martes, 1 de mayo de 2012

LA BUSCA

 "La alquimia del estilo, que a veces afea cuanto toca" (Benito Pérez-Galdós por boca del héroe Gabriel Araceli)
Antes que nada, una precisión: hay escritores y novelistas. Ambos términos son respetables, pero, a mi juicio, no siempre significan lo mismo. No todo escritor es novelista, aunque algún escritor crea que sí lo es, o que puede serlo. Yo escribo novelas, estoy aquí hoy como novelista, y la función de mi escritura, mi móvil, es contar historias. A través de esas historias, por supuesto, transmito una interpretación del mundo. Lo que cuenta es la confrontación del lector con ese punto de vista, que lo acepte o no lo acepte, que el lector asuma las reglas del viejo contrato: esto es una ficción, más o menos real, más o menos compleja, y de ti depende lo que hagas con ella. Yo suministro materiales narrativos, sociales, estéticos, morales, etcétera. Respondo de la honradez profesional con que han sido estructurados.
Ése es mi compromiso: contar una historia de forma eficaz. Pero cuando el lector pasa las páginas y proyecta en mi novela su mundo, su vida, sus lecturas anteriores, su ideología, eso ya no es cosa mía. Mi libro es ahora su libro. Que le divierta un rato o que cambie su vida ya no es asunto mío. Escribí lo que quería porque me gusta escribir, porque así vivo otras vidas además de la mía, porque ajusto cuentas con el mundo, porque me pagan, por lo que sea. Y me leen porque quieren leerme. Mi responsabilidad termina en el momento en que entrego el mejor texto posible a mi editor. He dicho alguna vez en público que no quiero ser referente moral ni partero intelectual de nadie.
Admiro a quienes lo son sin pretenderlo, respeto a quienes lo procuran con merecimientos, y desprecio a quienes lo pretenden sin fundamento, pero yo estoy fuera. Cuento historias, las que me apetecen, las que creo conveniente contar, y lo hago sin sentarme cada día a trabajar con el pesado fardo de la responsabilidad moral de autor o artista sobre los hombros. Soy un leal mercenario de mí mismo, de mis gustos, de mis aficiones, de mis sueños, de mi imaginación, de mis amores y de mis odios. No soy un teórico, ni tengo dogmas que transmitir, ni he sido tocado por la gracia. Escribo novelas y la gente las lee. De momento. Detalle que me permite vivir de esto y seguir escribiendo más novelas. Y debo decir que si estas jornadas se llamaran "La literatura ante el nuevo milenio", "El futuro de la novela" o algo así, yo no estaría aquí. No sé cuál es el futuro de la novela, y la verdad es que me importa un rábano el futuro de la novela. Hay ya suficientes novelas, buenas novelas, escritas, para que yo pueda leer y releer el resto de mi vida sin que nadie, ni yo mismo, escriba una sola línea más. El que quiera, que vaya y las lea, y si no las leen, tampoco pasa nada. Nunca entendí muy bien esa obsesión de algunos por que los demás lean. Tal y como están las cosas, cuanto menos, mejor: menos ruido, y menos colas, y menos chicles pegados en el suelo habrá en las bibliotecas. Como dice mi amigo Pepe Perona, maestro de gramática, cuantos menos seamos, más nos reiremos cuando los bárbaros lleguen -o regresen- de una vez. Y los bárbaros llegarán. Como decía uno que hacía versos, "traen soluciones, después de todo".
En cuanto al presente, la teoría literaria, la crisis o el auge de la narrativa, de la creación artística y todo eso, también me importan poco. No sé por qué no hay lectores para algunos que se lamentan de no tenerlos, ni sé por qué los hay para otros. Yo tengo lectores, y me alegro. La vida a veces se porta bien, y no me quejo. Pero he dicho varias veces, y quiero repetirlo, que yo no soy más que un novelista accidental. Lo que soy en realidad es un lector contumaz, que incluso cuando escribe lo que hace en realidad es leer una vez más. Leer de un modo particular tal vez, releer los libros que amé y que amo, amueblarme el mundo a la luz de mi vida y de mis sueños con todos aquellos libros que me permitieron precisamente vivir mi vida y avivaron mis sueños, con los libros que son mi verdadera patria y mi memoria, los que me permitieron ordenar el espacio, y el tiempo que me queda. Aquí, en lo mío, no hay mucho arte. A lo mejor ése es el problema, que hay demasiada gente que se toma la novela como un arte, incluso como una misión sagrada, y no como lo que algunos entendemos que es: un noble oficio, con algo tal vez de inspiración, de arte quizá, o de talento, y una gran parte -la mayor- de disciplina y de trabajo. Crear mundos complejos y verosímiles y ponerlos en circulación. El lado solemne de la literatura prefiero dejárselo a gente que se pone de perfil ante el espejo de la crítica, las mesas redondas y las tertulias literarias, y a algunos que viven del cuento de contar no cómo son, sino cómo deberían ser los libros que escriben otros. Los libros que ellos, naturalmente, escribirían con suma facilidad si quisieran. Lo que pasa es que no quieren. Yo sí quiero. Cuando no estoy por ahí me levanto a las siete de la mañana, hago ejercicio, me doy una ducha y trabajo entre ocho y diez horas diarias. A mí lo que me preocupa es resolver con eficacia mis propios problemas narrativos, y eso es algo que resuelvo escribiendo, buscándole las vueltas, releyendo y subrayando a la gente que supo hacerlo bien. Eso me ocupa el tiempo suficiente como para no ir por ahí explicando a los demás cómo tienen que hacer las cosas ni al lector lo que debe o no debe leer, entre otras cosas porque no hay un método ni un sistema para escribir ni tampoco para leer. Uno debe leer o escribir o leer lo que le apetezca y como le apetezca, y atenerse a las consecuencias. Desde mi punto de vista, que a lo mejor no es objetivo ni extraordinario, pero es el único que tengo, escribir una novela es contar una historia, o sea, resolver un problema narrativo buscando el camino más eficaz para conducir al lector del punto A, que es el planteamiento, al punto C, que es el desenlace, pasando por el B, que es el nudo. Asquerosamente clásico, ya sé, pero hasta la fecha no creo que se haya inventado nada mejor, sobre todo si se acompaña con los puntos, las comas y los puntos y coma en su sitio. Un problema narrativo, decía. Y cuando tengo problemas narrativos que resolver no desnudo mi alma en las entrevistas, ni le echo la culpa al desfallecimiento creativo, ni intento justificarme diciendo que el público es imbécil, ni ataco a Javier Marías o a Mario Vargas Llosa porque en vez de esto escriben aquello, ni me quejo de que el mundo no me comprende.

