miércoles, 17 de agosto de 2011

LA ISLA (III)

Domingo, 4 de julio
Créame usted si le digo que si hay algo que no echo de menos de mi antigua vida -vida que cada vez estoy más seguro no recuperar- son los domingos. Hoy es domingo, aquí, en la isla -¿para cuándo un nombre?-, pero no lo parece. Es un día más, como podrían serlo un martes o un jueves. Y no sabe usted cómo me congratula que sea así, de no sentir en las carnes la paralización de los domingos, su vacuidad, su estupidez. En España no se sabe qué hacer con los domingos. Tantas horas libres por delante nos desconciertan, y lo que debería ser disfrute y relajación de los ánimos y escaqueo de las costumbres, termina por ser más prisa, y más ansias, y más masificación. En el Primer Mundo, con todas nuestras comodidades que nos lo dan todo -y aún más que todo- hecho somos más celosos de nuestro ocio que de nuestro trabajo. Aquí, por el contrario, tantas horas libres lo llenan a uno de cosas por hacer. Ahora, por ejemplo, debo salir a buscar comida para la cena. Usted podrá creer que, con todo lo que desbarro en este cuaderno, me aburro. Nada más lejos. En realidad gasto muy poco tiempo al día -unos diez minutos- en escribir aquí. El resto lo empleo en buscar comida y en rastrear la isla buscando un lugar mejor. No lo hay, o no lo he encontrado, por eso sigo aquí. Creo que es el domingo más hermoso que recuerdo. Y lo es porque es un domingo que no es domingo. Y con esta ausencia de domingos y referencias semanales, veo con claridad que el tiempo se me escurre entre los dedos como arena fina. No tiene sentido apuntar la fecha, pero conviene hacerlo para que usted, cuando encuentre este cuaderno, sepa el día que morí. Es triste eso de que de alguien no se sepa qué día murió. Es como si su biografía quedara incompleta, ¿verdad? ¿Lograré llevar bien la cuenta? ¡Eso espero, por Dios, eso espero!

Martes, 6 de julio
Me pongo a recordar los diarios de escritores que he leído y llego a la conclusión de que no me gustan aquellos en los que no está anotada la fecha. Empezar a leer sobre un día no fechado es como hablar con alguien y no saber su nombre. Le falta algo, aun no faltándole nada. ¿Es que no se han dado cuenta de que están escribiendo un diario? El mejor es el de Amiel, que anotaba incluso la hora y el minuto. Decía, por ejemplo: “son las 7:32 de la mañana. Por la ventana veo la primera claridad malva y unos gorriones saludando al nuevo sol. Hoy me espera un duro día de trabajo”. Me parece asombrosa esa precisión, que va mucho más allá de la mera anotación rigurosa del día a día. Amiel, con eso de que a las 7:32 miraba por la ventana y veía la primera claridad malva y unos gorriones saludando al nuevo sol, nos viene a decir que se trata de un instante irrepetible, completamente auto contenido, cerrado en sí mismo, sin necesidad de otros instantes que lo expliquen. Y, como ese momento no volverá, conviene apuntarlo, aunque sólo sea para, al releerlo al día siguiente, o años después, hacerlo revivir, hacernos revivir a nosotros mismos, y estrujarlo contra nuestro pecho. ¿Qué tiene ello de malo?

Jueves, 8 de julio
Hoy, antes de cenar, me he quedado en lo alto de la roca contemplando el atardecer, un atardecer púrpura (no como aquel blanco del primer día), y me he acordado de que en varios días no me he acordado de Inma. Y he sentido un enorme desasosiego al ser consciente de que su recuerdo, como la arena fina y el tiempo, se me escurre entre los dedos. ¿A qué se debe? En teoría, y sin posibilidad de hablar con nadie, con tantas horas conmigo mismo y mi pensamiento, sin ver la televisión ni navegar por internet, sin jugar al fútbol o salir a tomar unas cervezas por la Cava Baja, debería acordarme de ella a cada instante. Bien, pues sólo hoy, cumplida la jornada y casi por casualidad, me ha venido su imagen a la cabeza. Si tuviera un reloj o un móvil con alarma, la ajustaría a una hora, las ocho de la tarde por ejemplo, con el aviso siguiente: “pensar en Inma”. Creo que sería buena cosa sistematizar, someter a disciplina los pensamientos y sentimientos, igual que hacemos con el estudio, o con el trabajo, o con la hora a la que nos levantamos. A tal hora, todos los días o al menos una vez a la semana, pensar en tal cosa o en tal persona, o acordarse de mamá o de papá, o del abuelo muerto, o de algo que nos guste hacer, o de un lugar que nos haga soñar. Sería una bonita y eficaz manera de ser más sensibles, de aprender a sentir, de agudizar el sentimiento. Creo que así viviríamos -mejor dicho, vivirían ustedes, porque yo ya no he de volver- en un mundo mejor. Tenga usted en cuenta esta iniciativa y divúlguela, por si sirviera de algo.

