jueves, 14 de enero de 2010

O SEA, QUE FUE ASÍ SIEMPRE...


"En la vida sucede lo mismo que en la literatura: en todas partes se encuentra a la plebe incorregible, que llena todo por legiones, ensuciándolo todo como las moscas en verano. De aquí el sinnúmero de libros malos, esta mala hierba de la literatura que quita la savia al trigo, ahogándolo. Absorben el tiempo, el dinero y la atención del público, que pertenece por entero a los libros buenos y sus nobles fines, mientras que los otros están escritos con la única intención de producir dinero y procurar empleos. No son sólamente inútiles, sino positivamente perniciosos. Nueve décimas partes de toda nuestra literatura contemporánea no tiene otro fin que sacar de los bolsillos del público algunos táleros; para esto se han conjurado autores, editores y críticos.

Es un golpe impertinente de literatos, escritores y polígrafos contra el buen gusto y la verdadera ilustración de los contemporáneos el que hacen engañando al mundo elegante, haciéndole leer a tempo siempre lo mismo, lo último, para tener un asunto de conversación en sus círculos; para esto sirven las malas novelas y producciones parecidas de plumas una vez renombradas, como antes las de Spindler, Bulwer, Eugenio Sué, etc. Este afán de leer lo modernísimo de cabezas vulgares, que sólo escriben por el dinero, haciendo que no lean los amplios y grandes espíritus de todos tiempos y países, que sólo conocen de nombre, es un medio astuto de robar al público estético el tiempo que necesitaría en bien de su cultura.

Por esto es muy importante conocer el arte de no leer. Consiste en no leer lo que preocupa momentáneamente al gran público, como libelos políticos y eclesiásticos, novelas, poesías, etc., algunos de los cuales alcanzan varias ediciones; hay que estar seguro que siempre encuentra un gran público quien escribe para necios, consagrando exclusivamente el tiempo a las obras de los grandes espíritus de todos los tiempos y pueblos que se elevan por encima de la humanidad y que la fama indica. Únicamente éstos instruyen y educan.

Nunca se puede leer a menudo lo bueno: los libros malos son veneno intelectual, corrompen el espíritu.

Para leer lo bueno es necesario no leer lo malo, porque la vida es corta y el tiempo y las fuerzas, limitadas.

Se escriben libros sobre los grandes espíritus del pasado, y el público los lee, pero no a aquellos, porque quiere siempre ver impresos y frescos y como similis simili gaudet, y con el vulgo está más en armonía la charla de los cretinos contemporáneos que los pensamientos de los grandes espíritus. Doy las gracias al destino que me hizo leer un hermoso epigrama de A. W. Schlegel, que ha llegado a ser mío:

Leed con calor a los verdaderos antiguos: lo que de ellos dicen los modernos no significa mucho.

¡Cómo se parecen los hombres vulgares! ¡Todos parecen hechos con el mismo molde! ¡Les ocurre siempre los mismo en las mismas ocasiones!

Y sus bajas intenciones personales, y la charla despreciable de tales sujetos lee un público estúpido con tal que estén impresas hoy mismo, dejando en los estantes a los grandes espíritus.

Increíble es la necedad del público por las últimas producciones, que debieran ser despreciadas desde el primer día de su publicación, como lo serán dentro de pocos años y para siempre, una mera materia para reír sobre los caprichos de los tiempos pasados. En lugar de leer lo mejor de todos los tiempos, se lee lo más moderno, y los escritores quedan metidos en el pantano, siempre más denso, de su propio estiércol recucidos en el círculo estrecho de las ideas de moda.

(...)

No hay mayor goce espiritual que la lectura de los antiguos clásicos: su lectura, aunque de una media hora, nos purifica, recrea, refresca, eleva y fortalece, como si se hubiese bebido en una fresca fuente que mana entre rocas".

