lunes, 21 de marzo de 2011

LA HORA TRISTE


A poco que se sea un poco rutinario, y quien más quien menos, hasta el más ocioso y desocupado, lo es, podemos observar claramente en nuestro día a día una gráfica del estado muy parecida en su discurso general. Podrá haber pequeñas diferencias entre las diferentes jornadas -e incluso a veces ser inversas-, pero en líneas generales podríamos aseverar que el estado de ánimo es como un climograma, asombrosamente regular año tras año, aún con sus pequeñas variaciones. A uno, este afán matemático de calibrar las emociones y sentimientos de sí mismo le ha sido, le sigue siendo, a pesar de su evidente absurdo, de gran utilidad y provecho con el fin de anticipar momentos difíciles o placenteros y actuar en consecuencia para atemperar los primeros y potenciar los segundos.
Quiere uno decir que en un día de cada uno de nosotros cabe toda la gama de emociones y sentimientos y que el tránsito del Sol por la bóveda celeste, unido a nuestras propias vicisitudes, marcan en cierta forma nuestro estado. Según cada cual la gráfica trazará una curva u otra, pero me parece a mí que hay ciertos patrones más o menos comunes que, como todo lo común, tienen un fondo atávico y, por qué no, contagioso.
Tiene uno observado que hay cierta hora triste, cierta depresión de la curva de la gráfica, que se da poco después de comer y que en invierno se exacerba ante la pronta declinación del sol. Es esa hora en la que, con el estómago y la cabeza llenos de los resabios del día, con el alma y el cuerpo más inclinados a la contemplación y la melancolía que a la acción, se diría que nos colapsamos sobre nosotros mismos como esas densísimas estrellas de neutrones. Es la hora quieta, naranja y amarga en que se nos afilan las inseguridades, en que la sangre, acumulada en el estómago para la digestión, no nos llega al cerebro para que éste funcione con la suficiente clarividencia, en que se nos pone ante los ojos más claramente que nunca lo que de muerte y resurrección hay en la vida diaria, donde un día se va para no volver y una hoja de calendario cae desde la siempre inestable pared de nuestra existencia.
La hora triste. Es la hora en que más nos duele que nuestra enamorada no nos quiera, en que más tememos perder el amor de la que nos quiere y en que hasta nosotros mismos dudamos de querer a la que queremos. Sí, en la hora triste todo se pone en duda; breve tiempo de desmonoramiento vital sobre cuyas ruinas tendremos que reconstruir lo que teníamos. Y ello, día tras día, sin poder nunca llegar a levantar un muro lo suficientemente alto para estar a salvo de las fieras cotidianas.
En nuestra infancia, la hora triste era aquella tristísima hora en que nuestra madre aún no había llegado a casa de trabajar. La hora triste es en la que el adolescente romántico y sentimentaloide rumias sus torpes ideas de suicidio y en la que la mente del anciano está más vacía y yerta que nunca. En la hora triste se oye con singular potencia que nos excita los nervios el que el resto del día es el levísimo tic-tac del reloj, ese reloj que a las doce de la mañana no se oye y que en plena hora triste parece que va para atrás. La hora triste, en fin, es aquella en que, si hemos quedado con alguien que nos ilusiona, se retrasa para desespero nuestro. En la hora triste los segundos se estiran, el horizonte se aleja y los pensamientos, huérfanos de acción y movimiento que les den alas, se estancan como esa paloma atrapada en el fango.
La hora triste. Lo mejor de la hora triste es ese repentino chispazo de ilusión provocado por el sutil recuerdo de alguien que ni siquiera conocemos o algo que ni siquiera hicimos y que prende la mecha para el final de la hora triste y el encendido de nuevas y conocidas luces.
Imagen de cabecera: Ramón Casas, Jove decadent (1899)

