jueves, 21 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Séptima parte)

5 de julio
Faltan 27 días. Hoy ha empezado el Tour. Todos esperan que lo gane Olano, y yo también. Se parece mucho a Induráin: es grande, fuerte, buen contrarrelojista, es del norte e incluso la nariz es también grande y un poco aguileña. En el prólogo no lo ha hecho mal, ha quedado quinto creo, pero se esperaba más. Ha ganado Boardman. Tres semanas es lo que dura el Tour. Termina el 27. Entonces sólo quedarán cinco días para que Cynthia vuelva del pueblo. Viéndolo así, tampoco es tanto y no tiene por qué hacerse tan penoso. De la mano del Tour, seguro que estas tres semanas se me pasan volando, y además, el ánimo irá subiendo por cada día que pase al ver más cerca la meta, y si hoy, cuando sólo ha pasado un día desde que se fue, no me encuentro tan mal, es de esperar que a partir de ahora todo vaya a mejor.

Hoy hemos ido a Getafe a ver a Luisa y Florentino. También han ido Berto, sus padres y su hermana. Lo he pasado bien, como siempre que nos juntamos. Hemos jugado al fútbol y por la noche, después de cenar, hemos visto películas manga que nos ha sacado Rubén. Nos hemos ido muy tarde, sobre las cuatro de la mañana. Ahora son casi las cinco, y tengo mucho sueño, pero me apetecía escribir. Le he contado a Berto lo de Cynthia. Luisa, como de costumbre cuando me ve, me ha preguntado si tenía alguna "novieta" por ahí, y yo, henchido de orgullo, le he dicho que sí, que algo hay. En ese momento he sido consciente de que, efectivamente, es mi novia, y dentro de mí ha nacido esa sensación que a veces tenemos de dicha inquebrantable por el presente y el porvenir. Algunas veces me pregunto a qué se deben esos instantes, que en realidad son los que nos sustentan. Quizá sea una comunicación, una comunión momentánea y casual entre nuestro cerebro material y ese Ser, ese Algo etéreo que todo lo controla y que está siempre y en todas partes.

6 de julio
Faltan 26 días. Inauguración de la temporada de piscina. Para mí, se entiende. He bajado con Pepe por la mañana y por la tarde. No estoy tan optimista como ayer, en algún momento me ha asaltado algún pensamiento angustioso, pero se ha ido rápidamente. Al menos cuando estoy con alguien u ocupado el tiempo parece avanzar un poco más deprisa, por eso la piscina me va a aliviar de muchos sufrimientos.

7 de julio
Desde que se fue, llevaba varios días con la idea de llamarla. Han pasado cuatro días, y hoy he creído oportuno hacerlo para saber qué tal había ido el viaje, qué tiempo hace por allí y demás, aunque todo eso naturalmente era una excusa para hablar con ella. Era la una y media de la tarde cuando agarré el teléfono y, decidido y a la vez nervioso, marqué el número del pueblo. Ella misma me lo cogió. Su voz parecía alegre, lo cual me dio ánimos extra. Hablamos durante quince minutos más o menos sobre cosas banales, qué tal todo por allí, el viaje muy largo, por aquí bien, mucho calor, menos mal que tengo piscina y demás zarandajas. Sobre mi mente gravitaba constantemente una frase que no se atrevía a salir de mis labios: "te echo de menos, tengo muchas ganas de que vuelvas". ¿Pensaría ella lo mismo? En ese momento estaba seguro de que sí.

Hoy hace un calor horrible y mirando por la ventana en esta hora de la siesta el tiempo parece haberse detenido. Ni un alma pasea por la calle y sólo el rumor momentáneo de algún coche rompe la calma estival. Todo está siniestramente estático. Ni las ramas de los árboles hacen el más leve movimiento, ni se ven pájaros volando ni ninguna nube mancha el cielo abrasado. ¿De verdad se habrá detenido el tiempo? Peor aún, parece como si, en vez de avanzar, el tiempo retrocediera cada minuto que pasa. ¿Es real lo que estoy viendo en el rejoj de mi habitación? ¿Es posible que las manecillas vayan hacia la derecha en vez de hacia la izquierda? Creo que mi cerebro me está jugando una mala pasada. Pero no, lo veo nítidamente, el minutero vuelve sobre sus pasos, y el segundero también, y...

Llevábamos diez minutos hablando, durante los cuales yo ya era feliz por el simple hecho de escuchar su aterciopelada voz, cuando de repente se me vino encima una avalancha de tiempo. "Sebastian, al final me quedo aquí otro mes más, hasta septiembre", me dijo. No reaccioné a esas palabras, dichas con tono de disculpa, y sólo acerté a responder con un ahogado "¿qué?", aunque sabía perfectamente lo que acababa de oír. Ella repitió la misma frase con el mismo tono de disculpa macerado con una pizca del cansacio de aquel que, desganado, repite una cosa a su despistado interlocutor. Quedé callado unos instantes que se hicieron lentos y pesados, y que quizá eran los primeros ladrillos de este inmenso edificio de tiempo que hay que levantar a partir de hoy. Un edificio faraónico, de construcción farragosa y que debo fabricar yo solo.

Hablamos poco más antes de despedirnos sobre cosas superfluas que nada tenían que ver con mi interior estado de zozobra. Intenté esconder mi colosal decepción, pero creo que se notaba que mi voz tenía un hilo apagado y perezoso. El suyo, y eso es lo que más me duele, me parecía que en absoluto concordaba con el mío, y diría que había un punto de lástima, de dolorosa lástima por un sentimiento que no es compartido. "Te llamaré la semana que viene", fue lo último que me dijo. Nada nás colgar miré por la ventana de mi habitación y me quedé un buen rato contemplando ensimismado este paisaje tórrido e inquietantemente inmutable. Ahora mientras escribo miro de nuevo el reloj de la pared y compruebo que es cierto: las manecillas vuelven sobre sus pasos.

Hoy, 7 de julio, faltan 55 días para volver a verla.

8 de julio
Faltan 54 días. Hoy me he levantado tarde, anoche me costó bastante dormir, la imagen de Cynthia divirtiéndose en su pueblo no dejaba de revolotear sobre mi cabeza. Y mientras yo aquí, pensando cada minuto en ella y en el reencuentro. Aunque a lo mejor me estoy equivocando y ella se ha quedado allí obligada y está tan impaciente como yo por volver a vernos. Sería lo lógico, es mi novia, y tampoco tengo elementos para pensar lo contrario. Por la mañana he bajado con Pepe a la piscina y le he contado lo que me dijo ayer Cynthia. Dudo que él comprenda cómo me siento, uno se puede imaginar los padecimientos de otro, pero si no los siente o los ha sentido en carne propia, es como si nada. Por la tarde he vuelto a bajar a la piscina. Se ha bajado también J. C. Por la noche he estado jugando a las cartas con Dani y viendo la tele.

9 de julio
Faltan 53 días. Otro día más que ha pasado y que ya no volverá... o eso espero. Buena noticia: mañana viene Berto con sus padres y se quedará unos días. Hoy por la mañana he bajado a la piscina con Pepe y J. C. y por la tarde hemos dado una vuelta con todos éstos por Tirma. He escuchado algunos comentarios jocosos de R. J., J. R. y alguien más sobre Cynthia, insinuando que me iba a poner los cuernos y demás. He optado por no hacer caso y pasar del asunto, fingiendo que me hacía gracia, aunque por dentro ardía de rabia por escuchar tales tonterías. ¡Si ellos supieran cómo me siento! Pero no, mejor que no lo sepan, si no sería aún peor.

10 de julio
Faltan 52 días. Son casi las tres de la mañana, y escribo en casi el único momento libre que he tenido en todo el día. Hoy ha venido Berto con sus padres. Han llegado sobre la una de la tarde, y casi todo el día lo hemos pasado en la piscina, jugando con la pelotita en el césped, aunque el socorrista ha terminado por quitárnosla porque decía que molestábamos a las viejas. Hemos comido en el bar de la piscina, y después de comer hemos subido a casa. Por la tarde hemos estado todos pendientes de la televisión, pues según han dicho ETA ha secuestrado hoy a un concejal del PP de un pueblo del País Vasco. Miguel Ángel Blanco se llama. Los etarras dicen que si en 48 horas el Gobierno no acerca los presos de ETA a las cárceles vascas lo matarán. Qué hijos de puta. Vicente estaba muy indignado y no se ha despegado de la tele en toda la tarde. No entiendo nada de lo que pasa. He tenido tentaciones de llamar a Cynthia, pero me dijo que me llamaría ella. Espero que lo haga pronto. Hoy al menos el día ha pasado algo más rápido, pero echando la vista atrás compruebo que sólo ha transcurrido una semana desde nuestra última cita. Una semana que parece un siglo.

