Me ven más grande de lo que en realidad soy (suelen echarme cuatro o cinco kilos más de los que peso). Por tanto, no soy más grande de lo que parezco, sino, más exactamente, soy más grande de lo que soy.
sábado, 3 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
LA ISLA (VI)
Viernes, 6 de agosto
Es curioso. En todo el tiempo que llevo aquí me ha dado tiempo a pensar muchas cosas. Y, en esta isla, pensar quiere decir recordar. A todas horas pienso en mi vida pasada, en los sucesos mínimos cotidianos que apenas valoro pero que, vistos desde la distancia, se magnifican hasta alcanzar el grado de obsesión. Durante este mes y una semana como náufrago, se ha ido produciendo en mí una decantación de los recuerdos, una selección que ha ido eliminando, sin razón alguna, ciertos elementos de mi vida y sedimentando otros, también sin ninguna causa aparente. Pongamos unos ejemplos. Apenas me acuerdo de los asuntos laborales, que tan preocupado me tenían en Madrid, ni de Jacinto, ni de que a fin de mes iba a venir el casero para reclamarme el pago de los dos últimos meses del alquiler, ni de ese ruido tan extraño que hacía el coche y que en breve me iba a obligar a llevarlo al taller, con el importante desembolso consiguiente; no me acuerdo de casi nada de lo que tanto me atribulaba mientras lo estaba viviendo, aquello que conformaba el núcleo de mis esfuerzos. Los primeros días en la isla Inmaculada sí, sí que esos asuntos ocupaban un nada despreciable espacio mental, quizá por la inercia de “preocupación” que traía por todo ello. Pasado el tiempo, lo importante ha dejado de interesarme, ha ido liberando espacio en la memoria para dejar lugar a aquello en lo que apenas reparaba y que, ahora, ocupa casi todo ese espacio. Me refiero, por ejemplo, a mi trayecto matutino en metro de casa al trabajo. Pienso muchísimo en esa media hora corta, que era para mí sumamente placentera, a pesar de las aglomeraciones, a pesar de la competitividad que reina incluso para sentarse en un sitio libre, a pesar del calor del interior de los vagones, a pesar de los empujones y los malos olores. A pesar de todo ello, me gustaba. Sobre todo porque, ya se lo dije en otra ocasión, veo siempre las mismas caras. Y ellos me ven a mí, claro, y me reconocen, como yo les reconozco a ellos. Y entonces siento tal hermandad de sentimientos que, aunque sólo sea por unos segundos, los quiero. Sí, sí, como lee, los llego a querer. A pesar de que nunca nos saludamos, esto también lo dije, e incluso es posible que, de saludarnos, se rompiera el encanto. Es verdad: los llego a sentir como algo mío, tan mío como mi familia, mi trabajo, mi casa, mi coche, mis libros favoritos o mi balón de fútbol. Puede parecer absurdo, pero estoy por asegurar que el trayecto en metro al trabajo era lo mejor del día. ¡Qué cosas!, ¿verdad usted?
Es curioso. En todo el tiempo que llevo aquí me ha dado tiempo a pensar muchas cosas. Y, en esta isla, pensar quiere decir recordar. A todas horas pienso en mi vida pasada, en los sucesos mínimos cotidianos que apenas valoro pero que, vistos desde la distancia, se magnifican hasta alcanzar el grado de obsesión. Durante este mes y una semana como náufrago, se ha ido produciendo en mí una decantación de los recuerdos, una selección que ha ido eliminando, sin razón alguna, ciertos elementos de mi vida y sedimentando otros, también sin ninguna causa aparente. Pongamos unos ejemplos. Apenas me acuerdo de los asuntos laborales, que tan preocupado me tenían en Madrid, ni de Jacinto, ni de que a fin de mes iba a venir el casero para reclamarme el pago de los dos últimos meses del alquiler, ni de ese ruido tan extraño que hacía el coche y que en breve me iba a obligar a llevarlo al taller, con el importante desembolso consiguiente; no me acuerdo de casi nada de lo que tanto me atribulaba mientras lo estaba viviendo, aquello que conformaba el núcleo de mis esfuerzos. Los primeros días en la isla Inmaculada sí, sí que esos asuntos ocupaban un nada despreciable espacio mental, quizá por la inercia de “preocupación” que traía por todo ello. Pasado el tiempo, lo importante ha dejado de interesarme, ha ido liberando espacio en la memoria para dejar lugar a aquello en lo que apenas reparaba y que, ahora, ocupa casi todo ese espacio. Me refiero, por ejemplo, a mi trayecto matutino en metro de casa al trabajo. Pienso muchísimo en esa media hora corta, que era para mí sumamente placentera, a pesar de las aglomeraciones, a pesar de la competitividad que reina incluso para sentarse en un sitio libre, a pesar del calor del interior de los vagones, a pesar de los empujones y los malos olores. A pesar de todo ello, me gustaba. Sobre todo porque, ya se lo dije en otra ocasión, veo siempre las mismas caras. Y ellos me ven a mí, claro, y me reconocen, como yo les reconozco a ellos. Y entonces siento tal hermandad de sentimientos que, aunque sólo sea por unos segundos, los quiero. Sí, sí, como lee, los llego a querer. A pesar de que nunca nos saludamos, esto también lo dije, e incluso es posible que, de saludarnos, se rompiera el encanto. Es verdad: los llego a sentir como algo mío, tan mío como mi familia, mi trabajo, mi casa, mi coche, mis libros favoritos o mi balón de fútbol. Puede parecer absurdo, pero estoy por asegurar que el trayecto en metro al trabajo era lo mejor del día. ¡Qué cosas!, ¿verdad usted?
Domingo, 8 de agosto
Tormenta terrible, esta vez por la tarde. El refugio ha quedado muy dañado y tocará reconstruirlo como se pueda. No sé si seré capaz, me parece increíble siquiera haberlo podido construir y que haya aguantado tanto. ¿Cómo demonios lo hice? Lo peor es que la tormenta se repita hoy, entonces sí que no sé lo que haré.
Tormenta terrible, esta vez por la tarde. El refugio ha quedado muy dañado y tocará reconstruirlo como se pueda. No sé si seré capaz, me parece increíble siquiera haberlo podido construir y que haya aguantado tanto. ¿Cómo demonios lo hice? Lo peor es que la tormenta se repita hoy, entonces sí que no sé lo que haré.
Lunes, 9 de agosto
Es imposible. Ha vuelto a llover, y a tronar, y el viento ha soplado con mucha más fuerza que ayer. El refugio ha quedado completamente inhabitable y sin posibilidad ninguna de ser reconstruido. Tendré que cambiar de ubicación. Será la tercera vez en mi vida que cambie de casa. La primera fue al irme de alquilado y la segunda cuando llegué aquí. Pero no pienso construir nada, es una labor que supera mis fuerzas. Mañana a primera hora me pondré a buscar una cueva. Es imposible que no haya. Una cueva, una cueva es lo que necesito. Logré salvar el cuaderno -como usted habrá deducido- y mi lata de foie-gras. Dentro de todo, la Fortuna se está portando bastante bien conmigo. Y eso es precisamente lo que me escama, porque tarde o temprano esa balanza, que está a mi favor, tendrá que igualarse, y no quiero ni pensar de qué manera lo hará. Espero que la desgracia que me toque no sea irremediable, y se me sigan otorgando oportunidades. Siento que mis ánimos desfallecen, por primera vez me veo despeñado por el barranco del pesimismo y la tristeza. Me va a perdonar usted que por hoy deje de escribir. No puedo seguir.
Es imposible. Ha vuelto a llover, y a tronar, y el viento ha soplado con mucha más fuerza que ayer. El refugio ha quedado completamente inhabitable y sin posibilidad ninguna de ser reconstruido. Tendré que cambiar de ubicación. Será la tercera vez en mi vida que cambie de casa. La primera fue al irme de alquilado y la segunda cuando llegué aquí. Pero no pienso construir nada, es una labor que supera mis fuerzas. Mañana a primera hora me pondré a buscar una cueva. Es imposible que no haya. Una cueva, una cueva es lo que necesito. Logré salvar el cuaderno -como usted habrá deducido- y mi lata de foie-gras. Dentro de todo, la Fortuna se está portando bastante bien conmigo. Y eso es precisamente lo que me escama, porque tarde o temprano esa balanza, que está a mi favor, tendrá que igualarse, y no quiero ni pensar de qué manera lo hará. Espero que la desgracia que me toque no sea irremediable, y se me sigan otorgando oportunidades. Siento que mis ánimos desfallecen, por primera vez me veo despeñado por el barranco del pesimismo y la tristeza. Me va a perdonar usted que por hoy deje de escribir. No puedo seguir.
