domingo, 10 de abril de 2011

INCISO

Lo que sigue es lo que he encontrado anotado en la libreta donde apunto los pormenores de los partidos para mis crónicas de baloncesto. Ignoro qué fue lo que me impelió a escribirlo, ni en qué situación de espíritu me hallaba. Supongo que me hallaría en un momento especialmente místico:

"Imaginemos que en un Barça-Madrid (fútbol), por ejemplo, con todos los focos, la mirada del país, del mundo, entero, sobre ellos, en pleno partido los jugadores de ambos equipos hablaran un momento entre ellos y se dijeran: "esto es una tontería, no jugamos", y, en medio de los pitos y el estupor general, se marcharan del campo abrazados, Cristiano con Messi, Piqué con Di María, Valdés con Kaká, Casillas con Alves."

Bien, nada más.

jueves, 7 de abril de 2011

ANATOMÍA DEL ANTES


Esta semana estamos de talante deportivo. Y no porque aceptemos de buen grado y con elegancia una derrota hipotética e invisible de nuestra vida, fuera de las pequeñas victorias y derrotas de cada día. Hay quienes dicen que cada día que pasa es un día más, y otros que uno menos. Todo es según como se mire. No hay tal derrota personal, no. El caso es que últimamente vivimos en un clima de deporte, respiramos deporte, como el reportero en el frente respira guerra o el sacerdote que se va a ordenar respira espiritualidad durante su retiro previo.

Llegó la primavera, se acerca el final del curso, y el deporte va tomando proporciones ciclópeas. No porque haya más que durante el otoño y el invierno, sino porque lo que acontece va cargado de un carácter decisorio que hace de los acontecimientos deportivos que se nos vienen encima algo absolutamente delicioso. Ahora, cada evento, cada partido, cada minuto, cada segundo, cada acción y cada decisión cuentan, y lo más probable es que no haya marcha atrás. Antes, el que perdía podía redimirse con victorias posteriores. Ahora, no. Ahora el que pierde pone punto y final a un sueño largamente perseguido, dice un amargo adiós a una oportunidad que quizá jamás vuelva a presentarse. Cuánto ensayo de muerte hay en estos compases finales de la temporada, cuánto de anochecer de las ilusiones.

Llega lo que todo amante del deporte esperaba: los partidos decisivos. Todo o nada. Así debe ser para que el deporte tenga credibilidad no sólo como entretenimiento sin igual, sino como perfecta metáfora de la vida, donde cada día y cada segundo es diferente y no se puede recuperar. Viene todo esto a que esta noche el Real Madrid de baloncesto y el Power Electronics Valencia juegan un partido histórico para ambos. Se juegan el pase a la Final Four de la Euroliga. El Real Madrid, club con más títulos del continente, lleva quince años sin jugarla; el Valencia no la ha jugado nunca, y allí saben que oportunidades como esta es difícil que vuelvan a presentarse. Y uno está nervioso. Puede imaginar lo que se les estará pasando por la cabeza a los jugadores, pero uno sólo sabe que está nervioso. No lo puede evitar. Y aunque pudiera, igual no querría evitarlo.

El antes, el ahora, el después. ¿Qué es mejor? Los filósofos y pensadores de todos los tiempos y lugares nos han dicho y repetido hasta la saciedad que no sólo lo mejor, sino lo único que existe es el ahora. Lo único que debe tenerse en cuenta y de cuyo disfrute y aprovechamiento dependerá nuestra felicidad o desdicha. El repetido hasta la saciedad carpe diem, disfruta el momento. No vamos a ser nosotros los que queramos contradecir a milenios de pensamiento y literatura. Porque es verdad, sólo existe el ahora, y es lo que debe prevalecer. En este momento, nervioso como está uno, expectante ante el partido de esta noche, un sí es no es impaciente por que llegue el momento de pisar la Caja Mágica, está viviendo el ahora del antes. Pero este ahora está claramente influenciado emocionalmente por un después sobre el que casi todo gira. Es, por tanto, más un antes que un ahora. Es una ensoñación, una ilusión de algo que todavía no ha ocurrido pero que nos llena el alma. Lo mismo, exactamente lo mismo que antes de quedar por primera vez con la chica de nuestros sueños.

¿Qué es mejor? ¿El antes, el ahora o el después? Según para quién. Para los filósofos, para los felices, para los despreocupados, lo mejor es sin disputa el ahora. Para los melancólicos, los tímidos, los poetas, el después. Y para los soñadores, los nerviosos, los impacientes, el antes. Sin duda alguna. Todos sentimos en nuestras carnes los efectos de cada uno de estos estados temporales, digámoslo así, según los estemos sintiendo. Pero en cada individuo cada uno gana la partida a los demás y se impone. El ahora y el después -la memoria- están en los animales. El antes, sin embargo, es algo privativo del ser humano y algo que forma parte de su esencia proyectiva. Por eso creemos que la anticipación, la conciencia de la víspera, es el más avanzado de todos. No el más saludable para una vida plena, desde luego, pero sí el de más complejos resortes.

