sábado, 18 de septiembre de 2010

NANA DE SEVILLA (Federico García Lorca)

"(...) tenía las carnes prietas y como endurecidas de saludable como estaba, (...) y su mata de pelo, cogida en una gruesa trenza bajo la cabeza, tal sensación daba de poderío que, al pasar de los meses y cuando llegué a mandar en ella como marido, gustaba de azotarme con ella por las mejillas (...)
(...)a Lola, al arrodillarse, se le veían las piernas, blancas y apretadas como morcillas, sobre la media negra. (...) Las piernas de Lola brillaban como la plata (...)
La mordí hasta la sangre, hasta que estuvo rendida y dócil como una yegua joven.
La tierra estaba blanda, bien me acuerdo, y en la tierra, media docena de amapolas para mi hermano muerto: seis gotas de sangre..."
Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte

Bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad, llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.

Federico García Lorca, La casada infiel.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

PREMÁTICA* GIMNÁSTICA


*Premática: "La ley que se promulga, en razón de las nuevas ocasiones que se ofrecen en la república para remediar excesos y daños"

Nos, la Razón, sustento del progreso de la Humanidad entera, y por ello el mejor reformador y reparador de costumbres que, junto con Nuestro amigo y aun diríamos que hermano Sentido Común, hay en estos reinos y en todos los del orbe, y que en Nuestro afán de protección y generosidad para con Nuestro padre y, a la vez, hijo, el Hombre, acordamos y decidimos en dar estas nuevas leyes que no tienen otro objeto que acabar con ciertas lesivas costumbres de los gimnasios y que serán enumeradas por orden de gravedad; y como no en siendo por Gravedad como ellas solas y sin ayuda caen al suelo y se despedazan, que en la Sociedad, a decir verdad, nunca las cosas son tal sencillas como en la Ciencia, serán acompañadas por su respectiva sanción que habrá de ser cumplida sin demora para la higiene mental de los que cumplen las más elementales normas de civismo, virtud que, a fuerza de escasa, creemos debería ser recompensada de alguna u otra manera.
Otrosí, porque no es posible expedir e impartir justicia sin aplicar todo el celo y energías ni tampoco sin funcionarios competentes que la lleven a término, y como Nos, por la mucha falta de ídem que en la sociedad encontramos, hemos de reparar y desfacer en muchos ámbitos de la vida más faltas de las que quisiéramos y podemos, creemos que deben ser oficiales de la mayor confianza los que ejecuten, llevados por su buen juicio, prudencia y sabiduría, las disposiciones que mandamos; por tanto, y apoyándonos en Nos mismo —que no por casualidad ni dádiva nos dieron tal nombre— nombramos y señalamos por jueces a sus mercedes Arnold Alois Schwarzenegger, Ronald Dean Coleman, Mr. Proper, Karl Malone, Mr. Muscle y Heracles (hijo de Júpiter), los cuales creemos que, en materia gimnástica, son los mejores guardianes y administradores de justicia que en los universos existen, pudiendo prender, soltar y castigar como si Nos fueran.

1. Primeramente, los que hablaren en parecidos términos a que si estuviesen en una discoteca o taberna, y rieren de manera que descoyunten sus quijadas y suelten filipos por la boca y tuerzan la faz y mientras se afanan en tan deleitosas y malquistas actitudes no se dediquen a la tarea para que le fueron —ejercitarse—, serán considerados necios integrales y condenados a un año sin batidos proteicos o productos similares.
2. Los que, atentando contra toda preceptiva en lo que a higiene y seguridad se refiere, para ejercitarse llevaren chanclas como en la piscina serán considerados necios absolutos y condenados a llevar bailarinas, si fueran varón, y alpargatas de lona, si fueran hembra, en su vida cotidiana durante todo el invierno sucesivo.
3. Los que, en los descansos entre serie y serie, se miran en uno o en varios espejos muy seguido, esperando encontrarse más fuertes o no haber menguado en pocos minutos, serán considerados necios sin enmienda y condenados a no llevar gafas de sol a lo antiguo, camisetas ajustadas, camisetas de tirantes ni pantalones marca-verga durante un año.
4. Los que, conculcando la etimología del castellano, antes de ejercitarse usaren la palabra "tirar", no habiendo nada que tirar de no ser las pesas de mala manera, serán considerados necios aborregados y condenados a leer tres libros de Henry Miller o de cualquier otro autor que el tribunal considere especialmente cargoso.
5. Los que, al poco de llegar al gimnasio y se encuentran a un conocido, dijeren: "qué, ¿tirando un poco?", por hacer una pregunta cuya respuesta es más que obvia; otrosí, a los que, siendo o no preguntados, dijeren, cuando es obvio: "pues nada, a tirar un poco", habiendo en nuestra rica lengua más frases que poder encadenar, cosas en el mundo suficientes de las que poder hablar y saludos tajantes si no se quiere plática de ningún tipo. A todos ellos se les consideradará necios lenguaraces y serán condenados a ocho meses sin poder ejercitar la parte del cuerpo de la que se sientan más orgullosos, a lo que, por utilizar el verbo que no pensamos repetir, se añadirá la pena del apartado anterior.
6. Los que, ejercitándose, gritan y jadean como búfalos, no en siéndolo, por darse tono de grandes culturistas o por creer que así levantarán más o para que que todos vean lo que han levantado o por atraer la atención de una moza garrida o por cualquier otra causa, serán considerados necios en toda su extensión y condenados, durante tres meses, a comer nada más levantarse por la mañana y acompañada de hojas de tomillo que recolectarán ellos mismos carne de búfalo cruda (si en sus reinos la hubiere) o, en su defecto, de cualquier otra res regalada.
7. Completando la anterior disposición, y para que no haya lugar a acusaciones y prendimientos injustos, está permitido el resoplido propio del esfuerzo, mas excediéndose de ciertos decibelios cuyo número Nos fijaremos en una circular al efecto, se le considerará búfalo y necio y habrá de cumplir la misma pena que en la anterior disposición fijada.
8. Los que se miraren en los espejos muy seguido, ora de frente, ora de derecha, ora de izquierda, ora de espaldas, componiendo figuras como de la baraja o como de un pase de modelos, esto es, arrugando el ceño, encrespando los labios, enarcando una ceja y entrecerrando los ojos, serán considerados necios con alto grado de deleznabilidad y condenados a ejercitarse en un gimnasio sin ningún espejo, ni siquiera en el escusado.
9. Los que, aun siendo canícula, llevaren puestas muchas prendas para aparentar más volumen corporal y/o por creer que así perderán más tejido adiposo serán considerados necios de solemnidad y condenados, durante sus francachelas de fin de semana, a salir encebollados en ropa de deporte tal y como es su costumbre de ir al gimnasio, no pudiendo quitarse ninguna prenda ni en los garitos más calurosos, concurridos o elegantes.
10. Los que, habiendo mozas bizarras de nueva apuntación, les hablaren de primeras con superioridad y como si fueran niñas y les enseñaren el gimnasio como si fuera su casa jactándose de su gran conocimiento en materia gimnástica, serán considerados necios contumaces y condenados a salir del gimnasio en cuanto una moza se presente y ejercitarse en los momentos en que el gimnasio se hallare libre de presencia femenina. Asimismo, se aplicará dicha pena a los que incurrieren en las siguientes faltas:
-Hicieren una serie de cualquier ejercicio en sus cercanías, procurando componer cara de esfuerzo y énfasis en el músculo trabajado, a lo que se considerará agravante hacer como si no se dieren cuenta de la presencia de la moza.
-Miraren por los espejos, pudiendo ser éstos de uno hasta cuatro, y jugando con los reflejos, por ver a la moza y cuando ésta no se diere cuenta.
-En sus cercanías metieren barriga o sacaren pecho como engallándose o llevaren los brazos como si no los pudieran juntar al cuerpo o alzaren la voz por llamar su atención o intentaren levantar más peso del que pudieren.
-Habiendo lugares más a propósito para hacer un ejercicio, eligieren uno muy cercano a la moza por que le vean; se considerará agravante mirarla por los espejos mientras realiza el esfuerzo, habiendo peligro de desconcentración y, por consiguiente, de accidente o de ventosidad mal lograda.
11. Los que en la conversación reincidieren en hablar de coches, motos y otros vehículos motorizados serán considerados necios garrafales y condenados a chupar en ayunas el tubo de escape de uno de esos vehículos con el motor encendido durante un minuto; se considerará agravante el decir muchos números y siglas como si hablasen en clave, y a la pena que acabamos de dictar se le añadirá la del artículo número 4.
12. Los que, con propósito de que le alaben a sí mismo por lo mismo que dicen, ponderaren las virtudes gimnásticas de uno, verbigracia: "menudo brazo tienes", si el que lo dice tiene mucho brazo; o "cada día tienes la espalda más ancha", si el que lo dice se distingue por lo mismo, se les considerará necios irredimibles y vanidosos y se les condenará a enamorarse de sí mismos durante seis meses, no pudiendo en ese tiempo enamorarse de cualquier otra persona fuere del sexo que fuere.
13. Los que, rebasando lo que la discreción aconseja, gritaren a los cuatro vientos las conquistas amorosas del fin de semana e hicieren laudatoria de las exhuberancias corporales de la conquistada, por no parecernos de buen tono publicitar lo que sólo en la intimidad debe ventilarse ni de caballeros hablar de una mujer como si se la quisiera vender o como si del más alto escalafón fuese lo conquistado, y sabiendo además como Nos sabemos que es costumbre entre los que así hablan mentir más de la cuenta o, al menos, exagerar la nota de lo que en realidad aconteció, serán considerados necios perpetuos y sin posibilidad de enmienda y directamente condenados a no pisar gimnasio alguno durante seis meses, tras los cuales se les permitirá volver a ejercitarse con la condición de que no haya ninguna fémina menor de 40 años en su recinto; si las hubiera, los condenados deberán salir y regresar cuando la última haya salido.
14. Los que se ejercitaren con un peso determinado, sabiendo desde los principios que no podrán levantarlo según las directrices de la musculación aconsejan, serán considerados necios a porfía. No los condenaremos porque consideramos que bastante condena es ya para el necio hacer un esfuerzo que no tendrá recompensa, por lo cual les permitiremos proseguir con su necedad. Agravante es pedir a otro que le ayude, por molestoso y por suponer pérdida de tiempo para el ayudante, por lo cual les condenamos a no recibir ayuda y a levantar, si pueden, el peso para el que creen estar preparados.
15. Los que, por mirarse de perfil en un espejo mientras caminan, tropezaren con una mancuerna y se hicieren daño, serán considerados necios de marca mayor y condenados a aguantar el dolor que merecieren por su necedad.
16. Los que, sabiendo que alguien acaba de empezar con un aparato determinado, le preguntaren: "¿te queda mucho?", siendo más propio decir: "¿podemos turnarnos?", serán considerados necios falsarios y condenados a abandonar el aparato en que estuvieren si éste fuese requerido por cualquiera.
17. Los que dijeren, a modo de comentario muy gracioso y original, "correr es de cobardes", serán considerados necios vulgares y condenados a ver durante un día entero una tira de humor de Los Morancos.
18. Los que continuamente buscaren mirarse en los espejos que a su entender hagan mejor figura [más fuerte para unos, más flaco para otros], conociendo el engaño, serán considerados necios absolutos y condenados a ejercitarse siempre delante del espejo que peor impresión de sí mismo les dé.
19. Los que, habiendo para tal menester monitor titulado, dieren consejos gimnásticos no pedidos haciendo con ello jactancia de sus conocimientos, serán considerados necios pretenciosos y lenguaraces y condenados a trabajar gratis durante tres meses en el gimnasio donde estuvieran inscritos, a razón de ocho horas diarias, pudiendo por tanto sus consejos ser requeridos por cualquiera y en cualquier momento y estando obligados a dar los mismos consejos y con el mismo énfasis con que los daban anteriormente. Si los consejos no pedidos solían darlos a mozas garridas, como Nos sabemos que ocurre con harta frecuencia, se añadirá la pena establecida en el artículo diez, una vez concluida la condena que Nos damos en el artículo presente.
20. Los que, terminado un ejercicio, dejaren las pesas montadas en la barra y sin intención alguna de recogerlas y colocarlas en su lugar se fueren a otros menesteres o directamente salieren del gimnasio, serán considerados necios morrudos y condenados a llevar en una mochila durante un mes de su vida cotidiana el peso que dejaran montado.

