viernes, 31 de diciembre de 2010

MI MOMENTO DE 2010


Jueves, 29 de abril. Un lugar de la Alcarria, en la cuneta de la carretera que va desde Valfermoso de Tajuña hacia Lupiana. Descansando, con Valfermoso de Tajuña al fondo subido sobre una loma.

Atalaya Valfermoso
con aires de capitán.

Cielo, como un velo un gozo
gustando el aire montaraz.

El camino es un reposo
corazón, color de azafrán.

En lo alto, Valfermoso
un vigía, color de pan.

jueves, 30 de diciembre de 2010

EL PARQUE DE LAS SIETE TETAS (Vallecas)


Muchas veces me lo habían dicho mis amigos, sabedores de mi afición a surcar las calles y los lugares de Madrid: “tienes que ir al parque de las Siete Tetas, la vista es impresionante. Se ve todo Madrid”. Recalcaban la palabra todo haciendo un amplio círculo con los brazos, ademán que me hacía pensar que, en verdad, la vista de Madrid desde aquel lugar debía de ser completa. El parque de las Siete Tetas adquirió en mi imaginación, pues no en otro lugar podía encontrarlo, una pátina casi mítica. Lo de siete tetas, además, me evocaba el nacimiento heroico de la más heroica y mítica de las ciudades del mundo. Una Roma desnuda y verde en Madrid, casi nada. Durante mucho tiempo emplacé en mi agenda un hueco para visitar tan sugerente lugar, buscando el momento propicio. Momentos propicios ha habido muchos, pero, por las causas que fueren —si es que el olvido puede llegar a tener una causa, que yo más bien creo que no—, en esos momentos propicios hacía cualquier cosa excepto visitar tan celebérrimo parque; celebérrimo para todos menos para mí.
Hasta el domingo pasado. El día, aunque frío, estaba hermoso, soleado como es ley que ocurra en Madrid por estas fechas. Nada más interesante se abría a mi tiempo ocioso como coger un libro y la cámara de fotos, tomar el metro —línea 1— y recorrer las galerías de la ciudad casi de cabo a rabo, hasta llegar a Portazgo, estación más cercana al Cerro del Tío Pío, que así se llama oficialmente el parque. Un nombre barojiano para un emplazamiento barojiano. Lo que allí me encontré fue también una vista eminentemente barojiana de Madrid, la más barojiana que uno puede encontrarse. Un personaje de Baroja estaría aquí como un tullido en un cuadro del último Goya: en su paisaje.
Un personaje de Baroja pero, también, los pinos, los chopos, los álamos, los mirlos, las alondras, los niños correteadores, el chico legañoso y resacoso que saca al perro, el jubilado que, chandal en ristre, sube trabajosamente las cuestas, la pareja enamorada que contempla el ocaso en la cumbre de una de las lomas. Todo eso se encuentra en el parque de las Siete Tetas en su paisaje. Mejor dicho, todo eso forma parte de él, como debe ocurrir en los parques urbanos, que estarían huérfanos, tristes y sombríos sin ese ingrediente humano que es su razón de ser.
Dicen que el Cerro del Tío Pío era antes un vertedero. El que ahora sea un luminoso parque le hace a uno recobrar la fe en la humanidad y, por tanto, en sí mismo. Porque un hombre es siempre el hombre en general, y viceversa. Ahí está el Parque de las Siete Tetas para que vayamos, para que lo disfrutemos, para que, en una tarde invernal antes de salir de juerga por la noche, miremos con amor y desafiadoramente a Madrid, como Rastignac se encaró a París desde el cementerio del Pere Lachaise en la escena final de El tío Goriot. Por una vez, tendremos a Madrid rendido a nuestros pies. ¿Quién quiere perdérselo?
***
El parque de las Siete Tetas no está muy lejos del estadio Teresa Rivero. Una vez que se sale del metro de Portazgo, la manera más rápida de llegar es a través de la calle Josefa Díaz, desde donde, una vez enfilada, pronto vemos allá al fondo una loma verde y pelada, sin un sólo árbol, redonda y suave como un bizcocho. El barrio, humilde, obrero, acogedor en una mañana soleada de domingo, envuelve a la loma, no sabemos si abrazándola o estrangulándola.
Se accede al parque a través de un caminito de ladrillo que corre al lado de la tapia del Centro de Recuperación de Minusválidos Físicos del Imserso. El caminito es en franca subida, hasta que llegamos a un rellano que a la vez es cruce de caminos, y desde donde ya se ven dos o tres lomas más de las siete que tiene el parque. Le invade a uno un entusiasmo repentino e infantil; tiene ganas de corretear como un gamo, subirse a todas las lomas de una vez, hacer ya mismo todas las fotos posibles desde todos los ángulos. La inercia le lleva a subirse, no sin trabajo, a la primera loma que encuentra, a la primera que vio. Conforme va subiendo, la vista va tomando cuerpo, y la primera panorámica de Madrid se abre ante nuestros alucinados ojos. Uno toma aire, ensancha el pecho, oxigena el cerebro y mira en torno.
