viernes, 28 de enero de 2011

LA BUHARDILLA

Cayó la noche de invierno, el invierno de la noche, hace unas horas. Morados pasos y dulces cielos resuenan en las piedras antiguas de la calle de San Nicolás. Por encima de los viejos tejados se asoma la primera luna, y los gatos doblan esquinas, se escurren entre cancelas y llenan la oscuridad con su silencio. Faroles de gas en los muros desconchados, tabernas ancestrales que cierran su tembloroso párpado. Ondas de misterio y miedos anteriores vibran en las entrañas, y tu respiración es un quejido ahogado y monótono; querrías que no se escuchase, que no fuese, mas cuanto más te esfuerzas por desaparecer, más resuena tu presencia en la calle dormida. Tu sombra es pesada e hiriente, y las sombras de los otros, de los que no están, fantasmas queridos. Te caes en tu sima, desfalleces sobre ti, sin llegar a caer del todo y sin terminar de desfallecer. Es la eterna caída, el inestable equilibrio. El reducto almenado de la vieja ciudad es el reducto almenado de tu corazón. Antiguas conquistas, efímeras y olvidadas, se hacen carne y dolor. ¿Por cuánto tiempo? ¿Por cuántas vidas? ¿Por cuántas muertes? Escuchas algo detrás de ti, es el hombre de gabardina que abre un portal. Tus sienes se hacen de pulso y sangre, tus piernas de junco seco. Inspiras hasta que el aire invernizo propaga lo azul por tu cuerpo. El céfiro saliente es la combustión de tu alma, que se quema a ritmo de estrella. Te detienes un momento y continuas andando. Tus pasos son una marcha fúnebre y deliciosa que percute en tu oído con la semilla de la trascendencia. Sabes por dónde y a dónde vas, esperas lo que nunca sucedió, lo que sólo ocurre en las memorias olvidadas de las noches fantásticas. Doblas la esquina y tu cabeza hace lo de siempre: mira hacia arriba, hacia la buhardilla, hacia tu buhardilla, la de ventana grande y amarilla, la de sonrisa ausente y ojos traidores, la de la vivienda de tus sueños e ilusiones, la de la chica a quien regalaste la amapola roja en tu última noche, en tu primer y último sueño. Interior apenas entrevisto decorado de romanzas y minuetos; leyenda y aparecidos de la vieja ciudad en ese espejo de la habitación de la buhardilla, imaginación de una vida desconocida e inaprensible, de unas tristezas por consolar y unas alegrías por regalar. ¿Qué íntimas lágrimas no se habrán reflejado en ese espejo? ¿Qué cansados ojos no habrán dejado impronta de sus desmayos? ¿Qué pelo negro no habrá sido alisado por el cepillo del tiempo? Miras, miras fijamente la ventana de la buhardilla de la calle de San Nicolás, y tu carne se vuelve alma, tu alma carne, tus ojos agua y tu agua diamante. Hoy tampoco será el milagro, el milagro de lo que tiene que suceder. ¿Quién apagará esa luz eterna cuando tú ya no estés? ¿Qué libros tendrá sobre la mesilla? ¿Qué hombres si no tú habrán desnudado su lecho? ¿Dónde habrá guardado la amapola...? Nada. El ensueño se derrite, regresas a la farsa del mundo verdadero y continuas con el paseo. De pronto, tus pies son plomo y tu cabeza gravedad al infinito. Percibes allá arriba el susurro de una sábana estirada al viento eclipsando la luz amarilla en un breve temblor. Sí, hay alguien, al fin hay alguien. Se desentrañará el misterio de la buhardilla. La calle negra emite una radiación de fondo sorda y terrible, terriblemente mágica, mágicamente terrible. Miras, miras con ojos lunáticos y aguzas los oídos. Sobre el fondo luminoso se dibuja una figura oscura. Es una chica, es la que soñaste. Sus formas, su rostro, sus rostros, aún están en la penumbra. De repente, unos ojos. Un cabello negro. Un talle blanco. Una armonía cansada y tranquila. Derrama su mirada sobre la noche medieval iluminando con las antorchas de sus ojos los abismos de la calle. Mira lo que pasa, que es nada; mira al que pasa, que es nadie. Excepto tú. Se percata, quedáis enredados en la oscura raíz del deseo y convenís una seña sin gesto, una cita sin lugar ni tiempo...
Mañana.