Viernes, 9 de julio
Posturas de culturista en la playa, al atardecer. La luz del sol y la piel bronceada resaltaban mis pectorales, y los cuadrados de los abdominales recién descubiertos, y la montaña rocosa de los cuádriceps, y los surcos de los deltoides, y los sorprendentes bultos de los bíceps y tríceps. La espalda no lo sé, lógicamente, pero también me la noto más fuerte, quizá lo más fuerte de todo. Lo he hecho desnudo, mucho mejor que con esos bañadores minimalistas que se ponen los culturistas profesionales para comparecer ante los jueces. Ja, ja, ja, ¡lo que me he podido reír!

Sábado, 10 de julio
Está muy bien esto de ser un culturista para nadie, pero con esta alimentación rica en proteínas y tan baja en grasas he pensado en comerme la lata de foie-gras que encontré el segundo día, y que ahí sigue. Esas calorías añadidas, esa untuosidad de lo manufacturado, de lo fabricado por el hombre pensando exclusivamente en su propio disfrute, me tientan. Pero no, debo aguantar para cuando la necesite de verdad. Ahora sería capricho, y no sé por qué me da que los caprichos en una isla desierta acaban por pagarse.

Lunes, 12 de julio
Pequeño contratiempo. Esta mañana estaba buscando cangrejos entre las rocas, cuando al ir a atrapar uno he resbalado y el pie derecho se ha incrustado en una hendidura. Me he hecho una herida, pero lo que más me molesta es el esguince. El tobillo está hinchado y de color violeta. Parece un bubón de los que hablaba Boccaccio en la primera jornada del Decamerón. Y me duele mucho. Así, me será imposible salir a buscar comida en unos días. Afortunadamente, tengo algunas provisiones y, si no me muevo, las necesidades energéticas serán también menores. Confío en que sane pronto, y poder volver a corretear por ahí. Temo también que, sin tanta actividad, esté tentado de escribir en este cuaderno más de lo debido. Dentro de poco habré gastado un cuarto de las hojas, un cuarto de mi nueva vida, de mi última vida. Porque sé que detrás no hay nada. Lo dije el primer día y lo sigo sintiendo así, si cabe con más certeza: cuando acabe de llenar este cuaderno -ablandado y ajado ya por esta humedad insoportable- no podré aguantar más. ¿Y por qué no deja de escribir?, se preguntará usted. Bien, no hay respuesta. O mejor dicho, sí la hay, pero es tan simple que usted la tomará como una respuesta tonta, absurda, una respuesta casi inexistente; en definitiva, una elusión de la respuesta: en mi situación, no es posible dejar de escribir. Si usted estuviera en mi lugar, vería cómo es cierto. Absolutamente imposible.

Jueves, 15 de julio
Haciendo un esfuerzo titánico, he conseguido estar dos días enteros sin escribir. Y ha sido horrible, nunca lo había pasado tan mal. Los diez, quince minutos diarios que empleo en plasmar aquí lo que me va llegando a la mente son como una purificación, una purgación de todos los malos humores, de todas las ansiedades, algo así como derramar de golpe para que no vuelvan todos los desasosiegos vitales, las tristezas, los desarraigos, todo. Al ver escrito lo que escribí, al observar con minuciosidad y asombro estas líneas escritas con tinta azul, siento como si fuera de otro, y entonces lo releo y disfruto como si me encontrara ante un relato de ficción escrito por alguien para solaz del afortunado lector. Siento que escribir es como desdoblarse, aunque se escriba sobre uno mismo, porque aunque uno escriba sobre sí mismo y sobre lo que hace, o lo que se encuentra, o lo que piensa, nunca lo que queda escrito es exactamente igual que él, que lo que hizo, lo que se encontró o lo que pensó. Nunca. Es otra cosa. Y así van pasando las horas, así van pasando los días, de la manera en que uno los narra para después recordarlo. Y para que usted lo disfrute. No me tenga compasión, por favor, eso nunca. No lo estoy pasando mal, no piense que por estar aquí perdido, lejos de todo, estoy viviendo un infierno. Usted sabe muy bien, como le dije algunos días atrás, que perderse en una isla desierta no es tan horrible como nos quieren hacer ver. Lea este cuaderno como una novela, relájese y disfrute, en la medida de las posibilidades de que yo con mi pluma sea capaz. Quizá debería encajar este fragmento al inicio del diario a modo de introducción, algo así como unas Instrucciones de lectura de este diario verídico que puede y debe ser leído como una novela, pero no, para qué. Está bien donde está, ¿no cree usted?