A la izquierda, según miramos, está el sur, y a la derecha, lógicamente, el norte. Una fina neblina, la típica vagarosa gasa invernal, vela ligeramente el perfil de los edificios más lejanos. Sin embargo, el día es claro, y se ven nítidamente, si es que uno quiere fijarse, muchos detalles: el Museo Reina Sofía de Atocha, con sus ventanitas pequeñas y cuadradas; la cúpula de la Catedral de la Almudena, allá al fondo, como Finisterre de Madrid; los inconfundibles edificios de la plaza de España, blancos y macizos; los árboles del Retiro, que asoman tímidamente sus copas. El caserío de Madrid es plano, alargado y apiñado, y tiene un color como de hoja de árbol muerta. El abigarramiento le hace a uno considerar las millones de vidas que se retuercen, como larvas en formación, en su seno. A uno, siempre que ve una panorámica así, le entra una pena “de no saber por qué”. Quizá sea el desasosiego que produce el querer aprehender todos esos edificios que casi no se distinguen unos de otros, todas esas vidas desconocidas, y no poder ni siquiera acercarse.
Una vez tranquilizado y acostumbrado a tan colosal visión, uno se fija un poco más en el parque en donde está y al que no ha dedicado mucha atención. Uno está absorto, meditabundo, empapándose del ambiente.
—¿En qué piensas? —dice la acompañante.
—En nada. ¿Tú nunca piensas en nada?
—¡Pues no!
Allá abajo, por uno de los caminitos que corren a través de las vaguadas entre las lomas, un adolescente pasea al perro. Se cruza con una anciana que lleva de la mano a su nieta. Disfrutan de la mañana de domingo, cada uno a su manera. La niña tira de la anciana, que no puede seguir el ritmo. Un grupo de gorriones vuela a posarse sobre una de las peladas ramas de un chopo, y una nubecilla alargada y brillante, algo así como congelada, pasa rozando el blanco y tibio sol del invierno.
—Mira, aquellas tetas de allí son más altas, seguro que se ve todo mejor —dice ella, señalando hacia la derecha. En efecto, el parque, que es grande, tiene dos o tres lomas más altas que en la que, llevado de su ímpetu, uno se ha subido por primera vez. Allá vamos. Bajamos hasta una mesetilla —que es como el ágora del parque— en donde hay un monumento, varios bancos y un mirador a donde se asoma una pareja que ha salido a dar una vuelta con sus bicicletas. Ambos miran la panorámica de Madrid, sin poder quitar la vista de la anchurosa ciudad. De vez en cuando se miran y se sonríen, y luego vuelven a mirar hacia el infinito. La estampa, seamos sinceros, nos da envidia, y uno, para desquitarse, empieza a maquinar algo. Mira de soslayo a su acompañante, con quien tenía ganas de quedar desde hacía un tiempo, y se sonríe. “Me parece que es ahora o nunca”, se dice.
Unos ancianos, abrigados hasta por encima de la nariz, ataviados con guantes, gorro y abrigo de montaña, toman el sol de domingo sentados en un banco. Llevan gafas de sol, y uno no sabe si le miran a él, si miran a Madrid o, más probablemente, miran a su acompañante. Parece que llevan ahí desde primera hora de la mañana. Un matrimonio joven, entre tibias y desgastadas carantoñas, vigila a los hijos, que juegan al fútbol con el balón que, seguramente, les regaló Papá Noel. El mayor de los niños, con evidente mala uva, chuta fuerte contra su padre, que en ese momento está desprevenido. El disparo, que es una bala, va directo a la nuca del jefe de familia. El impacto es brutal, y el niño, que al principio ríe de su fechoría, va trocando su semblante en otro de susto y, al final, de tristeza y arrepentimiento. El padre se ha enfadado y ha suspendido la salida matinal. La familia se va a casa y uno se pone a considerar en lo desafortunado de algunas acciones, que arruinan un día que iba a ser feliz y que, por un sólo segundo en que no medimos las consecuencias, convierten la jornada memorable y soleada en horas de aburrimiento y reflexión.
Continuamos hacia nuestro requerido destino, que es la loma más alta del parque, y a la que subimos no sin cierto trabajo. Uno, que al principio quería mantener la compostura, no puede evitar jadear más de la cuenta cuando abraza, al fin, el Everest del parque de las Siete Tetas. La acompañante, seguramente más inteligente que el esforzado y deportista —también, a veces, vanidoso— varón que esto escribe, se ha tomado la cosa a su ritmo y, más lentamente pero sin agonías, va subiendo hacia la cumbre. Uno, ya desde arriba, la mira subir; va a su aire, con la color de la cara encendida y una leve sonrisa pintada en el rostro de modelo; va con cuidado de no resbalar en la fresca hierba, que está blanda y algo húmeda, aunque en algunas zonas presenta calvas de color ocre que afean, siquiera un poco, la inmaculada y verdísima redondez de la teta.
—Venga, vamos, vas a alucinar cuando llegues arriba.
—¡Estas botas no son para esto!
—¡No te quejes!