domingo, 5 de septiembre de 2010

CARTA A MIS QUERIDOS POLÍTICOS

No es mi intención el despreciar una profesión, la vuestra, a todas luces digna y necesaria y que si se ha ido envileciendo con el tiempo no es si no por la vileza —valga por esta vez la redundancia—, la villanía, la ineptitud o la cobardía de muchos de los que, por vocación o por afán de enriquecimiento, se han dedicado a su menester a lo largo de los siglos. Tampoco está dentro de mis inclinaciones el generalizar, y bien puede ocurrir, y de hecho me consta, que existen y han existido políticos inteligentes, cultos y sensibles a los que incluso el pueblo ha llegado a admirar y que han llevado a cabo su labor con la mayor honradez, eficacia y pulcritud. En todos lados cuecen habas, y no voy a caer en la estupidez, en el fundamentalismo, de decir que todos los políticos del PP —por poner un ejemplo— son unos chupatintas o personas despreciables, o que todos los del PSOE son hermanitas de la caridad que sólo buscan el bien del prójimo —el obrero— y nada quieren para sí. La izquierda y la derecha andan en parecidas cotas de podredumbre, cada una con sus defectos endémicos, cada una con sus —ya casi desaparecidas o, por lo menos, difuminadas por el turbio correr de los tiempos— bondades, aunque es preciso puntualizar que, a mi entender, es la primera —la aparentemente libertaria—la que en peor estado de revista se halla, la que peor ha ido digiriendo el general derrumbamiento de los valores.

Pero vayamos al grano. No me interesan las libertades abstractas que tanto propugnáis y que tanto habéis propugnado en los últimos ciento cincuenta años; tampoco todos esos derechos civiles que a veces, en vez de útiles, resultan enojosos; no me interesa la economía del país ni el precio de las hipotecas; no me interesa la Administración ni el tanto por ciento de paro, el Plan Bolonia, el PIB, el índice de bienestar, el Estatut ni el número de turistas que nos visitan cada año; no me interesa la Unión Europea, la crisis económica mundial ni los bancos. En realidad, queridos políticos, no me interesa nada de lo que más os interesa a vosotros, o, desde nuestro punto de vista, parece que os interesa.

Así las cosas, me he molestado en escribiros una lista —sin ánimo de ser exhaustivo— con las cosas que creo que deberíais favorecer y las que deberíais eliminar en vistas de lo que sería, a mi entender, un buen Gobierno. Me gustaría empezar por lo más urgente, por lo que sería menester atajar cuanto antes, por todo aquello de lo que quien esto escribe abomina, y cuya desaparición haría de este malhadado país un rincón arcádico en este inhóspito mundo en que vivimos. Soy consciente de que, de querer incluirlo todo, me llevaría días enteros, meses e incluso años terminar y entregarles esta carta, por lo que seré lacónico y me limitaré a enunciar las cosas que me parecen más graves y que deberían ir sacando de la circulación por las vías legales que a ustedes les parezca. Después, por aquello de terminar con un buen sabor de boca y un rayo de esperanza, procederé a enumerar todo aquello por lo que un servidor de ustedes cree que merece la pena vivir. Serán, quizá, muchas menos cosas en número que las desagradables, pero de todos es sabido —así al menos lo creo yo— que lo verdaderamente bueno, por poco que sea, siempre compensará todo lo malo que nos vayamos encontrando.

