jueves, 25 de noviembre de 2010

NOCHE DE CRÓNICA

La de hoy es noche de crónica para un servidor. Y no de una crónica cualquiera, sino del partido que dirimirá quién es el mejor en el grupo B de la Euroliga: el Real Madrid o el Olympiacos de El Pireo griego, uno de los equipos que forman parte de la aristocracia europea. Un partido con sabor a clásico que nos retrotrae a aquellos enfrentamientos en la década de los noventa, cuando el Real Madrid era algo en el escenario europeo del baloncesto. Y es, será, un clásico a pesar de jugarse en la novísima y brillante Caja Mágica, con lo que tenemos, una vez más, el sabor fuerte del clásico servido en un envoltorio con olor a nuevo, que es uno de los olores más agradables o desagradables que existen, según nos dé, según estemos ese día más nostálgicos de lo normal o, por el contrario, nos encontremos en un estado de cierta rebeldía revolucionaria frente a lo pasado y lo presente y sólo miremos, con la mirada decidida y feroz, hacia el futuro. Pero no hacia un futuro inmediato -la preciosa inmediatez de lo cotidiano- sino a un futuro “futuro”, esto es, hacia un futuro poco menos que ciencia ficción.
Las revoluciones no son otra cosa que eso, ciencia ficción, nada más que con el lastre imperdonable de los muertos y frustraciones reales.
Mas no este el tema que queríamos tratar en esta glosa, sino simplemente anticiparnos unas cuantas horas a esta noche de crónica. Han dicho los pensadores de todas las épocas que donde mejor podemos estar es en el presente y que el pasado es una cosa que ya no tiene arreglo y el futuro algo que no existe y por tanto algo en lo que jamás debemos pensar. Estamos más o menos de acuerdo con esta idea, pero uno no puede -no quiere- dejar de sucumbir ante ese pequeño placer diario que suponen los prolegómenos, la hora de la “anticipación”, como decía cierto casanova antes de una cita en un memorable episodio de Los Simpsons. La escritura suele y debe basarse en la memoria y, por tanto, en el pasado, pero lo que hacemos ahora se basa en el pasado/presente/futuro, esto es, describiremos una noche de crónica cualquiera de tantas como han ocurrido ya pero nueva en su mismidad y con ese sabor de continuum, de cosa vivida en el momento, que tiene toda crónica. Haremos, estamos haciendo ya, la crónica -y, por tanto, un escrito apresurado- de la crónica, de una ilusión por la crónica, de una ilusión por la noche de crónica.
Llega uno a la Caja Mágica después de haber atravesado Madrid de cabo a rabo, de norte a sur, por las galerías del Metro, cargado con su ordenador portátil, donde se concretan y van concretando tantos pensamientos trenzados en forma de letra, en forma de crónica, artículos y pretensa literatura. Lo mejor de la noche de crónica es cuando uno se salta la cola, llega a los torniquetes de entrada al pabellón, saca su acreditación periodística del bolsillo de forma más o menos aparatosa, procurando que alguien lo vea, y la enseña al mozo, que le deja pasar como si fuera alguien importante. Uno procura aligerar el paso y poner cara como de que lleva mucha prisa, entra en el estadio y en la zona de prensa y se acomoda mientras escruta a las cheerleaders, que calientan en la banda, y hace un cálculo grosso modo de cuánta gente hay y, sobre todo, de cuánta gente habrá, algo que sin saber muy bien por qué se sabe a partir de la la gente que hay.
Lo que hay que hacer antes de que empiece el partido es bien simple: saludar a algún compañero, encender el ordenador, esperar a que cargue, conectarse a la red wi-fi, abrir un documento en blanco de Word donde se escribirá la crónica y meter ahí los datos básicos para la ficha técnica: plantillas, quintetos iniciales, árbitros. Si hay tiempo, se miran el correo electrónico y el Facebook y se saluda cibernéticamente a algún amigo, amiga, novia o amante conectado. Empieza el partido y saca uno su libretita donde ir apuntando las incidencias deportivas, que, pasadas debidamente por el filtro cronístico-literario, servirán de cañamazo para la crónica definitiva.