11 de julio
Faltan 51 días. Es muy tarde, son más de las tres de la madrugada. Hoy la jornada ha sido parecida a la de ayer. Hemos pasado todo el día con Berto. Muy pronto hemos bajado a la piscina, hasta la hora de comer. También han bajado Pepe y J. C., pero no hemos estado juntos, sino ellos dos por un lado y Berto, Dani y yo por el otro. En casa, mientras comíamos, hemos visto las noticias. No han soltado a Miguel Ángel Blanco y se han convocado manifestaciones multitudinarias para pedir su liberación. Las calles de Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Ermua estaban atiborradas. Era emocionante ver todas esas manos blancas levantadas y oír esos millones de gargantas cantado "¡libertad!" Por la tarde, de nuevo a la piscina. Me aburre ya tanta piscina. Y por la noche Berto y yo hemos hablado de chicas y le he contado mis padecimientos con Cynthia. Tengo la sensación de que nadie me comprende, creo que no voy a hablar a nadie más del asunto.

12 de julio
Faltan 50 días. Es la una de la madrugada. Hace media hora más o menos que Berto se ha ido. Han sido dos días con él muy entretenidos y que han servido para que, al menos, el tiempo pasara un poco más rápido. Hoy hemos vuelto a pasar toda la mañana en la piscina. A la hora de comer han venido los padres de Berto. Hemos comido en el bar de la piscina, pero pronto hemos subido a casa para ver las noticias. A las cuatro de la tarde expiraba el plazo que dieron los terroristas. Si a esa hora el Gobierno no había tomado la decisión de desplazar los presos, Miguel Ángel sería asesinado. Los cabronazos no se han andado con chiquitas. Se ha encontrado su cuerpo en un bosque, con un tiro en la cabeza. Han vuelto a convocarse manifestaciones, una de ellas en Ermua. La multitud ha recibido en directo la trágica noticia. Una señora lo decía desde un balcón, y, al momento, se extendió por la plaza del pueblo un grito de dolor que helaba la sangre. Se me ponía la carne de gallina. La hermana, una chica de gafas, lloraba desconsolada y daba las gracias a la concurrencia. A mí se me ha saltado alguna lágrima, y en el salón todos miraban la tele en silencio. Vicente se tapaba la cara con las manos. Ha permanecido así durante un rato bastante largo. Viendo problemas como éste me doy asco a mí mismo por estar triste por el hecho banal de que mi novia esté de vacaciones lejos de mí. Pero no puedo evitarlo. Al parecer Miguel Ángel estaba con vida cuando lo encontraron, pero las probabilidades de supervivencia son mínimas. Berto y sus padres se han ido sobre las doce y media de la noche, y hasta esa hora hemos estado en mi habitación hablando de fútbol y recordando nuetras gestas ciclistas en el pueblo.

13 de julio
Faltan 49 días. ¡Menos de 50! Finalmente Miguel Ángel murió anoche. Ahora son las once de la noche. Después de la visita de Berto la rutina diaria ha vuelto por sus cauces habituales. Por la mañana he bajado a la piscina con Pepe y por la tarde hemos dado una vuelta por Tirma. Hoy parece que me han dejado un poco en paz con el tema de Cynthia. Nadie se ha ido de vacaciones todavía excepto ella. ¿Por qué tan mala suerte?

14 de julio
Faltan 48 días. Hoy estoy de buen humor. Es día 14 ya, ha pasado una semana desde que Cynthia me dio la mala noticia de que su ausencia se prolongaba y estamos casi a mitad de mes. Afortunadamente el tiempo pasa lento pero inexorable. Lo que pasa es que hubiera estado bien haber podido disfrutar este verano con ella. Bueno, ya llegarán más. Porque estoy seguro de que el año que viene seguiremos juntos. Esto no habría ni que decirlo, porque está escrito. Lo único, ¿por qué no me llama? He decidido que mañana lo haré yo. Hoy ha empezado la montaña en el Tour. Olano lo ha pasado mal, se descolgaba en los puertos, pero sigue en la pomada. Si aguanta un poco, luego podrá machacar en la contrarreloj.

15 de julio
Faltan 47 días. ¡Qué vergüenza! De entre todos los actos lamentables que he hecho en mi vida, el de hoy sin duda se lleva la palma. ¿Cómo he podido hacer algo así? Me da hasta vergüenza escribirlo, pero si quiero que este diario sea verdadero, no me queda otro remedio. No hay que amputar la realidad, eso sería miserable. Ayer escribí que había decidido llamarla hoy, y eso es lo que he hecho. Eran sobre las dos de la tarde. Marqué el número, sonaron dos, tres, cuatro tonos, mi corazón se disparó, y al fin al otro lado sonó una voz femenina. Era su madre. Azorado, no acierto a comprender por qué empecé a hablar con voz de chica. ¡Con voz de chica! Pero ya que había empezado, no podía echarme atrás. Pregunté por Cynthia, su madre me dijo que se había ido al río, que le dejara recado. Dije que era Marta. "¿No eres un chico?", preguntó ella. Yo respondí con un "no, no" que debió de sonar inmensamente ridículo, y me apresuré a colgar sin despedirme. Absolutamente lamentable.

lunes, 18 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Sexta parte)

4 de julio
Esta mañana, después de una noche de sueño doloroso y revuelto, me he despertado con el colgante que Cynthia me regaló ayer antes de despedirnos puesto en el cuello. Es extraño, no recuerdo habérmelo colgado en ningún momento, y lo que sí sé es que, antes de quedarme dormido con lágrimas en los ojos, lo tenía en la mano, apretándolo con fuerza. Es un medio corazón plateado con una luna menguante en relieve, y el collar es una sencilla goma negra. Ella tiene otro exactamente igual.

Hoy el sol cae a plomo sobre nuestras cabezas y sobre el asfalto de las calles y sobre los árboles y sobre los parques. A veces, en verano, me pongo a pensar en que es increíble que exista el invierno. No es concedible que los paisajes cambien tanto en unos pocos meses, y que hoy podamos estar abrasándonos en la piscina y dentro de no mucho helándonos hasta el tuétano. Lo mismo ocurre con el estado de ánimo. Un día lo vemos todo con inquebrantable felicidad y optimismo y al siguiente hasta el sol veraniego tiene un cariz entenebrecido y luctuoso.

Esta noche he tenido un sueño que se repetía una y otra vez. Yo estaba de pie en un camino polvoriento rodeado de un campo seco y amarillo, levemente ondulado, sin el menor atisbo de vida ni vegetación. El sol quemaba el paisaje desolado y mi cabeza ardía y las sienes me palpitaban. Cynthia, que vestía los pantalones amarillos que se puso para nuestra cita de ayer, se alejaba por el camino lenta e imperturbablemente. La veía de espaldas, y empecé a llamarla, pero mi voz salía ahogada. Intenté correr detrás de ella, mas mientras más me esforzaba por alcanzarla, más me pesaban las piernas, más me palpitaban las sienes, más me ahogaba por el calor asfixiante y el polvo y más se alejaba su figura, hasta perderse detrás de la línea del horizonte.