De modo que ahí va, como el caballo de copas que dijo el poeta, y sin ánimo de ofender.

O con él.

Uno detesta, en general, a los puertas de discoteca, Sálvame y los autobuses turísticos que surcan el centro de las ciudades; detesta uno también y sobre todo la famosa Noche en Blanco que, a modo de escarnio, lleva repitiéndose varios años por estas fechas; detesta a los rebaños de turistas con cara de despistados y cámara en mano y las manifestaciones del color, olor, dirección y proposición que tengan (exceptuando las que se hacen contra el terrorismo); detesta también guardar cola hasta para comprar el pan y cualquier tipo de papeleo; detesta las aglomeraciones, la Universidad y a los guardias de seguridad del Metro; detesta que le digan si está más gordo o más delgado y le pregunten "¿qué tal?"; detesta, otrosí, levantarse tarde y dormir más de lo necesario; detesta, por lo general, las conversaciones sobre dinero, coches, motos, fútbol y música; detesta ir al gimnasio por la tarde, el móvil y el Facebook; detesta no hacer nada; detesta los centros comerciales y las tiendas de ropa masculina, así como los tatuajes, piercing y pendientes del tipo que sean; detesta a los que llevan abrigo con más de veinte grados; detesta las corbatas y a LeBron James; detesta la paella, las alcachofas y a los gritones; detesta el bufido del Metro del andén de enfrente cuando se para en una estación y acostarse, al llegar de una noche de juerga, cuando ya ha amanecido; detesta no estar cansado; detesta España Directo y los monólogos acerca del tiempo que hacen los dicharacheros reporteros en los cuatro puntos cardinales de la península, así como Madrileños por el mundo y todos los programas derivados; detesta que le digan que se saque el carnet de conducir y tener pelo en las piernas; detesta el arte contemporáneo y la sección de novedades de las librerías; detesta los mosquitos nocturnos y el olor del interior de los coches; detesta las risas demasiado estridentes y no terminar los libros; detesta las modas; detesta a los gilipollas con pibón y que alguien entre en su habitación sin permiso; detesta que lean algo suyo delante de él; detesta llegar pronto a casa; detesta las fiestas del Orgullo Gay y las de su urbanización y a los racistas; detesta, por supuesto, el heavy metal, los naipes y cualquier tipo de juego de mesa, sin excepción; detesta que invadan sus lugares de paz y tener que dar explicaciones a nadie que no sean sus progenitores; detesta los conciertos; detesta que le digan "pues yo..." sin antes haber preguntado; detesta que se le acerque un dependiente y tener que decir "estoy mirando"; detesta no poder ir a jugar al baloncesto porque esté lloviendo; detesta que alguien cuente en un sitio público sus peripecias y gustos sexuales; detesta las portadas de las novelas históricas; detesta las sesiones maratonianas de tenis en Teledeporte; detesta el tunning y al cantante Luis Miguel; detesta los sudokus y cualquier tipo de pasatiempo; detesta "pasar el tiempo"; detesta los cabellos excesivamente engominados e ir a bodas de parientes de su novia; detesta no tener novia; detesta, en definitiva, tener que detestar.

Le gustan a uno los jardines románticos, los amigos y pasear, a poder ser sólo y por la noche para después, claro es, cenar en casa; le gusta leer, a poder ser al aire libre o en el tren; le gusta ver y jugar baloncesto y le gustan Michael Jordan, Scottie Pippen, Julius Earving, Larry Bird, Paul Pierce y Kevin Durant; le gustan las viejas ciudades castellanas y, ante todo, perderse por sus calles; le gustan las casas pequeñas y las plazuelas; le gustan los cerros coronados por una ruina medieval; le gusta estar solo; le gusta (aunque casi nunca lo hace) emborracharse levemente antes de acostarse; le gustan Camilo José Cela, Paco Umbral, Galdós, Tolstói, Baroja y Hesse; le gusta Goya; le gustan Drazen Petrovic, Arvydas Sabonis, Nikos Gallis y Pau Gasol; le gustan los viejos cafés y trasnochar; le gusta madrugar; le gusta dormir lo justo, ni una hora más; le gusta trabajar y llegar cansado a casa; le gusta, de vez en cuando, coger el petate y recorrerse la Alcarria en bici; le gustan las visitas cortas a un buen amigo; le gusta recitar de memoria sus pasajes literarios favoritos; le gusta ir al gimnasio y, sobre todo, volver del gimnasio; le gusta hablar de literatura, mujeres y baloncesto, si por él fuera no abriría la boca más que para hablar de alguna de esas tres cosas; le gusta cenar fuera de casa y la camiseta de los Boston Celtics; le gustan los Episodios Nacionales, Gabriel e Inés; le gustan los gatos y cualquier tipo de félido; le gusta Aranjuez; le gusta pasarse tardes enteras buscando un libro; le gusta el chocolate, cuanto más empalagoso, mejor; le gustan las extranjeras, sobre todo las rusas; le gusta el año 1808; le gustan los paisajes invernales y los días de niebla; le gustan los rincones misteriosos y sombríos; le gusta que le miren; le gusta el canto de los pájaros y los atardeceres sonrosados; le gustan los anuncios de perfumes que echan cada año en Navidades; le gusta, sobre todo, que le gusten cosas.

Hasta aquí mis peticiones. Todo lo que, desde el Gobierno, fuese favorecer lo que acabo de decir, me parecerían excelentes medidas. Por mi parte, si así fuera, se lo agredecería de la única manera que puedo, de la única manera que, por otro lado, sé que es la que me agradecerían ustedes a mí: con mi voto.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

TIERRA INHÓSPITA

Muchas y sabrosas lecciones han dejado los últimos tiempos. Es usual oír a la gente decir que los malos tiempos son los que curten, que es en las dificultades donde se forja nuestra personalidad, que son los obstáculos y no el amable sol del amanecer de los que se extraen enseñanzas que han de servirnos —siempre para bien, ha de suponerse— para lo que nos reste de vida, sea mucha o poca, sea intensa o leve, sea feliz —pensando siempre que esa palabra tenga algún valor— o desdichada.

Naturalmente, no voy a ser yo el que contradiga esta afirmación con tintes de verdad más o menos asentada. A fe que me gusta destrozar tópicos, discutir frases hechas, llevar la contraria, remover conciencias. Pero no en esta ocasión. No me parece que haya que insistir en que la vida es un aprendizaje para el que de poco vale querer saltarse plazos. “Nunca hubiera podido escribir mis libros sin haber escrito el anterior”, dijo George Sand. “Nunca hubiera podido haber vivido tal circunstancia sin anter haber vivido todo lo que viví”, añadiría yo.

Esto que digo puede parecer una verdad de perogrullo, pero me parece que conlleva profundas consecuencias para la vida del que en ello reflexione un poco. Al igual que desde los buenos sentimientos es imposible hacer buena literatura, desde algo que no sea parecido a la lucha, a la agonía, al sufrimiento, al dolor, es imposible redondear una existencia completa. Para el escritor todo es aprovechable, más aún todo lo malo —o todo lo aparentemente malo— que pueda sucedernos a nosotros mismos o a los que nos rodean.

Podría incluso discutirse, cierto es, porque todo en el fondo es susceptible de discusión, pero pensándolo bien de poco nos valdría. Yo creo que la resignación es actitud sabia y tranquilizadora, y el que procura aplicársela mucho lleva ganado. Lo que ocurre es que es una actitud que conlleva, sobre todo, tiempo para aprenderla —las actitudes también se aprenden—, y las más de las veces, cuando la hemos asimiliado a nuestro ser, no hay tiempo —¡ay!— para aplicarla.

