miércoles, 27 de julio de 2011

UN SUEÑO

REIVINDICACIÓN NACIDA AL AMPARO DE LA LUZ DE UN CANDIL* Y EL ARRULLO DE UNA BRISA VERANIEGA DE ATARDECER

Querría que los que me rodean me vieran SIN CONNOTACIONES, que no dijeran que soy deportista ni literato, ni ingeniero ni médico ni periodista ni empresario, ni siquiera escritor, ni rico ni pobre, ni guapo ni feo, ni inteligente ni culto ni tonto ni ignorante, que me vieran desnudo, con el único ropaje de mi piel, mis venas, mi sangre y mi ciudad, mi tierra, mi paisaje, que solamente supieran que me gusta pasear por el Retiro una tarde de domingo y que vivo en Madrid, o en cualquier otro lugar del mundo. Nada más.

*candil.

(Del ár. hisp. qandíl, este del ár. clás. qindīl, y este del latín candēla).

1. m. Utensilio para alumbrar, dotado de un recipiente de aceite y torcida y una varilla con gancho para colgarlo.

domingo, 24 de julio de 2011

OTRO ANUNCIO

Una semana para el comienzo de JUDÍOS, MOROS Y CRISTIANOS, la gran epopeya ciclístico-literaria del siglo XXI. Habrá piernas depiladas, villas medievales, crónicas escritas a uña de caballo, versos propios y ajenos, dos clásicos castellanos, banquetes silvestres y sustanciosos, simpáticos y olorosos lugareños, alguna moza garrida (casi seguro) y, sobre todo, lo que vaya deparando el milenario azar del camino...

Imagen de cabecera: Ignacio Zuloaga, Mujeres de Sepúlveda.

jueves, 21 de julio de 2011

ANUNCIO

Avance de LA ISLA, la transcripción literal de un diario manuscrito que me entregó hace pocas fechas un miembro de la Cruz Roja Internacional, buen amigo mío y que, conocedor de mis aficiones literarias, me recomendó que leyera. Después, le pedí permiso para irlo publicando en este blog en varias entregas, ya que a su autor no fue posible hacerlo por las razones que se verán. Adelanto un fragmento:

"Jueves, 15 de julio

Y así van pasando las horas, así van pasando los días, de la manera en que uno los narra para después recordarlo. Y para que usted lo disfrute. No me tenga compasión, por favor, eso nunca. No lo estoy pasando mal, no piense que por estar aquí perdido, lejos de todo, estoy viviendo un infierno. Usted sabe muy bien, como le dije algunos días atrás, que perderse en una isla desierta no es tan horrible como nos quieren hacer ver. Lea este cuadernillo como una novela, relájese y disfrute, en la medida de las posibilidades de que yo con mi pluma sea capaz. Quizá debería encajar este fragmento al inicio del diario a modo de introducción, algo así como unas Instrucciones de lectura de este diario verídico que puede y debe ser leído como una novela, pero no, para qué. Está bien donde está, ¿no cree usted?"

lunes, 18 de julio de 2011

¿ALGO MÁS QUE AÑADIR?

"Los otros nos obligan a ser siempre como ellos nos ven o como quieren vernos" (Enrique Vila-Matas)

domingo, 17 de julio de 2011

DÍA DE NADA

Así fue siempre y creemos que así seguirá siendo. No nos es necesario escarbar mucho en la memoria para revivir con asombrosa fidelidad el dolor que nos producían los domingos en nuestra infancia. La cosa no ha variado ni poco ni mucho. El domingo sigue provocándonos, rozando la treintena, la misma disnea, el mismo desasosiego vital. Las razones básicas son ahora las mismas que antes, y consisten en una crónica incapacidad de disfrute de nuestras horas de libertad, tan libres que llegan a ser nada en su paralización. Es ese compás de espera, esa conciencia de que fatalmente se acaba el fin de semana sin la posibilidad de quitar el ancla y lanzarse por los mares del "aquí y ahora" sin ambages. Porque nuestro cerebro es ante todo anticipatorio y no sabe, no quiere, ceñirse a la mera actualidad quizá por parecerle insustancial.