Si el partido va más o menos decidido, la crónica se empieza a escribir al comenzar el último cuarto, con lo que se encuentra uno, primero, escribiendo a toda velocidad una pequeña reflexión sobre lo que ha sido un partido que no ha terminado y las repercusiones que tendrá; y, segundo y sobre todo, se encuentra uno en la poliédrica tesitura de ir escribiendo sobre lo que ocurrió en el primer, segundo y tercer cuarto mientras de vez en cuando alza la cerviz y, sin dejar de teclear, mira hacia la pista, donde aún siguen ocurriendo cosas, y consigna las incidencias del último cuarto, máximas ventajas, jugadores en racha, jóvenes que debutan o que juegan los siempre vergonzosos minutos de la basura. Si el partido va igualado no queda otra que jugársela y, basándose en la intuición, anticipar un ganador para empezar a escribir. Si luego hemos acertado, bien; si no, toca borrar todo lo escrito y empezar de cero. En cualquier caso, la crónica se hace in situ y está terminada quince minutos después del bocinazo final. Ese lapso es el decisivo, cuando hay emplear todas las energías de concentración, pues lo que hay alrededor no predispone precisamente a escribir. Ruido, aplausos, gritos, jaleo, gente pasando por delante y por detrás, compañeros que te preguntan, azafatas preciosas que no le miran a uno pero a las que es imposible -imposible- no mirar, el periodista de al lado que, como uno, escribe a toda velocidad una crónica apresurada quizá no tanto con el ansia profesional de colocarla lo antes posible en la red, sino con el objetivo mucho más humano de no ser el último en salir de la zona de prensa, del estadio.
La grada se vacía a una velocidad pasmosa, los jugadores se han retirado ya a los vestuarios y en poco tiempo volverán después de la ducha preceptiva, vestidos de calle, con otra cara y otro olor -que, más que olerse, se ve- del que tenían en la pista. Mientras, uno sigue ahí, anclado a la silla, con la vista encendida de palabras puesta en la pantalla de su portátil, esa máquina imprescindible que le acompaña a todas partes y que se ha convertido en su humilde troqueladora con la que acuñar la farsa de la realidad en la verdad mentirosa de la literatura. Sí, porque uno, además de intentar escribir novelas y cuentos y diarios, lo que intenta hacer en sus crónicas no es otra cosa que literatura. Uno cree que sin literariedad no puede haber crónica, pues no basta con registrar unos hechos dejándose llevar por el torrente de la acción, que se lo lleva todo por delante. Sobre todo, se lleva por delante a la literatura. Lo cual no quiere decir que no se pueda escribir la literatura deprisa. Nada de eso. Un artículo, una crónica, no admiten reflexiones demasiado elaboradas ni complejas, ni menos aún correcciones y relecturas morosas. El que escribe despacio no puede escribir crónicas ni artículos. La crónica, el artículo, tienen la luz de esos quince minutos, media hora a lo sumo, en que fueron pensados y troquelados a toda velocidad. Si normalmente, en la novela, el ensayo, en el cuento, escribir es esculpir, en el artículo y la crónica no hay lugar para el cincel. Hay que troquelar.
Difícil equilibrio el de la velocidad y la literatura, qué duda cabe. Pero los mejores jugadores de baloncesto hacen las mayores y más eficaces virguerías con la pelota en un pestañeo. Y de igual forma que jugar al baloncesto es vivir, que vivir es jugar al baloncesto, y que la literatura es vida y, por tanto, puede ser baloncesto, la literatura también puede tener sus momentos de velocidad, que están en el artículo y en la crónica.
Decía Rilke que el encargo es la literatura en estado puro. La crónica apresurada, vivida, vivificadora, también puede serlo. Con el deber hecho, con la crónica troquelada y colocada en la red, con las luces de la Caja Mágica apagándose y los grillos de la noche escuchándose ahí fuera -qué de decadencia cabe en quince minutos después de un partido-, recoge uno sus cosas y sale, despidiéndose de la señora de la limpieza, que le mira a uno con cierto fruncimiento y le despide a regañadientes. “Qué pesados son estos periodistas”, parece pensar, sin saber que uno no es periodista, sino sólo troquelador. La noche de crónica ha terminado, no sabemos si el Madrid habrá ganado al Olympiacos, porque juega esta noche, pero con esta anticipación, con esta crónica de la crónica, nos hemos retrotraido a otras crónicas, a otros partidos, a otras vidas que son la nuestra propia pero que, en tanto que pasadas y nostálgicas, nos parecen otras. Afortunadamente, esta noche hay otra vida nueva, hay otra crónica.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

