lunes, 18 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Sexta parte)

4 de julio
Esta mañana, después de una noche de sueño doloroso y revuelto, me he despertado con el colgante que Cynthia me regaló ayer antes de despedirnos puesto en el cuello. Es extraño, no recuerdo habérmelo colgado en ningún momento, y lo que sí sé es que, antes de quedarme dormido con lágrimas en los ojos, lo tenía en la mano, apretándolo con fuerza. Es un medio corazón plateado con una luna menguante en relieve, y el collar es una sencilla goma negra. Ella tiene otro exactamente igual.

Hoy el sol cae a plomo sobre nuestras cabezas y sobre el asfalto de las calles y sobre los árboles y sobre los parques. A veces, en verano, me pongo a pensar en que es increíble que exista el invierno. No es concedible que los paisajes cambien tanto en unos pocos meses, y que hoy podamos estar abrasándonos en la piscina y dentro de no mucho helándonos hasta el tuétano. Lo mismo ocurre con el estado de ánimo. Un día lo vemos todo con inquebrantable felicidad y optimismo y al siguiente hasta el sol veraniego tiene un cariz entenebrecido y luctuoso.

Esta noche he tenido un sueño que se repetía una y otra vez. Yo estaba de pie en un camino polvoriento rodeado de un campo seco y amarillo, levemente ondulado, sin el menor atisbo de vida ni vegetación. El sol quemaba el paisaje desolado y mi cabeza ardía y las sienes me palpitaban. Cynthia, que vestía los pantalones amarillos que se puso para nuestra cita de ayer, se alejaba por el camino lenta e imperturbablemente. La veía de espaldas, y empecé a llamarla, pero mi voz salía ahogada. Intenté correr detrás de ella, mas mientras más me esforzaba por alcanzarla, más me pesaban las piernas, más me palpitaban las sienes, más me ahogaba por el calor asfixiante y el polvo y más se alejaba su figura, hasta perderse detrás de la línea del horizonte.

Ayer fui a la cita con Cynthia absolutamente convencido de no repetir los errores del otro día y de pasar una tarde memorable, que fuera el inicio de un verano mágico. Pasado el shock inicial de los primeros días de saber que le gustaba, fui consciente de la situación y de la tremenda suerte que tenía. Me deshice de pesimismos, inseguridades y malos pensamientos. Al fin y al cabo, pensaba, estoy con la chica que me gusta desde hace mucho tiempo, es una situación con la que soñé tantas y tantas veces que ahora que se ha dado no puedo desaprovecharla. Visualizaba, antes de salir de casa, el momento en que me lanzaría a sus labios y la abrazaría, y lo veía tan claro que realmente sentía el calor de su cuerpo, su olor y su dulce respiración cerca de mí. Estaba nervioso, pero seguro. Como el domingo, me vestí con mis mejores galas, me acicalé lo mejor que pude y me miré al espejo convencido de mi éxito, que iba a depender de si habría besos o no. Bajé mi calle y no tuve que esperar mucho a que llegara. Primer momento importante: ¿pico o besos en las mejillas? No lo dudé y con seguridad pero a la vez con naturalidad la besé en la boca. "Empieza bien la cosa", pensé. A ella se la veía especialmente risueña y mi optimismo y felicidad, ya de por sí grandes, aumentaron un grado más. Dimos un paseo por el barrio, durante el que la conversación transcurrió fluida y divertida. Hablamos de los tremendos papeleos de la matrícula para el instituto, le conté mi problema con las fotos de carnet, ella me contó que no pudo ir personalmente y que mandó a su hermana, y, al fin, le pregunté qué había hecho estos días. Me dijo que había estado en casa de su abuela y que por eso no me había llamado, pero yo ya no le di importancia y me reí interiormente de los sufrimientos que había pasado por esa razón. Todo iba perfecto, y sólo quedaba sentarse en un banco y que ocurriera.

He escrito ya en alguna ocasión en este diario que muchas veces no acierto a comprender mis propias acciones. Creo que somos unos desconocidos para nosostros mismos, y que cada persona tendría que vivir varias vidas para conocerse a sí mismo en profundidad. Y después de lo de ayer, lo tengo cada vez más claro. Después de pasear otro rato nos sentamos en unos columpios del parque de abajo. Empezaba a anochecer, y entre los dos, con la suave brisa estival, flotaba una agradable sensación de bienestar por estar juntos. Empezábamos a tener confianza. Hablamos un poco, pero a mí lo que me apetecía era besarla. Pasaba el tiempo y no me decidía. No sé cómo se me ocurrió una idea tan sumamente estúpida, pero el caso es que en un momento dado me levanté, conté cuatro pasos, tracé con el pie una raya sobre la tierra y le dije que por cada vez que lograra saltar más allá de la línea le daría un beso en la boca. Al momento se pintó en su rostro un gesto de incredulidad, pero yo seguí a lo mío. Consistía en columpiarme lo más fuerte que pudiera y, cuando estuviera en lo más alto, salir disparado del columpio hacia adelante. Lo hice varias veces. La primera vez no pasé la raya, pero sí en las siguientes, y por cada vez que lo conseguía, me acercaba a ella con gesto triunfal y la besaba en la boca. No sé qué pensaría ella, casi prefiero no saberlo. Lo curioso es que en el momento yo me creía muy original y divertido, pero al recordarlo ahora me sube una llama de vergüenza.

Concluida la pantomima seguimos charlando. Entonces llegó la frase. "Sebastian, mañana me voy al pueblo de vacaciones". "¿Hasta cuándo?", pregunté. "Hasta agosto, un mes". Toda la dicha que sentía se esfumó de repente y el hermoso atardecer pareció nublarse, allá en algún rincón de mi interior. Quedé pensativo unos instantes, y por un momento pensé en que ahora sí, que debía levantarme y, sin ningún pretexto, abalanzarme sobre sus labios. Ese ímpetu sólo duró una milésima de segundo, tras la cual quedé completamente bloqueado. Opté por aparentar indiferencia, y sólo acerté a decir una tontería: "bueno, pues a ver qué haces, ¿eh?". La interrogué sobre dónde está el pueblo, con quién va y esa clase de cosas que suelen hablarse cuando alguien se va de vacaciones. Me dijo que iba con su madre, su abuela y su hermana y que el pueblo está en Zamora, cerca de Benavente. Hice un cálculo mental de la situación geográfica y de la distancia a Madrid. Más de trescientos kilómetros. Una distancia inabarcable, un mundo era el que nos iba a separar a partir de ahora. La cita terminó en ese momento, pues yo no volví a aparecer. Hasta que nos despedimos, todo el rato estuve ensimismado y meditabundo, en vez de disfrutar de esos últimos minutos con ella. Besándonos, por ejemplo. Nada de eso. Paseamos lentamente hasta la esquina de mi calle. Las farolas ya estaban encendidas y en el horizonte asomaba un último fulgor color de grana. Una suave brisa nos acariciaba la cara y el aire olía al polen dulzón de las plantas. Nos detuvimos en el lugar donde siempre nos hemos despedido en nuestras citas. Era la última oportunidad para besarla y así poder conservar durante un mes el sabor de sus labios. Nada en el mundo me apetecía más en ese momento, pero la única despedida fue un pico frío y casto. "Espera, Sebastian", me dijo cuando yo ya me había dado la vuelta. "Tengo que darte el teléfono del pueblo". "Es verdad, trae", dije, y me dio un papelito. "Tengo otra cosa para tí". De uno de los bolsillos del pantalón sacó una foto suya de carnet y el colgante del medio corazón plateado con la luna en relieve. "Quiero que lo tengas mientras esté en el pueblo, porque yo tendré puesto siempre otro igual", y del otro bolsillo me enseñó el colgante gemelo, que se puso en el cuello. No sé qué fue lo que dije antes de despedirnos definitivamente, y mientras subía mi calle ni siquiera miré hacia atrás. Cuando llegué a casa metí el colgante en la cajita de madera donde guardo los carboncillos para dibujar, por vergüenza de que lo viera papá o mamá, pero de madrugada, cuando ya llevaba un rato acostado con los ojos humedecidos y no podía conciliar el sueño, me levanté y lo saqué de la cajita, y me recosté de lado apretándolo con fuerza dentro del puño. Así fue como me quedé dormido.