Ahí radica nuestro odio visceral por los domingos pero también nuestro amor ilimitado por el viernes y el sábado. Lo malo es que, adquirida con los años cierta conciencia para ver las cosas, esa nuestra rabia contra los domingos, lejos de atemperarse, se ha acentuado. El domingo deja de ser ese día siniestro en que mascábamos nuestra soledad oscura y preescolar. El domingo es ahora para nosotros mucho más -o mucho menos: es el símbolo de todo lo peor de la raza, esa que no sabe muy bien qué hacer con los domingos pero que los utiliza como algo muy suyo y muy trabajosamente consquistado a lo largo y ancho de generaciones. Lo que comúnmente se ha venido llamando como "dominguero" sin existir una definición precisa de lo que es. Tampoco nosotros la tenemos, y quizá es que el "dominguerismo" o el "dominguear" sea una actividad ya tan generalizada que viene a ser una actitud propia y consustancial a nuestra sociedad, sobrando definiciones y bastando con echarse a la calle un domingo y mirar lo que hay para comprenderlo.

El domingo tiene una faz tan distinta a la del resto de días de la semana que nos produce un terror no disimulado. La luz, qué duda cabe, es distinta, por no hablar de las calles, bares, restaurantes, parques, etc. Pero, sobre todo, el domingo es el día en que el burgués (verdadero y único dominguero que existe y puede existir; o sea, todos o casi todos) entra brutalmente en posesión de todo. Y decimos de "todo" porque no hay ámbito de la vida, ni siquiera el íntimo, en que el dominguero no mete sus hocicos. ¿Quién no ha visto violada su intimidad en domingo? Basta con pensar en las cenas y comidas familiares. El dominguero, que no sabe cuándo ni dónde, perdió su reino, y cree tenerlo en el domingo y no dudará en disputárselo a quien sea preciso; esto es, a quien se le ponga por delante. Muy pocos domingos para tantos reyes.

Los domingos, lejos de haber una relajación de los ánimos, un escaqueo de las costumbres, se da más que nunca el fenómeno de la masificación. Todo se quiere al instante, y los españoles somos mucho más celosos de nuestro ocio que del trabajo. Se quieren hacer tantas cosas en tan poco tiempo -estrecho recinto es el domingo- que al final termina por ser un día de nada. El domingo, lejos de ser un día sin reloj, es el paraíso de las prisas.

No saben, no sabemos muy bien los españoles qué hacer con los domingos. Tantas -o tan pocas- horas de inacción por delante nos desconciertan. Porque igual que lo mejor del amor está en el antes, en la anticipación, lo peor del miedo y del cansancio está en la víspera. Con ser el domingo víspera de todo, termina por ser día de nada.

viernes, 15 de julio de 2011

SOMBRA DE PALMERA

La sombra de palmera no es buena. Las palmeras no son de fiar, y quien quiera resguardarse del sol mejor que se busque otro árbol. Los álamos, por ejemplo. O los eucaliptos, los eucaliptos dan una sombra estupenda. La mejor de todas es la de las encinas, aunque bien es verdad que da un poco de miedo. La sombra de las encinas es demasiado sombría, sí. Le acongoja a uno el ánimo, no se sabe por qué, pero es así…

Hipólito pensaba en voz alta bajo la sombra de una palmera, la única que decoraba la plaza de la Piedra, la principal de la ciudad. Hacía calor, había entrado la canícula (comprendida entre el 15 de julio y el 15 de agosto) y la plaza, en su porción central expuesta al sol, sin un metro cuadrado de sombra, estaba desierta. Cuando llegaba el verano, Hipólito solía discurrir sobre los árboles y la sombra que daba cada especie, y había confeccionado una tabla con cada árbol que conocía y su sombra, clasificándolas por orden de calidad. La mejor, ya se ha dicho, era la de la encina, y una de las peores, según su tabla, la de la palmera. A su lado, dormitaba Tini, un Fox-Terrier que ya se le moría. Le había acompañado durante muchos años en su vagabundaje por las tierras de la comarca, pero ya no daba para más. A Tini le gustaba la palmera de la plaza de la Piedra e Hipólito sabía que deseaba morir bajo su escasa y traicionera sombra. Por eso estaba allí, para darle gusto a Tintín en su último momento, como homenaje al que había sido su único compañero fiel.

