martes, 18 de enero de 2011

TODO PASA

De entre las características privativas y fundamentales del hombre le parece a uno que la que más le distingue del resto del reino animal es su dicotomía entre realidad e imaginación. El hombre, entre otras muchas definiciones que podrían resultar igualmente válidas -o inválidas-, no es más que realidad e imaginación, lo que, por otra parte, no es poca cosa. Que el hombre sea realidad e imaginación implica, entre otras muchas cosas, que sea consciente de la realidad del tiempo, aunque lo mismo, y quizá más exacto, sería decir que el hombre es consciente de la imaginación del tiempo. Por tanto, si no hay hombre no hay tiempo, pues que el tiempo es la forma de imaginación más acabada que se conoce. Donde nació el hombre nació el tiempo, y de ahí podemos decir aquello de que todo pasa.
Entre los asertos que oímos cada día está ese que tiene más visos de verdad que ninguna otra: “todo pasa”. En efecto, todo pasa. Y pese a su cáracter perogrullesco, pese a su reconocimiento general como axioma, pese a que en cada momento de nuestra vida se nos está demostrando ante nuestros ojos, quizá por su evidencia aplastante es una de las ideas que más nos cuesta asimilar. Sólo los años, la experiencia, nos hacen ver con mediana claridad que, en efecto, todo pasa. Es, sin embargo, un aprendizaje lento, tan lento como pasa nuestra vida, y para el que además no valen ni libros ni profesores ni, menos que nada, saltarse pasos. Sí, podrán decírnoslo mil y una veces, nos lo podrán demostrar con ejemplos varios sacados de la experiencia ajena, podrá sernos revelado por el Espíritu Santo, que hasta que no lo vayamos viviendo -ojo al tiempo verbal- en nuestras carnes, no empezaremos a desentrañar su enseñanza y su misterio.
Todo pasa. Y todo queda, que dijo Antonio Machado. Pero lo nuestro es pasar. Sí, lo nuestro, lo de todos, va siendo cada vez más pasar, conforme la vida va pasando por nosotros a más y más velocidad. Esto, que podría ser un poema con su rima incluida, no es más que la realidad chabacana y vulgar de todos los días, para la que valen pocas literariedades. Porque está muy bien meterle vida a la literatura, pero inyectarle literatura a la vida puede ser peligroso. Tenemos la duda de si que todo pase es un consuelo o, por el contrario, es un drama más de la existencia. Creemos que ni lo uno ni lo otro, y que simplemente es una realidad imaginativa, pues que se basa en ese concepto que el hombre, ser mitad realidad, mitad imaginación, inventó: el tiempo.
El que todo pase está en función del tiempo, naturalmente. Está en función, por tanto, de nuestra imaginación. Y en el tiempo, en la imaginación y en la vida, todo tiende por gravedad a la calma, ese estado ideal del hombre. Lo que nos atribuló en su momento, lo que padecimos con horribles sufrimientos morales, puede llegar con el tiempo a causarnos nostalgia. ¿Cómo es posible eso? No lo sabemos, pero es cierto. Si nos ponemos a recordar una época de sufrimiento, pese a nuestra conciencia de ese sufrimiento pasado, siempre encontraremos una pizca de algo que nos haga querer volver a ese instante, aunque sólo sea para contraponerlo a nuestro estado actual, libre de tristezas. Es más, el simple hecho de recordarlo es ya una muestra de que todo pasa, de que todo, en suma, se va posando mansamente sobre el valle del sosiego, hacia lo que todo tiende.
Pero en el sentido contrario es lo mismo. Soñamos insistentemente con algo, ya sea un amor, un trabajo, un objeto, un premio o un lugar en donde vivir. Lo deseamos ardientemente, imaginamos por una razón que no comprendemos -y que ni siquiera es razón- que ahí radica nuestra dicha para los siglos de los siglos y cuando, por aquellas casualidades de la vida, se nos concede, resulta que si no decepción -la vida, afortunadamente, es parca en decepciones-, sí que nos vamos abismando en ese mismo valle del sosiego. A una explosión de alegría inicial suele venir un atemperamiento de nuestros éxtasis, para en muchos casos llegar a la mera indiferencia y, al fin, al olvido.
A lo que sobre todo lleva el que todo pase es a la extinción del miedo, eso que nos pudre de la cabeza a los pies. En efecto, sólo se tiene miedo en función de nuestra esencia proyectiva, y saber que tarde o temprano todo pasará nos tranquiliza de tal modo que, según vamos viviendo y acumulando experiencias, el miedo va desapareciendo. Cuando a uno le dicen que se aleje de tal chica que le gusta porque no es para él, porque le está haciendo daño, porque se merece algo más o porque la abuela baila, no puede, no debe más que obviar tales consejos. Quizá tengan razón, seguramente esa chica es un imposible que además nos tendrá distraídos y chupándonos la energía durante un tiempo. Pero a uno eso cada vez le importa menos. Igual que sólo de la discusión sale la luz, sólo de la lucha a brazo partido se hace el hombre completo. ¿Qué más dará, si todo pasa? ¿Tan difícil es de entender?
Sí, tan difícil es. Pero acaba por entenderse. Y, una vez conseguido eso, es un placer sumergirse hasta el cuello en el agua de la vida. “Viajar es aprender a convertir el pasado en estaciones de paso”, dijo Mauricio Wiesenthal. La vida es un viaje, todo pasa, y lo único que cuenta es navegar.