Ver la muerte de un ser querido de cerca, tan de cerca que llega a peinarnos con su aliento, es otra cosa más que tarde o temprano nos llega a todos —a todos los que vivan el tiempo necesario para poder verlo—, que tarde o temprano tendremos que acercarnos a olerlo sin taparnos la nariz, porque sin respirar no podremos aguantar.

Ahora bien, no me parece menos cierto que, si bien ciertos acontecimientos de nuestra vida han de servirnos para fortalecernos, hay que decir que no siempre ocurre así y que, vistas las orejas al lobo, tal miedo nos puebla y tal frío se nos mete en los huesos que de ello jamás nos recuperamos, y algunos acaban siendo corderitos asustados por el resto de sus días. Es famosa la frase “en la batalla del Ebro se acabaron los cojones”: el ancestral valor que solía asignarse a los españoles desapareció tras la más cruenta batalla de la Guerra Civil.

Esto que vale para los pueblos vale para las personas, y de cada uno de nosotros depende beber a morro del chorro de lo que nos venga. De nada vale lamentarse en la desgracia, de nada vale quejarse, porque el que se lamenta y se queja pierde un tiempo y unas fuerzas preciosas para iniciar la remontada. La vida no espera.

Han sido tiempos difíciles para escribir, con lo que corro el riesgo de que el contador en el blog de este mes de agosto que hoy expira se quede a cero. Por ello escribo esta somera explicación que supongo no importará a nadie pero que me creía en la obligación de dar. Por ello también publico el primer capítulo de un relato que comencé hace unas semanas y que se quedó varado, esperando a alguien que lo devuelva al agua. Ese alguien sólo puede ser uno mismo, y quizá publicándolo ahora me obligue a seguir escribiéndolo.

lunes, 16 de agosto de 2010

Una gota de RGS

"Los convites de la bohemia me resarcían. ¿Sabe alguien que no sea bohemio de esa grandeza en la generosidad por la que no sabiendo si se va a tener alguna vez más dinero se gasta uno todo el capital que posee para que todo sea de lo mejor de lo mejor y los vinos auténticos y viejos?
¡Miserables! ¿Qué van a saber? Siempre les queda algo, y no sólo no gastan el capital sino que ni siquiera se gastan la renta".
(Ramón Gómez de la Serna, Automoribundia)

lunes, 26 de julio de 2010

VIERNES NOCHE (Apunte para una novela noctívaga)