El antes, la víspera, cuando la atmósfera se densa de un misterioso éter. Todos sabemos, por intuición, antes de un acontecimiento importante qué tal nos va a ir en líneas generales. “Se está cociendo algo grande”, nos decimos íntimamente, sin que nadie nos escuche, por si acaso; o, por el contrario, “será difícil”, o “no tengo buenas vibraciones”. Dentro de nosotros vibran unas sensibilísimas cuerdas del antes que quizá se hayan ido afinando a lo largo de la evolución. Pero siempre hay un amplísimo espectro de incertidumbre, de inseguridad, por el que el antes es lo que es y por lo que tiene tanto encanto. “La inseguridad, única cosa que es constante entre nosotros”, dice Galdós en Fortunata y Jacinta. Uno, en efecto, no está seguro nunca de nada, y menos aún durante el antes.

El antes, simplificando, consiste en la anticipación imaginaria de un después que es importante -o que se imagina importante- para el que sujeto que anticipa y que se tiene muy cerca. Uno ya se lo está imaginando. Llega a la Caja Mágica después de un largo y cargado viaje en el metro. Seguramente no piense mucho en el partido de marras y sí en sus cosas, pero el sólo pensamiento fugaz de lo que se avecina le retuerce el estómago. En el pabellón, los jugadores ya calientan, midiendo cada movimiento, el rostro serio. Hay una música de discoteca que, pese a su ligereza, suena trascendente. Las luces también están con un brillo trascendente, todo está trascendente. Las gradas se van llenando lentamente con ese mágico hormigueo de gente buscando su asiento. Molin y Pesic en la banda, observando a sus hombres, con ademán pensativo. Las sienes nos palpitan con creciente violencia, el revoleo del estómago se intensifica y el esfínter se nos aprieta. Queda poco para la cita -un partido de estas características es siempre es como una cita- y el ritmo del calentamiento de los jugadores va aumentando gradualmente. Todo va adquiriendo velocidad, el speaker habla, presenta a los jugadores, salen los árbitros, está todo a punto. Suena una bocina, y se apaga la música. Los jugadores titulares se quitan el chándal y quedan con la ropa de juego. El Madrid, de blanco, el Power, de naranja. Ya no vale esconderse, aquí nos conocemos todos. Primeros cánticos poderosos desde la grada, que está a reventar. Nos recorre un estremecimiento, y sentimos frío, aunque haga un calor del demonio. El árbitro echa el balón al aire…

Y el antes acaba. Ya forma parte del después, de la nostalgia. Pero no hay tiempo para eso, pues nos reclama el ahora. Nos reclama la pista, el balón, el juego, nuestra chica. Ahora sólo hay tiempo para ella.

Imagen de cabecera: Nikola Mirotic estira antes de un partido de Euroliga en la Caja Mágica (Foto de Sonia Cañada).

miércoles, 6 de abril de 2011

DESPERTARES



A Vicente, gran madridista.


La victoria del Real Madrid ayer ante el Tottenham por 4-0 ha dejado infinidad de lecturas en la prensa deportiva. Contrasta, como siempre, el tufo triunfalista y casi imperial de la madrileña y el tono de crónica de sucesos, casi desdeñoso, de la de Barcelona, tratando el triunfo blanco como un mero trámite burocrático y poco menos que regalado en vistas de lo que vendrá después, lo verdaderamente gordo: el Barça, por supuesto. Cosa que está por ver, pues los azulgrana juegan esta noche en el Camp Nou contra el peligroso Shakhtar Donetsk, equipo pequeño con olor a nuevo que, entre su buena trayectoria este año en Liga de Campeones, los precedentes de años anteriores contra los catalanes, el hecho de jugar la vuelta en casa y el extraño clima de respeto y casi temor que se respira en Can Barça, se presenta casi como un ogro inexpugnable al que se ganará, si se le gana, casi por milagro.

Hablábamos de la prensa y su contraste según desde dónde se escriba. Bien, pues como casi siempre en el medio está la virtud, y ni lo uno ni lo otro. El 4-0 es un buen resultado que prácticamente cierra la eliminatoria, de eso no cabe duda, pero de ahí a decir que fue una de las grandes noches europeas del Madrid dista un abismo y casi un disparate. No lo fue. No lo fue ni por juego, ni por rival, ni siquiera por ambiente. El Tottenham se mostró como un equipo en extremo blando y contemplativo, y la temprana expulsión de Crouch no puede servirle de excusa. La primera parte del Madrid, con el viento a favor, con un gol tempranero, con el delantero rival expulsado, con el estadio lleno -pero falto de chispa-, fue, digámoslo sin ambages, desalentadora, exasperante. Ni una jugada de mérito hicieron los blancos, que, aparte el gol, se perdieron en tiros lejanos mal ejecutados y en un juego escasamente combinativo, lento y previsible. Por si fuera poco, el Tottenham, tempranamente derruido, tuvo el balón mucho más de lo que tales circunstancias hacían prever.

