jueves, 15 de septiembre de 2011

LA ISLA (X)



Lunes, 13 de septiembre
Esto es un poco como el moribundo que espera a la muerte postrado en la cama, que sabe que ahí y no en otro lugar dejará de existir. Pero también es lo mismo que lo que le ocurre a cualquier ser humano que viva libre y con salud, porque también él sabe que este planeta -que en el fondo no es demasiado grande- es su lecho de muerte, no ha hecho otra cosa que vivir siempre en el mismo lugar donde morirá. Mi situación no es más que un punto intermedio entre ambos extremos, el del moribundo enfermo del estrecho recinto de su alcoba infecta y el de la Humanidad que se va muriendo en el no menos estrecho planeta Tierra. ¿Qué si no una representación minúscula del mundo es la isla Inmaculada, y yo una metáfora perfecta de la especie humana entera? Quizá esto que estoy diciendo sean delirios de grandeza... o de pequeñez, porque nada envanece tanto como sentirse pequeño y desvalido.

Martes, 14 de septiembre
Sí, es una verdad descorazonadora. Haciendo un cálculo bastante grosero pero creo que ajustado a la realidad, se podría asegurar que el ochenta por ciento de los seres humanos que han existido a lo largo de los milenios nacieron, vivieron y murieron sin haber visto más paisajes, más horizontes, que el que he visto yo en estos más de dos meses como náufrago. Por tanto, mi consideración como hombre extraordinario por el hecho de vivir una aventura se esfuma al instante, porque en realidad soy uno más de entre ese colosal ochenta por ciento cuyos ojos no vieron más allá de diez kilómetros a la redonda. Lo otro, los viajeros o, mejor dicho, los turistas, son un invento tan reciente que, de ese veinte por ciento restante -siendo muy generosos- de toda la humanidad, un quince pertenece a los últimos cien o doscientos años. Generalmente el hombre no se ha movido porque no ha podido, exactamente igual que yo ahora. Y, así, mi insignificancia se exacerba hasta hacerse insoportable, hasta hacerme prácticamente inexistente. Sólo este menguado cuaderno podrá salvarme de no haber existido, y sólo usted tendrá la potestad para devolverme algún día al lugar de donde, podrá creerme, no quiero marcharme, a pesar de todos los pesares.

Jueves, 16 de septiembre
Hoy he visitado el cementerio. ¿Qué otra cosa mejor puedo hacer aquí que honrar la memoria de los que sólo me tienen a mí para visitarlos, para estar con ellos? Porque, en eso estará usted de acuerdo, es mucho más patético y doloroso un muerto solitario y sin sepultura y sin nadie que se acuerde de él -aunque este no sea el caso, pues seguro que sus familias piensan en ellos a cada instante- que un hombre vivo y coleando que no tenga nada más que su soledad -que ya es mucho. Los muertos necesitan mucha más compañía que nosotros, los vivos, aunque en el momento en que escribo estas líneas yo sea para usted y para todos los que me conocen un muerto tan muerto como los habitantes del cementerio. ¿Cómo podré salvar este cuaderno, cómo? Lo importante es que ellos ya descansan en paz, pero no puedo dejar de pensar que si es verdad que tuve la suerte que ellos no tuvieron de sobrevivir al accidente, es muy probable que no tenga la suerte que ellos han tenido de recibir digna sepultura.

Viernes, 17 de septiembre
El avión rasgó la espesura del cielo azulísimo, y a pesar de que volaba tan lejano que no era más que una estrella diurna y móvil, en aquel momento juraría haberlo podido alcanzar con la mano. Grité desaforadamente, creyendo de verdad que podrían escucharme, creyéndome por unos minutos salvado. Y lo celebré como cuando mi Real Madrid gana Ligas o Champions Leagues, corriendo, los brazos en alto, lanzándome en plancha en la arena. ¡Qué estúpido!, pienso ahora. El avión pasó de largo, sin la más ligera idea ni de que yo pudiera estar aquí ni de que hubiera una isla que es sepulcro de veintiocho personas y, dentro de nada, veintinueve.

Sábado, 18 de septiembre
Reflexión al hilo de lo de ayer: se celebra con el mismo ímpetu la propia salvación (aunque después se compruebe que no hay tal salvación) que las victorias de nuestro equipo favorito. Dando por sentado que no son cosas comparables, cabe hacerse la pregunta: ¿quién de los dos está equivocado al celebrar? Pero también podríamos preguntarnos: ¿y si en realidad y en contra de lo que nuestro buen sentido común nos dicta el salvar la propia vida y el que nuestro equipo favorito gane la Champions no sólo son cosas comparables, sino que lo segundo va aún más allá que lo primero? Parecen cuestiones fáciles de responder, pero no lo son, ¿qué piensa usted?

Martes, 21 de septiembre
Tres días sin escribir. Asisto con pavor e impotencia al olvido progresivo de ellos, al emborronamiento de sus rostros, a la distorsión de sus voces, que hasta hace pocos días me sonaban frescas y realísimas en los oídos -como si me susurrasen- y que ahora, no sé por qué, me llegan como las de un aparecido, como si los esqueletos del cementerio se hubieran levantado y vinieran a por mí recriminándome mi buena suerte y su mal enterramiento a cargo de unas manos paganas e inexpertas. Y entonces, en la noche paralizada y funesta de la isla Inmaculada, la piel se me eriza y se me estremece el pecho. Escribo en el interior de la cueva a la luz de la hoguera, y es la madrugada. Apenas puedo respirar, me palpitan las sienes, siento caricias y alientos malolientes en mi nuca, mis miembros están paralizados, y creo que es el miedo. Miedo precisamente a la compañía de esa amiga fiel que nos sigue a todas partes y que no da la cara nada más que en nuestro último momento. Sintiéndola tan cerca, sí, uno a veces tiene la lucidez necesaria para sentir miedo. Y, por favor, créame, esto no son palabras huecas. Parece que en cualquier momento un ejército de figuras flacas va a cruzar el umbral de la cueva y me van a despedazar aquí, vivo, y van a coger este cuaderno que es mi vida y lo van a quemar en una ceremonia donde la muerte sería la única protagonista. Ya nadie lo leería, ya nadie me haría revivir en el pasado que viví -este- y que todos creen que no son ya días que pertenezcan a mi trayectoria vital. No, eso es horrible, horrible. Quiero vivir, quiero haber vivido, pero sus caras, las caras de papá, mamá, Nuria, Inma, se me están olvidando, y sus voces ya no son las que eran, sino un eco lejano como venido de un mundo que ya no es el mío...