martes, 16 de agosto de 2011

LA ISLA (II)

TRANSCRIPCIÓN LITERAL DEL DIARIO MANUSCRITO HALLADO POR UN MÉDICO DE LA CRUZ ROJA EN UNA REMOTA ISLA DEL ÍNDICO

Miércoles, 23 de junio
Milagrosamente, logré rescatar un bolígrafo y este cuaderno. El bolígrafo es de tinta azul y el cuaderno tiene las pastas rojas y las hojas son completamente blancas. Es reconfortante enfrentarse a una hoja completamente blanca. Si fueran de cuadros o con rayas, creo que no podría escribir. ¡Blanco, blanco! Es el color de la muerte, dijo César González-Ruano. “El terror es blanco. La soledad es blanca”, escribió en su diario, el mismo día de morir. ¡Blanco, blanco! Quizá César tuviera razón. Aquí, desde la orilla de la playa, contemplo un atardecer extrañamente blanco, ni rosáceo, ni púrpura, ni chorreando miel, como dicen los poetas. Pero en la soledad de esta isla vale cualquier cosa menos la poesía, créame. El atardecer es blanco, nada más que blanco. El sol es espantosamente blanco, y el cielo que lo rodea, y la arena de esta playa. Sobre todo la arena es blanquísima. En España no existen playas así. Sí, puedo comprender lo que sintió César para decir que la soledad y el terror son blancos. Pero el blanco de las hojas de este cuaderno es todo menos muerte y soledad. Me he propuesto aguantar hasta rellenarlo entero con este diario, que hoy, un día después del accidente, comienzo. Sé que en cuanto lo rellene y no tenga espacio donde escribir no podré resistir más y moriré. Y no vale ni apretar la letra ni escribir en los márgenes. La consigna fundamental es escribir normal, sin abreviaturas, respetando las palabras, las sangrías, el espacio entre líneas. ¡Blanco! ¡Divino blanco! A partir de hoy, color blanco, serás mi única compañía.

Jueves, 24 de junio
El primer día completo como superviviente oficial no fue mal del todo. Hurgué entre los despojos del avión, aún humeantes, y encontré ropa, algo de comida y muchos recuerdos personales. Uno se vuelve insensible ante la desgracia ajena cuando está envuelto en el propio drama, en la propia supervivencia. No sentí ni frío ni calor al ver las fotos con las familias felices al completo, ni al encontrar los cadáveres de una madre y una hija abrazados, ni al toparme con unas hojas en las que una pareja seguramente de recién casados y que emprendían su luna de miel jugaban al “ahorcado”. Él (o ella), estaba a punto de descifrar la película Viven. Quizá fuera una broma de ella (o de él). Sí, hay veces en que la realidad se complace en ser cruel. Pero aquí el sentimentalismo sobra, lo único que cuenta es buscar comida y agua y un refugio decente. Esta noche hizo bueno, tuve suerte, pero, ¿qué pasará cuando llueva, o cuando arrecie el viento? Lo que más me ha alegrado encontrar ha sido una lata de foie-gras, de delicioso, grasiento y untuoso foie-gras. Qué palabra más hermosa, me deleito diciéndola en voz alta, aunque sepa que nadie puede escucharme. O precisamente por eso. Qué placer es poder gritar sin cortapisas, sin temer que nadie te chiste pidiéndote silencio ni que te miren como si estuvieras loco. Grito, grito la palabra foie-gras lo más fuerte que puedo. Y noto que cada vez mi grito llega más lejos. Bueno, creo que hoy he escrito bastante, no es cuestión de irse desangrando más de lo necesario con la escritura en este cuaderno. Voy a ver si encuentro agua y comida.