sábado, 19 de marzo de 2011

EL LECTOR DE PERIÓDICOS


Sólo el que haya paseado un poco las mañanas de Madrid conoce algo de lo que en verdad es la ciudad. Ni las noches, ni las tardes, ni siquiera los mediodías nos dan la medida auténtica, la explicación de cómo y por qué funciona un mundo. Lo demás se nos antoja casi como figuración de los sentidos o como suplemento impuesto y, no obstante, necesario, al tuétano de las primeras horas; horas en las que se supone que trabaja todo el mundo pero que, a juzgar por el tráfago de las calles, todos hubieran salido de casa diciendo que iban a trabajar cuando en realidad lo que iban a hacer es observar la verdad laborable de su ciudad. Luego, claro es, tal verdad laborable no existe y lo que el mero observador cree como tal no es si no farsa y ociosidad mal disimuladas.
Pero sí, suponemos por la cara de la gente que va por la calle que, si no trabajando, están camino, de vuelta o entre medias de ello. El que haya caminado las mañanas de Madrid con un mínimo de afán observador habrá reparado en un tipo especial al que podríamos llamar, sin forzar demasiado la máquina de la originalidad, el lector de periódicos. El lector de periódicos sólo existe por la mañana, cuando la noticia aún no ha envejecido en esa muerte rapidísima del papel impreso, pues ya dijo alguien que no hay nada tan viejo como el periódico del día anterior. El lector de periódicos, sin otra obligación, cree indispensable saber antes que nadie lo que acontece en el mundo. El lector de periódicos, sí, suele ser un jubilado o próximo a tal estado, y tiene sitio fijo de lectura, pues que el acto de leer, como íntimo y ritual que es, se supedita a unas normas inviolables hijas de la costumbre de cada cual. Ello no quita que el hábitat del lector de periódicos sea variado: el bar, la biblioteca, un banco público -incluso en invierno-, una esquina, un semáforo y, los más hábiles, toda una calle, porque leen mientras caminan, o caminan mientras leen, que eso nunca se sabe.
El verdadero lector de periódicos lee más de uno, aunque tenga una inclinación política muy determinada. El lector de periódicos no debe confundirse nunca con el lector de domingo, pues éste, aparte de no leer el periódico jamás a pesar de que lo compra, más que nada lo lleva bajo el brazo como trofeo -por eso procura pasear mucho rato con él-, como algo duramente conquistado después de una larga y dura semana de desperezos laborales o, si es jubilado, como derecho inalienable tras toda una vida.
Se comprende entonces que los periodistas, editores y directores de periódicos de este país los escriben, editan y dirigen para aquellos que poco o nada tienen ya que hacer en la vida pública ni privada. La Prensa, por tanto, lejos de ser una fuerza viva y activa no es más que una costra reseca sin valor ni opción de ayuda a que corran nuevos vientos. La Prensa, siendo un producto consumido por gente que ha traspasado con creces el ecuador hacia la muerte, es ya algo próximo a una muerte completa, un artículo de museo sin valor funcional.
Pero lo que más nos llama la atención del lector de periódicos es su gesto. Jamás se vio a un lector de periódicos emitir la más leve sonrisa. No sabemos si las cosas que pone en esos papeles son tan horribles o aburridas o si ese gesto adusto se debe a un trance, a una concentración máxima de energías en una loable labor que, de desaparecer, haría desaparecer también a la prensa escrita. Pese a ello, uno cree que el lector de periódicos interrumpiría gratamente su tarea si se juntara con otros lectores de periódicos que, naturalmente, dejarían de serlo.
Son casos y cosas de la soledad.

