lunes, 10 de octubre de 2011

MOMENTOS DECISIVOS

Y de repente un día uno se despierta y se da cuenta, con toda la fatalidad de la certeza, de que nada puede seguir como va y se pregunta cómo pudo vivir como había vivido hasta ese momento. Es como si toda su vida se le cayera en avalancha y lo sepultara, y no le quedara más remedio que intentar salir trabajosamente del montón de escombros y después limpiar y reconstruir todo aquello. Mira uno en rededor, se mira a sí mismo y se horroriza de no haber actuado antes, o de no haber dejado de actuar, de, en definitiva no haber hecho algo o dejado de hacer para que todo cambiara. Quizá con un pequeño gesto, o mejor dicho con una rutina de pequeños gestos, habría sido suficiente. Ese es el drama, que basta con pequeños gestos y no estamos preocupados más que de los grandes, de los pomposos, de poner cara muy seria y tener muchas cosas, cuando de lo que se trata precisamente es de aligerar el equipaje para andar más sueltos, más felices, más despreocupados, como un excursionista que en vez de esas mochilas gigantescas con mil bolsillos llevara no más que una riñonera y una cantimplora, o como los ciclistas, que a la hora de subir un puerto se desprenden hasta del agua que podría salvarlos de la pájara.

Así es que desayuné deprisa y ansioso, sin masticar, como las garzas, tracé mentalmente un mapa del lugar y un plan de actuación, me creí peón, capataz, jefe de obra, ingeniero, arquitecto e incluso rey de la casa de Austria o faraón (aquello tenía la envergadura de las obras de El Escorial o las Pirámides), me calé una de esas gorras que tenía por ahí criando polvo y me puse al tema. Se trataba de un asunto urgente que no admitía aplazamientos ni estados provisionales. Aquello debía ser hecho de un tirón, con febrilidad. Tantos años de inacción, de descuido, de desidia, de indiferencia absoluta para con aquello, para de repente tener la íntima obligación de hacerlo todo no más que en un día, costara lo que costara y se llevara por delante lo que se llevara, que sin duda iba a ser mucho.

La primera consideración fundamental a la hora de limpiar y ordenar la habitación propia es ser absolutamente inflexible y objetivo, como un juez, y dejar de lado sentimentalismos y nostalgias, porque esas debilidades del espíritu lo único que pueden hacer es echarlo todo a perder. Es como el caso que vemos en las series de televisión del padre que sabe que lo más apropiado para su hijo es mandarlo a tal o cual internado, y la criatura no hace más que implorarle que no lo deje marchar, y el padre, que tiene corazón, no tiene más remedio que ignorarlo para no caer en la trampa de ceder a sus ruegos. Me di cuenta de ello antes de empezar, cuando hice inventario rápido de lo que sobraba, que era casi todo, y de lo que bajo ningún concepto me podía deshacer, que era bien poca cosa, reduciendo la lista de cosas privilegiadas a los muebles, el ordenador, la cama, la ropa, algún objeto muy concreto y los libros. Pero antes de llegar a esa conclusión hay muchos objetos que desde su insignificancia nos ponen ojitos y parecen pedirnos compasión y recordarnos los buenos momentos que pasamos juntos, el lugar y el momento en que nos conocimos y lo mucho que significaron para uno. Y es entonces cuando, con el único objeto de salvarse del exilio de la bolsa de basura, los objetos parecen iniciar una competencia feroz por ver cuál significó más para uno, y uno tiene que ignorar esas discusiones y lamentos, disculparse con aquello de lo que se va a deshacer, cerrar los ojos y centrarse exclusivamente en la tarea que ya bajo ningún concepto puede dejar de llevar a cabo.

En momentos así uno se siente alguien importante, algo así como el Presidente del Gobierno que va a levantar un país de la ruina. “Dejadme, voy a hacer esto yo solo”, le dice uno a su madre, y ella le mira asombrada y casi asustada ante la tarea ciclópea que va a emprender, pero también íntimamente satisfecha, diciendo para su coleto: “va a limpiar y ordenar su habitación: se ha hecho un hombre”. Y es eso lo que le consolida a uno aún más en su propósito de limpiar y ordenar su habitación para, un poco secretamente, ordenar y limpiar su vida.