Arthur Schopenhauer (Sobre la lectura y los libros)

domingo, 3 de enero de 2010

CUMPLEAÑOS

Hoy es el día de mi aniversario, de mi vigesimoséptimo cumpleaños. El caso es que llevo todo el día con la quemazón de querer escribir algo sobre ello, de no tener nada que decir y, no obstante, de seguir deseando plasmar en negro sobre blanco en este blog una entrada en este 3 de enero gris, lluvioso y lento, resignado y amargo como un domingo plomizo, que es lo que es hoy, o como el rostro del que lleva el estigma de perdedor.
Llevamos, llevo, dos semanas sin ver el sol. Dos semanas menos un día. Lo sé de forma tan exacta porque lo tengo consignado en mi diario. El 20 de diciembre, domingo, fue el último día con sol. Creo que nunca en mi vida había estado tanto tiempo sin ver brillar a nuestra estrella. Nunca en mi vida había pasado dos semanas bajo un manto de nubes. Y las previsiones anuncian más días de sombra. Miro por la ventana, y el horizonte se espesa en niebla y en gris, el cristal se trufa de líneas oblicuas e intranquilizadoras, la luz pugna por brillar, y, aunque intento ponerme melancólico, creo que no lo consigo.
Lo consigo por momentos, dentro de esa pugna que en muchos días de mi vida se desata dentro de mí, esa pugna que consiste en dejarse llevar por lo pasado, por los recuerdos, con la esperanza de que ese pasado y esos recuerdos se repitan en un futuro no demasiado lejano, sin caer en la cuenta de que posiblemente pudieran repetirse en este presente del que me empeño en escapar. Mas sospecho que hay algo dentro de mí, dentro de todos, algo como un mecanismo de autodefensa frente a ese terrible fallo del cerebro que es la nostalgia, que se resiste a que mis pensamientos cabalguen por esos derroteros tan dudosos, tan llenos de trampas a pesar de su apariencia amable, tranquila y, por momentos, con visos de paraíso. Derroteros a los que regreso de vez en vez, de hora en hora, quizá deliberadamente, quizá por una tendencia a la autoflagelación.
Repito que, a pesar de mis esfuerzos, no lo consigo del todo. Será que aún soy joven, muy joven, 27, veintisiete años hago hoy, lo escribo con letras y con números para que no haya dudas. Los números tienen un gran poder visual, más que las palabras, pero yo amo a las palabras mucho más que a los números. Alguien por ahí me ha felicitado mi 28º cumpleaños. Yo me he enfadado, naturalmente. La década de la veintena avanza, fatal, incansable, pero no lenta, o al menos no tan lenta como me gustaría. Soy joven, sigo siendo muy joven, pero dentro de mí me siento mucho más joven de lo que en realidad soy. No creo tener más de veintitrés o veinticuatro años.
Una niñería, dirán algunos. Yo creo que no. A veces somos tan injustos con los niños que terminamos por atribuirles faltas que nunca serían capaces de cometer. A un niño jamás se le ocurriría quitarse edad o sentirse con menos años de los que en realidad tiene. Sólo los adultos, sobre todo a partir de cierta edad, una edad que no se sabe y que varía según los individuos, pueden cometer la "niñería", la estupidez, la inmadurez psicológica de asustarse ante el paso del tiempo, ante el paso del propio tiempo, del tiempo de cada uno de nosotros, que en realidad es el único que importa.
Será que físicamente me echan menos años de los que tengo. Y tienen razón. Me miro al espejo y, a pesar de esta barba de tres días que me empeño en mantener y que creo que me da un punto de sofisticación (suponiendo que esta palabra signifique algo concreto en lo que a estética se refiere), creo que tengo el mismo aspecto, el mismo peso, la misma cantidad de pelo, los mismos músculos, la misma falta de arrugas, que hace cuatro, cinco, seis, siete años. Lo único que ha cambiado —¡ay!— es la mirada.
Vuelvo a mirarme al espejo, a este espejo constante, eterno, que es la memoria de nosotros mismos, y noto a mi mirada más reconcentrada, más reflexiva, quizá más inteligente, o tal vez más resignada, menos segura de sí. El brillo avasallador de antaño se va opacando y se va trocando en breves destellos, en momentáneos latigazos de ilusión. Pero es una ilusión tamizada por la experiencia, por los años y, sobre todo, por el futuro. No es tanto melancolía por lo pasado como por lo por venir. Melancolía por un futuro, tanto próximo como lejano, con horizontes borrosos, como el que sigo mirando de vez en vez desde mi escritorio en esta tarde que, inevitablemente ya, se va oscureciendo como la vida de un octogenario.