lunes, 17 de enero de 2011

NIEBLA

Se nos disculpará que hablemos del tiempo, una vez más. Suele decirse que se habla del tiempo cuando no se tiene otra cosa que decir, e incluso he oído a alguien afirmar que una pareja inicia su decadencia irreversible hacia la ruptura cuando, tras un silencio que se ha ido deslizando lentamente entre ambos como muere una rosa cortada, uno de los dos, en un acto desesperado, pondera las calidades metereológicas del día. Uno, en lo que ha ido aprendiendo, niega rotundamente tal hipótesis, y cree más que el indicio primero del desamor no es el hablar del tiempo, sino la incomodidad en el silencio, que es uno de los más grandes sufrimientos a los que el hombre debe hacer frente en su vida diaria. Como en todo, la cosa no está en hablar de un tema o de otro, sino cómo se habla sobre ese tema y, a veces, quién lo hace. Si no fuera así, a uno le parece que la literatura no tendría sentido ni vida, pues sólo contarían cosas y escribirían los campeones del Mundo de fútbol, los veteranos de la Guerra Civil, los viajeros de profesión, los sensitivos, los políticos de la transición y, en suma, todo aquel cuya vida se salga de los cánones habituales del monótono día a día.
A uno, que le interesan más bien poco los sucesos extraordinarios y sí mucho más el manso devenir de la existencia corriente, tiene en el tiempo una continua fuente de lirismo e inspiración. Uno cree que no es otra cosa que un engrama ancestral de cuando nuestros antepasados supeditaban su existencia al medio en que vivían, cosa que, naturalmente, sigue ocurriendo hoy. No es casualidad que lo primero que hagamos nada más levantarnos sea abrir la persiana y ver cómo está el cielo. Entonces, sea cual sea el panorama, algo muy íntimo y casi inexplicable se remueve en nuestro interior. ¿Por qué no contar eso, si en cada uno de nosotros es una sensación distinta, aún siendo la misma?
El tiempo. Pretexto perfecto para las conversaciones de ascensor. Ya sólo por eso deberíamos estarle agradecido. ¿De qué podríamos hablar entonces con esa vecina sexagenaria que, a pesar de que vivimos pared con pared desde que tenemos uso de razón, ni sabemos cómo se llama? ¿De nuestra actualidad intestinal? ¿De nuestros amores desdichados? ¿De nada? Quizá fuera ésta la opción que uno eligiría siempre, pero está visto que en este país hay que llenar minutos de conversación como sea. ¡Y qué difícil es hacerlo! ¡Cómo cuesta llenar un minuto, treinta segundos de diálogo dentro de una cabina estanca! Es, no me da vergüenza el reconocerlo, una de las situaciones que más temo en esta vida.
Hoy el día ha amanecido con niebla, y ahí sigue. Aquí en Madrid el abanico metereológico se mueve entre el sol, la lluvia, el frío, el calor y contadas veces la nieve, mientras que la niebla tiene escasísima presencia. Cada uno de los estados primero enumerados da para una amplia gama de frases hechas y sentimientos atávicos y asimilados a lo largo de nuestra vida. Pero con la niebla no sabemos qué hacer, ni qué decir. Es un decorado extraño que no se adapta a nuestra vida, aunque más valdría decir que nosotros no nos hemos adaptado a ella, por falta de costumbre. Lo único que a uno se le ocurre decir es: “qué barbaridad, esta mañana no se veía ni el edificio de enfrente”. Y ya está. Ese día no se habla más del tiempo a no ser que, como suele ocurrir por estas latitudes, salga después el sol. Entonces sí. Entonces el tiempo se presta a multitud de comentarios más o menos tópicos y afortunados, y salimos del mutismo en que la niebla, esa extraña compañera de ascensor, nos había sumido.
Tiene uno que decir que Madrid está bonito con niebla. Mucho más bonito que con el cielo encapotado de nubes altas, muchísimo más que lloviendo, parecido a cuando nieva pero no tanto, lógicamente, que con su azulísimo cielo descubierto. La niebla -aunque “moja”, otra de las escasas frases hechas a que nos mueve su presencia-, además, da como tranquilidad, pues se sabe de su carácter inofensivo en tanto que no llueve y que, seguramente y antes de que podamos percatarnos, el sol se abrirá paso. Los pelados árboles del invierno adquieren prestancia con la niebla, que da un poco de sentido a su esquelética y quebrada zarabanda, y es encantador ver desde lejos esa niebla que se estanca en los cauces de los ríos para poco después desaparecer sin que nos demos cuenta, como nuestras dulces ensoñaciones con la amada.
A uno le parece que la niebla, aquí en Madrid, no es más que eso, un sueño. Por eso le gusta. Se presenta de improviso, lo impregna todo de un aire de magia y misterio, sabemos de su fugacidad y se va de repente, quizá en el mejor momento, quizá cuando ya nos habíamos encariñado con ella y queríamos que siguiera con nosotros un rato más, como esos sueños que terminan justo cuando más interesantes estaban, sin posibilidad de retomarlos.

