sábado, 26 de septiembre de 2009

DE POR QUÉ EMPRENDÍ Y CUENTO MI "NOVÍSIMO VIAJE A LA ALCARRIA"

"...Y tampoco importa que me salga un poco, si me salgo. Después de todo, ¿qué más da? Nadie me obliga a nada; nadie me dice: métase por aquí, suba por allí, camine aquel ribazo, esta laderilla, esta otra vaguada tierna y de buen andar.

El viajero revuelve entre los papeles de la mesa buscando un doble decímetro. Lo encuentra, se acerca de nuevo a la pared y, con el pitillo en la boca y el entrecejo arrugado para que no se le llenen los ojos de humo, pasea la regla por el mapa..."





"...el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tas fugitivos como los años".

MARCEL PROUST, Por el camino de Swann

Este escrito es una nostalgia. Todo escrito con afán literario lo es. Nostalgia de lo que pasó o nos gustaría que hubiera pasado. Nostalgia de lo que pasa y no podemos vivir o de lo que nos gustaría que pasara. Nostalgia de algo que nunca ocurrió o está ocurriendo siempre, quizá. Escribir no es más que utilizar esa nostalgia para crear algo con lo que huir precisamente de ella.

Las finas nubes de verano se han trocado por gruesas montañas grises coronadas de blanco; un viento desusadamente frío, ya casi desconocido, barre las llanuras amarillas, peina los árboles aún frondosos, sonroja las cándidas mejillas. Los hombros de las chicas ya no lucen sus formas al aire, las bronceadas piernas se tapan pudorosamente. La noche se cierne antes sobre cada jornada, ahora es cuando empieza de verdad a notarse. Alguna hoja ocre se deja caer, tímida, miedosa de ser la primera en saludar de cerca a los suelos otoñales, humedecidos por las primeras gotas que caen en varios meses. Los rostros de las gentes amanecen ceñudos, como no creyéndose que esa aspiración a la eternidad que es el verano hubiera acabado. En verano nadie envejece, y veo improbable y casi indecoroso que alguien pueda morir. Los años se nos acumulan en el resto de estaciones, nunca en el verano. Mas terminaron los días clónicos, sin viento, sin lluvia, sin nubes, siempre con la misma luz, siempre con el mismo sol que —eso nos parece— se pone siempre a la misma hora.

El otoño se ha entrometido en nuestra feliz existencia como una visita indeseada en nuestra habitación. Nos recuerda cada año nuestra naturaleza perecedera, tras estar cálidamente resguardados en la burbuja sin tiempo que es el verano. Pero pronto esa desazón pasa. Por ello he querido relatar mi viaje a la Alcarria en estos momentos, cuando la venida de la nueva estación me sume en esta especie de desconcierto, pero a tiempo de no superarlo. Quiero seguir desconcertado para escribir. Quiero seguir nostálgico. Quiero mantenerme en un islote, no quiero que la rutina me trague y olvidar así mi nostalgia, porque si no este relato se convertirá en una mera recopilación de fotografías. No quiero que suceda eso (aún sabiendo que seguramente las fotografías serán lo más valioso del reportaje), dejadme que me resista a creer que el verano nos dejó.

La cosa surgió de forma muy sencilla. Estaba yo un día de agosto en mi casa, mortalmente aburrido, cansado de leer, de hurgar en internet, de secarme sudores, de mirar las musarañas. Por hacer algo, agarré un mapa de España y me puse a hojearlo, actividad ésta que me ocupa desde que era bien pequeño. Mi vista deambuló por muchos de los rincones del país, imaginando una carretera pintoresca, un pueblo divisado a lo lejos en lo alto de una colina, un cerro que nos saluda desde su atalaya de milenios. De pronto mis ojos se fijaron en una provincia, Guadalajara, y en dos pueblos, Cifuentes y Valderrebollo. Ambos tienen a mis ojos una dorada pátina literaria. A lo largo de mi vida he visitado muchos de los lugares en los que se desarrolla la primera serie de los Episodios Nacionales de Galdós: Aranjuez, El Escorial, El Pardo, ciertos rincones del centro de Madrid por los que sé que deambuló Gabriel Araceli, Zaragoza, Salamanca. Me faltaba la Alcarria, y, concretamente, Valderrebollo (donde comienza Juan Martín el Empecinado) y Cifuentes, en cuyo castillo, hoy derruido, estuvo escondida la venerable Amaranta. Pero esa pátina literaria, de color decimonónico, de brillo heroico, fue recubierta con posterioridad por la jugosa prosa castellana de Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria, libro que me encandiló, sencillo y lírico a la vez, bello donde los haya y que, con permiso de quien esto leyere, servirá de pauta para mi cuaderno de bitácora.

Deseoso de escapar y de unir en mi cerebro, en mi experiencia, esas dos tradiciones literarias, empecé a marcar una hipotética ruta que poder recorrer con una bicicleta. Uní sobre el mapa Guadalajara y Cifuentes, pasando por Brihuega y Valderrebollo, y a ojo de buen cubero me salieron 80 kilómetros de ida y otros 80 de vuelta, a recorrer en dos días (después comprobé que eran algunos más). Una distancia a respetar, pero asequible para alguien medianamente entrenado. No lo pensé más. Busqué en internet los hostales de Cifuentes y llamé al primero que salía en Google. No admitían bicicletas, mas no cejé en mi empeño. Afortunadamente, al segundo que llamé no encontré pegas de ningún tipo a causa de mi máquina. Reservé habitación para el día siguiente y, sin más dilación, cogí una cuartilla y me puse a dibujar, con buen pulso y vivos colores, un mapa de mi ruta, detallando cada pueblo, los ríos, las carreteras secundarias, los kilometrajes.

Y al día siguiente estaba de viaje. Tampoco hay que pensárselo mucho con estas cosas. Quizá estas escapadas sepan mejor así, sin aparatosas planificaciones, sin equipajes, con ese aroma de improvisación y, por supuesto, sin compañía. Me parece casi un error viajar con alguien, aunque sea un amigo, una novia, una esposa, un familiar, una amante. Si acaso, prefiero encontrar a los amigos, a las novias, a las amantes, por el camino. ¿Encontré algo de eso en este Novísimo viaje a la Alcarria? Será mejor que sigan leyendo, todo es posible.

viernes, 25 de septiembre de 2009

AVANCE


Próximamente, primera entrega de Novísimo viaje a la Alcarria.

domingo, 6 de septiembre de 2009

OJOS TRISTES. Leyenda madrileña de invierno (adaptación)



Cruzábamos tristemente
las calles llenas de luna,
y el hambre bailaba una
zarabanda en nuestra mente.
Al verla triste y dolida,
yo la besaba en la boca...
Emilio Carrere
I

Un recio campanazo, proviniente de la iglesia de San Nicolás, resonó en la encapotada noche. Algunos copos blancos comenzaban a caer lentamente, ingrávidos, sobre las calles estrechas y solitarias. Unos momentos después, ese tañido fue respondido por otros de similar cariz, que quedaron unos segundos suspendidos por debajo de las nubes moradas, extendiendo su acento opaco y rígido por encima de las techumbres, por entre las callejas, por las plazuelas, por los jardines umbríos. Unos repiques más o menos lejanos, que provenían ya de Santiago, ya de San Miguel, ya de San Pedro el Viejo, ya de cualquiera de las vetustas iglesias del viejo Madrid.
Al compás de esa desigual sinfonía salieron por una puerta de la calle del Factor dos chicos jóvenes, el ademán de cansancio en la cara, los gestos y los movimientos lentos y negligentes, destilando una vaga resignación. Encima del dintel de la puerta un cartel en madera, con las letras grandes y en relieve, anunciaba al “Restaurante El Cosaco”. Los dos chicos se despidieron del maitre y cerraron la puerta tras sí. La calle se les presentaba negra, a excepción de los tramos dorados por la luz de los faroles que colgaban de las paredes de piedra. Un perro tiñoso y solitario trotaba y se detenía de vez en cuando para olisquear en una esquina, y el ulular del viento parecía, a esa hora, un canto agudo y desesperado.
—Vaya nochecita niño —dijo uno de los chicos mientras se ajustaba la bufanda.
—Ya te digo Gabriel —afirmó el otro, abrochándose hasta el cuello la cremallera de la cazadora de cuero—. Y lo que nos queda, hasta Reyes esto va a ser un infierno. Cada año odio más las Navidades. Aquí mucha crisis, pero a la gente no le importa cenar galletas con leche durante un tiempo con tal de pegarse sus juergas y sus cenorras. En este país eso es sagrado, lo único que cuenta es salir y emborracharse y aparentar. Si luego no se puede pagar la hipoteca, ¡eso es lo de menos! Y encima tocando los cojones.
—A mí me vas a contar. La vieja de la mesa 14 no ha dejado de mortificarme, se creería que esto es el Ritz. Además que se notaba que lo hacía de mala fe. Cada vez que pasaba por su lado me pedía cualquier tontería, aunque me viera con cuatro platos en la mano: que si un poco de pan, que si un salero, que si esto estaba frío... ¡Bah!
La puerta del restaurante se entreabió con un agrio chirriar. Una cabeza plateada asomó. Era el maitre que, con voz ronca, desagradable, avisó a los dos muchachos:
—Se me olvidaba deciros que mañana por la mañana os quiero aquí una hora antes. Hay que hacer inventario y descargar un pedido, que a las dos hay una reserva para veinticinco personas. ¿Estamos?
Los dos jóvenes ni afirmaron ni negaron, y se limitaron a mirar para otro lado con el gesto contrariado. El maitre les miró alternativamente durante unos instantes, con el ceño fruncido, y no dijo nada más; cerró la puerta con violento estrépito, echó el cerrojo por dentro y se deslizó hacia el interior del restaurante con retumbantes pasos, dejando en el umbral de la puerta un vaho blanco que fue disolviéndose en la fría atmósfera.
—Me tiene hasta los cojones el viejo éste —dijo, mirando hacia la puerta con odio contenido, el chico de la cazadora de cuero, que respondía al nombre de Daniel—. Y lo peor es que esa hora le va a salir gratis total, ni a ti ni a mí nos la va a pagar.
—¡Bah! Pues menuda novedad. Y ten por seguro que del bote de todas las Navidades no vamos a ver ni un pavo.
—No, no creo que sea capaz...
—Sí, sí que lo es, y si no ya lo verás.
—Yo no sé por qué aguanto aquí. Lo que tendríamos que hacer es coger todos, plantarnos un día que vaya a haber mucho trabajo y decir: «no trabajamos hasta recibir las horas que se nos deben y cobrar nuestra parte proporcional del bote». A ver cómo se las apaña el cabrón éste.
—Eso se ha propuesto muchas veces ya y nunca se ha hecho.
—Pues es la única forma que se me ocurre.
—Ésta gente no tiene lo que hay que tener... Excepto Katia, ésa sí que le echa un par...
—Mañana vuelve después de la sanción, estarás contento —terció Daniel.
—Sí y no —Gabriel miró hacia el suelo, hizo una pausa y continuó—. Sí estoy contento por verla, claro, y no lo estoy por lo mismo. Contemplarla a ella y contemplar la belleza femenina en general se ha convertido en un tormento... Voy por la calle, veo una chica guapa y tengo que apartar la vista como si me hiciera daño a los ojos, como si me alumbrasen con una luz muy fuerte. Es como si fuera consciente de que ya ha pasado el momento para mí, de que hay cosas que jamás voy a recuperar.
—¿Crees que no hay ninguna posibilidad con ella? El otro día os vi muy dicharacheros el uno con el otro...
—Sí, pero no te confundas, hace poco me dio a entender que tenía algo con uno de su tierra, un tal Vladimir. Me parece que ese es un tren que ya ha pasado de largo; las opciones que tuve las desaproveché, y el tren de la mujer no suele pasar dos veces por una misma estación.
Daniel sacó un pitillo y ofreció otro a Gabriel, mostrándole la cajetilla. Ambos empezaron a fumar. Tras un breve silencio, del que se descolgaba el ulular del viento, Gabriel continuó:
—Me he dado cuenta de que las rusas son muy parecidas a las españolas, ¿no te parece?
—Hombre, pues nunca lo había pensado...
—Te digo yo que sí. Por supuesto que no me refiero al físico, pero en la mirada, en la forma de ser, en los gestos, en los andares... no sé, cómo decirte, hay una afinidad que no sabría explicar. Estoy seguro además de que españolas y rusas besan y hacen el amor igual: tristemente pero con pasión.
—Vaya gilipollez, yo creo que no tienen nada que ver. Las españolas son mediterráneas y, si acaso, pueden parecerse a las italianas o a las griegas.
—No, no, lo de ser mediterráneo o eslavo o anglosajón es una tontería, te digo yo que las españolas si a alguien se parecen es a las rusas. Sobre todo en la mirada, las mujeres de ambos pueblos tienen un vago mirar triste que les es común.
—Dices muchas tonterías, Gabriel, a ver si te echas novia ya porque creo que se te está yendo la cabeza.
Daniel sonrió y propinó un puñetazo cordial en el hombro de Gabriel, que parecía sumido en profundas reflexiones.
—Las rusas y las españolas, las rusas y las españolas... —masculló, la mirada hacia al suelo, los ojos entornados, la ceniza del pitillo larga y refulgente, a punto de desmoronarse—. No estaría mal echarse una novia rusa, ¿verdad? Katia, por ejemplo. La llamaría Katiushka. Mi Katiushka. Suena bien, ¿eh? Las rusas son como las españolas, sí, pero con la ventaja de que hablan mal el castellano. Y como lo hablan mal, pues tienden a hablar menos...
Daniel y Gabriel rieron vagamente. Un gato pardo de paralizantes, mitológicos ojos celestes pasó por delante y se escurrió por las rejas de una cancela próxima. El viento mecía levemente las desnudas ramas de los árboles que, plantados en el desnivel que hay entre la calle del Factor y la de Bailén, miran al Palacio Real y a la Catedral de la Almudena. Había dejado de nevar, pero el cielo permanecía anubarrado.
—Aunque, si te digo la verdad —prosiguió Gabriel— a mí ahora mismo me da igual que sea española, rusa o japonesa. Lo que necesito es a alguien que me ayude a olvidar a María.
—¿Cuánto hace ya que murió?
—Va para año y medio. No hay día que no piense en ella por lo menos doce horas de las dieciséis o dieciocho que paso despierto. Pero noto que voy mejorando, y lo mejor es que empiezo a fijarme en otras chicas. A María nunca la podré olvidar. Todas las chicas guapas, Katia también, me recuerdan a ella. Pero ya no está, hay que pasar página y mirar hacia adelante, y una ayudita no vendría mal. Además, seguro que ella estaría encantada de que conociera a otra chica que merezca la pena.
—Seguro, era muy buena chica. Pero te veo muy parado, Gabriel, ¡hay que empezar a moverse! Mira, mañana cuando veas a Katia quiero ver cómo la saludas con una sonrisa y le propones quedar para dar una vuelta después del trabajo, ¿estamos?
—Pero ya te he dicho que está medio liada con un ruso...
—¡Que le den al ruso! —interrumpió Daniel—, seguro que no es el amor de su vida. Tú no pierdes nada, y nadie te dice que no te elige a ti antes que a él. Es que si no echas la lotería nunca te va a tocar. Quedándote de brazos cruzados no esperes que vas a encontrar nada.
—No sé, no sé...
Gabriel apuró el cigarrillo, lo tiró y lo pisoteó. Miró en derredor, asintiendo con la cabeza, y tras una pausa sentenció con voz decidida:
—¿Sabes? Creo que le gusto. Estoy decidido, mañana lo intento. Sí señor, estoy cansado de esta abstinencia, es hora de empezar a vivir.
—Claro coño —. Daniel palmoteó varias veces el hombro de Gabriel, produciendo un sonido seco que se perdía en la calle oscura como una goleta a la deriva en mar espumeante. Una sombra avanzó, con andar acelerado, por la otra acera de la calle. El perro tiñoso pasó de nuevo, infatigable, olisqueando el suelo. Sus garras rechinaban rítmicamente en el empedrado.
—Oye, hace mucho frío y estoy cansado, me voy a ir ya a casa.
—Sí, además parece que va a llover o a nevar. Bueno Dani, pues te veo mañana. ¿A qué hora ha dicho el viejo que teníamos que estar?
—A las once.
—A las once. Vaya cabrón. Mañana nos vamos a pasar todo el santo día ahí encerrados. Y por cuatro perras...
Se dieron la mano y tiraron en direcciones opuestas.
—¡No te eches atrás! —gritó Daniel, cuando había empezado a caminar por la calle del Factor en dirección a la plaza de Oriente.
—¡Que no, que no, te juro que mañana sí que lo intento! —voceó Gabriel, volviéndose hacia donde se alejaba su compañero, que esbozó una postrera despedida agitando al aire la mano.
Gabriel se perdió calle del Factor abajo.