viernes, 18 de marzo de 2011

SOBRE LOS CONSEJEROS, BUENOS Y MALOS

Está en la naturaleza del ser humano, como animal que lega sus conocimientos de generación a generación y de individuo a individuo, el dar consejos. Todos los damos y recibimos habitualmente, y hasta la publicidad, ese monstruo de mil tentáculos que se inmiscuye en nuestras vidas un poco de forma brutal, no deja de ser un consejo. Claro que hay consejos y consejos, básicamente porque hay muy variados tipos de consejeros. No es lo mismo, qué duda cabe, el consejo que pueda darnos una madre que el recibido, seguramente con su mejor intención, de parte de la estanquera.
Pongamos como base el que todo aquel que da un consejo lo hace con la mejor de las intenciones. Bien es cierto que podríamos dudar de esto porque el corazón del ser humano está surcado por oscuras y desconocidas rendijas por las que se cuelan misteriosos vientos de vanidad, maldad, envidia y demás clase de humanísimos efluvios. Así es, y con eso deberíamos contar, como el león cuenta con que no todas sus cacerías tendrán éxito o el golfista sabe que no todos sus golpes entrarán por el agujero.
Uno va cada vez siendo más reacio a dar consejos. Y lo es porque ha recibido muchos de ellos, la mayoría obviados y unos pocos tenidos en cuenta, que no es lo mismo que decir llevados a la práctica. Lo que de ningún modo hace es dar consejos no pedidos. “Qué fácil es dar consejos”, reza el dicho. Y qué difícil es no escucharlos, añadiría. Porque todos somos conscientes de la vista sesgada de uno mismo y del mundo que tenemos si miramos solamente desde nuestra perspectiva, y lo queramos o no, las opiniones de nuestros semejantes, por el mero hecho de provenir de otro punto de vista, las tenemos en cuenta. Es justo y natural que así sea, además de enriquecedor y un acto de humildad intelectual.
Pero a uno le parece que detrás de ciertos consejos hay una aceptación tácita por parte del consejero de superioridad moral, una especie de prurito vanidoso y ególatra que es especialmente visible en ciertas personas. Porque, aparte de haber consejeros y consejeros, hay distintas formas de dar el consejo. Como antes hemos dicho, el pedir un consejo debería ser condición sine qua non para que el consejo sea expedido. Luego, deberían ser indispensables ciertas entradillas que, dicho sea de paso, conforman de por sí la esencia de lo que es un consejo, esto es: “ten en cuenta que puedes hacer esto antes que lo otro” antes que el “tienes que hacer esto”, el “haz esto porque yo lo digo y es la única manera de acertar” y el más insoportable de todos, el consejo a toro pasado: “ tenías que haber hecho esto”. Hay en el consejero por egolatría un fondo de maestro frustrado que necesita captar discípulos, prosélitos y acólitos a toda costa. A esta clase de consejeros, por demás abundantísimos, es mejor ni escucharlos. Son, en el más amplio sentido de la acepción, malos consejeros.
Detrás de todo esto le parece a uno que está el derecho inalienable de cada cual a equivocarse. El derecho y, añadiríamos, el deber. La vida está fraguada de equivocaciones, de errores propios con los que debemos pechar, y es a través de ellos como adquiriremos una dimensión propia, unas arquitecturas personales sólidas, para intentar hacerlo mejor después. Método de prueba y error. Uno cree que es preferible fracasar con errores propios que triunfar con aciertos ajenos. (Suponiendo siempre que los consejos dados sean la panacea, cosa a todas luces dudosa).
“Dejad que me equivoque”, debería ser la divisa no cambiable de cada uno. Eso deberían saberlo los consejeros, buenos y malos, que a fuerza de impartir consejos a los demás se olvidan de sí mismos. Uno, cuando recibe un consejo, no puede menos que pensar: “déjame a mí salir de mi agujero que yo te dejo a ti salir del tuyo”.

