miércoles, 10 de junio de 2009

VERANO DEL 97 (Undécima parte)

13 de agosto
Faltan 18 días. El final de esta larga estancia en Villafranca se va acercando y, con ello, el momento de empezar a encarar la recta de meta. El ecuador de agosto ya está aquí, y dentro de dos días habré completado tres cuartas partes de mi recorrido. Muy poco, sí, si miramos todo lo que he dejado atrás. El problema es que, como en una contrarreloj, el cansacio de va acumulando y los últimos kilómetros, los últimos días, son los que más largos se hacen. La cercanía con el objetivo parece estirar aún más los días como, dicen, en las proximidades de los agujeros negros el espacio y el tiempo se deforman, y cuanto más cerca se está del centro del agujero tanto más se dilatan, hasta hacerse, espacio y tiempo, infinitos. Hay veces en que el universo parece conspirar contra nuestras emociones, deseos e ilusiones. Esta mañana me desperté con el regusto dulce de la jornada de ayer, pero de repente sentí que ya no tenía nada que hacer aquí, que nada me ataba, y que quería volver a Madrid lo antes posible. Me reconforté al pensar que sólo me quedan dos o tres de días de estancia, mas en mi cerebro los vi como una última pared vertical e inexpugnable antes de llegar a la cumbre. Después de desayunar di una vuelta con la bici por los caminos cercanos al cortijo de San Isidro. Cuando el calor empezó a apretar de verdad regresé al cortijo, me bañé en la piscina con Manuel, Dani y Teresita, comimos y la tarde transcurrió lánguida y pesada jugando al Hotel, viendo una película de sobremesa sobre juicios y amores despechados y mirando las musarañas. Al atardecer mamá y Pepi nos echaron de la sala de estar y se pusieron a arreglar un poco la casa porque al parecer a la noche iban a visitarnos unos amigos de un cortijo cercano. Oí los nombres y recordé que se trataba de aquel matrimonio cuyo varón, el de las gafas de sol siempre puestas sobre la cabeza, tan mal me cae. Aquel que de pequeño me hacía de rabiar con que si tenía novia y demás, y que me hacía llorar de enfado, y que encima se reía. "Lo que faltaba para el bote", pensé. "Y de noche no puedo coger la bici y perderme por el campo".

El matrimonio llegó sobre las diez de la noche, acompañado de sus dos hijas, la mayor de unos diecisiete años y la pequeña más o menos de mi edad, ambas morenas, de pelo y ojos negrísimos y de una belleza arábiga, tirando a lo exótico, muy propia de estas latitudes. Sin embargo, la pequeña aventaja en hermosura a la mayor por la sutil disposición de sus ojos, boca, orejas, cejas, nariz, facciones, pequeñas diferencias entre las dos que, en definitiva, son las que distinguen a una mujer guapa de una verdaderamente arrebatadora. Mas a mí no me interesaba todo aquello y dilaté lo más posible la llegada del momento de los saludos con la intención de que el protocolo durase lo menos posible y poder así desaparecer como un gato. No había remedio, empero. En cuanto me vio Martín, el de las gafas de sol puestas sobre la cabeza, trazó una sonrisa pícara, me dio un collejón, y, mientras me apretaba la mano con fuerza inusitada, me dijo en voz altísima, como si yo fuera sordo, que si tenía ya novia y que dónde estaba y que si ya no me enfadaba cuando me lo decía. Me limité a no decir nada y a irme de allí lo más rápido que pude, después de dar dos besos a Mari, la mujer de Martín, y a Elena y Claudia, las hijas mayor y pequeña respectivamente. Cuando entraba en la casa, con intención de encerrarme en mi cuarto, miré hacia atrás, no sé por qué, y mis ojos se cruzaron con los de Claudia, que me miraba obstinadamente con sus pupilas de carbón. Así estuvimos un par de segundos, tras los cuales desvié la mirada, apresuré el paso y me perdí por el pasillo del cortijo hasta mi cuarto.

Durante un buen rato estuve en mi habitación leyendo alguna revista de ciclismo y algunos pasajes de Viaje al centro de la tierra, mientras detrás de la puerta retumbaban la conversación y las risas y los gritos. De vez en cuando venían papá o mamá o Manuel y me decían que por qué no iba al salón, que estaban allí todos jugando a no sé qué juego. Yo me negué repetidas veces, mas hubo un momento en que ya fue inevitable salir de mi escondrijo. La cena estaba servida. Me personé en el salón con el gesto avergonzado y soñoliento y me senté en una silla cualquiera de la mesa de los niños. Cuando alcé la vista volví a toparme con los ojos oscuros de Claudia, que estaba sentada justo enfrente de mí. "También es mala suerte", pensé. "Debí haber mirado antes de sentarme, ahora están todos los sitios ocupados". Durante la cena todos hablaban, menos yo. Bueno, todos menos yo y Claudia, que entre trozo de carne y pincho de ensalada clavaba su mirada en mi persona, y entonces yo bajaba la vista o fingía que quería pan y se lo pedía a Manuel, o que deseaba llegar hasta la ensalada o el jamón ibérico o el queso curado. Sus ojos tenían una expresión de sorpresa e ingenuidad, como los del niño que lo mira todo, hasta los hechos más nimios, con gesto alucinado. Parecía escrutarme hasta los intestinos, y yo no sabía si le gustaba, le daba pena o si mis rarezas la tenían asombrada.

Así transcurría la cena cuando, en un momento dado, sentí un golpe en la espinilla. La miré, y su expresión había tornado del asombro y la escrutación al juego y la picaresca. Una llama me subió al rostro e hice como si nada hubiera pasado. A los pocos segundos, otra patada, y luego otra. Volví a mirarla, y su gesto se adornó con una sonrisa astuta. No aguanté más y, sin tomar postre, me levanté de la mesa violentamente y me encerré de nuevo en mi cuarto, notando a mi espalda el silencio repentino y las miradas de extrañeza de los presentes. "Mi hijo está muy raro últimamente", escuché que decía mamá. Cuando me vi solo comprobé que el corazón me daba tumbos, que me palpitaban las sienes y que mi respiración era tan desbocada como el correr del galgo Fonta, y tuve que aguardar unos minutos para recuperar un poco de sosiego. Me tumbé en la cama y me acordé de Cynthia, y la pedí perdón mentalmente por sentirme atraído por esa chica, que en verdad es muy guapa, para qué negarlo, pero ella es mi novia, pensaba, la chica que me gusta desde hace tanto, a la que debo mi corazón y gracias a la que mi existencia ha dado un giro radical en los últimos tiempos. La imagen de Claudia pugnaba con la de Cynthia por hacerse un sitio en mi cerebro, a veces parecía que ganaba, mas siempre lograba expulsarla, y entonces me reconfortaba con la única visión de la piel blanca, la melena negra lisa hasta los hombros, los ojos grandes y oscuros y ese ligero vestido azul que tan bien le queda.

El jolgorio que aún se oía detrás de la puerta fue poco a poco apagándose, y ya me sentía mucho más tranquilo. Lo que había pasado en la cena no era ya más que una anécdota sin importancia, que para olvidar bastaba con dejar pasar como si nada hubiera ocurrido. Estaba tumbado boca arriba, con los ojos cerrados, en ese momento indeciso que separa la realidad y las inminentes tinieblas del sueño. De repente el pomo de la puerta empezó a girar lentamente y los goznes chirriaron con acento lúgubre. Abrí los ojos de súbito y miré hacia la puerta, que se abría poco a poco, pensando en que serían papá o mamá para avisarme que los invitados se iban ya y que había que ir a despedirlos. Primero vi un brazo moreno y delicado, unido a una figura hermosa y menuda; luego esa figura cerró la puerta tras sí y se dirigió hacia mí, que permanecía tumbado en la cama, petrificado ante aparición tan inesperada. Claudia se detuvo a mi derecha mientras yo la miraba, quizá con cara de asombro o de espanto. Se agachó, cerré los ojos y sentí cómo mis labios se unían a los suyos mientras su larga melena me rozaba la frente y las mejillas y la nariz, y una tiritera me recorrió todo el cuerpo, en lo que fue la más dulce sensación que jamás haya experimentado. Lo que tanto anhelaba y no sentí con Cynthia, seguramente a causa de mis nervios e inseguridades, había venido así, sin esperarlo. "Dice mi madre que pasado mañana volveremos", me susurró, nariz con nariz. No contesté nada y sólo la observé alejarse hacia la puerta mientras me sonreía. Al fin salió de la sala.

Ahora son las tres y cuarto de la mañana y no puedo dormir. No sé si quiero que llegue pasado mañana o que pase ese día cuanto antes o irme a Madrid de una vez. ¿Es posible que todo cambie en un sólo día?

14 de agosto
Hacía calor. En lo alto, un gigantesco y ardiente disco blanco chamuscaba la llanura y los cerros descarnados. No corría la brisa y no olía a nada. Sólo olía a calor, sólo se veía calor, sólo se oía calor; un calor despiadado, que había borrado cualquier atisbo de vida vegetal o animal en aquel paraje inanimado. Junto al sol palidecía una enorme media luna de tono plateado. Yo estaba de pie en un camino recto y seco que se estiraba hasta donde abarcaba la vista, y a derecha e izquierda sólo veía una interminable llanura amarilla y ondulada. De repente esa media luna empezó a caer irremisiblemente hacia el horizonte, hasta desaparecer por completo detrás de unos montes marrones. Sentí que algo moría dentro de mí y una cuenta de diamante se deslizó por mi mejilla. Empecé a correr hacia el lugar por donde había desaparecido la media luna plateada, mas cada pocas zancadas tropezaba y caía al suelo. Me levantaba trabajosamente, como si estuviera en un planeta cuya gravedad fuera cien veces mayor que la de la tierra, y volvía a correr. Cada vez hacía más calor y cada vez jadeaba más y me era más penoso mover mi cuerpo. De repente, a lo lejos, sobre el camino, divisé una figura negra. Parecía de mujer. Me fui acercando, y poco a poco los detalles de la figura se fueron haciendo visibles. Estaba de pie mirándome fijamente, con la cabeza levemente inclinada hacia delante, y tenía un estatismo estremecedor. Reconocí su vestido azul y su piel blanca y sus ojos oscuros y su melena negra hasta los hombros. "¡Cynthia!", grité mientras me acercaba. "¡Cynthia!", volví a gritar, ya a escasos pasos de la figura. Me fijé en sus ojos. Me miraban fijamente, pero tenían un extraño rayo de tristeza. "¡Cynthia, estás aquí, por fin te veo! —dije— ¡Qué feliz soy, amor, tenía muchas ganas de verte!... ¡Cynthia! ¿Por qué no respondes, qué te pasa?... ¡Amor, estoy aquí!... ¿Por qué lloras? Dime, qué te pasa... Qué te pasa, amor, ¿me oyes?... dime algo, qué te pasa..." De repente, sin dejar de mirarme ni variar el gesto petrificado y lúgubre, extendió el brazo y con el índice señaló detrás de los cerros, por donde se había hundido la media luna. No entendía nada. A continuación señaló detrás de mí, y me di la vuelta. A unos diez metros de distancia una muchacha muy morena me miraba con una leve sonrisa dibujada en su bello rostro. Una fuerza inapelable me hizo caminar hacia ella, siempre muy despacio, como si llevara plomo en los zapatos. Me giré para mirar a Cynthia, mas ella ya no estaba, había desaparecido. Extrañado, continué andando hacia la muchacha. Era Claudia, me sentí irrestiblemente atraído hacia ella, me acerqué con tiento mientras me sonreía muy dulcemente, fui a besarla...

Y me desperté en medio de la noche.

Esta mañana me he levantado con un enjambre de ideas, recuerdos y pensamientos nublándome la cabeza. Para despejarme, nada más desayunar cogí la bici y me perdí por los caminos que conducen a El Venero. Luego subí el cerro de las Mercedes y, por el camino de atrás, llegué hasta el pueblo. Regresé por el mismo camino y me senté a descansar bajo la sombra del olivo. El sol caía a plomo, me apetecía volver al cortijo y bañarme en la piscina, pero sabía que iba a haber demasiada gente y lo que quería era estar solo y pensar. Bajo el olivo, las escenas de la noche anterior sacudían inconteniblemente mi cerebro, y a veces cerraba los ojos y me sonreía, y otras me sentía enormemente miserable. ¿Cómo un suceso puede poner patas arriba un sentimiento tan arraigado? Lo normal era que hubiera rechazado a Claudia cuando me iba a dar el beso, mas no lo hice, e incluso sentí un placer inefable al contacto de sus labios. ¡Quién me iba a decir a mí que mi primer beso de verdad fuera a llegar de esta manera! Verdaderamente Claudia es muy guapa, para qué vamos a negarlo, pero yo estoy con Cynthia y seguro que no le gustaría nada enterarse de lo de ayer. Eso sí que es una traición, poner los cuernos. Eso es peor que matar a una persona en un arrebato de furia. Otra cosa es que fuera un asesinato premeditado, claro. Pero una infidelidad, por mucho que digan, siempre se puede rechazar. A nadie le ponen una pistola en la cabeza para liarse con alguien que no es su pareja. Si no quieres, no quieres, y ya está. Y si lo haces, es que no quieres a tu novia o novio de verdad. Es así de simple, y quien no quiera verlo... Pero, ¿he sido yo infiel a Cynthia? Técnicamente, yo creo que no. Fue Claudia quien entró en mi habitación, se acercó y me besó. Yo no hice nada, incluso me recluí en mi cuarto precisamente escapando de ella, tras las miradas y pataditas de la cena. Mas pude haberme apartado perfectamente, haberle dicho: "no, no, por favor, tengo novia y la quiero mucho". ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué sabiendo que iba a besarme incluso deseaba que eso ocurriera? Porque hay que decir que yo lo sabía, se acercó muy despacio y me dio tiempo más que de sobra para apartarme. Eso es así, no puedo engañarme. Y mañana, mañana vuelve. Sinceramente, no sé que puede ocurrir. Ahora mismo diría que puede pasar de todo. Por un lado preferiría que no viniera, pero por otro lo estoy deseando. Y eso es lo que me inquieta. Yo la quiero, yo quiero a Cynthia. Pero Claudia es muy guapa, es preciosa. Y huele muy bien, y su piel es tan morena y tan delicada, y esa sonrisa pícara era tan... Bueno, lo seguro es que mañana a la noche regresará, y que sea lo que tenga que ser.