II

La luna asomaba por entre las rendijas que las nubes tenían a bien abrir de vez en vez. Era una luna gorda, hermosa, de brillar pálido; una luna tímida pero obstinada, deseosa de dar luz y reflejarse en los charcos que aún quedaban de la última llovizna; una luna bruñida en plata, anhelante de recuperar su preeminencia en aquel cielo morado, en aquel cielo que cernía sus nubarrones desgarrados sobre la ciudad durmiente.
Los pasos de Gabriel repercutían sobre la empedrada calle del Biombo. Caminaba con las manos en los bolsillos de la cazadora, mirando hacia el suelo, los hombros encogidos, la boca y la nariz resguardadas bajo la bufanda de lana. Unas luces trémulas apenas doraban las grises paredes. Giró a la derecha y descendió por la calle de San Nicolás, junto a una tapia de ladrillo, hasta dar con la calle Mayor. La cruzó por un paso de cebra y, dejando atrás el vasto edificio de la Capitanía General y la Iglesia Castrense, enfiló la calle del Sacramento.
María. Katia. Katiushka. El futuro. La muerte. La noche. Las rusas. El perro tiñoso. A las once de la mañana. Un pedido. Reserva de veinticinco personas. Las españolas. El viejo. Ojos tristes. Dolor de pies. Cansancio. De repente un bulto negro se cruzó con Gabriel. Después una sombra menuda, con un largo rabo como una estela de carbón, pasó por delante de él, a sus pies, saltó ágilmente y se posó en el alféizar de una ventana negra. Empezó a nevar, y los copos, que parecían de ceniza, aterrizaban como mansas mariposas sobre la cazadora, sobre el empedrado blanco, sobre los faroles naranjas. En vez de seguir recto por la calle del Sacramento hasta Puerta Cerrada, como era su costumbre, y de allí hasta su casa de la calle de la Magdalena, Gabriel torció a la derecha y bajó por la calle del Rollo. Una puerta se cerró con seco estrépito a su espalda. Gabriel aceleró el paso, sin mirar atrás. Sin saber por qué, su corazón se desbocó, mas al punto sintió vergüenza de sí mismo, se calmó y retornó a su caminar perezoso. Miró al cielo embozado de nubes, y se sonrió.
—No seas tonto, Gabriel, no seas tonto —se dijo.
Bajó unas escaleras, al término de las cuales le llamó la atención una sólida casa de la misma calle del Rollo, esquina con la travesía del Conde. Era una casa alta y grande, de dos pisos, bien cuidada, de construcción robusta, en granito y ladrillo, y a la que se entraba por una puerta de madera claveteada, de proporciones colosales. Las ventanas estaban enrejadas y tapadas por unas cortinas de color granate. Encima de la puerta se veía un escudo nobiliario labrado en piedra, y escrito: ANO D 1724. Parecía una vieja mansión nobiliaria, y sólo un portero automático junto a la puerta ofrecía indicios de cierta modernidad.
Gabriel contempló durante unos instantes la casa y se dispuso a seguir su camino en dirección a la calle de Segovia. Había avanzado tres pasos cuando oyó que alguien chistaba a su espalda. Se dio la vuelta. No vio a nadie. Anduvo otros tres pasos y oyó el mismo sonido: «¡Chist!». Volvió a girar la cabeza, y vio una luz encendida en una de las ventanas del segundo piso de la casa. La llamada provenía de esa ventana. Detrás del balcón apareció una sombra blanca. Una silueta femenina se recortaba sobre el haz de luz amarilla que la arropaba a su espalda. Parecía una aparición fantasmal. Pero no era ningún espectro, sino una chica joven, con volumen, con formas, con voz, que se asomaba de noche a su balcón. Apoyó los codos sobre la barandilla y habló:
—¡Hola! ¿Qué haces a estas horas andando solo por estas calles?
—Pues que acabo de salir de trabajar y me iba ya a casa. Hace un frío de muerte.
—Sí que lo hace. Pero a mí me gustan las noches así. He visto que te quedabas mirando la casa, ¿a que es bonita?
—Sí, no suelo pasar por esta calle y nunca la había visto, parece una mansión medieval.
—No me puedo quejar, mis padres se estiraron al comprarla. Además ahora la disfruto para mí sola, porque se han ido de vacaciones a pasar las Navidades... Oye, veo que estás temblando. ¿Quieres subir y te tomas algo caliente?
Una luz de ilusión pasó por delante de los ojos de Gabriel, que de repente emitieron un fulgor dorado. No tardó mucho en responder:
—Sí, vale, me vendrá bien, que tengo el frío hasta el tuétano.
—Pues espera que te abro.
Gabriel se aproximó a la puerta y esperó al áspero sonido del portero automático. Cuando éste llegó, empujó la pesada puerta y entró en la casa, cerrando tras sí con un chirriar grave, dejando atrás las gélidas calles, y confortado al sentir ese primer calor que, en un día de invierno, se siente nada más entrar en un lugar acogedor. Se desató la bufanda, se desabrochó la cazadora y miró en derredor. Se encontraba en un amplio y sombrío recibidor, de altísimo techo, decorado con sólidos muebles de madera. Reinaba un silencio conventual, sólo profanado por el tic-tac de un reloj de pared. De momento nadie salió a recibirle, así es que se quitó la cazadora y la bufanda y las colgó en una percha que había al lado de la puerta. Se frotó y sopló las manos mientras derramaba la vista por una ancha escalera de mármol que subía al final del recibidor. A la izquierda había una puerta entreabierta. Miró por la rendija y vio una amplia sala, apenas iluminada por la vaga claridad plateada de la noche anubarrada, que se escurría por una de las ventanas que daban a la calle del Rollo. La sala estaba presidida por una enorme pintura de un señor canoso, de mirar grave, y en el centro se extendía una larga mesa de madera. Junto a la ventana, unos sillones verdes que parecían tronos, y debajo del cuadro, una recia chimenea de piedra.
Gabriel observaba por la rendija cuando de repente sintió una mano en el hombro. Dio un respingo. Era la chica de la ventana, que había bajado por la escalera de mármol.
—¡No te asustes, que soy yo!
—Ya, joder, pero no me digas que con esta oscuridad, este silencio, dentro de esta casa que parece tan antigua, que de repente te toquen el hombro... creo que es como para austarse, ¿no?
La chica rio pícaramente y se echó la mano a la boca en un gesto de niña juguetona.
—¡Qué mala eres, lo has hecho a propósito!
—Bueno, un poco... —sonrió como avergonzada. Abrió un poco más la puerta—. ¿Te gusta nuestro salón? Ese que está ahí pintado es mi abuelo, murió hace muchos años. Yo paso ahí poco tiempo, porque ni siquiera comemos en esa mesa, es demasiado grande. Lo hacemos en la cocina.
—Sí que es bonito, sí... y enorme, ¡es como toda mi casa junta!
—Ven a la cocina, que tendrás hambre.
Gabriel contempló durante unos instantes el rostro de cera de la chica. A ambos lados de la cabeza caían unas crenchas doradas, lisas y sueltas, la nariz era recta y estrecha y los ojos de esmeralda, algo achinados, estaban envueltos por un cerco morado que, sin saber por qué, centuplicaban su belleza a los ojos de Gabriel. Eran unos ojos cansados, de triste brillo, pero infinitamente atrayentes. Vestía un leve vestido blanco para dormir que le llegaba a las rodillas y que dejaba al aire unos hombros pálidos y algo escurridos.
Dejaron atrás el recibidor y, la chica delante y Gabriel detrás, avanzaron por un oscuro pasillo. De trecho en trecho la rubia volvía la cabeza y enviaba a Gabriel una coqueta sonrisa. Llegaron a la cocina. La muchacha encendió la luz, una luz blanca y viscosa, y, abriendo el frigorífico, dijo:
—Ésto es lo que hay; puedes coger lo que quieras. Si quieres puedo hacerte una tortilla o un revuelto de huevos con jamón...
—No, no, deja, comeré algo de embutido, tampoco vas a ponerte ahora a cocinar.
—¡No es molestia! Quita, si no tardo nada, ya verás.
Y con ademanes resueltos sacó una sartén de un armario, un par de huevos, unas lonchas de jamón, brillante y aromático, un tomate y una hogaza de pan. Cocinó los huevos en un vetusto fogón de hierros negros y en cinco minutos Gabriel tuvo su cena, que devoró ante la atenta mirada de la rubia.
—Esto está riquísimo... —Gabriel deglutía los huevos con jamón con verdadera fruición—Oye, por cierto, no me has dicho tu nombre.
—Clara. Clara Sotomayor.
—Parece un apellido nobiliario y vives en una mansión... ¿No tendrás sangre azul, verdad?
Clara rio dulcemente.
—No, no que yo sepa. ¿Tú eres...?
—Gabriel. Gabriel Cepeda.
Se quedaron mirando unos instantes a los ojos, dudando si darse dos besos de presentación. Al fin accedieron. El leve movimiento de la dorada cabeza de Clara dejó en el ambiente un perfume mentolado. Se hizo un silencio, tras el cual Clara habló:
—Me has dicho que venías de trabajar... ¿Y dónde trabajas para salir tan tarde?
—De camarero en un restaurante, se llama “El Cosaco”. Está aquí cerca, en la calle del Factor. Si vives aquí te sonará.
—Pues no, no lo conozco. La primera noticia que tengo. No suelo salir mucho.
—¿Y eso?
—No sé, prefiero quedarme en casa, aquí se está muy bien, ¿no crees?
Tras decir esto, Clara se arrimó de forma casi imperceptible a Gabriel, lo suficiente para que a éste se le erizara el vello y se le desbocara el pecho. Las sienes comenzaron a palpitarle como si le golpearan con un martillo. Clara le miraba fijamente con esos ojos cansados, con esos ojos que tenían un deje triste pero profundamente bello. Los dos rostros se acercaron hasta peinarse con su respiración. De pronto, Clara se levantó y cogió de la mano a Gabriel.
—¿Has terminado? —Gabriel no tuvo tiempo de contestar—. Ven, que te voy a enseñar el resto de la casa.
Clara apagó la luz y salieron de la cocina. Atravesaron el pasillo por el que habían venido y subieron por la escalera de mármol hasta llegar a un rellano. A izquierda y derecha se extendía un lóbrego corredor del que apenas se columbraba el final. Clara indicó a Gabriel el pasillo de la izquierda, y directamente se metió en la última habitación, la única de la casa que estaba iluminada. Gabriel la siguió, y entró también. Era la estancia desde donde Clara le había llamado, y la ventana permanecía abierta. Un viento frío y sibilante se colaba a borbotones, arrastrando gruesos copos de nieve. Clara cerró la ventana.
—¡Qué frío! Ahora la habitación va a tardar en coger calor, se me olvidó cerrar la ventana cuando bajé a recibirte. ¡Cómo está nevando! Mañana cuando amanezca vamos a tener desde este balcón una bonita vista de la ciudad nevada. ¡Me encanta el invierno! ¡Me encanta la nieve!
Esas palabras sonaron a música en los oídos de Gabriel. “Mañana cuando amanezca vamos a tener desde este balcón una bonita vista de la ciudad nevada”. Comprendió, para su gozo, que no saldría de allí en lo que restaba de noche.
Clara se acercó lentamente a Gabriel desde la ventana, le cogió del cuello de la sudadera y le habló mirándole a los ojos y ladeando la cabeza, con voz queda:
—Pero yo no quiero que amanezca, Gabriel, ¿y tú?
—Yo tampoco. Me gusta la noche. Me gustan las noches como ésta. Si por mi fuera, siempre sería noche. En la noche me encuentro cómodo. Si algo bueno tiene mi trabajo es que salgo tarde, de madrugada. Para mí eso es un privilegio. Salir de trabajar tarde y cansado, no encontrar a nadie por la calle, no tener que tragarte un atasco con el coche, no tener que coger el Metro, o un autobús que va lleno; recorrer calles tranquilas y oscuras lentamente, gustando el paseo, llegar a casa, cenar y quedarse dormido viendo la tele. Los que madrugan y salen de trabajar a las tres de la tarde no pueden decir eso. ¡No saben lo que es salir de trabajar de noche! ¡Ellos se lo pierden!
—A mí no me gustan las noches como ésta. A mí me gusta esta noche. Yo no quiero que esta noche acabe nunca.
Hablaban tan cerca el uno del otro que las narices casi te tocaban, la faz de Gabriel impertérrita, el semblante de Clara en actitud entregada y melancólica a la vez.
Clara no dijo nada más y se dirigió hacia la ventana. Gabriel aprovechó para observar más detenidamente la estancia en la que preveía iba a pasar una noche inesperada y memorable. Era una habitación recogida y limpia, sin la suntuosidad del resto de la casa, aunque en verdad no parecía el cuarto de una veinteañera: la mesilla de noche, sobre la que descansaban un marco sin foto y unas hojas manuscritas, era de madera y estaba decorada recargadamente; al lado la cama, una cama alta, grande, como de matrimonio, con un cabecero de barras cobrizas; enfrente había un tocador y un espejo ovalado, con los marcos dorados, iluminados por una vieja lámpara de luz leve; al fondo, una estrecha puerta que daba a un pequeño cuarto de baño; y las paredes y el techo lucían un color amelocotonado.
Clara permanecía inmóvil junto a la ventana, mirando hacia la calle. Gabriel se acercó y miró también. Desde esa atalaya sobre la calle del Rollo, que a esa hora parecía un precipicio estrecho y hondo, se divisaba un pequeño tramo de la calle de Segovia, por la que de cuando en cuando pasaba, centelleante, algún coche. Pálidos faroles alumbraban las callejas. Algunas sombras con paraguas bajaban con andar rápido hacia el Viaducto. Unos muros altos de piedra y ladrillo se erguían sobre la calle de Segovia: eran los muros que guardan el jardín del Palacio del Príncipe Anglona, cuyos cipreses negros se elevaban hacia el cielo anochecido. Una bandada de pájaros negros sobrevoló los jardines. La nieve caía con blandura sobre los tejados, sobre las aceras, sobre los árboles desnudos.
—Tener estas vistas debe de ser un privilegio —dijo, rompiendo el silencio, Gabriel—. Si yo viviera en esta casa me pasaría las noches enteras mirando por esta ventana. ¡No parece que estemos en Madrid!
Clara no dijo nada, y Gabriel la miró a los ojos, que seguían fijos, perdidos en la negrura del exterior. Advirtió que estaban humedecidos. Lloraba.
—Clara, ¿qué te pasa?
—¿Eh? Nada, nada. Cosas mías —y se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano— ¿Decías de las vistas? Sí, no puedo quejarme, sobre todo de noche son preciosas. Mira, ¿ves esos árboles de ahí? —señaló con el dedo hacia el jardín del Príncipe Anglona—. Allí suelo ir todas las tardes a pasear y a leer. Son unos jardincitos muy pequeños y acogedores, con muchas plantas, unos caminitos entre cuyas piedras crece la hierba, con una fuentecilla en el centro, y como casi nadie los conoce, siempre estoy yo sola. ¿Vendrás algún día conmigo?
—Claro, cuando quieras. Por cierto que ahora recuerdo que alguna vez he intentado entrar, pero siempre me los he encontrado cerrados, con el candado echado en la puerta. La verdad es que desde fuera parecen muy bonitos, aunque están un poco descuidados, ¿no?
—¡Así más encanto!¿Cerrados dices? Irías fuera de hora.
—Sí, o a lo mejor los estaban reformando.
—Me encantaría que vinieras conmigo, ¿sabes? Siempre me he imaginado paseando por allí con un chico guapo. Llevo años con ese anhelo...
Clara apartó la vista de la ventana, miró a Gabriel y sus ojos, esos ojos de mirar triste y cansado, cobraron un brillo inusitado. Acercó su boca a la de él y le besó. Al apartar los labios parecía como asustada, como sorprendida de su propia acción, pero Gabriel, sin dar tiempo a que se recobrara, se abalanzó sobre su boca sonrosada. Ella desabrochó la cremallera de la sudadera de Gabriel y él, con un movimiento delicado, deslizó por los hombros de Clara los tirantes del fino vestido de gasa blanca, que cayó a plomo sobre el entarimado de madera.
Ese leve gesto descubrió un cuerpo blanco y frágil, de piel olorosa y delicada. Los pechos, pequeños y duros como los de una adolescente, estaban coronados por dos rosetones violáceos, y en las profundidades del vientre de nieve asomaba, tímida pero evocadora, una maraña de oro.
Gabriel observó atónito visión tan sublime, y con la yema de los dedos acarició el busto de la rubia. Sintió cómo su piel blanca se erizaba al contacto, y cómo se estremecía levemente. Al fin, Gabriel se despojó de todas sus prendas y las arrojó por todos los rincones de la habitación. Su respiración era jadeante como el resoplar de una locomotora antigua antes de arrancar.
Clara, cogiendo de la barbilla a Gabriel y clavándole con intensidad los ojos cansados, dijo con acento apasionado:
—Júrame que recordarás esta noche el resto de tu vida. Júramelo.
No hacía falta jurarlo. No había duda de ello. ¡Cómo no iba a recordarla! Había salido cansado de un duro día de trabajo, se disponía a ir a su casa de la calle de la Magdalena, como cada noche, sólo que aquella vez, en vez de continuar recto por la calle del Sacramento hasta Puerta Cerrada, había decidido bajar por la del Rollo. Se sentía triste, como casi siempre durante el último año y medio. No veía un horizonte claro en su vida, estaba atrapado en un trabajo sin futuro, no tenía fuerzas para enderezarse, nada le motivaba. Si acaso Katia. Pero Katia estaba medio liada con uno de su tierra, un tal Vladimir. Y, además, ¿quién iba a querer fijarse en alguien cuya existencia estaba varada en la mediocridad, en la tristeza, en las ruinas? ¡Nadie! ¡Nadie quiere atarse a un rumbo con tantas sombras, con tanta incertidumbre! Y aquella noche apareció ella desde un balcón, como una aparición. Apareció Clara de entre las tinieblas como el barquero que guiaba a las almas difuntas hacia el Hades. Ella podía ser la salvadora, ¿quién si no? ¿Quién si no alguien muy especial aparece de repente en la sombría vida de una persona, en una noche de nieve, llamándole desde el balcón de una mansión situada en el intrincado corazón de una ciudad? ¿Cabe en la fantasía un encuentro más inesperado, más novelesco, más soñado? No hacía falta jurar nada. Iba a ser imposible olvidar aquella noche.
En la lejanía sonaron dos campanas, y la nieve golpeaba más decididamente el cristal de la ventana. La luz temblorosa de la lámpara proyectaba sombras hinchadas sobre las paredes.
Clara, cuyo mirar cansado y triste se aderezaba ahora con un rayo de vaga esperanza, como el que tienen los enfermos graves ante una leve mejoría, se separó de Gabriel, fue a su tocador y apagó la lámpara. La estancia quedó en penumbra; sólo un haz blanquecino, que se colaba indeciso por la ventana, permitía discernir ambas sombras.
La rubia caminó desnuda y con parsimonia hacia su cama y se tumbó boca arriba, atrayendo a Gabriel hacia sí cogiéndole de la mano. Ambos cuerpos blancos se fundieron. Hasta que amaneció, no volvieron a dirigirse la palabra. La noche se fue en sudores, en vigorosos alientos golpeándose la cara, en arañazos, en crujires de somier, en reprimidos gemidos de placer.
Gabriel y Clara hicieron el amor aquella noche larga y tristemente, pero con pasión...
Para Gabriel, para Clara, la rubia de los ojos tristes y cansados, al fin había llegado el momento.