Hipólito aguantaba las ráfagas de ardiente sol que la desconsiderada sombra de la palmera dejaba estrellarse contra su cabeza. Todo lo hacía por Tini. Los días anteriores, cada vez que Hipólito tenía intención de buscar un lugar más agradable para pasar el día (a la orilla de un fresco arroyo a la sombra de los álamos, o bajo los soportales de la plaza de la Piedra, o a la puerta de la iglesia, donde lograba reunir una suma importante), Tini se ponía a sollozar hasta que le ablandaba. No quería apartarse ni un minuto de la palmera, consciente de que la muerte podía sobrevenirle en cualquier momento. E Hipólito, que, como decía él, aunque mendigo era sensible a los requerimientos de un ser vivo, se resignaba a pasar otro día de insoportable calor bajo la palmera de la plaza de la Piedra.

La decadencia de Tini era perceptible día a día. Llegó un momento en que dejó de comer, ni tenía fuerzas ni ánimo para roer los huesos de pollo que Hipólito le dejaba, tras haberlos roído él mismo a conciencia. “Venga, bonito, no te rindas, come un poco, come…”, le decía al oído, poniéndole el hueso en los hocicos. Pero Tini ya no reaccionaba, y sólo enderezaba una de las orejas cuando escuchaba el ladrido de una perra extendiéndose por la plaza.

Así pasaba Hipólito los días y las noches, esperando el desenlace fatal, sin querer moverse de allí no fuera a ser que Tini muriera durante su ausencia. Quería ante todo estar presente en ese momento, rezar un responso por su amigo y enterrarlo allí mismo, bajo la sombra de la palmera.

***

Un día calurosísimo Tini pareció recobrar algunas fuerzas. Hipólito, por el contrario, se sentía debilitado y veía borroso los soportales de la plaza, la iglesia, los bancos de piedra, las farolas y a las escasas gentes que pasaban a su lado y le dejaban una moneda. Estaba deshidratado. No había bebido en varios días, por no moverse del lado de Tini. Pero esta vez debía beber para salvar su propia vida. Miró a Tini, a quien vio recobrado, los ojos abiertos de par en par escrutando la plaza, la boca abierta y jadeante, las orejas alerta. Parecía como si, tras la agonía, quisiera captar y absorber toda la vida de la ciudad. “Tini bonito, no te apures, que ahora vuelvo. Voy a beber un poco de agua”, le dijo acariciándolo, y Tini lo miró como en los viejos tiempos, como cuando juntos recorrían los montes y las trochas, los cerros y las vaguadas, en busca de refugio y comida.