En estas cosas cavilaba bajo la sombra del olivo mientras contemplaba ese paisaje que otras veces me pareció tan triste cuando pensaba en Cynthia y en esta espera tan larga que estaba sobrellevando con paciencia y angustia. La estampa, de un día para otro, había tomado otro cariz. Ya no me parecía que la llanura estuviera tan estática ni los montes del fondo ni los cortijos ni las vides ni los olivos ni los pájaros ni los perros. Algo nuevo, un desbocamiento imprevisto, creció dentro de mi pecho, y el sol se suavizó y su luz se hizo más viva y alegre. Pasó un señor mayor con sombrero de paja y le saludé afablemente y me pregunté de dónde venía, a dónde iba, cuál éra su cortijo, si tenía esposa e hijos, si gozaba de salud, si era feliz con su vida, y me dije que sí, que el hombre tenía un aspecto muy saludable, propio de la gente del campo, y que aunque ya era viejo se le notaba que había disfrutado de la vida y que había vivido rodeado de cariño y que ya no le quedaban más cosas que hacer antes de morir, y que todo lo que viniera antes de desaparecer de la faz de la tierra sería bienvenido.

Sobre las tres de la tarde regresé al cortijo. La mesa ya estaba puesta y la comida servida. "Mira, el ermitaño", dijo alguien cuando me personé en el comedor. Manuel me miraba con una media sonrisa, como barruntándose algo. Después de comer vi la tele y jugué con Dani y Manuel al Hotel. Al atardecer Dani y yo nos perdimos por los caminos de detrás del cortijo, por una varga que se desvía a la derecha cuando se corona el cerro de las Mercedes. Hay algunos tramos de subidas, bajadas y curveos realmente divertidos por esa zona. En una bajada empinada y llena de zanjas me pegué un buen porrazo, me deslicé varios metros por piedras y arena y tengo toda la parte derecha del cuerpo totalmente raspada. Llegamos hasta un cruce de caminos en cuyo centro había un pozo de ladrillo y regresamos al cortijo por las mismas sendas. Antes de que anocheciera nos dimos un baño en la piscina, mamá me curó las heridas y sobre las diez cenamos.

La noche ha transcurrido plácida, pero en el ambiente flota la inminencia de algo importante y decisivo, como la calma absoluta que dicen que suele darse la noche anterior a una gran batalla. Es la una y cuarto de la madrugada, y desde esta parte de la casa, por la ventana de mi cuarto, puedo ver la plateada luna menguante en esta noche clara y tapizada de estrellas. El ondulante horizonte es cortado con dureza por el negro perfil de los olivos y las vides y desde el corazón del campo llega el acento agudo y repetitivo de los grillos y un aroma seco y penetrante que llena los pulmones. Me voy a acostar, aunque no sé si podré dormir algo.

lunes, 8 de junio de 2009

VERANO DEL 97 (Décima parte)

6 de agosto. Villafranca
Faltan 25 días. Ya estamos en Villafranca. Llegamos antes de la hora de comer, creo que sobre la una y media. Ahora son las doce y media de la noche. Mamá nos levantó temprano esta mañana, a las ocho, y cuando abrí los ojos vi cómo se levantaba delante de mí una inmensa montaña que escalar. Al instante recordé que hoy nos íbamos de viaje y, lejos de sentir libertad y evasión, fue como si alguien me acogotara. No me agradaba, ni me agrada, la perspectiva de pasar diez días fuera. No sabría explicar muy bien por qué. Quizá sea que aquí, tan rodeado de gente, mi nostalgia, lejos de atenuarse, se exacerba. ¿Por qué será que en soledad me siento más a gusto, más sereno, más tranquilo, más en paz conmigo mismo, que cuando estoy acompañado? Cualquier cambio es un terremoto más que mi espíritu ha de soportar, y creo que con esta espera larga y angustiosa ya tiene suficiente. Pienso aislarme lo más que pueda en estos días que pase aquí, no porque odie a nadie ni porque sea yo un ser huraño, sino por pasar el trago lo mejor posible. El único pensamiento que me reconforta es que, cuando regresemos a Madrid, allá por el 15, sólo quedarán dos semanas. ¿Qué son dos semanas comparado con lo que he soportado hasta ahora? Así que desde ya tengo una nueva meta en el horizonte. Es curioso observar que desde que se fue he ido poniéndome pequeñas metas en el tiempo. De lo contrario, si sólo hubiese mirado como objetivo el 1 de septiembre, creo que habría enloquecido.

Me ha quedado la dolorosa llaga de no haber hablado con ella antes de salir de Madrid. Me hubiera gustado decirle que me iba de vacaciones. ¿Y si me llama en estos días que estoy aquí? ¿Y si volviera? Cuando ya estábamos dentro del coche y papá estaba a punto de arrancarlo me vino una idea a la cabeza como un latigazo. ¡Mi colgante! ¡Me lo había dejado en casa! Así que en el acto, sin dar explicaciones, salí del coche, subí corriendo mi calle mientras mamá gritaba a mi espalda "¡Sebastian, a dónde vas, pero qué haces!" y, sin mirar atrás en ningún momento llegué al portal, subí y saqué la media luna plateada de mi cajita de madera. ¡Cómo iba a estar diez días sin él! ¡Faltaría a la promesa que le hice!

El viaje transcurrió sin problemas, sin atascos ni accidentes, pero con mucho calor, que aumentaba conforme avanzaba el día y nos dirigíamos más hacia el suroeste. En Jaraicejo paramos a descansar y desde allí, sin tregua, llegamos a Villafranca. Pasado Almendralejo la Tierra de Barros lucía su color arcilla intenso veteado del verde y el negro de las vides y del blanco de los cortijos dispersos que, a izquierda y derecha, a la mano y casi en el horizonte, decoraban este paisaje levemente ondulado y abrasado por el sol. Los campos de olivos se extendían más allá de donde alcanzaba la vista, y las vides formaban en filas perfectamente rectas, asemejándose al más disciplinado de los ejércitos. De vez en cuando, difuminado en la lejanía, destacaba algún silo blanco o la torre de alguna iglesia que dirigía su punta hacia un sol que caía a plomo, sin compasión, sobre la terrosa llanura. Y, como una aparición fantasmal, levemente dibujados sobre el tapiz azul del cielo, unos montes marrones trazaban suaves y sinuosas curvas, como una mujer morena acostada de lado.

Siempre es violenta la emoción y difícil el momento de saludar a familiares que sólo ves una vez al año. Antes de llegar al cortijo estaba nervioso y lo único que quería era terminar pronto con los saludos, coger la bici y perderme por los caminos del campo. A la puerta de la casa estaban ya todos, esperándonos, agitando las manos en señal de bienvenida. Di dos besos a cada uno y cogí en brazos a Teresita, que, sin duda, está mucho más grande que el año pasado. Por último le di un apretón de manos a Manuel, procurando que me quedase lo más vigoroso y masculino posible. Y sin esperar un minuto más le dije a papá que pusiera las ruedas a la bici y me fui con Dani varga abajo, hasta el camino principal que lleva al pueblo. Antes de venir a Villafranca trazamos el recorrido de una contrarreloj, y mientras rodábamos decidimos hacer un primer intento. Así que, tranquilamente, sin forzar, seguimos pedaleando en dirección al casco urbano.

El recorrido de la crono es el siguiente. La salida se da en el límite entre el campo y el pueblo, en la última casa, en dirección sur por el camino principal. La primera parte, hasta el kilómetro 2,7, es completamente llana, cómoda, de largas rectas, en la que se puede abusar de desarrollo. Después del cruce con la varga que lleva a nuestro cortijo empieza el terreno duro. Primero una subida suave, no muy exigente, pero que empieza a preparar las piernas para lo que vendrá después. Un poco más adelante de la coronación de esta pequeña cuesta se gira a la izquierda, abandonando el camino principal, y se entra en una vía bastante pedregosa que, en frenética, serpenteante y peligrosa cuesta abajo, nos lleva a un pequeño puente sobre el arroyo Bonhabal. Y de ahí hasta el final son 500 metros de duro y sostenido ascenso hasta la meta, en el Cerro de las Mercedes.

Rodamos tranquilamente hasta el lugar de la salida, y con las piernas calientes y tras descansar unos minutos, Dani puso el reloj en marcha y comenzó la crono. Yo salí un minuto después, pero antes me puse el colgante que me regaló Cynthia. En el llano no quise darlo todo y preferí dosificar, rodar con un buen desarrollo pero sin atrancarme. Doblé a Dani antes de llegar al cruce con la varga que lleva a nuestro cortijo y en la cumbre de la primera subida, donde decidimos colocar la primera referencia, mi tiempo fue de 6:53. Arriesgando en cada curva de la bajada posterior llegué, ya muy fatigado, al puente sobre el arroyo. La subida final fue infernal, me asfixiaba por el sofocante calor, el aire no corría ya ante mi baja velocidad, las piernas me ardían y el sudor traspasaba las cejas y me entraba en los ojos. A pesar de que no quería forzar en el llano, creo que lo hice, y eso me pasó factura al final. Las últimas pedaladas fueron agónicas. El tiempo final fue 12:38, a 21,37 de media en 4,5 kilómetros. Dani se equivocó en un cruce y no completó el recorrido.

Después de comer la hora de la siesta transcurrió bajo el sonido de las chicharras en el campo y la quietud más absoluta dentro de la casa, oscura y cerrada a cal y canto para mantenerla fresca. Yo no tenía sueño y no dormí, y lo único que hice fue ver la final de 1500 de los Mundiales de atletismo, en la que Fermín Cacho y Reyes Estévez ganaron la plata y el bronce respectivamente. De vez en cuando, mientras veía la tele en el cuarto de estar, sacaba de la cartera la foto de Cynthia y la contemplaba durante unos minutos. Cuando el calor dio un poco de tregua salimos Dani, Manuel y yo a dar una vuelta por los alrededores. Bajando la varga y atravesando un viñedo llegamos al arroyo, casi completamente seco en esta época del año. En algún recodo se formaba una pequeña piscina de agua algo más profunda, y en ellas había cangrejos de río. Yo cogí uno pero me pinzó un dedo y lo solté. En un momento dado Manuel se puso a mirarme con gesto pícaro, tocó mi colgante por encima de la camiseta y me preguntó que quién me lo había regalado. Creo que me puse muy rojo y le respondí que ya se lo contaría. Antes de que anocheciera regresamos al cortijo, cenamos y la noche ha transcurrido apacible y sosegada.

7 de agosto
Faltan 24 días. Son las doce y media. Anoche me costó mucho dormir, siempre me ocurre la primera vez que duermo en una cama distinta a la mía. Nada más levantarme y desayunar algo he cogido la bici y he estado casi toda la mañana perdiéndome por los caminos que se dirigen hacia el sur, hasta el límite con El Venero. Luego he regresado y he subido el cerro de las Mercedes, en cuya cima me he sentado a descansar. He vuelto al cortijo y, para quitarme un poco de mugre, me he bañado en la piscina. Después de comer he visto los Mundiales de atletismo y, al atardecer, he ido con Dani en bici hasta el pueblo. Antes de que anocheciera hemos ido al campo con Manuel a comer habas y uvas, y ya en el cortijo hemos cenado fuera de la casa, bajo la luz de las estrellas. Le he contado a Manuel lo de Cynthia. Parece sorprendido de que yo pueda tener novia. No lo entiendo.

8 de agosto
Faltan 23 días. Es la una de la madrugada. No sé qué sería de mí si no hubiera traído la bici. Se va a convertir durante los días que esté aquí en mi más fiel compañera. Ella sí que no me fallará nunca, jamás me decepcionará ni me dará un disgusto. Por la mañana di una vuelta con Dani por los alrededores, explorando nuevos caminos. Encontramos una senda muy bonita cercana al cortijo de San Isidro. Luego, llegando al puente sobre el arroyo, unos niños de malas trazas nos vieron y empezaron a gritarnos y a lanzarnos piedras, por lo que tuvimos que acelerar el pedaleo. Manuel nos ha dicho que son los de El Venero y que tengamos cuidado cuando vayamos por allí. Después de comer vi la tele y en cuanto pude volví a agarrar la bici y me alejé por el camino de detrás del cortijo, que lleva al pueblo. De regreso a la casa estuve hablando con Manuel, que me preguntó detalles sobre Cynthia: cómo es, si está buena, si es de mi clase, cómo surgió la cosa y demás zarandajas. Al anochecer fuimos todos al bar del cortijo de San Isidro, donde los mayores estuvieron bebiendo cervezas hasta tarde. Un día más, un día menos. Me voy a acostar.

