miércoles, 13 de octubre de 2010

EIS HEAUTÓN

Eis Heautón era el título de un cuaderno secreto que Schopenhauer llevó consigo durante veinte años y en el cual fue acumulando una batería de observaciones autobiográficas, recuerdos, reflexiones, indicaciones pragmáticas, reglas de comportamiento, máximas, citas y refranes. Nunca publicado, después desaparecido y finalmente reconstruido en parte, este vademécum —de apenas treinta páginas— era de estricto uso personal y contiene los pilares sobre los que se asienta la obra filosófica del Maestro del Pesimismo y, por ende, de su visión de la vida.
Ateniéndome a tan sugeridor título, que probablemente Schopenhauer escogiera basándose en las Meditaciones sobre sí mismo de Marco Aurelio (en griego: Tà eis heautón), hace un tiempo decidí escribir mi Eis Heautón particular. Después lo abandoné, y olvidado estaba tal documento en los fondos de mi ordenador, hasta que hace pocos días, intrigado por un título del que había olvidado por completo su significado, lo redescubrí.
Poco o nada de interesante hay en sus páginas, sólo algunas anécdotas, algunos pensamientos no demasiado agradables y bastante poca literatura. Pero, como dijo aquél, no hay libro, por malo que sea, del que no pueda el hombre sacar algún provecho.
Publicaré en esta entrada algunas anotaciones de las que hice y, si al lector y a mí nos parece bien, otro tranco en el futuro.
***
TE dicen que lo cuentes todo, que no te dejes dentro las cosas, que te sinceres, pero luego no te lo perdonan. Definitivo, mejor contar las cosas a personas a quienes no conocemos. O, mejor aún, no contar nada a nadie.

LOS escritores son como los amigos. Leemos a muchos, la mayoría nos gustan, algunos incluso nos apasionan. Pero a la hora de la verdad, en los momentos malos, siempre acudimos a los mismos, que se pueden contar con los dedos de una mano y quizá sobren dedos.
LEYENDO a Balzac. Hacía dos años que no lo leía, desde Ilusiones perdidas. Es como regresar a otra época de mi trayectoria como lector. La primera idea que se me ha venido a la cabeza es la de colmena. ¡Qué dos formas tan diferentes de hacer literatura, y a la vez qué sensación general tan parecida dejan! Al francés las ideas y los personajes parecen desbordársele de la cabeza, incontenibles; a Camilo José se le nota la paciente labor de ganchillo, el párrafo mil veces releído, tachado, corregido. Cela tardó cinco años en escribir La colmena; el francés, cuando estuvo enfermo y se recuperó, gritó: “¡ocho días en cama! ¡En ese tiempo podría haber escrito una novela!” Honoré apenas deja fragmentos de esos que recitar de memoria. Es un escritor para leer deprisa y no detenerse en nimiedades. Cela es todo lo contrario. A Cela hay que leerlo y releerlo. Leer cuatro o cinco veces el Pascual Duarte o Viaje a la Alcarria. Si sólo se lee cada libro una vez, nada agarra en nuestro cerebro que merezca la pena. De Balzac hay que leer todos los libros que se pueda, uno detrás de otro, hasta completar su mundo. Pero al final la sensación que ambos escritores dejan es parecida: un mundo, una colectividad, un documento de época. En Balzac es fácil imbuirse en cada personaje, quizá porque cada personaje no es otro que el autor. En Cela no ocurre eso. Es más notarial, parece que se limita a registrar unos hechos, aunque no sea exactamente así, porque todo lo que registra huele a literatura de la más alta calidad. En Cela hay mucha poesía, mucho amor por la palabra, mucha anécdota. Balzac lo abarca todo, y puede decirse que lo consigue. Camilo escribía despacio, como un orbefre de la pluma; Honoré manchaba papel compulsivamente y no parece que corrigiera mucho. En Cela parece todo más medido, en Balzac simplemente no existe la planificación. Leyéndolos con detenimiento, en ambos puede vislumbrarse la arquitectura narrativa (como en todos los escritores, supongo). Con Balzac uno se vuelve más propenso a soñar, a vivir esas situaciones que nunca ocurrirán, a estar en esos lugares que nunca hollará, a besar a esas mujeres que jamás conocerá, a manejar sumas dinero inimaginables, a ser pobre y de repente rico o subir a las cumbres y caer por el precipicio. Con Cela, simplemente, uno se deleita en la palabra. Lo que no sé es por qué estoy haciendo esta comparación de dos escritores tan diferentes y, sobre todo, de dos épocas distintas. Será que a uno le gustaría ser alguno de los dos (o, al menos, tener algo de alguno de los dos) pero no puede.
QUEDÉ con A. Como siempre, empezamos hablando de fútbol, de baloncesto, de estudios, de no estudiar, de trabajo, de no trabajar, y ya al final y hasta que nos despedimos hablamos de mujeres, la única conversación que entre hombres es universal y la que más consuelo —¡sin saber por qué!— nos da. A. me dijo una frase que me dejó un poco pensativo: “cuando conoces a una chica, la que no tiene novio, o lo ha tenido y cuando apareces tú vuelve o lo tendrá y no serás tú”. No supe qué decir, porque, si bien tiene algo de verdad, no es menos cierto que decir eso es rebajarse a los más bajos fondos de la mendicidad amorosa. Con esa actitud desde luego que esa sentencia será cierta, lo que pasa es que a veces sentimos un indefinible gusto por la derrota, creyendo quizá que, como no se puede caer más bajo, indefectiblemente todo irá para arriba de aquí en adelante, cuando en realidad todo en esta vida puede mantenerse igual, o lo que es lo mismo a veces, todo puede ir a peor, porque a la insufrible monotonía que toda vida trae consigo, se une el factor tiempo.
HAN pasado diez días desde que la conoció, desde la última vez que la vio, desde aquella asombrosa y recogida —oído a oído, boca a boca— conversación sobre Pedro Salinas, José Hierro, Italo Calvino y Nietzsche en aquel tugurio de mala muerte, desde aquellos besos pedidos por ella —“¿puedo darte un beso? Me parecería una tontería, teniendo ganas, no hacerlo”— que han quedado en el limbo de los amores incompletos; han pasado diez días desde el gol de Iniesta, desde su primer y último mensaje, y, a pesar de sus tímidos intentos, no ha habido más noticias. El recuerdo se aleja, su bello rostro se difumina, su voz, que al día siguiente tan clara le sonaba, retumba ahora en su cabeza, tan irreal como la de un aparecido, y no le entristece tanto el que no haya querido saber más de él como el hecho de que a él mismo no le importe gran cosa. La resignación, fatalmente, se va imponiendo, lenta, inexorable, como se va disolviendo en el aire una voluta de humo, como van muriendo una rosa cortada y un lebrato a quien su madre abandonó.
MIRA uno el móvil cien veces al día, con la esperanza jamás doblegada y nunca reconocida de encontrar ese mensaje de ella, de la persona que unos días atrás conocimos y en la que, insensatos de nosotros, hemos puesto alguna esperanza; ese mensaje que nos regale un minuto de dicha indecible, hija de la sorpresa, de la vanidad y de los sueños, pues nada hay tan ensoñador como un mensaje de móvil de tres líneas en que cabe todo lo que uno espera de esta vida. Sabemos de lo pasajero de esa alegría, sabemos que tal como viene, se va, para dejarnos huérfanos, peor, mucho peor que como estábamos; sabemos que ese mensaje es inútil y engañador como una droga, sabemos todo eso, y sin embargo daríamos toda nuestra tranquilidad, toda nuestra dulce resignación, por recibirlo.