jueves, 17 de marzo de 2011

GODOY, EL ENAMORADO


Dijo Larra que todo aniversario es un error de fechas. Lo dijo, suponemos, ateniéndose a la condición un tanto arbitraria y artificial que tiene el tiempo como creación humana y abstracta. El hombre, que en efecto fue quien lo creó, midió la rotación y traslación de nuestro planeta alrededor del Sol para no perderse a sí mismo, para no perder -o al menos tratar de asegurar- su memoria. La fechas tienen en nuestro imaginario colectivo un significado que en ocasiones puede ser simbólico o mágico: 11-M, 11-S, 2 de Mayo, etc. Lo mismo ocurre en el ámbito privado, si uno es un poco historiador de sí mismo, con las efemérides de cada uno de nosotros: la fecha de nuestra boda o el día que hicimos la comunión.
Bien, pues hoy, 17 de marzo, cometeremos el error de recordar el aniversario del Motín de Aranjuez, que tuvo lugar, también un jueves, hace 203 años. La historia es conocida por todos. La facción del celoso Fernando VII logró, por medio de conspiraciones palaciegas y con la ayuda de un pueblo dirigido -los conspiradores hicieron correr la noticia de una inminente huida a Cádiz o América de la familia real ante la ocupación de la península por parte de las tropas napoleónica que ya se estaba produciendo-, derrocar a Manuel Godoy, valido omnipotente del rey Carlos IV. Fue la primera vez en la historia de España -una España todavía con estructuras feudales- en que la masa osó tomar las riendas de su destino y actuar en la vida política, sembrando la primera semilla de lo que vendría después: derrumbamiento del Antiguo Régimen, liberales, constituciones, democracia.
No fue, sin embargo, una actuación efectiva que podríamos llamar modélica. El pueblo, en efecto, protestó, pero lo hizo manipulado, algunos dicen que sobornado -aunque tal hipótesis es poco plausible- y, sobre todo, lo hizo mediante la violencia. La noche del 17 de marzo de 1808 la turba, sabiamente dirigida por el Conde de Montijo, entre otros, asaltó el palacio del Príncipe de la Paz al grito de “¡Muera Godoy!” y destrozó cuantos objetos de valor encontró, formando con ellos una enorme hoguera a la puerta de la mansión. El valido, milagrosamente, logró escapar del asalto y seguramente de la muerte refugiándose en la buhardilla dentro de unas alfombras enrrolladas. Dos días después, 19 de marzo, Godoy, hambriendo, sediento y exhausto, no tuvo már remedio que salir de su escondite, escoltado por dos Guardias de Corps. El pueblo, que le esperaba a la puerta, no dudó en hacer uso de sus poderes y linchó al gigante caído, que pudo salir entero de tal tesitura gracias a sus protectores. Ese mismo día, a las siete de la tarde, abdicó Carlos IV.
Nos llaman poderosamente la atención hasta el punto de fascinarnos estos casos de brutales ruinas, de asombrosos despeños que la Historia y la vida nos deparan de vez cuando. Godoy subió a la cumbre del poder en tiempo récord. En 1784 ingresó en la Guardia de Corps y en 1792, apenas ocho años más tarde, era por intercesión de Carlos IV el hombre que dirigía los destinos de un país entero. Jamás se vio ascensión tan meteórica. Favorecido por el rey, supuesto amante de la reina María Luisa y con un historial amatorio digno de un Don Juan o un Casanova, Godoy fue dejando a su paso un reguero de envidias, recelos, torpezas propias y amores aristocráticos que luego pagaría en su violento final. Consiguió lo que raramente consigue nadie: generar la animadversión de todos, tradicionalistas, católicos, liberales, ilustrados, constitucionalistas, el vulgo (que le odiaba). A nadie contentó y a nadie cayó simpático, aún sabiendo que, sin ser un hombre guapo, era extremadamente extrovertido y jovial. Desde luego que nadie lloró su caída, ya ensayada en el proceso de El Escorial de octubre de 1807 y perpetrada en aquel motín a orillas del Tajo; nadie, excepto sus más allegados y los reyes, también derrocados y que posteriormente le acompañarían en su exilio.
Hoy, cada septiembre, en Aranjuez se sigue recordando tal acontecimiento en las llamadas Fiestas del Motín, declaradas de Interés Turístico Nacional. Todos los años se lleva a cabo una recreación de los hechos en la que no faltan trajes y vestimentas de la época, reyes caracterizados y un pelele del valido zarandeado. No deja de ser curioso que caída tan vergonzante y, a la vez, tan majestuosa, sirva de símbolo y centro de gravedad y dé nombre a un acto festivo, a las fiestas de todo un pueblo no precisamente pequeño. Aranjuez, que tiene su Palacio Real, sus jardines, sus fuentes, su río, es largamente conocido por lo que fue una humillación pública.
No echemos la culpa a nadie, es de ley que así sea. Doscientos tres años son muchos para andarse con contemplaciones por un quítame allá estos validos. El caso es que, vista desde la distancia que da el tiempo pasado, la vida y caída de Godoy tienen misterio, lirismo y, desde luego, muchísimo encanto. Don Manuel se exilió en Italia, primero, y en Francia, después, y murió en París mucho más tarde, en 1851, ya muy anciano y olvidado de todos. Está enterrado en el maravilloso Pere Lachaise. Su esposa, la Condesa de Chinchón, lo había abandonado mucho antes cansada de la infidelidad de su marido con Pepita Tudó, el gran amor de su vida. Allí, en París, escribió unas extensas memorias, hoy publicadas; allí recordaría, como una lámina histórica de pátina dieciochesca, la lejana noche del 17 de marzo de 1808. Ahora, aquí en España, se celebra el día de San Patricio. Suponemos que será por la cerveza. Uno prefiere celebrar a su manera (recordándolo) el aniversario de una majestad caída, sin duda mucho más bella así que sentada en el trono, como dijo Valle. Uno prefiere, en suma, traer a la memoria el quebranto vital de un Don Juan de las Españas, de un valido enamorado y guasón que cayó cuando venía la primavera.
Imagen de cabecera: "Caída y prisión del Príncipe de la Paz", grabado de F. Martín. Se aprecia, al fondo, la Real iglesia de San Antonio. La explanada es la plaza del mismo nombre y las arcadas de la derecha corresponden a la Casa de Infantes (Aranjuez).