9 de agosto
Faltan 22 días. Son las ocho y media de la tarde, estoy en la cima del cerro de las Mercedes. He salido con la bici y me he traído el cuaderno para escribir. Me hallo sentado sobre una roca a la sombra de un olivo. Cae la tarde, y a mi espalda el sol se hunde irremisiblemente desparramando dulces ráfagas doradas por la tierra arcillosa de la comarca. Los olivos, las vides, los cortijos blancos, mi bicicleta, proyectan sombras cada vez más alargadas. La puesta del sol marca el fin del aletargamiento en toda esta zona. Concluye la dilatada hora de la siesta, la atmósfera se refresca y la gente sale de sus casas con aspecto soñoliento. Algunos sacan a la terraza unas sillas plegables y se ponen a conversar; otros aprovechan para limpiar el coche mientras los niños y los perros revolotean, juguetones, a su alrededor; de vez en cuando veo pasar por el camino algún anciano que anda trabajosamente con ayuda de su bastón y me saluda; huele a tierra, a aceite, a establo, a campo; de todas direcciones llegan sofocados ladridos cuyas ondas se entrecruzan en este aire limpio y tranquilo; el cielo es surcado por alegres bandadas de pájaros negros. El fin de la luz supone el comienzo de la vida en la Tierra de Barros. Mirando al frente, en la llanura, diviso varios caseríos blancos y abigarrados, que deben de ser Ribera del Fresno y la Puebla del Prior, y más a lo lejos unos montes de color ocre veteados de verde. De norte a sur distingo siete cimas, todas más o menos de la misma altitud excepto la primera, bastante más baja. Por aquella parte el cielo ha adquirido ya un tono sombrío y el perfil de sierra de los montes va desdibujándose poco a poco. Hoy el día ha transcurrido muy lento. ¿Qué estará haciendo ella en este momento? ¿Estará sentada en el río mirando el atardecer y acordándose de mí como yo me acuerdo de ella mientras observo este paisaje? ¿Qué es esto que tengo dentro y por qué me dice que no es así? Debe de estar equivocado, ¡cómo no va a estar pensando en mí! Seguro que sueña día sí y día también con el momento del reencuentro, allá dentro de... 22 días. 22 días. Todavía 22 días. Parece como si cada jornada que pasa ella, en vez de acercarse, se alejara cada vez más. Debo volver al cortijo, mamá me dijo antes de salir con la bici que regresara pronto porque esta noche iríamos al pueblo. Si por mí fuera me quedaba aquí hasta que amaneciese.

10 de agosto
Faltan 21 días. Es la una y media de la madrugada. Acabamos de llegar del pueblo. Hoy me he levantado temprano y he visto a Abel Antón y a Martín Fiz ganar el oro y la plata en el maratón. Por la mañana he vuelto a intentar la crono. Al principio, en el llano, creía que iba bien, pero en la primera referencia mi tiempo era 7:25, 32 segundos peor que el otro día. En el resto del recorrido he pedaleado enrabietado, mas me notaba fatigago y el tiempo final ha sido 13:06, a 28 segundos de la mejor marca. Tengo que descansar un poco, mañana por la mañana no cogeré la bici. Por la tarde he vuelto a salir, pero sólo he llegado hasta el pueblo y a un ritmo suave. Sobre las nueve hemos partido hacia el pueblo. Los mayores han estado de bares y nosotros hemos ido a los recreativos, aunque a mí me hubiera gustado ver el partido del Madrid, que jugaba contra el Ajax. Me encontraba muy incómodo cuando Manuel se encontraba a uno de sus amigos y se ponían a hablar entre ellos, mirándonos a Dani y a mí de vez en cuando con una sonrisa que tenía un deje de desprecio y extrañeza. En esos momentos era cuando más pensaba en Cynthia y más ansiaba estar con ella. Me voy a acostar.

11 de agosto
Faltan 20 días. Eran las cuatro de la mañana cuando empecé a escuchar movimientos y voces. Me levanté y los vi a todos en el pasillo hablando entre ellos. Me acerqué y le pregunté a mamá. Al parecer Manuel había visto un alacrán en su cama y había empezado a gritar. Manolo y papá empezaron a buscarlo y al rato lo encontraron, lo mataron, le quitaron el aguijón y lo echaron al cubo de los perros para que se lo comieran, y todos volvimos a nuestras habitaciones a dormir. Mas yo ya estaba intranquilo, y cualquier picor que sentía me parecía que era un alacrán, o una culebra, e incluso la sugestión me hacía ver arañas enormes subiéndome por la pierna encima de la sábana. Hoy me he levantado algo más tarde de lo normal y por la mañana no he cogido la bici y he ido con Dani y Manuel al cortijo de al lado porque Manolo le había encargado a éste último que pidiera unos cuantos perdigones ya que por la tarde iba a salir a cazar con los galgos. Luego anduvimos por los viñedos y los olivares y los campos de habas y los almendrales y comimos uvas rojas, habas y almendras. Después nos dirigimos al arroyo y nos sentamos a la sombra de los eucaliptos que crecen a su vera. Regresamos al cortijo, comimos y durante la hora de la siesta jugamos al Hotel. Cuando el calor se aplacó dimos los tres una vuelta con la bici, acompañados de papá, por el camino de El Venero. Llegamos muy lejos hacia el sur, hasta el cruce con la carretera. Volvimos, y antes de que anocheciera acompañamos a Manolo en su cacería y vimos al galgo Fonta atrapar una liebre, que Pepi y mamá han cocinado. Hemos cenado todos juntos fuera, a la luz de la luna. Y por último hemos trasnochado para ser testigos de las Perseidas, la lluvia de meteros conocida como las Lágrimas de San Lorenzo. El cielo limpio del campo ha permitido ver en todo su esplendor el chisporroteante ir y venir de estrellas fugaces, que arrastraban su cola plateada por la bóveda oscura, dejando un rastro de ceniza planetaria, y de las cuales alguna era tan brillante que llegaba a iluminar toda la llanura y los cerros y los cortijos y nuestros rostros durante un segundo. Mamá ha recordado que había que pedir un deseo, y yo por supuesto lo he hecho. En quién pensaba cuando lo pedí para mis adentros no creo que haya que decirlo. He esperado al meteoro más resplandeciente que se dirigiera hacia el norte, hacia donde está su pueblo, he cerrado los ojos y he formulado el deseo o el pensamiento o lo que fuera aquello. La verdad es que ha sido un día bastante agradable, quizá el mejor desde que llegamos. Son las tres de la mañana.

12 de agosto
Faltan 19 días. Son las doce y media de la noche. Esta mañana me levanté con el convencimiento de que hoy por la tarde haría un intento de batir el tiempo de la crono. Así que decidí que, para conservar las piernas frescas, por la mañana no tocaría la bici y lo que hice fue jugar con Teresita en la piscina e ir con Dani y Manuel a visitar a sus tíos, cuyo cortijo está como a un kilómetro andando por el camino principal. Después de comer jugamos al Hotel y charlé con Manuel sobre Cynthia, y hablar sobre ella me dio ánimos renovados, una carga de ilusión por el porvenir. De repente me vi a mí mismo desde fuera, desdoblado, como un ser que no soy yo, y pensé, joder, qué suerte tiene este tío, está con la chica que le gusta desde hace un montón de tiempo. Hablar sobre mí mismo fue como hablar sobre otro, y entonces tomé conciencia de mi situación, de que ella es mi novia, no la de cualquier capullo de por ahí, no, no, la mía y sólo la mía, porque ese capullo que estaba con ella y que yo estaba viendo no era otro que yo mismo. Muchas veces nos lamentamos de nuestra mala suerte y de nuestras desgracias y creemos que sólo nosotros sufrimos y envidiamos a los demás porque parecen felices y dichosos, cuando en realidad puede que se trate de una fachada, y esos seres que miramos con envidia tienen, como nosotros, sus aflicciones y sus alegrías, sus grandes decepciones cotidianas y sus pequeñas alegrías diarias, que son, en definitiva, las que nos sostienen.

Sobre las ocho y media cogí la bici y, tranquilamente, rodando con un desarrollo suave para no quemar las piernas, llegué al pueblo, al lugar de salida de la crono. Las condiciones eran perfectas. No soplaba viento, la temperatura convidaba al esfuerzo físico y a la derecha el sol atardecido doraba la llanura arcillosa. De repente me acordé de Cynthia y su imagen se unió a la de mi bici, a la del atardecer, al anhelo de batir mi récord, porque presentía que era hoy o nunca. El otro día hice 13:06 y comprobé que no iba a ser tan fácil derrocar a ese 12:38 del primer día. Después de descansar unos minutos me coloqué en posición, respiré hondo, besé el colgante y puse el crono en marcha. Estaba muy motivado y empecé muy fuerte, rodando con todo el desarrollo en el llano, mas pensé en todo lo que quedaba por delante y me tranquilicé. Al poco ese empellón inicial me pasó factura y las sensaciones empezaron a no ser buenas. No pedaleaba con agilidad, iba atrancado, sin mantener la posición, estaba incluso nervioso. En el cruce con la varga que lleva a nuestro cortijo estuve a punto de dejarlo, mas decidí continuar, al menos, hasta la primera referencia de tiempo. Cuál fue mi sorpresa cuando coroné la primera subida con un tiempo de 5:51. ¡5:51! ¡Un minuto y dos segundos mejor que mi marca! En contra de lo que me decían mis sensaciones, en el llano había volado. Ver ese tiempo fue como un aldabonazo, apreté los dientes y me dije que pararía el crono en un registro insuperable. Arriesgué en cada curva de la bajada que lleva al puente sobre el arroyo y en la subida final me dejé cualquier átomo de energía que pudiera tener. Nada más coronar el cerro de las Mercedes paré el reloj y me tumbé boca arriba, absolutamente derrengado, con las piernas ardiendo de ácido láctico acumulado y abriendo la boca al máximo para inspirar la mayor cantidad posible de oxígeno. Miré el crono. ¡10:56! ¡Un minuto y cuarenta y dos segundos mejor! Había pulverizado mi registro, como dicen los comentaristas de la tele y los periódicos. Me creí Induráin, o Ullrich. Al instante pensé en Cynthia y le dediqué mentalmente esta anónima, absurda y nimia victoria que sólo yo conoceré y que sólo a mí me atañe. Me quedé un rato sentado bajo el olivo observando el ya casi anochecido paisaje, en el que la imagen de ella parecía corporeizarse en las nubes estratificadas, que semejaban un fuego celeste y sonrosado. Y algo dentro de mí me dijo que no me preocupara, que esta espera merece la pena, que después tendré todo un curso por delante para estar y disfrutar con ella, y que el 1 de septiembre, el día del reencuentro, iba a ser el inicio de una época dorada.

Con las sombras ya cuajando el campo regresé al cortijo, dejé la bici y me senté en el bordillo de la entrada a esperar tranquilamente la cena, que tuvo lugar, como todas las noches que hace bueno, fuera de la casa. Comí abundantemente y después escuché la larga charla de sobremesa, que en verano y en el campo adquiere un cariz tan sosegado que nada parece que pueda salir mal. Ahora estoy cansado pero feliz. Me voy a acostar.

domingo, 31 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Novena parte)

25 de julio
Faltan 37 días. ¡Qué doloroso puede llegar a ser echar la vista atrás! ¡En qué estado de melancolía es capaz de sumirnos un leve recuerdo, un fugaz pensamiento sobre algo ya pasado! Parece que cuando uno se entrega a tales ensoñaciones deja de vivir en el presente, desaparece del mundo actual y se adentra en las rendijas del tiempo. Es tiempo perdido, después del cual volvemos a la vida como el comatoso que despierta tras haber tenido un accidente, que es lo último que recuerda. Cuando abre los ojos no piensa si no que fue ayer mismo cuando se dio el porrazo, cuando en realidad pueden haber pasado días e incluso meses. Esa franja de tiempo que transcurre desde que pierde el conocimiento hasta que despierta es equivalente a los minutos que dura una ensoñación. Dejamos de pertenecer al presente, estamos físicamente en él, sí, pero como pueden estarlo un mueble o una piedra. Nuestra esencia como personas está en esos momentos ausente por los derroteros de la divagación, que es lo mismo que no estar en ningún sitio. Pero, a la vez, ¡qué aparentemente placentero puede resultar sumergirse en el pasado! Y digo aparentemente porque, si bien ciertas dosis de nostalgia son admisibles e incluso necesarias, abrevar constantemente en nuestro mundo anterior no conduce si no a la atonía más espantosa, que es la atonía del espíritu. Quien se acostumbra a vivir en el pasado deja de tener arrestos para enfrentarse al presente. Es así de claro. Mas qué difícil es sutraerse de la tentación que, en momentos de aburrimiento e inacción, es recordar.