Busco en los libros, en autores como Stendhal, Homero, Conrad, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoyevski, Stevenson -o incluso en gente tan maltratada como Agatha Christie, John Le Carré, y hasta en Ken Follett si me hiciera falta- los recursos, los mecanismos, las herramientas del oficio, que me permitan llevar al papel del modo más eficaz posible la historia que tengo en la cabeza. No crean que he citado a Follett como provocación. Durante todo un año juvenil viví en casa de un familiar que tenía en su biblioteca todos los best-sellers americanos y toda la novela policiaca de los años 50 y 60: Vicky Baum, Zane Grey, Frank Slaughter, Frank Yerby, Somerset Maugham... Lo leí todo, por supuesto. Ese año fue para mí decisivo en cuanto al aprendizaje de utilísimas técnicas narrativas que, aunque yo no podía imaginarlo entonces, iban a serme muy útiles cuarenta años después. Cuando se llevan, como es mi caso, casi cincuenta años de una vida de 56 leyendo ininterrumpidamente, a uno no le importa citar nombres y estilos y géneros sin el menor complejo. Nada tengo que hacerme perdonar como lector. Habiéndolos leído a todos, debo más a Homero que a Joyce, más a Dumas o a Balzac que a Faulkner, más a Bernal Díaz del Castillo que a Malcolm Lowry, más a Quevedo, Cervantes, Clarín o Dostoyevski que a Cortázar o Ferlosio, y más a un sólo libro de Agatha Christie, El asesinato de Rogelio Ackroyd, por ejemplo, que a la mayor parte de los autores aplaudidos por la crítica oficial en el último medio siglo. Cuando escucho a un autor quejarse del sufrimiento de la creación literaria siempre digo lo mismo: "Escribir no es obligatorio, déjalo, no sufras, no merece la pena".
No te lo van a agradecer, de verdad, tanto esfuerzo, tanta originalidad y tanto sacrificio. El acto de escribir literatura, o novela, como es mi caso, lo entiendo como un acto de felicidad, de diversión, un disfrute para la imaginación propia, y una buena oportunidad de recontar el mundo a mi manera, quizá porque durante veintiún años, en otro tipo de vida que nada tiene que ver con lo que aquí me ha traído, viví en un mundo que no me gustaba en absoluto. Escribo sobre todo porque soy lector, y supongo que a fin de cuentas intento ordenar esos casi cincuenta años de lectura a la luz de mi propia experiencia y de mi propia vida. Allá cada cual con los motivos por los que escribe. Yo no tengo ninguna misión, como dije, educativa ni cultural, ni pretendo hacer al lector más listo, más libre o más sabio. Me parece bien que haya escritores que se dejen la piel, la carne y la sangre, pero ése no es mi caso, y cuando lo es no voy por ahí dándole tres cuartos al pregonero. La piel me la he dejado en lugares que sólo son asunto mío, y a la hora de escribir lo que deseo es ser feliz, y lo soy dentro de lo que cabe. Soy feliz porque me divierto multiplicándome en diversos mundos, vidas y situaciones, y la diversión –creo que eso se lo hago decir incluso en El Club Dumas a uno de mis personajes- ya es motivo suficiente para escribir o leer una novela. Si además hay otras cosas, mucho mejor, pero divertirse es imprescindible. Otra cosa es la dureza diaria de un trabajo a veces agotador, que puede llevarte a veces, si se te va la mano, hasta la locura. Los fantasmas que te acompañan al escribir, por ejemplo, en El pintor de batallas. Pero ése es también sólo asunto mío, y cuando vienen mal dadas no ando por ahí lloriqueando en el hombro de críticos, de lectores y de suplementos literarios. Los andamios de la obra y los albañiles muertos no le importan al que va a habitar el edificio. Lo que cuenta es la casa, construida. Durante algún tiempo se nos quiso imponer una idiotez victimista que además es mentira: la literatura difícil, minoritaria y poco leída era la única que valía la pena. La otra era prescindible y superficial, culpable de la facilona vulgaridad de contar cosas, como si contar cosas fuera fácil, y de ser bien acogida por el ciego y necio vulgo. Profundidad, amenidad y muchos lectores eran, por tanto, incompatibles. Todavía recuerdo una crítica de los años 80, en el Babelia de entonces, precisamente, afirmando en las últimas líneas, tras demoler a un libro -que no era mío- y a su autor, que si tal novela no fracasaba por completo, era debido, cito, "a que tenía una sólida estructura y unos personajes creíbles". Eso la libraba de fracasar por completo. Todavía hoy, después de Umberto Eco, de John Le Carré, a estas alturas de la feria -del libro- hay imbéciles que sostienen que lo importante es que el martillo tenga mango de ébano y cabeza de marfil, no que clave clavos. Me refiero a los que ignoran que ya Aristóteles, en la Poética, advertía de los peligros de mucha "elocutio" y poca "dispositio", entre otras cosas, supongo, porque nunca en su vida leyeron a Aristóteles...