Fueron once horas, con la única interrupción de la comida, lo que tardé en dejar mi habitación absolutamente irreconocible. Lo primero que hice fue abrir ese cajón de sastre en que metemos todo lo que cae en nuestras manos y de lo que, no sabemos por qué, no nos deshacemos en el instante. Quizá es que todos llevemos dentro un pequeño Diógenes y ese cajón sea la representación de nuestro pequeño mundo diogénico. Porque, sobre todo, allí dentro había mierda, mucha mierda. Encontré pilas, etiquetas de ropa, móviles viejos, cargadores, cascos para escuchar música amputados, lápices apurados, guías turísticas de ciudades visitadas en vacaciones pasadas, los impresos de matrícula de otros años, rotuladores muertos, un abrecartas (¡!), mil clips de mil colores y muchas, muchísimas chinchetas y monedas desde un céntimo hasta dos euros, aunque también había cosas de cierto valor sentimental, como cuadernos de extraños apuntes sobre videojuegos, agendas de los años de instituto y garabatos a carboncillo: un ojo, una boca, una nariz, un rostro femenino. Y todo ello sin el más mínimo orden, apelmazado y mezclado como en el carro de un chamarilero. Vacié el cajón entero y lo metí todo en la bolsa de basura. Pensé en Gómez de la Serna -no hice más que pensar en él en esas once horas- y me dije que él habría sido incapaz de dar aquel paso, que era el primero. Pero quedaban los más costosos: ni más ni menos que todos los demás.

Al tratarse de una acción en profundidad, no limitada a un mero lavado de imagen exterior, había no sólo que ordenar, sino también limpiar a conciencia. Una vez que me deshice de todos los objetos inservibles -balones de fútbol y baloncesto pinchados, pantalones impresentables, polvorientas carpetas de los años universitarios, zapatillas agujereadas, abrigos de la posguerra, sudaderas sin cremallera, una raqueta de tenis y algunos regalos lamentables de esos que nos hacen cuando insensatamente jugamos al “amigo invisible”, entre los que destacaba un horroroso porta cd´s que jamás llegó a abandonar el estrecho recinto de su embalaje- y los metí en las tres o cuatro enormes bolsas de basura -cada una abultaba y pesaba casi como uno mismo-, me centré, Don Limpio y mucho papel de cocina en mano, en limpiar, desinfectar y abrillantar cada rincón de cada uno de los muebles y el suelo, incluyendo sitios tan inaccesibles como el siempre siniestro hueco de debajo de la cama o la parte de atrás del radiador. Todo. Y mejor será no enumerar parte siquiera de lo que uno encontró mientras se afanaba en esta ingrata y aleccionadora tarea, porque, aunque escriba, uno tiene que mantener una cierta dignidad.

Los libros los dejé para el final. Me reservé esa tarea tan grata como un postre ligero después de una comida copiosa e indigesta que no nos ha gustado. Y fue un auténtico placer, y a la vez un acto de tremenda responsabilidad, el recolocar los libros según las afinidades de espíritu, que dijo Wiesenthal, en lo que fue un laborioso y sesudo tetris de compatibilidades, unas pocas atadas a razones más o menos intelectuales -un estilo, una concepción de la vida, un tema-, las más sugeridas por asociaciones, digamos, más subjetivas. Así, terminé haciendo que Baroja y Carrere fueran vecinos, junté a Tolstoi con Dostoievski, a Galdós con Balzac, a Dickens con Valle Inclán, a Zweig con Sánchez Dragó, a Nietzsche con Platón -a ver si hacían las paces-, a Cela con Umbral y a éste con Delibes, en estrecho y buen hermanamiento. César González-Ruano se me quedó un poco escorado, no por otra razón que el grosor de sus Memorias, pero creo que bien avenido, no sé por qué, con Liev Nikolaievich. A García Márquez, para que no pudiera verse, lo desterré al fondo de los libros prohibidos, detrás de los gruesos y deliciosos mamotretos de Wiesenthal, y Hesse quedó aparte, como rey indiscutible de una pequeña pero selecta estantería, con Machado, Benedetti y Stendhal, entre otros. Arriba, tan áureos ellos, los Lorca, Vila-Matas, Cortázar, Trapiello, Quevedo, Lope de Vega y José Hierro, y en un sitio aparte, como un recuerdo de los años de lector adolescente, permanecieron juntos Larra, Boccaccio, Homero, Kafka y Dante, quedando como joya fundamental de este ecléctico edificio esos lujosos volúmenes ilustrados de la editorial Hernando que guardan la mayor historia jamás contada, los Episodios Nacionales. Y dejando a sus libros contentos y convenientemente ordenados dentro de un desorden escrupuloso, quedó uno también contento y también con el alma un poco en desorden, y quizá por ello más dueña de sí, más equilibrada, como ocurre con la naturaleza, que sin atenerse jamás a ordenancismos de ningún tipo termina siendo puro equilibrio.