viernes, 14 de enero de 2011

TO BE

Ser, estar, parecer. Uno, en los últimos tiempos, ha tenido la oportunidad de ir conociendo gente que le ha puesto en contacto con ese idioma universal y más o menos sencillo que quien más quien menos chapurrea porque está en todas partes y que además va siendo ya imprescindible para nuestros proyectos de vida. El inglés, esa lengua mecánica, poco flexible y parca en palabras va entrando poco a poco en los moldes mentales de uno, de lo cual, lógicamente, uno se alegra, y no poco. Sánchez Dragó dijo que el escritor no debe atenerse más que a una lengua, y hacerlo con todas sus fuerzas con tal de dominarla lo más cerca posible de la perfección. Añadía que por cada lengua de más que el escritor aprendiera, una vez moría. Nosotros no estamos de acuerdo, sino que pensamos, simplemente, que aprender una lengua no es otra cosa que variar nuestros puntos de vista sobre la vida, ser otros hombres aún siendo el mismo. Y por cada lengua que aprendamos, tantos hombres distintos seremos.
En sus conversaciones en inglés, tanto habladas como escritas, uno de los términos que más quebraderos de cabeza le da a uno es uno de los que a simple vista más simples parecen: el verbo to be. Eso de que en un sólo verbo se aglutinen tres de los que uno está acostumbrado a usar en castellano le pone, no pocas veces, en un apuro difícil de resolver. Los que hablamos español tenemos más o menos claro, porque así lo hemos hablado y oído durante toda nuestra vida, que ser, estar y parecer no son la misma cosa y que incluso algunos de esos términos se han contrapuesto entre sí por mor de algunos dichos populares más a o menos afortunados: “nada es lo que parece”, “las apariencias engañan”, etc. Y entonces, cuando uno se pone en contacto con el inglés, se queda pasmado y pensativo, no sabiendo muchas veces qué decir cuando queremos decir que alguien se parece a alguien o a algo o que alguien es pero no está con nosotros porque tiene la sensación, muchas veces, que lo que dice no es exacto y que muchas veces se está burlando de su interlocutor.
A simple vista, podría parecer una limitación bastante lamentable del idioma más hablado del mundo. Lo que en español son tres verbos, y bien distintos a simple vista, con sus infinitas connotaciones, en inglés es sólo uno. Mas si nos deshacemos de esa vanidad nuestra por nuestro precioso y riquísimo idioma y nos ponemos a pensar un poco sobre el tema podemos llegar a preguntarnos si no será el inglés un idioma mucho más inteligente y económico que el nuestro y que, a causa de una enseñanza de la vida a lo largo de los siglos, ha llegado a la soberana conclusión de que, simplemente, ser, estar y parecer son exactamente la misma cosa.
Sin ánimo ninguno de abrir una disquisición filológica para la que uno carece de cualquier conocimiento, sí quería reflexionar y hacer reflexionar un poco sobre lo que ese verbo to be y sus equivalentes en español nos pone ante los ojos: que, por mucho que diga el refranero y por mucho que nos lo hayan y nos lo hayamos querido hacer ver, no sólo somos lo que somos en realidad, sino también lo que parecemos. Todavía más, y aquí la física cuántica tiene algo que decir, que para ser hay que estar. Aquella novia nuestra que dejamos o que nos dejó tiempo atrás y que sabemos -o suponemos- que no está muerta, aunque sabemos que sigue y seguirá siendo por los siglos de los siglos -porque lo que es, por definición, nunca puede dejar de ser-, simplemente por no estar con nosotros, no es ya para nosotros. De ahí que tome significado aquella frase de Guy de Maupassant que decía que se lloran con la misma tristeza a las ilusiones que a los muertos. Una ruptura no deja de ser lo mismo que una muerte.
Con todo ello quiere uno decir que el hombre es un ser social y que por muy “anarcoindividualista” que sea o se considere (o parezca) no le queda más remedio por su propia mismidad a establecer relaciones con sus semejantes, esto es, no sólo a ser, sino también a estar y parecer. Incluso el ermitaño de la montaña que se encierra durante décadas a escribir sus pensamientos lo hace con la esperanza, quizá incosciente, de que alguien en el futuro lea lo que escribió. Y el absoluto solitario que ni escribe ni hace nada y que sólo tiene su soledad, la tiene precisamente gracias a los seres humanos que existen. La soledad, como todo, tiene sentido si se contrapone a algo, esta vez a la compañía.
Esto de sentirse solo tiene sentido únicamente porque existe la sociedad y quien no está solo. Es verdad que en última instancia sólo nos tenemos a nosotros mismos y que cada uno de nosotros es un orbe prácticamente infinito. Pero ese mismo nosotros ha sido moldeado a lo largo de la vida por el contacto con los demás, esto es, por lo que parecemos y hemos ido pareciendo, y por estar y haber estado con ellos. Parece que aquí el inglés, al que los hispano hablantes solemos despreciar por su mecanicismo, limitación de vocabulario y escasa musicalidad, puede ofrecernos alguna enseñanza acerca no sólo de ese idioma en sí, sino del nuestro propio y, por extensión, de nosotros mismos.