Seguro de que por unos minutos podía separarse de Tini, se levantó y echó a correr hacia la fuente, en la calle Azul, cerca de la plaza. Bebió hasta hartarse. El agua del monte estaba fresca y, bajo el chorro, veía el cielo azul brillante y los añejos edificios de la calle vueltos del revés. Aprovechó para limpiarse un poco y para refrescarse. Animado por el renacimiento de Tini y el suyo propio regresó a la plaza y a la sombra de la palmera. Allí estaba Tini, tumbado boca abajo, echando una siesta. Hipólito se sentó a su lado y, reconfortado, lo acarició. Tini no reaccionó, no respiraba. Estaba muerto. Inmediatamente rezó un responso y, cargando con Tini en las manos como si fuera un bebé dormido, recorrió algunas calles buscando una pala. Cuando la encontró (mejor dicho, la robó de una obra), regresó a la plaza y empezó a cavar bajo la sombra de la palmera. No había sacado dos paletadas de tierra cuando se le acercó un Guardia Civil: “Oiga, ¿qué hace?”, le preguntó éste, con tono autoritario. “Pues mire usted -dijo Hipólito mirándole a los ojos con toda la profundidad que el amor por su amigo le inspiraba-, quiero enterrar a este ser fiel y agradecido que hoy nos ha dejado; bueno, en realidad sólo me ha dejado a mí, su viejo amigo, su compañero del camino, pues nada más nos teníamos el uno al otro”. El Guardia Civil, ajeno por completo a la tristeza de Hipólito, le atajó secamente: “Eso no se puede hacer, váyase de aquí”. “Perdone usted, era su última voluntad…” “¿Su última voluntad? Qué lo dejó, ¿por escrito? ¡Ande, largo de aquí!”, y agarró el brazo de Hipólito que, con las lágrimas a pique de desbordársele, cayó al suelo. “¿No comprende, pero es que no comprende? Seguro que es usted un hombre caritativo y comprensivo. Es lo que él quería…”, decía, implorando al guardia desde el suelo. Al ver que no cedía, se levantó, le cogió por los hombros y lo zarandeó bruscamente. El guardia, al ver su autoridad cuestionada, se desembarazó de él con furia, lo tiró al suelo, cogió la pala y se ensañó con Hipólito, que, aunque en los primeros instantes se defendió, al final parecía feliz de reencontrarse tan pronto con su amigo…

***

Por las noticias que me han llegado, el Guardia Civil, cuya identidad no desvelaremos, fue encontrado días más tarde muerto, en medio del bosque junto a un arroyo, con las ropas destrozadas y el rostro deshecho, irreconocible. El pastor que encontró el cuerpo dijo que precisamente por los días en que el guardia debió de morir le llamó la atención la exaltación de los ánimos que percibió en los perros vagabundos de la comarca, y que, una tarde, vio una jauría corriendo endemoniada hacia ese mismo lugar, el último que vieron los ojos del asesino de Hipólito. Y los perros, dijo el pastor, parecía, por la forma en que corrían y ladraban, como querer vengar a un viejo amigo, a un compañero del camino…

miércoles, 13 de julio de 2011

LA MANCHA

Dicen que el chocolate es un sustituto del sexo. Dicen que el cacao contiene unas sustancias que estimulan al cerebro exactamente de la misma manera que cuando se hace el amor. Detenido delante del escaparate de la lencería, Fermín se inclinaba a pensar que eso era completamente falso. En todo caso, el chocolate lo que hace es reproducir con cierta fidelidad el antes y el después del acto, nunca el mientras. Pero de la misma manera que el chocolate, esa sensación la procuraba también el ver una puesta de sol desde la Atalaya del Rey o tomar un té en el Café Penumbra. Quién sabe si no era una trama de los fabricantes mundiales de chocolate para vender su producto. En realidad, todo el mundo actual se resumía en unos cuantos anuncios, perfecta metáfora de la nueva forma de sentir, de la nueva forma de actuar, de la nueva forma de ser y de estar. Fermín, resguardado bajo la marquesina de la lencería en aquel día de lluvia, miraba un sujetador de encaje negro, el más caro de todos. Y recordó que Tina tenía uno exactamente igual. Lo recordó porque, en la malva mañana del después, nada más despertar y mientras ella todavía dormía, se dedicó a oler con delicadeza su ropa interior. Y, al hacerlo, se dio cuenta de que el sujetador tenía una mancha de chocolate. Se preguntó cómo demonios había llegado hasta allí. La mancha estaba reseca, pero era chocolate, de eso no había ninguna duda. Llegó a la conclusión de que eran restos de una noche de pasión con otro hombre, pasión que, aquella vez con él (y bien lo sabía), apenas había existido. Fermín ni se inmutó ante un pensamiento que creía funesto, pero que no guardaba más que resignación y una espantosa indiferencia. Pensó en abrazar a Tina, desnuda bajo las sábanas, y besarla la nuca y el cuello y hacerlo otra vez, pero se dijo que ese forzado acto de reconciliación era inútil. No quería más farsas.