III

Gabriel frunció el ceño cuando un rayo de luz diurna le embadurnó el rostro, entrando a raudales por la ventana. Incomodado, se dio la vuelta. Al poco, abrió los ojos, se incorporó violentamente y miró en derredor. Tras unos segundos de discernimiento, recordó que se encontraba en aquella mansión de la calle del Rollo, junto a aquella chica que le chistó desde el balcón y junto a la que había pasado la mejor noche de su vida. Se sonrió y se tumbó de costado, abrazando a su acompañante de lecho por el talle, oliéndole la dorada cabellera, besándola en la nuca y cerrando los ojos. Las imágenes de las últimas horas empezaron a desfilar dulcemente por su cerebro y, aunque le parecía que habían sucedido hacía mucho tiempo y tenía la sensación de haber pasado toda una vida junto a aquella preciosa rubia, se las representaba con nitidez. Desde el momento en que oyó aquel «¡chist!» hasta que su cuerpo se unió ardorosamente al de la muchacha, evocar lo que había sucedido era como revivir cada instante con asombrosa fidelidad: la primera conversación cuando ella aún estaba en el balcón, la proposición de que subiera y la grata sorpresa que ello le había causado, el sonido del portero automático, el chirriar de la pesada puerta, el recibidor, el salón con el retrato del abuelo, el toque en el hombro y el consiguiente susto, la visión por vez primera de esos ojos cansados, la luz blanca de la cocina, los huevos con jamón, el vestido de gasa, el lóbrego pasillo, la luz del cuarto de Clara, los cipreses negros de los jardines del Príncipe Anglona, los copos que caen lentamente, las nubes moradas, los ojos acuosos de ella, su cuerpo desnudo, blanco y frágil, la frase —«júrame que recordarás esta noche el resto de su vida»—, la habitación que se llena de sombras, y después... después, un amor profundo y sin dobleces, un amor inesperado, transido de tiempo a pesar de haber nacido unas pocas horas antes; un amor quizá para toda la vida, un amor que seguramente existió siempre, porque un sólo amor es todos los amores del universo juntos. Un amor que está pasando siempre pero no ocurre nunca, un amor constante como el persistente caer de la nieve sobre el Viaducto, sobre los tejados, sobre la calle del Rollo, sobre el Palacio Real, sobre la calle del Factor, sobre las personas, sobre los coches, sobre los animales, sobre los árboles esqueléticos, sobre todo lo existente.
La claridad del día ofrecía una nueva y reconfortante perspectiva de la habitación, poblando de colores, volúmenes, sombras y brillos desconocidos a los objetos, a las paredes, a los marcos de las puertas y la ventana, a las sábanas, al suelo de madera. La pareja permaneció algún tiempo más abrazada en posición fetal, muy juntos, los cuerpos casi confundidos bajo las sábanas blancas. Ella dormía, él degustaba esas deliciosas neblinas que se levantan nada más despertarse y que van poco a poco disipándose conforme el cerebro se aleja del sueño de que ha disfrutado. Es un placer inefable perderse a propósito en esa nebulosa, andar a tientas por ella e ir encontrando al paso un recuerdo, una imagen, un sonido, un olor, una caricia, una voz susurrada al oído; sensaciones todas que se presentan frescas y tan cercanas como si se estuvieran viviendo de nuevo, o quizá con aún más potencia. Es el único momento del día en que la mente, confundida entre el dulce sueño y la prosaica realidad, puede operar a su antojo, ajena a los estímulos del exterior.
Aquel día, sin embargo, la realidad no era nada prosaica.
Gabriel, ya desvelado, se incorporó y, retirando un mechón de pelo que tapaba uno de los lados del rostro de cera de Clara, se la quedó mirando. Dormía tan plácidamente que por nada del mundo la hubiera despertado. Los ojos, esos ojos cansados que tanto le habían impactado, se cerraban en una serena línea recta, y la boca lívida, apenas entreabierta, parecía dibujar una leve sonrisa. Cuidadosamente la besó en la sien, humedeciéndola, y durante varios minutos permaneció absorto, embriagado por la belleza tranquila y durmiente de la muchacha. Extasiado en esta contemplación estaba cuando desde San Pedro el Viejo resonó un tañido. Luego otro, y después otro. Esperó a que terminaran, contándolos uno a uno. Cuando llegó al undécimo, se hizo el silencio. ¡Once! ¡Eran las once de la mañana! Todos los alegres pensamientos, todas las amables sensaciones que estaba experimentando se desvanecieron como una bandada de pájaros ante el disparo de una escopeta. La imagen y el perfume de Clara se trocó en su cabeza por la hosca estampa del maitre, que ya estaría esperándole. Un pedido y una reserva de veinticinco personas, y, conociendo al viejo, una sustanciosa sanción económica si llegaba tarde. Y no estaban las cosas como para ir dejándose dinero por ahí, de ir derrochando tiempo y esfuerzo, y menos de esa manera. No había remedio, había que abandonar aquella cálida cama e ir a trabajar.
Se levantó sigilosamente, buscó sus prendas, que yacían dispersas por la estancia, se vistió con premura y se dispuso a salir. Antes echó un vistazo por la ventana. Una gruesa alfombra blanca y luminosa cubría los tejados y las aceras y los parques y los coches y los árboles. Ya no nevaba, pero el cielo tenía un brillo gris y opaco. Algunas bandadas de pájaros revoloteaban sobre los pelados árboles de los jardines del Palacio del Príncipe Anglona. El frío casi podía sentirse a través del cristal. Era una bonita mañana para haberse quedado en aquella casa, desayunando un chocolate caliente junto a la enorme y crepitante chimenea del salón.
Gabriel dudó si despertar a Clara y decirle que tenía que irse a trabajar. Sin embargo no fue capaz de romper aquel dulce, infantil sueño, y optó por escribir una nota explicándoselo y diciéndole que por la tarde regresaría. Cogió uno de los papeles que estaban en la mesilla de noche, junto al marco sin foto, y una pluma, y, encorvado y apoyándose en la mesilla, comenzó a escribir; no había trazado dos letras cuando Clara se removió en su lecho, abrió los ojos y miró a Gabriel con rostro soñoliento. Seguían conservando ese mirar cansado y triste, pero la boca se doblaba en una sonrisa resplandeciente.
—¿Ya es de día? —dijo, acurrucándose entre las sábanas— ¿Qué tal, guapo? ¿Te lo has pasado bien? ¡Yo llevaba años esperando algo así!... —de repente le miró con más detenimiento, de arriba a abajo, extrañada, y desarropándose hasta la cintura, se incorporó, dejando el busto al aire— Pero, ¿qué haces vestido? No me digas que ya te vas... ¡Te ibas sin decirme nada!
—Que no, que no, ¡es que no quería despertarte! —Gabriel acarició amorosamente las finas mejillas— ¡Estabas tan guapa dormida! Mira, te estaba escribiendo una nota.
—¡No puedes irte! ¡No puedes dejarme sola! Además, tiene que hacer muchísimo frío ahí fuera... Anda, métete otra vez en la cama, a mi ladito, ven...
—No, no, Clara, no puedo, tengo que irme —dijo Gabriel mientras se abrochaba la cremallera de la sudadera—. Hace ya quince minutos que tenía que estar trabajando. No quiero ni imaginarme cómo debe estar el viejo viendo que llego tarde. Te juro que vuelvo cuando salga, por la tarde, a eso de las cinco. ¿Me esperarás? ¿Estarás aquí?
Clara atendía a las palabras de Gabriel con gesto de desesperación, pero al oír las últimas se calmó, y dijo:
—Pues claro. Dónde voy a estar si no... Te esperaré, te esperaré como si no hubiera otra cosa en el mundo a lo que esperar...
A Gabriel esas últimas palabras le parecieron en exceso poéticas y apocalípticas, al fin y al cabo iba a regresar en unas horas y si ella quería visitaría y dormiría en aquella casa siempre que fuera posible. Y, a lo que se veía, ése era el verdadero deseo de ella. Pero achacó el tono enimágtico de la frase a la magia del momento, de la cual él también estaba embriagado.
Gabriel sonrió, pleno de amorosa satisfacción, se encorvó un poco y entregó sus labios para que Clara los besara por última vez en aquella mañana. Fue un beso denso, lento, largo, revestido de larga despedida, despedida que —¡no lo parecía!— sólo lo era por unas pocas horas.
Antes de que Gabriel atravesara el umbral volvió la cabeza y miró a Clara que, desde la cama revuelta, el blanco cuerpo al aire, la cabeza ladeada, la sedosa cabellera rubia encantadoramente despeinada, el cerco morado de los ojos empalidecido, el rostro fino y nacarado, le ofrecía una leve y postrera sonrisa.
Bajó a toda prisa las escaleras de mármol, llegó al recibidor, recogió su cazadora, abrió la puerta y salió a la calle. Cerró la puerta claveteada y echó a correr calle del Rollo arriba. El empedrado estaba revestido por un blanco brillante y purísimo, trufado de pisadas; un anciano caminaba con tiento sobre la nieve, temeroso de resbarlar y caer; el cielo lucía plomizo; la respiración dejaba un vaho denso en el aire; hacía un frío penetrante, un frío morado, de otras latitudes. Como una gacela subió las escaleras de la retorcida calleja; resbaló, cayó y en seguida se levantó para seguir con su enloquecido correr. Giró a la izquierda, continuó por la calle del Sacramento y, antes de llegar a la Iglesia Castrense, reparó en que había olvidado su bufanda en casa de Clara. Sin pensarlo dos veces volvió sobre sus pasos y, jadeante, pegó tres aldabonazos en la puerta. Clara no bajó a abrirle, quizá no había oído los golpes, era una casa muy grande. Apretó el botón del portero automático, que estaba oxidado; le pareció mucho más antiguo que cuando lo vio la noche anterior. Seguramente con la oscuridad no se había apercibido bien. No funcionaba. Extrañado, se separó de la puerta, miró hacia la ventana de la habitación de Clara y gritó su nombre. Los cristales de la ventana, cerrada a cal y canto, apenas tenían brillo. Volvió a llamarla.