miércoles, 16 de marzo de 2011

DERECHO DE OMISIÓN

Entre las características más arraigadas del español está el creer que, en compañía de otro, no debe estar callado ni un sólo segundo. Cualquiera es testigo a diario de esa imposición conversacional que se da cuando nos encontramos por casualidad con alguien conocido y al que, además de saludar, estamos tácita y fatalmente obligados a preguntar que qué tal le va la cosa, a dónde se dirige con tanta o tan poca prisa, lo gordo o flaco que le vemos y demás clase de morralla verbal para salir del fatídico paso. Y no digamos cuando coincidimos en el autobús, por ejemplo, y debemos pasar por el trago de un trayecto entero más o menos largo en compañía no deseada.
Está en nuestra genética, qué le vamos a hacer, y uno, de natural silencioso y poco hablador, también se ve arrastrado por ese atentado contra el derecho de omisión. De omisión de hablar, se entiende.
—¡Hombre! ¿Cómo va la cosa? —nos preguntan.
Y decimos una mentira. Luego preguntamos por compromiso:
—Y a ti, ¿cómo te va la cosa?
Y el otro nos dice una mentira que no nos interesa, como la nuestra tampoco le interesa a él.
Habría que reivindicar fuertemente el derecho de omisión o, cuanto menos, hacer propósito de decir cosas que estemos seguros no sean una solemne estupidez. Pero que sea una responsabilidad de cada uno tomada muy en serio, porque de la boca, por lo general, no salen más que banalidades. Un filósofo muy célebre, del que no diré el nombre por no parecer pedante, dijo que cualquier conversación, a excepción de con un amigo o una amante, le dejaba un rastro de incomodidad, de turbación de la paz interior.
Es verdad, hay cosas que no deberían decirse nunca. Hace bien poco entremetí mis oídos en una conversación de chavales, un chico y una chica. El chico, indudablemente interesado en ella, tuvo que escuchar lo siguiente:
—No eres feo...
No ser feo. Terrible cosa. Mucho peor que no ser guapo. ¿Qué es eso de no ser feo? Está claro que ser guapo no es. En este caso, como en tantos, es mejor omitir que decir. ¿Alguien podría explicar, podría explicar esa chica, qué gradación exacta en el estatus de belleza es no ser feo? La cara del chico era para verse. Cariacontecido, y si en las primeras décimas de segundo se le atisbó un rayo de luz y esperanza por lo que parecía ser un piropo, después el color se le demudó. “No soy feo —parecía pensar—; ¿y qué demonios soy entonces?”
Comprendió, claro, que no había nada que hacer. Una vez más, el irredento afán por decir cosas había propagado a la atmósfera y a los oídos una tontería, una frase sin sentido que, además, iba a dejar llagas en un pobre corazón recién salido de la adolescencia. Cuando a uno le dicen que no es feo, que no es malo, que no es tonto, además de ganas de atizar a nuestro interlocutor, se echa a temblar. ¿Qué estará pensando realmente la persona que habla para decir algo así? Mejor no saberlo.
En fin, paraíso de charlatanes, los callados se equivocaron al nacer en España. Ya lo dijo Homer Simpson, que no es español pero como si lo fuese, en una de las frases más atinadas que se han escuchado jamás:
—El problema es la comunicación... ¡Demasiada comunicación!
Y el pobre chico lacerado por la rebelde lengua de su amiga estará de acuerdo.
Es preciso repetirlo: hay cosas que no deberían decirse nunca. Y nuncas que siempre deberían callarse.

