martes, 10 de mayo de 2011

LLORAR POR NADA

Dijo Oscar Wilde que varias razones convencen menos que una sola. Caminando por el mismo paisaje, Einstein, al conocer un artículo titulado Cien científicos contra Einstein, en el que se negaba la Teoría de la Relatividad, replicó: “si de verdad yo estuviera equivocado, bastaría con que hubiera firmado uno sólo”. Bien, cien años después, la Teoría de la Relatividad no ha podido ser descabalgada de su éxito experimental, pese al énfasis con que aquellos cien científicos -y otros muchos- creían actuar en pro del sentido común. Es lo mismo que aquel que necesita demostrar su verdad con mil y una razones y un millón y una palabras. Si realmente esa verdad tiene visos de tal, alumbrará por sí sola, y las razones y las palabras quedan así, las más de las veces, como una alimaña muerta que colgase de la rama de un árbol, zarandeada levemente por el viento otoñal.

En realidad, los conceptos de “todo” y “nada” son tan abstractos, tan puramente figurativos, que tiene difícil encontrar un hueco en el clima de lo humano. Ni siquiera es fácil encajarlos en el elástico puzle de nuestra imaginación, que tolera las más variadas combinaciones y un número casi infinito de piezas nuevas. Podemos imaginar y ver las cosas, trabajar con abstracciones y conceptos, porque, en principio, son “algo”, por intrincado y difícilmente aprehensible sea lo que tratemos. Pero la “nada” y el “todo” no son concebibles. Es más, aunque semánticamente son dos conceptos antónimos, en realidad se confunden en una sola argamasa, de cariz inextricable, como los gases de esas gigantescas nebulosas de colores que captan nuestros mejores telescopios.

Y es en esa confusión, en ese acercamiento casi mágico de los extremos, donde queríamos insistir. No es nada fácil poner en orden ni expresar con un mínimo de criterio lo que nos está rondando por la cabeza, pero lo intentaremos. Y para ello, pondremos un ejemplo sencillo y gráfico que todos, a buen seguro, habrán sentido en sus carnes. Nos referiremos a eso que muchas veces llamamos “llorar por nada”, a ese colapso del alma muchas veces repentino pero que en la mayoría de ocasiones está precedido por hondas razones que se pierden en el tiempo y en la memoria, y que nos asalta a todos en mayor o menor medida en algún momento de nuestras vidas. Es ese instante indeterminado pero muy nítido en el tiempo en que, de repente, sentimos que no hay futuro porque adquirimos la vaga conciencia de que el pasado -nuestra persona- simplemente es una farsa que ya no tiene salida. Después se ve, se aprende, que sí, que ese callejón que creemos cerrado tiene en realidad una secreta rendija, un pasadizo que, escondido como está entre nuestra escombrera interior, es difícil que veamos en el primer y angustiado vistazo.

“Es que ya lloro por todo”, nos dice, en un quebrado hilo de voz, la amiga para quien somos confesor. En verdad, lo que nos está diciendo es que llora por nada. No hay diferencia entre ambas expresiones. Hay momentos, los de máxima intensidad espiritual, en que el todo y la nada difuminan sus contornos para mezclarse en un extraño éter que ni es una cosa -el todo- ni otra -la nada-, sino ambas a la vez o, en último término, ninguna de ellas. Cuando los sustentos últimos sobre los que normalmente apoyamos nuestros días, cuando no queda chispa ni resquicio para la esperanza, cuando la nostalgia deja de ser nostalgia para convertirse en algo peor, en esa “tristeza de no saber por qué”, es cuando se empieza a llorar por todo, a llorar por nada. No hay razones, y cuando no hay razones, es lógico pensar que tampoco hay soluciones. Pero eso es sólo aparentemente.

Es asombroso cómo la naturaleza tiende a remansar a los hijos de su fortuna, logra sublimar los más grandes cataclismos del alma. Bien es verdad que hay excepciones, que no todo el mundo es capaz de salir de esa indefinición. Pero la mayoría sí lo hacen. “Si al menos tuviera una razón por la que llorar, por la que mascar mi tristeza… Pero esto de tener todas las razones, esto de en realidad no tener ninguna, es lo que me mata…”, debe de pensar nuestra compañera. Sí, en todos los ámbitos de la vida es necesario y saludable concretar. Quien está enamorado de todas las mujeres -atiéndase a la cursiva- difícilmente podrá estarlo de una en especial, difícilmente podrá enfocar la intensidad de su luz emocional, y la irá desperdigando, sin oficio ni beneficio, por el extenso mundo. Y así con todo. La inconcreción lleva normalmente a la ansiedad, al desconcierto, a la frustración. Lleva, muchas veces, a llorar por todo, a llorar por nada.