Sólo quedaban las últimas tareas de chapa y pintura, tales como barrer y dar los últimos y amorosos fregoteos a los muebles, con la delicadeza y delectación de un artesano. Doce horas después de haber empezado, y tras el fragor de la batalla, me quedé de pie en medio de la habitación, con los brazos en jarra, contemplando la obra terminada, como dicen que Felipe II contemplaba el monasterio de El Escorial desde la silla que lleva su nombre. Estaba cansado y con el ánimo tranquilo, porque al fin tenía una atalaya presentable, cómoda y un poco más propia desde donde ir tejiendo la particular red de miradas sobre el mundo. Y supe que a partir de ese momento iba a ser un poco otra persona, alguien mejor, y me dije que entonces podía tumbarme en la cama y relajarme. Pero, antes de eso, conté el dinero que había recolectado del cajón, bajé al chino de la esquina y me lo gasté todo en chocolatinas, nueces, dátiles y patatas fritas, y, en la alta noche, con el ruido de fondo de los primeros grillos, me lo comí todo en la cocina para que mi habitación no se ensuciara.

jueves, 6 de octubre de 2011

AÑORANZA DE UNA ESCENA GALANTE

LO peor vino cuando, en mi largo zascandileo por la terminal 2 del Charles de Gaulle, me sorprendí a mí mismo andando el mismo camino que seguí seis días atrás, nada más poner los pies en París, y cuando buscaba con deliciosa ansia la terminal 1, donde me esperaba V. En aquel momento tenía ante mí casi una semana adobada de las mejores promesas que alguien, si no es demasiado ambicioso, puede desear, y por ello aquel paseo desde el avión por los pasillos y vestíbulos de la terminal fue especialmente luminoso. Estaba lógicamente excitado, comiéndome con los ojos cuanto veía, a pesar de la vulgaridad de todo aquello. En momentos así hasta un estercolero, o un centro comercial, o un lugar aún peor -si es que lo hubiere-, nos parece un lugar lleno de encanto. Eran mis primeros pasos en París, en ese París largamente soñado y vivido en la imaginación. Pero no era ello lo que más me excitaba, sino el inminente encuentro con V. Todo, las escaleras, el suelo de baldosas de mármol negro, los carteles en francés e inglés, el rumor de fondo del locutor anunciando los vuelos, el delicioso idioma francés que por primera vez en mi vida escuchaba en directo, las columnas sicodélicas, el gris opaco que llenaba toda la terminal, todo, decía, me parecía digno de ser observado y de figurar con letras de oro en la historia de mi vida. Me entraron ganas de anotar cada sensación, el aspecto de cada persona que me cruzaba, el acento del viento que se escurría por los huecos de la moderna estructura, la forma de las máquinas expendedoras de billetes y el color de los carteles de las cafeterías. Todo, con ser muy parecido a lo que un par de horas antes había visto, olido y oído en Madrid, me parecía de una novedad emocionante. Pero ni había tiempo de apuntar nada ni, seguramente, tenía verdaderas ganas. Solamente fue un pensamiento de pretenso escritor que, me parecía, concordaba con unos instantes que un poco pomposamente podríamos calificar como históricos. Con pensar en que a uno le apetecía -aunque no fuera cierto- detenerse, sacar la libreta y apuntar todo aquello, bastaba. Y seguí caminando.