Me doy miedo a mí mismo. Sé que en los días que vienen repasaré minuto a minuto lo que ocurrió un mes atrás. Parece como si toda mi existencia, todo mi ser, se hubieran concentrado en apenas doce o quince días, esos que van del 16 de junio al 3 de julio. Y, más concretamente, del 25 al 28 de junio. Y, si aplicáramos un microscopio, en el 28 de junio. Hoy ya he caído en la trampa de la ensoñación, pues desde que me he levantado no he hecho otra cosa que recrear en la mente casi cada instante del pasado 25 de junio, el día del festival de fin de curso. Lo curioso es que se trata de una fecha en la que no pasó prácticamente nada, y en realidad toda su magia se concentra en el instante del muro, cuando Cynthia, que vestía ese vestido azul que le queda tan bien, se sentó a mi lado mientras yo hablaba con mis amigos. Entonces no le di significado a tan nimio acontecimiento, que a pesar de su nimiedad fue enormemente especial para mí. Y no se lo di, evidentemente, porque no sabía que yo le gustaba. Mas, ¡qué feliz fui durante esos minutos! ¡Y qué terriblemente desdichado me siento ahora al recordarlos! ¿Por qué me ocurre eso si actualmente ella es mi novia y sé que le gusto? Hay una frase que algunos dicen a sus enemigos: "ojalá consigas lo que quieres". No soy capaz de darle un significado profundo a esas palabras, pero lo intuyo.

Hoy el día ha transcurrido lento y aburrido, y lo único que he hecho ha sido bajar a la piscina con Pepe y, por la tarde, ir a dar una vuelta por Tirma. Curiosamente hoy hemos pasado por delante del auditorio de La Vaguada, donde tuvo lugar el festival. Sus puertas estaban cerradas a cal y canto, parecía un edificio fantasma, y en mi cerebro esa quietud contrastaba fuertemente con el bullicio del día del festival. Somos muy pocos los que quedamos en Madrid, sólo Pepe, R. J. J. R. y A. F. Son las doce de la noche, me voy a ir ya a acostar.

26 de julio
Faltan 36 días. Son las once y media, hace una noche tórrida y bochornosa. Hoy me he levantado a las diez y, como cada día, he visto varios capítulos de Bola de Dragón. Uno de ellos era en el que los dos guerreros del espacio, Vegeta y el calvo, emprendían su larga marcha a través del universo hacia la Tierra, cada uno en su pequeña nave esférica, dormitando y con los brazos cruzados. Luego he bajado a la piscina, y Pepe, que también ve la serie, ha comparado mi espera con el viaje sideral de los dos personajes. Nos hemos reído. De manera que cada vez que alguno de los dos haga el gesto de cruzar los brazos, cerrar los ojos y dejar caer la cabeza hacia delante, sabremos a qué se refiere. Después de comer he visto la última crono del Tour, en Eurodisney, que ha ganado Olano de forma espectacular montando una bici preciosa. Me entraron unas ganas terribles de montar en bici. Por la tarde hemos jugado al fútbol en Tirma contra unos desconocidos que eran bastante malos, y de los cuales uno era un guarro. J. R. casi se pega con él. Nada más ha ocurrido digno de mencionarse.

27 de julio
Faltan 35 días. Hoy se cumple un mes de la tarde en que Pepe se enteró de que yo le gustaba a Cynthia. Yo no estuve presente en la escena, pero, no sé por qué, me la represento con nitidez. Aquella tarde me quedé en casa, aburrido, maldiciendo a los que no me llamaban para dar una vuelta e imaginándome que ella estaría por allí, con ellos. Quizá si alguien me hubiera llamado y hubiese bajado, en mi presencia Ruth no hubiera desvelado que yo le gustaba a Cynthia, y nada de lo que ocurrió después habría sucedido. Mas es inútil hacer este tipo de elucubraciones. Lo que ocurrió, ocurrió, y no se puede cambiar. Ha pasado una semana desde la última vez que me hablé con ella, así es que he decidido llamarla. Lo he hecho sobre la una de la tarde y me lo ha cogido su madre, que me ha dicho que estaba en el río. Siempre está en el río. ¿Qué se cocerá allí que es tan interesante? La verdad es que prefiero no saberlo. No paro de imaginarme dolorosas estampas de sus vacaciones en el pueblo, que tan poco tienen que ver conmigo. Nada de lo que allí sucede me atañe. ¿Pensará siquiera en mí? ¿Por qué no me llama nunca? ¿Por qué siento un mordisco en el corazón cada vez que pienso en lo bien que seguramente se lo está pasando mientras yo aquí cuento los días, las horas, los minutos que faltan para el reencuentro? ¿Tan egoísta soy? Sí, tan egoísta soy. Y lo siento de corazón. Ella está disfrutando, así que lo suyo es que yo esté feliz por ella.

Mas esta sensación es momentánea y artificial, y rápidamente vuelvo a ver ese río flanqueado por tupida vegetación en la que, probablemente, se abre un pequeño claro donde ella y sus amigos se tumban a la sombra y ven apagarse, sin prisa, sin nervios, sin sufrimientos, el atardecido sol de verano. Intento imaginarme a sus amigos e, inevitablemente, veo algún chico. Pero eso es normal. Además, ella me quiere y en ese sentido no hay ningún peligro.

Por lo demás, he bajado a la piscina y he visto la última etapa del Tour. Ullrich se ha coronado en París. Es un duro golpe que acabe, me ha acompañado fielmente durante tres semanas. Lo voy a echar de menos.

28 de julio
Faltan 34 días. Es un duro contraste el que ofrece el caluroso y limpio cielo de hoy con el plomizo y gris de hace exactamente un mes. Y qué doloroso contraste es el que siento en mi interior respecto a aquel día. Lo primero que he hecho nada más despertarme ha sido coger el diario, abrirlo por la página del 28 de junio y comenzar a leerlo: "Son casi las doce de la noche. Hoy me va a costar mucho dormir, todavía estoy nervioso..." De repente he sentido una fuerte presión en la garganta, como si una de esas serpientes gordas me la estuviera apretando, y al poco lo he cerrado. "No, no puedo empezar nada más despertarme a vivir en aquella fecha, porque sería como quedarse allí", pensé. Así que me he levantado, he desayunado, he visto Bola de Dragón y he vuelto a llamarla. Lejos de ser un acto ya rutinario, llamarla por teléfono sigue siendo para mí todo un acontecimiento. Y eso es mala señal, porque quiere decir que, mal que me pese, nuestra relación carece aún de la confianza que sería deseable. Sin embargo eso no es lo peor. Lo peor es que no me llama. Supongo que ayer su madre le dijo que la había llamado, y ni aún así ha sido capaz de agarrar el teléfono y marcar mi número. Esta vez me lo ha cogido ella. "Me has pillado de milagro, me iba a ir ya al río", me dijo. Se la notaba con prisa por marcharse, así es que tampoco he querido atarla durante mucho tiempo al teléfono, aunque me hubiera estado horas y horas hablando. Ni siquiera sé de qué hemos charlado porque dentro de mí sonaba una voz lejana que decía: "pregúntale si sabe qué día es hoy, pregúntaselo". Y en algún momento he estado a punto de hacerlo. Mas, esperando quizá a que, en una vana esperanza, esa frase saliera de sus labios, he callado. Luego he bajado a la piscina con Pepe y he estado distraído y meditabundo. He subido a casa y he comido. Cuando han dado las cuatro de la tarde mi pecho se ha sobrecogido, y el teléfono y el reloj y la casa entera. A esa hora, un mes atrás, recibí la llamada de Pepe por la que me enteré de todo. Luego bajé a la piscina de nuevo. En un momento dado, mientras Pepe y yo hablábamos aburridamente con los pies sumergidos en el agua, he sentido que el aire se impregnaba de su perfume e instintivamente he mirado a los lados, buscando algo, buscándola a ella. Qué poder de evocación tienen los aromas. Parece como si el olor de cada persona no fuera otra cosa que el alma que no podemos ver ni tocar, pero que podemos oler. ¿Puede olerse el alma? ¿Es nuestro olor lo más fijo y perdurable que queda de nosotros cuando nos morimos? Cuando entramos en la casa de un anciano recién fallecido todo lo que él era ha desaparecido. Todo menos su olor. Lo mismo ocurre con una persona que está lejos de nosotros. Esos segundos en que he sentido su aroma han sido cuando más cerca he estado de ella. Ella, sí, se ha materializado de repente, quizás haya querido decirme desde el pueblo que se acuerda de mí. Sobre las ocho he subido a casa y he pasado la noche entera sumido en los recuerdos, como un vegetal. Mis intentos de no instalarme en el pasado han sido en vano, y sólo me he distraído, justo antes de cenar, jugando con Dani al fútbol en el salón con la pelotita. Son las doce, me voy a ir ya a dormir.

29 de julio
Faltan 33 días. Hoy nada más levantarme he mirado el calendario y, como si de un extraordinario descubrimiento se tratara, he comprobado que es día 29 y que agosto está a tres días vista. El ecuador de la espera se acerca, han pasado ya 26 días desde que se fue y dentro de poco lo que queda por delante será menos que lo que he dejado atrás. Seguro que en ese momento mi percepción de esta espera cambia y será como una apacible cuesta abajo, viendo cómo los días van pasando irremisiblemente, para mi regocijo. Haciendo los pertinentes cálculos, teniendo en cuenta cuándo se fue —el 3 de julio— y cuándo volverá —el 1 de septiembre—, he comprobado que el 2 de agosto restarán menos días para que regrese que los que han pasado desde que se fue. ¡2 de agosto! Sí, ese es el día en que corono la cima de este larguísimo puerto de montaña de primera categoría. Lo más duro habrá pasado ya y podré meter el plato grande y el piñón pequeño para poder avanzar más por cada pedalada que dé, por cada minuto que pase. Y, cuando resten quince o diez kilómetros, quince o diez días, y allá a lo lejos vislumbre la meta, a buen seguro que imprimiré nuevas fuerzas a mi pedalada y la recta final se pasará aún más rápido.

Hoy he bajado a la piscina con Pepe por última vez en mucho tiempo, pues mañana Dani y yo nos vamos a Coslada por el cumpleaños de Berto y él el día 1 se va de vacaciones a la playa. Es un duro golpe, pues esas largas mañanas y tardes en la piscina con él me han ayudado a soportar el lento transcurrir de los días, las horas, los minutos. Mañana dormiremos en Coslada y no sé si regresaremos el jueves o el viernes. De todos modos me llevaré una libretita y un boli para poder seguir escribiendo en el diario.

30 de julio
Faltan 32 días. Estoy en Coslada, son las tres de la mañana y aprovecho este momento libre en la quietud de la noche para, sin que nadie se entere, poder escribir en mi diario. Hemos llegado a Coslada sobre las doce de la mañana y Berto aún dormía. No sabía que veníamos, así que su sorpresa y alegría han sido grandes a vernos entrar por la puerta de su habitación. Después de que él se desperezase y de preparar las cosas hemos ido a la piscina municipal, enorme y absolutamente atestada de público. Nos hemos bañado, pero sobre todo hemos jugado al fútbol con una pelotita que Berto metió en la bolsa. Hemos comido allí unos bocadillos que nos preparó Isidora. Un rato después de comer regresamos a casa, pues Berto había quedado con Pableras, Sojo y Zoraida para celebrar el cumpleaños en el Telepizza. Pedimos dos días pizzas familiares y cenamos. Mientras cenábamos le enseñé a Pableras la foto de carnet de Cynthia, henchido de orgullo. "Mira, es mi novia. ¿A que está buena?", le dije, y volví a meter la foto en la cartera. Después de cenar estuvimos dando una vuelta por Coslada, hasta que anocheció, y volvimos a casa. Hasta hace poco no hemos hecho otra cosa que jugar al Eurocopa 96 de ordenador. Yo me he pedido Alemania, y he llegado hasta semifinales, donde me ha eliminado Francia. Un día menos. Me voy a acostar.

31 de julio
Faltan 31 días. Son las once y media de la noche, estoy ya en casa. Esta mañana nos hemos levantado muy tarde, creo que sobre la una, y porque Isidora nos ha despertado. En seguida hemos metido en la bolsa bañadores, toallas y cremas de protección y hemos puesto rumbo a la piscina. Hoy también han venido Pableras, Sojo y Zoraida. La piscina estaba aún más atiborrada que ayer, pero hemos logrado encontrar un rincón donde jugar con la pelotita a penaltis. Hemos proyectado una especie de Vuelta Ciclista a Madrigalejo que disputaríamos allá por finales de agosto y en la que participaríamos Berto, Dani, Pableras, yo y todo aquel del pueblo que quiera apuntarse. "Yo soy el favorito", le dije al oído a Berto. "¿Por qué?", me preguntó. "Porque dispongo de un arma secreta, que yo llamo hipermotivación", y le enseñé la foto de Cynthia. Me dirigió una sonrisa de complicidad. Al pensar en esa carrera, que como he dicho se disputaría a finales de agosto, o sea cuando Dani y yo fuéramos allí, he sentido un desmedido impulso de optimismo. Me imaginaba a mí mismo pedaleando en cabeza en el puerto de las Trebolosas, pensando en Cynthia y motivándome con su pensamiento. Mas sobre todo pensaba que por esas fechas ya quedará muy poco para que ella vuelva, me he transportado mentalmente a ese momento del futuro y me he sentido dichoso. Sin embargo, al poco tiempo he vuelto a la cruda realidad, a este 31 de julio, y esa dicha se ha esfumado como si jamás hubiera existido. Sobre las siete de la tarde abandonamos la piscina, tomamos un autobús y regresamos a casa. A las nueve y media han venido papá y mamá a recogernos, nos hemos despedido de Berto, Isidora y Vicente y sobre las diez y media ya estábamos en casa.