Ayer fui a la cita con Cynthia absolutamente convencido de no repetir los errores del otro día y de pasar una tarde memorable, que fuera el inicio de un verano mágico. Pasado el shock inicial de los primeros días de saber que le gustaba, fui consciente de la situación y de la tremenda suerte que tenía. Me deshice de pesimismos, inseguridades y malos pensamientos. Al fin y al cabo, pensaba, estoy con la chica que me gusta desde hace mucho tiempo, es una situación con la que soñé tantas y tantas veces que ahora que se ha dado no puedo desaprovecharla. Visualizaba, antes de salir de casa, el momento en que me lanzaría a sus labios y la abrazaría, y lo veía tan claro que realmente sentía el calor de su cuerpo, su olor y su dulce respiración cerca de mí. Estaba nervioso, pero seguro. Como el domingo, me vestí con mis mejores galas, me acicalé lo mejor que pude y me miré al espejo convencido de mi éxito, que iba a depender de si habría besos o no. Bajé mi calle y no tuve que esperar mucho a que llegara. Primer momento importante: ¿pico o besos en las mejillas? No lo dudé y con seguridad pero a la vez con naturalidad la besé en la boca. "Empieza bien la cosa", pensé. A ella se la veía especialmente risueña y mi optimismo y felicidad, ya de por sí grandes, aumentaron un grado más. Dimos un paseo por el barrio, durante el que la conversación transcurrió fluida y divertida. Hablamos de los tremendos papeleos de la matrícula para el instituto, le conté mi problema con las fotos de carnet, ella me contó que no pudo ir personalmente y que mandó a su hermana, y, al fin, le pregunté qué había hecho estos días. Me dijo que había estado en casa de su abuela y que por eso no me había llamado, pero yo ya no le di importancia y me reí interiormente de los sufrimientos que había pasado por esa razón. Todo iba perfecto, y sólo quedaba sentarse en un banco y que ocurriera.

He escrito ya en alguna ocasión en este diario que muchas veces no acierto a comprender mis propias acciones. Creo que somos unos desconocidos para nosostros mismos, y que cada persona tendría que vivir varias vidas para conocerse a sí mismo en profundidad. Y después de lo de ayer, lo tengo cada vez más claro. Después de pasear otro rato nos sentamos en unos columpios del parque de abajo. Empezaba a anochecer, y entre los dos, con la suave brisa estival, flotaba una agradable sensación de bienestar por estar juntos. Empezábamos a tener confianza. Hablamos un poco, pero a mí lo que me apetecía era besarla. Pasaba el tiempo y no me decidía. No sé cómo se me ocurrió una idea tan sumamente estúpida, pero el caso es que en un momento dado me levanté, conté cuatro pasos, tracé con el pie una raya sobre la tierra y le dije que por cada vez que lograra saltar más allá de la línea le daría un beso en la boca. Al momento se pintó en su rostro un gesto de incredulidad, pero yo seguí a lo mío. Consistía en columpiarme lo más fuerte que pudiera y, cuando estuviera en lo más alto, salir disparado del columpio hacia adelante. Lo hice varias veces. La primera vez no pasé la raya, pero sí en las siguientes, y por cada vez que lo conseguía, me acercaba a ella con gesto triunfal y la besaba en la boca. No sé qué pensaría ella, casi prefiero no saberlo. Lo curioso es que en el momento yo me creía muy original y divertido, pero al recordarlo ahora me sube una llama de vergüenza.

Concluida la pantomima seguimos charlando. Entonces llegó la frase. "Sebastian, mañana me voy al pueblo de vacaciones". "¿Hasta cuándo?", pregunté. "Hasta agosto, un mes". Toda la dicha que sentía se esfumó de repente y el hermoso atardecer pareció nublarse, allá en algún rincón de mi interior. Quedé pensativo unos instantes, y por un momento pensé en que ahora sí, que debía levantarme y, sin ningún pretexto, abalanzarme sobre sus labios. Ese ímpetu sólo duró una milésima de segundo, tras la cual quedé completamente bloqueado. Opté por aparentar indiferencia, y sólo acerté a decir una tontería: "bueno, pues a ver qué haces, ¿eh?". La interrogué sobre dónde está el pueblo, con quién va y esa clase de cosas que suelen hablarse cuando alguien se va de vacaciones. Me dijo que iba con su madre, su abuela y su hermana y que el pueblo está en Zamora, cerca de Benavente. Hice un cálculo mental de la situación geográfica y de la distancia a Madrid. Más de trescientos kilómetros. Una distancia inabarcable, un mundo era el que nos iba a separar a partir de ahora. La cita terminó en ese momento, pues yo no volví a aparecer. Hasta que nos despedimos, todo el rato estuve ensimismado y meditabundo, en vez de disfrutar de esos últimos minutos con ella. Besándonos, por ejemplo. Nada de eso. Paseamos lentamente hasta la esquina de mi calle. Las farolas ya estaban encendidas y en el horizonte asomaba un último fulgor color de grana. Una suave brisa nos acariciaba la cara y el aire olía al polen dulzón de las plantas. Nos detuvimos en el lugar donde siempre nos hemos despedido en nuestras citas. Era la última oportunidad para besarla y así poder conservar durante un mes el sabor de sus labios. Nada en el mundo me apetecía más en ese momento, pero la única despedida fue un pico frío y casto. "Espera, Sebastian", me dijo cuando yo ya me había dado la vuelta. "Tengo que darte el teléfono del pueblo". "Es verdad, trae", dije, y me dio un papelito. "Tengo otra cosa para tí". De uno de los bolsillos del pantalón sacó una foto suya de carnet y el colgante del medio corazón plateado con la luna en relieve. "Quiero que lo tengas mientras esté en el pueblo, porque yo tendré puesto siempre otro igual", y del otro bolsillo me enseñó el colgante gemelo, que se puso en el cuello. No sé qué fue lo que dije antes de despedirnos definitivamente, y mientras subía mi calle ni siquiera miré hacia atrás. Cuando llegué a casa metí el colgante en la cajita de madera donde guardo los carboncillos para dibujar, por vergüenza de que lo viera papá o mamá, pero de madrugada, cuando ya llevaba un rato acostado con los ojos humedecidos y no podía conciliar el sueño, me levanté y lo saqué de la cajita, y me recosté de lado apretándolo con fuerza dentro del puño. Así fue como me quedé dormido.

Hoy, 4 de julio, faltan 28 días para volver a verla.

sábado, 16 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Quinta parte)

30 de junio
¿Puede haber en el amor un momento mejor que el de los prolegómenos a una cita? Alguno dirá que sí y no entenderá nada de lo que digo, pero yo creo que, sobre todo en los primeros tiempos de una relación, los preparativos, las dos o tres horas anteriores, el "momento de la anticipación" como decían en un capítulo de los Simpson, en ese pequeño espacio de tiempo está concentrada toda la magia del enamoramiento. Llego a pensar que en este mundo sólo existen dos tipos de hombres: los que tienen una cita y los que no. Recrear en la mente lo que va a ser la futura cita, los ambientes, los besos y los arrumacos, elegir la ropa, buscar las palabras y el tono adecuados para las primeras frases, imaginar cómo irá vestida ella, anticiparse al primer contacto visual, sentir las violentas palpitaciones dentro del pecho, y, lo mejor de todo, saber que ese mismo momento, en su casa, ella está sintiendo exactamente lo mismo que tú, ¿hay algo mejor en el mundo? Nada es lo mismo cuando se tiene una cita. Todo, los objetos, el aire, el sol, la naturaleza, la gente, la ciudad, todo adquiere otro cariz. Una cita es un mundo aparte. Es, por así decirlo, desentenderse del mundo, decirle en alta voz: ¡no me importas nada, y ya no estoy bajo tus designios!

Todo esto sentía yo ayer antes de la cita con Cynthia. Cinco minutos antes de la hora convenida salí de casa y me dirigí a su calle, y recuerdo cómo revoloteaban mariposas en mi estómago y cómo respiré profundamente justo antes de doblar la esquina. Pensaba llamarla al telefonillo, pero allí estaba ya ella, sentada aburridamente en un banco enfrente de su portal, los codos en las rodillas y la barbilla apoyada en las manos, vestida con unos pantalones beige de cuadros y una chaqueta marrón. Iba preciosa, y no podía creer que esa chica a la que me acercaba y que ya me miraba hubiera quedado conmigo. Nos dimos dos besos en las mejillas, a iniciativa mía. ¿Porqué hice eso? Hay veces que soy un enigma para mí mismo y no acierto a comprender mis propias acciones. Supongo que estaba nervioso y que no quería que pensara mal. Pero, ¿por qué iba a pensar mal? ¿No hubiera sido mejor iniciar la cosa de una manera más natural, con un pico? ¿Por qué no lo hice, si lo estaba deseando? Pensamos en dónde ir y dijimos que al cine, así que a La Vaguada que nos dirigimos. Durante el paseo pensaba en si debía cogerla la mano o no, pero claro, después de los dos besos en las mejillas, no venía a cuento, y fui poniéndome cada vez más nervioso, y no sabía de qué hablar, y ella tampoco, y se hizo un silencio denso e incómodo, hasta que ella sacó el tema de qué película podíamos ver. Entramos en La Vaguada y miramos la cartelera. Después de deliberar un buen rato nos decidimos por Scream 2, mala como ella sola, aunque al menos después había algo de que hablar. Salimos del cine, dimos un paseo hasta Tirma y nos sentamos en un banco del parque que está al lado del Ibías, ese tan pequeño y que está rodeado de vegetación. "Ahora sí que no puedo fallar", pensaba. "Estamos aquí los dos solos, en un parque cerrado, donde no pasa casi gente. Tengo que lanzarme". Pero, como el día anterior, no lo hice, y nos mantuvimos a una distancia prudencial, demasiado prudencial... Dije estupideces y no actué de manera natural. ¿Qué pensaría ella? No lo sé, pero está claro que se la veía aburrida. Al rato nos levantamos y dimos una vuelta por el barrio. Nos despedimos en el mismo lugar que ayer, en la esquina de mi calle, con otros dos besos en las mejillas. Me dijo que hoy no iba a poder quedar y que me llamaría.

