viernes, 27 de mayo de 2011

EL CUENTO CHINO

El cuento chino somos nosotros, por lo que parece. Y no ellos. No los chinos. En pleno paseo de Recoletos, muy cerca del Café Gijón, Cibeles y el Banco de España, entre otros símbolos de lo nacional, está el primer banco chino de España. Todo en él es chino, y, más que nada, el rótulo y la fachada, que es lo que conocemos. Ni una palabra en español o en inglés. Se conoce que el número de chinos en España es ya lo suficientemente elevado para abrir con garantías un banco de esa nacionalidad. Y ello, por qué no decirlo, nos produce un cierto pavor. De los más de 6.000 millones de criaturas humanas que pueblan este planeta, 1.300 millones son chinos. Y casi otros 1.000 millones, indios. Dos tercios de la población mundial pertenecen a alguno de esos dos países. Pero los chinos, no sabemos por qué, nos dan más miedo.

¿Miedo de qué?, cabría preguntarse. Lo primero de todo, de su número. Así como el concepto de 45 millones de españoles nos es familiar e incluso vagamente imaginable, pensar que haya 1.300 millones de personas de un mismo país se nos antoja algo así como esas distancias siderales entre estrellas y galaxias. Desde fuera, desde Europa, da la sensación de que China lleva décadas preparando su golpe de estado mundial, a la chita callando, como actúan ellos, como actúan casi todos los asiáticos; un golpe de estado que más que por humanos parece hecho por extraterrestres, siendo por tanto los chinos la verdadera invasión alienígena de que tanto se ha hablado y se habla en los cenáculos de la imaginería y la ciencia ficción.

Pero sobre todo nos espanta su soberana capacidad de trabajo. Nos hemos acostumbrado muy pronto a que las tiendas de alimentación regentadas por chinos cierren a las once, a las once y media, a las doce. E incluso, los fines de semana en el centro, mucho más tarde. Pero uno recuerda los tiempos en que a las ocho había que bajar corriendo a comprar el artículo que se le había olvidado a mamá, porque si no, cerraban. Ahora ya no. Ahora, en caso de apuro, siempre están las tiendas de chinos. Y las hay en cualquier parte, sin importar el barrio.

Primero fueron los restaurantes, luego las tiendas de todo a cien y después las de alimentación. Y todo ello goza de un éxito incuestionable, a pesar de todas las prudencias que nos procuran estos establecimientos en los que todo huele un poco a cosa clandestina, a mafia, a sospecha -y, a veces, certeza- de baja calidad. Lo más curioso de todo es que, a pesar de haber muchos chinos en Madrid y en España, y el banco del paseo de Recoletos es una muestra inequívoca de ello, no es usual verlos por la calle. Uno, por el centro de Madrid, se cruza con ecuatorianos, peruanos, filipinos, turistas europeos y, de vez en cuando, algún español (se sabe por el bigote). Pero casi nunca a chinos porque, evidentemente, están en sus restaurantes y tiendas, en donde creemos que muchos de ellos comen, crían a sus hijos, ven la tele, juegan con el ordenador, duermen, viven.

Resulta que, en un mundo capitalista, será uno de los últimos reductos comunistas los que lo controlen. Lo chino se ha ido entreverando en Madrid, en España, en occidente, de manera lenta, casi imperceptible, pero segura. El trabajo en términos de volumen de tiempo como base de la prosperidad. Eso a los españoles nos casa muy mal, y por ello es que vemos la invasión china no con recelo, sino con verdadero temor. En la arquitectura mental del español no está, no puede estar, el pasarse 14 o 16 horas al día metido en su tenducho. Ahora pasó de moda aquello de pedir menos horas laborables, pero seguro que tal pretensión volverá. Y mientras, los chinos, como los artesanos medievales, que tenían el hogar en la trastienda, ahí los tenemos, viviendo para trabajar como si eso fuera la cosa más natural del mundo.

Lo dicho, el cuento chino somos nosotros. Qué miedo.