Viernes, 25 de junio
Los cangrejos de río de esta isla saben a mar, pero lo más curioso es que los extraños peces que conseguí atrapar cerca de la playa saben a trucha, o sea, a pez de río. Ambos tienen un gusto a podrido, eso sí. Extraña isla, extraño lugar. Pero, sorprendentemente, creo que ya me he habituado a él. Lo del agua está solucionado, pues en el otro extremo de la playa desemboca un arroyo limpio y, según parece, de agua saludable.

Lunes, 28 de junio
Sé que corro el riesgo de que, si no escribo todos los días, perderé la cuenta del tiempo. Hoy he tenido que concentrarme en mi memoria, en los recuerdos de los últimos días, para llegar a la conclusión de que es lunes, día 28. Dos días sin escribir son muchos, demasiados, aunque sepa que me alargan la vida, aunque sepa que si no escribiera nada más en este cuaderno podría aguantar mucho tiempo, quién sabe si hasta que me encontraran. Pero no, hay que seguir escribiendo, hay que seguir llenando este cuaderno tan hermoso, tan geométricamente perfecto, tan blanco por dentro, con tantas hojas inmaculadas por manchar. ¿Tantas? No, no son tantas. Es un cuaderno delgado, esa es la única pega. ¿Qué he hecho estos dos días? Nada más que buscar comida y construir (o, mejor dicho, intentarlo) una cabaña con ramas y hojas de palmera. Evidentemente, no es fácil. Con la comida me fue bien, si uno es un poco listo y sabe dónde buscar, no se pasa hambre. Casi estoy comiendo mejor que nunca, más saludable, sin grasas ni colesterol. Si me hicieran unos análisis, verían que estoy como un roble, sanísimo. Y me lo noto. El estar todo el día moviéndome entre la selva, nadando y construyendo el refugio me está moldeando el cuerpo. Lástima no tener un espejo para poder mirarme de cuerpo entero. Pero observo mis brazos y no los reconozco, observo mis deltoides y los veo cuajados de surcos que antes no existían, me miro las piernas y parecen de atleta o, mejor aún, de ciclista. Dentro de poco, cuando esté más fuerte, pienso hacer una exhibición de posturas, como los culturistas, en la playa, al atardecer. Será bonito, estoy seguro, aunque nadie pueda verme ni fotografiarme ¡Qué más dará!

Martes, 29 de junio
Releo lo escrito ayer y veo que escribí la palabra inmaculadas. Antes, está tachada la palabra blancas. Claro, unas palabras antes escribí blanco y no quería repetirme. ¿Seré un estilista? ¡Nunca me había puesto a pensarlo! Pero no era a eso a lo que iba. Por primera vez desde que estoy en esta isla, he sentido verdadera tristeza. Y ha sido al leer la palabra inmaculadas. Inma, discúlpame por no haber pensado en ti hasta ahora. Sabrás perdonármelo, tras el accidente estaba demasiado ocupado con mi supervivencia y no tenía hueco en la cabeza para nada más. Claro que la Providencia (otro rasgo de estilismo, sin duda) me ha hecho escribir tu nombre en plural para recordarte. Y ello me ha hecho bien, pese a que ahora estoy a punto de llorar. Me ha hecho bien, porque siento que este cuaderno y esta lata de foie-gras no son mi única compañía. Ahora, tus crenchas doradas (¡toma poeta estoy hecho!) también me acompañan. Lo único que siento es que tú no lo sepas, que no sepas que cuando regresara de este viaje que no terminaré pensaba decírtelo todo. Es por lo único que siento de verdad haber tenido este accidente y estar aquí, en esta isla que ni sé cómo se llama. Probablemente ni tenga nombre. Tengo que empezar a pensar en uno, aunque sólo sea por no escribir nada más que isla cada vez que me refiera a ella. Recuerde que soy un estilista.