La segunda parte fue otra cosa. Tampoco se vio ningún vendaval ofensivo digno de entrar en los anales de la Copa de Europa, pero por momentos volvió el gran Real Madrid. Lo que se vio fue a un adulto jugar con un pobre pelele flaco y desnutrido. Al Tottenham, por no vérsele, no se le vieron ni ganas. Y eso sí que es grave y delata a los equipos que no son grandes. Encerrado atrás pero sin la menor voluntad de minimizar el daño, a los ingleses pudieron caerle seis. En otra ocasión, quizá así hubiera ocurrido. Pero ayer el Madrid, pese a lo que pueda parecer el resultado, andaba con ciertas ansiedades aún palpitantes tras siete años sin pisar los cuartos, sin ser nadie en Europa. Cristiano marcó, más por estadística que por otra cosa, aunque el gol, eso sí, fue excelente. No se le vio fino, cosa normal, por otra parte, por la lesión. Conviene, sin embargo, que el portugués mire más a sus compañeros y que se deje de ciertos detallitos técnicos que ni son técnicos ni son prácticos. Y menos si se hacen con un parco 1-0 en el marcador.

Hay muchas cosas a corregir, pero el Madrid, y esa es la sonora verdad, estará en las semifinales. Entre la aristocracia europea. Y no es poca cosa, visto el páramo del lustro y pico anterior. Siempre lo hemos dicho: al Madrid no es necesario que le vaya todo rodado para ganar títulos. Quizá sea el único club en el mundo que puede decir algo así. Ayer, pese a lo que hemos dicho, cumplió con creces. Le faltó juego en la primera parte, sí, y algo de precisión general. Precisión. Palabra clave para el Madrid. Llevan muchos años faltos de ella, y ello se debe a ese clima crispado y de urgencias que se respira en el club. Mas un 4-0 en Europa, en cuartos, es inapelable. Y más con goles como el de Di María o el segundo de un redimido Adebayor.

El Madrid, tras el resultado de ayer, parece despertar. Pero sólo es el comienzo del regreso a la élite europea. Harían mal el madridismo y el club en tintar de hazaña heroica lo de ayer, en lanzar al viento los fuegos del entusiasmo. Aún queda mucho por hacer. Queda consolidar lo conseguido este año, que no es poco, a pesar del enrarecido entorno que se respira gracias a la proyección mercantilista de Florentino Pérez, a Mourinho, la prensa y ciertas actitudes de los jugadores. Queda, entre otras cosas, que el madridismo salga de la abulia en que lleva sumido desde hace años. Parece que al madridista se le ha olvidado animar. No siempre fue esta afición así, conviene anotarlo. El madridista, antes animaba y animaba mucho, sobre todo en las grandes citas. Ayer se recuperó algo de ese pasado de miedo escénico, pero se notaba aún en el estadio cierta resistencia del aficionado al aplauso desaforado, al grito estentóreo, a la pasión sana y un tanto animal, atávica, que despierta el deporte. Sea quizá esta atonía del madridismo la principal causa o consecuencia, no se sabe muy bien en qué orden actúan las fuerzas, de la pérdida de brillo del nimbo legendario que tuvo siempre este club.

Creemos que el Madrid, antes que nada, debe recuperar ese fuego, que ahora sí tiene el barcelonismo. Y eso, más que la excelsa calidad de los jugadores actuales, es lo que hace verdaderamente peligroso al equipo catalán. El Barça siempre fue un club que pecó de blandura, de falta de fe en sí mismo, de acelerado desánimo en cuanto venían un poco mal dadas. El Barça es un club sin heroísmo, inseguro, dengue. El Madrid, todo lo contrario. Por eso sigue teniendo más títulos y más aura que el club catalán, por eso y no por otra cosa el Madrid es legendario. Pero esa tendencia está virando. Lo primero, repetimos, es que el Madrid y su parroquia recuperen su calor. Sería triste que este club pereciera de hipotermia. Lo fundamental, en efecto, es que el Madrid y su afición se remuevan en su blanco lecho, salgan de la nebulosa en que se hayan sumidos y les sobrevenga el gran despertar. Lo de ayer, un 4-0 rotundo con el gran anfiteatro europeo mirando, puede ser un gran inicio. Pero sólo eso, de momento.

martes, 5 de abril de 2011

LOS BÚHOS

Hay veces en que debemos valorar y loar las iniciativas de los políticos, que no siempre se equivocan, contra lo que pueda parecer. Y no es que la iniciativa que nosotros pretendemos glosar aquí sea reciente, pues los búhos, los autobuses nocturnos, llevan ya muchos años surcando las agitadas noches de Madrid. No sólo ponderamos y loamos la iniciativa en sí, la de dotar a Madrid de un medio de transporte fundamental por el que los bohemios, los juerguistas, los noctívagos y los que trabajan de noche tienen asegurado su regreso a casa por un módico precio. También nos gusta el nombre con que se lo bautizó, que no por fácil y un poco tópico es menos potente. Los búhos. Con sus ojos grandes y brillantes y su ademán imperturbable, estas aves nocturnas y carnívoras van rapiñando gente todas las noches por las calles de Madrid.