jueves, 27 de enero de 2011

CUESTIÓN DE FÍSICA


Uno nunca ha entendido muy bien la absurda y limitadora dicotomía en el saber entre hombres de ciencia y hombres de letras. Lo que se ha dado en llamar Humanidades, aquellas disciplinas en que el hombre y sólo el hombre es protagonista y hacedor -Filosofía, Historia, Literatura, Arte, Derecho, etc.-, no tienen más de humano que las Matemáticas, la Biología, la Química o la Física. Muy al contrario, creemos que no hay nada más humano que intentar explicar el mundo a partir de números y ecuaciones, y si es verdad que se podrá decir que de esta manera no se ha conseguido llegar a una respuesta satisfactoria, tampoco la Historia ni la Literatura ni, menos que ninguna, la Filosofía, han llegado a tan ideal objetivo.
En la búsqueda del hombre por la exégesis de un todo, esto es, la Filosofía, no hay materia más afín a ésta y que más pueda complementarla y ayudarla que la Física. Bien es sabido que para los griegos no había diferenciación entre ambas, y sólo la relativamente reciente especialización en el saber ha hecho dos materias de lo que antes era una sóla. A pesar de ello, Filosofía y Física se confunden de tal manera que muchas veces es imposible diferenciar las sustancias de lo que les corresponde a cada una, y hay que ponerle mucha imaginación, quizá mucha más que leyendo la Crítica de la Razón pura de Kant, para siquiera empezar a comprender la Teoría de la Relatividad. En la vida, en el amor, no es cuestión de Química; es cuestión de tangible, corpórea e infinitamente fascinante y evocadora Física, y, sobre todo, de Astrofísica.
Podríamos establecer multitud de equivalentes entre el funcionamiento del Universo y el nuestro propio. “Principio de incertidumbre”, “horizonte de sucesos”, “entropía” o “radiación de fondo” son términos científicos que bien valdrían como excelentes y líricos títulos de novelas. Pero nosotros apuntaremos un ejemplo bastante sencillo: el del funcionamiento de las estrellas. Al fin y al cabo, estrellas y humanos somos exactamente lo mismo. Simplificando, diremos que en las estrellas actúan dos fuerzas contrarias que son las que la mantienen en equilibrio durante la mayor parte de su vida. Por un lado, está la atracción gravitatoria, que tiende a colapsar la estrella sobre sí misma; y por otro, está el calor provocado por las reacciones nucleares de su interior, que contrarrestan la poderosa gravedad y mantienen a la estrella con un tamaño y temperatura constantes a lo largo de miles de millones de años.
¡Cuánto de humano y complejo hay en el funcionamiento de las estrellas! Se diría que en nuestro interior actúan también dos fuerzas. Una, la tristeza y otras dolencias del espíritu, que podríamos relacionar con la gravedad y que hacen que tendamos a colapsarnos sobre nosotros mismos, hasta llegar, muchas veces, a un agujero negro, que no es otra cosa que la atracción gravitatoria llevada al extremo: una cantidad inimaginable de masa concentrada en un espacio infinitamente pequeño, creando un campo gravitatorio tan intenso que ni siquiera los fotones de luz pueden escapar de él. Y por otro lado está la otra fuerza, esos instantes de felicidad completa que se encuentra uno “al doblar una esquina”, como dijo Borges. Ramalazos de ilusión infinita y amor inconmensurable por todo lo conocido, un cuanto de luz espiritual que no sabemos de dónde viene ni a dónde fue, pero que evita la capitulación, el colapsamiento. Estos fogonazos, que podríamos comparar con el calor procedente de las reacciones nucleares en los núcleos de las estrellas, nos expanden desde dentro y procuran que podamos continuar con nuestra vida más o menos dentro de los estrechos cauces del equilibrio. Puede que se trate de la tranquilidad de conciencia o, lo que es lo mismo, simplemente de la toma de conciencia. Porque tomar conciencia de algo supone automáticamente tranquilizarla.
Todos somos estrellas, en realidad. Nacemos, vivimos según las posibilidades de cada uno y morimos de las más variadas formas. Supernovas, enanas blancas, estrellas de neutrones y agujeros negros son muertes estelares que tienen su correlación con las muertes humanas. Sólo hay que echarle un poco de imaginación, porque la existencia, muchas veces, no es más que cuestión de Física.