sábado, 7 de mayo de 2011

LAS FUERZAS OSCURAS

Los astrofísicos han llegado a la conclusión de que lo que vemos no representa más del 5% de lo que existe. Y todo eso que vemos se refiere a planetas, estrellas, nubes de gas, galaxias, quasars, púlsares, cometas, plantas, animales, nosotros mismos. Todo lo que podemos asegurar, sin género de dudas, que está ahí porque emite luz. Lo inmediatamente tangible, observable, medible. En suma, la materia ordinaria. Como muestra, un botón: 150.000 millones de estrellas hay en una sola galaxia, nuestra Vía Láctea. Y hay un número aún mayor de galaxias. Sí, son ingentes cantidades de materia, completamente inimaginables para nosotros. Pero conviene poner las cosas en su sitio. ¿Ingentes? No, quizá no tanto. Ya lo hemos dicho, esta materia ordinaria, visible, representa solamente un 5% por ciento de toda la materia y energía del universo. Del resto, del otro 95%, no se sabe prácticamente nada. Es decir, de la práctica totalidad del cosmos tenemos una idea muy vaga. Sólo sabemos que los movimientos de las galaxias a gran escala no se pueden comprender si no aceptamos que, en efecto, hay mucho, muchísimo más de lo que podemos ver, de lo que podemos detectar y estudiar. De ese 95%, un 25% se refiere a lo que los científicos han dado en llamar materia oscura, y el 70% final -casi tres cuartas partes del todo-, se compone de un concepto todavía más evocador y casi diríamos que inquietante: energía oscura.

No se tiene la menor idea de en qué consiste esta materia y energía oscura que ha sido inferida del comportamiento anormal de los movimientos de las galaxias a gran escala. Simplemente, es imposible que la materia ordinaria se comporte como se comporta si no hay otra materia y energía de naturaleza aún indeterminada que, en efecto, hace notar su campo gravitatorio -en el caso de la materia oscura que, como la materia normal, es atractiva- y su fuerza de repulsión -la energía oscura tiene la extraña propiedad de separar a las galaxias entre sí. Es decir, se sabe que ambas entidades existen, pero se ignora por completo en qué consisten, de qué están formadas, cuáles son sus resortes básicos. Nada. Se han hecho algunas suposiciones, que de momento no van más allá de eso, de suposiciones; y eso, las suposiciones, en ciencia, es casi lo mismo que decir nada.

Este desconocimiento descorazonador le hace uno considerar el paralelismo entre el funcionamiento del universo y lo que se sabe de él y la propia vida humana. Lo vemos, lo sentimos a diario en nuestras carnes. Nos levantamos cada día, desayunamos, vamos a trabajar, o a clase, comemos, tenemos amistades, amores, familia, degustamos ocio, dormimos. Todo ello muy tangible, muy corpóreo, muy medible. Incluso muy razonado. Todo eso que sabemos que está ahí, aunque tampoco lleguemos a comprenderlo del todo. Y todo ello suele ser repetitivo, rutinario, a veces maquinal. Son aquellas cosas que conforman nuestra vida y nos hacen ser lo que somos. No nos construimos tanto a partir de nosotros mismos, de un interior que vamos entregando al mundo exterior en variadas dosis; nos vamos haciendo a partir de las cosas que hacemos.

Hasta aquí, lo que podríamos comparar con la materia ordinaria. Pero, como en el universo, todos sabemos que en nuestras vidas hay mucho más que eso. Y sobre todo en el amor, ese terreno movedizo, insospechado e impredecible. En toda relación humana, en realidad, pero sobre todo en el amor, donde sólo sirve lo puro, donde solamente es tolerable un mantenimiento en las más altas cotas. El amor es, sin duda, lo más fuerte, pero también lo más delicado que existe. Cualquier aire extraño, un solo segundo de duda, lo echa todo a perder. El amor, en realidad, está más que cualquier otra cosa gobernado por una energía oscura. No se sabe lo que es, no se sabe cómo actúa. Quizá sea el instinto, o una conciencia supraterrena. No se sabe. Quizá no queramos saberlo. O sí.

Sí, parece que hay una energía oscura que nos gobierna y que hace que el mundo y nosotros mismos funcionen como funcionan. Pero no sabemos lo que es. Estamos llenos de dudas, cada segundo es una duda continua de lo que ocurrirá a continuación, de lo que está ocurriendo en ese segundo e, incluso, de lo que ocurrió en el pasado. Porque, al igual que en el universo, ni lo que pasó -lo que nos pasó- está claro. Las estrellas despiden luz y calor y mueren, los planetas rotan y giran alrededor de las estrellas, las galaxias giran sobre sí mismas y se mueven, alejándose unas de otras. Sí, pero, ¿y lo demás? ¿Qué pasa con ese anhelo indeterminado e insatisfecho? ¿Por qué esta tristeza vaga y repentina? Y, al revés, ¿qué son esos ínfimos instantes de alegría e ilusión inusitada? ¿Qué es esa energía oscura que no llegamos a aprehender? Aquella chica, ¿por qué no nos quiere, si somos todo lo que ella puede desear? ¿Y por qué no amamos nosotros a esa otra que colma todas nuestras aspiraciones? ¿Qué hay, qué no hay, qué es lo que falta, qué es lo que sobra?