Salen todos de Cibeles, kilómetro cero de esa tela de araña que se hace y deshace continuamente desde las doce de la noche hasta casi las seis de la mañana. Madrid tiene, de esta manera, veinticuatro horas ininterrumpidas de transporte público. Lógico y necesario, dirán algunos. Sí, pero no todas las ciudades gozan de ese privilegio. En Valencia, por ejemplo, los búhos circulan solamente hasta las tres de la madrugada. Una nueva muestra de lo desacertadas e injustas de nuestras quejas y diatribas hacia esta ciudad desconocida por sus propios habitantes y que clama en silencio -algunos la escuchamos- por que se valoren en su justa medida algunas de sus virtudes y encantos.

Los búhos toman su verdadero significado durante los fines de semana. El búho ha desplazado al taxi como medio de transporte de los juerguistas madrileños. No tanto de los extranjeros, pues parece que éstos no acaban de fiarse de esa oruga trasnochadora que, si bien sí que los recoge en un lugar determinado, vaya usted a saber dónde los va a dejar a esas horas de la madrugada. En un descampado, seguramente. El búho, más incómodo pero muchísimo más barato que el taxi, da la ocasión de observar con calma y detenimiento la psicología nocturnal de la juventud. En los búhos de más allá de las tres de la madrugada se aglomera el fracaso o el éxito de una noche, el sueño y las ilusiones perdidas, la tristeza que embarga al romántico o el éxito íntimo, acogedor y cálido del que se llevó a la guapa del grupo.

Hay algunos grupos aislados de juerguistas que continúan la juerga en el búho. Son los que, ahítos de alcohol, gritan, cantan, se levantan, se caen cuando el autobús toma una curva, se vomitan. Pero por lo general en los búhos reina el cansancio y la resignación, menudean los ojos turbios dañados por esa luz blanquísima, viscosa, insoportable, que hay en todos los búhos. ¡Qué bien le vendría a estos vehículos una luz trémula, nocturna, como la de algunos cafés bohemios o la del flexo de nuestra habitación! Tampoco el olor acompaña, hay que decirlo, pues entre los productos de limpieza que echan, el efluvio acumulado de los viajeros y algún que otro vómito esparcido aquí y allá, dan ganas de no respirar. De hecho, habrán notado que en los búhos se procura respirar mucho menos que en otras partes.

Todas estas características hacen que los búhos no estén hechos para soportar ciertas tristezas nocturnas que nos sobrevienen cuando todas esas promesas que nadie nos prometió no se cumplen. Viajar en un búho en ciertas condiciones puede hacerse muy duro, quizá más de lo que podemos soportar. Para esas tristezas sigue estando el taxi y el regazo oscuro y confortable del asiento trasero, afortunadamente; tristezas que hacen, entre otras cosas, que el dinero no nos importe nada y que lo único que queramos sea llegar a casa lo antes posible. Aunque luego el taxista, ese abnegado del volante, nos azote con su lengua:

-Qué, muchacho, se dio mal la noche, ¿no?

Es un peaje que hay que pagar. Se nos ve en la cara, además, que la noche no nos fue bien. Ir con esa cara en el búho no parece buena idea. Pero a veces hay que tragar, porque el amigo, que tiene novia y al que triunfar o no le da igual, se empeña:

-Venga hombre, cogemos el búho que en nada nos deja en la puerta de casa.

Y ese “en nada” es una hora y cuarto de sufrimiento y mareos y esa “puerta de casa”, veinte minutos andando. Tampoco podemos quejarnos, la verdad. Gracias que tenemos los búhos, esa salvación, ese refugio en noches de invierno, frías, ásperas y desconsoladas, y en equívocas noches de primavera de lluvia y lodo interiores. Hay veces, incluso, en este Madrid mágico en que todo puede acontecer en cualquier momento, en que lo mejor de la noche viene en el trayecto del búho a casa. Aunque sólo sea por la visión de los ojos cansados de la chica morena que, suerte la nuestra, se ha sentado enfrente de nosotros. Y aunque no hablemos con ella, eso no pasará.