Uno espera a su acompañante regodeándose en el momento. No sabe si mirar de una vez la panorámica, que por aquello de que lo que se espera se disfruta con más deleite ha demorado la visión detallada, o a la acompañante, que se dirige hacia uno, con el sol a la espalda y una sonrisa inocente, mirando la ciudad. En primer plano está la Colonia de los taxistas, barrio obrero y populoso, y más allá el abigarrado caserío, que se extiende, de norte a sur y de este a oeste, hasta donde abarca la vista. Lo mejor de la panorámica está mirando hacia la derecha, esto es, hacia el norte. El perfil de la sierra de Guadarrama, con nieve en las cumbres, se dibuja sobre el cielo velazqueño. Se puede seguir con facilidad, por los rascacielos, el recorrido de la Castellana: Torre Europa, el edificio del BBVA, el antiguo Windsor —ahora en obras, será parte de El Corte Inglés—, la Torre Piccaso, blanca y alta como un tótem de marfil, las torres KIO y, ya al final, la silueta de las Cuatro Torres, que da empaque al skyline de la ciudad de Madrid. A uno le parece que la capital de España merecía tener un perfil como Dios manda, al estilo de otras grandes capitales mundiales, y la verdad es que las Cuatro Torres han contribuido a ello. Entre medias de las Cuatro Torres se cuela, desde nuestra posición, el Pirulí, que parece un OVNI posado sobre una picota.
El cielo está límpido, con una luminosidad que casi daña la vista y que hace fruncir el ceño. Uno se fija en un tren de Cercanías que está pasando por Méndez Álvaro, cuyo complejo comercial y de oficinas, con edificios modernos y acristalados, se destaca del entorno, más bien humilde. El sol espejea en uno de los edificios, y más allá, hacia el sur, el horizonte se difumina en una extraña neblina. Lo último que se ve con cierta nitidez, allende Orcasitas y Villaverde Bajo, es el Cerro de los Ángeles.
—Yo no sé tú Sebastian, pero yo me voy a sentar.
Uno llevaba esperando este momento mucho tiempo. Uno, claro es, se sienta también, pero no al instante, sino que deja pasar unos segundos que son el preludio del gran momento. A uno le parece que estas cosas se disfrutan más y salen mejor si dejamos que el tiempo siga con su compás sin interferir en él con nuestras ansias, que todo lo estropean. Uno, en suma, cree que lo mejor del amor está en los prolegómenos y no en su mero discurso, y que lo que no se tiene posee la impronta de lo imperecedero. La acompañante se sienta cruzando las piernas. Parece una mariposa blanca y juguetona.
—¡Hasta hace calor y todo! ¿No te sientas?
Con el ejercicio, la panorámica y la presencia de su acompañante, que todo lo eclipsa, uno no se había dado cuenta de que estaba sudando. En efecto, el sol, aunque invernal, pega de plano y puede decirse que hace calor. Un mirlo negro avanza dando saltitos, con cierta precaución ante nuestra presencia, hacia un cuscurro de pan que alguien dejó tirado en la hierba. Lo coge con el pico, nos mira como orgulloso de habernos quitado lo que quizá también nosotros buscábamos, y sale volando haciendo arabescos hacia una rama de un árbol cercano.
A nuestra espalda, nada más bajar la loma, está la calle Ramón Pérez de Ayala, famoso escritor. A la derecha hay otra teta más, la última, pero es más baja que en la que estamos. No merece la pena moverse. Un poco más allá, detrás de unos pinos, termina el parque y comienzan de nuevo los edificios. Uno se pone a imaginar cómo sería Madrid antes de que fuera ciudad. Según ha leído, Madrid era una campiña de abundantes y saludables aguas, con sus encinas, sus arbustos, su ganado, sus suaves colinas y sus vaguadas, por donde corrían, entre otros, el Abroñigal, ahora la M-30, el viaje de agua de la Castellana o el arroyo de San Pedro, hoy calle de Segovia. En estas ensoñaciones históricas está uno cuando se da cuenta de que su acompañante se ha tumbado en el verde. La estampa, como salida de un cuadro de Durand, es tremendamente tentadora.
—Lo que se come en estos días no tiene que ser bueno. Tengo la tripa que parece una caja de truenos —dice ella, mientra se palpa el bandujo. No sabemos si lo hace a propósito o no, pero se sube la camiseta, dejando ver el ombligo. Uno empieza a ponerse nervioso.
—Pues yo tengo hambre. ¿Y si comemos?
Abajo, un perro grande y juguetón da saltos alrededor de una niña, que va acompañada del abuelo, y la olisquea. El perro, que mueve el rabo y está muy contento, quiere jugar, pero eso la niña no lo sabe y rompe a llorar. El perro es más grande que ella y le da miedo. El abuelo intenta calmarla.
—¡Pero, hija! No llores, si sólo quiere jugar...
La niña no atiende a razones y se esconde detrás del anciano, llorando a moco tendido. Mientras, uno se decide y se tumba también, posando el oído en la tripa de su acompañante. Se escucha el funcionamiento de la maquinaria intestinal, que estos días navideños ha trabajado más de lo habitual.
—¡Cómo suena!
—Ya. Si es que me duele.
Uno cree, sinceramente, que ha llegado el momento, que la cosa no debe alargarse mucho más, bajo peligro de que se enfríe, gangrene y haya que extirpar, echándolo todo a perder. Acaricia amorosamente el liso y suave estómago de la acompañante y, como quien va a tirarse desde las alturas haciendo puenting, cierra lo ojos, se decide, y que sea lo que Dios quiera. El forcejeo es breve, la verdad es que casi ni le di tiempo a reaccionar...
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Comiendo en una cercana taberna de albañiles, donde nos sirven con extrema amabilidad una abundante, sustanciosa y económica vianda compuesta de judías con jamón y chorizo, salmón a la plancha con patatas fritas y ensalada y pudding con una pella de nata y caramelo por encima, le pregunto a mi acompañante:
—Qué, ¿ya no te duele la tripa?
—No, ya no. Ja, ja, ja...