Imagen de cabecera: El Industrial and Comercial Bank of China (ICBF) es el primer banco del mundo por capitalización burstátil. Hace pocas semanas, abrió su primera oficina en Madrid.

jueves, 26 de mayo de 2011

LOS CABALLEROS YA NO SE LLEVAN

Como institución, el Real Madrid ya ha elegido su camino. Lo anunció oficialmente ayer, pero es seguro que la decisión estaba tomada desde hace un tiempo o, mejor dicho, la decisión se ha ido tomando a lo largo y ancho de toda la temporada que acaba de terminar. No parece que haya habido ningún momento en que en las altas instancias del club hubiera alguna duda sobre alrededor de qué astro debía girar la entidad, en perjuicio del otro centro de gravitación, del otro mundo, del otro planeta, que era (es) Jorge Valdano, pero que desde ahora trazará su órbita vital desde otro lugar que no será la Dirección General del Real Madrid. La estrella ya no es binaria, ahora es única, y se llama José Mourinho. Y sobre él gravitará la institución a partir de ahora.

Lo anunció ayer Florentino en una rueda de prensa en la que, como es habitual entre los líderes y políticos de todo el mundo, no pudo prescindir de los siempre insulsos, aburridos y prefabricados comunicados escritos. Ya nadie habla en público, todos leen. El señor de turno se pone a leer un papel, seguramente escrito por otro, y derrama sobre la agostada sala de prensa una letanía de lugares comunes, frases grandilocuentes sobre las que apoyar unas ideas ni originales ni inteligentes y palabros desafortunados sobre los que sin embargo se quiere hacer la descansar la fortuna del mensaje. En el caso de ayer, el palabro afortunado y, por tanto, repetido hasta la saciedad, fue disfunción. No se recuerdan muchos de estos comunicados industriales, alejados de cualquier tipo de calor humano, que hayan dejado una impronta, un calado imperecedero, una sentencia para la posteridad. Los comunicados son cómodos, evitan preguntas indeseadas -ningún periodista se atrevería nunca a interrumpir tal discurso- y, sobre todo, dice muy poco del que lo lee. Ni se preparó la comparecencia ni deja cuartel para la más mínima improvisación que, como sabemos, es lo que da gracia, humanidad y sensibilidad a las apariciones públicas.

Pero todo esto es otra historia. En el comunicado, Florentino Pérez anunciaba la destitución del Director General del Real Madrid, el argentino Jorge Valdano, jugador, entrenador y Director Deportivo del club en distintas etapas. Un hombre que, de alguna u otra forma, lleva más de veinticinco años ligado a esta sacrosanta entidad; un hombre de la casa, conocedor como ninguno de los valores y resortes que la hacen funcionar; un hombre culto, sensible, lector empedernido, formidable articulista; un hombre que algunas veces se calló lo que pensaba en beneficio del club que ama y para el que se debía pero que nunca renunció a su insobornable cuota de libertad, seña de identidad de toda mente despierta, sana e inteligente; un hombre, en fin, que es de los que no se llevan en el mundo del fútbol ni, yendo más allá, en la sociedad actual. Con Jorge Valdano se va un caballero, una forma de entender el Real Madrid, el deporte y la vida. Y con su marcha, se mantiene, más poderosa que nunca, la otra; ni contraria ni peor, simplemente distinta. Había que elegir, y se ha elegido. Mourinho gana.

Lo dijo el mismo Valdano en su comparecencia de ayer, a la que asistió como solamente él sabe, esto es, con una serenidad a prueba de periodistas pintada en la cara, con un saber estar impropio de lo que se estila en el fútbol, donde se llevan y triunfan de cara al público los entrenadores mascando chicle y diciendo palabrotas; los que, en suma, “dicen las cosas claras”. Y cuanto más claros, más zafios y vulgares son también, añadiríamos. Mesurado, sonriente, iba vestido impecablemente con una chaqueta y camisa azules, sin corbata, luciendo elegancia en el vestir -de esa que se tiene o no se tiene, la única que vale- y aplomo en el estar: “Mourinho ha ganado una batalla que nunca consideré como tal”. Valdano, con esta frase, deja una verdadera perla filosófica con la que desconcertar a casi todos, porque detrás de ella hay mucho más de lo que parece. Al revés que Mourinho, intentó en todo momento mantener una concordia que se veía a años-luz imposible. Mas no por ello cejó de intentar llevarse bien con todos, de no crear tormentas innecesarias en las que sólo luchaban los egos de cada uno, de dar la cara en los momentos difíciles y, sobre todo, de actuar como voz oficial del Real Madrid, cuando se perdía y cuando se ganaba, pero sobre todo cuando se perdía. La derrota explicada y narrada por boca de Jorge Valdano parecía menos derrota. Ahora, el Real Madrid se queda sin su líder, digamos, espiritual. Lo desconcertante es que la afición aprueba este descabezamiento, cuando lo que deberían saber es que un club no es solamente sus logros deportivos, sino también y sobre todo la imagen que se da al exterior, el aura que se transmite cuando está gobernado por gente inteligente. Y qué duda cabe que, sin Valdano, el Real Madrid es mucho menos inteligente que con él.