—¡Clara! ¡Clara!
La voz de Gabriel se extendía en un triste eco por la estrecha calle. Gritó aún más fuerte.
—¡Clara! ¡Clara!
La ventana no se abrió. El interior de la mansión parecía, desde fuera, no albergar vida. Tornó a golpear la puerta, primero con el aldabón, luego con el puño. Recorrió rápidamente la calle de cabo a rabo, por ver si se había confundido de edificio. Apretó de nuevo el botón del portero automático. Hizo retumbar la puerta con fuertes goles propinados con los dos puños. Desesperado, apoyó la cabeza contra el muro de piedra.
—¡Ya está! —se dijo, y su rostro se iluminó de improviso— ¿Habrá ido a los jardines del Palacio del Príncipe Anglona? Me dijo que solía ir allí mucho. Cuando me fui parecía triste y a lo mejor ha ido allí a pasear y a leer para que el tiempo se le pasara más rápido. Pero, ¿le habrá dado tiempo a cambiarse, a bajar y a salir en el tiempo que yo he tardado desde que me he ido? ¡Y con el frío que hace!
No caviló más en tales consideraciones, y a grandes saltos bajó las vetustas escaleras de piedra que desembocan en la calle de Segovia. Cruzó ésta sin mirar, subió corriendo por la costanilla de San Andrés, junto a las tapias de los jardines, y, ya en la plaza de la Paja, torció a la izquierda por la calle del Príncipe Anglona. La puerta de hierro de entrada al jardín, herrumbrosa y enmohecida, estaba cerrada con un viejo y grueso candado. Deslizó la nariz entre los barrotes y miró al interior de los sombríos jardines. Era como si la mano humana no hubiera trastocado en mucho tiempo la calma verde y salvaje de aquellas plantas, las cuales habían ido ganando terreno, quizá durante años, a los muros de ladrillo, a los caminitos de piedra, a los bancos de hierro, a la fuentecilla de granito del centro, desbordándose de las pérgolas. El musgo tapizaba la fuentecilla y las tapias, y en las celosías, allí donde las exhuberantes rosaledas no habían extendido sus brazos espinosos, habían crecido unas vulgares plantas trepadoras. Los setos de boj, asilvestrados, excedían con mucho los límites del parterre, en donde la nieve, protegida por aquel espeso manto vegetal, no había posado su blando rumor.
Un hombre pasó cerca, y Gabriel le abordó:
—Oiga, oiga ¿sabe usted si estos jardines están abiertos al público?
—¡Huy! ¡Qué va! Estos jardines llevan cerrados más de veinte años. Nadie, ni el Ayuntamiento, ni los descendientes de los antiguos dueños, quieren hacerse cargo de ellos. ¡Y así está! ¡Con lo bonitos que eran, si los hubieras visto, muchacho! El palacio también está abandonado, ¡es una pena! Aquí no sabemos cuidar nuestras cosas...
Gabriel apartó la mirada del señor y la perdió hacia el suelo, el semblante demudado y como el de quien no entiende nada de lo que está pasando.
—Gracias, gracias —agradeció, con voz enflaquecida.
El hombre se retiró y siguió su camino.
Gabriel regresó a la calle del Rollo con precipitado correr. Insistió en aporrear la pesada puerta, en llamar al portero automático, que seguía desesperadamente mudo, en vocear hacia la ventana del cuarto donde había pasado la noche.
—¡Clara! ¡Clara!
Los gritos se ahogaban en sollozos.
—¡Clara! ¡Clara!
Una ventana de la casa vecina se abrió. Al balcón salió una vieja reseca de desmelenados cabellos grises. Miró a Gabriel con ojos torvos.
—¡Oye, oye, muchachito! ¡Menos gritos!, ¿eh? A ver qué pasa...
Gabriel miró a la vieja fugazmente, con indiferencia. Continuó con sus alaridos.
—¡Clara! ¡Clara!
La vieja mudó la expresión severa por la de sorpresa. Miraba alternativamente y con extrañeza a Gabriel y a la ventana de la casa vecina hacia la que el muchacho dirigía su desesperación.
—¡Oye chico! Pero, ¿a quién llamas tú?
—¡A la chica que vive en esta casa! ¡A quién va a ser! ¿No la habrá usted visto salir hace poco por casualidad?
—¡Pues cómo iba a verla, si ahí no vive nadie, muchacho!
—¿Cómo?
—Te digo que ahí no vive nadie desde hace cincuenta años lo menos. ¡Te habrás equivocado!
—No, no, imposible, he pasado la noche entera dentro de esta casa, que estaba limpia y recogida, con una chica que se llama Clara, rubia, el pelo liso, muy guapa...
—¿Clara? —la vieja hizo de ademán de intentar recordar—. Pues no me suena, hijo, y mira que llevo viviendo en esta calle una buena tira de años. Pero te repito que esa casa lleva abandonada desde mucho antes que muriera Franco. ¡Puf, mucho antes! ¡Yo siempre la he conocido desierta!... Bueno, me voy a recoger que hace un frío para pelar gatos. Y no quiero ni un grito más, ¿eh?
Y se metió para adentro, cerrando la ventana tras sí.
Un fuerte estremeciento sacudió por entero a Gabriel. Quedó unos minutos inmóvil, la vista hacia el suelo, los dedos mesando la barbilla. No podía ser. La vieja tenía que estar equivocada. Tenía pinta de estar un poco loca, igual era una enferma mental de esas que no salen nunca de casa y que ni sabe en qué calle vive. Sin embargo, todo era tan extraño, los síntomas tan inquietantes, que tomó una decisión. Si nadie le abría, entraría él por sus propios medios. Comprobó la solidez de la puerta, vio que cedía un poco al empujar. Miró a un lado y a otro de la calle y detrás de la esquina con la travesía del Conde, por si venía alguien. La fría mañana parecía haber dejado en casa a todo Madrid, porque no se veía un alma. Tomó carrerilla, esprintó con decisión y propinó una violenta patada contra la madera, una patada cuya fuerza venía de los rincones más ocultos de su ser. A la primera, la puerta se abrió, levantando una espesa nube de polvo y haciendo saltar por los aires un pestillo medio podrido, echado por dentro.
Volvió a mirar en derredor, y tras cerciorarse de que nadie le había visto, se perdió en la oscuridad de la mansión. Lo que vio nada más traspasar el umbral de la entrada le heló el alma. Se encontraba en el mismo recibidor que había pisado poco antes. Buscó la percha en la que había colgado la noche anterior su bufanda, pero no las encontró, ni la bufanda ni la percha. Las paredes estaban ennegrecidas y eran surcadas por verdes hilos de humedad. Olía a buhardilla cerrada, y el suelo estaba alfombrado por una gruesa capa de polvo. Abrió violentamente la puerta que daba al salón del retrato. No había retrato, no había sillones, la chimenea estaba clausurada, y sólo quedaba la mesa, tapada por un manto amarilleado y agujereado. Recorrió un pasillo, llegó a la cocina. Ni había frigorífico, ni fogón, ni utensilios, y la mesa en la que había cenado dejaba un hueco inmenso en el centro: había desaparecido.
Los ojos abiertos de par en par y enrojecidos, el labio inferior tembloroso, el respirar acelerado, volvió sobre sus pasos y subió los peldaños de la escalera de mármol de tres en tres. Se detuvo en el rellano, oscuro como boca de lobo, y quedó paralizado mirando la puerta del cuarto de Clara, al final del pasillo de la izquierda. La piel se le erizó, un sable se le atravesó en la garganta, un viento frío le recorrió de la cabeza a los pies. Avanzó lentamente hacia la puerta y, en el silencio más absoluto, en la oscuridad más lóbrega, cada uno de sus tardos pasos hacía crujir la madera podrida, emitiendo una retahíla de sollozos lastimeros.
Al fin llegó hasta la puerta, agarró el picaporte y lo giró lentamente, como retardando una visión que, él ya lo sabía, le iba a sumir en la más profunda de las tristezas, si es que podía existir una tristeza más profunda que la que ya le embargaba. La puerta, la misma puerta desde cuyo umbral unos minutos antes había visto por última vez a Clara, mirándole y sonriéndole incorporada encima de la cama, con el busto desnudo, el pelo encantadoramente despeinado, la cabeza ladeada, se abrió con un largo chirriar que se extendió por toda la casa.
Derramó la vista por la estancia. La clara habitación donde había pasado la mejor noche de su vida, la anterior, era ahora un lugar sucio y entenebrecido en el que la luz hacía mucho que no se posaba. Caminó despacio y con tiento, sin tropezarse con nada. No había nada con que tropezar. No existía el tocador, ni el espejo, ni la lámpara, ni siquiera el lecho donde había dormido y hecho el amor unas pocas horas antes. Sólo permanecía la mesilla de noche, solitaria y tapada por una tela que en otro tiempo fue blanca, y, sobre ella, su bufanda, sólo que vieja y apolillada, y el marco que Gabriel recordaba sin foto. Lo cogió, sacó un mechero de su bolsillo y echó luz sobre él. En lugar del vacío blanco había una fotografía antigua, en sepia, ya gastada. La persona retratada, que como en todas las fotos antiguas miraba hacia la lejanía y no hacia el objetivo, tenía una tez fina y pálida, unos labios lívidos y un cabello liso que le caía a ambos lados de la cabeza como dos cataratas de oro. Y, sobre todo, tenía unos ojos cercados en morado, como cruzados por una sombra, un mirar cansado y triste, extraordinariamente bello.
Los vidriosos ojos de Gabriel soltaron una gruesa lágrima, que cayó a plomo sobre el cristal que protegía la foto. Con cuidado la sacó del marco y la dio la vuelta. En letra de pendolista había escrito con tinta negra: “Clara Sotomayor, 1958”. Con aún más cuidado, conteniendo los sollozos que pugnaban por salir de la garganta, la volvió a meter en el marco y, agachando la cabeza, se la llevó al pecho. Unos instantes después, derrumbado, se dejó caer sobre el polvoriento entarimado de madera y se tumbó de costado, en la misma postura con la que había abrazado a Clara nada más despertar de su noche de pasión, y con la fotografía fuertemente apretada junto al corazón.