Cuando llegué a casa no sabía si estaba contento o decepcionado. Quizás las dos cosas. Contento, por un lado, porque al fin y al cabo había estado con ella y era un comienzo, y por algo hay que empezar y ya habrá tiempo de que las cosas vayan más fluidas. Y decepcionado porque la cita no había salido como esperaba. Todo lo que me había prefigurado en la cabeza falló. No hubo besos ni arrumacos y ella seguramente se aburrió. No sé, creo que aún no me creo lo que me ha pasado y estoy como paralizado. No me ha dado tiempo a reaccionar. Pero lo haré, es mía, está conmigo y la próxima vez todo saldrá mejor.

1 de julio
Estoy intranquilo y tenso pero a la vez ilusionado y expectante ante una próxima cita, en la que seguro que no cometeré los fallos del otro día. Estoy convencido de ello. Me dijo que me llamaría. ¿Lo hará hoy? Tengo el pálpito de que sí, y de que quedaremos. No debo estar nervioso, sino disfrutar de lo que me está pasando. Todo ha ocurrido demasiado deprisa, pero ya me voy ubicando. Estoy feliz, con una ilusión desbordante, porque yo, Sebastian, estoy con la chica que me gusta, que es la más guapa del mundo. ¿Alguien puede dudar de que es la chica más guapa del mundo? ¡Pobre iluso aquel que lo niegue!

Esta mañana he ido al instituto a entregar la documentación de la matrícula para el año que viene. Había una cola tremenda, y he estado esperando casi una hora a que me atendieran, y cuando al fin he entrado en esa calurosa y malholiente sala y me he sentado delante de la mesa tras la que había una señora muy fea y antipática, ésta, tras revisar rápidamente y con el ceño fruncido mis papeles, me ha dicho que me faltaban dos fotos de carnet. Le pregunté que si eran muy necesarias y me dijó que sí, y que cerraban en una hora. Así que salí de allí, vine corriendo a casa, cogí dinero, me hice unas fotos en el fotomatón y, siempre corriendo, volví al instituto y me coloqué de nuevo en la cola. Otra hora más de espera, que se hizo más amena porque me encontré con J. C., que también había tenido un problema, lo cual me tranquilizó. Entregué toda la documentación, que ahora sí estaba en regla, esperé a J. C. y volví a casa.

2 de julio
Si ayer me encontraba optimista y alegre por el porvenir, hoy no puedo decir lo mismo. Ayer no me llamó, y hoy ya son las siete de la tarde y tampoco ha sonado el teléfono. ¿Por qué no me llama? ¿Debería hacerlo yo? No, porque me dijo que me llamaría, y eso es lo que quiero, que me llame, coger el teléfono y escuchar al otro lado su dulce voz proponiéndome quedar. No puedo esperar más a quedar con ella y abrazarla y besarla. Porque la próxima vez, sí, voy a besarla hasta que se quede sin aliento. Hoy han liberado a los secuestrados por ETA. Uno de ellos, creo que Ortega Lara, estaba flaco y pálido y lucía una espesa barba. Lo metían en un coche, la gente le aplaudía, y en sus ojos no sé si había alegría o una angustia infinita. Han dicho que ha estado más de 500 días secuestrado. Han estado todo el día con ello en los telediarios.

Atención, está sonando el teléfono... es para mí...

3 de julio
No, ayer esa llamada era para mí pero no era ella, sino Pepe, que me decía de quedar. Estuvimos él y yo solos jugando al fútbol en las canchas del colegio hasta que anocheció. Al llegar a casa pregunté a mamá si alguien me había llamado, y me dijo que no, así que me fui a la cama triste y extrañamente desesperanzado. El 28 de junio me pareció de pronto un día lejanísimo e irreal, producto de mi imaginación, un bello recuerdo de algo remoto, un efímero amor de verano visto en alguna película o leído en algún libro, algo que pudo ocurrirle a cualquiera menos a mí. Esta mañana me he despertado casi indiferente, como dándolo todo por perdido, con esa resignación del que lleva muchos desengaños a sus espaldas y que ya no se sorprende de otra decepción más porque tiene el espíritu anestesiado. Y así he pasado el día, tirado en el sofá mirando la tele como un zombie, hasta que sobre las cuatro de la tarde ha sonado el teléfono. Al instante, casi por costumbre, he pensado que podía ser ella, pero a los pocos segundos me he reído de mi ingenuidad. "Sebastian, ponte", me dijo mamá. "Será Pepe o J. C. para bajarnos a dar una vuelta por Tirma", pensé. Cogí el teléfono y, al otro lado, como venida de los lugares más recónditos de mi alma, desde el lugar de los deseos, habló una voz femenina y delicada. Un chispazo de ilusión prendió en mi interior y de repente la vida adquirió otro color. ¡No podía ser otra, era ella! Yo creo que debió de notar mis sucesivos estados de sorpresa, alegría y nerviosismo, aunque yo intenté darle a la voz un tono de despreocupación. No duró mucho la conversación, y en suma me dijo que quedábamos a las siete y media en la esquina de mi calle, un poco más tarde que el otro día porque antes quería ver a sus amigas. Colgué el teléfono y me puse a dar saltos. Nunca hay que dar las cosas por perdidas hasta que realmente se está muerto, y esto no hace más que darme una descomunal inyección de fuerzas. Ahora sí que no voy a cometer los mismos errores, va a salir todo a pedir de boca, y se presenta un verano como jamás había soñado...

lunes, 11 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Cuarta parte)

28 de junio
Son casi las doce de la noche. Hoy me va a costar mucho dormir, todavía estoy nervioso.

Haciendo un repaso a la historia de mi vida, puede afirmarse que los días nublados o con lluvia me han traído suerte. No sé por qué, pero es así. Será que me gusta el clima fresco y otoñal y que sufro bastante con el calor, y que un ente superior, conocedor de estas preferencias climáticas mías, así lo ha dispuesto, pero en mi recuerdo abundan las fechas históricas que tuvieron como escenario de fondo un cielo gris y, quizá para otras personas, desapacible. Hoy, a pesar de encontrarnos en pleno verano, es uno de esos días. No ha hecho calor, el viento tenía un sabor invernizo, el sol no se ha asomado en ningún momento e incluso ha lloviznado. Ahora mismo la ventana de mi habitación está cerrada y yo visto un chándal de invierno.

¿Cuál podría ser el titular para la portada de mañana en el diario imaginario de mi vida? "Un sueño", "Histórico", "Proeza"... Hay mil posibilidades, pero seguro que ninguno acertaría del todo con lo que siento ahora mismo. Ni en mis sueños podía imaginar que me ocurriera algo así. Dicen que la realidad siempre supera a la ficción, y si tomamos como ficción mis propios sueños hasta el día de hoy, seguro que es así. Lo que hoy ha pasado merece ser contado con detalle.