No sé si en este blog he dicho alguna vez que desde mi casa, un decimocuarto piso —el último— de un bloque de viviendas cercano al Barrio del Pilar, tengo una magnífica vista de la sierra del Guadarrama en toda su extensión, pues abarca desde sus confines en el oste (lindando con la provincia de Ávila) hasta el puerto de Somosierra, al este. Es viernes, y en este preciso instante escribo en mi habitación, frente a la ventana de par en par abierta, con el sol fundiéndose a ras de suelo tras de un velo entre grisáceo y púrpura. Justo encima de esta banda equívoca, un pálido destello, y, por último, extendiénsose por encima de nuestras cabezas, el cielo, de un azul gastado, intranquilizador, como de otro planeta. La sierra no ofrece detalles, tan sólo su perfil, como montañas dibujadas por un niño o por un pintor que no tiene ganas de pintar. Una nubecilla alargada, envuelta en fuego rojo y añil, acaricia amorosamente la cumbre de la Maliciosa. Uno algunas veces se pregunta qué función puede tener una de estas nubecillas tan insignificantes, que nunca traerán lluvia ni sombra, que están ahí un rato y, al cabo de un tiempo que no sabemos si ha pasado o no, desaperece sin que nos demos cuenta...
Parece que no, pero mientras uno escribe lo que precede, va oscureciendo. Es viernes noche, repito. Uno, que a esta hora en este día suele estar trabajando, está en casa. La semana pasada dijo que este fin de semana se lo tomaba libre. Pensaba salir, quizá, llamar a algún amigo, o a alguna de esas chicas que tiene olvidadas en la agenda, suponiendo que tales chicas y tal agenda existiesen. Solo en la casa penumbrosa, un débil flexo iluminando el teclado, la televisión apagada, los sonidos de la ciudad que suben a pesar de no querer ser escuchados: una ambulancia que rasga el despertar de la noche incipiente, el frenazo de un autobús, unas risas adolescentes, los ecos de una conversación, y, siempre, un perro, el mismo perro, el perro que ladra ahí abajo desde que uno tiene uso de razón.
Pero uno, de momento, no ha salido, y está en casa, escribiendo. Es posible, no lo sé, que sea normal que una persona joven, menor de treinta años, en la flor de la vida, se quede en casa escribiendo en vez de salir a comerse la noche de verano, o a ser comido por ella, que es lo que suele ocurrir. Yo no sé si es normal, digo, aunque, pensándolo bien, es algo que carece de importancia.
Oscurece. El azul del cielo se ha hecho más intenso. La noche se avalanza sobre Madrid, que, todos lo sabemos, es ahora cuando despierta.
Mi hermano llega a casa. Resopla, viene de trabajar. Tira la mochila sobre la cama.
—¿Hoy no trabajas?
—No.
—¿Y no sales?
—No lo sé.
Habla con tres o cuatro personas por el móvil. Son conversaciones cortas y estridentes, jocundas. A tal hora, en tal sitio, vamos a ir a no sé dónde. Cena, se ducha, abre y cierra armarios, se viste, se perfuma, se emperifolla, todo en tiempo récord. Veinte minutos después de haber llegado, se va, sin despedirse. Otra vez solo, otra vez el silencio, otra vez la oscuridad, otra vez el perro ladrando.
Es la noche cerrada.
Un rato después llega mi padre. No viene para quedarse, sino a coger la guitarra. Él y mi madre están abajo, en el club social, con los amigos. Al verme en casa y a oscuras parece algo sorprendido.
—¿No sales hoy, hijo?
—Seguramente.
A veces, al mentir, se siente como una pequeña liberación, como un torrente de agua espumosa que nos corre por el estómago pero que, no obstante, es ahogado pronto por una presión en la garganta.
—Estamos abajo, llegaremos tarde.
—Vale.
El perro sigue ladrando.
Suena el móvil.
***
La plaza de Santa Ana está animada, tan animada como la última vez que la vi a estas horas. Hacía tiempo que no salía por el centro. Han cerrado algunos garitos a los que solíamos ir y han abierto otros nuevos. Las terrazas están atestadas, algunos grupos beben en medio de la plaza o junto a la estatua de Federico García Lorca, que sujeta amorosamente un pajarito entre las manos en el momento en que echa a volar. Se oye hablar en inglés y en italiano. El desfile de la noche, el heridor frenesí de la noche, derrite el cerebro y excita los sentidos. En la primera impresión, tanta gente junta sonriendo, gritando y pasándolo bien es algo que llega a asustar.
Pero estoy contento, casi expansivo. La reciente amenaza de la siniestra noche de viernes en casa parece ya como una pesadilla felizmente pasada. Me apetece reír, hablar, aunque sea sobre temas que no son de mi gusto y con personas a quienes no tengo demasiado aprecio. El denso y oloroso aire de la noche madrileña de julio está cargado de sugerentes perspectivas que no hay por qué echar abajo así, de primeras.
Flotan, en ese ambiente enloquecedor, utopías al alcance de la mano y promesas que nadie prometió.
***
De vez en cuando se escucha algún crujido, se siente alguna presencia que no debería estar ahí. Con otra edad seguramente estaría asustado, cerraría la puerta de mi habitación y no saldría ni para ir al baño. Ahora no, ahora, con veintisiete años y medio, esos miedos y sugestiones casi me causan risa. Pero, en la noche del viernes, en la casa penumbrosa y oscura, es inevitable que me asalte algún recuerdo intranquilizador. Hará unos dos años hubo unos días en que, según mi madre, se sentía en la casa una presencia extraña, sobrenatural. Una noche, según nos contó, estaba ella en la cocina, haciendo la cena, cuando se puso a hablar sola, creyendo que alguno de nosotros estaba a su espalda. Cuando se dio la vuelta vio que no había nadie. La espumadera cayó al suelo, tal fue su sorpresa, porque ella juraba y perjuraba sin atisbo de duda que sintió a alguien detrás de ella, clavándole los ojos en la nuca. Pocos días después, mientras dormían, mis padres saltaron de la cama al unísono, como un resorte, al escuchar pasos, movimientos y como ecos de chuchicheos en la terraza. “¡Quién anda ahí!”, dijeron. Aquella vez no fue sólo mi madre quien notó algo extraño, sino también mi padre. Éste salió de la habitación con una linterna y, andando a tientas, llegó a la terraza. Naturalmente, no había nadie, no había nada. Recuerdo que, cuando me contaron aquellos sucesos, pasé varias noches seguidas sin poder dormir, petrificado en la cama, tumbado de costado mirando hacia la pared, sin querer darme la vuelta. Había veces en que ni siquiera la luz del día me tranquilizaba y, si estaba solo en casa, bajaba a la calle a dar un paseo.
***
Los cuerpos poco acostumbrados al alcohol prenden rápido. Tras un par de horas de calentamiento, llegamos a un garito de la calle Echegaray. No sé en cuál estábamos antes, sólo sé que estaba en la calle del Príncipe, enfrente de las Cuevas del Sésamo, y que un marica no paró de mirarme un sólo segundo. También yo miré inquisitivamente durante un buen rato a una chica alta, de pelo castaño y enormes ojos azules, pero no me hizo el menor caso. Por eso bebí más, por ver si con el alcohol, aún sabiendas de su fraudulencia, me hacía ver las cosas de otra manera.
Ahora, en el pub de la calle Echegaray, todo es lo mismo, pero cambiando el escenario. Sergio (es nombre supuesto) me dice que vayamos a tomar otra copa. Por supuesto, accedo. Mientras esperamos en la barra observo sin ningún tipo de disimulo a la camarera. Ella, que nota mi mirada y la de todos los que se agolpan en la barra como una horda sedienta, no mira a nadie a la cara. Cuando le piden, se limita a acercar el oído a la boca del cliente y a servir con la mayor rapidez posible.
Me siento feliz y con ganas de todo, con esa alegría de plástico de la que después nos acordamos con vergüenza pero que también nos deja con un punto de nostalgia. Mis amigos también lo están. Alguno parece que ha acertado ya con el dardo, o al menos va camino de ello. Estoy tan seguro de mí que incluso hago un gesto de victoria con el pulgar hacia arriba a Julián (es nombre supuesto), con quien me une una sorda enemistad desde hace mucho tiempo, cuando le veo hablando con una morena pequeña y con pinta juguetona. Un tipo alto, con la cara cuadrada y las patillas anchas, primero me pisa y después me sonríe.
—Perdona —le digo.
***
Me recorre un estremecimiento al recordar la historia del aparecido de mi casa. Mi madre dice que fue una presencia benévola, una visita anunciadora de que todo iría bien de ese día en adelante. Mi madre asegura que antes de aquello se encontraba muy angustiada por diversos asuntos y que fue llegar el fantasma y sentir como una ligereza y una singular entereza de ánimo. Ello, en esta oscuridad crujidora, no me tranquiliza.
Igual tenía que haber cogido otro fin de semana libre y haber ido hoy a trabajar. Para quedarse en casa no merece la pena perder ese dinero. Además, llegar a casa de madrugada y cansado es una gran satisfacción, uno de los grandes placeres de esta vida. La felicidad, en caso de existir, está en la rutina. Esta frase no sé si es mía o la he leído en algún sitio. Lo mismo da, porque es rigurosamente cierta.
Me levanto de la silla, cojo un libro de mi biblioteca —El diablo de los ojos verdes, de Emilio Carrere, editorial Salto de Página, colección Cian—, lo hojeo, lo dejo donde estaba, vuelvo a sentarme y miro por la ventana. Allá a lo lejos, en las estribaciones de la sierra, que ya no se ve, que parece que no está, se ven las luces de Colmenar Viejo, como una galaxia plana y alargada.
¿Por qué no me llamó nadie? ¿Por qué no llamé a nadie? ¿Qué hago en casa un viernes por la noche? Enciendo la televisión, y al ver a una cacatúa hablando en malos términos sobre su ex marido, la apago al instante. Demasiado duro, demasiado sórdido.
Afuera, un perro, quizá el mismo perro, sigue ladrando.
***
Está siendo una gran noche. En realidad aún no ha pasado nada, pero quedan horas por delante y el ánimo es el mejor posible. Me río un rato con David y Miguel (son nombres supuestos) hablando de glorias pasadas. A nuestro lado se coloca un grupo de chicas todas muy monas, con los morenos hombros y escotes al aire y la frente orgullosa. David, que siempre fue muy desenvuelto, enseguida se pone a hablar con ellas. Amago que me voy a unir a la prometedora conversación, pero ese segundo de duda me condena. Como a solas con Miguel no me encuentro del todo cómodo y él conmigo tampoco, decidimos tácitamente unirnos a los demás, que, por otra parte, no sabemos dónde están.
Los buscamos por el garito, que está atestado, sin éxito. Yo voy delante. En un momento le pierdo y me quedo solo, con la copa en la mano, en medio de la marea humana. Casi mejor.
***
Es más de la una y mis padres han llegado hace poco a casa. Vienen sonriendo y tarareando una canción de los años 70.
—¿No has salido hijo?