jueves, 13 de enero de 2011

HABLEMOS DEL AMOR

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.
Miguel Hernández
Uno sabe que del amor está hablando siempre, aunque no lo nombre explícitamente. No sólo eso, sino que, aún más importante, más que hablar del amor, habla desde el amor. Relacionarse, escribir -escribir es una forma de relacionarse- es ya de por sí un acto de amor, pues que además de que normalmente no se escribe más que de lo que se ama, se ama escribir. ¿Qué otro resorte si no es el amor nos impulsa a escribir, a vivir, a estar? Por ejemplo, una conversación nos aburre si no nos toca una sutilísima fibra sensible, esto es, si no toca de lleno o tangencialmente algún tema que amamos. No es posible ninguna actividad humana sin un soplo de amor, aunque sea tímido, casi imperceptible, como esa levísima brisa veraniega que alivia nuestros calores y desasosiegos. Vivir es, en suma, un acto de amor, e incluso diríamos que el amor es todavía más que vivir. Invirtamos los términos, pues: el amor es el acto de vivir.
Se entiende perfectamente que en toda novela o creación de ficción haya amores. Las más grandes obras maestras de la literatura, del cine, del teatro, de la música incluso, tiene amores. La primera serie de los Episodios Nacionales de Galdós, por ejemplo, con todas sus virtudes narrativas, sus personajes novelescos o reales perfectamente delineados, su rigor histórico, su calidad literaria, su sólida estructura, su monumentalidad, valdrían poco sin esa pareja mítica que forman Gabriel e Inés. Lo mismo podríamos decir de Guerra y paz sin Pierre Bezujov y Natasha Rostova. Un tratado de física no se entiende sin el amor, aunque en él no se nombre en absoluto esa palabra. Toda creación, si es sincera y verdadera obra del hombre, tiene el amor en su esencia como la molécula de agua consta de un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno. Sin esa precisa combinación atómica, no hay agua. Si no hay amor, no hay hombre.
Pero aquí, más que de hablar sobre ese amor universal que está en todo, más que de hablar, en suma, de ese todo, queríamos detenernos en su vertiente más popular, dolorosa y placentera a la vez: en el amor entre personas. Muchas veces nos preguntamos qué puede ser eso del amor, esa cosa a veces incómoda que de improviso se hospeda en nuestra alma y en nuestro cuerpo como un parásito. Es posible que sea una pregunta retórica, pero es posible también encontrar una vía que al menos nos acerque a un germen de respuesta; que al menos nos acerque a una mera sospecha que, visto lo visto y sobre todo en este tema, no es poca cosa.
Uno es aficionado, de vez en cuando, a hojear el diccionario. Pero no sólo para encontrar el significado de palabras que desconocía o extrañas, sino sobre todo a comprobar, con infinita curiosidad y muchas veces sorpresa, lo que el Diccionario -con mayúscula, esa inmensa cantera de ladrillos con la que hemos ido contruyendo nuestra alma a lo largo de nuestra vida personal y nuestra historia como especie- entiende por aquellos conceptos que usualmente tratamos en nuestra vida ordinaria. Conceptos de los que conocemos, o creemos conocer, el significado. Pero el Diccionario, “ese gran libro de poesía” que dijo César González-Ruano, guarda en su seno definiciones que trascienden lo que conocemos, definiciones en las que con pocas palabra se dicen muchas más cosas de las que caben en esas pocas palabras. Es lo mismo que meter todo el agua de los océanos del mundo en un vaso. ¿Qué otra cosa si no poesía es eso?