miércoles, 26 de enero de 2011

LA PODA

El fenómeno repetido, matemático, costumbrista de cada año ya está aquí: ha comenzado la poda. Ningún acontecimiento natural y anual tan puntual como esta salubre manera de poner a nuestro mundo vegetal ciudadado en las condiciones estéticas y éticas óptimas para el renacimiento primaveral que, aunque todavía lejano -llevamos apenas un mes oficial de invierno- se prefigura ya en el acto de la poda. Madrid va perdiendo sus ramas y lo que hace una semana era un bulevar de árboles pelados y con una exhuberancia diríamos que muerta, es ahora la muerte completa para el próximo florecimiento de la vida. Ya se sabe que los extremos se tocan, y este saneamiento un tanto salvaje de ramas cercenadas esparcidas por el suelo es la garantía de que, un año más, los parques y avenidas de Madrid lucirán sus mejores galas.
No deja de ser un fenómeno curioso esto de la poda para los niños y los caracteres sensibles. Eso de ver por el suelo los miembros amputados de unos pobres seres vivos es un espectáculo que podría parecer poco edificante y traumático. Es usual ver a una criatura con ojos estuporosos y al borde del llanto mientras pregunta a sus padres que por qué les cortan las ramas a los arbolitos, que él sabe perfectamente que son seres vivos “como tú y como yo”, porque así se lo han explicado. El padre o la madre balbuceará explicaciones poco convincentes, quizá porque a él también, en el fondo, le resulta troglodita y brutal tratar así a las pobres plantas. Todos llevamos a un niño dentro, no a nuestro niño necesariamente, pues a ese le dejamos atrás hace mucho, sino al niño de todos, porque el niño, el hecho, pensamiento y sentimiento del niño, es el más general y universal que existe.
Así pues, aún no ha terminado el invierno, que está en su cúlmen, y ya nos damos de bruces con los preparativos de la primavera y, si apuramos, del estío. Y, seamos francos, esta prefiguración nos abre una puertecita casi olvidada en el corazón y una rendija de esperanza por lo que vendrá, por lo que sabíamos que ahí estaba y estará porque así se ha repetido siempre pero que gozamos en olvidar para después volver a recordar. Parece que no sabemos estar nunca donde estamos y que necesitamos ampliar nuestros horizontes morales a campos más o menos distantes, más o menos borrosos e imaginarios, escenarios y decoraciones anticipadas que hagan más soportable esta nuestra existencia presente de la que, pese a su fugacidad, pronto nos cansamos; en realidad, nos estamos cansando a cada hora, a cada minuto, a cada segundo.
No sabe uno si Madrid está más bonito tras la poda que antes de ella. Pensándolo un poco -la belleza también se piensa- es más bello con sus ramas enteras que con esta necesaria artificiosidad por mano humana. Volviendo a la poética imagen del bulevar con árboles desnudos pero enteros y contraponiéndola a la del mismo escenario con las ramas caídas, quizá la primera nos traslada a nuestra alma campestre. Es como si un pedacito de campo se hubiera posado en Madrid, y la acera fuera un río y los árboles su margen frondosa; y, entonces, esa nuestra necesidad atávica por lo silvestre se ve satisfecha. Por el contrario, la otra, la de los árboles manufacturados, nos recuerda lo que de ciudad tenemos y en la ciudad que estamos. O quizá es que no queremos otra cosa.
Madrid tiene que estar reluciente para la fiesta de la primavera, y lo estará. Reluciente y bien cortado. A las fiestas, en efecto, hay que ir preparado, aliñado, saneado. Lo contrario es vanidad y ganas de llamar la atención. No debe confundirse la coquetería con la chulería. Ha comenzado la poda, uno empieza a ver la luz y tiene ganas de fiesta. El invierno, antes siquiera de terminar, muy lejos de terminar mejor dicho, está ya terminado en nuestra imaginación gracias a la poda. Por un momento los abrigos y bufandas ya no existen y los vientos del norte no arrecian. Y si así lo parece, así es también. Todo es como uno quiera verlo.
Esos esteticistas de lo verde han comenzado su labor y Madrid, que somos todos nosotros pero también es sólo ella, se lo agradecerá. Uno ya ha empezado a acicalarse, aunque sólo sea dentro de su mente. Madrid, la bella enamorada, también. Suenan los primeros acordes de fiesta...