Y, mientras nos entretenemos en intentar contestar a estas preguntas, sólo sabemos que somos polvo de estrellas: de ellas venimos y a ellas volveremos.

Imagen de cabecera: Galaxia del Sombrero, tomada por el Telescopio Espacial Hubble y situada a 28 millones de años-luz de la Tierra, en la constelación de Virgo. Se trata de una galaxia espiral descubierta en 1783 por el astrónomo francés Pierre Méchain. Como la inmensa mayoría de las galaxias lejanas, el espectro de su luz presenta un fuerte corrimiento al rojo. Se calculó que se está alejando de nosotros a una velocidad de 1.000 km/s. Este descubrimiento fue una de las claves que permitió corroborar que el universo se está expandiendo en todas direcciones. Esta imagen nos sirve para ilustrar cómo actúan las dos fuerzas oscuras: la energía oscura, que tiene un efecto de repulsión sobre las galaxias y por la cual el universo se está expandiendo -de ahí el mencionado corrimiento al rojo del espectro visible de cada galaxia-, y la materia oscura, que, con su efecto gravitatorio, permite que las estrellas -y toda la materia visible- de la galaxia se mantengan estables en sus órbitas alrededor del núcleo. Una de las preguntas fundamentales de la física actual es de qué está hecha esta materia oscura. Una vez descartado que se trate de materia ordinaria -protones y neutrones como los que forman a las estrellas o a nosotros mismos-, se cree que podría proceder de axiones y neutrinos (partículas elementales muy ligeras) o de algunas especies exóticas de partículas, como las WIMP (weakly interacting massive particles, partículas con masa ligeramente interaccionantes). Estas partículas han sido predichas por las teorías modernas de partículas elementales, pero todavía no han sido detectadas experimentalmente.

viernes, 6 de mayo de 2011

REAL MADRID: EL REGRESO DE UN DON JUAN

Fue un lunes, día inusual para un partido de Euroliga. Claro que no era uno más. Era el que inauguraba la presente edición, que concluirá este domingo, con un equipo más adornando el palmarés, el propio y el de la competición. El 18 de octubre de 2010 Olympiacos y Real Madrid se citaron para dar el pistoletazo de salida a una carrera de fondo en la que han participado 24 equipos, de los que solamente quedan cuatro en pie. Uno de ellos jugó aquel ya lejano partido inaugural, y no es el que en principio todos podrían pensar, el que más poder económico tiene y el de mayor esplendor en cuanto a su historia reciente. Olympiacos, el gigante de El Pireo, sucumbió ante otro que a partir de hoy se batirá el cobre en la montaña mágica de Montjuic, el formidable Montepaschi Siena. Los otros dos, Panathinaikos y Maccabi, son dos galanes acostumbrados a este tipo de citas, personalidades fuertes a los que los focos, la tensión y los nervios deberían afectar menos que al otro competidor en liza: el Real Madrid, aquel Don Juan, otrora indomable, impertinente y, sobre todo, exitoso conquistador. Hubo una época en que a este hombre, a este nombre, eran muy pocos los que podían aguantarle la mirada; en su círculo reducido, nacional, ninguno, y en los salones europeos fue capaz de doblegar a los hasta el momento aristócratas intocables (TSKA de Moscú, sobre todo). Tras una etapa de decepciones, pareció regresar, allá por 1995. Fue la última vez que nuestro Don Juan, el mayor Don Juan que han visto los tiempos, probó los labios del éxito. Ahora, ese mismo Don Juan ha vuelto, con otro traje, con otros modos, con otro semblante, casi diríamos que tímido. Pero que nadie se engañe; Don Juan vuelve para hacer lo que más le gustó siempre: triunfar, ganar, conquistar.

De los cuatro nombres, tres conocen ya ese sabor inigualable. Sólo Siena no ha besado la copa que espera ya unas manos que la lancen al aire del Palau Sant Jordi. Maccabi, Panathinaikos y Real Madrid suman 18 títulos entre los tres. Son, junto al ausente CSKA, los que más galardones acumulan. Los dos primeros vienen de sendas épocas doradas muy recientes. Los amarillos fueron campeones por última vez en 2005, y los verdes, en 2009. Desde que el Real Madrid ganó su última Copa de Europa, los griegos se han hecho con sus cinco títulos y el Maccabi ha añadido dos -tres si contamos la Suproliga de 2001- a sus vitrinas. Sí, ha pasado mucho tiempo ya para este Don Juan venido a menos y que ahora, tras haber llegado, tiene el secreto propósito de quedarse. O eso, al menos, debería ser.