ALFONSO

Alfonso nos ha dejado. Un fulminante cáncer de huesos se lo ha llevado casi sin que nos diéramos cuenta. Rebasaba los setenta, era alto, desgalichado, gastaba ojos miopes, finas gafas de montura de metal, calva bien llevada y cierto descreimiento de todo que lo hacía distante y enormemente tierno a la vez. Alfonso nos recuerda un poco a aquel don Sandalio de Unamuno, el jugador de ajedrez, del que en el pueblo sólo se sabía que iba a la taberna todas las tardes a la misma hora a jugar su partida con un amigo que después se le murió. A pesar de tan importante contratiempo, don Sandalio seguía sentándose día tras día delante del tablero, a solas, esperando pacientemente la venida de su amigo muerto, que él no sabemos si sabía si estaba muerto, hasta que el que se murió fue él.
Alfonso era siempre el último que llegaba al bar de la piscina para ver los partidos de la liga de fútbol y el primero que se iba. Jamás veía ni los primeros ni los últimos minutos, pero no fallaba nunca. Durante años, lustros, quién sabe si décadas, Alfonso se presentaba en el atestado bar, contagiando un reguero de sonrisa, de vaga esperanza, a sus contertulios de coñac -que era lo que bebía- y puro. Un servidor pudo disfrutar de los últimos años de tan deleitosa costumbre, el partido del domingo, de la compañía de Alfonso.
Durante mucho tiempo no hubo seguridad absoluta acerca de las simpatías de Alfonso por algún equipo en concreto. Últimamente nuestras laboriosas pesquisas nos han permitido saber que probablemente era del Atlético de Madrid. Su aire resignado cuando veía el partido y bebía su coñac le delataban. Era como si las malandanzas de su equipo del alma -nunca reconocido- se hubieran entreverado en esos huesos que en su final tan mal sufrieron y que tan pronto, tan rápido, se lo llevaron. En realidad, no nos importa demasiado de qué equipo era. Lo importante y por lo que le traemos a esta glosa es que Alfonso nunca faltaba a su cita vespertina o nocturna del domingo, jugase quien jugase, y veía con idéntico semblante y los mismos comentarios al Real Madrid, al Barcelona o al Athletic de Bilbao.
En realidad, a Alfonso el partido no le importaba gran cosa. Lo que le gustaba, aunque no lo pareciera, era entrar por la puerta, con aire de llevar prisa, saludar a los ancestrales compañeros de bar, entre los que se encontraba uno, su padre y alguno más que conformaba el núcleo duro de la tertulia, pedir su copa y su puro y sentarse en su silla, que siempre estaba vacía como esperándole, cruzar las piernas y mirar para la televisión. Todo un ritual, compendio de la tradición española, madrileña, castiza, que el tiempo y los años no terminan de cercenar ni, nos atreveríamos a decir, desgastar. Al revés. El partido del domingo con copa de vino o cerveza y pincho de salchicha gana adeptos en la misma medida en que España y Madrid ganan habitantes año tras año.
Ahora, con la muerte de Alfonso, el bar de la piscina ha quedado algo mustio. Cuando nos enteramos de la noticia, nos miramos unos a otros y todos pensamos lo mismo: “¿qué será del partido del domingo?” Pero el partido del domingo sigue ahí. El Real Madrid está que se sale, es líder, ayer le ganó 0-4 al Ajax y el lunes que viene -herejía- juega un partidazo contra el Barcelona. No hay nada que pueda contra esa actualidad, contra ese arrollador devenir de la pelota de fútbol, ni siquiera la muerte. Aunque sea una muerte tan dolorosa, tierna y repentina como la de Alfonso.
Viene el invierno y uno, mientras ve su partido de domingo en el bar, no puede evitar volver la cabeza y echar una mirada a la piscina. Qué imagen la de la una piscina en invierno, con sus aguas verdes reflejando la luna temprana y helada, su césped alto no cuidado trufado de hojas secas, el viento frío meciendo los árboles desnudos. Qué claudicación, qué metáfora de las estaciones, de la vida, del verano que ya no está y no sabemos si volverá para todos, del invierno, de la muerte. Una piscina en invierno es una cruel lucha contra el tiempo, puede que una imagen de la desolación, vana imagen o desconsoladora realidad que allí existía, que dijo aquel. Como lo es el bar de la piscina sin Alfonso, del que cuesta imaginar que, simplemente, ya no está. Pero quizá sea verdad aquello de que no existe la muerte, sino sólo el olvido. Ayer, Alfonso, Cristiano Ronaldo metió dos goles y va lanzado hacia el Clásico. ¿Dónde lo vas a ver?