QUEDÉ con Fulanita. Se presentó en Callao ataviada con un hortera vestido de mercadillo que le dejaba al aire las largas y blanquísimas piernas, que no es que fueran feas, todo lo contrario, pero que enmarcadas con ese vestido como del siglo XVIII perdían cualquier atisbo de erotismo. O, al menos, había que concentrarse mucho para encontrarlo, así es que por unos momentos intenté creerme un personaje de Lord Byron, en una de esas transmutaciones literarias que a uno tanto le gustan. Cuando nos saludamos se la veía nerviosa, pero ese nerviosismo dejaba traslucir una tristeza perenne que sinceramente no se entiende en una cara tan limpia y bonita. Parece buena chica, pero de buenas a primeras empezó a participarme de sus cuitas amorosas, de su tremenda mala suerte con el género masculino. “Es que tengo muy mala suerte, siempre se van con otras”, no paraba de repetir. “Porque salta a la vista —continuaba— que yo no soy ningún pibón”. “Bueno, mujer, no pasa nada, ya aparecerá tu príncipe azul”, le decía yo, porque en realidad no sabía qué decir que la animara. Ni siquiera sabía si realmente quería que se animase. Si le decía que era muy guapa y que no tenía por qué preocuparse, cosa que realmente pensaba, iba a parecer que el desesperado era yo y probablemente habría perdido toda opción de lo que fuese, que está bien claro lo que era. Evidentemente no iba a decirle lo que quizá sea cierto, esto es, que con tal actitud la suerte la va a ir esquivando, así que opté, además de por el “ya llegará”, por decir que todo en esta vida va en rachas. A lo que me soltó: “pero es que esta racha dura ya demasiado”. Me limité a encogerme de hombros. Caminábamos por la Gran Vía y, deseoso de cambiar de tema, dije algo que ya sabía, que habían cerrado una sala de cine para abrir una tienda de ropa femenina, conservando partes del antiguo local, como los números de las salas y algunos carteles de películas clásicas. Estábamos, con esa mirada que no mira nada, con los ojos fijos en el escaparate, con sus escuálidos maniquíes, cuando dijo: “claro, a estos muñecos todo les queda bien, les recogen la ropa con alfileres por detrás, así cualquiera. Yo con este cuerpo escombro es imposible”. Y repitió: “porque salta a la vista que yo no soy ningún pibón”. Yo no sé si era falsa modestia o que lo sentía realmente, en ese momento parecía más bien lo segundo. Lo único que sé es que empezaba a cargarme y que cada vez me iba apeteciendo más y más llevármela a la cama pero no hablar con ella, halagüeña perspectiva que sabía perfectamente que no iba a darse, pues si quería llevármela a la cama debía hablar antes con ella, y si no quería hablar con ella lo que tenía que hacer era irme, lo cual excluía el poder llevármela a la cama. Sentí cierta vergüenza al darme cuenta de que la gente se la quedaba mirando no por su belleza, que con otra vestimenta bien podría ser, sino por su vestido. Ella no parecía percatarse. Anduvimos por el Madrid antiguo, Cava Baja y aledaños. Anochecía, y decidimos tomarnos algo en una terraza de la plaza del Humilladero. Bonita estampa la nuestra, en una plaza de sabor clásico, con el olor a ajo flotando entre las piedras antiguas, el revoleo de la conversación de café, un par de cipreses recortándose allá en el cielo atardecido, las palabras que, ya sólo por estar allí, sonaban como a Siglo de Oro. Sólo por eso ha merecido la pena la cita. Cuando noté que estábamos más cómodos y había algo más de intimidad en la conversación, procuré conducirla por donde me interesaba, que no era otro camino que el que llevara a su casa y a su cama. Vi tal fulgor y a la vez tanto miedo en sus ojos que me dije que aquello podía ser divertido. Frente a mi propia inseguridad, que intentaba disimular, se levantaba una inseguridad aún más grande. Un apasionante duelo de inseguridades que podía acabar de cualquier manera, bien como el rosario de la aurora, bien en un triunfo indisimulable por ambas partes. Hice por olvidarme de su vestido y de sus lamentos de Job y le propuse sin ambages que subiésemos a su casa, sabiendo como sabía que vivía en la calle de la Magdalena, muy cerca de donde estábamos. Ahí acabo todo. La inseguridad impostada desapareció, le subió la indignación y el orgullo a la cara, se levantó de la silla y se fue diciendo “sois todos iguales”, dejándome solo, petrificado, en la mesa de la terraza, con decenas de rostros vueltos hacia mí.