Miércoles, 22 de septiembre
Noche horrible, de verdaderos acentos funestos. Al final conseguí dormir, ni siquiera sé cómo, pero el sueño fue indeciso y turbulento. Nada más despertar sentí un impulso irreprimible de bajar a la playa y rezar, rezar mucho tiempo delante de las sepulturas para buscar el perdón de los muertos. Me levanté de un respingo y salí de la cueva. A la entrada, en ese suelo duro de la explanada, había unas pisadas muy desdibujadas que atribuí a unos lagartos. Me fijé un poco en ellas y me di cuenta de que los animales habían recorrido el mismo trayecto en ambas direcciones. No le di más importancia, aunque me llamó la atención el tamaño de los supuestos reptiles, y eché a andar hacia la playa. Según iba descendiendo me apercibí de que en realidad seguía las huellas -o, haciendo un juego literario fácil, ellas me seguían a mí-, y cuando llegué al cementerio se hicieron más profundas y nítidas, sin alterar en ningún momento el esquema de ida y vuelta, hasta que en un punto concreto se ramificaban para dirigirse cada cual a su sepulcro. Y lo que estaba claro es que no eran de lagarto. Vi con terror que las tumbas estaban como removidas, como si sus inquilinos hubieran salido y luego se hubieran enterrado ellos mismos. Había algunas cruces caídas, otras destrozadas, e incluso recogí algunos jirones de ropas raídas. Se me heló la sangre. Ateniéndome al número de pisadas, estaba bien claro que habían sido muchos -al menos diez o doce- los esqueletos que habían salido de sus tumbas y se habían dirigido en procesión hacia mi cueva. Un presentimiento fatal sobrevoló mi cabeza: estaba claro que si a mí no me habían hecho nada no era a mí directamente, a mi cuerpo, lo que buscaban, sino otra cosa. Corriendo regresé a la cueva, presa de un pánico como jamás había sentido. Busqué el cuaderno, que no apareció por ninguna parte. Registré la explanada de la cima de la isla, sin éxito. Los esqueletos habían robado mi cuaderno y a saber lo que habrían hecho con él. Pensé que lo habrían leído todos juntos, y que se habrían reído a carcajada suelta de las cosas que uno escribe acerca de la vida y, sobre todo, acerca de la muerte, esa cosa que ellos ya conocen tan bien; pensé también que alguno se lo habría llevado a la tumba, o que lo habrían roto en mil pedazos y los habrían arrojado al mar, o que, como imaginé anoche, lo habrían quemado en un ritual de purificación. Al fin y al cabo, sabían que destruyendo mi cuaderno me mataban a mí también sin necesidad de mancharse las manos de sangre, que no podría sobrevivir a su desaparición más que unos pocos días, unas pocas horas. Y los imaginé lanzando a la oscuridad de la noche su risa malévola, gozándose de enviarme a su reino, y regresar en cortejo fúnebre pero con un timbre de alegría a las tumbas que yo mismo les proporcioné, con las ropas con las que yo -con mis manos que ya no tendrían donde escribir, donde irse dejando la sangre- les vestí.

Ya sin esperanzas de nada, me senté en la que es la cima de la isla, la roca en forma de yunque que hay en uno de los bordes de la explanada. Me resigné a mirar que pasaran las nubes, a esperar que el sol completara su viaje por la bóveda celeste, a dejar que transcurriera el tiempo necesario para abrazar a la muerte. Pensé en todos ellos, en papá, en mamá, en Nuria, en Inma, y lloré; pero sobre todo pensé en usted -que ya no habría posibilidad de que existiese- y en mi difunto cuaderno, y lloré aún más. Tras un buen rato de lágrima viva y caliente, me quedé aplanado como un bebé, y cerré los ojos. Cuando, un tiempo después que no podría precisar, los abrí, nada más que oscuridad en torno mío, los rescoldos de la hoguera de la noche anterior y, en mis brazos, mi cuaderno de pastas rojas.

Tan terrible pesadilla -que le juro que creí tan real como esto que le escribo- me hizo caer en la certeza de que no era posible, de que jamás serían capaces de robarme mi cuaderno y hacerme morir, de que yo sé que ellos me aman como yo les amo a ellos, y les pido perdón por estar aquí en el lugar donde debían estar ellos. Y en el fondo de mi alma siento que me han perdonado, a pesar de no saber más que el inicio del Padrenuestro, que en esta mañana real he rezado una y otra vez delante de las tumbas intactas. Así que, después de lo de hoy, creo que ya no volveré a tener miedo, y vuelvo a acordarme de cómo sonreían papá, mamá, Nuria e Inma, y de cómo sonaba mi nombre posado en sus labios.

lunes, 12 de septiembre de 2011

POR QUÉ DOBLAN LAS CAMPANAS

Esta mañana me he encontrado de sopetón con una verdad que, se mire por donde se mire, tiene algo de descorazonador: ha acabado el verano y, con él, una concepción y una praxis de la vida. Ninguna estación del año influye en nosotros tanto como lo hace el verano, porque en ninguna otra estación hay Tour de Francia, en ninguna otra estación podemos andar en chanclas por la calle, en ninguna otra estación podemos bañarnos en el mar, ni sudar por las noches con la ventana abierta, ni alargar un partido de fútbol con los amigos hasta las diez de la noche, ni interesarnos desaforadamente por los fichajes de nuestro equipo, ni ver cine al aire libre, ni hacer maletas sin pensar siquiera en meter abrigos y sudaderas, ni poner el aire acondicionado en el coche. El verano tiene más exclusividades que el invierno, el otoño y la primavera, aun teniendo éstas su cuota insobornable e intransferible de encantos -los árboles pelados, las hojas secas, las flores-, tan suyos como puedan serlo los bañadores para la estación que ahora acaba. Pero el verano está claramente marcado y nos marca, qué duda cabe, más que las otras.

Esta mañana, decía, me he encontrado con la piscina de la urbanización cerrada. Acostumbrado a verla repleta de bañistas, a los gritos de los niños jugando, a la socorrista con sus gafas de sol y su torso de escándalo reglamentarios, a saludar al portero -un chico de no más de dieciocho años- que pide los carnets a la entrada, a fruncir el ceño ante la reverberación del sol en las mesas metálicas de la terraza, atestada de gente ociosa tomando el aperitivo; acostumbrado, en definitiva, a observar con un punto de envidia pero también de extraña alegría todo aquello, hoy me he sentido paralizado por la estampa crudamente solitaria de la lámina azul del agua y lo que la rodea. Ni había gente ya en la terraza, ni estaba el chaval de los carnets, ni la socorrista, ni los niños lanzándose a bomba. Y, en medio de aquel silencio absoluto, sólo se oía el tenue ulular del viento, inédito los tres meses precedentes, ahogado su pulso como estaba por el revoleo tremendo del verano. Unas pocas hojas secas, las primeras, cruzaban el césped donde, anteayer mismo, las señoras tomaban el sol y los preadolescentes jugaban al fútbol con una pelota pequeña, y los árboles que hace nada daban sombra a los prudentes ahora sólo podían, a modo de entretenimiento, zarandear las ramas con un ademán pálidamente resignado. Sigue haciendo calor, pero no importa: la piscina ha cerrado y, con ella, el verano se escapó.