Porque es verdad, el Real Madrid ha vuelto al que era su hábitat, pero con eso, como todo en la vida y en el deporte, no basta. No cuentan tanto los éxitos concretos, hijos de una temporada feliz o un estado de gracia transitorio, como la acomodación en los altos estrados, la sensible rutina de vencer y, sobre todo, convencer. No debe el Real Madrid quedarse aquí, en este éxito incuestionable pase lo que pase ya. El que el Real Madrid haya llegado a una Final Four quince años después de su última participación es, qué duda cabe, una excelente noticia para una sección que en muchos momentos pintó moribunda. El Don Juan ya no sólo no triunfaba, sino que hubo etapas en que su salud se deterioró de tal modo que se temió por su vida. Ahora, recobrado el color y buena parte de la alegría, de vuelta a la gran lucha, haría mal en abandonarse y pensar que con este logro se justifican años de sequía e ineptitud. Para empezar, nuestro Don Juan debe centrarse en aprovechar al máximo la oportunidad que se le presenta, que se ganó a pulso con su sangre, sus lágrimas y todo el dolor de su corazón. Han sido batallas muy duras como para ahora dejarse llevar por una autocomplacencia que se nos antojaría absurda, casi delictiva. Don Juan, nuestro Don Juan venido a menos, debería aprender de su doloroso pasado reciente para no volver por esa senda. Así, aprendiendo de los errores para no repetirlos, se hacen los grandes hombres, los grandes nombres. Empezando por hoy (21:00, Teledeporte), cita en la que nos centraremos a partir de ahora. Y no, no lo tendrá fácil nuestro Don Juan.

El Real Madrid no es favorito. No tiene mejor plantilla que el Maccabi -ogro blanco en los últimos años-, ni comparece en estado de gracia. Ni mucho menos. De los 25 partidos jugados fuera de casa esta temporada, ha ganado menos de la mitad, doce. Y, en la segunda vuelta de la ACB a domicilio, suma cinco derrotas por solamente tres victorias. Donde realmente nuestro Don Juan se ha sentido cómodo es en la confortabilidad de su casa, la Caja Mágica. Mas el Sant Jordi será todo menos eso. Muy al contrario, se encontrará un ambiente hostil, con una de las mejores aficiones de Europa enfrente -5.000 macabeos se han desplazado desde Tel Aviv- y buena parte de la grada barcelonesa deseando su fracaso.

Y aquí conviene detenerse en una de las características fundamentales de la personalidad de nuestro galán. Se trata de alguien ciclotímico, que alterna momentos brillantes y jocundos, en los que se siente seguro de sí y en los que cualquier rival, incluidos los más poderosos, pueden sucumbir, con otros de depresión incomprensible en los que parece tirar por la borda su imagen y todo lo conseguido. El primer estado, el feliz, se trata del Real Madrid fiero atrás y diestro, sabio, en ataque, normalmente de la mano de Prigioni; se trata del Real Madrid que encuentra con facilidad las posiciones interiores, con Tomic y Felipe, y que mueve el balón con criterio para encontrar un tiro de tres franco; se trata del Real Madrid en que no es necesario que Llull haga de héroe; se trata del Real Madrid de la soberbia intimidación de Fischer bajo los aros y la eficaz defensa de Tucker a los hombres exteriores; se trata del Real Madrid que se deja la vida en el rebote ofensivo para conseguir segundas y terceras opciones de tiro; se trata del Real Madrid que aprovecha las virtudes de uno de los jóvenes más talentosos de Europa, Mirotic; se trata del Real Madrid de la juventud y el desparpajo, personificados en el citado Mirotic, Sergio Rodríguez y Carlos Suárez; se trata, en fin, del Real Madrid que tendrá que ser si quiere llevarse la Euroliga. Nuestro Don Juan deberá sacar lo mejor de sí para triunfar, y guardar en el fondo del armario lo peor de su repertorio.

Porque hay otro Don Juan, otro Real Madrid, que no tendrá ninguna opción. Es el Real Madrid de los ataques espesos hasta el colapso; es el Real Madrid que, a falta de otra cosa, tira de Llull, recurso suficiente -a veces- para campar por la ACB pero que no le llegará, ni de lejos, en la Final Four; es el Real Madrid en que Tomic se borra del partido, Felipe se obceca y Tucker lanza tiros inverosímiles que no tocan aro; es el Real Madrid del exceso de bote y falta de ideas de Sergio Rodríguez en el puesto de base; es el Real Madrid en que Suárez se ve superado por el atlético alero rival de turno; es el Real Madrid que no corre, el Real Madrid impreciso, el Real Madrid en que Fischer no aporta nada en ataque. Es, en suma, el Real Madrid que no queremos ver, el Don Juan que mastica su miserias recientes, su pertinaz sequía en Europa.

