lunes, 22 de junio de 2009

VERANO DEL 97 (Decimocuarta parte)


31 de agosto He estado a punto de comenzar el diario con la frase "faltan X días", de forma mecánica, pero resulta que ya no es necesario. ¡Ya no lo es! ¡Es el día! Ahora mismo son casi las dos de la tarde, y dentro de un rato, un par de horas a lo sumo, tengo pensado llamarla y, al fin, decirle que quedamos. Estoy en un estado de nerviosismo difícil de describir. Cualquiera que me viera actuar hoy diría que soy un ser hiperactivo. No hago más que dar vueltas por la casa para intentar sofocar el fuego que arde dentro de mi pecho, y que cada minuto que pasa es más intenso. Todo mi cuerpo es una impetuosa tormenta eléctrica que me recorre a ráfagas. Anoche apenas pude dormir, no sé si por la alegría o por los nervios, y esta mañana, nada más abrir los ojos, me he levantado corriendo para mirar el calendario y comprobar si era cierto. Sí, no había duda. Hoy termina agosto. He tomado conciencia de que hoy es un día histórico y me he dicho que había que guardar en la memoria todo lo que hiciera. He desayunado un par de tostadas y he visto Bola de Dragón. Ha sido el capítulo en que Freezer mata a Vegeta, y Goku, su eterno enemigo, lo entierra, dejando atrás viejas rivalidades y rencores. Me he emocionado, hoy cualquier tontería hace que se me ponga la piel de gallina. Después he abierto el diario y me he puesto a hojearlo furioso, con rabia. He leído los primeros días después de que se fue y cuando por teléfono me dijo que la espera duraría un mes más, y me he sonreído, y me he dicho: "¡Te derroté, Tiempo! ¡No has podido conmigo!"

La pancarta de meta está ahí, al alcance de la mano, coronando esta dura subida que he tenido que afrontar en los últimos días. Pero hay que traspasarla, y estas últimas pedaladas las doy por inercia, porque fuerzas ya no me quedan. Estoy cansado, y no sé si podría aguantar un kilómetro, un día más. Lo dicho, en un rato la llamaré.

***

Son las doce y cuarto de la noche. La llamé sobre las cuatro y media. En el fondo esperaba que fuera ella quien me llamara, en una esperanza de que el instante fuera verdaderamente mágico. Hubiera sido lo ideal. Pero como esa llamada no llegaba y mis nervios estaban a punto de explotar, me lancé yo. Casi no podía marcar los números. A los pocos segundos el teléfono ya estaba sudado de mis propias manos, temblorosas y húmedas. Conseguí marcar todos los números, no sin esfuerzo. Tenía retortijones y me costaba tragar saliva. Un tono, dos tonos. Aparte de eso, un silencio paralizador. Tres tonos. El tiempo se detuvo en esos instantes. Al cuarto tono alguien descolgó al otro lado. ¡Era ella! ¡Su voz inconfundible! Pero era una voz apagada, cansada, lejos del alegre calor que esperaba encontrar. "Normal", pensé. "Los viajes cansan mucho". Arranqué a hablar. "¡Hola!", dije con ímpetu. "¡¿Qué tal todo?! ¿Sabes quién soy, no?" "Ah hola. Sí, qué tal. Acabo de llegar". "Está muy cansada, se le nota", me dije. Mas no podía dejar de pensar que esa voz ya no estaba a más de trescientos kilómetros de distancia, sino a apenas cinco minutos andando, al otro lado de la avenida de la Ilustración. "Bueno, y qué tal el viaje". "Bien, estoy cansada, los viajes cansan mucho". "Sí, es verdad, cansan mucho". Venga, dilo, ya lo tendrías que haber dicho. Me tienes aquí al lado, cruzando un par de calles. "¿Habéis tenido atasco?". "Bueno, un poco al entrar en Madrid, pero poca cosa. Lo peor era que íbamos cinco metidos en el coche, y sin calefacción...". "Ah, joder, sin calefacción, qué horror". Pero, ¿a qué esperas? Dilo ya... Y ya no aguanté un segundo más. Ya que no salía de ella, lo dije yo. Esa frase llevaba 59 días atrapada en mi boca: "Oye, ¿te apetece que quedemos un rato?" Emoción contenida esperando la respuesta afirmativa, la única posible y admisible. Tarda en contestar más de la cuenta. En estos casos un segundo de duda es una eternidad. "Pufff, no puedo Sebastian. Tengo que deshacer la maleta y me quiero acostar pronto, que estoy reventada". Pinchazo justo antes de llegar a la meta. "Ahhh, claro", dije, como dando a entender que cómo no se me había ocurrido. Deshacer las maletas. Siempre hay que deshacer las maletas en cuanto se llega de un viaje. Es que yo también tengo unas cosas... Aunque en verdad me pareció una excusa bastante tonta. "¿Qué cojones importará deshacer unas putas maletas cuando tu novio, al que hace casi dos meses que no ves, está de ti a apenas cinco minutos andando?", pensé. Si yo estuviera en la misma situación, le daban por culo a las maletas. Claro que seguramente yo sea un poco irresponsable. Si su madre le ha dicho que tiene que deshacer las maletas, pues chitón, y no se hable más. Además, es verdad, estará cansada. Y si ya he aguantado 59 días, qué más dará uno más. Además, sé que ahora la tengo aquí cerquita. Sí, no insistiré y haré como que comprendo. Claro, deshacer unas maletas es una cosa muy importante, no va a estar con los armarios vacíos. Y no sólo ella, sino que toda su familia tendrá que deshacer sus maletas y ella tendrá que ayudar, no creo que a sus padres les haga gracia que se baje a dar una vuelta mientras ellos reordenan sus cosas, su vida, después de las vacaciones. Sí, definitivamente creo que comprendo. Seguramente si yo estuviera en la misma situación tampoco bajaría. O sí, no nos engañemos, creo que sí que bajaría. Pero lo dicho, yo soy un poco pasota e irresponsable. Parece que hay gente que eso de los vínculos familiares lo tiene mucho más arraigado. No se puede disgustar a una madre, y punto. A deshacer las maletas, pues, y mañana nos veremos.

Colgué después de asegurarle que mañana la llamaría. Se mostró conforme, incluso contenta diría yo. ¡Pues cómo no va a estar contenta, si ya está aquí, cerca de mí! Un rato después me llamó Pepe: que habían quedado todos para dar una vuelta. Me hubiera encantado poder decirle "no puedo macho, tengo cosas que hacer...", con tono misterioso. Pero no, no tenía nada que hacer, y pensé que bajar un rato haría que la tarde pasara más rápido. Me afeité el bigote (¡hoy me he afeitado por primera vez en mi vida!) y me vestí. Me miré largamente en el espejo. Está mal que yo lo diga, pero me vi más guapo que nunca, más guapo que nadie. Poco a poco me fui sacudiendo la pequeña decepción, y me sentí casi feliz. Al fin y al cabo, ella ya estaba en Madrid, en el barrio. Cuando salí a la calle todo parecía indicar su cercanía. El sol parecía más vivo, el aire más puro, la gente sonreía, a pesar de haber terminado sus vacaciones. Los aparcamientos estaban ya casi a tope, el barrio había recuperado su pulso, se formaban algunos corros de personas muy morenas que charlaban de cosas muy interesantes, aunque no se dejaban hablar unos a otros. En sus caras podía leerse: "deja de soltarme el rollo y escucha lo que te voy a contar, que lo mío sí que han sido vacaciones". Sí, pensé, definitivamente no sabemos escuchar. La mercería y el quiosco y el bar Cecilio estaban ya abiertos, pero soñolientos aún, después de tan larga siesta. Y todo ello me hizo tomar entera conciencia de que sí, al fin había acabado el verano, la espera. ¿Qué más daba un día más? Lo que contaba es que ella ya estaba aquí, y que los 59 días anteriores no habían sido más que un mal sueño.

Fui a buscar a Pepe, y nos dirigimos al parque. Había muchísima gente. Creo que ya estaban todos. Vi a D. del R. y a V. M., que me parece eran los únicos que faltaban por regresar de las vacaciones. Alguno me preguntó qué hacía allí, que tendría que estar en otro lado con otra persona. No sé qué dije, creo que aduje que no había llegado aún o que había preferido no quedar con ella, que la vería mañana. Lo que es seguro es que no dije la verdad. D. del R. me dijo que me notaba contento, con un brillo en los ojos, y que éstos se me habían vuelto negros y muy brillantes. Me dije que no era para menos, porque al fin estaba viviendo en un día que nunca creí que fuera a llegar. Poco me importaba ya que el reencuentro se aplazara veinticuatro horas. Había sufrido durante mucho tiempo para que ahora me amilanase un día más de espera. E incluso pensé que mejor, que así tanto ella como yo tendríamos más ganas de vernos. Y me sentí a gusto en el parque, con todos mis amigos y con mis ojillos negros brillando como la concha de un escarabajo, y con mi bigote recién afeitado, que me tocaba de vez en cuando, y que sentía liso y suave como el futuro que me espera junto a ella. Luego vinieron las chicas. Noté que me miraban y que alguna se reía, no sé por qué. Supongo que sabrían que hoy terminaba mi espera, todo el mundo lo sabe. Dimos unaBloque entrecomillado vuelta por el parque de La Vaguada y pasamos cerca de su edificio. Y verlo ya no me causó la tristeza de antes, sino que noté cómo un nuevo ímpetu crecía dentro de mí. Hoy no había podido ser, pero mañana ya no habría obstáculos. Pensé en acercarme al portal, llamarla por el telefonillo y decirle que estaba abajo, que bajara si le apetecía. No me habría costado mucho hacerlo, estaba a escasos metros. Pero decidí que no había que forzar, y me dije que mañana transcurriría todo con más calma. Y luego estuve hablando con todos, de buen humor, y me sentí feliz, consciente de que, al fin, empezaba una nueva etapa.

He llegado a casa sobre las diez y media, he cenado viendo Fútbol es fútbol, me he tumbado en la cama y me he puesto a pensar en mañana. Es la una menos cuarto, me voy a acostar.

1 de septiembre
Son las once y media de la mañana. Me he levantado hace un par de horas, y en realidad no hay nada que contar, pero mi inquietud es tan grande que para aplacarla me he puesto a hacer lo que más me relaja: escribir. Qué mal he dormido esta noche. Las imágenes de todo un verano se entremezclaban en la oscuridad morada, y sobre todo veía bicis, muchas bicis, y un maillot amarillo de líder del Tour, que lo llevaba Ullrich, u Olano, o quizá yo mismo. O todos a la vez, o nadie en concreto. No era un sueño, porque estaba despierto... o no sé, quizá estaba dormido, imposible asegurarlo. El maillot amarillo subía un puerto, con el sol cayendo a plomo, haciendo brillar la carretera, que parecía un río de plata. También veía a Cynthia, que vestía los pantalones amarillos de nuestra última cita, allá por el 3 de julio... Todas las imágenes eran como fotogramas que duraban milésimas de segundo. Era todo rarísimo, y me despertaba una y otra vez. Cuando ha amanecido he conseguido enlazar varias horas de sueño, hasta que sobre las nueve y media me he levantado, dispuesto a afrontar el, ahora sí, día esperado. He desayunado algo, no mucho porque no me entra casi nada, y he visto la tele, que hoy tiene un único tema: la muerte de Lady Di. Anoche se estrelló con el coche, en un túnel de París —Túnel del Alma se llama—, junto con su amante o novio o lo que sea, el tal Dodi Al Fayed, que también ha muerto. No hablan de otra cosa, y ahora mismo en todas las cadenas hay programas especiales. Y ahora mismo no sé si llamarla o hacerlo dentro de un rato o esperar a que me llame ella. Hay que verse, sufrimiento hasta el final. ¡Pero merecerá la pena!

***

Son las cinco y media. Bueno, pues al final la he llamado, sobre las cuatro. No podía aguantar más, necesitaba saber si iba a verla hoy o no. Esto de no saber es lo que me mata. Ya no estaba tan nervioso como ayer, más bien diría que un poco furioso. Así que con decisión he ido al teléfono y he marcado los números rápidamente, sin vacilaciones, casi de forma violenta. Me lo ha cogido su madre, he preguntado por ella y me ha dicho que está en casa de su abuela. "¿En casa de su abuela? Y cómo es que no me ha dicho nada", he pensado. Se me ha ocurrido preguntar que dónde estaba la casa de su abuela, lo cual ha parecido sorprenderla. Por teléfono también se nota si alguien está sorprendido o triste o alegre, y su tono de voz, su respiración, su forma de alargar la respuesta, denotaban que estaba sorprendida, sin duda. Me ha contestado que en Hortaleza. O sea, que no está en el barrio, y seguramente hoy ya no regresará. "¿Y cuándo regresa, si puede saberse?", he preguntado. "Puuuues, seguramente mañana", me ha dicho. Me ha preguntado que si quería que le diera recado y le he dicho que sí, que había llamado Sebastian, pero que para nada en concreto. Y he colgado, con una larga cara de decepción. Bueno, pues hoy tampoco la voy a ver, y no sé si es peor tenerla cerca y no estar con ella que tenerla a trescientos kilómetros, porque ahí se sabe que no hay oportunidad. Hace poco me ha llamado Pepe y me ha dicho que a las seis y media han quedado para dar una vuelta. Bajaré, aunque no me apetezca mucho, la verdad.

2 de septiembre
Son las doce de la mañana. Hoy brilla un sol pálido, un sol ahogado y triste. Ya no parece el astro cálido y luminoso de costumbre, sino una pobre estrella fría y débil que, de súbito, ha agotado todo su combustible e inicia una rápida e irreversible decadencia, hasta morir. Y lo raro es que ni siquiera hay nubes, sino una especie de tela gaseosa que vela de gris los edificios y las calles y las aceras y los árboles del parque y de Mirasierra, que hoy parecen mustios, y los pájaros que hoy no vuelan y la muralla alta y marrón de la sierra de Guadarrama y el tupido terciopelo del encinar de El Pardo y los coches y el ánimo de las personas y todo.

Me he despertado hace dos horas, y lo primero que he hecho tras abrir los ojos ha sido preguntarme si tenía algún motivo para levantarme e iniciar el día. La respuesta, obvia: no lo había. Me he quedado una hora tumbado de costado, en posición fetal, hacia a la pared, recogido en mis pensamientos y no queriendo recordar pero recordando todos los detalles de la tarde de ayer.

Fui a buscar a Pepe y cuando bajó nos dirigimos al parque, donde estaban ya casi todos. Había mucha gente, y muchas chicas. Cuando me personé noté ciertas miradas de curiosidad, no sólo de las chicas, sino también por parte de alguno de éstos. Ahora, claro, soy capaz de darles significado, pero en ese momento no les di más importancia, e incluso llegué a suponer que le parecería guapo a alguna. No sé quién me preguntó, creo que fue R. J., que dónde estaba Cynthia, y después se echó a reír, y algunos le miraron conteniendo la risa y como diciendo "ten compasión, hombre". Estuvimos un rato en el parque, hablando y haciendo tonterías, aunque yo no estaba muy animado, la verdad. Pensaba que en ese momento yo debía estar con ella, y no allí, aguantando todas esas miradas extrañas y esos comentarios en voz baja y esas risas reprimidas que, ya para entonces, me hicieron sospechar. Definitivamente aquello no era normal. Suponía que ese sofocado alboroto tenía que ver con Cynthia, pero me sorprendía que simplemente fuera porque, a pesar de haber vuelto ya del pueblo, aún no hubiéramos quedado. En realidad esa pregunta me la hacía a mí mismo una y otra vez. "Lleva aquí dos días y ni me ha llamado ni nos hemos visto", pensaba. Pero a veces el deseo y la ilusión nos ciegan de ingenuidad, y hacemos como que no vemos lo que realmente estamos viendo. Es una manera muy cruel de engañarnos a nosotros mismos. "Pero bueno, habrá tenido que ir a casa de su abuela por algún motivo importante y de mañana ya sí que no pasa", me decía constantemente.