Martes, 10 de agosto
Atardece. Pasé la noche al raso, junto a la playa. Fue una noche plácida, tibia, cuajada de estrellas. Su lejano y extemporáneo brillo y la claridad lechosa de la luna me han mantenido en vela durante muchas horas. Mirando la luna, me acordaba de aquel verso de José Hierro: “pandereta de siglos para dormir al hombre”. Y, pensando en ese verso, que decía para mi coleto una y otra vez como si de una letanía se tratara, me era imposible dormir. Pero ha merecido la pena. Al alba me he despertado y, tras desayunar algún pez que me quedaba en la despensa -llamo despensa a un agujero que cavé en la arena-, me he puesto en movimiento para buscar un nuevo refugio. Decidí seguir el curso de un arroyo que desemboca en el mar. El trayecto no era accidentado, aunque sí exigente físicamente, pues picaba hacia arriba. Atravesé una zona de selva en la que preferí no internarme por creer que no hallaría lo que buscaba, así que continué ascendiendo junto al arroyo. Poco a poco el paisaje se fue haciendo menos vegetal y más rocoso. Llegué al nacimiento del arroyo, una preciosa catarata en forma de cola de caballo con un agua fresca revitalizadora. Tenía dos opciones: seguir por la izquierda o por la derecha. Como ninguna de las dos ofrecía a simple vista mayores oportunidades que la otra, opté por seguir mi instinto, así que proseguí por la de la derecha. Caminé junto a un escarpe, que quedaba a mi izquierda. Poco a poco la vegetación se fue adensando y el camino, oscureciendo. Pensé que me estaba equivocando, que debía volver sobre mis pasos, llegar a la catarata y tomar el camino de la izquierda. Pero proseguí, a pesar de que era consciente de que me estaba alejando demasiado de la playa, donde tengo comida fácil y segura. No quiero dar cuenta de los animalejos que me topé, porque me estremezco. Claro que, pensé, podían ser comida. Aquí, créame usted, hay que tenerlo todo en cuenta. Lo del agua, con la catarata, estaba solucionado. Para no perderme, decidí ir marcando mi camino colocando piedras en el suelo en forma de flecha y, por si acaso, arrancando ramas de los árboles. Siempre subiendo, doblé un recodo del camino junto al escarpe y continué por una senda apenas dibujada, pero muy evocadora, como de cuento. Cuál sería mi sorpresa cuando, terminada la senda -por llamarla de alguna manera-, llegué a un claro en la selva, que no era otra cosa que el lugar más alto de la isla. Y, sobre una enorme piedra en forma de yunque, se divisaba la playa, en forma de arco, y la densa verdura, y el mar infinito, que se iba oscureciendo por franjas hasta, desde el azul turquesa de la orilla, hacerse casi negro en la raya del horizonte. Y, casi casi, podía percibirse la curvatura de la Tierra. Pero esto son cosas mías. Increíblemente, encontré lo que buscaba: una cueva. Como hecha de encargo, además, profunda, amplia y, por lo que parece, libre de inquilinos. Se hace difícil pensar que en una isla tan pequeña pueda haber animales grandes, y menos aún depredadores. Instalado, regresé a la catarata, bebí agua y logré cazar algunas lagartijas y un par de arañas. Escribo estas líneas a la entrada de la cueva, mi nuevo hogar; el que será mi hogar hasta el fin de mis días.
Atardece. Pasé la noche al raso, junto a la playa. Fue una noche plácida, tibia, cuajada de estrellas. Su lejano y extemporáneo brillo y la claridad lechosa de la luna me han mantenido en vela durante muchas horas. Mirando la luna, me acordaba de aquel verso de José Hierro: “pandereta de siglos para dormir al hombre”. Y, pensando en ese verso, que decía para mi coleto una y otra vez como si de una letanía se tratara, me era imposible dormir. Pero ha merecido la pena. Al alba me he despertado y, tras desayunar algún pez que me quedaba en la despensa -llamo despensa a un agujero que cavé en la arena-, me he puesto en movimiento para buscar un nuevo refugio. Decidí seguir el curso de un arroyo que desemboca en el mar. El trayecto no era accidentado, aunque sí exigente físicamente, pues picaba hacia arriba. Atravesé una zona de selva en la que preferí no internarme por creer que no hallaría lo que buscaba, así que continué ascendiendo junto al arroyo. Poco a poco el paisaje se fue haciendo menos vegetal y más rocoso. Llegué al nacimiento del arroyo, una preciosa catarata en forma de cola de caballo con un agua fresca revitalizadora. Tenía dos opciones: seguir por la izquierda o por la derecha. Como ninguna de las dos ofrecía a simple vista mayores oportunidades que la otra, opté por seguir mi instinto, así que proseguí por la de la derecha. Caminé junto a un escarpe, que quedaba a mi izquierda. Poco a poco la vegetación se fue adensando y el camino, oscureciendo. Pensé que me estaba equivocando, que debía volver sobre mis pasos, llegar a la catarata y tomar el camino de la izquierda. Pero proseguí, a pesar de que era consciente de que me estaba alejando demasiado de la playa, donde tengo comida fácil y segura. No quiero dar cuenta de los animalejos que me topé, porque me estremezco. Claro que, pensé, podían ser comida. Aquí, créame usted, hay que tenerlo todo en cuenta. Lo del agua, con la catarata, estaba solucionado. Para no perderme, decidí ir marcando mi camino colocando piedras en el suelo en forma de flecha y, por si acaso, arrancando ramas de los árboles. Siempre subiendo, doblé un recodo del camino junto al escarpe y continué por una senda apenas dibujada, pero muy evocadora, como de cuento. Cuál sería mi sorpresa cuando, terminada la senda -por llamarla de alguna manera-, llegué a un claro en la selva, que no era otra cosa que el lugar más alto de la isla. Y, sobre una enorme piedra en forma de yunque, se divisaba la playa, en forma de arco, y la densa verdura, y el mar infinito, que se iba oscureciendo por franjas hasta, desde el azul turquesa de la orilla, hacerse casi negro en la raya del horizonte. Y, casi casi, podía percibirse la curvatura de la Tierra. Pero esto son cosas mías. Increíblemente, encontré lo que buscaba: una cueva. Como hecha de encargo, además, profunda, amplia y, por lo que parece, libre de inquilinos. Se hace difícil pensar que en una isla tan pequeña pueda haber animales grandes, y menos aún depredadores. Instalado, regresé a la catarata, bebí agua y logré cazar algunas lagartijas y un par de arañas. Escribo estas líneas a la entrada de la cueva, mi nuevo hogar; el que será mi hogar hasta el fin de mis días.
Jueves, 12 de agosto
La verdad es que me encuentro más cómodo aquí que en la playa. Hace algo más de frío, sí, pero a cambio la humedad es menor. Es un clima más madrileño, digámoslo así. Eso sí, la comida, además de peor, más asquerosa -culebras, lagartos, arañas-, más difícil de tragar, es menos abundante y más difícil de conseguir. Váyase lo uno por lo otro. Si la cosa se pone fea, siempre puedo regresar a la playa y pescar algunos peces. Me parece asombroso que, en realidad, tengo absolutamente todo lo que necesito, y que ahora mismo estoy ocioso. Sería el momento de ver una película, o leer un libro, o mucho mejor, quedar con Inma para dar una vuelta por el centro, tomarnos unos vinos y unas tapas, reírnos con los vapores del alcohol, hablar sobre todo y sobre nada, hacernos cosquillas mientras caminamos por la calle del Nuncio, o por la Costanilla de San Pedro, o por la plaza de la Paja, o por la calle de Moratín, y despedirnos en la plaza de Tirso de Molina como dos adolescentes, sin atrevernos a besarnos. “¿Qué hago, Dios mío? ¿La beso o no la beso?” Sí, veo claro en la soledad de esta isla que eso y sólo eso es lo realmente difícil de saber en esta vida: cuándo demonios debe besar uno a una chica. Porque está claro que debe hacerlo, pero precisamente por eso se paraliza, le atenaza la responsabilidad, la posibilidad de fracaso a la vuelta de la esquina. Irse a casa sin besarla no entraba dentro de las posibilidades, pero está a punto de suceder. Y entonces aparece la urgencia, y se queda uno callado, mirándola mientras sonríe, con una indefinible cara de estúpido. Y estira la conversación hasta extremos intolerablemente absurdos. Y ella le mira a uno, callada, soltando monosílabos porque espera otra cosa, aquello que tú también esperas pero que te sientes incapaz de ofrecer. Y a cambio de ello no ofreces más que palabras vanas, algún silencio descorazonador y, sobre todo, la sonrisa de siempre, la sonrisa del que siempre pierde y se ha acostumbrado, la sonrisa del que se complace en su derrota. No, no, eso no puede repetirse, pero cuanto más quieres, menos puedes, y…
La verdad es que me encuentro más cómodo aquí que en la playa. Hace algo más de frío, sí, pero a cambio la humedad es menor. Es un clima más madrileño, digámoslo así. Eso sí, la comida, además de peor, más asquerosa -culebras, lagartos, arañas-, más difícil de tragar, es menos abundante y más difícil de conseguir. Váyase lo uno por lo otro. Si la cosa se pone fea, siempre puedo regresar a la playa y pescar algunos peces. Me parece asombroso que, en realidad, tengo absolutamente todo lo que necesito, y que ahora mismo estoy ocioso. Sería el momento de ver una película, o leer un libro, o mucho mejor, quedar con Inma para dar una vuelta por el centro, tomarnos unos vinos y unas tapas, reírnos con los vapores del alcohol, hablar sobre todo y sobre nada, hacernos cosquillas mientras caminamos por la calle del Nuncio, o por la Costanilla de San Pedro, o por la plaza de la Paja, o por la calle de Moratín, y despedirnos en la plaza de Tirso de Molina como dos adolescentes, sin atrevernos a besarnos. “¿Qué hago, Dios mío? ¿La beso o no la beso?” Sí, veo claro en la soledad de esta isla que eso y sólo eso es lo realmente difícil de saber en esta vida: cuándo demonios debe besar uno a una chica. Porque está claro que debe hacerlo, pero precisamente por eso se paraliza, le atenaza la responsabilidad, la posibilidad de fracaso a la vuelta de la esquina. Irse a casa sin besarla no entraba dentro de las posibilidades, pero está a punto de suceder. Y entonces aparece la urgencia, y se queda uno callado, mirándola mientras sonríe, con una indefinible cara de estúpido. Y estira la conversación hasta extremos intolerablemente absurdos. Y ella le mira a uno, callada, soltando monosílabos porque espera otra cosa, aquello que tú también esperas pero que te sientes incapaz de ofrecer. Y a cambio de ello no ofreces más que palabras vanas, algún silencio descorazonador y, sobre todo, la sonrisa de siempre, la sonrisa del que siempre pierde y se ha acostumbrado, la sonrisa del que se complace en su derrota. No, no, eso no puede repetirse, pero cuanto más quieres, menos puedes, y…
Sí, probablemente es lo que ocurriera de quedar con Inma. Claro que sería precioso…
miércoles, 31 de agosto de 2011
EL CUENTO DE LAS PALMERAS
"En el huerto del monasterio de Herbón había —que ya no hay— un casar de palmeras: el macho, como un gallo, fantasmal y soberbio; la hembra, como una pava clueca, esponjada y mimosa. Pero la dama palmera se murió, dicen que de un mal invierno, y el caballero palmera, que no pudo aguantar la soledad, se murió también, de tristeza, que es poética muerte. En el huerto del monasterio de Herbón, el ruiseñor, despierto en la alta noche, guardó silencio durante nueve noches con sus días. Fueron noches muy tristes, noches en las que sólo se escuchó el amargo silbar de la lechuza escurriéndose por encima de las verdinegras y durísimas hojas de los robles".