El Maccabi, por su parte, se presenta como el rey de la estadística de esta Euroliga. Es el equipo que más puntos anota (82 por partido), el que más asiste (16), el que menos balones pierde (11), el que más recupera (9) y el más valorado (92). Casi nada. Puede decirse que, hasta el momento, este mozallón alto y de buen ver, de potencia colosal, ha sido el mejor de la competición. Aúna talento con toneladas de musculatura. Y estos equipos rocosos, de físico exuberante, al Real Madrid no le van bien. Ya murió el año pasado ahogado por la fuerza macabea en aquel partido de Vistalegre, en el que por cierto Fischer se salió. No pudieron los blancos contrarrestar el juego rápido hasta el cansancio de los amarillos. ¿Ocurrirá lo mismo esta vez? La respuesta, como casi siempre, estará en el ritmo. Si el Maccabi puede correr, puede imprimir velocidad y un punto de locura, tendrá todo a su favor. El Madrid no tiene argumentos para frenar el torrente de puntos que, a altas velocidades, suministran Pargo, Eidson, Schortsianitis, Hendrix, Eliyahu y, puntualmente, el cañonero David Blu. Y eso que falta Perkins, gravemente lesionado en el tercer partido de la serie frente al Caja Laboral. Talento, físico, defensa, una afición extraordinaria y, además, un gran entrenador en el banquillo, también seleccionador de Rusia (el americano David Blatt). El Maccabi es, también, todo un Don Juan y, al contrario que el nuestro, está habituado a los éxitos.

Como equipo muy americanizado, el Maccabi es imprevisible. Si tienen el día, son prácticamente imparables. Pero también puede ocurrir que los tiros no entren y empiecen a desordenarse, a desesperarse. Fundamental será que el Real Madrid pare los fulminantes inicios de partido -cuando el físico todavía no le pasa factura- de Baby Saq. Será difícil que lo haga el endeble Tomic, por lo que parece que Felipe será el encargado de tan ardua e importante misión. El otro gran puntal ofensivo, Pargo, puede ser defendido por Llull, el único de los exteriores madridistas capacitado para la tarea. Del éxito de frenar a estos dos jugadores dependerán en buena medida las opciones blancas.

Sin embargo, si Schortsianitis y Pargo no tuvieran el día, el Maccabi tiene argumentos más que de sobra para aguar la fiesta a cualquiera. Hay que citar al polivalente Chuk Eidson, un jugador extraordinario que tira de tres, bota, penetra y postea, y a Richard Hendrix, sexto hombre de lujo que aporta intensidad sin límites bajo los aros, a pesar de su escasa estatura (2,02). A ellos se les unen Eliyahu (más de 11 puntos por partido en esta Euroliga), que el pasado verano volvió a casa después de su paso por el Baskonia, el contrastado pívot Milan Macvan y, si fuera necesario, la veteranía de Derrick Sharp, icono macabeo.

En fin, será todo menos fácil para el Real Madrid, pero desde luego que no es imposible. Esperan tres partidos que, playoffs NBA aparte, son lo máximo en el baloncesto mundial de clubes. Cuatro equipos poderosos y bien construidos, cada uno con sus virtudes -muchas- y sus defectos -pocos-, pero todos con el sabor clásico del gran baloncesto europeo: intensidad, emoción, pasión, calidad, incertidumbre. Cuatro hombres, cuatro nombres, cuatro conquistadores que se verán las caras, sin ambages, sin esconder nada. Ya no es posible. Nuestro Don Juan venido a menos tiene una oportunidad única para volver a ser lo que una vez fue. ¿Habrá terminado para él la época, dolorosa época, de conquistas escasas y de andar por casa? De momento, sabemos que, antes de la cita de hoy, se acicalará como nunca, vestirá con las mejores galas, se mirará al espejo y, cara a cara consigo mismo, se dirá, enarcando una ceja y sonriendo: “aquí estoy otra vez”.

Imagen de cabecera: los cuatro capitanes de los equipos en liza en la Final Four de Barcelona que comienza hoy. De izquerda a derecha, Rimantas Kaukenas (Montepaschi Siena), Dimitrios Diamantidis (Panathinaikos), Felipe Reyes (Real Madrid) y Sofocles Schortsianitis (Maccabi Tel Aviv).