Mas yo ya lo empecé a ver claro, sólo que no quería admitirlo. Opté por no hacer caso de las risitas y las miraditas y mostrarme lo más dicharachero que pude. Una máscara, porque en realidad todo lo que me rodeaba había dejado de tener sentido para mí, y sentí cómo poco a poco algo me iba robando las fuerzas, y cada vez estaba más cansado, hasta que me vi dentro de una nebulosa, como ido. No sé ni de qué estuvimos hablando ni por dónde paseamos ni nada. Sólo recuerdo que regresamos a Tirma, que estuvimos un rato más en el parque y que, ya casi anochecido, A. F. me dijo que se iba a casa y que si me iba con él. Sentí que esa proposición, aparentemente trivial, tenía una segunda intención, y que debía acompañarle. Marchábamos por la avenida de la Ilustración, y allá enfrente, según avanzábamos, el último resol se fundía con el horizonte, desparramando por la tierra un incandescente líquido naranja. Andábamos en silencio, yo con la cabeza gacha, A. F. como queriendo hablar pero sin llegar a arrancar. En el fondo yo ya lo esperaba, y me pregunté que cómo había sido tan tonto y que cómo no había sido capaz de ver algo tan evidente. El hecho de que nunca me llamara, la excusa de las maletas, la casa de su abuela, las risitas y miraditas, las preguntas de la prima de Sandra el otro día, de repente todo había tomado significado. Un significado tan patente que me creí absolutamente tonto.

Fue en la esquina de mi calle, donde me despedí de Cynthia los tres días que estuvimos juntos. Curiosa coincidencia de despedidas, sólo que ésta iba a ser definitiva. Al fin, A. F. pareció decidirse, y arrancó a hablar. "Sebastian, tengo que decirte una cosa". "Dímelo ya, arranca, yo ya lo sé sin necesidad de que me lo digas", pensé. Esperé en silencio sus palabras. Me tocó el hombro, en un gesto de compasión, suspiró, y dijo:

—Cynthia te ha puesto los cuernos en el pueblo.

Cynthia te ha puesto los cuernos en el pueblo. No era exactamente lo que esperaba. Esto es mucho más doloroso. Alguien que no soy yo ha besado sus labios y la ha abrazado y ha acariciado su cuerpo y seguramente hayan visto juntos el atardecer en el río de que tanto hablaba. Y me acordé del río, del famoso río. Allí tuvo que ser, sin duda. Allí tuvo que perpetrarse la traición. Seguramente se perpetró más de una vez, se habrán besado en el río muchas veces. Y automáticamente, por una simple asociación, pensé en la "casa de las brujas" y en el desván y en el jergón y en Claudia y en su cara morena de niña juguetona y en su hermoso cuerpo, al que renuncié. Cynthia no renunció. Posiblemente su infidelidad tuvo lugar en la misma noche y a la misma hora en que yo renuncié a Claudia. Sería muy de película, muy novelesco, sin duda. Pero no, pensándolo mejor, si nos atenemos a los hechos, a las llamadas que no me hizo, seguramente ella me puso los cuernos mucho antes, probablemente a mediados de julio más o menos. ¿He estado engañado un mes y medio? ¿Por qué, entonces, no me lo dijo por teléfono y haber evitado así 45 días de zozobra, de espera infernal? Será mi culpa. Mi actitud las veces que quedamos no fue normal. Soy un imbécil. Pensándolo bien, es normal que se haya desenamorado de mí y se haya ido con otro. Lo mío no es normal. Debo de ser tremendamente aburrido. Seguro que ese otro la besó sin miramientos y no hizo el paripé de saltar desde el columpio y decirle que si pasaba la línea la daba un pico. Y seguro que es más alto, más guapo, más divertido y más inteligente que yo, de eso no hay duda. ¿Será del pueblo o de Madrid o de dónde coño? ¿Cómo se llamará? ¿Cómo será? Tendrá uno de esos nombres que tanto le gustan a las chicas, como Marc o Álex o Christian. ¿Adónde voy yo llamándome Sebastian? Y será rubio, y alto, y fuerte, y tendrá unos grandes pectorales, que la camiseta le marcará. Sí, definitivamente es normal que ya no me quiera. Pero podría habérmelo dicho, joder, aunque fuera por teléfono. ¿Por qué esperar, por qué hacer sufrir así a otra persona? ¿Qué habrá hecho con el colgante gemelo al mío, que por cierto yo he guardado con mimo y he besado tantas y tantas veces durante todo este tiempo? ¿Lo habrá tirado, lo habrá dejado por ahí olvidado, como se arrincona un regalo que no nos gusta? ¿Habrá sentido algún remordimiento cuando el otro se le acercó y se besaron, mientras el agua del río, de ese maldito río negro, corría mansa a sus pies? Y Claudia, ¿qué estará haciendo ahora, estará en su cortijo acordándose todavía de la noche del desván? ¿Volveré a verla alguna vez? Me parece que son demasiadas preguntas, de las que, mirándolo bien, es mejor no saber la respuesta.

No dije nada, me despedí de A. F. y subí la calle, hasta el portal de casa. No sé por qué, pese a que era ya casi de noche, las farolas estaban todavía apagadas, tiñendo de negro los árboles y los edificios circundantes y haciendo contrastar, allá arriba, la última claridad del día. El cielo se apagaba en un tono azulado extraño, metálico y frío, que me helaba el alma. La portería y el ascensor tenían un aspecto aún más lóbrego de lo normal, y la puerta de mi propia casa me pareció la entrada a un pozo de frustraciones, donde a partir de entonces iba a tener que convivir con mi dolor. Entré en casa sin saludar a nadie y me senté a mirar la tele, en concreto El día después, como si fuera un robot que nada siente, que nada ve. Dani empezó a hablarme, mas al instante le corté, diciéndole: "No, ahora no", y se me quedó mirando, extrañado, y calló. Y no lloré.

Lo hice luego, en la cama, a rienda suelta, cuando apagué la luz y ya no cabía la posibilidad de que nadie me soprendiera. Lo que más deseaba era dormir y dejar de pensar. Sí, dormir era lo único que me animaba para seguir despierto, para seguir viviendo. Mas fue difícil. Al final, no sé a qué hora, lo conseguí, y despertar esta mañana ha sido como si me golpearan la cabeza con un mazo.

***
Son las cinco y cuarto. Soy consciente de que estos momentos que estoy viviendo y los días que vienen serán históricos y los recordaré, quizá, durante el resto de mi vida. Dicen que el tiempo lo cura todo, mas ahora mismo me es imposible creerlo. ¿Esto también lo puede curar? Lo dudo, no creo que nunca jamás cicatrice esta herida tan honda. Puede ser que dentro de mucho, mucho tiempo, la tristeza se vaya suavizando, pero dejará una marca, una impronta, que seguramente me mediatice a la hora de actuar en el futuro, aunque yo no me dé cuenta. Sí, esto me marcará, estoy seguro, y no para bien.

He pasado uno de los peores días de mi vida, si no el peor. Después de escribir en el diario lo referente a la tarde de ayer he bajado a la piscina, y se lo he contado a Pepe, que ha hecho como que se sorprendía, aunque yo creo que ya lo sabía. Todos lo sabían. Todos menos yo, claro. Incluso la prima de Sandra, aquella de ojos grises, y que me hacía tantas preguntas y me decía "qué rico, qué rico", como si fuera un niño. Incluso ella, a quien no conozco ni siquiera. Y naturalmente lo sabían todas las chicas, y R. J., J. R., A. F., M. S., J. C., D. del R., V. M... Para qué seguir. Es bastante patético saber que todo el mundo sabe que tu novia te ha puesto los cuernos mientras tú vives en un mundo feliz y paralelo, con permanente cara de tonto. ¿Y desde cuándo lo sabían? ¿Cómo se habrá propagado? Supongo que Cynthia se lo dijo a alguna de sus amigas de confianza, y a partir de ahí debió de extenderse como un incendio veraniego en un bosque seco. ¡Qué pensarían cuando me veían, y qué sensación de ridículo ahora al recordar todas esas risas sofocadas y esas miradas furtivas y maliciosas! ¿Y por qué no me lo ha dicho ella? Ha tenido que ser una tercera persona la portadora de la noticia. Muy poco debo de importarle para no habérmelo dicho a la cara, o al menos por teléfono. El mundo se me hace insoportable. Cuando se lo he contado a Pepe no he recibido el apoyo que esperaba, sólo un silencio denso y pesado. Aunque, pensándolo bien, tampoco tengo por qué recibir apoyo de nadie. No lo espero. No creo que ninguno de mis "amigos" esté mínimamente triste. Lo veo. Veo risas cuando yo no estoy delante, veo incluso cierta alegría por el mal ajeno, por mi mal. "Que se joda, si yo no tengo novia por qué va a tenerla él y va a ser feliz". Ser feliz es una insolencia que no se perdona, ni siquiera tus "amigos" te lo van a perdonar. Es así, y quien diga lo contrario miente. Nos congratulamos de las pequeñas desgracias ajenas. Qué asco, dan ganas de irse y no volver. En la piscina he estado muy callado, y a mi cabeza le ha sido imposible divagar por otros lugares que no fueran los consabidos. Tenía la sensación de que Pepe se reía un poco, aunque pueden ser imaginaciones mías, porque también me parecía que todos los bañistas y el socorrista y los niños juguetones y todos los que se chamuscaban al sol triste del mediodía sabían mi asunto y se reían de mí. Hemos subido a casa sobre las tres y apenas he comido. Creo que ahora mismo mi cuerpo es absolutamente incapaz de digerir nada.

Era un día nublado y casi invernizo aquel 28 de junio. Y hoy, 2 de septiembre, luce el sol dolorosamente. Todavía queda el último paso para acabar con todo esto: hablar con ella. Creo que hay que hacerlo. Al menos quiero escucharlo de sus labios. En cuanto termine de escribir bajaré al parque y la buscaré.

3 de septiembre
Los recuerdos duelen, eso es evidente. Duele recordar el viaje en avión, aquel hotel en Paguera de luz crepuscular, aquel trayecto en autobús en que ella se sentó delante de mí y yo apretaba las rodillas en su asiento para llamar su atención y que se diera la vuelta, el momento del muro en el festival de fin de curso, su vestido azul, la llamada de Pepe por la que me enteré de que le gustaba, los nervios de aquel día, las primeras palabras, vulgares, cuando nos vimos solos —"bueno, a dónde vamos"—, su sudadera blanca y su pelo y ojos negros, mi chándal Nike azul y rojo, la servilleta del Ibías donde escribí su teléfono, el Barça-Betis, gol de Figo en la prórroga, la primera despedida, los papeles de la matrícula, la entrevista en la tele a la triste Bárbara Rey —¿cómo alguien podía estar triste aquel día?—, la dulce noche en que casi no dormí, temeroso de despertar y que todo fuera un sueño, la primera cita, el primer paseo como novios oficiales, el no saber de qué hablar, las dudas sobre si besarla o no, la última cita, los columpios, sus pantalones amarillos, el colgante de media luna —¿dónde habrá quedado su mitad?—, el convencerse a uno mismo de que sí, que esa chica de la que llevabas pillado todo el curso es tu novia. Es doloroso pensar en lo fácil que los hechos se convierten en recuerdos. ¿Y si hubiera hecho las cosas de otra manera? ¿Y si, en vez de pensármelo tanto para después no hacerlo, hubiera pensado menos y la hubiera besado el primer día, sin miramientos? ¿Y si me hubiera mostrado con ella más alegre, más seguro, más divertido? ¿Vale de algo pensar en todo eso?

Pero más que los recuerdos, duele recordar lo que nunca ocurrió, lo que uno pensaba que iba a hacer cuando ella regresara del pueblo, ese reencuentro ficticio que tantas y tantas veces uno dibujó en su imaginación, y que de tanto pintarlo, casi se diría que se hizo real. Y duele pensar en ese futuro tan idílico que uno se ha representado día sí y día también, y que se ha truncado, como se trunca la carrera de un joven y prometedor ciclista que se ha lesionado de gravedad, y a quien se veía ganando, todavía sin haber participado en ninguno, cinco o seis o siete Tours de Francia, y del que se decía que sería más que Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin.

Ayer nada más terminar de escribir en el diario bajé a la calle y me dirigí al parque, donde suponía que estaría ella. Iba a verla al fin, mas qué diferente la sensación que me embargaba a la que unos días atrás pensaba que me iba a embargar antes del reencuentro. Qué diferente el reencuentro imaginado y el real. En el parque de al lado del concesionario vi alboroto y un grupo de gente, y reconocí algunos perfiles y algunas cabezas. Allí tenía que estar. Me acerqué al grupo, buscándola con la mirada. Cuando estuve cerca todas las cabezas giraron, casi al unísono, y me miraron. Se hizo un silencio. Entre todas esas cabezas resplandecía la suya. Estaba preciosa, con la piel bronceada de todo un verano, se la veía saludable, feliz de habérselo pasado muy bien allá en el pueblo, y su pelo me pareció más limpio y liso, y sus ojos más negros y su mirada más dulce y segura y su boca más apetecible. Y su belleza entera se multiplicó a mis ojos. Me miró. El resto se apartó. Se dirigió hacia mí, con aire resuelto, como de querer terminar con aquello lo antes posible. Me agarró del brazo, pero sin apretar, sin querer tocar demasiado esa carne quizá odiada. Qué estúpido, darme picos por pasar una línea lanzándose desde el columpio, pensaría. Y qué aburrido, seguro que pensaba también. Nos apartamos del grupo, que parecía un animal vigilante y cotilla. Creí sentir risas a duras penas templadas. Nos detuvimos frente a frente, y al observarla más de cerca y comprobar lo guapa que se había puesto me dije que ya no era mía, que ya nunca lo sería y que quizá jamás lo había sido. Me la quedé mirando, esperando a que hablara, porque yo no tenía nada que decir. La que tenía que hablar era ella. Al fin arrancó.

—Sebastian, que lo dejamos, ¿vale?

Que lo dejamos vale. Eso era todo. En esas cuatro palabras se resumía todo un verano, 59 días de contar las horas y los días y los segundos. Dos meses de espera angustiosa para un que lo dejamos vale.

Volvió a tocarme levemente el brazo y regresó al grupo. Alguna de sus amigas la dijo algo, y casi todas me miraron, no sé si con cara de compasión o de alegría o de qué. Me fui. Hasta que salí del parque noté a mis espaldas las miradas inquisitivas, curiosas, devoradoras, de toda aquella gente. Cuando llegué a casa lo primero que hice fue abrir la cajita de madera, sacar el colgante, tirarlo a la basura y echar encima una gruesa capa de desperdicios. A esta hora supongo que ya estará en ese inmenso vertedero que hay a las afueras, o quemado o triturado y mezclado con la basura de todo Madrid. El objeto más preciado y que durante dos meses casi ha resumido la existecia de una persona termina mezclado y quemado con la basura de todo Madrid.

***

Son las once menos cuarto de la noche. Acabo de llegar a casa. Sobre las siete de la tarde me llamaron al telefonillo. Eran todos éstos, que bajara. La verdad es que no me apetecía demasiado, pero estar en casa me estaba congestionando demasiado y pensé que sería mejor que me diera el aire y distraerme. Además, sentía un irrefrenable y absurdo deseo de estar cerca de ella, quizá una remota ilusión de que me viera y pensara: "creo que me equivoqué, es un buen chico, me perderé muchas cosas", o algo por el estilo. Qué estúpidos podemos llegar a ser. Así que bajé, y allí estaban todos, esperándome. Detecté alguna breve mirada de complicidad en medio de aquel silencio indeciso. Creo que nadie sabía qué decirme ni cómo actuar, así que opté por aparentar normalidad, nada de caras largas, quizá un leve gesto de resignación, como diciendo: "así son las cosas, está a la orden del día, le puede pasar a cualquiera, incluso a alguno de vosotros". Estuvimos paseando por el barrio, fuimos a La Vaguada y luego a Tirma. Allí podría estar ella. Primero estuvimos en el polideportivo y después bajamos al parque. Había mucha gente, todo chicas. Y entre ellas, Cynthia. Nos mantuvimos alejados, y ni una mirada me dedicó. Para qué, es mejor así. Seguramente nunca más volvamos a dirigirnos la palabra. Con qué facilidad pueden destruirse los lazos que unen a dos personas.