O sí.

lunes, 4 de abril de 2011

FLOR DE CASUALIDAD


Uno aún no ha llegado a la treintena y, por lo tanto, es joven. No sólo eso, sino que todavía más importante, se considera joven. Esta convicción íntima, que podría parecer una obviedad desacreditada por la estupidez que es decir que uno se considera joven en la plenitud de su madurez y esplendor físicos, se ve reforzada por el duro e inapelable devenir de la realidad, de lo que vemos a nuestro alrededor. Y es que no es raro encontrar a personas de veinticinco a las que se ve soberanamente viejas, y no sólo por fuera. Hay, vemos bastante habitualmente, un cansancio prematuro, un creer que se ha hecho ya todo en esta vida y que lo único que queda es dejarse llevar, como una inmensa bola que va engordando, por la cuesta abajo del tiempo. Esto de acomodarse lo antes posible parece tener gran éxito entre nosotros, los jóvenes. Luego, cuando algunos de esos jóvenes lleguen a viejos, se darán cuenta, supongo, que tanta puntualidad, tanto apresuramiento en conseguir la supuesta felicidad, es una solemne pérdida de tiempo. Y querrán, claro es, desacomodarse, esto es, volver a la esencia de la juventud. Es la flecha del tiempo colocada en dirección contraria.

Y también hay, claro es, viejos a los que se le ve el forro de la juventud palpitante y no impostada por debajo de las costuras de su raído envoltorio. Quizá sea esa la verdadera juventud, la más auténtica, la que vive en seres que no son de su edad. Pero esa es otra historia. Uno, decía, es todavía joven, pero va teniendo un bagaje de tiempo tras de sí, y es de esa generación un tanto confusa cuya infancia creció entre lo antiguo -o lo que uno cree antiguo, pues que luego se ve claro que nada es antiguo si no se contrapone a algo- y lo moderno, lo más estrictamente contemporáneo, entre las meriendas de pan y chocolate y las primeras videoconsolas, entre una cierta ingenuidad pueril -que parece estar perdiéndose- y el ordenador, los Pokemon y los Gormiti, o como se diga.

Una de las características de lo estrictamente contemporáneo que decíamos antes es el quererlo y tenerlo todo ahora, en este instante y no en otro. El después no existe, o no se quiere saber nada de él. Tampoco el acaso, la imaginación de una ilusión. La impaciencia y lo tangible, lo corpóreo, lo que se tiene al alcance de la mano y no se concede en que se nos aleje. No, eso no es ya posible. Se quiere todo porque nos creemos con derecho a todo, menos a perder la vida por las confusas rendijas del tiempo futuro. Hay un afán acomodaticio por el que ya no el esfuerzo -ahora nos esforzamos mucho más que antes, y por cosas que quizá merezcan poco la pena- sino la imaginación, el ramillete de ilusiones que nunca se satisfarán y que forman el haz de nuestra vida, se va secando. Lamentablemente, apenas hay espacio ya para la casualidad, nuestra gran amiga.

¿Queremos viajar? Nada más fácil. ¿Queremos ligar? No hay problema, ahí está internet, y el que no folla es porque no quiere. ¿Queremos entretenernos sin mover un dedo? Hay cientos de canales de televisión de todas las temáticas posibles –menos exclusivamente de baloncesto, ahí va el dardo y la reivindicación-, y, sobre todo, tenemos internet. Internet es el gran invento del siglo XX, digan lo que digan. Al menos, de su segunda mitad. Y el siglo XXI, no cabe duda de ello, es el siglo de internet. A menos que se invente, qué se yo, los viajes intergalácticos, el remedio definitivo contra la calvicie o la tele transportación instantánea. Pero eso ya sería el colmo.

Detengámonos en el campo de la música. Uno se acuerda de una canción que le gusta y, claro es, le gustaría escucharla. Bien, pues le basta con un click. Ni siquiera es necesario que esté en su casa, por supuesto. Los walk-man hace mucho tiempo que se inventaron, y ahora con los reproductores mp3 y mp4 y los móviles las posibilidades se multiplican. Todo eso está muy bien, qué duda cabe. Una buena canción escuchada en el momento preciso y no otro puede salvarnos de más de una pequeña depresión, de un temporal bajón de ánimo. También puede infundirnos motivación y fuerzas añadidas para un acontecimiento importante o puede convertir un penoso trayecto en metro en algo así como un viaje lírico y sentimental. Pero, ¿dónde está la casualidad, esa rara flor?

Así es. Por mucho que uno pueda, en cualquier momento y con sólo ejercer fuerza con uno de sus dedos, escuchar una canción determinada las veces que le dé la gana, el auténtico momento musical y lírico viene cuando no esa misma canción, sino otra cualquiera, es escuchada una sola vez, de casualidad, porque la ponen en la radio, porque la toca un músico callejero o porque alguien la lleva puesta en el coche con las ventanas abiertas. Ni siquiera es necesario escucharla entera porque con una parte, con el estribillo, nos vale. Después, andamos todo el día con eso que llamamos “se me ha pegado” en la cabeza, tarareando con aire de felicidad, porque todo el mundo sabe que el que canta porque sí es porque está contento. Y sólo hizo falta un minuto, unos segundos acaso, para que se nos despertaran esas alegrías no precisamente muertas, pero sí en suspenso. Sólo hizo falta la flor de la casualidad.