jueves, 5 de mayo de 2011

AHORA QUE HA MUERTO BIN LADEN

“Ahora que ha muerto Bin Laden, vivimos en un mundo mejor”, se ha dicho desde las altas esferas de la Casa Blanca. Como de costumbre, la clase política americana ha vuelto a hacer gala de su tendencia para dos cosas: primero, para dar solemnidad a sus éxitos -no importa cuán relativos o pírricos sean-, dotándolos de pompas e ínfulas que, de tan recargadas como las muestran, no duran más que unos pocos meses o, si se apura, unos pocos días. Segundo, se ha puesto de manifiesto su irredenta habilidad para embrollar las cosas, para complicarse la existencia de cara a la opinión pública a base de contradicciones, desmentidos de lo que antes dije y afirmaciones que juraría haber dicho pero que vosotros no escuchasteis. A uno le asombra torpeza tal en unos organismos que, se supone, están o deberían estar conformados por lo más granado de la inteligencia mundial. En cuanto a la primera característica, tras la algazara inicial se están oyendo ya las primeras voces de repulsa ante la forma de llevar a cabo lo que no deja de ser un asesinato, por ruin, abyecta, despreciable y asesina que sea la persona asesinada; en nuestro mundo de gentes civilizadas no funcionan o no deberían funcionar los mismos códigos que entre aquellos que buscan la destrucción por sistema para obtener sus logros. Actuar de la misma manera a como ellos actúan no hace sino reforzar su punto de vista, y todos sabemos o imaginamos las funestas consecuencias que este decorado puede deparar. Se ha dicho que Bin Laden, en el momento de su muerte, estaba desarmado, descartando por tanto el ataque en defensa propia. ¿Era necesario pegarle un tiro en la cabeza y, una vez hechos los respectivos ritos mortuorios árabes -aquí hay que reconocer el buen tino-, tirar su cadáver al mar? Por mucho que la mayoría de los organismos oficiales y gobiernos mundiales intenten dotar a este suceso de legitimidad moral, a nosotros hay algo que nos chirría. Nunca la muerte se compensó con más muerte, y esta es enseñanza que, a estas alturas de civilización humana, debería estar aprendida. Ahora andan mareando la perdiz con que si enseñan o no las fotos del cadáver, argumentando que las imágenes son demasiado crudas. Si tan preocupados están por la sensibilidad y estado de revista mental y ético de la población, mejor harían en regular la violencia gratuita que se ve en los telediarios de todas las televisiones, y, más aun, directamente en censurar -sí, sí, censurar- determinadas películas o sagas, como la de Shaw, por ejemplo. Esta repentina prudencia en mostrar sangre se ha convertido en el foco central del discurso, desviando la atención de lo verdaderamente importante e incómodo, esto es, la forma en que acabó la operación en la mansión de Abbottabad.

En fin, ahora que ha muerto Bin Laden, veremos en lo sucesivo si el mundo es mejor que el que el terrorista dejó. De momento, lo que sí es cierto es que el histórico dirigente de Al Queda tendrá difícil perpetrar más matanzas desde el fondo del océano. Lo malo es que seguramente otro lo hará en su lugar. De momento, don Nicéforo Satrústegui Sánchez, vecino en paro de un servidor, se ve de patitas en la calle porque no puede pagar la hipoteca, y Blanca Olmedo Gómez, la tímida y dengue adolescente del 4ºB, anda muy deprimida porque cree que su novio ya no la quiere. Para ellos, ahora que ha muerto Bin Laden, el mundo sigue igual.

Imagen de cabecera: vista aérea de la mansión de Abbottabad (Pakistán) donde se escondía Bin Laden.

miércoles, 4 de mayo de 2011

EL DÍA DESPUÉS

Hay veces en que hay que dejar de lado los temas generales y subirse al tren de la actualidad, que, bien es sabido, circula a velocidades einstenianas. Me parece que este afán no debe faltarle nunca al escritor o al que pretenda escribir. Es indudable que, a la hora de escribir, el escritor no tiene más remedio que echar mano de la nostalgia, ese pozo sin fondo del que, si se tiene paciencia y cuidado, pueden extraerse las más puras aguas de la literatura. Pero ojo, como en todo pozo, se corre el riesgo de caer y quedarse atrapado para siempre en una caída infinita, sin tiempo ni espacio. Es la caída infinita del egotismo, que no viene a ser otra cosa que un bucle espacio-temporal retorcido sobre sí mismo hasta extremos asfixiantes. El escritor debe desgajarse de sí mismo, o al menos intentarlo. Pongamos el ejemplo de una bañera. Si, día tras día, uno insiste en bañarse en la misma agua, lo que ocurrirá será que esa agua se irá ensuciando, hasta hacerla no sólo desagradable, sino perfectamente inútil para el objeto pretendido: lavarse. De vez en cuando hay que cambiarla. Es aceptable e inevitable que el clima propicio para todo escritor sea uno mismo -¿cuál iba a ser si no?-, pero también parece necesario que el escritor se airee y refresque de vez en cuando y busque horizontes más lejanos que los del siempre sesgado y estrecho campo de visión de su persona.

Bien, pues hoy, miércoles 4 de mayo, y ciñéndonos a la actualidad, es un día que reúne aquellas características del día después de la batalla. Como todo el mundo sabe, ayer Barcelona y Real Madrid disputaron el cuarto partido casi consecutivo entre ambos, el último de una larga y enojosa cadena que comenzó el pasado 16 de abril. Dejando de lado cuestiones deportivas y arbitrales, se ha visto más claro que nunca que un Real Madrid-Barcelona excede lo deportivo, idea no demasiado original pero cierta y sobre la que tampoco querríamos insistir. Es indudable que estos partidos, donde realmente se juegan no es en el Camp Nou o el Bernabéu, sino en la oficina, en el aula, en la convivencia familiar y, últimamente, en las redes sociales. Eso de que “lo que ocurre en el campo en el campo se queda” nunca fue tan falso como lo es ahora. En realidad, lo que ocurre en el césped es un mero prólogo y pretexto para iniciar la lucha real, la del día a día de la calle, la de cavilar qué se le va a decir o cómo se va a defender uno de los ataques furibundos del colega del equipo rival.