Al principio intenté ditraerme, hablar con la gente, sobre todo con Pepe o J. C. o J. R. o V. M., que era en quienes podía encontrar un punto de camaradería, seguramente ficticia, pero que me podía servir de pequeño y temporal refugio. Mas según avanzaba el tiempo me fui apagando, ella estaba allí, muy cerca, y sentía su presencia con la pesadez con que debe de sentirse la proximidad de un campo magnético. Y había una duda que me reconcomía, una duda extraña y absurda, que de resolverse no iba a aliviar en nada mi pena, pero que no sé por qué necesitaba satisfacer. Había ya anochecido, y en un momento dado le dije a Sandra que llamara a Cynthia, que quería hablar un momento con ella, que sólo sería un minuto. Me senté en un banco aparte. Sandra se acercó a ella, y cuando se lo dijo ésta me dirigió una mirada de fastidio contenido —"será posible, nunca va a dejarme en paz este pelma"—, y se dirigió hacia mí, y se detuvo. Yo permanecía sentado, el cuerpo inclinado hacia delante, los codos apoyados en los muslos, la mirada hacia el suelo. Mas yo notaba que me miraba.

—Cómo se llama.
—¿Qué?
—Que cómo se llama.
—¿Quién?
—Pues él, quién va a ser.

Seguía sin mirarla. No lo hice en ningún momento. Pero noté que estaba sorprendidísima. Pensándolo bien, no es para menos. ¿Qué ganaba yo sabiendo eso? ¿Qué me impulsaba a preguntárselo, sabiendo que podía incrementar mi tristeza? Pareció dudar, mas al fin contestó.

— Ángel.
—Y cuántos años tiene.
—Dieciséis.

Y, tras un par de segundos de silencio, en que pareció preguntarme "¿eso es todo, quieres saber algo más?", se alejó de nuevo. Ángel, dieciséis. Al instante recordé la portada del Marca dos días después de que el Madrid ganara la Liga, dos meses y medio atrás, y que tengo guardada. El titular de aquella portada era: "Pasó un ángel". Y de subtítulo: "Álvaro del Corral se llevó al cielo el título". El ángel a quien se refería el titular era el hijo de pocos años de Alfonso del Corral, médico del club y ex jugador de basket, que murió aplastado por la puerta del garaje de su casa la misma noche del partido decisivo, contra el Atleti. Y pensé en lo poco que le importaría al hombre que el Madrid hubiera ganado la Liga después de haber perdido un hijo, mientras cientos y cientos de personas gritaban y saltaban y se emborrachan en la Cibeles. Esa portada es del 16 de junio de 1997, el mismo día en que nos fuimos de viaje de fin de curso, el mismo día del trayecto en avión en que nació la llama que iba a cambiar mi vida, el mismo en que una casualidad me había concedido un imposible, lo que más deseaba en el mundo. El día en que, seguramente, había agotado mi cupo de suerte para los próximos dos, cinco, siete años. "Pasó un ángel". Y, debajo, el dibujo de un ángel negro. Sí, esa podía ser la portada de hoy del diario imaginario de mi vida.

Permanecí sentado en el banco, apartado, ensimismado. Un rato después se acercaron Sandra y Marta R., y se sentaron a mi lado. Desperté de mis reflexiones, e intenté sonreír. Me preguntaron que qué tal estaba y yo les respondí que bueno, que había tenido momentos mejores, y Sandra me dijo que no pasaba nada, que había más chicas, y Marta R. dijo que claro, que había muchas chicas, y que alguna se fijaría en mí algún día.

Hay muchas chicas. Miro en derredor y es verdad, hay muchísimas chicas, cientos, miles de chicas sólo en el Barrio del Pilar. Y cuando te cruzas con una de ellas por la calle es un romance imaginario que nunca llegará a concretarse, un tren que se va y que sólo es un tren más entre los miles de trenes que se nos ofrecen en nuestro paseo por la calle, en nuestro paseo por la vida. Pero sólo me acordé de una, que no vive en el Barrio del Pilar, ni siquiera en Madrid. Claudia. Ángel. Yo renuncié, ella no renunció. La diferencia, no por evidente, es menos demoledora: yo renuncié porque la quería y ella no renunció porque no me quería. No hay más.

Aquellos dos días, aquel oasis de tiempo en que todo pareció cambiar de repente. En realidad no han sido 59 días de espera, sino 57. Aquel cuerpo ligero, prieto y bronceado. Aquellos pechos incipientes y aparentemente duros. Aquella desenvoltura en los gestos, aquel dominar su cuerpo, aquellos movimientos graciosos, aquella sonrisa eternamente pícara, aquellos ojos que parecían dos pozos hondos y negros, aquel pelo oloroso y oscurísimo que semejaba la ondulante campiña de Villafranca que se veía aquella noche desde el desván. Y aquel paisaje atardecido desde el cerro de las Mercedes, y aquel campesino anciano del sombrero de paja, y aquellos dos pájaros peleando — ¿quién ganaría de los dos?— y aquel arroyo en la penumbra, y aquel almendral por el que escapamos, y Martín, con sus gafas de sol sobre la cabeza, y aquella casa abandonada, y aquellos platos y cubiertos y briks de vino barato cubiertos de polvo —¿quién y cuándo los dejaría allí?—, y aquel jergón mullido, que se hundió suavemente cuando ella se recostó y yo me recosté a su lado, a apenas un palmo. Y aquella primera mirada, y aquellas pataditas en la cena, y aquel alborotarse mi pecho, y aquel brazo delicado que abría la puerta de mi habitación, y aquel primer y único beso. ¿Dónde quedó todo eso? ¿Volveré a verla algún día?

Todo ha terminado. Ha terminado, al fin, la espera. No como yo esperaba y me hubiera gustado, claro está, pero ha terminado, que es lo que cuenta. Y a partir de ahora, no sé cómo, habrá que seguir como si nada hubiera pasado. ¿O no?

viernes, 19 de junio de 2009

VERANO DEL 97 (Decimotercera parte)

16 de agosto. Madrid
Faltan 15 días. Son las diez y media de la noche. Ya estoy en casa. Habremos llegado a Madrid sobre las dos de la tarde. Mamá y papá no querían viajar con el calor central del día, así es que nos levantamos temprano, sobre las nueve, y antes de las diez el coche ya estaba bajando la varga, dejando atrás el cortijo, acompañados del canto de despedida de las chicharras, que hoy sonaban más fuerte que nunca. Pasamos por delante de la "casa de las brujas", y algo se me atravesó en la garganta. No pude evitar mirar la ventana negra y desnuda del desván. No sé por qué generalmente tendemos a hacer cosas que sabemos que nos van hacer daño, es como un síndrome de autodestrucción. Pero había que despedirse. Miré la casa y la ventana con los ojos humedecidos, y cuando salimos del campo por el camino de San Isidro y nos vimos en la carretera nacional, no tuve más remedio que cerrar los ojos y recostarme de perfil para esconder las lágrimas. A mi derecha, según avanzaba el coche, quedaban la campiña, ocho días de contar las horas y los minutos y dos de desear que se detuviesen. Pero en el horizonte, a quince días vista, sólo quince días, me aguardaba ella, Cynthia, a quien seguía pidiendo perdón por haberla tenido algo olvidada durante cuarenta y ocho horas que, bien mirado, no son más que un accidente. El viaje transcurrió plácido, y, al entrar en casa, durante unos segundos tuve una sensación extraña, como de estar en vivienda ajena, que se disipó al instante. Todos en casa hemos estado bastante silenciosos hoy, quizá nostálgicos de Villafranca, cada uno por sus motivos.

17 de agosto
Faltan 14 días. Son las doce de la noche. Poco a poco voy reecontrando mi sitio en mi propia casa y hoy ya se ha instalado la rutina de antes de irnos de vacaciones, aunque no sé por qué ni la luz ni el calor ni el aire que respiramos parecen el mismo que hace doce días. Se nota que el verano avanza y que septiembre está cada vez más cerca, lo cual me llena de alegría. Esta mañana me levanté tarde, cansado por el viaje y las nostalgias de ayer, y nada más desayunar llamé a Cynthia, con la emoción taladrándome el cuerpo. Iba a hablar con ella casi veinte días después, y estaba dispuesto a contarle con todo lujo de detalles mis salidas en bici, el mucho campo que había visto, lo mucho que me había acordado de ella y las inmensas ganas que tenía de que volviera. Sin embargo, no pudimos hablar mucho porque, según me dijo, tenía que ir con su madre a hacer la compra. Antes de despedirnos me aseguró que me llamaría mañana o pasado y que entonces hablaríamos más largo y tendido. El resto del día ha sido aburrido, y lo único que he hecho ha sido releer el diario, sobre todo la parte que corresponde a los días en que la conocí y los primeros después de que se fuera al pueblo. Sobre todo me ha gustado releer ésto último, porque comparo mi estado de aquellos días con el de ahora, e inmediatamente me animo. ¡No puedo creer que sólo falten 14 días!

18 de agosto
Faltan 13 días. Son las doce menos cuarto de la noche. Durante todo el día he estado esperando la llamada de Cynthia, que finalmente no se ha producido. No pasa nada, seguro que mañana me llama. Me lo dijo, ¿no? Entonces no hay por qué dudar de ello. Lo que pasa es que tengo cierta impaciencia por escuchar su voz, y contarle tantas y tantas cosas durante horas y horas. También me gustaría saber qué tal está ella, claro, aunque supongo que se lo estará pasando teta. Hoy, como trabajaba papá, he ido con Dani a dar una vuelta con la bici por el Parque Norte. Después de todo lo que he montado en Villafranca estoy bastante bien de forma.

19 de agosto
Faltan 12 días. Según avanzan los días me va subiendo una culebrilla desde los intestinos hasta la altura del corazón. La cercanía del momento deseado hace que la alegría se una a la inquietud. De vez en cuando me vienen a la mente imágenes y recuerdos de Claudia, pero debo mantenerlos alejados como sea. Cuando pienso en aquella noche en el desván parece que el tiempo se detiene, y entonces me entrego a revivir ese momento, pero con un final distinto que, afortunadamente, no se dio. Pero como le dije me va a ser muy difícil olvidarla. Hoy ha sido un día largo y aburrido, sobre todo esperando su llamada, que no se ha producido. De mañana no pasa sin hablar con ella, ya sea porque me llame o porque la llame yo. Tengo ganas de que vuelva Pepe o alguien de las vacaciones, y así los días pasen un poco más rápido.

20 de agosto
Faltan 11 días. ¡Qué gozada ha sido ver esta mañana en el Marca la fecha "Miércoles 20 de agosto de 1997"! ¡Ese dígito "2" unido al "cero" y a la palabra "agosto", qué impresión de alegría tan fuerte me provoca verlo todo junto, en una misma frase! Pues sí, estamos a 20 de agosto y, francamente, en la contrarreloj imaginaria que comenzó el ya lejano 3 de julio me encuentro en un tramo de clara bajada, en el que pedaleo absolutamente lanzado hacia la meta, con todo el desarrollo metido, viendo cómo pasan los metros y los kilómetros, las horas y los días, a toda velocidad. De vez en cuando viene alguna curva peligrosa, algún mal pensamiento o alguna nostalgia de alguna persona que aún no olvido, mas la trazo sin problemas, limpiamente, y en seguida vuelvo a encarar una larga recta en bajada en la que me lanzo a tumba abierta, como suele decirse, y cada pedalada parece más potente, más eficaz, que la anterior. Hoy el día ha pasado relativamente deprisa, aunque sin novedades que rompan esta quietud propia de agosto. Al mediodía la he llamado, pero no me lo han cogido. Un par de horas más tarde lo he vuelto a intentar. Se ha puesto su madre, y me ha dicho que no estaba en casa y que diera recado. Le he dicho que era Sebastian y que la dijera que me llamara en cuanto pudiera. No sé si se acordará. Por la noche hemos visto el Barça-Madrid de la Supercopa, que hemos perdido 2-1. Primero marcó Raúl, de cabeza, pero luego nos han remontado. El segundo gol suyo vino de un penalti que no era. Queda la vuelta. A Roberto Carlos le tiraron un mechero a la cabeza desde la grada y sangró un poco. Me voy a acostar, son casi las doce y media.

21 de agosto
Faltan 10 días. Diez días. Es tentador iniciar una cuenta atrás, como en los transbordadores espaciales antes de despegar. Miro el calendario, con todos esos días tachados, y no me lo creo. Al fin y al cabo parece que sí, que a pesar de todo el tiempo avanza, aunque uno no lo advierta. Esta mañana me quedé en casa, pero por la tarde salí con la bici con papá, al Parque Norte. Dice que el domingo iremos a El Pardo. No sé, está bien, pero me gusta más la sensación de ir solo.

22 de agosto
Faltan 9 días. ¡Ya no hay dos dígitos en el número de la cuenta atrás! Esto marcha. La bajada se hace más pronunciada y ya diviso, allá a lo lejos, por primera vez, el cartel de la meta. De vez en cuando desaparece al esconderse detrás de algún árbol o de alguna colina, mas en seguida sale de su escondrijo y entonces vuelvo a pedalear con rabia. Es curioso que sea incapaz de imaginarme el momento del reencuentro. Supongo que será que lo deseo tanto que, de representármelo mentalmente, volver luego a la realidad sería como soñar que se es libre cuando se está preso. Hoy me levanté tarde, vi Bola de Dragón y la mañana la pasé jugando en el salón con la pelotita. Por la tarde he releído partes del diario. Me gusta leer lo de hace exactamente un mes y comparar los estados de ánimo. Sin duda que ahora estoy mucho mejor que el 22 de julio. Lo único... ¿le habrá dicho su madre que la llamé? Se le habrá olvidado.

23 de agosto
Faltan 8 días. Una buena noticia ha venido a hacer un poco más fácil estos escasos —pero largos— días que faltan para el 1 de septiembre. Esta mañana estaba mirando la tele, sumido en reflexiones varias y en el aburrimiento, cuando sonó el teléfono. Era Pepe, que ha vuelto ya de la playa. Quedamos para bajarnos a la piscina. Ha venido negro, con el vello del cuerpo rubio. "Bueno, qué, ya queda menos, ¿eh?", me dijo nada más vernos. Ya queda menos, sí, pero no sé por qué hoy no he estado tan optimista como los días atrás. Un pequeño repecho cerca de la meta, no pasa nada. Por la tarde volvimos a bajar a la piscina, esta vez con J. C., que también ha vuelto de las vacaciones. Es buena señal que la gente empiece a volver. Lo único, que ella fue la primera en irse y, seguramente, será la última en regresar. Hace un rato que ha terminado el Madrid-Barça de la Supercopa, que hemos ganado ¡4-1!, y que he visto con papá en el salón. Mañana vamos a El Pardo.

24 de agosto
Faltan 7 días. Son las doce y cuarto de la noche. Esta mañana me levanté temprano para ir con papá a El Pardo con la bici. Desayuné muchas tostadas para llenar el depósito y sobre las diez salimos de casa. Ya hacía mucho calor. Llegamos al camino de la tapia subiendo por Pitis. Nada más coronar una cuesta, ya cerca de El Goloso, tuve que bajarme y vomitar todo lo que había desayunado. Papá me regañó por desayunar tanto. Nos dimos la vuelta y regresamos a casa. Bajé a la piscina con Pepe y J. C. Después de comer volví a bajar, pero sólo con Pepe, que me dijo que había quedado con el resto para dar una vuelta por Tirma. Dudé qué hacer, mas al final decidí bajar. A lo mejor así el tiempo pasaba más rápido. Casi todo el mundo ha llegado ya de las vacaciones, hoy he vuelto a ver a mucha gente: a J. R., a R. J., a A. F., a M .S., a V. L. Y a casi todas las chicas. Creo que sólo faltaba Cynthia, que yo recuerde. También es mala suerte. Pero bueno, sólo queda una semana, que creo se me va a hacer muy larga. Hoy me han asaltado pensamientos negativos, pero los he logrado sofocar. Basta con pensar en el momento del reencuentro y en lo poco que queda para mirarlo todo con otros ojos. Me voy a acostar.