REFLEXIÓN obvia, manida, pero que no se puede dejar de repetir, porque uno sospecha que se trata de una de esas aseveraciones más cercanas a lo que vulgarmente suele llamarse verdad: cada vez estoy más convencido de que lo que nos mantiene en equilibrio sobre la cuerda de la vida, lo que llena el vacío de nuestros días, son esos instantes de felicidad completa que de vez cuando nos vienen, o nos encontramos al escuchar una canción, al pasear por un parque rodeado de árboles, al leer un párrafo, al recordar un libro, al adelantar una actividad de nuestra rutina a la que nunca habíamos dado demasiada importancia; esos instantes de felicidad completa que no sabemos de dónde vienen —quizá estén ahí siempre, sólo que de vez en cuando salen como el conejo de su madriguera para que no nos olvidemos de que existen— pero que nos encienden la mecha necesaria para no capitular, para no colapsarnos sobre nosotros mismos. Se diría que, en nuestro interior, como en las estrellas, actúan dos fuerzas: una, la gravitatoria, que podríamos relacionar con la tristeza y otras dolencias del espíritu, y que hace que nos colapsemos sobre nosotros mismos como un agujero negro; y otra, que en las estrellas es el calor, y que en nosotros podrían ser esos momentos de felicidad de que hablo y que podrían tratarse de la tranquilidad de conciencia, que, expandiéndonos desde dentro, evitan ese colapsamiento, manteniéndonos en un equilibrio.

jueves, 7 de octubre de 2010

DIARIO DE UN NAÚFRAGO


"El hombre de cabeza clara es el que se liberta de esas "ideas" fantasmagóricas y mira de frente a la vida, y se hace cargo de que todo en ella es problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad —a saber, que vivir es sentirse perdido—, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el naúfrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz, porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Éstas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de los naúfragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido, se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad."

(José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas)

sábado, 18 de septiembre de 2010

NANA DE SEVILLA (Federico García Lorca)

"(...) tenía las carnes prietas y como endurecidas de saludable como estaba, (...) y su mata de pelo, cogida en una gruesa trenza bajo la cabeza, tal sensación daba de poderío que, al pasar de los meses y cuando llegué a mandar en ella como marido, gustaba de azotarme con ella por las mejillas (...)
(...)a Lola, al arrodillarse, se le veían las piernas, blancas y apretadas como morcillas, sobre la media negra. (...) Las piernas de Lola brillaban como la plata (...)
La mordí hasta la sangre, hasta que estuvo rendida y dócil como una yegua joven.
La tierra estaba blanda, bien me acuerdo, y en la tierra, media docena de amapolas para mi hermano muerto: seis gotas de sangre..."
Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte

Bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad, llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.