Hablo de quienes olvidan o ignoran un principio elemental que ya apuntaba Stevenson: si un presunto novelista no tiene nada que contar, por mucho bello estilo que maneje lo mejor es que se calle. Que cierre la boca, que deje las saturadas mesas de novedades de las librerías en paz y se vaya a hacer puñetas. También, fiel a mi costumbre de hacer amigos, detesto con toda el alma a los creadores de opinión literaria cuya memoria empieza ayer por la tarde, los que no se manejan más que de Cortázar para acá. Lo hacía sin complejos hace exactamente veinte años, cuando empecé a publicar, y lo hago ahora: me refiero a algunos cagatintas analfabetos, si tenemos en cuenta a qué oficio se dedican, que de pronto, a causa de una edición reciente de algo, puesta de moda, descubren a Stefan Zweig, a Henry James, a Thomas Pynchon, a Chateaubriand o a Montaigne, a quienes no habían leído antes en su vida, o a quienes denostaban directamente. ¿Quién respetaba a Zweig, a Schnitzler o a Joseph Roth hace treinta años en España excepto aquellos que los leíamos? También sobre Conrad, que ahora no se le cae a nadie de la boca, debo recordar cómo algunos le perdonaban la vida en España hace sólo treinta o cuarenta años. "Escritor de mar, ya saben, aventura y todo eso, cosa menor, tipo Stevenson, otro que tal". Me refiero, en fin a ciertos críticos o columnistas culturales que se apresuran a contarnos de un día para otro, con el sospechoso entusiasmo del converso reciente, lo imprescindible -palabra mágica- que son esos autores y cómo se tutean con ellos de toda la vida. Hablo de algunos parásitos iletrados, o esnobs, que con sus recomendaciones estuvieron a punto de dejar a la literatura española sin lectores en los años 80 y 90, aunque por suerte nadie les hizo al fin demasiado caso, y que ahora incluso, sin rubor alguno, se atreven a escribir a veces ellos también novelas vanidosas e infumables, que encima justifican -a la vejez, viruelas- como divertimento o juego de géneros. Hablo de aquellos individuos que en su momento, por citar un ejemplo clásico, leyeron La vieja sirena, de José Luis Sampedro, y aseguraron tan campantes que se notaba mucho en el libro la influencia de Mika Waltari, olvidando -o mejor dicho, ignorando- que Sampedro leyó desde niño, y trufó el libro con referencias a ellos, a Apolonio de Rodas, Suetonio, Herodoto, Homero y Virgilio, entre otros, autores a los que ese crítico o críticos no habían leído, naturalmente. Tal es el problema cuando un cretino elabora teoría literaria a partir de sus propias limitaciones, juzgando la obra de los demás a la luz mediocre de sus propias limitaciones culturales. Esa memoria literaria es, desde mi punto de vista, la verdadera patria del lector y del escritor, la matriz de la que parte todo. Hace un tiempo un buen amigo mío, Julio Ollero -que editó la primera edición de El maestro de esgrima en Mondadori, y para quien escribí luego Territorio comanche- me propuso a modo de juego que elaborase la lista de los cien libros que de una u otra forma más habían influido en mi vida. Me puse a ello por curiosidad, y para mi sorpresa descubrí que de esos cien libros, la mayor parte los había leído antes de los veinte años.
Y siguiendo con la sorpresa, a la hora de reflexionar sobre ello y establecer relaciones, caí en la cuenta de que en realidad los siguientes años de mi vida, el resto de mi vida, lo que he hecho ha sido buscar en los viajes, en los amigos, en todo lo demás, la huella que esos libros me dejaron, y a reescribirlos como novelista una y otra vez bajo luces diferentes. Todavía ahora, cuando tengo dificultades a la hora de resolver ese problema narrativo al que antes me refería, acudo a ellos con toda la humildad profesional de que soy capaz, como quien acude a casa de un viejo y sabio maestro, a pedirles consejo, a buscar soluciones técnicas, a recobrar ese estado de gracia maravilloso del lector -e insisto en que lo de "escritor" sigue siendo secundario- que abre un libro como quien abre la puerta de un mundo lleno de hermosas posibilidades. Tuve la suerte de empezar a leer muy pronto. Vengo de una familia con biblioteca grande, y eso facilitó las cosas. Entre los seis y los doce años fueron sobre todo libros de aventuras y de historia. Luego maduré como lector, ya no leía, como antes, cualquier cosa que cayera en mis manos, sino que empecé a especializarme en géneros, a seleccionar, a buscar ingredientes concretos en los libros, y cuando los encontraba éstos se convertían en lecturas favoritas que releía y que aún releo con un lápiz en la mano, aprendiendo siempre. Realmente, mi oficio de escritor, mis estructuras novelísticas, la técnica narrativa, la dosificación de efectos profesionales que enganchen al lector provienen en origen de ahí. Me estoy refiriendo a los libros que mayor placer me han causado en la vida. En el folletín del siglo XIX, lleno de defectos pero también de virtudes, aprendí sin quererlo la técnica del oficio. Por esa puerta me introduje en la gran novela europea y norteamericana de finales del XIX y primer tercio del siglo XX. Y, sin darme cuenta, esas lecturas, con los clásicos griegos y latinos de mi infancia y los siglos XVI y XVII españoles como herramientas, fueron conformando poco a poco el territorio en el que muchos años más tarde se asentaría el novelista que yo ni siquiera sospechaba entonces.