La mancha de chocolate en el sujetador le habían quitado las ganas de continuar la relación con Tina. Sentía casi repugnancia por aquel cuerpo moreno que durante los meses anteriores había deseado con ahínco. Se arrebujó de nuevo entre las sábanas y se colocó en posición fetal, mirando en dirección contraria a Tina, hacia la ventana. Intentó dormir, pero fue en vano. Desvelado, se dijo que debía salir de aquella casa antes de que ella despertara, así que se vistió con rapidez y procurando hacer el menor ruido posible. Para disminuir riesgos, terminó de vestirse en el ascensor, donde se abrochó la camisa y se la metió por dentro del pantalón, se puso los zapatos, se ajustó el cinturón y se puso el abrigo. Mientras tanto, se miraba en el espejo, un espejo oscuro, como todos los espejos de ascensor, y que remarcaba las facciones, las ojeras, las arrugas de la frente, la terrible oscuridad del rostro.

Ya en la calle, se dijo que era un héroe o, cuanto menos, un galán de cine, un malo despreciador de mujeres. Pensó en James Dean y en Un rebelde sin causa, película que había visto de adolescente y que, aparte de haberle fascinado, le había mostrado una forma de ser de la que abominaba. Y, casi inconscientemente, se alegró de que aquel actor, que en su recuerdo no había quedado como tal actor sino como el protagonista imbécil y presuntuoso de esa película, hubiera muerto joven. De haber seguido viviendo, habría protagonizado otras muchas películas iguales que aquella, y su odio hacia ese tipo de personajes y hacia sí mismo se habría acrecentado. Pero durante unos pocos minutos se vio con placer como uno de ellos, tras haberse ido de casa de Tina sin avisar y con un profundo desprecio hacia ella y hacia todas las mujeres del mundo. Aquella mancha de chocolate en el sujetador que bajo ningún concepto debía estar allí le había vuelto un James Dean cualquiera, un ser oscuro, misterioso, un crápula incurable y drogadicto de ojeras moradas y frente arrugada, exactamente igual que el que había visto reflejado en el oscuro espejo de ascensor del edificio de la casa de Tina.

Imaginó con una media sonrisa la reacción de Tina cuando despertara y viera que él no estaba y que ni siquiera había dejado una nota, que se había ido así, sin más. Eran poco más de las siete y media de la mañana y la brisa de las Montañas del Norte le cortaba la cara con suavidad, como si fuera una caricia fría de una nueva y preciosa mujer que había conocido, una de las muchas que como nuevo ser oscuro y misterioso se había cruzado en su vida. Pasó por delante de un escaparate y se miró. Se vio avasallador, imparable, a tono con la oscuridad de su mirada. Y se rio. Continuó andando y, en vez de irse a casa, se dirigió hacia la Atalaya del Rey. Poco a poco la ciudad iba desperezándose, y detrás de las Montañas del Norte un nuevo sol asomaba sus crenchas doradas. La Atalaya del Rey estaba en lo alto de un cerro, coronado tras una larga y pina subida. En su nuevo estado, se congratuló de tener que hacer aquel esfuerzo físico, primera prueba del poderoso Fermín. Según ascendía el valle del río Negro se iba desplegando ante su vista, con sus huertas humedecidas por el rocío de la mañana, sus barbecheras rubias, sus olmos y sus cipreses apretujados a lo largo del hilo de agua, que se deslizaba en suaves meandros. Al otro lado del río, las Montañas del Sur, secas y montaraces, ocultaban la vasta extensión de la meseta central. Fermín llegó a lo alto del cerro y se sentó en un banco, junto a la cruz del monumento de la Atalaya. Allí arriba, la brisa tibia y acariciadora de la ciudad se había transformado en un viento acre y abofeteador, así que se abrochó el abrigo y se abrazó a sí mismo. Cerró los ojos, y no vio más que a la pobre Tina desesperada sentada en la cama, mirando el hueco que él había dejado, indagando en las causas que le habían inducido a marcharse sin avisar. Con placer, la imaginó llamándole al móvil, y ello le hizo caer en la cuenta de que no había recibido ninguna llamada. Sacó el teléfono del bolsillo y vio que, en efecto, estaba encendido. Su nuevo ser oscuro y dichoso, el Fermín ingrato, violento y rebelde que había empezado a ser nada más salir de la casa de Tina, se desmoronó de golpe. ¿Se habría despertado ya? ¿O simplemente era que ella había sentido exactamente la misma indiferencia y repugnancia que sintió él al ver la mancha de chocolate en el sujetador? El latigazo que le recorrió la médula espinal le hizo abrir los ojos. No, se dijo, seguro que aún no se había despertado, lo mejor, el sufrimiento de Tina, estaba por llegar. Y volvió a la oscuridad.