domingo, 26 de diciembre de 2010

EL PARQUE DE LAS SIETE TETAS (O Cerro del Tío Pío)


Quisiera uno que este fuera el blog de Madrid. Pretensión excesiva y presuntuosa, pues Madrid es ciudad con magnitud y aliento suficiente para alimentar no un blog, sino cientos, miles, millones, tantos como habitantes vivimos en ella. Nos conformamos, por tanto, con que este sea un blog de Madrid, uno más entre los muchos que se ocupan, si quiera en parte o tangencialmente, de lo que podríamos llamar la "sustancia" de Madrid, esa por la que Madrid es lo que es y por lo que, en definitiva, cualquier ciudad —pues no hay, no puede haberlas, dos ciudades iguales— es lo que es. Reniega uno cada vez más de las comparaciones que se usan cuando alguien de Madrid, por ejemplo, visita Barcelona, o viceversa. En seguida, casi involuntariamente, surge la confrontación, a veces no tanto por el visitante sino por los escuchadores del relato del visitante en cuestión. Dejemos a cada ciudad con lo suyo, olvidemos si esta es peor o mejor que aquella, que las ciudades, además y aunque no lo parezca, tienen sus corazoncito y su sensibilidad, su poso de amargura cuando echamos pestes de ella y su sonrisa blanca y radiante —incluso su vanidad— cuando ponderamos sus gracias. A uno, que ama Madrid, le parece que su ciudad bella y enamorada se sonroja como una colegiala cuando hablamos a alguien de lo bonita que es de noche, de lo limpio y claro que es su cielo, de lo líricos y emocionantes que son sus atardeceres desde la Montaña de Príncipe Pío, de la sensación de expansión y sorda melancolía que siente cuando pasea la Gran Vía.
Tanto y tan bueno se ha escrito sobre Madrid que a uno casi le da vergüenza ponerse a hacer la crónica diaria, literaria, de la ciudad. Pero, ¿qué otra cosa podría hacer? ¿Qué otra cosa sino intentar compartir algo de lo que siente hacia sus calles, sus gentes, sus leyendas, sus escritores, sus amaneceres, sus incomodidades incluso? ¿Qué otra cosa sino hacer comparecer al lugar en donde vive, el escenario donde sus días, con mayor o menor fortuna, van pasando? Más bien diría uno que uno ve pasar Madrid, y no al revés. Lo que después hace intentando darle forma literaria no es más que amontonar y ordenar los materiales que la ciudad, en su infinita generosidad para con nosotros, nos ofrece día tras día. Decía Balzac que el novelista debía vivir en los pueblos porque allí podía ver más claros todos los tipos humanos (el avaro, el vanidoso, el romántico, etc.). Puede que sea cierto, pero uno ve más orden en la revuelta y zumbadora colmena de las grandes ciudades, donde todo, aunque en apariencia caótico, se ordena por sí solo, de una manera natural. Ve más orden y, por supuesto, más encanto.
La mejor frase que uno ha leído sobre Madrid proviene de la infatigable pluma de Ramón Gómez de la Serna. Dice así: "Madrid es meterse las manos en los bolsillos como nadie en el mundo". ¡Ah, que concentración de lo que es Madrid en trece palabras! ¿Cabe más Madrid, más sustancia de Madrid, que en esta confesión de lo que un madrileño de pro hace de su querida ciudad? Decir que Madrid es meterse las manos en los bolsillos como nadie en el mundo es igual que jurar amor eterno a nuestra enamorada, no con palabras explícitas de amor, que esas nadie se las cree —ni el que las dice ni el que las recibe—, sino con la manera de pedir al camarero un refresco para ella, por ejemplo. Esas cosas siempre se notan. Si usted, querido lector, nota que su pareja pide al camarero un refresco para usted como es debido, es que le quiere. No hay error posible. Porque lo piensa uno y es verdad, nada podría añadir: nadie en el mundo se mete las manos en los bolsillos como los madrileños, y quien diga lo contrario miente. Uno, después de ver a un madrileño meterse las manos en los bolsillos, duda incluso de que en otras partes del mundo tengan el atrevimiento de hacerlo.
Pero Madrid, claro, es mucho más. Ya lo contó todo Ramón, y tantos otros, de los que uno querría recoger siquiera un pequeñísimo legado y transformarlo en su visión, en su glosa, de Madrid. Ya lo ha venido haciendo últimamente y aún antes, mucho antes. Uno cree que no ha escrito de otra cosa que de Madrid. Cuando ha escrito sobre otra ciudad, lo ha echo pensando en Madrid; cuando ha escrito sobre una chica, lo ha hecho imaginándola en Madrid, con Madrid; cuando ha escrito sobre sí mismo —cosa a lo que cada vez es más remiso— lo ha hecho sintiéndose en Madrid.
Nuestra intención no es otra que ir desgranando, en la medida de nuestras posibilidades, la vida —y las consiguientes muertes— de Madrid. Hacer, o, mejor, ir haciendo, un retrato galdosiano, celiano, umbraliano, barojiano, larraniano, carreriano, de la ciudad. Incluso esporádicamente uno irá salpicando Madrid con los humildes personajes salidos de su pluma, de los que uno mismo también tomará parte, como no podría ser de otra forma.
Empezaremos —o, mejor dicho, continuaremos, porque, como hemos dicho, esto mismo ya se ha venido haciendo— con el Cerro del Tío Pío, llamado Parque de las Siete Tetas, en Vallecas, y desde donde se pueden disfrutar de las mejores vistas de la ciudad. Pero eso ya será otro día, que hoy ya es tarde y Madrid merece que se hable de ella con nuestras facultades en la mejor disposición.