martes, 23 de noviembre de 2010

EL BOLLO

Qué hogaza de sol, el otoño madrileño. Siempre he pensado que la mejor época para conocer, para pasear, para vivir, para trasnochar Madrid es el otoño. En verano es insoportable, ese calor castellano y mesetario lleno de polvo, y el invierno, demasiado crudo para los frioleros o frioleras. Yo no lo soy, pero, por consideración a una dama o a un amigo, procuro no pasearles Madrid en esa estación. En cuanto al verano, es distinto. Sus calores son los que me matan, soy yo el que se queda en casa, o en la piscina, o coge la bici hacia el campo. La primavera es demasiado inestable y adolece de falta de personalidad propia; tan pronto es verano como una regresión invernal. El otoño es mejor. La luz otoñal de Madrid, ese pan dorado dado sobre su cielo inigualable, tiene un encanto especial. Es una luz que no ciega y nos da las cosas tamizadas por una tenue neblina que nada, fantasmal, entre los árboles semidesnudos y las hojas cobrizas, ese tópico del otoño. Es una luz secreta y densa, alimenticia, como una hogaza de pan.
Los primeros fríos -todavía soportables- suponen un ligero quebranto para el organismo, que pide más calorías en forma de hidratos de carbono y grasas. El pan, ese pan de Madrid tan aldeano, se queda insuficiente para nuestras necesidades. Lo seguimos comprando, naturalmente, porque España sigue teniendo una memoria de hambre y necesidad no aplacada del todo con el paso de las generaciones. La memoría mítica es tan duradera como la memoria de la miseria, y el pan, en Madrid y en España, sigue siendo insustuible. Afortunadamente. No queremos pasar sin pan, no podemos pasar sin pan, ese cereal refinado de tan elevado índice glucémico. Y esto es aviso para navegantes, el pan, se diga lo que se diga, engorda.
Decíamos que con los nuevos fríos el pan queda muy bien como acompañante de nuestra vianda de cada día, pero hace falta más. Hace falta un bollo para después. Hace falta el azúcar glass, la miel y la crema de la vida. Yo compro tres veces por semana mi bollo en la tahona de siempre. El simple hecho de volver andando tranquilamente del gimnasio, vacío de glucógeno tras una sesión de pesas, buscar mi tahona como si fuera la primera vez que paso por allí, contrastar con alivio que está abierta, entrar y sentir su calidez, saludar a la moza con esa sonrisa que se ha ido matizando por la costumbre, escrutar el mostrador repleto de calorías saludables -nada de industrial hay en estos dulces- y hacer como que uno está pensando qué va a pedir, cuando lo tiene perfectamente deliberado pues no ha hecho, durante su paseo, otra cosa que pensar en qué bollo va a comprar, es algo vivificador. La dulce repetición de la rutina convertida en una bayonesa, en una palmera con alimenticia costra de chocolate, en un cruasán relleno, una trenza, una caracola asaeteada de fruta escarchada. La moza, que ya nos conoce pero que hace como que no, nos repite: “¿una bayonesa? ¿Para llevar?”, la coge con sus pinzas, nos la envuelve, la pagamos con un gusto con que en esta vida no pagamos nada más y salimos de la tahona con esa hogaza de cabello de ángel y luz colgando del brazo.
Andamos el trayecto que nos queda hasta casa con una sonrisa que antes no teníamos. Esa bayonesa, esa palmera, ese cruasán, destinados a ser comidos de postre -que es cuando menos engorda, otro aviso a navegantes-, nos coloca de nuevo sobre el pedestal de la vida. Procuramos llevarlo de la mano, bien visible, como el que lleva a una chica guapa del brazo. No por pueril vanidad ni nada de eso, como no por pueril vanidad se lleva, con alegría de vivir, a una chica guapa del brazo. Después de una mañana escribiendo cosas, haciendo pesas, hablando con gente, ese bollo, ese conglomerado de hidratos de carbono y luz -la misma hogaza de luz del Madrid otoñal- es la garantía de que al día siguiente todo, o casi todo, será igual. Qué insoportables nuestros días sin esa repetición, sin esa rutina de que tanto nos quejamos, pero que en realidad es la que nos sustenta, nos eterniza. Repetirnos. Necesitamos repetirnos, por mucho que se diga.
Y pasea uno una minúscula parte de Madrid -la que va de la tahona a su casa- de la mano de un bollo aún no comido ni digerido, pero que le alimenta como si tal. Madrid, este amable Madrid otoñal, es amable en tanto que fabrica bollos para sus habitantes. La moza de la tahona ha quedado atrás, por esta vez. Mas sé, o al menos sospecho, que dos días después -mañana no iré al gimnasio- estará allí, y volverá a saludarme con esa sonrisa vieja/nueva, entre conociéndome y no conociéndome, haciendo la farsa de la repetición, que sólo es soportable en tanto que es farsa. Y volveré a llevar de mi brazo a mi bollo, con la misma alegría con que esta noche de martes llevaré a otra moza por la luz nocturna del Madrid antiguo. Quién sabe, igual un día dejo al bollo en la tahona y salgo con la moza, y empezamos otra farsa, la dulce farsa del amor después del bollo de cada día. Una moza, un bollo, la hogaza de sol del otoño madrileño.
Para qué más.