Detrás de cada palabra se esconde un sueño calenturiento, dijo Cela. Acudamos al Diccionario y busquemos la palabra amor en su primera acepción. Leemos, no sin cierto pasmo, lo que sigue: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.” Está claro que cada uno tiene su propio concepto del amor y que hay, por tanto, tantas deficiones del amor como personas racionales hay en el mundo y aún muchas más. Pero lo que no se puede negar es que no habrá muchas que superen el contenido de la de nuestro Diccionario de la Real Academia Española. En primer lugar, nos llama la atención la palabra “intenso”. Según el Diccionario el amor no puede ser tibio. Creemos que es verdad. En cuanto la temperatura del amor desciende unos grados, empieza a morir. El amor no entiende de medias tintas y sólo sobrevive en condiciones óptimas de crecimiento o, como poco, de mantenimiento en cotas altísimas. Luego está el término “ser humano”. El ser humano, en efecto, es amor en sí mismo y vive gracias al amor. Es un sentimiento -esta palabra merecería un análisis aparte que excede los límites de esta entrada- muy humano pero que creemos no está sólo en lo humano, sino en la Naturaleza. Mas recordemos que nos hemos detenido exclusivamente en el amor entre personas. A continuación viene lo gordo, el concepto sobre el que queríamos incidir y que nos parece la clave del asunto: la palabra “insuficiencia”.
¡Insuficiencia! ¡Qué terrible concepto! Ahora es cuando empezamos a comprender algo. Resulta que lo más excelso de nosotros, que aquello sobre lo que fundamentamos nuestros actos, pensamientos y objetivos vitales se basa en nuestra propia insuficiencia, en la intrínseca cojera espiritual del ser humano, en la imposibilidad palmaria de autarquía personal. Resulta que el amor es en su esencia algo incompleto y que, además, el hombre que no ama es también alguien incompleto, no realizado, con lo que tenemos una grave paradoja difícil de deesentrañar. Con lo que tenemos, en fin, el carácter trágico del amor y el eterno drama del hombre.
El hombre no es nada sin lucha y en toda lucha se pierde algo. El amor, por tanto, nunca puede ser perfecto, y el amor más cercano a la perfección es precisamente aquel que no existe, que no ha existido y que jamás existirá como no sea en nuestra imaginación. En el momento en que el amor se materializa, en el momento en que el amor más que ser, está, es ya fatalmente incompleto. Es mucho más fácil sufrir y sentirse solo, insuficiente, a causa de un amor que tenemos o hemos tenido que por aquel que no es más que mera ilusión (ilusión en el sentido de engaño, cosa no real, imaginada). Y a pesar de todo ello, a pesar de lo inevitablemente trágico de su devenir real, preferimos tener ese amor de nuestros sueños a que sólo sea sueño.