Hoy, 4 de julio, faltan 28 días para volver a verla.

sábado, 16 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Quinta parte)

30 de junio
¿Puede haber en el amor un momento mejor que el de los prolegómenos a una cita? Alguno dirá que sí y no entenderá nada de lo que digo, pero yo creo que, sobre todo en los primeros tiempos de una relación, los preparativos, las dos o tres horas anteriores, el "momento de la anticipación" como decían en un capítulo de los Simpson, en ese pequeño espacio de tiempo está concentrada toda la magia del enamoramiento. Llego a pensar que en este mundo sólo existen dos tipos de hombres: los que tienen una cita y los que no. Recrear en la mente lo que va a ser la futura cita, los ambientes, los besos y los arrumacos, elegir la ropa, buscar las palabras y el tono adecuados para las primeras frases, imaginar cómo irá vestida ella, anticiparse al primer contacto visual, sentir las violentas palpitaciones dentro del pecho, y, lo mejor de todo, saber que ese mismo momento, en su casa, ella está sintiendo exactamente lo mismo que tú, ¿hay algo mejor en el mundo? Nada es lo mismo cuando se tiene una cita. Todo, los objetos, el aire, el sol, la naturaleza, la gente, la ciudad, todo adquiere otro cariz. Una cita es un mundo aparte. Es, por así decirlo, desentenderse del mundo, decirle en alta voz: ¡no me importas nada, y ya no estoy bajo tus designios!

Todo esto sentía yo ayer antes de la cita con Cynthia. Cinco minutos antes de la hora convenida salí de casa y me dirigí a su calle, y recuerdo cómo revoloteaban mariposas en mi estómago y cómo respiré profundamente justo antes de doblar la esquina. Pensaba llamarla al telefonillo, pero allí estaba ya ella, sentada aburridamente en un banco enfrente de su portal, los codos en las rodillas y la barbilla apoyada en las manos, vestida con unos pantalones beige de cuadros y una chaqueta marrón. Iba preciosa, y no podía creer que esa chica a la que me acercaba y que ya me miraba hubiera quedado conmigo. Nos dimos dos besos en las mejillas, a iniciativa mía. ¿Porqué hice eso? Hay veces que soy un enigma para mí mismo y no acierto a comprender mis propias acciones. Supongo que estaba nervioso y que no quería que pensara mal. Pero, ¿por qué iba a pensar mal? ¿No hubiera sido mejor iniciar la cosa de una manera más natural, con un pico? ¿Por qué no lo hice, si lo estaba deseando? Pensamos en dónde ir y dijimos que al cine, así que a La Vaguada que nos dirigimos. Durante el paseo pensaba en si debía cogerla la mano o no, pero claro, después de los dos besos en las mejillas, no venía a cuento, y fui poniéndome cada vez más nervioso, y no sabía de qué hablar, y ella tampoco, y se hizo un silencio denso e incómodo, hasta que ella sacó el tema de qué película podíamos ver. Entramos en La Vaguada y miramos la cartelera. Después de deliberar un buen rato nos decidimos por Scream 2, mala como ella sola, aunque al menos después había algo de que hablar. Salimos del cine, dimos un paseo hasta Tirma y nos sentamos en un banco del parque que está al lado del Ibías, ese tan pequeño y que está rodeado de vegetación. "Ahora sí que no puedo fallar", pensaba. "Estamos aquí los dos solos, en un parque cerrado, donde no pasa casi gente. Tengo que lanzarme". Pero, como el día anterior, no lo hice, y nos mantuvimos a una distancia prudencial, demasiado prudencial... Dije estupideces y no actué de manera natural. ¿Qué pensaría ella? No lo sé, pero está claro que se la veía aburrida. Al rato nos levantamos y dimos una vuelta por el barrio. Nos despedimos en el mismo lugar que ayer, en la esquina de mi calle, con otros dos besos en las mejillas. Me dijo que hoy no iba a poder quedar y que me llamaría.

Cuando llegué a casa no sabía si estaba contento o decepcionado. Quizás las dos cosas. Contento, por un lado, porque al fin y al cabo había estado con ella y era un comienzo, y por algo hay que empezar y ya habrá tiempo de que las cosas vayan más fluidas. Y decepcionado porque la cita no había salido como esperaba. Todo lo que me había prefigurado en la cabeza falló. No hubo besos ni arrumacos y ella seguramente se aburrió. No sé, creo que aún no me creo lo que me ha pasado y estoy como paralizado. No me ha dado tiempo a reaccionar. Pero lo haré, es mía, está conmigo y la próxima vez todo saldrá mejor.

1 de julio
Estoy intranquilo y tenso pero a la vez ilusionado y expectante ante una próxima cita, en la que seguro que no cometeré los fallos del otro día. Estoy convencido de ello. Me dijo que me llamaría. ¿Lo hará hoy? Tengo el pálpito de que sí, y de que quedaremos. No debo estar nervioso, sino disfrutar de lo que me está pasando. Todo ha ocurrido demasiado deprisa, pero ya me voy ubicando. Estoy feliz, con una ilusión desbordante, porque yo, Sebastian, estoy con la chica que me gusta, que es la más guapa del mundo. ¿Alguien puede dudar de que es la chica más guapa del mundo? ¡Pobre iluso aquel que lo niegue!

Esta mañana he ido al instituto a entregar la documentación de la matrícula para el año que viene. Había una cola tremenda, y he estado esperando casi una hora a que me atendieran, y cuando al fin he entrado en esa calurosa y malholiente sala y me he sentado delante de la mesa tras la que había una señora muy fea y antipática, ésta, tras revisar rápidamente y con el ceño fruncido mis papeles, me ha dicho que me faltaban dos fotos de carnet. Le pregunté que si eran muy necesarias y me dijó que sí, y que cerraban en una hora. Así que salí de allí, vine corriendo a casa, cogí dinero, me hice unas fotos en el fotomatón y, siempre corriendo, volví al instituto y me coloqué de nuevo en la cola. Otra hora más de espera, que se hizo más amena porque me encontré con J. C., que también había tenido un problema, lo cual me tranquilizó. Entregué toda la documentación, que ahora sí estaba en regla, esperé a J. C. y volví a casa.

2 de julio
Si ayer me encontraba optimista y alegre por el porvenir, hoy no puedo decir lo mismo. Ayer no me llamó, y hoy ya son las siete de la tarde y tampoco ha sonado el teléfono. ¿Por qué no me llama? ¿Debería hacerlo yo? No, porque me dijo que me llamaría, y eso es lo que quiero, que me llame, coger el teléfono y escuchar al otro lado su dulce voz proponiéndome quedar. No puedo esperar más a quedar con ella y abrazarla y besarla. Porque la próxima vez, sí, voy a besarla hasta que se quede sin aliento. Hoy han liberado a los secuestrados por ETA. Uno de ellos, creo que Ortega Lara, estaba flaco y pálido y lucía una espesa barba. Lo metían en un coche, la gente le aplaudía, y en sus ojos no sé si había alegría o una angustia infinita. Han dicho que ha estado más de 500 días secuestrado. Han estado todo el día con ello en los telediarios.

Atención, está sonando el teléfono... es para mí...

3 de julio
No, ayer esa llamada era para mí pero no era ella, sino Pepe, que me decía de quedar. Estuvimos él y yo solos jugando al fútbol en las canchas del colegio hasta que anocheció. Al llegar a casa pregunté a mamá si alguien me había llamado, y me dijo que no, así que me fui a la cama triste y extrañamente desesperanzado. El 28 de junio me pareció de pronto un día lejanísimo e irreal, producto de mi imaginación, un bello recuerdo de algo remoto, un efímero amor de verano visto en alguna película o leído en algún libro, algo que pudo ocurrirle a cualquiera menos a mí. Esta mañana me he despertado casi indiferente, como dándolo todo por perdido, con esa resignación del que lleva muchos desengaños a sus espaldas y que ya no se sorprende de otra decepción más porque tiene el espíritu anestesiado. Y así he pasado el día, tirado en el sofá mirando la tele como un zombie, hasta que sobre las cuatro de la tarde ha sonado el teléfono. Al instante, casi por costumbre, he pensado que podía ser ella, pero a los pocos segundos me he reído de mi ingenuidad. "Sebastian, ponte", me dijo mamá. "Será Pepe o J. C. para bajarnos a dar una vuelta por Tirma", pensé. Cogí el teléfono y, al otro lado, como venida de los lugares más recónditos de mi alma, desde el lugar de los deseos, habló una voz femenina y delicada. Un chispazo de ilusión prendió en mi interior y de repente la vida adquirió otro color. ¡No podía ser otra, era ella! Yo creo que debió de notar mis sucesivos estados de sorpresa, alegría y nerviosismo, aunque yo intenté darle a la voz un tono de despreocupación. No duró mucho la conversación, y en suma me dijo que quedábamos a las siete y media en la esquina de mi calle, un poco más tarde que el otro día porque antes quería ver a sus amigas. Colgué el teléfono y me puse a dar saltos. Nunca hay que dar las cosas por perdidas hasta que realmente se está muerto, y esto no hace más que darme una descomunal inyección de fuerzas. Ahora sí que no voy a cometer los mismos errores, va a salir todo a pedir de boca, y se presenta un verano como jamás había soñado...

lunes, 11 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Cuarta parte)

28 de junio
Son casi las doce de la noche. Hoy me va a costar mucho dormir, todavía estoy nervioso.

Haciendo un repaso a la historia de mi vida, puede afirmarse que los días nublados o con lluvia me han traído suerte. No sé por qué, pero es así. Será que me gusta el clima fresco y otoñal y que sufro bastante con el calor, y que un ente superior, conocedor de estas preferencias climáticas mías, así lo ha dispuesto, pero en mi recuerdo abundan las fechas históricas que tuvieron como escenario de fondo un cielo gris y, quizá para otras personas, desapacible. Hoy, a pesar de encontrarnos en pleno verano, es uno de esos días. No ha hecho calor, el viento tenía un sabor invernizo, el sol no se ha asomado en ningún momento e incluso ha lloviznado. Ahora mismo la ventana de mi habitación está cerrada y yo visto un chándal de invierno.

¿Cuál podría ser el titular para la portada de mañana en el diario imaginario de mi vida? "Un sueño", "Histórico", "Proeza"... Hay mil posibilidades, pero seguro que ninguno acertaría del todo con lo que siento ahora mismo. Ni en mis sueños podía imaginar que me ocurriera algo así. Dicen que la realidad siempre supera a la ficción, y si tomamos como ficción mis propios sueños hasta el día de hoy, seguro que es así. Lo que hoy ha pasado merece ser contado con detalle.

Por la mañana el día ha sido aburrido, con la única motivación de ver por la noche la final de Copa, que se disputa en el Bernabéu, entre el Barça y el Betis, porque seguramente nadie me llamaría para bajar. Después de comer la tarde transcurría lánguida. Eran sobre las cuatro cuando, rompiendo esa quietud, sonó el teléfono. Mi padre me dijo que era para mí. Al otro lado estaba Pepe. Me dijo que habían quedado a las cinco y media en Tirma, en el parque de al lado de Jauja, y que si me bajaba. Le dije que sí, y después soltó una frase que recordaré siempre: "tengo una sorpresa para tí que te va a gustar". No sé por qué, pero al momento pensé en ella, y se me cortó la respiración. "Le gustas a Cynthia", continuó él. Sentí una sacudida eléctrica por todo mi cuerpo y me quedé callado unos momentos, tras los cuales intenté articular alguna palabra. A duras penas dije que si era broma, que no me gustaban ese tipo de juegos. Pepe insistió en que era totalmente verdad, que lo había dicho ayer Ruth, que a Cynthia le gustaba Sebastian desde el día del viaje a Mallorca, y a su vez me dijo que él había revelado que a mí me gusta ella. Estaba de pie, y tuve que sentarme, porque empezaron a temblarme las piernas. No sé qué fue lo que dije después, lo que es seguro es que mi voz estaba entrecortada, pues mi corazón iba tan rápido y mis pulmones estaban tan colapsados por la sacudida que apenas podía respirar. "¿Qué pasa, hijo?", me dijo mi madre, que dormía la siesta en el sillón que está junto al teléfono. "Nada, nada", respondí. Pepe me preguntó algo parecido, y al fin salí un poco de mi nerviosismo y me despedí de él hasta dentro de un rato.

Después de colgar estuve un buen rato dando vueltas por mi habitación, con las pulsaciones a mil por hora. Daba vueltas a la cabeza pensando en si la vería esta misma tarde, y por un lado deseaba verla pero por otro prefería que se quedara en casa o que se hubiera ido de vacaciones. Pensaba también en lo que iba a sentir nada más verla, en cómo iba a ser la primera mirada después de que ambos sabemos que nos gustamos. También pensaba en la que seguro se iba a formar en el grupo, pues seguramente todos lo sabrían ya, y estas cosas siempre se dan a muchos comentarios en alto y a pequeñas burlas. Contra eso no se puede hacer nada. Elegí la ropa que me iba a poner y diez minutos antes de que llegara la hora me vestí con el chándal rojo y azul marino, el Nike. Fui a buscar a Pepe.

Llegamos al parque con quince minutos de retraso, y allí estaban ya todos. Durante el paseo hasta allí permanecí relativamente tranquilo, pero cuando vi cuánta gente se había bajado, sentí otra sacudida y una repentina debilidad de piernas. Los primeros comentarios no se hicieron esperar, y la verdad es que no fueron muy originales. "¡Cynthia! ¡Cynthia!", gritaron algunos. Yo me mantuve callado, intentando aparentar tranquilidad, pero estaba muy nervioso. Su grupo no estaba allí, pero alguien dijo que lo habían visto arriba, en el polideportivo, y que ella estaba. Y entonces ahí ya sí que la sacudida eléctrica fue general y permanente. Estuvimos hablando en el parque un rato y después dimos una vuelta por Tirma. Ella y su grupo no aparecían por ningún lado, pero yo ansiaba y a la vez temía que detrás de cada esquina nos lo íbamos a encontrar, y entonces ya sería inevitable. Luego fuimos a Kiko a comer unos perritos, y el Pollo se pidió un especial, ante las risas de Pepe, Javi y mía. Esto del perrito fue muy gracioso: "hey, Pollo, qué perrito te vas a pedir", le preguntamos con intención. "Un especial, por supuesto", dijo, y nos echamos a reír.

Volvimos a Tirma y nos dirigimos al parque de abajo. Desde arriba, mientras andábamos hacia allí, empezaron a oírse risas y gritos femeninos, provenientes seguramente de un grupo grande. ¿Serían ellas? Cuando bajábamos las escaleras los que iban delante de mí empezaron a girar la cabeza y a mirarme sonriendo, y al poco divisé a Cynthia, que, vestida con una sudadera blanca, hablaba con Estefanía. En ese momento pensé incluso en irme corriendo, y aún creo que lo intenté, porque Pepe me agarró del brazo como diciendo "tú no te escapas". Algunas chicas de su grupo empezaron a mirarme y a cuchichear, y yo me situé de espaldas a ellas, junto a Pepe, seguro que rojo como un tomate. Fueron momentos muy tensos. Al poco tiempo J. R., R. J. y alguno más empezaron a decirme en alto que allí estaba Cynthia, como si yo no lo supiera, y que la dijera algo. Aguanté quieto y callado un aluvión cada vez más intenso de frases de ese tipo, y al fin, no sé cómo, me di la vuelta hacia donde estaba ella, la agarré del brazo y salimos del parque. A nuestra espalda se oyeron estruendosos aplausos y gritos de "¡machote!" y "¡a por ella!", y nosotros dos, con la sonrisa en la boca y el rubor en las mejillas, nos alejamos de allí callados, sin saber qué decir.

Ahora mismo no recuerdo de qué hablamos en esos primeros momentos ni cuáles fueron la primeras frases que intercambiamos. Supongo que fue algo así como "adónde vamos" o "damos una vuelta por este sitio" o "compramos unas chucherías en Jauja". Lo que es seguro es que no hablamos absolutamente nada sobre lo nuestro, sobre el viaje en el avión o sobre lo que habían dicho ayer Ruth y Pepe. Yo estaba superado por los acontecimientos, con el corazón aún saltándome en el pecho, sin creerme en absoluto que estaba solo con ella, solos los dos, sabiendo además que yo le gustaba. Aún no lo había asimilado, y todavía ahora, mientras escribo, no acabo de creérmelo. Ella estaba visiblemente nerviosa, los brazos cruzados y la mirada para el suelo. Dimos una vuelta por el interior de Tirma y en un momento de silencio me propuso que intercambiáramos unas fotos y que nos diéramos los teléfonos, así que nos metimos en el Ibías, donde estaban dando ya la final de Copa. Para aliviar un poco mi tensión interior le pregunté al camarero cómo iban, y me dijo que 1-0, que acababa de marcar Alfonso. Le pedí un boli y apuntamos los números en unas servilletas de papel. El camarero nos dijo algo con una sonrisa pícara, y salimos. El cielo estaba sombrío y gris, nada que ver con la alegría que brillaba en mi alma, y empezaba a anochecer.

Poco a poco la conversación se fue animando, fue siendo más fluida, y me tranquilicé. Paseamos un rato y nos sentamos en un banco de la avenida de Ilustración. "¿Qué hacer?", pensaba. ¿Me acerco a ella? ¿Y cómo me acerco, con disimulo o de forma natural? ¿Debo besarla ya hoy? Parecía claro que ella no iba a ser la que iniciara el acercamiento físico, así que debía ser yo. Pero no lo hice, no sé muy bien por qué. Quizá así de primeras era un poco violento, y ella podría pensar no muy bien de mí, así que nos mantuvimos a cierta distancia. Pero yo lo estaba deseando, y supongo que ella también. Yo ya estaba contento con lo que me había pasado, con esa situación, con estar a solas con ella cuando el día anterior, si alguien me lo hubiera dicho, lo habría tomado por loco, y no esperaba absolutamente nada más de esta fecha, ya histórica de por sí, pasara lo que pasara después. Dimos otra vuelta por el barrio, hablando de las notas y demás zarandajas, y nos despedimos con un pico en la esquina de mi calle, y quedamos para mañana a las seis y media. Me propuso quedar en ese mismo sitio y yo, no sé por qué, le dije que prefería ir a buscarla a su casa. Bueno, sí que lo sé. Llevo mucho tiempo, cada vez que paso cerca de su edificio, mirando sus ventanas, preguntándome cuál sería la suya, y soñando con un día llamar a su telefonillo para que se bajara porque tenía una cita conmigo. Y ese día ha llegado, y es mañana.

Tras despedirnos y andar un poco calle arriba me detuve, miré hacia atrás y la ví a ella, con su sudadera blanca y su pelo liso y negrísimo hasta los hombros, y observé su delicada figura hasta que la perdí de vista. En casa he sido ya un poco consciente de lo que me había pasado, y he sentido cómo nacía dentro de mí un fuego de dicha infinita. Con mi madre me he mostrado más cariñoso que nunca, la he pedido perdón por llegar más tarde de lo normal y he aceptado sin enfadarme su orden de empezar a rellenar los papeles de la matrícula del instituto para el año que viene, lo cual he hecho mientras veía la prórroga del partido, que ha ganado el Barça 3-2 con un golazo de Figo. Lo veía todo con una felicidad tal que incluso me he alegrado de que ganara el Barça, porque al fin y al cabo tienen un buen equipo y son un digno rival, sin olvidar al Betis, que ha plantado cara, y una tarea tan monótona como rellenar unos papeles se me ha revelado como el mayor placer que se puede encontrar, porque cada letra que escribía, cada dato mío, cada número, el DNI, el Código Postal, la fecha de nacimiento, lugar de residencia, calle, número, puerta, cada nombre de asignatura, estaba barnizado con su presencia. Después del partido han echado Tómbola, donde estaba invitada Bárbara Rey, que contaba que estaba hundida por algo que le había pasado, y entonces me he preguntado cómo alguien en el mundo puede estar triste en este 28 de junio de 1997.

Acabo de sacar del bolsillo del pantalón de mi chandal Nike la servilleta con su número de teléfono. Está algo arrugada, pero los números se ven bien porque su escritura es redonda y clara, como la de casi todas las chicas. Ahora mismo lo voy a meter en la memoria de mi reloj, no se me vaya a perder. Es muy tarde ya, papá, mamá y Dani duermen desde hace un rato, así que me voy a ir a acostar. Sé que seguramente no dormiré, pero hoy da igual.

29 de junio
Nunca una noche de insomnio ha sido más dulce. Como preveía, no he podido dormir casi nada. Las emociones de ayer fueron tan inesperadas e intensas que hasta más de la cinco de la mañana el corazón estuvo tamborileando con fuerza dentro de mi pecho. Cuando cerraba los ojos se me representaba nítidamente su imagen, vestida unas veces con la sudadera blanca que llevaba ayer y otras con ese ligero vestido azul que tan bien le queda. Además de por la inquietud, creo que no he dormido también gracias a mi voluntad, pues me apetecía alargar lo más posible día tan histórico. Además, ¿quién me decía que de dormirme, al despertar después, todo hubiera sido un sueño? Cuando conseguía dormir un poco y me despertaba, rápidamente me levantaba de la cama, iba al cajón de la mesilla y comprobaba que la servilleta con su número de teléfono no había desaparecido, y cuando la tenía en mi mano me tranquilizaba porque sabía que todo había sido real. Entonces volvía a acostarme y cerraba los ojos, y de nuevo allí estaba ella...

Creo que ha sido la noche más feliz de mi vida. Bueno, creo no, estoy seguro. Pero ya pasó, y ante mí se extiende un horizonte tan llano y luminoso que parece imposible que algo salga mal. Empezando por esta misma tarde, pues dentro de apenas una hora, a las seis y media, he quedado con ella, en su casa, haciendo realidad la ensoñación que tantas y tantas veces he tenido todos estos meses, y que, de verdad, jamás creí que iba a hacerse realidad: ir a buscarla. En mi cabeza suena no sé qué música de prolegómenos, de algo grande que va a ocurrir, de cosa importante. Ya tengo la ropa que me voy a poner preparada encima de mi cama (son mis mejores galas), y ya sólo queda ducharme, concentrarme, disfrutar de tan mágico momento y vestirme.

Por lo demás el día no ha deparado muchas cosas más. Por la mañana, para aliviar un poco la tensión, he ido con Pepe a jugar al basket y le he contado lo de ayer, aunque sin entrar en detalles. Por la tarde, como papá trabaja, he estado jugando con Dani en el salón con la pelotita. Mamá se ha enfadado porque no la dejábamos dormir la siesta y porque hemos estado a punto de tirar el jarrón chino. También he seguido rellenando los papeles de la matrícula. ¿Hacen falta tantos datos y tantas fotos? Aunque lo hacía con placer, pues esos papelajos están ya para siempre relacionados con ella, y me deleitaba en cada letra y palabra que escribía, como si en lugar del número de un DNI le estuviera escribiendo un poema o una carta.

El momento que jamás pensé fuera a llegar está aquí, y es ahora. Allá voy.

domingo, 10 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Tercera parte)

21 de junio
He pasado todo el día en casa, aburrido, a veces durmiendo y casi siempre recordando el viaje de fin de curso, sobre todo el trayecto en avión. Estoy cansado por no haber dormido bien los últimos cinco días. ¿Se habrá bajado la gente a Tirma? Seguro que sí, y en ese caso, ¿por qué nadie me ha llamado? ¿Habrá bajado ella?

22 de junio
Otro día más en casa. Estoy prácticamente seguro de que la gente queda para dar una vuelta, pero nadie me ha llamado. Sobre todo me da rabia porque ella también habrá bajado, y yo aquí perdiendo oportunidades. Hoy ha terminado la Liga. El Madrid ha perdido en Vigo 4-0, pero ya da igual, porque somos campeones. Ya hasta el año que viene nada. Qué aburrimiento. El verano tiene mucho de siniestro, la verdad.

24 de junio
Hoy ha sido la recogida de notas en el colegio. He ido allí esta mañana con papá y Dani, esperando ver a Cynthia. Ha habido suerte. La he visto al lado de la puerta de mi clase, cuando yo salía de que Carmelo me diera las notas, pero creo que ella ni se ha percatado de mi presencia. Iba acompañada de su madre y hablaba con unas de su clase. Yo me he ido muy rápidamente, entre otras cosas porque me daba un poco de vergüenza que me vieran con mi padre, así que casi no ha habido oportunidad de que me viera. Y los cartuchos se agotan.

Las notas, bien. Tengo un Notable de media, que no está mal, creo yo, aunque a mamá no le ha gustado nada el Suficiente de Matemáticas y no ha prestado atención al Notable Alto de Lengua ni al Notable de Ciencias Sociales. Lo da como algo supuesto, como una obligación. A papá en cambio se le ve más contento y cree que son buenas notas. Carmelo me ha dicho que el último ciclo ha sido bastante bueno, y me ha felicitado, pero también que le soprende mi bajón del Ciclo Medio teniendo en cuenta mi "potencial", como él ha dicho.

Mañana es el festival de fin de curso. Puede que sea la última oportunidad. Se me ha pasado por la cabeza incluso lanzar un ataque, pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo acercarse? Me parece una misión imposible.

25 de junio
Son las once de la noche. Una de las últimas balas se ha malgastado, pero era de esperar. El festival de fin de curso ha estado bien. Ha sido en el auditorio de La Vaguada. Ha habido actuaciones de la gente de los dos grupos. Yo, J. C. y B. G. hemos sido de los únicos que no hemos participado en ninguna actuación, así que nos hemos sentado juntos en el auditorio. Cynthia tampoco ha actuado, y se ha sentado unas cuantas filas más adelante. Nos hemos reído muchísimo con la imitación de las Spice Girls y con el anuncio del Inistón, en el que el Lute hacía de abuelo. Luego ha habido bailes y obras de teatro, y eso ya ha sido más aburrido. Constantemente buscaba con la mirada a Cynthia, que por cierto venía con el vestido azul que le queda tan bien. A la salida del auditorio, terminadas las actuaciones, se ha dado un pequeño suceso me hace concebir esperanzas. Resulta que estaba yo sentado en un muro bajo, hablando con Pepe, J. C. y alguno más, y de repente ella se ha acercado al muro, diciendo a sus amigas: "no, mejor nos sentamos aquí". Nada más decir eso me ha mirado, y entonces el corazón se me ha disparado a mil por hora y dentro de mí he sentido que nacía un impulso de alegría irresistible. Se ha sentado a mi izquierda, muy cerca de mí, casi pegados. ¿Por qué lo habrá hecho? ¿No será que...? No, no pienses tonterías, eso es imposible. Por supuesto que no me he atrevido a decirle nada, aún menos estando tan rodeado de gente. Hemos permanecido así un rato bastante largo, cada uno hablando con sus respectivos grupos, y aunque yo fingía estar muy atento a la conversación, en realidad tenía todos los sentidos puestos en ella, que tan cerca estaba. Cada palabra, cada movimiento mío, cada gesto, parecía dirigido a impresionarla, a hacerle notar mi presencia, y cuando ha anochecido y nos hemos ido a casa me he sentido muy triste por no poder alargar eternamente ese momento. Puede haber sido la última oportunidad, y es posible que hasta el curso que viene no la vuelva a ver.

26 de junio
Hoy me he despertado pensando en el momento del muro, y si al principio he sentido alegría, después me he entristecido considerando que igual no vuelvo a verla hasta el año que viene, eso si no se cambia de instituto. Y así he pasado todo el día. He vuelto a quedarme en casa.

27 de junio
Esta mañana he ido al instituto a recoger el sobre de la matrícula para el año que viene. Hay muchísimos papeles que rellenar y hay que hacerse un montón de fotos. He ido con Pepe y J. C. Tenía alguna esperanza de verla, lo cual me hubiera alegrado mucho por dos razones: por el simple hecho de tenerla cerca y porque así me aseguraba de que el año que viene no se cambiará de instituto. Pero no ha habido suerte. Por la tarde he vuelto a quedarme en casa, aunque lo he pasado bien con mi hermano jugando al fútbol en el salón con la pelotita.

sábado, 9 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Segunda parte)

TRANSCRIPCIÓN LITERAL DEL DIARIO MANUSCRITO
13 de junio
Acabo de llegar a casa. Hoy ha acabado el curso, y en condiciones normales estaría triste porque seguramente no la volvería a ver en mucho tiempo. Pero afortunadamente la semana que viene es el viaje de fin de curso, y aunque no haga nada por acercarme, con seguir viéndola aunque sea unos días más me conformo. Es curioso, tenía ganas de que terminaran las clases, pero al sonar la última campana, no sé por qué, se me ha hecho un nudo en la garganta. De repente pensé en que eran los últimos momentos de mi vida en este colegio, en el que llevo desde que entré en Preescolar, o sea diez años. Salí el último de clase, y sin que mis amigos se dieran cuenta eché un último vistazo al aula. Estaba bastante emocionado, es el final de una era. El año que viene comenzamos ya el instituto, y tendremos que ir a ese edificio enorme que hay encima del colegio. Pero para ello aún queda un largo verano por delante.

Hoy la he visto un par de veces. ¡Qué mala suerte no haber coincidido en clase nunca con ella! Desde que me gusta "oficialmente" apenas habremos cruzado dos frases. Dos frases en siete meses. Así es muy difícil, pero nunca se sabe. La última vez que la he visto hoy ha sido en el portal de Pepe, y ella bajaba la calle para ir a su casa, acompañada de Lorena. Nos ha saludado. ¡Cómo cambia todo cuando ella está cerca!

14 de junio
¡Campeones! El Madrid ha ganado la Liga. Le hemos ganado al Atleti 3-1. Golazos de Raúl, el primero, y Hierro de falta el segundo. El tercero lo ha marcado Mijatovic. Lo he visto con papá y Dani, y nos hemos puesto muy contentos. Antes del partido estaba muy nervioso. Suenan muchas bocinas y gritos desde la calle, y ahora estoy viendo por la tele la celebración en la Cibeles. Durante el partido no hacía más que pensar en ella, y me imaginaba que cada gol nuestro era marcado en mi "partido" imaginario para ganarla. Ojalá fuera así.

15 de junio
Anoche no dormí casi nada gracias a las bocinas y los gritos, que no pararon un poco hasta las cuatro de mañana. Además estaba nervioso, porque mañana es el viaje y hoy había que prepararlo todo. Pero no estaba nervioso por eso, sino por separarme de mi casa y de mis padres. Pero bueno, ya está pagado y hay que ir. Espero al menos pasarlo bien, y tener algún acercamiento con ella, porque no habrá más oportunidades hasta el año que viene, o a lo mejor, quién sabe, se cambia de instituto. Eso no quiero ni pensarlo. ¿Quién le gustará? Mira que he intentado sonsacárselo indirectamente a D. D., que la conoce más, pero nada. Ya está todo preparado para mañana. Es la primera vez que viajaré en avión. Estoy nervioso, no sé si podré dormir.
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20 de junio
Hoy hemos llegado de Mallorca. Ha sido una semana para recordar, y el lunes 16, el día del viaje, fue un día simplemente glorioso. ¡Por una vez la suerte me ha sonreído! ¡Y de qué manera! Fue como un milagro. Al recordar ahora aquellos momentos me siento muy triste, porque ahora sí que ha acabado todo. Ahora intentar acercarse a ella va a ser casi imposible, por el simple hecho de que ya no habrá cinco días entre semana en que poder verla. Hemos venido desde el aeropuerto en autobús, que nos ha dejado a la puerta del colegio. Había algunos padres esperando, y entre ellos estaban los de Cynthia. ¡Si ellos supieran lo que siento por su hija! Es una lástima que no sean amigos de los míos. Yo me he vuelto a casa con Pepe y J. C., y no he podido evitar mirar atrás, hacia el lugar, junto al autobús, donde se reunía la gente. La buscaba con la mirada, pero no acerté a verla entre la multitud, y seguí andando hasta casa, triste y resignado. Pero hay que contar lo que pasó el lunes 16. ¡Qué momentos más felices!

Ese día me levanté muy temprano para ir al colegio, desde donde un autobús nos llevaría al aeropuerto. El pobre D. D. lloraba al despedirse de su madre. Yo sentía cierta tristeza, pero por nada del mundo habría llorado. En Barajas nos dieron a cada uno nuestro billete y esperamos un rato bastante largo hasta que pasamos al avión. Estaba emocionado. Una vez dentro busqué dónde me correspondía, aunque en realidad cada uno se ponía donde le daba la gana. Pero eso lo supe luego. Al fin encontré el sitio que concordaba con mi billete, y cuando vi quién estaba sentado junto a ese asiento, antes de pensar nada, me senté rápidamente, temiendo que alguien me lo quitara. ¡Me había tocado al lado de Cynthia! No lo podía creer, para que luego digan que las casualidades no existen. Sí que existen, y en esta ocasión me han favorecido como nunca podía esperar. El viaje apenas duró una hora, pero fue la hora más maravillosa de mi vida, eso seguro. Al principio me puse muy nervioso, estaba como atontado, ante la oportunidad que se me brindaba. Luego me tranquilicé y actué de manera alegre. Dije muchas gracietas y tonterías, y se rió mucho conmigo. Estaba sembrado. Cuando la azafata nos explicó lo de los salvavidas, yo imitaba sus gestos e intentaba explorar su funcionamiento, haciéndome el torpe, y entonces ella se reía a carcajada suelta. No recuerdo de qué hablamos, y no creo que importe mucho. Jugué con la mesita desplegable del asiento delantero, dándole mil disparatados usos y haciéndola reír, y recuerdo que, poco antes de llegar, me levanté un poco para mirar el paisaje por la ventanilla, incorporándome hacia donde estaba ella, y entonces nos tocamos un poco. No se apartó, así que permanecí unos instantes en esa posición. ¡Cuánto hubiera dado por que ese viaje se alargara dos, tres, cuatro, veinte horas! Pero acabó, y cuando el avión aterrizó, nos despedimos y nos bajamos, sentí que había desperdiciado una oportunidad inmejorable, que seguramente nunca más iba a darse. Al menos, pensaba, este viaje podía servir como lugar común para ambos, algo que recordar, que era sólo nuestro y que podíamos compartir en un futuro.