viernes, 19 de noviembre de 2010

EL PROBLEMA DE TENER QUE DECIDIR


(Artículo publicado en Zona Dos Tres el 16 de noviembre de 2010)

Leemos en un artículo de Gasol publicado el sábado en el diario Marca lo siguiente: “como es sabido, podemos salir a cenar fuera del hotel. El entrenador nos cita a una hora de la jornada siguiente, día de partido, y allí habrá que estar. El resto, es tu problema. Aquí se entiende el profesionalismo así”. El artículo está ilustrado con una fotografía de archivo en la que se ve al catalán trasteando con su ordenador en la habitación de un lujoso hotel de alguna ciudad estadounidense. Alrededor, un desorden de maletas, zapatillas tiradas por el suelo, una montaña de ropa encima de una silla y cinco o seis botellas de agua mineral. Da la sensación de que acaba de llegar del aeropuerto y que, cansado por el viaje, ha tirado sus cosas de cualquier manera. A la espalda de Pau se puede ver un trozo de la ventana que da a la calle. Parece que es de noche, una noche de invierno, fría y desapacible. En la amplitud y suntuosidad de la habitación del hotel, la luz anaranjada da un toque de recogimiento y, por qué no decirlo, de soledad. Es la soledad de una estrella de la NBA. La soledad de alguien que, por su situación privilegiada entre los jóvenes del mundo, parecería que nunca puede llegar a estar a solas consigo mismo.
Nos ha llamado la atención el fragmento que entrecomillamos, cuya idea no por conocida es menos importante. Esta filosofía imperante en el deporte profesional estadounidense, que otorga libertad casi absoluta al jugador, choca con la europea. Lo vemos a diario. Los periódicos deportivos se cansan -a veces, nos cansan- con informaciones acerca del amor por la disciplina de Mourinho o Pep Guardiola, que, dicho sea de paso, no son personas y entrenadores tan diferentes como se quiere hacer ver. Horarios estrictos para irse a la cama, imposiciones en la alimentación, concentraciones en el hotel incluso en los partidos que se juegan en casa. Son sólo unos pocos ejemplos. Detrás de esta flema disciplinaria, a veces enfermiza en algunos entrenadores, está la necesidad de justificar un sueldo muy elevado delante de la opinión pública, que es a la que hay que satisfacer. El aficionado, el que paga su entrada o abono, el que sufre cada semana con las andanzas de su equipo del alma, podrá perdonar cualquier cosa, incluida la incompetencia técnica de algún jugador o entrenador, siempre que se vea compensada por otras virtudes, tales como la capacidad de sacrificio y la implicación. Lo que jamás podrá perdonar es que un entrenador no actúe como tal o, por mejor decir, que un entrenador no actúe como cree que tiene que actuar, esto es, con garrote en mano y la letra con sangre entra.
En el imaginario del aficionado europeo el entrenador debe ser un sargento inflexible que mantenga a los jugadores siempre al borde de una depresión o, cuanto menos, no ya que -como el entrenador- justifiquen el sueldo, sino que, sobre todo si van mal dadas, tengan los mismos sufrimientos morales que aquel que ve perder a su equipo, a lo que deberá añadírsele un castigo físico que nos remite a las épocas de las galeras. “Yo a estos los ponía a correr y se iban a enterar”, suele escucharse en los cenáculos futbolísticos, con una decrepitud intolerable, como argumento definitivo. El entrenador como jefe plenipotente y, además, como verdugo.
El entrenador, aquí en Europa, es protagonista indiscutible. Sobre él recae incluso la responsabilidad sobre la profesionalidad de cada jugador, que esencialmente depende de factores individuales. Por eso, la frase de Gasol es suficientemente reveladora. Allí, en la NBA, se le otorga la responsabilidad al que en realidad es el protagonista de este juego: el jugador. Se le dice: nosotros podemos darle unos consejos, unas pautas de acción y conducta que usted podrá llevar a cabo o no. Después, usted sabrá lo que hace. Ahora bien, téngalo claro, si usted no hace lo que un profesional debe hacer, lo más probable es que no juegue. Si usted prefiere chupar banquillo, es cosa suya. Nosotros preferíriamos que no fuese así, pues para eso lo hemos fichado, pero su futuro profesional es suyo y sólo suyo, y de usted dependerá.
Eso es, la responsabilidad individual por encima de todo. Incluso en un juego de equipo como el baloncesto se depende de la implicación de cada uno consigo mismo. Sólo desde ese principio se podrá encontrar la tan ansiada implicación del jugador con el equipo. Nos parece falso el tópico de que el jugador debe encontrar amparo en el equipo, siendo más eficaz que cada jugador, plenamente responsable de sus acciones y su preparación, sea el engranaje fundamental sobre el que se asiente el funcionamiento colectivo. Si la responsabilidad se diluye en la comodidad de la multitud, todo se desmorona. El jugagor como profesional y dueño absoluto de su destino mediante el esfuerzo, el talento y la inteligencia. Sólo desde ese principio indefectible puede formarse un buen equipo de baloncesto o del deporte que sea.
Por ello, nos producen cierta vergüenza los alardes de férrea disciplina -muchas veces gratuita- que solemos ver en los clubes de élite europeos. Al jugador se le trata como a un niño o, peor aún, como a un soldado. El Real Madrid de fútbol, con un Cristiano Ronaldo con el gesto hosco a la cabeza, se concentra en un hotel los días de partido disputados en su propia ciudad, en su propio estadio. No se nos ocurren ejemplos tan palmarios como este para mantener una moral baja en los trabajadores. El hecho de que ganen mucho dinero no legitima el que el jugador, que al fin y al cabo no deja se der una persona, con su familia, sus aficiones y su casa, atalaya confortable desde la que automotivarse y sacar lo mejor de sí mismo, deba ser esclavo de una forma equivocada de percibir el concepto de profesionalidad. “El resto, es tu problema”, nos dice Gasol. No se trata, como puede parecer, de individualidad frente a colectivismo. Simplemente, en Europa la individualidad toma otra forma, la del preparador, mientras que la del jugador se oscurece bajo su pesada sombra. No son más que formas distintas de concebir los itinerarios que lleven al máximo rendimiento.
En la NBA lo tienen claro. Aquí el que interesa es el jugador. No queremos con ello quitar importancia al concepto de liderazgo, representado en la figura del entrenador. Nada más lejos. Pero abogamos por un liderazgo conciliador, sugestivo, que anime al jugador a ser dueño de sí mismo dentro de una seguridad psicológica que redundará en un mejor rendimiento individual y, por extensión, en unos mejores resultados del equipo. Que al final es lo que interesa y por lo que juegan todos, excepto los narcisistas, que sólo juegan en beneficio de sí.
Este otorgamiento de libertad que se da al jugador tiene sus riesgos, por supuesto. Jamás se le dio al ser humano mayor confianza en sus posibilidades y a la vez mayor responsabilidad sobre sí mismo que cuando se le concedió la libertad de decidir. La existencia es una constante toma de decisiones, nada fáciles de tomar. Ante nosotros se abre, a cada momento, un abanico prácticamente inabarcable de posibilidades. En el fondo, la verdadera fatalidad para el hombre es que tiene que decidir. Es la verdadera fatalidad y, añadimos, la misma esencia de su ser, esa esencia que le lleva a superarse a cada momento y a superar a los que le precedieron. Esa esencia que le hace ser lo que es. Y, en el baloncesto, como en cualquier faceta de la vida, sólo puede llegarse a la excelsitud si prima la responsabilidad individual sobre todas las cosas. En suma, si, como dice Gasol, terminamos de ser conscientes de que la vida, en definitiva, “es nuestro problema”, el problema de cada uno de nosotros.