Jueves, 1º de julio
Usted se imaginará lo que se siente si quedara como único superviviente de un accidente y llegara a una isla desierta. Todo el mundo se lo ha imaginado alguna vez. Es una pregunta muy típica: “¿qué te llevarías a una isla desierta?” Bien, pues puedo asegurarle que lo que usted ha imaginado es exactamente lo que sentiría. Es asombroso constatar cómo la mente anticipa con espantosa precisión los acontecimientos importantes. Imagina uno lo que sentirá cuando muera un ser querido, y cuando ello ocurre (que ocurrirá) es como si lo hubiéramos vivido de verdad, aunque en la realidad no haya sido así. Lo mismo pasa con los acontecimientos agradables. Y ello, claro, nos defrauda. Nunca vivimos las cosas por primera vez, están como entreveradas en nuestro subconsciente más profundo, como un legado atávico del sentimiento de nuestros antepasados. ¿Cómo se explica, si no, que alguien que jamás haya vivido ni visto el campo sienta esa expansión de ánimo, ese renacer, ese volver a los orígenes, cuando lo pisa por primera vez? ¿O cómo es posible que todos seamos capaces de identificarse con Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna? Puede decirse que con Armstrong la humanidad entera pisó la Luna. Y no de forma simbólica, sino físicamente. Sí, tenemos como una conciencia del pasado, heredamos no sólo el color del pelo o de los ojos, o una estructura ósea, o una nariz chata o aguileña, o un cierto carácter; todo eso lo heredamos de nuestros padres o abuelos. Pero lo que refiero, esa herencia de situaciones o sentimientos, lo tenemos ya desde antes de nacer, lo heredamos del conjunto de la humanidad entera. Yo mismo me había preguntado antes muchas veces lo que haría o cómo me sentiría de perderme en una isla desierta. Y aquí estoy, perdido en una isla desierta, viviendo por segunda vez todo aquello que imaginé, que anticipé, que sospeché. Claro que hay cosas nuevas e imprevistas, pero son secundarias. Lo esencial es exactamente igual. Creo que usted sabrá muy bien lo que quiero decir.

Sábado, 3 de julio
Bien, ayer trabajé todo el día en fabricar un refugio. No es tarea fácil, pero, como con todo, basta con perseverar un poco. Nunca pensé que pudiera hacer algo así hasta que no me he puesto a ello. Las facultades sólo se desarrollan si se las entrena, si se las pone a nuestro servicio. Si nosotros necesitamos de ellas, pues ellas nos satisfacen, nos ayudan a lograr lo que queríamos. Pero debemos ser nosotros los que las pongamos en movimiento y los que les vayamos administrando el combustible necesario para que funcionen y nos ayuden. Bueno, pues aquí está, la estoy mirando en el momento en que escribo estas líneas en este cuaderno que -¡ay!- va adelgazando por días. La estructura es muy simple: unos cuantos listones gruesos, de no sé qué árbol que hay por aquí, recubiertos por enormes hojas de palmera. El interior es relativamente grande, mucho más que el de cualquier tienda de campaña, incluso que el de las buenas. Hasta ahora no la he necesitado, pero quién sabe. Igual esta noche sale tormenta. Los mosquitos sé que van a seguir molestando y que pronto me encontraré con una tarántula de esas que hielan la sangre, pero de eso no me quejo. ¿Qué se creía usted, que no había mosquitos y tarántulas sólo porque no los mencionara? ¡Claro que los hay! Mosquitos, a patadas, y son crueles como las hienas, oportunistas como los buitres, implacables como una manada de leonas. Y tarántulas, menos, pero también, y son más grandes de lo que usted imagina. Pero de eso no me quejo, ¿para qué? Tampoco del sol, que aquí en estas latitudes le traspasa a uno hasta el tuétano, ni de la humedad, ni de no poder lavarse uno en condiciones. No quiero quejarme de todas esas molestias que usted imaginará perfectamente y que procuro sobrellevar de igual modo que allí en Madrid sobrellevo el ruido de las bocinas, y las colas hasta para comprar el pan, y los atascos, y el mal humor general, y la crispación que sobrevuela el ambiente, y esperar a los autobuses. Cada lugar tiene sus cosas, ¿no cree?

lunes, 15 de agosto de 2011

LA ISLA (I)

Nota

La persona que me entregó el manuscrito que luego transcribí a ordenador y que ahora ofrezco aquí es el que tiene el honor de ser el “usted” a quien se dirige el autor de estas páginas. Él fue el que encontró el cuaderno, él fue el que lo guardó y él fue el primero que lo leyó. Después, cuando regresó a Madrid, y conocedor de mis aficiones literarias, me lo entregó para que lo leyera porque, según me dijo, en él podía encontrar algunas cosas interesantes, o al menos así le pareció.