Cierro la puerta de mi cuarto. Hace un calor espantoso, incluso diría que huele mal. Esto del olor propio es difícil de comprobar, pero a mí me parece que sí, que mi cuarto huele mal. Las teclas del ordenador están pegajosas de mis manos sudorosas. Mis padres, contentos, se van a la cama. Vuelta al silencio, sólo interrumpido por el traqueteo intermitente del teclado. Podría estar pasando, por qué no. Está pasando, de hecho. En mis dedos, en mi cabeza, pero está pasando. Es mejor que las cosas pasen así a que no pasen de ninguna manera.
Hay amigos que ya no quieren salir con uno, no se sabe muy bien por qué. ¿Se les puede reprochar eso? No, yo creo que no. Me tumbo en mi cama, mirando para el techo, y pienso. Quizá sea hora de irse a acostar, pero sé que sería inútil. Mi noche libre no puede irse durmiendo. Tenía otros planes para ella. Parezco un abuelo, salgo menos que mis padres, mucho menos que ellos, me digo. Se oye al equipo de limpieza del Ayuntamiento mojando la calle. En las noches de insomnio, el sonido del agua limpiadora es sedante, es como escuchar una catarata en medio del bosque.
***
Uno, cuando sale, sobre todo si es por el centro, busca sentirse el personaje de una novela decimonónica. Busca cosas que sabe que raramente le pasarán, sucesos nimios que, en caso de producirse, sólo después, con el paso del tiempo, adquieren su verdadero significado. “¿Te acuerdas cuando...?”, y entonces el lugar donde ocurrió ese algo, el momento, la persona con quien nos tropezamos casualmente aquella noche, se convierten en lo mismo, exactamente lo mismo que si lo hubieran narrado Galdós, Baroja o Balzac. Uno, naturalmente, busca que le pasen cosas, pero si no le pasa nada da igual, porque el simple hecho de estar, de ver, de tocarse con alguien, de decir algo, de mezclarse, es ya dar fe de su nimia existencia, casi diría que de justificarse la juventud.
Un escritor muy prestigioso decía que la literatura jamás debe hacerse sobre la literatura, y no es que esté de acuerdo o en desacuerdo con ello, pero, viniendo esas palabras de quien vienen, haré bien en seguirlas, aunque sólo sea por esta vez. Así que prosigamos. Estoy solo en el garito de la calle Echegaray, perdido entre las masas, buscando caras conocidas no para unirme a ellas, sino precisamente para lo contrario, para rehuirlas. Lo mejor es saber dónde está el enemigo para no tropezar con él. Termino la copa (creo que es la quinta o la sexta) y me apoyo en uno de los pilares. Me siento mareado y creo que tengo una estúpida sonrisa dibujada en la cara. No soy el único. Quien más quien menos carga con su cuota de ridículo en este pub morado y sin sueño.
El calor es cada vez más agobiante. Parece que ese punto de inflexión, ese momento a partir del cual todo empieza a rodar cuesta abajo como una bola de nieve hasta llegar al frío valle de la tristeza, ha pasado ya. Si hasta ese momento uno luchaba por lastrar los segundos, por que el reloj no avanzase, ahora sólo queda relajarse y dejar que pase el tiempo lo más rápidamente posible. Así que voy a la barra, pido la última copa, regreso a mi pilar, apoyo la espalda, cruzo las manos a la altura de la barriga, miro para el techo y cierro los ojos. Así estoy unos segundos, tras los cuales siento que me sacuden en un hombro.
***
¿Qué estará ocurriendo en la noche madrileña? ¿Qué hubiera ocurrido si hubiera salido? Mejor aún, ¿qué me hubiera ocurrido si hubiera salido? Vuelvo a pensar, como a veces lo hago, en la teoría de las múltiples historias del físico norteamericano Richard Feynman. Si es verdad que cada uno de nosotros está viviendo a la vez infinidad de historias diferentes, ¿por qué estoy sintiendo, viviendo precisamente esta, solo en casa, un viernes noche, y no cualquier otra, incluida la de mi muerte? El pensar en esto último parece que me alivia un poco. Pero la historia de mi muerte en este viernes noche es sólo una, y las probabilidades de haberla vivido son tan escasas que no puedo por menos que lamentarme de estar viviendo precisamente esta historia, y no otra cualquiera.
Imposible dormir, pero la verdad es que tampoco lo intento. Bajo un poco la intensidad de la luz de mi flexo hasta que la habitación queda en una penumbra anaranjada. Me levanto de la cama y miro por la ventana. Me doy cuenta de que el perro no ha dejado de ladrar en toda la noche. Ahí sigue. Lo imagino con los ojos rojos y las fauces abiertas y espumeantes. ¿Es que acaso puede ser de otra forma?
Mañana, cuando despierte y sea de día, todo habrá pasado, y me reiré de mí mismo y de mis idioteces. Quizá, sólo quizá, quede una gotita de acíbar posada en la garganta...
***
Abro los ojos y veo un rostro conocido. Es una chica. En los primeros segundos no acierto a ponerle nombre. Después me doy cuenta de que no le pongo nombre porque en realidad no sé cómo se llama. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que es la chica del pub de la calle del Príncipe, la chica alta de pelo castaño y enormes ojos azules que un rato antes miré con insistencia, sin fruto. Con ademán resuelto me coge de la mano y me lleva por entre los nudos de gente en pie. No me explico nada porque nada tiene el menor sentido, pero tampoco hace falta. Veo el cielo de sus ojos abierto.
Llegamos a un rincón, y empezamos a hablar. Ella sonríe.
—Verás —me dice, saltándose las presentaciones—, ese tío que ves ahí lleva acosándome toda la noche y he venido contigo a ver si me deja en paz. Es el que está junto a la columna, el rapado de la camiseta blanca. No le mires mucho.
Busco disimuladamente al que me ha dicho. El tipo, una especie de boxeador malhumorado, nos mira de vez en cuando con inquietud, sobre todo a mí. No sé qué pensar. A lo mejor es verdad, pero prefiero convencerme de que quizá es una estrategia para entrarme. ¿Por qué no?
—Se ve que tiene malas pulgas. A ver si voy a tener un problema.
—No, no creo.
—¿Le conoces?
—Qué va. Nunca le había visto. Lleva dos horas dándome la tabarra. Le he dejado bien claro que no quiero nada, pero él insiste en sobarme. Se creerá que a fuerza de insistir va a conseguir algo. Pues lo lleva claro.
—Los hay muy pesados.
—Y muy sobones. Y muy sobraditos. No soporto a los que van de sobraditos. Me dan asco.
—Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Belén —no me pregunta mi nombre—. Y es que además — continúa— siguen teniendo el concepto de que son ellos los que tienen que seducir. ¡Eso se acabó, hombre!
—Sí, es una vergüenza. Qué lamentable.
—Son los “machitos”... Tú pareces majo, diferente.
—Sí, diferente.
Qué va. De diferente nada. Mi objetivo, aunque esté mal decirlo, es el mismo que el del boxeador malhumorado.
—Eso de ir detrás de una chica echando babas —prosigo— me parece ridículo. E indigno para el que lo hace y para la que lo sufre. Es como volver al mono.
—¿Tú no eres de esos?
—Claro que no. Si veo que no hay opción, lo dejo pasar, no me arrastro. Y a otra cosa.
—¿Opción? ¿A otra cosa?¿Pero tú a qué sales, a ligar o a pasarlo bien?
—A pasarlo bien, a pasarlo bien...
—Es que algunos parece que sólo van a lo que van.
—Sí, no se entiende.
Eso es lo que digo, pero me esfuerzo en mirarla más intensamente a los ojos y en acercar mi cara paulatinamente a la suya.
—Bueno, pues te permito que te quedes conmigo hasta que se vaya.
—¿No te molesta?
—Sí, pero ya ves tú, antepongo la seguridad de una dama a mi propia diversión.
De vez en cuando Belén mira para el boxeador, pero en seguida se da cuenta de que nos sigue mirando y rápidamente aparta la vista y vuelve a hablarme, sonriendo. Me fijo más en ella: tiene pelusilla encima del labio y no es tan guapa como me pareció en la primera impresión. Es alta y tiene buen cuerpo, algo desgarbado, y una actitud cansina y a la vez voluble, como si estuviera drogada. No para la vista quieta un momento. A todos lados mira, y en ninguno se queda.
—¿Y tus amigos? —me pregunta.
—Están por ahí, haciendo el gamba.
—Si quieres vamos con ellos.
—No, si cada uno va a lo suyo ya. Mejor nos quedamos aquí.
—Qué tío más pesado...
***
No lo aseguraría, pero creo que he dormido unos minutos. Me despierta el recuerdo de una escena de una novela que estoy leyendo. Hay libros que, al administrarlos a mi cerebro, excitan mis sentidos. Generalmente son los libros en los que más fácilmente puede uno meterse y salir con más dificultad. Son libros llenos de vida y de personas reales, aunque sean invento, superchería del escritor. Cuando llega la hora de dormir, me es sumamente difícil dejar de ser personaje de ese libro y regresar a nuestra prosaica realidad. ¿Puede haber algo más prosaico que dormir?
Lo lamentable es que es necesario. Vuelvo a estar despierto, a nadar en esta noche de viernes de la que sé que tarde o temprano saldré —hay que hacerse ilusiones como sea— pero que muy bien podría repetirse en un futuro no muy lejano.
La noche es la morada de los rufianes, de los asaltantes y de los sicarios, pero también lo es de los poetas, de las princesas románticas y desesperadas y de los suicidas por amor. ¿Y ahora, qué? Mejor que llegue el día.
Hace ya muchas horas que hubiera llegado de trabajar y estaría, igual que ahora, en casa. Pero a buen seguro estaría durmiendo y con la conciencia tranquila, con los pies en alto por ver si se descongestionaban, sintiendo en todo mi cuerpo el dulce peso de la fatiga.
No sé qué hora es. Prefiero no saberlo, pero agarro el móvil: son más de las cuatro. Mi hermano aún no ha llegado, tardará al menos dos horas. Mis padres duermen. Afuera se oye un grito, una palabrota que prefiero no reproducir aquí. El que la ha berreado debe de tener dieciseis o dieciocho años, no más. Entorno los ojos y me pongo a recordar. ¿Gritabas tú eso con esa edad, andando por la calle, a altas horas de la madrugada? Unas risas femeninas acompañan al grito que, visto así, ha podido hasta quedar bien.
La caterva gritadora se va alejando en dirección desconocida. Empiezo a tener sueño, pero hay que terminar lo empezado...
***
“Qué tío más pesado”, dice, suspirando, pero en realidad se gira cada dos por tres para ver dónde está el tío pesado, que sigue mirándome. Empujado por el alcohol, hago amago de bailar, y ella me sigue. Es una danza apenas insinuada, algo ridícula, pero me da igual. La toco suavemente en la cintura repetidas veces, y como no parece molesta, sigo haciéndolo, hasta que ya la agarro con decisión. Su cuerpo está caliente y algo sudoroso. Me voy animando, como si por mis venas entrara de repente sangre caliente, caribeña o cubana o dominicana o de donde sea. Nunca he sabido bailar siquiera con un mínimo de garbo, pero esta noche por momentos bailo casi sensualmente, descaradamente, sin complejos, contoneando la cadera como lo haría una mujer. Nunca he sabido por qué bailo como una mujer —o, más exactamente, intento bailar como una mujer— cuando voy borracho, pero es así, o al menos a mí me parece que es así; nunca me he mirado en un espejo mientras bailo, a Dios gracias. Nuestros cuerpos se van estrechando al ritmo de los horribles reggateon que pinchan, pero que a mí en este momento me suenan a una melodía sexual, epiléptica, enloquecida.