sábado, 13 de noviembre de 2010

LAS LEJANÍAS DE LA CAJA MÁGICA


(Artículo publicado en la web de baloncesto Zona Dos Tres el 11 de noviembre de 2010)
La afición madridista ha dictado sentencia: no quiere seguir en la Caja Mágica. El domingo pasado, en un ambiente festivo tras la paliza propinada al Lagun Aro, el locutor avanzó el siguiente partido, el de hoy jueves contra el Brose Baskets en la Caja Mágica, a lo que el respetable respondió con una sonora pitada.
Es curioso que la afición madridista al baloncesto, que tantas decepciones deportivas se ha llevado en los últimos años sin mostrar un gran descontento, alce ahora la voz tan desusadamente por el tema de la casa. La Caja Mágica, una instalación moderna y grandiosa, no gusta. Varias son las causas para tan evidente animadversión, que podríamos resumir en tres: el mal acceso, tanto en coche como en transporte público, la inseguridad (varios han sido los robos a coches ocurridos en un entorno oscuro y solitario) y, ante todo, la frialdad ambiental provocada por el exceso de metal y la barrera que suponen los palcos VIP´s.
El último es, a nuestro juicio, el gran pero que se le puede poner al pabellón a la hora de ver y jugar baloncesto. Bien es cierto que, al ser una cancha de tenis, deporte señorial en el que, por tradición, la presión de público adquiere una relevancia secundaria, la instalación está así preparada: los palcos VIP´s, a pie de pista. Sería costoso hacer un cambio y desmantelar todo ese andamiaje metálico que tanta frialdad transmite, tanto in situ como por televisión, pero el Real Madrid no puede permitirse ninguna concesión a este respecto. Necesita, más que nunca, que la gente, que su gente -que no es tan poca como muchas veces se quiere hacer ver- esté con ellos, tanto moralmente en forma de apoyo como físicamente con su cercanía.
Alejar al aficionado, al verdadero aficionado -al que grita, al que comenta, al que se indigna, al que se levanta del asiento- de la primera línea de acción es una medida desastrosa y poco inteligente. Si miramos un poco alrededor, no hay una sola cancha importante -ni, menos aún, humilde-, en todo el mundo donde se haya perpetrado tal despropósito. En la NBA, donde más saben de todo esto, ni se les ha ocurrido. Por televisión se aprecia la esplendorosa imagen del público, de la gente, a escasos metros de los jugadores y a escasos centímetros de los banquillos. La grada rebosante de cabezas apretadas. En Estados Unidos saben que es el aficionado medio el que sustenta el negocio, y que granjearse las enemistades de la opinión pública equivale a desmoronar el imperio. Jack Nicholson o Spike Lee, en efecto, están en primera fila. Pero están sentados en una silla normal, pequeña, sin separaciones de aluminio con sus colegas de grada. Y, además, protestan y se apasionan tanto o más que el camarero que en el segundo anfiteatro ve el partido con sus hijos.
En este horror que, a nuestro entender, suponen los palcos VIP´s de la Caja Mágica, salen todos perdiendo, a excepción, claro es, de los adinerados que ocupan sus localides en tal egregia ubicación. Primero, salen perdiendo las competiciones, tanto la ACB como la Euroliga, pues su producto queda seriamente devaluado una vez se le despoja de la pasión inherente a cualquier evento deportivo de primer nivel. El Real Madrid, lo queramos o no, es una institución de gran prestigio, que por su mera presencia otorga importancia a cada partido que juega, y para la competición europea y nacional no es inteligente en los tiempos que corren que ese club, tenedor de una prodigiosa trayectoria, pierda un ápice de protagonismo. Segundo, sale perdiendo el propio equipo, que ve diluido buena parte del factor cancha con el que todo competidor al máximo nivel debe contar. Y tercero, y como complemento de esto último -ambos se alimentan recíprocamente-, sale perdiendo el aficionado, al que no podemos dejar de aludir, y que si ahora va a disgusto a la Caja Mágica, finalmente terminará por no ir.
Dijo Ortega y Gasset que el hombre se mueve por razones líricas. Las razones líricas del aficionado a la hora de ir a ver cualquier evento deportivo pueden resumirse en una: pasar un buen rato. Ir con un amigo, hablar de sus cosas, tomarse algo, ver de cerca un buen espectáculo. Y no hay nada más épico y, por tanto, más lírico, que ir a ver un partido de baloncesto. Si el partido es bueno e igualado, pocas cosas hay tan embriagadoras como la comunión entre grada y equipo. Los palcos VIP´s son un grave impedimento para el disfrute, y el aficionado protesta. ¿Por qué no hacer caso a ese aficionado y, si no es posible el traslado a otro escenario, cambiar lo que sea menester para que equipo y afición encuentren aún más motivos para unirse? Evidentemente, los dirigentes madridistas habrán pensado en ello, creyendo, quizá, que los dañinos palcos VIP´s iban a pasar desapercibidos. No ha sido así. Debemos recordar que los palcos VIP´s ya arruinaron el Eurobasket 2007, cuya fase final se celebró en el Palacio de los Deportes de Madrid. La imagen de la televisión, con todos esos sofás color beige ocupando la tribuna principal y matando la atmósfera que merecía tal evento, era pavorosa. Aún hoy nos estremecemos al recordarla, y más aún se estremece el madridista, jugador y aficionado, al ver que es el único equipo de baloncesto del mundo que tiene palcos VIP´s a pie de pista.
Urge, por tanto, un cambio. O traslado de la Caja Mágica o reubicación de los palcos VIP´s. Continuar como hasta ahora sería un desastre para la sección. El Real Madrid necesita, más que nunca, el apoyo de su masa social. La fugaz visita del domingo al caliente Madrid Arena les ha abierto aún más los ojos. Viene el invierno, vendrán los grandes eventos, y quieren calor. Quieren el calor de la épica y la lírica, porque si el baloncesto, si cualquier deporte, pierde el lirismo, si pierde aquello que lo une a la gente, está muerto. Muerto de lejanías.

miércoles, 13 de octubre de 2010

EIS HEAUTÓN

Eis Heautón era el título de un cuaderno secreto que Schopenhauer llevó consigo durante veinte años y en el cual fue acumulando una batería de observaciones autobiográficas, recuerdos, reflexiones, indicaciones pragmáticas, reglas de comportamiento, máximas, citas y refranes. Nunca publicado, después desaparecido y finalmente reconstruido en parte, este vademécum —de apenas treinta páginas— era de estricto uso personal y contiene los pilares sobre los que se asienta la obra filosófica del Maestro del Pesimismo y, por ende, de su visión de la vida.
Ateniéndome a tan sugeridor título, que probablemente Schopenhauer escogiera basándose en las Meditaciones sobre sí mismo de Marco Aurelio (en griego: Tà eis heautón), hace un tiempo decidí escribir mi Eis Heautón particular. Después lo abandoné, y olvidado estaba tal documento en los fondos de mi ordenador, hasta que hace pocos días, intrigado por un título del que había olvidado por completo su significado, lo redescubrí.
Poco o nada de interesante hay en sus páginas, sólo algunas anécdotas, algunos pensamientos no demasiado agradables y bastante poca literatura. Pero, como dijo aquél, no hay libro, por malo que sea, del que no pueda el hombre sacar algún provecho.
Publicaré en esta entrada algunas anotaciones de las que hice y, si al lector y a mí nos parece bien, otro tranco en el futuro.
***
TE dicen que lo cuentes todo, que no te dejes dentro las cosas, que te sinceres, pero luego no te lo perdonan. Definitivo, mejor contar las cosas a personas a quienes no conocemos. O, mejor aún, no contar nada a nadie.