Una de las discusiones típicas de esta época del año es cuándo acaba el verano. Hay opiniones para todos los gustos, pero lo que es seguro es que ninguna coincide con lo que dicta la astronomía. Para algunos, los trabajadores, el verano dura lo que duran sus vacaciones convenidas; para otros, no más que el tiempo que están fuera de Madrid o, más genéricamente, de sus lugares de residencia habitual; para los puristas, el verano se circunscribe únicamente a la playa; los colegiales gozan de una percepción del verano más larga que el resto de mortales y dura lo que el colegio está ausente en sus vidas. Pero hay elementos más sutiles y subjetivos. Los hay que piensan que el verano claudica el 1º de septiembre, esa barrera fatal más o menos comúnmente aceptada, otros que no dudan en señalar al primer anuncio de fascículos en la tele como el definitivo y brusco canto de cisne y aquellos que llegada la primera borrasca -que no tiene por qué descargar para ser considerada como señal ineludible-, no dudan en adoptar una conducta no veraniega, aunque después, y como ahora sucede, siga haciendo calor. Y para los más sentimentales fue verano solamente mientras duró su amorío estival, ese amorío que reúne una serie de características exclusivas que todos más o menos tenemos en mente -temporalidad, apasionamiento, clandestinidad, etc. Hay incluso una clase extravagante que considera que el verano no acaba, sino que ha ido acabando, esto es, su marcha fue paulatina y no existe una frontera, un acontecimiento, ya sea íntimo o universal, por el que quepa decir que el verano ha terminado.

Hay, por tanto, miles, millones, de fechas o momentos que marcan el final del verano, tantos como seres mínimamente conscientes y racionales existen. Se me concederá que, huérfano de un amorío estival, consigne el final de mi verano, muerto esta misma mañana a la luz equívoca y temblorosa del sol que alumbraba, con un punto de pesar, una piscina solitaria.

sábado, 10 de septiembre de 2011

LA ISLA (IX)

Jueves, 2 de septiembre
Lo que hace irrepetible a cada segundo es la presencia irrepetible de cada uno de nosotros. Si no existiéramos, los segundos serían todos iguales. Nada cambiaría, incluso cambiando todo. No sé si me estaré explicando, pero como sé que usted es inteligente, sabrá por dónde van los tiros.

Viernes, 3 de septiembre
¿Qué habría pasado con esos pobres primeros organismos vivientes que hace miles de millones de años colmaban los mares primitivos y de los cuáles procedemos nosotros si no los hubiéramos descubierto, inferido, a partir de nuestra inteligencia? Es necesario convencerse de que una vez estuvieron ahí, y que tuvieron una forma, un comportamiento y un ansia de supervivencia idéntico al que tenemos cada uno de nosotros. No conviene despreciarlos, y creo que hemos hecho bien otorgándoles un lugar y un papel en el mundo, aunque ya no existan. Si usted lee esto, -y que usted lo lea será el gran objetivo que tenga antes y después de morir-, estaré seguro de que también me otorgará un lugar y un papel en el mundo, a pesar también de no existir ya.

Domingo, 5 de septiembre
Hace un calor espantoso, terriblemente húmedo. Creo que de nuevo se avecina tormenta, y de las gordas, así que tengo que afanarme en buscar comida y guardarla. Y agua, sobre todo agua. Hay por aquí un árbol de hojas gigantes muy apropiadas para transportarla en grandes cantidades desde la catarata. Mañana me afanaré en todo ello. Presiento que se avecinan días difíciles.

Lunes, 6 de septiembre
Todo salió bien. Me levanté muy temprano, antes del alba, para acumular toda la comida y agua que pudiera. Cacé un buen número de lagartos, lagartijas y alacranes, y, con ayuda de las hojas gigantes, a las que conseguí dar forma de bolsa, traje agua desde la catarata. Creo que para un par de días tengo. Aún no ha llovido, pero está al caer. El cielo está coagulado de nubes, el viento arrecia cada vez con más fuerza y los pájaros de la isla están como alborotados, como si prepararan la huida. En realidad, es la isla entera la que parece querer huir, y yo con ella.

Martes, 7 de septiembre
Ha estado todo el día lloviendo. Desde luego, esto es mucho más que una tormenta. Probablemente sea un tifón, aunque no estoy seguro de si la isla Inmaculada está en zona de tifones. Si no lo está, no andará muy lejos. Desde el interior de la cueva, de donde no he salido desde ayer por la mañana, se oye el incesante y furioso chorreo de la lluvia. Y, sobre todo, lo que hiela la sangre es el ulular del viento, algo así como si todos los fantasmas atormentados de la historia hubieran salido en procesión. La cueva está oscura, muy oscura, y ni no fuera por el pequeño fuego que he logrado encender (no es fácil con el nivel de humedad que hay aquí) no habría podido escribir estas líneas, ni habría podido estar medianamente tranquilo, sintiendo cómo corrían las arañas por mi cuerpo, oyendo el deslizarse de las culebras y el leve gruñido de los alacranes antes de atacar. Tampoco podría haber pensado como he pensado, con alegría y una sonrisa en la boca, en mi familia, en mis amigos, en Inma y en el cielo de Madrid. Ni en las amapolas de mayo del descampado de enfrente de mi casa, ni en mi querida Cava Baja. Ni en usted, claro, porque en esta hora de mi vida es quien tengo más presente.

Miércoles, 8 de septiembre
No logré dormirme hasta muy avanzada la noche. Al despertar, con el alba, noté algo muy extraño. Al principio no sabía lo que era, me encontraba cansado y desorientado. Tras unos minutos de discernimiento, caí en la cuenta de que ese elemento tan extraño no era otra cosa que el silencio. Un silencio muy cercano al absoluto, tanto, que tuve que emitir un sonido -“a”- para cerciorarme de que no me había quedado sordo. Es lo mismo que cuando uno se despierta en medio de una oscuridad completa y por unos instantes piensa que se ha quedado ciego. Ese “a” me tranquilizó, y me dirigí a la salida de la cueva. Al fondo se veía una claridad mentolada, y, cuando salí, tuve que cerrar los ojos, deslumbrado por la claridad. El sol volvía a brillar y el cielo lucía tan limpio y luminoso como en los mejores días del invierno de Madrid. La tormenta, o tifón, o lo que fuera, había pasado, y en torno mío no había más que árboles tumbados. Parecía el escenario de una matanza vegetal. Algunos pájaros, milagrosos supervivientes, parecían afanados en reconstruir sus vidas tras la tragedia. Y, dentro de nada, la vida volverá como si nada a la isla Inmaculada. Eso es una de esas cosas que se sienten.