Al fin, al fin termina este mes de julio. ¿Habrá habido a lo largo de la historia de la Humanidad un mes más largo? Lo dudo. Va a ser una gozada arrancar esa hoja del calendario, testigo de mis desvelos y ensoñaciones, y que tantas y tantas veces he mirado con impotencia. Será como desprenderse de un problema que ha dado muchos sufrimientos, muchos quebraderos de cabeza, pero que sabemos nunca más volverá a mortificarnos.

1 de agosto
Faltan 30 días. Agosto tiene un cariz estático y tranquilo, un aire de monotonía y lentitud que no sé si, en el momento que estoy viviendo, me conforta o me deprime. Más bien diría que lo segundo. De un día para otro las calles y la piscina y los bares y los parques y los aparcamientos se han quedado vacíos. Es el mes del éxodo, de la separación de todo aquello a que has estado unido durante once meses. Las clases, los amigos, tu propia casa, tu televisión, tu cama, se te hacen de repente extraños a ti mismo. Incluso tu propia familia adopta unas maneras adquiridas, que no conocías, en el trato con gente —abuelos, tíos, primos, amigos del pueblo, quizá de la infancia— que hace tiempo no ven. O quizá es que sea ese carácter libre e inédito el auténtico, y el otro, el que se enseña durante el resto del año, el falso, oprimido por la rutina diaria. A mí no me apetece que empiece agosto, pero sé que es un tiempo de paso imprescindible para poder llegar al día —que no al lugar— del Tiempo Prometido. Como Pepe y todo el mundo se han ido de vacaciones he pasado el día entero encerrado en casa, viendo pasar las horas. Lo único que me ha sacado del letargo ha sido el comienzo de los Mundiales de atletismo que, como el Tour, serán de gran ayuda. Mamá y papá ya están de vacaciones, pero no tiene pinta de que vayamos a salir a ningún sitio.

2 de agosto
Faltan 29 días. 30 días han pasado desde que se fue y 29 son los que quedan para que vuelva. A pesar de todo, parece que sí, que el tiempo avanza, y si miro atrás veo más terreno recorrido que el que resta por delante. Llevaba tiempo esperando este día, creyendo que, como por arte de magia, mi estado de ánimo iba a cambiar a mejor, iba a ver el horizonte con una nueva e inusitada claridad. Gran decepción al comprobar que no es así en absoluto. Sólo espero que toda esta espera valga la pena. Bueno, aunque eso no debería ni decirlo. Por supuesto que valdrá la pena.

3 de agosto
Faltan 28 días. Si algo bueno tiene el aburrimiento es que en seguida puede dejar de ser aburrido. Hoy, sin ir más lejos, estaba aburriéndome en mi habitación, tumbado en la cama y mirando hacia el techo, sin saber qué hacer y sin querer hacer nada, cuando de repente tuve un pensamiento, me levanté, agarré una cuartilla y un lápiz, me senté en mi escritorio, saqué la foto de Cynthia de la cartera y me puse a copiarla. Con ello he estado toda la tarde, afanándome en cada detalle de su precioso rostro con la voluntad de que quedase lo más parecido a la realidad posible. Y creo que ha salido más o menos, estoy contento del resultado. A veces tenía que parar cuando papá, mamá o Dani entraban en mi habitación, y entonces tapaba el dibujo con un folio garabateado que tenía preparado para esta circunstancia. Lo guardaré en un lugar seguro para que nadie pueda verlo... excepto ella cuando vuelva, claro.

4 de agosto
Faltan 27 días. Sin duda que esta espera sería menos angustiosa si a ella le diera un día por agarrar el teléfono y marcar mi número. No digo que me llame todos los días — aunque, la verdad, sería lo deseable— pero sí que cada tres o cuatro tuviera a bien acordarse de mí. Supongo que se lo estará pasando muy bien y no tendrá tiempo, así que tampoco puedo culparla de nada. Ya habrá tiempo de hablar con ella todo lo que quiera cuando regrese, y de abrazarla, y de besarla, y de oler su perfume. Me tiemblan las piernas sólo de pensar en el momento del reencuentro.

5 de agosto
Faltan 26 días. Son las once y media de la noche. Cuando ya tenía la perspectiva inmutable de quedarme todo el verano en Madrid, viendo pasar el tiempo de forma lenta pero segura, sin sobresaltos, envuelto en la protectora burbuja de la rutina, de lo conocido, hoy he recibido una novedad que me trastorna: mañana nos vamos de vacaciones a Villafranca. Lo que de ordinario hubiera sido una noticia alentadora, en esta situación despierta en mí una inquietud. ¿Y si, por lo que fuera, a ella le diera por volver a Madrid en los días que yo esté en Villafranca? Y desde que mamá me lo ha dicho no he podido quitarme esa idea de la cabeza. Mas no hay vuelta de hoja. Mañana por la mañana temprano partimos. Creo que regresamos el 15. ¡El 15! Para entonces sólo quedarán dos semanas, la verdadera recta final. Por supuesto que pienso llevarme el diario a Villafranca y seguir escribiendo.

miércoles, 27 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Octava parte)

16 de julio
Faltan 46 días. Hoy se cumple un mes del día en que empezó todo. Un mes ha pasado de aquel viaje mágico en el avión, de aquella maravillosa casualidad urdida sin duda por algo o alguien a quien no podemos comprender. Si no, ¿cómo se explica que mi billete concordara exactamente con el asiento al lado del suyo? Hay miles, millones de combinaciones posibles de cómo se podrían haber distribuido los alumnos en el avión aquel día. ¿Cómo es posible que justo me tocara a mí sentarme a su vera? ¿O es que estaba escrito que así ocurriera? Un mes ha pasado, y parece no sólo que haya ocurrido hace muchísimo tiempo, sino que es sólo una ensoñación, tan imposible de creer, tan novelesca, tan inesperada, que ahora mismo diría que nunca ocurrió. ¡Cuánto daría por volver en el tiempo al día de ese viaje! En vano intento retrotraerme mentalmente, y entonces se me representa la atmósfera blanquecina del interior del avión, el polo rojo que yo vestía, su chaqueta marrón, el pequeño cuadrado de cielo azul que se veía desde la ventanilla, a mi derecha, su franca sonrisa y sus alegres carcajadas cuando yo decía alguna de mis gracias. Todo eso lo veo nítidamente, pero a pesar de mis esfuerzos no consigo sentir su cercanía, el contacto físico cuando me levanté del asiento para ver el paisaje y ella no se apartó. Está demasiado lejos de mí para sentir todo eso. Y sobre todo no me acuerdo de su rostro. Sí soy capaz de representarme claramente la cara de cualquier otro, incluso de personas a las que hace mucho que no veo, pero no la de ella.

La verdad es que pensar en esos momentos, lejos de causarme placer como sería de suponer, me sume en una profunda tristeza. Hoy, desde que me he levantado, en mi cabeza se ha estado repitiendo constantemente la frase: "hace un mes..." "hace un mes..." ¿Estará ella igual? ¿Sabrá siquiera que fue el 16 de junio el día del viaje en avión? Imposible saberlo.

Cierro lo ojos y todo es luz. Luz atardecida, frondosos árboles, frescas palmeras, casitas blancas, caminitos serpenteantes, una piscina coqueta de agua apacible y espejeante, un vestido azul muy ligero y unos ojos oscuros, los suyos. Pero, ¿cómo es su rostro? ¿Por qué no me acuerdo? También siento el aroma de la atmósfera en aquel complejo de bungalows en Paguera, un olor dulzón a flores, no sé cuáles, a plantas, que lo impregna todo. Y la brisa marina, tibia y húmeda, que me acaricia la cara. La piel se me eriza en este mar de sensaciones, y un sable se me atraviesa en la garganta. ¿Por qué no estás aquí, conmigo? Mañana quedaríamos para dar una vuelta por el barrio, nos sentaríamos en un banco y... sí, nos besaríamos, claro que sí. Luego pasearíamos otro rato por el bulevar de la avenida de la Ilustración mientras el sol anaranjado se va acostando sobre la abrasada tierra y nos despediríamos en la esquina de mi calle, como siempre. Pero esta vez con un buen beso, ¿eh?, nada de picos. Ensoñaciones. Vivimos de ensoñaciones. ¿Es posible que se sientan más las ensoñaciones que las realidades? Puede ser. Lo único que sé es que es la única forma que conozco de estar con ella y de volver en el tiempo a aquellos cinco días de viaje de fin de curso.

Hoy el día ha sido bastante monótono, y ni siquiera he bajado a la piscina. He llamado a mamá para felicitarle por su santo. Después de comer he visto el Tour. Ullrich es una máquina y Olano se descuelga en la montaña. Por la tarde he estado jugando a la pelotita con Dani en el salón, he cenado y dentro de no mucho me iré a acostar.

17 de julio
Faltan 45 días. No me llama. ¿Por qué no me llama? Han pasado ya diez días desde la última vez que hablé con ella. No aguanto un minuto más sin escuchar su voz. Mañana la llamaré, estoy decidido. Pero me gustaría que lo hiciera ella. Hoy ha sido un día muy largo.

18 de julio
Faltan 44 días. Hoy ha sido el cumple de Dani, y he pasado el día mejor, más optimista y alegre que los anteriores. Entre las felicitaciones, la alegría general de la familia, los regalos, la comida especial y demás, la jornada ha pasado bastante más rápido que las anteriores. Los días van avanzando en el calendario, y ya he completado una cuarta parte de la espera. Ya estamos casi a día 20, el final del mes de julio se va acercando. Sí, la verdad es que estoy mucho más animado. Ni siquiera he necesitado llamarla. Esto marcha.

19 de julio
Faltan 43 días. ¿Cómo son posibles estas montañas rusas de emociones? Ayer me sentía vivaz y optimista, y hoy, que ha pasado un día más y que por tanto debería estar un poquito mejor, resulta que es todo lo contrario. Por la mañana he bajado a la piscina con Pepe, que me veía raro y me ha preguntado qué me pasaba. Yo no he querido decir la razón, aunque supongo que la sospechará. Después de comer he visto la crono del Tour, en Saint Etienne, en la que Ullrich ha arrasado. ¡Le ha sacado más de tres minutos al segundo! A lo Induráin. Parece que será su sucesor.

Esta espera es como una crono. Es una lucha contra el tiempo. Cuando hoy veía por la tele la cara de Ullrich desfigurada por el esfuerzo, la saliva espumeante desbordándose por las comisuras, el gesto fiero, los músculos de las brillantes piernas a punto de estallar, no podía menos que imaginarme a mí mismo, establecer un paralelismo con él, pero en vez de luchar contra un crono y una distancia, como él, mi batalla es contra el calendario. 55 kilómetros tenía la contrarreloj de hoy y 55 días es lo que separan el 7 de julio, fecha en que me dijo que regresaría un mes más tarde, y el 1 de septiembre, cuando volverá. Casualidades. Kilómetro a kilómetro él, día a día yo. 55 ambos. Los días difíciles son los repechos, y los más agradables, los de mejores pensamientos, las bajadas. Las jornadas de transición, de relativa calma interior, son los llanos. Me parece que esta crono va a ser un largo repecho, una cronoescalada ¿hacia el cielo? Me quedan 43 kilómetros, 43 días por recorrer. Aún no vislumbro la meta, está muy lejos. Pero pedalada a pedalada, minuto a minuto, se va acercando. Como Ullrich.

20 de julio
Faltan 42 días. Esta espera sería mucho menos amarga si ella me llamara. Suena crudo decirlo, pero desde que se fue, todavía no lo ha hecho. ¡Una llamada, una sola llamada bastaría para darme moral suficiente con que aguantar mil días más! Es inútil preguntarse por qué no lo hace, porque no tengo respuesta. Cada vez que suena el teléfono me sobresalto; es una ilusión que renace. Pero pronto esa ilusión es sepultada. Y así tantas y tantas veces. Hoy he hablado con ella. He tenido que ser yo quien llamara. Ha sido por la mañana, sobre las doce, y aún dormía. Su madre, que me ha cogido el teléfono —hoy no he puesto voz de chica— la ha despertado. Su voz delataba el brusco despertar, y aún podía sentir sus bostezos y verla incorporándose pesadamente sobre la cama mientras se quitaba las legañas con la mano libre. Su hilo de voz era casi imperceptible. Así las cosas, no ha sido una conversación fluida y amena. Le he preguntado cómo se llama el pueblo, a lo cual primero me ha respondido con un "¿qué?" que denotaba sorpresa. Luego me ha dicho el nombre, mas no lo he entendido. Piornal o Fiornal o algo así. Me ha contado un poco cómo es su día a día allí, y entonces me he sentido muy triste, porque esa rutina nada tiene que ver conmigo. La verdad es que parece que se lo está pasando muy bien entre bajar al río, fiestas y demás. No sé cuánto tiempo hemos hablado, diez minutos o así, tampoco mucho más. Nada más colgar he cogido un atlas de España y he buscado por los alrededores de Benavente un topónimo que concordara más o menos con lo que había entendido. No hay ningún Piornal o Fiornal, y lo más parecido es Barcial, Barcial del Barco. Luego están Mózar, Villanázar, Bretó... Ninguno concuerda. Hoy he bajado a la piscina con Pepe, y me ha preguntado qué tal estoy. Le he mentido, le he dicho que bien. Desde la piscina se ve su edificio. Procuro no mirar. He visto el Tour, Pantani ha ganado en Alpe d´Huez, pero Ullrich sigue líder sólido.