Rara y bien olorosa flor la de la casualidad. Ya no es su reino el de los tiempos actuales, en que se quiere que todo esté tan medido, tan controlado, tan a nuestro gusto. Es como los varones maduros donjuanescos y románticos, que están pasados de moda. Pero, como éstos, esa flor sigue existiendo, sigue viviendo, porque, simplemente, no puede desaparecer. Quedan resquicios para que respire, crezca y, quizá, sólo quizá, se nos ponga ante la vista. Por eso es y se llama casualidad, esa rara flor.


Imagen de cabecera: Amapola.

domingo, 3 de abril de 2011

EPISODIO (Nota para una reflexión)


Para un servidor, el mejor final de la literatura española lo escribió Benito Pérez Galdós en su Episodio "Zaragoza". Reproduzco aquí parte del penúltimo capítulo. No voy a comentar su contenido, no es necesario. Creo que habla por sí sólo, y todo lo que pudiera yo añadir no haría sino desvirtuar, afear, interpretar erróneamente y sin derecho. Fue escrito hace más de cien años, pero pienso que viene muy a pelo en la situación actual. Que cada uno saque su conclusión, si es que le apetece o tiene un segundo libre. No le pido que sienta la emoción que experimento yo al leerlo y transcribirlo (por el mero gusto de hacerlo), pero sí al menos que reflexione un minuto.

Sólo quiero poner en situación: estamos en febrero de 1809. Los franceses llevan dos meses sitiando la ciudad de Zaragoza, que, tras una defensa heroica, cae finalmente agotada por las bajas, la epidemia y la colosal potencia de las huestes napoleónicas. No hay en la Historia de España un ejemplo igual al de la capital del Ebro.Y todo ello fue admirablemente narrado por don Benito, por boca de Gabriel Araceli. Nos cuenta éste último:

"—Todo huye, todo se va de este lugar de desolación —digo a don Roque—. Los franceses no encontrarán nada.

—Nada; hoy entran por la puerta del Ángel. Dicen que la capitulación ha sido honrosa. Mira: ahí vienen los espectros que defendían la plaza.

En efecto: por el Coso desfilan los últimos combatientes, aquel uno por mil que había resistido a las balas y a la epidemia. Son padres sin hijos, hermanos sin hermanos, maridos sin mujer. El que no puede encontrar a los suyos entre los vivos tampoco es fácil que los encuentre entre los muertos, porque hay cincuenta y dos mil cadáveres, casi todos arrojados en las calles, en los portales de las casas, en los sótanos, en las trincheras. Los franceses, al entrar, se detienen llenos de espanto ante espectáculo tan horrible, y casi están a punto de retroceder. Las lágrimas corren de sus ojos y se preguntan si son hombres o sombras las pocas criaturas con movimiento que discurren ante su vista.

El soldado voluntario, al entrar en su casa, tropieza con los cuerpos de su esposa y de sus hijos. La mujer corre a la trinchera, al paredón, a la barricada, y busca a su marido. Nadie sabe dónde está; los mil muertos no hablan y no pueden dar razón de si está Fulano entre ellos. Familias enteras se encuentran reducidas a cero, y no queda en ellas uno solo que eche de menos a los demás. Esto ahorra muchas lágrimas, y la muerte ha herido de un solo golpe al padre y al huérfano, al esposo y a la viuda, a la víctima y a los ojos que habían de llorarla.

Francia a puesto al fin el pie dentro de aquella ciudad edificada a las orillas del clásico río que da nombre a nuestra Península; pero la ha conquistado sin domarla. Al ver tanto desastre y el aspecto que ofrece Zaragoza, el ejército imperial, más que vencedor, se considera sepulturero de aquellos heroicos habitantes. Cincuenta y tres mil vidas le tocaron a la ciudad aragonesa en el contingente de doscientos millones de criaturas con que la humanidad pagó las glorias militares del Imperio francés.

Este sacrificio no será estéril, como sacrificio hecho en nombre de una idea. El Imperio, cosa vana y de circunstancias, fundado en la movible fortuna, en la audacia, en el genio militar, que siempre es secundario cuando, abandonando el servicio de una idea, sólo existe en obsequio de sí propio; el Imperio francés, digo; aquella tempestad que conturbó los primeros años del siglo y cuyos relámpagos, truenos y rayos aterraron tanto a la Europa, pasó, porque las tempestades pasan, y lo normal en la vida histórica, como en la Naturaleza, es la calma. Todos le vimos pasar, y presenciamos su agonía en 1815; después vimos su resurrección algunos años adelante; pero también pasó, derribado, el segundo como el primero, por la propia soberbia. Tal vez retoñe por tercera vez este árbol viejo; pero no dará sombra al mundo durante siglos, y apenas servirá para que algunos hombres se calienten con el fuego de su última leña.

Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España defendía contra el derecho de conquista y usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende, y sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada con razón por sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas más o menos declaradas, sus inmorales partidos, sus extravagancias, sus toros y pronunciamientos, no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad; y aún hoy mismo, cuando parece hemos llegado al último grado de envilecimiento, con más motivos que Polonia para ser repartida, nadie se atreve a intentar la conquista de esta casa de locos.

Hombres de poco seso, o sin ninguno en ocasiones, los españoles darán mil caídas, hoy como siempre, tropezando y levantándose, en la lucha de sus vicios ingénitos, de las cualidades eminentes que aún conservan y de las que adquieren lentamente con las ideas que les envía la Europa central. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes y resurrecciones prodigiosas reserva la Providencia a esta gente, porque su destino es poder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su permanencia nacional está y estará siempre asegurada".

Imagen de cabecera: Goya. Desastres Nº 50. Madre infeliz. Biblioteca Nacional. Madrid.

sábado, 2 de abril de 2011

SEGUIR JUGANDO. Bosquejo de una historia caballeresca y romántica de antaño adaptada a los confusos tiempos actuales (En cuatro actos)


(Crónica escrita al compás de los acontecimientos, a modo de cuaderno de campo, y publicada en la web de baloncesto http://www.zonadostres.com/ la noche del 24 de marzo de 2011)

Con todos ustedes, una historia de amor y desamor, de desdenes y caricias, de momentos de magia y otros no tan agradables, porque eso es el amor, no saber fatalmente si tenemos lo que ya tenemos y estar temblorosamente seguros de ganar lo que tenemos perdido. Eso es el amor, y el basket también, claro. Presentemos a los personajes de esta obra que ha acontecido hoy en el teatro de la Caja Mágica, en Madrid. Él, hoy en su casa, viste de blanco y es un Don Juan venido a menos. En otro tiempo tuvo muchas conquistas, por las que todavía es conocido en Europa entera, pero en los últimos tiempos -en los últimos quince años para ser más exactos- no se come un rosco. La sequía es pertinaz, y aunque de vez en vez recuerda con nostalgia y orgullo sus exitosos amores del pasado, ahora lucha por reencontrar su identidad. La oportunidad que se le presenta ahora de regresar al trono, a los focos, es única: una bella muchacha, tres citas en su casa, donde se siente fuerte, y dos fuera, donde suele vacilar. Y ella, la bella muchacha, que lleva traje naranja -un poco feo, hay que decirlo-, y que no es nada en el ámbito continental. Nunca ha desplegado sus encantos en la gran pasarela de la Final Four, pero ahora esta joven delicadeza está decidida. Bajo su aspecto lindo esconde dureza de espíritu y saber hacer y, sobre todo, tiene un buen mentor (Pesic) y un arma letal: Cook.

Acto primero: ¿TÚ OTRA VEZ?. Los dos enamorados se dieron cuenta nada más pisar la cancha que se habían visto en alguna otra ocasión. No muy lejana, recordaron, y podía ser incluso que vivieran no demasiado lejos uno del otro en la misma ciudad. Eran del mismo barrio, casi seguro, y poco a poco fueron acordándose de pasados encuentros antes del actual, el más importante de todos. Hace no mucho tuvieron oportunidad de conocerse en un lance de trapío, una semifinal de Copa, después en casa de ella y hace menos aún, el primer partido de la serie, en casa de él. No quedó la cosa definida. Así, ella, conociendo pasados enfrentamientos, decidió que lo mejor era variar de estrategia y sacó dos pívots -Javtokas y Lishchuk- para tapar su parte más vulnerable, la zona, que fue donde falló. Si se repetía la historia, el fracaso era casi seguro. No le fue mal al principio, pues, y contestó las primeras canastas interiores del contrincante (4-4). Con ambos buscando a los interiores, el corazón mismo, que es donde se hace año, él consiguió hacer daño acercándose a ella (Reyes, Tomic). Ella también, consciente del poderío de sus pívots. La igualdad era máxima (11-10, minuto 4) y, lo que son las cosas, donde el otro día ella falló (el rebote ofensivo) hoy lo hizo mucho mejor que su rival. Así es; ella, escarmentada, controlaba el rebote en la canasta contraria. Mediado el primer cuarto de la cita él amagó con marcharse, para desespero de su amante (19-11, minuto 9). No era más que humo, ganas de darse tono, porque en apenas un minuto, en lo que dura una mirada penetrante, ella, gracias a segundas opciones y a la mano de Savanovic, se colocó a rebufo (19-17).

