LOS escritores son como los amigos. Leemos a muchos, la mayoría nos gustan, algunos incluso nos apasionan. Pero a la hora de la verdad, en los momentos malos, siempre acudimos a los mismos, que se pueden contar con los dedos de una mano y quizá sobren dedos.
QUEDÉ con Fulanita. Se presentó en Callao ataviada con un hortera vestido de mercadillo que le dejaba al aire las largas y blanquísimas piernas, que no es que fueran feas, todo lo contrario, pero que enmarcadas con ese vestido como del siglo XVIII perdían cualquier atisbo de erotismo. O, al menos, había que concentrarse mucho para encontrarlo, así es que por unos momentos intenté creerme un personaje de Lord Byron, en una de esas transmutaciones literarias que a uno tanto le gustan. Cuando nos saludamos se la veía nerviosa, pero ese nerviosismo dejaba traslucir una tristeza perenne que sinceramente no se entiende en una cara tan limpia y bonita. Parece buena chica, pero de buenas a primeras empezó a participarme de sus cuitas amorosas, de su tremenda mala suerte con el género masculino. “Es que tengo muy mala suerte, siempre se van con otras”, no paraba de repetir. “Porque salta a la vista —continuaba— que yo no soy ningún pibón”. “Bueno, mujer, no pasa nada, ya aparecerá tu príncipe azul”, le decía yo, porque en realidad no sabía qué decir que la animara. Ni siquiera sabía si realmente quería que se animase. Si le decía que era muy guapa y que no tenía por qué preocuparse, cosa que realmente pensaba, iba a parecer que el desesperado era yo y probablemente habría perdido toda opción de lo que fuese, que está bien claro lo que era. Evidentemente no iba a decirle lo que quizá sea cierto, esto es, que con tal actitud la suerte la va a ir esquivando, así que opté, además de por el “ya llegará”, por decir que todo en esta vida va en rachas. A lo que me soltó: “pero es que esta racha dura ya demasiado”. Me limité a encogerme de hombros. Caminábamos por la Gran Vía y, deseoso de cambiar de tema, dije algo que ya sabía, que habían cerrado una sala de cine para abrir una tienda de ropa femenina, conservando partes del antiguo local, como los números de las salas y algunos carteles de películas clásicas. Estábamos, con esa mirada que no mira nada, con los ojos fijos en el escaparate, con sus escuálidos maniquíes, cuando dijo: “claro, a estos muñecos todo les queda bien, les recogen la ropa con alfileres por detrás, así cualquiera. Yo con este cuerpo escombro es imposible”. Y repitió: “porque salta a la vista que yo no soy ningún pibón”. Yo no sé si era falsa modestia o que lo sentía realmente, en ese momento parecía más bien lo segundo. Lo único que sé es que empezaba a cargarme y que cada vez me iba apeteciendo más y más llevármela a la cama pero no hablar con ella, halagüeña perspectiva que sabía perfectamente que no iba a darse, pues si quería llevármela a la cama debía hablar antes con ella, y si no quería hablar con ella lo que tenía que hacer era irme, lo cual excluía el poder llevármela a la cama. Sentí cierta vergüenza al darme cuenta de que la gente se la quedaba mirando no por su belleza, que con otra vestimenta bien podría ser, sino por su vestido. Ella no parecía percatarse. Anduvimos por el Madrid antiguo, Cava Baja y aledaños. Anochecía, y decidimos tomarnos algo en una terraza de la plaza del Humilladero. Bonita estampa la nuestra, en una plaza de sabor clásico, con el olor a ajo flotando entre las piedras antiguas, el revoleo de la conversación de café, un par de cipreses recortándose allá en el cielo atardecido, las palabras que, ya sólo por estar allí, sonaban como a Siglo de Oro. Sólo por eso ha merecido la pena la cita. Cuando noté que estábamos más cómodos y había algo más de intimidad en la conversación, procuré conducirla por donde me interesaba, que no era otro camino que el que llevara a su casa y a su cama. Vi tal fulgor y a la vez tanto miedo en sus ojos que me dije que aquello podía ser divertido. Frente a mi propia inseguridad, que intentaba disimular, se levantaba una inseguridad aún más grande. Un apasionante duelo de inseguridades que podía acabar de cualquier manera, bien como el rosario de la aurora, bien en un triunfo indisimulable por ambas partes. Hice por olvidarme de su vestido y de sus lamentos de Job y le propuse sin ambages que subiésemos a su casa, sabiendo como sabía que vivía en la calle de la Magdalena, muy cerca de donde estábamos. Ahí acabo todo. La inseguridad impostada desapareció, le subió la indignación y el orgullo a la cara, se levantó de la silla y se fue diciendo “sois todos iguales”, dejándome solo, petrificado, en la mesa de la terraza, con decenas de rostros vueltos hacia mí.
REFLEXIÓN obvia, manida, pero que no se puede dejar de repetir, porque uno sospecha que se trata de una de esas aseveraciones más cercanas a lo que vulgarmente suele llamarse verdad: cada vez estoy más convencido de que lo que nos mantiene en equilibrio sobre la cuerda de la vida, lo que llena el vacío de nuestros días, son esos instantes de felicidad completa que de vez cuando nos vienen, o nos encontramos al escuchar una canción, al pasear por un parque rodeado de árboles, al leer un párrafo, al recordar un libro, al adelantar una actividad de nuestra rutina a la que nunca habíamos dado demasiada importancia; esos instantes de felicidad completa que no sabemos de dónde vienen —quizá estén ahí siempre, sólo que de vez en cuando salen como el conejo de su madriguera para que no nos olvidemos de que existen— pero que nos encienden la mecha necesaria para no capitular, para no colapsarnos sobre nosotros mismos. Se diría que, en nuestro interior, como en las estrellas, actúan dos fuerzas: una, la gravitatoria, que podríamos relacionar con la tristeza y otras dolencias del espíritu, y que hace que nos colapsemos sobre nosotros mismos como un agujero negro; y otra, que en las estrellas es el calor, y que en nosotros podrían ser esos momentos de felicidad de que hablo y que podrían tratarse de la tranquilidad de conciencia, que, expandiéndonos desde dentro, evitan ese colapsamiento, manteniéndonos en un equilibrio.