Federico García Lorca, La casada infiel.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

PREMÁTICA* GIMNÁSTICA


*Premática: "La ley que se promulga, en razón de las nuevas ocasiones que se ofrecen en la república para remediar excesos y daños"

Nos, la Razón, sustento del progreso de la Humanidad entera, y por ello el mejor reformador y reparador de costumbres que, junto con Nuestro amigo y aun diríamos que hermano Sentido Común, hay en estos reinos y en todos los del orbe, y que en Nuestro afán de protección y generosidad para con Nuestro padre y, a la vez, hijo, el Hombre, acordamos y decidimos en dar estas nuevas leyes que no tienen otro objeto que acabar con ciertas lesivas costumbres de los gimnasios y que serán enumeradas por orden de gravedad; y como no en siendo por Gravedad como ellas solas y sin ayuda caen al suelo y se despedazan, que en la Sociedad, a decir verdad, nunca las cosas son tal sencillas como en la Ciencia, serán acompañadas por su respectiva sanción que habrá de ser cumplida sin demora para la higiene mental de los que cumplen las más elementales normas de civismo, virtud que, a fuerza de escasa, creemos debería ser recompensada de alguna u otra manera.
Otrosí, porque no es posible expedir e impartir justicia sin aplicar todo el celo y energías ni tampoco sin funcionarios competentes que la lleven a término, y como Nos, por la mucha falta de ídem que en la sociedad encontramos, hemos de reparar y desfacer en muchos ámbitos de la vida más faltas de las que quisiéramos y podemos, creemos que deben ser oficiales de la mayor confianza los que ejecuten, llevados por su buen juicio, prudencia y sabiduría, las disposiciones que mandamos; por tanto, y apoyándonos en Nos mismo —que no por casualidad ni dádiva nos dieron tal nombre— nombramos y señalamos por jueces a sus mercedes Arnold Alois Schwarzenegger, Ronald Dean Coleman, Mr. Proper, Karl Malone, Mr. Muscle y Heracles (hijo de Júpiter), los cuales creemos que, en materia gimnástica, son los mejores guardianes y administradores de justicia que en los universos existen, pudiendo prender, soltar y castigar como si Nos fueran.