Encontré a V. apoyada en una barandilla de la terminal 1, escuchando música con los cascos. Pero dejemos a V. para otra hipotética ocasión porque es el momento de regresar -o avanzar- en el tiempo a mi solitario paseo, seis días después, cuando V. había tomado ya el vuelo a Moscú y a mí aún me quedaban varias horas de estancia en París. En el aeropuerto de París, mejor dicho, ese Charles de Gaulle gris y gigantesco, medio vacío, que, en una tarde de invierno, parecía desmoronarse con todos sus hielos grises encima de mí. Fui de repente consciente de que ese trayecto lo había seguido seis días antes; las mismas escaleras, las mismas columnas sicodélicas, las mismas baldosas de mármol negro, las mismas máquinas expendedoras, el mismo locutor anunciando los vuelos, el mismo delicioso acento francés, los mismos carteles, el mismo gris opaco llenando la terminal, e incluso imaginé y me pareció cruzarme con las mismas personas que entonces. Fue entonces cuando me detuve, miré en derredor y pensé que ahora nadie me esperaba en la terminal 1, y que como mucho sí había alguien que me esperaba en Madrid, pero que lo de París había terminado sin vuelta de hoja, que V. -y no sólo ella- debía de andar ya sobrevolando las costas del mar Báltico y que en efecto la estaba echando de menos, cosa que jamás pensé que ocurriría antes de despedirla, quizá por la plena seguridad de que así sería. Se me hizo difícil pensar en la vuelta a Madrid, como se hace siempre difícil imaginar la vida en invierno cuando se está en verano. El regreso a Madrid, por tanto, no entraba dentro de mis planes, y en cambio sí lo estaba el intentar revivir pormenorizadamente las primeras horas en París deteniéndome, paradojalmente, en las últimas ultimísimas.

Y, con un sable atravesado en la garganta, seguí caminando exactamente por el mismo camino que seguí seis días antes. Y, al revés que entonces, lo hice lenta, parsimoniosamente. Si algo no tenía era prisa. Quedaban muchas horas para que mi avión saliera y había que llenar aquel molde de tiempo de cualquier manera. Sin embargo, no fue fácil ralentizar el paso, pues por un lado la razón me pedía apurarlo y terminar antes con la tortura, y por otro el corazón, o una secreta e íntima obligación de honrar al recuerdo igual que se honra a los muertos, me imponía un peso que hacía mi andar pastoso y casi exasperante. A cada paso rememoraba con increíble precisión el primer trayecto y, aún peor, rememoraba hasta hacerse carne viva la ilusión que entonces sentí. “Aquí me emocioné, y aquí también, y aquí, al ver este cartelito amarillo con letras negras, pensé en ella, y me ilusioné aún más. Y aquí, subiendo estas escaleritas pensé en que al fin mis pies hollaban París y volví a pensar en ella, y aquí, al pasar junto a este pilar, me imaginé cenando con ella en un restaurante bohemio, lánguido y oscuro en donde el camarero nos atendería en francés, como a los príncipes, y aquí, y aquí…”, me decía constantemente, confirmando lo asombrosamente precisa que puede llegar a ser la memoria, y, ampliando un poco, que la memoria trabaja exclusivamente con asociaciones que tienden a repetirse en el tiempo. Todo era lo mismo, y todo, a la vez, tan diferente. Y ello por la sutil diferencia de que habían pasado seis días y de que no había un conglomerado de átomos en forma de persona esperando allá, en la terminal 1, a este otro conglomerado de átomos que era -soy- yo. Sin saber cómo, sin desearlo, sin participación de la voluntad -porque no lo tenía pensado-, llegué a la terminal 1. Al cabo de unas escaleras mecánicas que subían vi la barandilla. No había nadie, donde en cambio algo me decía que debería haber alguien. Avancé hasta la barandilla y me apoyé en ella en la misma posición que estaba V. cuando la vi, y esperé. ¿A qué? No sabría decirlo. No era a V. ni a nadie ni a nada en concreto. Sólo sé que esperé, y que no me importaba que no hubiera objeto de espera porque todos sabemos que a veces se esperan cosas que nunca llegarán. Y lo sabemos, y aun así esperamos, con infinita paciencia. ¿Será verdad que nos pasamos la vida esperando? ¿No seremos como el perro aquel que, muerto su amo, se mantuvo durante días e incluso meses a la puerta del cementerio? Quizá no, porque los perros, al final, siempre abandonan su espera y se dedican a lo único que puede dedicarse un perro: a vivir.