martes, 11 de enero de 2011

YA SOMOS TODOS ESCRITORES

Uno ha sido siempre reacio a incorporar a su vida las nuevas tecnologías, no sabe muy bien si por limitaciones económicas, por simple conservadurismo mal entendido o por ambas cosas, que es lo más probable. La primera posible causa es muy fácil de entender, pues el dinero, amasado por cabezas medianamente claras, tiende por mera gravedad a depositarse en aquellas necesidades que, si bien pueden no ser básicas, si tienen al menos un respaldo de tiempo tras de sí. En otras palabras, el dinero, cuando es escaso, es poco amigo de lo nuevo, pues es verdad que necesidades básicas hay más bien pocas y que, además, son las más antiguas que existen. Son en las que el dinero encontró su primer destino, allá en los albores de la civilización. Es perfectamente lógico que así fuese y que, en menor medida, así siga siendo. La segunda causa manifiesta un cierto carácter pedestre, el mismo que vemos en aquellos que, henchidos de orgullo, suelen decir: “si yo el móvil sólo lo quiero para hablar”. Detrás de ello hay como un cierto miedo atávico a pasar de ser controlador a ser controlado por el imperio de las máquinas y, sobre todo, un indisimulado desdén hacia las formas de vida de la modernidad. Y no hace falta ser viejo para ello.
Uno ha sido siempre de esta cuerda. De sus amigos fue el último que tuvo ordenador, su primer móvil se lo regalaron tres años después de su aparición masiva entre la adolescencia, no empezó a navegar por internet hasta hace relativamente poco tiempo y se inmiscuyó en la colmena del Facebook cuando éste gozaba ya de decenas de millones de abejas zumbadoras. Llegó uno tarde a todo, sí, pero llegó, y ahora se le hace muy difícil imaginar su vida sin todos esos aditamentos artificiales, hijos de la civilización y producto, no lo olvidemos, de un trabajo titánico de muchas generaciones de sesudas y voluntariosas mentes. No es nada fácil llegar hasta donde se ha llegado, y esto, que debiera ser una verdad que cayese por su propio peso por su indefectibilidad, no es comprendido por la mayoría de nosotros, que piensa que la tecnología está ahí desde siempre, como un legado de Dios. A uno le sigue pareciendo milagroso, muchos años después de la aparición de internet, comunicarse al instante con alguien que vive en Nueva Zelanda. Por eso es algo indignante verse a sí mismo cabreado cuando la conexión falla, cuando el ordenador va lento, cuando, sin saber por qué, ese mensaje tan importante no ha podido ser enviado por un fallo técnico... Cuestión, como todo, de costumbre, de mala costumbre.
Sin querer entrar en si viviríamos más felices sin todo esto y en su verdadero valor en nuestra civilización, quería uno fijar su mirada en una de las herramientas más interesantes del mundo cibernético: el chat. Es bien curioso que el chat, en el fondo, no es más que un avance regresivo, llamémoslo así. Más de un siglo después de la invención del teléfono, que permite escuchar una voz distante miles de kilómetros -como la de un fantasma-, el chat, el Messenger, es la vuelta a la ancestral costumbre epistolar. Costumbre epistolar acelerada a la velocidad de la luz, instantánea, pero que mantiene la esencia de su lenta homóloga en papel: su carácter escrito.
El Messenger está tan extendido y es una herramienta de comunicación tan asimilada por la población que puede decirse que, quien más quien menos, todos somos ya un poco escritores. El chat obliga, se quiera o no, a hacer el esfuerzo espeleológico de buscar palabras y pasar a máquina lo que se diría en viva voz de tener a nuestro interlocutor delante. Uno, que no sabe muy bien qué es una novela, o qué puede tenerse por novela, sí puede asegurar que todas esas conversaciones que en este momento se están cruzando por los chats de todo el mundo, no son otra cosa que novelas. Novelas con sus chismes, sus descripciones, sus desgarros emocionales, sus emociones expresadas con algarabía o pudorosamente guardadas en el seno de cada uno, como un pájaro herido; novelas con sus relatos entreverados -como las novelas ejemplares de Cervantes o esos relatos exóticos dentro de las novelas de Baroja-, sus decepciones, sus tristezas, sus dramas y su romanticismo. Novelas, en fin, que tienen todo lo que debe tener una novela: carácter humano. Ateniéndonos a Unamuno, podríamos decir incluso que, más que novelas, son nivolas, por su esencia improvisadora.
El Messenger tiene una formidable herramienta que es el historial del chat. Recomiendo a todo aquel que quiera recordar un amor perdido y ya no doloroso, o que desee revivir viejas emociones, que abra un historial de chat y lea. Se encenderán en él insospechadas emociones. Lo que se encontrará se parece asombrosamente a una novela, tanto que, transcrito con corrección -casi nadie escribe bien en los chats- y pasado a limpio, podría pasar, tal cual, como una novela de mayor o menor extensión y calidad. Escribir como se habla, sí. El escritor, pese a todas sus ínfulas iniciales, debería llegar, en su depuración máxima, a escribir como se habla sin perder encanto ni calidad literaria. El Messenger, esa novela andante -porque se está haciendo siempre- y cibernética, nos pone un poco en la senda de la claridad en la escritura, valor cada vez más estimado por quien esto escribe y por la población en general.
A todo se acostumbra el hombre, bien es cierto, como lo es que necesita muy poco para vivir. Pero siempre que pienso en esta convicción mía se me viene a las mientes una frase de Patt Ewing, ex jugador de los New York Knicks de la NBA que cobraba diez millones de dólares al año: “a los que nos critican porque cobramos mucho, les diría que ser jugador de la NBA y famoso requiere muchos gastos. Yo ya no podría vivir sin tanto dinero, y es más, me parece que cobro muy poco”. No dudamos de ello. Internet, el Facebook, están ahí con nosotros, como lo estuvieron y siguen estando el teléfono, el cine, el coche, el avión y tantos y tantos otros avances de la tecnología, que es prolongación de la mente humana. ¿Y para cuándo una novela en papel basada exclusivamente en conversaciones de chat? Sí, ya somos todos escritores.