1. Primeramente, los que hablaren en parecidos términos a que si estuviesen en una discoteca o taberna, y rieren de manera que descoyunten sus quijadas y suelten filipos por la boca y tuerzan la faz y mientras se afanan en tan deleitosas y malquistas actitudes no se dediquen a la tarea para que le fueron —ejercitarse—, serán considerados necios integrales y condenados a un año sin batidos proteicos o productos similares.
2. Los que, atentando contra toda preceptiva en lo que a higiene y seguridad se refiere, para ejercitarse llevaren chanclas como en la piscina serán considerados necios absolutos y condenados a llevar bailarinas, si fueran varón, y alpargatas de lona, si fueran hembra, en su vida cotidiana durante todo el invierno sucesivo.
3. Los que, en los descansos entre serie y serie, se miran en uno o en varios espejos muy seguido, esperando encontrarse más fuertes o no haber menguado en pocos minutos, serán considerados necios sin enmienda y condenados a no llevar gafas de sol a lo antiguo, camisetas ajustadas, camisetas de tirantes ni pantalones marca-verga durante un año.
4. Los que, conculcando la etimología del castellano, antes de ejercitarse usaren la palabra "tirar", no habiendo nada que tirar de no ser las pesas de mala manera, serán considerados necios aborregados y condenados a leer tres libros de Henry Miller o de cualquier otro autor que el tribunal considere especialmente cargoso.
5. Los que, al poco de llegar al gimnasio y se encuentran a un conocido, dijeren: "qué, ¿tirando un poco?", por hacer una pregunta cuya respuesta es más que obvia; otrosí, a los que, siendo o no preguntados, dijeren, cuando es obvio: "pues nada, a tirar un poco", habiendo en nuestra rica lengua más frases que poder encadenar, cosas en el mundo suficientes de las que poder hablar y saludos tajantes si no se quiere plática de ningún tipo. A todos ellos se les consideradará necios lenguaraces y serán condenados a ocho meses sin poder ejercitar la parte del cuerpo de la que se sientan más orgullosos, a lo que, por utilizar el verbo que no pensamos repetir, se añadirá la pena del apartado anterior.
6. Los que, ejercitándose, gritan y jadean como búfalos, no en siéndolo, por darse tono de grandes culturistas o por creer que así levantarán más o para que que todos vean lo que han levantado o por atraer la atención de una moza garrida o por cualquier otra causa, serán considerados necios en toda su extensión y condenados, durante tres meses, a comer nada más levantarse por la mañana y acompañada de hojas de tomillo que recolectarán ellos mismos carne de búfalo cruda (si en sus reinos la hubiere) o, en su defecto, de cualquier otra res regalada.
7. Completando la anterior disposición, y para que no haya lugar a acusaciones y prendimientos injustos, está permitido el resoplido propio del esfuerzo, mas excediéndose de ciertos decibelios cuyo número Nos fijaremos en una circular al efecto, se le considerará búfalo y necio y habrá de cumplir la misma pena que en la anterior disposición fijada.
8. Los que se miraren en los espejos muy seguido, ora de frente, ora de derecha, ora de izquierda, ora de espaldas, componiendo figuras como de la baraja o como de un pase de modelos, esto es, arrugando el ceño, encrespando los labios, enarcando una ceja y entrecerrando los ojos, serán considerados necios con alto grado de deleznabilidad y condenados a ejercitarse en un gimnasio sin ningún espejo, ni siquiera en el escusado.
9. Los que, aun siendo canícula, llevaren puestas muchas prendas para aparentar más volumen corporal y/o por creer que así perderán más tejido adiposo serán considerados necios de solemnidad y condenados, durante sus francachelas de fin de semana, a salir encebollados en ropa de deporte tal y como es su costumbre de ir al gimnasio, no pudiendo quitarse ninguna prenda ni en los garitos más calurosos, concurridos o elegantes.
10. Los que, habiendo mozas bizarras de nueva apuntación, les hablaren de primeras con superioridad y como si fueran niñas y les enseñaren el gimnasio como si fuera su casa jactándose de su gran conocimiento en materia gimnástica, serán considerados necios contumaces y condenados a salir del gimnasio en cuanto una moza se presente y ejercitarse en los momentos en que el gimnasio se hallare libre de presencia femenina. Asimismo, se aplicará dicha pena a los que incurrieren en las siguientes faltas:
-Hicieren una serie de cualquier ejercicio en sus cercanías, procurando componer cara de esfuerzo y énfasis en el músculo trabajado, a lo que se considerará agravante hacer como si no se dieren cuenta de la presencia de la moza.
-Miraren por los espejos, pudiendo ser éstos de uno hasta cuatro, y jugando con los reflejos, por ver a la moza y cuando ésta no se diere cuenta.
-En sus cercanías metieren barriga o sacaren pecho como engallándose o llevaren los brazos como si no los pudieran juntar al cuerpo o alzaren la voz por llamar su atención o intentaren levantar más peso del que pudieren.
-Habiendo lugares más a propósito para hacer un ejercicio, eligieren uno muy cercano a la moza por que le vean; se considerará agravante mirarla por los espejos mientras realiza el esfuerzo, habiendo peligro de desconcentración y, por consiguiente, de accidente o de ventosidad mal lograda.
11. Los que en la conversación reincidieren en hablar de coches, motos y otros vehículos motorizados serán considerados necios garrafales y condenados a chupar en ayunas el tubo de escape de uno de esos vehículos con el motor encendido durante un minuto; se considerará agravante el decir muchos números y siglas como si hablasen en clave, y a la pena que acabamos de dictar se le añadirá la del artículo número 4.
12. Los que, con propósito de que le alaben a sí mismo por lo mismo que dicen, ponderaren las virtudes gimnásticas de uno, verbigracia: "menudo brazo tienes", si el que lo dice tiene mucho brazo; o "cada día tienes la espalda más ancha", si el que lo dice se distingue por lo mismo, se les considerará necios irredimibles y vanidosos y se les condenará a enamorarse de sí mismos durante seis meses, no pudiendo en ese tiempo enamorarse de cualquier otra persona fuere del sexo que fuere.
13. Los que, rebasando lo que la discreción aconseja, gritaren a los cuatro vientos las conquistas amorosas del fin de semana e hicieren laudatoria de las exhuberancias corporales de la conquistada, por no parecernos de buen tono publicitar lo que sólo en la intimidad debe ventilarse ni de caballeros hablar de una mujer como si se la quisiera vender o como si del más alto escalafón fuese lo conquistado, y sabiendo además como Nos sabemos que es costumbre entre los que así hablan mentir más de la cuenta o, al menos, exagerar la nota de lo que en realidad aconteció, serán considerados necios perpetuos y sin posibilidad de enmienda y directamente condenados a no pisar gimnasio alguno durante seis meses, tras los cuales se les permitirá volver a ejercitarse con la condición de que no haya ninguna fémina menor de 40 años en su recinto; si las hubiera, los condenados deberán salir y regresar cuando la última haya salido.
14. Los que se ejercitaren con un peso determinado, sabiendo desde los principios que no podrán levantarlo según las directrices de la musculación aconsejan, serán considerados necios a porfía. No los condenaremos porque consideramos que bastante condena es ya para el necio hacer un esfuerzo que no tendrá recompensa, por lo cual les permitiremos proseguir con su necedad. Agravante es pedir a otro que le ayude, por molestoso y por suponer pérdida de tiempo para el ayudante, por lo cual les condenamos a no recibir ayuda y a levantar, si pueden, el peso para el que creen estar preparados.
15. Los que, por mirarse de perfil en un espejo mientras caminan, tropezaren con una mancuerna y se hicieren daño, serán considerados necios de marca mayor y condenados a aguantar el dolor que merecieren por su necedad.
16. Los que, sabiendo que alguien acaba de empezar con un aparato determinado, le preguntaren: "¿te queda mucho?", siendo más propio decir: "¿podemos turnarnos?", serán considerados necios falsarios y condenados a abandonar el aparato en que estuvieren si éste fuese requerido por cualquiera.
17. Los que dijeren, a modo de comentario muy gracioso y original, "correr es de cobardes", serán considerados necios vulgares y condenados a ver durante un día entero una tira de humor de Los Morancos.
18. Los que continuamente buscaren mirarse en los espejos que a su entender hagan mejor figura [más fuerte para unos, más flaco para otros], conociendo el engaño, serán considerados necios absolutos y condenados a ejercitarse siempre delante del espejo que peor impresión de sí mismo les dé.
19. Los que, habiendo para tal menester monitor titulado, dieren consejos gimnásticos no pedidos haciendo con ello jactancia de sus conocimientos, serán considerados necios pretenciosos y lenguaraces y condenados a trabajar gratis durante tres meses en el gimnasio donde estuvieran inscritos, a razón de ocho horas diarias, pudiendo por tanto sus consejos ser requeridos por cualquiera y en cualquier momento y estando obligados a dar los mismos consejos y con el mismo énfasis con que los daban anteriormente. Si los consejos no pedidos solían darlos a mozas garridas, como Nos sabemos que ocurre con harta frecuencia, se añadirá la pena establecida en el artículo diez, una vez concluida la condena que Nos damos en el artículo presente.
20. Los que, terminado un ejercicio, dejaren las pesas montadas en la barra y sin intención alguna de recogerlas y colocarlas en su lugar se fueren a otros menesteres o directamente salieren del gimnasio, serán considerados necios morrudos y condenados a llevar en una mochila durante un mes de su vida cotidiana el peso que dejaran montado.