En lo alto del cerro de la Atalaya del Rey el viento ululaba y despeinaba aún más el ya revuelto cabello de Fermín que, con los ojos cerrados de nuevo, entró en una modorra casi invencible. En aquel estado entre la vigilia y el sueño se le mezclaba la imagen de Tina con la suya propia, una imagen que hasta aquella mañana le hubiera parecido irreal, hija exclusiva de la imaginación; se veía a sí mismo sonriendo, mirando a una cámara como si le estuvieran haciendo una fotografía para la posteridad. En lo alto del cerro de la Atalaya del Rey vio de nuevo a Tina llorando, tomando su café mientras, con la mirada perdida hacia la lejanía, se asomaba a la ventana, por donde se deslizaban los primeros rayos del día, de aquel nuevo día que, también allí en la Atalaya del Rey, estaba naciendo ya.

Pasó un tiempo del que Fermín no fue consciente. Cuando abrió los ojos, el sol había recorrido ya una fracción de su trayectoria, y el valle del río Negro recibía las primeras luces tras la larga penumbra de la tarde y la noche. Algunos pájaros negros sobrevolaron un olmo, y un tractor profanaba el verde brillante y denso de una huerta. Se levantó y se asomó al mirador de la peña. Se dio cuenta de que habían retorcido y arrancado algunas barras del balcón, y pensó que aquello podía ser peligroso, que las autoridades debían actuar de inmediato y restaurarlo, pues sobre todo los niños corrían peligro de despeñarse barranco abajo. Instintivamente, se apartó, y con el corazón acelerado se dedicó a la contemplación del valle, de las Montañas del Sur, del cielo bostezador, del vuelo de las cornejas y los vencejos. Sintió pasos detrás de sí, y se sobresaltó. Cuando se dio la vuelta, vio a una anciana enlutada, de cabellos grises y estropajosos, que le miraba con ojos entreabiertos. “¡Ten cuidado, muchacho, ten cuidado! Que una mañana de hace veinte años mi marido estaba asomado a ese mismo balcón y un mal viento se lo llevó ladera abajo… ¡Ten cuidado!”, dijo esgrimiendo un dedo índice hacia el cielo. La anciana se alejó, y Fermín se sintió recorrido por un escalofrío. Dio otro paso atrás, ya definitivamente nervioso, presa de una ansiedad y un vértigo repentino que jamás había experimentado. Unos minutos después se tranquilizó y, poco a poco y sin apercibirse, fue acercándose al desvencijado balcón hasta apoyar la mano en una de sus escasas y oxidadas barras. Miró hacia abajo. La caída libre era de unos cincuenta metros. No habría forma de sobrevivir, pensó. No había nada a lo que agarrarse. Con semejante golpe la muerte sería instantánea, y ello lo tranquilizó unos momentos. El fondo del barranco emitía una especie de hondo quejido del que Fermín no podía sustraerse. Aquel abismo le llamaba, tenía algo de atrayente, era como si las voces de lo desconocido lo arrullaran con deliciosas promesas.