Pasó un rato que no podría precisar, y, aunque todavía quedaba mucho tiempo para que saliera mi avión, me vi en la necesidad de deshacer lo antes posible el camino que acababa de recorrer y así terminar de hilar -o deshilar- el tapiz de mi estancia en París. ¿Deshilar o hilar? Para el caso, lo mismo da. Aquí doy entera libertad al lector para elegir el verbo que mejor le cuadre. Regresé a la terminal 2 y, ahora sí, emprendí el definitivo camino de vuelta, la despedida sin posibilidad de retorno. Me senté en un asiento del vestíbulo y me puse a leer Historia del tiempo, como si ese acto de evidente intención científica contradijera todas las angustias que uno, pobre sujeto teorizante y víctima del tiempo y de las supercherías que su cerebro hace con él, acababa de vivir. Y no volví a caminar el luminoso camino de la bienvenida, y, no menos luminosamente y sin haberla abandonado, me despedí de París.

miércoles, 5 de octubre de 2011

LA CANCIÓN MÁS TRISTE

LLEVÁBAMOS ya tres cuartos de hora esperando de pie en la fila de la puerta de embarque. El vuelo debería estar despegando ya, pero por causas desconocidas nos tenían ahí, soportando el calor de la terminal del aeropuerto de C. y los suspiros de impaciencia de la gente que, como nosotros, no hacía más que mirar al fondo, hacia la puerta de embarque, buscando un indicio de que todo se fuera a poner en movimiento de una vez por todas, igual que mientras esperamos al autobús escrutamos como bobos el fondo de la calle por donde debe venir el rojo vehículo salvador, como si así fuera a llegar antes, cuando lo único que conseguimos es exasperarnos más, cabrearnos con el culpable conductor hasta entrarnos ganas de partirle la cara cuando lo veamos y comunicar nuestro desasosiego a nuestros compañeros de espera, que, a su vez, se desasosiegan aún más y nos desasosiegan más a nosotros, en un terrible contagio de desasosiegos e impaciencias. Es falso eso de que la intranquilidad se lleva mejor compartida. Para colmo, detrás de nosotros se había juntado un grupo de españoles —asturianos me parece que eran— que no hacían más que echar leña al fuego diciendo pestes del país que dejaban, donde, según creían, se comía una mierda, era todo carísimo y, para colmo, los aviones se retrasaban, como si en España en todas partes le dieran a uno yantar de reyes por cuatro duros y la costumbre más notoria sea que los aviones salgan de Barajas a su hora. A uno, las dos veces que ha viajado al extranjero, le ha molestado el volver a juntarse con compatriotas, y quizá sea por la misma causa que llevara a Baroja a decir aquello de “entraron en la sala y todos se miraron con el odio con que se miran siempre los españoles”. Pero esa es otra historia.

Fueron momentos exasperantes, de esos que pueden echar a perder todo un día. Al final, sin embargo, lo único que cuenta es que el avión se ponga en marcha, y cuando esto ocurre, que es casi siempre, lo vemos casi como un regalo, y la espera queda así como algo cercano a lo heroico de lo que llegamos a sentirnos orgullosos. Pero la espera es tremendamente dura mientras se espera, de eso no cabe duda, y capaz de excitar los nervios del más templado. El tema de la espera daría para llenar un libro, y en ello, en esperas de mi vida, me puse a pensar sin abrir la boca mientras R., también silencioso, pensaría seguramente en las esperas de la suya y los mecanismos y supercherías mentales que le llevaron a sobrevivir a todas ellas, como hacía yo. Recordé una ocasión que en plena hora punta estuve esperando un autobús una hora para ir a la Facultad, otra espera que duró un verano entero y que me sirvió para escribir una novela y, entre alguna más, me instalé mentalmente en la que más analogías presentaba con aquella que estaba viviendo. Fue en París, en invierno, cuando fui con V. Ella tenía vuelo a Moscú a la una de la tarde, y el mío, a Madrid, salía a las nueve de la noche, por lo que me tocaban seis o siete horas de soledad en el aeropuerto. Era posible regresar al centro de París y dar una vuelta, con el objeto de que el tiempo pasara más rápido. Era posible, sí, pero también caro —el tren, sólo ida desde el aeropuerto, costaba ocho euros— e incómodo —la maleta lo complicaba todo y el trayecto no era precisamente corto—. Lo que tenía claro era que tenía que acompañar a V. desde el hotel de la calle Batignolles al aeropuerto. Ni lo hablamos ni lo pensé siquiera; tenía que acompañarla y punto. Mejor dicho, no tenía que acompañarla, sino que quería acompañarla. Ni me parecía correcto dejar que se fuera sola ni me apetecía despedirme de ella en la misma habitación del hotel, dejándome en la infinita soledad del lugar que habíamos compartido los últimos seis días, ni zascandilear por París por los lugares que habían sido testigo de nuestro brevísimo y cosmopolita romance. Quería y me veía en la obligación de despedirnos en el aeropuerto, como se han despedido tantas parejas del cine y la literatura, y con esa conciencia literaria y romántica hicimos las maletas a la vez y, juntos y en silencio, nos despedimos de nuestra habitación y fuimos, también en silencio, primero en metro y luego en tren, a la terminal 2 del aeropuerto Charles de Gaulle.