Durante los cinco días de viaje apenas hemos tenido contacto, aunque yo la buscaba siempre, ya fuera con la mirada o intentando acercarme físicamente, con cualquier pretexto. Pero nuestros respectivos grupos están demasiado alejados. Que recuerde, lo más cerca que estuve de ella fue en un viaje en autobús, cuando volvíamos de las Cuevas del Drac. Ella se sentó justo en el asiento de delante, pero yo no me atreví a iniciar una conversación, y sólo se me ocurrió presionar muy fuerte con las rodillas sobre su asiento, a ver si se sentía incómoda y miraba para atrás. Yo notaba que se movía y cambiaba de postura, pero no se dio la vuelta.

Por lo demás no hay sucesos relacionados con ella dignos de mencionarse, lo que quiere decir que no hubo absolutamente ningún suceso, pues cualquier tontería, cualquier incidente por pequeño que hubiera sido, cualquier cruce de palabras, hubiera supuesto para mí el mayor de los acontecimientos. Sólo decir que todos los días esperaba ansioso a que anocheciera, deseando verla, pues sobre esa hora quedábamos todos, ya arreglados, donde nos decían los profesores, dispuestos a ir a Paguera para salir. Recuerdo que una noche se presentó con un vestido azul, muy ligero y veraniego, que le quedaba de cine. ¡Cuántas veces la he buscado con la mirada durante todos estos días! Pero no me hacía caso, y sólo recuerdo una mirada suya, concretamente la noche que fuimos a la discoteca. Ahí la sorprendí. La noche que fuimos a la playa ella se sentó en la arena muy cerca de mí, y yo aproveché la oscuridad para mirarla mucho, pero no llegamos a hablar.

Esperaba algo más de este viaje, la verdad. No ha estado mal, pero estos viajes están para divertirse, creo yo, y todas esas visitas tan largas y aburridas mataban la diversión. La peor fue una que hicimos a una fábrica de vidrios o algo así, de la que recuerdo un líquido rojo y viscoso inflarse como un globo. Lo peor para mí eran las noches, pues la gente se empeñaba en no dormir y a los que queríamos dormir un poco nos hacían putadas, como echarnos agua en la cara. A más de uno le hubiera soltado una buena hostia. Yo compartí habitación con Pepe, J. R. y B. G. De lo mejor ha sido la piscina y el buffet. Un día desayuné siete donuts, y en las comidas nos inflábamos a salchicas y hamburguesas. La verdad es que el hotel, o lo que fuera aquello, estaba muy bien, era muy grande y tenía pistas de tenis y fútbol. Nos alojábamos en grupos de cuatro, y por cada dos grupos había una casita pequeña de dos pisos. Nuestra habitación estaba en el piso de arriba. Era como un pueblecito, con sus calles y caminitos y sus casitas blancas. Nos hemos recorrido la isla de punta a punta en autobús, incluida Palma de Mallorca, con su castillo, que visitamos, y las Cuevas del Drac. Lástima que no llevara cámara de fotos (creo que fui el único) así que todas las imágenes del viaje tendrán que quedar inmortalizadas sólo en mi cerebro. Quizá sea mejor así.

Pero se acabó todo, y a partir de ahora verla va a ser muy difícil. Lo que es seguro es que los nombres de Mallorca y Paguera quedarán, en mi cabeza, ya para siempre relacionados con el de Cynthia. Y esa hora en el avión es, sin duda, una de las más felices de mi vida, sino la que más. ¡Por qué no la aproveché más!

Ahora caigo en que el martes es la recogida de notas y el miércoles el festival de fin de curso. ¿Tendré la suerte de coincidir con ella el martes? ¿Irá al festival? Rezaré porque así sea.

jueves, 7 de mayo de 2009

VERANO DEL 97 (Primera parte)


El otro día, a eso de las dos de la tarde, me disponía a coger mi bici para, como de costumbre, ir a jugar con unos amigos un partido de baloncesto. Suelo ir a una cancha del Parque Norte, que me coge a media hora andando, así que para desplazarme hasta allí me es indispensable disponer de este limpio y saludable medio de transporte. Bajé al trastero tranquilamente, silbando en el ascensor una cancioncilla de algún anuncio, me introduje en los oscuros pasillos del sótano, abrí una puerta roja metálica, en concreto la número 8, encendí la luz del interior y no sin dificultades empecé a sacar la bicicleta de aquel lío de ruedas, cables, libros polvorientos, cajas de herramientas sucias y herrumbrosas, revistas antiguas de ciclismo, pedales automáticos que ya no sirven, platos con dientes grasientos y gastados, cámaras pinchadas y cintas de vídeo VHS apiladas que, según las pegatinas de su frontal, contienen grabadas etapas del ya lejano Tour del 91.
TOUR 91. 12ª etapa. JACA-VAL LOURON. 232 kilómetros. Montaña. Ganador: CHIAPPUCCI. INDURÁIN líder

se leía en una de ellas, escrito a mano con boli azul. Los radios de la rueda delantera se habían enganchado con el pedal izquierdo de la bici de mi padre, por lo que tuve que dar un buen tirón para sacarla, y como consecuencia de ese tirón malhumorado se zarandeó violentamente una estantería metálica que hay a la derecha, según se entra. Esa estantería contiene un sinfín de objetos inútiles, y es digna del más avezado chamarilero. Sobre todo abundan piezas de elementos de bicicletas, todas barnizadas de grasa, negra como el hollín: el cambio trasero desvencijado que nunca recobrará su función, el viejo freno de tipo V-brakes con la zapata desgastada o la otrora brillante biela metálica, ahora sola, inútil sin su compañero, el plato dentado, que por ahí andaría. Algunas de estas reliquias ciclistas, amontonadas en una caja de latón, cayeron estrepitosamente al suelo sin remedio, ante mi enfado. Pero hete aquí que, a veces, los sucesos más casuales y aparentemente desdichados encierran una agradable sorpresa. Me agaché, dispuesto a recoger aquel maremágnum de trastos inútiles, y, de repente, del último piso de la estanería, cayeron sobre mi cabeza varios cuadernos y libros, algunos de pasta dura, que me hicieron bastante daño en el cráneo. No pude reprimir un grito de furia ante tan desgraciada sucesión de acontecimientos —"¡joder, me cago en tu puta madre!", o algo parecido—, agarré uno de esos traidores cuadernos y, cuando me disponía a lanzarlo con brazo de acero contra la pared, en venganza por su dolorosa fechoría, reparé en su cubierta verde, que me era familiar. Rápidamente lo abrí por cualquier parte y leí algunas líneas, escritas con letra limpia y redonda. "18 de julio de 1997. Faltan 44 días...", fueron las primeras palabras que vinieron a mis ojos. Al momento una repentina imagen de calor, angustia, desdicha, espera y amor adolescente sacudió mi mente, todas esas instantáneas formando parte de un todo indivisible, y recordé.

Y recordé. Se trataba del diario que escribí doce años atrás, durante el verano del 97. El corazón se me disparó, las sienes me palpitaban, mis ojos devoraban extasiados aquellas hojas ya amarilleadas, que mis manos pasaban con velocidad, ansiosamente, y me senté en el suelo. Las piezas de bicicleta permanecían ahí tiradas, esperando a que las recogiera, y mi máquina parecía implorarme, huérfana de unas piernas que la hicieran avanzar. Mas ese no iba a ser día de ir a jugar al basket, vieja amiga. Emocionado, leí de cabo a rabo aquel diario adolescente e ingenuo, sentado en el frío suelo de las olorosas y húmedas galerías del trastero de la comunidad.

Verano inolvidable aquel del 97, que no obstante permanecía fosilizado en mi cerebro, a la espera de ser un día redescubierto. Con su lectura me retrotraje a mis catorce años, y debo reconocer que algunas veces, mientras leía, no podía reprimir algún suspiro y cierta humedad en mis vulgares ojos marrones. Es curioso el mecanismo que tiene a veces la memoria de manifestarse, pues basta una imagen, una simple imagen olvidada para que se nos venga encima, incontenible, toda una catarata de recuerdos.

Al principio, nada más leerlo, tuve la idea de contar directamente aquella historia estival, historia que, por otro lado, y quizás ahí esté el encanto, en gran parte sólo ocurrió en mi cabeza. Podría decirse que fue una historia que en realidad no es una historia, porque casi nada pasó. Mi intención primitiva era relatarla con mi estilo actual y sucintamente, pero ¿qué mejor que transcribir letra por letra aquel diario? Diario que a lo mejor no está muy bien redactado, pero que se mantiene, doce años después, fresco como un melón recién abierto. Se nota que fue escrito con cuidado y primor, pues no hay tachones ni faltas de ortografía y la caligrafía es excelente. Cada letra, sílaba, palabra, frase, párrafo y página emana vida y un arrebato de amor primerizo y pasional.
No hay cortes, no hay censuras y, aunque en alguna ocasión, más que nada para salvaguardar mi buen nombre, he estado tentado de usar la tijera y cortar por lo sano algunos fragmentos que nada bueno de mí dicen, he decidido dejarlo todo tal como fue escrito en su momento. Es la única manera de mantener la autenticidad. Tampoco he variado los signos de puntuación, y el estilo prodece de mi cabeza de entonces y no de la de ahora. El diario se presenta al lector tal y como fue parido por un adolescente doce años atrás.

De modo que ahí va, como el caballo de copas que dijo el poeta, directamente de las páginas de mi diario del verano del 97.

jueves, 16 de abril de 2009

Cuento. CUATRO CAMINOS


El andén estaba atiborrado. Era una aglomeración mañanera y urbana, una amalgama de rostros hoscos y cansados y de oficinistas que llegaban tarde, y consultaban su reloj una y otra vez, y el tren no llegaba, y miraban inquietos y fieros a los lados, viendo con desesperación que en el andén había cada vez más gente, que iban a estar incómodos y apretados y que no iban a poder sentarse. En realidad todas las mañanas sufrían las mismas apreturas, pero cada día todos tenían la esperanza de que aquél iba a ser un viaje placentero, desahogado, tranquilo, hasta que salían de casa, llegaban al metro y veían que no, que Madrid seguía teniendo más de tres millones de habitantes, los cuales no se habían volatilizado durante la noche y también hoy debían ir a sus lugares de trabajo y estudio, y que de nuevo tocaba sudar y hacerse un pequeño hueco en esta urbe angustiosa y cruel. En la ciudad parece que siempre le quieren quitar a uno algo, la cartera, el asiento, el trabajo, el buen humor, la esperanza, la novia, algo. La ciudad, la gran ciudad, siempre tiene algo de hostil que hay que vencer, es una competición áspera y permanente, un mundo desapacible, crónicamente hipertenso, constantemente al borde del infarto.

Cosme era un miembro más de esa paciente marabunta. Permanecía de pie en el andén de la estación de Diego de León, en la línea seis, esperando al tren que circulaba en dirección a Ciudad Universitaria. Era un viernes de octubre, iba a la Facultad. Una leve sombra morada se dibujaba debajo de sus brillantes ojos azules, que miraban para el suelo, ausentes, se diría que con una fina sonrisa adornando sus facciones cuadradotas, su nariz recta y proporcionada, su mandíbula robusta, en la que despuntaba ya una incipiente barba, afeitada cuidadosamente un día antes, sus pobladas cejas y sus sedosos cabellos de oro, descuidadamente arreglados, pues dejaba caer siempre un mechón curvo sobre la frente, intentando dar la impresión de casualidad, cuando en realidad todo en su estética estaba concienzudamente estudiado. Como material escolar para las dos clases que tenía esa mañana no llevaba más que una carpeta azul adosada a su pecho y sujeta por su mano derecha, cuyo brazo formaba un ángulo recto, adoptando una posición como de llevarse la mano al corazón. Todos los pijos llevan la carpeta de igual manera.

Cosme iba pensando que el Metro, aunque un poco incómodo y proletario, era un gran invento, pues imaginaba que si toda esa gente que hormigueaba ahí abajo, en los andenes, trenes y galerías, estuviera en la superficie, conduciendo coches, cruzando pasos de cebra y tomando autobuses, una ciudad como Madrid no podría aguantarlo, explotaría literalmente. Creía sinceramente que Madrid, sin Metro, sería una ciudad aún más inhóspita, poco menos que inhabitable.

Pero Cosme pensaba más en otras cosas. La anterior había sido una gran noche, de acuerdo con lo que se esperaba de él, de acuerdo con su fama, que había desbordado los diques de su clase para desparramarse, incontenible, por las otras aulas de su curso y aún por los cursos superiores. Estaba en racha. Llevaba la cuenta. En tres meses se había tirado a dieciséis mujeres, diez durante sus enloquecidas vacaciones en Oropesa del Mar y seis desde que comenzaron las clases en la universidad. Mentalmente repasaba cada ocasión, a cada una de esas muchachas que habían caído en sus garras, pero ninguna le parecía del calibre de la de anoche. Se había superado. Y además se lo había puesto difícil, la muy golfa, pero al final no le había quedado a la pobre otra más que ceder.

El cartel luminoso marcaba un minuto en letras de sangre, y la gente se apelotonaba a la espera, dándose ya los primeros empujones, los pisotones casuales, los roces inevitables y puede que cálidos, según con quién te toques. Hacía calor. Y olía a Metro. El Metro siempre huele igual, en todos los sitios, en todas las estaciones, en todas las líneas, en todos los trenes y pasillos. Huele, quizá, a una mezcla de cloaca, humanidad y algodón de azúcar.

Era una amiga de una compañera de clase. Siempre es así en las fiestas universitarias. O al menos es la forma más fácil y directa: “oye, preséntame a tu amiga”. Desde que la vio, al principio de la noche, se propuso “ganarla”, según sus palabras. Era tal su confianza en sí mismo que se permitía el lujo de elegir. Y había elegido a la más difícil, lo cual le suponía un reto y un atractivo añadidos. Una cohorte de buitres la había merodeado insistentemente con sus repelentes graznidos de alcohol durante toda la noche, algunos con una bien ganada reputación de aves de presa nocturna, mas a todos ellos los había rechazado, a todos excepto a él. En su mente revoloteaban como dos amables mariposas los detalles de la presentación, del tedioso y laborioso acecho, del implacable ataque y, por último, de la salvaje y lujuriosa culminación, en una habitación del hotel Hesperia, en el paseo de la Castellana. Un acto cinegético impecable, digno de figurar en los tratados de caza nocturna.

Se había salido con la suya, como casi siempre. Era una muesca más en el revólver de sus trofeos. Y esta vez había sido difícil, mucho más que de costumbre. Mientras esperaba, de pie sobre el andén, cerraba los ojos y entonces aún creía sentir la arrebatadora respiración de la muchacha dándole en la cara y el calor de su marmóreo, delicado y sudoroso cuerpo, y aún creía oír el rítmico crujir del somier de la cama, y oler el cuajado y embriagador perfume femenino, y se respiraba a sí mismo, íntimo, cercano. Todavía olía un poco a ella, a su efluvio de azahar, incluso a su saliva. Eso era lo que más le gustaba de todo, el olor de la saliva de la muchacha sobre su cobriza piel masculina.

Después se retrotraía unas horas en el tiempo y recordaba las primeras miradas, la presentación gracias a su compañera de clase, la conversación vana y hueca, cargada no obstante de voluptuosidad, que no era más que un mero trámite porque, seguramente desde el primer momento, ambos sabían cómo y dónde iban a terminar la noche. Al menos él sí lo sabía. Y pensando en esos primeros compases una sonrisa pueril se dibujaba en su atezado rostro, una sonrisa de autocomplacencia y vanidad. Vanidad que, por otra parte, debía quedar totalmente satisfecha esa misma mañana con los comentarios del caso de sus compañeros de clase, con las miradas envidiosas de sus “rivales” derrotados de anoche, con el fingido desdén de aquellas que se habían enterado, que le deseaban fervientemente pero que, ilusas ellas, no tenían nada que hacer. ¿De qué vale un triunfo así si luego no puede uno disfrutarlo plenamente, con todas sus amables consecuencias? ¿De qué vale si no puede uno irlo pregonando? ¿De qué vale si nadie se entera? Por eso y sólo por eso iba Cosme a clase, resacoso y amodorrado, aquella mañana de octubre.

El sonido brusco y sibilante del tren rompiendo en la estación le sacó de su dulce ensimismamiento. Era el momento de ir cogiendo la posición para, si se tiene suerte, poder sentarse durante el trayecto, aunque la verdad es que esa mañana estaba de excelente humor y le daba igual ir de pie. Mas si, por un casual, tenía cerca un asiento libre, a por él iría, eso seguro. Luego de dejar salir a los que trabajosamente se apeaban, la manada se extendió por el interior del vagón como un río contaminado mancha la mar en que desemboca. El vagón se llenó en unos instantes. Cosme miró raudo de un lado a otro buscando un asiento libre. Todos hacían lo mismo, era una lucha sorda, breve e inútil. Pero tuvo suerte, porque había uno justo al lado de la puerta por la que había entrado, y sin consideraciones ni remilgos, se sentó. Aquel día todo le sonreía, era un buen día, un día de suerte. En realidad se trataba de un hombre afortunado.