Decía que creo tener menos años de los que tengo. Y que no es niñería. Creo, más bien, que es consecuencia del devenir de mis días, del curso mi biografía, unas veces pareja con mis deseos, otras, no sé si las más o las menos, alejada de lo que me hubiera gustado, de lo que había imaginado. En el hombre no hay más que realidad e imaginación, y ambas, aunque no siempre, suelen correr por senderos separados. Podría decirse, para simplificar, que mi empeño en reducirme la edad no es otra cosa que la búsqueda, la mansa y desesperada búsqueda del tiempo perdido.
Desde mi escritorio oigo el lento transcurrir de la ciudad, el ruido de fondo que son sus coches rodando sobre una fina película de agua. Ese es el ruido de la ciudad, el único ruido de la ciudad: el de los coches, el del tráfico motorizado. Las voces humanas llegan quebradas y como a regañadientes. De vez en cuanto despunta el escándalo de una sirena de ambulancia. Pero pronto pasa, y vuelve la radiación de fondo de los motores lejanos.
El tiempo, mi tiempo, como esos motores, nunca deja de transcurrir. A veces nos gustaría que no transcurriera, y nos esforzamos con todas nuestras fuerzas porque no sea así. Escuchamos una canción, olemos un perfume, leemos un párrafo, y por instantes parece que lo conseguimos, pero no. Todo sigue. Seguimos. Vienen las desilusiones, los malos momentos que, como las sirenas de las ambulancias, rasgan nuestra quietud. Pero "las tempestades pasan, y lo normal, en la vida histórica como en la naturaleza, es la calma", en frase de Galdós que no olvido nunca.
Y entonces yo cumplo veintisiete años. Es tan diferente la imagen de mis veintisiete años imaginados con los reales que me dan ganas de llorar, no sé si de tristeza o de alegría. Quizá sólo con hacerme esta pregunta esté dicha la respuesta. El lector podrá juzgarlo a partir de mis palabras. Pero advierto que quizá se equivoque en su diagnóstico.
Son varias las personas que me han felicitado, ni muchas ni pocas, o quizá más bien pocas. Casi todos lo han hecho a través del móvil y, más concretamente, del SMS. Puedo hacer todas las cábalas que quiera respecto a esto de las felicitaciones, que si son enojosas, que si cansan, que si mejor sería apagar el teléfono. Es un tema que los escritores han tratado profusamente a lo largo de la historia. El caso es que no he recibido ni una felicitación no deseada aunque sí, para qué vamos a negarlo, he dejado de recibir algunas que me hubieran agradado. En el fondo el gusto en esto de las felicitaciones depende de la gente que nos felicite y, más aún, de los que dejan de hacerlo, porque es de éstos últimos de los que más nos acordamos, en lo que no deja de ser una injusticia manifiesta.
Hay más vanidad que tristeza en ello. Vanidad por la duda de nuestra presencia. No de nuestra presencia física, naturalmente, sino de nuestra presencia en otras personas, que es lo mismo que decir nuestra presencia en el mundo. Lo que ocurre es muchas veces, cada vez más, uno prefiere perder presencia, disgregarse en el aire, volverse transparente. Y la consecución de ese deseo, contra lo que se piensa, depende única y exclusivamente de uno mismo.
Y yo, digo, cumplo veintisiete años, piso la dudosa luz del día como dijo el poeta, rodeado de un mar de dudas y pocas certezas que, para colmo, son certezas mudables. Todas los son, por otra parte. Pero quizá no esté todo perdido. Dentro de un rato me ducharé, me arreglaré y saldré con un amigo, con un viejo amigo, a ver el partido del Real Madrid contra el Osasuna y, después, a cenar y dar una vuelta por el centro de Madrid. A lo mejor, en el fondo, no está tan mal cumplir años de vez en cuando. Pero sólo de vez en cuando.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

