miércoles, 30 de diciembre de 2009

AMOR DE INSTANTE


Por qué te olvidas, y por qué te alejas
del instante que hiere con su lanza.
Por qué te ciñes de despesperanza
si eres muy joven, y las cosas viejas.

JOSÉ HIERRO

"Cometen un error enorme los que desprecian esos breves amores de una mirada, amores de instante, creyendo que el único amor, el que ellos creen verdadero, sólo se encuentra en el lento transcurrir de los años, en las relaciones largas, en el matrimonio, en pasar una vida entera al lado de otra persona. No niego que ésto sea también amor, en absoluto. Pero no es el único, ni seguramente sea el más puro. ¿Amor verdadero? ¿Quién dice eso? ¿Quién tiene la potestad de decir que un tipo de amor es el verdadero y el otro es el falso? El breve, arrebatado amor que nace y muere bajo las trémulas y solitarias luces de una biblioteca, en un café de domingo, en un vagón de Metro, en una calleja dormida, en la barra dorada de un bar decadente, lleva en sí la esencia de lo que es el amor. No se puede menospreciar a estos amores, digo, que no son lo mismo que el amor a primera vista. El amor a primera vista tiene, según la concepción que se le ha dado, visos de futuro. Es el comienzo de algo. El amor de instante, del que nos ocupamos, nace, vive y muere en un cortísimo espacio de tiempo. Empieza y termina en sí mismo. Es un único haz de luz. Es completamente inútil. Pero, ¿es que las cosas más bellas no son precisamente las inútiles? El amor de instante puede que sea el primero que se dio en el Hombre a lo largo de su evolución, y es una deliciosa herencia que la Naturaleza, a la que es difícil rebatir, nos ha legado. Estos amores de instante no son susceptibles de ser continuados en el tiempo. El que lo intenta, se equivoca, y además comete un delito estético. ¿Para qué intentar conocer a esa chica que nos mira incesantemente durante un trayecto de tren? ¿No será mejor que su mirada quede ahí, insertada en nuestro cerebro para siempre, como un engrama? No debemos sacar a esa muchacha del pedestal casi mitológico en que la hemos colocado después de que sus ojos atlánticos nos atravesaran el corazón. ¿Y si después nos decepciona? ¿Quién quiere que se le caiga un mito? Lo mismo sucede al contrario. No queremos ser un ángel caído para ella. O, mejor aún, ¿quién quiere ver confirmadas e incluso superadas las expectativas que nos hemos hecho de ella? ¿Dónde quedaría el misterio? Es natural tener la tentación, la curiosidad, el pensamiento, de acercarse a la muchacha y penetrar en su alma. Pero en su alma hemos penetrado ya, tanto como ella en la nuestra, no es necesario más. Dejemos que se marche, sonriémosla por primera y última vez y bajémonos del vagón. Esos ojos nos han alegrado el día, nos han alegrado la existencia. ¿Para qué más?"

jueves, 24 de diciembre de 2009

LOS OJOS MÁS BELLOS


Fragmento del libro de César González-Ruano (1903-1965) Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias.

"Me hubiera quedado en Venecia mucho tiempo. Quizá no la hubiera cambiado por mi pequeño paraíso de Positano, ni aun por Roma, para vivir toda la vida, porque comprendía que su gracia, su misterio, su encanto debía de alejarse siempre sin agotar, y podía ocurrir con Venecia como ocurre con algunas mujeres maravillosas, que llenan de ilusión al pasajero y de arrepentimiento al que se queda en ellas, y desacredita para sí misma sus encantos, sus misterios, su gracia, en el horror, casi siempre sin salida gallarda, de la convivencia agotado, homicida de los grandes amores.