domingo, 5 de septiembre de 2010

CARTA A MIS QUERIDOS POLÍTICOS

No es mi intención el despreciar una profesión, la vuestra, a todas luces digna y necesaria y que si se ha ido envileciendo con el tiempo no es si no por la vileza —valga por esta vez la redundancia—, la villanía, la ineptitud o la cobardía de muchos de los que, por vocación o por afán de enriquecimiento, se han dedicado a su menester a lo largo de los siglos. Tampoco está dentro de mis inclinaciones el generalizar, y bien puede ocurrir, y de hecho me consta, que existen y han existido políticos inteligentes, cultos y sensibles a los que incluso el pueblo ha llegado a admirar y que han llevado a cabo su labor con la mayor honradez, eficacia y pulcritud. En todos lados cuecen habas, y no voy a caer en la estupidez, en el fundamentalismo, de decir que todos los políticos del PP —por poner un ejemplo— son unos chupatintas o personas despreciables, o que todos los del PSOE son hermanitas de la caridad que sólo buscan el bien del prójimo —el obrero— y nada quieren para sí. La izquierda y la derecha andan en parecidas cotas de podredumbre, cada una con sus defectos endémicos, cada una con sus —ya casi desaparecidas o, por lo menos, difuminadas por el turbio correr de los tiempos— bondades, aunque es preciso puntualizar que, a mi entender, es la primera —la aparentemente libertaria—la que en peor estado de revista se halla, la que peor ha ido digiriendo el general derrumbamiento de los valores.

Pero vayamos al grano. No me interesan las libertades abstractas que tanto propugnáis y que tanto habéis propugnado en los últimos ciento cincuenta años; tampoco todos esos derechos civiles que a veces, en vez de útiles, resultan enojosos; no me interesa la economía del país ni el precio de las hipotecas; no me interesa la Administración ni el tanto por ciento de paro, el Plan Bolonia, el PIB, el índice de bienestar, el Estatut ni el número de turistas que nos visitan cada año; no me interesa la Unión Europea, la crisis económica mundial ni los bancos. En realidad, queridos políticos, no me interesa nada de lo que más os interesa a vosotros, o, desde nuestro punto de vista, parece que os interesa.

Así las cosas, me he molestado en escribiros una lista —sin ánimo de ser exhaustivo— con las cosas que creo que deberíais favorecer y las que deberíais eliminar en vistas de lo que sería, a mi entender, un buen Gobierno. Me gustaría empezar por lo más urgente, por lo que sería menester atajar cuanto antes, por todo aquello de lo que quien esto escribe abomina, y cuya desaparición haría de este malhadado país un rincón arcádico en este inhóspito mundo en que vivimos. Soy consciente de que, de querer incluirlo todo, me llevaría días enteros, meses e incluso años terminar y entregarles esta carta, por lo que seré lacónico y me limitaré a enunciar las cosas que me parecen más graves y que deberían ir sacando de la circulación por las vías legales que a ustedes les parezca. Después, por aquello de terminar con un buen sabor de boca y un rayo de esperanza, procederé a enumerar todo aquello por lo que un servidor de ustedes cree que merece la pena vivir. Serán, quizá, muchas menos cosas en número que las desagradables, pero de todos es sabido —así al menos lo creo yo— que lo verdaderamente bueno, por poco que sea, siempre compensará todo lo malo que nos vayamos encontrando.