Jueves, 9 de septiembre
He vuelto a preparar una pira para hacer humo, a ver si tengo suerte. Luego he bajado a la playa -que está irreconocible, tapizada por un bosque de ramajes muertos-, a otear el horizonte. Nada. A veces me da la sensación de vivir en un universo paralelo, o en el interior de un cascarón, o haber viajado en el tiempo hasta una época remota, cuando el ser humano aún no existía. Pero no, eso es demasiado fantasioso, demasiado novelesco, y esta isla, como ya le he dicho alguna vez, es más real, sin duda mucho más real e inmediata que todo lo que he vivido hasta ahora. En más de dos meses no he visto ni siquiera un avión lejano, una sola señal de humanidad. El “a” que emití ayer es lo más humano -junto con la muerte- que ha acaecido en esta isla. Hasta ahora no he pensado mucho en los que murieron en el accidente y que están podridos y descarnados, unos en el fondo del mar, otros en el asiento que les tocó, otros esparcidos en las rocas. Es duro pensar que la isla Inmaculada es un inmenso depósito de cadáveres a los que dentro de no mucho se unirá uno más. Usted sabe tan bien como yo lo que me queda.

Viernes, 10 de septiembre
Creo que ha sido el día más duro de mi vida, pero también el que ha dejado un depósito mayor de paz. Anoche, desde que dejé de escribir, no cesó de torturarme la idea de que mis compañeros de vuelo yacieran desperdigados, sin sepultura, al amparo de los elementos. Así es que esta mañana, después de desayunar un par de arañas, he bajado a la playa y me he dedicado a buscar los cuerpos. No ha sido tarea fácil, y desde luego que no he podido recuperarlos todos. El avión está partido en tres grandes trozos y, visto desde la playa, semeja una sirena varada que en medio de una tormenta no pudo llegar viva a la costa. El fuselaje está ya oxidado. Logré rescatar veintiocho cuerpos, veinticuatro correspondientes al pasaje, dos azafatas y los dos pilotos, que pude sacar de la cabina no sin grandes esfuerzos, pues el morro del avión se hallaba embutido en unas rocas afiladas. De diecinueve he podido averiguar el nombre e incluso algunos datos de sus vidas, y ver a sus familias en las fotos, otorgarles una profesión, un jirón de pasado. De los nueve restantes, me ha sido imposible. He empleado todo el día en enterrarlos por separado, en la misma playa donde desperté yo aquel 22 de junio y viví hasta que la tormenta destruyó mi refugio. Por un lado están los identificados, y por otro los sin nombre, pero todos con su respectiva cruz, que he podido fabricar con ramas secas, y un manojo de las plantas más hermosas que he encontrado por aquí. Al atardecer he rezado un responso por todos ellos, y durante un buen rato me he quedado sentado junto a la playa, ya tranquilizado y en paz, junto al cementerio improvisado, con las olas lamiéndome los pies, solamente lamentando no haber podido enterrar como merecen a los que viajaron conmigo y que no tuvieron tanta suerte como yo de dejar testimonio, el testimonio que usted está leyendo.

PD: he enterrado los cadáveres con la ropa que llevaban y su documentación, a fin de que, si alguna vez dan con esta isla y si, como sería lo normal, los familiares quisieran repatriar los cuerpos, se sepa quién es cada cual. Lo siento una vez más por no haber podido identificarlos a todos, pero confío en que con las tecnologías que hay pueda conseguirse, y lo siento también si alguno de los enterrados no es cristiano, pero creo que sus familiares comprenderán que ante la muerte todos somos lo mismo y que hasta que den con ellos mejor será que descansen bajo el abrigo de una cruz que no zarandeados por los vientos y las mareas. Por mi parte, desearía ser enterrado en la playa y junto a los cadáveres que quedaran, si los hubiere, y si no, solo. Y que sepa usted y papá y mamá que sobre esto no hay duda ni vuelta de hoja. Gracias.

Sábado, 11 de septiembre
Después del inmenso funeral de ayer, en el que oficié a la vez de sacerdote, padre, madre, hermano, hijo, amigo, amante, sepulturero, plañidero y mirón, es como si la muerte se hubiera hecho carne en mí, como si hubiera tomado conciencia plena de ella, y no sólo de la mía -que poco importante es y bien presente la tengo desde hace mucho tiempo- sino de su concepto y su presencia en el mundo, que los que vivimos inmersos en la vorágine de la civilización no llegamos a asimilar. Y le aseguro a usted que me siento con una tranquilidad de ánimo como nunca había experimentado, como si no hubiera final de nada, sino principio de todo; más exactamente, como si siempre estuviésemos viviendo el final de nada o como si la nada fuera el principio de todo. El cuaderno, amarilleado y ajado ya por las inclemencias, adelgaza por momentos y prefiero ni mirar lo que le queda ya. Le juro, y bien que me enorgullezco de ello, que en todo este tiempo no he contado ni una sola vez las hojas en blanco que quedan por llenar. ¿Se imagina? ¡Qué angustia! Ir contando las hojas que le quedan a uno de vida, como una espera después de la cual es posible que no haya nada, no creo que haya tortura mayor...

jueves, 8 de septiembre de 2011

LA ISLA (VIII)

Jueves, 19 de agosto
El verano no avanza. Más bien retrocede. Tampoco se estanca, sólo retrocede. Y ni siquiera es verano.

Viernes, 20 de agosto
Decir agosto aquí es perfectamente absurdo. Pero hay que decirlo.

Martes, 24 de agosto
Y las hojas siguen pasando, pero también los días. ¿Será posible que queden rincones en el mundo inexplorados? ¿Será posible que, casi dos meses después del accidente, nadie haya encontrado los restos del avión? ¿Será posible que realmente vaya a morir en esta isla desangrado por la tinta que derramo en este cuaderno? Me pregunto con cierto placer -y cierta vanidad, por qué no decirlo- qué estarán diciendo en los medios de todo el mundo acerca de la desaparición de un vuelo del que no ha quedado ningún superviviente. “El vuelo salió de Barajas el día 22 de junio a las ocho de la mañana y debía llegar a X a las cinco de la tarde, pero sobre las tres se perdió su pista y nada se ha vuelto a saber de él. Se cree que los restos del avión pueden estar en el fondo del océano, por lo que las posibilidades de encontrar supervivientes son nulas. Todos sus ocupantes han muerto”. Me regocijo en la palabra todos. Nadie sabe que yo estoy aquí, pensando en todos aquellos que me creen muerto. A buen seguro que si ellos lo supieran sentirían un escalofrío. ¡Un muerto pensando en ellos! ¡Qué disparate!