lunes, 14 de marzo de 2011

SORTIE


Tiene uno cierta aprensión a tratar temas excesivamente literarios. Esto, que podría parecer miedo al tópico, no es más que sospecha de la propia incapacidad para estar a la altura de temas y circunstancias que requerirían plumas excelsas para captar toda su literariedad, toda su esencia humana y vital. No hay malas historias, sino historias mal contadas, y hay que tener cuidado en cantar al otoño o a la mujer, por poner dos ejemplos de asuntos muy literarios y muy escritos, porque es más difícil escribir -escribir bien, se entiende- sobre el otoño y sobre la mujer que sobre cualquier otra cosa, digamos, más original.
Pero hay asuntos, escenas, miradas, sonrisas, que uno no puede dejar pasar. Sucesos ínfimos observados de repente, sin aviso ni plan previo, como ese cometa luminiscente que tenemos la fortuna de ver en una fugaz mirada al cielo. A uno le parece que guardarse dentro uno de esos momentos es egoísmo. Precisamente por haber tenido la suerte de captarlos, parecería que estamos obligados a darlos a conocer, a informar de ellos, como un cronista de lo bello. La vida -lo hemos dicho muchas veces y lo repetiremos cuantas sea necesario-, amén de grandes acontecimientos propios y ajenos se teje también -y quizá sobre todo- de esas miniaturas históricas en que lo privado, de tan privado como es, merece publicitarse para recreo de la humanidad entera.
En fin, quizá estemos exagerando. Pero sigamos. La última vez fue en el metro de París, creo que en la estación de Place de Clichy, pero lo que es seguro es que transitábamos entre Rome y Pigalle. Era el primer día, la primera tarde, de mi estancia en esa ciudad, y andaba uno con la quijada dolorida de ir boquiabierto a todas partes. Uno cree que la cara de español y visitante neófito se le transparentaba, sin el más mínimo ánimo de disimular. Todo me parecía nuevo y todo fabuloso. Estaba en París, qué cosas, en París. Todo el que haya viajado y pisado al fin un lugar largamente deseado sabe a lo que me refiero.
El viejo y puntual metro parisino se deslizaba silencioso por los intestinos de la ciudad. Una sensual, sedosa voz femenina repetía por los altavoces el nombre de cada estación. Primero, con un tono jovial, alegre; después, de forma lánguida y poética. Uno desparramaba su sonrisa y sus miradas por todo el interior del vagón, buscando esa fisonomía francesa imaginada, leída, en las novelas de Balzac. La felicidad era completa, el tiempo fluía... Y, de repente, la estampa.
La chica era monísima. Preciosa, utilizando un lenguaje más fino. De estatura generosa, anatomía no excesivamente voluptuosa pero contudente, vestía con un estilo inequívocamente francés. Cosas así no se ven en España, pensé. Llevaba una minifalda negra apenas entrevista, pues iba ataviada con un abrigo largo de cuadros, como de niña pija que va al colegio. El bolso le colgaba indolentemente del brazo izquierdo, y con la mano derecha se agarraba a un agarradero. Calaba un sombrero gris muy estiloso, muy francés también. La cara era finísima, rosada, sin atisbo de imperfección, y el pelo, de color de barniz, le caía suelto con infinita