AMOR DE INSTANTE


Por qué te olvidas, y por qué te alejas
del instante que hiere con su lanza.
Por qué te ciñes de despesperanza
si eres muy joven, y las cosas viejas.

JOSÉ HIERRO

"Cometen un error enorme los que desprecian esos breves amores de una mirada, amores de instante, creyendo que el único amor, el que ellos creen verdadero, sólo se encuentra en el lento transcurrir de los años, en las relaciones largas, en el matrimonio, en pasar una vida entera al lado de otra persona. No niego que ésto sea también amor, en absoluto. Pero no es el único, ni seguramente sea el más puro. ¿Amor verdadero? ¿Quién dice eso? ¿Quién tiene la potestad de decir que un tipo de amor es el verdadero y el otro es el falso? El breve, arrebatado amor que nace y muere bajo las trémulas y solitarias luces de una biblioteca, en un café de domingo, en un vagón de Metro, en una calleja dormida, en la barra dorada de un bar decadente, lleva en sí la esencia de lo que es el amor. No se puede menospreciar a estos amores, digo, que no son lo mismo que el amor a primera vista. El amor a primera vista tiene, según la concepción que se le ha dado, visos de futuro. Es el comienzo de algo. El amor de instante, del que nos ocupamos, nace, vive y muere en un cortísimo espacio de tiempo. Empieza y termina en sí mismo. Es un único haz de luz. Es completamente inútil. Pero, ¿es que las cosas más bellas no son precisamente las inútiles? El amor de instante puede que sea el primero que se dio en el Hombre a lo largo de su evolución, y es una deliciosa herencia que la Naturaleza, a la que es difícil rebatir, nos ha legado. Estos amores de instante no son susceptibles de ser continuados en el tiempo. El que lo intenta, se equivoca, y además comete un delito estético. ¿Para qué intentar conocer a esa chica que nos mira incesantemente durante un trayecto de tren? ¿No será mejor que su mirada quede ahí, insertada en nuestro cerebro para siempre, como un engrama? No debemos sacar a esa muchacha del pedestal casi mitológico en que la hemos colocado después de que sus ojos atlánticos nos atravesaran el corazón. ¿Y si después nos decepciona? ¿Quién quiere que se le caiga un mito? Lo mismo sucede al contrario. No queremos ser un ángel caído para ella. O, mejor aún, ¿quién quiere ver confirmadas e incluso superadas las expectativas que nos hemos hecho de ella? ¿Dónde quedaría el misterio? Es natural tener la tentación, la curiosidad, el pensamiento, de acercarse a la muchacha y penetrar en su alma. Pero en su alma hemos penetrado ya, tanto como ella en la nuestra, no es necesario más. Dejemos que se marche, sonriémosla por primera y última vez y bajémonos del vagón. Esos ojos nos han alegrado el día, nos han alegrado la existencia. ¿Para qué más?"

jueves, 24 de diciembre de 2009

LOS OJOS MÁS BELLOS


Fragmento del libro de César González-Ruano (1903-1965) Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias.

"Me hubiera quedado en Venecia mucho tiempo. Quizá no la hubiera cambiado por mi pequeño paraíso de Positano, ni aun por Roma, para vivir toda la vida, porque comprendía que su gracia, su misterio, su encanto debía de alejarse siempre sin agotar, y podía ocurrir con Venecia como ocurre con algunas mujeres maravillosas, que llenan de ilusión al pasajero y de arrepentimiento al que se queda en ellas, y desacredita para sí misma sus encantos, sus misterios, su gracia, en el horror, casi siempre sin salida gallarda, de la convivencia agotado, homicida de los grandes amores.

La vida, entre otras cosas que no por naturales son menos inconsolables y dramáticas, me iba envejeciendo. Al adolescente de la calle Ancha de San Bernardo se le devoró la juventud, la tosca hombría rasurada, y notaba con más melancolía que horror que al joven de los bellos años de luchas y esperanzas lo devoraba ya la madurez cansada, que, a su vez, perecería en manos de la vejez, si Dios no cortaba antes la vida que en su tiempo fue abril. Pues bien, esa vida me ha enseñado que no hay que insistir sobre la belleza de las tierras, de las criaturas ni de las cosas. Que debería uno tener el valor estético se ser siempre y en todo viajero, sólo viajero, porque, al fin, el mejor recuerdo es el de aquello que no se tuvo nunca, y los ojos más bellos fueron los ojos que en una madrugada lívida vimos desde nuestro vagón de ferrocarril, en la ventanilla de otro tren que se cruzaba irremisiblemente con el nuestro.