Pero presentemos al que tuvo la fortuna de ser ese “usted”, el verdadero y único, receptor y lector primero de este diario. Se llama I. S. M., trabaja como médico en la Cruz Roja Internacional y es buen amigo mío desde hace muchos años. Por aquel entonces destinado en una ciudad de la India, fue enviado a una isla remota del Índico con el objeto de socorrer a las víctimas de un accidente aéreo que acaeció el verano pasado, y del que lamentablemente no hubo supervivientes. Cuando los equipos de salvamento llegaron a la isla, encontraron en la playa, muy cerca de los restos del avión, un cementerio improvisado en el que yacían 28 cuerpos, cada uno en sus tumbas, cada tumba con una cruz hecha con ramas. Ello llevó a pensar que al menos hubo un superviviente del accidente, a quien, naturalmente, al instante empezaron a buscar por si aún estaba vivo. Exploraron la isla palmo a palmo, investigaron la playa que daba a naciente, se internaron en la selva y, cuando ya daban por cesada la búsqueda, a I. S. M. se le ocurrió seguir el curso de un arroyuelo que, subiendo, subiendo, daba a una explanada, a un claro en la selva, que era, a la sazón, el punto más alto de la isla. A la entrada de una cueva encontraron un cadáver aún caliente, y que no era otro que el del autor de las páginas que siguen. Yacía en el suelo bocarriba, con el cuaderno abierto tirado en el suelo, sin el menor cuidado, y el bolígrafo medio desprendido de su mano derecha ya yerta. Era evidente que el hombre había sido sorprendido por la muerte mientras escribía, aunque, según me contó I. S. M., sus labios inertes sonreían. Una espesa barba le cubría la cara, cuya piel lucía rojiza y ampollada por el sol y los mosquitos, y su delgadez era extrema. Por su aspecto no hacía mucho tiempo que debía de haber muerto: quizás unos días antes. I. S. M. agarró el cuaderno, lo hojeó y vio que era un diario. Por un puro prurito de curiosidad fue hasta la última página escrita -que era además la última página del cuaderno-, y se le heló la sangre cuando comprobó que la última entrada correspondía al día anterior. El infeliz no tuvo las fuerzas suficientes para prolongar unas pocas horas su heroica lucha y así haber sido encontrado con vida.

El cuaderno tiene las pastas duras, de color rojo, y está muy ajado y amarilleado. Está escrito con tinta azul y bastante buena letra, aunque a este respecto es irregular, y sobre todo en las últimas hojas la caligrafía está muy estropeada, hasta hacerse casi ininteligible en algunos fragmentos. Un rasgo importante es que, según iba nuestro protagonista avanzando en su relato, la letra se fue haciendo más pequeña y el interlineado y los márgenes, más estrechos. Podría explicar ahora las razones de que esto sea así, pero creo que es mejor que el lector lo infiera a partir del relato.

La historia de este cuaderno es casi tan interesante como la de nuestro protagonista. Mi amigo optó por ocultar su existencia a los familiares. Una vez leído por él y ya en mis manos, tengo que reconocer que dudé. ¿Qué hacer? Por un lado me sentía en la obligación moral de entregarlo a los padres de su autor, pero por otro me apetecía publicarlo en internet, como ahora hago, y que unos pocos, los escasos benditos que suelen darse una vuelta por aquí, lo leyeran. Tampoco creo que tenga el menor valor literario, aunque sí humano, y por ello he creído que ningún provecho económico podría sacar nadie de él, por lo cual, y tras una ardua deliberación conmigo mismo, he decidido darlo a conocer.

Debo decir que me he limitado a trascribir literalmente su contenido, sin añadir adornos ni afeites, que a buen seguro lo afearían y le restarían autenticidad, además de no sentirme yo en el derecho de modificar la obra de nadie, por muy humilde que aquélla y éste sean. Sí he optado por suprimir algunos pasajes en los que nuestro protagonista comentaba su sexualidad forzosamente solitaria, y que consideré que nada de valioso aportaban al relato, y en cambio sí mostraban ciertos detalles que, desde mi punto de vista, atentaban contra la armonía y belleza del conjunto. Las supresiones no están indicadas.

SEBASTIAN MELMOTH

viernes, 12 de agosto de 2011

BALADA TRISTE

CAÍDA

La tarde se le caía
en mil trozos destrozada
dijo adiós a la alegría
y su oro en llanto tronaba.

(Abajo, el río miraba.)

Se le caía el recuerdo
de sus antiguos acordes
músicas de otros amores
absorbidos por el tiempo.

(Abajo, el río contento.)

En su cuello, aún las huellas
de aquellos labios caídos
y su sangre pura, presa
de pena de malherido.

(Abajo, corría el río.)

El sol naranja, cobarde
se escondía en el regazo
del horizonte morado
dulce estampa de la tarde.

(Abajo, el río que arde.)

¿Iba solo nuestro amigo?
No, paseaba con alguien
mas ese alguien no era nadie
más que el arrullo del trigo.