Se ha optado por un modelo que, según Florentino, “es el inglés”. Eso es lo de menos. Eso es una bravata. No creemos que el Real Madrid tenga que fijarse en ningún modelo, inglés, o no, para dirigir su nave. Tampoco sabemos muy bien en qué consiste el cacareado modelo inglés, ni nos interesa. El Real Madrid, como entidad única que es, debe dirigirse por parámetros únicos. Seguramente parecidos a los que se estilan, pero adaptados a su peculiaridad, a su grandeza.

Es posible que sin Valdano y sólo con Mourinho como emperador del área deportiva, el Real Madrid inicie una dorada época de triunfos. Parece ser que los cimientos se han colocado y que lo que le queda a este equipo no es sino crecer. Hay juventud, calidad y la conciencia de que el Barcelona no es inalcanzable. Es posible que ello ocurra, pero, en ese caso, en el caso de que se gane, ¿qué habrá detrás? Sin gente de la casa, los clubes son naves inestables, inmersas en una constante inseguridad. Sin ese pegamento que es el sentimiento de los que mamaron y maman la sabia de una institución, no puede haber ni confianza ni estabilidad. Los clubes son como las amistades: cuando vienen mal dadas, sólo los amigos de verdad te ayudarán a sacarte a flote. Los demás huirán.

Con el despido de Valdano -seguro que doloroso para Florentino, de eso no dudamos-, más que tomar parte por un modelo, por una forma de entender el fútbol, la guerra, la vida, se ha descartado otro. Por lo que parece, eso de ser un caballero, eso de hablar bien, decir cosas inteligentes y con sentido ya no se lleva, y menos en el fútbol. Los Valdanos, para el gran público, siempre serán sospechosos de algo: de engañadores, de pedantes, de charlatanes, cuando no de imbéciles o de inútiles (o de ambas cosas). Es lo que ocurre en España, donde suele preferirse lo tremendo. Tampoco es que Mourinho -ese hombre nietzscheano- represente los valores contrarios. Al revés, al portugués hay que alabarle el gusto por lo políticamente incorrecto, en un mundo dominado por los tópicos y las frases hechas que llenan páginas y páginas insustanciales. Y nos consta que es un hombre sagaz, preocupado por la cultura y el mundo en que vive. Mourinho podrá gustar más o menos, pero lo que no se le podrá tachar es de hipócrita ni de lelo. Es simplemente Mourinho, The special one como le llamaban en Inglaterra. Pero no es Valdano.

La verdadera importancia de Valdano para el Real Madrid se verá en lo sucesivo. Su ausencia otorgará auténtica medida y valor a su pretérita presencia. El hombre sólo pondera la importancia de las cosas cuando no las tiene. Sólo las pondera, en suma, confrontando dos situaciones enteramente distintas en el tiempo. Veremos a ver cómo le va al Real Madrid sin el portavoz más capaz que ha tenido nunca, sin la personalidad que siempre intentó poner una gota de sensatez en un club difícil y fagocitador acostumbrado a nadar en la tormenta; aquel que, en la hora del adiós, en la hora de la derrota, estuvo a la altura de los grandes ganadores: los que saben ganar cuando pierden, y perder cuando ganan.

Imagen de cabecera: Jorge Valdano, durante la comparecencia de ayer en la sala de prensa del estadio Santiago Bernabéu.

miércoles, 25 de mayo de 2011

CAPRICHOS

Se ha hablado mucho sobre el tema y nada más lejos de nuestra intención que abordar la espinosa cuestión de si es verdad o no lo es. Solamente hablaremos desde nuestra escasa posición de cronista de lo pequeño y de filósofo de andar por casa. Parece, por lo que hemos ido viendo a lo largo de nuestra experiencia y lo que vemos a nuestro alrededor, que sí, que en general al hombre le gustan mucho más las cosas de los otros que las suyas propias, o por mejor decir, que valora mucho más aquello que por fatal designio nunca podrá poseer que aquello que cansadamente aloja en los propios brazos. Pasa con todo, con el coche, con la ropa, con la cara, con el trabajo, con la novia (o novio, es lo mismo; aquí hablamos de ambos géneros, e incluso es posible que en la mujer este fenómeno se exacerbe). Incluso pasa con los hijos.