¡Divinos ojos a los que hubiéramos ofrecido toda una vida porque sólo nos miraran unos segundos! ¡Divinas ciudades en las que, como los marineros en la isla de Circe, hubiéramos olvidado la patria y el hogar, porque no nos pidieron nada, y sin darnos tampoco nada, nos ofrecían todo al pasar!"

jueves, 10 de diciembre de 2009

Diario de sueños (III)


De momento voy cumpliendo. Es el tercer día consecutivo en que me siento delante del ordenador para escribir lo que he soñado. Veremos a ver lo que dura, pero de momento me encuentro con ganas de continuar este diario de sueños que, si bien no es una idea demasiado original, es una manera no sólo de obligarme a escribir, sino también de hacer algo que seguramente no haría de no mediar este blog. De vez en cuando apunto algún sueño en mi diario personal, pero sólo si el sueño ha sido muy agradable. De las pesadillas, no demasiado frecuentes, y los sueños mediocres o que aparentemente no tienen mucho contenido, no doy cuenta, lo cual no deja de ser un error.

Me he dado cuenta de que los sueños que recuerdo suelen darse en el lapso de tiempo que transcurre entre la primera alarma y cuando me levanto, que suele ser de una hora. De los que he tenido anteriormente, si es que he tenido alguno, que yo creo que sí, no recuerdo absolutamente nada. Quizá si después de esa primera alarma no volviera a dormir podría acordarme, pero se ve que los sueños que vienen después, los que sí han quedado en mi memoria, borran los que haya podido tener antes.

El de hoy ha sido extraño, difuso y aparentemente sin demasiada coherencia. Se compone de distintas imágenes, como fotografías, sin demasiada conexión entre sí, por lo que será difícil plasmarlo por escrito. Antes de ir con ello creo que es necesario poner al lector un poco en situación. Esto de contar los sueños, además de ser interesante para mí por el mero placer que me produce hacerlo, es una excelente excusa para dar cuenta, más o menos indirectamente, de algunos episodios personales de mi vida, que al fin y al cabo es para lo que inauguré este blog hace ya casi un año. De la evidente relación entre sueños y realidad no voy a hablar, es por todos conocida y nada novedoso ni mínimamente ingenioso podría yo añadir. Me limito a narrarlos con la mayor fidelidad que me sea posible y diariamente, cometido más arduo de lo que pueda parecer a simple vista.

El sueño de hoy tiene que ver con mi ex pareja, con la que pasé casi siete años, a quien envío mi más profundo agradecimiento y de la que no puedo tener nada más que buenas palabras. Sin riesgo a equivocarme, creo que es, y así se lo dije el día que nos despedimos hace ya casi dos años, la mejor persona que he conocido en mi vida. Ni una falta le pondría: era inteligente, sincera, trabajadora, estudiosa, simpática, bondadosa con quien lo merecía y con los suyos y hostil y de armas tomar con quien le hacía daño a ella o a los de su entorno cercano. Era cariñosa en extremo, atenta y nada posesiva. Nunca me vi constreñido en mi vida privada, nunca coartó mi libertad más de lo estrictamente necesario—ni yo la suya, que nunca pensé que por ser novios fuéramos una unidad estanca e indivisible—, que no es lo que suele ocurrir con la mayoría de parejas, que confunden el amor con la posesión malsana. Y por si todas estas virtudes que la adornaban fueran pocas, además era guapa y estaba buena. Aquello acabó, por estas cosas de la vida que a veces pasan, y con frecuencia, recordándola, me digo que seguramente jamás encuentre a una mujer que atesore ni la mitad de lo que atesoraba ella. Tampoco lo espero, porque soy consciente de que puso el listón altísimo, inalcanzable, y esperar encontrar a otra como ella no sólo es ridículo, porque cada uno es como es y Alicia —aunque no sea éste su nombre verdadero— sólo hubo, hay, una, sino que además es cargar de inmerecida presión a toda mujer que pueda conocer en un futuro.