La vida, entre otras cosas que no por naturales son menos inconsolables y dramáticas, me iba envejeciendo. Al adolescente de la calle Ancha de San Bernardo se le devoró la juventud, la tosca hombría rasurada, y notaba con más melancolía que horror que al joven de los bellos años de luchas y esperanzas lo devoraba ya la madurez cansada, que, a su vez, perecería en manos de la vejez, si Dios no cortaba antes la vida que en su tiempo fue abril. Pues bien, esa vida me ha enseñado que no hay que insistir sobre la belleza de las tierras, de las criaturas ni de las cosas. Que debería uno tener el valor estético se ser siempre y en todo viajero, sólo viajero, porque, al fin, el mejor recuerdo es el de aquello que no se tuvo nunca, y los ojos más bellos fueron los ojos que en una madrugada lívida vimos desde nuestro vagón de ferrocarril, en la ventanilla de otro tren que se cruzaba irremisiblemente con el nuestro.

¡Divinos ojos a los que hubiéramos ofrecido toda una vida porque sólo nos miraran unos segundos! ¡Divinas ciudades en las que, como los marineros en la isla de Circe, hubiéramos olvidado la patria y el hogar, porque no nos pidieron nada, y sin darnos tampoco nada, nos ofrecían todo al pasar!"

jueves, 10 de diciembre de 2009

Diario de sueños (III)


De momento voy cumpliendo. Es el tercer día consecutivo en que me siento delante del ordenador para escribir lo que he soñado. Veremos a ver lo que dura, pero de momento me encuentro con ganas de continuar este diario de sueños que, si bien no es una idea demasiado original, es una manera no sólo de obligarme a escribir, sino también de hacer algo que seguramente no haría de no mediar este blog. De vez en cuando apunto algún sueño en mi diario personal, pero sólo si el sueño ha sido muy agradable. De las pesadillas, no demasiado frecuentes, y los sueños mediocres o que aparentemente no tienen mucho contenido, no doy cuenta, lo cual no deja de ser un error.

Me he dado cuenta de que los sueños que recuerdo suelen darse en el lapso de tiempo que transcurre entre la primera alarma y cuando me levanto, que suele ser de una hora. De los que he tenido anteriormente, si es que he tenido alguno, que yo creo que sí, no recuerdo absolutamente nada. Quizá si después de esa primera alarma no volviera a dormir podría acordarme, pero se ve que los sueños que vienen después, los que sí han quedado en mi memoria, borran los que haya podido tener antes.

El de hoy ha sido extraño, difuso y aparentemente sin demasiada coherencia. Se compone de distintas imágenes, como fotografías, sin demasiada conexión entre sí, por lo que será difícil plasmarlo por escrito. Antes de ir con ello creo que es necesario poner al lector un poco en situación. Esto de contar los sueños, además de ser interesante para mí por el mero placer que me produce hacerlo, es una excelente excusa para dar cuenta, más o menos indirectamente, de algunos episodios personales de mi vida, que al fin y al cabo es para lo que inauguré este blog hace ya casi un año. De la evidente relación entre sueños y realidad no voy a hablar, es por todos conocida y nada novedoso ni mínimamente ingenioso podría yo añadir. Me limito a narrarlos con la mayor fidelidad que me sea posible y diariamente, cometido más arduo de lo que pueda parecer a simple vista.

El sueño de hoy tiene que ver con mi ex pareja, con la que pasé casi siete años, a quien envío mi más profundo agradecimiento y de la que no puedo tener nada más que buenas palabras. Sin riesgo a equivocarme, creo que es, y así se lo dije el día que nos despedimos hace ya casi dos años, la mejor persona que he conocido en mi vida. Ni una falta le pondría: era inteligente, sincera, trabajadora, estudiosa, simpática, bondadosa con quien lo merecía y con los suyos y hostil y de armas tomar con quien le hacía daño a ella o a los de su entorno cercano. Era cariñosa en extremo, atenta y nada posesiva. Nunca me vi constreñido en mi vida privada, nunca coartó mi libertad más de lo estrictamente necesario—ni yo la suya, que nunca pensé que por ser novios fuéramos una unidad estanca e indivisible—, que no es lo que suele ocurrir con la mayoría de parejas, que confunden el amor con la posesión malsana. Y por si todas estas virtudes que la adornaban fueran pocas, además era guapa y estaba buena. Aquello acabó, por estas cosas de la vida que a veces pasan, y con frecuencia, recordándola, me digo que seguramente jamás encuentre a una mujer que atesore ni la mitad de lo que atesoraba ella. Tampoco lo espero, porque soy consciente de que puso el listón altísimo, inalcanzable, y esperar encontrar a otra como ella no sólo es ridículo, porque cada uno es como es y Alicia —aunque no sea éste su nombre verdadero— sólo hubo, hay, una, sino que además es cargar de inmerecida presión a toda mujer que pueda conocer en un futuro.