lunes, 10 de enero de 2011

CLIMA DE ENERO O EL DULCE SABOR DE LA RUTINA

Tiene uno pensado para sí que una de las mejores épocas del año es aquella que va desde el día 7 de enero hasta diez o quince días después de esa fecha. Es la época, digamos, de la vuelta a la calma, o de la vuelta al lío de nuestra vida, eso según cada cual. Lo importante es que se trata del regreso a lo que somos, del regreso a la rutina. Porque la única forma que tiene el hombre de realizarse es repetirse, anclar su vida a una sucesión de acciones y acontecimientos repetitivos, fijar sus divagatorios pensamientos a un esquema mental y vital más o menos fijo. Ya se puede ser pobre, tener una rutina de pobre y querer ser rico, que también en ese deseo de ser rico no hay más que el deseo de la rutina del rico. Ya se puede ser sedentario obligado, llevar una rutina como tal, y tener el deseo de viajar, quizá una de las tareas humanas menos rutinarias, que lo que se busca es precisamente la rutina de viajar. Ya se puede querer salir de Madrid, donde tenemos nuestra rutina, para pasar dos semanas en las Bahamas, que lo que queremos es encontrar en las Bahamas otra rutina. Todo es rutina, todo es repetición, y el que sueña con algo, no sueña con ese algo. No sueña más que con una mera rutina.
Es muy usual escuchar esa frase de después de las vacaciones que, con amargo tono y frunciendo el ceño, reza: “qué asco, vuelta a la rutina”, cuando lo que deberíamos decir es lo siguiente: “qué bien, vuelta a la rutina. Porque tengo la suerte de tener una rutina que, si a lo mejor no es la que, en mis deseos de perfección, yo hubiera elegido, me da para vivir, quizá no holgadamente y sin estrés, pero hay otras muchas rutinas peores”. Así es. La rutina está muy desvalorizada en la sociedad actual, que sin embargo ha llegado al extremo de encumbrar a la rutina menos válida de todas: a la rutina del placer, la rutina del disfrute brutal y perpetuo, ya sea en forma de sexo, bienes materiales o vacaciones perpetuas. Porque cuando el placer desmedido, desordenado, se hace rutina, simplemente deja de ser placer.
Lo que debería tenerse claro es que si no existiera la rutina diaria, esto es, aquella en la que con mejor o peor suerte estamos todos inmersos durante la inmensa mayoría del año, no sería posible esa otra rutina que tanto deseamos, que muchas veces no sabemos cuál es y en la que volcamos todas nuestras ensoñaciones. Todo se contrapone a algo, e intentar obviar ese algo o ese todo porque no nos agrada es no querer sumergirse en la liquidísima esencia de la vida, que no entiende de conceptos perfectos porque continuamente se está haciendo y nunca termina de acabarse; nunca termina, en suma, de perfeccionarse.
Enero es el mes de la rutina. Es su clima. Por eso, al margen de sus fríos e inclemencias metereológicas, es tan gratificante. Tras los Reyes, el día siguiente es como si se hubiera descorrido un telón, y las Navidades, la Nochebuena, la Nochevieja, Año Nuevo, todo ello, es como si hubieran ocurrido miles de millones de años atrás. Las luces del centro han desaparecido, las cajas de polvorones han ido a parar a la basura por manos invisibles y el arbolito, como estremecido por ese clima rutinario que parece no irle bien a su vegetal organismo, ha huido por la puerta de casa para no volver hasta el año siguiente. No queda nada, y, caminando por la calle, se diría incluso que la gente parece contenta de haber vuelto a la rutina.
En el fondo vienen bien las Navidades, no como Navidades mismas, sino para que valoremos a la rutina en su justa medida. Para que la valoremos como lo que es: lo que nos hace, lo que nos va haciendo, como personas. Si nos fijamos bien, a la gente no se la valora más que por su rutina. “¿Tú que haces? ¿Qué te gusta? ¿A qué te dedicas?” Incluso el romanticismo, esa flor casual que a veces encontramos, tiene una base rutinaria: “qué será de él, de aquel novio que tuve y al quise tanto...?” ¿Y el amor? El amor, el amor verdadero y duradero que todos -quizá en nuestra ingenuidad- buscamos no es más que rutina, por muy mal que suene decirlo. La rutina de amarse es la rutina arcádica, la más difícil de conseguir y la que mejores réditos nos proporcionará. Porque amar es como todo, se aprende a amar como se aprende a jugar al baloncesto o a escribir, suponiendo que se pueda aprender a escribir alguna vez. Es verdad que el deseo se acaba, y bastante pronto, pero, ¿el amor? No, el amor no tiene por qué acabarse. De hecho, el amor no acaba nunca. Por eso tampoco es perfecto.
Llega la segunda semana de enero, vuelve la rutina, y todo adquiere el color que tenía antes de los frenéticos y desconcertantes días navideños, que tan pronto como vienen y nos zarandean con sus fuertes vientos, se van, como si nada hubiera pasado. Y nosotros, fantoches desubicados por ese tornado irreal y soñado, no podemos hacer otra cosa que buscar la senda que perdimos, sobre poco más o menos, el 20 de diciembre. No es otra que la senda de la rutina, sea la que sea, y demos gracias.