21 de julio
Faltan 41 días. ¿Cómo será su pueblo? Es inevitable hacerse una imagen mental de su habitación, de su casa, de su calle, de la plaza principal, de la iglesia, del río famoso a donde tanto va... Seguramente esa imagen no se parezca en nada a como es en realidad, entre otras cosas porque me lo imagino rodeado de montañas y la zona de Benavente es eminentemente llana, de cultivos. Pero da igual, aunque yo sepa que no hay montañas y que por allí pasa un miserable y sucio riachuelo, de mi cabeza no se moverán bravíos picos y un impetuoso río que baja, fresco y límpido, de las faldas de los montes entre una vegetación verde y espesa. Su calle me la represento ancha y en cuesta, cuando seguramente no exista desnivel alguno en aquella orografía, y su casa es poco menos que un palacio en mi imaginación. Seguramente nunca sepa cómo es en realidad, así que puedo decir que acabo de crear un paisaje ficticio. Y aunque lo visite algún día, ¿sustituiría la imagen real a la imaginada? La rutina hoy ha variado, pues aunque por la mañana he estado con Pepe en la piscina y después de comer he visto el Tour, por la tarde he bajado con J. R. y R. J. a dar una vuelta por Tirma. El nombre de Cynthia ha salido alguna vez, como no podía ser de otra manera, y no para bien. Siguen con la gracia de que me está poniendo los cuernos, en concreto "un cubano, grande, negro y zumbón". Yo paso, lo mejor es no hacer caso y tomarlo a broma.

22 de julio
Faltan 40 días. Es desesperante el enlagunamiento que experimenta el tiempo durante el verano. Días y días clónicos de ardiente sol y cielo límpido, en los que no parede que nada cambie, una sucesión de momentos idénticos a la misma hora y en el mismo lugar a los del día anterior. Uno se despierta pensando en ella y acalorado y asfixiado en su habitación cerrada, se levanta pesadamente después de haber remoloneado un poco en la cama y haberse desprendido de las telarañas del sueño, piensa en ella, desayuna un par de donuts, ve tres o cuatro episodios de Bola de Dragón en la tele, piensa en ella, lee el Marca, se entera de algún posible fichaje del Madrid, mira la tele mientras piensa en ella y se suceden los mismos anuncios todos los días, algunos de los cuales han quedado ya indisolublemente ligados a su imagen, como ese de los potitos, o el otro del disco del verano, o aquel de Larios con la canción La flaca de Jarabe de Palo de fondo; a eso de la una de la tarde uno baja a la piscina, se tuesta al sol, se baña si se tercia, habla con su mejor amigo mientras piensa en ella, sube a casa, come, piensa en ella, duda si llamarla, se desespera porque no llama, ve la etapa del Tour, se sobresalta cuando suena el teléfono, pero no es ella, piensa en ella, juega con su hermano a la pelotita en el salón, se baja otra vez a la piscina o bien va a dar una vuelta por Tirma, piensa en ella mientras atardece, juega un poco al fútbol en el polideportivo, habla con sus amigos sentados en unos bancos, piensa en ella, anochece, se despide de sus amigos y sube a casa, que huele a la cena que está preparando su madre, cena mientras piensa en ella, sus padres le preguntan qué le pasa porque lo ven raro, dice que nada, se levanta de la mesa y se pone a ver la tele mientras piensa en ella, juega a algo con su hermano, se encierra en su habitación a pensar en ella, canta por lo bajo la canción de Nek Laura no está —uno lo sustituye por Cynthia no está, naturalmente—, que está de moda y que seguramente sea la canción del verano, mira por la ventana y siente la cálida atmósfera madrileña de julio, detenida en el tiempo otra vez. Piensa en ella. Antes de acostarse saca el colgante de la cajita de madera y se lo cuelga para domir, y se queda dormido mientras —¿adivinan?— piensa en ella.

23 de julio
Faltan 39 días. Otro día más tachado del calendario, ya quedan menos de cuarenta, pero el ecuador aún está lejos. Sin embargo, empieza a vislumbrarse el final del mes de julio, que está a un una semana y un día. Después sólo quedará agosto, un mes, es decir, casi lo mismo que lo que he dejado atrás. Pero no adelantemos acontecimientos, no nos saltemos días en el calendario. Mi mente divaga una y otra vez haciendo estos cálculos, como si hubiera una forma de amputar el tiempo. No es más que una desesperada y patética manera de intentar avanzar más rápido hacia la meta. Mas es inútil. El universo tiene unas reglas y contra ellas no se puede hacer nada. Dicen los científicos que el tiempo es relativo, no absoluto, y creo que tienen razón. Pero no hacía falta que ellos lo dijeran, porque hasta un chico de 14 años como yo lo sabe perfectamente, sin necesidad de una ley física que lo demuestre. Estos veinte días que han pasado desde que ella se fue no son veinte días para mí. Bueno, sí lo son, pero no son días de 24 horas al uso. En mi percepción, el tiempo se ha estirado, y si para cualquier otra persona han pasado, en efecto, veinte días, para mí quizá hayan pasado el doble; o el triple. Así que el calendario miente. Así las cosas, no quedan 39 días, sino que a lo mejor restan 80 o 90. Lo que es seguro es que cuanto más pendiente se está del tiempo, tanto más despacio avanza. ¿Habrá alguna manera, pues, de pararlo completamente si dirigimos nuestros cinco sentidos y todas nuestras energías hacia él? ¿Habrán investigado eso los científicos? Aquí no se estudian cosas que merezcan la pena.

Por lo demás, el día ha deparado pocas novedades. Por la mañana, ¡cosa singular!, he bajado con Pepe a la piscina, después de comer he visto el Tour y por la tarde he bajado con Pepe, J. R., R. J. y A. F. a jugar al fútbol a Tirma. No es que me apeteciera demasiado, pero al menos me distraería. Y sí, quizá en algún momento, en algún segundo haya dejado de pensar en ella.

24 de julio
Faltan 38 días. Son las once y cuarto de la noche. Curioso juego al que hemos jugado hoy. He bajado con J. R. y R. J. a Tirma. Nos aburríamos, la tarde transcurría calurosa, monótona y plomiza. No sé cómo empezó la cosa, creo que R. J. empezó a tirar chinitas a J. R., en plan de broma y un poco para matar el aburrimiento. Éste respondió con unas piedrecillas más grandes, una de las cuales impactó en el cráneo de R. J. que, entre cabreado y juguetón, cogió del suelo un canto del tamaño de la circunferencia de una pelota de golf y lo lanzó de forma violenta contra J. R. No le dio de milagro. Pero se armó. No sé quién de los dos me lanzó otra piedra, que me impactó en el muslo, y claro, tuve que responder. Se trabó una guerra por entre el dédalo de caminitos de la urbanización. Usábamos los arbustos como parapetos desde donde poder lanzar los pedruscos, que por cada minuto que pasaba eran más grandes, y si se trataba de doblar una esquina había que mirar bien primero, pues a la vuelta podía estar cualquiera de los otros dos y, si no estabas prevenido, descerrajarte sin compasión un canto en el estómago, pues en la cabeza no estaba permitido. Increíble que nadie haya resultado herido, menuda salvajada. La peor que recuerdo es una en la que detrás de una esquina me aguardaba R. J. Me sorprendió, yo andaba sin munición, me tiré al suelo tapándome la cabeza y lanzó la piedra, que repercutió violentamente contra la pared detrás de mí, y que debía de ser del tamaño de una pelota de tenis.

Se acercan días de efemérides, por lo que sé que las próximas fechas serán duras. El simple hecho de pensar que hace un mes pasó esto y lo otro o yo estaba con ella en este sitio y demás hará que me entristezca aún más. No es bueno entregarse a esas divagaciones, pero no puedo evitarlo.

jueves, 21 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Séptima parte)

5 de julio
Faltan 27 días. Hoy ha empezado el Tour. Todos esperan que lo gane Olano, y yo también. Se parece mucho a Induráin: es grande, fuerte, buen contrarrelojista, es del norte e incluso la nariz es también grande y un poco aguileña. En el prólogo no lo ha hecho mal, ha quedado quinto creo, pero se esperaba más. Ha ganado Boardman. Tres semanas es lo que dura el Tour. Termina el 27. Entonces sólo quedarán cinco días para que Cynthia vuelva del pueblo. Viéndolo así, tampoco es tanto y no tiene por qué hacerse tan penoso. De la mano del Tour, seguro que estas tres semanas se me pasan volando, y además, el ánimo irá subiendo por cada día que pase al ver más cerca la meta, y si hoy, cuando sólo ha pasado un día desde que se fue, no me encuentro tan mal, es de esperar que a partir de ahora todo vaya a mejor.

Hoy hemos ido a Getafe a ver a Luisa y Florentino. También han ido Berto, sus padres y su hermana. Lo he pasado bien, como siempre que nos juntamos. Hemos jugado al fútbol y por la noche, después de cenar, hemos visto películas manga que nos ha sacado Rubén. Nos hemos ido muy tarde, sobre las cuatro de la mañana. Ahora son casi las cinco, y tengo mucho sueño, pero me apetecía escribir. Le he contado a Berto lo de Cynthia. Luisa, como de costumbre cuando me ve, me ha preguntado si tenía alguna "novieta" por ahí, y yo, henchido de orgullo, le he dicho que sí, que algo hay. En ese momento he sido consciente de que, efectivamente, es mi novia, y dentro de mí ha nacido esa sensación que a veces tenemos de dicha inquebrantable por el presente y el porvenir. Algunas veces me pregunto a qué se deben esos instantes, que en realidad son los que nos sustentan. Quizá sea una comunicación, una comunión momentánea y casual entre nuestro cerebro material y ese Ser, ese Algo etéreo que todo lo controla y que está siempre y en todas partes.

6 de julio
Faltan 26 días. Inauguración de la temporada de piscina. Para mí, se entiende. He bajado con Pepe por la mañana y por la tarde. No estoy tan optimista como ayer, en algún momento me ha asaltado algún pensamiento angustioso, pero se ha ido rápidamente. Al menos cuando estoy con alguien u ocupado el tiempo parece avanzar un poco más deprisa, por eso la piscina me va a aliviar de muchos sufrimientos.

7 de julio
Desde que se fue, llevaba varios días con la idea de llamarla. Han pasado cuatro días, y hoy he creído oportuno hacerlo para saber qué tal había ido el viaje, qué tiempo hace por allí y demás, aunque todo eso naturalmente era una excusa para hablar con ella. Era la una y media de la tarde cuando agarré el teléfono y, decidido y a la vez nervioso, marqué el número del pueblo. Ella misma me lo cogió. Su voz parecía alegre, lo cual me dio ánimos extra. Hablamos durante quince minutos más o menos sobre cosas banales, qué tal todo por allí, el viaje muy largo, por aquí bien, mucho calor, menos mal que tengo piscina y demás zarandajas. Sobre mi mente gravitaba constantemente una frase que no se atrevía a salir de mis labios: "te echo de menos, tengo muchas ganas de que vuelvas". ¿Pensaría ella lo mismo? En ese momento estaba seguro de que sí.

Hoy hace un calor horrible y mirando por la ventana en esta hora de la siesta el tiempo parece haberse detenido. Ni un alma pasea por la calle y sólo el rumor momentáneo de algún coche rompe la calma estival. Todo está siniestramente estático. Ni las ramas de los árboles hacen el más leve movimiento, ni se ven pájaros volando ni ninguna nube mancha el cielo abrasado. ¿De verdad se habrá detenido el tiempo? Peor aún, parece como si, en vez de avanzar, el tiempo retrocediera cada minuto que pasa. ¿Es real lo que estoy viendo en el rejoj de mi habitación? ¿Es posible que las manecillas vayan hacia la derecha en vez de hacia la izquierda? Creo que mi cerebro me está jugando una mala pasada. Pero no, lo veo nítidamente, el minutero vuelve sobre sus pasos, y el segundero también, y...

Llevábamos diez minutos hablando, durante los cuales yo ya era feliz por el simple hecho de escuchar su aterciopelada voz, cuando de repente se me vino encima una avalancha de tiempo. "Sebastian, al final me quedo aquí otro mes más, hasta septiembre", me dijo. No reaccioné a esas palabras, dichas con tono de disculpa, y sólo acerté a responder con un ahogado "¿qué?", aunque sabía perfectamente lo que acababa de oír. Ella repitió la misma frase con el mismo tono de disculpa macerado con una pizca del cansacio de aquel que, desganado, repite una cosa a su despistado interlocutor. Quedé callado unos instantes que se hicieron lentos y pesados, y que quizá eran los primeros ladrillos de este inmenso edificio de tiempo que hay que levantar a partir de hoy. Un edificio faraónico, de construcción farragosa y que debo fabricar yo solo.