—Pues el hijo de Guillermina ya terminó Historia del Arte y trabaja en el Vip´s los fines de semana. ¡Ah!, y estudia también Música. ¡Música!...

Nuestra madre nos repite la palabra música tantas veces que se nos vuelve odiosa. Por momentos, nos decimos que jamás volveremos a escuchar una canción. Aunque más odioso se nos vuelve el dichoso hijo de Guillermina.

Así es. Lo mejor siempre está en manos ajenas, y sobre todo la felicidad. Los disgustos sólo tienen querencia por nuestro pobre corazón, y, en el rellano del ascensor, el vecino siempre nos saluda eufórico. Le vemos estupendamente. Por el contrario, nosotros notamos que nos mira como pensando: “¿qué le pasará a este hombre? ¡Pobre! ¡Qué mal le debe de ir!”, cuando lo más probable es que esté en idéntica situación a la nuestra de adivinada inferioridad.

Ser caprichoso es condición humana, quizá una de las primeras, de las más antiguas. Y no cabe duda de que el ser caprichoso procuró al hombre primitivo preciosas oportunidades para prosperar y llegar a dominar el planeta como lo hace hoy en día. Nos es difícil imaginar a un Homo Habilis, por poner un ejemplo, ocupar un territorio nuevo solamente porque no era suyo. Quizá, el territorio donde estaban antes era mejor, pero… ¡ah!, caprichos.

Viene todo a esto a cuento de la situación de un jugador del Real Madrid de baloncesto, el estadounidense Clay Tucker, alero de 1.96 y 30 años. Para situarnos debemos retrotraernos un año y medio en el tiempo, hasta el 19 de noviembre de 2009. Aquella noche, su equipo, el DKV Joventut, visitaba Vistalegre, entonces la cancha donde el Real Madrid jugaba sus partidos. Ganó el Real Madrid de forma ajustada, pero en la retina de los aficionados madridistas quedó la soberbia actuación de Tucker, que metió 27 puntos, con 6 de 9 en triples y canastas de todos los colores y sabores. Impactó sobre todo su estética, su elegantísimo tiro en suspensión, muy de jugador americano. Anotó saliendo de bloqueos indirectos, con el defensor punteándole el tiro o de fade away. A partir del tercer cuarto, y cuando Tucker ya había ametrallado inmisericordemente el aro madridista y convertido oficialmente su actuación en exhibición, cada canasta suya era respondida con una onomatopeya mitad resignación, mitad admiración. Aquella noche la parroquia blanca dedicó una sonora ovación a Tucker, y parecía decirle a los dirigentes: “¿Pero es que no lo veis? ¡Fichen a ese jugador!”

Unos meses después, en julio de 2010, el Real Madrid anunciaba el fichaje de Tucker. Ya para entonces, sin haber jugado un solo minuto, los aficionados cantaban su desacuerdo: al fin y al cabo, ya era suyo, ya no estaba en otro equipo. Ya no era aquel crack que deslumbró con la camiseta del DKV Joventut en una serena noche de otoño. Seguramente ya no era un jugador tan atractivo, ni tan elegante, ni mucho menos el anotador que necesita un club como el Real Madrid. Y, quizá, por el mero hecho de ser suyo, de estar en sus filas.

Hace dos semanas, en el partido frente al Cajasol en la Caja Mágica, aplazado por la Final Four, Tucker fue insistentemente pitado. Se le pitó cuando fue presentado, cuando tocaba el balón y cuando salía o entraba a la pista. Incluso cuando anotaba, los aplausos eran otorgados como a regañadientes, a excepción de unos pocos esforzados, heroicos defensores de las causas perdidas. A esto se ha llegado, y nos recuerda, con infinita tristeza, a esas historias de amor en las que el final, fatalmente presentido, prevalece sobre el dorado recuerdo de los comienzos, de los soles de los primeros días que ya se apagaron y que ya no nos calientan; los comienzos que parecen haber ocurrido hace miles de millones de años, si es que en realidad ocurrieron alguna vez; los comienzos cuyo recuerdo nos ata un nudo de sollozos a la garganta, que sin embargo no se atreven a salir, a ser purgados.

Tucker parece que fue más un capricho que otra cosa. Y cuando los caprichos son concedidos, normalmente son pagados, en el mejor de los casos, con una cordial indiferencia.