Solía yo ir con relativa frecuencia a su casa, donde, como es natural, estaban sus padres y sus dos hermanos, un varón y una hembra, gente trabajadora y franca, de la que tampoco tengo queja de ningún tipo. Confieso que aquellas visitas eran aburridas y a veces embarazosas, y en ésto la costumbre no llegó a actuar de suavizante. Tan embarazosas fueron las primeras visitas como las últimas, sin que pueda explicar muy bien por qué. Ellos, creo, me apreciaban, y yo los apreciaba a ellos, pero en cuanto entraba por la puerta estaba deseando salir a la calle con Alicia a dar una vuelta.

La hermana, a quien llamaremos Marga, persona culta y muy leída, tres o cuatro años mayor que yo, tenía, y no la escondía, una ideología de derechas, y yo por aquel entonces estaba aborregado por este izquierdismo de tan mal gusto que hoy impera. Muchas veces discutíamos de política, sin llegar jamás la sangre al río. Hoy en día suscribiría pocas de las opiniones que vertí entonces, entre otras cosas porque ni yo mismo las sentía como mías.

Hecha esta somera introducción, vayamos con el sueño:

Estoy delante de un ordenador, leyendo un correo que me ha enviado Alicia. Soy consciente de que es mi ex, ya no estamos juntos, y desde que lo dejamos, dos años atrás, no la he vuelto a ver. Creo que estoy en mi casa, pero cuando alzo la vista me doy cuenta de que estoy en la suya, que no es como en la realidad. Veo la sombra y escucho la voz de un señor mayor, que puede ser su padre. Intento esconderme. Sin embargo, cuando vuelvo a mirar el ordenador, vuelvo a estar en mi casa, que tampoco es la real. El correo tiene un tono de reproche, que me hace entristecer, y sólo recuerdo una frase: "no traigas la bandera de Cataluña, que es inconstitucional". Recuerdo perfectamente la palabra inconstitucional. Me pongo a pensar: la bandera de Cataluña no es inconstitucional, la que es inconstitucional es la independentista, la que tiene la estrella blanca a la izquierda, dentro de un triángulo azul. Pero la bandera de Cataluña, la que sólo tiene franjas amarillas y rojas, no es inconstitucional. Pienso en que seguramente Marga le haya sugerido que me lo dijera. Me siento muy indignado, y respondo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Diario de sueños (II)


Ha sido una noche prolífica en sueños. Supongo que todas lo son, pero de los de hoy, o de la mayoría de los de hoy, me acuerdo bastante bien. No tan bien a estas horas en que escribo (pasadas las seis de la tarde) a como me acordaba nada más despertarme, pero creo que con un poco de esfuerzo podré recrearlos con bastante precisión. No obstante, esto me lleva a la conclusión de que es conveniente tomar pluma y papel en cuanto abra el ojo y me despoje de las inevitables telarañas postsueño y apuntar frenética y quizá desordenadamente lo que la cabeza me vaya dictando relativo a lo que acabe de soñar. Es la única manera de plasmar fielmente su contenido, pues con el paso del tiempo, aunque sean pocas horas, cuando me siento delante del ordenador para escribir me encuentro con lagunas y tiendo a fabular los sueños, y, por tanto, a falsearlos. Haré todos los esfuerzos posibles para que queden en negro sobre blanco lo más parecido posible a como los parió mi cabeza en su frenesí nocturno.