LOS escritores son como los amigos. Leemos a muchos, la mayoría nos gustan, algunos incluso nos apasionan. Pero a la hora de la verdad, en los momentos malos, siempre acudimos a los mismos, que se pueden contar con los dedos de una mano y quizá sobren dedos.
LEYENDO a Balzac. Hacía dos años que no lo leía, desde Ilusiones perdidas. Es como regresar a otra época de mi trayectoria como lector. La primera idea que se me ha venido a la cabeza es la de colmena. ¡Qué dos formas tan diferentes de hacer literatura, y a la vez qué sensación general tan parecida dejan! Al francés las ideas y los personajes parecen desbordársele de la cabeza, incontenibles; a Camilo José se le nota la paciente labor de ganchillo, el párrafo mil veces releído, tachado, corregido. Cela tardó cinco años en escribir La colmena; el francés, cuando estuvo enfermo y se recuperó, gritó: “¡ocho días en cama! ¡En ese tiempo podría haber escrito una novela!” Honoré apenas deja fragmentos de esos que recitar de memoria. Es un escritor para leer deprisa y no detenerse en nimiedades. Cela es todo lo contrario. A Cela hay que leerlo y releerlo. Leer cuatro o cinco veces el Pascual Duarte o Viaje a la Alcarria. Si sólo se lee cada libro una vez, nada agarra en nuestro cerebro que merezca la pena. De Balzac hay que leer todos los libros que se pueda, uno detrás de otro, hasta completar su mundo. Pero al final la sensación que ambos escritores dejan es parecida: un mundo, una colectividad, un documento de época. En Balzac es fácil imbuirse en cada personaje, quizá porque cada personaje no es otro que el autor. En Cela no ocurre eso. Es más notarial, parece que se limita a registrar unos hechos, aunque no sea exactamente así, porque todo lo que registra huele a literatura de la más alta calidad. En Cela hay mucha poesía, mucho amor por la palabra, mucha anécdota. Balzac lo abarca todo, y puede decirse que lo consigue. Camilo escribía despacio, como un orbefre de la pluma; Honoré manchaba papel compulsivamente y no parece que corrigiera mucho. En Cela parece todo más medido, en Balzac simplemente no existe la planificación. Leyéndolos con detenimiento, en ambos puede vislumbrarse la arquitectura narrativa (como en todos los escritores, supongo). Con Balzac uno se vuelve más propenso a soñar, a vivir esas situaciones que nunca ocurrirán, a estar en esos lugares que nunca hollará, a besar a esas mujeres que jamás conocerá, a manejar sumas dinero inimaginables, a ser pobre y de repente rico o subir a las cumbres y caer por el precipicio. Con Cela, simplemente, uno se deleita en la palabra. Lo que no sé es por qué estoy haciendo esta comparación de dos escritores tan diferentes y, sobre todo, de dos épocas distintas. Será que a uno le gustaría ser alguno de los dos (o, al menos, tener algo de alguno de los dos) pero no puede.
QUEDÉ con A. Como siempre, empezamos hablando de fútbol, de baloncesto, de estudios, de no estudiar, de trabajo, de no trabajar, y ya al final y hasta que nos despedimos hablamos de mujeres, la única conversación que entre hombres es universal y la que más consuelo —¡sin saber por qué!— nos da. A. me dijo una frase que me dejó un poco pensativo: “cuando conoces a una chica, la que no tiene novio, o lo ha tenido y cuando apareces tú vuelve o lo tendrá y no serás tú”. No supe qué decir, porque, si bien tiene algo de verdad, no es menos cierto que decir eso es rebajarse a los más bajos fondos de la mendicidad amorosa. Con esa actitud desde luego que esa sentencia será cierta, lo que pasa es que a veces sentimos un indefinible gusto por la derrota, creyendo quizá que, como no se puede caer más bajo, indefectiblemente todo irá para arriba de aquí en adelante, cuando en realidad todo en esta vida puede mantenerse igual, o lo que es lo mismo a veces, todo puede ir a peor, porque a la insufrible monotonía que toda vida trae consigo, se une el factor tiempo.
HAN pasado diez días desde que la conoció, desde la última vez que la vio, desde aquella asombrosa y recogida —oído a oído, boca a boca— conversación sobre Pedro Salinas, José Hierro, Italo Calvino y Nietzsche en aquel tugurio de mala muerte, desde aquellos besos pedidos por ella —“¿puedo darte un beso? Me parecería una tontería, teniendo ganas, no hacerlo”— que han quedado en el limbo de los amores incompletos; han pasado diez días desde el gol de Iniesta, desde su primer y último mensaje, y, a pesar de sus tímidos intentos, no ha habido más noticias. El recuerdo se aleja, su bello rostro se difumina, su voz, que al día siguiente tan clara le sonaba, retumba ahora en su cabeza, tan irreal como la de un aparecido, y no le entristece tanto el que no haya querido saber más de él como el hecho de que a él mismo no le importe gran cosa. La resignación, fatalmente, se va imponiendo, lenta, inexorable, como se va disolviendo en el aire una voluta de humo, como van muriendo una rosa cortada y un lebrato a quien su madre abandonó.
MIRA uno el móvil cien veces al día, con la esperanza jamás doblegada y nunca reconocida de encontrar ese mensaje de ella, de la persona que unos días atrás conocimos y en la que, insensatos de nosotros, hemos puesto alguna esperanza; ese mensaje que nos regale un minuto de dicha indecible, hija de la sorpresa, de la vanidad y de los sueños, pues nada hay tan ensoñador como un mensaje de móvil de tres líneas en que cabe todo lo que uno espera de esta vida. Sabemos de lo pasajero de esa alegría, sabemos que tal como viene, se va, para dejarnos huérfanos, peor, mucho peor que como estábamos; sabemos que ese mensaje es inútil y engañador como una droga, sabemos todo eso, y sin embargo daríamos toda nuestra tranquilidad, toda nuestra dulce resignación, por recibirlo.