Imagen de cabecera: Clay Tucker hace una bandeja. El estadounidense, en su primera temporada en el Real Madrid, promedia 8.7 puntos en 34 partidos de liga regular en la ACB.

martes, 24 de mayo de 2011

LOS DÍAS GLORIOSOS

De entre los pecados insobornables y legítimos del hombre le parece a uno que el más importante es el de recordar. El más importante, pero también uno de los más peligrosos. En momentos de inacción, de severa parálisis física y moral, de severa parálisis, en suma, vital, lo más fácil y a la vez lo más difícil es dejarse arrastrar por el impetuoso río de la nostalgia. Cuando en el presente no se pueden encontrar las galerías adecuadas por las que transitar, es natural que volvamos a las seguras galerías del pasado para reencontrarnos con nosotros mismos, para refrescar lo que alguna vez tuvimos, lo que una vez sentimos, lo que alguna vez pudimos hacer ya fuera por suerte o por tener nuestras energías en sazón. Pero, ¡cuidado! Esto tiene su engaño. Rememorar los días gloriosos es tarea que tiene sus resortes y su metodología, y es sabido y comprobado que en ese proceso actúan agentes tramposos, caballos de Troya de la memoria, que permitimos acceder a nuestro cerebro creyéndolos un regalo pero que, una vez dentro, pueden causar los más insospechados destrozos, muchas veces ni siquiera sentidos.

Lo normal es rememorar lo bueno. A nadie le gusta regresar a sus días oscuros, a no ser que a esos días se les dé nueva luz. Y eso también suele suceder. Los caminos de la nostalgia tienen recovecos y revueltas insospechadas y lo que en el momento nos atribuló puede convertirse, al pasar de los años, en una bella y estática estampa de nuestras acuarelas pasadas de agua. Es en esos recuerdos benefactores adonde uno querría volver asiduamente, y no a los de las épocas gloriosas. Porque éstas solamente son gloriosas en función del sedimento que, con mayor o menor fortuna, van dejando en nosotros. Aunque también valdría decir que somos nosotros, pobres idealistas de lo pasado, los que vamos dejando ese sedimento, quizá con la esperanza de crear un fondo de pensiones espiritual con el que ir tirando cuando vengan mal dadas.

Tiene uno pensado para sí que las épocas gloriosas tienen muy poco de gloria y mucho de tufo, de manipulación, de aire viciado por la memoria. Simplificando, las verdaderas épocas gloriosas no son las que pensamos, las que oficialmente consideramos como tal, sino aquellas otras resguardadas en la sombra de la experiencia vital, quizá deslumbrada por las luces excesivas de aquellos éxitos que creemos que han ido conformando nuestra personalidad, cuando en realidad son esos días equívocos, temblorosos y fríos los que han dejado huellas más profundas que parece que no están, pero que en el fondo son las que, inconscientemente, son las que nos esforzamos en seguir.

Como en casi todo, una cosa es lo que creemos y otra muy distinta lo que es. Una cosa es la versión oficial y otra la realidad. Tomar conciencia de que los días gloriosos tienen poco que ver —o, mejor dicho, menos que ver— con nosotros mismos es un largo avance del que normalmente salen buenos réditos. Tampoco es cosa de despreciarlos, pero lo que en ningún caso resulta saludable es quedarse a vivir en ellos como el que se obcecara en residir en su casa en ruinas creyendo que sigue en pie. El tiempo y la memoria tienen su dinámica, sus corrientes, sus borrascas y anticiclones, y quedarse atrapado en los tornados de los días gloriosos puede traernos más de un disgusto a largo plazo, cuando nos demos cuenta de que no vamos en línea recta sino que no hacemos otra cosa que dar vueltas sobre nosotros mismos, sin principio ni fin, sin salida ni entrada, sin fuerzas ya y sin esperanza.

—Me gustaría regresar a aquellos días, ¡qué buenos tiempos, mi época gloriosa!

—Pues regresa, pero es un mal negocio. En vez de recordar lo que quieres recordar, deberías esforzarte por rememorar las inseguridades que también entonces te paralizaban y que acaso fueran más intensas que las que te paralizan ahora.