Miércoles, 25 de agosto
El último hombre sobre la tierra. Ese día llegará. ¿Y qué sentirá ese hombre, siendo consciente de que realmente es el último? “Si estoy solo, no estoy”, dijo Blanchot, citado por Vila-Matas. Me parece una frase muy acertada que refleja a la perfección el sentimiento del último ser humano. Porque, aunque lo escribiera como yo estoy haciendo ahora, nadie quedaría para leerlo. Ese cuaderno o ese soporte informático quedarían a merced de los elementos y se desintegrarían en pocas décadas, descartando que una hipotética civilización inteligente que llegara a una Tierra deshabitada lo encontrara y lo descifrara. En cualquier caso, ya no sería un ser humano el que lo leyere. Pensándolo bien, es exactamente la misma situación que la mía. Nada me garantiza que este cuaderno sea alguna vez encontrado. Y ello es lo que realmente me angustia. Morir sin que nadie sepa que uno ha muerto ni, sobre todo, cómo ha muerto, cómo ha ido muriendo, no ser enterrado, no ser despedido en condiciones, deshacerse en el tejido del universo como se deshará esta isla, o la lagartija que tengo ante mí y que corre a esconderse debajo de una piedra, o como las moléculas de aire que respiramos. A partir de ahora se me presenta el mayor de los retos que he tenido nunca: procurar las condiciones ideales para que este cuaderno llegue a las manos de alguien, a las manos de usted. ¿Cómo hacerlo? ¿Dónde dejarlo de manera que alguien lo pueda encontrar? ¿Cómo preservarlo de la lluvia, del viento, de la humedad? Y, sobre todo, ¿cómo preservarlo del paso del tiempo tras mi muerte? ¿Tendré fuerzas suficientes antes de morir para emplearme con todo rigor en ello? Qué difícil, Dios mío, qué difícil...

Viernes, 27 de agosto
Releo lo escrito los últimos días y me doy cuenta con pavor de que el tono se ha ido haciendo más dramático. Y no hay motivo. No paso hambre, mi organismo hace mucho que se hizo al clima de la isla, el tiempo es fantástico, me he acostumbrado a la presencia de las arañas, los lagartos y las culebras y no veo que mi vida corra peligro. En realidad, creo que podría vivir en esta isla indefinidamente. Físicamente estoy perfecto, quizá más fuerte que nunca, pero es mentalmente donde empiezo a vislumbrar las primeras fallas. La rutina aquí se ha hecho tan exacta y repetitiva como lo era en Madrid, sólo que, lógicamente, con actividades distintas. Pensándolo un poco, no cambia nada. Uno lucha por procurarse una vida lo más cómoda posible de igual manera en la isla Inmaculada que en Madrid o Nueva York o Bagdad, eso es algo que nunca cambia. Los resortes de nuestras vidas son los mismos, sin importar el espacio geográfico ni la situación en que nos hallemos ni la posición que ocupemos. Lo único que cambia es el cómo, no el qué. Uno se repite aquí como se ha repetido durante toda su vida, con los mismos anhelos e incertidumbres. Uno, en verdad, adivina una existencia más fácil aquí que metido de lleno en la colmena zumbadora de nuestra civilización. Se acabó, no quiero hablar más sobre ello. Los intelectuales se partirían de risa con estas filosofías de andar por casa -o de andar por arenas, riscos y selvas, mejor dicho. Pero antes, una idea de relato por si usted quiere desarrollarla: ¿Qué pasaría si los científicos descubren que el Sol ha comenzado ya su crecimiento hacia la fase de Gigante Roja y que, sin género de duda, ese crecimiento ocurrirá y se completará en unas pocas décadas o unos pocos años?

Sábado, 28 de agosto
Lo repito una vez más: qué absurda se me representa toda mi vida anterior, pese a todo lo que hice, pese a la actividad en que me hallaba sumido, y qué llena de sentido se aparece la existencia en la contemplación pasiva y muriente en la isla Inmaculada. Aquí, contra lo que usted pueda creer, no hay nada que uno deba perderse. Desde la salida del sol hasta el acento de los pájaros, pasando por el arrullo del mar, el ulular del viento, la textura del cielo, la fragancia húmeda de las plantas, el sabor salino de mi piel, la dureza de las rocas, el silencio estremecedor del interior de mi cueva, el zascandileo de los mosquitos y las arañas y el matiz del color del mar, todo cobra un significado basado precisamente en la ausencia de significado. Todo se explica sin necesidad de ser explicado, no sé si me entiende.

Domingo, 29 de agosto
Dos meses. Ayer escribí acerca de la ausencia de significado de todo lo que me rodea. Bien, lo único que lo dota de significado es este cuaderno y escribir en él, pero al darle significado, lo pierde en ese mismo instante. Intentar dar sentido a esta situación, a esta isla, a mí mismo, no es más que quitárselo por completo.

Lunes, 30 de agosto
CONCIENCIA DE LA LLUVIA

He pasado un día delicioso, oyendo llover desde el interior de mi cueva, sentado en la oscuridad, con el mentón apoyado en una mano, reflexionando sobre esa lluvia de la que sólo me llegaba su sonido. Para mí sólo existía esa lluvia o, mejor dicho, su traqueteo interminable, monótono e intranquilizador. Y desasosegante. Pero a la vez me infundía una tranquilidad de ánimo, una conciencia fatal de los días perdidos, una certeza de la vida pasada, que me sumió en un rincón muy pequeño y muy oscuro de mí mismo y que, a pesar de su pequeñez y oscuridad, era todo mi ser. Y no solamente mi ser, sino algo más. Ese rincón inmenso era la lluvia, y todo lo que a partir de ella se expandía en el infinito como un efluvio enroscado y delirante. De la lluvia, del sonido de la lluvia, me llegaba algo así como una letanía de conciencia profunda, que no requería de pensamiento ni de esfuerzo alguno de la voluntad. Recordé con asombrosa precisión de detalles una tarde de domingo de cuando tenía doce años, quizá la más amarga de mi vida. Aquel día esperaba con ansia a que llegara la hora de jugar al fútbol con mis amigos, como hacíamos cada domingo. El día estaba hermoso, hasta que a la hora de la siesta asomaron sus hocicos unas nubes muy negras y muy densas. Habíamos quedado a las cinco, y durante dos horas no me aparté de la ventana, viendo cómo las nubes invadían lenta e inexorablemente el barrio. Como no descargaban, tenía esperanza de que esas nubes pasaran y nos dejaran jugar. Creo que nunca he estado tan nervioso como aquella vez, puede usted creerme. Pero el enemigo era demasiado poderoso. No habían golpeado cuatro gotas en el cristal de la ventana cuando sonó el teléfono. Lo cogió mi madre: “hijo, es para ti, es Jorge”. Llorando, pero sin que ella me viera, respondí: “dile que no me puedo poner”. No tenía fuerzas para escuchar lo que Jorge quería decirme. Y aquella tarde me quedé en casa, junto a la ventana, viendo llover -empapándome de la conciencia de la lluvia-, hasta que anocheció.

domingo, 4 de septiembre de 2011

LA ISLA (VII)

Sábado, 14 de agosto
LA VOZ HUMANA CUANDO NO SUENA

¿Me habré quedado sin voz? Hoy me he dado cuenta de que llevo un mes sin abrir la boca. Mis deseos de comunicación se ven colmados en este diario. Es posible que, si no completamente apagada, sí mi voz suene distorsionada, flaca, cavernosa. Hasta me da miedo comprobarlo. Sería facilísimo, sólo tengo que decir algo. Pero qué difícil es decir algo cuando nadie puede oírte. Si acaso, puede uno gritar, gritar desaforadamente como cuando uno de los primeros días gritaba la palabra foie-gras, pero no hablar con normalidad. De eso soy incapaz. Si un día hago la prueba y encuentro la forma de expresarlo -que presumo que no será fácil-, ya le contaré cómo suena la voz humana cuando no suena.