En total hay cuatro sueños, pero hay dos que no voy a contar; uno es el primero, por orden cronológico, porque atañe a ciertos asuntos de mi vida de los que me está vedado escribir en este blog, que se ha publicitado, quizá, entre demasiada gente cercana. Y del otro, cuarto en la lista de hoy, no voy a dar cuenta porque es de temática sexual.

De los sueños sexuales, que en mi repertorio onírico son frecuentes, variados y no siempre —en contra de lo que cabría suponer— agradables, no voy a escribir por dos cuestiones. La primera, porque no creo conveniente ni estético airear las posibles zafiedades que mi cerebro fabrica por la noche, y la segunda porque pienso que a nadie interesan. Quede dicho que tengo sueños húmedos con relativa frecuencia y ya está, con eso vale.

Me encuentro en mi habitación, pero es la de hace diez o quince años. Yo tengo mi edad actual. La habitación está asombrosamente bien recreada como era antaño, hasta en sus menores detalles. Abro uno de los armarios donde guardaba la ropa, y, tras rebuscar un poco entre las prendas, encuentro la camiseta de Larry Bird de los Boston Celtics, de color verde, la clásica, con el nombre y el número bordados, que en la vida real no tengo, y la de Dwayne Wade, que es roja, y que me regalaron el año pasado. Al principio me sorprendo de encontrar la camiseta de Larry Bird y siento una gran alegría, porque pensaba que no la tenía, pero luego recapacito y recuerdo que me la regalaron hace mucho y que por tanto lleva guardaba desde entonces. A continuación juego con mi hermano al baloncesto en mi habitación, exactamente igual a como lo hacíamos cuando teníamos ocho o diez años. Esto es, cortábamos el cordaje de una raqueta de plástico, de manera que quedaba un aro en forma de huevo, deslizábamos el mango de la raqueta por debajo de la ropa guardada en el armario de arriba, y, como había mucha ropa y pesaba mucho, la canasta quedaba perfectamente sólida para jugar a nuestro antojo, incluyendo la posibilidad de mates violentos y monstruosos.

Sin solución de continuidad:

Atardece. El cielo es de un tono sonrosado a ras de tierra y de un azul que se va oscureciendo gradualmente según miro hacia arriba. Estoy al aire libre, sentado en un sofá que da a una piscina, una piscina grande, de un agua azul y lisa como un espejo, rodeada de vastas extensiones de césped. Es una piscina que no conozco, una piscina creada por mi cerebro quizá a partir de algunas piscinas en las que he estado en la realidad. En el bordillo, de pie junto a la lámina de agua, hay una mujer que, al parecer, es mi madre. Pero no es mi madre verdadera, es mucho más joven, de unos cuarenta años, y está de buen ver. Pensándolo ahora, se parece a una señora que se sentó frente a mí en el autobús días atrás. Mi supuesta madre, que viste un ligero vestido de gasa color rosa, se acerca a mí y me pide que le preste el ordenador portátil, que quiere hacer no sé qué cosa. Yo, claro es, accedo, y ella se tumba cómodamente con el portátil sobre los muslos, sonriendo, en otro sofá que hay a mi espalda, contiguo al sofá en el que yo sigo sentado. De repente recuerdo que tengo que escribir, no sé el qué, seguramente mi diario como hago cada noche, y me doy cuenta de que no puedo hacerlo. Me arrepiento de haberle prestado el ordenador a mi madre, y me siento muy desdichado.