Quizá por eso para mí escribir es también un ejercicio de nostalgia. Todavía ahora, al leer páginas sueltas de La Eneida, La cartuja de Parma, La montaña mágica o cualquier otro libro de aquellos puedo recordar sin esfuerzo la ropa que llevaba puesta el día que llegué a aquellas páginas, la voz de mi madre en la terraza, y el olor de la tierra y la lluvia en el jardín. En realidad, igual que, dicen, el hombre intenta volver al regazo materno, yo, tras haber vivido el mundo real, intento ahora con mis novelas tal vez volver a mis libros de juventud, los libros que me llevaron a enrolarme a bordo de la Hispaniola con Long John Silver y viajar con ellos a la Isla de los Piratas, antes de embarcarme en el Pequod, que era un barco más serio, a arponear ballenas que matan a los hombres y matan a sus sueños. Libros a los que ahora, de regreso de islas y naufragios, con el saco marino lleno de cosas que pude salvar, intento recuperar y reescribir trufados de mi propia vida, del mismo modo que los viejos marinos varados en tierra narrar y recuerdan fabulosas historias junto al fuego de la chimenea de la posada del Almirante Benbow, mientras afuera cae la lluvia y se escucha el ruido del mar. Lo otro, lo original -palabra dudosa a estas alturas- se lo dejo a los artistas, cuyos nombres callo, por respeto, naturalmente. Que inventen ellos, los que no buscan éxitos de ventas ni dinero, sino la sobria y seca gloria inmortal, la alta literatura para paladares exquisitos, planteada como ética, como, estética e incluso como sintética.
Son esos autores a los que, según ellos, les dicen que han vendido mil ejemplares de un libro y les dan un disgusto de muerte. ¿Qué van a pensar en Babelia, o en La vanguardia, on en ABC si tengo demasiados lectores?, se preguntan, o se deben preguntar, desolados, supongo. Yo apunto más cerca, más elemental, a leer, a escribir y a navegar en mis ratos libres. Y como novelista de infantería, aparte de ganar lo suficiente para publicar lo que me apetece y no tener que darle la mano a nadie que no me guste, me conformo si acaso con dar un pequeño pasito que ponga en circulación de nuevo la vieja materia que sigue estando ahí. No se trata de escribir otra vez lo ya escrito, aunque también hay quien se dedica a eso, sino de quitarle el polvo y ponerlo al día en la medida de mis limitadas posibilidades, contando historias para el lector de hoy sin renegar de la manera en que siempre se contaron: el héroe, el combate, el tesoro, el enigma, la traición, la muerte, la derrota, la venganza, por ejemplo, palabras casi todas literariamente incorrectas para algunos pajilleros de la vacuidad inane, capaces de elogiar, e incluso de escribir, novelas cuyo fascinante argumento es precisamente la imposibilidad de escribir una novela. Lo otro son para ellos asuntos muy trillados, faltaría más. A fin de cuentas, ¿qué escritor es capaz de contar hoy algo importante cuya trama básica, y eso es verdad, no esté apuntada ya en Homero, Sófocles, Eurípides, Cervantes o Shakespeare? Para saber qué siente un don nadie divorciado viajando en metro, por ejemplo, no necesito leer trescientas páginas donde un pelmazo juega a ser novelista masturbando a la perdiz: me basta con divorciarme y tomar el metro. Salvo que quien viaje en metro sean Don Quijote o Ulises, por supuesto, y quien me lo cuente sean Cervantes o el barón Corvo, por ejemplo, pero no suele ser el caso. Antes hablé del mar, y no lo hice como simple imagen literaria. Los libros sobre el mar, y el mar en sí mismo, forman parte importante de ese territorio del que estamos hablando. Fue en el mar donde un día, con diecinueve años, cogí una mochila llena de libros, me enrolé en un barco y me puse a viajar. En un tipo con mis antecedentes literarios, lo del mar como punto de partida era obvio. El mar es el más clásico de todos los clásicos que nutren la novela de aventuras o la aventura en la novela. Tiene todos los ingredientes: el viaje, lo desconocido, el peligro, la furia de los elementos, la libertad, el combate, el tesoro, la Historia... Y además, el mar genera personajes de incalculable riqueza novelesca. El caso es que yo también tuve mi mar, y viví lo que quería vivir. Supe lo que era capear un temporal con las olas barriendo la cubierta y mirando al capitán, agarrado al puente, como quien mira a Dios. Supe lo que era tener en la mano una navaja o una botella rota, y poco a poco todo aquello que había imaginado o que había leído en los libros fue materializándose a mi alrededor: la guerra, los amigos, el amor, la muerte, y todas esas cosas.
No he llegado a ver arder naves más allá de Orión, pero he visto arder bibliotecas en Sarajevo, he visto hombres despedirse de sus mujeres en las murallas de Troya, que siempre son las mismas, y un atardecer rojizo toqué fascinado en mitad de un desierto los restos oxidados de los trenes que voló el coronel Lawrence. Tengo el orgullo legítimo de poder escribir y decir en voz alta que mis novelas, entre otras cosas, las escribo con todo eso, que nadie me las ha contado. En cierta ocasión, durante una larga conversación con Javier Marías, que es mi amigo en el sentido exacto que tiene la palabra "amigo" en las palabras que hoy les dirijo, llegamos a una conclusión curiosa, -al menos yo, no sé si él la sigue compartiendo-: son los nuestros caminos muy diferentes como novelistas, habiendo partido sin embargo del mismo territorio como lector.