Pero no, se dijo. Aquello era horrible. Sintió un miedo atroz, y decidió irse a casa. Antes de moverse oyó pasos tras de sí, unos pasos todavía lejanos, pero que no obstante se acercaban lenta y parsimoniosamente. El latigazo que le recorrió la espalda le impidió darse la vuelta. Estaba paralizado. Era la anciana, estaba seguro, y la imaginó con su vestido negro hasta los tobillos, con sus cabellos grises y estropajosos, con su dedo índice apuntando hacia el cielo. ¿Querría vengar de alguna forma la muerte de su marido empujándolo a él?, se preguntó y, tras unos segundos de pavor, consiguió sacar fuerzas para volver la cabeza. Apenas le dio tiempo a ver un segundo el rostro de Tina que, con los ojos encendidos por las lágrimas, intentó empujarle. Fermín logró contenerla, haciendo toda la fuerza que pudo con los brazos y clavando el pie derecho al borde del precipicio. Tuvo suerte, porque lo apoyó en una piedra porosa, no resbaladiza. En ese mismo momento fue consciente de que quedó a unos pocos centímetros de despeñarse. Pero Tina, endemoniada, enloquecida, la vena de la frente palpitante, unas gotitas de sudor corriéndole por el bozo, el aliento rápido, tibio y perfumado, siguió forcejeando. Tenía fuerza, una fuerza que él (y aún ella misma) desconocía. La lucha fue breve. Ella se abalanzó sobre él, éste la esquivó y ella se precipitó barranco abajo en un vuelo mortal. Su grito se fue debilitando paulatinamente, como si estuviera siendo tragado por la tierra.

***

Fermín no la vio caer y dejó de oírla antes de que chocara contra el suelo. Había despertado y, sobrecogido, se levantó del banco y se asomó al destrozado balcón. Al fondo del valle no había ningún cuerpo. Miró a un lado y a otro, buscando a la vieja. No había nadie. Se dijo que era un estúpido, que estaba buscando los cuerpos de un sueño, y se sonrió. Poco a poco se fue tranquilizando, y recordó con repugnancia a James Dean, y el oscuro espejo del ascensor, y su propio rostro oscuro reflejado en el escaparate, y la mancha de chocolate en el sujetador. Sacó el móvil del bolsillo, esperando encontrar una llamada o un mensaje de Tina. Nada. Su pantalla permanecía vacía de nuevos avisos, lo cual le desasosegó. Lo guardó de nuevo, miró hacia la lejanía, suspiró largamente y echó a andar cerro abajo, hacia la ciudad.

La jornada había arrancado, los transeúntes pasaban por su lado como una centella, los coches, los autobuses, los taxis, las motos danzaban frenéticamente sobre la pista de asfalto. La quietud de las siete de la mañana no era más que un vago recuerdo. Recorrió las mismas calles que unas horas antes lo habían llevado de casa de Tina a la Atalaya del Rey, pero a un ritmo mayor, acorde con el tráfago que lo rodeaba. Llegó al portal de Tina y subió a la casa. Se miró en el espejo del ascensor, y volvió a verse oscuro y arrugado, y sintió un temblor. Decidió apartar la mirada de su propio reflejo, que aquella mañana lo trastornaba. Salió del ascensor y abrió la puerta de la casa con cuidado, con el mismo cuidado de cuando se vistió para poder escaparse sin que ella lo viera. Se preparó para las explicaciones, para los lloros, para los reproches. Cuando entró en la cocina, vio a Tina tomando su café y mirando por la ventana con los ojos perdidos hacia la lejanía y con el rostro embadurnado por los rayos del sol. Pero no lloraba, sólo sonreía. “Se te olvidó subir el pan, tonto”, dijo, y él, haciéndose el olvidadizo, la besó en la boca.

Extrañamente, sus labios no sabían a café, sino a chocolate.