IV

Un tibio sol invernal caía por detrás de la blanca silueta del Palacio Real, depositando en el horizonte raso reflejos de oro, reflejos de púrpura. Las palomas arrullaban melancólicamente, posadas en los pelados árboles de la plaza de Oriente. Pequeños acúmulos de nieve, como gatos asustados, subsistían en las zonas umbrías. Paseaban las parejas, reían las familias, unos niños correteaban, acompañados por el clásico rumor de un organillo.
Daniel y Katia acababan de salir de trabajar del restaurante de la calle del Factor. Caminaban despacio por la enlosada explanada de la plaza, a los pies del Palacio, el uno junto al otro, ambos con la vista perdida hacia el suelo. De vez en cuando decían algo y después negaban con la cabeza, en un gesto de resignación.
—¿Y no viste nada raro aquella noche, antes de despediros? —preguntaba la rusa.
—No, nada. Todo era normal. Incluso diría que estaba algo más contento que de constumbre. Por primera vez en mucho tiempo vi cómo le brillaban los ojos.
—Pues chico, no hay quien explique.
—Es una cosa rarísima. Gabriel no es que fuera el paradigma...
—Paradig... ¿qué?
—Paradigma es cuando... vamos, que no era la persona más alegre del mundo. Lo había pasado mal, pero de ahí a en un sólo día estar como yo le vi... No tiene explicación, te digo que no la tiene.
—Cabeza de personas es cosa que no entendemos, Daniel.
—Ya, ya, pero todo tiene un por qué, un detonante. La muerte de su novia la iba superando, yo veía cómo iba remontando... No sé, algo le tuvo que suceder.
Se hizo un silencio. Daniel miró a Katia y dijo:
—Oye, por curiosidad, ¿a ti te gustaba?
—Hablas como si él ya ha muerto.
—Es que tal y como lo encontré... es verdad, perdón, replanteo la pregunta: ¿A ti te gusta o te ha gustado alguna vez?
—¡Huy! ¡Sí! ¡Mucho! Me gustaba mucho, sobre todo en principio. ¡Yo me le he ininsinuado muchas veces! Pero no sé si no daba cuenta o no le gustaba. Era siempre muy serio, muy enfadado. Después ya perdí interés, y ahora ya me dejas helada con esto que me cuentas. ¿Por qué preguntas esto?
—Por nada, por nada.
Siguieron caminando, ahora junto a las estatuas de los reyes godos, cuyos ojos pétreos atalayaban por encima de las cabezas que hormigueaban por la plaza. Tras un largo silencio, durante el cual Katia parecía cavilar intensamente, ésta entornó los ojos, miró hacia el terso tapiz azul del cielo, ya atardecido, y dijo:
—¿Sabes qué estoy pensando? He estado fijando y creo que españoles y rusos os parecéis mucho. ¿ entiendes?
Daniel se sintió recorrido por un frío glacial.
—¿Qué dices Katia?
—¡Sí! No sé por qué, pero hombres rusos y españoles tienen... ¿cómo se dice?... tienen carácter el mismo. Así como una... una tristeza en ojos muy rara. No quiero decirse que estén tristes siempre o tristes con su vida. No, es algo más interior, más profundo, como una tristeza... ¡como una tristeza de siglos!
Daniel calló ante las palabras de la rusa. De súbito sintió un debilitamiento, como si le robaran las fuerzas. Le parecía que una culebra se retorcía dentro del pecho y que las piernas se le enflaquecían y doblaban. El rostro se le empalideció, sus ojos se ensimismaron.
—¿Qué pasa Daniel?
—¿Eh? Nada, nada.
—¿Has escuchado lo que dicho?
—¿Eh? ¡Ah, sí!... Y estoy de acuerdo, yo también me he fijado. ¡Y cada vez te manejas mejor con el castellano, qué barbaridad!
El rostro de la rusa adoptó una actitud orgullosa, y sonrió.
—Oye, estoy pensando una cosa: ¿quieres ver a Gabriel? No nos va a decir nada, pero así al menos ves lo que te he contado.
—No sé Daniel, me da un poco de...
—Eso ya como tú quieras. Yo voy a ir a verle. Si quieres acompañarme...
Katia quedó pensativa.
—No, Daniel, ve tú. Yo ya voy otro día.
—Como quieras. Te veo a la noche en el curro.
Daniel empezó a subir por la calle de Lepanto. Había recorrido unos pocos metros cuando oyó un grito a su espalda.
—¡Espera Daniel! —Katia se le acercó con paso decidido— Voy contigo.
Atravesaron la plaza de Ramales, bajaron por la calle de San Nicolás hasta Mayor, continuaron por la del Sacramento y torcieron a la derecha por la del Rollo. Dejaron a la izquierda la vieja mansión, cuya puerta estaba de nuevo cerrada, con un candado nuevo. Descendieron las escaleras de la travesía del Conde hasta dar con la calle de Segovia, la cruzaron, y, subiendo la costanilla de San Andrés, arribaron a la plaza de la Paja.
—Mírale, allí está.
Apoyado en la tapia que guarda los jardines del Palacio del Príncipe Anglona, junto a la puerta de hierro, había un bulto gris acurrucado en el suelo. Daniel y Katia se acercaron un poco más, manteniéndose no obstante a cierta distancia.
—Así lo encontré la tarde siguiente a despedirnos aquella noche y así sigue. He intentado razonar con él, he llamado al Samur, a los servivios sociales, a su familia, pero dice que él de ahí no se mueve por nada del mundo, que tiene que vigilar esa puerta, sin dar más razones. Que es una persona adulta y que no pueden obligarle a marcharse. Y tiene razón, la verdad. Pero como siga así acabará muriendo de frío, o de hambre, o de pena. ¿Te has fijado en su rostro? Está blanco como la nieve, enflaquecido, se le marcan ya las mandíbulas. ¿Y los ojos?, fíjate, los tiene perdidos en la nada, hundidos, parece que no ha dormido en muchos días. Viste la misma ropa que aquella noche... y fíjate en la bufanda, parece que se la haya encontrado en la basura. Lo curioso es que es igual que la bufanda que siempre llevaba, sólo que mucho más vieja. Y cada día que pasa le veo más ensimismado, al principio respondía a algún estímulo, pero ahora... Ahora parece que ni siente ni padece, y si en los días posteriores a aquella noche, cuando intentabas convencerle de que se levantara y se fuera a casa, se negaba en redondo y era imposible hacerle cambiar de parecer, ahora es que ni responde. No sé qué le habrá pasado para estar así, tampoco quiere contarlo. A veces dice entre dientes algunas palabras que no comprendo. ¡Ah!, y mira, aprieta contra el pecho un marco con una foto muy antigua, creo que de una chica. Tampoco la he visto bien, porque es imposible quitársela de las manos.
Katia observaba la estampa horrorizada. Hizo ademán de acercarse a Gabriel, pero Daniel la agarró del brazo.
—No, déjalo, no vayas. No vas a conseguir nada.
—Pero, ¡algo tendremos que hacer! ¡No podemos dejarle ahí!
—Yo ya lo he intentado por todos los medios, no podemos obligarle. No sé qué le habrá pasado, pero supongo que recapacitará. Nosotros más no podemos hacer. Lo más fuerte es que su familia ha desistido, se ha vuelto a su tierra. Por lo visto tampoco es que se llevaran muy bien.
Katia pareció darse por convencida, pero no pudo reprimir una lágrima. Se agarró a Daniel y éste, con un sólo brazo, la estrechó fuertemente contra sí. Después la besó en la cabeza.
—Venga nena, vámonos a descansar, que va a ser una noche dura en el trabajo. Te invito a un vodka con lima en Cuchilleros.
Cogidos de la cintura, subieron trabajosamente la inclinada y recoleta plaza de la Paja. Sus negras siluetas se perdieron al final de la subida de la costanilla de San Andrés, en dirección a la plaza de los Carros, recortándose sobre el fondo del cielo invernizo, que se apagaba en tonos morados y sangrientos.

domingo, 5 de julio de 2009

TÓPICOS


Los tópicos. No hay para mí nada más ridículo que una persona soltando un tópico. Detesto esas conversaciones entre desconocidos y entre gente que hace tiempo que no se ve cargadas de tópicos, detesto las frases hechas. Odio ligar con una chica preguntándola si estudia o trabaja o si viene mucho por aquí. Me repugna que alguien juzgue a una persona sin conocerla, me repugna juzgar a una persona sin conocerla, porque yo, como todos, también lo he hecho y lo hago a menudo. Si dispusiéramos de un aparato que pudiera medir la cantidad de tópicos que decimos en un solo día, un "topicanómetro" podría llamarse, seguramente descubriríamos que alrededor del noventa por ciento de lo que soltamos por la boca son tópicos.

Francisco Umbral escribió sobre los tópicos aprovechando el entierro de Ramón Gómez de la Serna. Me gustaría rescatar algunos fragmentos del maestro a este respecto:

"Manuel Viola se había levantado a media noche para despertar a su vecino César González Ruano.

—César, César, que ha muerto Ramón. Tienes que hacer un artículo.

César hizo el artículo —"Ramón del alma mía"— para ABC. Luego hizo otro para Informaciones. Los periódicos manejaron todos los viejos tópicos ramonianos: "malabarista de las palabras", "mago de la ilusión", "creador proteico" (nadie tan igual a sí mismo). Comprendí lo que ya sabía: que en este país te colocan tres adjetivos y dos frases y ya nadie varía eso en cincuenta o cien años de vida literaria.

Los adjetivos y las frases pueden estar equivocados, puede haberlos lanzado el propio interesado, o un editor torpe, pueden haberse quedado viejos. Es igual. Nadie los moverá ya nunca. Luchar por el nombre en España es luchar por el tópico. Nunca se llega ni a la gloria ni a la fama ni a nada. A lo más que se llega es al tópico.

—Caramba, usted ya se ha hecho un nombre, una fama.
—Perdón, yo me hecho un tópico. Si uno tiene aplicación y constancia, y no es absolutamente tonto, al final de la vida lleva su tópico como Sísifo su piedra. Eso es todo. Nadie ha estudiado en serio a nadie, y si alguien lo hace, como no se lee, lo que siguen funcionando son los tópicos de periódico."

Esto que escribió Umbral, referido a la literatura y a los escritores, puede trasladarse a cualquier ámbito de la vida. Dijo Ortega que el ser humano se mueve por razones líricas. Yo diría que se mueve por tópicos. Tener un buen sueldo, casa propia, mujer e hijos, un coche bonito, irse de vacaciones en agosto a Benidorm, comprarse el mayor número de artefactos electrónicos posible, tomar el aperitivo los domingos. Esa es la aspiración que tiene en la vida la mayoría de la gente. Eso son tópicos.

Todos llevamos nuestro tópico a cuestas. Y todos llevamos nuestro ramillete de tópicos para designar a los demás, incluso a nuestros seres más allegados. Nadie, o muy pocos, conoce o quiere conocer en profundidad a nadie. Nos conformamos con una imagen preconcebida de una persona, y con eso vamos tirando. Para qué conocerles más. Una persona no es un círculo perfecto. Una persona tiene infinidad de aristas, y la mayoría no quiere ver esas aristas. Y repito que eso se da incluso entre amigos cercanos y familiares. Las madres suelen decir que conocen "perfectamente" a sus hijos. Siento decepcionarlas. Un hijo es para una madre un perfecto desconocido. Luego imaginaros para el resto.

Mas yo lo que quería era hablar de Cristiano Ronaldo, ese magnífico jugador que, para mi regocijo, ha fichado por el Real Madrid. Creo que no soy el único que piensa que este fichaje era imprescindible para el club, para expandir por el mundo su imagen, deteriorada los últimos años por la mediocridad, para sembrar de respeto por la camiseta blanca los campos de fútbol de la vieja Europa. Algunos dirán que era más necesario compensar el equipo y, con ese dinero, haber fichado a varios buenos defensas y más jugadores de calidad. Mentira. No saben lo que dicen. Un jugador como Cristiano es mil veces más importante en un club como el Madrid que todas las tentativas de equipos sólidos y comprometidos que se han intentado hacer en los últimos años.

Se dice que Cristiano va a hacer mucho daño al Madrid, que no va a rendir porque va a estar todos los días de fiesta, que no va a resistir la tentación nocturna que supone esta ciudad, que va a formar un clan y que por tanto la va a armar en el vestuario, que es un niñato que sólo piensa en el dinero. Tópicos. Vuelve a funcionar el tópico manido y manoseado que usa todo aquel a quien gusta de hablar mucho, pero poco de pensar. La cita de Umbral encaja aquí perfectamente. Cristiano no es un escritor, pero vale igual. No es un escritor, pero sí un talento extraordinario para el fútbol, un atleta apasionado por su trabajo. ¿O acaso ese cuerpo es producto de las salas de fiesta y las noches sin dormir? Me gustaría preguntar a todos aquellos que dicen que va a dar muchos problemas al Madrid: ¿qué problemas ha dado en sus clubes anteriores? ¿Que se quería ir del Manchester para venir al Real? Creo que es lícito que una persona quiera mejorar en su trabajo, ¿no? ¿Que se enfadó una vez porque Ferguson le cambió en un partido? Claro, y a mí también me molesta que mi jefe me mande a limpiar la cámara donde se guarda la sangría, que está sucia y mohosa y huele a vino avinagrado y podrido.

Yo no tengo el gusto el conocer a Cristiano, pero si uno deja por un momento de lado su aspecto y procura leer algunas entrevistas, fijarse en su expresión corporal e investigar un poco sobre su vida, creo que comprobará que se aleja varios años luz del tópico que la mayoría tiene en mente cuando piensa en él.

jueves, 25 de junio de 2009

VERANO DEL 97 (Epílogo)

Cosas hay en mi vida que parecerán de novela, aunque no creo que esto sea muy peculiar en mí, pues todo hombre es autor y actor de algo que, si se contara y escribiera, habría de parecer escrito y contado para entretenimiento de los que buscan recreo en las vidas ajenas, hastiados de la propia por demasiado conocida. No hay existencia que no tenga mucho de lo que hemos convenido en llamar novela (no sé por qué), ni libro de este género, por insustancial que sea, que no ofrezca en sus páginas algún acento de vida real y palpitante. (Benito Pérez Galdós por boca de Gabriel Araceli, protagonista de la primera serie de los Episodios Nacionales y héroe literario del que esto suscribe).

Hubiera sido incapaz de decirlo mejor que mi querido y admirado Galdós.