Una de las diferencias quizá estriba en que él quiso ser desde muy joven el autor de los libros que había amado, y yo quise ser desde muy niño el personaje de esos mismos libros. Quizá eso defina bien dos formas, ambas entre las muchas honorables, de entender la literatura, los libros y la vida. A veces Javier y yo nos imaginamos los dos en el salón del "Titanic" jugando a las cartas mientras el barco escora, riéndonos de tanto charlatán habitual que de pronto busca descompuesto un bote salvavidas, impasibles, no por coraje, que eso es cosa de cada cual, sino por simple reputación. Y no creo que Mario Vargas Llosa hiciese mal papel en ese "Titanic", porque Mario es de los que sabe ahogarse como caballeros también. En realidad, como ven, que alguien que se inició como lector apasionado y se hizo reportero por culpa de la literatura regrese a allí de donde vino no sólo no es una paradoja, sino que es lógico, incluso como aventura. No es casual que yo sea un escritor tardío, muy tardío. Hasta entonces había estado demasiado ocupado para sentarme a escribir. No tenía necesidad ni ambición de ello. Recordemos que según los cánones del género, por aventuras entendemos un viaje lleno de peligros o descubrimientos a cuyo término el protagonista encuentra la felicidad o la decepción, pero que en cualquier caso ha progresado en el conocimiento de sí mismo y del mundo en el que ha vivido, y es exactamente eso, como en el juego de la oca, al llegar a la casilla 36, como el peregrino medieval al llegar a Santiago, como el ya curtido Jim Hawkins que desembarca al final de La isla del tesoro más maduro y sabio, como el Ismael al final de Moby Dick agarrado al ataúd calafateado de su amigo el arponero Queequeg cuando el "Pequod" se ha ido a pique. Quizá por todo eso, porque mi memoria conserva vivos todavía esos fantasmas -que dicho sea de paso son queridos compañeros de viaje y de vida, compatriotas y amigos- sea que mis novelas siempre responden a la estructura de movimiento, de un viaje o aventura, aunque a veces sea urbana, o de un juego sobre todo. Puede ser un juego de iniciación o un juego mortal, el descubrimiento de la guerra, el cruce de la línea de sombra por parte de un joven subteniente de caballería, los sucesivos movimientos y estocadas de un asalto de florete, el ajedrez como clave de la vida y de la muerte, los libros como aventura y como patria, las trincheras que los pequeños peones olvidados se inventan para sobrevivir, la mujer como enigma y como respuesta, la pintura de batallas como balance de una vida, los mercenarios honestos, los héroes cansados... Todo eso a la luz de la vida que he vivido: sueños, odios, amores, victorias, derrotas y también mis amigos, los vivos y los muertos. Y cuando me siento a soñar, a leer, a releer, a imaginar una historia, convoco en mi ayuda a la gente que conocí, amigos y enemigos, adversarios y compañeros, pero también a las viejas sombras de Alicia, Holmes, Eneas, Ulises, Aquiles y la tortuga, Scaramouche, Bradomín, Pedro Blood, el capitán Garfio, Sancho, Don Quijote, Patricio del Dongo, Hans Castor, Sam Spade, Hércules Poirot, Lagardère, Jean Valjean, Ana Ozores, Gabriel o aquellos diez mil compañeros con los que durante todo un curso escolar, mucho antes de vivirlo en propia carne diez años después en Eritrea, me retiré hacia el mar de retorno a Grecia. Sería de miserables no reconocer públicamente la deuda que tengo con todo eso. Por ello, en estos tiempos en que tan fácil es traicionar a un amigo, encuentro un singular placer, que a veces convierto en desafío abierto sin el menor complejo, en proclamarme alto y claro fiel a esos viejos amigos, mis primeros amigos, que podría seguir citando durante horas: Athos, Edmundo Dantès, Jim Hawkins, Irene Adler, Mowgli, Watson, el príncipe Salina, Nemo, el dinamitero de Jordan, el joven Faversham, Milady, Ruperto de Hentzau, Gulliver, Acab, Ojo de Halcón y tantos otros. Todos ellos siguen vivos mezclados con mi propia vida en cada una de las líneas que escribo, y en ese lugar impreciso de la imaginación y del sueño, en ese Valhalla o Grandes Cazaderos, que es el lugar a donde van cuando mueren -y así no mueren- los valientes. Mienten como bellacos quienes afirman que el tiempo de esos personajes ha pasado. Lo que ocurre es que quizá tanto autores como lectores han perdido la inocencia de antaño. Escenarios inmóviles han cambiado y la novela ahora exige estructuras diferentes, adecuación a lo que el lector ve y vive por otros medios, provocaciones y sacudidas diferentes, procuradas cuando es necesario con armas tomadas del cine, de la televisión, de internet, de lo que sea, armas arrebatadas al enemigo si hace falta. Pero el estremecimiento ante lo desconocido, el miedo, el combate franco e interior, el enigma cuya solución está en el fondo de uno mismo, el misterio del barco hundido, la amistad, el viento silbando en la jarcia, la verdadera libertad que sólo empieza a diez millas de la costa más cercana, las lejanas y benditas islas adonde nunca llegan órdenes de captura, todo eso sigue vivo en la mente y en el corazón del hombre, hoy como ayer.
Si un día los novelistas nos dedicamos sólo a imaginar historias romas y razonables, y nos limitamos a escribir novelas sobre la insoportable levedad de nuestra propia imbécil levedad, que el diablo se apiade de nosotros y de nuestros lectores. Fue Robert Louis Stevenson quien escribió este poema como introducción a La isla del tesoro y a mí me sirve hoy como final de lo que les acabo de leer: "Si los cuentos que narran los marinos hablando de temporales y aventuras, de amores y odios, de barcos, islas, y perdidos robinsones, y bucaneros, y enterrados tesoros, y todas las viejas historias contadas una vez más de la misma forma que siempre se contaron, encantan todavía como hicieron conmigo a los sensatos jóvenes de hoy, ¿qué más pedir? Pero si no fuera así, si tan graves jóvenes hubieran perdido la maravilla del viejo gusto para ir con Kingston, el valiente Ballantyne, o con Cooper, y atravesar bosques y mares, bien, así sea. Pero que yo pueda dormir el sueño eterno con todos mis piratas junto a la tumba donde yacen ellos y mis sueños".