25 de agosto
Faltan 6 días. Definitivamente me encuentro en un repecho muy duro en el que me estoy atrancando. Y, o mucho cambian las cosas, o creo que el repecho durará hasta la meta. Voy a llegar sin resuello, pero merecerá la pena. Hoy ha sido un día difícil, y no sé por qué, si queda tan poco, estoy peor de ánimo que, por ejemplo, hace una semana. Por la mañana bajé a la piscina con Pepe y J. C.. Por la tarde habíamos quedado todos en el parque de abajo. Había aún más gente que ayer, ahora creo que sí han regresado todos... menos ella, naturalmente. Estábamos sentados en los bancos, y, no sé cómo, de repente me vi rodeado de chicas, algunas de las cuales eran desconocidas, creo que unas primas y amigas de Sandra, aunque no sabría distinguir cuáles eran primas y cuáles amigas. Sin venir a cuento empezaron a preguntarme por Cynthia y que cuándo volvía y que si tenía muchas ganas de verla. Sorprendido, respondí que sí, mas no sé a que venía todo eso. Una de ellas, la morena de pelo rizado y ojos grises, creo que una de las primas de Sandra, se me acercaba mucho y me miraba fijamente con un gesto extraño, y cada vez que respondía a las preguntas que me hacían me tocaba el muslo y me decía "qué rico, qué rico", como si yo fuera un niño, y se reía. Bueno, se reían todas, después de mirarse unas a otras. Cansado de aquello me levanté y me fui a otro banco, donde estaba Pepe con el resto. Sobre las diez y media regresé a casa, cené y vi la tele, un partido del Atleti contra el Inter. Ahora son más de la doce y media. Me voy a acostar.

26 de agosto
Faltan 5 días. Angustia. La pendiente del repecho aumenta kilómetro a kilómetro, día tras día, lo que unido a la fatiga acumulada de todo un verano pensando en lo mismo, hacen que afronte estos cinco días que quedan como si fuera una pared. Estoy cansado de esperar, estoy cansado de sufrir, de intentar tocar una figura que está muy lejos de mí, de darle besos y abrazados virtuales que sólo existen en mi imaginación y de inventar conversaciones sobre el verano que hemos pasado separados. Lo que más me entristece es pensar que, en casi dos meses, nunca me ha llamado. Supongo que pensará que no me iba a encontrar en casa. Nada importará cuando dentro de cinco días —¡cinco días!— ella regrese y quedemos por vez primera en casi dos meses. Esta mañana no bajé a la piscina, aunque sí por la tarde. A las siete habían quedado todos para dar una vuelta por el barrio. Se ha armado un buen revuelo con lo de J. R. y Esther, esa chica tan guapa, rubia y de ojos verdes y achinados. Paseábamos Pepe, J. C. y yo por el bulevar de la avenida de la Ilustración, cuando les vimos morreándose en un banco. Esa estampa, si bien al principio me hizo sentir envidia, luego me hizo tomar conciencia de mi propia situación, y pensé que en una semana, quizá menos, yo estaría haciendo lo mismo.

27 de agosto
Faltan 4 días. El verano, aunque despacio, también avanza. Se nota que la noche llega antes, ya no hace tanto calor y en la tele los anuncios de helados y de los discos del verano se van sustituyendo por los de la vuelta al cole del Corte Inglés, los de fascículos y los del comienzo de la Liga. Para mí, el primer anuncio de "soldaditos de plomo históricos, el primero, Guardia Imperial Napoleónica " o de "construya su propia casa mediterránea, la primera entrega sólo 100 pesetas, RBA" marca el fin del verano. Madrid despierta poco a poco de una larga siesta que ha durado todo un mes, los aparcamientos se van poblando y algunos quioscos han vuelto a vender periódicos y revistas a su fiel clientela, que, envuelta en una cáscara de cobre, parece comprar la prensa compulsivamente para ponerse al día, para enterarse de todo lo que ha ocurrido —si es que ha ocurrido algo, porque en agosto incluso los sucesos y las noticias parecen tomarse vacaciones— en el mes que ha estado en la playa. Supongo que para el resto de la gente todas estas inequívocas señales serán una pésima y deprimente noticia, pero a mí me llenan de alegría. A pesar de ello hoy el día ha vuelto a transcurrir con una parsimonia desesperante. A veces me parece que el tiempo se burla de mí. Ni he bajado a la piscina ni a dar una vuelta por el barrio, y básicamente lo que he hecho ha sido leer y releer el Marca, incluso la información de waterpolo, y algunos fragmentos del diario.

28 de agosto
Faltan 3 días. Hoy se cumplen dos meses del día en que empezamos a salir, pero el pasado ha cedido protagonismo al futuro. Un futuro ya muy cercano, a sólo tres días vista. Sólo tres días. Parece increíble que hayan pasado 56 desde que se fue, y que sólo queden tres para que esté aquí de nuevo. Pero extrañamente no estoy delirante de felicidad. Algo me acogota, quizá la inminencia del momento deseado. Sí, sigo subiendo el repecho, cada vez estoy más cansado, pero sé que es el último esfuerzo, porque la meta está ahí, en lo alto de la colina, ardiendo cerca del crepúsculo, y lo que hay tras traspasarla merecerá la pena. Lo que hay tras la meta es comérsela, abrazarla y besarla hasta que quede sin aliento, y pasear por el bulevar de la avenida de la Ilustración y sentarnos en un banco y morrearnos, como el otro día Esther y J. R. Eso es lo que hay, nada menos, y está ya tan cerca que temo que no sea verdad.

29 de agosto
Faltan 2 días. Estamos a viernes. Pensándolo bien, es como si se hubiera ido de fin de semana. Todo lo que queda atrás, 57 días, no importa. Sólo cuenta que el domingo la tendré aquí, y que será el inico de, seguramente, la mejor etapa de mi vida, la Edad de Oro de mi existencia. A día de hoy considero que los últimos días de junio ostentan ese rango, pero lo que vendrá a partir del domingo no tendrá nada que ver con aquello. Hoy me he despertado temprano, muy nervioso. Últimamente el nerviosismo es mi estado normal. Creo que he adelgazado. Constantemente pendulea sobre mi cabeza la imagen de un instante que aún no existe, pero que a pesar de su virtualidad me llena de zozobra. Tengo tantas ganas de que llegue y lo veo tan cerca... Desayuné y vi Bola de Dragón, y a las doce el sorteo de la Champions. Al Madrid le ha tocado con el Oporto, el Rosenborg y el Olimpiakos. Después bajé a la piscina con Pepe y por la tarde quedé con A. F. y J. R. Fuimos a Moncloa, no sé muy bien con qué objetivo. Cogimos el 133, y despreocupadamente iniciamos el trayecto. Tras quince minutos de viaje el autobús se detuvo un buen rato en una parada solitaria, y cuando el conductor nos dijo que era la última y que nos teníamos que bajar, le preguntamos que dónde estábamos y nos respondió que en Mirasierra. ¡Habíamos ido en dirección contraria! Un poco vergonzoso, pero al menos nos reímos. Tomamos el autobús de la acera de enfrente, el que iba en dirección Moncloa, y nos plantamos allí en media hora. Dimos una vuelta por aquel barrio, por unas calles largas y rectas. Había muchos bares y mucha gente en la calle. Yo tenía un poco de miedo porque dicen que por allí los nazis paran al primero que se les cruza, así al azar, y le piden que cante el Cara al sol. Si no lo hace, le dan una paliza. Afortunadamente no vimos a ninguno. La gente bebía en medio de la calle de unos enormes vasos de plástico (creo que se llaman "minis"), gritando y haciendo mucho ruido. Además olía a pis y a vino barato, y el aliento de la mayoría tenía un aroma de pis y vino barato. A mí no me gustaría que debajo de mi casa hubiera gentuza armando ese escándalo, desde luego. Cenamos en un Mc Donalds y regresamos al barrio. He llegado a casa a las diez y media. Ahora son las doce y cuarto. Y mañana, cuando despierte (si es que duermo algo esta noche) podré decirme la siguiente frase: "mañana llega, mañana la tendré en mis brazos. Mañana podré besarla y hablar con ella de las vacaciones, y dar una vuelta por el barrio al atardecer, y dejarla en su casa con un beso de despedida. Mañana, mañana...". Me parece increíble.

30 de agosto
Falta 1 día. Una estructura hinchable de plástico, blanca, formando un enorme arco en medio de la carretera. En el centro del arco, en la parte más alta, un triángulo rojo, uno de cuyos ángulos apunta hacia el suelo, como si fuera una flecha. Y dentro del triángulo, un "1" pintado de blanco. Último kilómetro. He entrado en el último día, en el último kilómetro, de mi espera. 58 han quedado atrás. Sólo tengo que apretar los dientes y hacer avanzar la bicicleta, el ánimo, con mis piernas quemadas y desgastadas, con mis ganas inimaginables de llegar a la meta, de verla. Parece muy poco. ¿Qué es un kilómetro comparado con 58? Apenas nada, y podría pensarse que con la inercia bastaría para llegar a la meta. Lo que ocurre es que estoy cansado, porque ha sido una contrarreloj, una espera, muy intensa y larga. Además, éstos últimos kilómetros han sido en clara subida, y el último también lo será. No sé si de ser un kilómetro, un día más larga, hubiera podido llegar hasta el final. Estoy fundido. Pero tengo que aguantar y no dejar de pensar en lo que me espera tras cruzar la línea. Esta mañana me desperté con una nube de abejas aguijoneándome dentro el estómago, y antes de levantarme me quedé un rato remoloneando en la cama, repitiéndome las mismas palabras: "un día, un día, un día, ¿es posible que sólo falte un día, o todo esto ha sido un sueño y ni estoy con Cynthia ni han pasado 58 días desde que se fue, o en realidad sí que es mi novia pero hemos vuelto al principio de la espera, al 4 de julio?" Tras intensas cavilaciones llegué a la conclusión de que no, que todo había sido real, y que sí, mañana regresará de las vacaciones, de ese pueblo que tantas y tantas veces me he representado mentalmente, y que ni siquiera sé cómo se llama. Sé que está en Zamora, cerca de Benavente, tierra llana de cultivos amarillos y de carreteras largas y rectas y de pueblos blancos y grises abrasados por el sol y de ríos y riachuelos y muchas acequias para la agricultura. Y su pueblo será uno de esos pueblos grises y blancos, cuyas fiestas, como las de todos los pueblos de España, son en verano. En las fiestas toda la gente, la mayoría de Madrid, sale al atardecer a la verbena a aspirar el olor a vino de las calles, y a churros chocolateados y a algodón de azúcar y a colonia infantil, y a mezclarse con la agria música de rumba proviniente de un altavoz viejo y mal sintonizado, que hace que las notas salgan de él como sucias de la suciedad que se ha acumulado en su rejilla, y que nadie ha limpiado en años. Las calles están engalanadas con banderas de España, de la Comunidad Europea y de la Comunidad Autónoma correspondiente, pero como yo no sé cómo es la de Castilla y León, pues me imagino que está puesta la de Extremadura, que es la que conozco. Toda clase de personas se mezclan en las fiestas de los pueblos. Ancianos que viven todo el año en el pueblo —arrugados y de piel curtida por el sol de trabajar en el campo, de camisa azul de manga corta con un bolsillo en una de las solapas y pantalones oscuros de un tejido indefinido, de corte clásico pero rural—, que se nota que están a disgusto en aquel caos de ruidos y olores. Un caos que, más que para la gente del pueblo, está organizado para los que vienen de fuera. Las fiestas de los pueblos no están dirigidas para los que viven en el pueblo, sino para los que viven en Madrid y van al pueblo una vez al año. Hay mucho joven, mucho adolescente y preadolescente, que se arremolina en torno de los coches de choque, con su ficha de diez viajes, impaciente por volver a la pista y poder chocar con el chico o chica que le gusta, en esa rara manía que tienen algunos, tenemos casi todos, de hacer la puñeta al objeto de sus amores. Supongo que será un intento de llamar la atención, si no de otra manera no se entiende. La plaza principal está saturada de la música de rumba, que suena con obstinación, y de las bocinas extrañas y enloquecidas de las atracciones, que parece increíble no se vayan a desmontar de un momento a otro, matando en el instante a decenas de niños inocentes. Y la pobre y vieja iglesia de la plaza se alza negra, oscura, silenciosa, quizá escandalizada por aquel remolino de luces y de olores y de gritos y de humos de fritanga. Y en medio de todo ello, perdida en el grupo de sus amigos, ella. ¿Estará pensando en mí mientras se divierte? ¡Pues claro!

Pero no sé qué hago pensando en su pueblo, si ya apenas le quedarán veinticuatro horas de estancia allí. Es que me da hasta cosa decirlo, por miedo a que no se cumpla. Pero allá voy: mañana la veré, mañana.

¿Qué he hecho hoy? Por la mañana me quedé en casa y por la tarde vi el previo del Madrid-Atleti, el primer partido de Liga. Hemos empatado a uno. Se adelantó el Atleti, con gol de Juninho, pero luego empató Seedorf con un golazo desde casi el medio del campo. Ellos tienen un buen equipo este año. A ver si eso que dicen del "huracán rojiblanco" va a ser verdad... Son las doce y media, me voy a acostar.

sábado, 13 de junio de 2009

VERANO DEL 97 (Duodécima parte)

Campiña cercana a Villafranca de los Barros. Lápices de colores sobre papel Canson.

15 de agosto
Son las ocho y media de la tarde. Dentro de aproximadamente una hora, quizá menos, Claudia y su familia llegarán en coche al cortijo por la varga que sube desde el camino principal. El sonido anunciador del motor diésel será como la bocina que marca el fin del calentamiento en un partido de basket, cuando los jugadores se despojan de la ropa de calentamiento y lucen ya la camiseta oficial, con la que jugarán el partido; o será como el acorde de trompeta que, después del paseíllo, anuncia al público la entrada del primer toro en la plaza, llenando el coso de un murmullo de respeto; o será como el instante en que, antes de un examen, el profesor ordena que se guarden todos los apuntes y sólo se disponga sobre la mesa de un boli y, si es generoso, un Tipp-ex. No creo que haya en la vida de una persona una emoción como la que embarga justo antes del acontecimiento que se considera decisivo. En ese momento afloran y confluyen en un sólo lugar todas las vivencias, miedos, ilusiones y pensamientos anteriores, se acumulan en una pelota dentro del pecho, un poco escorada a la izquierda, para desaparecer unos segundos después. Ya sobra, está de más. Nada de lo pensado, vivido y reflexionado anteriormente vale de algo. Hay que dejarse arrastrar por la acción del momento porque si no corres el riesgo de que esa pelota embote el cerebro. Sí, hay que dejarse llevar y esperar a que todo transcurra. Los acontecimientos operan sobre nosotros, no nosotros sobre los acontecimientos. El que intenta rebelarse contra el devenir de la vida acaba mal. ¿Qué pasará esta noche? Yo no lo sé. El futuro no existe, y parece que hubieran pasado cientos de años desde el 28 de junio y que el 1 de septiembre, la tan anhelada fecha del reencuentro y que tantas y tantas veces he pintado en mi imaginación, simplemente se hubiera borrado, como se borra un dibujo al carbón para empezar después otro.

Pero ya estoy incumpliendo todo lo que acabo de escribir porque estoy pensando en un momento, el de su llegada, que aún no existe. Todo es igual que hace dos días. Mamá y Pepi están adecentando el salón donde cenaremos, y papá y Manolo acaban de volver del pueblo, donde han comprado bebidas y avituallamiento para la cena. Todos en la casa parecen alegres ante la inminencia de una noche de diversión. Lo mejor es que nadie sabe nada, nadie sospecha que se trata de una noche decisiva para ese chico extraño y taciturno que no quiere saber nada del mundo y que se encierra en su cuarto como una culebra en su madriguera. Tampoco los padres ni la hermana de ella estarán al tanto, y en algún cortijo de los alrededores, envuelto en el fuego del atardecer, un alma estará guardando para sus adentros un sentimiento y un suceso que nadie, salvo ella y él, conoce. No creo que haya existido un amor puro que no haya sido misterioso. Cuando el amor pierde el misterio, pierde sus esencia. Dos seres suspirándose al margen de todo lo que les rodea. Debe de ser eso.

Desde la ventana de mi cuarto el cielo tiene un aspecto metálico y cada vez más sombrío. Allá en lo alto se desata una curiosa lucha. Dos pájaros, uno de color oscuro y otro de tono blanquecino, se picotean con violencia, desprendiéndose algunas plumas que caen a la tierra, pausadamente, con un leve balanceo. Es un combate cruel en el que no hay medias tintas: uno gana y otro pierde. La cosa está muy igualada, y no parece que ninguno de los dos vaya a ceder. Los pájaros se alejan para continuar su disputa en otro lugar. Quién ganará es una incógnita, y seguramente sólo ellos dos lo sabrán, y la bandada del perdedor continuará con sus quehaceres como si nada hubiera ocurrido, ajena a la ausencia del compañero caído.