Hablamos poco más antes de despedirnos sobre cosas superfluas que nada tenían que ver con mi interior estado de zozobra. Intenté esconder mi colosal decepción, pero creo que se notaba que mi voz tenía un hilo apagado y perezoso. El suyo, y eso es lo que más me duele, me parecía que en absoluto concordaba con el mío, y diría que había un punto de lástima, de dolorosa lástima por un sentimiento que no es compartido. "Te llamaré la semana que viene", fue lo último que me dijo. Nada nás colgar miré por la ventana de mi habitación y me quedé un buen rato contemplando ensimismado este paisaje tórrido e inquietantemente inmutable. Ahora mientras escribo miro de nuevo el reloj de la pared y compruebo que es cierto: las manecillas vuelven sobre sus pasos.

Hoy, 7 de julio, faltan 55 días para volver a verla.

8 de julio
Faltan 54 días. Hoy me he levantado tarde, anoche me costó bastante dormir, la imagen de Cynthia divirtiéndose en su pueblo no dejaba de revolotear sobre mi cabeza. Y mientras yo aquí, pensando cada minuto en ella y en el reencuentro. Aunque a lo mejor me estoy equivocando y ella se ha quedado allí obligada y está tan impaciente como yo por volver a vernos. Sería lo lógico, es mi novia, y tampoco tengo elementos para pensar lo contrario. Por la mañana he bajado con Pepe a la piscina y le he contado lo que me dijo ayer Cynthia. Dudo que él comprenda cómo me siento, uno se puede imaginar los padecimientos de otro, pero si no los siente o los ha sentido en carne propia, es como si nada. Por la tarde he vuelto a bajar a la piscina. Se ha bajado también J. C. Por la noche he estado jugando a las cartas con Dani y viendo la tele.

9 de julio
Faltan 53 días. Otro día más que ha pasado y que ya no volverá... o eso espero. Buena noticia: mañana viene Berto con sus padres y se quedará unos días. Hoy por la mañana he bajado a la piscina con Pepe y J. C. y por la tarde hemos dado una vuelta con todos éstos por Tirma. He escuchado algunos comentarios jocosos de R. J., J. R. y alguien más sobre Cynthia, insinuando que me iba a poner los cuernos y demás. He optado por no hacer caso y pasar del asunto, fingiendo que me hacía gracia, aunque por dentro ardía de rabia por escuchar tales tonterías. ¡Si ellos supieran cómo me siento! Pero no, mejor que no lo sepan, si no sería aún peor.

10 de julio
Faltan 52 días. Son casi las tres de la mañana, y escribo en casi el único momento libre que he tenido en todo el día. Hoy ha venido Berto con sus padres. Han llegado sobre la una de la tarde, y casi todo el día lo hemos pasado en la piscina, jugando con la pelotita en el césped, aunque el socorrista ha terminado por quitárnosla porque decía que molestábamos a las viejas. Hemos comido en el bar de la piscina, y después de comer hemos subido a casa. Por la tarde hemos estado todos pendientes de la televisión, pues según han dicho ETA ha secuestrado hoy a un concejal del PP de un pueblo del País Vasco. Miguel Ángel Blanco se llama. Los etarras dicen que si en 48 horas el Gobierno no acerca los presos de ETA a las cárceles vascas lo matarán. Qué hijos de puta. Vicente estaba muy indignado y no se ha despegado de la tele en toda la tarde. No entiendo nada de lo que pasa. He tenido tentaciones de llamar a Cynthia, pero me dijo que me llamaría ella. Espero que lo haga pronto. Hoy al menos el día ha pasado algo más rápido, pero echando la vista atrás compruebo que sólo ha transcurrido una semana desde nuestra última cita. Una semana que parece un siglo.

11 de julio
Faltan 51 días. Es muy tarde, son más de las tres de la madrugada. Hoy la jornada ha sido parecida a la de ayer. Hemos pasado todo el día con Berto. Muy pronto hemos bajado a la piscina, hasta la hora de comer. También han bajado Pepe y J. C., pero no hemos estado juntos, sino ellos dos por un lado y Berto, Dani y yo por el otro. En casa, mientras comíamos, hemos visto las noticias. No han soltado a Miguel Ángel Blanco y se han convocado manifestaciones multitudinarias para pedir su liberación. Las calles de Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Ermua estaban atiborradas. Era emocionante ver todas esas manos blancas levantadas y oír esos millones de gargantas cantado "¡libertad!" Por la tarde, de nuevo a la piscina. Me aburre ya tanta piscina. Y por la noche Berto y yo hemos hablado de chicas y le he contado mis padecimientos con Cynthia. Tengo la sensación de que nadie me comprende, creo que no voy a hablar a nadie más del asunto.

12 de julio
Faltan 50 días. Es la una de la madrugada. Hace media hora más o menos que Berto se ha ido. Han sido dos días con él muy entretenidos y que han servido para que, al menos, el tiempo pasara un poco más rápido. Hoy hemos vuelto a pasar toda la mañana en la piscina. A la hora de comer han venido los padres de Berto. Hemos comido en el bar de la piscina, pero pronto hemos subido a casa para ver las noticias. A las cuatro de la tarde expiraba el plazo que dieron los terroristas. Si a esa hora el Gobierno no había tomado la decisión de desplazar los presos, Miguel Ángel sería asesinado. Los cabronazos no se han andado con chiquitas. Se ha encontrado su cuerpo en un bosque, con un tiro en la cabeza. Han vuelto a convocarse manifestaciones, una de ellas en Ermua. La multitud ha recibido en directo la trágica noticia. Una señora lo decía desde un balcón, y, al momento, se extendió por la plaza del pueblo un grito de dolor que helaba la sangre. Se me ponía la carne de gallina. La hermana, una chica de gafas, lloraba desconsolada y daba las gracias a la concurrencia. A mí se me ha saltado alguna lágrima, y en el salón todos miraban la tele en silencio. Vicente se tapaba la cara con las manos. Ha permanecido así durante un rato bastante largo. Viendo problemas como éste me doy asco a mí mismo por estar triste por el hecho banal de que mi novia esté de vacaciones lejos de mí. Pero no puedo evitarlo. Al parecer Miguel Ángel estaba con vida cuando lo encontraron, pero las probabilidades de supervivencia son mínimas. Berto y sus padres se han ido sobre las doce y media de la noche, y hasta esa hora hemos estado en mi habitación hablando de fútbol y recordando nuetras gestas ciclistas en el pueblo.

13 de julio
Faltan 49 días. ¡Menos de 50! Finalmente Miguel Ángel murió anoche. Ahora son las once de la noche. Después de la visita de Berto la rutina diaria ha vuelto por sus cauces habituales. Por la mañana he bajado a la piscina con Pepe y por la tarde hemos dado una vuelta por Tirma. Hoy parece que me han dejado un poco en paz con el tema de Cynthia. Nadie se ha ido de vacaciones todavía excepto ella. ¿Por qué tan mala suerte?

14 de julio
Faltan 48 días. Hoy estoy de buen humor. Es día 14 ya, ha pasado una semana desde que Cynthia me dio la mala noticia de que su ausencia se prolongaba y estamos casi a mitad de mes. Afortunadamente el tiempo pasa lento pero inexorable. Lo que pasa es que hubiera estado bien haber podido disfrutar este verano con ella. Bueno, ya llegarán más. Porque estoy seguro de que el año que viene seguiremos juntos. Esto no habría ni que decirlo, porque está escrito. Lo único, ¿por qué no me llama? He decidido que mañana lo haré yo. Hoy ha empezado la montaña en el Tour. Olano lo ha pasado mal, se descolgaba en los puertos, pero sigue en la pomada. Si aguanta un poco, luego podrá machacar en la contrarreloj.

15 de julio
Faltan 47 días. ¡Qué vergüenza! De entre todos los actos lamentables que he hecho en mi vida, el de hoy sin duda se lleva la palma. ¿Cómo he podido hacer algo así? Me da hasta vergüenza escribirlo, pero si quiero que este diario sea verdadero, no me queda otro remedio. No hay que amputar la realidad, eso sería miserable. Ayer escribí que había decidido llamarla hoy, y eso es lo que he hecho. Eran sobre las dos de la tarde. Marqué el número, sonaron dos, tres, cuatro tonos, mi corazón se disparó, y al fin al otro lado sonó una voz femenina. Era su madre. Azorado, no acierto a comprender por qué empecé a hablar con voz de chica. ¡Con voz de chica! Pero ya que había empezado, no podía echarme atrás. Pregunté por Cynthia, su madre me dijo que se había ido al río, que le dejara recado. Dije que era Marta. "¿No eres un chico?", preguntó ella. Yo respondí con un "no, no" que debió de sonar inmensamente ridículo, y me apresuré a colgar sin despedirme. Absolutamente lamentable.

lunes, 18 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Sexta parte)

4 de julio
Esta mañana, después de una noche de sueño doloroso y revuelto, me he despertado con el colgante que Cynthia me regaló ayer antes de despedirnos puesto en el cuello. Es extraño, no recuerdo habérmelo colgado en ningún momento, y lo que sí sé es que, antes de quedarme dormido con lágrimas en los ojos, lo tenía en la mano, apretándolo con fuerza. Es un medio corazón plateado con una luna menguante en relieve, y el collar es una sencilla goma negra. Ella tiene otro exactamente igual.

Hoy el sol cae a plomo sobre nuestras cabezas y sobre el asfalto de las calles y sobre los árboles y sobre los parques. A veces, en verano, me pongo a pensar en que es increíble que exista el invierno. No es concedible que los paisajes cambien tanto en unos pocos meses, y que hoy podamos estar abrasándonos en la piscina y dentro de no mucho helándonos hasta el tuétano. Lo mismo ocurre con el estado de ánimo. Un día lo vemos todo con inquebrantable felicidad y optimismo y al siguiente hasta el sol veraniego tiene un cariz entenebrecido y luctuoso.

Esta noche he tenido un sueño que se repetía una y otra vez. Yo estaba de pie en un camino polvoriento rodeado de un campo seco y amarillo, levemente ondulado, sin el menor atisbo de vida ni vegetación. El sol quemaba el paisaje desolado y mi cabeza ardía y las sienes me palpitaban. Cynthia, que vestía los pantalones amarillos que se puso para nuestra cita de ayer, se alejaba por el camino lenta e imperturbablemente. La veía de espaldas, y empecé a llamarla, pero mi voz salía ahogada. Intenté correr detrás de ella, mas mientras más me esforzaba por alcanzarla, más me pesaban las piernas, más me palpitaban las sienes, más me ahogaba por el calor asfixiante y el polvo y más se alejaba su figura, hasta perderse detrás de la línea del horizonte.

Ayer fui a la cita con Cynthia absolutamente convencido de no repetir los errores del otro día y de pasar una tarde memorable, que fuera el inicio de un verano mágico. Pasado el shock inicial de los primeros días de saber que le gustaba, fui consciente de la situación y de la tremenda suerte que tenía. Me deshice de pesimismos, inseguridades y malos pensamientos. Al fin y al cabo, pensaba, estoy con la chica que me gusta desde hace mucho tiempo, es una situación con la que soñé tantas y tantas veces que ahora que se ha dado no puedo desaprovecharla. Visualizaba, antes de salir de casa, el momento en que me lanzaría a sus labios y la abrazaría, y lo veía tan claro que realmente sentía el calor de su cuerpo, su olor y su dulce respiración cerca de mí. Estaba nervioso, pero seguro. Como el domingo, me vestí con mis mejores galas, me acicalé lo mejor que pude y me miré al espejo convencido de mi éxito, que iba a depender de si habría besos o no. Bajé mi calle y no tuve que esperar mucho a que llegara. Primer momento importante: ¿pico o besos en las mejillas? No lo dudé y con seguridad pero a la vez con naturalidad la besé en la boca. "Empieza bien la cosa", pensé. A ella se la veía especialmente risueña y mi optimismo y felicidad, ya de por sí grandes, aumentaron un grado más. Dimos un paseo por el barrio, durante el que la conversación transcurrió fluida y divertida. Hablamos de los tremendos papeleos de la matrícula para el instituto, le conté mi problema con las fotos de carnet, ella me contó que no pudo ir personalmente y que mandó a su hermana, y, al fin, le pregunté qué había hecho estos días. Me dijo que había estado en casa de su abuela y que por eso no me había llamado, pero yo ya no le di importancia y me reí interiormente de los sufrimientos que había pasado por esa razón. Todo iba perfecto, y sólo quedaba sentarse en un banco y que ocurriera.