martes, 8 de diciembre de 2009

Diario de sueños


Mentiría si dijera que se me ha ocurrido contar en el blog los sueños (los que puedan contarse, claro) que vaya teniendo y de los que me acuerde. Y mentiría porque es una idea copiada de otro blog, no recuerdo cuál, que me pareció buena y que me rondaba en la cabeza desde hacía unos meses. Me parece interesante esto de contar los sueños, y es interesante sobre todo para uno mismo, pues entiendo que para el resto de los mortales lo que alguien sueñe o deje de soñar no tenga el más mínimo interés. Si acaso, puede tenerlo en tanto que los sueños suelen reflejar las inquietudes más o menos importantes del soñador en cuestión. Siempre he otorgado gran importancia a los sueños, y siempre me han gustado los sueños bellos, siempre me han levantado mucho el ánimo. Alguna vez me he llegado a enamorar de alguien por un simple sueño. Recuerdo muchos a lo largo de mi vida que me impactaron tanto o más que cualquier hecho real. Ignoro si es posible o no elegir lo que soñamos antes de acostarnos. César González-Ruano, en sus Memorias, dice que sí, que antes de quedarse dormido pensaba en lo que quería soñar y luego, en efecto, soñaba con eso que había pensado. Yo eso no me lo creo mucho. Al menos, a mí, no me sucede. Además que pienso que es mejor que los sueños nos vengan de sopetón, sin esperarlo, como un delicioso regalo que nuestro cerebro, quizá fatigado de la prosaica realidad, nos hace para compensar los sufrimientos y aburrimientos del día a día, y para hacernos encarar con mejor talante la jornada que empieza.

Me gustaría empezar por un sueño que he tenido esta misma noche, que he vivido intensamente y del que recuerdo muchos detalles. No siempre ocurre así, como todo el mundo sabe. El sueño es el siguiente:

Estoy en un pueblo de la Alcarria. No es ningún pueblo en concreto, no existe, ni siquiera sé el nombre porque no lo tiene, pero sé que está en la Alcarria, cerca de Guadalajara capital. Probablemente sea Iriépal —donde, todo sea dicho, nunca he estado—, pero no es seguro.

Atardece. Es un pueblo desierto, algo lóbrego, no muy grande, pero tampoco una aldea, de calles relativamente amplias y casa bajas, revocadas de blanco. Estoy con mi hermano y mi mejor amigo. Les he conseguido convencer de que hagamos el mismo itinerario, de cabo a rabo, que siguió Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria, por cierto uno de mis libros favoritos. La idea es hacerlo a pie, como lo hizo el escritor. "Es la única manera de enterarse de algo", dijo Cela, y yo recuerdo esa frase una y otra vez. "Está bien hacerlo en bici", me digo, "pero Camilo tiene razón. A pie se ven más cosas, te enteras mejor de todo".

Sé que va a ser duro, van a ser muchos días, pero ardo en deseos de emprender la marcha. Mi hermano y mi amigo, en cambio, no parecen tan estusiasmados y están todo el rato de broma. Yo intento darles cuenta del itinerario que vamos a seguir. Les muestro el libro Viaje a la Alcarria, de la edición Austral de pastas azules, el mismo que tengo en la realidad, pero no me hacen ni caso. Me siento triste, porque mi ilusión no es compartida por mis acompañantes. Sigue atardeciendo, es un atardecer eterno, nunca anochece. De repente nos vemos en unos cerros descarnados, siempre atardeciendo, subiendo trabajosamente una cuesta por una pista de tierra, pero a los pocos segundos estamos de nuevo en el pueblo, como si no nos hubiéramos ido. A lo mejor la visión de los cerros terrosos es una ensoñación mía dentro del propio sueño.

En una calle nos encontramos con un hombre, un campesino, al que no se le ve la cara. Todo él es una sombra, de la que sólo vislumbro su camisa a cuadros, y sobre el fondo del cielo atardecido, de un azul metálico, se recorta su sombrero de paja. Le contamos nuestro propósito. Parece muy amable, y, ante la inminente noche que en teoría va a llegar pero nunca llega, nos ofrece su casa. Mientras caminamos hacia allí voy pensando en que tengo que ir tomando notas del viaje para luego escribir el libro. Pienso en la técnica, en di debo escribirlo en primera o tercera persona, en presente o en pasado, en si debo meter a mis dos compañeros. Llego a la conclusión de que no, de que lo narraré como si hubiera ido yo solo. "Pero no lo hagas como Camilo José", me digo. "Tienes que tener un estilo propio, hacerlo a tu manera". Miro mi libro de pastas azules, que tengo en la mano, y me dan ganas de besarlo. Hubiera dado cualquier cosa por escribirlo yo. Pero ya está escrito.