jueves, 23 de diciembre de 2010

LOS ANUNCIOS DE PERFUMES

Estamos últimamentes muy anunciadores, no tenemos otra que reconocerlo. El último día hablamos sobre un anuncio -el de la novia de Madrid- y hoy hacemos lo propio. Pero que no se nos eche la culpa ni se crea que agotamos nuestro repertorio. Si así fuera, lo intentaríamos disimular de otra forma, hablando, por ejemplo, de algún tema intemporal y general: el amor, el otoño que se fue, Mourinho y Guardiola, etc. No se nos eche la culpa, repito, pues no hacemos más que seguir el implacable curso de los días, y en estos días lo que hay, sobre todo, son anuncios. Anuncios por todas partes y a todas horas. Anuncios por televisión, en internet, en el móvil, en las canchas de baloncesto, en las marquesinas de autobuses, en los edificios de la Gran Vía... Es cierto que todo el año es así, pero es ahora cuando los anuncios toman su sentido más radical. El anuncio como factoría de dinero... y de sueños. Sí, de sueños. El anuncio es una cosa lírica, mucho más que las películas que ahora se estilan y tanto como una buena novela o un poema. Los anuncios marcan el pulso de nuestra vida, y, viendo una grabación, podemos saber en qué época del año se emitió lo que estamos viendo. Hay anuncios de verano, los más frívolos, y anuncios de septiembre, los más tristes; hay anuncios que proclaman la primavera y otros que nos recuerdan la Semana Santa. Hay, sobre todo, anuncios vulgares, los de todos los días, que podríamos llamar “anuncios laborables”, entre los que de vez en cuando se cuela alguna joya. Hay, por supuesto, anuncios navideños. Y hemos de reconocer que los anunciantes guardan lo mejor de su repertorio para esta época del año, conscientes de que ahora se juegan buena parte del presupuesto y la reputación.
El anuncio es lírico. Todo, como en todo, está en la calidad del anuncio. La mayoría son malos y los hay incluso de mal gusto o que nos hacen sentir vergüenza ajena por quien ha hecho el anuncio o por los actores, que se han visto arrastrados a hacer tal esperpento y en los que incluso se puede ver el bochorno en la cara, imposible de disimular por más tomas que se hicieran. Los hay, muy pocos, que son verdaderas obras maestras, poemas de pantalla que nos cuentan pequeñísimas historias en medio minuto. En cuatro imágenes nos dicen mucho más de lo que cabe en cuatro imágenes. Esta clase superior de anuncio no abunda, pero los hay. Todos tenemos en mente alguno, ya sea actual o pasado. “¿Te acuerdas del anuncio de...?”
Hay, digamos, un gremio del anuncio en el que la proporción de pequeñas obras maestras roza la totalidad: el de perfumes. Parecería que en todo el año no se compran perfumes, pues es ahora cuando se nos vienen todos de sopetón, como un tsunami de olores imaginarios y de colores de sueño: morados, añiles, rojos pasión, dorados, blancos, magentas. La verdad es que la estructura no suele ser muy original. Normalmente hay un hombre guapo y musculado y una chica preciosa, y no hay diálogos o, si los hay -siempre dichos como entre dientes o de forma apasionada para que no se entiendan bien- son en francés o en inglés. Es usual que la cámara gire a toda velocidad en torno al modelo o los modelos, acompañada de una música que la mayoría de las veces es excelente y que, junto con el cromatismo del entorno y la belleza del cuerpo y la cara contemplados, es la base del lirismo, del impacto del anuncio. Al final, junto con el nombre y marca del perfume -dichos en un sensual francés o en un inglés poderoso- suele haber una frase certera y más o menos poética que es sabido llegará al inconsciente del espectador y que le deja como en suspenso, con la boca abierta, en estado de alucinación. Muchas veces hay una pequeña historia de amor apenas insinuada, en las que se callan u ocultan muchas más cosas de las que se enseñan. Somos nosotros los que debemos poner, imaginar, lo que falta o que creemos que falta. ¡Qué gran regalo para nuestros sentidos y nuestro cerebro, que entre el páramo de la publicidad meramente consumista y prosaica encuentran estos oasis de belleza plástica y sentimental!
Hemos de reconocer que a nosotros nos encantan estos anuncios. Son, podemos aventurarlo, lo mejor de la Navidad. Pasada ésta, no echamos en falta más que esos anuncios casi ininterrumpidos en los que salen desdeñadas princesas y hercúleos héroes. ¿Dónde quedan después esas músicas inencontrables, esos torbellinos de sedas y terciopelos, esos labios encendidos en pasión frutal, esos rostros de nácar donde estampar el beso definitivo? Nada, ya hay que esperar, con todo nuestro pesar, al diciembre siguiente. La época festiva del anuncio se termina, y vuelven los de fascículos, enemas intestinales y seguros de coches. O sea, adiós al raudal de poesía televisiva.
Es en cierto modo natural que la creatividad publicitaria haya encontrado su máximo exponente en los anuncios de perfumes. Todos sabemos que el olfato es el sentido, junto al oído, que más cosas nos evoca. Es el sentido más lírico, el que con más facilidad nos retrotrae a épocas pasadas, a momentos eternos, a días en los que nuestro yo más profundo se queda algo así como envarado en las misteriosas aguas del recuerdo no recordado. Ahora, además, los anunciantes envuelven ese olor -que no conocemos- en bellas imágenes y sugerentes melodías, para nuestro gozo y disfrute. También para que compremos, claro, pero así hasta da gusto comprar.
Sí, hemos de reconocerlo. A veces, en esta época del año, en tardes excesivamente quietas y melancólicas, cuando la lluvia percute en la ventana y en nuestra alma; cuando, allá afuera, la oscuridad se espesa irremisiblemente; cuando nadie nos llama ni tenemos con quién hablar, encendemos la tele con la esperanza no der ver algo interesante, un programa, una serie, una película, un partido de baloncesto. Nada de eso. Lo que queremos ver, sentir, soñar, es un anuncio. Un buen anuncio de perfume.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