(Fragmento de La rosa, primer libro de memorias de Camilo José Cela)
martes, 30 de agosto de 2011
LA ISLA (V)
Sábado, 24 de julio
¡El mar, el mar! ¡La respuesta está en el mar! Esta mañana, tras una mala noche y no pudiendo aguantar más, he salido en busca de agua y comida. Los primeros pasos, apoyado casi exclusivamente en la pierna derecha, han sido terribles, y el recorrido hasta la playa, un suplicio mayor que cuando caminaba hacia el colegio. Pero cuando he llegado al mar y he flotado y he nadado un poco, ha sido como renacer. Nadando el tobillo no me duele, y en el mar hay comida de sobra. En una mañana, y con la ayuda de una camisa a modo de red, he pescado dos kilos de esos peces pequeños, que no es que sean un salmón a la plancha con su guarnición de patatas, o una merluza en salsa, pero que se pueden comer. Después he accedido al arroyo a través del mar y he bebido hasta no poder más. Además, la sal del agua me está desinfectando la herida y el ejercicio me ha expandido los pulmones. Me encuentro más fuerte que nunca. En este momento estoy sentado en la playa contemplando el sol que se esconde detrás del horizonte, con la panza llena, repleto de amor por todo, sin malos pensamientos, algo así como lejos de cualquier miedo y -¿me atreveré a decirlo?- casi feliz de estar aquí. Es increíble lo que hace comerse unos cuantos peces y embriagarse por la tibia brisa de un día hermoso como este; tantas comodidades le hacen parecer a uno un poco tonto.
¡El mar, el mar! ¡La respuesta está en el mar! Esta mañana, tras una mala noche y no pudiendo aguantar más, he salido en busca de agua y comida. Los primeros pasos, apoyado casi exclusivamente en la pierna derecha, han sido terribles, y el recorrido hasta la playa, un suplicio mayor que cuando caminaba hacia el colegio. Pero cuando he llegado al mar y he flotado y he nadado un poco, ha sido como renacer. Nadando el tobillo no me duele, y en el mar hay comida de sobra. En una mañana, y con la ayuda de una camisa a modo de red, he pescado dos kilos de esos peces pequeños, que no es que sean un salmón a la plancha con su guarnición de patatas, o una merluza en salsa, pero que se pueden comer. Después he accedido al arroyo a través del mar y he bebido hasta no poder más. Además, la sal del agua me está desinfectando la herida y el ejercicio me ha expandido los pulmones. Me encuentro más fuerte que nunca. En este momento estoy sentado en la playa contemplando el sol que se esconde detrás del horizonte, con la panza llena, repleto de amor por todo, sin malos pensamientos, algo así como lejos de cualquier miedo y -¿me atreveré a decirlo?- casi feliz de estar aquí. Es increíble lo que hace comerse unos cuantos peces y embriagarse por la tibia brisa de un día hermoso como este; tantas comodidades le hacen parecer a uno un poco tonto.
Lunes, 26 de julio
La cosa marcha. Mi salud ha regresado al momento anterior al accidente en las rocas. Ya casi puedo andar con normalidad y la herida se va cerrando por momentos. Si me concentro, casi puedo verla cerrarse “en directo”. ¿Había usted pensado en ello alguna vez? Ver salir una flor mientas sale, ver nacer una rama podada mientras nace, ver desarrollarse una tormenta mientras se desarrolla, ver agigantarse una estrella mientras se agiganta, ver crecer una planta mientras crece, ver crecer a un hijo, sentir, percibir su crecimiento, debe de ser algo increíble, ¿no cree? Aunque quizá la magia del crecimiento y de la naturaleza, su verdadero misterio, sea que no pueda ser percibida en su totalidad, que no podamos verla actuar en el mismo momento en que lo hace. Parece como que la naturaleza conspira contra nosotros y se complace en engañarnos, en hacernos creer que no hace nada, que está quieta e inmutable, y en cuanto volvemos la cabeza un momento, ¡zas!, milagro, ya no es lo que era, todo ha cambiado. Ni siquiera las estaciones podemos percibir con claridad cuándo se va una y llega otra. Hay veces que sí, pero son las menos, ¿no le parece? ¿Y el tiempo? ¿Qué me dice del tiempo? Póngase delante de un reloj de agujas e intente presenciar el paso del tiempo. Concéntrese en él, en el movimiento de las agujas, en el paso de cada minuto, de cada segundo; concéntrese sobre todo en la aguja del minutero, y comprobará que no se mueve ni un milímetro mientras usted la está mirando. Ahora bien, vaya al frigorífico, beba un poco de leche y regrese delante del reloj; verá entonces que el minutero se ha movido todo lo que no se había movido mientras usted estaba delante. Aquí, en esta isla, veo claramente que es ahí donde está el misterio, un misterio que no podremos descifrar nunca. Pero mi herida se cierra, sí, y la veo cerrarse mientras se cierra. ¿Será otro engaño más de la naturaleza para hacerme creer que estoy loco?
La cosa marcha. Mi salud ha regresado al momento anterior al accidente en las rocas. Ya casi puedo andar con normalidad y la herida se va cerrando por momentos. Si me concentro, casi puedo verla cerrarse “en directo”. ¿Había usted pensado en ello alguna vez? Ver salir una flor mientas sale, ver nacer una rama podada mientras nace, ver desarrollarse una tormenta mientras se desarrolla, ver agigantarse una estrella mientras se agiganta, ver crecer una planta mientras crece, ver crecer a un hijo, sentir, percibir su crecimiento, debe de ser algo increíble, ¿no cree? Aunque quizá la magia del crecimiento y de la naturaleza, su verdadero misterio, sea que no pueda ser percibida en su totalidad, que no podamos verla actuar en el mismo momento en que lo hace. Parece como que la naturaleza conspira contra nosotros y se complace en engañarnos, en hacernos creer que no hace nada, que está quieta e inmutable, y en cuanto volvemos la cabeza un momento, ¡zas!, milagro, ya no es lo que era, todo ha cambiado. Ni siquiera las estaciones podemos percibir con claridad cuándo se va una y llega otra. Hay veces que sí, pero son las menos, ¿no le parece? ¿Y el tiempo? ¿Qué me dice del tiempo? Póngase delante de un reloj de agujas e intente presenciar el paso del tiempo. Concéntrese en él, en el movimiento de las agujas, en el paso de cada minuto, de cada segundo; concéntrese sobre todo en la aguja del minutero, y comprobará que no se mueve ni un milímetro mientras usted la está mirando. Ahora bien, vaya al frigorífico, beba un poco de leche y regrese delante del reloj; verá entonces que el minutero se ha movido todo lo que no se había movido mientras usted estaba delante. Aquí, en esta isla, veo claramente que es ahí donde está el misterio, un misterio que no podremos descifrar nunca. Pero mi herida se cierra, sí, y la veo cerrarse mientras se cierra. ¿Será otro engaño más de la naturaleza para hacerme creer que estoy loco?