Así estamos un buen rato, durante el cual casi me he olvidado del boxeador. El clímax de la noche aún no ha llegado y, por tanto, tampoco esa decadencia imparable que en las noches de juerga sumerge en una extraña y profunda tristeza hasta que llega el amanecer. Aún queda un rato en que poder aprovechar la oportunidad que se me ha presentado. Apenas hablamos, sólo bailamos. Hago cosas impensables en mí, y aún creo, porque me cuesta asimilarlo, que intento bailar sevillanas, cuando jamás en mi vida he tenido la más remota idea. Es posible que nos hayamos dado algún beso fugitivo, pero no lo aseguraría.
Cuando estamos en lo mejor me dice que se va al baño, que en seguida regresa, así que me quedo solo entre los tumbos de la música, las luces de los focos, los empujones y los pisotones, sin dejar de bailar eso sí, o, mejor, de mover el cuerpo rítmicamente de un lado a otro.
***
Efectivamente, la noche puede ser un refugio, como también puede serlo una calle dormida o el rincón de un café bohemio. Puede ser un refugio, digo, y no es que sea un mal refugio precisamente. La noche tiene mala fama, y la figura del madrugador se nos aparece limpia y decente, frente a la del trasnochador que, aunque no salga de juerga ni se emborrache ni se vaya de putas, simplemente aprovecha la noche para tejer pacientemente el “yo” que durante el día no le dejan ser.
Esta noche de viernes no parece un refugio muy seguro para mí. Desconfío de él, parece que en cualquier momento se me va a caer encima. Es mejor dormir y dejar las gaitas para otro momento. Mas es en vano. Una vez echada a rodar la rueda de la imaginación y la resignación —que, bien mirado, son términos no demasiado alejados entre sí— mi cabeza es incapaz de descansar. Nunca fui una persona de dormir fácil. Envidio profundamente a aquellos que son capaces de dormir en cualquier circunstancia y nada más caer sobre la cama, pero compadezco a los que echan más horas que las imprescindibles a esta actividad tan poco ociosa, tan práctica, que es dormir. Yo mismo me enfado conmigo mismo cuando duermo más de siete horas en un día. ¿Para qué?
No es noche para dormir. Menos aún después de no haber trabajado por voluntad propia, menos aún después de no haber salido, menos aún después de haberme quedado en casa, siquiera para dar un paseo por el barrio.
El andar, el mismo acto de andar, sí que puede considerarse un refugio seguro y eterno, el único que tenemos quizá. Pobre del que no lo haya descubierto. O, pensándolo mejor, pobre del que lo necesite.
Pero, ¿quién no lo necesita? ¿Es sensato decir “no, yo no necesito ningún refugio porque mi refugio soy yo mismo”? Yo se lo he escuchado decir a alguno, y lo peor de todo es que se nota que no miente, se nota que se lo cree. No he podido menos que, como al dormilón, compadecerlo.
¿Me compadecerá él a mí? Seguro que sí.
¿Quién ganará en esta batalla de compadecimientos? ¿Es necesario que diga la respuesta?
Pero volvamos a la vida, a aquello que está pasando, o pasó, o quizá pase.
***
Belén tarda, pero estoy convencido de que regresará a mi lado y que esta vez va a ser la buena. Se me acerca David, me dice que se van ya a casa, que ninguno ha tenido suerte. Sonrío, regodeándome en mí mismo. Le digo, intentando poner tono de misterio, que se vayan si quieren, que yo me quedo. Espero que me pregunte, pero no lo hace. Me despido y, ya bastante inquieto, comienzo a dar vueltas por el garito. No la veo por ningún lado. Me siento estúpido, más estúpido que nunca, a pesar del alcohol que corre por mis venas. Regreso al rincón donde había estado con Belén, y allí la encuentro besándose con el boxeador entre baile y baile. Todo el alcohol me baja de repente y decido irme a casa.
Cuando salgo del garito y pongo el pie en la calle Echegaray, ya no es noche cerrada. La primera idea, el primer problema que asalta al juerguista cuando termina su noche es el de disponer del transporte para el pesado, farragoso regreso a casa. Es en ese momento cuando le vienen todos los remordimientos. El cansancio, el fracaso, el aburrimiento, se presentan de repente, como saliendo de detrás de la esquina donde estuvieron escondidos toda la noche. Antes de salir, nadie piensa en cómo volver después. Y si lo piensa, hace mal.
Mi cuerpo se hunde sobre mis maltrechas piernas y me convenzo de que no estoy en condiciones de ir a Cibeles y tomar un búho que estará atestado, que tardará más de la cuenta y que además transportará a individuos gritones que, cabe la posibilidad, incluso le vomiten a uno encima.
En ciertas condiciones es tremendamente fácil autoconvencerse de algo, así que decido buscar un taxi. Recorro la calle del Príncipe y llego a la plaza de Canalejas. En la calle Sevilla se agolpan los taxis, que recogen grupos de dos, de tres e incluso de cuatro. No veo que recojan a solistas.
Es el taxi, tantas veces tomado, de la tristeza repentina que le entra a uno cuando ninguna de las promesas que nadie le prometió no se cumplen.
El autobús nocturno, qué duda cabe, no se hizo para soportar estas tristezas, y la mera imagen de su sucio y maloliente interior, de su luz blanca y viscosa, excesiva, irrespetuosa con los ojos ojerosos que lo llenan, me desasosiega profundamente.
No es fácil, pero encuentro taxi casi a la primera. No hay nada como, en una época de asidua lectura de un escritor determinado, encontrarse con un personaje que parezca salido de su pluma. El taxista es un personaje más celiano que cualquiera de los creados por Cela. Es un hombre maduro de unos sesenta años, patilla gorda y canosa, gorra de marinero calada, palillo entre los dientes y frente grasienta y arrugada. Lleva guantes de conducir. Del retrovisor cuelga una imagen de la Virgen del Pilar.
La primera sensación nada más meterme en el taxi, con su oscuridad y su confort, es de bienestar. Le digo el destino y me arrellano en el sillón lo más amplio que puedo. Cuando me fijo en el contador, con sus amenazantes números rojos, cuyos dígitos no paran de subir, la cosa cambia, y casi sin quererlo abandono mi cómoda postura, como si por ir así fueran a cobrarme más.
No hemos llegado a Callao, bajando por Gran Vía, cuando, de buenas a primeras, me suelta:
—Qué, ¿cómo se dio la noche?
—¿Cómo dice?
—Que cómo se dio la noche, amigo.
—Pues muy bien, no me quejo.
—Uhhh, nada, nada, a mí no me engañas. No se ha dado bien.
Me da por reír.
—Le estoy diciendo que sí.
—Que a mí no hace falta que me engañes, puedes decirlo, en confianza. ¡Si no pasa nada! Además, ni que a mí me importara.
Me encojo de hombros.
—...
—Llevo cuarenta años recogiendo a juerguistas todos los viernes por la noche en el mismo sitio y sé perfectamente quién se va contento a casa y quién no.
—Ah, y a usted le parece que yo no me voy contento.
—Evidente, el tuyo es un caso claro. Más te hubiera valido quedarte en casa.
—¿Y usted qué sabe?
El taxista empieza a incomodarme más de la cuenta y, para no azuzar su lengua de fuego, procuro no hablar más. Es en vano.
—Qué, la chica se escapó viva, ¿eh?
—Yo tengo novia.
—¡Ja, ja, ja! Nada, nada, si a mí no tienes que darme explicaciones. ¡Aquí cada uno que haga lo que le parezca! Y dentro de cien años, todos calvos.
—Yo nunca le he puesto los cuernos a mi novia.
—Ya, ya... Amigo, en estos tiempos lo tenéis muy difícil. Antes era distinto. Antes... ¿cómo te diría?, antes había clase. Ahora es todo un cachondeo.
—Sí.
—Mira, yo le fui infiel a mi mujer una vez, aún era joven y me hervía la sangre. Siempre nos habíamos mirado con cierta inclinación. Estaba muy buena y era una oportunidad que no se podía desaprovechar. ¡Después, te arrepientes toda la vida! ¿Me entiendes, amigo? ¿Y qué hice? Dejé que pasara el tiempo y, pasados dos años, se lo conté a mi mujer. Le dije: “mira, mi amor, hace dos años tuve un lío con Carmen, la de la mercería. Te lo quería contar porque no me parece que entre esposos haya que ocultarse nada”. La buena mujer se quedó un momento parada y, cuando creía que me iba a montar en cólera y darme un bofetón, va y se encoge de hombros. ¡Hasta pareció comprenderlo, fíjate tú!
—Vaya, vaya...
—Como te lo digo. “¿No tienes tú nada que decirme?”, le pregunté. Y, sin más ni más, me dice: “Vicente, el de la heladería”. “¿Cómo?”, le pregunto, no comprendiendo. “Vicente, el de la heladería. ¿No querías que te contara? Pues ya te lo he contado”. Y así quedó la cosa, hasta hoy, en que vivimos felices como perdices.
No digo nada. La noche está siendo más dura de lo aconsejable. El taxista me mira por el retrovisor con el ceño fruncido.
—Bueno, y el partido del domingo, ¿cómo lo ves? ¿Seremos campeones del Mundo?
—Lo veo jodido. Los holandeses van a dar guerra.
—¡Eso, eso, así me gusta, con optimismo!
Afortunadamente, hemos llegado. Me apresuro a salir del taxi y, a través de la ventana, pago con un billete de veinte euros, sin recoger las vueltas. Después cierro la puerta. Miro hacia arriba, al último piso, a la ventana de mi cuarto, y me veo a mí mismo, apoyados los codos en el alféizar, mirándome. El taxi se marcha. Agacho la cabeza y me dirijo al portal. El cielo es de un color de hielo, y por oriente se ha teñido de un reflejo sangriento. El sábado ya está aquí.
***
Estoy mirando por la ventana. Una brisa tibia y revitalizadora me acaricia la cara. Ni un alma se ve por la calle. Sólo un taxi rompe la calma matutina. Se detiene enfrente del portal. Alguien sale de la parte trasera. Soy yo. Me veo a mí mismo pagando al taxista y cerrando la puerta. Después, ese yo alza la cabeza hacia donde estoy y nuestras miradas se cruzan unos instantes. El taxi se aleja por Fermín Caballero. Me veo también andando hacia el portal, con la cabeza gacha, hasta que me pierdo de vista. Ha amanecido y he conseguido aguantar toda la noche sin dormir. Lo siento como un triunfo, tras el cual puedo entregarme sin remordimientos a la fiesta del sueño tranquilo.
Todo parece distinto. El sábado ya está aquí. La habitación se puebla de luces y volúmenes desconocidos. Me aparto de la ventana, bajo la persiana, apago el ordenador y, antes de que mi otro yo llegue a casa, me tumbo en la cama. Mi cuerpo cae como a plomo sobre el colchón, y por mis miembros cansados parece correr la sangre de nuevo. El corazón late pausadamente.
Cuando estoy a punto de conciliar el sueño, y a la vez que oigo la cerradura de la puerta, me doy cuenta de una cosa: el perro sigue ladrando.
EPÍLOGO A MODO DE PRÓLOGO, QUE NO ACLARA NADA (SI ES QUE HUBIERA ALGO QUE ACLARAR) Y QUE INCLUSO INDUCE A CONFUSIÓN