gracia y esa naturalidad propia de todas las mujeres pero que en algunas adquiere su verdadero significado. La nariz era pequeña, ni muy ancha ni muy estrecha, tampoco respingona, y parecía obedecer a todos los cánones de perfección. Y los ojos, grandes y acaramelados, miraban para el suelo, daba la impresión que con tristeza. De uno de ellos caía una generosa lágrima que fue a parar a sus jugosos labios. Después, otra, y otra, a cada cual más gorda. Luego, del otro ojo. Me quedé helado, sin poder apartar la mirada de ella, aún sabiendo que podía estar siendo indiscreto.
De pronto, todo lo nuevo y fascinante que había alrededor desapareció. Durante el breve trayecto no hice otra cosa que pensar en las causas de la tribulación de la chica. ¿Por qué lloraría? ¿Por quién? ¿Quién podría ser el príncipe malvado y afortunado por quien derramara sus lágrimas a la vista de todos alguien así? Hay que decir que la chica no hizo ningún gesto con la cara. El acto de llorar se resumió en el único detalle de las lágrimas, que caían abundantes pero sin forzar, como una catarata. Ni siquiera se tomana la molestia de enjugárselas. Luego miró al techo y suspiró muy levemente. De los circunstantes, creo que sólo yo me di cuenta de aquel terremoto interior, íntimo, que estaba aconteciendo. Sentía un secreto deseo de que me mirase, de que fuera consciente de que alguien compartía su nostalgia. Ahora su nostalgia también era mía, porque, ¿qué puede haber más nostálgico que una chica guapísima llorando mansamente en un metro atestado? Estábamos muy cerca, a menos de un metro, casi frente a frente, y por momentos parecía que sí, que me miraría. Durante unos segundos ensayé la mirada y el gesto que pondría si ella alzara sus ojos hacia mí; una mirada que estaba entre la compasión y la estupidez. Una mirada que por un lado estaba deseando poner en práctica y por otro rehuía, porque entonces dejaría de ser espectador. Una mirada que, dicho sea de paso, jamás se produciría.
Se me ocurrió decirle algo. En francés, por supuesto. Elucubré algunas frases primitivas y deslabazadas que me parecieron perfectas para el caso. Un caballero español, moreno, fogoso y arrebatado, al rescate sentimental de la bella princesa francesa, de la delicadísima y discreta princesa francesa. Es por cosas así por las que uno pierde la cabeza y perdería la compostura y la dignidad. Es por cosas así por las que merece la pena escribir. Es por cosas así por las que merece la pena vivir, por las que merece la pena recordar.
No pasó nada, por supuesto. La chica llegó a su estación y se bajó del tren. Ni siquiera creo que se percatara de mi presencia. Aún hoy, meses después, me pregunto por qué lloraría mi francesa. Pensar que uno ya no lo sabrá nunca es casi trágico. Y sin el casi. Tanto, que es mejor pensarlo muy de vez en cuando para no claudicar.
Mi francesa se bajó, y yo, dentro del vagón, me la quedé mirando mientras se perdía en un río de gente por las galerías del metro, bajo un letrero verde en donde ponía SORTIE. Y pensé que es bonito poder ver a una francesa bonita llorar en París.
Imagen de cabecera: Ramón Casas, La madeleine (1892) (detalle)