La memoria es esencial, pero también engañosa. Una cosa es que los acontecimientos pasados operen sobre nosotros y otra bien distinta que no nos dejen desenvolvernos en el momento presente. Es muy poco romántico esto que vamos a decir, pero muchas conviene enfocar con luz racional a nuestro pasado en vez de decorarlo con guirnaldas que, las más de las veces, son falsas.

sábado, 21 de mayo de 2011

ILUSIONES PERDIDAS

"El cansancio de todas las ilusiones y de todo lo que hay en las ilusiones —su pérdida, la inutilidad de tenerlas, el precansancio de tener que tenerlas para poder perderlas, la pena de haberlas tenido, la vergüenza intelectual de haberlas tenido sabiendo que tendrían un final así".

Fernando Pessoa (Libro del desasosiego)

viernes, 20 de mayo de 2011

EL ÚLTIMO TIRO

Que el deporte es una formidable metáfora de la vida me parece a mí que no tiene duda. En eso, es superior a la literatura, el cine, la música, la pintura y el teatro, pues fatalmente éstos no dejan de ser una sucursal del devenir real de la existencia, una representación, un intento más o menos afortunado de recreación, transformación e incluso invención de la realidad, pero siempre partiendo de ella para producir en falso directo algo distinto. En las artes actúa un filtro por el cual la obra se nos da después de haber pasado por una reflexión muy sentida o un sentimiento muy reflexionado. Pero siempre después de. Por eso es tan difícil producir una buena obra artística, y sólo unas pocas de las millones que los seres humanos han ido creando a lo largo de la historia son las que perduran, las que de verdad nos dan un calor vivo y real de la persona que la creó y, más todavía, nos dan el calor vivo y real de la humanidad en su conjunto.

En el deporte ocurren las cosas de muy distinta manera. En el deporte, como en la vida, las cosas ocurren en el momento, en un riguroso directo muchas veces cruel y dramático, sin lugar posible para la reflexión, para la repetición, para la farsa. Aquí, como en la vida, no hay más que una oportunidad, y si la pierdes, sabes que nunca volverá. Aquí no hay hojas que se tiran a la basura -ahora cibernética-, ni ensayos previos una y mil veces repetidos, ni bocetos a lápiz con el fin de llegar a la perfección. Aquí todo ocurre a la vez y ocurre una sola vez, y se nos pone ante nuestros ojos alucinados crudo, sin ambages, y con el olor, el color y el sabor del auténtico drama, del doloroso fracaso, del exorbitante éxito, del esfuerzo, del desengaño, de la alegría, de la tristeza y del estupor. Todo lo que hay en la vida lo hay en el deporte, porque el deporte, la competición, está ocurriendo a la vez que la vida. Tiene exactamente su mismo aroma y su mismo destello. Y por eso nos gusta tanto. Y por eso nos parece injusta y de una colosal estrechez de miras esa actitud desdeñosa de lo intelectual hacia el deporte. Actitud ya felizmente superada, pero sólo en parte. Sigue habiendo un sector bastante amplio de la cultura que lo considera una pérdida de tiempo, una ocupación de bárbaros con cerebros de mosquito. Afortunadamente, en los últimos años son muchos los escritores, filósofos o artistas que han aireado públicamente su afición a tal o cual deporte, o al deporte en general. Javier Marías o el ex ministro -y catedrático de Filosofía- Ángel Gabilondo, amantes del fútbol, son dos ejemplos de ello. Pero hay muchos más, entre ellos Garci o David Gistau. Y no sólo ahora. Albert Camus fue portero de fútbol y a Tolstói le gustaba hacer pesas y montar en bicicleta. Delibes fue un fiel seguidor del Real Valladolid y escribió numerosos artículos también sobre fútbol. Por no hablar de las veleidades de Hemingway con el boxeo o el gusto de Woody Allen por cualquier evento deportivo, porque, según decía, "en el deporte nunca se sabe lo que va a pasar. Es impredecible". Parece que esta gente no es sospechosa de escasa inteligencia.

Podemos elegir cualquier deporte. Toda competición, por los valores que representa y la estética de sufrimiento, éxito y fracaso con que se nos sirve, lleva implícita una tremenda metaforización de la vida. Pero de entre todos nosotros preferimos el baloncesto. Este juego, con su millonaria diversidad de matices, con su ininterrupción en los sucesos; este juego, donde cada canasta es un gol, donde un detalle ínfimo tiene la capacidad de cambiar una dinámica, una inercia, donde una posesión equivale a ganar un partido, un campeonato, un mundo entero, nos parece que se ajusta como ningún otro a ese paralelismo con la vida -a veces aterrador- de que hablamos. Un juego que, como nuestra existencia, se compone de buenas y malas rachas, de parciales a favor o en contra. Un juego en el que raramente hay segundas oportunidades, un juego donde la suerte tiene su papel pero donde suele ganar el mejor, el más preparado mentalmente, el que mejor domine sus fundamentos; un juego de precisión, como la vida misma, donde es necesario ser preciso para acertar; un juego en el que es fundamental un compromiso de cada cual consigo mismo pero en el que también es imprescindible una cooperación social; un juego, en fin, donde cabe cualquier situación que imaginemos. Las peores, las mejores y las vulgares. Todas.