Anoche me costó mucho dormir, y cuando lo conseguí lo que vino después fue un sueño indeciso y turbulento. Al despertar cientos de imágenes se agolparon en un segundo en mi cabeza, y durante varios minutos permanecí tumbado boca abajo mientras era torpedeado por una incansable metralla compuesta de miedos, deseos, incertidumbres y recuerdos. Es peligroso quedarse en esa tiniebla, y lo recomendable es activarse físicamente lo antes posible. Así es que me levanté, desayuné, y sin tardanza cogí la bici, bajé la varga y empecé a pedalear en dirección al pueblo por el camino principal. Un vivo sol comenzaba a calentar la campiña. Llegué al pueblo y regresé por el camino de atrás hasta el cerro de las Mercedes. Luego me introduje por unas sendas serpenteantes a las que se llega desviándose a la izquierda según se corona el cerro. Pasé por el lugar donde me caí ayer y decidí indagar más allá del cruce de caminos del pozo de ladrillo . Transité por una vía recta y pedregosa que atraviesa un extenso viñedo, hasta que me topé con un cortijo abandonado. Descansé un rato bajo la sombra que daba una de las paredes medio derrumbadas de la casa, y cuando me levanté decidí continuar por un camino que se desviaba a la derecha de la senda por la que había venido. El camino era liso y tenía una ligera pendiente ascendente. Se pedaleaba cómodo y suave, aunque el sol ya calentaba con fuerza a mi espalda. Pasé de largo algunas casitas blancas y coquetas, con su jardincito en la entrada cubierto por unas parras de ramas negras y retorcidas. Me crucé con un señor que montaba un burro, y le saludé. Conforme avanzaba la pendiente iba haciéndose más pronunciada y la vegetación de los flancos del camino más espesa. Había higueras y parras y zarzas y arbustos y unos extraños cactus aplanados, que no sé por qué me parecían venenosos. Coroné el repecho y descendí hasta un arroyuelo casi seco, que tuve que vadear. Aproveché la escasa agua del arroyo para refrescarme, echándomela por la cabeza, y continué recto por el mismo camino. A los dos kilómetros de vadear el arroyo comenzó una subida corta pero muy empinada por una vereda serpenteante, que me llevó a una pequeña meseta desde donde podía verse el extenso, compacto y plano caserío de Villafranca, cuyas casas parecían quemarse bajo el blanco sol. Realmente, visto desde aquel lugar, el pueblo parecía mucho más grande que la sensación que se tiene cuando se está sumido en sus calles. Impactaba su extensión. En el centro del caserío se erguía el penacho de la torre color salmón de la iglesia, y a la izquierda, a las afueras, se divisaba la colosal masa gris y compacta del silo. De norte a sur corría la carretera nacional, que calca el trayecto de la antigua Vía de la Plata, con sus largas rectas transitadas por gigantescos camiones, que desde allí no eran si no puntitos móviles y espejeantes. Se estaba muy a gusto en la cima de aquel cerro, a la sombra de una higuera, mas cuando miré el reloj me percaté de que eran casi las tres, y de que aún me quedaba un largo camino de vuelta. El cortijo y la comida y una tarde larga y pesada y una noche de sucesos aún no conocidos me estaban esperando. Me levanté perezosamente y eché un postrero vistazo de despedida a aquella estampa rural, a aquella inabarcable carne morena que me ha acompañado durante los últimos diez días, que al principio me sumía en la tristeza pero que, ¡mira tú por dónde!, recordaré con nostalgia cuando mañana me vuelva a Madrid.

Siguiendo el mismo trayecto regresé al cortijo, a donde llegué al filo de las cuatro. La mesa estaba ya puesta y la comida servida. A pesar del ejercicio físico que había realizado no comí mucho, sentía unas rebeldes mariposas en el estómago, así que pronto me levanté de la mesa y me fui a la sala de estar a ver la tele. Hasta ahora las horas han transcurrido perezosas y las rebeldes mariposas del estómago no se han ido en ningún momento y sobre mi cabeza flotan los vapores de la incertidumbre y lo desconocido.


***

Son las dos y media de la madrugada.

Ya se va. Un sonido crujiente de ruedas deslizándose sobre la tierra llena la cuajada oscuridad de la noche del campo y se va apagando paulatinamente conforme se aleja —¡para siempre!— varga abajo.

A veces me pregunto qué ocurre con ciertos instantes de nuestra vida, y pienso que no es posible que desaparezcan así, sin más, sin dejar impronta alguna. Sé que quedan en nuestra memoria, pero sólo durante un tiempo limitado, en concreto hasta que nos morimos. Y después, ¿qué? Nuestro cerebro será devorado por gusanos, y entonces ya no quedará rastro alguno del momento decisivo, del soplo mágico, de la ocasión en que todo el universo parece resumirse de repente. Me niego a pensar que nada subsista. Hay instantes que no pueden desaparecer. Algo tiene que quedar de ellos, un efluvio, una marca, una huella. Porque, si no, ¿a qué vienen tantos torrentes de lágrimas, a qué tantas emociones íntimas y desatadas, tantas incertidumbres, tantos besos, tantas decepciones? ¿Para qué, entonces? Es imposible que todo concluya, sin más. ¿O sí lo es?

Eran las nueve y veinticinco de la noche cuando un concierto de jubilosos bocinazos inundó el hermoso atardecer. "¡Ya vienen, ya vienen!", se escuchó en la casa, y una ráfaga eléctrica me recorrió entero. Al poco, el ronco motor del coche se paró, las puertas se abrieron para poco después cerrarse con seco estrépito y mamá se me acercó para decirme que ya estaban aquí y que había que salir a recibirlos. Respiré hondo y salí de la casa. Papá, Manolo y Pepi ya daban la bienvenida a los invitados, si bien no tan calurosa como la de hace dos días. Inmediatamente la busqué con la mirada. Saludaba a los que iban a darle dos besos, aparentemente ajena a mi presencia. Alguien me tocó el hombro. "¡Venga hijo, saluda a Martín y a Mari, que estás como atontao!", me dijo mamá. El primero, con sus gafas de sol sobre la cabeza, nada más verme me dio un collejón y me apretó fuertemente la mano, y me dijo que si tenía novia y que dónde estaba y que si ya no me enfadaba cuando me lo decía. "Si tú supieras", pensé, mas sólo acerte a decir, con vaga segunda intención, algo así como "algo hay por ahí, algo". Tras saludar a su esposa llegó el turno de Elena y Claudia. De momento, ésta no parecía arrobada ni nerviosa, e incluso creo que en estos primeros compases ni siquiera me miró, y se dedicó, indiferente, a saludar empalagosamente a Manuel y Teresita. Al principio me sorprendí, mas luego imaginé que podría tratarse de una estrategia para no llamar la atención y no crear la más mínima sospecha. Nos dimos dos besos en las mejillas, dos besos ligeros y sin ninguna connotación, y sin detenerse lo más mínimo pasó a saludar a Dani y a mamá.

Hechas las presentaciones, dudé qué hacer. No sabía si adoptar la actitud del otro día y encerrarme en mi cuarto o mostrarme más sociable y permanecer allí con todos, y, por supuesto, con Claudia, que en realidad era lo único que podía disuadirme de mi encierro. Entre que reflexionaba y no me decidía allí me quedé, las manos en los bolsillos y la pierna izquierda cruzada delante de la derecha, mirando de un lado para otro. Ya casi había anochecido. De repente sentí una suave caricia en una de las heridas de mi brazo derecho, que me sacó de mis reflexiones. "¿Qué te ha pasado, Sebastian? Tienes toda la parte derecha en carne viva", me dijo Claudia. Ya no había elección, había que quedarse y trabar conversación. No es que no quisiera, en realidad era lo que más deseaba en el mundo, mas había una microscópica parte dentro de mí, quizá un átomo rebelde de mi cuerpo o una neurona extraviada de mi cerebro, que me decía que no, que a una persona que estaba bastante lejos de allí no iba a gustarle en absoluto que me quedara a hablar con aquella chica tan preciosa, y que lo que tenía que hacer era meterme en la habitación y cerrar la puerta con dos o tres pestillos y colocar una silla o un mueble bien pesado para que fuera totalmente imposible abrirla desde fuera.

Mas el resto de células de mi cuerpo deseaban lo contrario, deseaban quedarse allí, charlando con esa muchacha. Su caricia, tan simple, tan efímera, tan cálida, parecía haber cauterizado las heridas de todo mi brazo, y aún sentía el estremecimiento que me había provocado. Me acordé de mi sueño, de la primera mirada de fuego que me envió dos días atrás, de las pataditas de la cena, de su sonrisa pícara, del pomo de la puerta girando lentamente, de su cabello acariciándome la cara, de la frase que me dijo, nariz con nariz, —"dice mi madre que pasado mañana volveremos"—, del paisaje que vi ayer desde el cerro de las Mercedes y que ya no me pareció tan triste, del campesino al que saludé. Y del beso. Sobre todo del beso. El beso flotaba entre nosotros aunque no se mencionase, y aunque de todo se hablara menos del beso, el beso nunca jamás nos abandonaría. Me acordé de todo eso en su segundo, y enseguida comprendí que no podía rebelarme contra mí mismo y que había que llegar hasta el final. De pronto todo lo que había alrededor se envolvió en una densa niebla, y arranqué a hablar. "Sí, es que ayer me di un buen porrazo con la bici, en un camino de por ahí detrás", dije, señalando con la cabeza hacia un lugar indeterminado del campo. "Pero bueno, no pasa nada, son cosas que pasan si uno monta asiduamente en bici", concluí. El primer contacto se había producido, los primeros capotazos, el primer toque de balón. Y en ese momento ya tuve claro a dónde quería llegar. Mas no había que forzar nada, había que dejar que todo transcurriera, no intervenir, obviar la molesta voz que desde algún lugar me decía cosas que no quería escuchar, dejarse llevar. "Madre mía, pues debió de ser una buena caída, si es que mira cómo tienes todo el lado derecho", me dijo, y volvió a rozarme las heridas con sus dedos con la delicadeza de que sólo la mujer es capaz, y volví a sentir el mismo estremeciemiento, sólo que multiplicado, exacerbado. Y di gracias de tener esas heridas, de haberme caído el día anterior, y casi lamenté no haberme roto una pierna o un tobillo y tener así un bonito vendaje del que presumir. Miré las rozaduras, que semejaban un entrecot sanguinolento, con aire de indiferencia, y me levanté la camiseta, mostrando las erosiones del lado derecho del abdomen. "Mira, aquí tengo alguna más, y creo que un poco en la cara, pero bueno, no es para tanto, creo que sobreviviré", dije, y ella se rio. "¿Te gusta mucho la bici?". "Sí, me gusta", respondí, y pensé en contarle que el otro día batí por un minuto y cuarenta y dos segundos mi mejor tiempo en una crono que yo mismo diseñé, pero recapacité y sólo acerté a decir que me venía de familia, porque mi padre llevaba toda la vida montando en bici, aunque yo sólo lo hacía en verano, porque en invierno y en Madrid con el frío y los coches era poco menos que imposible salir, pero que en suma sí, me gustaba bastante. Cuando pronuncié la palabra "Madrid" atisbé una sutil, casi impercetible variación en su gesto. Su sonrisa se atemperó y durante medio segundo miró hacia el suelo. Tras un breve silencio me miró de nuevo y dijo: "¿cuándo os volvéis?". "Mañana", respondí.

De pronto una voz disipó la bruma que nos envolvía, y me di cuenta de que ya había anochecido. Manuel se acercó frotándose las manos y con los hombros encogidos, diciendo que de qué hablábamos si podía saberse, que todo el mundo estaba ya dentro de la casa y que dentro de poco cenaríamos, pero que si molestaba que lo dijéramos y que él se iría sin problema. Claudia y yo nos miramos con una indefinida sensación de complicidad, y a la vez y sin decir nada decidimos que sería mejor entrar. La primera decisión que tomábamos juntos y que sólo a nosotros dos atañía. Podríamos haber decidido quedarnos allí, los dos solos, mas nos inclinamos por mezclarnos con el resto, sin hablarlo, sin decir nada; pero era ya una decisión compartida. Entramos en el salón, en cuyo centro estaba ya dispuesta la mesa de los mayores, y, esquinada en un rincón, la de los pequeños, igual que el otro día. Sin embargo, todo era como más informal, sin duda por el poco tiempo que había pasado, apenas dos días desde la última visita, habiéndose creado una especie de confianza nacida de una incipiente costumbre. Casi inmediatamente nos sentamos a la mesa, yo en el mismo sitio que la otra vez, Claudia de nuevo frente a mí. La cena transcurrió tranquila, sin pataditas ni caricias por debajo de la mesa y sólo con alguna mirada furtiva. Hablé poco, y sólo lo hacía cuando de la mesa de los mayores se acercaban Mari o la hermana de Claudia y me preguntaban qué me había pasado para tener así el brazo, o cuando Martín se levantaba de su silla y me daba collejones y me preguntaba que si tenía ya novia y que dónde estaba y que si ya no me enfadaba cuando me lo decía, o cuando mamá inquiría si me lo estaba pasando bien, contenta sin duda de que esta vez no me hubiera encerrado. En esos momentos estaba tranquilo, pero sabía que antes de que acabara el día iba a suceder algo que deseaba pero que, se mirase por donde se mirase, no estaba bien. Reflexionaba sobre ello e intentaba tranquilizar mi conciencia usando todos los subterfugios que me venían a la mente. Mas no había manera. Siempre llegaba a la conclusión de que lo que iba a hacer estaba mal. Pensaba en Cynthia y me ponía en su lugar, y entonces me decía a mí mismo que a mí no me gustaría que me hicieran lo que yo iba a hacer. Luego pensaba que no tenía por qué enterarse, y que había un dicho que rezaba "ojos que no ven, corazón que no siente", con el que mucha gente lo soluciona todo, sin conservar un ápice de remordimiento de conciencia. Y me preguntaba qué tendría esa gente en la cabeza y en el corazón para poder vivir tranquilos de la vida, como si nada hubiera pasado.

Quedaba saber cómo sucedería. Intentaba representarme mentalmente ese momento, mas era en vano, pues me venían mil posibles escenas a la cabeza, todas ideales, plenas de un romanticismo irreal y un poco nauseabundo. Me dije que en vez de anticiparme al futuro debía esperarlo como viniera, pues al fin y al cabo lo que sucede siempre es lo mejor, entre otras cosas porque es lo único que puede suceder. Pensando en todas estas cosas terminamos de cenar y se discutió qué podíamos hacer para pasar la noche. Uno dijo que podíamos jugar al Hotel, otro que al Tabú, otro que echaban no sé qué programa en la tele y, al fin, llegó la idea ganadora en este peculiar concurso, y lo hizo de la boca de Claudia. "¿Y por qué no damos una vuelta por el campo? A mí me apetece respirar un poco de aire, y además tiene que estar bien perderse por ahí por la noche... No sé, se me ocurre, pero vamos, como queráis". De improviso renació en los circunstantes un dormido ímpetu infantil por la aventura, por lo desconocido, y la idea fue muy bien acogida. Miré a Claudia. Su expresión tenía algo de inquietante, como la del que ha tramado un ardid y ve cómo sus planes se van cumpliendo a la perfección. Me miró, y sonrió.

Salimos de la casa diciendo a los padres que íbamos al garaje a buscar un juego que Manuel había recordado tener allí guardado. Sin duda que no quedaron tranquilos. Era una noche cuajada, sin luna y cubierta por un enorme manto de diamante. Empezamos a caminar hacia la izquierda, conforme se sale de la casa, atravesando un viñedo. Al principio era difícil ver, mas cuando la pupila se adaptó la visibilidad se hizo bastante buena, suficiente para no tropezar y andar con soltura. Los olivos y las vides y los almendros eran sombras negras y amenazantes, y flotaba un caluroso silencio de vez en cuando interrumpido por el zarandeo de algún arbusto o por el gorjeo de algún ave nocturna. A lo lejos la campiña parecía un inmenso campo de asfalto, negro como el azabache, aunque aquí y allá brillaban los tenues puntitos blancos y amarillos de las luces de los cortijos. Bajamos el viñedo y atravesamos un almendral, cuya tierra blanda, preñada de terrones, hacía difícil el avance. Cruzamos un camino y, de nuevo campo a través, llegamos al lecho del arroyo. La espesa vegetación de sus flancos oscurecía aún más la visibilidad. Era como estar en un túnel. Empezamos a caminar siguiendo el arroyo. Yo iba el último del grupo, y Claudia me precedía. De vez en cuando miraba hacia atrás, y me sonreía. Ambos fuimos aminorando la marcha casi impercetiblemente, de modo que quedamos un poco desgajados del grupo. Cuando vi que la distancia con los demás era suficiente la agarré del brazo y aproveché una tupida zarza que nos salió al paso para escondernos. Ya estábamos solos.