Entramos en la casa, que es grande y limpia, bien amueblada, iluminada por una luz naranja y trémula. El campesino nos muestra nuestra habitación y cierra la puerta. El suelo es de baldosas de arcilla, y los muebles, de madera, algo toscos, pero bien cuidados. Intento dormir, pero me invade un miedo atroz, como un vago presentimiento de algo terrible. De repente, en el silencio, veo subir por la pata de la cama en la que duerme mi hermano una enorme araña negra, de un tamaño similar a las tarántulas de la selva, sólo que con las patas más finas y el abdomen más pequeño. La araña, pese a que no tiene ojos, parece mirarme con fiereza. Me da auténtico pavor, y tras matarla —no sé cómo —, no puedo volver a dormir, y veo arañas, ciempiés y alacranes por todas partes, y todo me pica, y por todas partes siento cosquilleos. Mi hermano y mi amigo, en cambio, parecen muy contentos ante tal compañía. "¡Era como las de la selva!", dicen jocundos, como niños pequeños, mientras juguetean con el cadáver.

No recuerdo más.

viernes, 6 de noviembre de 2009

LITERATURIZANDO (II)

"Este escrito es una nostalgia. Todo escrito con afán literario lo es. Nostalgia de lo que pasó o nos gustaría que hubiera pasado. Nostalgia de lo que pasa y no podemos vivir o de lo que nos gustaría que pasara. Nostalgia de algo que nunca ocurrió o está ocurriendo siempre, quizá. Escribir no es más que utilizar esa nostalgia para crear algo con lo que huir precisamente de ella".
(Sebastian Melmoth, o sea yo)
Lo que viene a continuación es un extracto del libro de César González-Ruano (1903-1965) Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias:

"En general, a mí se me ha mezclado la vida y la literatura de tal modo, que creo que no me fue nunca posible vivir de otra manera que de una manera literaria ni abordar ningún libro cuya esencia más o menos indirecta no fuera mi propia vida.

No toda la vida del escritor es, naturalmente, su obra. Pero sí su obra es siempre su vida, quiera él o no que sea así. Alguien dijo entre nosotros: “Todo lo que no es tradición es plagio”. Pues bien; me atrevo a apurar o desentrañar más la sentencia: todo lo que no es, directa o indirectamente, autobiografía, es plagio. Todo lo que en literatura no es nostalgia, es simulación.

La novela, la forma más libre, más vasta de la invención literaria, es autobiografía cuando es humana, y sincera obra del hombre cuando está escrita en trance de imperiosa necesidad comunicativa de su angustia y del orbe de su soledad individual.

Lo que ocurre es que autobiografía no es únicamente, como dice el Diccionario, “vida de una persona escrita por ella misma”, sino vidas y muertes de una persona, abrimientos y clausuras de la personalidad; vida, igualmente, de sus fantasmas, de sus encadenados demonios, de todos sus “yoes”, de sus secretas existencias, de su contrafigura, de sus diferentes nacimientos constantes, de sus distintas actualidades, defunciones parciales y plural actitud de sus sentimientos y resentimientos. Todo eso —por lo menos— es la autobiografía. Y, seguramente, aún es más.

Tan lo creo así, que al redactar ahora mis “Memorias” sobre una base tan real, tan cierta, tan precisa, y poco fantástica, como es el referir fiel y sinceramente mi vida física y profesional, me creo continuamente —y no me engaño— estar escribiendo una novela en primera persona. Una novela que a veces finge, por su propia cuenta, desinteresarse del protagonista y hasta ponerle en trances inéditos a su memoria. Una novela en la que hay que ir inventando, cada día, la propia realidad. Porque ya he visto que no se puede creer en nada que no admita una permanente recreación. Ni en la Muerte siquiera. Porque no hay nada estático, ni nada está explicado y cerrado en sí.