...

El día estaba agotado pero, antes de irse a dormir, aún buscaba algo que le diera sentido...

No ha dejado de llover en todo el día. Sigue haciéndolo. Se escucha el repiqueteo de la lluvia contra el cristal. Es uno de los sonidos más intraquilizadores que existen, sólo comparable al de un niño llorando en un lugar público. El día, un día de absoluta soledad, ha avanzado gris, lento y doloroso. Llevaba mucho tiempo sin desazonarme por un día así. La soledad ha sido en los últimos tiempos una bendición más que un sufrimiento. Lo que más podía desear era toda una tarde por delante para leer bajo una luz pálida y amarilla y con la ventana cerrada a cal y canto. Ha sido un otoño disfrutado en su tranquilidad, en su sosiego. Hoy podría haber sido una de esas tardes, pero no. He leído un rato pero he sido incapaz de seguir, y eso que el libro -Nuevas andanzas y desventuras del Lazarillo de Tormes, de Cela- me está gustando. Pero he tenido que levantarme, mirar por la ventana y, ya que no por la calle, pues llovía, dar una vuelta por la casa, donde no había nadie, y que era un concierto de húmedos crujidos. La hora de la cena estaba lejos aún y en torno mía se ha abierto un hueco tan inmenso que sólo el final de esta jornada podrá cerrar. Lo peor es que me he sorprendido en el Facebook esperando a que llegara alguien con quien hablar. Luego he querido escribir algo, no sabía qué. ¡Qué horror! ¿Qué ha sido hoy? Nada, no ha sido nada. Ni siquiera esto que estoy escribiendo es algo. Un mirlo y un jardín imaginados, algún vídeo de baloncesto que he visto en internet, es lo único que ha sido algo hoy. Eso, y que la chica de la tahona me ha preguntado si sigo siendo pobre. Al principio no sabía a qué se refería, luego me he dado cuenta de que se refería a la lotería. Es la primera pregunta un poco personal que me hace en todo este tiempo, desde que compro en su tahona. No, pensándolo mejor no es una pregunta nada personal. Todo el mundo pregunta lo mismo el día de la lotería, qué coño. Pero sí que es necesario que, para preguntarlo, el interlocutor se haya inmiscuido, aunque sea un poco, en la rutina del que pregunta. También he estado releyendo partes del diario de años anteriores, y me he dado cuenta de que estos días anteriores a Nochebuena siempre son tristes y grises. Parece claro que hay épocas, días, más propicios para nosotros que otros, y que en general el esquema, la trayectoria, se cumple año a año. Es cierto. Tirando de archivo, parece claro que después del 19 de diciembre y hasta el 25 o 26 hay unos días de depresión general en mi mente y organismo. Léase, si no, lo que escribí en el diario hace exactamente un año:

"Todo esto es muy triste. Anochece en el día más corto del año, el cielo está nublado y la nieve sigue arropando los parques de la ciudad. Estoy sin ganas de leer, mejor dicho sin el sosiego necesario para leer, viendo un partido amistoso del Barça en no sé dónde. Fuera hace un frío horrible que se siente a través de la ventana, lo cual elimina la posibilidad de un paseo tranquilizador. El aburrimiento es mortal. Lo de “mortal” no es una exageración, ni una palabra de cara a la galería, ni una frase hecha. El aburrimiento, más que otra cosa, puede matar, de hecho mata más de lo que imaginamos. El aburrimiento es la primera causa de muerte en el mundo."

Será la entrada del invierno, que el cambio de estación produce chirridos en el planeta, en el devenir de las cosas, que nos afectan, yo qué sé. Habrá que pasar estos días, pues, y esperar a que lleguen otros mejores. Empezando por mañana.