Domingo, 15 de agosto
Hoy es la Paloma. Fue hace dos años. Me pongo a recordar como quien ve una película o lee un libro. No puedo hacer otra cosa. La carrera de San Francisco olía a algodón de azúcar, a garrapiñada, a vino callejero, a panceta y salchicha, a melón, a piel de verano, a puesta de sol. La plaza de Puerta de Moros crepitaba con los primeros delirios nocturnos, volaban las risas, danzaban las sonrisas y las terrazas del Humilladero y los Carros lanzaban a los aires su confuso pregón. Recuerdo el cielo, de un azul postrero e íntimo. Recuerdo las recién nacidas luces de las farolas, y el ruido de fondo de la verbena, y a los niños correteando alrededor de mí, y, en medio de un aroma de felicidad, mirar hacia la cúpula de San Francisco el Grande, que ardía en el crepúsculo recortándose como un ninot castizo y muriente. Las piedras medievales de ese rincón de Madrid participaban de la fiesta. El junio anterior habíamos terminado la carrera, y desde entonces, desde la borrachera inmediatamente posterior al magno evento, los compañeros de clase que habíamos estado juntos desde el primer curso, el núcleo duro, no nos habíamos vuelto a reunir. Aquel encuentro improvisado, en pleno agosto, sonaba a fin de una época de nuestras vidas; sonaba, olía, se veía, se sentía en los comentarios, en las voces, en las sonrisas dislocadas, en esa actitud de ponernos el brazo por el hombro y decirnos cosas graciosas al oído. “La próxima vez, la próxima vez”, no cesábamos de repetir. Pero cuanto más lo repetíamos, menos convencidos estábamos de que hubiera una próxima vez, o al menos una próxima vez como aquella y como las de los cinco años anteriores. Todos sabíamos que no había vuelta de hoja y que tocaba mirar hacia el futuro profesional, hacia el futuro verdadero. Cada cual por su cuenta, el tiempo actuando de separador y decantador de recuerdos y amistades, un novio por aquí, una novia por allá, algunos ahorros, uno a Barcelona, otro a Dublín, los más en Madrid, pero en barrios desconocidos, alejados del calor de nuestra juventud. Y se acabó, y empieza otra cosa. Todo eso lo sabíamos, y quizá por ello aquella fiesta de la Paloma, tan infantil, tan ingenua, tan castiza, nos supo mejor que nunca.

Irene había comprado un algodón de azúcar, que apenas probaba. En realidad, no sabía muy bien por qué lo había comprado, quizá nada más que por entreverarse en el entorno. Yo la miraba continuamente, sin que ella se diera cuenta. El ambiente estaba adobado con su presencia. Le dije muchas tonterías, comentarios que yo creía ingeniosos y que no pasaban de ser una despedida un poco tragicómica. Álex, por el contrario, era más incisivo en su dialéctica, parecía llegarle más. Indudablemente me había cogido ventaja, no solamente en aquel momento, sino durante todo el curso anterior. Incluso me llegaron rumores de que estaban liados, pero yo jamás los di pábulo. Estaba convencido de que sólo tonteaban, claro que ya era mucho más de lo que hacía yo. Aquel día de la Paloma se dirimía el combate final, eso lo sabíamos tanto Álex como yo. Irene, ajena a este juego, parecía disfrutar con que nos despedazáramos con cada mirada, con cada palabra, con cada gesto. No sé cómo, hubo un momento en que Irene y yo nos separamos del grupo y entablamos un germen de conversación interesante, de esas que se dan muy de vez en cuando. Álex, que se creía vencedor, no dejaba de mirarnos con los ojos encendidos. No sé cómo llegamos a hablar de los sumerios y los acadios, y tampoco sé cómo, de ahí, la conversación derivó hacia una disyuntiva entre la sensibilidad y la dureza de carácter. Ella parecía abogar por los sensibles y sentimentales y yo, nada más que por llevarla la contraria -lo creía fundamental para iniciar el juego-, defendí al ser robótico de voluntad inquebrantable. Habíamos cambiado los papeles, defendiendo cada uno todo lo contrario que en lo íntimo defendíamos. Ella defendía mi intimidad y yo la suya, ¡qué cosas!, ¿verdad usted? Y, conscientes ambos de que estábamos representando un papel que nada tenía que ver con la realidad de nosotros mismos, decidimos desgajarnos también de la realidad que nos rodeaba y, casi sin avisar, dijimos a los demás que ahora vendríamos, que Irene tenía que comprar no sé qué cosa en una tienda de chinos y que yo la acompañaba. Álex me miraba con el semblante tranquilo, pero en los ojos se notaba el fuego de su interior. Echamos a andar por la calle Tabernillas, muy lentamente, demorando el momento. Estas son las estampas que, aquí en la isla, duele recordar. Ella vestía uno de esos pantalones vaqueros ceñidos que dejan el muslo al aire y un top azul. Estaba bronceadísima y yo, en aquella situación, más tranquilo de lo que nunca llegara a pensar. Compró lo que tenía que comprar en la misma calle Tabernillas, en la confluencia con la del Águila, y salió de la tienda. Debíamos regresar a la carrera de San Francisco y buscar a los demás, pero ninguno de los dos parecíamos tener prisa. Parecía que en cuanto viéramos un lugar propicio -un banco, un poyete, un bordillo más alto de lo normal-, nos sentaríamos y allí ocurriría todo. Y en ello, en buscar ese rincón que sirviera de descanso para las piernas y de yesca para nuestro fuego aún no encendido, nos concentramos tácitamente, mirando a todas partes. Pero entre la calle Tabernillas y la carrera de San Francisco no hay lugar para el amor, y allá a lo lejos, entre el nudo de la verbena, divisamos al grupo, aunque ambos hicimos como que no lo habíamos visto. Fueron ellos los que, fatalmente, nos vieron a nosotros. Y ahí acabó todo. El resto de la noche fue un disparate por mi parte. La oportunidad había quedado atrás, en el breve trayecto desde la calle Tabernillas hasta la carrera de San Francisco. La conversación sobre los sumerios y los acadios, el hombre sentimental y el hombre fuerte, quedó varada como uno de esos barcos oxidados del mar Caspio que una vez vi en un reportaje de El País Semanal. La última visión que recuerdo es la de Álex e Irene caminando juntos hacia San Francisco el Grande, en cuyos alrededores él tenía aparcado su coche, rodeados de los retales de una noche de verbena.