Acto segundo: ÉL Y ELLA, NI ÉL NI ELLA. En condiciones de supervivencia -y el amor es una supervivencia continua- a veces hay que dar cabida a la sorpresa. Así lo hizo él, que sacó una arma inédita en otras ocasiones: Velickovic. El serbio engarzó cinco puntos consecutivos que le hicieron crecerse (31-22, minuto 25). Fue, sin lugar a dudas, el mejor momento de la cita para él. Todo fluía cuando tocaba la iniciativa y, cuando ella le buscaba los puntos débiles, respondía con suficiencia, esto es, defendía. Ella optó por la misma táctica, y si él era con Nole, ella lo fue con Cook. Dos triples consecutivos del base americano (para una serie final de 5 de 5, 20 puntos) estrecharon las cosas (33-30, minuto 18). Él pudo ganársela, pero no aprovechó la opción. Y quizá se arrepintiera luego, en el amor nunca se sabe cuándo se tendrá una segunda oportunidad; ni siquiera se sabe si se tendrá. Otro triple de Richardson confirmó la igualdad. Otra vez toma y daca, otra vez frases entrecurzadas sin sentido definido, para ver quién de los dos cedía. De momento, ni uno ni otro. Él, por delante; ella, por detrás, parecía que con más seguridad. Un triple de Vidal sobre la bocina finiquitó el segundo acto. Abajo el telón, y descanso. El público, expectante y nervioso, muy nervioso, ante lo que podría pasar a la vuelta.

Acto tercero. TE MIRO DE LEJOS, ES MEJOR. En la segunda parte de la cita él pareció decidido a lanzar el ataque definitivo. Una canasta de Reyes y un triple de Llull así lo confirmaban (43-35, minuto 21). Y él, quizá pensando en su vanidad que todo estaba hecho, se relajó. Ella empezó a lanzarle miradas lejanas, a modo de bombas, que a él le coartaron. Toda su seguridad anterior desapareció. Cuatro triples consecutivos (dos de ellos de Cook) hicieron que las tornas cambiaran definitivamente (45-49, minuto 26). Ahora, la iniciativa era de ella, sin que por ello él siguiera ofreciendo lo mejor de sí (50-49, minuto 27). Era una lucha preciosa entre dos grandes almas, que nada se guardaban ya. Así ocurre a veces en el amor, y es entonces cuando se verifica el futuro de la relación. Ella, qué duda cabía, estaba más segura de sí, más consciente de sus virtudes y defectos, así como los de él. Se conocen ya demasiado bien. De Colo y Rafa Martínez, con un triple y un dos más uno respectivamente, ampliaron el espacio que se abrió entre ambos (52-57) y el tercer acto se va con un inquietante para la Caja Mágica 54-59.

Acto cuarto. ABRUPTO FINAL. Después de otro descansito, él repitió actuación y volvió a la carga. Fue entonces cuando decidió tirar de lo mejor de su repertorio: la pasión. Decidió, en suma, tirar de Llull. El menorquín se convirtió en el sostén por el que él se mantuvo con opciones hasta poco antes del final. El ambiente se le puso propicio: las luces como le gustan, estridentes gritos de ánimo oídos en su cabeza. Atmósfera propicia para él (64-62, 66-64, minuto 35). Pero ella, claro, sabía de qué iba la historia y no se dejó acaramelar tan fácilmente. Iba a ser necesario algo más que el ambiente para que cayera rendida a sus pies. Un triple de Richardson amagó con echar todo al traste (66-69). Cualquier pequeño gesto, cualquier palabra fuera de tiempo, cualquier mirada blanda, podía resultar fatal. Y tres puntos eran muchos. A base de pasión, a base de Llull (18 puntos), y de alguna acción afortunada (triple de Prigioni), él encaró la madrugada, los últimos compases de la cita, en franquía (72-71, minuto 37). Mas de nuevo fue desarmado por las miradas lejanas de ella. Un triple de Savanovic le puso por detrás y lo que es peor, le puso nervioso. Y de esa ya no se recuperó. El final fue un concierto de despropósitos en la retaguardia de él y de aciertos fatales de ella. Un triple de Cook, el último de su formidable serie, le mató (74-78). Y él, aunque consciente de que seguro habría más opciones, se retiró cabizbajo, dolido, porque oportunidades así se le han presentando en los últimos años muy de vez de cuando. Nunca, pensó. Ahora me toca jugar fuera de mi casa. Y yo, pensó ella, voy a ser implacable en la mía. Pero quiero verte, cariño. No me falles.

FICHA TÉCNICA:

Real Madrid 75 (1): Prigioni (6), Llull (18), Suárez (5), Reyes (8), Tomic (6) -equipo inicial-, Mirotic (7), Velickovic (7), Begic (-), Vidal (3), Fischer (6), Arteaga (-) y Tucker (9).

Power Electronics Valencia 81 (1): Cook (20), Martínez (12), Richardson (17), Lishchuk (5), Javtokas (4) -equipo inicial-, Simeón (-), Navarro (-), Pietrus (9), De Colo (9) y Fernández (-).

Parciales: 19-17, 19-18, 16-24 y 21-22.

Árbitros: Martín (ESP), Christodoulou (GRE), Jovcic (SRB).

Incidencias: Segundo partido del playoff de cuartos de final de la Euroliga disputado en la Caja Mágica ante 10.112 espectadores.