Solía yo ir con relativa frecuencia a su casa, donde, como es natural, estaban sus padres y sus dos hermanos, un varón y una hembra, gente trabajadora y franca, de la que tampoco tengo queja de ningún tipo. Confieso que aquellas visitas eran aburridas y a veces embarazosas, y en ésto la costumbre no llegó a actuar de suavizante. Tan embarazosas fueron las primeras visitas como las últimas, sin que pueda explicar muy bien por qué. Ellos, creo, me apreciaban, y yo los apreciaba a ellos, pero en cuanto entraba por la puerta estaba deseando salir a la calle con Alicia a dar una vuelta.

La hermana, a quien llamaremos Marga, persona culta y muy leída, tres o cuatro años mayor que yo, tenía, y no la escondía, una ideología de derechas, y yo por aquel entonces estaba aborregado por este izquierdismo de tan mal gusto que hoy impera. Muchas veces discutíamos de política, sin llegar jamás la sangre al río. Hoy en día suscribiría pocas de las opiniones que vertí entonces, entre otras cosas porque ni yo mismo las sentía como mías.

Hecha esta somera introducción, vayamos con el sueño:

Estoy delante de un ordenador, leyendo un correo que me ha enviado Alicia. Soy consciente de que es mi ex, ya no estamos juntos, y desde que lo dejamos, dos años atrás, no la he vuelto a ver. Creo que estoy en mi casa, pero cuando alzo la vista me doy cuenta de que estoy en la suya, que no es como en la realidad. Veo la sombra y escucho la voz de un señor mayor, que puede ser su padre. Intento esconderme. Sin embargo, cuando vuelvo a mirar el ordenador, vuelvo a estar en mi casa, que tampoco es la real. El correo tiene un tono de reproche, que me hace entristecer, y sólo recuerdo una frase: "no traigas la bandera de Cataluña, que es inconstitucional". Recuerdo perfectamente la palabra inconstitucional. Me pongo a pensar: la bandera de Cataluña no es inconstitucional, la que es inconstitucional es la independentista, la que tiene la estrella blanca a la izquierda, dentro de un triángulo azul. Pero la bandera de Cataluña, la que sólo tiene franjas amarillas y rojas, no es inconstitucional. Pienso en que seguramente Marga le haya sugerido que me lo dijera. Me siento muy indignado, y respondo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Diario de sueños (II)


Ha sido una noche prolífica en sueños. Supongo que todas lo son, pero de los de hoy, o de la mayoría de los de hoy, me acuerdo bastante bien. No tan bien a estas horas en que escribo (pasadas las seis de la tarde) a como me acordaba nada más despertarme, pero creo que con un poco de esfuerzo podré recrearlos con bastante precisión. No obstante, esto me lleva a la conclusión de que es conveniente tomar pluma y papel en cuanto abra el ojo y me despoje de las inevitables telarañas postsueño y apuntar frenética y quizá desordenadamente lo que la cabeza me vaya dictando relativo a lo que acabe de soñar. Es la única manera de plasmar fielmente su contenido, pues con el paso del tiempo, aunque sean pocas horas, cuando me siento delante del ordenador para escribir me encuentro con lagunas y tiendo a fabular los sueños, y, por tanto, a falsearlos. Haré todos los esfuerzos posibles para que queden en negro sobre blanco lo más parecido posible a como los parió mi cabeza en su frenesí nocturno.

En total hay cuatro sueños, pero hay dos que no voy a contar; uno es el primero, por orden cronológico, porque atañe a ciertos asuntos de mi vida de los que me está vedado escribir en este blog, que se ha publicitado, quizá, entre demasiada gente cercana. Y del otro, cuarto en la lista de hoy, no voy a dar cuenta porque es de temática sexual.

De los sueños sexuales, que en mi repertorio onírico son frecuentes, variados y no siempre —en contra de lo que cabría suponer— agradables, no voy a escribir por dos cuestiones. La primera, porque no creo conveniente ni estético airear las posibles zafiedades que mi cerebro fabrica por la noche, y la segunda porque pienso que a nadie interesan. Quede dicho que tengo sueños húmedos con relativa frecuencia y ya está, con eso vale.