Por la mañana el día ha sido aburrido, con la única motivación de ver por la noche la final de Copa, que se disputa en el Bernabéu, entre el Barça y el Betis, porque seguramente nadie me llamaría para bajar. Después de comer la tarde transcurría lánguida. Eran sobre las cuatro cuando, rompiendo esa quietud, sonó el teléfono. Mi padre me dijo que era para mí. Al otro lado estaba Pepe. Me dijo que habían quedado a las cinco y media en Tirma, en el parque de al lado de Jauja, y que si me bajaba. Le dije que sí, y después soltó una frase que recordaré siempre: "tengo una sorpresa para tí que te va a gustar". No sé por qué, pero al momento pensé en ella, y se me cortó la respiración. "Le gustas a Cynthia", continuó él. Sentí una sacudida eléctrica por todo mi cuerpo y me quedé callado unos momentos, tras los cuales intenté articular alguna palabra. A duras penas dije que si era broma, que no me gustaban ese tipo de juegos. Pepe insistió en que era totalmente verdad, que lo había dicho ayer Ruth, que a Cynthia le gustaba Sebastian desde el día del viaje a Mallorca, y a su vez me dijo que él había revelado que a mí me gusta ella. Estaba de pie, y tuve que sentarme, porque empezaron a temblarme las piernas. No sé qué fue lo que dije después, lo que es seguro es que mi voz estaba entrecortada, pues mi corazón iba tan rápido y mis pulmones estaban tan colapsados por la sacudida que apenas podía respirar. "¿Qué pasa, hijo?", me dijo mi madre, que dormía la siesta en el sillón que está junto al teléfono. "Nada, nada", respondí. Pepe me preguntó algo parecido, y al fin salí un poco de mi nerviosismo y me despedí de él hasta dentro de un rato.

Después de colgar estuve un buen rato dando vueltas por mi habitación, con las pulsaciones a mil por hora. Daba vueltas a la cabeza pensando en si la vería esta misma tarde, y por un lado deseaba verla pero por otro prefería que se quedara en casa o que se hubiera ido de vacaciones. Pensaba también en lo que iba a sentir nada más verla, en cómo iba a ser la primera mirada después de que ambos sabemos que nos gustamos. También pensaba en la que seguro se iba a formar en el grupo, pues seguramente todos lo sabrían ya, y estas cosas siempre se dan a muchos comentarios en alto y a pequeñas burlas. Contra eso no se puede hacer nada. Elegí la ropa que me iba a poner y diez minutos antes de que llegara la hora me vestí con el chándal rojo y azul marino, el Nike. Fui a buscar a Pepe.

Llegamos al parque con quince minutos de retraso, y allí estaban ya todos. Durante el paseo hasta allí permanecí relativamente tranquilo, pero cuando vi cuánta gente se había bajado, sentí otra sacudida y una repentina debilidad de piernas. Los primeros comentarios no se hicieron esperar, y la verdad es que no fueron muy originales. "¡Cynthia! ¡Cynthia!", gritaron algunos. Yo me mantuve callado, intentando aparentar tranquilidad, pero estaba muy nervioso. Su grupo no estaba allí, pero alguien dijo que lo habían visto arriba, en el polideportivo, y que ella estaba. Y entonces ahí ya sí que la sacudida eléctrica fue general y permanente. Estuvimos hablando en el parque un rato y después dimos una vuelta por Tirma. Ella y su grupo no aparecían por ningún lado, pero yo ansiaba y a la vez temía que detrás de cada esquina nos lo íbamos a encontrar, y entonces ya sería inevitable. Luego fuimos a Kiko a comer unos perritos, y el Pollo se pidió un especial, ante las risas de Pepe, Javi y mía. Esto del perrito fue muy gracioso: "hey, Pollo, qué perrito te vas a pedir", le preguntamos con intención. "Un especial, por supuesto", dijo, y nos echamos a reír.

Volvimos a Tirma y nos dirigimos al parque de abajo. Desde arriba, mientras andábamos hacia allí, empezaron a oírse risas y gritos femeninos, provenientes seguramente de un grupo grande. ¿Serían ellas? Cuando bajábamos las escaleras los que iban delante de mí empezaron a girar la cabeza y a mirarme sonriendo, y al poco divisé a Cynthia, que, vestida con una sudadera blanca, hablaba con Estefanía. En ese momento pensé incluso en irme corriendo, y aún creo que lo intenté, porque Pepe me agarró del brazo como diciendo "tú no te escapas". Algunas chicas de su grupo empezaron a mirarme y a cuchichear, y yo me situé de espaldas a ellas, junto a Pepe, seguro que rojo como un tomate. Fueron momentos muy tensos. Al poco tiempo J. R., R. J. y alguno más empezaron a decirme en alto que allí estaba Cynthia, como si yo no lo supiera, y que la dijera algo. Aguanté quieto y callado un aluvión cada vez más intenso de frases de ese tipo, y al fin, no sé cómo, me di la vuelta hacia donde estaba ella, la agarré del brazo y salimos del parque. A nuestra espalda se oyeron estruendosos aplausos y gritos de "¡machote!" y "¡a por ella!", y nosotros dos, con la sonrisa en la boca y el rubor en las mejillas, nos alejamos de allí callados, sin saber qué decir.

Ahora mismo no recuerdo de qué hablamos en esos primeros momentos ni cuáles fueron la primeras frases que intercambiamos. Supongo que fue algo así como "adónde vamos" o "damos una vuelta por este sitio" o "compramos unas chucherías en Jauja". Lo que es seguro es que no hablamos absolutamente nada sobre lo nuestro, sobre el viaje en el avión o sobre lo que habían dicho ayer Ruth y Pepe. Yo estaba superado por los acontecimientos, con el corazón aún saltándome en el pecho, sin creerme en absoluto que estaba solo con ella, solos los dos, sabiendo además que yo le gustaba. Aún no lo había asimilado, y todavía ahora, mientras escribo, no acabo de creérmelo. Ella estaba visiblemente nerviosa, los brazos cruzados y la mirada para el suelo. Dimos una vuelta por el interior de Tirma y en un momento de silencio me propuso que intercambiáramos unas fotos y que nos diéramos los teléfonos, así que nos metimos en el Ibías, donde estaban dando ya la final de Copa. Para aliviar un poco mi tensión interior le pregunté al camarero cómo iban, y me dijo que 1-0, que acababa de marcar Alfonso. Le pedí un boli y apuntamos los números en unas servilletas de papel. El camarero nos dijo algo con una sonrisa pícara, y salimos. El cielo estaba sombrío y gris, nada que ver con la alegría que brillaba en mi alma, y empezaba a anochecer.

Poco a poco la conversación se fue animando, fue siendo más fluida, y me tranquilicé. Paseamos un rato y nos sentamos en un banco de la avenida de Ilustración. "¿Qué hacer?", pensaba. ¿Me acerco a ella? ¿Y cómo me acerco, con disimulo o de forma natural? ¿Debo besarla ya hoy? Parecía claro que ella no iba a ser la que iniciara el acercamiento físico, así que debía ser yo. Pero no lo hice, no sé muy bien por qué. Quizá así de primeras era un poco violento, y ella podría pensar no muy bien de mí, así que nos mantuvimos a cierta distancia. Pero yo lo estaba deseando, y supongo que ella también. Yo ya estaba contento con lo que me había pasado, con esa situación, con estar a solas con ella cuando el día anterior, si alguien me lo hubiera dicho, lo habría tomado por loco, y no esperaba absolutamente nada más de esta fecha, ya histórica de por sí, pasara lo que pasara después. Dimos otra vuelta por el barrio, hablando de las notas y demás zarandajas, y nos despedimos con un pico en la esquina de mi calle, y quedamos para mañana a las seis y media. Me propuso quedar en ese mismo sitio y yo, no sé por qué, le dije que prefería ir a buscarla a su casa. Bueno, sí que lo sé. Llevo mucho tiempo, cada vez que paso cerca de su edificio, mirando sus ventanas, preguntándome cuál sería la suya, y soñando con un día llamar a su telefonillo para que se bajara porque tenía una cita conmigo. Y ese día ha llegado, y es mañana.