Nos quedamos unos segundos completamente quietos conteniendo la respiración y sofocando las risas. Ella me miraba fijamente a los ojos, con gesto admirado, sorprendida quizá ante acción tan audaz e inesperada. Detrás de la zarza los pasos fueron apagándose, aunque empezaron a escucharse voces inciertas. "No sé, estaban detrás de mí hace un momento", oí que decía una. Rápidamente pero con sigilo nos levantamos y comenzamos a andar alejándonos del arroyo campo a través, por un almendral en ligera subida. Yo iba delante, y de cuando en cuando Claudia me agarraba del brazo diciendo que ella no era deportista y que no fuera tan rápido. Nos topamos con un camino y decidimos cruzarlo y continuar campo a través por el olivar del otro lado. Ya estábamos lo suficientemente lejos del arroyo para sentarnos a descansar. Claudia se sentó, jadeante, a mi derecha, sobre una roca. Era una noche morada y serena, y desde nuestra posición se adivinaban, en la falda de unos cerros que tocaban el horizonte, los cúmulos de luciérnagas de los pueblos lejanos, y, más cerca, las luces amarillas y naranjas del cortijo de San Isidro y los móviles puntitos brillantes de los coches que rodaban por la carretera nacional, que parecían cercanas y terrenales estrellas fugaces. Durante unos minutos permanecimos callados, recuperando el aliento y admirando el paisaje oscuro que se abría ante nosotros. Luego nos miramos y nos sonreímos, orgullosos de nuestra fechoría, y conscientes y anhelantes de lo que, tarde o temprano, iba a suceder. "Hace una noche de puta madre", dijo ella. "Sí, la verdad es que sí", respondí, la mirada fija en el horizonte. El denso silencio sólo era roto por el canto agudo y repetitivo de los grillos, y abajo, a los pies de la colina, se vislumbraba un enorme caserón gris de ventanas negras, de aspecto lóbrego, aparentemente abandonado. "Mira, ¿ves esa casa grande y medio derruida? Nosotros le decimos a Teresita que ahí es donde viven las brujas. La pobre se aterra cada vez que se lo decimos, sobre todo si es de noche, y cuando pasamos por delante en coche, aunque sea de día, se tapa los ojos", dije. "Qué rica es la niña, es un encanto", dijo ella. El silencio se instaló de nuevo, hasta que ella lo interrumpió: "O sea que os volvéis mañana a Madrid". "Sí", dije con acento lúgubre. "¿Y a tí te apetece irte?", preguntó. El acento de los grillos se hizo más intenso, la atmósfera más densa, la noche más oscura. "No", respondí mirando al suelo.

Lo deseaba con toda mi alma. En ese momento lo que me apetecía era acercarme a su rostro y besar esos labios en flor. No pensaba en nada más, no había otra cosa, ahí estaba todo. Mas no me decidía. Siempre he sido muy parado para estas cosas. Seguramente ella también lo estaba deseando, pero en estos casos ya se sabe, el hombre es el que debe dar el primer paso. El otro día fue ella, sí, la que me besó, pero en esta ocasión era distinto, aquel no fue un beso profundo, y de todos es conocido que en los besos profundos es el varón el que tiene que lanzarse, nunca al revés. Además, después de lo de dos días antes, ahora me tocaba a mí, era mi turno. La pelota estaba en mi tejado, como suele decirse, y sólo a mí correspondía atacar. Miré de nuevo hacia la "casa de las brujas", y se me ocurrió una idea. "Oye, siempre he tenido curiosidad por ver por dentro esa casa, tiene que acojonar. ¿Te parece que nos acerquemos?", propuse, y ella accedió. Bajamos el olivar y nos plantamos en la entrada de la casa, que desde cerca tenía un aspecto aún más sombrío. Entramos por una de las ventanas, ya desnudas de cristales, y nos vimos en una sala grande y polvorienta, en cuyo centro había una mesa redonda de madera. Inspeccionamos el resto de la casa. Apenas había muebles, sólo alguna silla desvencijada y algún baúl agujereado. Se notaba que hacía mucho tiempo que nadie la habitaba. Subimos unas escaleras de madera hasta el desván, que estaba aún más oscuro y mugriento que el resto de estancias. Sin embargo, en el suelo había había tazas, vasos, platos y cubiertos junto a varios tetra briks de vino barato, y, en una esquina, un jergón. Claudia corrió hacia él, se tiró y se tumbó en su mullida superficie, llenando el lóbegro edificio con sus risas juguetonas. "Ven, está muy blandito", dijo, y me acerqué y me senté junto a ella.

Ahora sí que no había vuelta atrás. El lugar, la noche de verano, el estar fuera de miradas indiscretas, convidaba a ello. Y dentro de mí sentía un deseo irrechazable. Se acercó a mí poco a poco, disimuladamente, hasta que su muslo tocó mi brazo, el de las heridas, y de nuevo ese estremecimiento. Sentía el calor de su carne, y su perfume, y el poder de su presencia, tan cercana, y la piel se me erizó, y toqué su muslo con la mano, y noté cómo su piel mudó de tacto; y me decidí.

Me recosté sobre el jergón, apoyado sobre el brazo derecho. Ella adoptaba la misma postura, pero apoyando el izquierdo, de modo que nuestros rostros se miraban, su aliento me peinaba y el blanco de los ojos contrastaba con aquella oscuridad cárdena. Me acarició la barbilla, y luego las mejillas, y por último el cuello. "¿Qué es esto, un colgante?", dijo, y palpándolo por encima de la camiseta continuó: "es como una media luna, ¿a ver?" Y lo sacó. "¡Qué bonito! ¿Te lo ha regalado alguien?", me preguntó.

No contesté. Una avalancha de recuerdos e imágenes me sepultó al instante. No podía. Los dos últimos días habían sido un oasis de tiempo del que acababa de salir en ese instante. De pronto recordé que faltaban dieciséis días para que mi espera concluyera, y que ni hoy ni ayer había encabezado el diario con la frase "faltan X días", y que la había olvidado. Mas ahora su imagen se hacía más grande que nunca y su sombra se cernía sobre la campiña y los olivos y las vides y el arroyo y los caminos y los montes y el cerro de las Mercedes y los cortijos y los pájaros y los perros y el campesino al que saludé y la casa abandonada y sobre Claudia y sobre mí. "¡Sebastian, despierta! Que te has quedado como agilipollao", dijo, e instintivamente me aparté de ella. "¿Qué pasa, Sebastian? ¿He hecho algo malo?". Callé unos instantes, y luego dije: "No puedo, Claudia. Esta media luna, aunque ahora mismo sólo veas media, está unida a otra exactamente igual, y yo no puedo hacer que se separen, ¿me entiendes?, no puedo, no puedo". Al principio me miró extrañada, mas luego pareció comprender. "¿Está en Madrid?", preguntó. "No, ahora mismo no, pero la veré allí dentro de dieciséis días, ¿sabes?, sólo dieciséis días. Y llevo esperándola... pues... cuarenta y tres días, nada menos. ¿Qué son cuarenta y tres días comparados con dieciséis? Muy poco, apenas una cuarta parte", dije, y sentí que algo muy hondo renacía dentro de mi pecho. Ella me miraba fijamente, con el gesto compungido. Apartó la vista y la dirigió hacia el suelo, suspirando. El silencio se hizo impenetrable. "Claudia, sólo puedo decirte que has conseguido lo que me parecía totalmente imposible: que tuviera dudas de un sentimiento que creía incuestionable. Créeme, es mucho lo que has conseguido, muchísimo". "Sí, pero la prefieres a ella", dijo con voz trémula. "Es mi novia, compréndelo, y pasaré un año entero con ella en Madrid, que es donde vivo, donde tengo mi casa y mi vida, y tú...". La miré, y en ese momento me pareció de una belleza excelsa, casi sobrenatural, como jamás había visto ni seguramente veré, y me entró un inmoderado deseo de llorar. "...y tú... Me va a ser muy difícil olvidarte, créeme, muy difícil..."

Aún permanecimos un rato más en el desván, en silencio, mirando por una angosta ventana el anochecido paisaje. Era ya muy tarde, y por nada del mundo me habría ido de allí ni me habría separado de aquella compañía. Sin embargo, era necesario regresar al cortijo. "Deberíamos irnos, nuestros padres estarán preocupados", dije, y ella se levantó sin decir nada y salimos de la casa. Subimos de nuevo por el olivar, y unos cien metros antes de llegar al cortijo, aún en pleno campo, nos detuvimos y nos quedamos frente a frente, mirándonos y cogidos de las manos. Era una despedida particularmente amarga, que me llegaba al alma y que por poco me hace brotar agua de los ojos. Acerqué mis labios a los suyos y la besé fríamente, conteniendo el deseo. "Bueno, pues que tengas un buen viaje mañana, y dale recuerdos a...", "Cynthia —dije— se llama Cynthia". "Bueno, pues a Cynthia, aunque pensándolo mejor, será mejor que no le des recuerdos de mi parte, ¿eh?", y en su rostro se dibujó una dulce y postrera sonrisa.

Entramos en la casa, y en el salón los mayores reían y parloteaban en torno a una mesilla plagada de botellas de cristal, ya casi vacías. Nuestra ausencia había pasado inadvertida, y sólo Manuel se acercó para preguntarnos qué nos había pasado, y le respondimos que nos habíamos perdido y que no sabíamos volver. Evidentemente no nos creyó, mas no dijo nada y se limitó a mirarnos con extrañeza y, finalmente, a dirigirnos una sonrisa de complicidad.

Todo había terminado, así es que me encerré en mi habitación y me tumbé en la cama, boca arriba, considerando los avatares de la noche y de dos días irrepetibles que inesperadamente se habían cruzado en mi camino. Pensé en Claudia, y lloré. Mas cuando Cynthia acudió a mi cabeza me sentí orgulloso y feliz, y recordé que, al fin, mañana nos volvíamos a Madrid y que ya sólo quedaban dos semanas para volver a vernos. ¿Qué eran dos semanas comparado con todo lo que había dejado atrás? Muy poco, y además era ya la recta final, y me prometí llamarla en cuanto llegara a casa y contarle lo bien que me lo había pasado en Villafranca, que había montado mucho en bici y que había visto mucho campo, y que me había acordado mucho de ella y que tenía muchas ganas de que regresase.

Un cuarto de hora después mamá entró en mi habitación diciéndome que Martín y Mari se iban ya y que había que salir a despedirlos. Vacilé, mas finalmente dije que me dolía el estómago y que prefería quedarme. No estaba seguro de poder soportar la estampa de Claudia metiéndose en el coche y alejándose varga abajo, para posiblemente no verla más. A los pocos minutos oí a lo lejos el crepitante deslizar de neumáticos sobre la tierra, y ese sonido pareció desgarrarme por dentro.

Miro el reloj y advierto que llevo cuatro horas escribiendo. Por oriente despunta ya una vaga claridad malva. Pero hoy no es día de dormir.

miércoles, 10 de junio de 2009

VERANO DEL 97 (Undécima parte)

13 de agosto
Faltan 18 días. El final de esta larga estancia en Villafranca se va acercando y, con ello, el momento de empezar a encarar la recta de meta. El ecuador de agosto ya está aquí, y dentro de dos días habré completado tres cuartas partes de mi recorrido. Muy poco, sí, si miramos todo lo que he dejado atrás. El problema es que, como en una contrarreloj, el cansacio de va acumulando y los últimos kilómetros, los últimos días, son los que más largos se hacen. La cercanía con el objetivo parece estirar aún más los días como, dicen, en las proximidades de los agujeros negros el espacio y el tiempo se deforman, y cuanto más cerca se está del centro del agujero tanto más se dilatan, hasta hacerse, espacio y tiempo, infinitos. Hay veces en que el universo parece conspirar contra nuestras emociones, deseos e ilusiones. Esta mañana me desperté con el regusto dulce de la jornada de ayer, pero de repente sentí que ya no tenía nada que hacer aquí, que nada me ataba, y que quería volver a Madrid lo antes posible. Me reconforté al pensar que sólo me quedan dos o tres de días de estancia, mas en mi cerebro los vi como una última pared vertical e inexpugnable antes de llegar a la cumbre. Después de desayunar di una vuelta con la bici por los caminos cercanos al cortijo de San Isidro. Cuando el calor empezó a apretar de verdad regresé al cortijo, me bañé en la piscina con Manuel, Dani y Teresita, comimos y la tarde transcurrió lánguida y pesada jugando al Hotel, viendo una película de sobremesa sobre juicios y amores despechados y mirando las musarañas. Al atardecer mamá y Pepi nos echaron de la sala de estar y se pusieron a arreglar un poco la casa porque al parecer a la noche iban a visitarnos unos amigos de un cortijo cercano. Oí los nombres y recordé que se trataba de aquel matrimonio cuyo varón, el de las gafas de sol siempre puestas sobre la cabeza, tan mal me cae. Aquel que de pequeño me hacía de rabiar con que si tenía novia y demás, y que me hacía llorar de enfado, y que encima se reía. "Lo que faltaba para el bote", pensé. "Y de noche no puedo coger la bici y perderme por el campo".

El matrimonio llegó sobre las diez de la noche, acompañado de sus dos hijas, la mayor de unos diecisiete años y la pequeña más o menos de mi edad, ambas morenas, de pelo y ojos negrísimos y de una belleza arábiga, tirando a lo exótico, muy propia de estas latitudes. Sin embargo, la pequeña aventaja en hermosura a la mayor por la sutil disposición de sus ojos, boca, orejas, cejas, nariz, facciones, pequeñas diferencias entre las dos que, en definitiva, son las que distinguen a una mujer guapa de una verdaderamente arrebatadora. Mas a mí no me interesaba todo aquello y dilaté lo más posible la llegada del momento de los saludos con la intención de que el protocolo durase lo menos posible y poder así desaparecer como un gato. No había remedio, empero. En cuanto me vio Martín, el de las gafas de sol puestas sobre la cabeza, trazó una sonrisa pícara, me dio un collejón, y, mientras me apretaba la mano con fuerza inusitada, me dijo en voz altísima, como si yo fuera sordo, que si tenía ya novia y que dónde estaba y que si ya no me enfadaba cuando me lo decía. Me limité a no decir nada y a irme de allí lo más rápido que pude, después de dar dos besos a Mari, la mujer de Martín, y a Elena y Claudia, las hijas mayor y pequeña respectivamente. Cuando entraba en la casa, con intención de encerrarme en mi cuarto, miré hacia atrás, no sé por qué, y mis ojos se cruzaron con los de Claudia, que me miraba obstinadamente con sus pupilas de carbón. Así estuvimos un par de segundos, tras los cuales desvié la mirada, apresuré el paso y me perdí por el pasillo del cortijo hasta mi cuarto.

Durante un buen rato estuve en mi habitación leyendo alguna revista de ciclismo y algunos pasajes de Viaje al centro de la tierra, mientras detrás de la puerta retumbaban la conversación y las risas y los gritos. De vez en cuando venían papá o mamá o Manuel y me decían que por qué no iba al salón, que estaban allí todos jugando a no sé qué juego. Yo me negué repetidas veces, mas hubo un momento en que ya fue inevitable salir de mi escondrijo. La cena estaba servida. Me personé en el salón con el gesto avergonzado y soñoliento y me senté en una silla cualquiera de la mesa de los niños. Cuando alcé la vista volví a toparme con los ojos oscuros de Claudia, que estaba sentada justo enfrente de mí. "También es mala suerte", pensé. "Debí haber mirado antes de sentarme, ahora están todos los sitios ocupados". Durante la cena todos hablaban, menos yo. Bueno, todos menos yo y Claudia, que entre trozo de carne y pincho de ensalada clavaba su mirada en mi persona, y entonces yo bajaba la vista o fingía que quería pan y se lo pedía a Manuel, o que deseaba llegar hasta la ensalada o el jamón ibérico o el queso curado. Sus ojos tenían una expresión de sorpresa e ingenuidad, como los del niño que lo mira todo, hasta los hechos más nimios, con gesto alucinado. Parecía escrutarme hasta los intestinos, y yo no sabía si le gustaba, le daba pena o si mis rarezas la tenían asombrada.