Martes, 27 de julio
Este momento tenía que llegar. He pasado aquí casi más de un mes de tiempo resplandeciente, sin una nube, sin una brizna de viento, y de repente todas las fuerzas se han desatado. La que cayó anoche ha sido antológica. Supongo que por aquí será normal, pero para mí ha sido antológica. Ni siquiera la tormenta primaveral más potente que recuerdo de Madrid puede compararse ni remotamente con esto. Ni en intensidad ni el duración. No sé las horas que estuvo lloviendo sin parar porque no tengo reloj, pero se puso a jarrear poco después de caer el sol y no ha parado hasta poco después de amanecer, hará una media hora. Eso sí, el refugio ha aguantado de forma notable, y he logrado salvar del pasto de las aguas mi cuadernillo y mi lata de foie-gras. Claro que he pasado mucho frío, muchísimo, igual o peor que en los inviernos de Pastrana. Aquí ve uno con claridad las bondades del clima seco y las interminables incomodidades de los húmedos. La humedad es como una maldición de los cielos, como una limadora de vida, como echar grasa o aceite a un trapo para que arda antes. Ni los mosquitos, ni las tarántulas, ni el sol, ni buscar agua y comida, me devoran tantas energías como esta atmósfera asfixiante que atenaza los bronquios, que ahoga los pulmones, que le sume a uno en una constante desazón espiritual que, no obstante, tiene una raíz exclusivamente fisiológica, física. Es como si al alma no le llegara aire. Por lo demás, ahora mismo el día está como si nada hubiera pasado, con un sol blanco brillando allá arriba como un gigante encendido. Otro engaño más de la naturaleza. La naturaleza, lo veo claro, es una impostora, una traidora; la naturaleza es terriblemente cínica. Me ha estado toda la noche importunando con sus aguas y sus truenos y sus huracanes, me ha hecho sufrir como pocas veces he sufrido, y ahora me sale con este sol sonriente que me mira a los ojos como si nunca hubiera roto un plato. Ni siquiera se atisban ya las nubes que han provocado la tormenta. El cielo está raso, azul, azul no como el de Madrid, con ese azul intenso y puro, sino azul blanquecino, velado por una luz insoportable. Es como si la luz eclipsara el cielo. Puede sonar extraño, pero créame que es así: aquí la luz eclipsa al cielo.
Este momento tenía que llegar. He pasado aquí casi más de un mes de tiempo resplandeciente, sin una nube, sin una brizna de viento, y de repente todas las fuerzas se han desatado. La que cayó anoche ha sido antológica. Supongo que por aquí será normal, pero para mí ha sido antológica. Ni siquiera la tormenta primaveral más potente que recuerdo de Madrid puede compararse ni remotamente con esto. Ni en intensidad ni el duración. No sé las horas que estuvo lloviendo sin parar porque no tengo reloj, pero se puso a jarrear poco después de caer el sol y no ha parado hasta poco después de amanecer, hará una media hora. Eso sí, el refugio ha aguantado de forma notable, y he logrado salvar del pasto de las aguas mi cuadernillo y mi lata de foie-gras. Claro que he pasado mucho frío, muchísimo, igual o peor que en los inviernos de Pastrana. Aquí ve uno con claridad las bondades del clima seco y las interminables incomodidades de los húmedos. La humedad es como una maldición de los cielos, como una limadora de vida, como echar grasa o aceite a un trapo para que arda antes. Ni los mosquitos, ni las tarántulas, ni el sol, ni buscar agua y comida, me devoran tantas energías como esta atmósfera asfixiante que atenaza los bronquios, que ahoga los pulmones, que le sume a uno en una constante desazón espiritual que, no obstante, tiene una raíz exclusivamente fisiológica, física. Es como si al alma no le llegara aire. Por lo demás, ahora mismo el día está como si nada hubiera pasado, con un sol blanco brillando allá arriba como un gigante encendido. Otro engaño más de la naturaleza. La naturaleza, lo veo claro, es una impostora, una traidora; la naturaleza es terriblemente cínica. Me ha estado toda la noche importunando con sus aguas y sus truenos y sus huracanes, me ha hecho sufrir como pocas veces he sufrido, y ahora me sale con este sol sonriente que me mira a los ojos como si nunca hubiera roto un plato. Ni siquiera se atisban ya las nubes que han provocado la tormenta. El cielo está raso, azul, azul no como el de Madrid, con ese azul intenso y puro, sino azul blanquecino, velado por una luz insoportable. Es como si la luz eclipsara el cielo. Puede sonar extraño, pero créame que es así: aquí la luz eclipsa al cielo.
Viernes, 30 de julio
Es extraño eso de despertar. Piénselo un poco. Suena el despertador, uno se despierta, pero aún no es él. ¿Quién es él mismo nada más abrir los ojos por primera vez en el día? Es imposible, es necesario un tiempo, que varía según cada cual, para volver a ser nosotros. Recordar lo que somos no es un acto instantáneo, sino que requiere de un esfuerzo matutino. No sé quién dijo (creo que fue Kafka) algo así como que mientras dormimos dejamos de ser nosotros y volvemos a serlo, a recordarnos, al despertar. Pero no es automático. El cerebro requiere una adaptación. Como vivo solo, me es aún más difícil recordarme, pues no hay nadie en mi casa que me salude, que me llame por mi nombre, que me ayude a meterme en la vereda de mí mismo. Pero no pasa nada, tarde o temprano uno vuelve a ser -más o menos- el que era el día anterior. Normalmente suele ocurrir cuando me ducho. A lo mejor es que creo volver al vientre materno, ¡quién sabe!
Es extraño eso de despertar. Piénselo un poco. Suena el despertador, uno se despierta, pero aún no es él. ¿Quién es él mismo nada más abrir los ojos por primera vez en el día? Es imposible, es necesario un tiempo, que varía según cada cual, para volver a ser nosotros. Recordar lo que somos no es un acto instantáneo, sino que requiere de un esfuerzo matutino. No sé quién dijo (creo que fue Kafka) algo así como que mientras dormimos dejamos de ser nosotros y volvemos a serlo, a recordarnos, al despertar. Pero no es automático. El cerebro requiere una adaptación. Como vivo solo, me es aún más difícil recordarme, pues no hay nadie en mi casa que me salude, que me llame por mi nombre, que me ayude a meterme en la vereda de mí mismo. Pero no pasa nada, tarde o temprano uno vuelve a ser -más o menos- el que era el día anterior. Normalmente suele ocurrir cuando me ducho. A lo mejor es que creo volver al vientre materno, ¡quién sabe!
Sábado, 31 de julio
Aquí, en la isla Inmaculada, el procedimiento es el mismo, sólo que no suena un despertador. Es la luz del sol la que me despierta. Pero la duda, el inicial desconcierto, es idéntico aquí que en Madrid. Algunos días me ocurre que creo seguir en Madrid y que tengo que ir a trabajar. Comprobar que no es así me alegra al principio, como cuando de niños pensamos que es día entre semana y en realidad es sábado o domingo. Pero después caigo en la cuenta de que me hallo sumido en un largo fin de semana, que dura ya más de un mes, y que son mis vacaciones definitivas. Ahí me derrumbo. Pero no queda otra que seguir. Me levanto, no puedo ducharme, pero también aquí en la isla tarde o temprano termino por recordarme. Es decir, termino por recordarme como habitante -único habitante- de la isla Inmaculada.
Aquí, en la isla Inmaculada, el procedimiento es el mismo, sólo que no suena un despertador. Es la luz del sol la que me despierta. Pero la duda, el inicial desconcierto, es idéntico aquí que en Madrid. Algunos días me ocurre que creo seguir en Madrid y que tengo que ir a trabajar. Comprobar que no es así me alegra al principio, como cuando de niños pensamos que es día entre semana y en realidad es sábado o domingo. Pero después caigo en la cuenta de que me hallo sumido en un largo fin de semana, que dura ya más de un mes, y que son mis vacaciones definitivas. Ahí me derrumbo. Pero no queda otra que seguir. Me levanto, no puedo ducharme, pero también aquí en la isla tarde o temprano termino por recordarme. Es decir, termino por recordarme como habitante -único habitante- de la isla Inmaculada.
Domingo, 1º de agosto
Ayer escribí “habitante” de la isla Inmaculada. Creo que quise decir “actor” del escenario de la isla Inmaculada. Dicho queda.
Ayer escribí “habitante” de la isla Inmaculada. Creo que quise decir “actor” del escenario de la isla Inmaculada. Dicho queda.
Martes, 3 de agosto
Releo lo escrito hasta ahora y advierto que apenas digo nada de mi lucha por la supervivencia aquí. No cuento que cada día hago una hoguera con hojas verdes para formar humo y que me vean, ni que por las mañanas, nada más haberse puesto el sol, me paso horas y horas buscando comida, ni que merodeo la selva del interior y la playa de naciente por si tengo la suerte de divisar algún atisbo de vida -un avión, un barco, otro náufrago-, ni que el tobillo y la herida están completamente restablecidos, ni que he engordado con la alimentación de las últimas jornadas. No digo nada de todas esas cosas, que componen la matriz de mi existencia aquí, las cosas en las que ocupo la mayor parte de mi tiempo. No lo digo, pero releo mi diario y no echo en falta nada. Seguramente usted sí, pero, ¿cómo puedo saberlo, aquí y ahora?
Releo lo escrito hasta ahora y advierto que apenas digo nada de mi lucha por la supervivencia aquí. No cuento que cada día hago una hoguera con hojas verdes para formar humo y que me vean, ni que por las mañanas, nada más haberse puesto el sol, me paso horas y horas buscando comida, ni que merodeo la selva del interior y la playa de naciente por si tengo la suerte de divisar algún atisbo de vida -un avión, un barco, otro náufrago-, ni que el tobillo y la herida están completamente restablecidos, ni que he engordado con la alimentación de las últimas jornadas. No digo nada de todas esas cosas, que componen la matriz de mi existencia aquí, las cosas en las que ocupo la mayor parte de mi tiempo. No lo digo, pero releo mi diario y no echo en falta nada. Seguramente usted sí, pero, ¿cómo puedo saberlo, aquí y ahora?