Se nos permitirá ponernos un poco dramáticos. Situémonos. Estamos en la noche del 13 de febrero de 1837, en el número 3 de la calle de Santa Clara, piso 2º, 1. Un joven escritor de 27 años, el mejor articulista de su tiempo y aún de los pretéritos y futuros, rumia su desasosiego, su nerviosismo inenarrable, su tristeza vital, a la espera de una visita decisiva. Mariano José de Larra no conocía el baloncesto porque este deporte aún no existía, pero de haberlo conocido, no es imposible pensar que se imaginara que estaba ante la posesión, ante el tiro que marcaría indeleblemente su vida. Lo bueno para Larra es que en este partido imaginario y dolorosamente real va un punto arriba: se le ha concedido una oportunidad, una conversación, y eso ya es mucho. Lo malo es que el balón no está en sus manos, sino en las del contrario. Está en las manos de Dolores Armijo, la amada del escritor y a la que espera impacientemente en su casa este lunes de Carnaval. Esta mujer, que durante la relación entre ambos había presentado una relación ambigua, trae la última respuesta: sí o no; pierdes o ganas. Se acabaría al fin la incertidumbre para el pobre Fígaro, que lo había tenido todo, fama, talento, a veces dinero -ganaba una suma extraordinaria para un escritor de la época; todo menos amor, el amor ideal de su Dolores Armijo.

Dolores arriba a la casa de la calle de Santa Clara. Trae las cartas de amor de Larra y, sobre todo, trae el rejón del tiro decisivo, el último tiro. Podemos sentir el corazón de Larra desbordándose de inquietud ante la respuesta, quizá presentida. Pero todavía hay esperanza, quizá por rebeldía, la rebeldía del guerrero, aquella que nunca se doblega hasta la bocina final. Larra había puesto todas sus ilusiones en aquella visita, en aquella posesión, que defendería a muerte. La expectación es máxima. El público de pie, esperando el desenlace. Un ambiente tenso y masticable. El tiempo se acaba, no puede más que acabarse, es imposible dilatar más la escena. Dolores se alza sobre sus pies, lanza el balón. Ese breve lapso en que la pelota va por el aire parece durar toda una eternidad. Es el último segundo, no hay tiempo para más. Se hace un silencio, con matices de ensueño. Dentro. “No”. Definitivo. Se escucha un quejido espantoso que resuena en la casa y, sobre todo, en el alma del escritor. Cuando Dolores todavía no ha abandonado el edificio, se escucha un disparo. El perdedor Larra ha decidido acabar con todo. Aquel tiro, aquel último tiro que Dolores había tenido la fortuna -buena o mala- de meter por el aro, ha tenido como consecuencia otro tiro más, éste absolutamente desdichado, fuera de tiempo. Un tiro con el que Larra, como los entrenadores que dejan el cargo tras una derrota, dimitió de sí mismo.

Imagen de cabecera: placa que recuerda la última morada de Mariano José de Larra, Fígaro, donde terminó sus días un lunes de Carnaval. Se lee: "EN ESTA CASA VIVIÓ Y MURIÓ D. MARIANO JOSÉ DE LARRA FÍGARO. NACIDO EL 24 DE MARZO DE 1809. MURIÓ EL 13 DE FEBRERO DE 1837. 1908". La casa está situada en el sector norte del Madrid de los Austrias, en la calle de Santa Clara, número 3, esquina con la de la Amnistía.

jueves, 19 de mayo de 2011

LOS VIEJOS FANTASMAS

Es un tema tan manoseado que casi da reparo asomarse a su paisaje, normalmente abrupto y tenebroso. No se trata tanto de un miedo a carearse con uno mismo -todos tenemos nuestros fantasmas-, que es de lo que en último término se trata la literatura, sino sobre todo de caer en el precipicio de la repetición, del tópico, sin aportar nada nuevo que dé una brizna de luz temblorosa. Lo nuestro, al fin y al cabo, no es más que filosofía de andar por casa. Pero de vez en cuando hay que tener valor y, en cualquier caso, parece necesario, es necesario para uno mismo, abordar cuestión tan ardua aunque no apetezca, aunque sólo sea para poner en orden las ideas, pensando quizá que en ese orden pueda radicar una esperanza de que los viejos fantasmas no vuelvan nunca más.