martes, 25 de enero de 2011

LA ADOLESCENCIA TRASNOCHADA

Hay en nuestra sociedad una característica que a uno le parece fundamental y que resume bastantes de sus carencias y excesos, de sus desequilibrios larvados a lo largo de un siglo desquiciado que ha precipitado las cosas, los acontecimientos y los pensamientos. Hablamos de la admiración sin límite ni pausa por las estrellas de la música, del cine o del deporte, esos nuevos dioses y héroes que han sustituido a otras deidades menos terrenales, pero también menos vulgares. El que una deidad sea vulgar habla muy bien a las claras de la vulgaridad del conjunto de los adoradores en cuestión, pues es imposible que una sociedad con resortes mentales y emocionales sólidos y duraderos pueda adorar a una mitología inferior a ella. Si el dios o dioses a que la sociedad adora son grandes, quiere decir que la sociedad es madura y sensata; si el dios adorado es rebajado, como ocurre ahora, es que la sociedad es adolescente, inmadura. El ser humano ha pasado de adorar a los dioses a adorar a los hombres de carne de hueso. Esto, que podría parecer un signo de humildad y sazón emocional, es en realidad un acto de soberbia y, sobre todo, una muestra de escasa imaginación.
Nos referimos al fenómeno fan: el fanatismo en la más pura y quizá exacta acepción de la palabra, aunque no, afortunadamente, la más execrable, en tanto que existen otras variantes más destructoras e insalubres. Es en esta vertiente mejor que en ninguna otra donde se advierte la lamentable adolescencia trasnochada en que la población se ha sumergido quizá sin remedio posible de no ser que ocurra una catástrofe sin precedentes que la haga despertar de su ensueño.
De su adolescencia recuerda uno los ojos vidriosos y ensoñatorios de sus compañeras de clase cuando pensaban en los miembros del grupo Take That, por poner un ejemplo. A uno, claro, le sentaba un poco mal que habiendo en su entorno chicos tan estupendos y reales como él mismo y sus compañeros, que se morían por esos púberes huesos, ellas prefirieran alabar las gracias visibles e invisibles de esos falsos cantantes que jamás se dignarían a pasear con ellas por un bulevar atardecido, como uno habría con el mayor de los gustos y devoción. Pero, aún siendo este fenómeno más habitual y exacerbado en las féminas, no es privativo de ellas. También los adolescentes masculinos -al menos en mi época- forraban sus carpetas con alguna que otra foto de tal o cual actriz o cantante y, más usualmente, futbolistas.
Esto le parece a uno una característica natural de la adolescencia, esa etapa infernal que deja poca nostalgia en el espíritu, escaso aprendizaje y muchos actos ridículos. Es hasta cierto punto normal que el adolescente busque en esas terrenales mitologías una guía que seguir, un ser al que supeditarse, aunque sea por vía virtual. Uno, personalmente, nunca fue partícipe de estas adoraciones sin medida por actores, cantantes y demás miembros de la farándula, por muy guapos o guapas que fueran o por mucho que salieran en la televisión. A uno, simplemente, le daban perfectamente igual, y por eso no podía entender la importancia trascendental que sus sufridas compañeras y compañeros de clase otorgaban a las andanzas y desventuras de sus ídolos de cartón piedra.
Pues bien, este fenómeno, comprensible en la adolescencia y tolerado, como mucho, hasta la confusa frontera que marca el principio de la juventud, no parece saludable que se extienda como se ha extendido entre el mundo adulto, que en definitiva es el que conforma el cogollo de la sociedad. Percibe uno muy habitualmente cierto papanatismo en personas que rebasan la veintena e incluso la treintena por personajes famosos y famosillos adorados hasta el cansancio. Hay en ello un cierto mal gusto y una falta de educación, además de un notorio desdén por la realidad, por la vida diaria de cada uno. Cuando a uno le propalan insistentemente las virtudes de otro, uno acaba por imaginar por mera gravedad que es todo lo contrario a lo que se está alabando. A uno, simplemente, no se le ocurre ponderar el tetamen de una chica si está paseando tranquilamente con otra, aunque esta otra goce también de una anatomía voluptuosa. Porque le parece, sinceramente, que es hacer de menos a esa persona a quien se está acompañando. Cuestión, como antes decíamos, de educación.
No es infantilismo, no. Es mucho peor: es adolescencia. Porque la niñez es simplemente no comprender las cosas, mientras que la adolescencia, esta adolescencia trasnochada en que vivimos, es, además de no comprenderlas, creer que se comprenden.