Miércoles, 4 de agosto
Susto de muerte, y nunca mejor dicho. Me he puesto a escribir, como cada tarde, y he visto con pavor que el bolígrafo no funcionaba. Quedaba tinta, pero no escribía. No hacía más que horribles surcos sobre el papel blanco. Era como en esos sueños en que uno se ve en peligro, quiere gritar lo más fuerte que puede y ve con impotencia que no le sale la voz, que su lamento o su socorro se ahoga en un hilo tenue y moribundo. Y que cuanto más quiere gritar, menos se le escucha, menos se escucha a sí mismo, y más le duele la garganta, y más se ahoga, y más soledad y terror hay en torno. Al final uno se despierta, porque es un sueño, pero no sabe que es un sueño en el momento en que sueña. Así me ha pasado hoy cuando el bolígrafo no escribía. Afortunadamente, y como por arte de magia, como si despertara, he conseguido trazar un garabato azul salvador, el que tiene usted arriba. No tiene forma de nada, ni de objeto, ni de letra, ni de rostro, pero le aseguro que para mí será de aquí en adelante el símbolo de la salvación, de la vida. Es feo, ¡qué le vamos a hacer!, pero es, y no sabe usted lo que me alegro de seguir siendo, gracias a ese garabato.
Susto de muerte, y nunca mejor dicho. Me he puesto a escribir, como cada tarde, y he visto con pavor que el bolígrafo no funcionaba. Quedaba tinta, pero no escribía. No hacía más que horribles surcos sobre el papel blanco. Era como en esos sueños en que uno se ve en peligro, quiere gritar lo más fuerte que puede y ve con impotencia que no le sale la voz, que su lamento o su socorro se ahoga en un hilo tenue y moribundo. Y que cuanto más quiere gritar, menos se le escucha, menos se escucha a sí mismo, y más le duele la garganta, y más se ahoga, y más soledad y terror hay en torno. Al final uno se despierta, porque es un sueño, pero no sabe que es un sueño en el momento en que sueña. Así me ha pasado hoy cuando el bolígrafo no escribía. Afortunadamente, y como por arte de magia, como si despertara, he conseguido trazar un garabato azul salvador, el que tiene usted arriba. No tiene forma de nada, ni de objeto, ni de letra, ni de rostro, pero le aseguro que para mí será de aquí en adelante el símbolo de la salvación, de la vida. Es feo, ¡qué le vamos a hacer!, pero es, y no sabe usted lo que me alegro de seguir siendo, gracias a ese garabato.
miércoles, 24 de agosto de 2011
LA ISLA (IV)
Viernes, 16 de julio
¡Cómo no se me había ocurrido antes! Quizá es que realmente no quiera marcharme. Me he puesto a reflexionar sobre ello, y he llegado a la conclusión de que las más de dos semanas de náufrago que llevo no han sido malas, ni mucho menos, sino algo así como unas vacaciones inesperadas, aventureras. Me pregunto si no seré consciente del todo de mi situación. No, creo que no. Otra pregunta que podría hacerme es la siguiente: ¿me interesa ser totalmente consciente de mi situación? Creo que tampoco, me empezaría a poner nervioso, comenzaría a sufrir, a tener pensamientos pesimistas y absurdos. Sería mi perdición. El caso es que hoy he hecho una hoguera gigantesca, con muchas hojas tiernas para provocar humo, un humo blanco y denso que se elevaba hacia el cielo como las ánimas dolientes. A lo mejor así alguien ve el humo y se acerca a la isla. Estaría salvado, volvería a ver a Inma, a jugar al fútbol, a trabajar, a salir de cervezas por mi amada Cava Baja. Y a ver a mi familia, por supuesto, que aunque no los escriba, los tengo siempre en mente. Pero eso ya se lo supone usted, ¿no?, ya se imaginará que tengo una familia y que los echo de menos. Es demasiado obvio. Para qué decirlo.
¡Cómo no se me había ocurrido antes! Quizá es que realmente no quiera marcharme. Me he puesto a reflexionar sobre ello, y he llegado a la conclusión de que las más de dos semanas de náufrago que llevo no han sido malas, ni mucho menos, sino algo así como unas vacaciones inesperadas, aventureras. Me pregunto si no seré consciente del todo de mi situación. No, creo que no. Otra pregunta que podría hacerme es la siguiente: ¿me interesa ser totalmente consciente de mi situación? Creo que tampoco, me empezaría a poner nervioso, comenzaría a sufrir, a tener pensamientos pesimistas y absurdos. Sería mi perdición. El caso es que hoy he hecho una hoguera gigantesca, con muchas hojas tiernas para provocar humo, un humo blanco y denso que se elevaba hacia el cielo como las ánimas dolientes. A lo mejor así alguien ve el humo y se acerca a la isla. Estaría salvado, volvería a ver a Inma, a jugar al fútbol, a trabajar, a salir de cervezas por mi amada Cava Baja. Y a ver a mi familia, por supuesto, que aunque no los escriba, los tengo siempre en mente. Pero eso ya se lo supone usted, ¿no?, ya se imaginará que tengo una familia y que los echo de menos. Es demasiado obvio. Para qué decirlo.
Sábado, 17 de julio
En cambio, no tiene por qué saber usted que estoy enamorado de una chica que se llama Inma, y que ella aún no lo sabe (sólo lo sabrá cuando lea esto, si es que algún día lo lee), y que pensaba decírselo cuando regresara de este viaje que desde su génesis -sepa usted que viajaba solo, no sé por qué razón- empezó siendo absurdo y que se ha vuelto todavía más absurdo, tan absurdo que es difícil pensar en el calibre de su absurdez. Casi mejor ni intentarlo. Tampoco tiene por qué saber usted que soy ingeniero de Obras Públicas, y que estoy a prueba en una empresa cuya sede está en Cuatro Caminos, y que aunque tengo carnet voy allí en metro porque el tráfico de Madrid es insoportable, y que en el metro me encuentro siempre con las mismas caras, y que nunca nos saludamos aunque nos conocemos todos de sobra. Daría mi tobillo derecho (el mismo que todavía me duele, aunque algo menos) por encontrarlos mañana, como todos los días, y esta vez sí saludarlos uno a uno con una sonrisa de oreja a oreja. Sé que se asombrarían y me tomarían por loco, pero, ¿qué más da? Lo haría encantado. Lo malo es que sé que, si mañana regresara a Madrid y volviera al trabajo, no saludaría a nadie, aunque tuviera todas las ganas del mundo. Vivimos en una sociedad en que los buenos modos, la educación y una sonrisa a destiempo (suponiendo que existan las sonrisas a destiempo) están mal vistos. Con tal panorama se le quitan a uno las ganas de ser amable, de apreciar lo que tiene, de intentar comunicar su humilde y pasajera felicidad. Porque sepa usted que la verdadera felicidad es pasajera, no dura mucho, lo justo para darnos fuerzas con que afrontar la existencia.
En cambio, no tiene por qué saber usted que estoy enamorado de una chica que se llama Inma, y que ella aún no lo sabe (sólo lo sabrá cuando lea esto, si es que algún día lo lee), y que pensaba decírselo cuando regresara de este viaje que desde su génesis -sepa usted que viajaba solo, no sé por qué razón- empezó siendo absurdo y que se ha vuelto todavía más absurdo, tan absurdo que es difícil pensar en el calibre de su absurdez. Casi mejor ni intentarlo. Tampoco tiene por qué saber usted que soy ingeniero de Obras Públicas, y que estoy a prueba en una empresa cuya sede está en Cuatro Caminos, y que aunque tengo carnet voy allí en metro porque el tráfico de Madrid es insoportable, y que en el metro me encuentro siempre con las mismas caras, y que nunca nos saludamos aunque nos conocemos todos de sobra. Daría mi tobillo derecho (el mismo que todavía me duele, aunque algo menos) por encontrarlos mañana, como todos los días, y esta vez sí saludarlos uno a uno con una sonrisa de oreja a oreja. Sé que se asombrarían y me tomarían por loco, pero, ¿qué más da? Lo haría encantado. Lo malo es que sé que, si mañana regresara a Madrid y volviera al trabajo, no saludaría a nadie, aunque tuviera todas las ganas del mundo. Vivimos en una sociedad en que los buenos modos, la educación y una sonrisa a destiempo (suponiendo que existan las sonrisas a destiempo) están mal vistos. Con tal panorama se le quitan a uno las ganas de ser amable, de apreciar lo que tiene, de intentar comunicar su humilde y pasajera felicidad. Porque sepa usted que la verdadera felicidad es pasajera, no dura mucho, lo justo para darnos fuerzas con que afrontar la existencia.
Puff, me estoy poniendo demasiado metafísico, será mejor que lo deje.
Domingo, 18 de julio
Hoy es el cumpleaños de mi hermana. Felicidades, Nuria. Te echo de menos, y espero que tú a mí también. Sé que me dais por muerto, pero no tengo manera de demostraros que sigo vivo. En fin, mala suerte. También -y en esto no había pensado jamás- es el aniversario de la Victoria, que se decía antes. Envarado en una isla desierta se ve con más claridad que nunca la cantidad de tonterías de que es capaz el ser humano. ¡Luchar entre hermanos por ver quién tiene razón! ¡Qué gilipollez! Creo que si cada uno de los que perpetraron tal aberración se hubieran perdido en una isla desierta antes del 18 de julio de 1936, nada hubiera cambiado. La guerra habría empezado, y habría continuado con la misma brutalidad. El ser humano no aprende, ni aunque se pierda en una isla desierta, ¡ya se lo digo yo! Lo peor es que con el paso de las décadas se ha visto que ninguno tenía razón o, mejor dicho, la perdieron -cada bando tendría sus razones y sus verdades- en el mismo momento en que se pusieron a pelear. Lo mismo pasa en nuestra política actual, hija de una Victoria que nos sumió a todos en la más espantosa de las derrotas.