(Abajo, reía el río.)

La caída de su suerte
la caída de la tarde
la venida de la muerte
se mascaba por el aire.

(Abajo, el río se place.)

Y a la última miel tomada
del panal del sol, vencido
tragado por la montaña
recluso del negro río.

(Abajo, el río asesino.)

miércoles, 10 de agosto de 2011

DEDICATORIA

ROSA DE PASTRANA
A la rosa que arranqué en la plaza de la Hora de Pastrana en el viaje por la Alcarria que hice hace año y medio, y que todavía conservo.

Ya se secó el zumo de tu espíritu
ya no te arropa el viento de la noche
desde que te arranqué del magnífico
hogar, tu árbol de la plaza por derroche.

Rosa, fueron mis ansias como un beso
que se ofrece al arrullo de la tarde
cuando el lucero decide escaparse
para volver pronto -¿quién sabe?- nuevo.

Tu remota vida se fue escapando
como horada el Arlés este gran valle
como mis manos toman por el talle
las nieves de una morena por regazo.

Y ahora, débil ya de tu gran suerte
de ser farolillo rojo encendido
de la plaza de la Hora, tu muerte
me ofrece el fósil de tu olor herido.

martes, 9 de agosto de 2011

NOCHE DE INVIERNO

PASEO INGENUO
MADRID, AGOSTO DE 2011

Del vientre de la taberna
llega un murmullo lejano
yo ando por la calleja
sin jazmines de la mano.

Jazmines que no son nadie
tampoco tú, mi quebranto,
tampoco ellas, danaides
de mi pecho enamorado.

Noche azul que se me escapa
por céfiro de humo blanco
venido de mis pulmones
[¡basta!
venido de mi oro en llanto.

Arañas de hielo blanco
de este invierno desabrido
galas de noches en nidos
de buhardillas de antaño.

No son para mí esas noches,
las de las rosas calientes
las que pacen en mi mente
las que imagino sin goce.

Y el gato de la esperanza
hecho con negro y esquivo
esta noche me amenaza
con gruñirme que estoy vivo.

sábado, 6 de agosto de 2011

ALGUNAS CONCLUSIONES

Después de cuatro días solo, pedaleando por los acres escenarios de la vieja Castilla, uno elabora ciertas ideas a modo de conclusiones que, no obstante, no son más que un punto de partida:

1) Uno llega a la conclusión de que en los viajes el ochenta por ciento de las cosas que llevamos son inútiles y superfluas. Los viajes deberían hacerse nada más que con lo puesto, o con muy poco más de lo puesto. Nos empeñamos en llevarnos nuestra casa con nosotros cuando en realidad un viaje es todo lo contrario, es dejar todas nuestras cosas atrás porque los viajes son otra cosa, como una vida aparte de la vida real. Con el ánimo dispuesto, con nuestra piel, nuestra sangre, nuestro corazón, un libro, un cepillo de dientes, dinero y un poco de ropa, podemos ir al fin del mundo.

2) Que en una mochila pequeña -del tamaño de una tortuga de tamaño medio- caben muchas más cosas de las que podemos llegar a imaginar: unas zapatillas Converse All Star, un libro de las Obras selectas de García Lorca, los cargadores del móvil y de la batería de la cámara de fotos, un par de barritas energéticas, una libreta y un bolígrafo, un pantalón corto, una muda, una camiseta y unos calcetines, una cámara para bici de carretera, un paquete de Klee-Nex, cepillo y pasta de dientes, las llaves de casa y, si apuramos un poco, algunos de los recuerdos que vayamos encontrando por el camino: una rosa cortada, una corteza de árbol, una hoja de laurel.

3) Que uno se enamora con la misma facilidad con la que se desenamora para volver a enamorarse. El camino está plagado de nuevas oportunidades que ni siquiera son oportunidades de nada y, aunque suene obvio, tras otro horizonte siempre hay otro.

4) Que hay que leer siempre aunque no se lea, esto es, hay que aprenderse de memoria nuestros fragmentos literarios y poemas favoritos porque nos van a ayudar cuando vengan los momentos malos. El simple hecho de recitar un verso que nos llene o el comienzo de nuestro novela favorita puede suponer ese gramo extra de fuerza y ánimo que impida que decaigamos. Caminar, avanzar, pedalear, es lo mismo que recitar, y recitar nos ayudará a pedalear, a avanzar, a caminar. Todo es lo mismo: es una letanía.