Me encuentro en mi habitación, pero es la de hace diez o quince años. Yo tengo mi edad actual. La habitación está asombrosamente bien recreada como era antaño, hasta en sus menores detalles. Abro uno de los armarios donde guardaba la ropa, y, tras rebuscar un poco entre las prendas, encuentro la camiseta de Larry Bird de los Boston Celtics, de color verde, la clásica, con el nombre y el número bordados, que en la vida real no tengo, y la de Dwayne Wade, que es roja, y que me regalaron el año pasado. Al principio me sorprendo de encontrar la camiseta de Larry Bird y siento una gran alegría, porque pensaba que no la tenía, pero luego recapacito y recuerdo que me la regalaron hace mucho y que por tanto lleva guardaba desde entonces. A continuación juego con mi hermano al baloncesto en mi habitación, exactamente igual a como lo hacíamos cuando teníamos ocho o diez años. Esto es, cortábamos el cordaje de una raqueta de plástico, de manera que quedaba un aro en forma de huevo, deslizábamos el mango de la raqueta por debajo de la ropa guardada en el armario de arriba, y, como había mucha ropa y pesaba mucho, la canasta quedaba perfectamente sólida para jugar a nuestro antojo, incluyendo la posibilidad de mates violentos y monstruosos.

Sin solución de continuidad:

Atardece. El cielo es de un tono sonrosado a ras de tierra y de un azul que se va oscureciendo gradualmente según miro hacia arriba. Estoy al aire libre, sentado en un sofá que da a una piscina, una piscina grande, de un agua azul y lisa como un espejo, rodeada de vastas extensiones de césped. Es una piscina que no conozco, una piscina creada por mi cerebro quizá a partir de algunas piscinas en las que he estado en la realidad. En el bordillo, de pie junto a la lámina de agua, hay una mujer que, al parecer, es mi madre. Pero no es mi madre verdadera, es mucho más joven, de unos cuarenta años, y está de buen ver. Pensándolo ahora, se parece a una señora que se sentó frente a mí en el autobús días atrás. Mi supuesta madre, que viste un ligero vestido de gasa color rosa, se acerca a mí y me pide que le preste el ordenador portátil, que quiere hacer no sé qué cosa. Yo, claro es, accedo, y ella se tumba cómodamente con el portátil sobre los muslos, sonriendo, en otro sofá que hay a mi espalda, contiguo al sofá en el que yo sigo sentado. De repente recuerdo que tengo que escribir, no sé el qué, seguramente mi diario como hago cada noche, y me doy cuenta de que no puedo hacerlo. Me arrepiento de haberle prestado el ordenador a mi madre, y me siento muy desdichado.

martes, 8 de diciembre de 2009

Diario de sueños


Mentiría si dijera que se me ha ocurrido contar en el blog los sueños (los que puedan contarse, claro) que vaya teniendo y de los que me acuerde. Y mentiría porque es una idea copiada de otro blog, no recuerdo cuál, que me pareció buena y que me rondaba en la cabeza desde hacía unos meses. Me parece interesante esto de contar los sueños, y es interesante sobre todo para uno mismo, pues entiendo que para el resto de los mortales lo que alguien sueñe o deje de soñar no tenga el más mínimo interés. Si acaso, puede tenerlo en tanto que los sueños suelen reflejar las inquietudes más o menos importantes del soñador en cuestión. Siempre he otorgado gran importancia a los sueños, y siempre me han gustado los sueños bellos, siempre me han levantado mucho el ánimo. Alguna vez me he llegado a enamorar de alguien por un simple sueño. Recuerdo muchos a lo largo de mi vida que me impactaron tanto o más que cualquier hecho real. Ignoro si es posible o no elegir lo que soñamos antes de acostarnos. César González-Ruano, en sus Memorias, dice que sí, que antes de quedarse dormido pensaba en lo que quería soñar y luego, en efecto, soñaba con eso que había pensado. Yo eso no me lo creo mucho. Al menos, a mí, no me sucede. Además que pienso que es mejor que los sueños nos vengan de sopetón, sin esperarlo, como un delicioso regalo que nuestro cerebro, quizá fatigado de la prosaica realidad, nos hace para compensar los sufrimientos y aburrimientos del día a día, y para hacernos encarar con mejor talante la jornada que empieza.