Hoy es el cumpleaños de mi hermana. Felicidades, Nuria. Te echo de menos, y espero que tú a mí también. Sé que me dais por muerto, pero no tengo manera de demostraros que sigo vivo. En fin, mala suerte. También -y en esto no había pensado jamás- es el aniversario de la Victoria, que se decía antes. Envarado en una isla desierta se ve con más claridad que nunca la cantidad de tonterías de que es capaz el ser humano. ¡Luchar entre hermanos por ver quién tiene razón! ¡Qué gilipollez! Creo que si cada uno de los que perpetraron tal aberración se hubieran perdido en una isla desierta antes del 18 de julio de 1936, nada hubiera cambiado. La guerra habría empezado, y habría continuado con la misma brutalidad. El ser humano no aprende, ni aunque se pierda en una isla desierta, ¡ya se lo digo yo! Lo peor es que con el paso de las décadas se ha visto que ninguno tenía razón o, mejor dicho, la perdieron -cada bando tendría sus razones y sus verdades- en el mismo momento en que se pusieron a pelear. Lo mismo pasa en nuestra política actual, hija de una Victoria que nos sumió a todos en la más espantosa de las derrotas.
Pero ¿qué hago? ¿Se ha dado usted cuenta? ¡Estoy escribiendo sobre la Guerra Civil! ¡Parezco un escritor de best-sellers! Ja, ja, ja…
Martes, 20 de julio
Tumbado, dentro del refugio. Me duele el tobillo, y la herida se ha infectado. El sol cae ahí fuera como un yunque recién salido de la fragua. Los mosquitos no me dejan en paz ni un segundo. Las horas pasan enlagunadas, asquerosas. Ya casi no me quedan provisiones y dentro de poco tendré que salir, como pueda, a buscar agua y comida.
Tumbado, dentro del refugio. Me duele el tobillo, y la herida se ha infectado. El sol cae ahí fuera como un yunque recién salido de la fragua. Los mosquitos no me dejan en paz ni un segundo. Las horas pasan enlagunadas, asquerosas. Ya casi no me quedan provisiones y dentro de poco tendré que salir, como pueda, a buscar agua y comida.
Jueves, 22 de julio
Hoy cumplo un mes aquí. Dijo Larra que el aniversario es un error de fechas. Bueno, puede que tuviera razón, en realidad Larra tenía razón en casi todo lo que decía. “Todos tontos en el tiempo de Larra”, dijo Ramón (hoy estamos de citas). Pero me voy a permitir apostillarle. Todo aniversario es un error de fechas, sí, pero, ¿debería eso importar? ¿Acaso la vida, la vida de cada uno de nosotros, la vida planetaria, la vida social, la vida económica, la vida espiritual incluso, no ha sido y sigue siendo un inmenso error? El que los aniversarios sean un error de fechas no viene a ser otro error más -un error muy pequeño comparado con todos los otros errores- que se añade al inmenso error general y se diluye en él. Y como todo es un error, como todo es una farsa perfectamente urdida y representada, basta con pensar que nada es un error para convencerse, sin lugar a dudas, de que todo es auténtico, de que lo que es error es en realidad acierto. Lo malo será cuando encontremos lo verdadero, el llamado enigma del universo, o al menos, un principio, un átomo de verdad. Entonces comprenderemos de verdad, ya sin posibilidad de error -valga la redundancia por esta vez- ni enmienda que todo, en efecto y como sospechábamos, era un error. Conclusión: sigamos recordando las fechas, sigamos cayendo en el error y no intentemos penetrar en la verdad última, porque entonces caeremos al abismo.
Hoy cumplo un mes aquí. Dijo Larra que el aniversario es un error de fechas. Bueno, puede que tuviera razón, en realidad Larra tenía razón en casi todo lo que decía. “Todos tontos en el tiempo de Larra”, dijo Ramón (hoy estamos de citas). Pero me voy a permitir apostillarle. Todo aniversario es un error de fechas, sí, pero, ¿debería eso importar? ¿Acaso la vida, la vida de cada uno de nosotros, la vida planetaria, la vida social, la vida económica, la vida espiritual incluso, no ha sido y sigue siendo un inmenso error? El que los aniversarios sean un error de fechas no viene a ser otro error más -un error muy pequeño comparado con todos los otros errores- que se añade al inmenso error general y se diluye en él. Y como todo es un error, como todo es una farsa perfectamente urdida y representada, basta con pensar que nada es un error para convencerse, sin lugar a dudas, de que todo es auténtico, de que lo que es error es en realidad acierto. Lo malo será cuando encontremos lo verdadero, el llamado enigma del universo, o al menos, un principio, un átomo de verdad. Entonces comprenderemos de verdad, ya sin posibilidad de error -valga la redundancia por esta vez- ni enmienda que todo, en efecto y como sospechábamos, era un error. Conclusión: sigamos recordando las fechas, sigamos cayendo en el error y no intentemos penetrar en la verdad última, porque entonces caeremos al abismo.
Me apetece caer en el error, aunque quizá el haber llegado a esta isla haya sido la única cosa en mi vida que no ha sido un inmenso error. Me pongo a pensar un poco en mi vida cotidiana y casi me espanto de la mentira en que se halla uno sumido desde que se despierta hasta que se acuesta. Aquí, será todo más difícil, eso es seguro, y más incómodo, y desde luego mucho más extraño para la mayoría de los occidentales, pero me atrevería a decir que es más real, muchísimo más real, que todo lo que he dejado atrás, que todo aquello que creía importante y fuera de duda y que, de repente, aquí, en una tarde tranquila y apacible, se convierte en la representación de una comedia, o de un drama, o de un género inclasificable. Porque la vida no tiene género, ¡menudo descubrimiento!, ¿verdad usted? No, la vida no tiene género, ni etiqueta, ni sabe muy bien por dónde anda uno hasta que no se ve un poco alejado de ella, viéndola desde la distancia, como espectador. Es lo que soy yo ahora, un espectador de mi vida pasada, que es para mí -¡podrá usted creerme!- la vida de otro. No sé si lo habrá sentido o pensado en alguna ocasión. Yo sí, así como de pasada y nunca claramente, pero en esta isla ese pensamiento o sentimiento se exacerba hasta hacerse claro y limpio como el cielo atardecido que tengo ante mí. Me refiero a que uno madruga, se tira todo el día trabajando como un animal, sumido hasta el cuello en el agua de la vida, se enamora, se ríe, hace bromas con los amigos, se toma unas cervezas, viaja en metro, o en coche, ve una película, o una serie, y, agotado, apaga la luz del flexo de la habitación y se va a dormir. Y de repente, sin mediar razonamiento de ningún tipo, todo lo anterior se le representa como una inmensa tontería. El informe tan importante que teníamos que presentar a Jacinto (es nombre figurado) y por el que durante días y semanas nos hemos desvelado, ¿qué es en realidad? ¿Por qué esa angustia? Mejor dicho, ¿para qué? ¿Para qué tragar tanta bilis si nada cambiaría de no ser así? En el momento, claro, no nos damos cuenta, revolcados como estamos por la ola de la cotidianidad. Jacinto, claro es, y todos los que nos rodean, se complacen en mantener la farsa y participan de ella, sin ser conscientes. Tampoco lo somos nosotros, nada más que en ese instante de que hablo, después de apagar la luz de nuestra habitación. Tampoco dura mucho, lo justo para sumirnos en un desconcierto pasajero del que a la mañana siguiente nos hemos recuperado y del que ni siquiera nos acordamos. Se da uno cuenta, con un poco de distancia, de la volubilidad de todo aquello en lo que tanto se afana. Hay poca intensidad y realidad en nuestra vida. Aquí, por el contrario, no hay otra cosa que realidad e intensidad, aunque no se haga nada, como yo ahora.
Decía al comienzo del párrafo anterior que me apetece caer en el error, y ponerme a recordar, no más que un día cualquiera de mi vida en Madrid. Y escribirlo aquí. Claro que hacerlo con un mínimo de detalle requeriría muchas más páginas de las que le quedan a este cuaderno. Pienso en Joyce y me espanto. Claro que yo no soy Joyce. Él sí que habría tenido un problema de estar en mi lugar. Este cuaderno no le hubiera durado ni dos días. El pobre Joyce no hubiera sobrevivido ni dos días en esta isla. ¿Qué haría un hombre como él si no es escribir? Yo a Joyce no me lo imagino de ningún modo pescando mar adentro o caminando kilómetros y kilómetros en el corazón de la selva buscando agua. Yo creo que se alimentaría de lo que escribiera.