Sólo una de las dos historias precedentes es la verdadera. Ambas ocurrieron a la vez pero sólo una está ocurriendo y ocurrirá siempre. Antes, sin embargo, sería bueno aclarar que ninguna de las dos es falsa o, mejor dicho, que ambas ocurrieron en la realidad, pero sólo una de ellas es esencialmente real, sólo una es la única que puede ocurrir, sólo una está en consonancia con el funcionamiento del Universo. No soy yo quien lo dice ni quiso que así fuera; tampoco es capricho ni invención del escritor, y tampoco sería exacto dar más importancia a esa historia sobre la otra. Yo creo incluso que debería ser al revés. Es solamente un acogimiento, un fatal y no deseado acogimiento, al Destino final de uno mismo, o lo que es igual, al Destino final de cada uno de nosotros. Un acogimiento a eso que venimos llamando soledad. Sólo una de las dos historias es coherente con ese Destino insoslayable. Puede que escribir Destino —nuestro destino— en letra mayúscula sea una fanfarronería, porque, al fin y al cabo, ¿somos tan importantes como nos pensamos? ¿Sabe alguien que esté esto leyendo quién es? Quien esto escribe, y lo dice con un hondo pesar, no lo sabe. Es posible que lo sospeche, pero de saberlo sigue estando bien lejos.
Es una tarde de domingo, soleada y muy calurosa, del mes de julio. El que esto escribe, mientras lo escribe, está siendo invadido por una honda tristeza que siempre parece estar ahí, latente, oculta, como el leopardo agazapado, pero que en ocasiones parece como querer llamar la atención más de lo normal, parece como querer hacernos recordar que, al fin y al cabo, no hay más cera de la que arde. Para evitar que esa tristeza —ese hondo pesar que, sin saber por qué ni por qué no, se pega a la garganta como una lapa, que intenta escapar por los ojos en forma de lágrima— le embargue más de los necesario y decoroso, el escritor va a salir en breves instantes a pedalear en dirección Colmenar Viejo, y no descansar hasta llegar allí. Luego, claro es, hay que volver. Pero, ¿importa algo eso ahora? ¿Debería importar alguna vez?