Me gustaría empezar por un sueño que he tenido esta misma noche, que he vivido intensamente y del que recuerdo muchos detalles. No siempre ocurre así, como todo el mundo sabe. El sueño es el siguiente:

Estoy en un pueblo de la Alcarria. No es ningún pueblo en concreto, no existe, ni siquiera sé el nombre porque no lo tiene, pero sé que está en la Alcarria, cerca de Guadalajara capital. Probablemente sea Iriépal —donde, todo sea dicho, nunca he estado—, pero no es seguro.

Atardece. Es un pueblo desierto, algo lóbrego, no muy grande, pero tampoco una aldea, de calles relativamente amplias y casa bajas, revocadas de blanco. Estoy con mi hermano y mi mejor amigo. Les he conseguido convencer de que hagamos el mismo itinerario, de cabo a rabo, que siguió Camilo José Cela en su Viaje a la Alcarria, por cierto uno de mis libros favoritos. La idea es hacerlo a pie, como lo hizo el escritor. "Es la única manera de enterarse de algo", dijo Cela, y yo recuerdo esa frase una y otra vez. "Está bien hacerlo en bici", me digo, "pero Camilo tiene razón. A pie se ven más cosas, te enteras mejor de todo".

Sé que va a ser duro, van a ser muchos días, pero ardo en deseos de emprender la marcha. Mi hermano y mi amigo, en cambio, no parecen tan estusiasmados y están todo el rato de broma. Yo intento darles cuenta del itinerario que vamos a seguir. Les muestro el libro Viaje a la Alcarria, de la edición Austral de pastas azules, el mismo que tengo en la realidad, pero no me hacen ni caso. Me siento triste, porque mi ilusión no es compartida por mis acompañantes. Sigue atardeciendo, es un atardecer eterno, nunca anochece. De repente nos vemos en unos cerros descarnados, siempre atardeciendo, subiendo trabajosamente una cuesta por una pista de tierra, pero a los pocos segundos estamos de nuevo en el pueblo, como si no nos hubiéramos ido. A lo mejor la visión de los cerros terrosos es una ensoñación mía dentro del propio sueño.

En una calle nos encontramos con un hombre, un campesino, al que no se le ve la cara. Todo él es una sombra, de la que sólo vislumbro su camisa a cuadros, y sobre el fondo del cielo atardecido, de un azul metálico, se recorta su sombrero de paja. Le contamos nuestro propósito. Parece muy amable, y, ante la inminente noche que en teoría va a llegar pero nunca llega, nos ofrece su casa. Mientras caminamos hacia allí voy pensando en que tengo que ir tomando notas del viaje para luego escribir el libro. Pienso en la técnica, en di debo escribirlo en primera o tercera persona, en presente o en pasado, en si debo meter a mis dos compañeros. Llego a la conclusión de que no, de que lo narraré como si hubiera ido yo solo. "Pero no lo hagas como Camilo José", me digo. "Tienes que tener un estilo propio, hacerlo a tu manera". Miro mi libro de pastas azules, que tengo en la mano, y me dan ganas de besarlo. Hubiera dado cualquier cosa por escribirlo yo. Pero ya está escrito.

Entramos en la casa, que es grande y limpia, bien amueblada, iluminada por una luz naranja y trémula. El campesino nos muestra nuestra habitación y cierra la puerta. El suelo es de baldosas de arcilla, y los muebles, de madera, algo toscos, pero bien cuidados. Intento dormir, pero me invade un miedo atroz, como un vago presentimiento de algo terrible. De repente, en el silencio, veo subir por la pata de la cama en la que duerme mi hermano una enorme araña negra, de un tamaño similar a las tarántulas de la selva, sólo que con las patas más finas y el abdomen más pequeño. La araña, pese a que no tiene ojos, parece mirarme con fiereza. Me da auténtico pavor, y tras matarla —no sé cómo —, no puedo volver a dormir, y veo arañas, ciempiés y alacranes por todas partes, y todo me pica, y por todas partes siento cosquilleos. Mi hermano y mi amigo, en cambio, parecen muy contentos ante tal compañía. "¡Era como las de la selva!", dicen jocundos, como niños pequeños, mientras juguetean con el cadáver.

No recuerdo más.