martes, 21 de diciembre de 2010

LA NOVIA DE MADRID

Sí, ya sabemos que ayer ya escribimos sobre novias -sobre novias de autobús, se recordará- y que hacerlo de nuevo hoy es una redundancia en la que el pretenso escritor debe intentar no caer so peligro de agotar los temas, que es lo mismo que agotarse a sí mismo. Somos conscientes de ello y prometemos que teníamos pensado escribir de otras cosas, de las cosas de Madrid o de las de uno, que es de lo poco que uno sabe escribir. No sabemos si nuestras cosas -las cosas que le interesan a uno- son muchas o pocas, buenas o malas, interesantes o tediosas; de lo que sí estamos seguros es que, a día de hoy, más nos vale escribir sobre aquello que sentimos como un íntimo temblor, sobre aquello que, a lo mejor insospechadamente, nos toca la fibra, que entonces y sólo entonces empieza a vibrar. Esa vibración es el combustible que pone en marcha la escritura más o menos literaria, y de ese reducto, de ese jardín florido, no quisiéramos salir nunca. Ah, las novias (¿Hay algún tema más inagotable que este?); la novia que tenemos y la que no; la novia que quisiéramos tener y sabemos que nunca tendremos o la que, por el contrario, albergamos alguna esperanza, a lo mejor infundada, de poseer; luego -y de ellas habla esta prosa- están las novias comunes, las “novias de España” que se decía antes, que siempre son famosas, claro está. Antes eran cantantes de copla y actrices, ahora la cosa va por otros derroteros. Pero la novia común sigue existiendo, y si no de la novia de España, que eso ya en estos reinos de Taifas ya no se lo traga nadie, sí quisiéramos hablar de la nueva y flamante novia de Madrid.
La nueva novia de Madrid es rusa, se llama Irina Shayk, tiene 24 años, es modelo y es conocida por ser, además, la novia de Cristiano Ronaldo. La podemos ver allá donde vayamos en esta ciudad y, aunque no nos hemos hemos asomado últimamente por otros lugares de España, sospechamos que su presencia allende Madrid es tan abundante y abrumadora como en la capital. Cada dos pasos nos la encontramos en las marquesinas de autobuses, que es su lugar preferido, como los campanarios de las iglesias lo son de las cigüenas para hacer sus nidos. Anuncia ropa interior de la marca Intimissimi, o mejor sería decir que anuncia la marca en sí, que es de ropa interior. Poco importa, porque la estampa es colosal. Irina luce un conjunto rojo pasión, creemos que de encaje, y está apoyada, entre voluptuosa, fatigada y desdeñosa, en una pared blanquísima, como la camiseta del equipo de su novio. Tiene la boca -una boca gorda y hermosa- entreabierta, y los ojos azulísimos miran al espectador con una desafiadora actitud que a más de uno hará palidecer. Sobre el blanco brillante de la pared resalta su piel como un sol atardecido, una piel bronceada que parece mentira pueda venir de tierras rusas. El pelo, castaño y suelto, casi podemos olerlo. Huele a bizcochos y a fruta, que diría aquel. De sus curvas, de su vientre suave, de sus hombros airosos, de su pecho apenas escondido bajo el sujetador, mejor será no decir nada, tal perturbación nos provoca. El Photoshop no se nota por ninguna parte, y además creemos -aún a sabiendas de que ha sido utilizado- que tal herramienta afea más que mejora a esta criatura. Uno cree, o sospecha, que Irina está mejor al natural, nada más levantarse por ejemplo, que adobada con los falsos brillos del ordenador.
Irina Shayk es tema de conversación en los cenáculos masculinos. Ha causado sensación. Allá donde uno va escucha la cantinela de: “¿habéis visto el anuncio de Intimissimi?” (Generalmente el nombre de la marca es pronunciado de formas varias y pintorescas.) Es, oficialmente, la nueva novia de Madrid, y por pleno derecho. Simplemente, no se puede pasar por su lado sin mirarla. Pero sólo un momento. Podría pensarse que, por ser una fotografía, no nos daría vergüenza, no apartaríamos la mirada. No es el caso. Tampoco a ella podemos aguantarla la mirada mucho tiempo. Es demasiado.
Uno se pregunta a menudo cómo será la convivencia diaria de estas parejas tan famosas, tan guapas, tan perfectas. Uno se pregunta, sobre todo, qué se sentirá siendo el novio de la novia de Madrid. No sabemos si regirán entre ellos las mismas reglas tácitas o explícitamente convenidas que en las parejas comunes. Es un mundo tan inaprensible y lejano que sólo podemos imaginar, como sólo podemos imaginar, con gran esfuerzo para nuestro estrecho cerebro, los eventos del cosmos. Y aunque no podemos saber lo que es realmente esa pareja, sí podemos saber lo que no es. Igual ocurre con el universo: ignoramos realmente lo que es una estrella o un púlsar, pero de lo que estamos seguros es de que no pueden albergar vida, por ejemplo. De igual modo, sabemos que Irina y Cristiano nunca podrán disfrutar de un paseo tranquilo al atardecer por la plaza de Oriente. Ya es paradójico y tremedamente injusto que la novia de Madrid no pueda andar tranquilamente por los lugares más emblemáticos de su ciudad. Pero la vida es así, y al Rey tampoco le veremos haciendo la compra en El Corte Inglés, la empresa por antonomasia del país en el que reina.
Uno está por asegurar que Irina Shayk es la mejor novia que Madrid ha tenido últimamente. Es, a uno se lo parece, la más guapa de todas. No sabemos lo que durará, suponemos que lo que se tarde en quitar el anuncio, o sea, después de las Navidades. Será una gran pérdida, y ni siquiera es seguro que Madrid tenga en seguida otra novia. Las ciudades, entonces, son como las personas, tienen sus mismos mecanismos internos, sentimentales. Eso ya lo sabíamos, pero cosas como esta nos ayudan a refrescar la memoria.
Irina Shayk, la novia de Madrid, nos provoca, y esto no podemos esconderlo, una honda tristeza, como nos la provoca toda belleza femenina excesiva. ¿Puede ser la belleza excesiva? Sí, puede serlo, y ahí está el drama, el gran drama del ser humano, la melancolía de las melancolías. Uno cree que, para ciertas naturalezas, la belleza femenina es algo con lo que no se puede convivir. Es difícil convivir con Irina, pero será aún peor cuando nos deje. Descansaremos, sí, pero entonces, a falta de su portensosa imagen repetida casi infinitamente por las calles de Madrid, sólo podremos preguntarnos: “¿cómo será Irina, la ex novia de nuestra ciudad, nada más levantarse?”
Habrá que preguntarle a Cristiano.