Viernes, 23 de julio
Definitivamente, tengo hambre, mucha hambre. Y sobre todo sed. Los músculos que conseguí moldear durante las primeras semanas se están yendo al garete. Y, sobre todo, se está yendo al garete mi entendimiento. Me cuesta mucho pensar, y no digamos ya escribir. Tengo que comer y beber cuanto antes. Miro la lata de foie-gras y casi sucumbo. Pero no, hay que aguantar. Lo malo es que el tobillo me sigue doliendo y la herida está peor. ¿No habrá por aquí un desinfectante natural? Es igual, aunque lo hubiera no sabría cuál es.
viernes, 19 de agosto de 2011
ESCENA MODERNA
(Estación de Chamartín. Interior del tren de cercanías con destino Aranjuez. Quedan cinco minutos para que salga. Se suben dos chavales de unos diecisiete o dieciocho años. Uno es moreno, va rapado y viste una camiseta de tirantes blanca y unas bermudas de cuadros que caen hasta dejar ver un palmo de los calzoncillos; en la mano derecha tiene un cigarrillo apagado. El otro es rubio, tiene la cara marcada por el acné y lleva una gorra de Los Ángeles Lakers. Parece respirar y andar con dificultad. Está extremadamente delgado. El moreno permanece de pie y el rubio se sienta.)
-¡Tú! -dice el rubio.
-¡Qué! -responde el moreno.
-Es el otro.
-Qué otro.
-A Parla. Es el otro.
-No. Es este tú.
-¡Qué! -responde el moreno.
-Es el otro.
-Qué otro.
-A Parla. Es el otro.
-No. Es este tú.
(Silencio. El moreno juguetea con el cigarrillo. El rubio saca el móvil del bolsillo y pone música flamencorra.)
-¡Tú!
-¡Qué!
-Que es el otro.
-Qué otro.
-Ese. Parla.
-Que no, tú.
-Sí, mira, lo pone en el cartel ese. Parla.
-No, tú. Este también va a Parla.
-¡Qué!
-Que es el otro.
-Qué otro.
-Ese. Parla.
-Que no, tú.
-Sí, mira, lo pone en el cartel ese. Parla.
-No, tú. Este también va a Parla.
(Callan. La música restalla en todo el vagón. El sonido es pésimo.)
-¡Tú!
-¡Qué!
-Vamos a cambiarnos, tú.
-¡Qué!
-Vamos a cambiarnos, tú.
(No hay respuesta. El moreno mira por la ventana al tren de enfrente mientras sigue jugueteando con el cigarrillo. El rubio se concentra en el móvil. Por el andén pasa una moza bien parecida.)
-¡Joder, chaval! ¡Qué ojete!
(Callan de nuevo. Después, el moreno silba y, al compás de la música del móvil de su compañero, emprende un germen de baile, moviendo la cabeza adelante y atrás.)
-¡Tú!
-¡Qué!
-Ya verás chaval. Que vamos mal, tú.
-¡Qué!
-Ya verás chaval. Que vamos mal, tú.
(El moreno silba, mirando por la ventana.)
-Que tenemos que coger ese, tú.
(El moreno silba, mirando por la ventana.)
-Vamos, tú, que va a salir. Que sale a y cuarenta y siete.
(El moreno sigue silbando, mirando por la ventana. Son y cuarenta y seis.)
-¡Tú!
-¡Qué!
-Vamos, tú.
-¡Qué!
-Vamos, tú.
(Ambos salen del vagón, cruzan el andén y se meten en el tren de enfrente.)
***
Número de vocablos distintos utilizados en este diálogo, contando el nombre propio “Parla”: 33
jueves, 18 de agosto de 2011
DE PASEO POR SEPÚLVEDA
Mientras preparo mi Inventario de mujeres a las que he besado (será un poema de más de quinientos versos), ahí va una crónica de mi viaje JUDÍOS, MOROS Y CRISTIANOS.
¿Qué faré, mamma?
Mieo al-habib est ad yana.
(¿Qué haré, madre?
Mi amigo está en la puerta.)
Jarcha del siglo XI
Mieo al-habib est ad yana.
(¿Qué haré, madre?
Mi amigo está en la puerta.)
Jarcha del siglo XI
Cuando uno sale de noche a pasear por una villa histórica, con sus callejas en cuesta, sus rinconadas, sus pasadizos, sus viejas casas, sus jardincillos, sus iglesias románicas, sus faroles naranjas, tiene dos opciones: mantener la cabeza ocupada con pensamientos románticos, con antiguas princesas de cuento, caballeros venidos de lejanas y guerreras tierras, nobles encerrados en sus mansiones a la lumbre de un fuego encendido por sus abnegados criados, el tamborilear de cascos de caballería sobre las piedras o el recuerdo o fugaz invención de leyendas e historias medievales de amor cortés; o bien, dejar que le atenacen ensoñaciones fantasmagóricas, misteriosos enlutados tras de una esquina, historias de terribles crímenes cuya impronta aún permanece por donde caminamos, dolientes y pálidas mujeres de triste vida que soportaron un dolor infinito hasta la misma puerta de la muerte o judíos torturados en terrible hechicería en el interior de la casa donde miramos a través de sus opacas ventanas. La línea que separa ambas actitudes, ambos estados del alma, es extremadamente delgada, y se puede pasar de uno a otro en lo que dura un momento de duda provocado por una sombra inesperada, una puerta cerrándose estrepitosamente a nuestra espalda, un callejón sin iluminar, un crujir de pasos que nos sigue allá donde vamos o una simple pero estremecedora casa abandonada.
El que sea lector más o menos asiduo de este blog sabrá que en los últimos tiempos no he sido muy aficionado a relatar sucesos de mi vida o a hablar sobre mi persona o lo que hace o deja de hacer. No me parece de gran interés lo que uno piense, sienta o haga, más que nada porque lo que uno piensa, siente y hace no difiere mucho de lo que piensan, sienten y hacen los demás. Pero en esta ocasión no puedo resistirme a dar cuenta de lo que me ocurrió durante el viaje por tierras castellanas que hice hace unas semanas, y que tuvo a la ciudad de Segovia como punto de partida. La primera noche del mencionado viaje dormí en la hermosa villa de Sepúlveda, que es donde me ocurrió lo que quiero relatar.
Todo el que conozca Sepúlveda no necesitará que pondere sus innumerables encantos, y para el que no la conozca, todo lo que con mi descolorida pluma sea capaz de referir será insuficiente para que se haga una idea de lo que se pierde si en los días que le quedan no la visita, aunque solamente sea una vez.
La noche a que hago mención salí del hostal donde estaba alojado a dar una vuelta por el pueblo. Era ya tarde, alrededor de las once de la noche, y, aunque verano, su vida estaba ya replegándose en el interior de las vetustas piedras de sus casas. Eché a andar en una dirección indeterminada, sin pensar en si me dirigía hacia el sur o el norte, hacia el centro o las afueras. Simplemente, me dirigí hacia donde el azar de mi primer paso me encaminó. Anduve por verdaderos lugares de cuento tradicional, idóneos como escenario de un viejo romance y, por qué no, para encontrar a esa muchacha de nuestros sueños, en esa vocación inextinguible que tenemos algunos de pasear de noche con la secreta intención de encontrar, al fin, esa nuestra alma gemela, ese amor eterno que, en esta misma noche, rumia nuestros mismos desasosiegos a la pálida luz de los faroles, al calor de la Historia, mientras, igual que nosotros, mira arriba, hacia una buhardilla donde acaba de apagarse el último candil del día que ya murió.
Así, en este estado de ánimo, me encontraba yo durante la primera parte de mi largo paseo nocturno. E incluso creí encontrar a esa alma gemela, en una calleja sin nombre ni tiempo. Era una jovencita preciosa, demasiado bonita y demasiado joven, que me crucé cuando, seguramente, ella se retiraba a su casa. Mi aspecto de paseante errabundo no debió de tranquilizarla mucho y, cuando nos cruzamos, percibí cómo apuraba el ritmo tras haber bajado hasta el suelo su mirar tímido y sobrecogido. Pensé, como ya sospechaba y sigo sospechando, que esto de querer encontrar nuestra media naranja en una noche de luna, en una vieja ciudad, es una ensoñación de unos pocos e incurables románticos que nos obcecamos en revestir de literatura todo cuanto tocamos.
Evidentemente se trata de un engaño, pero no hay nada de malo, creo yo, en seguir con él. A nadie daño hacemos y tampoco a nadie debe molestar. El caso es que la moza sepulvedana quedó atrás y yo continué con mi vagabundeo. Pasé por la plaza Mayor, con su castillo medio derruido presidiendo la escena, y me interné por una calleja estrecha y pina que bajaba hacia un lugar indeterminado. Todavía con la mente repleta de buenos propósitos, caminé un rato más. No tenía la menor noción de en qué lugar del pueblo me encontraba, así que no me sorprendió mucho el verme de repente en la misma calle de mi hostal. Me dije que, a pesar de estar muy cerca de casa en un día en que por el mucho ejercicio físico realizado el descanso me llamaba más que otras veces, todavía era pronto para regresar, y decidí dilatar mi paseo. Seguí caminando sin rumbo por el pueblo dormido. Siempre subiendo, ahora por una cuesta empinada, ahora por unas escaleras, llegué hasta el punto más alto, la iglesia románica de El Salvador, desde donde el pueblo entero, con sus luces naranjas, se abría en el horizonte oscuro. Abajo, más que verse, se intuía el valle del Duratón, negro a esa hora como un mirar sombrío. Entre toda esa oscuridad, las luces del pueblo flotaban como un enjambre de luciérnagas, y, arriba, la luna parecía, como uno mismo, lamentar los momentos perdidos en las rendijas del tiempo.