QUEDÉ con Fulanita. Se presentó en Callao ataviada con un hortera vestido de mercadillo que le dejaba al aire las largas y blanquísimas piernas, que no es que fueran feas, todo lo contrario, pero que enmarcadas con ese vestido como del siglo XVIII perdían cualquier atisbo de erotismo. O, al menos, había que concentrarse mucho para encontrarlo, así es que por unos momentos intenté creerme un personaje de Lord Byron, en una de esas transmutaciones literarias que a uno tanto le gustan. Cuando nos saludamos se la veía nerviosa, pero ese nerviosismo dejaba traslucir una tristeza perenne que sinceramente no se entiende en una cara tan limpia y bonita. Parece buena chica, pero de buenas a primeras empezó a participarme de sus cuitas amorosas, de su tremenda mala suerte con el género masculino. “Es que tengo muy mala suerte, siempre se van con otras”, no paraba de repetir. “Porque salta a la vista —continuaba— que yo no soy ningún pibón”. “Bueno, mujer, no pasa nada, ya aparecerá tu príncipe azul”, le decía yo, porque en realidad no sabía qué decir que la animara. Ni siquiera sabía si realmente quería que se animase. Si le decía que era muy guapa y que no tenía por qué preocuparse, cosa que realmente pensaba, iba a parecer que el desesperado era yo y probablemente habría perdido toda opción de lo que fuese, que está bien claro lo que era. Evidentemente no iba a decirle lo que quizá sea cierto, esto es, que con tal actitud la suerte la va a ir esquivando, así que opté, además de por el “ya llegará”, por decir que todo en esta vida va en rachas. A lo que me soltó: “pero es que esta racha dura ya demasiado”. Me limité a encogerme de hombros. Caminábamos por la Gran Vía y, deseoso de cambiar de tema, dije algo que ya sabía, que habían cerrado una sala de cine para abrir una tienda de ropa femenina, conservando partes del antiguo local, como los números de las salas y algunos carteles de películas clásicas. Estábamos, con esa mirada que no mira nada, con los ojos fijos en el escaparate, con sus escuálidos maniquíes, cuando dijo: “claro, a estos muñecos todo les queda bien, les recogen la ropa con alfileres por detrás, así cualquiera. Yo con este cuerpo escombro es imposible”. Y repitió: “porque salta a la vista que yo no soy ningún pibón”. Yo no sé si era falsa modestia o que lo sentía realmente, en ese momento parecía más bien lo segundo. Lo único que sé es que empezaba a cargarme y que cada vez me iba apeteciendo más y más llevármela a la cama pero no hablar con ella, halagüeña perspectiva que sabía perfectamente que no iba a darse, pues si quería llevármela a la cama debía hablar antes con ella, y si no quería hablar con ella lo que tenía que hacer era irme, lo cual excluía el poder llevármela a la cama. Sentí cierta vergüenza al darme cuenta de que la gente se la quedaba mirando no por su belleza, que con otra vestimenta bien podría ser, sino por su vestido. Ella no parecía percatarse. Anduvimos por el Madrid antiguo, Cava Baja y aledaños. Anochecía, y decidimos tomarnos algo en una terraza de la plaza del Humilladero. Bonita estampa la nuestra, en una plaza de sabor clásico, con el olor a ajo flotando entre las piedras antiguas, el revoleo de la conversación de café, un par de cipreses recortándose allá en el cielo atardecido, las palabras que, ya sólo por estar allí, sonaban como a Siglo de Oro. Sólo por eso ha merecido la pena la cita. Cuando noté que estábamos más cómodos y había algo más de intimidad en la conversación, procuré conducirla por donde me interesaba, que no era otro camino que el que llevara a su casa y a su cama. Vi tal fulgor y a la vez tanto miedo en sus ojos que me dije que aquello podía ser divertido. Frente a mi propia inseguridad, que intentaba disimular, se levantaba una inseguridad aún más grande. Un apasionante duelo de inseguridades que podía acabar de cualquier manera, bien como el rosario de la aurora, bien en un triunfo indisimulable por ambas partes. Hice por olvidarme de su vestido y de sus lamentos de Job y le propuse sin ambages que subiésemos a su casa, sabiendo como sabía que vivía en la calle de la Magdalena, muy cerca de donde estábamos. Ahí acabo todo. La inseguridad impostada desapareció, le subió la indignación y el orgullo a la cara, se levantó de la silla y se fue diciendo “sois todos iguales”, dejándome solo, petrificado, en la mesa de la terraza, con decenas de rostros vueltos hacia mí.

REFLEXIÓN obvia, manida, pero que no se puede dejar de repetir, porque uno sospecha que se trata de una de esas aseveraciones más cercanas a lo que vulgarmente suele llamarse verdad: cada vez estoy más convencido de que lo que nos mantiene en equilibrio sobre la cuerda de la vida, lo que llena el vacío de nuestros días, son esos instantes de felicidad completa que de vez cuando nos vienen, o nos encontramos al escuchar una canción, al pasear por un parque rodeado de árboles, al leer un párrafo, al recordar un libro, al adelantar una actividad de nuestra rutina a la que nunca habíamos dado demasiada importancia; esos instantes de felicidad completa que no sabemos de dónde vienen —quizá estén ahí siempre, sólo que de vez en cuando salen como el conejo de su madriguera para que no nos olvidemos de que existen— pero que nos encienden la mecha necesaria para no capitular, para no colapsarnos sobre nosotros mismos. Se diría que, en nuestro interior, como en las estrellas, actúan dos fuerzas: una, la gravitatoria, que podríamos relacionar con la tristeza y otras dolencias del espíritu, y que hace que nos colapsemos sobre nosotros mismos como un agujero negro; y otra, que en las estrellas es el calor, y que en nosotros podrían ser esos momentos de felicidad de que hablo y que podrían tratarse de la tranquilidad de conciencia, que, expandiéndonos desde dentro, evitan ese colapsamiento, manteniéndonos en un equilibrio.

jueves, 7 de octubre de 2010

DIARIO DE UN NAÚFRAGO


"El hombre de cabeza clara es el que se liberta de esas "ideas" fantasmagóricas y mira de frente a la vida, y se hace cargo de que todo en ella es problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad —a saber, que vivir es sentirse perdido—, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el naúfrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz, porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Éstas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de los naúfragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido, se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad."

(José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas)