteo había sido extraño, más vigoroso y contundente. El sonido era como cuando sacudimos una sábana grande dos o tres veces seguidas. Si se trataba de una paloma, era una paloma muy grande. Pero no, no podía ser una paloma, sin duda se trataba de otra ave. Como la persiana estaba casi bajada del todo, tuve que agacharme y mirar por la rendija que quedaba entre el alféizar y la persiana. Me quedé pasmado. El perfil era inconfundible, majestuoso, arrebatadoramente bello. Se trataba de un azor con el plumaje del color del trigo y los ojos ámbar rodeando la negrísima y enorme pupila negra del centro. Tenía el tamaño de una gallina pequeña, su cuerpo era compacto y fuerte, la cabeza poderosa, y la mirada como la tienen siempre las águilas, azores y todas las aves cazadoras: ceñuda, escrutadora, vigilante, seria, inteligente. Así deben de tenerla los héroes y los grandes hombres. Era una mirada muy parecida a esa de Tolstoi que ha visto uno en las fotografías, que parece que le rebana a uno el espíritu o que le está echando la bronca por las malas acciones.

Me quedé completamente parado, procurando no hacer ningún movimiento que pudiera ahuyentarlo. Tuve suerte de que la persiana estuviera medio bajada, de otra manera muy probablemente el azor jamás hubiera elegido mi ventana para descansar. Unos minutos más tarde aterrizó con un vuelo incomparablemente elegante otro azor, supuse que hembra, porque era algo más pequeño. La pareja inició el que debe de ser el ritual del amor de los azores, se miraban, se picoteaban ligeramente la cara, se acariciaban el plumaje cuello con cuello, el macho desplegaba las alas, la hembra se hacía la sueca, como si dijéramos, obviando las fanfarronerías de su enamorado. Incluso parecía que se guiñaban. Uno, contemplando la escena, se sentía una especie de voyeur que asistiera a los instantes más íntimos y decisivos de un amor, como cuando de pequeños espiábamos en comandita y llenos de envidia a la incipiente pareja de novios guapos de la clase. Lamenté no tener a mano una cámara con la que grabar tan egregio acontecimiento. Pensé en buscarla, pero en esa operación, en el encendido de la máquina y en el mero hecho de concentrarme en grabar me iba a perder toda la secuencia, que podía masticar y saborear mucho mejor con mis propios ojos. Siempre pensamos en grabar y fotografiar las cosas, cuando en realidad el mejor fotograma está en nuestra memoria, que es por esencia original.

El cortejo duró no más de cinco minutos, pero que parecieron cinco horas, tal fue su intensidad. Al cabo, los dos azores, sanos, bellos e ingenuos, unos azores en la plenitud de la vida, alzaron el vuelo, primero ella y luego él, y mancharon el deslumbrante, casi blanco cielo del verano con sus cabriolas negras y orgullosas, dejando a su paso una estela de amor y vitalidad casi mitológicos.

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Es posible que se pase uno la vida cometiendo errores, pero es que encima son los demás los que nos lo recriminan.

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En cierto modo es beneficioso toparse o conocer personas con tales o cuales defectos o tales o cuales características cargantes. Al estar fuera de uno mismo, puede uno observarlos y percibirlos con más claridad y objetividad, reflexionar sobre si uno alguna vez ha tenido ciertas actitudes y presenta ciertas características, hacer examen de conciencia y, en caso necesario, poder enmendarse. Estas gentes son muy necesarias porque despiertan en nuestro interior una marcada faceta pedagógica sobre nosotros mismos, siempre, claro está, que no haya riesgo de contagio.

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Forzar el estilo es el primer síntoma de debilidad, y dar por buena una frase, la muerte completa del escritor.

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"No hay literatura seria sin humor" (Andrés Trapiello).

*Estos apuntes del natural fueron tomados el pasado mes de julio.