Lunes, 16 de agosto
Casi cuatro hojas gasté antes de ayer en contarle a usted un suceso diminuto de mi vida, que poco ha tenido de importante para mi devenir en el sentido de que nada de aquello repercutió posteriormente y que, pensándolo bien, ni siquiera es suceso, porque nada sucedió. Pero tenía que contarlo. Aquí en la isla, uno mira hacia atrás y ve la película de su propia vida y se da cuenta de cosas de las que jamás se percató mientras las estaba viviendo. Por ejemplo, hasta que se lo conté a usted ayer no me había dado cuenta de que un detalle tan nimio como que desde la calle Tabernillas hasta la carrera de San Francisco no hubiera un solo lugar apto para sentarse fue lo que desbarató mis opciones, que eran reales -¡crea la palabra de un hombre honrado!-, con Irene. Tampoco sé si Álex y ella hicieron algo, porque a ellos dos no los he vuelto a ver. A algunos de los demás, sí, pero a ellos no. ¿Será casualidad o que, en efecto y como usted muy bien estará pensando, han juntado sus destinos como dos ríos que se encuentran, completamente alejados del mío? ¡Vaya usted a saber! El caso es que, viendo la fecha, me vi obligado a recordarlo y, sin nada mejor que hacer, a contárselo a usted. Espero sabrá disculpar que no le cuente cosas de más sustancia referentes a mi vida aquí, pero es que tampoco hay mucho que contar, aunque me complaceré si usted halla algo de entretenimiento en estos episodios personales de alguien que tiene los días contados. Grave pecado es la nostalgia y, por lo que se ve, sepulcro de hombres de acción.

Martes, 17 de agosto
El cuaderno adelgaza por días, igual que yo. Habrá que apretar la letra, pero eso sería hacer trampas. Creo que he dicho demasiadas cosas, y sin embargo no he dicho nada. Me parece que estará usted de acuerdo.

Miércoles, 18 de agosto

Escapando del casero y de algo más -quizá de todo, quizá de nada-, he llegado aquí. Gastando un dinero que no tenía, cogí un avión que se estrelló y del que soy el único superviviente. Iba a un lugar que era de paso, bisagra para una nueva vida, y me encuentro con un paisaje completamente desconocido y que será mi última patria. En fin, las cosas han sucedido así y no hay más que hablar. Pero a veces pienso en la teoría de las múltiples historias de Friedmann. Si, efectivamente, cada uno de nosotros está viviendo a la vez un número infinito de vidas, no puede uno menos que preguntarse qué es lo que hace que estemos viviendo precisamente esta vida, esta historia, y no otra. Claro que lo mismo se preguntarán muchos otros yos que estén viviendo en este mismo momento el resto de historias. Uno de ellos, por ejemplo, se habrá casado con Inma y tendrá un buen puesto en una gran empresa de construcción. Pero se trata de una de las más plausibles, una de las más cercanas al yo que estoy viviendo y sintiendo, que me ha tocado vivir y sentir, porque al fin y al cabo yo conozco a Inma y soy ingeniero de Obras Públicas. Quizá otro yo sea Presidente del Gobierno, o jugador del Real Madrid, o escritor famoso, o ferretero, o mendigo. Otro habrá cogido otro avión y habrá llegado a su destino, y allí se habrá suicidado, quién sabe. En realidad muchos de mis yos alternativos (alternativos sólo para este yo que está escribiendo) han dejado de existir. O quizá haya un yo tan alejado de este yo que conozco que haya dejado de ser yo para ser una persona completamente distinta. Y todos a la vez, todos revueltos en este magma inextricable que es la existencia. No sé, a lo mejor son maneras que tienen los científicos de complicar las cosas.

Imagen de cabecera: LA VERBENA DE LA PALOMA.

sábado, 3 de septiembre de 2011

COSAS

Me ven más grande de lo que en realidad soy (suelen echarme cuatro o cinco kilos más de los que peso). Por tanto, no soy más grande de lo que parezco, sino, más exactamente, soy más grande de lo que soy.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LA ISLA (VI)

Viernes, 6 de agosto
Es curioso. En todo el tiempo que llevo aquí me ha dado tiempo a pensar muchas cosas. Y, en esta isla, pensar quiere decir recordar. A todas horas pienso en mi vida pasada, en los sucesos mínimos cotidianos que apenas valoro pero que, vistos desde la distancia, se magnifican hasta alcanzar el grado de obsesión. Durante este mes y una semana como náufrago, se ha ido produciendo en mí una decantación de los recuerdos, una selección que ha ido eliminando, sin razón alguna, ciertos elementos de mi vida y sedimentando otros, también sin ninguna causa aparente. Pongamos unos ejemplos. Apenas me acuerdo de los asuntos laborales, que tan preocupado me tenían en Madrid, ni de Jacinto, ni de que a fin de mes iba a venir el casero para reclamarme el pago de los dos últimos meses del alquiler, ni de ese ruido tan extraño que hacía el coche y que en breve me iba a obligar a llevarlo al taller, con el importante desembolso consiguiente; no me acuerdo de casi nada de lo que tanto me atribulaba mientras lo estaba viviendo, aquello que conformaba el núcleo de mis esfuerzos. Los primeros días en la isla Inmaculada sí, sí que esos asuntos ocupaban un nada despreciable espacio mental, quizá por la inercia de “preocupación” que traía por todo ello. Pasado el tiempo, lo importante ha dejado de interesarme, ha ido liberando espacio en la memoria para dejar lugar a aquello en lo que apenas reparaba y que, ahora, ocupa casi todo ese espacio. Me refiero, por ejemplo, a mi trayecto matutino en metro de casa al trabajo. Pienso muchísimo en esa media hora corta, que era para mí sumamente placentera, a pesar de las aglomeraciones, a pesar de la competitividad que reina incluso para sentarse en un sitio libre, a pesar del calor del interior de los vagones, a pesar de los empujones y los malos olores. A pesar de todo ello, me gustaba. Sobre todo porque, ya se lo dije en otra ocasión, veo siempre las mismas caras. Y ellos me ven a mí, claro, y me reconocen, como yo les reconozco a ellos. Y entonces siento tal hermandad de sentimientos que, aunque sólo sea por unos segundos, los quiero. Sí, sí, como lee, los llego a querer. A pesar de que nunca nos saludamos, esto también lo dije, e incluso es posible que, de saludarnos, se rompiera el encanto. Es verdad: los llego a sentir como algo mío, tan mío como mi familia, mi trabajo, mi casa, mi coche, mis libros favoritos o mi balón de fútbol. Puede parecer absurdo, pero estoy por asegurar que el trayecto en metro al trabajo era lo mejor del día. ¡Qué cosas!, ¿verdad usted?

Domingo, 8 de agosto
Tormenta terrible, esta vez por la tarde. El refugio ha quedado muy dañado y tocará reconstruirlo como se pueda. No sé si seré capaz, me parece increíble siquiera haberlo podido construir y que haya aguantado tanto. ¿Cómo demonios lo hice? Lo peor es que la tormenta se repita hoy, entonces sí que no sé lo que haré.