Tras despedirnos y andar un poco calle arriba me detuve, miré hacia atrás y la ví a ella, con su sudadera blanca y su pelo liso y negrísimo hasta los hombros, y observé su delicada figura hasta que la perdí de vista. En casa he sido ya un poco consciente de lo que me había pasado, y he sentido cómo nacía dentro de mí un fuego de dicha infinita. Con mi madre me he mostrado más cariñoso que nunca, la he pedido perdón por llegar más tarde de lo normal y he aceptado sin enfadarme su orden de empezar a rellenar los papeles de la matrícula del instituto para el año que viene, lo cual he hecho mientras veía la prórroga del partido, que ha ganado el Barça 3-2 con un golazo de Figo. Lo veía todo con una felicidad tal que incluso me he alegrado de que ganara el Barça, porque al fin y al cabo tienen un buen equipo y son un digno rival, sin olvidar al Betis, que ha plantado cara, y una tarea tan monótona como rellenar unos papeles se me ha revelado como el mayor placer que se puede encontrar, porque cada letra que escribía, cada dato mío, cada número, el DNI, el Código Postal, la fecha de nacimiento, lugar de residencia, calle, número, puerta, cada nombre de asignatura, estaba barnizado con su presencia. Después del partido han echado Tómbola, donde estaba invitada Bárbara Rey, que contaba que estaba hundida por algo que le había pasado, y entonces me he preguntado cómo alguien en el mundo puede estar triste en este 28 de junio de 1997.

Acabo de sacar del bolsillo del pantalón de mi chandal Nike la servilleta con su número de teléfono. Está algo arrugada, pero los números se ven bien porque su escritura es redonda y clara, como la de casi todas las chicas. Ahora mismo lo voy a meter en la memoria de mi reloj, no se me vaya a perder. Es muy tarde ya, papá, mamá y Dani duermen desde hace un rato, así que me voy a ir a acostar. Sé que seguramente no dormiré, pero hoy da igual.

29 de junio
Nunca una noche de insomnio ha sido más dulce. Como preveía, no he podido dormir casi nada. Las emociones de ayer fueron tan inesperadas e intensas que hasta más de la cinco de la mañana el corazón estuvo tamborileando con fuerza dentro de mi pecho. Cuando cerraba los ojos se me representaba nítidamente su imagen, vestida unas veces con la sudadera blanca que llevaba ayer y otras con ese ligero vestido azul que tan bien le queda. Además de por la inquietud, creo que no he dormido también gracias a mi voluntad, pues me apetecía alargar lo más posible día tan histórico. Además, ¿quién me decía que de dormirme, al despertar después, todo hubiera sido un sueño? Cuando conseguía dormir un poco y me despertaba, rápidamente me levantaba de la cama, iba al cajón de la mesilla y comprobaba que la servilleta con su número de teléfono no había desaparecido, y cuando la tenía en mi mano me tranquilizaba porque sabía que todo había sido real. Entonces volvía a acostarme y cerraba los ojos, y de nuevo allí estaba ella...

Creo que ha sido la noche más feliz de mi vida. Bueno, creo no, estoy seguro. Pero ya pasó, y ante mí se extiende un horizonte tan llano y luminoso que parece imposible que algo salga mal. Empezando por esta misma tarde, pues dentro de apenas una hora, a las seis y media, he quedado con ella, en su casa, haciendo realidad la ensoñación que tantas y tantas veces he tenido todos estos meses, y que, de verdad, jamás creí que iba a hacerse realidad: ir a buscarla. En mi cabeza suena no sé qué música de prolegómenos, de algo grande que va a ocurrir, de cosa importante. Ya tengo la ropa que me voy a poner preparada encima de mi cama (son mis mejores galas), y ya sólo queda ducharme, concentrarme, disfrutar de tan mágico momento y vestirme.

Por lo demás el día no ha deparado muchas cosas más. Por la mañana, para aliviar un poco la tensión, he ido con Pepe a jugar al basket y le he contado lo de ayer, aunque sin entrar en detalles. Por la tarde, como papá trabaja, he estado jugando con Dani en el salón con la pelotita. Mamá se ha enfadado porque no la dejábamos dormir la siesta y porque hemos estado a punto de tirar el jarrón chino. También he seguido rellenando los papeles de la matrícula. ¿Hacen falta tantos datos y tantas fotos? Aunque lo hacía con placer, pues esos papelajos están ya para siempre relacionados con ella, y me deleitaba en cada letra y palabra que escribía, como si en lugar del número de un DNI le estuviera escribiendo un poema o una carta.

El momento que jamás pensé fuera a llegar está aquí, y es ahora. Allá voy.

domingo, 10 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Tercera parte)

21 de junio
He pasado todo el día en casa, aburrido, a veces durmiendo y casi siempre recordando el viaje de fin de curso, sobre todo el trayecto en avión. Estoy cansado por no haber dormido bien los últimos cinco días. ¿Se habrá bajado la gente a Tirma? Seguro que sí, y en ese caso, ¿por qué nadie me ha llamado? ¿Habrá bajado ella?

22 de junio
Otro día más en casa. Estoy prácticamente seguro de que la gente queda para dar una vuelta, pero nadie me ha llamado. Sobre todo me da rabia porque ella también habrá bajado, y yo aquí perdiendo oportunidades. Hoy ha terminado la Liga. El Madrid ha perdido en Vigo 4-0, pero ya da igual, porque somos campeones. Ya hasta el año que viene nada. Qué aburrimiento. El verano tiene mucho de siniestro, la verdad.

24 de junio
Hoy ha sido la recogida de notas en el colegio. He ido allí esta mañana con papá y Dani, esperando ver a Cynthia. Ha habido suerte. La he visto al lado de la puerta de mi clase, cuando yo salía de que Carmelo me diera las notas, pero creo que ella ni se ha percatado de mi presencia. Iba acompañada de su madre y hablaba con unas de su clase. Yo me he ido muy rápidamente, entre otras cosas porque me daba un poco de vergüenza que me vieran con mi padre, así que casi no ha habido oportunidad de que me viera. Y los cartuchos se agotan.

Las notas, bien. Tengo un Notable de media, que no está mal, creo yo, aunque a mamá no le ha gustado nada el Suficiente de Matemáticas y no ha prestado atención al Notable Alto de Lengua ni al Notable de Ciencias Sociales. Lo da como algo supuesto, como una obligación. A papá en cambio se le ve más contento y cree que son buenas notas. Carmelo me ha dicho que el último ciclo ha sido bastante bueno, y me ha felicitado, pero también que le soprende mi bajón del Ciclo Medio teniendo en cuenta mi "potencial", como él ha dicho.

Mañana es el festival de fin de curso. Puede que sea la última oportunidad. Se me ha pasado por la cabeza incluso lanzar un ataque, pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo acercarse? Me parece una misión imposible.

25 de junio
Son las once de la noche. Una de las últimas balas se ha malgastado, pero era de esperar. El festival de fin de curso ha estado bien. Ha sido en el auditorio de La Vaguada. Ha habido actuaciones de la gente de los dos grupos. Yo, J. C. y B. G. hemos sido de los únicos que no hemos participado en ninguna actuación, así que nos hemos sentado juntos en el auditorio. Cynthia tampoco ha actuado, y se ha sentado unas cuantas filas más adelante. Nos hemos reído muchísimo con la imitación de las Spice Girls y con el anuncio del Inistón, en el que el Lute hacía de abuelo. Luego ha habido bailes y obras de teatro, y eso ya ha sido más aburrido. Constantemente buscaba con la mirada a Cynthia, que por cierto venía con el vestido azul que le queda tan bien. A la salida del auditorio, terminadas las actuaciones, se ha dado un pequeño suceso me hace concebir esperanzas. Resulta que estaba yo sentado en un muro bajo, hablando con Pepe, J. C. y alguno más, y de repente ella se ha acercado al muro, diciendo a sus amigas: "no, mejor nos sentamos aquí". Nada más decir eso me ha mirado, y entonces el corazón se me ha disparado a mil por hora y dentro de mí he sentido que nacía un impulso de alegría irresistible. Se ha sentado a mi izquierda, muy cerca de mí, casi pegados. ¿Por qué lo habrá hecho? ¿No será que...? No, no pienses tonterías, eso es imposible. Por supuesto que no me he atrevido a decirle nada, aún menos estando tan rodeado de gente. Hemos permanecido así un rato bastante largo, cada uno hablando con sus respectivos grupos, y aunque yo fingía estar muy atento a la conversación, en realidad tenía todos los sentidos puestos en ella, que tan cerca estaba. Cada palabra, cada movimiento mío, cada gesto, parecía dirigido a impresionarla, a hacerle notar mi presencia, y cuando ha anochecido y nos hemos ido a casa me he sentido muy triste por no poder alargar eternamente ese momento. Puede haber sido la última oportunidad, y es posible que hasta el curso que viene no la vuelva a ver.