lunes, 24 de enero de 2011

EL PASO DE CEBRA DE BRAVO MURILLO

Uno, que tiene la vocación de paseante, ha encontrado a lo largo de su trayectoria muchos tipos diferentes de pasos de cebra. El mundo de los pasos de cebra, contra lo que se podría pensar, es complejo y variado y requiere de un mínimo de práctica y conocimiento para dominar su ritmo y anatomía interior. Hay tantos tipos de pasos de cebra como de personas, y, al igual que con estas, es necesario un trato regular y sostenido para dominar o, al menos, conocer sus resortes. Hay pasos de cebra impacientes y nerviosos, que cuando aún vas por la mitad de la calzada ya está parpadeando; los hay calmos, aquellos que permiten regodearte en caminar por el medio de la calle a tus anchas mientras miras de reojo al sufrido conductor, que te mira pasar; los hay tumultuosos y estresados, suelen ser los de las grandes avenidas del centro; los hay consecuentes y equilibrados, dan a coches y peatones el tiempo justo, ni más ni menos; los hay, por supuesto, incómodos y hoscos, en los que ves venir el peligro por todas partes; los hay simples, previsibles y monótonos, sin mucho interés; y los hay -y existen muchos más de lo que parece- que son incomprensibles, complicados, contradictorios, en los que no sabe uno muy bien a qué atenerse, ni qué hacer. Como la mayoría de nosotros.
Hay en la calle de Bravo Murillo, esquina con Marqués de Viana, un paso de cebra que responde a este último tipo y aún a varios más. Es un paso de cebra que uno, por más que lo frecuenta e intenta pillarle el truco, no consigue salvarlo a su gusto, salvo que tenga mucha suerte. Lo primero, que Bravo Murillo es una calle muy transitada tanto por coches como por personas a pie, por lo que el caos y la confusión se multiplican. Es un paso de cebra estresado. Segundo, es impaciente, pues deja poco tiempo para cruzar. Y lo tercero y sobre todo, es un paso de cebra que, entre que se pone en ámbar, en rojo para ellos y para los coches, en verde para éstos, en ámbar de nuevo, en rojo otra vez para los dos y, al fin, en verde para los viandantes, mantiene al peatón un larguísimo lapso, que puede pasar de los dos o tres minutos, parado. Lo peor es que en ese tiempo hay diez o quince segundos en los que no pasa nadie, ni coches ni personas, por mor de los semáforos. Son unos instantes de calma total en los que uno tiene la tremenda incertidumbre de si pasar o no; hacerlo supone un sensible adelanto en nuestra rutina, además de un golpecito de vanidad, mientras que quedarse parado le deja a uno un poco con la sensación de abrevar en el borreguismo, la conciencia de buen ciudadano, cauto y ejemplar, y un poco con esa cara que se le queda a uno ante la oportunidad perdida. ¿Qué hacer, Dios mío? Porque no es fácil la cosa. Los segundos son pocos y el cálculo de distancias ha de ser muy preciso, porque los metros tampoco sobran. Y, además, nunca se dan en ese desconcertante paso de cebra dos circunstancias idénticas. Siempre hay que ir improvisando.