Lunes, 9 de agosto
Es imposible. Ha vuelto a llover, y a tronar, y el viento ha soplado con mucha más fuerza que ayer. El refugio ha quedado completamente inhabitable y sin posibilidad ninguna de ser reconstruido. Tendré que cambiar de ubicación. Será la tercera vez en mi vida que cambie de casa. La primera fue al irme de alquilado y la segunda cuando llegué aquí. Pero no pienso construir nada, es una labor que supera mis fuerzas. Mañana a primera hora me pondré a buscar una cueva. Es imposible que no haya. Una cueva, una cueva es lo que necesito. Logré salvar el cuaderno -como usted habrá deducido- y mi lata de foie-gras. Dentro de todo, la Fortuna se está portando bastante bien conmigo. Y eso es precisamente lo que me escama, porque tarde o temprano esa balanza, que está a mi favor, tendrá que igualarse, y no quiero ni pensar de qué manera lo hará. Espero que la desgracia que me toque no sea irremediable, y se me sigan otorgando oportunidades. Siento que mis ánimos desfallecen, por primera vez me veo despeñado por el barranco del pesimismo y la tristeza. Me va a perdonar usted que por hoy deje de escribir. No puedo seguir.

Martes, 10 de agosto
Atardece. Pasé la noche al raso, junto a la playa. Fue una noche plácida, tibia, cuajada de estrellas. Su lejano y extemporáneo brillo y la claridad lechosa de la luna me han mantenido en vela durante muchas horas. Mirando la luna, me acordaba de aquel verso de José Hierro: “pandereta de siglos para dormir al hombre”. Y, pensando en ese verso, que decía para mi coleto una y otra vez como si de una letanía se tratara, me era imposible dormir. Pero ha merecido la pena. Al alba me he despertado y, tras desayunar algún pez que me quedaba en la despensa -llamo despensa a un agujero que cavé en la arena-, me he puesto en movimiento para buscar un nuevo refugio. Decidí seguir el curso de un arroyo que desemboca en el mar. El trayecto no era accidentado, aunque sí exigente físicamente, pues picaba hacia arriba. Atravesé una zona de selva en la que preferí no internarme por creer que no hallaría lo que buscaba, así que continué ascendiendo junto al arroyo. Poco a poco el paisaje se fue haciendo menos vegetal y más rocoso. Llegué al nacimiento del arroyo, una preciosa catarata en forma de cola de caballo con un agua fresca revitalizadora. Tenía dos opciones: seguir por la izquierda o por la derecha. Como ninguna de las dos ofrecía a simple vista mayores oportunidades que la otra, opté por seguir mi instinto, así que proseguí por la de la derecha. Caminé junto a un escarpe, que quedaba a mi izquierda. Poco a poco la vegetación se fue adensando y el camino, oscureciendo. Pensé que me estaba equivocando, que debía volver sobre mis pasos, llegar a la catarata y tomar el camino de la izquierda. Pero proseguí, a pesar de que era consciente de que me estaba alejando demasiado de la playa, donde tengo comida fácil y segura. No quiero dar cuenta de los animalejos que me topé, porque me estremezco. Claro que, pensé, podían ser comida. Aquí, créame usted, hay que tenerlo todo en cuenta. Lo del agua, con la catarata, estaba solucionado. Para no perderme, decidí ir marcando mi camino colocando piedras en el suelo en forma de flecha y, por si acaso, arrancando ramas de los árboles. Siempre subiendo, doblé un recodo del camino junto al escarpe y continué por una senda apenas dibujada, pero muy evocadora, como de cuento. Cuál sería mi sorpresa cuando, terminada la senda -por llamarla de alguna manera-, llegué a un claro en la selva, que no era otra cosa que el lugar más alto de la isla. Y, sobre una enorme piedra en forma de yunque, se divisaba la playa, en forma de arco, y la densa verdura, y el mar infinito, que se iba oscureciendo por franjas hasta, desde el azul turquesa de la orilla, hacerse casi negro en la raya del horizonte. Y, casi casi, podía percibirse la curvatura de la Tierra. Pero esto son cosas mías. Increíblemente, encontré lo que buscaba: una cueva. Como hecha de encargo, además, profunda, amplia y, por lo que parece, libre de inquilinos. Se hace difícil pensar que en una isla tan pequeña pueda haber animales grandes, y menos aún depredadores. Instalado, regresé a la catarata, bebí agua y logré cazar algunas lagartijas y un par de arañas. Escribo estas líneas a la entrada de la cueva, mi nuevo hogar; el que será mi hogar hasta el fin de mis días.

Jueves, 12 de agosto
La verdad es que me encuentro más cómodo aquí que en la playa. Hace algo más de frío, sí, pero a cambio la humedad es menor. Es un clima más madrileño, digámoslo así. Eso sí, la comida, además de peor, más asquerosa -culebras, lagartos, arañas-, más difícil de tragar, es menos abundante y más difícil de conseguir. Váyase lo uno por lo otro. Si la cosa se pone fea, siempre puedo regresar a la playa y pescar algunos peces. Me parece asombroso que, en realidad, tengo absolutamente todo lo que necesito, y que ahora mismo estoy ocioso. Sería el momento de ver una película, o leer un libro, o mucho mejor, quedar con Inma para dar una vuelta por el centro, tomarnos unos vinos y unas tapas, reírnos con los vapores del alcohol, hablar sobre todo y sobre nada, hacernos cosquillas mientras caminamos por la calle del Nuncio, o por la Costanilla de San Pedro, o por la plaza de la Paja, o por la calle de Moratín, y despedirnos en la plaza de Tirso de Molina como dos adolescentes, sin atrevernos a besarnos. “¿Qué hago, Dios mío? ¿La beso o no la beso?” Sí, veo claro en la soledad de esta isla que eso y sólo eso es lo realmente difícil de saber en esta vida: cuándo demonios debe besar uno a una chica. Porque está claro que debe hacerlo, pero precisamente por eso se paraliza, le atenaza la responsabilidad, la posibilidad de fracaso a la vuelta de la esquina. Irse a casa sin besarla no entraba dentro de las posibilidades, pero está a punto de suceder. Y entonces aparece la urgencia, y se queda uno callado, mirándola mientras sonríe, con una indefinible cara de estúpido. Y estira la conversación hasta extremos intolerablemente absurdos. Y ella le mira a uno, callada, soltando monosílabos porque espera otra cosa, aquello que tú también esperas pero que te sientes incapaz de ofrecer. Y a cambio de ello no ofreces más que palabras vanas, algún silencio descorazonador y, sobre todo, la sonrisa de siempre, la sonrisa del que siempre pierde y se ha acostumbrado, la sonrisa del que se complace en su derrota. No, no, eso no puede repetirse, pero cuanto más quieres, menos puedes, y…

Sí, probablemente es lo que ocurriera de quedar con Inma. Claro que sería precioso…