De la despedida no voy a dar detalles. Sólo diré que nos despedimos y punto, y que, aunque fue muy emocionante, quizá lo fue menos de lo que esperaba. La vi marchar por el pasillo que lleva desde la puerta de embarque hasta el avión, y ella no hacía más que darse la vuelta y agitar la mano. Me creí en la obligación de no moverme hasta que la perdiera de vista. Las despedidas están plagadas de obligaciones, pero de obligaciones que uno está encantado de cumplir, como un compromiso con la estética. Tenía por delante muchas horas de soledad parisina, las únicas que pasaría en aquella ciudad. Todas las demás fueron en compañía. Maleta en ristre, di un par de vueltas por la terminal, compré El país y una revista de baloncesto francesa —de la que me asombró entenderlo todo—, comí en un restaurante del aeropuerto de platos precocinados y pasé la tarde releyendo por tercera vez Historia del tiempo, de Stephen Hawking. Todo ello con intención de que no me asaltaran recuerdos demasiado tiernos, demasiado lacerantes, respectivos al vacío que la marcha de V., a quien seguramente no volvería a ver jamás, había dejado a mi lado. No lo conseguí, por supuesto. El aeropuerto, con ser de París, estaba vacío, y menudeaban los solitarios, como yo, cuya presencia no dejaba de confortarme en la cálida estancia dentro del recinto de mi soledad, de mis lágrimas apenas entrevistas, de mi dulce nostalgia. Muy cerca de mí había un señor mayor que, mientras descifraba un crucigrama, silbaba. Y lo hacía muy bien. Lo normal es que alguien que silba moleste, y más una situación como aquella. Pero el silbido de aquel hombre era sedante, suave como una memoria de la infancia. Silbaba una canción muy triste, la canción más triste, pensé, algo así como una romanza sentimental perfectamente reproducida por sus labios y lengua. Mientras, yo pensaba en V., intentaba apresar con la mente su última imagen despidiéndose por el pasillo de la puerta de embarque y recordaba con evidente masoquismo todas las escenas felices de seis días parisinos. Un español y una rusa en París, digno de una novela cursi e insustancial, de esas que de vez en cuando, para qué vamos a negarlo, gusta leer y, por qué no, le gustaría a uno escribir. Una novelita sin apenas argumento ni, muchos menos aún, metafísicas de ningún tipo; una novelita serena y sugestiva, densa de ambiente y ligera de diálogos, que no tuviera ni principio ni fin, o que no diera sensación de tenerlos; una novelita leve y de la que fuera fácil olvidarse y que pudiera dejarse tirada sin remordimientos en el banco de un parque público para que otro la lea. Lo que viene siendo literatura, vamos.

Fueron momentos muy tristes y, sin embargo —o quizá por ello—, muy bonitos. Una espera deliciosa, en la terminal gigantesca, fría, despersonalizada y vulgar de un aeropuerto internacional, con la temprana noche de invierno abalanzándose ansiosa sobre nosotros, sobre mí. Y en todo ello pensaba en la terminal del aeropuerto de C., de pie entre el calor y la impaciencia de la gente. Me acordé de V., con quien apenas tenía contacto ya, y sentí que aquellos días invernales habían sido como un sueño que acaso nunca ocurriera, como una película de la que yo no había sido protagonista. Sentí la necesidad de hablar sobre aquello, y, puesto que cuadraba con la coyuntura de estar esperando en un aeropuerto, se lo conté a R.