Han pasado doce años de todo aquello. De algunas cosas sí me acordaba, otras las tenía completamente olvidadas. Releer aquel diario me ha puesto en contacto con mi pasado, conmigo mismo, con una época que, tal y como escribí en aquellos tiempos, me ha marcado. Dicen que el primer amor marca para el resto de la vida. Es una de tantas frases hechas, un lugar común, casi un axioma. Normalmente no suelo estar muy de acuerdo con esos tópicos, con esas verdades aceptadas comúnmente como incontrovertibles, pero sospecho que ésta en concreto es verdad. Al menos en mi caso. No podría explicar por qué, pero tengo la sensación de que sí, que aquella historia, digamos, me puso en guardia en lo que a las mujeres se refiere, me hizo temeroso y aún más tímido de lo que ya era.

Confieso que transcribir aquel diario ha sido en muchas ocasiones doloroso. La escritura, como la música y los olores, tiene el don de despertar recuerdos que creíamos absolutamente relegados. En ocasiones lo que estaba escrito en ese viejo cuaderno de tapas verdes parecía perder su aspecto de letra manuscrita y tomar forma de personas, de ambientes, de momentos, de objetos. Pero hay que decir también que muchas veces me ha sido sumamente placentero, precisamente por ese poder de evocación tan grande. Si algo tienen los diarios de interesante es que están completamente cuajados de "yo", siempre que esté escrito con sinceridad, naturalmente. Mas los diarios suelen ser sinceros. En ese papel no se ven letras, se ve a una persona, con sus puntos fuertes, sus debilidades, sus incertidumbres, sus escasas certezas, siempre mudables. Creo que eso es la literatura, independientemente de lo bien o mal que esté escrito (aunque siempre será mejor que haya cierta calidad literaria, claro está).

En algún fragmento del diario me pregunto qué es lo que ocurre con ciertos momentos de nuestra vida y si es posible que nada subsista, que esos instantes se pierdan en el bucle del Tiempo para siempre, y si no habrá forma de hacerlos permanecer. Ahora ya tengo la respuesta. La única manera de que no caigan en el olvido, de que dejen una impronta, es escribiéndolos. No hay otra. No tenemos memoria, o es muy limitada, y si de verdad queremos perdudar, porque aunque ahora estemos aquí nos terminaremos convirtiendo en recuerdos más pronto de lo que pensamos, lo único que podemos hacer es escribir. ¿Será por eso por lo que escribo? Y el que no escribe, ¿qué deja de él una vez muerto?

Mi imaginación ha renovado ahora aquella historia punto por punto, doce años después. Por aquel entonces yo era un adolescente, y ahora ya soy un adulto con ciertas responsabilidades y con el carácter casi formado. Pero me he dado cuenta de que la esencia de una persona se mantiene a pesar del paso del tiempo. Puede sufrir modificaciones, pequeños retoques que uno se hace a sí mismo o que le hace el curso de los acontecimientos, pero en lo esencial me reconozco perfectamente en esas páginas ya amarilleadas.

Por las informaciones que me han llegado, Cynthia, la protagonista de esta historia verídica, es hoy una mujer felizmente casada que vive en La Coruña con su marido. Terminó hace unos años la diplomatura de enfermería y a día de hoy quién sabe si tendrá uno o dos retoños a quien alimentar. Tras aquel verano apenas volvimos a dirigirnos la palabra, como tampoco nos la habíamos dirigido antes de aquel viaje en avión. Hace muchos años que no la veo.

A Claudia jamás la he vuelto a ver, ni a saber absolutamente nada de ella. De hecho no he vuelto a pisar Villafranca, aquel año fue el último que veraneamos allí. No sé si seguirá existiendo la "casa de las brujas" e ignoro el aspecto que tendrá el cortijo e incluso si sigue en manos de los mismos dueños de entonces. Algún día me gustaría volver.

Con Manuel y sus padres perdí el contacto hace mucho, aunque tuve ocasión de reencontrame con ellos hace tres años, en un pueblo de Extremadura, llamado Madrigalejo. Teresita es ya una linda mujercita que frisa los dieciocho, el galgo Fonta hace mucho que debió de morir, y en cuanto al campesino anciano del sombrero de paja al que saludé aquella tarde del 14 de agosto de 1997, pues me lo imagino rodeado de nietecitos y disfrutando de unos últimos años de sana vida de campo. O quizá esté muerto, estaba ya muy mayor, vaya usted a saber.

En cuanto al resto de personas que con más o menos asiduidad han salido en estas páginas, decir que sólo con dos de ellos sigo manteniendo contacto, y además puedo asegurar que siguen siendo mis dos mejores amigos. Son Pepe y Berto, a quienes supongo gustará verse nombrados en este sucinto epílogo.

¿Y yo? ¿Qué ha pasado con Sebastian Melmoth desde entonces? Que el lector me permita reservarme esta información, por otra parte de poca importancia, aunque quizá en un futuro no demasiado lejano cuente algún episodio personal más de mi vida.

FIN

lunes, 22 de junio de 2009

VERANO DEL 97 (Decimocuarta parte)


31 de agosto He estado a punto de comenzar el diario con la frase "faltan X días", de forma mecánica, pero resulta que ya no es necesario. ¡Ya no lo es! ¡Es el día! Ahora mismo son casi las dos de la tarde, y dentro de un rato, un par de horas a lo sumo, tengo pensado llamarla y, al fin, decirle que quedamos. Estoy en un estado de nerviosismo difícil de describir. Cualquiera que me viera actuar hoy diría que soy un ser hiperactivo. No hago más que dar vueltas por la casa para intentar sofocar el fuego que arde dentro de mi pecho, y que cada minuto que pasa es más intenso. Todo mi cuerpo es una impetuosa tormenta eléctrica que me recorre a ráfagas. Anoche apenas pude dormir, no sé si por la alegría o por los nervios, y esta mañana, nada más abrir los ojos, me he levantado corriendo para mirar el calendario y comprobar si era cierto. Sí, no había duda. Hoy termina agosto. He tomado conciencia de que hoy es un día histórico y me he dicho que había que guardar en la memoria todo lo que hiciera. He desayunado un par de tostadas y he visto Bola de Dragón. Ha sido el capítulo en que Freezer mata a Vegeta, y Goku, su eterno enemigo, lo entierra, dejando atrás viejas rivalidades y rencores. Me he emocionado, hoy cualquier tontería hace que se me ponga la piel de gallina. Después he abierto el diario y me he puesto a hojearlo furioso, con rabia. He leído los primeros días después de que se fue y cuando por teléfono me dijo que la espera duraría un mes más, y me he sonreído, y me he dicho: "¡Te derroté, Tiempo! ¡No has podido conmigo!"

La pancarta de meta está ahí, al alcance de la mano, coronando esta dura subida que he tenido que afrontar en los últimos días. Pero hay que traspasarla, y estas últimas pedaladas las doy por inercia, porque fuerzas ya no me quedan. Estoy cansado, y no sé si podría aguantar un kilómetro, un día más. Lo dicho, en un rato la llamaré.

***

Son las doce y cuarto de la noche. La llamé sobre las cuatro y media. En el fondo esperaba que fuera ella quien me llamara, en una esperanza de que el instante fuera verdaderamente mágico. Hubiera sido lo ideal. Pero como esa llamada no llegaba y mis nervios estaban a punto de explotar, me lancé yo. Casi no podía marcar los números. A los pocos segundos el teléfono ya estaba sudado de mis propias manos, temblorosas y húmedas. Conseguí marcar todos los números, no sin esfuerzo. Tenía retortijones y me costaba tragar saliva. Un tono, dos tonos. Aparte de eso, un silencio paralizador. Tres tonos. El tiempo se detuvo en esos instantes. Al cuarto tono alguien descolgó al otro lado. ¡Era ella! ¡Su voz inconfundible! Pero era una voz apagada, cansada, lejos del alegre calor que esperaba encontrar. "Normal", pensé. "Los viajes cansan mucho". Arranqué a hablar. "¡Hola!", dije con ímpetu. "¡¿Qué tal todo?! ¿Sabes quién soy, no?" "Ah hola. Sí, qué tal. Acabo de llegar". "Está muy cansada, se le nota", me dije. Mas no podía dejar de pensar que esa voz ya no estaba a más de trescientos kilómetros de distancia, sino a apenas cinco minutos andando, al otro lado de la avenida de la Ilustración. "Bueno, y qué tal el viaje". "Bien, estoy cansada, los viajes cansan mucho". "Sí, es verdad, cansan mucho". Venga, dilo, ya lo tendrías que haber dicho. Me tienes aquí al lado, cruzando un par de calles. "¿Habéis tenido atasco?". "Bueno, un poco al entrar en Madrid, pero poca cosa. Lo peor era que íbamos cinco metidos en el coche, y sin calefacción...". "Ah, joder, sin calefacción, qué horror". Pero, ¿a qué esperas? Dilo ya... Y ya no aguanté un segundo más. Ya que no salía de ella, lo dije yo. Esa frase llevaba 59 días atrapada en mi boca: "Oye, ¿te apetece que quedemos un rato?" Emoción contenida esperando la respuesta afirmativa, la única posible y admisible. Tarda en contestar más de la cuenta. En estos casos un segundo de duda es una eternidad. "Pufff, no puedo Sebastian. Tengo que deshacer la maleta y me quiero acostar pronto, que estoy reventada". Pinchazo justo antes de llegar a la meta. "Ahhh, claro", dije, como dando a entender que cómo no se me había ocurrido. Deshacer las maletas. Siempre hay que deshacer las maletas en cuanto se llega de un viaje. Es que yo también tengo unas cosas... Aunque en verdad me pareció una excusa bastante tonta. "¿Qué cojones importará deshacer unas putas maletas cuando tu novio, al que hace casi dos meses que no ves, está de ti a apenas cinco minutos andando?", pensé. Si yo estuviera en la misma situación, le daban por culo a las maletas. Claro que seguramente yo sea un poco irresponsable. Si su madre le ha dicho que tiene que deshacer las maletas, pues chitón, y no se hable más. Además, es verdad, estará cansada. Y si ya he aguantado 59 días, qué más dará uno más. Además, sé que ahora la tengo aquí cerquita. Sí, no insistiré y haré como que comprendo. Claro, deshacer unas maletas es una cosa muy importante, no va a estar con los armarios vacíos. Y no sólo ella, sino que toda su familia tendrá que deshacer sus maletas y ella tendrá que ayudar, no creo que a sus padres les haga gracia que se baje a dar una vuelta mientras ellos reordenan sus cosas, su vida, después de las vacaciones. Sí, definitivamente creo que comprendo. Seguramente si yo estuviera en la misma situación tampoco bajaría. O sí, no nos engañemos, creo que sí que bajaría. Pero lo dicho, yo soy un poco pasota e irresponsable. Parece que hay gente que eso de los vínculos familiares lo tiene mucho más arraigado. No se puede disgustar a una madre, y punto. A deshacer las maletas, pues, y mañana nos veremos.

Colgué después de asegurarle que mañana la llamaría. Se mostró conforme, incluso contenta diría yo. ¡Pues cómo no va a estar contenta, si ya está aquí, cerca de mí! Un rato después me llamó Pepe: que habían quedado todos para dar una vuelta. Me hubiera encantado poder decirle "no puedo macho, tengo cosas que hacer...", con tono misterioso. Pero no, no tenía nada que hacer, y pensé que bajar un rato haría que la tarde pasara más rápido. Me afeité el bigote (¡hoy me he afeitado por primera vez en mi vida!) y me vestí. Me miré largamente en el espejo. Está mal que yo lo diga, pero me vi más guapo que nunca, más guapo que nadie. Poco a poco me fui sacudiendo la pequeña decepción, y me sentí casi feliz. Al fin y al cabo, ella ya estaba en Madrid, en el barrio. Cuando salí a la calle todo parecía indicar su cercanía. El sol parecía más vivo, el aire más puro, la gente sonreía, a pesar de haber terminado sus vacaciones. Los aparcamientos estaban ya casi a tope, el barrio había recuperado su pulso, se formaban algunos corros de personas muy morenas que charlaban de cosas muy interesantes, aunque no se dejaban hablar unos a otros. En sus caras podía leerse: "deja de soltarme el rollo y escucha lo que te voy a contar, que lo mío sí que han sido vacaciones". Sí, pensé, definitivamente no sabemos escuchar. La mercería y el quiosco y el bar Cecilio estaban ya abiertos, pero soñolientos aún, después de tan larga siesta. Y todo ello me hizo tomar entera conciencia de que sí, al fin había acabado el verano, la espera. ¿Qué más daba un día más? Lo que contaba es que ella ya estaba aquí, y que los 59 días anteriores no habían sido más que un mal sueño.

Fui a buscar a Pepe, y nos dirigimos al parque. Había muchísima gente. Creo que ya estaban todos. Vi a D. del R. y a V. M., que me parece eran los únicos que faltaban por regresar de las vacaciones. Alguno me preguntó qué hacía allí, que tendría que estar en otro lado con otra persona. No sé qué dije, creo que aduje que no había llegado aún o que había preferido no quedar con ella, que la vería mañana. Lo que es seguro es que no dije la verdad. D. del R. me dijo que me notaba contento, con un brillo en los ojos, y que éstos se me habían vuelto negros y muy brillantes. Me dije que no era para menos, porque al fin estaba viviendo en un día que nunca creí que fuera a llegar. Poco me importaba ya que el reencuentro se aplazara veinticuatro horas. Había sufrido durante mucho tiempo para que ahora me amilanase un día más de espera. E incluso pensé que mejor, que así tanto ella como yo tendríamos más ganas de vernos. Y me sentí a gusto en el parque, con todos mis amigos y con mis ojillos negros brillando como la concha de un escarabajo, y con mi bigote recién afeitado, que me tocaba de vez en cuando, y que sentía liso y suave como el futuro que me espera junto a ella. Luego vinieron las chicas. Noté que me miraban y que alguna se reía, no sé por qué. Supongo que sabrían que hoy terminaba mi espera, todo el mundo lo sabe. Dimos unaBloque entrecomillado vuelta por el parque de La Vaguada y pasamos cerca de su edificio. Y verlo ya no me causó la tristeza de antes, sino que noté cómo un nuevo ímpetu crecía dentro de mí. Hoy no había podido ser, pero mañana ya no habría obstáculos. Pensé en acercarme al portal, llamarla por el telefonillo y decirle que estaba abajo, que bajara si le apetecía. No me habría costado mucho hacerlo, estaba a escasos metros. Pero decidí que no había que forzar, y me dije que mañana transcurriría todo con más calma. Y luego estuve hablando con todos, de buen humor, y me sentí feliz, consciente de que, al fin, empezaba una nueva etapa.