Lo que a mí me apetecía más que nada era perderme, pero perderme de verdad, es decir, llegar a un punto en que desapareciera cualquier referencia espacial y en que encontrarla costara que las referencias temporales también desaparecieran o, cuanto menos, se distorsionasen o difuminaran. Esto último era difícil, pues en los pueblos aún sobrevive el viejo clamor de las campanas, así es que concentré mis esfuerzos en vagar sin rumbo y perder la noción de dónde me encontrara. Con ese propósito descendí desde el mirador de la iglesia de El Salvador y me interné de nuevo por las calles en sombra, encontrando a cada paso un lugar propicio, un rincón encantador, una casa que aún parecía guardar misterios irresolutos. El pueblo estaba en calma absoluta, no me crucé a nadie, y nadie tampoco parecía habitarlo.
Recorrí calles que no había pisado antes, entre las cuales estaba la que alberga la casa en donde en 1887 nació el escritor Francisco de Cossío, a la sazón Casa de los González de Sepúlveda, "solar de la que fue familia principal de Sepúlveda durante siglos" y una de las más airosas de la villa. A pesar de que la calle no estaba iluminada -o quizá por ello-, me sentía feliz, caminando entre mis ensoñaciones al arrullo de las piedras antiguas, sintiéndome protagonista de un cuento tradicional. Me sentía perdido, me sentía dichoso. Sin embargo, toda mi emoción se cayó al suelo cuando volví a encontrarme en la calle de mi hostal. Otra vez lo conocido, otra vez la casa, otra vez el recogimiento entre cuatro paredes que me tentaba cuando lo que yo deseaba con todas mis fuerzas era no encontrar nada que remotamente tuviera que ver con la comodidad, con lo fácil, con lo visto. Quería de verdad sentirme perdido y llegar, mucho tiempo después, cansado, muy cansado a mi habitación, y cenar tranquilamente bajo la escueta luz de la lámpara de la mesilla los excelentes productos de la tierra que había comprado a mi llegada, para, un rato después y ya en la madrugada, quedarme dormido con un libro sobre el pecho. Pero ahora había algo nuevo que turbó mi espíritu y mi paseo. Se trataba de una chica joven, muy guapa, que estaba sentada en el escalón de una puerta claveteada, justo enfrente de la entrada a mi hostal. La muchacha, que miraba al suelo cuando me personé en la calle, alzó la cabeza lentamente y me miró. En su rostro apenas había expresión, apenas había brillo de vida, aunque sí pude distinguir un atisbo de sonrisa, que en mi delirio interpreté como una llamada lujuriosa. Los ojos negrísimos, el pelo liso y de color de caramelo, la tez bronceada, el cuerpo bien moldeado. Una maravilla. No sé por qué razón me asusté, y seguí caminando, buscando siempre perderme en las tenebrosidades del dédalo sepulvedano.
Mi paseo ya no volvió a ser el que era. Si al principio, tras dejar mi calle, me tranquilicé, luego no cesé de mirar hacia atrás, sintiendo como sentía, con total claridad, que alguien me seguía. Lo que antes era serena alegría y bienestar, lo que antes era un grato paseo nocturno, empezó a convertirse en una sinfonía de ruidos extraños entre calles mal iluminadas, placetas en las que parecía que la vida se había detenido, jardines de equívoco perfil, callejones sin salida, gatos inoportunos y sombras escurridizas a la vuelta de las esquinas. Incluso el canto de los grillos se había detenido y, fuera de esos ruidos extraños y de mis propios pasos, el silencio era absoluto.
Ahora sí que me había perdido del todo. Cualquier referencia geográfica que delatara para mí mismo mi situación había desaparecido. Inmerso en aquel laberinto, las altas casas impedían la visión de la torre de una iglesia que me indicara dónde estaba. Anduve tanto que incluso creí que había cambiado de pueblo, que ya no estaba en Sepúlveda, y ese pensamiento hizo que se me erizara el bello. No pasé por la plaza Mayor, ni por la carretera que divide en dos el pueblo, ni por la iglesia de El Salvador, ni por lugar alguno que hubiera visto antes. Todo era nuevo, todo misterioso, todo estaba tomando un sesgo sobrecogedor. Y, en aquella situación, sentí una mezcla de felicidad y algo indefinible, prólogo del miedo, algo que sólo ofrece la voluptuosidad ante lo desconocido.
Pensé que si en aquel momento volvía, de improviso, a encontrarme en la calle de mi hostal, me asustaría de veras. Me había alejado mucho de allí y, por el camino recorrido, mi sentido de la orientación -que siempre fue bastante bueno- me decía que era imposible que tal sucediera. Sin embargo, fue pensarlo y que se cumpliera. De nuevo mi calle, de nuevo el cartel que anunciaba mi hostal, de nuevo el desconcierto más absoluto y, sobre todo, de nuevo la chica sentada en el escalón. ¿Qué hacía allí, sola, durante tanto tiempo? ¿A quién esperaba, a esas horas? Y, como antes, miraba al suelo, y, cuando aparecí, alzó lentamente la mirada hacia mí. Era esa lentitud en su ademán de mirarme lo que me desconcertaba, una lentitud que no cuadraba con el lugar y la hora. Lo normal sería que la chica, al verme aparecer de improviso entre la oscuridad en aquel rincón solitario, se sobresaltara o, al menos, como los gatos cuando son sorprendidos, volviera rápidamente la cara hacia mí. Pero no: alzó la cabeza lenta, muy lentamente. Estaba más guapa que hacía un rato, más tentadora, más risueña incluso. Yo en aquel momento estaba incomprensiblemente sereno, así que pude ver sin atisbo de duda que me dijo algo. Pero sólo eso, lo vi, porque habló tan bajo que no lo escuché. Lo que estaba claro es que se dirigió a mí -¿a quién si no?-, y entonces ya sí que me vi inmerso dentro del movedizo terreno del miedo.
Me fui de allí con paso más que ligero, sin rumbo, no ya con la intención de perderme, sino de alejarme de allí lo más posible. ¿Dónde estaba la plaza Mayor? ¿Dónde la iglesia de El Salvador? ¿Dónde lo conocido? Sin saber cómo, me encontré de nuevo caminando por calles desconocidas y solitarias, entre altos cipreses, muros desconchados y la amenazante mirada de la luna, que había dejado de lamentarse por su suerte para, directamente y quizá como pasatiempo, reírse de mí. Pasé por delante de una casa abandonada, con sus ventanas rotas y su interior de absoluta oscuridad. No sé qué tienen las casas abandonadas que uno no puede dejar de mirar adentro, a pesar de que sabe que cualquier movimiento, cualquier ruido, le hará correr de pavor. Es como si la casa nos hipnotizara, convirtiéndonos en Ulises que no pueden resistir el angustioso canto de las ruinas. Miré al interior con toda la intensidad de mis sentidos, cuando lo que me pedía el cuerpo y la razón era irme de allí. Pero seguí mirando a través de una de las ventanas, deseando ser testigo de lo sobrenatural pero, a la vez, siendo consciente de que ello podía hacerme pasar una noche sin dormir. La sensación era que en cualquier momento iba a ocurrir algo, que sólo tenía que esperar. Es terrorífico ese presentimiento seguro de lo fatal, esa espera en que lo segundos se adensan hasta hacerse casi materiales. Y lo que tenía que ocurrir, ocurrió. No sé lo que era, sólo sé que, en la oscuridad más absoluta, vi cómo se encendió una luz roja muy brillante, y que eché a correr como un galgo, saltando de una vez tramos enteros de escaleras, derrapando en las curvas, cayendo, volviendo a levantarme, sin mirar jamás hacia atrás. Corrí sin rumbo durante un tiempo que no puedo discernir y, exhausto, me senté en el escalón de una puerta de una calle desconocida. Ni sabía dónde estaba ni me preocupaba ya perderme, ni encontrarme, ni otra cosa que tuviera que ver con que pasara aquella noche y saliera el sol.
Durante un buen rato permanecí sentado en el escalón, jadeando por el esfuerzo y mirando al suelo, hasta que recobré el aliento y alcé la vista. Delante de mí, sentada en el escalón de la puerta claveteada, estaba la chica de los ojos negros y el pelo color caramelo, mirándome y sonriendo. En efecto, me encontraba de nuevo en la calle de mi hostal, en cuya puerta estaba yo apoyado. Me levanté de un respingo y, aterrorizado, saqué torpemente las llaves del bolsillo y, más torpemente aún, intenté abrir la puerta. De reojo vi cómo la chica se levantó y se dirigió hacia mí. No tuve arrestos para darme la vuelta y ver lo que quería -pues sin duda quería algo- y, casi por milagro, logré abrir la puerta, que cerré estrepitosamente cuando, al fin, estuve dentro del hostal. A toda prisa subí las escaleras del primer piso y llegué a mi habitación, cuyo balcón daba a la calle que acababa de dejar. Atraído por un instinto morboso -el mismo que me había llevado a mirar con insistencia el interior de la casa abandonada- me asomé y, allá abajo, en la negrura encajonada de la calleja, estaban, mirándome me pareció que con lágrimas, los ojos negros que no me atreví a enfrentar cuando los tuve a apenas a un palmo.
No pude aguantar mucho tiempo la mirada de la chica, y me aparté del balcón. En aquella noche tórrida de verano, cerré la ventana y coloqué la silla en la puerta, como hacen en las películas, para que nadie pudiera entrar. Debo reconocer que, entre el calor y el miedo, no pude pegar ojo, siendo esta la causa -que hasta ahora no me había atrevido a contar- de que la ruta del día siguiente y que me llevaría hasta Peñafiel, primero, y hasta Cuéllar, después, se me hiciera tan dura, y de que en los días posteriores cada pedalada fuera un dulce suplicio.
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