lunes, 7 de marzo de 2011

MARZO

“Marzo, mes del aún y mes del todavía”
(César González-Ruano)
Debemos decirlo bien claro: nuestra vida se rige por el calendario más de lo que pensamos, y hay personas que, mirándolo con antelación, seben por sus precedentes históricos la suerte o desgracia que hallarán en los días consultados. Esto, que podría parecer manía supersticiosa e incluso indicio de grave desequilibrio mental, tiene unas bases sólidas nacidas de de una casi inverosímil repetición de sucesos y estados de ánimo a lo largo del tiempo. A unos, el mes de septiembre, por ejemplo -e incluso ciertos días concretos-, les sonará mal, y seguramente será por las experiencias pasadas; a ese mismo, octubre, en cambio, le despertará rosas en la memoria, y a otro puede ser todo lo contrario.
Bien, pues a nosotros marzo, mes que entró hace ya una semana pero que sólo hoy -marzo de sol y almendro florecido- podemos cantar con el mayor de los entusiasmos y legitimidad. De entre todos los meses loados por los poetas y escritores, ninguno ha sido tan profusamente tratado como marzo, con la única competencia del cobrizo y melancólico octubre. No creemos que tal circunstancia sea óbice para que marzo siga siendo cantado sin temor al tópico y sin que su maravilla sufra desgaste ni cansancio.
Marzo tiene muchos días. Treinta y uno, concretamente. Pero hay un día de marzo...
Hay todos los años un día de marzo en que de repente nos damos cuenta de que el almendro del parque de nuestra plaza ha destapado sus primeras nieves. Ese es el día en que marzo nace y en que nosotros volvemos un poco a la vida después de haber estado un poco muertos -dulce muerte-, aún sin saberlo, durante los largos meses invernales.
Hay también un día de marzo en que, acercándose el fin de la jornada, nos da por mirar al cielo como respondiendo a una llamada lejana. Es entonces cuando advertimos, mirando nuestro reloj que marca las duras horas, que el ocaso se ha retrasado como por arte de magia y que lo que antes masticábamos como oscuridad temprana es ahora un azul ligero lleno de dioses escandinavos y fuegos rosados. Los días se nos alargan dentro del cuerpo, la ilusión se nos afila y surge de repente en nuestra retina la prefiguración de una primavera, de otra primavera, con toda la carga emotiva que tiene el ser consciente de algo que llega, algo que ocurrió siempre y que muestra sus primeras galas. Curioso azul el de los atardeceres de marzo, como envuelto en brillos glaciales y franjas de miel derramada.
Hay un día de marzo en que empezamos a sentir calor y nos quitamos la chaqueta, esa chaqueta que, puesta sobre la silla de una terraza o colgada de nuestro brazo, es ya algo ajeno a nosotros. Nos volvemos más auténticos en manga corta, y es como si en la chaqueta desdeñada quedaran todas nuestras farsas y negros humores. Momento primero irrepetible el de la primera manga corta del año, que en Madrid suele ser en marzo, y en el que recordamos como algo muy nuevo y vivificador cómo eran unos hombros femeninos tostándose al sol...
Hay, colgado de la memoria, un día de marzo en que, por primera vez en mucho tiempo, podemos sentarnos en un banco de un parque, un bulevar, una plaza. De todos es sabido que la vida, vista desde el respaldo de un banco público, cobra nuevas tonalidades, insospechadas perspectivas, alegres motivaciones con que tejer el ancho tapiz de la existencia. Ningún rato de conversación callejera u observación callada de la realidad como ese primero de marzo que se disfruta al amparo de un sol, ya sí, sonriente.
Hay, en marzo, días así y hay mucho más, aunque si sólo hubiera esto no sería mal balance. Luego viene abril, pero no es lo mismo, y la mirada fugaz y atlántica nos abriga -todavía- en marzo por sus caminos llamados de luz y novedad.