lunes, 3 de enero de 2011

DÍA DE DÍAS

Tengo la suerte -no sé si buena o mala- de cumplir años en época de fiestas, apenas dos días después de la Nochevieja, una semana y poco más tarde que la Nochebuena y a escasas 48 horas de la venida de los Reyes Magos. Días en que se acumulan las felicitaciones, los agasajos, los buenos propósitos y las palabras amables. Es decir, una verdadera saturación felicitadora que hace poco menos que milagroso que una persona se acuerde de otra a título personal por causas ajenas a la Navidad y derivados. Quizá por eso es que normalmente, a lo largo de mi vida, no muchas personas se han acordado de felicitarme en mi cumpleaños, aunque debo decir que pocas felicitaciones echo en falta y ninguna desde luego echo de más. Uno, que suele ser desmemoriado para los cumpleaños ajenos, no puede por menos que asombrarse al ver que alguien, por cercano que sea, se acuerda de la humilde e insignificante efeméride de uno y le dedica no ya un regalo, que eso no se le puede exigir a nadie, sino tan sólo unas palabras que le recuerdan, por si lo había olvidado en su quebrado devenir, que es, que está en el mundo, que tiene -si no prestancia- presencia.
Haría uno el artículo del cumpleaños a lo Larra, en cuyo homenaje se ha titulado esta entrada como Día de días (véase El castellano viejo). Homenaje a quien por causa de amor y vida -palabras que, si no sinónimos, muy cerca una de la otra se andan- se dio muerte, tiñendo de rojo con su sangre las cortinas de su casa de la calle Santa Clara y de leyenda su literatura y, sobre todo, su existencia. Uno, que ha leído a Larra más bien poco, o al menos mucho menos de lo que le gustaría tanto por calidad literaria como por afinidad personal, se acuerda mucho más del wertheriano escritor madrileño de lo que cabría si nos atenemos al número de páginas leídas en comparación con otros escritores.
Larra, cuando se dio muerte pocos minutos después de que su amada Dolores Armijo abandonara su casa con un “no” como última respuesta, aún no había llegado a los 28 años, los que uno cumple hoy. Da rabia y casi pavor imaginar lo que hubiera conseguido de no haber caído en la tentación de apretar el gatillo aquella noche del 12 de febrero de 1837. En cualquier caso, actividad ociosa sería, pues entre las enseñanazas básicas que uno ha ido asimilando es que las cosas son como son y sucedieron como sucedieron, y de nada vale darle vueltas.
Decía que tenía pensado hacer el artículo a lo Larra, con ese punto de cansancio prematuro por la vida, de fatalidad prefiguradora de su muerte, pero no lo voy a hacer. No puedo, no me sale. “¿Qué es un aniversario?”, se preguntó Larra. “Acaso, un error de fechas”. A tal grado de excepticismo llegó que dudaba incluso de su propio cumpleaños, de su propio día de días. Uno cree que de lo único que Larra no dudaba era de su amor a la vida, pese a lo que pueda parecer por su suicidio. No conviene confundir, porque nadie se mata por algo que le da igual.
El caso es que ha recibido uno más felicitaciones de las esperadas (aunque hay que decir que el Facebook, nuevo eje de nuestras vidas, facilita mucho las cosas). Luce el sol, hace buena temperatura y uno cumple años en la mejor disposición. Esto de los cumpleaños es como todo, depende de como uno quiera llevarlos, y si tiene un poco de cabeza y es capaz de expulsar fuera de sí esas lamentables autocompasiones por el paso de tiempo -o por el tiempo que pasa por nosotros- puede estar seguro de pasar un día de días de lo más grato. Pues peor sería que el tiempo dejara de pasar por nosotros, peor sería, en suma, no cumplir 28 años que cumplirlos.
Uno ha escuchado durante toda su vida que los 28 años son el punto de madurez física del hombre. Uno, la verdad, aún no ha notado la más mínima falla en su aspecto ni en su rendimiento atlético, que se puede decir que crece año a año, mes a mes, día a día. Es así, y no lo puede ocultar. Ignoramos si este 2011 que entra marcará un punto de inflexión y lo que antes era exhuberancia muscular sin freno ahora se convierta en paulatina decadencia. Primero se perderá la explosividad, luego la velocidad, después los reflejos... Lo que es seguro es que año tras año la verdadera maquinaria, la que uno lleva dentro del cráneo, es mejor a los 28 que a los 27, y que a los 29, si uno no es absolutamente tonto, se mejorará lo precedente.
Homenaje, en fin, a quien no pudo cumplir estos 28 años que uno cumple hoy. Homenaje al número 28, casi tan redondo como pueda serlo el 30. Y homenaje a uno mismo y, sobre todo, a los que le felicitaron, que convirtieron este “error de fechas” en algo concreto y que con ello levantaron la estatua de uno mismo, llevándose su nadalidad a otros derroteros.