26 de junio
Hoy me he despertado pensando en el momento del muro, y si al principio he sentido alegría, después me he entristecido considerando que igual no vuelvo a verla hasta el año que viene, eso si no se cambia de instituto. Y así he pasado todo el día. He vuelto a quedarme en casa.

27 de junio
Esta mañana he ido al instituto a recoger el sobre de la matrícula para el año que viene. Hay muchísimos papeles que rellenar y hay que hacerse un montón de fotos. He ido con Pepe y J. C. Tenía alguna esperanza de verla, lo cual me hubiera alegrado mucho por dos razones: por el simple hecho de tenerla cerca y porque así me aseguraba de que el año que viene no se cambiará de instituto. Pero no ha habido suerte. Por la tarde he vuelto a quedarme en casa, aunque lo he pasado bien con mi hermano jugando al fútbol en el salón con la pelotita.

sábado, 9 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Segunda parte)

TRANSCRIPCIÓN LITERAL DEL DIARIO MANUSCRITO
13 de junio
Acabo de llegar a casa. Hoy ha acabado el curso, y en condiciones normales estaría triste porque seguramente no la volvería a ver en mucho tiempo. Pero afortunadamente la semana que viene es el viaje de fin de curso, y aunque no haga nada por acercarme, con seguir viéndola aunque sea unos días más me conformo. Es curioso, tenía ganas de que terminaran las clases, pero al sonar la última campana, no sé por qué, se me ha hecho un nudo en la garganta. De repente pensé en que eran los últimos momentos de mi vida en este colegio, en el que llevo desde que entré en Preescolar, o sea diez años. Salí el último de clase, y sin que mis amigos se dieran cuenta eché un último vistazo al aula. Estaba bastante emocionado, es el final de una era. El año que viene comenzamos ya el instituto, y tendremos que ir a ese edificio enorme que hay encima del colegio. Pero para ello aún queda un largo verano por delante.

Hoy la he visto un par de veces. ¡Qué mala suerte no haber coincidido en clase nunca con ella! Desde que me gusta "oficialmente" apenas habremos cruzado dos frases. Dos frases en siete meses. Así es muy difícil, pero nunca se sabe. La última vez que la he visto hoy ha sido en el portal de Pepe, y ella bajaba la calle para ir a su casa, acompañada de Lorena. Nos ha saludado. ¡Cómo cambia todo cuando ella está cerca!

14 de junio
¡Campeones! El Madrid ha ganado la Liga. Le hemos ganado al Atleti 3-1. Golazos de Raúl, el primero, y Hierro de falta el segundo. El tercero lo ha marcado Mijatovic. Lo he visto con papá y Dani, y nos hemos puesto muy contentos. Antes del partido estaba muy nervioso. Suenan muchas bocinas y gritos desde la calle, y ahora estoy viendo por la tele la celebración en la Cibeles. Durante el partido no hacía más que pensar en ella, y me imaginaba que cada gol nuestro era marcado en mi "partido" imaginario para ganarla. Ojalá fuera así.

15 de junio
Anoche no dormí casi nada gracias a las bocinas y los gritos, que no pararon un poco hasta las cuatro de mañana. Además estaba nervioso, porque mañana es el viaje y hoy había que prepararlo todo. Pero no estaba nervioso por eso, sino por separarme de mi casa y de mis padres. Pero bueno, ya está pagado y hay que ir. Espero al menos pasarlo bien, y tener algún acercamiento con ella, porque no habrá más oportunidades hasta el año que viene, o a lo mejor, quién sabe, se cambia de instituto. Eso no quiero ni pensarlo. ¿Quién le gustará? Mira que he intentado sonsacárselo indirectamente a D. D., que la conoce más, pero nada. Ya está todo preparado para mañana. Es la primera vez que viajaré en avión. Estoy nervioso, no sé si podré dormir.
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20 de junio
Hoy hemos llegado de Mallorca. Ha sido una semana para recordar, y el lunes 16, el día del viaje, fue un día simplemente glorioso. ¡Por una vez la suerte me ha sonreído! ¡Y de qué manera! Fue como un milagro. Al recordar ahora aquellos momentos me siento muy triste, porque ahora sí que ha acabado todo. Ahora intentar acercarse a ella va a ser casi imposible, por el simple hecho de que ya no habrá cinco días entre semana en que poder verla. Hemos venido desde el aeropuerto en autobús, que nos ha dejado a la puerta del colegio. Había algunos padres esperando, y entre ellos estaban los de Cynthia. ¡Si ellos supieran lo que siento por su hija! Es una lástima que no sean amigos de los míos. Yo me he vuelto a casa con Pepe y J. C., y no he podido evitar mirar atrás, hacia el lugar, junto al autobús, donde se reunía la gente. La buscaba con la mirada, pero no acerté a verla entre la multitud, y seguí andando hasta casa, triste y resignado. Pero hay que contar lo que pasó el lunes 16. ¡Qué momentos más felices!

Ese día me levanté muy temprano para ir al colegio, desde donde un autobús nos llevaría al aeropuerto. El pobre D. D. lloraba al despedirse de su madre. Yo sentía cierta tristeza, pero por nada del mundo habría llorado. En Barajas nos dieron a cada uno nuestro billete y esperamos un rato bastante largo hasta que pasamos al avión. Estaba emocionado. Una vez dentro busqué dónde me correspondía, aunque en realidad cada uno se ponía donde le daba la gana. Pero eso lo supe luego. Al fin encontré el sitio que concordaba con mi billete, y cuando vi quién estaba sentado junto a ese asiento, antes de pensar nada, me senté rápidamente, temiendo que alguien me lo quitara. ¡Me había tocado al lado de Cynthia! No lo podía creer, para que luego digan que las casualidades no existen. Sí que existen, y en esta ocasión me han favorecido como nunca podía esperar. El viaje apenas duró una hora, pero fue la hora más maravillosa de mi vida, eso seguro. Al principio me puse muy nervioso, estaba como atontado, ante la oportunidad que se me brindaba. Luego me tranquilicé y actué de manera alegre. Dije muchas gracietas y tonterías, y se rió mucho conmigo. Estaba sembrado. Cuando la azafata nos explicó lo de los salvavidas, yo imitaba sus gestos e intentaba explorar su funcionamiento, haciéndome el torpe, y entonces ella se reía a carcajada suelta. No recuerdo de qué hablamos, y no creo que importe mucho. Jugué con la mesita desplegable del asiento delantero, dándole mil disparatados usos y haciéndola reír, y recuerdo que, poco antes de llegar, me levanté un poco para mirar el paisaje por la ventanilla, incorporándome hacia donde estaba ella, y entonces nos tocamos un poco. No se apartó, así que permanecí unos instantes en esa posición. ¡Cuánto hubiera dado por que ese viaje se alargara dos, tres, cuatro, veinte horas! Pero acabó, y cuando el avión aterrizó, nos despedimos y nos bajamos, sentí que había desperdiciado una oportunidad inmejorable, que seguramente nunca más iba a darse. Al menos, pensaba, este viaje podía servir como lugar común para ambos, algo que recordar, que era sólo nuestro y que podíamos compartir en un futuro.

Durante los cinco días de viaje apenas hemos tenido contacto, aunque yo la buscaba siempre, ya fuera con la mirada o intentando acercarme físicamente, con cualquier pretexto. Pero nuestros respectivos grupos están demasiado alejados. Que recuerde, lo más cerca que estuve de ella fue en un viaje en autobús, cuando volvíamos de las Cuevas del Drac. Ella se sentó justo en el asiento de delante, pero yo no me atreví a iniciar una conversación, y sólo se me ocurrió presionar muy fuerte con las rodillas sobre su asiento, a ver si se sentía incómoda y miraba para atrás. Yo notaba que se movía y cambiaba de postura, pero no se dio la vuelta.