De modo que ahí va, como el caballo de copas que dijo el poeta, y sin ánimo de ofender.

O con él.

Uno detesta, en general, a los puertas de discoteca, Sálvame y los autobuses turísticos que surcan el centro de las ciudades; detesta uno también y sobre todo la famosa Noche en Blanco que, a modo de escarnio, lleva repitiéndose varios años por estas fechas; detesta a los rebaños de turistas con cara de despistados y cámara en mano y las manifestaciones del color, olor, dirección y proposición que tengan (exceptuando las que se hacen contra el terrorismo); detesta también guardar cola hasta para comprar el pan y cualquier tipo de papeleo; detesta las aglomeraciones, la Universidad y a los guardias de seguridad del Metro; detesta que le digan si está más gordo o más delgado y le pregunten "¿qué tal?"; detesta, otrosí, levantarse tarde y dormir más de lo necesario; detesta, por lo general, las conversaciones sobre dinero, coches, motos, fútbol y música; detesta ir al gimnasio por la tarde, el móvil y el Facebook; detesta no hacer nada; detesta los centros comerciales y las tiendas de ropa masculina, así como los tatuajes, piercing y pendientes del tipo que sean; detesta a los que llevan abrigo con más de veinte grados; detesta las corbatas y a LeBron James; detesta la paella, las alcachofas y a los gritones; detesta el bufido del Metro del andén de enfrente cuando se para en una estación y acostarse, al llegar de una noche de juerga, cuando ya ha amanecido; detesta no estar cansado; detesta España Directo y los monólogos acerca del tiempo que hacen los dicharacheros reporteros en los cuatro puntos cardinales de la península, así como Madrileños por el mundo y todos los programas derivados; detesta que le digan que se saque el carnet de conducir y tener pelo en las piernas; detesta el arte contemporáneo y la sección de novedades de las librerías; detesta los mosquitos nocturnos y el olor del interior de los coches; detesta las risas demasiado estridentes y no terminar los libros; detesta las modas; detesta a los gilipollas con pibón y que alguien entre en su habitación sin permiso; detesta que lean algo suyo delante de él; detesta llegar pronto a casa; detesta las fiestas del Orgullo Gay y las de su urbanización y a los racistas; detesta, por supuesto, el heavy metal, los naipes y cualquier tipo de juego de mesa, sin excepción; detesta que invadan sus lugares de paz y tener que dar explicaciones a nadie que no sean sus progenitores; detesta los conciertos; detesta que le digan "pues yo..." sin antes haber preguntado; detesta que se le acerque un dependiente y tener que decir "estoy mirando"; detesta no poder ir a jugar al baloncesto porque esté lloviendo; detesta que alguien cuente en un sitio público sus peripecias y gustos sexuales; detesta las portadas de las novelas históricas; detesta las sesiones maratonianas de tenis en Teledeporte; detesta el tunning y al cantante Luis Miguel; detesta los sudokus y cualquier tipo de pasatiempo; detesta "pasar el tiempo"; detesta los cabellos excesivamente engominados e ir a bodas de parientes de su novia; detesta no tener novia; detesta, en definitiva, tener que detestar.

Le gustan a uno los jardines románticos, los amigos y pasear, a poder ser sólo y por la noche para después, claro es, cenar en casa; le gusta leer, a poder ser al aire libre o en el tren; le gusta ver y jugar baloncesto y le gustan Michael Jordan, Scottie Pippen, Julius Earving, Larry Bird, Paul Pierce y Kevin Durant; le gustan las viejas ciudades castellanas y, ante todo, perderse por sus calles; le gustan las casas pequeñas y las plazuelas; le gustan los cerros coronados por una ruina medieval; le gusta estar solo; le gusta (aunque casi nunca lo hace) emborracharse levemente antes de acostarse; le gustan Camilo José Cela, Paco Umbral, Galdós, Tolstói, Baroja y Hesse; le gusta Goya; le gustan Drazen Petrovic, Arvydas Sabonis, Nikos Gallis y Pau Gasol; le gustan los viejos cafés y trasnochar; le gusta madrugar; le gusta dormir lo justo, ni una hora más; le gusta trabajar y llegar cansado a casa; le gusta, de vez en cuando, coger el petate y recorrerse la Alcarria en bici; le gustan las visitas cortas a un buen amigo; le gusta recitar de memoria sus pasajes literarios favoritos; le gusta ir al gimnasio y, sobre todo, volver del gimnasio; le gusta hablar de literatura, mujeres y baloncesto, si por él fuera no abriría la boca más que para hablar de alguna de esas tres cosas; le gusta cenar fuera de casa y la camiseta de los Boston Celtics; le gustan los Episodios Nacionales, Gabriel e Inés; le gustan los gatos y cualquier tipo de félido; le gusta Aranjuez; le gusta pasarse tardes enteras buscando un libro; le gusta el chocolate, cuanto más empalagoso, mejor; le gustan las extranjeras, sobre todo las rusas; le gusta el año 1808; le gustan los paisajes invernales y los días de niebla; le gustan los rincones misteriosos y sombríos; le gusta que le miren; le gusta el canto de los pájaros y los atardeceres sonrosados; le gustan los anuncios de perfumes que echan cada año en Navidades; le gusta, sobre todo, que le gusten cosas.