Es sabido que el hombre carga con el fantasma de sí mismo de igual modo que carga con su verdadero yo. Ahora bien, aquí entramos en un camino embarrado, pues discernir cuál de los perfiles es real y cuál es fantasma se nos antoja tarea no tan fácil y cómoda como pueda parecer. Está claro que, pasado el filtro de los años y las vivencias, uno de los dos prevalecerá, y éste podrá ser considerado como el verdadero yo y el otro, que existe de forma latente, nuestro fantasma. Pero, ¿es ese fantasma algo irreal, algo así como el residuo de la combustión de nuestro verdadero ser? Uno cree que asegurar esto se acerca al feo concepto de la injusticia. Uno cree, en suma, que los fantasmas son tan verdaderos y tangibles como el supuesto yo real. Valdría tanto decir “el hombre y su fantasma” como “el fantasma y su hombre”. El ser humano es una criatura tan compleja que, para ser explicado -o para acercarnos a tal pretensión-, necesita de ese ente vaporoso, indefinido, que es el fantasma; sus fantasmas: el fantasma de sí mismo y, también, los fantasmas de su existencia.

Y es en esos fantasmas de la existencia, ajenos -y, a la vez, tan sujetos- al fantasma propio del que hemos hablado, donde queríamos insistir. Hay muchos tipos de fantasmas, tantos como entes individuales. Cada uno, repetimos, tenemos los nuestros. Pero, simplificando, podríamos decir que existen dos tipos fundamentales de fantasmas: los nuevos y los viejos. Y son los segundos los que acongojan de verdad. Aquellos a los que creíamos haber vencido y, al volver a presentarse ante nuestros ojos, comprendemos que no. Quizá los hayamos dominado en cierta medida, hayamos conseguido reducirlos el tiempo justo para poder encerrarlos en el mechinal de nuestros miedos. Pero ahí siguen. Y vuelven a aparecer. Y siguen lanzando hacia nuestros oídos su horrible letanía. No se fueron. Y ello nos aterra.

Es posible que consigamos vencer a nuestros viejos fantasmas una y otra vez. Es posible que la experiencia nos enseñe que a los viejos fantasmas sirva con ignorarlos para que no nos hagan daño. Sí, todo pasa. Y es verdad. Pero también es verdad que los viejos fantasmas, los verdaderos viejos fantasmas de nuestro carácter, es difícil que nos dejen alguna vez. Forman parte de nosotros, y los llevamos encadenados como Sísifo su piedra. Podemos aprender a tratarlos, adiestrarlos incluso. Pero los viejos fantasmas son como los leones amaestrados; no dejan de ser animales salvajes, y no se sabe si atacarán y, si lo hacen, no se sabe cuándo.

Quizá lo más descorazonador para nosotros sea enfrentarse una y otra vez a las mismas dificultades, encararse a nuestros viejos fantasmas. Un obstáculo nuevo, un fantasma con rostro desconocido, ya sólo por la novedad que representa, nos infunde fuerzas para pelear y vencerlo. El problema es cuando ese fantasma regresa, una y otra vez, cuando lo creíamos doblegado. Los fantasmas nunca lo son del todo. Puede parecer esta entrada de un pesimismo que nosotros no queremos aparentar. Al revés. Nuestro propósito es decir, decirnos a nosotros mismos también, que los viejos fantasmas, aunque en ocasiones nunca puedan dejar de existir, sí es posible convivir con ellos hasta alcanzar un alto grado de concordia. E incluso aprender de ellos.

Sí, de momento, a estas alturas de nuestra juventud, los viejos fantasmas tienen la costumbre de reaparecer cada cierto tiempo ante nuestros ojos espantados. Ignoramos si según pasen los años, o según pasemos nosotros por los años, nuestros viejos fantasmas se irán debilitando hasta, si no desparecer del todo, sí al menos fosilizarse en las capas geológicas más profundas de nuestro ser y queden ahí, como un vestigio de nuestra historia sentimental. Nos dan miedo, es preciso decirlo, pero quizá todo consista en conseguir darles miedo nosotros a ellos.