He llegado a casa sobre las diez y media, he cenado viendo Fútbol es fútbol, me he tumbado en la cama y me he puesto a pensar en mañana. Es la una menos cuarto, me voy a acostar.

1 de septiembre
Son las once y media de la mañana. Me he levantado hace un par de horas, y en realidad no hay nada que contar, pero mi inquietud es tan grande que para aplacarla me he puesto a hacer lo que más me relaja: escribir. Qué mal he dormido esta noche. Las imágenes de todo un verano se entremezclaban en la oscuridad morada, y sobre todo veía bicis, muchas bicis, y un maillot amarillo de líder del Tour, que lo llevaba Ullrich, u Olano, o quizá yo mismo. O todos a la vez, o nadie en concreto. No era un sueño, porque estaba despierto... o no sé, quizá estaba dormido, imposible asegurarlo. El maillot amarillo subía un puerto, con el sol cayendo a plomo, haciendo brillar la carretera, que parecía un río de plata. También veía a Cynthia, que vestía los pantalones amarillos de nuestra última cita, allá por el 3 de julio... Todas las imágenes eran como fotogramas que duraban milésimas de segundo. Era todo rarísimo, y me despertaba una y otra vez. Cuando ha amanecido he conseguido enlazar varias horas de sueño, hasta que sobre las nueve y media me he levantado, dispuesto a afrontar el, ahora sí, día esperado. He desayunado algo, no mucho porque no me entra casi nada, y he visto la tele, que hoy tiene un único tema: la muerte de Lady Di. Anoche se estrelló con el coche, en un túnel de París —Túnel del Alma se llama—, junto con su amante o novio o lo que sea, el tal Dodi Al Fayed, que también ha muerto. No hablan de otra cosa, y ahora mismo en todas las cadenas hay programas especiales. Y ahora mismo no sé si llamarla o hacerlo dentro de un rato o esperar a que me llame ella. Hay que verse, sufrimiento hasta el final. ¡Pero merecerá la pena!

***

Son las cinco y media. Bueno, pues al final la he llamado, sobre las cuatro. No podía aguantar más, necesitaba saber si iba a verla hoy o no. Esto de no saber es lo que me mata. Ya no estaba tan nervioso como ayer, más bien diría que un poco furioso. Así que con decisión he ido al teléfono y he marcado los números rápidamente, sin vacilaciones, casi de forma violenta. Me lo ha cogido su madre, he preguntado por ella y me ha dicho que está en casa de su abuela. "¿En casa de su abuela? Y cómo es que no me ha dicho nada", he pensado. Se me ha ocurrido preguntar que dónde estaba la casa de su abuela, lo cual ha parecido sorprenderla. Por teléfono también se nota si alguien está sorprendido o triste o alegre, y su tono de voz, su respiración, su forma de alargar la respuesta, denotaban que estaba sorprendida, sin duda. Me ha contestado que en Hortaleza. O sea, que no está en el barrio, y seguramente hoy ya no regresará. "¿Y cuándo regresa, si puede saberse?", he preguntado. "Puuuues, seguramente mañana", me ha dicho. Me ha preguntado que si quería que le diera recado y le he dicho que sí, que había llamado Sebastian, pero que para nada en concreto. Y he colgado, con una larga cara de decepción. Bueno, pues hoy tampoco la voy a ver, y no sé si es peor tenerla cerca y no estar con ella que tenerla a trescientos kilómetros, porque ahí se sabe que no hay oportunidad. Hace poco me ha llamado Pepe y me ha dicho que a las seis y media han quedado para dar una vuelta. Bajaré, aunque no me apetezca mucho, la verdad.

2 de septiembre
Son las doce de la mañana. Hoy brilla un sol pálido, un sol ahogado y triste. Ya no parece el astro cálido y luminoso de costumbre, sino una pobre estrella fría y débil que, de súbito, ha agotado todo su combustible e inicia una rápida e irreversible decadencia, hasta morir. Y lo raro es que ni siquiera hay nubes, sino una especie de tela gaseosa que vela de gris los edificios y las calles y las aceras y los árboles del parque y de Mirasierra, que hoy parecen mustios, y los pájaros que hoy no vuelan y la muralla alta y marrón de la sierra de Guadarrama y el tupido terciopelo del encinar de El Pardo y los coches y el ánimo de las personas y todo.

Me he despertado hace dos horas, y lo primero que he hecho tras abrir los ojos ha sido preguntarme si tenía algún motivo para levantarme e iniciar el día. La respuesta, obvia: no lo había. Me he quedado una hora tumbado de costado, en posición fetal, hacia a la pared, recogido en mis pensamientos y no queriendo recordar pero recordando todos los detalles de la tarde de ayer.

Fui a buscar a Pepe y cuando bajó nos dirigimos al parque, donde estaban ya casi todos. Había mucha gente, y muchas chicas. Cuando me personé noté ciertas miradas de curiosidad, no sólo de las chicas, sino también por parte de alguno de éstos. Ahora, claro, soy capaz de darles significado, pero en ese momento no les di más importancia, e incluso llegué a suponer que le parecería guapo a alguna. No sé quién me preguntó, creo que fue R. J., que dónde estaba Cynthia, y después se echó a reír, y algunos le miraron conteniendo la risa y como diciendo "ten compasión, hombre". Estuvimos un rato en el parque, hablando y haciendo tonterías, aunque yo no estaba muy animado, la verdad. Pensaba que en ese momento yo debía estar con ella, y no allí, aguantando todas esas miradas extrañas y esos comentarios en voz baja y esas risas reprimidas que, ya para entonces, me hicieron sospechar. Definitivamente aquello no era normal. Suponía que ese sofocado alboroto tenía que ver con Cynthia, pero me sorprendía que simplemente fuera porque, a pesar de haber vuelto ya del pueblo, aún no hubiéramos quedado. En realidad esa pregunta me la hacía a mí mismo una y otra vez. "Lleva aquí dos días y ni me ha llamado ni nos hemos visto", pensaba. Pero a veces el deseo y la ilusión nos ciegan de ingenuidad, y hacemos como que no vemos lo que realmente estamos viendo. Es una manera muy cruel de engañarnos a nosotros mismos. "Pero bueno, habrá tenido que ir a casa de su abuela por algún motivo importante y de mañana ya sí que no pasa", me decía constantemente.

Mas yo ya lo empecé a ver claro, sólo que no quería admitirlo. Opté por no hacer caso de las risitas y las miraditas y mostrarme lo más dicharachero que pude. Una máscara, porque en realidad todo lo que me rodeaba había dejado de tener sentido para mí, y sentí cómo poco a poco algo me iba robando las fuerzas, y cada vez estaba más cansado, hasta que me vi dentro de una nebulosa, como ido. No sé ni de qué estuvimos hablando ni por dónde paseamos ni nada. Sólo recuerdo que regresamos a Tirma, que estuvimos un rato más en el parque y que, ya casi anochecido, A. F. me dijo que se iba a casa y que si me iba con él. Sentí que esa proposición, aparentemente trivial, tenía una segunda intención, y que debía acompañarle. Marchábamos por la avenida de la Ilustración, y allá enfrente, según avanzábamos, el último resol se fundía con el horizonte, desparramando por la tierra un incandescente líquido naranja. Andábamos en silencio, yo con la cabeza gacha, A. F. como queriendo hablar pero sin llegar a arrancar. En el fondo yo ya lo esperaba, y me pregunté que cómo había sido tan tonto y que cómo no había sido capaz de ver algo tan evidente. El hecho de que nunca me llamara, la excusa de las maletas, la casa de su abuela, las risitas y miraditas, las preguntas de la prima de Sandra el otro día, de repente todo había tomado significado. Un significado tan patente que me creí absolutamente tonto.

Fue en la esquina de mi calle, donde me despedí de Cynthia los tres días que estuvimos juntos. Curiosa coincidencia de despedidas, sólo que ésta iba a ser definitiva. Al fin, A. F. pareció decidirse, y arrancó a hablar. "Sebastian, tengo que decirte una cosa". "Dímelo ya, arranca, yo ya lo sé sin necesidad de que me lo digas", pensé. Esperé en silencio sus palabras. Me tocó el hombro, en un gesto de compasión, suspiró, y dijo:

—Cynthia te ha puesto los cuernos en el pueblo.

Cynthia te ha puesto los cuernos en el pueblo. No era exactamente lo que esperaba. Esto es mucho más doloroso. Alguien que no soy yo ha besado sus labios y la ha abrazado y ha acariciado su cuerpo y seguramente hayan visto juntos el atardecer en el río de que tanto hablaba. Y me acordé del río, del famoso río. Allí tuvo que ser, sin duda. Allí tuvo que perpetrarse la traición. Seguramente se perpetró más de una vez, se habrán besado en el río muchas veces. Y automáticamente, por una simple asociación, pensé en la "casa de las brujas" y en el desván y en el jergón y en Claudia y en su cara morena de niña juguetona y en su hermoso cuerpo, al que renuncié. Cynthia no renunció. Posiblemente su infidelidad tuvo lugar en la misma noche y a la misma hora en que yo renuncié a Claudia. Sería muy de película, muy novelesco, sin duda. Pero no, pensándolo mejor, si nos atenemos a los hechos, a las llamadas que no me hizo, seguramente ella me puso los cuernos mucho antes, probablemente a mediados de julio más o menos. ¿He estado engañado un mes y medio? ¿Por qué, entonces, no me lo dijo por teléfono y haber evitado así 45 días de zozobra, de espera infernal? Será mi culpa. Mi actitud las veces que quedamos no fue normal. Soy un imbécil. Pensándolo bien, es normal que se haya desenamorado de mí y se haya ido con otro. Lo mío no es normal. Debo de ser tremendamente aburrido. Seguro que ese otro la besó sin miramientos y no hizo el paripé de saltar desde el columpio y decirle que si pasaba la línea la daba un pico. Y seguro que es más alto, más guapo, más divertido y más inteligente que yo, de eso no hay duda. ¿Será del pueblo o de Madrid o de dónde coño? ¿Cómo se llamará? ¿Cómo será? Tendrá uno de esos nombres que tanto le gustan a las chicas, como Marc o Álex o Christian. ¿Adónde voy yo llamándome Sebastian? Y será rubio, y alto, y fuerte, y tendrá unos grandes pectorales, que la camiseta le marcará. Sí, definitivamente es normal que ya no me quiera. Pero podría habérmelo dicho, joder, aunque fuera por teléfono. ¿Por qué esperar, por qué hacer sufrir así a otra persona? ¿Qué habrá hecho con el colgante gemelo al mío, que por cierto yo he guardado con mimo y he besado tantas y tantas veces durante todo este tiempo? ¿Lo habrá tirado, lo habrá dejado por ahí olvidado, como se arrincona un regalo que no nos gusta? ¿Habrá sentido algún remordimiento cuando el otro se le acercó y se besaron, mientras el agua del río, de ese maldito río negro, corría mansa a sus pies? Y Claudia, ¿qué estará haciendo ahora, estará en su cortijo acordándose todavía de la noche del desván? ¿Volveré a verla alguna vez? Me parece que son demasiadas preguntas, de las que, mirándolo bien, es mejor no saber la respuesta.

No dije nada, me despedí de A. F. y subí la calle, hasta el portal de casa. No sé por qué, pese a que era ya casi de noche, las farolas estaban todavía apagadas, tiñendo de negro los árboles y los edificios circundantes y haciendo contrastar, allá arriba, la última claridad del día. El cielo se apagaba en un tono azulado extraño, metálico y frío, que me helaba el alma. La portería y el ascensor tenían un aspecto aún más lóbrego de lo normal, y la puerta de mi propia casa me pareció la entrada a un pozo de frustraciones, donde a partir de entonces iba a tener que convivir con mi dolor. Entré en casa sin saludar a nadie y me senté a mirar la tele, en concreto El día después, como si fuera un robot que nada siente, que nada ve. Dani empezó a hablarme, mas al instante le corté, diciéndole: "No, ahora no", y se me quedó mirando, extrañado, y calló. Y no lloré.

Lo hice luego, en la cama, a rienda suelta, cuando apagué la luz y ya no cabía la posibilidad de que nadie me soprendiera. Lo que más deseaba era dormir y dejar de pensar. Sí, dormir era lo único que me animaba para seguir despierto, para seguir viviendo. Mas fue difícil. Al final, no sé a qué hora, lo conseguí, y despertar esta mañana ha sido como si me golpearan la cabeza con un mazo.

***
Son las cinco y cuarto. Soy consciente de que estos momentos que estoy viviendo y los días que vienen serán históricos y los recordaré, quizá, durante el resto de mi vida. Dicen que el tiempo lo cura todo, mas ahora mismo me es imposible creerlo. ¿Esto también lo puede curar? Lo dudo, no creo que nunca jamás cicatrice esta herida tan honda. Puede ser que dentro de mucho, mucho tiempo, la tristeza se vaya suavizando, pero dejará una marca, una impronta, que seguramente me mediatice a la hora de actuar en el futuro, aunque yo no me dé cuenta. Sí, esto me marcará, estoy seguro, y no para bien.