En estas escasas horas de jornada que han transcurrido hemos tenido tiempo de ver a varias personas ataviadas con la camiseta de su equipo. Unos, los ganadores, la lucen engallados y orgullosos, como exigiendo que se les rindan honores allá por donde pisen. Van sonriendo, mirando de un lado para otro por si alguien repara en su camiseta y en su consiguiente condición de hombre feliz. No deja de ser un poco patético este oropel de las galas propias. Ayer, sin ir más lejos, nada más terminar el partido y dada la vuelta de honor al campo -vuelta de honor asombrosa y esperpéntica en tanto no se ganó ningún trofeo- vimos al cuerpo técnico del Barcelona haciendo el pasillo a sus jugadores. Si es verdad, como parece, que el equipo, el bloque, lo forman desde el jugador estrella hasta el utillero, lo que anoche aconteció fue un auto pasillo, un homenaje a uno mismo jamás registrado en los anales deportivos. No deja de ser una paradoja de difícil solución el que uno se rinda homenaje a sí mismo, puesto que el homenaje, como la concesión de belleza, la gloria o el reconocimiento, sólo pueden ofrecerla los demás. Es difícil aceptar esta vara de medida única que manifiesta egoísmo y una extraña y todavía no definida tendencia hacia el totalitarismo.

Mucho más edificante nos parece la imagen del que porta la camiseta del equipo perdedor. Sin duda que esa persona, por la mañana y antes de salir de casa, se lo pensó mucho antes de decidir vestirse con los colores que el día anterior mordieran el polvo. No es una decisión fácil, pero si finalmente se toma, sí nos parece valiente. Tras la deliberación, finalmente, y desoyendo las voces destempladas que presagiaban la burla y el escarnio, ese sufrido aficionado -que probablemente anoche se quedara sin cenar- optó por plantarle cara al mundo y decirle de viva voz que a él la derrota, por dolorosa y cruel que sea, no le parece razón suficiente para abdicar de su orgullo; orgullo que hoy, el día después, luce más vigoroso en el perdedor que en el vencedor, cuya sonrisas estentóreas nos hacen pensar un poco en la vacuidad de lo todo lo conseguido y, más aún, en la grandeza de lo heroico, de la lucha y de lo que está en vías de conseguirse.

Mahan Krishnan fue un jugador de baloncesto indio, afincado en Estados Unidos y de educación taoísta, que con su portentosa temporada catapultó al equipo de su universidad al título estatal por primera vez en su historia. Cuando, al volver por primera vez al campus después del inédito éxito vio los homenajes que se habían preparado, con fiestas, desorden y abyección por doquier y su nombre y su foto empapelando cada rincón del edificio en términos grandilocuentes, decidió dejar el equipo, para no volver. De nada sirvieron los ruegos de compañeros y autoridades. Mahan consideró indigno, no pudo soportar el envanecimiento a resultas de una victoria. Él, dijo, simplemente había cumplido con su deber y no entendía tanto jolgorio. Es más, consideraba que la victoria de su equipo, de la que él había sido principal hacedor, hacía mucho mal a su universidad, que se había convertido en una especie de Sodoma y Gomorra. Tras la defección Mahan fue amenazado de muerte por sus antiguos compañeros, y no tuvo más remedio que abandonar el centro.

La vida es una lucha y cuando se gana la lucha se acaba. Sólo los inteligentes podrán aceptar que cada victoria debe tomarse con la misma naturalidad con que debería tomarse también la muerte. El día después nos enseña que muerte y victoria tienen, en algunos, muchos puntos en común.

martes, 3 de mayo de 2011

DOMINGO EN ARCADIA

No corren buenos tiempos para casi nadie y quien más quien menos se queja por algo. Algunos, incluso, se quejan por todo, pues sabemos que el quejarse es deporte nacional español, seguramente más que la envidia, aunque pensándolo un poco es muy probable que ambos vicios, la queja y la envidia, provengan del mismo tronco. Uno no entiende muy bien la insistencia en esta actitud que, por lo que se ve, debe de procurar muy buenos momentos a aquellos que la practican.

No se entiende, digo, y más habiendo lugares como el Retiro. Hacía mucho tiempo, años, lustros, década y media quizá, que uno no se paseaba por este pulmón de Madrid en una tarde de domingo, que es, sin disputa, el día del Retiro. Lo que encontré me llenó los ojos, la nariz, los pulmones, el alma. Todo el que haya ido al Retiro alguna vez en una tarde festiva de buen tiempo sabe a lo que me refiero. Es un lugar para recrearse con la vida, que allí, aunque un poco falsa con esa falsedad de la felicidad del domingo, hierve a borbotones; es un lugar para sonreír a los niños pequeños y juguetones que nos cruzamos, para mirar sin recato a la moza garrida que nos ignora y para extasiarse en la envidia que sentimos al ver de cerca los arrumacos de esa pareja perfecta que, no sabemos por qué, sólo vemos en el Retiro.