Por lo demás no hay sucesos relacionados con ella dignos de mencionarse, lo que quiere decir que no hubo absolutamente ningún suceso, pues cualquier tontería, cualquier incidente por pequeño que hubiera sido, cualquier cruce de palabras, hubiera supuesto para mí el mayor de los acontecimientos. Sólo decir que todos los días esperaba ansioso a que anocheciera, deseando verla, pues sobre esa hora quedábamos todos, ya arreglados, donde nos decían los profesores, dispuestos a ir a Paguera para salir. Recuerdo que una noche se presentó con un vestido azul, muy ligero y veraniego, que le quedaba de cine. ¡Cuántas veces la he buscado con la mirada durante todos estos días! Pero no me hacía caso, y sólo recuerdo una mirada suya, concretamente la noche que fuimos a la discoteca. Ahí la sorprendí. La noche que fuimos a la playa ella se sentó en la arena muy cerca de mí, y yo aproveché la oscuridad para mirarla mucho, pero no llegamos a hablar.

Esperaba algo más de este viaje, la verdad. No ha estado mal, pero estos viajes están para divertirse, creo yo, y todas esas visitas tan largas y aburridas mataban la diversión. La peor fue una que hicimos a una fábrica de vidrios o algo así, de la que recuerdo un líquido rojo y viscoso inflarse como un globo. Lo peor para mí eran las noches, pues la gente se empeñaba en no dormir y a los que queríamos dormir un poco nos hacían putadas, como echarnos agua en la cara. A más de uno le hubiera soltado una buena hostia. Yo compartí habitación con Pepe, J. R. y B. G. De lo mejor ha sido la piscina y el buffet. Un día desayuné siete donuts, y en las comidas nos inflábamos a salchicas y hamburguesas. La verdad es que el hotel, o lo que fuera aquello, estaba muy bien, era muy grande y tenía pistas de tenis y fútbol. Nos alojábamos en grupos de cuatro, y por cada dos grupos había una casita pequeña de dos pisos. Nuestra habitación estaba en el piso de arriba. Era como un pueblecito, con sus calles y caminitos y sus casitas blancas. Nos hemos recorrido la isla de punta a punta en autobús, incluida Palma de Mallorca, con su castillo, que visitamos, y las Cuevas del Drac. Lástima que no llevara cámara de fotos (creo que fui el único) así que todas las imágenes del viaje tendrán que quedar inmortalizadas sólo en mi cerebro. Quizá sea mejor así.

Pero se acabó todo, y a partir de ahora verla va a ser muy difícil. Lo que es seguro es que los nombres de Mallorca y Paguera quedarán, en mi cabeza, ya para siempre relacionados con el de Cynthia. Y esa hora en el avión es, sin duda, una de las más felices de mi vida, sino la que más. ¡Por qué no la aproveché más!

Ahora caigo en que el martes es la recogida de notas y el miércoles el festival de fin de curso. ¿Tendré la suerte de coincidir con ella el martes? ¿Irá al festival? Rezaré porque así sea.

jueves, 7 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Primera parte)


El otro día, a eso de las dos de la tarde, me disponía a coger mi bici para, como de costumbre, ir a jugar con unos amigos un partido de baloncesto. Suelo ir a una cancha del Parque Norte, que me coge a media hora andando, así que para desplazarme hasta allí me es indispensable disponer de este limpio y saludable medio de transporte. Bajé al trastero tranquilamente, silbando en el ascensor una cancioncilla de algún anuncio, me introduje en los oscuros pasillos del sótano, abrí una puerta roja metálica, en concreto la número 8, encendí la luz del interior y no sin dificultades empecé a sacar la bicicleta de aquel lío de ruedas, cables, libros polvorientos, cajas de herramientas sucias y herrumbrosas, revistas antiguas de ciclismo, pedales automáticos que ya no sirven, platos con dientes grasientos y gastados, cámaras pinchadas y cintas de vídeo VHS apiladas que, según las pegatinas de su frontal, contienen grabadas etapas del ya lejano Tour del 91.
TOUR 91. 12ª etapa. JACA-VAL LOURON. 232 kilómetros. Montaña. Ganador: CHIAPPUCCI. INDURÁIN líder

se leía en una de ellas, escrito a mano con boli azul. Los radios de la rueda delantera se habían enganchado con el pedal izquierdo de la bici de mi padre, por lo que tuve que dar un buen tirón para sacarla, y como consecuencia de ese tirón malhumorado se zarandeó violentamente una estantería metálica que hay a la derecha, según se entra. Esa estantería contiene un sinfín de objetos inútiles, y es digna del más avezado chamarilero. Sobre todo abundan piezas de elementos de bicicletas, todas barnizadas de grasa, negra como el hollín: el cambio trasero desvencijado que nunca recobrará su función, el viejo freno de tipo V-brakes con la zapata desgastada o la otrora brillante biela metálica, ahora sola, inútil sin su compañero, el plato dentado, que por ahí andaría. Algunas de estas reliquias ciclistas, amontonadas en una caja de latón, cayeron estrepitosamente al suelo sin remedio, ante mi enfado. Pero hete aquí que, a veces, los sucesos más casuales y aparentemente desdichados encierran una agradable sorpresa. Me agaché, dispuesto a recoger aquel maremágnum de trastos inútiles, y, de repente, del último piso de la estanería, cayeron sobre mi cabeza varios cuadernos y libros, algunos de pasta dura, que me hicieron bastante daño en el cráneo. No pude reprimir un grito de furia ante tan desgraciada sucesión de acontecimientos —"¡joder, me cago en tu puta madre!", o algo parecido—, agarré uno de esos traidores cuadernos y, cuando me disponía a lanzarlo con brazo de acero contra la pared, en venganza por su dolorosa fechoría, reparé en su cubierta verde, que me era familiar. Rápidamente lo abrí por cualquier parte y leí algunas líneas, escritas con letra limpia y redonda. "18 de julio de 1997. Faltan 44 días...", fueron las primeras palabras que vinieron a mis ojos. Al momento una repentina imagen de calor, angustia, desdicha, espera y amor adolescente sacudió mi mente, todas esas instantáneas formando parte de un todo indivisible, y recordé.

Y recordé. Se trataba del diario que escribí doce años atrás, durante el verano del 97. El corazón se me disparó, las sienes me palpitaban, mis ojos devoraban extasiados aquellas hojas ya amarilleadas, que mis manos pasaban con velocidad, ansiosamente, y me senté en el suelo. Las piezas de bicicleta permanecían ahí tiradas, esperando a que las recogiera, y mi máquina parecía implorarme, huérfana de unas piernas que la hicieran avanzar. Mas ese no iba a ser día de ir a jugar al basket, vieja amiga. Emocionado, leí de cabo a rabo aquel diario adolescente e ingenuo, sentado en el frío suelo de las olorosas y húmedas galerías del trastero de la comunidad.

Verano inolvidable aquel del 97, que no obstante permanecía fosilizado en mi cerebro, a la espera de ser un día redescubierto. Con su lectura me retrotraje a mis catorce años, y debo reconocer que algunas veces, mientras leía, no podía reprimir algún suspiro y cierta humedad en mis vulgares ojos marrones. Es curioso el mecanismo que tiene a veces la memoria de manifestarse, pues basta una imagen, una simple imagen olvidada para que se nos venga encima, incontenible, toda una catarata de recuerdos.

Al principio, nada más leerlo, tuve la idea de contar directamente aquella historia estival, historia que, por otro lado, y quizás ahí esté el encanto, en gran parte sólo ocurrió en mi cabeza. Podría decirse que fue una historia que en realidad no es una historia, porque casi nada pasó. Mi intención primitiva era relatarla con mi estilo actual y sucintamente, pero ¿qué mejor que transcribir letra por letra aquel diario? Diario que a lo mejor no está muy bien redactado, pero que se mantiene, doce años después, fresco como un melón recién abierto. Se nota que fue escrito con cuidado y primor, pues no hay tachones ni faltas de ortografía y la caligrafía es excelente. Cada letra, sílaba, palabra, frase, párrafo y página emana vida y un arrebato de amor primerizo y pasional.
No hay cortes, no hay censuras y, aunque en alguna ocasión, más que nada para salvaguardar mi buen nombre, he estado tentado de usar la tijera y cortar por lo sano algunos fragmentos que nada bueno de mí dicen, he decidido dejarlo todo tal como fue escrito en su momento. Es la única manera de mantener la autenticidad. Tampoco he variado los signos de puntuación, y el estilo prodece de mi cabeza de entonces y no de la de ahora. El diario se presenta al lector tal y como fue parido por un adolescente doce años atrás.

De modo que ahí va, como el caballo de copas que dijo el poeta, directamente de las páginas de mi diario del verano del 97.