Los pasos de cebra de este tipo que, como decimos, abundan en las grandes ciudades, son un poco como la vida. Se pasan muchas horas, muchos días, muchos meses, muchos años quizá, de inacción o de severa parálisis del alma aunada a una terrible ansiedad y, cuando por unas cosas o por otras la tremenda rueda de la existencia voluptuosa se pone en marcha, no sabemos muy bien qué hacer. Suele suceder que, como en estos pasos de cebra, se quede uno pensando más de lo debido en si cruzar o no, más por miedo que por otra cosa. Y cuando se decide uno a pasar, es ya tarde.
Porque es la verdad. Llegamos tarde a todo, si es que llegamos. Es muy difícil, han de darse muchos condicionantes para que así sea, que lleguemos a lo que queremos en nuestro punto de sazón. Y cuando llegamos, quizá no nos haga vibrar la sutilísima cuerda del deseo de la misma manera a como lo hacía unos años antes. Cuando queremos llegar al otro lado, está en rojo; esperamos impacientes, con ansias irrefrenables y creemos que inextingibles, de repente vemos esa estrecha rendija de tiempo -el ahora o nunca- y dudamos; la duda lleva normalmente a la inacción, y cuando ponemos el pie en la acera de enfrente, lo más probable es que, como en el paso de cebra de Bravo Murillo, lleguemos tarde, que muchas veces es como no llegar.
No se sabe qué es peor, si cruzar en esa duda o no. Morir en un paso de cebra, como en la vida, es relativamente difícil. Puede ocurrir, pero hay que contar con nuestros formidables instintos de supervivencia y con los reflejos del conductor. No quiere uno quedar magullado, naturalmente, ni romperse la cadera. Pero quedarse parado cuando se quería cruzar y había oportunidad de ello puede colocarnos en una estampa ridícula. Y repetirse en esa cautela, en esa paralización un tanto burguesa y de ciudadano ejemplar, mirando alternativamente para los lados, a los coches que no pasan y al semáforo por ver si de una vez por todas nos da gusto, es conformismo mal entendido. Porque el gusto, a veces, nos lo tenemos que dar nosotros mismos; el gusto de luchar, de lucharlo, de lucharnos a nosotros mismos. Aunque luego no se consiga nada.
Esto de no conseguir nada, sin embargo, no es nunca exacto, porque si bien es verdad que la mayoría de las veces no se consigue lo que se deseaba, no necesariamente es eso nada. Al revés, con ser algo, puede ser mejor o, en cualquier caso, distinto, de esa otra cosa de nuestros sueños que, en realidad, nunca existió. Nada, hay que procurar cruzar el paso de cebra y llegar a ese algo, sea lo que sea.
Morir no importa.