lunes, 20 de diciembre de 2010

ELEGÍA DE LA NOVIA DE AUTOBÚS

Desde hace poco más o menos dos meses he tomado la costumbre de ir andando a mi trabajo. El balance es, se mire por donde se mire, tremendamente positivo. Antes cogía el metro, y paseo hasta la estación, esperas en andenes y transbordo incluido, el trayecto no duraba nunca menos de media hora. Lo normal, 35 minutos, a veces más, la mayoría, a veces menos, si todo iba rodado. Con las lentejas y la tortilla de patata deglutidas en la comida como único combustible nunca tardo más de 40 minutos y, a veces, si estoy especialmente inspirado, 37 o 38. La diferencia de tiempo con respecto al transporte público es tan escasa y los réditos que me proporciona esta saludable costumbre tan evidentes que estoy por decir que ha sido una de las mejores decisiones de mi vida, al menos en los últimos tiempos. Es más barato, desde luego, pero sobre todo llega uno al trabajo con otra cara, repleto de energía, cuando antes, tras haber forcejeado titánicamente en las angostas galerías del metro, empezaba a trabajar ya jadeante y derrotado. Me parece una conclusión empírica el que uno, simplemente, sonríe más desde que va andando a trabajar. Y uno, claro, está más guapo.
El que no crea esto que digo que haga la prueba, siempre que sea posible. Entre las características primordiales de esta nuestra sociedad está el tener que elegir entre dos medios de transporte: público o privado; metro y autobuses o coche. No hay más. Lo que la mayoría de la gente no sabe es que andar es público y privado a la vez. Contiene lo mejor de cada repertorio y no tiene nada de lo malo de cada uno, salvo para los rematadamente vagos. No hay mejor manera de entreverarse con la gente y, a la vez, es un formidable reducto para el alma. Por no hablar de los beneficios para la salud, de la que nos acordamos sólo cuando nos conviene. Sí, es cierto, ya sé lo que estará pensando más de uno: no habrá oportunidad de encontrarnos con esos ojos bellos y cansados que, de vez en vez, la fortuna se complace es ponernos en el camino en un vagón de metro o en el asiento de enfrente de un autobús de la EMT. Pero me parece que tal sacrificio merece la pena, aunque sea con el más grande del dolor de nuestros corazones. Decimos adiós a la muchacha soñada y soñadora del transporte público, a esa novia de nuestros pensamientos que jamás decepcionará a nuestro ingenuo y, todavía, sutil sentimiento. Se acabaron las amantes eternas de un día, que a fuerza de breves y evanescentes son para siempre. Son, añadiría, las únicas que son para siempre. Ahora, con esta renuncia voluntaria al transporte público, “la novia de autobús” -que así podríamos bautizarla- adquiere una pátina casi mítica. Conseguimos, así, que todas las novias de autobús que cada uno se haya ido encontrando según su fortuna se fundan en una sola y formen, con ese conglomerado amatorio, la deidad del amor pasajero.
Hacemos, con esta renuncia, una renuncia de la renuncia. Porque la esencia, la cualidad básica de la novia de autobús es precisamente eso: que estamos obligados a renunciar a ella. En el momento que intentemos hablarla, que traspasemos el umbral de la mirada inquisitiva y encendida, la novia de autobús se convertirá en otra cosa. Se convertirá en una pieza más del catálogo de los amores frustrados, de los que estamos ya tan saturados. No queremos, no queremos cometer tal aberración. Que la novia de autobús se quede como está. Renunciar es la clave. Y con esta renuncia de la renucia aspiramos a llegar al amor puro, como lo quería Rilke. El amor no contaminado por nuestras pasiones, por el desgaste del día a día; el amor no encerrado en la calleja sin salida del darlo todo y esperar algo a cambio.
Adiós, novia de autobús. Antes, cada cierto tiempo según fuera la racha, te encontraba. Te encontraba y te deseaba, pero no hacía ademán de ir a por ti. ¿Para qué, si se iba a estropear? Ahora, ni eso, porque voy andando a trabajar y tú no pasas por donde yo; tú sigues en tu autobús, y yo te imagino allí, apoyada la cabeza en el cristal de la ventana o agarrada de la barra, sin mi presencia, siendo asaeteda por la mirada de otro que no soy yo. Es mejor así. Renunciar a nuestras renuncias, a las que tan duro y tan grato nos es renunciar, nos coloca en un casi mitológico cielo del sentimiento, en unos ángeles no manchados por la hostilidad del mundo. ¿Será que, por ventura, aprender a renunciar es aprender a vivir?
PD: Hay muchas novias de autobús, pero Eve sólo hay una. Sabes que te quiero.