He pasado uno de los peores días de mi vida, si no el peor. Después de escribir en el diario lo referente a la tarde de ayer he bajado a la piscina, y se lo he contado a Pepe, que ha hecho como que se sorprendía, aunque yo creo que ya lo sabía. Todos lo sabían. Todos menos yo, claro. Incluso la prima de Sandra, aquella de ojos grises, y que me hacía tantas preguntas y me decía "qué rico, qué rico", como si fuera un niño. Incluso ella, a quien no conozco ni siquiera. Y naturalmente lo sabían todas las chicas, y R. J., J. R., A. F., M. S., J. C., D. del R., V. M... Para qué seguir. Es bastante patético saber que todo el mundo sabe que tu novia te ha puesto los cuernos mientras tú vives en un mundo feliz y paralelo, con permanente cara de tonto. ¿Y desde cuándo lo sabían? ¿Cómo se habrá propagado? Supongo que Cynthia se lo dijo a alguna de sus amigas de confianza, y a partir de ahí debió de extenderse como un incendio veraniego en un bosque seco. ¡Qué pensarían cuando me veían, y qué sensación de ridículo ahora al recordar todas esas risas sofocadas y esas miradas furtivas y maliciosas! ¿Y por qué no me lo ha dicho ella? Ha tenido que ser una tercera persona la portadora de la noticia. Muy poco debo de importarle para no habérmelo dicho a la cara, o al menos por teléfono. El mundo se me hace insoportable. Cuando se lo he contado a Pepe no he recibido el apoyo que esperaba, sólo un silencio denso y pesado. Aunque, pensándolo bien, tampoco tengo por qué recibir apoyo de nadie. No lo espero. No creo que ninguno de mis "amigos" esté mínimamente triste. Lo veo. Veo risas cuando yo no estoy delante, veo incluso cierta alegría por el mal ajeno, por mi mal. "Que se joda, si yo no tengo novia por qué va a tenerla él y va a ser feliz". Ser feliz es una insolencia que no se perdona, ni siquiera tus "amigos" te lo van a perdonar. Es así, y quien diga lo contrario miente. Nos congratulamos de las pequeñas desgracias ajenas. Qué asco, dan ganas de irse y no volver. En la piscina he estado muy callado, y a mi cabeza le ha sido imposible divagar por otros lugares que no fueran los consabidos. Tenía la sensación de que Pepe se reía un poco, aunque pueden ser imaginaciones mías, porque también me parecía que todos los bañistas y el socorrista y los niños juguetones y todos los que se chamuscaban al sol triste del mediodía sabían mi asunto y se reían de mí. Hemos subido a casa sobre las tres y apenas he comido. Creo que ahora mismo mi cuerpo es absolutamente incapaz de digerir nada.

Era un día nublado y casi invernizo aquel 28 de junio. Y hoy, 2 de septiembre, luce el sol dolorosamente. Todavía queda el último paso para acabar con todo esto: hablar con ella. Creo que hay que hacerlo. Al menos quiero escucharlo de sus labios. En cuanto termine de escribir bajaré al parque y la buscaré.

3 de septiembre
Los recuerdos duelen, eso es evidente. Duele recordar el viaje en avión, aquel hotel en Paguera de luz crepuscular, aquel trayecto en autobús en que ella se sentó delante de mí y yo apretaba las rodillas en su asiento para llamar su atención y que se diera la vuelta, el momento del muro en el festival de fin de curso, su vestido azul, la llamada de Pepe por la que me enteré de que le gustaba, los nervios de aquel día, las primeras palabras, vulgares, cuando nos vimos solos —"bueno, a dónde vamos"—, su sudadera blanca y su pelo y ojos negros, mi chándal Nike azul y rojo, la servilleta del Ibías donde escribí su teléfono, el Barça-Betis, gol de Figo en la prórroga, la primera despedida, los papeles de la matrícula, la entrevista en la tele a la triste Bárbara Rey —¿cómo alguien podía estar triste aquel día?—, la dulce noche en que casi no dormí, temeroso de despertar y que todo fuera un sueño, la primera cita, el primer paseo como novios oficiales, el no saber de qué hablar, las dudas sobre si besarla o no, la última cita, los columpios, sus pantalones amarillos, el colgante de media luna —¿dónde habrá quedado su mitad?—, el convencerse a uno mismo de que sí, que esa chica de la que llevabas pillado todo el curso es tu novia. Es doloroso pensar en lo fácil que los hechos se convierten en recuerdos. ¿Y si hubiera hecho las cosas de otra manera? ¿Y si, en vez de pensármelo tanto para después no hacerlo, hubiera pensado menos y la hubiera besado el primer día, sin miramientos? ¿Y si me hubiera mostrado con ella más alegre, más seguro, más divertido? ¿Vale de algo pensar en todo eso?

Pero más que los recuerdos, duele recordar lo que nunca ocurrió, lo que uno pensaba que iba a hacer cuando ella regresara del pueblo, ese reencuentro ficticio que tantas y tantas veces uno dibujó en su imaginación, y que de tanto pintarlo, casi se diría que se hizo real. Y duele pensar en ese futuro tan idílico que uno se ha representado día sí y día también, y que se ha truncado, como se trunca la carrera de un joven y prometedor ciclista que se ha lesionado de gravedad, y a quien se veía ganando, todavía sin haber participado en ninguno, cinco o seis o siete Tours de Francia, y del que se decía que sería más que Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin.

Ayer nada más terminar de escribir en el diario bajé a la calle y me dirigí al parque, donde suponía que estaría ella. Iba a verla al fin, mas qué diferente la sensación que me embargaba a la que unos días atrás pensaba que me iba a embargar antes del reencuentro. Qué diferente el reencuentro imaginado y el real. En el parque de al lado del concesionario vi alboroto y un grupo de gente, y reconocí algunos perfiles y algunas cabezas. Allí tenía que estar. Me acerqué al grupo, buscándola con la mirada. Cuando estuve cerca todas las cabezas giraron, casi al unísono, y me miraron. Se hizo un silencio. Entre todas esas cabezas resplandecía la suya. Estaba preciosa, con la piel bronceada de todo un verano, se la veía saludable, feliz de habérselo pasado muy bien allá en el pueblo, y su pelo me pareció más limpio y liso, y sus ojos más negros y su mirada más dulce y segura y su boca más apetecible. Y su belleza entera se multiplicó a mis ojos. Me miró. El resto se apartó. Se dirigió hacia mí, con aire resuelto, como de querer terminar con aquello lo antes posible. Me agarró del brazo, pero sin apretar, sin querer tocar demasiado esa carne quizá odiada. Qué estúpido, darme picos por pasar una línea lanzándose desde el columpio, pensaría. Y qué aburrido, seguro que pensaba también. Nos apartamos del grupo, que parecía un animal vigilante y cotilla. Creí sentir risas a duras penas templadas. Nos detuvimos frente a frente, y al observarla más de cerca y comprobar lo guapa que se había puesto me dije que ya no era mía, que ya nunca lo sería y que quizá jamás lo había sido. Me la quedé mirando, esperando a que hablara, porque yo no tenía nada que decir. La que tenía que hablar era ella. Al fin arrancó.

—Sebastian, que lo dejamos, ¿vale?

Que lo dejamos vale. Eso era todo. En esas cuatro palabras se resumía todo un verano, 59 días de contar las horas y los días y los segundos. Dos meses de espera angustiosa para un que lo dejamos vale.

Volvió a tocarme levemente el brazo y regresó al grupo. Alguna de sus amigas la dijo algo, y casi todas me miraron, no sé si con cara de compasión o de alegría o de qué. Me fui. Hasta que salí del parque noté a mis espaldas las miradas inquisitivas, curiosas, devoradoras, de toda aquella gente. Cuando llegué a casa lo primero que hice fue abrir la cajita de madera, sacar el colgante, tirarlo a la basura y echar encima una gruesa capa de desperdicios. A esta hora supongo que ya estará en ese inmenso vertedero que hay a las afueras, o quemado o triturado y mezclado con la basura de todo Madrid. El objeto más preciado y que durante dos meses casi ha resumido la existecia de una persona termina mezclado y quemado con la basura de todo Madrid.

***

Son las once menos cuarto de la noche. Acabo de llegar a casa. Sobre las siete de la tarde me llamaron al telefonillo. Eran todos éstos, que bajara. La verdad es que no me apetecía demasiado, pero estar en casa me estaba congestionando demasiado y pensé que sería mejor que me diera el aire y distraerme. Además, sentía un irrefrenable y absurdo deseo de estar cerca de ella, quizá una remota ilusión de que me viera y pensara: "creo que me equivoqué, es un buen chico, me perderé muchas cosas", o algo por el estilo. Qué estúpidos podemos llegar a ser. Así que bajé, y allí estaban todos, esperándome. Detecté alguna breve mirada de complicidad en medio de aquel silencio indeciso. Creo que nadie sabía qué decirme ni cómo actuar, así que opté por aparentar normalidad, nada de caras largas, quizá un leve gesto de resignación, como diciendo: "así son las cosas, está a la orden del día, le puede pasar a cualquiera, incluso a alguno de vosotros". Estuvimos paseando por el barrio, fuimos a La Vaguada y luego a Tirma. Allí podría estar ella. Primero estuvimos en el polideportivo y después bajamos al parque. Había mucha gente, todo chicas. Y entre ellas, Cynthia. Nos mantuvimos alejados, y ni una mirada me dedicó. Para qué, es mejor así. Seguramente nunca más volvamos a dirigirnos la palabra. Con qué facilidad pueden destruirse los lazos que unen a dos personas.

Al principio intenté ditraerme, hablar con la gente, sobre todo con Pepe o J. C. o J. R. o V. M., que era en quienes podía encontrar un punto de camaradería, seguramente ficticia, pero que me podía servir de pequeño y temporal refugio. Mas según avanzaba el tiempo me fui apagando, ella estaba allí, muy cerca, y sentía su presencia con la pesadez con que debe de sentirse la proximidad de un campo magnético. Y había una duda que me reconcomía, una duda extraña y absurda, que de resolverse no iba a aliviar en nada mi pena, pero que no sé por qué necesitaba satisfacer. Había ya anochecido, y en un momento dado le dije a Sandra que llamara a Cynthia, que quería hablar un momento con ella, que sólo sería un minuto. Me senté en un banco aparte. Sandra se acercó a ella, y cuando se lo dijo ésta me dirigió una mirada de fastidio contenido —"será posible, nunca va a dejarme en paz este pelma"—, y se dirigió hacia mí, y se detuvo. Yo permanecía sentado, el cuerpo inclinado hacia delante, los codos apoyados en los muslos, la mirada hacia el suelo. Mas yo notaba que me miraba.

—Cómo se llama.
—¿Qué?
—Que cómo se llama.
—¿Quién?
—Pues él, quién va a ser.

Seguía sin mirarla. No lo hice en ningún momento. Pero noté que estaba sorprendidísima. Pensándolo bien, no es para menos. ¿Qué ganaba yo sabiendo eso? ¿Qué me impulsaba a preguntárselo, sabiendo que podía incrementar mi tristeza? Pareció dudar, mas al fin contestó.

— Ángel.
—Y cuántos años tiene.
—Dieciséis.

Y, tras un par de segundos de silencio, en que pareció preguntarme "¿eso es todo, quieres saber algo más?", se alejó de nuevo. Ángel, dieciséis. Al instante recordé la portada del Marca dos días después de que el Madrid ganara la Liga, dos meses y medio atrás, y que tengo guardada. El titular de aquella portada era: "Pasó un ángel". Y de subtítulo: "Álvaro del Corral se llevó al cielo el título". El ángel a quien se refería el titular era el hijo de pocos años de Alfonso del Corral, médico del club y ex jugador de basket, que murió aplastado por la puerta del garaje de su casa la misma noche del partido decisivo, contra el Atleti. Y pensé en lo poco que le importaría al hombre que el Madrid hubiera ganado la Liga después de haber perdido un hijo, mientras cientos y cientos de personas gritaban y saltaban y se emborrachan en la Cibeles. Esa portada es del 16 de junio de 1997, el mismo día en que nos fuimos de viaje de fin de curso, el mismo día del trayecto en avión en que nació la llama que iba a cambiar mi vida, el mismo en que una casualidad me había concedido un imposible, lo que más deseaba en el mundo. El día en que, seguramente, había agotado mi cupo de suerte para los próximos dos, cinco, siete años. "Pasó un ángel". Y, debajo, el dibujo de un ángel negro. Sí, esa podía ser la portada de hoy del diario imaginario de mi vida.

Permanecí sentado en el banco, apartado, ensimismado. Un rato después se acercaron Sandra y Marta R., y se sentaron a mi lado. Desperté de mis reflexiones, e intenté sonreír. Me preguntaron que qué tal estaba y yo les respondí que bueno, que había tenido momentos mejores, y Sandra me dijo que no pasaba nada, que había más chicas, y Marta R. dijo que claro, que había muchas chicas, y que alguna se fijaría en mí algún día.

Hay muchas chicas. Miro en derredor y es verdad, hay muchísimas chicas, cientos, miles de chicas sólo en el Barrio del Pilar. Y cuando te cruzas con una de ellas por la calle es un romance imaginario que nunca llegará a concretarse, un tren que se va y que sólo es un tren más entre los miles de trenes que se nos ofrecen en nuestro paseo por la calle, en nuestro paseo por la vida. Pero sólo me acordé de una, que no vive en el Barrio del Pilar, ni siquiera en Madrid. Claudia. Ángel. Yo renuncié, ella no renunció. La diferencia, no por evidente, es menos demoledora: yo renuncié porque la quería y ella no renunció porque no me quería. No hay más.

Aquellos dos días, aquel oasis de tiempo en que todo pareció cambiar de repente. En realidad no han sido 59 días de espera, sino 57. Aquel cuerpo ligero, prieto y bronceado. Aquellos pechos incipientes y aparentemente duros. Aquella desenvoltura en los gestos, aquel dominar su cuerpo, aquellos movimientos graciosos, aquella sonrisa eternamente pícara, aquellos ojos que parecían dos pozos hondos y negros, aquel pelo oloroso y oscurísimo que semejaba la ondulante campiña de Villafranca que se veía aquella noche desde el desván. Y aquel paisaje atardecido desde el cerro de las Mercedes, y aquel campesino anciano del sombrero de paja, y aquellos dos pájaros peleando — ¿quién ganaría de los dos?— y aquel arroyo en la penumbra, y aquel almendral por el que escapamos, y Martín, con sus gafas de sol sobre la cabeza, y aquella casa abandonada, y aquellos platos y cubiertos y briks de vino barato cubiertos de polvo —¿quién y cuándo los dejaría allí?—, y aquel jergón mullido, que se hundió suavemente cuando ella se recostó y yo me recosté a su lado, a apenas un palmo. Y aquella primera mirada, y aquellas pataditas en la cena, y aquel alborotarse mi pecho, y aquel brazo delicado que abría la puerta de mi habitación, y aquel primer y único beso. ¿Dónde quedó todo eso? ¿Volveré a verla algún día?

Todo ha terminado. Ha terminado, al fin, la espera. No como yo esperaba y me hubiera gustado, claro está, pero ha terminado, que es lo que cuenta. Y a partir de ahora, no sé cómo, habrá que seguir como si nada hubiera pasado. ¿O no?