5) Que no es necesario pisar países exóticos para sentir de verdad que hemos viajado. El valor de un viaje no se mide en kilómetros de distancia desde nuestra casa, ni en el dinero que uno se haya dejado (aviones, hoteles, comidas, masajes, museos, exposiciones), ni en la grandiosidad de las ciudades o monumentos que uno haya visto, ni en la cantidad de nuevas culturas y usos y costumbres que uno haya conocido, sino en lo que ese viaje le haya servido a uno para conocerse un poco más a sí mismo a partir de la búsqueda y encuentro de lo nuevo, porque un viaje, y ahí está la clave -se vaya a Tailandia o a La Mancha-, siempre es algo nuevo, no visto ni vivido por el viajero. Puede tener más tintes de viaje, de verdadero viaje, una semana por la ruta de los pueblos manchegos que quince días zascandileando en autobuses turísticos y visitas guiadas por la mastodóntica China, si de verdad el viajero actúa como tal -es decir, no trata de actuar-, tiene los ojos abiertos y curiosos y es capaz de desdeñar los lujos y comodidades que tiene en su vida ordinaria para adaptarse a la esencia del viaje.

6) Que, de vuelta a casa, se percibe nuestra sociedad aún más vacía y estúpida de lo que se percibía antes del viaje, pero de ningún modo más estúpida y vacía de lo que en realidad es. En este abrir los ojos a las estulticia deberíamos incluirnos a nosostros mismos, sea cual sea nuestra ocupación, posición social, nivel cultural o educación. ¿Qué hacemos mal? ¿Qué necedades cometemos en nuestro día a día? ¿Por qué este humor tan destemplado? ¿Por qué estas ansias, estas ínfulas de reyes que nos damos? Naturalmente, no todos son capaces siquiera de abrir los ojos a esta circunstancia, pues no todos son capaces de viajar, en el más puro y amplio sentido de la palabra.

7) Que -y enlazando con lo anterior- viajar borra, aunque sea temporalmente, nuestra vanidad. Al lado del viaje y de lo que se abre ante nuestros ojos, la actitud más sensata y la que más nos ayudará a disfrutar es la humildad.

8) Que, al igual que es imposible encontrar la perfección pero, como seres humanos, estamos obligados a intentarlo, es inútil luchar contra la naturaleza, pero debemos poner todas nuestras energías y mejores propósitos en esa lucha, aun sabiendo que está perdida de antemano.

9) Que antes que proponernos desaforadamente conocer otros países deberíamos esforzarnos en conocer un poco más y mejor el nuestro. Nuestra tierra, la que nos vio nacer, crecer, aprender, amar y llorar; la tierra que nuestros pies han ido horadando con nuestra experiencia vital, enfoca mejor nuestra visión del mundo y de nosotros mismos y la posición que ocupamos en el planeta. Hay madrileños que conocen mejor San Petersburgo o Nueva York que Madrid. Desprecian lo suyo, pero a la vez lo ensalzan con atributos que nada tienen que ver con lo especial y auténtico del lugar en que viven. ¿Por qué no apreciar lo propio, lo cercano, para así poder conocer y apreciar más aún lo lejano?

10) Que siempre que regalemos una sonrisa vamos a recibir otra, que tratar bien a la gente significa que tarde o temprano lo tratarán bien a uno, y que por ello nuestra más importante misión y a la que debemos consagrar nuestra vida es estar con armonía con los demás, ser amable, preguntar si no sabemos y ayudar en cuanto esté en nuestra mano, y todo ello con el único arma con que cuentan el viajero y el perdedor: la sonrisa.

11) Que -y esta conclusión es repetida, pero conviene volver a ella- el viaje, el verdadero viaje, no es más que una tristeza verdadera tejida con los mejores hilos de nuestra personalidad, con todo nuestro cariño, nuestro amor y nuestros vagos deseos mal concretados. Uno se enamora, sí, con cierta frecuencia, no sabe si con más asiduidad de la deseable o no. La sepulvedana que uno encontró en el callejón quedó atrás, con su mirar tímido y sobrecogido; la trabajadora de ojos y pelo de miel que le indicó el camino hacia Navas de Oro, su pueblo, también quedó atrás; y el grupo de la plaza Mayor de Cuéllar, y todas las de Arévalo, el pueblo de mejores chicas que vieron estos ojos. Todas quedaron atrás, sí, pero uno con ellas.

Imagen de cabecera: rincón de Sepúlveda.

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