viernes, 21 de enero de 2011

LAS BARRENDERAS

Llevaba uno mucho tiempo con la comezón de escribir sobre los barrenderos. Y aunque no sea nada original, quería uno, sobre todo, darle un poco de forma literaria a un oficio ya literario de por sí y que por sus características se presta a multitud de divagaciones pseudometafísicas, costumbristas, sociales e incluso líricas. Porque aquí en Madrid y en cualquier ciudad los barrenderos están por todas partes, y el jubilado, el desocupado, el mendigo, que arrastra sus tristes mañanas entre paseos llenos de luz y alucinada contemplación de obras públicas, quizá lo que mejor pueda hacer sea detenerse, sentarse en un banco u ocultarse a lo merodeador tras algún árbol y observar el incansable, el admirable trajín que se traen los barrenderos.
No cree uno que a los barrenderos les entusiasmen esos trajes verde y amarillo fosforito que llevan. Si algo deben de odiar, es ir llamando la atención. Uno cree que el ir con un carrito con papelera incorporada y un cepillo y recogedor profesional aptos para limpiar aceras y parques es indicativo suficiente de que se es barrendero, y más si a la espalda se luce la leyenda “Limpieza”. Pero eso es otro asunto. A uno le gustan los barrenderos, pero no sólo por su función práctica e indispensable, sino sobre todo por ese trabajo terco, sin desfallecimiento, como ajenos pero a la vez cómplices de la marcha del mundo. Los barrenderos tienen para uno un extraño poder sedante y de captación de la mirada. Cuando pasa al lado de uno, uno no puede evitar quedársele mirando, escrutar sus facciones, su mirada cansada y perdida, sus movimientos negligentes que destilan una sutilísima resignación. Pero lo hace con cuidado y procurando no ser demasiado indiscreto, pues al barrendero, aunque en realidad le importe un pimiento lo que le miren o dejen de mirar, si hay algo que no le debe de gustar, repito, es ir llamando la atención.
Uno, por natural e indisimulada inclinación hacia la mujer, tiene mucho más interés, claro está, en las barrenderas que en los barrenderos. Y no son pocas, hay muchas más de lo que se pueda pensar. Tiene uno en la memoria varios rostros de preciosas barrenderas a las que, entre colilla y lata de Coca-Cola, le hubiera encantado decirles algo. Hace un tiempo pululaba por el barrio del Pilar una barrendera morena de enormes ojos negros y ojerosos, siempre fijos en el horizonte, envuelta en unos cascos para escuchar música y guapa como ella sola, y a la que uno se cruzaba invariablemente en su pequeño paseo para coger el autobús que le llevara al trabajo. Dios sabe qué habrá pasado con esa barrendera, si habrá encontrado otro trabajo, se habrá cambiado de ciudad o, simplemente, tiene otro horario u otra zona donde trabajar, pero uno no ha vuelto a verla. Y uno no olvidará nunca a una preciosa barrendera de Aranjuez, la más triste que se haya encontrado, que, en todo el sopor de una calurosísima tarde de julio, limpiaba con infinita mansedumbre la plaza del Real Sitio. Uno no lo sabe, pero así, viéndola desde la distancia, parecía rumiar tiernísimos desfallecimientos del alma por causa de amor. Quizá el novio la habría dejado la tarde anterior, quizá estaba así porque no tenía novio o porque no quería al novio que tenía. ¡Cuánto dudó uno si acercarse y proponerle un paseo consolador, ajenos al mundanal ruido, por el cercano Jardín del Príncipe, entre chopos, álamos y pájaros charlatanes...!
Pero no lo hizo, claro. Esas cosas viven mejor en la imaginación. Las barrenderas. Uno, conforme va subiendo estratos en las vertiginosas alturas de la vida, se va dando cuenta de que vale más, sin duda mucho más, el amor de una barrendera que todas las ínfulas andantes e incómodas de la ostentación, el dinero, la ascensión social. ¿Qué más dará todo eso?
Las barrenderas. Uno, cuando va andando por la calle y se topa con una barrendera, procura pasar con todo cuidado, sin pisar el montoncito de suciedad trabajosamente acumulado y, si le mira, enviarle una sonrisa. Casi nunca lo hace, porque los barrenderos van a lo suyo. Antes que las camareras, tópico mito romántico-erótico auspiciado por el cine, la literatura y el american way of life, puede que sean las barrenderas las nuevas princesas perdidas por entre el sórdido maremágnum de nuestra ciudad.