Una novela, digo, en la que hay que ir inventando la propia realidad, en tanto que nosotros no somos sino criaturas inventadas por nosotros mismos, y no tiene menos invención la propia existencia que menor realidad autobiográfica lo que novelescamente tomamos de un mundo aparentemente ajeno, de un mundo engañosamente imaginativo, manejando personajes que en su ficha convencional y externa en nada se nos parecen.

Intimidad y publicidad son, en principio y fin, la misma cosa en el escirtor. Vida real y leyenda acaban por resultar simples variantes de indéntica sustancia.

Somos, en parte, lo que somos, y en otras partes, lo que fuimos y lo que seremos y lo que los demás han dicho que somos, porque hasta la calumnia (ruego atención para esta teoría) no suele ser sino una forma mágica de adivinación.

Somos lo que somos y lo que parecemos también. La opinión ajena, justa o injusta, termina por añadirse a nuestra entraña. El “yo” de los otros, al sol de la posteridad del ser humano, tiene un volumen que se proyecta en la sombra. Algo como un sub-yo o como su super-yo, que no será, naturalmente, nuestro todo, pero que será independiente de nuestra voluntad, nuestra parte. La parte que los demás han querido.

Y somos, aún, aquello que fingimos ser. Porque ya advierte la Kábala que el que se finge fantasma acaba por serlo.

D´Annunzio, ¿qué es sino una vida dannunziana? Don Ramón del Valle-Inclán, ¿quién es para sus lectores sino el marqués de Bradomín, primero por haber salido el marqués de don Ramón, y luego por mimetismo, porque don Ramón cumple años físicos de su inventado Bradomín?

Ha vivido nuestra intimidad y nuestra creación a costa de la misma vida: la vida pública que se suicidaba año por año, sin premuras, pero sin cicatería, como oyendo aquella recomendación del rey Don Sebastián a sus fidalgos: “Caballeros, morir sin prisa”.

Ha vivido uno de muchas maneras. Buenas y malas, encogidas y faústicas, pobres y ricas, de triunfo y de caída. Y todo eso está en mis artículos y en mis libros, todo eso es de lo que ahora estoy levantando inventario de urgencia. Todo está en lo escrito. Con palabras claras o en cifra, aunque el que llore con mis lágrimas sea un mendigo alemán; aunque quien ría con mi risa sea una damisela situada en la Costa Azul. Todos soy yo.

Mi vida está en mis artículos, en mis libros, en la explicación de la vida de los otros.

Tal vez se dé el caso de que mi vida esté en la literatura... y la literatura esté en mi vida.

Porque, ¿qué cosa es sola vida, y cuál sólo literatura en un escritor? ¿Quién traza esa frontera?

Cuando Verlaine dice: “Es todo lo que queda... ¡literatura!”, quería decir: “Es todo lo que queda... ¡la vida!”.

No queremos, ni sabemos, ni podemos vivir para otra cosa. La pequeña amante desconfía de nuestra sinceridad y dice: “Tú conmigo estás haciendo literatura!” ¡Claro está! ¿Y qué otra cosa podríamos hacer?

En cambio, la literatura, a ciertas edades sinceras y nostálgicas, se revuelve un momento contra nosotros, airada y ofendida: “Tú me estás quitando todo lo que me diste: las bellas imágenes, las felices paradojas, la costosa elegancia, el chic al que me había acostumbrado, la opulencia, la elocuencia, la voluptuosidad... ¿Qué es esto? ¡Ah, mal amante... tú estás haciendo conmigo vida!” ¡Claro está! ¿Y qué otra cosa podríamos hacer? ¿Qué otra cosa, siendo sinceros con nosotros mismos, queriendo ser precisos y trascendentes, que literatura para la vida y vida para la literatura? Os ruego que no consideréis todo esto como puras frases. No lo son.

A tempranas edades, cuando todo es arrogancia y simulación, las censuras las registramos en el haber del libro de la vanidad. Todos hemos sentido eso de que lo que importa es que hablen de nosotros, bien o mal, eso es lo mismo.

Ahora no. Ahora las censuras nos hieren y nos duelen en un costado metafísico que no es el de la vanidad. Cuando alguien nos dice que no escribimos bien, nos abruma. Nos echaríamos a llorar diciéndole que es que no sabemos vivir mejor, más elegante y eficazmente. Y con más estilo.