Así transcurría la cena cuando, en un momento dado, sentí un golpe en la espinilla. La miré, y su expresión había tornado del asombro y la escrutación al juego y la picaresca. Una llama me subió al rostro e hice como si nada hubiera pasado. A los pocos segundos, otra patada, y luego otra. Volví a mirarla, y su gesto se adornó con una sonrisa astuta. No aguanté más y, sin tomar postre, me levanté de la mesa violentamente y me encerré de nuevo en mi cuarto, notando a mi espalda el silencio repentino y las miradas de extrañeza de los presentes. "Mi hijo está muy raro últimamente", escuché que decía mamá. Cuando me vi solo comprobé que el corazón me daba tumbos, que me palpitaban las sienes y que mi respiración era tan desbocada como el correr del galgo Fonta, y tuve que aguardar unos minutos para recuperar un poco de sosiego. Me tumbé en la cama y me acordé de Cynthia, y la pedí perdón mentalmente por sentirme atraído por esa chica, que en verdad es muy guapa, para qué negarlo, pero ella es mi novia, pensaba, la chica que me gusta desde hace tanto, a la que debo mi corazón y gracias a la que mi existencia ha dado un giro radical en los últimos tiempos. La imagen de Claudia pugnaba con la de Cynthia por hacerse un sitio en mi cerebro, a veces parecía que ganaba, mas siempre lograba expulsarla, y entonces me reconfortaba con la única visión de la piel blanca, la melena negra lisa hasta los hombros, los ojos grandes y oscuros y ese ligero vestido azul que tan bien le queda.

El jolgorio que aún se oía detrás de la puerta fue poco a poco apagándose, y ya me sentía mucho más tranquilo. Lo que había pasado en la cena no era ya más que una anécdota sin importancia, que para olvidar bastaba con dejar pasar como si nada hubiera ocurrido. Estaba tumbado boca arriba, con los ojos cerrados, en ese momento indeciso que separa la realidad y las inminentes tinieblas del sueño. De repente el pomo de la puerta empezó a girar lentamente y los goznes chirriaron con acento lúgubre. Abrí los ojos de súbito y miré hacia la puerta, que se abría poco a poco, pensando en que serían papá o mamá para avisarme que los invitados se iban ya y que había que ir a despedirlos. Primero vi un brazo moreno y delicado, unido a una figura hermosa y menuda; luego esa figura cerró la puerta tras sí y se dirigió hacia mí, que permanecía tumbado en la cama, petrificado ante aparición tan inesperada. Claudia se detuvo a mi derecha mientras yo la miraba, quizá con cara de asombro o de espanto. Se agachó, cerré los ojos y sentí cómo mis labios se unían a los suyos mientras su larga melena me rozaba la frente y las mejillas y la nariz, y una tiritera me recorrió todo el cuerpo, en lo que fue la más dulce sensación que jamás haya experimentado. Lo que tanto anhelaba y no sentí con Cynthia, seguramente a causa de mis nervios e inseguridades, había venido así, sin esperarlo. "Dice mi madre que pasado mañana volveremos", me susurró, nariz con nariz. No contesté nada y sólo la observé alejarse hacia la puerta mientras me sonreía. Al fin salió de la sala.

Ahora son las tres y cuarto de la mañana y no puedo dormir. No sé si quiero que llegue pasado mañana o que pase ese día cuanto antes o irme a Madrid de una vez. ¿Es posible que todo cambie en un sólo día?

14 de agosto
Hacía calor. En lo alto, un gigantesco y ardiente disco blanco chamuscaba la llanura y los cerros descarnados. No corría la brisa y no olía a nada. Sólo olía a calor, sólo se veía calor, sólo se oía calor; un calor despiadado, que había borrado cualquier atisbo de vida vegetal o animal en aquel paraje inanimado. Junto al sol palidecía una enorme media luna de tono plateado. Yo estaba de pie en un camino recto y seco que se estiraba hasta donde abarcaba la vista, y a derecha e izquierda sólo veía una interminable llanura amarilla y ondulada. De repente esa media luna empezó a caer irremisiblemente hacia el horizonte, hasta desaparecer por completo detrás de unos montes marrones. Sentí que algo moría dentro de mí y una cuenta de diamante se deslizó por mi mejilla. Empecé a correr hacia el lugar por donde había desaparecido la media luna plateada, mas cada pocas zancadas tropezaba y caía al suelo. Me levantaba trabajosamente, como si estuviera en un planeta cuya gravedad fuera cien veces mayor que la de la tierra, y volvía a correr. Cada vez hacía más calor y cada vez jadeaba más y me era más penoso mover mi cuerpo. De repente, a lo lejos, sobre el camino, divisé una figura negra. Parecía de mujer. Me fui acercando, y poco a poco los detalles de la figura se fueron haciendo visibles. Estaba de pie mirándome fijamente, con la cabeza levemente inclinada hacia delante, y tenía un estatismo estremecedor. Reconocí su vestido azul y su piel blanca y sus ojos oscuros y su melena negra hasta los hombros. "¡Cynthia!", grité mientras me acercaba. "¡Cynthia!", volví a gritar, ya a escasos pasos de la figura. Me fijé en sus ojos. Me miraban fijamente, pero tenían un extraño rayo de tristeza. "¡Cynthia, estás aquí, por fin te veo! —dije— ¡Qué feliz soy, amor, tenía muchas ganas de verte!... ¡Cynthia! ¿Por qué no respondes, qué te pasa?... ¡Amor, estoy aquí!... ¿Por qué lloras? Dime, qué te pasa... Qué te pasa, amor, ¿me oyes?... dime algo, qué te pasa..." De repente, sin dejar de mirarme ni variar el gesto petrificado y lúgubre, extendió el brazo y con el índice señaló detrás de los cerros, por donde se había hundido la media luna. No entendía nada. A continuación señaló detrás de mí, y me di la vuelta. A unos diez metros de distancia una muchacha muy morena me miraba con una leve sonrisa dibujada en su bello rostro. Una fuerza inapelable me hizo caminar hacia ella, siempre muy despacio, como si llevara plomo en los zapatos. Me giré para mirar a Cynthia, mas ella ya no estaba, había desaparecido. Extrañado, continué andando hacia la muchacha. Era Claudia, me sentí irrestiblemente atraído hacia ella, me acerqué con tiento mientras me sonreía muy dulcemente, fui a besarla...

Y me desperté en medio de la noche.

Esta mañana me he levantado con un enjambre de ideas, recuerdos y pensamientos nublándome la cabeza. Para despejarme, nada más desayunar cogí la bici y me perdí por los caminos que conducen a El Venero. Luego subí el cerro de las Mercedes y, por el camino de atrás, llegué hasta el pueblo. Regresé por el mismo camino y me senté a descansar bajo la sombra del olivo. El sol caía a plomo, me apetecía volver al cortijo y bañarme en la piscina, pero sabía que iba a haber demasiada gente y lo que quería era estar solo y pensar. Bajo el olivo, las escenas de la noche anterior sacudían inconteniblemente mi cerebro, y a veces cerraba los ojos y me sonreía, y otras me sentía enormemente miserable. ¿Cómo un suceso puede poner patas arriba un sentimiento tan arraigado? Lo normal era que hubiera rechazado a Claudia cuando me iba a dar el beso, mas no lo hice, e incluso sentí un placer inefable al contacto de sus labios. ¡Quién me iba a decir a mí que mi primer beso de verdad fuera a llegar de esta manera! Verdaderamente Claudia es muy guapa, para qué vamos a negarlo, pero yo estoy con Cynthia y seguro que no le gustaría nada enterarse de lo de ayer. Eso sí que es una traición, poner los cuernos. Eso es peor que matar a una persona en un arrebato de furia. Otra cosa es que fuera un asesinato premeditado, claro. Pero una infidelidad, por mucho que digan, siempre se puede rechazar. A nadie le ponen una pistola en la cabeza para liarse con alguien que no es su pareja. Si no quieres, no quieres, y ya está. Y si lo haces, es que no quieres a tu novia o novio de verdad. Es así de simple, y quien no quiera verlo... Pero, ¿he sido yo infiel a Cynthia? Técnicamente, yo creo que no. Fue Claudia quien entró en mi habitación, se acercó y me besó. Yo no hice nada, incluso me recluí en mi cuarto precisamente escapando de ella, tras las miradas y pataditas de la cena. Mas pude haberme apartado perfectamente, haberle dicho: "no, no, por favor, tengo novia y la quiero mucho". ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué sabiendo que iba a besarme incluso deseaba que eso ocurriera? Porque hay que decir que yo lo sabía, se acercó muy despacio y me dio tiempo más que de sobra para apartarme. Eso es así, no puedo engañarme. Y mañana, mañana vuelve. Sinceramente, no sé que puede ocurrir. Ahora mismo diría que puede pasar de todo. Por un lado preferiría que no viniera, pero por otro lo estoy deseando. Y eso es lo que me inquieta. Yo la quiero, yo quiero a Cynthia. Pero Claudia es muy guapa, es preciosa. Y huele muy bien, y su piel es tan morena y tan delicada, y esa sonrisa pícara era tan... Bueno, lo seguro es que mañana a la noche regresará, y que sea lo que tenga que ser.

En estas cosas cavilaba bajo la sombra del olivo mientras contemplaba ese paisaje que otras veces me pareció tan triste cuando pensaba en Cynthia y en esta espera tan larga que estaba sobrellevando con paciencia y angustia. La estampa, de un día para otro, había tomado otro cariz. Ya no me parecía que la llanura estuviera tan estática ni los montes del fondo ni los cortijos ni las vides ni los olivos ni los pájaros ni los perros. Algo nuevo, un desbocamiento imprevisto, creció dentro de mi pecho, y el sol se suavizó y su luz se hizo más viva y alegre. Pasó un señor mayor con sombrero de paja y le saludé afablemente y me pregunté de dónde venía, a dónde iba, cuál éra su cortijo, si tenía esposa e hijos, si gozaba de salud, si era feliz con su vida, y me dije que sí, que el hombre tenía un aspecto muy saludable, propio de la gente del campo, y que aunque ya era viejo se le notaba que había disfrutado de la vida y que había vivido rodeado de cariño y que ya no le quedaban más cosas que hacer antes de morir, y que todo lo que viniera antes de desaparecer de la faz de la tierra sería bienvenido.

Sobre las tres de la tarde regresé al cortijo. La mesa ya estaba puesta y la comida servida. "Mira, el ermitaño", dijo alguien cuando me personé en el comedor. Manuel me miraba con una media sonrisa, como barruntándose algo. Después de comer vi la tele y jugué con Dani y Manuel al Hotel. Al atardecer Dani y yo nos perdimos por los caminos de detrás del cortijo, por una varga que se desvía a la derecha cuando se corona el cerro de las Mercedes. Hay algunos tramos de subidas, bajadas y curveos realmente divertidos por esa zona. En una bajada empinada y llena de zanjas me pegué un buen porrazo, me deslicé varios metros por piedras y arena y tengo toda la parte derecha del cuerpo totalmente raspada. Llegamos hasta un cruce de caminos en cuyo centro había un pozo de ladrillo y regresamos al cortijo por las mismas sendas. Antes de que anocheciera nos dimos un baño en la piscina, mamá me curó las heridas y sobre las diez cenamos.

La noche ha transcurrido plácida, pero en el ambiente flota la inminencia de algo importante y decisivo, como la calma absoluta que dicen que suele darse la noche anterior a una gran batalla. Es la una y cuarto de la madrugada, y desde esta parte de la casa, por la ventana de mi cuarto, puedo ver la plateada luna menguante en esta noche clara y tapizada de estrellas. El ondulante horizonte es cortado con dureza por el negro perfil de los olivos y las vides y desde el corazón del campo llega el acento agudo y repetitivo de los grillos y un aroma seco y penetrante que llena los pulmones. Me voy a acostar, aunque no sé si podré dormir algo.

lunes, 8 de junio de 2009

VERANO DEL 97 (Décima parte)

6 de agosto. Villafranca
Faltan 25 días. Ya estamos en Villafranca. Llegamos antes de la hora de comer, creo que sobre la una y media. Ahora son las doce y media de la noche. Mamá nos levantó temprano esta mañana, a las ocho, y cuando abrí los ojos vi cómo se levantaba delante de mí una inmensa montaña que escalar. Al instante recordé que hoy nos íbamos de viaje y, lejos de sentir libertad y evasión, fue como si alguien me acogotara. No me agradaba, ni me agrada, la perspectiva de pasar diez días fuera. No sabría explicar muy bien por qué. Quizá sea que aquí, tan rodeado de gente, mi nostalgia, lejos de atenuarse, se exacerba. ¿Por qué será que en soledad me siento más a gusto, más sereno, más tranquilo, más en paz conmigo mismo, que cuando estoy acompañado? Cualquier cambio es un terremoto más que mi espíritu ha de soportar, y creo que con esta espera larga y angustiosa ya tiene suficiente. Pienso aislarme lo más que pueda en estos días que pase aquí, no porque odie a nadie ni porque sea yo un ser huraño, sino por pasar el trago lo mejor posible. El único pensamiento que me reconforta es que, cuando regresemos a Madrid, allá por el 15, sólo quedarán dos semanas. ¿Qué son dos semanas comparado con lo que he soportado hasta ahora? Así que desde ya tengo una nueva meta en el horizonte. Es curioso observar que desde que se fue he ido poniéndome pequeñas metas en el tiempo. De lo contrario, si sólo hubiese mirado como objetivo el 1 de septiembre, creo que habría enloquecido.

Me ha quedado la dolorosa llaga de no haber hablado con ella antes de salir de Madrid. Me hubiera gustado decirle que me iba de vacaciones. ¿Y si me llama en estos días que estoy aquí? ¿Y si volviera? Cuando ya estábamos dentro del coche y papá estaba a punto de arrancarlo me vino una idea a la cabeza como un latigazo. ¡Mi colgante! ¡Me lo había dejado en casa! Así que en el acto, sin dar explicaciones, salí del coche, subí corriendo mi calle mientras mamá gritaba a mi espalda "¡Sebastian, a dónde vas, pero qué haces!" y, sin mirar atrás en ningún momento llegué al portal, subí y saqué la media luna plateada de mi cajita de madera. ¡Cómo iba a estar diez días sin él! ¡Faltaría a la promesa que le hice!

El viaje transcurrió sin problemas, sin atascos ni accidentes, pero con mucho calor, que aumentaba conforme avanzaba el día y nos dirigíamos más hacia el suroeste. En Jaraicejo paramos a descansar y desde allí, sin tregua, llegamos a Villafranca. Pasado Almendralejo la Tierra de Barros lucía su color arcilla intenso veteado del verde y el negro de las vides y del blanco de los cortijos dispersos que, a izquierda y derecha, a la mano y casi en el horizonte, decoraban este paisaje levemente ondulado y abrasado por el sol. Los campos de olivos se extendían más allá de donde alcanzaba la vista, y las vides formaban en filas perfectamente rectas, asemejándose al más disciplinado de los ejércitos. De vez en cuando, difuminado en la lejanía, destacaba algún silo blanco o la torre de alguna iglesia que dirigía su punta hacia un sol que caía a plomo, sin compasión, sobre la terrosa llanura. Y, como una aparición fantasmal, levemente dibujados sobre el tapiz azul del cielo, unos montes marrones trazaban suaves y sinuosas curvas, como una mujer morena acostada de lado.

Siempre es violenta la emoción y difícil el momento de saludar a familiares que sólo ves una vez al año. Antes de llegar al cortijo estaba nervioso y lo único que quería era terminar pronto con los saludos, coger la bici y perderme por los caminos del campo. A la puerta de la casa estaban ya todos, esperándonos, agitando las manos en señal de bienvenida. Di dos besos a cada uno y cogí en brazos a Teresita, que, sin duda, está mucho más grande que el año pasado. Por último le di un apretón de manos a Manuel, procurando que me quedase lo más vigoroso y masculino posible. Y sin esperar un minuto más le dije a papá que pusiera las ruedas a la bici y me fui con Dani varga abajo, hasta el camino principal que lleva al pueblo. Antes de venir a Villafranca trazamos el recorrido de una contrarreloj, y mientras rodábamos decidimos hacer un primer intento. Así que, tranquilamente, sin forzar, seguimos pedaleando en dirección al casco urbano.