jueves, 20 de enero de 2011

CARA DE TONTO

En la búsqueda diaria del tema que pueda servir para la entrada de cada día, suelen ser muy útiles las frases hechas y expresiones que, un poco sin pensarlas, se dicen y oyen en nuestro entorno. Están tan asimiladas por nuestro cerebro en forma de engrama que pocas veces nos paramos a pensar en su significado, digamos, visible, pero aún menos en su significado oculto y todavía con menos frecuencia en cambiarles los términos hasta darles por completo la vuelta. Algunas veces son expresiones breves y gráficas que explican en dos, tres, cuatro, cinco palabras toda una compleja situación del alma por la que todos, en mayor o en menor medida, hemos pasado alguna vez. Una de ellas es la expresión “cara de tonto”, sobre la que queríamos enfocar nuestras equívocas y todavía temblorosas luces.
Cuántas veces hemos escuchado y dicho aquello de “se me quedó cara de tonto”. Pongamos unos ejemplos habituales. “¿Sabes? El otro día me dejó la novia, sin más explicaciones. ¡El día anterior estábamos estupendamente! Se me quedó una cara de tonto...” O: “ayer mi feje me dijo que me echaba, así, sin más ni más. No veas qué cara de tonto se me quedó”. También: “no lo entiendo, cuando todo parecía hecho... Teníamos el partido amarrado. Menuda cara de tonto se nos ha quedado”. Uno no sabe muy bien en qué consiste, qué arquitectura de facciones -pues se supone que, siendo una expresión general, todas las caras de tonto responden a una descripción precisa o, cuanto menos, muy parecida entre los distintos individuos- tiene la cara de tonto, pero sí sabe que existe, sabe distinguirla cuando la tiene delante y, sobre todo, es perfectamente consciente cuando a uno mismo se le queda, sin comerlo ni beberlo, cara de tonto.
Pues bien, con toda la carga peyorativa e hiriente de esta expresión castellana -el idioma castellano, los castellanos, siempre se han caracterizado por llamar a las cosas por su nombre, guste o no guste, sea más políticamente correcto o incorrecto-, a uno le parece que la cara de tonto es una de las más dignas y literarias de entre el casi infinito abanico de visajes que puede ofrecer el rostro y, por lo tanto, el alma. Podríamos definir la cara de tonto como la fotografía del total desconcierto, el fotograma en que todas las dudas del hombre, todas las incertidumbres personales y generales de la existencia, toda la miseria con todas sus luces y sombras, se materializan, se nos ponen ante los ojos como un fantasma, en forma de imagen humana. En forma, en suma, que podamos comprender o, cuanto menos, empezar a poder comprender. Uno cree que la cara de tonto es nuestro estado más primitivo y puro, aquel en que, simplemente, no entendemos absolutamente nada de lo que ocurre, de lo que nos ocurre, de lo que ocurre con nosotros. La cara de tonto es -y que nadie se ofenda- nuestra cara más habitual.
Es proverbial la cara de tonto que se le quedó al jugador del Bayern de Munich Lothar Matthaus -un ganador nato que, entre otros títulos, atesora un Mundial- cuando el Manchester United remontó a su equipo con dos goles en el descuento la final de la Copa de Europa de 1999 jugada en el Camp Nou. Bien, pues uno, que tiene grabadas en la cabeza muchas imágenes de Matthaus henchido de gloria y satisfacción, celebrando cosas, bebiendo cerveza alemana y brindando con los aficionados en la plaza central de Munich, no encuentra mejor imagen de la persona, de la humanidad, de Matthaus que aquella en que se le ve, con absoluta cara de tonto, mirar con los ojos del alma perdidos en la nada la tumultuosa celebración de los felicísimos jugadores del Manchester United.
Pensándolo un poco, hay mucho de patético ver a los hombres celebrar cosas, envanecerse de lo conseguido, propalar a los cuatro vientos la victoria. Hay en la consecución de los deseos y en la alegría explosiva un algo de indigno, un mucho de fugacidad y casi nada de grandeza. Y, en cambio, la imagen de la desolación, del no saber por qué, de las bajuras del alma, del tocar fondo con los dedos temblorosos, se nos representa como la más virginal, la más consoladora en su desconsolación, de las estampas. Y la más duradera. La cara de tonto nos mueve a una tremenda comunión con los demás, con nosotros mismos. A uno le parece -llegó el momento de invertir los términos- que hay mucha más cara de tonto en la cara de listo y triunfador, que sólo es supuesta y nunca real en tanto que es, sobre todo, efímera.
Perder, sí. Continuamente está uno perdiendo, aunque esté ganando. Es seguro que estamos hechos para existir, para estar, quizá para ser felices, pero lo que en ningún caso es seguro es que estemos hechos para ganar. Porque lo que se tiene, si al principio no nos hastía, sí nos ocupa y, sobre todo, nos preocupa. Ya lo dijo Valle Inclán: “siempre hallé más bella a la majestad caída que sentada en el trono”. Empezar de cero, tocar los fondos de la nada y atisbar todo un mundo de posibilidades; detenerse un momento en nuestro paseo, bajar el mentón, mirar para el suelo y poner cara de tonto. Hay que hacerlo de vez en cuando.
Cara de tonto, la más hermosa que alguien puede poner. Quien entiende esto, no necesita que se lo explique, y a quien no lo entiende es imposible explicárselo.