Arturo Pérez-Reverte. Conferencia de las jornadas Lecciones y maestros. Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Santillana del Mar, Cantabria.

jueves, 26 de abril de 2012

ESCENAS DE LA VIDA DIARIA

Son las x:xx. En la biblioteca. A punto he estado de no venir a escribir. No tenía gana ninguna, y más me hubiera gustado zascandilear por ahí, entre librerías de viejo y lecturas reposadas en un banco de un parque urbano cualquiera. Eso es lo que tocaba, lo que, nada más abrir los ojos, he planificado para esta mañana de abril. La causa de que finalmente haya decidido venir y no fallar a mi cita con las teclas es bien prosaica y comprensible. Ni sentido de la responsabilidad y del trabajo ni gaitas: he venido porque llueve, lo cual desaconseja estar dos o tres horas seguidas a la intemperie, sin objeto alguno, nada más que por pasar el tiempo.

Es una lluvia menuda y fina, como norteña, de esa que se mete en los ojos, hace fruncir el ceño y moja poco a poco, pero moja. La lluvia es como la tristeza, no en el sentido típico de lo luctuoso de su imagen, sino en los distintos tipos de precipitar que tiene la naturaleza. Del mismo modo, la creación nos ha fabricado con distintos modos de estar triste. Hay tristezas repentinas, explosivas y breves, como las tormentas, y hay también tristezas como la lluvia de hoy, casi imperceptibles, aparentemente inofensivas, pero asombrosamente persistentes, austeras, disciplinadas y silenciosas. Esas tristezas son las peores, las más lacerantes. Las primeras no dejan poso, las segundas, cuando llegan, quizá no se marchen jamás.

Lo peor es que esta lluvia me ha pillado por sorpresa. Los días anteriores no me preocupé de informarme de la predicción meteorológica, y no entraba en mis planes. Después del invierno más seco que se recuerda, este abril ha habido escasos días de sol. No parece primavera, desde luego, al menos la primavera que todos tenemos en nuestros cánones mentales. Sigue haciendo más bien frío, y la única diferencia con el invierno es que anochece más tarde y que los árboles tienen algunas hojas más. Por lo demás, todo es lo mismo. Esa electricidad ambiental de la primavera aún no ha aparecido. El tiempo ha ido pasando sin darnos cuenta, y ya casi estamos en mayo. ¿Dónde quedaron los otros abriles de nuestra vida? ¿Cómo fueron? ¿Cómo afectaban a nuestra fisiología, cómo alteraban nuestras hormonas, cómo nos impelían a que nos enamoráramos? Qué fácil se olvidan las cosas más naturales y sencillas.

Mis dudas sobre si venir o no a la biblioteca se han alargado hasta el último segundo, prácticamente hasta traspasar la puerta del edificio. Pero la lluvia y la tremenda fuerza de la inercia y la costumbre me han traído hasta aquí. Al fin y al cabo, aquí se está tranquilo, caliente y seco. Estoy en la mesa del fondo, la de la esquina, donde escribí hace casi ya tres años buena parte de mi novela inacabada. Es, sin duda, el mejor lugar para escribir. Está uno más o menos al margen de todo, a salvo del excesivo tráfico de usuarios y posibles conocidos que vengan a saludarnos. Es, con diferencia, la ubicación más tranquila de toda la biblioteca. Ahora mismo estoy solo en la mesa, rodeado de varios libros de los escritores admirados que hojeo de vez en cuando, para darme ánimos y seguir escribiendo.

Hace unos minutos estaba sentada en una silla destinada a la lectura de cómics una chica negra, de formas volcánicas, bastante guapa. Tendría unos dieciocho o veinte años, como mucho. Nos hemos mirado un par de veces. No leía un cómic, sino un libro, un libro cualquiera, más bien grueso. Tenía esperanzas de que se quedara ahí un buen rato y continuar nuestro idilio ocular, pero no ha permanecido ni cinco minutos. Es una pena. Se podría haber acercado, haberse sentado a mi mesa enfrente de mí, con delicioso descaro. Habría sido vivificador una leve tensión sexual –aséptica, inocente- en una mañana tan gris y aburrida, tan inesperadamente gris y aburrida. No ha podido ser. Hay días que las cosas no están por suceder. ¡Qué le vamos a hacer!

Después ha venido un viejo, que ha hojeado un par de libros y se ha ido. Vuelvo a estar solo en esta mesa. Hoy la biblioteca sí parece una biblioteca, porque está silenciosa, inusualmente silenciosa. Se ve que la lluvia nos vuelve más silenciosos a todos. Los pueblos silenciosos siempre están al norte, y los bullidores, al sur. No debe extrañar. Hoy, este lugar parece Konigsberg, o algo así. Las venerables señoras de la limpieza hace tiempo que se fueron y no molestan con su desconsiderado parloteo. Sólo se escucha, de vez en cuando, ese sonido crujidor, amable, de las hojas de los libros pasando. También el del tecleo de mi ordenador. Son sonidos estos que, lejos de molestar, mejoran la concentración, predisponen a ella.

También la lluvia, una lluvia como la de hoy, fina y menuda. Es mucho más fácil escribir en un día así –aunque uno no contemple la lluvia, basta con imaginarla, con saber que está ahí fuera- que en uno soleado y caluroso. En días así, uno puede sentirse verdaderamente feliz de ser escritor, y se diría que hay gente que se hace escritor en días así, otros desearían ser escritores cuando se topan con un cielo como el de hoy y algunos pensarán que en días así no se puede ser otra cosa que escritor.

En fin, a falta de otra cosa –a falta de todas las demás cosas-, me gustaría seguir tomándole el pulso a esta mañana silenciosa y tranquila, angustiosamente bella, pero me temo que, como los pájaros que quieren ser libres, se me escapa de las manos.

lunes, 23 de abril de 2012

MISCELÁNEA (Señoras de la limpieza, Richard Feynman y Borges cuántico)