Aquí no hay ni crisis ni gaitas. Es la Arcadia de Madrid. Pasear es gratis -es, más exactamente, de las pocas cosas gratuitas que existen- y el Retiro no se ha visto afectado por la brutal bajada de clientes que sí han experimentado los cines, bares y restaurantes. No hay crisis ni cataclismo que pueda contra la verdura civilizada y feliz de este parque público, uno de los mejores del mundo. En el Retiro hay muchas familias, top-manta, patinadores, deportistas, músicos callejeros, puestos de golosinas -con sus clásicas y castizas garrapiñadas flotando entre la densidad de las chocolatinas y el algodón de azúcar-, alguna terraza de un aguaducho, grandes avenidas de transeúntes, árboles de todos los tipos y, sobre todo, mucha belleza.

En el Retiro hay paisajes para todos los gustos y estados del alma. Hay zonas sombrías, selváticas, donde esconderse de las miradas ajenas; hay plazoletas despejadas, con su monumento en el centro, donde sentirse el personaje de una novela decimonónica; hay bulevares de cariz parisino y romántico, colmados por sonrisas y una pizca de reencontrada alegría; hay, incluso, algún rincón prosaico, sin interés, que, por contraposición, dota de verdadero significado a todo lo demás.

Lo mejor es la zona del estanque, con el monumento a Alfonso XII sirviéndole de fondo. Al atardecer, la lámina de agua de vuelve de oro líquido, y las barcas flotan despreocupadas e indolentes, como nenúfares errantes, por lo que parece el Mundo de las Ideas de Platón en versión acuática. Desde la barandilla, nosotros asistimos al espectáculo tranquilo, lírico y sobrecogedor de las barcas, queriendo ser uno de esos galanes perfectos que reman de un lado a otro del estanque mientras la chica descansa. De vez en cuando él deja de remar, se incorpora con cuidado de que la barca no se tambalee más de lo aconsejable y ofrece sus labios para que su enamorada, arrellanada y desfallecida en la proa, los bese. Nosotros, los codos apoyados en la barandilla, la lágrima pugnando por salir, hundiéndonos como el sol que se esconde por detrás del edificio del Ayuntamiento, escuchamos, leemos en los lejanos labios:

-I´m so happy…

Es demasiado bonito, demasiado duro, y decidimos irnos. Ya casi ha anochecido. Llevados por un rapto sentimental, cogemos una amapola que, en estos días, crecen en los parques, descampados y cunetas, y la llevamos de la mano, creyéndola alguien, algo; creyéndonos nosotros alguien, algo. La gente nos mira. Pero que el desasosiego no nos frene, que no nos impida disfrutar de la Arcadia rosada y efervescente del Retiro, donde ni hay crisis, ni existe la tristeza, ni la muerte, ni el olvido.

Imagen de cabecera: "Romanticismo en el Retiro". Óleo sobre tabla (41x31 cm). Del blog Entre paletas y pinceles, por Delia: deliamartin.blogspot.com.

lunes, 2 de mayo de 2011

NO SE PUEDE MIRAR

"Vistióse tan precipitadamente, que la vi medio desnuda. Pero ni ella, con el gran azoramiento de la prisa, cayó en la cuenta de que estaba mostrando su lindo cuerpo, ni yo me cuidaba más que de ayudarla a vestir, poniéndole enaguas, medias, zapatos, ligas. Al fin salimos de la casa y huimos a toda prisa de la calle de la Sal, por temor a encontrar al licenciado Lobo o a mi amo. Hasta que nos vimos en la Puerta del Sol, no tomamos aliento, y sintiéndome yo sin fuerzas, nos sentamos en un escalón junto a la Mariblanca. Profundo silencio reinaba en la plaza: Madrid dormía sosegado y tranquilo. Paseé mi vista en derredor, y no vi más que dos perros que se disputaban un hueso. El chorro de la fuente alegraba nuestras almas con su parlero rumor.

—Ya estás libre, condesilla —dije, reclinándome sobre el pecho de Inés—. Bendito sea Dios que nos ha sacado de allí. No te olvidaré nunca, horrenda noche de amargura; no te olvidaré nunca, risueña mañana de este día feliz. Estamos en lunes, día 2 del mes de mayo.

Un rato permanecí en aquella postura, porque estaba rendido de cansancio. El día se acercaba; se sentían los lejanos y vagos rumores, desperezos de la indolente ciudad que despierta. Por Oriente, hacia el fin de la calle de Alcalá, se veía el resplandor de la aurora, y cuando nos retirábamos, Inés y yo nos detuvimos un instante a contemplar el cielo, que por aquella parte se teñía de un vivo color de sangre".

(Benito Pérez Galdós. Episodios Nacionales. El 19 de marzo y el 2 de mayo. Ediciones Urbión. Editorial Hernando. 1976. Página 268)

Imagen de cabecera: Goya. No se puede mirar. Serie de grabados Los desastres de la guerra.