Agitó sus posaderas como restregándolas sobre el asiento que había conquistado y, una vez aposentado cómodamente, con un brillo de satisfacción en su rostro, dirigió unas miradas furtivas a los desafortunados viajeros, que veían impotentes y resignados como, un día más, iban a tener que hacer de pie su trayecto. Arrellanado en su asiento parecía recrearse en su fortuna, y pensaba en que quizá sea en estos pequeños detalles —coger un asiento en un vagón repleto, que se te ajusten lo justo los vaqueros, ni poco ni mucho, tener una nariz proporcionada y unos ojos azules y grandes— donde se aprecie el éxito, la valía, la calidad e incluso la inteligencia de una persona.

Unos instantes después Cosme miró al frente y examinó a las cuatro personas sentadas delante de él. Siempre hay que hacer eso cuando se va en Metro, decía, y se enorgullecía cuando alguien reparaba en él y admiraba su belleza, y le traía sin cuidado que fuera un hombre o una mujer, porque su narcisismo quedaba saciado. A veces le daba por imaginar la biografía de cada uno, y se imaginaba adónde iba, de dónde venía, si era virgen, si tenía pareja, cuántos hijos tenía, si trabajaba o estudiaba, qué tipo de música le gustaba o por dónde salía los fines de semana. Pero sobre todo lo que buscaba era la conquista visual, ese fuego de miradas que, de vez en vez, prende en el vagón de un metro y sólo se aplaca cuando uno de los dos se apea en una estación cualquiera, para seguramente no volver a verse nunca más. En una de esas conoció, un mes atrás, a una hermosa muchacha que pocos días después cayó atrapada, como tantas otras, en su pegajosa red sexual. Porque hay que decir que Cosme no desaprovechaba una sola oportunidad, y estaba siempre vigilante, siempre al acecho; era un oportunista nato, y había desarrollado sus artes de manera extraordinaria.

Justo frente a él estaba sentada una muchacha rubia, de piel tersa y blanquísima, cuello estilizado, busto exhuberante, mejillas encarnadas y mirada serena y limpia de ojos de cielo. En cuanto reparó en ella, Cosme ya no vio otra cosa, y enfocó sus cinco sentidos de cazador hacia un solor lugar, hacia un único anhelo. La muchacha empezó a mirarle fijamente, con una fijeza penetrante. Cosme se dio cuenta, barrió su cuerpo de arriba abajo con la mirada y distraídamente sacó unos apuntes de su carpeta. Se puso a hojearlos fingiendo atención en lo que leía, intentando demostrar que aquel descaro no le perturbaba en absoluto. De vez en cuando levantaba la vista de los papeles, y ahí estaban siempre esos ojos azules, clavados en él obstinadamente, y entonces él se la quedaba mirando con una obstinación aún mayor. La muchacha mantenía, férrea, la mirada. Aquello parecía un juego. Quien más aguantase sería el ganador. Había practicado ese juego otras muchas veces, y siempre había salido vencedor, porque normalmente la chica de turno no aguantaba y, azorada, desviaba la mirada.

Pero aquella vez no era así. Seguramente se trataba de una mujer un poco casquivana. “Mejor así —pensaba— a mí me gustan las que no se arredran, las echadas p´alante. A mí las modositas y las que van de estrechas no me van para nada. Cuanto más puta sea, mejor que mejor”. A veces contemplaba su propio rostro, reflejado en el cristal de la ventanilla que estaba a espaldas de la chica, y llegaba a conclusión de que era perfectamente normal su éxito, su espléndida racha, y naturalmente era lógico que esa rubia que tenía delante no pudiera dejar de mirarle.

“No me extraña para nada —pensaba—. Con esta carita, estos ojazos, este pelo rubio y esta nariz tan perfecta, lo raro sería que no me comiera un colín. Mira que siempre me han dicho que soy guapo, y a fe que es verdad… Es una maravilla vivir así… Es que es increíble cómo me mira. Y está buenísima. Hoy pensaba tomarme el día con tranquilidad, después de lo de anoche, pero es que está muy buena, y estas oportunidades nunca hay que dejarlas escapar. Creo que la voy a decir algo, si no estoy luego todo el día arrepintiéndome… aunque por otra parte seguro que se presentan más ocasiones… Pero ésta está buena, realmente buena…”

El tren había dejado atrás la estación de República Argentina y viajaba hacia la de Nuevos Ministerios, emitiendo un chirriante sonido de marcha, de velocidad. Hacía calor. El personal permanecía callado, unos escuchando música con sus cascos, otros leyendo un libro o un periódico gratuito, otros mirando concienzudamente los nombres de las estaciones, escritos en los paneles superiores, otros con la mirada perdida, sumida en los propios pensamientos. El único foco de humanidad, de calor espiritual, que había en ese vagón repleto de seres anónimos, desconocidos e indiferentes los unos de los otros, era el de aquellos cuatro ojos azules que indudablemente se deseaban con ardor juvenil.

El tren arribó a Nuevos Ministerios. Cosme se acordó de la chica de la noche anterior, pero de pronto le pareció muy lejana, como protagonista de algo ocurrido hace mucho tiempo. Seguramente no iba a volver a verla, no tenía pensado llamarla, y si ella le llamaba —lo cual seguramente ocurriría— no le cogería el teléfono. Ciertamente era un bombón, pero ya no le interesaba. Él estaba en una necesidad imperiosa y permanente de novedad, de nuevos olores, de nuevas caras, de nuevas bocas y sabores. Lo conocido le aburría. Tenía el convencimiento de la que poligamia es una característica consustancial al varón, poco menos que un derecho inalienable, algo perfectamente natural, que está en los genes, que la naturaleza les ha legado para perpetuar la especie, y que nosotros no somos nadie para contradecir a la naturaleza. “ En el reino animal —pensaba— la inmensa mayoría de los machos son polígamos, no veo por qué los seres humanos vamos a ser distintos, al fin y al cabo somos una especie más, algo más inteligente, sí, pero que conserva sus instintos intactos, y no sólo los de reproducción. En realidad la mayoría de nuestros actos tienen un motor instintivo, y muy pocas veces nos guiamos por la pura inteligencia”.

Y esa nueva oportunidad, ese pequeño mundo de sabores y olores por conocer, estaba delante de él. La muchacha no había apartado los ojos de él en ningún instante. Había que hacer algo, eso era seguro, y Cosme sabía que, si quería, tenía una buena presa en la buchaca. “Pero tengo que darme prisa —pensaba—, a mí sólo me quedan cuatro estaciones de trayecto y ella puede que se baje antes… Pero qué descaro, cómo me mira la muy guarra, como no aproveche esta oportunidad, es para matarme.”

El tren marchaba sin pausa cortando la densa negrura del túnel. El momento decisivo se acercaba, el instante mágico del primer contacto verbal. Los gruesos y masculinos labios de Cosme trazaron una leve sonrisa de seguridad, de aplomo, de autocomplaciencia. La muchacha seguía mirándole, imperturbablemente, descaradamente, desnudando el alma y el cuerpo de Cosme con los ojos. Éste se inclinó hacia delante, despegando la espalda del respaldo, en ademán de hablar, y justo cuando su boca se abrió para decir algo así como “bonitos ojos”, “adónde vas” o “cómo te llamas, guapa”, la chica se le adelantó y, tocando cuidadosamente el hombro del señor que tenía a su lado, dijo, sin despegar la mirada de Cosme:

—Perdone, ¿podría decirme qué parada es ésta?
—Es Cuatro Caminos, bonita —respondió el señor.
—Ah vale, es la mía, he contado bien. Muchas gracias.
—De nada.

Abrió su bolso, que descansaba sobre sus rodillas, revolvió palpando en su interior y sacó un tubo blanco, que fue poco a poco desplegando hasta convertirlo en un auténtico ojo de plástico con el que escrutar el vacío de la oscuridad eterna. Se levantó, con la mirada dirigida a ningún sitio, perdida por encima de la cabeza de Cosme, avanzó hacia la puerta del vagón, que había irrumpido ya en Cuatro Caminos, y blandiendo su bastón de ciego salió del tren cuidadosamente, ante la mirada atenta y morbosa de los circunstantes.

A Cosme le subió una llama de vergüenza.