Hasta aquí mis peticiones. Todo lo que, desde el Gobierno, fuese favorecer lo que acabo de decir, me parecerían excelentes medidas. Por mi parte, si así fuera, se lo agredecería de la única manera que puedo, de la única manera que, por otro lado, sé que es la que me agradecerían ustedes a mí: con mi voto.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

TIERRA INHÓSPITA

Muchas y sabrosas lecciones han dejado los últimos tiempos. Es usual oír a la gente decir que los malos tiempos son los que curten, que es en las dificultades donde se forja nuestra personalidad, que son los obstáculos y no el amable sol del amanecer de los que se extraen enseñanzas que han de servirnos —siempre para bien, ha de suponerse— para lo que nos reste de vida, sea mucha o poca, sea intensa o leve, sea feliz —pensando siempre que esa palabra tenga algún valor— o desdichada.

Naturalmente, no voy a ser yo el que contradiga esta afirmación con tintes de verdad más o menos asentada. A fe que me gusta destrozar tópicos, discutir frases hechas, llevar la contraria, remover conciencias. Pero no en esta ocasión. No me parece que haya que insistir en que la vida es un aprendizaje para el que de poco vale querer saltarse plazos. “Nunca hubiera podido escribir mis libros sin haber escrito el anterior”, dijo George Sand. “Nunca hubiera podido haber vivido tal circunstancia sin anter haber vivido todo lo que viví”, añadiría yo.

Esto que digo puede parecer una verdad de perogrullo, pero me parece que conlleva profundas consecuencias para la vida del que en ello reflexione un poco. Al igual que desde los buenos sentimientos es imposible hacer buena literatura, desde algo que no sea parecido a la lucha, a la agonía, al sufrimiento, al dolor, es imposible redondear una existencia completa. Para el escritor todo es aprovechable, más aún todo lo malo —o todo lo aparentemente malo— que pueda sucedernos a nosotros mismos o a los que nos rodean.

Podría incluso discutirse, cierto es, porque todo en el fondo es susceptible de discusión, pero pensándolo bien de poco nos valdría. Yo creo que la resignación es actitud sabia y tranquilizadora, y el que procura aplicársela mucho lleva ganado. Lo que ocurre es que es una actitud que conlleva, sobre todo, tiempo para aprenderla —las actitudes también se aprenden—, y las más de las veces, cuando la hemos asimiliado a nuestro ser, no hay tiempo —¡ay!— para aplicarla.

Ver la muerte de un ser querido de cerca, tan de cerca que llega a peinarnos con su aliento, es otra cosa más que tarde o temprano nos llega a todos —a todos los que vivan el tiempo necesario para poder verlo—, que tarde o temprano tendremos que acercarnos a olerlo sin taparnos la nariz, porque sin respirar no podremos aguantar.

Ahora bien, no me parece menos cierto que, si bien ciertos acontecimientos de nuestra vida han de servirnos para fortalecernos, hay que decir que no siempre ocurre así y que, vistas las orejas al lobo, tal miedo nos puebla y tal frío se nos mete en los huesos que de ello jamás nos recuperamos, y algunos acaban siendo corderitos asustados por el resto de sus días. Es famosa la frase “en la batalla del Ebro se acabaron los cojones”: el ancestral valor que solía asignarse a los españoles desapareció tras la más cruenta batalla de la Guerra Civil.

Esto que vale para los pueblos vale para las personas, y de cada uno de nosotros depende beber a morro del chorro de lo que nos venga. De nada vale lamentarse en la desgracia, de nada vale quejarse, porque el que se lamenta y se queja pierde un tiempo y unas fuerzas preciosas para iniciar la remontada. La vida no espera.

Han sido tiempos difíciles para escribir, con lo que corro el riesgo de que el contador en el blog de este mes de agosto que hoy expira se quede a cero. Por ello escribo esta somera explicación que supongo no importará a nadie pero que me creía en la obligación de dar. Por ello también publico el primer capítulo de un relato que comencé hace unas semanas y que se quedó varado, esperando a alguien que lo devuelva al agua. Ese alguien sólo puede ser uno mismo, y quizá publicándolo ahora me obligue a seguir escribiéndolo.