El físico norteamericano Richard Feynman

El espectáculo de las venerables señoras de la limpieza de la biblioteca. Son tres. Cada día las veo juntas, hablando entre ellas, sentadas cada una en un taburete de plástico, delante de las estanterías colmadas de libros, con un plumero en la mano, calzadas con alpargatas y ataviadas con esos uniformes de tonos claros que parecen de enfermera. En este momento hablan, entre bostezo y bostezo, sobre no sé qué asuntos amorosos, laborales y familiares. Una de ellas, sudamericana y grotescamente obesa, es la que lleva la voz cantante de la conversación. La segunda, española, larguirucha y descolorida, asiente a lo que dice su compañera mientras restriega el plumero por los libros que tiene delante, seguramente no tanto para fingir que está trabajando –nadie puede exigirles cuentas aquí-, sino por aplacar los nervios, por tener las manos ocupadas, por filtrar ansiedades y aburrimientos. La tercera, también sudamericana y más grotescamente obesa aún, se ha desmarcado de la conversación, ha agarrado un libro y sin ningún miramiento se ha sentado a hojearlo en la misma mesa en que yo escribo. También entre bostezo y bostezo pasa páginas como quien come pipas, sin detenerse en una sola frase. Al poco, se levanta y coloca el libro donde estaba, o en un hueco cualquiera. Tiene puestos unos cascos, y tararea una canción cuyos elementales ritmos llegan, atemperados, hasta mis oídos. De esta estampa absolutamente real y transcrita en riguroso directo no asombra tanto la indolencia, la escandalosa dejación de funciones, como lo que tiene de costumbre y premeditación. No hay simulación alguna, ni se recatan en hablar sin interrupción en una biblioteca, donde el silencio debería ser la divisa irrenunciable, y donde un susurro suena como el golpe del hierro contra un yunque. Ninguna se preocupa lo más mínimo de aparentar que hace algo, y ni siquiera las miradas reprobatorias de algunos usuarios las hace asomar el más leve indicio de cargo de conciencia. Así están varias horas, las que dura su turno de trabajo, que generalmente termina a las doce. A esa hora, se van las tres juntas a unos vestuarios secretos y, cinco minutos después, salen, con ropa de calle, también juntas y con la misma charla que llevaban, con cara de deber cumplido.


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Esta mañana he terminado de leer el relato de Borges El jardín de los senderos que se bifurcan, de su volumen de relatos Ficciones. Con Borges me ocurre siempre lo mismo, en la misma secuencia: ilusión por leer sus escritos, incomprensión por su exigencia, fascinación transitoria por algunas ideas y, al final, una cierta sensación de decepción, por no sé qué motivos, seguramente no atribuibles a Borges. En este relato, escrito hacia 1940, dice: «Casi en el acto comprendí; El jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase “varios porvenires (no a todos)” me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts´ui Pên, opta –simultáneamente- por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. (…) En la obra de Ts´ui Pên todos los desenlaces ocurren.» Es una idea asombrosamente parecida a la propuesta por el físico Richard Feynman veinte años antes enmarcada dentro de la mecánica cuántica, llamada «trayectorias sumadas», que consiste en que las partículas –tales como el electrón- no hacen otra cosa en realidad que seguir todas las trayectorias posibles –en realidad, un número infinito- a través del espacio, y que a cada una de esas trayectorias se les asigna una probabilidad. Es decir, una partícula no sigue una sola trayectoria, no vive una sola vida, como parece, sino que está viviendo a la vez una variedad infinita de existencias. Dando por sentado que Borges conocía esta teoría –comprobada experimentalmente-, uno no sabe qué pensar ante este relato. El proceso parece demasiado simple: trasladar las características del mundo microscópico al macroscópico de la vida humana, asignar las cualidades de un electrón –una simple y diminuta partícula- a una persona. Con ser la idea fascinante y sugerente, el regusto de decepción es incuestionable. Supongo, ya digo, que habrá que leer el relato mil y una veces para comprenderlo, para extraer toda su esencia intelectual y filosófica, como parece que sí han conseguido los impenitentes borgianos.
En Borges, por lo que he visto, este mecanismo creativo es muy común. Sus relatos, con parecer textos inverosímiles, absolutamente fantasiosos, dechados de imaginación surrealista y absurda, son en realidad metáforas de la física teórica y experimental más moderna, cuajados de relatividad general y especial y mecánica cuántica. Lo que a nuestros cerebros se representa como un mundo imposible –el borgiano- termina siendo de la realidad más supuestamente prosaica, la material. ¿Qué es el Aleph sino una suerte de lo que los científicos llaman singularidad, un auténtico Big Bang donde todo está en todo, concentrado en un único punto inexplicable? ¿Qué si no parece esa idea suya del “invisible laberinto de tiempo” una predicción de las supercuerdas y su pluralidad de minúsculas dimensiones arrolladas (ya sean espaciales o temporales, pero aún indetectadas)? En este caso –la teoría de supercuerdas nació veinte años después de ese relato- sí que hay que atribuirle un mérito incuestionable, porque sin formación científica alguna, con solo su intuición, sabiduría e imaginación, supo formular anticipadamente una asombrosa –y no descartada, aunque tampoco ratificada- teoría científica que quiere llamarse Theory of everything. ¿Estaba el todo en Borges antes que en los científicos?
Jorge Luis Borges

martes, 17 de abril de 2012

VIVIR PARA CONTARLO


Estoy todavía bajo la influencia gravitacional del viaje a Roma. Los viajes, más que antes y durante los mismos, atrapan después, cuando el cuerpo está ya en casa pero la mente, la memoria, pasea todavía por aquellos lejanos lugares que dejamos unas pocas horas antes y se atiborra de una nostalgia que no es tal, porque la nostalgia se siente sobre un tiempo pasado y para nosotros, nos digan lo que nos digan nuestros sentidos y la geografía –que a veces es cruel-, aún no hemos regresado. Es necesario al menos un día para ir retomando el pulso de nuestra tierra y nuestras costumbres, y no hay acontecimiento suficientemente importante que nos distraiga de nuestro prurito de alargar imaginariamente los días de asueto, relajación y fascinación. Roma, igual que París, no es fácil de olvidar, y es difícil de asimilar el hecho de estar una mañana paseando por el Foro y esa misma noche dormir sonrisas en nuestra cama de siempre, a dos mil kilómetros, gracias a un avión. Es indudable que la tecnología va mucho más deprisa que nuestra mente, que precisa siempre de periodos de adecuación. Lo abrupto, en la naturaleza, es poco usual y desde luego nunca saludable, y nuestro cerebro, naturaleza pura, lo tolera mal, no lo entiende, ni quiere entenderlo.