—¿Y por qué fuiste con ella? Yo la hubiera dejado irse sola al aeropuerto y habría dado una vuelta por París —me dijo.

—No, no hubieras hecho eso. Te lo aseguro.

—Sí que lo hubiera hecho.

Lo dijo muy convencido. No dije nada ni volvimos a tocar el tema, pero durante un buen rato reflexioné sobre ello. Estaba seguro de haber hecho bien. Me apetecía, como ha quedado dicho, acompañar a V., despedirla en el aeropuerto, y sí, esperar muchas horas en la terminal, solo, sin nada que hacer ni nada interesante que visitar. Una perspectiva no demasiado alentadora, era verdad, pero que para mí en aquel momento, justo antes de dejar a V., no tenía ninguna importancia. Imaginé a V. yendo sola al aeropuerto mientras yo me quedaba en la habitación relamiéndome en mi dichosa autosuficiencia masculina, gozándome en mi soltería e independencia recién adquirida. ¿Por qué? ¿Por qué iba a hacerlo? Por unos momentos me sentí blando, estúpido, y casi me arrepentí de haber acompañado a V. En la frase había algo de “eso que hiciste es de blandos, tienes que ser más independiente, tiene que soplártela todo". Sí, era eso lo que quería decir, con evidente involuntariedad por su parte, y no pude evitar que sobre mí cayera la duda, la tremenda duda sobre uno que siempre le acecha. La duda de que uno es como es y quizá no case perfectamente con todo lo que ve alrededor, pero, como dijo aquel escritor castizo con insuperable laconismo, razón y precisión, es lo que hay.

¿Hice bien en acompañar a V.? ¿Qué es lo que puede llegar a impulsarnos a decir cosas semejantes? Pensé que alguna vez yo mismo había soltado a un amigo algo parecido, o peor aún, sin pensarlo. Sin pensarlo, sin ponerme en su lugar. Pero uno lo dice, y se queda tan ancho, tan fuerte, tan poderoso. Tan ridículamente apisonador y seguro de sí mismo. Se ve uno a sí mismo diciendo esas cosas y ya le importa una mierda que lo llamen o lo crean blando, y sí, lo confiesa, por encima de orgullos y vanidades, sólo querría sentarse en un banco de uno de esos jardines viejos y ser suavemente mecido por el aria silbadora de la canción más triste, mientras lee la novela de un español y una rusa que se encuentran en París.

martes, 4 de octubre de 2011

EN EL TELAR

Dado que mi pobre relato LA ISLA -que tantas horas de mi vida se llevó por delante- ha pasado con más pena que gloria y nuestro difunto protagonista no hallará muchas almas que compartan su soledad y sufrimiento, están en preparación un par de entradas con contenido autobiográfico que espero gocen de algo más de suerte. Y es ahí, en la autobiografía, donde cifro mis esperanzas, pues está visto que solamente interesa lo que a uno le pasa o le deja de pasar. La pregunta más usual -y diría que la única- cuando uno escribe algo es: ¿pero eso pasó de verdad? Pensándolo un poco, a este escritor le interesa más bien poco lo que le pasa a él, y en cambio le interesa mucho lo que deja de pasarle, o sea, lo que les pasa a los demás. Y como en literatura se relata siempre lo que pasa pero también y sobre todo lo que deja de pasar, se da uno cuenta de que por muy autobiográfico que sea un texto, siempre trata sobre los otros pues a los otros va dirigido. Quien escribe sobre un hecho de su vida no tiene más remedio que distorsionarlo para que los demás le entiendan, es decir, no tiene más remedio que hablar por boca de los demás relatando lo que deja de pasar. Ahí está el quid y la lección, y en las dos entradas sucesivas (aviso a navegantes) está la desesperanza, por si alguien quiere compartirla conmigo. Las próximas entregas se titularán:

-"La canción más triste" (o "Escena galante") y

-"Añoranza de una escena galante"