He escrito ya en alguna ocasión en este diario que muchas veces no acierto a comprender mis propias acciones. Creo que somos unos desconocidos para nosostros mismos, y que cada persona tendría que vivir varias vidas para conocerse a sí mismo en profundidad. Y después de lo de ayer, lo tengo cada vez más claro. Después de pasear otro rato nos sentamos en unos columpios del parque de abajo. Empezaba a anochecer, y entre los dos, con la suave brisa estival, flotaba una agradable sensación de bienestar por estar juntos. Empezábamos a tener confianza. Hablamos un poco, pero a mí lo que me apetecía era besarla. Pasaba el tiempo y no me decidía. No sé cómo se me ocurrió una idea tan sumamente estúpida, pero el caso es que en un momento dado me levanté, conté cuatro pasos, tracé con el pie una raya sobre la tierra y le dije que por cada vez que lograra saltar más allá de la línea le daría un beso en la boca. Al momento se pintó en su rostro un gesto de incredulidad, pero yo seguí a lo mío. Consistía en columpiarme lo más fuerte que pudiera y, cuando estuviera en lo más alto, salir disparado del columpio hacia adelante. Lo hice varias veces. La primera vez no pasé la raya, pero sí en las siguientes, y por cada vez que lo conseguía, me acercaba a ella con gesto triunfal y la besaba en la boca. No sé qué pensaría ella, casi prefiero no saberlo. Lo curioso es que en el momento yo me creía muy original y divertido, pero al recordarlo ahora me sube una llama de vergüenza.

Concluida la pantomima seguimos charlando. Entonces llegó la frase. "Sebastian, mañana me voy al pueblo de vacaciones". "¿Hasta cuándo?", pregunté. "Hasta agosto, un mes". Toda la dicha que sentía se esfumó de repente y el hermoso atardecer pareció nublarse, allá en algún rincón de mi interior. Quedé pensativo unos instantes, y por un momento pensé en que ahora sí, que debía levantarme y, sin ningún pretexto, abalanzarme sobre sus labios. Ese ímpetu sólo duró una milésima de segundo, tras la cual quedé completamente bloqueado. Opté por aparentar indiferencia, y sólo acerté a decir una tontería: "bueno, pues a ver qué haces, ¿eh?". La interrogué sobre dónde está el pueblo, con quién va y esa clase de cosas que suelen hablarse cuando alguien se va de vacaciones. Me dijo que iba con su madre, su abuela y su hermana y que el pueblo está en Zamora, cerca de Benavente. Hice un cálculo mental de la situación geográfica y de la distancia a Madrid. Más de trescientos kilómetros. Una distancia inabarcable, un mundo era el que nos iba a separar a partir de ahora. La cita terminó en ese momento, pues yo no volví a aparecer. Hasta que nos despedimos, todo el rato estuve ensimismado y meditabundo, en vez de disfrutar de esos últimos minutos con ella. Besándonos, por ejemplo. Nada de eso. Paseamos lentamente hasta la esquina de mi calle. Las farolas ya estaban encendidas y en el horizonte asomaba un último fulgor color de grana. Una suave brisa nos acariciaba la cara y el aire olía al polen dulzón de las plantas. Nos detuvimos en el lugar donde siempre nos hemos despedido en nuestras citas. Era la última oportunidad para besarla y así poder conservar durante un mes el sabor de sus labios. Nada en el mundo me apetecía más en ese momento, pero la única despedida fue un pico frío y casto. "Espera, Sebastian", me dijo cuando yo ya me había dado la vuelta. "Tengo que darte el teléfono del pueblo". "Es verdad, trae", dije, y me dio un papelito. "Tengo otra cosa para tí". De uno de los bolsillos del pantalón sacó una foto suya de carnet y el colgante del medio corazón plateado con la luna en relieve. "Quiero que lo tengas mientras esté en el pueblo, porque yo tendré puesto siempre otro igual", y del otro bolsillo me enseñó el colgante gemelo, que se puso en el cuello. No sé qué fue lo que dije antes de despedirnos definitivamente, y mientras subía mi calle ni siquiera miré hacia atrás. Cuando llegué a casa metí el colgante en la cajita de madera donde guardo los carboncillos para dibujar, por vergüenza de que lo viera papá o mamá, pero de madrugada, cuando ya llevaba un rato acostado con los ojos humedecidos y no podía conciliar el sueño, me levanté y lo saqué de la cajita, y me recosté de lado apretándolo con fuerza dentro del puño. Así fue como me quedé dormido.

Hoy, 4 de julio, faltan 28 días para volver a verla.

sábado, 16 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Quinta parte)

30 de junio
¿Puede haber en el amor un momento mejor que el de los prolegómenos a una cita? Alguno dirá que sí y no entenderá nada de lo que digo, pero yo creo que, sobre todo en los primeros tiempos de una relación, los preparativos, las dos o tres horas anteriores, el "momento de la anticipación" como decían en un capítulo de los Simpson, en ese pequeño espacio de tiempo está concentrada toda la magia del enamoramiento. Llego a pensar que en este mundo sólo existen dos tipos de hombres: los que tienen una cita y los que no. Recrear en la mente lo que va a ser la futura cita, los ambientes, los besos y los arrumacos, elegir la ropa, buscar las palabras y el tono adecuados para las primeras frases, imaginar cómo irá vestida ella, anticiparse al primer contacto visual, sentir las violentas palpitaciones dentro del pecho, y, lo mejor de todo, saber que ese mismo momento, en su casa, ella está sintiendo exactamente lo mismo que tú, ¿hay algo mejor en el mundo? Nada es lo mismo cuando se tiene una cita. Todo, los objetos, el aire, el sol, la naturaleza, la gente, la ciudad, todo adquiere otro cariz. Una cita es un mundo aparte. Es, por así decirlo, desentenderse del mundo, decirle en alta voz: ¡no me importas nada, y ya no estoy bajo tus designios!

Todo esto sentía yo ayer antes de la cita con Cynthia. Cinco minutos antes de la hora convenida salí de casa y me dirigí a su calle, y recuerdo cómo revoloteaban mariposas en mi estómago y cómo respiré profundamente justo antes de doblar la esquina. Pensaba llamarla al telefonillo, pero allí estaba ya ella, sentada aburridamente en un banco enfrente de su portal, los codos en las rodillas y la barbilla apoyada en las manos, vestida con unos pantalones beige de cuadros y una chaqueta marrón. Iba preciosa, y no podía creer que esa chica a la que me acercaba y que ya me miraba hubiera quedado conmigo. Nos dimos dos besos en las mejillas, a iniciativa mía. ¿Porqué hice eso? Hay veces que soy un enigma para mí mismo y no acierto a comprender mis propias acciones. Supongo que estaba nervioso y que no quería que pensara mal. Pero, ¿por qué iba a pensar mal? ¿No hubiera sido mejor iniciar la cosa de una manera más natural, con un pico? ¿Por qué no lo hice, si lo estaba deseando? Pensamos en dónde ir y dijimos que al cine, así que a La Vaguada que nos dirigimos. Durante el paseo pensaba en si debía cogerla la mano o no, pero claro, después de los dos besos en las mejillas, no venía a cuento, y fui poniéndome cada vez más nervioso, y no sabía de qué hablar, y ella tampoco, y se hizo un silencio denso e incómodo, hasta que ella sacó el tema de qué película podíamos ver. Entramos en La Vaguada y miramos la cartelera. Después de deliberar un buen rato nos decidimos por Scream 2, mala como ella sola, aunque al menos después había algo de que hablar. Salimos del cine, dimos un paseo hasta Tirma y nos sentamos en un banco del parque que está al lado del Ibías, ese tan pequeño y que está rodeado de vegetación. "Ahora sí que no puedo fallar", pensaba. "Estamos aquí los dos solos, en un parque cerrado, donde no pasa casi gente. Tengo que lanzarme". Pero, como el día anterior, no lo hice, y nos mantuvimos a una distancia prudencial, demasiado prudencial... Dije estupideces y no actué de manera natural. ¿Qué pensaría ella? No lo sé, pero está claro que se la veía aburrida. Al rato nos levantamos y dimos una vuelta por el barrio. Nos despedimos en el mismo lugar que ayer, en la esquina de mi calle, con otros dos besos en las mejillas. Me dijo que hoy no iba a poder quedar y que me llamaría.

Cuando llegué a casa no sabía si estaba contento o decepcionado. Quizás las dos cosas. Contento, por un lado, porque al fin y al cabo había estado con ella y era un comienzo, y por algo hay que empezar y ya habrá tiempo de que las cosas vayan más fluidas. Y decepcionado porque la cita no había salido como esperaba. Todo lo que me había prefigurado en la cabeza falló. No hubo besos ni arrumacos y ella seguramente se aburrió. No sé, creo que aún no me creo lo que me ha pasado y estoy como paralizado. No me ha dado tiempo a reaccionar. Pero lo haré, es mía, está conmigo y la próxima vez todo saldrá mejor.

1 de julio
Estoy intranquilo y tenso pero a la vez ilusionado y expectante ante una próxima cita, en la que seguro que no cometeré los fallos del otro día. Estoy convencido de ello. Me dijo que me llamaría. ¿Lo hará hoy? Tengo el pálpito de que sí, y de que quedaremos. No debo estar nervioso, sino disfrutar de lo que me está pasando. Todo ha ocurrido demasiado deprisa, pero ya me voy ubicando. Estoy feliz, con una ilusión desbordante, porque yo, Sebastian, estoy con la chica que me gusta, que es la más guapa del mundo. ¿Alguien puede dudar de que es la chica más guapa del mundo? ¡Pobre iluso aquel que lo niegue!

Esta mañana he ido al instituto a entregar la documentación de la matrícula para el año que viene. Había una cola tremenda, y he estado esperando casi una hora a que me atendieran, y cuando al fin he entrado en esa calurosa y malholiente sala y me he sentado delante de la mesa tras la que había una señora muy fea y antipática, ésta, tras revisar rápidamente y con el ceño fruncido mis papeles, me ha dicho que me faltaban dos fotos de carnet. Le pregunté que si eran muy necesarias y me dijó que sí, y que cerraban en una hora. Así que salí de allí, vine corriendo a casa, cogí dinero, me hice unas fotos en el fotomatón y, siempre corriendo, volví al instituto y me coloqué de nuevo en la cola. Otra hora más de espera, que se hizo más amena porque me encontré con J. C., que también había tenido un problema, lo cual me tranquilizó. Entregué toda la documentación, que ahora sí estaba en regla, esperé a J. C. y volví a casa.

2 de julio
Si ayer me encontraba optimista y alegre por el porvenir, hoy no puedo decir lo mismo. Ayer no me llamó, y hoy ya son las siete de la tarde y tampoco ha sonado el teléfono. ¿Por qué no me llama? ¿Debería hacerlo yo? No, porque me dijo que me llamaría, y eso es lo que quiero, que me llame, coger el teléfono y escuchar al otro lado su dulce voz proponiéndome quedar. No puedo esperar más a quedar con ella y abrazarla y besarla. Porque la próxima vez, sí, voy a besarla hasta que se quede sin aliento. Hoy han liberado a los secuestrados por ETA. Uno de ellos, creo que Ortega Lara, estaba flaco y pálido y lucía una espesa barba. Lo metían en un coche, la gente le aplaudía, y en sus ojos no sé si había alegría o una angustia infinita. Han dicho que ha estado más de 500 días secuestrado. Han estado todo el día con ello en los telediarios.

Atención, está sonando el teléfono... es para mí...

3 de julio
No, ayer esa llamada era para mí pero no era ella, sino Pepe, que me decía de quedar. Estuvimos él y yo solos jugando al fútbol en las canchas del colegio hasta que anocheció. Al llegar a casa pregunté a mamá si alguien me había llamado, y me dijo que no, así que me fui a la cama triste y extrañamente desesperanzado. El 28 de junio me pareció de pronto un día lejanísimo e irreal, producto de mi imaginación, un bello recuerdo de algo remoto, un efímero amor de verano visto en alguna película o leído en algún libro, algo que pudo ocurrirle a cualquiera menos a mí. Esta mañana me he despertado casi indiferente, como dándolo todo por perdido, con esa resignación del que lleva muchos desengaños a sus espaldas y que ya no se sorprende de otra decepción más porque tiene el espíritu anestesiado. Y así he pasado el día, tirado en el sofá mirando la tele como un zombie, hasta que sobre las cuatro de la tarde ha sonado el teléfono. Al instante, casi por costumbre, he pensado que podía ser ella, pero a los pocos segundos me he reído de mi ingenuidad. "Sebastian, ponte", me dijo mamá. "Será Pepe o J. C. para bajarnos a dar una vuelta por Tirma", pensé. Cogí el teléfono y, al otro lado, como venida de los lugares más recónditos de mi alma, desde el lugar de los deseos, habló una voz femenina y delicada. Un chispazo de ilusión prendió en mi interior y de repente la vida adquirió otro color. ¡No podía ser otra, era ella! Yo creo que debió de notar mis sucesivos estados de sorpresa, alegría y nerviosismo, aunque yo intenté darle a la voz un tono de despreocupación. No duró mucho la conversación, y en suma me dijo que quedábamos a las siete y media en la esquina de mi calle, un poco más tarde que el otro día porque antes quería ver a sus amigas. Colgué el teléfono y me puse a dar saltos. Nunca hay que dar las cosas por perdidas hasta que realmente se está muerto, y esto no hace más que darme una descomunal inyección de fuerzas. Ahora sí que no voy a cometer los mismos errores, va a salir todo a pedir de boca, y se presenta un verano como jamás había soñado...