Cuando alguien nos dice que tal o cual personaje de nuestra invención no está bien visto, nos asombra y entristece, porque es igual que si nos negaran a nosotros mismos, ya que nosotros somos ese y todos los personajes.

Se nos dirá: ¿Es que es usted es el príncipe que saca de tal cuento? ¿Es usted el asesino de que habla en tal crónica? ¿Por ventura es usted, señor escritor, esa estupenda dama de su novela?

Y yo os diré: Sí, soy yo. Soy, en todo caso, el príncipe que hubiera sido de nacer príncipe. El asesino que hubiera sido de haber así matado. La estupenda dama que todo caballero lleva misteriosamente concéntrica en su masculinidad.

Soy el que afirma y que contradice en los diálogos. El bueno y el malo. El ángel y el demonio, porque de ese duelo pemanente se alimenta la criatura humana, que es el escritor, y en ese duelo ancla su agonía y su esperanza.

Éstos son los problemas de la creación y de la intimidad literaria. Morimos y nacemos cada día. Por eso somos viejísimos y algunos son eternos. Por eso estamos tan cansados. Por eso vamos siendo, según los años pasan, cada vez más buenos, en el sentido conversacional, limpio y directo de la palabra.

Es imposible (y la rara excepción no importa) que un escritor de veras, bueno o malo en su obra, pero escritor de fe, puede ser indiferentemente bueno o malo como persona, como ente humano. La literatura (por inteligencia y por sensibilidad, esa inteligencia del corazón que no está en la cabeza) tiende al bien. Por pura verdad del tópico: porque no hay camino más real para el bien que la comprensión, que la imaginación. Ama al prójimo como a ti mismo, quiere decir: imagínate a ése como te imaginas a ti".

lunes, 26 de octubre de 2009

DESUBICACIÓN


Criatura también de alegría quisiera que fueras,
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte...

(José Hierro)

"Y cuando ese gran anhelo se cumple y no cabemos en nosotros mismos, salimos a la calle y comprobamos para nuestro asombro que el mundo sigue girando a idéntica velocidad, que la luz del sol no se ha vuelto más viva, que, como siempre, los corazones asoman sombríos a los ojos, que nada importa. Y nos encontramos desubicados, preguntándonos si habrá algo en esta vida que realmente merezca la pena, si no estaremos sobrevalorando esos conceptos tan engañosos y frívolos que llamamos ambiciones, sueños, alegría, felicidad. Paseamos por la calle y miramos a los lados buscando unos ojos amables, unos ojos que correspondan y comprendan nuestro nuevo estado. Es en vano, porque el tiempo no se detiene, continúa con su correr plano e infinito, y tanto las buenas como las malas noticias, las inmensas alegrías y las peores tristezas, no son más que pequeños cerros artificiales y vaguadas poco profundas que el correr de los días, con su acción continuada, terminará erosionando, igualando y haciendo desaparecer. Nos paramos en una esquina, en un parque, cruzamos los brazos, agachamos la cabeza y pensamos. Parece que comprendemos, pero no. De repente volvemos a sentirnos henchidos, renovados, aplastantes, y una sonrisa efímera y falsa, hija de nuestra soberbia e impotencia, se dibuja en nuestro rostro. El sol cae, sentimos frío, y retornamos a nuestro paseo. Continuamos con nuestras cavilaciones, y de pronto nos tropezamos con una imagen bella que nos puebla el sentir de misterios y hace brillar a nuestros ojos pensativos: una mirada femenina bonita y cansada, una calle perdida, la ventana de luz naranja de una buhardilla, un banco de madera bien cuidado en medio de un bulevar, un silencio profundo del que sólo se descuelga el ulular del viento, el infinito diálogo de unos pájaros invisibles, un atardecer despejado, una cafetería que desde fuera se ve caliente y confortable. Las cosas pasan, todo queda. Y seguimos sin comprender".