Ayer llegamos de Roma. Sobre las diez de la noche estaba en casa, deseoso de descansar después de un día largo e intenso pero consciente de que aún me esperaban muchas horas confusas –todavía me encuentro en ellas- en que Madrid me parecería un lugar acogedor pero a la vez extraño y hostil. No por la ciudad en sí, sino por uno mismo: descargar las fotos en el ordenador, repasarlas una y otra vez, decirse íntimamente “esto fue el primer día, esto fue el segundo, esto ayer, esto ha sido hoy mismo y qué lejos queda”. En estas situaciones, cuatro escasos días se convierten en cuatrocientos, cuatro mil o cuarenta mil millones. El concepto usual de tiempo salta en pedazos y en ese lapso tan breve caben, desde nuestra perspectiva de riguroso presente, mil y una sensaciones relacionadas con lo temporal. Sobre todo el primer día, el primer paseo, la primera impresión agradable, la primera fascinación, cobra tintes legendarios, de cosa sucedida mucho tiempo atrás; una especie de Big Bang lejanísimo e incomprensible, por doloroso. El primer día, las primeras horas de un viaje marcan las subsiguientes de forma indeleble. De repente, ya en nuestro lecho habitual y arropados por la fatiga y los recuerdos, nuestro pintor secreto pinta una imagen en algún rincón de nuestra mente y nos decimos: “esto fue el primer día, el primer día…”

Evidentemente, uno hace estos viajes por disfrutarlos en el momento, pero también por contarlos, y es curioso que, un poco inconscientemente, nos pasamos las horas anteriores y posteriores a aterrizar revolviendo palabras en el pensamiento que describan lo más fielmente posible nuestras andanzas. Un viaje no existe si no se cuenta o no se dice algo de él. El problema principal es que estamos tan entusiasmados, tan ahítos de cosas que decir, que querríamos decirlo todo a todo el mundo, sacar a la luz nuestras impresiones de una vez, como quien cuenta una vieja historia a un grupo de niños. Eso, claro, es imposible, porque nadie nos comprendería, y siempre queda un fondo de insatisfacción, de miedo, por la conciencia de pavorosa incomunicación en que nos encontramos. Los viajes son inexplicables.

Sería bueno, para el viajero, tratar de decantar recuerdos y quedarse con uno solo, con una sola estampa. ¿Qué es para uno Roma? Ahora, muchas cosas. ¿Qué será dentro de un mes, dentro de un año, dentro de una década? Posiblemente, la primera vista del Foro desde lejos, el primer encuentro cara a cara con el Coliseo, la mansa tristeza que nos embarga mientras caminamos por la Via del Fori Imperiali, la majestuosidad del Panteón, la elegancia renacentista de la Piazza Navona, la grandeza del Vaticano, las vistas de la ciudad desde lo alto de la cúpula de San Pietro, el encanto nocturno y bohemio del Trastevere o la estampa evocadora –como si contempláramos el nacimiento de nuestra especie- de la colina Palatina, con sus ruinas y sus pinos copones. Todo esto es más o menos oficial y más o menos probable. Sin embargo, para uno Roma puede ser también un detalle algo más prosaico y, sobre todo, completamente circunstancial: la lluvia, el ruido traqueteante de los coches sobre las calles empedradas, el aspecto del metro, el hotel donde nos hospedamos, la estampa nocturna, de oro y negro, del Castel de Sant´Angelo reflejado en el Tíber o la camarera de la trattoria donde cenamos una noche. Para mí todos esos recuerdos tienen el mismo potencial de convertirse en la evocación central de una ciudad. Saber cuál será, eso sólo es posible con el paso del tiempo. Ahora, sólo hay confusión.

Tengo mucho que escribir. Me gustaría –y debería hacerlo si quiero tener la conciencia tranquila- describir detalladamente estos cuatro días o, al menos, fijar alguna estampa agradable, algún momento único, algún trozo de vida. Ahora mismo, pensar en regresar a todo lo anterior al viaje es como cuando de pequeño recordaba que tenía deberes que hacer. Empieza uno a acordarse de sus cosas, de su vida en su ciudad de siempre, y se pregunta: “¿era yo este, era yo así?”.

martes, 10 de abril de 2012

MAÑANA EN LA COLINA DE LOS MUERTOS


"La cosa no dejaba de ser un tanto ramoniana y acumulativa, como una broma fúnebre de un falso casticismo. Luego bajamos las escaleras tras el féretro, hasta la calle. Fui en coche con alguien al cementerio, al otro lado del río. Creo que es la Sacramental de San Justo, donde también está enterrado Larra. A Ramón lo pusieron con Larra. El cementerio está en una colina y sus cipreses arden muy cerca del crepúsculo. Había mucha gente. Robles Piquer, entonces Director General de Cultura Popular. Pastor, el fotógrafo artista del Arriba, con su melena de rizos blancos, estaba a caballo sobre la tumba, tomando ángulos audaces de la inhumación. Hacía un frío morado, atardecido y con viento."

Francisco Umbral, La noche que llegué al Café Gijón.

jueves, 29 de marzo de 2012

DEL DIETARIO VOLUBLE

"Es cansancio lo que me produce la búsqueda diaria de personas amables, educadas, con buen carácter. Cada día me siento más fatigado de todos esos seres que nos tratan tan mal. Es insoportable el malhumor general, la mala educación reinante. Cuanto más avanzamos en el estado del bienestar, más horrible y malhumorada se vuelve la gente. Tal vez es consecuencia de que ese bienestar lo estamos alcanzando por medio de luchas encarnizadas. Lo cierto es que el buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita nuestro mundo, y seguramente el buen carácter es consecuencia de la tranquilidad y no de progresos bestiales." (Enrique Vila-Matas)