El recorrido de la crono es el siguiente. La salida se da en el límite entre el campo y el pueblo, en la última casa, en dirección sur por el camino principal. La primera parte, hasta el kilómetro 2,7, es completamente llana, cómoda, de largas rectas, en la que se puede abusar de desarrollo. Después del cruce con la varga que lleva a nuestro cortijo empieza el terreno duro. Primero una subida suave, no muy exigente, pero que empieza a preparar las piernas para lo que vendrá después. Un poco más adelante de la coronación de esta pequeña cuesta se gira a la izquierda, abandonando el camino principal, y se entra en una vía bastante pedregosa que, en frenética, serpenteante y peligrosa cuesta abajo, nos lleva a un pequeño puente sobre el arroyo Bonhabal. Y de ahí hasta el final son 500 metros de duro y sostenido ascenso hasta la meta, en el Cerro de las Mercedes.

Rodamos tranquilamente hasta el lugar de la salida, y con las piernas calientes y tras descansar unos minutos, Dani puso el reloj en marcha y comenzó la crono. Yo salí un minuto después, pero antes me puse el colgante que me regaló Cynthia. En el llano no quise darlo todo y preferí dosificar, rodar con un buen desarrollo pero sin atrancarme. Doblé a Dani antes de llegar al cruce con la varga que lleva a nuestro cortijo y en la cumbre de la primera subida, donde decidimos colocar la primera referencia, mi tiempo fue de 6:53. Arriesgando en cada curva de la bajada posterior llegué, ya muy fatigado, al puente sobre el arroyo. La subida final fue infernal, me asfixiaba por el sofocante calor, el aire no corría ya ante mi baja velocidad, las piernas me ardían y el sudor traspasaba las cejas y me entraba en los ojos. A pesar de que no quería forzar en el llano, creo que lo hice, y eso me pasó factura al final. Las últimas pedaladas fueron agónicas. El tiempo final fue 12:38, a 21,37 de media en 4,5 kilómetros. Dani se equivocó en un cruce y no completó el recorrido.

Después de comer la hora de la siesta transcurrió bajo el sonido de las chicharras en el campo y la quietud más absoluta dentro de la casa, oscura y cerrada a cal y canto para mantenerla fresca. Yo no tenía sueño y no dormí, y lo único que hice fue ver la final de 1500 de los Mundiales de atletismo, en la que Fermín Cacho y Reyes Estévez ganaron la plata y el bronce respectivamente. De vez en cuando, mientras veía la tele en el cuarto de estar, sacaba de la cartera la foto de Cynthia y la contemplaba durante unos minutos. Cuando el calor dio un poco de tregua salimos Dani, Manuel y yo a dar una vuelta por los alrededores. Bajando la varga y atravesando un viñedo llegamos al arroyo, casi completamente seco en esta época del año. En algún recodo se formaba una pequeña piscina de agua algo más profunda, y en ellas había cangrejos de río. Yo cogí uno pero me pinzó un dedo y lo solté. En un momento dado Manuel se puso a mirarme con gesto pícaro, tocó mi colgante por encima de la camiseta y me preguntó que quién me lo había regalado. Creo que me puse muy rojo y le respondí que ya se lo contaría. Antes de que anocheciera regresamos al cortijo, cenamos y la noche ha transcurrido apacible y sosegada.

7 de agosto
Faltan 24 días. Son las doce y media. Anoche me costó mucho dormir, siempre me ocurre la primera vez que duermo en una cama distinta a la mía. Nada más levantarme y desayunar algo he cogido la bici y he estado casi toda la mañana perdiéndome por los caminos que se dirigen hacia el sur, hasta el límite con El Venero. Luego he regresado y he subido el cerro de las Mercedes, en cuya cima me he sentado a descansar. He vuelto al cortijo y, para quitarme un poco de mugre, me he bañado en la piscina. Después de comer he visto los Mundiales de atletismo y, al atardecer, he ido con Dani en bici hasta el pueblo. Antes de que anocheciera hemos ido al campo con Manuel a comer habas y uvas, y ya en el cortijo hemos cenado fuera de la casa, bajo la luz de las estrellas. Le he contado a Manuel lo de Cynthia. Parece sorprendido de que yo pueda tener novia. No lo entiendo.

8 de agosto
Faltan 23 días. Es la una de la madrugada. No sé qué sería de mí si no hubiera traído la bici. Se va a convertir durante los días que esté aquí en mi más fiel compañera. Ella sí que no me fallará nunca, jamás me decepcionará ni me dará un disgusto. Por la mañana di una vuelta con Dani por los alrededores, explorando nuevos caminos. Encontramos una senda muy bonita cercana al cortijo de San Isidro. Luego, llegando al puente sobre el arroyo, unos niños de malas trazas nos vieron y empezaron a gritarnos y a lanzarnos piedras, por lo que tuvimos que acelerar el pedaleo. Manuel nos ha dicho que son los de El Venero y que tengamos cuidado cuando vayamos por allí. Después de comer vi la tele y en cuanto pude volví a agarrar la bici y me alejé por el camino de detrás del cortijo, que lleva al pueblo. De regreso a la casa estuve hablando con Manuel, que me preguntó detalles sobre Cynthia: cómo es, si está buena, si es de mi clase, cómo surgió la cosa y demás zarandajas. Al anochecer fuimos todos al bar del cortijo de San Isidro, donde los mayores estuvieron bebiendo cervezas hasta tarde. Un día más, un día menos. Me voy a acostar.

9 de agosto
Faltan 22 días. Son las ocho y media de la tarde, estoy en la cima del cerro de las Mercedes. He salido con la bici y me he traído el cuaderno para escribir. Me hallo sentado sobre una roca a la sombra de un olivo. Cae la tarde, y a mi espalda el sol se hunde irremisiblemente desparramando dulces ráfagas doradas por la tierra arcillosa de la comarca. Los olivos, las vides, los cortijos blancos, mi bicicleta, proyectan sombras cada vez más alargadas. La puesta del sol marca el fin del aletargamiento en toda esta zona. Concluye la dilatada hora de la siesta, la atmósfera se refresca y la gente sale de sus casas con aspecto soñoliento. Algunos sacan a la terraza unas sillas plegables y se ponen a conversar; otros aprovechan para limpiar el coche mientras los niños y los perros revolotean, juguetones, a su alrededor; de vez en cuando veo pasar por el camino algún anciano que anda trabajosamente con ayuda de su bastón y me saluda; huele a tierra, a aceite, a establo, a campo; de todas direcciones llegan sofocados ladridos cuyas ondas se entrecruzan en este aire limpio y tranquilo; el cielo es surcado por alegres bandadas de pájaros negros. El fin de la luz supone el comienzo de la vida en la Tierra de Barros. Mirando al frente, en la llanura, diviso varios caseríos blancos y abigarrados, que deben de ser Ribera del Fresno y la Puebla del Prior, y más a lo lejos unos montes de color ocre veteados de verde. De norte a sur distingo siete cimas, todas más o menos de la misma altitud excepto la primera, bastante más baja. Por aquella parte el cielo ha adquirido ya un tono sombrío y el perfil de sierra de los montes va desdibujándose poco a poco. Hoy el día ha transcurrido muy lento. ¿Qué estará haciendo ella en este momento? ¿Estará sentada en el río mirando el atardecer y acordándose de mí como yo me acuerdo de ella mientras observo este paisaje? ¿Qué es esto que tengo dentro y por qué me dice que no es así? Debe de estar equivocado, ¡cómo no va a estar pensando en mí! Seguro que sueña día sí y día también con el momento del reencuentro, allá dentro de... 22 días. 22 días. Todavía 22 días. Parece como si cada jornada que pasa ella, en vez de acercarse, se alejara cada vez más. Debo volver al cortijo, mamá me dijo antes de salir con la bici que regresara pronto porque esta noche iríamos al pueblo. Si por mí fuera me quedaba aquí hasta que amaneciese.

10 de agosto
Faltan 21 días. Es la una y media de la madrugada. Acabamos de llegar del pueblo. Hoy me he levantado temprano y he visto a Abel Antón y a Martín Fiz ganar el oro y la plata en el maratón. Por la mañana he vuelto a intentar la crono. Al principio, en el llano, creía que iba bien, pero en la primera referencia mi tiempo era 7:25, 32 segundos peor que el otro día. En el resto del recorrido he pedaleado enrabietado, mas me notaba fatigago y el tiempo final ha sido 13:06, a 28 segundos de la mejor marca. Tengo que descansar un poco, mañana por la mañana no cogeré la bici. Por la tarde he vuelto a salir, pero sólo he llegado hasta el pueblo y a un ritmo suave. Sobre las nueve hemos partido hacia el pueblo. Los mayores han estado de bares y nosotros hemos ido a los recreativos, aunque a mí me hubiera gustado ver el partido del Madrid, que jugaba contra el Ajax. Me encontraba muy incómodo cuando Manuel se encontraba a uno de sus amigos y se ponían a hablar entre ellos, mirándonos a Dani y a mí de vez en cuando con una sonrisa que tenía un deje de desprecio y extrañeza. En esos momentos era cuando más pensaba en Cynthia y más ansiaba estar con ella. Me voy a acostar.

11 de agosto
Faltan 20 días. Eran las cuatro de la mañana cuando empecé a escuchar movimientos y voces. Me levanté y los vi a todos en el pasillo hablando entre ellos. Me acerqué y le pregunté a mamá. Al parecer Manuel había visto un alacrán en su cama y había empezado a gritar. Manolo y papá empezaron a buscarlo y al rato lo encontraron, lo mataron, le quitaron el aguijón y lo echaron al cubo de los perros para que se lo comieran, y todos volvimos a nuestras habitaciones a dormir. Mas yo ya estaba intranquilo, y cualquier picor que sentía me parecía que era un alacrán, o una culebra, e incluso la sugestión me hacía ver arañas enormes subiéndome por la pierna encima de la sábana. Hoy me he levantado algo más tarde de lo normal y por la mañana no he cogido la bici y he ido con Dani y Manuel al cortijo de al lado porque Manolo le había encargado a éste último que pidiera unos cuantos perdigones ya que por la tarde iba a salir a cazar con los galgos. Luego anduvimos por los viñedos y los olivares y los campos de habas y los almendrales y comimos uvas rojas, habas y almendras. Después nos dirigimos al arroyo y nos sentamos a la sombra de los eucaliptos que crecen a su vera. Regresamos al cortijo, comimos y durante la hora de la siesta jugamos al Hotel. Cuando el calor se aplacó dimos los tres una vuelta con la bici, acompañados de papá, por el camino de El Venero. Llegamos muy lejos hacia el sur, hasta el cruce con la carretera. Volvimos, y antes de que anocheciera acompañamos a Manolo en su cacería y vimos al galgo Fonta atrapar una liebre, que Pepi y mamá han cocinado. Hemos cenado todos juntos fuera, a la luz de la luna. Y por último hemos trasnochado para ser testigos de las Perseidas, la lluvia de meteros conocida como las Lágrimas de San Lorenzo. El cielo limpio del campo ha permitido ver en todo su esplendor el chisporroteante ir y venir de estrellas fugaces, que arrastraban su cola plateada por la bóveda oscura, dejando un rastro de ceniza planetaria, y de las cuales alguna era tan brillante que llegaba a iluminar toda la llanura y los cerros y los cortijos y nuestros rostros durante un segundo. Mamá ha recordado que había que pedir un deseo, y yo por supuesto lo he hecho. En quién pensaba cuando lo pedí para mis adentros no creo que haya que decirlo. He esperado al meteoro más resplandeciente que se dirigiera hacia el norte, hacia donde está su pueblo, he cerrado los ojos y he formulado el deseo o el pensamiento o lo que fuera aquello. La verdad es que ha sido un día bastante agradable, quizá el mejor desde que llegamos. Son las tres de la mañana.

12 de agosto
Faltan 19 días. Son las doce y media de la noche. Esta mañana me levanté con el convencimiento de que hoy por la tarde haría un intento de batir el tiempo de la crono. Así que decidí que, para conservar las piernas frescas, por la mañana no tocaría la bici y lo que hice fue jugar con Teresita en la piscina e ir con Dani y Manuel a visitar a sus tíos, cuyo cortijo está como a un kilómetro andando por el camino principal. Después de comer jugamos al Hotel y charlé con Manuel sobre Cynthia, y hablar sobre ella me dio ánimos renovados, una carga de ilusión por el porvenir. De repente me vi a mí mismo desde fuera, desdoblado, como un ser que no soy yo, y pensé, joder, qué suerte tiene este tío, está con la chica que le gusta desde hace un montón de tiempo. Hablar sobre mí mismo fue como hablar sobre otro, y entonces tomé conciencia de mi situación, de que ella es mi novia, no la de cualquier capullo de por ahí, no, no, la mía y sólo la mía, porque ese capullo que estaba con ella y que yo estaba viendo no era otro que yo mismo. Muchas veces nos lamentamos de nuestra mala suerte y de nuestras desgracias y creemos que sólo nosotros sufrimos y envidiamos a los demás porque parecen felices y dichosos, cuando en realidad puede que se trate de una fachada, y esos seres que miramos con envidia tienen, como nosotros, sus aflicciones y sus alegrías, sus grandes decepciones cotidianas y sus pequeñas alegrías diarias, que son, en definitiva, las que nos sostienen.

Sobre las ocho y media cogí la bici y, tranquilamente, rodando con un desarrollo suave para no quemar las piernas, llegué al pueblo, al lugar de salida de la crono. Las condiciones eran perfectas. No soplaba viento, la temperatura convidaba al esfuerzo físico y a la derecha el sol atardecido doraba la llanura arcillosa. De repente me acordé de Cynthia y su imagen se unió a la de mi bici, a la del atardecer, al anhelo de batir mi récord, porque presentía que era hoy o nunca. El otro día hice 13:06 y comprobé que no iba a ser tan fácil derrocar a ese 12:38 del primer día. Después de descansar unos minutos me coloqué en posición, respiré hondo, besé el colgante y puse el crono en marcha. Estaba muy motivado y empecé muy fuerte, rodando con todo el desarrollo en el llano, mas pensé en todo lo que quedaba por delante y me tranquilicé. Al poco ese empellón inicial me pasó factura y las sensaciones empezaron a no ser buenas. No pedaleaba con agilidad, iba atrancado, sin mantener la posición, estaba incluso nervioso. En el cruce con la varga que lleva a nuestro cortijo estuve a punto de dejarlo, mas decidí continuar, al menos, hasta la primera referencia de tiempo. Cuál fue mi sorpresa cuando coroné la primera subida con un tiempo de 5:51. ¡5:51! ¡Un minuto y dos segundos mejor que mi marca! En contra de lo que me decían mis sensaciones, en el llano había volado. Ver ese tiempo fue como un aldabonazo, apreté los dientes y me dije que pararía el crono en un registro insuperable. Arriesgué en cada curva de la bajada que lleva al puente sobre el arroyo y en la subida final me dejé cualquier átomo de energía que pudiera tener. Nada más coronar el cerro de las Mercedes paré el reloj y me tumbé boca arriba, absolutamente derrengado, con las piernas ardiendo de ácido láctico acumulado y abriendo la boca al máximo para inspirar la mayor cantidad posible de oxígeno. Miré el crono. ¡10:56! ¡Un minuto y cuarenta y dos segundos mejor! Había pulverizado mi registro, como dicen los comentaristas de la tele y los periódicos. Me creí Induráin, o Ullrich. Al instante pensé en Cynthia y le dediqué mentalmente esta anónima, absurda y nimia victoria que sólo yo conoceré y que sólo a mí me atañe. Me quedé un rato sentado bajo el olivo observando el ya casi anochecido paisaje, en el que la imagen de ella parecía corporeizarse en las nubes estratificadas, que semejaban un fuego celeste y sonrosado. Y algo dentro de mí me dijo que no me preocupara, que esta espera merece la pena, que después tendré todo un curso por delante para estar y disfrutar con ella, y que el 1 de septiembre, el día del reencuentro, iba a ser el inicio de una época dorada.

Con las sombras ya cuajando el campo regresé al cortijo, dejé la bici y me senté en el bordillo de la entrada a esperar tranquilamente la cena, que tuvo lugar, como todas las noches que hace bueno, fuera de la casa. Comí abundantemente y después escuché la larga charla de sobremesa, que en verano y en el campo adquiere un cariz tan sosegado que nada parece que pueda salir mal. Ahora estoy cansado pero feliz. Me voy a acostar.